sábado, 26 de junio de 2010

Babel


Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente hallaron una llanura en la tierra de Sinaí, y se establecieron allí. Un día se dijeron unos a otros: «Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego». Así el ladrillo les sirvió en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Después dijeron: «Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéramos esparcidos sobre la faz de toda la tierra». Jehová descendió para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: «El pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; han comenzado la obra y nada los hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero». Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.
Génesis, 11:1-9

Temían los hombres su diseminación sobre la amplitud incalculable de la superficie terrestre. Y con ella la ruptura de los lazos, la lejanía, la soledad y el aislamiento que emanan de la ausencia de comunidad. Pero es consustancial a la tragedia humana que toda estrategia encaminada a rehuir su destino –recordemos a Edipo, abrazando a cada paso, con sus ojos todavía intactos pero ciegos, el fatal cumplimiento de la profecía- se transforme en el certero instrumento de su realización. Comenzaron la construcción de la torre y dejaron de entenderse. Se hablaron y se sintieron solos, aislados. Incapaces de soportar sus mutuas miradas de extrañeza, la opacidad de las lenguas que antes les unían, el balbuceo ininteligible interpuesto como un muro infranqueable allí donde sólo conocían inmediatez, transparencia y comprensión ajena a la brecha y el equívoco, se alejaron unos de otros y así se desperdigaron sobre la faz de la tierra.
Se asentaron los hombres sobre lugares remotos y enseñaron a sus descendientes las nuevas palabras que moldeaban sus pensamientos y bocas. Pero tal vez porque sus voces no fluían libres sobre los sonidos nacidos del castigo divino; o quizá porque la maldición agujereaba sus lenguas inmaduras y acusaban en ellas la falta de nombres que les dijeran y expresaran en lo más íntimo, en lo más terrible, en lo más alto; o acaso porque la memoria del antiguo pecado les robó el discernimiento entre el habla urgente por precisa y la serena elocuencia del silencio, nunca recobraron la capacidad de entenderse, de exponer y solapar sus mentes y corazones, en ausencia de hiatos de sentido ni resquicios de oscuridad, sin restos de vacilación e incertidumbre intérprete.
Y aunque otra vez hablaban entre ellos, tuvieron que aprender a convivir con la presencia de otros muros insalvables entre sus ojos y gargantas, con la caprichosa resistencia de las palabras a sus lenguas y ánimos, y a sobrellevar la ambigüedad que lastra los conceptos y llega a convertirlos en cajas vacías, en armas dañinas, cuando más se los desea bálsamo y caricia curativa. Sabedores del penoso esfuerzo que de ahí en adelante requeriría su recíproca comprensión, de su fragilidad una vez conquistada, tan proclive a la quiebra como los brotes tiernos ante los más livianos azotes del viento de la vida.

Ya no alcanzan desde entonces los padres a entender a sus vástagos, pese a haber domesticado ellos mismos sus lenguas lloronas y menesterosas. En su afán por cultivar tallos rectos y robustos, mezclan inconscientes sus amorosos cuidados con palabras que siembran el recelo, la envidia, la frustración en sus pechos inexpertos. Y los hermanos, rivalizando por su afecto y su admiración, pueden desencadenar la catástrofe con un simple disparo cargado de prepotente inocencia y mala fortuna.


Callan los amantes la muerte de sus hijos y mascan en silencio la sombra de la culpa, oscilando entre su vergonzante asunción y la avidez por descargar su peso sobre los hombros del amado. Encerrados en la estupefacción ante el golpe imprevisto. Rotas sus voces para comulgar en la identidad de su dolor intraducible. Paradójicamente inhabilitados por ese dolor para abrir sus brazos y compartir el duelo y el llanto. Perdida la unidad originaria, no es raro que la adversidad separe y aísle tornando agrias y torpes las lenguas, ahogadas en su decir más cercano, en sus palabras más cómplices, por el sufrimiento que enjaula el espacio interior aniquilando el significado, la fuerza vinculante de cada signo pronunciable.


Tampoco es la misma después de Babel la lengua de los pobres y la lengua de los ricos. Quienes nacieron en la miseria y huyeron de su lengua natal para aprender tardíamente el idioma del privilegio y la abundancia, nadan en la indefensión del conocimiento incompleto, de la comprensión precaria, tan sólo aproximada, del universo de palabras foráneas que ahora habitan. Y por ello cometen, imprudentes, errores de amargas consecuencias. Incomprendidos en su mostrenca ignorancia. Ignorados en sus legítimos deseos de pobres, de calidad inferior a los de los pudientes bajo el sucio manto de su indigencia.


Y a algunos ni tan siquiera les concedió el dios temeroso de la audacia de los hombres el oído y el habla. Con desesperación batallan día a día con sus manos contra la soledad, el silencio y la incomprensión de un mundo sonoro. Y con desesperación pretenden en ocasiones suplir los sonidos ausentes de sus bocas ofreciendo la saliva de sus lenguas mudas, la desnudez virgen de sus cuerpos, expuestos con temeridad como un lienzo que propicie el contacto y la comunicación de las almas. También ellos yerran, ofuscados por su sordera, obviando que las conversaciones ocurren en el cruce de dos miradas sinceras, en el roce cálido de unos dedos que se buscan y entrelazan.


De nuevo hablan los hombres palabras comunes y aún así persisten en ellos la soledad y el aislamiento. De nuevo se enfrentan a la diseminación de las lenguas y todavía se alejan unos de otros, incapaces de soportar sus mutuas miradas de extrañeza, la opacidad, el balbuceo ininteligible interpuesto como un muro infranqueable. Y en cada signo estéril o hiriente, en cada silencio tenso, en cada vocablo bárbaro, experimentan la dureza del castigo del dios cobarde, asustado por su pretensión de tocar las alturas celestes.

Sin embargo, no por ello cesan un solo día de esforzarse por hallar alivio a su soledad, por conquistar la comprensión recíproca que a intervalos les libere del asfixiante aislamiento de sus pieles vueltas hacia adentro. A menudo fracasan, y el fracaso les depara la pérdida, la soledad aún mayor, en el extremo la muerte irreparable. Pero a veces se yerguen victoriosos cuando, encontrándose al borde del precipicio, aúnan sus soledades y así logran vencer el miedo, superar el abismo y regresar juntos a la tierra incierta para seguir resistiendo los azotes del viento de la vida bajo ese cielo inalcanzable.


Hace unos días volví a ver la película Babel, dirigida por Alejandro González Iñárritu. Valga este texto como una reflexión sobre lo que, a mi particular entender, en ella se cuenta.

lunes, 14 de junio de 2010

Hermenéutica IV: Falacias


En el siglo XI, momento perteneciente a esa época de la historia marcada por el notorio desperdicio de todos los talentos intelectuales de Occidente en peregrinas y estériles disputas sobre la existencia y atributos del Dios cristiano, los llamados antidialécticos defendieron que el uso de la lógica era perjudicial para la fe. Y no puede negarse que estaban en lo cierto: no hay forma de admitir que Dios es a la vez uno y trino, o que la Virgen María, siendo virgen, fuera igualmente madre, sin suspender toda exigencia lógica.

Pero así como el rechazo de la lógica es beneficioso para la fe, resulta tremendamente nocivo allí donde se trata de valorar la credibilidad de los argumentos de los políticos. Desde antiguo se sabe que una práctica habitual del discurso político es la utilización de falacias o sofismas, esto es, razonamientos que, si bien son lógicamente incorrectos, aparentan ser correctos y se aplican con fines persuasivos para convencer de alguna presunta verdad.


Hace unos días, la señora Ministra de Igualdad condenaba las 32 muertes de mujeres a manos de sus parejas que se han producido ya este año y, al preguntársele por las causas de este aumento con respecto al año pasado, señalaba la necesidad de atender al denominador común de todas ellas, a saber, que la mayoría de las fallecidas no había presentado denuncias por agresiones previas. Ni ellas ni su entorno. Por ello, sus declaraciones terminaban alentando a la sociedad en su conjunto a denunciar.


