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lunes, 14 de junio de 2010

Hermenéutica IV: Falacias


En el siglo XI, momento perteneciente a esa época de la historia marcada por el notorio desperdicio de todos los talentos intelectuales de Occidente en peregrinas y estériles disputas sobre la existencia y atributos del Dios cristiano, los llamados antidialécticos defendieron que el uso de la lógica era perjudicial para la fe. Y no puede negarse que estaban en lo cierto: no hay forma de admitir que Dios es a la vez uno y trino, o que la Virgen María, siendo virgen, fuera igualmente madre, sin suspender toda exigencia lógica.

Pero así como el rechazo de la lógica es beneficioso para la fe, resulta tremendamente nocivo allí donde se trata de valorar la credibilidad de los argumentos de los políticos. Desde antiguo se sabe que una práctica habitual del discurso político es la utilización de falacias o sofismas, esto es, razonamientos que, si bien son lógicamente incorrectos, aparentan ser correctos y se aplican con fines persuasivos para convencer de alguna presunta verdad.


Hace unos días, la señora Ministra de Igualdad condenaba las 32 muertes de mujeres a manos de sus parejas que se han producido ya este año y, al preguntársele por las causas de este aumento con respecto al año pasado, señalaba la necesidad de atender al denominador común de todas ellas, a saber, que la mayoría de las fallecidas no había presentado denuncias por agresiones previas. Ni ellas ni su entorno. Por ello, sus declaraciones terminaban alentando a la sociedad en su conjunto a denunciar.


Entiendo que lo que la señora Ministra quiere decir es que la ausencia de denuncias por agresiones previas es una causa determinante de las muertes de esas 32 mujeres. De lo cual se sigue que, si esas mujeres hubieran denunciado tales agresiones previas, podrían haber salvado sus vidas. De ahí su mensaje: si queremos evitar más muertes, presentemos denuncias ante cualquier caso de agresión que conozcamos.

Sin embargo, a mi entender la señora Ministra ha incurrido con sus declaraciones en varias flagrantes falacias que intentaré analizar a continuación:


a) La falacia formal o razonamiento no válido conocida como falacia de negación del antecedente se da en razonamientos de este tipo: aceptada la premisa de que si llueve, las calles se mojan, se concluye que, en el caso de que no llueva, las calles no se mojan. ¿Y por qué se trata de un razonamiento falaz o incorrecto? Pues porque las calles podrían mojarse por otros motivos: que pase el camión de limpieza del ayuntamiento, que un maremoto arrase la ciudad, o que todos los ciudadanos de un determinado barrio se pongan de acuerdo para arrojar desde sus balcones cubos de agua. Exactamente lo mismo sucede con el razonamiento de la señora Ministra: aceptada la premisa de que en ausencia de denuncias de agresiones previas se producen asesinatos, se concluye que, en el caso de que tales denuncias sí se den, no se producirán asesinatos. Lo cual es falso porque las mujeres podrían resultar asesinadas por sus parejas por otros motivos.

b) La falacia informal de la falsa causa consiste en atribuir a dos sucesos o hechos correlativos una relación de causa-efecto sin evidencias que la soporten. Ejemplos un poco burdos de esta falacia serían afirmaciones tales como: el sol ha salido porque el gallo ha cantado; el arcoíris ha parado la lluvia. Un poco –aunque sólo un poco- menos burdo: aprobé el examen porque llevaba mi amuleto de la suerte, ya que esta falacia es el tipo de razonamiento incorrecto que suele primar en las creencias supersticiosas. Tales falacias se refutan demostrando que no existe una relación significativa entre los dos hechos que se pretenden causa y efecto: bien probando que el efecto tiene lugar aunque no intervenga la causa –el sol saldrá aunque todos los gallos sobre la faz de la tierra se proclamen en huelga y dejen de cantar-, bien probando que el efecto está producido por otra causa distinta de la presumida. Pues bien, que la señora Ministra incurre en este tipo de falacia se pone de manifiesto atendiendo a sus propias declaraciones: el hecho de que la mayoría de las mujeres no hubiera presentado denuncias significa que algunas mujeres sí las habían presentado, en concreto cinco de ellas. No obstante, la presentación de tales denuncias por agresiones previas no las libró de la muerte. Luego es falso el establecimiento de una relación causal entre la ausencia de presentación de denuncias y la muerte, porque el efecto –la muerte- pudo ocurrir sin intervención de la causa –es decir, habiéndose presentado denuncias-. Que ambos hechos –no presentar denuncias por agresiones previas y acabar muerta- sean correlativos no permite entonces concluir legítimamente que el primero sea causa del segundo.

