
Hace ya bastantes meses me despedía por un tiempo de todos vosotros con un post encabezado por unos versos de Rilke. Unos versos que, precisamente, hablaban de la despedida.
Si siendo aún muy joven me sentí atraída por la poesía de Rilke y nunca he dejado de admirarla, de revisitarla desde entonces, es por su inigualable capacidad para retratar en imágenes lo esencial de la condición humana. Sus inconfundibles metáforas y símbolos poéticos plasman, para mí, una profunda reflexión sobre el enigma que representa nuestro existir sobre el mundo, en el mundo, a distancia del mundo. Un enigma que, en lo fundamental, consiste en que eso que por fuerza es para nosotros lo más íntimo y cercano, lo más inmediato y familiar, nos resulta a la vez lo más extrañamente lejano, lo más extrañamente borroso. Nada tan complejo, tan inagotable en su complejidad, como tratar de comprender lo que somos. Nada se nos escurre tan vertiginosamente entre los dedos cuando pretendemos apresarlo como la naturaleza de nuestra propia existencia. Algo que tiende a desdibujársenos en el cotidiano transcurrir de nuestros días y que los poemas de Rilke quieren iluminar una y otra vez.
La despedida de la que habla allí Rilke no es la despedida de quien dice adiós y se ausenta por un tiempo antes de un nuevo reencuentro. Se trata de la despedida de un adiós definitivo, la despedida de quien sabe que aquello de lo que se despide nunca volverá. Pero ésta es, según los versos de Rilke, la única y verdadera forma de despedida que como humanos nos compete. La otra, la provisional, tan sólo representaría su reflejo deformado, una suerte de apariencia encubridora de ella. O mejor, una ficción construida sobre la base del olvido de aquella primera y más original despedida: el olvido de que nada retorna idéntico a lo que fue. De que, por tanto, no hay retorno alguno en nuestras vidas. Lo que ante nosotros se alza bajo la máscara de ese presunto retorno no es más que el invariable sobrevenir de lo desconocido.
Vivir siempre en despedida, llevar grabado en el rostro el gesto del que se marcha sin poder evitarlo, significa que no hay lugar ya transitado por el que nos sea posible volver a caminar. La inviabilidad del regreso se nos impone con cada nueva zancada. Conforme vamos avanzando, el suelo pisado se evapora bajo nuestros pies. Sin embargo, el hecho mismo de que sintamos la necesidad de despedirnos, de que no logremos seguir caminando hacia adelante sin echar la vista atrás y detenernos para decir adiós, delata que, fueran cuales fueran nuestros pasos, tanto si acariciaron nuestros pies como si los cubrieron de magulladuras, algo en nosotros lamenta el esfumarse de ese suelo que desaparece. Lo acontecido se ha perdido para siempre. También aquello que fuimos durante su acontecer. Y por esa pérdida hacia la que la memoria nos gira, en la que el recuerdo se detiene y demora, nos sabemos más cerca de la muerte, más próximos a la despedida última. Sólo el animal, dice Rilke en otros versos del poema que citaba, se halla libre de muerte. A ella sólo nosotros la vemos. Por la misma razón por la que pareciera que alguien nos volvió del revés: porque es la conciencia reflexiva ausente en el animal, nuestro estar volcados hacia afuera desde el adentro que nos desdobla, lo que nos sitúa de continuo frente a la oscuridad de la muerte y nos impulsa a mirar atrás con nostalgia.
Antígona y yo nos encontramos ahora unos meses más cerca de la muerte. Como todos vosotros. Todos nosotros nos hemos despedido definitivamente de lo acontecido en esos meses, también de lo que fuimos durante su acontecer. Pero en nuestra despedida de entonces, la de Antígona y la mía, quisimos acogernos a esa ficción del adiós provisional que permite anunciar el futuro reencuentro con lo ya alguna vez sido. Pues bien, el momento de ese reencuentro ha llegado. Y con él nos lanzamos al encuentro de lo desconocido que en verdad supone.
Aunque, si pensamos con Rilke, ni Antígona ni yo podemos ser las mismas, me temo que, para bien o para mal, seguimos pareciéndonos mucho a las que ya conocéis. Creo que este post, con el que resucitan nuestras antiguas obsesiones, es ya buena prueba de ello :) Pero veremos qué nos depara eso que aún es desconocido y que hoy empieza a serlo un poco menos.