Entiendo que lo que la señora Ministra quiere decir es que la ausencia de denuncias por agresiones previas es una causa determinante de las muertes de esas 32 mujeres. De lo cual se sigue que, si esas mujeres hubieran denunciado tales agresiones previas, podrían haber salvado sus vidas. De ahí su mensaje: si queremos evitar más muertes, presentemos denuncias ante cualquier caso de agresión que conozcamos.

Sin embargo, a mi entender la señora Ministra ha incurrido con sus declaraciones en varias flagrantes falacias que intentaré analizar a continuación:


a) La falacia formal o razonamiento no válido conocida como falacia de negación del antecedente se da en razonamientos de este tipo: aceptada la premisa de que si llueve, las calles se mojan, se concluye que, en el caso de que no llueva, las calles no se mojan. ¿Y por qué se trata de un razonamiento falaz o incorrecto? Pues porque las calles podrían mojarse por otros motivos: que pase el camión de limpieza del ayuntamiento, que un maremoto arrase la ciudad, o que todos los ciudadanos de un determinado barrio se pongan de acuerdo para arrojar desde sus balcones cubos de agua. Exactamente lo mismo sucede con el razonamiento de la señora Ministra: aceptada la premisa de que en ausencia de denuncias de agresiones previas se producen asesinatos, se concluye que, en el caso de que tales denuncias sí se den, no se producirán asesinatos. Lo cual es falso porque las mujeres podrían resultar asesinadas por sus parejas por otros motivos.

b) La falacia informal de la falsa causa consiste en atribuir a dos sucesos o hechos correlativos una relación de causa-efecto sin evidencias que la soporten. Ejemplos un poco burdos de esta falacia serían afirmaciones tales como: el sol ha salido porque el gallo ha cantado; el arcoíris ha parado la lluvia. Un poco –aunque sólo un poco- menos burdo: aprobé el examen porque llevaba mi amuleto de la suerte, ya que esta falacia es el tipo de razonamiento incorrecto que suele primar en las creencias supersticiosas. Tales falacias se refutan demostrando que no existe una relación significativa entre los dos hechos que se pretenden causa y efecto: bien probando que el efecto tiene lugar aunque no intervenga la causa –el sol saldrá aunque todos los gallos sobre la faz de la tierra se proclamen en huelga y dejen de cantar-, bien probando que el efecto está producido por otra causa distinta de la presumida. Pues bien, que la señora Ministra incurre en este tipo de falacia se pone de manifiesto atendiendo a sus propias declaraciones: el hecho de que la mayoría de las mujeres no hubiera presentado denuncias significa que algunas mujeres sí las habían presentado, en concreto cinco de ellas. No obstante, la presentación de tales denuncias por agresiones previas no las libró de la muerte. Luego es falso el establecimiento de una relación causal entre la ausencia de presentación de denuncias y la muerte, porque el efecto –la muerte- pudo ocurrir sin intervención de la causa –es decir, habiéndose presentado denuncias-. Que ambos hechos –no presentar denuncias por agresiones previas y acabar muerta- sean correlativos no permite entonces concluir legítimamente que el primero sea causa del segundo.

c) Vamos a conceder a la señora Ministra que sus declaraciones se sustentan sobre el dato fehaciente y constatado de que algunas de las mujeres que han acabado muertas a manos de sus parejas habían sufrido previamente agresiones por parte de ellas. Ahora bien, otra falacia informal es la que recibe el nombre de generalización precipitada, por la cual se otorga de manera injustificada la propiedad que presentan varios individuos de un conjunto a todos y cada uno de los elementos de ese conjunto. Un ejemplo de esta falacia podría ser la afirmación de que el alcohol es dañino porque genera alcohólicos, pues el hecho de que para algunos individuos el alcohol resulte dañino no permite concluir que lo sea para todos. Idéntico caso de generalización precipitada es el de la señora Ministra: del hecho de que algunas mujeres muertas a manos de sus parejas hayan sufrido agresiones previas no es legítimo concluir que todas las mujeres muertas a manos de sus parejas las han sufrido.


Pero la señora Ministra no es la única política que incurre en razonamientos falaces. Al día siguiente de sus declaraciones, también el Delegado del Gobierno para la Violencia de Género hacía un uso tácito de esta última falacia al plantear la hipótesis de una posible vinculación entre las muertes de mujeres a manos de sus parejas y el modo en que éstas son reportadas en los medios de comunicación. Para justificar el aumento de mujeres muertas a manos de sus maridos de los últimos meses, apelaba a un presunto “efecto imitación”, “aquel en el que el agresor asesina a la mujer tomando como referencia un caso anterior" y un presunto “efecto paso a la acción”, “cuando el agresor se decide a cometer el asesinato al ver otro”. Puesto que los medios de comunicación podrían entonces, involuntariamente, estar incitando a nuevos asesinatos, el Delegado señalaba que la clave para evitar este efecto indeseado estribaría en el tratamiento de la información por parte de los medios. E indirectamente, condenaba la emisión de testimonios de los vecinos como “era un hombre trabajador” o “era un buen padre”, porque, según él, “provocan que la agresión sea inexplicable”. ¿Y por qué inexplicable? Sencillamente porque, como se desprende de sus propias palabras, el Delegado asume que todos los hombres que han matado a sus mujeres las habían agredido previamente, es decir, que son agresores habituales y por ello, según su propio juicio, personas que no pueden merecer ninguna valoración positiva por parte de nadie. Por esta razón, al igual que la señora Ministra de Igualdad, el señor Delegado terminaba sus declaraciones instando a las mujeres y a sus entornos a denunciar.


Quizá parezca difícil entender que a la señora Ministra no se le haya ocurrido que la ausencia de denuncias previas a las muertes de mujeres a manos de sus parejas podría obedecer a la ausencia de motivos para realizar tales denuncias, es decir, a la ausencia de agresiones previas. O que al Delegado no se le haya ocurrido pensar que los testimonios de los vecinos nada tienen de descabellado porque no es inexplicable que alguien que no ha agredido previamente a su pareja pueda llegar a matarla bajo ciertas circunstancias específicas.


Pero, en el fondo, me temo que la falta de tales ocurrencias no es tan difícil de entender. Porque si el Ministerio de Igualdad y la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género aceptaran la hipótesis de que gran parte de las muertes de mujeres a manos de sus parejas no responde a una situación de maltrato y constituye un suceso imprevisible en tanto desconectado de cualquier acto violento previo, ¿podrían al mismo tiempo afirmar que la evitación o disminución del número de muertes de mujeres a manos de sus parejas depende de sus propias acciones? ¿Podrían justificar sus respectivos trabajos en lo que respecta a esta cuestión concreta? ¿Podrían arrogarse los méritos aquellos años en que el número de muertes disminuye, como suelen hacerlo habitualmente? Desde luego, yo creo que lo tendrían mucho, pero que mucho más complicado.

Por ello prefieren sostener como única causa válida del asesinato el maltrato previo y animan repetidamente a la denuncia, ya que según sus encuestas –y ya analizamos aquí una vez de qué forma tan surrealista tales encuestas detectan las situaciones de maltrato- existen 400.000 maltratadores en España, 300.000 de los cuales aún no han sido denunciados.

Mientras tanto, debería dar que pensar el hecho de que en noviembre del año pasado el número de presos por violencia de género creciera un 50% con respecto al año anterior. Como debería dar que pensar que en el 2009 se produjeran 135.540 denuncias, de las cuales tan sólo 32.550 recibieron una sentencia condenatoria, cifra que incluye aproximadamente un 50% de sentencias que únicamente enjuician faltas y no delitos –y aquí es preciso tener en cuenta que, a partir de la aprobación de la Ley Integral de Violencia de Género, se tipifica como falta la injuria o vejación injusta de carácter leve, mientras que cualquier otra injuria o agresión pasa a ser considerada delito-. E igualmente debería dar que pensar por qué ninguna institución se preocupa por tratar de explicar ni valora como un problema social que junto a las 55 mujeres que en 2009 murieron a manos de sus parejas, también murieran 10 hombres a manos de sus parejas.