c) Vamos a conceder a la señora Ministra que sus declaraciones se sustentan sobre el dato fehaciente y constatado de que algunas de las mujeres que han acabado muertas a manos de sus parejas habían sufrido previamente agresiones por parte de ellas. Ahora bien, otra falacia informal es la que recibe el nombre de generalización precipitada, por la cual se otorga de manera injustificada la propiedad que presentan varios individuos de un conjunto a todos y cada uno de los elementos de ese conjunto. Un ejemplo de esta falacia podría ser la afirmación de que el alcohol es dañino porque genera alcohólicos, pues el hecho de que para algunos individuos el alcohol resulte dañino no permite concluir que lo sea para todos. Idéntico caso de generalización precipitada es el de la señora Ministra: del hecho de que algunas mujeres muertas a manos de sus parejas hayan sufrido agresiones previas no es legítimo concluir que todas las mujeres muertas a manos de sus parejas las han sufrido.


Pero la señora Ministra no es la única política que incurre en razonamientos falaces. Al día siguiente de sus declaraciones, también el Delegado del Gobierno para la Violencia de Género hacía un uso tácito de esta última falacia al plantear la hipótesis de una posible vinculación entre las muertes de mujeres a manos de sus parejas y el modo en que éstas son reportadas en los medios de comunicación. Para justificar el aumento de mujeres muertas a manos de sus maridos de los últimos meses, apelaba a un presunto “efecto imitación”, “aquel en el que el agresor asesina a la mujer tomando como referencia un caso anterior" y un presunto “efecto paso a la acción”, “cuando el agresor se decide a cometer el asesinato al ver otro”. Puesto que los medios de comunicación podrían entonces, involuntariamente, estar incitando a nuevos asesinatos, el Delegado señalaba que la clave para evitar este efecto indeseado estribaría en el tratamiento de la información por parte de los medios. E indirectamente, condenaba la emisión de testimonios de los vecinos como “era un hombre trabajador” o “era un buen padre”, porque, según él, “provocan que la agresión sea inexplicable”. ¿Y por qué inexplicable? Sencillamente porque, como se desprende de sus propias palabras, el Delegado asume que todos los hombres que han matado a sus mujeres las habían agredido previamente, es decir, que son agresores habituales y por ello, según su propio juicio, personas que no pueden merecer ninguna valoración positiva por parte de nadie. Por esta razón, al igual que la señora Ministra de Igualdad, el señor Delegado terminaba sus declaraciones instando a las mujeres y a sus entornos a denunciar.


Quizá parezca difícil entender que a la señora Ministra no se le haya ocurrido que la ausencia de denuncias previas a las muertes de mujeres a manos de sus parejas podría obedecer a la ausencia de motivos para realizar tales denuncias, es decir, a la ausencia de agresiones previas. O que al Delegado no se le haya ocurrido pensar que los testimonios de los vecinos nada tienen de descabellado porque no es inexplicable que alguien que no ha agredido previamente a su pareja pueda llegar a matarla bajo ciertas circunstancias específicas.


Pero, en el fondo, me temo que la falta de tales ocurrencias no es tan difícil de entender. Porque si el Ministerio de Igualdad y la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género aceptaran la hipótesis de que gran parte de las muertes de mujeres a manos de sus parejas no responde a una situación de maltrato y constituye un suceso imprevisible en tanto desconectado de cualquier acto violento previo, ¿podrían al mismo tiempo afirmar que la evitación o disminución del número de muertes de mujeres a manos de sus parejas depende de sus propias acciones? ¿Podrían justificar sus respectivos trabajos en lo que respecta a esta cuestión concreta? ¿Podrían arrogarse los méritos aquellos años en que el número de muertes disminuye, como suelen hacerlo habitualmente? Desde luego, yo creo que lo tendrían mucho, pero que mucho más complicado.

Por ello prefieren sostener como única causa válida del asesinato el maltrato previo y animan repetidamente a la denuncia, ya que según sus encuestas –y ya analizamos aquí una vez de qué forma tan surrealista tales encuestas detectan las situaciones de maltrato- existen 400.000 maltratadores en España, 300.000 de los cuales aún no han sido denunciados.

