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martes, 30 de abril de 2013

Opacidad


Después de unos segundos observándolo indecisa, se ha desplazado despacio por el vagón, sorteando al resto de pasajeros, hasta colocarse delante de él para pronunciar un sencillo hola Quique. Él ha respondido automáticamente al reclamo levantando la vista del periódico deportivo y buscando sus ojos con un gesto interrogante, tornado en inmediato reconocimiento, ¡Marta, vaya, cuánto tiempo! Pues sí, la verdad es que mucho, Marta percibe un leve repiqueteo sobre su párpado derecho, signo inequívoco de un nerviosismo más acusado del esperado y traga saliva. ¿Qué haces por aquí?, él sonríe afable doblando el periódico. Bueno, yo también me trasladé aquí, a ver si te vas a pensar que esta ciudad es sólo para los artistas, Marta ensancha su sonrisa y siente como si los labios se le fueran a quedar pegados a las encías. Carraspea ligeramente, qué casualidad encontrarte, el otro día te escuché por la radio, has estrenado una nueva obra, ¿no? En los ojos de Quique, esos ojos oscuros de mirada seductora, único rasgo que, a su juicio, siempre le revistió de un cierto atractivo, Marta advierte un brillo de orgullo y autocomplacencia. Pues sí, de hecho voy ahora hacia el teatro… ¿Así que me oíste en la radio? Vaya, sí que es casualidad que nos encontremos ahora, después de tantos años, la obra está funcionando muy bien y de momento recibiendo buenas críticas, además de que toca un tema de plena actualidad, bueno, ya lo sabes si escuchaste la entrevista, claro, es un tema que da mucho juego… 

En las palabras de Quique hablando sobre los detalles de la trama y el montaje de la obra, Marta cree reconocer expresiones idénticas a las que oyera días atrás en la radio del coche, y revive la sorpresa que le produjera escuchar su nombre, Enrique Cerna, en la voz del conocido periodista que habitualmente la acompaña al regresar del trabajo. Antes de que Quique empezara a responder a sus preguntas ya sabía que se trataba de él. Aunque hace bastantes años que han perdido por completo el contacto, la última vez que hablaron él le contó que se mudaba a la capital para intentar abrirse paso en el mundo del teatro. Tiempo después se había cruzado con una noticia que daba cuenta de un primer estreno de Quique, por lo visto no demasiado celebrado. Pero esta vez las circunstancias parecían muy distintas: el elenco de actores de prestigio, la entrevista en una emisora nacional, la sala de renombre donde se representaba la obra. 

Atenta a las preguntas del periodista, sobre todo a las explicaciones de Quique, su curiosidad se vio incrementada por una vaga sensación de incredulidad: jamás hubiera pensado que Quique llegara a tener éxito. Se habían conocido siendo aún muy jóvenes, y de no haber sido porque ambos habían tenido que compartir horas y vivencias trabajando juntos en una terraza de verano, difícilmente se habría desarrollado una amistad entre ellos, si es que aquello que los unió durante un tiempo podía calificarse legítimamente de amistad. Fue Quique quien, tras el final de la temporada estival y de sus respectivos empleos estudiantiles, comenzó a llamarla, a pesar de que, mientras aún trabajaban juntos, él había intentado besarla una noche y ella lo había rechazado sin vacilar, su novio de aquel entonces como pretexto, sí, él estaba perfectamente al tanto, también –habían hablado de ello– de que ella ya no daba ningún futuro a aquella relación. Tras aquel primer rechazo, Marta nunca encontraba fuerzas para declinar sus esporádicas invitaciones a tomar un café, aunque después de cada encuentro volviera a casa con un sabor agridulce en la boca y la determinación de no quedar otra vez. Cuando finalmente rompió con su novio, agradeció que Quique la siguiera llamando, le venía bien que la sacaran de casa, la halagaba percibir que ella no había dejado de gustarle, por más que Quique siempre anduviera con una chica u otra, tenía facilidad para atraer a las mujeres y embarcarse en relaciones. Marta no terminaba de entenderlo. O tal vez sí. 

Su trato era cálido, cercano, su humor contagioso, pero Marta le reprochaba internamente que apenas le preguntara por su vida, por las cosas que a ella le sucedían o importaban, que cuando se veían sólo hablara de sí mismo, de sus planes y proyectos. Quique el que constantemente se mira al ombligo, cree recordar que ésas fueron las palabras con las que una vez lo describió a otros amigos. Así asistió al nacimiento del interés por el teatro del mal estudiante de químicas, que ella contempló con idéntica incredulidad a la que había sentido al oírlo por la radio. Pero si Quique apenas leía o sólo leía lo que ella, que en aquella época escribía su tesis sobre literatura francesa y había publicado un par de cuentos en revistas literarias, consideraba pura bazofia. La puso en un verdadero compromiso cuando le dio a leer algunos pequeños textos y obras que había escrito y le preguntó semanas después por su opinión. Textos infantiles, insulsos, desprovistos de toda sustancia, surgidos de una pluma carente de toda habilidad con el lenguaje, un quiero y no puedo tan notorio, tan poco consciente de sus limitaciones, que le había costado encontrar algún aspecto positivo que resaltar ante él. No obstante, él tomaba cada comentario suyo como una admirada alabanza, y se recreaba después narrándole de qué modo se había ido construyendo la historia en su cabeza, dónde creía él que se hallaban sus mayores virtudes, analizando sus personajes, las ideas o emociones que había querido expresar en ella. Marta lo escuchaba entre estupefacta, divertida y maravillada por el alto concepto que Quique tenía de sus creaciones. Pensaba para sí que semejante autoestima literaria, semejante seguridad no sólo en su supuesto talento, sino también en su autoproclamada capacidad para conseguir cualquier cosa que se propusiera, sólo podían provenir de su profunda ignorancia sobre la literatura, sobre sí mismo, y de un marcado egocentrismo que acaso explicara su falta de curiosidad por la gente que le rodeaba. 

Al cabo de un tiempo supo que estaba saliendo con una joven actriz. Que, gracias a ella, había empezado a desempeñar un pequeño trabajo –no puede recordar cuál, aunque está segura de que él le habló de ello con todo lujo de detalles– en la compañía de la que ella formaba parte. Que después había saltado a otra relación con otra actriz, lo cual le había facilitado involucrarse aún más estrechamente en el mundillo teatral. Incluso le suena haberle oído mencionar haber colaborado con algún director famoso. La última vez que hablaron, cuando él le dijo que se trasladaba a Madrid con su nueva novia, esta vez guionista de televisión –debía de ser esa inamovible confianza en sus cualidades, ese constante estar pagado de sí mismo lo que tanto atraía de él a las mujeres, se decía Marta con un contradictorio sentimiento de desprecio hacia su género–, porque allí tendría mejores oportunidades de hacer realidad su sueño de dedicarse profesionalmente al teatro, ella lo trató con cierta displicencia. Al día siguiente debía entregar una parte de su tesis y estaba muy ocupada y nerviosa revisando el texto. Cuando la conversación comenzó a alargarse, lo cortó un tanto abruptamente y se despidió, nunca sabrá por qué, con un comentario irónico o burlón sobre la vinculación de sus últimas novias con el mundo de la farándula y el provecho que él estaba sacando de ello del que se arrepintió en cuanto colgó el teléfono. No es de extrañar que él no volviera a llamarla. Tampoco puede decir que lo lamentara realmente. 

¿Lo había lamentado días atrás cuando, después de tantos años, escuchó su voz por la radio? Responder afirmativamente habría sido exagerado. Dar una rotunda negativa por respuesta también, si no pudo evitar, mientras oía la entrevista, que la asaltara el pensamiento de que, de haber mantenido su amistad con él, ahora sería amiga de una joven promesa del teatro camino de la fama. Incluso quién sabe –la imagen de aquella noche en la que él intentó besarla cruzó rauda por su mente– si no podría haber llegado a ser algo más que una simple amiga. Avergonzada, desechó de un manotazo mental ambos pensamientos, recriminándose la insólita ocurrencia, recordando el egocentrismo que nunca había dejado de distanciarla internamente de Quique. Es cierto que, a diferencia de él, ella había abrazado sueños que aún no se habían realizado y cuya realización intuía cada vez más improbable. Que, a diferencia de Quique, ella nunca había confiado lo suficiente en sus capacidades, y de ahí que nunca hubiera perseguido con suficiente convicción sus sueños. Entre ellos, el que suponía la novela que todavía no había conseguido terminar y sobre la que seguía trabajando, haciendo y deshaciendo, en sus escasos ratos libres. O quizá la diferencia entre ambos se resumía en que ella no era capaz de desear algo con tanta intensidad como lo había deseado él. Pero la cuestión era que, pese a todo, Marta no podía decir que estuviera insatisfecha con su vida. No era raro que, cuando algún contratiempo la deprimía, se detuviera a hacer balance de los trayectos que había recorrido, del lugar al que le habían conducido. Bien, nada es perfecto para nadie, concluía, lo cual no significaba que no tuviera sobrados motivos para considerarse una persona afortunada. Al menos –las frecuentes discusiones de un tiempo a esta parte con su actual pareja la irritaban tanto como inquietaban, aunque las atribuía a un período laboral sobrecargado de tensiones–, bastante afortunada. Sin embargo, no tardó en analizar que, entre los sentimientos que afloraron en ella al oír la voz de Quique en la radio, se incluía algo cercano a la envidia, también a la sensación de injusticia que suele acompañarla. No envidia por lo que Quique era –algo que ella jamás había valorado–, sino por lo que había logrado sin probablemente merecerlo. Nuevamente se recriminó el juicio que subyacía a sus sentimientos. Y qué sabía ella. Quizá Quique había cambiado, había aprendido durante todos esos años. Quizá sí tenía un talento que ella nunca había sabido reconocer, o lo había ido haciendo germinar poco a poco gracias a experiencias que ella desconocía. Al llegar a casa, se entretuvo un rato buscando por la red noticias sobre el estreno de la obra. Las críticas tampoco eran tan elogiosas, si bien el tema que abordaba podía justificar la razón de su éxito. En las fotografías que las ilustraban, Quique tenía buen aspecto, muy similar al que ella recordaba. Apenas se notaban los años transcurridos desde la última vez que se vieran. Desde aquella tarde, a menudo se le habían venido a la mente imágenes de él y de sus antiguos encuentros. No podía imaginar que, apenas una semana después, la casualidad querría que se encontraran en el metro, que ella rara vez utiliza. 

Y tú, cómo estás, hace tanto que nos perdimos la pista, se te ve muy bien, Marta, Quique la mira fijamente a los ojos después de concluir su largo monólogo, tanto que ella siente que va a ruborizarse y baja la vista tragando otra vez saliva antes de volver a alzarla. Es que estoy muy bien, me trasladé aquí por el trabajo y estoy contenta de haberlo hecho, me gusta esta ciudad, estoy además felizmente empar… Qué rabia, Quique la interrumpe bruscamente, me tengo que bajar en la próxima y estamos a punto de llegar, ¿vendrás a ver la obra, no?, estoy seguro de que te va a encantar, tú eras muy aficionada a la literatura, supongo que lo seguirás siendo, y la historia es de ésas que te atrapan, al menos es lo que yo pretendía y lo que la gente dice. El vagón ya se ha detenido, las puertas se abren. Me tengo que ir, me alegro mucho de haberte visto, menuda sorpresa, Marta, ya hablaremos. 