No sé vosotros, pero yo no tengo ninguna intención de dejar de hacer uso del razonamiento lógico para dejarme convencer por argumentos erróneos encaminados a fomentar creencias cada vez más alejadas de la realidad. Y es que el conocimiento de la realidad no pasa por la fe, sino, entre otras cosas, por ser capaz de anteponer la mera lógica a ella.

domingo, 30 de mayo de 2010

Saltar II: Ítaca


Dicen que a Ulises le venció la añoranza, esa semilla fatal germinada en su pecho capaz de engendrar brazos asesinos de cíclopes, oídos muertos para el bello canto de las sirenas, corazones de hielo frente a la dulzura vertida en caricias por criaturas como Calipso. Un abismo te separa de Ulises, y no obstante, a ráfagas fugaces, paladeas en tu boca el sabor de la nostalgia por pequeños pedazos de un mundo que rueda ajeno a ti en la distancia: un cielo que no es éste, un rayo matinal asediando impertinente la ventana, las voces amigas clamando en la lejanía. Imposible saltar hacia adelante sin dejar atrás el suelo que impulsó nuestros pies, y sobre él sus huellas aún visibles en la arena, las piedras queridas que día a día moldearon sus plantas, las raíces de los árboles a cuya sombra hallaron fresco cobijo. También de los hilos todavía palpitantes, tendidos en arco inaudito sobre el ancho espacio, que atan y seguirán atando al suelo abandonado los tobillos ausentes. Los hilos que, como alambres suspendidos en el aire, fuerzan al regreso puntual a Ítaca. Y aunque Ítaca carezca ya para ti de la fuerza imantada de los destinos elegidos, nunca cesará su rostro afable de invitar al retorno para la celebración del origen, del inicio en la tierra natal que soportó paciente la torpeza tierna de tus primeros pasos.

Has aprendido que largo es el tiempo necesario para pulir la totalidad de las aristas en los nuevos parajes que habitas. Más largo aún para mullirlos con el acogedor plumón de la memoria inconsciente. Continúan ocultando a tus ojos inexpertos oquedades tenebrosas, misterios inquietantes en sus múltiples recodos, y a ratos persiste en tus miembros la tensión exigida para acomodarse a sus caminos y, junto a ella, el deseo de sentirlos aflojarse. Porque de esas aristas y oquedades y misterios, y de la tensión y el deseo mana en ocasiones una tenue pero molesta sensación de extrañeza, de justa extranjería, es al término de tu travesía, al comenzar a percibir el singular aroma salino y la intensidad azul del cielo añorado de Ítaca, cuando más te asemejas a Ulises. Imaginas en tu mirada el brillo inmortal de la suya, pegada con inquieta avidez al horizonte, iluminada ante la perspectiva del reposo en lo fácil por palmo a palmo sabido, ansiosa del descanso en hábitos tatuados por los años en las articulaciones. Gozando en la anticipación del alegre reencuentro con quienes en sus manos aferran firmes los cabos de los lazos que, tirando de ti, te animaron a vencer la pereza ante las fatigas del viaje. Y, al saltar del barco, se pliega en reverencia tu torso ante Ítaca y saludas a sus gentes con una sonrisa, agradecido por hallarte de nuevo bajo ese azul que de nuevo ampara tu coronilla.

Basta, sin embargo, franquear la puerta del antiguo hogar para que empiece a aletear sobre tus cejas una desazón inesperada. Sus estanterías expoliadas componen el vivo retrato de la desolación. En el polvo acumulado sobre los objetos descartados, la desagradable señal que augura su cierta, solitaria decadencia. Sólo el enorme poder desfigurador de una memoria caprichosa y selectiva alcanza a justificar la absurda omisión en tu cabeza del dato inexcusable. El semblante en sorpresa frente a la evidencia cuya imprevisión te sitúa por unos segundos del lado de los dementes. A pesar de la mueca burlona que restaura el sano juicio y apacigua la incipiente tristeza contagiada por ese espacio en ruinas, no dejas de acusar, dolido, el gesto de despedida paralizado entre las paredes que durante largo tiempo resguardaron cálidas tus sueños y vigilias. El gesto que tímidamente te escupe y rechaza invitándote a la huida.

Frente a él, la inmovilidad casi intacta de las calles de Ítaca propicia amable el ajuste sin discordancias de la imagen conservada. Si antes enmarcaban tus trayectos cotidianos como un escenario apenas percibido, ahora las observas con la atención del paseante curioso y desocupado. Las pupilas se recrean en las figuras y contornos familiares, en la reconfortante identificación de sus insignificantes detalles. Con ella recobras esa grata sensación de seguridad animal que procuran los territorios mil veces hollados, donde se excluye la incertidumbre y el peligro del extravío. Pero el bienestar parece pronto condenado a extinguirse. Conforme se agota la emoción del reconocimiento, una creciente pesadez lastra tus músculos y tu corazón. Caído el velo embellecedor que tiende a cubrir en el recuerdo los objetos ausentes, contemplas en torno a ti la realidad gastada, tediosa por siempre idéntica a sí misma, que en tantos momentos te hizo anhelar otros lugares, otros dominios. Sospechas que algo en ti reproduce sin tú saberlo la fría operación de cálculo, proclive a la infravaloración, destinada en su día a aligerar la gravedad y el temor del salto. Que reaccionas a cierto raro mecanismo de protección que te quiere cómodo, contento en Ítaca, en la posición del mero visitante. O que, sencillamente, los recuerdos recientes nacidos fuera de Ítaca, unidos a la conciencia de tu provisional estancia en ella, alteran sin remedio la profundidad de tu mirada. No puedes ignorarlo, tampoco evitarlo.

Y llegada la hora de decidir, necesario el ejercicio de economía impuesto por la limitación del tiempo, a qué llamadas acudirás, con qué manos de las que sostienen los lazos harás efectivo el reencuentro, te asalta la duda en amalgama con una cierta indolencia que, lejos de obedecer tan sólo al natural cansancio tras la travesía, acaba por desvelarte una dolorosa verdad: el deseo de mantener agarrados ciertos hilos dependía únicamente de la imposibilidad fraguada por la distancia; brindada la posibilidad, dispuesta ante ti para ser empuñada, el deseo abstracto, obligado a concretarse, se relativiza y reduce a unos pocos escogidos. Si la lejanía magnificó falsamente su número, ahora te percatas de que la recuperada cercanía, las condiciones del retorno, han deshecho el espejismo que te llevó a añorar lazos infecundos. Lazos quizá en algún momento sólidos, quizá siempre frágiles, que ahora se desgarran entre tus dedos como una tela raída por el uso. Y así compruebas, taciturno, que no son tantos como creías los vínculos que aún te ligan a esta tierra, por más que algunos permanezcan incuestionados.

El reencuentro no defrauda tus expectativas y su poder vivificante asegura próximos regresos. Pero de vuelta al hogar decadente, bajo el influjo de ese aire de despedida ahora dueño de sus dependencias, te sobreviene la imagen de Ulises despertando en mitad de la noche, desanudando su abrazo del cuerpo insólito, desconocido, que es Penélope, evocando el mar agitado de sus travesías. Lamentando en la oscuridad el asesinato del cíclope, su tenaz sordera al bello canto de las sirenas, la renuncia gélida a las dulces caricias de Calipso. Abrumado por la certeza, al detectar bajo su piel sus huellas imborrables y el dolor por su pérdida, de no poder pertenecer ya a Ítaca. De no saber ya a dónde pertenece.