Mientras tanto, debería dar que pensar el hecho de que en noviembre del año pasado el número de presos por violencia de género creciera un 50% con respecto al año anterior. Como debería dar que pensar que en el 2009 se produjeran 135.540 denuncias, de las cuales tan sólo 32.550 recibieron una sentencia condenatoria, cifra que incluye aproximadamente un 50% de sentencias que únicamente enjuician faltas y no delitos –y aquí es preciso tener en cuenta que, a partir de la aprobación de la Ley Integral de Violencia de Género, se tipifica como falta la injuria o vejación injusta de carácter leve, mientras que cualquier otra injuria o agresión pasa a ser considerada delito-. E igualmente debería dar que pensar por qué ninguna institución se preocupa por tratar de explicar ni valora como un problema social que junto a las 55 mujeres que en 2009 murieron a manos de sus parejas, también murieran 10 hombres a manos de sus parejas.


No sé vosotros, pero yo no tengo ninguna intención de dejar de hacer uso del razonamiento lógico para dejarme convencer por argumentos erróneos encaminados a fomentar creencias cada vez más alejadas de la realidad. Y es que el conocimiento de la realidad no pasa por la fe, sino, entre otras cosas, por ser capaz de anteponer la mera lógica a ella.

viernes, 29 de mayo de 2009

Hermenéutica III: Diversión


Es sabido que los hechos nunca hablan por sí solos. A los hechos -eso que ha pasado, eso que ha acontecido- hay más bien que hacerlos hablar, incluso forzarlos a hablar, dado que la verdad de eso que ha pasado siempre está sujeta a múltiples interpretaciones. Pero, por paradójico que resulte, no es menos cierto que también a las palabras hay que hacerlas hablar. Las palabras no hablan por sí solas. Parece que lo hacen, pero no es así. Y no sólo porque se encuentran igualmente sujetas a interpretación. También porque, en ocasiones, para que salga a la luz, lo que realmente quieren decir debe ser hurtado al silencio de lo no-dicho, a la retórica, a la ambigüedad o a la falta de claridad.

No era éste el post que tenía pensado colgar hoy. Pero ciertas palabras que muy recientemente han saltado a los medios me han animado a emprender, después de tanto tiempo sin hacerlo, un nuevo ejercicio de hermenéutica que, como ya sabréis, no es otra cosa que el arte de la interpretación. Razones: ante ciertas palabras, este ejercicio me parece estrictamente necesario. Pero, además, resulta que es un ejercicio que me entretiene y me divierte. Y no creo que haya nada malo en entregarme por un rato a este gozo y disfrute. ¿O tal vez sí?

Como supongo que ya habréis adivinado, esas palabras no son otras que las que copiaré a continuación:

"...reducido el sexo a simple entretenimiento, ¿qué sentido tiene mantener la violación en el Código Penal? ¿No debería equipararse a otras formas de agresión, como si, por ejemplo, obligáramos a alguien a divertirse durante algunos minutos? ¿Por qué tal disparidad de condenas?

No es demagogia. Hay movimientos recientes en esa dirección. En marzo, en una decisión sin precedentes, el Consejo de Ministros concedió un indulto parcial a un violador (...) Cuando se banaliza el sexo, se disocia de la procreación y se desvincula del matrimonio, deja de tener sentido la consideración de la violación como delito penal. Ése es el ambiente cultural en el que vivimos y, sin embargo, la inmensa mayoría de los españoles consideraría una aberración que se sacara la violación del Código Penal, aunque, a sólo cien metros, uno tuviera una farmacia donde comprar, sin receta, la pastillita que convierte las relaciones sexuales en simples actos para el gozo y el disfrute. Esa hipotética indignación es un motivo de esperanza, porque demuestra que la deshumanización de la sexualidad, que promueve el Gobierno, todavía no ha llegado a un punto de no retorno".

Para mí es obvio que, al contrario de lo que parece deducirse de algunos de los titulares que han lanzado a la prensa este texto, el redactor jefe de la revista del Arzobispado de Madrid no está en absoluto defendiendo la despenalización de la violación. Tan mentecato no podía ser el señor Rouco Varela al dar su aprobación a la publicación de este artículo. No. El Arzobispado, velando generosamente, cómo no, por los intereses no sólo de sus creyentes, sino de toda la sociedad española, está advirtiéndonos de uno de los graves peligros que corremos en este ambiente cultural, apoyado e impulsado por el Gobierno, en el que vivimos.

Ese grave peligro podría expresarse mediante un condicional como éste:


Si el Gobierno permite comprar sin receta la "pastillita" postcoital, entonces acabará despenalizando la violación.