Quique abandona el vagón junto a un grupo de pasajeros y Marta lo observa apresurarse por el andén a través de la ventanilla. Se deja caer sobre uno de los asientos que han quedado desocupados. Aún le quedan unas cuantas paradas. Saca el libro del bolso y se dispone a leer. Apenas lo ha abierto, vuelve a cerrarlo y lo deposita sobre su regazo. Será imbécil, ni siquiera me ha pedido el teléfono, piensa mientras cierra los párpados. Nota un ligero malestar en la boca del estómago. Se pregunta, extrañada, disgustada consigo misma, por qué ahora ese inconfundible sentimiento de decepción y vacío. 

domingo, 13 de enero de 2013

Inocencia


Sentada sobre la manta gris doblada varias veces sobre sí misma para aislarla del frío del suelo, Lola redescubre cada tarde lo despacio que puede llegar a pasar el tiempo. Se dice que si mirara con atención el segundero del pequeño reloj digital que habitualmente rodea su muñeca, y que ahora descansa en el fondo del bolsillo de su anorak cubierto por otra manta azulada, lo vería detenerse en algún momento, paralizado sobre cualquier cifra, el dieciséis, el treinta y uno, el cincuenta y ocho, desafiando burlón la mecánica invisible de su interior para demorarse durante varios segundos en alguno de los números antes de cambiar al siguiente. O tal vez observaría el enlentecimiento de la cadencia que impulsa el cambio de una cifra a otra, cada dígito prolongando indebidamente su presencia sobre la diminuta pantalla, resistiéndose remolón a abandonarla antes de ceder su puesto a los demás. A menudo hace la prueba cuando la maestra se embarca en una de sus larguísimas explicaciones, mientras llena la pizarra de interminables palabras ordenadas en esquema, cuando sus compañeros de clase leen por turnos, en voz alta, del libro de texto. Pero nunca ha conseguido pillar al reloj haciendo trampas. Quizá es que nunca ha podido espiarlo durante el tiempo suficiente, la maestra siempre acaba llamándole la atención, Lola no te distraigas, Lola deja de mirar el reloj y atiende, Lola qué haces que no estás copiando. Pero está segura de que si lo sacara del bolsillo y lo vigilara sin apartar de él la vista durante las horas en que permanece sentada sobre esa manta, antes o después se le revelaría el engaño capaz de explicar por qué en ocasiones el tiempo se dilata y adensa como una enorme y pesada bola que sólo con ímprobo esfuerzo se lograra hacer rodar. 

Por eso, aunque papá se lo ha prohibido terminantemente, tú siempre con la cabeza gacha, Lola, no mires a la gente, a ratos se distrae alzando los ojos por entre el flequillo hasta las piernas de los viandantes, no más arriba de las caderas, y juega a imaginar, por el tipo de ropa que viste sus extremidades, cuál será su atuendo completo, si serán jóvenes o viejos, incluso si serán guapos o feos o el posible destino de sus pasos. Sobre todo le gusta fantasear con las piernas femeninas enfundadas en medias y que caminan sobre zapatos de tacón, aunque en estos días invernales abundan más los leotardos y las botas, o los pantalones que se pierden por dentro de botas altas y estilizadas. Los zapatos de tacón hacen un ruido inconfundible sobre el pavimento, de manera que puede anticipar su aparición en el campo de visión que le ofrece su cabeza quieta e inclinada y tratar de adivinar su color, su forma o la altura de sus tacones. Sobre algunos de ellos le parece prácticamente imposible caminar, aunque sus portadoras, que generalmente llevan faldas ceñidas que asoman bajo los abrigos, no muestran dificultad alguna en hacerlo. A veces pasean con languidez junto a piernas que terminan en lustrosos zapatos de cordones de hombre, probablemente sus maridos o quién sabe, piensa divertida, si a lo mejor sus amantes. Otras taconean solas con más apresuramiento, quizá de vuelta a casa después del trabajo o de permitirse algún capricho cuando llevan alguna bolsa de plástico brillante o de papel satinado. Son las mujeres con tacones, que se figura de la edad de su madre o algo mayores, las que más a menudo detienen sus pies ante ella por un instante para depositar una moneda dentro del recipiente de plástico que yace, junto al cartel de cartón, sobre la esquina izquierda de la manta. Las monedas que Lola guarda cuidadosamente en el otro bolsillo de su anorak cuando empiezan a acumularse. Por más que diga mamá, no consigue imaginarse a sí misma en un futuro con unos zapatos de tacón, de ésos negros y aterciopelados que tanto le atraen. Pero también ha visto botas preciosas de tacón bajo que le resultan muy elegantes. Cuando sea mayor y trabaje, lo primero que hará será comprarse unas de ésas. 

Nota sus miembros entumecidos por la inmovilidad y el frío a pesar de la manta, y tiene la sensación de que son ya infinitos los pensamientos, las historias a propósito de pies, piernas y zapatos que ha inventado desde que las farolas de la calle iluminan la oscuridad temprana. No puede faltar ya tanto, suspira reconfortada, para que papá, apostado en la acera de enfrente, recoja sus propias mantas y cruce a buscarla. La impaciencia por que llegue ese momento aún se entremezcla con el temor a que, mientras la ayuda a alisarse los pantalones del chándal, a plegar las mantas y el cartel para introducirlos en una de las dos bolsas deportes que lleva consigo, alguien vuelva, como aquella tarde, a increparle y amenazar con llamar a la policía. Pero no le da vergüenza, caballero, es que esto es un delito, gritaba aquel hombre vestido de traje y corbata mientras su padre, sin atreverse a enfrentar su rostro, con esa expresión de tristeza que a menudo atisba en él, atravesada a un tiempo por una contenida mueca de ira, preguntaba para el cuello de su chaqueta, y qué quiere que haga, y qué quiere que haga, una y otra vez. Y así continuó durante buena parte del largo trayecto de regreso hasta que se paró en seco y se inclinó ante ella para mirarla muy fijamente a los ojos con los suyos brillantes de lágrimas, tú lo entiendes, verdad, Lola, decía, te lo hemos explicado muchas veces, lo entiendes, verdad, hija, el dinero es para ti, ya lo sabes, ahora no tenemos otra forma de conseguirlo. Y ella, todavía muda por el nudo que apretaba su garganta desde los gritos de aquel hombre, sólo alcanzó a asentir con fuerza con la cabeza hasta que su padre, después de abrazarla, se levantó por fin y reanudaron la marcha. 

Aquella noche, mientras ella bostezaba sobre el cuaderno sentada a la mesa de la cocina de la abuela, ésta renqueaba de un lado a otro preparando la pasta de la cena y Dani, frente al televisor de la salita, pintarrajeaba con sus ceras rotas una caja de galletas vacía y se quejaba lloroso de cuando en cuando de que tenía hambre y de que no quería otra vez pasta, que ya estaba harto de la pasta, papá fue al dormitorio que antes era de la abuela y que ahora utilizaban ellos, a ver si mamá ya había despertado después de volver del hospital, y los oyó discutir y llorar. Primero parecía que gritaba uno y lloraba el otro. Luego al revés. No era la primera vez que sucedía aquello. Tampoco esa vez fue la última. Pero Lola se acuerda especialmente de esa noche, quizá porque aún se sentía sobrecogida por las amenazas del hombre con traje y corbata. También porque, a pesar de que la abuela, como siempre en aquellas ocasiones, se había puesto a canturrear una copla para ahuyentar de sus oídos el sonido de las voces y los sollozos, creyó oír a su madre diciendo algo así como que mejor estaría muerta, que no tenía nombre lo que le estaban haciendo a la pobre Lola, mi niña, la llamaba, pobrecita mi niña, que ni para puta servía en su estado, la palabra puta la oyó tan claramente que se sonrojó, que en cuanto mejorara un poco se iba a hacer la calle sí o sí y se pusiera él como se pusiera, cualquier cosa antes que eso, que no existía carga más inútil que ella. Lola intentaba en vano resolver la multiplicación, dudaba hasta de cuánto eran cinco por cinco. Mirando la fila de cajas de medicamentos que se alineaban, pegados a la pared, sobre el banco de la cocina, hay que ver el dineral que cuestan ahora, se indignaba constantemente mamá, se le vino a la mente la imagen de ella, Dani, papá y la abuela vestidos de negro, ante un ataúd que contenía el cuerpo de su madre muerta, su rostro impasible, como dormido, los párpados cerrados que ya nunca, nunca más se abrirían. Los números a lápiz sobre la página cuadriculada del cuaderno comenzaron a emborronarse, a formar una nube brumosa y confusa. Anda, Lola, deja eso y luego terminas, que hay que poner la mesa, dijo entonces la abuela. Y desapareció con su andar vacilante por el pasillo para reaparecer al poco con papá, que le sonreía con los ojos enrojecidos, cómo van esas mates, Lola, después me enseñas lo que has hecho, mamá va a tomarse un yogur en la cama, que está un poco cansada, luego vas a darle las buenas noches. Durante la cena, papá había estado muy cariñoso con ella y con Dani, pero sobre todo con ella, no dejaba de acariciarle el pelo y gastarle bromas. Sólo se puso serio cuando, como casi cada día, preguntó a la abuela si no había llamado nadie durante el tiempo que habían estado fuera, nadie, hijo, te lo hubiera dicho enseguida, que aunque se me vaya un poco la cabeza eso no se me olvidaría. Bueno, a ver si mañana, igual voy otra vez a la oficina de empleo, por si acaso, mamá, no dicen eso de que la esperanza es lo último que se pierde. A Lola le gusta cómo suena la palabra esperanza, aunque a veces piensa que no termina de entender del todo qué significa. 

Otra señora con tacones se ha acercado a dejarle una moneda. Gracias, ha murmurado Lola clavando la mirada sobre sus zapatos, que se han quedado quietos ante ella unos segundos, más de lo habitual, para después alejarse. Desobedeciendo esta vez a su padre, Lola ha alzado y girado la cabeza para observar su figura, su cabello claro recogido en un moño, las piernas esbeltas caminando armoniosamente sobre los elegantes zapatos. Lola vuelve a bajar la cabeza y sus ojos se posan primero en su pierna, desnuda hasta la rodilla donde el borde de la manta cubre los pantalones arremangados, con su calcetín blanco y su deportiva de rayas rojas un tanto ajada, después en la barra metálica que acaba en el pie artificial cubierto por el otro calcetín y la otra deportiva ajada. Alarga la mano por debajo de la manta y roza levemente el metal, que está frío como el hielo. Luego la pierna delgaducha y pálida, casi tan fría como el metal, siempre única y solitaria en su memoria salvo en vagos sueños que se desvanecen al despertar. La voz de su padre la sorprende, anda, Lola, ya está bien por hoy, vámonos a casa a hacer los deberes, que yo te ayudo, estarás cansada, eh, ya guardo yo las monedas de la caja, en casa las juntamos todas, vaya, hay varias de dos euros, qué bien, cariño, siempre me ganas, eh, a ver que te estire un poco más el camal del pantalón, así, ya está. Con las mantas ya metidas en la bolsa, Lola coge el cartel y lo mira antes de plegarlo para ponerlo encima de ellas y pasar la cremallera. “Necesito una nueva prótesis. Gracias”, se lee en él. Las letras le quedaron muy bonitas, se le da bien dibujar, se dice orgullosa mientras toma la mano de su padre y comienza a andar, con la pierna aún un poco torpe después de tanto tiempo sentada. 

domingo, 30 de septiembre de 2012

Presagio


Y por qué la visión. Por qué ahora. Por qué ahora esta visión inquietante. Por qué. La pregunta se le descoyunta en la lengua muda a fuerza de repetirla, y se reúnen de nuevo sus miembros desarticulados para volver a descomponerse, ninguna respuesta nítida entre el abanico desplegado en su reiteración, cuando gira la llave de contacto y escucha apagarse el zumbido del motor. 