Tú sí lo sabes: la verdadera Ítaca no se encuentra en tierra iniciática alguna, sino que brota del fuego que impulsa nuestros saltos y sigue impulsándolos cada mañana, pese a los sinsabores y esfuerzos, pese a las aristas y oquedades tenebrosas. Una Ítaca que el fuego irá construyendo con calma, ladrillo a ladrillo, con la argamasa del transcurrir de los días y la confianza en ellos depositada. Porque también el viaje en pos del lugar sentido como propio al descubrirlo en el horizonte es retorno. Retorno sin fin hacia esa Ítaca que, levantándose despacio conforme caminamos hacia ella, siempre quedará frente a nosotros, siempre allí delante, siempre un poco más allá del alcance de nuestros pies.

viernes, 14 de mayo de 2010

Lo eterno en lo fugaz


No tengo hijos, no veo la televión y no creo en Dios, todas estas sendas que recorren los hombres para que la vida les sea más fácil. Los hijos ayudan a diferir la dolorosa tarea de hacerse frente a uno mismo, y los nietos toman después el relevo. La televisión distrae de la extenuante necesidad de construir proyectos a partir de la nada de nuestras existencias frívolas; al embaucar a los ojos, libera al espíritu de la gran obra del sentido. Dios, por último, aplaca nuestros temores de mamíferos y la perspectiva intolerable de que nuestros placeres un buen día se terminan. Por ello, sin porvenir, ni descendencia, sin píxeles para embrutecer la cósmica conciencia del absurdo, en la certeza del final y la anticipación del vacío, creo poder decir que no he elegido la vía de la facilidad.

Renée Michel, portera del número 7 de la calle Grenelle, París

Empezaré hoy con una confesión: experimento una tenaz aversión por los best-sellers. Sí, ya sé que tal afirmación, sometida a un mínimo proceso de reflexión, no revela nada bueno de quien la enuncia. Porque a fin de cuentas un best-seller, tal y como su nombre indica, no es más que un libro que ha sido profusamente vendido. Ergo: que ha comprado mucha gente. ¿Y qué motivos deberían llevarme a rechazar lo que tantos otros han comprado? He aquí la respuesta prejuiciosa: que lo masivamente comprado sólo puede tratarse de un producto si acaso entretenido, pero de poca enjundia y calidad literaria. O lo que viene a ser lo mismo: que las mayorías -ésas de las que Agustín García Calvo decía que siempre son feas- prefieren una literatura de evasión carente de verdadera sustancia que comunicar y envuelta en un estilo donde el amor por el lenguaje brilla por su ausencia. De lo cual se deriva, en perfecta lógica, que si no es eso lo que yo busco en la literatura, no puedo pertenecer a esa mayoría ni, en consecuencia, disfrutar con los libros que compran. ¡Fuera best-sellers!, proclamo entonces desde mi literaria torre de marfil cuyas alturas me llevan a sostener tan amable y benévola concepción de la mayoría de la humanidad lectora.

Prosiguiré con una segunda confesión: por primera vez desde que tengo uso de razón, figura entre los libros de mis estanterías un best-seller que he leído con auténtico entusiasmo. Un best-seller, además, con todas las de la ley: va ya por la edición número treinta y dos y en la horrible solapilla de color rosa que viste sus tapas se anuncia que sus lectores son más de 4.000.000 en todo el mundo.

Y ahí va la tercera: que conste que me he resistido a este libro con toda la tenacidad que anima mi aversión por los best-sellers. Hace ya mucho me lo mencionó, para mi sorpresa, alguien por quien profeso una profunda admiración intelectual. Mmm, imagino que pensé extrañada, seguro que su motivación para leerlo proviene de alguna cuestión relacionada con sus hijos, pero no de sus propios intereses. Sin embargo, después de aquello, cada vez que he entrado en una librería y lo he visto,no he podido evitar acercarme a él y mirarlo con curiosidad, si bien para acabar devolviéndolo a su sitio, asqueada por un lado por la noña ilustración de su portada, y por otro auténticamente indignada por una frase que luce en su contraportada: que este best-seller es "un pequeño tesoro que nos revela cómo alcanzar la felicidad". ¿Pero quién puede ser el imbécil que piense que los lectores podemos tragarnos la mentira de que las claves de la felicidad se dejan embutir entre las páginas de un libro? Bueno, siendo realistas, habrá que conceder que ciertos lectores -incluso muchos- sí se dejarían embaucar por semejante reclamo. Pero, aun así, opino que algunos de los que se dedican a escribir las contraportadas de los libros merecerían ser asados a fuego lento por sus autores. Hasta que un día, de nuevo en una librería con el libro en las manos tras haber leído en el periódico una entrevista con su autora, pero dudando una vez más ante la odiosa frase de la contraportada, la persona con la que iba tuvo que decirme, "yo te lo compro", y lanzarse rauda a las cajas a pagarlo, haciendo caso omiso de mis ruegos por evitarle tan inútil gasto, para que el libro pasara a formar parte de mis posesiones.

Pues bien, ahora no tengo más remedio que admitir que el gasto no fue en absoluto inútil y que no me arrepiento de que uno de esos objetos pertenecientes al para mí tan denostrado género de los best-sellers se haya hecho un hueco en mi estantería. El objeto, escrito por Muriel Barbery, se llama "La elegancia del erizo" y es una novela que, a mi juicio, se construye sobre una pregunta tan inquietante como ineludible: en medio de la más profunda lucidez, de la más extrema conciencia del absurdo que representa el hecho mismo de vivir una vida humana, condenada a encubrir trabajosamente el vacío sobre el que se sustenta, de continuo expuesta a la fugacidad, a la tediosa repetición y a la pérdida, ¿dónde hallar un mínimo resquicio de sentido que nos impulse no sólo a persistir en esa vida, sino también a gozar de ella? Las dos voces que tejen el hilo conductor del libro, dispares en las formas, hermanas en el fondo, se alternan y aúnan en la distancia tanto en la percepción y sufrimiento de ese absurdo como en la búsqueda del aliento vital que les permita sobrevivirlo y sobrellevarlo.

Paloma, una niña de doce años en extremo inteligente, ha decidido suicidarse el día de su próximo cumpleaños -y de paso quemar el hogar familiar de 400 metros cuadrados, aunque sin sus habitantes dentro, tampoco es que la niña tenga alma de psicópata- movida por su firme convicción de que, cuando crezca, terminará como todos los adultos encerrada en la pecera que supone el fútil entramado de sus vanas existencias. Una pecera en la que tanto más se refugian y anestesian los adultos cuanto menos desean percibirla. Porque percatarse de sus límites implicaría cobrar dolorosa conciencia del modo en que la derrota de sus sueños juveniles de alcanzar las estrellas los ha abocado al sinsentido de habitar tan asfixiante y estéril espacio. No, Paloma desea con vehemencia eludir lo que considera un destino inevitable. Pero hasta la fecha programada de su muerte, y porque, según ella, "lo importante es lo que uno esté haciendo en el momento de su muerte", se ha propuesto escribir dos diarios. El primero, dedicado a lo que ella llama "ideas profundas", es decir, ideas que tratan de analizar y enfrentarse al sinsentido por el cual ha dedicido suicidarse. El segundo, al reto de buscar algo en la materia del mundo, en sus movimientos, en su belleza, que consiga hacerle replantearse su decisión de acabar con su vida.