La argumentación que, según entiendo el texto de la revista del Arzobispado, haría legítima la relación establecida entre las dos partes del condicional, podría ser la siguiente:

- Al permitir la compra sin receta de la "pastillita" postcoital, el Gobierno está convirtiendo las relaciones sexuales en "simples" actos para el gozo y el disfrute, en "simple" entretenimiento y diversión.

- Convertido todo acto sexual en un acto de diversión, la violación, que es un tipo de acto sexual cuya especificidad radica en que se obliga a alguien a realizar ese acto sexual, se convierte en un acto de diversión obligado.

- Obligar a alguien a divertirse no puede ser tan gravemente penado como lo es actualmente la violación.

- Por tanto, el Gobierno acabará despenalizando la violación.

Un indicio debe, además, llevarnos a confiar no sólo en la legitimidad de la relación causal establecida entre los dos miembros del condicional (si llueve, me mojo), sino también en su cumplimiento efectivo (está lloviendo, luego mejor abro el paraguas): el Gobierno ya ha empezado a caminar en esa dirección al conceder en marzo de este mismo año un indulto parcial a un violador.

Una consecuencia que se deriva palmariamente del condicional planteado: Si no queremos que el gobierno despenalice la violación, opongámonos a la compra sin receta de la "pastillita" postcoital.

Y una consecuencia más, no tan palmaria, pero igualmente derivable de lo anterior: Nadie que no sea un violador puede desear que se despenalice la violación. Por tanto, sólo los violadores pueden desear que se legalice la compra sin receta de la "pastillita" postcoital.

Vaya, me temo que este ejercicio de hermenéutica me ha llevado a descubrir que tengo alma de violador y a estas alturas de mi vida aún no me había dado cuenta. Será cuestión de buscar un psicoanalista o esperar a que el gobierno despenalice finalmente la violación para dar rienda suelta a esos impulsos hasta ahora ocultos. Pero tengo que reconocer que gracias a él me ha quedado todo mucho más claro. Y sobre todo me ha quedado mucho más claro por qué cuando lo leí por primera vez me pareció no sólo moralmente inadmisible, sino también racionalmente inaceptable.

La "pastillita" postcoital sólo sirve para evitar un posible riesgo de embarazo. Por fortuna, la "pastillita" de marras no lleva un chip incorporado que detecta cuándo el acto sexual fue "simple" cuestión de entretenimiento y así actuar sólo en esos casos. Las pastillas no juzgan las motivaciones que han dado lugar al hipotético proceso que pretenden interrumpir. Aquí la única instancia que juzga y además condena esas motivaciones es el Arzobispado. Porque ahora resulta que tener relaciones sexuales por el "simple" gozo y disfrute que proporcionan supone un acto de deshumanización de la sexualidad. Debe de ser que los señores arzobispos, estas reconocidísimas autoridades en materia de sexualidad y diversión, consideran que la sexualidad propiamente humana, la que nos distingue de la bruta sexualidad animal, es la que está exenta de todo elemento de gozo y disfrute. Cuánta contumacia alberga la antropología, siempre empeñada en decir lo contrario.

Así que, señoras y señores, hagan caso de nuestros arzobispos y eviten todo goce y disfrute, toda diversión y entretenimiento en sus relaciones sexuales, si no quieren verse deshumanizados y relegados a la condición de meras bestias. Por suerte, a mí todavía me quedará el gozo y disfrute, la diversión y el entretenimiento que me procuran estos ejercicios de hermenéutica. Al menos hasta que la Iglesia, esa gran amante de la libertad y la dignidad humanas que se atreve a concebir una violación como un acto de diversión obligado, no condene también, por deshumanizadora, esta inocente diversión intelectual.

lunes, 14 de abril de 2008

Hermenéutica II: Publicidad


Lo dije ya en una ocasión pero no me importa repetirlo: quien aquí firma como Antígona se quiere antes persona que mujer, y pese a reconocerme profundamente en deuda con los movimientos feministas que han hecho posible que hoy por hoy pueda decir esto, no dejo de discrepar con aquellas tendencias que en la actualidad, en nombre del feminismo, parecen antes interesadas en promover una guerra entre sexos, de todo punto indeseable tanto para hombres como para mujeres, que en proseguir la lucha legítima por la igualdad de oportunidades de éstas en relación a aquellos.