 El buitre posado, impávido, amenazador, sobre la señal circular que marca el límite de velocidad en la autovía. Ajeno al estruendo de los tres carriles, del tránsito concurrido al caer la tarde pese al período estival. Tan insólita su cercanía a la gran urbe que no consigue apartar la sospecha del espejismo por causa del sol de frente, hiriendo en el fulgor de su declive los ojos de los miles de conductores que han pasado ante él. O quizá la causa no sólo ahí fuera sino también dentro, el sol sumado al cansancio sumado a la pesadumbre que desde hace semanas ensucia sus retinas, descubriéndole en cada gesto propio o ajeno, en cada objeto cotidiano, en cada rincón de la realidad, la inutilidad de una vida condenada al esfuerzo agotador y al constante desvelo a cambio de unas míseras gotas de placer y siempre provisional alegría. Poniéndole delante la fealdad de un mundo diseñado para el absurdo de esa misma vida, la estúpida ceguera de sus semejantes, corriendo como ratones año a año, década tras década por las ruedas de sus jaulas, aceptando resignados el cansancio y la cojera de la carne que declina como si de un mal inevitable se tratara… Apenas han sido unos pocos segundos de encuentro azaroso entre sus pupilas atentas al vértigo del horizonte cambiante ante el volante –tan familiar, por otra parte, que la atención mecánica se alía con frecuencia al vagar caprichoso de los pensamientos al ritmo de la música que habitualmente le acompaña–, y la imagen extraña del buitre, imponente en su quietud salvaje sobre el artificio humano del metal alertando la conducción. Pero en pugna con sus recelos por la hipotética ilusión, el recuerdo de la claridad de la impresión, del regocijo casi infantil ante lo inesperado y en extremo sorprendente, su cabeza desviándose temeraria de la carretera para cerciorarse de la presencia del buitre, demasiada la velocidad del vehículo, de todos los vehículos, para lograrlo. Y enseguida el miedo brotando de la automática asociación de la imagen a la idea del presagio: la muerte aguardándole en la próxima curva, o en la siguiente, o en la siguiente, como esperan pacientes los buitres la muerte del animal malherido, famélico, desfalleciente, para aspirar de su cuerpo muerto el sustento de su propia vida, igualmente inútil pero a salvo del absurdo por su bendita inconsciencia. El miedo que, en contra de la costumbre, le ha llevado a situarse en el carril derecho, a sujetar la aguja a los límites legales, a vigilar, aprensivo, la conducción de los hombres y mujeres anónimos que han escoltado su trayecto. 

Sin embargo, su cuerpo sigue vivo e intacto en el interior silencioso del coche aparcado. Aún. Por más que, conforme el viaje discurría sin contratiempos, la idea del buitre augurando su muerte se haya ido cubriendo del color amarillento de lo ridículo, continúa rebotando como una pelota de un lado a otro de su cabeza, chocando con el resto de hipótesis, la ilusión óptica producto del sol, o producto del desaliento pesando sobre su cejas, o, por qué no, la insignificancia del fenómeno improbable, pero no imposible, de un buitre desorientado en las inmediaciones de la ciudad que ya habrá alzado el vuelo, dejando de perturbar a más conductores. Si lograra aferrarse a esta última opción acallando las demás, detendría en seco el girar vertiginoso de la pregunta que le atormenta. El reloj en el salpicadero le revela una hora algo más temprana de la que creía. Coge la cartera del asiento del copiloto, abandona el vehículo y, tras un leve titubeo, empieza a andar. 

La terraza del bar comienza a llenarse a esas horas pero, por suerte, quedan todavía algunas mesas libres. Pide una cerveza y, tras echar una ojeada al móvil, lo guarda en el bolsillo de la chaqueta y lanza distraído una mirada a su alrededor. Frente a su mesa, y junto a la que ocupan dos parejas de mediana edad, una chica joven –sobre la mesa una tónica y un paquete de cigarrillos– parece esforzarse por concentrar su mente en el libro que reposa abierto sobre su regazo, quizá molesta por el tono, notoriamente elevado, de la animada conversación que se desarrolla junto a ella y por las frecuentes risas que la salpican. Calcula que no tendrá más de veinte años. En su perfil quieto intuye que no es especialmente atractiva. Pero algo en sus mejillas sonrosadas, en la tersura de la piel de los hombros desnudos enmarcados por los tirantes de la camiseta blanca, en su silueta imperfecta pero armoniosa, le invitan a observarla con detenimiento aprovechando su abstracción. Acaso también ella se sienta en ocasiones cansada y abatida. Aunque seguro que no en la forma en que él experimenta tales sensaciones, sobre todo ahora que se han instalado en el interior de sus huesos como un cáncer que lo fuera corroyendo lentamente. También en la juventud la vida puede parecer absurda. A él mismo, a veces, se lo parecía. Sin embargo, a pesar de su innata tendencia a la melancolía, la ilusión por lo nuevo y desconocido, el futuro y sus incógnitas abierto en perspectiva, su inocente confianza en sí mismo y en el prójimo, su infinita curiosidad, le permitían sobrellevarla con serenidad, contemplarla en la distancia como una rareza suya, una pequeña carga consecuencia de su carácter reflexivo y su gusto por la lectura y la soledad. Nunca ha sentido nostalgia de su juventud. Nunca ha deseado, como tantos manifiestan, retornar a aquellos años de incertidumbre e inexperiencia, de torpezas y desconcierto. Si por un momento alcanza a desprenderse del peso que últimamente abruma sus hombros y sus sienes, y analiza con frialdad las piezas que componen el retrato de su vida, sabe que, en comparación con muchos otros, tiene razones más que sobradas para sentirse afortunado. Pero hoy, el día en que un buitre se le ha aparecido en la carretera, debe reconocer que siente cierta envidia de la frescura que el cuerpo de la chica destila, de la despreocupación que gratuitamente le atribuye, de la energía que adivina en su expresión concentrada en contraste con su agotada debilidad. 

El sol ha desaparecido ya tras los edificios. Debe volver a casa. Apura la cerveza de un trago y se levanta. La chica ni tan siquiera se ha percatado de su presencia. Mientras camina hacia el portal, vuelve a imponérsele la visión del buitre, junto a él el repiqueteo de la pregunta todavía sin respuesta. Tal vez si se les cuenta lo sucedido a Sonia y a Enrique durante la cena, presentándolo como una anécdota curiosa, se desvanezca esta necia inquietud que la aguijonea. Puede imaginar a Enrique con sus grandes ojos muy abiertos, ¿de verdad, papá?, ¡un buitre! A Sonia probablemente con una sonrisa en los labios si consigue imprimir un tono desenfadado a su narración, tan pendiente de sus palabras como lo está de un tiempo a esta parte, consciente de su desánimo aunque él se empeñe en ocultarlo, comprensiva con él porque, es cierto, son demasiadas las horas que pasa en la oficina tras los últimos despidos, demasiado el estrés y la bota de la directiva sobre su cuello. Sonia reprimiendo a menudo el velado reproche que, ante su apatía, quiere asomar en su mirada, recordándole que ahí está Enrique, que ahí está ella, ella y sus sinceros deseos de hacerlo feliz. Sonia, fuente indudable de sus mayores alegrías. La pesadez se aligera invariablemente cuando la besa, cuando escucha su risa intacta pese a las excesivas tensiones que también ella sufre en su trabajo, y termina por evaporarse cuando se abraza a su torso cálido al vencerle el sueño cada noche tras apenas un par de páginas de lectura, por más que renazca con toda su intensidad al sonar el maldito despertador, y amenace con derrumbarle sobre la taza de café ante la visión anticipada de un nuevo día de fatigas, más tétrica y mortífera a esas horas tempranísimas que la de cualquier buitre en lugar insólito. 

Al subir al ascensor su inquietud se agudiza por la emergencia de una nueva hipótesis no barajada hasta entonces: el buitre presagiando no ya su muerte, sino la de Sonia y su salud un tanto frágil, anunciándole el horror, la pesadilla siempre temida de su desaparición, quién sabe si tras una cruel enfermedad que ya coloniza subrepticiamente sus entrañas… Al detenerse en el quinto siente el calor húmedo de las lágrimas tratando de desbordar sus párpados. Los cierra nervioso y agita la cabeza, en un intento desesperado por disipar sus negros pensamientos, por frenar la creciente angustia que los envuelve. Sale despacio del ascensor y se sienta sobre el penúltimo escalón del rellano. No quiere entrar en casa hasta haberse tranquilizado. En escasos segundos la luz se apaga. Envuelto en espesas sombras, rememora, una vez más, la imagen cada vez más borrosa del buitre sobre la señal de tráfico. La extrañeza de su figura imponente e impávida en los márgenes de la autovía. Sí, bien podría tratarse de un presagio de muerte. Pero no de la muerte definitiva, ni la suya ni la de Sonia, sino de esta muerte lenta que, día a día, le invade desde dentro cogida del brazo de su propia tristeza, de su pesadumbre, del desaliento penetrando sus pulmones como un fino polvo venenoso que entorpeciera su respiración. Ésa y no otra es la muerte que, ahora, más debe temer, antes de que acabe por aniquilar en él todo deseo de vida. Tendrá que aprender a respirar por los resquicios. Tendrá que aprender a exprimirles toda la fuerza y el gozo que sea capaz de extraer de ellos, a ver si así logra repeler este abatimiento que lo hunde y vence a cada paso. No puede desperdiciarlos como si no fueran nada, piensa mientras busca la llave en el bolsillo. Como si fueran carroña que se arroja a los buitres para seguir alimentando inútilmente su vida inútil. 

jueves, 28 de junio de 2012

Lejos de mí


Querido Mario:

¿Sorprendido de encontrar este correo en tu buzón? Hacía mucho que no nos veíamos, pero aun así estoy seguro de poder reproducir en mi cabeza el modo en que habrás alzado las cejas y arrugado la frente al descubrir en tu bandeja de entrada la dirección que en otro tiempo tanto la frecuentaba. Supongo que al verla te habrás preguntado por qué te escribo, si mi reacción de hoy ha sido la de la más cobarde huida. Si llevo casi una década huyendo de ti. Aunque también pudiera suceder que hayas estado esperando pacientemente este correo que por fin empiezas a leer. Tal vez no haya cambiado tanto como creo.