Renée tiene cincuenta y cuatro años y es la portera de un bonito palacete con pisos de lujo poblados de familias ricas. Es pobre, fea, viuda y no tiene estudios. Pero bajo esa apariencia de ser insignificante, vulgar, inculto y carente de todo atractivo -apariencia que además ella se esfuerza árduamente por mantener ante el pudiente vecindario- se esconde una inteligencia ávida de conocimiento, una sensibilidad exquisita amante de la literatura, la música, el cine y el arte, y un férreo espíritu autodidacta que la lleva a devorar sesudos textos filosóficos y a debatir intelectualmente con ellos. Todo ello en la soledad invicta de su portería, a la que sólo tienen licencia de entrada su enorme y gordo gato León -así llamado en honor a León Tolstoy- y su amiga Manuela, una mujer sencilla que limpia las casas de los ricos y a la que Renée considera una auténtica aristócrata, pues, pese a estar rodeada de vulgaridad, esa vulgaridad ni tan siquiera ha llegado a rozarla. Atrincherada tras la puerta de la portería que la protege de insidiosas miradas, Renée pasa largas horas reflexionando sobre la naturaleza humana a partir de la observación de sus semejantes, sobre la dialéctica que une y separa a ricos y pobres, sobre la iniquidad del mundo, sobre la belleza singularmente retratada en las películas de Yasujiro Ozu, sobre la brecha de armonía serena que, en el absurdo de nuestras vidas, introduce el ritual de preparar un te y sentir cómo el tiempo y el vértigo del mundo se suspenden con cada pausado sorbo.

No creo decir nada que arruine la posible lectura de esta novela a quienes aún no lo hayan hecho si planteo que, a través de los diferentes acontecimientos que se suceden en ella y de los pensamientos de estas dos voces protagonistas, la respuesta dada por Muriel Barbery a la pregunta por el sentido capaz de mantenernos en vida, eludiendo hasta cierto punto el enclaustramiento de la pecera, apunta ya desde sus inicios a la esfera del Arte. Un Arte con mayúsculas que, sin excluir las grandes obras de la cultura, tampoco se reduce a ellas para extenderse a todos aquellos pequeños gestos de la vida cotidiana, a todos aquellos objetos insignificantes -como una camelia sobre el musgo- que de repente traen consigo una suerte de paréntesis en la rudeza del mundo: el paréntesis en el que la percepción y el disfrute de la belleza abren un instante de eternidad en medio del continuo movimiento y fugacidad de la vida. La vida es desesperación, dice Paloma al final de la novela, pero también momentos de belleza en los que el tiempo ya no es igual. Porque cada momento de belleza es un "siempre", un milagroso intervalo de eternidad sustraído a los afanes de la vida, a sus necesarios y esforzados proyectos, a los deseos inagotables de lo que nunca podremos poseer, tendidos sobre el curso imparable del tiempo que todo lo torna efímero y quebradizo. En la búsqueda de la belleza, bien allí donde las grandes obras de arte nos invitan y seducen a su contemplación, bien allí donde, si somos capaces de mirar con atención, menos pensábamos hallarla, reside entonces, para Muriel Barbery, la posibilidad de sostenerse y experimentar unos instantes de felicidad en medio del absurdo. Desde la certeza de que, aun cuando únicamente accesibles en tales breves instantes, también en el centro mismo del absurdo anidan brillantes brechas de perfección, de armonía y de goce ante su presencia.

Quizá a muchos esta respuesta les parezca excesivamente pobre, por excesivamente esteticista. Yo aún no tengo una opinión clara sobre ella, pese a haber disfrutado sobremanera con el elegante estilo de esta novela, con sus sabias reflexiones, con su primorosa utilización del lenguaje, con sus constantes ironías y su fino sentido del humor. Pero lo que sí sé es que nada más cerrar su última página, ya a altas horas de la noche, sentí un cierto desasosiego que me llevó a levantarme de la cama, a encender un cigarro a oscuras ya sobre el sofá, y a concentrar mis ojos durante un buen rato sobre los débiles destellos de las luces nocturnas que me alcanzaban desde la ventana. Preguntándome desde cuándo, encerrada en mi propia pecera, he sucumbido al olvido de la existencia de esos espacios hurtados al tiempo que irrumpen y devienen patentes en la percepción de la belleza. Preguntándome por qué hace tanto que ni tan siquiera pienso en la belleza. Y preguntándome, a un tiempo, cómo un libro cómo éste ha llegado a convertirse en un best-seller. Tal vez deba revisar todos mis prejuicios sobre la mayoría de la humanidad lectora.

PD. El porqué de la imagen que ilustra este post, una naturaleza muerta de Pieter Claesz, entre las páginas de "La elegancia del erizo".

viernes, 30 de abril de 2010

Metamorfosis


El descubrimiento -o quizá valdría decir en este caso el ser descubierto, raptado, hasta secuestrado por un suceso inesperado- puede tener lugar con algo tan sencillo como trivial: poner a sonar un disco que aún no conoces. Quizá porque lo avala la recomendación de alguien cuyo criterio musical aprecias. Porque hace ya mucho que te anima el deseo de llenar las tantas y tan hondas lagunas que horadan para ti este campo. O porque es domingo, temprano, el día se extiende virgen por delante, las largas horas todavía en perspectiva horizontal, y aunque el trabajo se acumula y aguarda impaciente sobre la mesa, te propones abordarlo con calma, aflojando la presión, permitiendo que otro universo acaricie mientras tanto tus oídos y aligere la carga.

Empiezan los primeros compases y se desgranan por la habitación las melodías y las voces, las guitarras y los bajos, mientras tú te desplazas lentamente de un lado a otro, domesticando a tramos el pequeño caos reinante, preparando un segundo café, ya sobre la mesa organizando papeles, sin prestar excesiva atención a los sonidos, suelta la rienda de tus pensamientos que vagan como sin dueño por entre los muebles, sobre los libros y bolígrafos, flotando por encima de la música todavía distante. Y de repente el inicio tímido de una canción que comienza a arrastrarte consigo, el río de notas acoplándose al de tu propia sangre para marcar el ritmo de su fluir por tus arterias; la paulatina vibración, suave al principio, cada vez más potente, de cada una tus fibras al compás de ese ritmo. Y la cabeza entonces como una pizarra borrándose con precipitación, queriendo convertirse en lienzo en blanco para acoger sin interferencias dentro de sí el baile de sonidos, la sincronizada coreografía de las timbres y las cadencias. Acaba la canción y te levantas para hacerla sonar una vez más. Y otra vez. Y todavía más veces.

En los últimos tiempos, dos son las canciones con las que más recuerdo haber vivido este saberse de súbito atrapado por la música . Dos canciones que sigo escuchando ad nauseam mientras conduzco o camino sin rumbo por casa al tomarme un respiro. También cuando la música se reanuda según su capricho dentro de mi cráneo. Aunque sus melodías ya dejaban intuirlo, no averigüé hasta más tarde, conforme la repetición fue perfilando las voces en palabras, que las dos son canciones de amor. Nada extraño, siendo el amor tema inagotable en manos de músicos y plumas de poetas. Sólo que, en este caso, ambas coinciden en tematizar, desde ángulos en apariencia opuestos, un aspecto muy concreto de ese sentimiento universal tan bendecido como maldito por cada ser humano que lo goza y sufre en sus carnes: la revolución vital y anímica que opera en quien lo vive bajo la forma de una suerte de metamorfosis, de transformación en la percepción y realidad del propio yo. Una tranformación cuya detección anuncia sin posibilidad alguna de duda o error la sobrevenida del sentimiento amoroso.