Sin embargo, de lo que no me cabe la menor duda es de que a esta lucha, iniciada hace poco más de un siglo, aún le queda mucho camino por recorrer. Creo que resulta más que obvio que la igualdad de oportunidades no podrá ser una realidad efectiva sin una progresiva disolución -afortunadamente ya puesta en marcha en la mayor parte de los países occidentales- de las diferentes funciones sociales atribuidas durante milenios a las condiciones femenina y masculina, y sin la radical transformación que debe acompañarla de los distintos parámetros valorativos históricamente aplicados sobre ambos sexos. Pero hay quien no vacila, con el fin de obtener un beneficio económico, en utilizar y fomentar algunas de esas valoraciones tradicionalmente ligadas a la condición femenina que, además de situarla en una posición de desigualdad con respecto al varón, siguen haciendo depender su valía de atributos conducentes a su cosificación.

Me refiero, en concreto, a la conocida empresa automovilísta Renault, que en la feria de coches usados de Bogotá de 2006 se anunciaba con el siguiente cartel publicitario:



El mensaje de Renault es claro: sus coches usados son aún tan atractivos y apetecibles para el potencial usuario como la modelo de la fotografía, quien pese a tener ya cuarenta años y haber pasado por dos divorcios, sigue mostrando unos incuestionables -y a mi entender nada realistas, teniendo en cuenta la existencia del photoshop y de los trucajes fotográficos; pero ya sabe, la publicidad juega al arte del engaño- encantos físicos.

De denigrante cabría calificar ya la comparación establecida entre una mujer y un objeto de fines fundamentalmente utilitarios sujeto a compra-venta. Pero aún más insultante me parece la identificación que se desprende de este anuncio: una mujer de cuarenta años, con dos divorcios a sus espaldas, es una mujer "usada" que, no obstante, todavía conserva un valor de uso rescatable. Porque, más allá de abundar en la idea tradicional de que el valor de una mujer reside básicamente en su apariencia física y en el atractivo sexual derivado de ella -invariablemente sometido a la tiranía del tiempo, aunque gracias a los avances de la cosmética y la cirugía y, en este caso, del photoshop, cada vez más perdurable-, que Paula Hernández sea una mujer "usada" y aún así deseable es una apreciación que sólo puede apoyarse sobre un prejuicio marcadamente diferenciador y en absoluto asignable a la condición masculina: el que asocia ese mismo valor femenino a la virginidad, desprestigiando ante la mirada masculina a la mujer que ha pasado por las manos de algún otro hombre.

Encontré este cartel en un blog, que lo enjuiciaba como "de muy mal gusto", a través de un portal de noticias. Lo sorprendente es que muchos de sus comentaristas no sólo disentían de esta opinión, sino que lo consideraban gracioso o divertido y se entretenían en ahondar en la comparación planteada en él aludiendo a la similitud entre "montar en un coche" y "montar a una mujer".

Sólo me consuela pensar que este anuncio jamás hubiera sido tolerado en un país europeo. Parece que en algo hemos avanzado.


viernes, 8 de febrero de 2008

Hermenéutica


Por hermenéutica se entiende en general el arte de la interpretación de textos. Entre otras muchas razones, el texto constituye por excelencia el objeto a interpretar porque en la construcción y posterior desciframiento de su sentido confluyen toda una compleja trama de niveles de significado no siempre fácilmente identificables sin un análisis detallado de los elementos expresivos que lo componen.

Hoy os propongo que hagáis conmigo un pequeño ejercicio de hermenéutica. El objeto que he escogido es la "Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española ante las Elecciones Generales de 2008". El motivo: creo que vale la pena detenerse en algunas de las formulaciones empleadas en él por nuestros obispos para analizar qué es lo que se destila del mismo en lo relativo a la función que la Iglesia católica aspira a ejercer en este país. El texto completo, que daría para una reflexión mucho más exhaustiva que la que haré, lo podéis consultar aquí.