Es cierto, la coherencia hubiera exigido que refrenara este impulso que ahora me anima a escribirte. Que lo apartara de un manotazo en lugar de plegarme a él. No creas que no lo he intentado. Si nuestro inesperado encuentro me ha resultado tan incómodo, tan embarazoso, ¿por qué no continuar por la senda del alejamiento que emprendí años atrás, y eludir cualquier tipo de movimiento opuesto a ella? ¿Por qué habría de desear ahora convertirte en el interlocutor que aparté de mi vida y hace apenas unas horas he vuelto a rechazar? ¿Por qué no ser consecuente y hacerte desaparecer de nuevo en ese lugar recóndito de mi mente al que había logrado relegarte, de la misma forma en que esta mañana he actuado para que cuanto antes desaparecieras de mi vista? Con preguntas como éstas llevo debatiéndome desde que he llegado a casa. Pero si en estos momentos tecleo estas líneas, es porque –gracias a nuestro encuentro causal ha aflorado esta verdad dormida– en mi conciencia pesan los años de intensa amistad que nos unieron y la consideración de que todos ellos te hacen merecedor de alguna suerte de explicación de mi conducta. No sólo de la de hoy. Debe de ser que, pese al tiempo transcurrido, aún me importa lo que pienses de mí. Debe de ser, también, que aún me importas, y por eso me hiere el recuerdo de la estupefacción y la decepción mezclados en tu rostro justo antes de darme la vuelta y echar a andar. O quién sabe: tal vez esté aprovechando esta coyuntura para emprender un ajuste de cuentas conmigo mismo largamente diferido, y sea yo el verdadero destinatario de este correo, por más que sólo tu nombre lo presida.

Muy probablemente lo que te cuente a continuación sólo venga confirmar sospechas que ya albergabas, hipótesis con las que habrás tratado de hacerte mínimamente comprensible mi distanciamiento: no me siento la misma persona que era cuando nos vimos por última vez. Hasta cierto punto es lógico: si aquello que nos define son nuestros actos, aquello que ocupa nuestro tiempo, los pensamientos y proyectos a los que entregamos nuestras mentes, entonces de ninguna manera puede decirse que sea la misma persona, aunque tú me hayas reconocido de inmediato y apenas unos pocos detalles irrelevantes en mi apariencia –las arrugas en torno a los ojos, el pelo que comienza a encanecer– denoten tal transformación. Tampoco en los aspectos más aparentes de mi vida, ésos que tantos utilizan para componer el retrato que nos identifique y de los que has ido teniendo noticia en nuestras últimas comunicaciones hasta que opté sencillamente por el silencio, se han producido cambios significativos. Continúo en mi cómodo puesto en la administración, mi matrimonio se desliza –sin más fricciones que las esperables– por los suaves rieles de una rutina no exenta de alegrías y en cualquier caso reconfortante, el tema de los niños parece a estas alturas descartado, viajamos a menudo al norte para visitar a la familia de Elena…. Sin embargo, nadie mejor que tú sabe que ninguna de esas facetas roza siquiera el centro menos visible en torno al cual giraban mis días antes de que anunciaras que ibas a cruzar el charco en busca de la gloria que aquí se te denegaba. El centro en la sombra que iluminaba cada mañana mi despertar al mundo –a veces también lo oscurecía, ¿recuerdas?, pero con una oscuridad que me llenaba de fuerza– y lo dotaba a mis ojos de la consistencia y el espesor de los que por sí mismo carece. Pues bien, es ese centro el que, sin llegar siquiera a proponérmelo, sin que yo tenga memoria de un instante de firme resolución de eliminarlo, fui dejando caer, con la misma languidez con que se dejan caer las hojas de los árboles, hasta lograr que se esfumara por completo. Ahora ya no te cabe duda alguna, ¿verdad? Aun así te lo confirmo: hace años que abandoné la literatura. Que dejé de escribir. Que dejé de frecuentar las tertulias literarias a las que solíamos acudir juntos. Es más: apenas si leo nada que merezca leerse si no es con el mero fin del entretenimiento, de la evasión que ayuda al discurrir de las horas hasta la siguiente jornada de trabajo. Si no es con el propósito de –como habitúa a decirse, siempre me pareció muy gráfica esta expresión– matar el tiempo y, con él, el aburrimiento que nos tortura en su vacío. Me deshice definitivamente de la compañía de los grandes y sin ellos sigo viviendo. Es posible que todavía anden escondidos por algún cajón los esbozos de aquella novela que empezaba a escribir cuando nos despedimos, los cuadernos de poemas en los que trabajaba. Muy rara vez pienso en ellos.

Te preguntarás cómo ocurrió. No tengo para ello una respuesta clara. Tampoco me apetece mirar hacia atrás e indagar en el proceso. Me figuro que poco a poco –y en contra del imperativo rilkeano de mantenernos en lo difícil que entonces teníamos tan presente– me dejé arrastrar por lo fácil y sucumbí al encanto de los placeres sencillos, ésos que antes tanto despreciaba. Me figuro que paulatinamente dejé de verle el sentido –o no quise persistir en su visión– a mi anterior existencia de poeta en ciernes, a la disciplina solitaria frente al cuaderno o el ordenador después del trabajo, al esforzado placer, en tantos momentos resultado de la superación de la angustia, de encontrar las palabras que se nos resisten para ponerle voz a esta realidad muda. Alguna vez recuerdo cómo en aquella época la ansiedad se apoderaba de mí cuando me veía obligado a comer con mis anodinos compañeros de trabajo, con la convencional familia de Elena. Me desesperaba por que aquellas reuniones acabaran, para regresar así a la soledad de mi buhardilla, a mis libros, a mis escritos. Tenía miedo. Miedo a acostumbrarme a la mediocridad reinante en aquellos encuentros inexcusables. Miedo a contagiarme del placer que los demás parecían hallar en sus conversaciones repletas de lugares comunes, carcomidas a mis ojos por la más trivial insustancialidad. Tenía miedo a convertirme en uno de ellos. A que llegara un día en que yo mismo disfrutara de esas charlas banales que juzgaba como una auténtica pérdida –¿o quizá debería decir asesinato?– de tiempo, como una odiosa dilapidación de la propia existencia. Contradictoriamente, me decía, si eso llega a suceder algún día, ni siquiera te darás cuenta ni sufrirás tampoco por ello. Y eso me atemorizaba aún más y acuciaba mis deseos de alejarme de esa gris medianía para protegerme de ella con mis proyectos literarios. Bien, a día de hoy debería concluir que me he convertido en uno de ellos, ya que esa ansiedad se ha ido mitigando hasta evaporarse de raíz. A día de hoy no tengo más remedio que concluir que mis miedos no fueron lo suficientemente poderosos como para apartarme de aquello que de antemano rechazaba.

Tal y como anticipaba, el hecho es que, en efecto, no sufro. A veces, incluso, creo ser feliz. Atrás quedaron la desazón, la tensión, la angustia de la creación. No te revelo ninguna verdad que desconozcas: escribir –también pintar, en tu caso– es nadar contracorriente. Debatirse constantemente con y contra uno mismo. Dar la espalda a la vida que late indolente al sol del mediodía. Al gozo de la inmediatez sin esfuerzo de lo simple. Y yo ya no me siento capaz de ese ejercicio tan escarpado como agotador, por más que sus satisfacciones –no sería de justicia no reconocerlo– pertenezcan a un orden que raya lo sublime. No. Prefiero tumbarme al sol y dejarme calentar por sus rayos mientras el tiempo transcurre manso y silencioso por encima de mis párpados cerrados.

Te confesaré, no obstante, que hoy, al verte, he tenido una extraña sensación que únicamente ahora, mientras te escribo, consigo verter en palabras: me he sentido lejos de mí. Lejos de una parte de mí mismo que no puede estar tan muerta como creía, porque de lo contrario no te estaría escribiendo. Lejos de algo que fui y que todavía debo ser, aun cuando sólo en la forma de un leve poso aletargado, porque cómo podría si no experimentar esta rara sensación de lejanía de mí mismo que hace que el suelo vacile bajo mis pies. Verte de nuevo ha resucitado en mi cabeza una pregunta que se formulaba Pessoa y que me perturbó durante largo tiempo: ¿Qué es ese intervalo que hay entre yo mismo y yo? Nunca supe exactamente lo que Pessoa quería decir con ella. Pero la cuestión es que hoy no he dejado de preguntarme en todo el día quién es en mi caso ese yo mismo que no coincide con mi yo, y que por ello siente tal lejanía de él.

Te imaginarás que no es agradable sentirse lejos de uno mismo. Eso explica mi precipitada huida de esta mañana. Quizá, también –sólo por causa de nuestro encuentro he logrado darme cuenta–, que lleve años huyendo de ti para evitar la emergencia de esa inquietante sensación. Comprenderás igualmente que no es posible vivir cargando con ella: todo lo enrarece. Así que me temo que, a partir de este momento, no me queda sino retomar la senda que inicié hace años y seguir caminando por ella como si jamás hubiera escrito este correo.

Huelga decir que no espero respuesta. O, en honor a la sinceridad, que no deseo ninguna respuesta. Me alegraría saber que tu carrera artística continúa y que has cosechado los éxitos que tus primeros cuadros auguraban. Pero también me haría daño. Por eso prefiero no saberlo.

El que fuera una vez tu amigo,

Ángel.



El título de este post es un descarado robo del de un libro de Clément Rosset que trata sobre el problema de la identidad. Sin embargo, al margen de la frase de Pessoa, que he encontrado en él, cualquier parecido entre este post y el libro de Rosset es, como suele decirse, pura coincidencia. O casi.

viernes, 27 de abril de 2012

Naturaleza


Cristina mueve pausadamente la cucharilla dentro del té con leche, apenas sin hacer ruido, las pupilas fijas en las manos de Paula sujetando la frente abatida y ocultando los ojos, en las lágrimas que ruedan por sus mejillas para acabar precipitándose sobre el borde de la taza, sobre el platillo, sobre el líquido humeante color crema. Aún experimenta un resto de agitación en el pecho por los sonoros timbrazos a deshoras, por la imagen deformada en la mirilla de su hermana, por su desamparado abalanzarse sobre sus brazos al abrir la puerta, la pequeña maleta aún sobre el felpudo, los hombros convulsionados por un llanto entonces todavía silencioso sobre sus clavículas.