En 1972, con su disco "Transformer", Lou Reed -la cuña publicitaria que lo presentaba decía: "Entre todos los que van de locos, de depravados, de anarquistas sexuales, Lou Reed es el auténtico"- no sólo hablaba del lado más salvaje, más sórdido, más viciado y vicioso de la vida. También compuso una canción de letra abrumadoramente sencilla sobre lo que significa vivir "un día perfecto" (A perfect day). ¿Y qué puede hacer de cualquier día un día perfecto? No los acontecimientos descritos en la canción, tan banales y perfectamente intercambiables por cualesquiera otros como beber sangría en un parque, acudir al zoo a dar de comer a los animales o ver una película al regresar a casa. Lo que lo hace perfecto se expresa, a mi juicio, en la estrofa cuya llegada espero cada vez que escucho esta canción: "Simplemente, un día perfecto. Hiciste que me olvidara de mí. Pensé que era otra persona. Alguien bueno". La experiencia de haber hallado, en quien nos acompaña ese día perfecto, la posibilidad de olvidarnos de nosotros mismos, de perder la noción de lo que fuimos y somos. Un olvido benéfico, recibido como una gracia, que nos arranca de nuestras manidas miserias, de nuestras oscuridades cotidianas, de las tristezas que a menudo nos inundan. O, simplemente, del apático e indiferente deslizarnos por los estados de ánimo incoloros que tiñen nuestras rutinas. Y por medio de ese olvido y del consecuente diluirse de la conciencia de nuestra propia identidad, sentirnos convertidos en alguien distinto, en una persona diferente a la que éramos. Como si el núcleo rígido que en ocasiones nos aprisiona y asfixia desde nuestra interioridad reflexiva se esponjara ante la presencia de ese Otro y acabara vertiéndose, derramándose hacia afuera, para solificar de nuevo en un yo que ya no es el nuestro. Un yo más cálido, más bondadoso, más soleado. Un yo mejor. A cuyo nacimiento asistimos como a nuestra propia resurrección en una mente y un cuerpo extraños. Extraños pero amablemente hospitalarios, liberados de la pesadumbre y el desgaste que como una gruesa costra deslucen los nuestros. Una mente y un cuerpo insólitos que irradian vida, ilusión, bienestar en presencia de ese Otro. En la maravillosa canción "A perfect day", la metamorfosis que provoca el amor es literalmente éxtasis, salida fuera de sí, extrañamiento en un yo ajeno que se revela lugar más plácido y acogedor que el yo por costumbre habitado.





Poco tiempo después, en 1974, Eric Clapton dejaba atrás una tenebrosa etapa de adicción a la heroína y la cocaína para, con una nueva formación de músicos, sacar a la luz el memorable disco "461 Ocean Boulevard". Entre sus temas, figura una versión de uno cuya interpretación por Clapton supera para mí con creces al original. Clapton proclama en él un conmovedor "por favor, quédate conmigo" (Please be with me). Y se pregunta de entrada "¿Es el amor o soy yo lo que me ha hecho cambiar de pronto? Y mirar hacia afuera, y sentirme libre". De nuevo, la experiencia de la metamorfosis, del cambio, de la transformación. Pero, a diferencia de la canción de Lou Reed, la transformación acontece en esta ocasión en sentido inverso. En el tema de Clapton, aquél a quien se pide que permanezca a nuestro lado es quien ha logrado hacernos traspasar la puerta que conduce al interior de nosotros mismos. Porque en la cercanía del Otro hallado, a través de él, nos sabemos transformados al sentir que por fin hemos encontrado el yo que verdaderamente somos. La presencia de ese Otro nos pone en contacto con una suerte de fondo interior olvidado, o tal vez nunca antes vislumbrado, que ahora sentimos más nuestro que nunca, genuinamente nuestro, y al que nos adherimos plenamente sin grietas ni fisuras. En ese fondo antes enterrado nos reconocemos como sobre la superficie sin mácula de un espejo, y contemplamos dichosos la imagen nítida y luminosa devuelta por su reflejo. Como si hasta entonces hubiéramos caminado perdidos, enajenados, alienados de nuestro más íntimo yo sin tan siquiera percatarnos de ello, y la aparición de ese Otro en nuestras vidas nos hubiera regalado la oportunidad de recobrarlo, de retornar al punto primigenio, al hogar añorado. A ese yo nuestro que, sin duda, siempre fuimos de un modo u otro, pero que por primera vez percibimos como lugar propio y originario de donde brota una conciencia por completo reconciliada, solapada consigo misma. Radiante y en paz. De la que entonces, como dice la canción, pueden emerger las auténticas palabras, las palabras auténticamente merecedoras de su nombre que exprimen las bocas de poetas y enamorados. En la no menos maravillosa canción que es "Please be with me", la transformación propiciada en uno mismo por el amor es abertura hacia adentro, pasadizo de interioridad, regreso a sí mismo, hallazgo del verdadero yo, antes huido, perdido o todavía ausente, dentro de uno mismo en los brazos de Otro.






Y, sin embargo, no es difícil comprender que, más allá de las diferencias al expresarlo, Lou Reed y Eric Clapton están cantando exactamente la misma experiencia. Pues el camino hacia afuera y el camino hacia adentro de sí que recorre el enamorado son, en realidad, uno e idéntico camino. El camino que, transitando por el extasiado descubrimiento de la mera existencia de Otro, nos disloca y descentra, alejándonos del yo que somos, para, a un tiempo, trasladarnos a ese mismo yo ya convertido en otro. Un otro que no es sino el propio yo, sólo que renovado, ensanchado, engrandecido por el poderoso sentimiento que lo reviste de un halo dulcemente extraño, dulcemente familiar. Transformado en el otro que cada yo puede llegar a ser dentro de sí mismo, fuera de sí mismo, al agraciarle la fortuna con la brillante presencia de un Otro que lo despierte y haga aflorar.

Me perdonaréis la cutrez de los tubos. Pero lo que realmente importa es la música, ¿no?

domingo, 18 de abril de 2010

Mostrar(se)


Apenas un ínfimo, ridículo segmento, apenas una nada insustancial de eso que somos, detectan los ojos extraños iluminando bocas mudas, cáscaras de piel estáticas o en libre y tranquilo paseo, impresiones de superficies cazadas en la distancia del desconocimiento. Los ojos propios ante la imagen familiar al detenerse opaca en el espejo. Frente al rostro congelado sin pálpito ni temblor en la fotografía.

No proviene esa nada del choque con el dato insalvable: tras la cáscara, el elemento plástico y maleable que habita la cantera informe de nuestro ser escamotea cualquier mirada; los rasgos de la figura día a día moldeada con su masa permanecerán por ello borrosos e inacabados mientras aún braceemos sobre el hilo tenso del tiempo. Pero asumida su esencial ocultación, lo que de ese ser se muestra, perfilándose en su emergencia en formas concretas, más o menos precisas, comparece ante todo en el movimiento, en el acto, en el hacer y el decir que es idéntico hacer. Por su maestría al forjar el metal descubrimos en el orfebre al orfebre. En el amante al amante por la amorosa delicadeza de sus caricias. En paso ágil y armonioso sobre la pista, al bailarín. Proyectando palabras claras sobre el misterio, al sabio. Para desvelarse, el ser que haciendo somos requiere exhibición, exposición, puesta en juego de uno mismo en salto sobre el riel de los saberes y destrezas adquiridos. En ocasiones, también ostentación del objeto tangible engendrado por el dinamismo de los miembros en mágica interacción con la materia, si justamente los frutos regalados al esfuerzo del hacer -pan o poema, herradura o preciosa joya- se adhieren al ser del artífice, y así certifican tanto su naturaleza como su valía.

La exhibición –nada más obvio ni por su obviedad desdeñable- acontece en primer término ante nosotros mismos. Ocupar la doble posición de agentes y espectadores de nuestro obrar nos convierte en testigos privilegiados, en la contemplación de nuestros actos, en la medición de nuestros logros, de aquello que a su través somos. Por ellos nos percibimos y aparecemos. A veces, con el pasmo de quien observara desplegarse una fuerza surgida de un fondo extraño. Defendiendo orgullosos otras tantas la bandera de nuestra autoría. Por momentos, horrorizados frente a los salvajes demonios, frente a los infantes estúpidos y desmañados, que activan nuestras lenguas y manos. Por nuestras acciones nos calificamos y juzgamos. Desde ese ventajoso, a menudo torturante espacio interior, poseemos además inmediato acceso –aunque no por inmediato menos laberíntico en su comprensión- a los sentires que las sustentan, a las nobles o bajas intenciones que las nutren, al recuerdo del esfuerzo cuya inversión en ellas bien puede incrementar su valor o condenar el de nuestros presuntos talentos.