Resulta que nuestros obispos quieren ofrecer a los católicos y a todos aquellos que deseen escucharlos algunas consideraciones "que estimulen el ejercicio responsable del voto", ya que creen tener "la obligación y el derecho de orientar el discernimiento moral" en la toma decisiones que "han de contribuir al pleno reconocimiento de los derechos fundamentales de todos y a la promoción del bien común". Resulta que debemos entender, por tanto, que, según los obispos, hay un voto responsable y otro irresponsable. Ello depende de las implicaciones morales contenidas en el hecho mismo de votar a un partido u otro. Pero no temamos: los obispos saben cuál es el voto responsable -de lo contrario, no podrían estimularlo-, porque desde su profundo conocimiento de la moral pueden ayudarnos a discernir entre lo bueno y lo malo. Y no sólo entre lo bueno y lo malo para los católicos, no, sino entre lo bueno y lo malo para todos. Estupendo. ¿Será que ha llegado la hora de reconocer que los que carecemos de toda creencia católica nos hallamos sumidos en la más terrible desorientación para emitir juicios morales? ¿Será que no existen principios morales fuera del ámbito de la religión, de manera que, desligados de ella, siempre corremos el riesgo de discernir erróneamente entre el bien y el mal?

Pero los obispos no quieren imponer a nadie su manera de ver las cosas, sino sólo, aclaran, "proponerla libremente" para colaborar en la consolidación de la "auténtica tolerancia". Ajá. Debe de haber entonces una tolerancia inauténtica que amenaza con propagarse si no permitimos que los obispos expresen y propongan libremente sus ideas. Del mismo modo, de la afirmación de que
"la calidad y la exigencia moral de los ciudadanos en el ejercicio de su voto es el mejor medio para mantener el vigor y la autenticidad de las instituciones democráticas" se deriva claramente la existencia de una democracia inauténtica. ¡Qué infamia! Menos mal que los obispos saben cuál es el voto moralmente responsable porque saben qué es lo auténtico y lo inauténtico en lo que a tolerancia y democracia se refiere. Lo habrán aprendido reflexionando sobre el orden jerárquico de su propia institución, ¿no?

Los obispos nos advierten además de que "no se debe confundir la condición de aconfesionalidad o laicidad del Estado con la desvinculación moral y la exención de obligaciones morales objetivas". Vaya. Me pregunto quién será el mentecato que ha venido confundiendo ambas cosas hasta ahora. ¿Quieren decirnos de nuevo que sin la sabia guía de la Iglesia nos hallamos en constante peligro de caer por el precipicio de la inmoralidad? Pero no, no seamos injustos con los obispos. Porque, según especifican, ellos no exigen "que los gobernantes se sometan a los criterios de la moral católica", sino únicamente "que se atengan al denominador común de la moral fundada en la recta razón". Obvio: no habíamos contado tampoco con la existencia de una razón recta y una razón desviada. Y también en este caso los obispos parecen conocer perfectamente la distinción entre una y otra. ¿Quizás porque su moral católica, ésa a la que no desean que los gobernantes se sometan, se encuentra del lado del uso recto de la razón frente a sus desviaciones perversas?

De ahí que nos recuerden a continuación lo señalado por el Papa con respecto a la necesidad de afrontar el peligro que representan aquellas "opciones políticas y legislativas que contradicen valores fundamentales y principios antropológicos y éticos arraigados en la naturaleza del ser humano". Lógico: si los obispos saben del uso recto de la razón es gracias a su amplio conocimiento de la naturaleza humana, es decir, de lo que naturalmente corresponde al ser humano frente a lo que sólo se le imputa por mero artificio. Y es en función de tal conocimiento por lo que aseveran que, dentro de tales principios, se encuentran el de "la defensa de la vida humana" y el de la "promoción de la familia fundada en el matrimonio". Eso sí, entendiendo, por un lado, que la vida humana comienza en el instante mismo de la "concepción" -los gemelos monocigóticos deben de ser, por tanto, una sola vida humana, y no dos- y acaba con la "muerte natural" -mmm, ¿la decidida por dios?-, y, por otro, que cualquier forma de unión distinta a la idea del matrimonio propugnada por ellos atenta contra el "ser propio y específico" de éste -así que ahora resulta que el vínculo puramente contractual que es el matrimonio también es natural-. Todo lo cual les lleva a proclamar que "no es justo tratar de construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas (...), sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna". Por supuesto: ¿alguien duda de que las innumerables culturas que jamás han creído en un único dios padre creador ni han aspirado a la vida eterna no pueden ser naturalmente humanas?

Hay que ver cuánto saben nuestros obispos de lo responsable y lo irresponsable, de lo auténtico y lo inauténtico, de lo recto y lo desviado, e incluso de lo natural y lo artificial. Por favor, apártense los filósofos, los teóricos de la ética, los antropólogos y los científicos en general, y cedan sus cátedras a nuestros señores obispos. Ahora son ellos los que reclaman no sólo la autoridad de la fe, sino también la del saber.