De nuevo suelta la cucharilla y acaricia con suavidad el brazo de Paula, vamos, Paula, vamos, deja ya de llorar y cuéntame, Paula que levanta la cabeza con lentitud, los párpados cerrados mientras se frota con los dedos las mejillas mojadas, un hondo suspiro, los párpados se abren finalmente para dejar pasearse a los ojos por el lejano horizonte de los azulejos de la cocina y después acercarse y demorarse sobre el mantel azulado hasta aterrizar en los suyos. Es por el bebé, la voz se quiebra descomponiendo otra vez el gesto, las lágrimas reanudan su persistente recorrido por la piel enrojecida. Cristina no oculta el tono de sorpresa, pero qué bebé, Paula, se encoge ligeramente en la silla y retuerce el cuello de su jersey de punto, de qué estás hablando. Paula parece hacer un esfuerzo por serenarse, coge otro pañuelo de papel y se suena antes de empezar a hablar, la voz ya un poco más entera, no se lo hemos dicho a nadie, tampoco a los papás, no queríamos disgustarlos, hace un año empecé un tratamiento, llevábamos tiempo buscando un niño pero no había forma, fui al ginecólogo, me hice diferentes pruebas y resultó que mis ovarios no estaban funcionando como debían, así que empecé el tratamiento, según el médico algo muy común, nada por lo que preocuparse, que en tres o cuatro meses estaría embarazada, nos dijo, pero ya ha pasado un año y sigo sin quedarme, el médico ha dicho que no debería haber ahora ningún problema, pero aun así nada, mi cuerpo no responde, su ceño se frunce al pronunciar sus labios estas últimas palabras, la voz que trasluce cierta crispación, sencillamente no responde.

Cristina baja la mirada hacia la taza para alzarla al instante y acariciar una vez más el brazo de Paula, la pregunta rezuma un poso de falsedad en su boca, no por ello la reprime, pero cómo no me habías contado nada, Paula, siente que la situación la convierte en forzosa aunque haga tanto que no se cuentan intimidades, demasiadas discrepancias de piel y mente frente al mundo entre las hermanas, más que probable causa del recíproco y creciente desinterés que ambas experimentan sin pena ni nostalgia, un hecho incontestable que sólo cabe aceptar. Esta tarde, al llegar a casa, Paula deja la taza con cuidado tras dar un pequeño sorbo, he vuelto a desmoronarme, todo porque me he cruzado con dos gitanillas, cada una con su niño de meses al brazo, apenas unas crías, hablando de sus cosas sin casi prestar atención a sus bebés, no sé qué me ha entrado por dentro que nada más abrir la puerta ya estaba llorando, Eduardo ha venido enseguida a abrazarme, a consolarme, pero he notado cierta impaciencia en él, es cierto, me sucede demasiado a menudo, y cuando ya parecía que me estaba calmando, ha empezado a hablar de la posibilidad de la adopción, ¡adopción!, la voz de Paula se eleva irritada, me he puesto hecha una furia, una auténtica furia, Cristina, yo no quiero adoptar ningún niño, quiero tenerlo yo, ¡yo!, no ser una madre postiza, de segunda fila, incapaz de engendrar a sus hijos, no, no quiero un niño de otros, quiero llevarlo en mi vientre y sentirlo crecer dentro de mí, quiero saber qué se siente cuando dé sus primeras pataditas, quiero que salga de mí, y saberlo mío y de Eduardo, y tratar de adivinar con él cuando nazca si su naricita es la mía o la suya, si saca mi genio o la pasmosa tranquilidad de Eduardo, no sé, Cristina, sólo quiero vivir lo que viven todas las mujeres cuando son madres, ¿es tanto pedir?, ¿por qué debería renunciar a ello?, ¿por qué yo no puedo tenerlo?, no es justo, Cristina, no es justo, para eso estamos hechas las mujeres, para eso tenemos útero y ovarios, para tener hijos, es lo más natural del mundo, lo más natural, no puede ser que yo no pueda como cualquiera, no puede ser que mi cuerpo me esté jugando esta mala pasada, que me esté fallando así, hay días en que me pegaría de cabezazos contra la pared, en que querría golpearme como si fuera un saco de patatas, los ojos de Paula se hunden en el té con leche, un par de lágrimas en caída libre alteran su quieta superficie, la voz que se convierte entonces en un hilo, no sabes lo inútil que me siento.

Mordiéndose el labio inferior, la otra mano de Cristina se aprieta incómoda por debajo de la mesa contra su abdomen para retomar segundos después su posición inicial sobre el mantel. Un enorme vacío se ha abierto entre sus sienes, un agujero negro tragándose las palabras que inútilmente trata de encontrar, Paula que la mira con fijeza, ahora es Cristina la que suspira, por fortuna la voz de su hermana vuelve a apoderarse del silencio con determinación, pero lo peor ha sido la reacción de Eduardo, su frialdad, el muy cobarde, el muy hipócrita, ha acabado reconociendo, admitiendo, después de todo este tiempo, después de toda esta angustia por mi parte, después de todo este sufrimiento, que no sabe si quiere tener ese niño. Que no lo sabe. Jamás, Cristina, jamás lo hubiera esperado de él, no sé cómo ha podido engañarme de esta manera, no sé tampoco si es él el que se engaña, ya no sé nada. Lo único que sé es que ya no podía soportar un minuto más en esa casa. Y que con él o sin él voy a hacer todo lo que haga falta para tener ese hijo. Todo lo que haga falta.

Recostada sobre la almohada, Cristina puede escuchar el murmullo apagado de la voz de Paula en la habitación contigua. Confía –quién si no a esas horas de la noche en que hablando por el móvil con Eduardo. Tratando, ojalá, de hallar en las palabras lanzadas al otro lado de la línea el parche que permita cubrir el feo desgarrón, Eduardo haciendo quizá malabarismos imposibles por transfigurar el sentido de las que lo causaron, por propiciar el emborronamiento al que pueda aferrarse la decepción de Paula. Sería triste que lo consiguiera, piensa Cristina, los remiendos de esa clase, sobre cortes que no hay aguja que suture, sólo son treguas destinadas a posponer el desgarro definitivo de la ruptura, poco importa que muchas parejas se acostumbren a convivir en ellas y las hagan durar hasta la vejez y la muerte. Sería triste, sí, y también lo mejor para ella en estos momentos. Contempla la pila de libros depositados sobre la mesilla de noche pero desecha la idea, está demasiado nerviosa para leer, rebusca en el cajón, se introduce una pequeña pastilla debajo de la lengua y apaga la luz.

Los sonidos de la habitación contigua han cesado. Debe recordar mandarle mañana un mensaje a Fernando para decirle que no podrán comer juntos. Mañana. Mañana, por fin, se dice intentando dominar la angustia que tensa su estómago justo debajo del esternón, toda esta pesadilla habrá acabado. Y el mal trago sólo durará un rato, después todo volverá a ser como antes. O no. Tiene que resolver las cosas con Fernando. Fernando, que al poco de conocerse le reveló, risueño, que quería tener muchos niños. Pero no. Está claro que ése no es el problema. El problema va más allá de esa cuestión. Es la apatía que le sobreviene cuando trata de imaginar una vida a su lado. Y por eso, o quizá no sólo por eso, no ha dudado ni por un segundo de que Fernando debía permanecer al margen de este accidente. En su cabeza resuenan ahora las palabras de Paula, es lo más natural del mundo. Pero resulta que la naturaleza tiende a seguir su curso, nunca tan regular como se asegura, tantas veces caprichoso e inhóspito, por completo ajena a las decisiones humanas. A la decisión de Paula de ser madre. A sus propias decisiones. Ajena a los deseos, siempre indiscernibles en su fundamento pero de todo punto irrefutables en el reconocimiento de su realidad soberana, que han ido determinando esas decisiones y que nada de naturales, reflexiona, pueden tener porque lo de contrario serían idénticos para todos. Suerte que esta vez ella lo tiene más fácil que Paula y saldrá vencedora de esta lucha inmemorial con la naturaleza por la que el ser humano ha llegado a ser lo que es. La dichosa y tenaz naturaleza que ha logrado sortear, burlona, los malditos anticonceptivos y sus desagradables efectos secundarios. Pero mañana, por fin, después del mal trago, se habrá evaporado esta sensación de estar poseída, esta horrible sensación de invasión en sus entrañas. También ella ha tenido ganas de darse de cabezazos contra la pared, de emprenderla a puñetazos con su abdomen, con ese cuerpo suyo que igualmente la ha traicionado iniciando un camino al margen de su voluntad, amenazándola con la presencia de una prolongación de sí misma que otras vísceras en su interior rechazan ferozmente. Porque rechazan la imposición de una forma de vida, de un mundo al completo en lo que le resta de existencia, que ni desea ni ha decidido para sí. Cómo puede haber quienes piensen, se pregunta por enésima vez ya notando la pesadez en sus párpados, que en esta batalla la victoria debe caer del lado de la naturaleza ciega y no de su voluntad. Del lado de esas células que crecen inconscientes dentro de su cuerpo como un tumor maligno que fuera cercenando lentamente su libertad. Sólo los ilusos que se empeñan en ver tras ellas el todopoderoso e inexistente dedo de cierto dios dañino.

Bajo los efectos del somnífero, Cristina pasea por una larga avenida desierta, bordeada por árboles desnudos, bajo un cielo plomizo. El viento azota su rostro y tiene frío. De súbito se percata de que a ambos lados de la avenida se agolpa una multitud silenciosa. Los rostros anónimos la miran con severidad. Cristina apresura el paso, atemorizada. A lo lejos percibe una figura solitaria en medio de la avenida. Sus pies, moviéndose cada vez más rápido, van acortando la distancia que la separa de ella. Finalmente la reconoce. Es Paula, que canta arrobada al muñeco que acuna entre sus brazos sin reparar en su presencia. Paula, ¿qué haces aquí?, le pregunta. Paula vuelve su rostro hacia ella y le tiende el muñeco. Cristina da un paso atrás. No lo quiero, Paula, es tuyo. También la mirada de Paula se torna entonces severa, y en los brazos extendidos sus manos se aflojan despacio, muy despacio. El muñeco golpea el suelo con un ruido sordo. Desde la multitud comienza a alzarse un rumor que va aumentando poco a poco en intensidad hasta convertirse en un griterío confuso y estremecedor. Un griterío que acaba reemplazado en sus oídos por la voz del locutor de radio que emerge del despertador.

sábado, 21 de mayo de 2011

Ilusión


Y de nuevo los ojos, distraídos de las manos afanosas sobre los últimos cubiertos sucios, chocando contra la presencia impertinente del vaso junto la pila. Fue el primer momento en que el atisbo de extrañeza, dejado caer días atrás con indiferente rapidez, detuvo el hilo errático de sus pensamientos para focalizarlos sobre el interrogante que descartaba el simple despiste. Porque Carmen siempre coloca la vajilla recién fregada en el escurridero empotrado en el armario que pende sobre la pila. Y el vaso, al igual que días atrás, estaba limpio, sin huellas de restos de zumo o del carmín sobre el borde con que aún, como desde bien jovencita, tiñe sus labios tras el aseo matutino aunque no tenga previsto salir de casa. Tal y como hiciera esos días, Carmen lo enjuagó y depositó sobre la rejilla del escurridor junto a sus congéneres, si bien proponiéndose esta vez estar atenta al pequeño misterio del vaso fuera de sitio. Apartando de un manotazo, con una media sonrisa, ridículas ideas sobre duendes domésticos, al mismo tiempo rechazando tozuda la posibilidad del error inconscientemente repetido tras tantos años de idéntico ritual en sus manos entre el fregadero y el escurridor sobre su cabeza. A la mañana siguiente, mientras preparaba la cafetera, todavía demasiado dormida para recordar propósitos fijados antes del sueño, se percató con un ligero respingo del vaso limpio mirándola callado, insolente desde el reluciente banco de mármol junto a la pila. Y así seguiría mirándola de cuando en cuando por más que ella se empeñara en devolverlo a su lugar natural cada vez que lo descubría.