Pero con igual transparencia advertimos ya de niños la insuficiencia de la perspectiva abierta en la butaca situada en el centro mismo del escenario. La cortedad en las retinas del espectador tan abrumadoramente comprometido con la representación a la que asiste. Y no sólo por rehusársenos la neutra lejanía capaz de ahuyentar al juez en exceso benévolo, en exceso despiadado en su severidad, que en alternancia coloniza el tribunal variable de nuestras singulares conciencias. Aún antes, quizás con el propio uso de la razón, tal vez todavía más temprano, aprendemos que la determinación de eso que haciendo somos y siendo hacemos pasa sin remedio por el juicio ajeno. Requiriendo exhibición, ser algo, esto o aquello, mejor o peor, demanda un otro -único o multitudinario en sus extremos- que en presencia de nuestros actos, sopesando sus resultados, pronuncie y nos conceda el nombre del ser que nos fije y diga. Nos revelarán sus juicios o silencios, sus gestos amables o reprobatorios, su semblante admirado o disimuladamente burlón, sus acciones y palabras en réplica a las nuestras, qué y cómo es ese ser sobre cuyo oscuro centro caminamos: soprano o contralto; egoísta o generoso; maestro o eterno aprendiz; mineral o ganga; oro, plata, bronce o simple morralla. Pues sólo será orfebre el orfebre si hay quien admire y codicie la belleza de sus joyas. Amante el amante si en la piel del amado palpa el estremecimiento del goce y el diluirse de sus fronteras. En la emoción contenida y el sonoro aplauso del auditorio, el bailarín. Vaciando ignorancias, esclareciendo enigmas comunes, rodeado de sus discípulos el sabio. Así se explica nuestro afán de mostración: sin el reconocimiento ganado al exponernos a otros, no cabe definición fiable ni construcción medianamente sólida, desde la interioridad semicerrada de nuestras pupilas, del retrato de eso que somos.

Pero por hallarse en juego ese retrato, de idéntico modo se alcanza a comprender el mecanismo de una de las más hondas raíces del conflicto, de la disputa, de los ánimos turbios engendrados por su siempre difícil resolución. Mientras nos falten el metal precioso, el amado, la pista de baile o los discípulos, careceremos de la oportunidad de mostrarnos en eso que hacemos o podríamos hacer. En ausencia del habitáculo adecuado donde estirar los brazos y ejecutar nuestras piruetas, perderemos la posibilidad de exhibición que nos permita ser ante otros, y sobre el brillo de ese espejo ante nosotros mismos. La inexistencia de esos otros que, otorgándonos el favor de sus miradas, tasen en su justa medida el valor que creemos debe atribuirse a nuestros actos, nos privará del tan ansiado reconocimiento. ¿No pugnaremos entonces por la conquista de los múltiples requisitos del ser? Reza la evidencia que ya siempre nos encontramos sumergidos en esa lucha. Rivalizando en la persecución de las condiciones necesarias para el despliegue de nuestras pericias. Tratando a menudo de seducir, incluso de tomar al asalto las cuencas de los ojos de otros, en un intento desesperado por forzar su atención hacia nuestros movimientos y sus obras. Agriamente enfrentados con ellos si consideramos errados sus juicios. Suplicando el reconocimiento esperado. Hasta maquinando comprarlo a cambio de veladas promesas, aun a sabiendas de que la operación misma de compra-venta anulará el sentido de su donación.

No es raro, sin embargo, que sobre el tablero, donde abundan los peones, algunos son alfiles y sólo una la reina, nos impidan los azares o imponderables de la vida desplazarnos por sus casillas según las reglas acordes a nuestros saberes y destrezas. Limitada nuestra capacidad de maniobra y exhibición, aceptaremos con triste resignación el recortarse con ella de las dimensiones de nuestro ser real y tangible. Tampoco causa sorpresa que quien, por sus méritos o sin ellos, vence en la lucha por la posición de prestigio en la partida, acostumbre en sus intermedios a cubrirse de brillantes galones, ostentosas medallas y tarjetas de presentación que acrediten su valía, para acabar irritado si nadie se presta a rendirle culto por su causa, postrándose en graciosa reverencia. Y con demasiada frecuencia se nos usurpa el juicio ponderado, la estimación mesurada, cuando emitirlo significa para el otro proclamarse rebajado en el ser que es o piensa ser. Numerosos y complejos son los motivos subyacentes a la amplia difusión de este mal endémico: la frustración que deriva de la ausencia de reconocimiento. ¿Tal vez porque el hueco que éste ha de colmar jamás se sacia? Algunos pelean como gallos para compensarla. Otros sucumben a la tentación de hinchar el pecho y, como pavos reales, sacar de continuo a relucir sus plumas multicolores ante la impaciencia y el rubor azorado de sus semejantes. En esa exhibición inoportuna captamos al ser ávido de reconocimiento. Tras las plumas, la herida abierta por su falta. Al girar la cabeza, al hacer patente nuestra indisposición para admirar su pretendida belleza, no se nos escapa el daño infligido al otro en la negación, razonable o vengativa, premeditada o accidental, del reconocimiento anhelado.

En esa herida y ese daño intuimos la pesada carga que reside en el ser y tener que ser, en el férreo lazo que anuda el ser al hacer, a sus obras y su pública exhibición. Desearíamos en tales instantes arrancarnos de cuajo la gravedad de ese lastre. Prescindiendo de todo propósito de mostración, renegando de toda voluntad de exposición. Renunciando a buscar en el reflejo de ojos extraños parcial respuesta a la inquietante cuestión de qué y quiénes y cómo somos. Dar la espalda al mundo, ya desasidos del compromiso ineludible de ser. Para proseguir, agazapados en nuestra isla desierta, amasando panes o poemas, herraduras o joyas preciosas, sólo por entretener las horas, sólo por el placer, por el reto, por el desafío de hacer. Para no ser nada ni nadie. Sencillamente, para No ser, y de ese modo soslayar definitivamente la herida y el daño.

Pero pronto entendemos: el desprendimiento completo exigiría cerrar nuestros párpados, suspender el juicio dirigido hacia adentro, ausentarnos de nuestra propia conciencia, desde niños entrenada para la búsqueda de esa respuesta. Aniquilar al íntimo tribunal que, en la contemplación y valoración de cada uno de nuestros actos y obras, dictamina qué y cómo somos. Y nos invade la duda. Quizá ese tribunal nunca se deje aniquilar. Quizá ni tan siquiera fuera deseable rehuir sus sentencias. Porque quizá constituya su presencia en nuestras cabezas y corazones, réplica maleada de la presencia de otros a nuestro lado, el fuego que aviva e impulsa hacia lo más alto nuestro hacer y decir que es idéntico hacer.


martes, 30 de marzo de 2010

Verdad


"La verdad, en su nombre maldito nos perdimos, en su nombre solamente, no por la verdad misma, si acaso existiera, sino por el deseo de verdad que nos arrancó las "confesiones" más aterradoras, tras las cuales quedamos más alejados que nunca de nosotros mismos, sin acercarnos ni un paso a verdad alguna".
Jacques Derrida


- ¿Y bien? ¿Qué era eso tan importante que tenías que decirme que no podía esperar a la noche? - Sara lo mira mientras remueve el azúcar del café recién servido con una sonrisa expectante. Tras ella trata de disimularse sin éxito una cierta ansiedad. La misma que anima su voluntad de revestir de ligereza la pregunta que le quema en los labios desde que la ha llamado para citarla esta mañana. Sus mejillas se han arrebolado por el repentino contraste entre el frío callejero y la potente calefacción del bar. Debe reconocer que está preciosa. Conforme él baja los ojos hacia su propio café y su rostro se tensa, intuye agudizarse su inquietud, imagina sus dedos retorciendo el pendiente de su lóbulo izquierdo. Escupir la verdad, ésa es ahora su tarea. Inspira profundamente antes de empezar a hablar. También a él le queman las palabras en la lengua desde anoche.

- Ayer la vi. A Nuria.

Nuria. Bajo ese nombre sin rostro se condensa para Sara el peso de un espectro desconocido bruscamente resucitado. La gravedad de un fracaso según él superado.

- ¿Ayer? Me dijiste que la reunión se había alargado hasta tarde - Para Sara el fracaso pretérito tiene otros nombres. A ciertas alturas de la vida, es raro no coleccionarlos en pequeños tarros cuyos tapones debe uno esforzarse por mantener bien cerrados.

- Sí. Te mentí. No hubo ninguna reunión. Salí más pronto del laboratorio y quedé con ella - Sus ojos abandonan con decisión la superficie líquida del café para posarse firmes sobre los de Sara.

- ¿Y eso? No me habías dicho que estuviérais en contacto - Sara enciende un cigarrillo y retorna a esos ojos oscuros por entre las volutas de humo.

- Bueno... en realidad no lo estábamos. O no más allá de los mails que intercambiamos de cuando en cuando.

- No sabía nada de esos mails. O quizá no te entendí bien cuando me lo dijiste, no sé... ¿Te pidió ella que quedárais? - Sara se esfuerza por recordar lo que él le ha contado de Nuria, de sus años juntos: su belleza, su carácter alegre y sencillo, un tanto apocado y proclive a los convencionalismos; las reflexiones de él ante la falta de aficiones y perspectivas comunes, ante la previsible divergencia de intereses conforme transcurría el tiempo; la llegada primero de la insatisfacción, luego del tedio y el hastío; y finalmente, la ruptura, propuesta por él, amarga para ambos, juzgada no obstante como necesaria por las dos partes.

- No. Fui yo. Sara... - Este súbito regreso de su nombre propio, antes reemplazado por apelativos cariñosos, le suena en la boca seria de él a escudo y coraza, a pantalla acristalada alzada entre ambos - supongo que estos últimos días he estado pensando en ella más que de costumbre. Y ayer... en fin, ayer sentí el impulso de llamarla, de volver a verla, y, sencillamente, no hice nada por refrenarlo. La llamé y quedamos.

- ¿Y qué pasó? - Sara nota una molesta punzada en el vértice de su esternón. El extremo del cuerpo ya algunas veces recompuesto de su orgullo. La punta por donde han comenzado a temblar las expectativas forjadas poco a poco sobre él, sobre sus brazos cálidos, sobre su conversación inteligente, sobre su mutuo entendimiento, desde que lo conociera hace algunas semanas. Demasiado prematuro, se dice a sí misma intentando mantener la calma, para atribuir el malestar a un presunto amor malherido. No así a la ilusión que a menudo se confunde con su nacimiento.

- No pasó nada, Sara. Quiero decir, por fuera, por expresarlo de algún modo, objetivamente, no pasó nada. Tomamos un café y charlamos. Nada más. Pero por dentro... dentro de mí sí pasó algo. Es posible que aún sienta algo por ella. No sé si la echo de menos.

- ¿Y ella? - La punzada se agudiza, acompañada por el sonido imperceptible de un leve chasquido: el de las expectativas al empezar a resquebrajarse.

- ¿Ella? Sara, ¿y eso qué más da? - Las facciones de él se contraen en un gesto de incipiente irritación - No sé si Nuria sigue sintiendo algo por mí, si es a eso a lo que te refieres. Ni siquiera me parece probable, aunque me quedó claro que no está con nadie. Estuvo estupenda. Sencilla, risueña, cariñosa. Pero es su manera de ser, no puedo sacar ninguna conclusión al respecto. Me contó de su vida, de su nuevo trabajo... luego nos despedimos como dos viejos amigos, eso fue todo. Pero Sara, eso no es lo importante. Lo importante, para mí, para nosotros, es lo que sentí yo. Eso es lo que no quería ocultarte. Lo que desde que colgué anoche el teléfono me pareció sucio ocultarte. Sólo trato de ser honesto, de ser sincero. Conmigo y contigo. De decir la verdad y poner todas las cartas sobre la mesa.

- Y supongo que lo que se deriva de esa verdad es que quieres que lo dejemos, ¿no? - La frase contiene una resolución que no esperaba de sí misma. Probablemente, un automatismo ante la amenaza que por primera vez ha sentido contenerse en la palabra "verdad". Blandida como un arma sobre su cabeza ante la cual sólo cabe la retirada.

- ¿Dejarlo? Sara, lo cierto es que yo no querría dejarlo. Que ayer sintiera lo que sentí no significa que no sienta nada por ti. Todavía no nos conocemos lo suficiente. Todavía no sé si todas las piezas acabarán encajando. Pero me gustas. Eres una mujer preciosa, inteligente, brillante... quizá incluso demasiado brillante para mí. Lo que conozco de ti me gusta. Te respeto y te valoro. Por eso pensé que debías saber dónde estabas, que debías saber a qué atenerte conmigo, lo que realmente ocurre dentro de mí. Pensé que no podía ocultarte esto que me ha pasado, incluso si aún no comprendo su relevancia. Y creo que eres tú la que debe decidir qué quieres que hagamos, ahora que ya sabes lo que hay. Por mi parte, estoy dispuesto a continuar - Su mano se acerca con timidez a la de ella, le acaricia el dorso de los dedos, se posa encima y la aprieta con suavidad, como queriendo retenerla.

Sara observa en silencio los dibujos de su cajetilla de cigarrillos.

- Sara, no quería mentirte. Te aprecio demasiado para hacerlo. Tenía que decirte la verdad. Siempre me he tenido por un tipo sincero - Al alzar la vista Sara se topa con unas pupilas que se proyectan sobre las suyas con intensidad.

Las estudia con detenimiento. Busca en ellas esa verdad antes encubierta que, según él, ha aflorado de su interior por razones que no alcanza a comprender. Algún rastro revelador de la incógnita que es Nuria, la relación vivida con Nuria. Pero en ellas sólo encuentra un extraño brillo que se columpia entre el alivio y la autocomplacencia que destila la sensación del deber cumplido. Y parapetada tras ella, cree adivinar la sombra del miedo. Miedo al presente. Miedo a ella y a su supuesta brillantez. Miedo al riesgo de volver a querer, queriendo lo que aún se desconoce. Miedo y debilidad frente al reto de construir un nuevo castillo cuando, por causa de ese mismo miedo, las ruinas del antiguo, contempladas en la distancia, parecen ofrecer de pronto un ilusorio cobijo. Tampoco se le escapa el efecto balsámico de tal lectura para su arañado orgullo. En cualquier caso, no ha errado al decir que semejante verdad, incluso si flota sobre una maraña de mentiras no sabidas, desemboca para ella en una única salida. Hasta podría tratarse de una fea treta -da por sentado que no premeditada, hasta ese punto confía en conocerlo- destinada a brindarle una huida airosa. La inconsciencia suele retorcer nuestras intenciones. Poco importa ya. No piensa perder tiempo en averiguarlo.

Sara retira sin brusquedad la mano, coge su abrigo y se levanta.

- Paga tú los cafés, ¿quieres? Ya hablaremos.

Cuando Sara ha salido por la puerta, también él se levanta y deja unas monedas sobre la mesa, perplejo ante su precipitada desaparición. Está empezando a llover. Bajo el paraguas, entre el tumulto de viandantes, se siente repentinamente solo, aislado. Se detiene bajo un soportal y marca en el móvil el número de Sara. Desconectado. Juega con la idea de marcar el de Nuria. Pero piensa en su voz, en la imagen de su rostro al otro lado del teléfono, y comprueba que sólo le evocan una fría indiferencia. Sigue caminando, preguntándose qué es lo que echa tanto de menos en cada bocanada de aire invernal.