Pronto se sumaron otros objetos cotidianos a la vida en apariencia independiente de su voluntad adquirida por el vaso. Para su desesperación cuando el tiempo la apremiaba, las llaves desaparecían del paño interior de la puerta donde las incrustaba mecánicamente al entrar para reaparecer sobre el taquillón de la entrada, la mesa de la cocina o incluso el sofá. La más pequeña de las toallas, cuidadosamente apilada junto a las demás tras recogerlas del tendedero y guardarlas en el último cajón del armario, la sorprendía a menudo desde su escondite entre el revoltijo de la ropa interior. El cojín rojo del sofá empezaba a acostumbrarse a reposar sobre la cabecera de su cama. Encima de la lavadora, discos que hacía meses no escuchaba. Hasta las teclas del teléfono semejaban activarse al margen de sus dedos: llamaba a alguna de sus hijas, o a Alba, su antigua colega de docencia en la facultad e íntima amiga, y no era raro que le respondiera una voz desconocida al otro lado de la línea. Tras disculparse consultaba por si acaso, irritada, la agenda. Sí, por supuesto que ése era el número que había marcado. Un nuevo intento, pulsando con mayor concentración las teclas, y ya la voz o el contestador familiares.

Después de varias semanas de desconciertos domésticos y creciente inquietud no tuvo más remedio que abrir la puerta a la hipótesis temible, aterradora, que hasta entonces había encerrado entre los muros de la negación: lagunas en su memoria sustrayendo a su conciencia los actos que explicarían la alteración inesperada en el orden habitual de los objetos; fragmentos de ella misma en su acostumbrado trajín por la casa evaporados de su mente como si jamás los hubiera protagonizado en primera persona; pedazos de su propio yo desgajados de su presunta unidad monolítica sin más rastros de su pérdida, de las rupturas por ella operadas en el hilo subjetivamente continuo de sus vivencias, que el vaso y las llaves y la toalla y el cojín y los discos descolocados. Tal vez el inicio del desmoronamiento de las células en su cerebro. Acaso el comienzo de la demencia. Sus padres habían muerto jóvenes, no sabía de otros precedentes en la familia. Aunque, es cierto, últimamente la mortificaban ciertas anécdotas que había oído contar sobre un primo de su madre pocos meses antes de morir. Y a sus muchos años, ¿por qué habría de ser imposible? Sin embargo, salvo el baile caprichoso de los objetos, ninguna otra cosa la inducía a admitir que en su desbarajuste se reflejara el de su vieja cabeza. Si los repasaba cuidadosamente al acostarse, recordaba perfectamente los acontecimientos de cada jornada, por más que éstos se redujeran a la rutina de obligaciones domésticas, paseos, lecturas y reuniones periódicas con amigos y colegas de la universidad, cada vez más achacosos, con que se esforzaba por aliviar la sensación de vacío y soledad que la acosaban desde su jubilación. Recordaba las ideas, el orden argumental de los ensayos, los nombres de los personajes, la trama de las novelas, las noticias que leía en el periódico. Las conversaciones telefónicas con sus hijas, con Alba, a quienes nada había mencionado de lo que le estaba sucediendo. Pese a su antipatía por los médicos, se dijo con angustia que debía valorar firmemente si acudir a ellos.

Una noche despertó sobresaltada. La mente en blanco, sin imágenes tenebrosas o desasosegantes que justificaran su abrupto retorno a la conciencia. Temerosa, aguzó el oído. Sólo el silencio plácido de la noche. Incapaz de conciliar de nuevo el sueño, decidió finalmente propiciar su venida con un rato de lectura. Probablemente la novela a medio leer que reposaba sobre la mesita la espabilaría aún más, así que mejor decantarse por la recopilación de artículos de uno de sus autores favoritos que había comprado hacía poco. Se levantó y se dirigió al comedor en su busca. Sólo al día siguiente se preguntaría por qué no la turbó hallar la puerta entornada en lugar de cerrada, tal y como ella solía dejarla antes de acostarse para que el ruido del tráfico matinal no alcanzara su dormitorio. Al encender la luz, sus ojos se posaron de inmediato sobre el libro que yacía, como abandonado al descuido, sobre el sofá. Se sentó algo ansiosa –una vez más, no recordaba haberlo sacado de la librería– y al cogerlo comprobó que entre sus páginas, a modo de señal marcando la interrupción de la lectura, asomaba el borde de una fotografía. Abrió el libro por esas páginas y así lo depositó sobre su regazo para ponerse las gafas prendidas en la pechera del camisón y examinar la fotografía. Allí estaba ella con Antonio durante el viaje que hicieran a Turquía el verano después de casarse. Ella con un vestido amplio y algo seria. Antonio sonreía a la cámara abrazado a su cintura. Qué jóvenes los dos. Y qué ignorantes de los problemas, de las agrias desavenencias, de las sofocantes discusiones que acabarían por separarlos con los años. Al notar una nube de tristeza ensombreciendo su corazón se dispuso a devolver la fotografía a su lugar entre las páginas del libro. Curiosa, quiso antes echar un vistazo a esas páginas. Su mirada se paralizó sobre el nombre que servía de título al capítulo que allí comenzaba. David. El corazón ya encogido bajo la lluvia. Ella estaba embarazada de cuatro meses -¿cómo no se había acordado al ver la fotografía?- durante aquel viaje, de ahí el vestido amplio y la seriedad de su rostro, no se encontraba ya muy bien. Si era niño, lo iba a llamar David. A los pocos días de volver, el dolor agudo en el vientre, la alarmante hemorragia, la visita a urgencias. Más o menos año y medio después nació Andrea. Luego Julia. Luego empezaron los problemas con Antonio. El nombre de David quedó para siempre sin destinatario.

Y al introducirse de nuevo entre las sábanas ya frías portando bajo el brazo el libro de artículos, la idea descabellada, absurda, inadmisible, abriéndose paso en su cerebro como un tropel de caballos desbocados, derribando con su fuerza los numerosos obstáculos, las tenaces barreras, los poderosos empujones de la mente racional de la antigua profesora de ciencias políticas: ¿y si fuera David el que…? ¿y si David, su niño no nato…? ¿Por qué si no entonces el libro sobre el sofá, la fotografía en la que ella aún lo llevaba en su seno entre esas precisas páginas presididas por su nombre? ¿Por qué si no los objetos cambiados de sitio, como si David, el espíritu de David –le daba vergüenza incluso pronunciar mentalmente esta palabra– quisiera…? Estremecida por sus propios pensamientos, Carmen alzó el embozo sobre sus labios, lo mordió de puro nerviosismo y lo bajó de nuevo hasta su pecho. Casi se asustó de sí misma cuando oyó su voz rompiendo suavemente el silencio: David. Un gato maulló lastimero en el patio interior. Un poco más fuerte: David, hijo, ¿eres tú?

Desde hace unos días, Carmen se levanta más temprano. Prepara la cafetera, corta el pan, mira distraída por la ventana mientras se tuesta, se agita por la cocina de un lado a otro con la mantequilla y la mermelada, y sólo tras este ritual, durante el cual intenta disimular la sonrisa en curva contenida sobre sus labios, se aviene a dirigir la vista hacia la pila, hacia el vaso limpio junto a la pila, y lo coge ya sonriendo abiertamente para depositarlo sobre el escurridor, meneando un poco la cabeza, como si estuviera reprendiendo a alguien. Es la misma sonrisa que ilumina su rostro, el mismo gesto que balancea su coronilla cuando da con las llaves en el sofá, la toalla pequeña cubriendo sus medias, los discos o cualquier otra cosa –ahora son ya tantas cosas– sobre la lavadora o cualquier lugar insospechado. Sus diarios paseos al mediodía se han vuelto más largos y ágiles, al caer la tarde lee con mayor fruición sus novelas y ensayos. Se abandona al sueño con una apacible sensación de bienestar, de plenitud, hace años olvidada. Esta mañana ha quedado con su amiga Alba a tomar un café y de repente ésta la ha abordado por la calle, extrañada, ¿pero qué haces aquí?, si habíamos quedado hace una hora en la plaza, ¿te encuentras bien?, ha preguntado escrutando su rostro, te he esperado durante media hora, te he llamado al móvil pero estaba desconectado, y luego he venido por esta zona a hacer unas compras y aquí te encuentro, no sé, ¿seguro que estás bien?, pareces desorientada. Sí, Carmen se ha desorientado. Iba andando camino de la plaza y de improviso se ha descubierto en esa calle que no conoce, sin saber muy bien cómo llegar a la plaza, tampoco para qué quería ir a la plaza. Alba la toma cariñosamente del brazo, tratando de ocultar el estupor, la preocupación que amenaza con asomar en sus facciones, pergeñando con premura la estrategia, vamos, te acompaño a casa, qué bien haberte encontrado, quería que me dieras el teléfono de tu hija, de Andrea, es que… es que uno de mis nietos quiere irse a estudiar a París, ¿sabes? y me gustaría hablar con ella, como ella vive allí, pero… ¿de verdad estás bien?, ¿no te notas nada raro? Carmen no puede dejar de sonreír mientras deniega con la cabeza. Trata de imaginar la reacción de Alba si le dijera que sí, que claro que está bien, que es sólo que David, con su constante parloteo, con sus juegos por la calle, correteando y escondiéndose detrás de cada esquina, la despista y aturulla, y por eso se ha desorientado. Pero Carmen calla, prudente, y se deja conducir dócilmente a casa.

jueves, 24 de febrero de 2011

Mal por mal


El bajo continuo de una inquietud sorda pulsando en la boca de su estómago le acompaña desde el día en que recibió la llamada. Su intensidad se agudiza al asociarse obsesivamente, en el rutinario trayecto al hospital, al recuerdo del número desconocido en la pantalla, de su indecisión -probablemente un error- para apretar la tecla de aceptar, de la voz vacilante al otro lado del teléfono pronunciando su nombre tras excesivos timbrazos. Una voz al principio extraña, reconocida poco después con la vergüenza ya coloreando su rostro al identificarse su propietaria, cautelosa en la elección de las palabras, sin embargo cada vez más firme conforme revelaba la gravedad del asunto. Para rayar tenebrosamente en la angustia cuando Andrés revive en su imaginación su reacción de sorpresa indignada, su obstinado, airado rechazo de la acusación vertida, cómo se atreve, el tono sereno de la voz femenina al expresar la velada amenaza de denuncia, debe usted comprender, yo podría salir mal parada, y él finalmente asintiendo, prometiendo lo antes posible la visita, la inspección encubierta, mejor en domingo cuando yo no esté, volveré a llamarla en cuanto lo haya visto, no, no se preocupe, este mismo fin de semana.

Lucía había aceptado el pretexto de su visita sin apenas preguntas, sin atisbo de reproche en su voz suave por su descuido ahora que, por su desapego ahora que, por su lejanía trascendiendo la distancia geográfica ahora que pero igual antes, con sincera alegría alborozada, sólo lamentando que Carmen no pudiera también, que hubiera de ser tan breve, domingo en lugar de sábado, el domingo libra Pilar, ya sabes, la cuidadora, y no podrían moverse de casa, anunciando pollo en pepitoria como el que guisaba mamá, riendo, muy lista no he sido nunca pero la cocina no se me da mal.

Andrés acusa la tensión en la espalda tras los cientos de kilómetros recorridos y el desasosiego en alza al penetrar en el edificio del piso familiar, su propio hogar hasta hace no tantos años aunque en cada visita le parezcan los de toda una vida, la casa de su infancia y primera juventud escindidas de su presente como por un abismo. La reciente mano de pintura cubriendo las paredes del portal y las escaleras no logra ocultar su aspecto antiguo, decadente, deslucido más allá de ese brillante color crema. Tampoco impide el involuntario rebrotar de sentimientos ambivalentes enraizados a una memoria que rehúye evocar. En el segundo piso, Lucía le recibe ante la puerta con una sonrisa y un discreto delantal, el trapo entre las manos medio húmedas, pasa pasa, que qué tal el viaje, te abro una cerveza de aperitivo.

Ya desde el recibidor adivina en el comedor la coronilla rala asomando sobre el respaldo del sillón frente al ventanal. Mientras Lucía vuelve a la cocina, se acerca a él despacio, procurando no perturbar quizá una siesta temprana. Y papá, en efecto, duerme pese a sus ojos abiertos, las pupilas fijas y los globos estáticos evidenciando la ceguera impasible del espíritu inerte a las líneas paralelas de árboles floridos, a los viandantes en la calle bulliciosa, a la bandada de pájaros rasgando el azul límpido del cielo. Se sitúa frente a él, ¡papá!, una, dos, a la tercera vez alcanza a quebrar su vigilia sonámbula, su extravío interior por blancos desiertos, y sus pupilas giran hacia las suyas mientras en la lengua de Andrés, alentada por el asomo de reconocimiento, parlotean preguntas huecas, palabras estúpidas en armonía con sus muecas exageradas, ésas que tontamente se prodigan al infante aún ajeno al lenguaje, a este infante arrugado y mudo cuyas pupilas acaban regresando opacas al ventanal, al paisaje dinámico invisible frente a sus ojos por dentro sellados. Papá tiránico, papá colérico, papá ogro convertido ahora en un muñeco viejo y acartonado. Papá un idiota, una estatua de sal tras el ictus irrecuperable.

Lucía aparece con la cerveza, ya ves, pobre, sigue igual, terminar así, con el mal genio que tenía, cómo no lo vas a recordar, menos mal que Pilar se las apaña bien con él, su dineral nos cuesta y gracias, sobre todo a ti, pero los domingos, los domingos se hacen pesados, todo el día aquí encerrada, imposible dejarlo solo, cuando menos lo esperas se levanta, aún tiene fuerza, no vayas a creer que porque se haya quedado en la mitad, y está tan torpe, que si no coordina, dice el médico, a trompicones va, y entonces no sabes los moratones que le salen, la medicación ésa para la sangre, qué te voy a contar, tú trabajas con médicos, cualquier golpecito de nada, pero no, no te apures, no lo llevo tan mal, y además si no pasa nada el mes que viene estará en la residencia, ya queda poco, suspira, qué alivio, todo está bien, todo está bien.

Papá ha comido su papilla hace rato y ellos se sientan a la mesa junto al ventanal. Lucía tiene buen aspecto, aunque diga acusar el cansancio por su inexperiencia en la gestión de la panadería, aunque la cicatriz que afea su rostro desde su nacimiento siga surcando la carne pálida desde la nariz al labio. La pequeña Lucía, siempre dócil, siempre tierna, siempre obediente. En su mansedumbre, en sus estrepitosos fracasos escolares esposándola a la harina y el pan, en su falta de interés por los chicos, fruto sin duda del desconfiado apocamiento que, año tras año, se anudaba con mayor tenacidad al reflejo tan frecuentemente estudiado de la cicatriz en el espejo del baño, se alberga para Andrés el número contable de los factores despejando las incógnitas a tantos porqués: por qué Lucía no logró abandonar el nido a menudo inhóspito, por qué cedió a las presiones de mamá que empezaba a enfermar renunciando al proyecto del piso en alquiler, por qué tras su muerte consintió de nuevo, sólo unos meses más, hasta que papá se habitúe a la idea, papá ya viejo y cansado, pero papá gastando todavía ese perro humor de mil demonios, ese aquí mando yo, ese egoísmo tiránico y autoritario. Y de improviso el ictus, de improviso papá inútil y desvalido. No, Lucía no sabe aún qué hará cuando ingrese en la residencia, puedes quedarte en esta casa, no faltaría más, todo el tiempo que quieras, sólo cuando tú lo decidas ponemos en marcha los trámites de venta, podrías incluso pagarme una parte y quedarte a vivir aquí si lo prefieres. Lucía deniega con contundencia mientras mastica el pollo y lanza la vista hacia papá, no, eso ni en broma, demasiados malos recuerdos, para luego mirar a Andrés durante unos instantes y devolver los ojos al tenedor y el cuchillo trajinando en el plato.

Desde la cocina llega el rumor de la radio, de Lucía canturreando mientras friega y prepara café. Andrés se levanta, se dirige con sigilo hacia papá y se sitúa frente a él, poniendo sus manos sobre las suyas, que yacen laxas, frías, inmóviles sobre los muslos. Papá impasible, las pupilas fijas chocando ahora con su suéter negro de algodón. Con cuidado le desanuda el batín, le desabrocha la camisa, le sube las mangas. Ahí están. Dios. Dios. El rostro de Andrés se desencaja, bajo su esternón el punzón lacerante del horror haciendo por fin acto de presencia, aniquilando en su contundente manifestación la esperanza de la fantasía malévola, de la sospecha delirante y mezquina. Sobre la piel fofa, las manchas informes de color violáceo, las huellas delatoras, irrefutables, más recientes, más antiguas y amarillentas, de unos dedos pellizcando con saña, retorciendo la masa blanda, apretando con injustificada dureza, acaso abofeteando la carne flácida. Oh, Dios. Sus manos tiemblan gelatinosas al recomponer con idéntico cuidado las ropas de papá impertérrito, papá indefenso, papá muñeco viejo y acartonado maltratado por una niña enloquecida capaz de la más terrible atrocidad. Papá, de pronto, vencida la cabeza sobre el respaldo y los párpados cerrados. Papá que, al apartarse Andrés de su cuerpo, mira otra vez al frente, los párpados ya abiertos, los globos estáticos, tan ciegos como antes a los suyos.

Los brazos de Andrés reposan con fingida calma sobre el mantel cuando Lucía llega con la bandeja del café. La deposita con cuidado en el centro. Del sillón emerge un leve ruido nasal. Espera un segundo, el paquete de kleenex saliendo del bolsillo del delantal, hasta hay que sonarle como a un crío, pobre, se inclina sobre papá tal y como él apenas hace unos minutos, sopla papá, sopla. Y mientras le limpia la nariz, Andrés observa sorprendido cómo la mano derecha de papá cobra de repente vida y se encamina, como impulsada por un lejano automatismo, pausada, casi parsimoniosamente hacia Lucía, hacia la falda de Lucía, hacia la cadera de Lucía. La cadera que entonces se contorsiona con un extraño, huidizo movimiento y se sustrae ágilmente a la mano extendida. Una mueca de viva repugnancia, de virulento asco, contrae las facciones de Lucía de regreso a la mesa, Lucía que baja la cabeza al intuir sobre ella la mirada de Andrés, Lucía que se precipita sobre la cafetera para servir el café y formula una pregunta ya formulada y respondida en algún momento.

Sobre la secuencia aún sostenida en sus retinas que enlaza mano y cadera en fuga se abalanza un tropel de imágenes desterradas, sepultadas en el cajón más recóndito de ese armario oscuro donde Andrés se esfuerza por encerrar bajo llave, con reconcentrado tesón desde que memoria y olvido le asisten, sus más inquietantes, desdibujados recuerdos. Lucía sacudiéndose esa mano más joven que, apoyada en su cintura, se desliza como al descuido hacia su nalga. Lucía soltándose bruscamente de esa mano menos arrugada que, agarrada a su brazo, parece intentar rozar con el dorso de los dedos su pecho adolescente, mientras papá bromea sobre su aspereza, Lucía cardo borriquero. La repulsión mal disimulada en los labios de Lucía al besar las mejillas de papá al acostarse, forzando a su talle delgado a guardar una insólita distancia de su tronco rechoncho. Lucía, aquella tarde en que papá había regresado de la panadería horas antes de lo habitual, ella sola en casa, él borracho tras la comida de celebración, encerrada en su cuarto, un ovillo prieto en un rincón, llorando en silencio, abrazándose con fuerza las rodillas, mordiendo la cicatriz del labio hasta hacerlo sangrar, rehusando contar el motivo de su llanto. Lucía, la pequeña y dócil y mansa Lucía.

Cuando arranca el motor es su propio llanto el que se desata, las lágrimas empañando las manchas violáceas, las facciones contraídas de Lucía, la cicatriz partiendo su labio, el timbre de la voz de Pilar, el de su voz mañana, mintiendo, garantizando la inocencia de Lucía, asegurando la naturaleza accidental, inevitable con la medicación, amenazando con el despido inminente si no desecha ocurrencias perversas, llamando a primera hora a la residencia, tratando de acelerar, cueste lo que cueste, el ingreso de papá. Ni un domingo más Lucía a solas con él. Ni un domingo más Lucía enloquecida, enloquecida pero no atroz, enloquecida pero quién afirmaría que culpable, por la ira y la rabia. Por el dolor durante largos años macerado en insensata, brutalmente ritual, enfermiza, pero quién osaría decir que incomprensible erupción.

Algo se encoge en sus pulmones al contemplar el reloj en el salpicadero: todavía hoy es domingo, todavía restan horas de domingo. Y a punto de pulsar el intermitente para emprender el trayecto, su rostro a medio recomponer se desencaja de nuevo al descifrar la idea confusa que apedrea su frente desde que entrara en el vehículo: que en la cabeza vencida de papá sobre el respaldo del sillón no hablara queja alguna por el sutil, demorado martirio; que sus párpados cerrados por unos segundos tan sólo revelaran el resignado, apenas consciente asentimiento de un minúsculo, acaso último resquicio de claridad en el espíritu moribundo, a la ley que dictamina la devolución de mal por mal, de crimen por crimen, de abuso por abuso y maltrato por maltrato. Por más que, junto a tantas y tan infinitas variables, el imparable flujo del tiempo, también el germinar por su causa de flores podridas en heridas incurables, nieguen el equilibrado intercambio en su nombre de ojos por ojos y dientes por dientes.


martes, 23 de noviembre de 2010

Ser visible


El tiempo se detuvo hace ya tanto para ti que sólo a duras penas alcanzas a recordar, cuando del capricho de tu memoria deshilachada afloran imágenes viejas como fotografías cuarteadas, que hubo un día en que renunciaste a ser a cambio de poco más que una cama y comida segura en el plato. La cama estrecha que desquicia las reducidas dimensiones del cuartucho donde despiertas cada mañana bajo la luz macilenta del angosto patio interior. La comida que engulles a solas en la cocina, a grandes bocados, en danza entre el taburete y las suelas de tus zapatillas al sonar de la campanilla reclamando el segundo plato, el postre, el café de los señores.

Su detención fue tan lenta como el renqueante diluirse de las esperanzas de volver a ser que, entreveradas con la huella indeleble del olor a escasez y miseria del pueblo, hicieron soportables los difíciles inicios de la renuncia. Tan pausada como la resignada asunción de tu juventud en fuga, cuyo demorado pero tenaz escaparse iba aniquilando año tras año toda mirada ilusionada en perspectiva. Nunca se te ocultó la tacañería con que en ti se había prodigado la naturaleza. A la edad en que hasta la carne menos garbosa relumbra, tú parecías ya una niña vieja, la barbilla puntiaguda bajo las mejillas hundidas, el talle y las piernas de alambre que la voracidad de tu estómago y la barra de pan diaria desde que entraste a servir -envidia secreta de la señora en eterno litigio con su gordura- jamás consiguieron redondear. A la edad en que hasta el patito más feo semeja aletear como un cisne, desmadejaban tus andares, te entumecían la lengua, enturbiaban tu risa la cortedad y la torpeza, quién sabe si fruto de tus humildes orígenes. No por ello dejaste de confiar en la diosa fortuna que a tantas otras, no más hermosas ni agraciadas que tú, había otorgado un marido y una casa propia. Pero todos los hombres que, arropada por el grupo de criaditas en tertulia, se acercaron a ti en las tardes del jueves o del domingo, pasaron de largo como los viandantes que se atusan el pelo ante el reflejo de un escaparate y reanudan indiferentes la marcha.

Las manecillas del reloj emitieron imperceptibles su último tic-tac cuando algo en ti aceptó que no llegarías a poseer más hogar que la cama estrecha y la cocina testigo de la soledad de tus comidas. Que tu vida seguiría discurriendo en eterna parálisis por el circular sucederse siempre idéntido de los días iguales. Segmentados por las mismas tediosas rutinas, finalizados con las mismas fatigas. Días vacíos, muertos antes ya de haber nacido. Y que nunca recobrarías el ser perdido ni la visibilidad que le corresponde si es tarea de los sirvientes aprender a habitar en el no-ser y devenir invisibles como fantasmas. Fantasmas que penetran sigilosos en las habitaciones desiertas para devolverles cada mañana el orden quebrado. Sombras que nadie ve cuando recorren la galería cargadas con los enseres de limpieza aunque el sol las ilumine. Figuras etéreas que sólo se encarnan ante otras pupilas para recibir órdenes secas y agrias regañinas. Que no merecen palabras salvo para lo estrictamente necesario. A quienes nadie pregunta excepto para pedir explicaciones y cuentas. Así permanecerías tú mientras el trajín de cada jornada, el cansancio, el hastío, arrugaban tu esqueleto y encanecían tus cabellos ralos: convertida en una estatua de cristal transparente, de cuencas huecas, oídos encerados y labios sellados. Tal es el inexcusable requisito, la cláusula sagrada que firman los criados para acceder a compartir con sus legítimos poseedores los espacios donde transcurre una vida que no les pertenece. La vida a la que se asoman desde su propio centro, público indeseado de sus más oscuros recovecos, al precio de la invisibilidad y la ceguera, de la condena al doble silencio, de la irrevocable exclusión. La vida que exige desplegarse ajena a su presencia, blindada frente a ella, y por eso niega en sus formas la existencia del intruso en el coto cerrado, y se convence hipócrita de la ausencia bajo su piel de la madeja cálida y enredada que producen los corazones, las cabezas humanas.

Eres ya casi una anciana y nadie te conoce. Ni siquiera tú misma. Los pensamientos perpetuamente encerrados en tu cabeza, carentes de puertas y ventanas, fueron enmoheciendo dentro de su cárcel y se pudrieron poco a poco, dejándote huérfana de palabras para el diálogo solitario con tu propia conciencia, palabras calladas que te explicaran explicándolos a ellos, que te arrullaran desde dentro repoblando el desierto de tus días, más allá de las melodías que tarareas con tu voz de niña vieja mientras tiendes la ropa. Maniatada por las cadenas del arbitrio de los señores, tu voluntad adelgazó tanto como tus piernas de alambre y acabó olvidando, famélica, dónde reside la palanca que activa el mecanismo de la decisión, cómo se siente al vibrar el deseo, que de la garganta también puede emerger el reclamo. Quizá por ello, cuando por las noches los señores consienten que, semiescondida en tu sillita de enea tras el marco de la puerta de la salita, separada por el tabique del mullido sofá donde ellos reposan para no perturbar su intimidad, participes un rato de la pantalla del televisor, obediente después a la retirada cuando el sueño vence aunque a ti no, aunque a ti no, se instala en tu boca, por encima de la barbilla cada vez más puntiaguda, una sonrisa bobalicona, de infante dócil y manso a la espera del siguiente mandato, que la señora espía y comenta más tarde con el señor, burlona y a la vez preocupada por el presunto flaquear de tu sesera, por el evidente menguarse de tus fuerzas, por tu galopante sordera.

Hace días que vuelves a escuchar el tic-tac del reloj. El intenso dolor en las articulaciones de tus rodillas, que apenas te permite arrastrarte de estancia en estancia, ha reanudado el flujo del tiempo abriéndolo al futuro. Un futuro ya sin resto de la ilusión evaporada en la juventud y que ahora luce el rostro siniestro del destino inexorable de los sirvientes: la expulsión dictada por la inutilidad, la destitución en la vejez inhábil. Con angustia intuyes el aproximarse inminente del momento en que deberás abandonar los muebles, los suelos, los rincones a los que regalaste, a cambio de poco más que una cama y comida segura en el plato, un número imposible de las horas ya gastadas que contenía tu vida. La cama estrecha y la cocina. Los ojos que aún te miran pero nunca te vieron. El momento en que tendrás que mudarte al pequeño piso en el pueblo, comprado con la paciente acumulación de tu mísera paga y un favor a destiempo, clamoroso destiempo, de la diosa fortuna. En que serás despojada para siempre de tus rutinas y tareas, de las voces arrogantes, irritadas, a veces condescendientes de los señores, de la invisibilidad que en tu servidumbre te impusieron. Lo único que posees al margen de ese pequeño piso que nunca será tan tuyo como esta casa que nunca ha sido tuya. Y tienes miedo. Porque sabes con certeza que entre sus habitaciones todavía extrañas se construye listón a listón, clavo a clavo, el ataud de tu última y más terrible invisibilidad.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Soledad


Revivir bajo la fuerza inesperada de este sol invernal de mediodía, al calor que el movimiento ligero de las piernas en paseo enciende en las costillas junto al deseo infantil de abandonar el abrigo en cualquier esquina. Es el efecto benéfico, ya previsto por repetido, de esta adquirida rutina de las mañanas de domingo, después del amanecer temprano y la obligación cumplida sobre el escritorio, después del lento instalarse de las familiares brumas en torno a la frente tras algunas horas de forzar a los ojos a viajar del libro a la pantalla, del libro al diccionario y de nuevo a la pantalla, mientras los dedos teclean obedientes las palabras claras arrancadas a la lengua extraña. El sonido envolvente de las campanas de la torre del casco viejo que acaba de dejar atrás la apremia. Si quiere ajustarse al horario de costumbre, no debe demorarse ya en buscar una terraza donde culminar el rito dominical ante un café y su cuaderno rayado, ese otro espacio más íntimo que siempre preferirá a la pantalla para la reflexiva, también ociosa retención del río desordenado de pensamientos que invariablemente fluye de sus pies en marcha libre. Los locales que frecuenta al término de la caminata aún se encuentran unas calles más allá. Se desabrocha el abrigo y apresura el paso.

El correr de las aguas se remansa y estanca ahora sobre un único interrogante. Todavía no ha decidido si lo llamará para regalarse una tarde de asueto. De nuevo, el mordisco de la ambivalencia. El péndulo oscila entre la pereza y la conciencia de su, tal vez -sólo tal vez-, excesivo aislamiento. Ni un leve resquicio, bajo el sol radiante y la pintoresca amabilidad de las calles empedradas, de las dudas que al anochecer, a veces -sólo a veces-, le asaltan sobre la naturaleza de los sentimientos que suscita en ella esta nueva presencia en su vida. La cuestión es ésta: después de tanto tiempo, demasiado tiempo, vuelve a sentirse bien sola. Orientada dentro de sí misma, dentro del acogedor refugio en que se han transformado las paredes pintadas de verde pálido de su pequeño piso. Y comienza a darse cuenta de que echaba infinitamente de menos -más que el aire en los pulmones tras un buceo prolongado- esa sensación. Paradójico que sea ahora, en su paulatina recuperación, cuando puede percatarse de su anterior ausencia y del brutal, desesperado desasosiego que hizo crecer en ella. Paradójico también que, pese a lo poco que se relaciona, a los días dedicada exclusivamente a sí misma, a la traducción, a su cuaderno rayado, el agujero en medio del pecho y los alfileres punzantes de la soledad, desplegados dolorosamente por la entera superficie de su piel ya antes de su separación y largos meses después -ahí se le reveló que la soledad puede llegar a doler en el cuerpo-, apenas pervivan ya en ella como un borroso recuerdo. Incluso como un recuerdo de otro que le hubieran relatado y no lograra percibir como suyo. Sólo algunas tardes, a la caída del sol, la invade un turbio sentimiento de pesadez, de opresión en la coronilla y el cuello, que atribuye a la falta de contacto humano, a esa acentuada reconcentración sobre sí que tiende a alejarla de sus semejantes. Quizá no sea bueno que persista en esa posición huraña con la que, por otra parte, tan cómoda se encuentra, de la que tanta tranquilidad extrae. Quizá sea hora de esforzarse un poco por rehabilitar las antiguas vías de acceso al mundo, por cálido que le resulte el centro recobrado de su propio yo y reconfortante la certeza de saberse por él acompañada.

Bajo la lana tupida de su abrigo el calor comienza a ser sofocante. Se detiene, y al girar el torso para desprenderse de él y volver a pasar el bolso por su cabeza, cree intuir una figura en la distancia que la observa. No le apetece hablar con nadie. Tomar su café y sentarse frente a su cuaderno: eso es lo único que desea. Si es alguien que la conoce, mejor adoptar una actitud ausente y seguir su camino. Reanuda la marcha. Sobre el suelo empedrado de la calle estrecha y casi desierta le parece oír el repiqueteo de unos pasos tras ella que caminan a su ritmo. Lo acelera e igualmente parecen hacerlo los pasos. Malhumorada, se detiene de nuevo y finge rebuscar algo dentro del bolso. Si un amigo o un conocido quiere saludarla, mejor propiciar el encuentro cuanto antes y pretextar cualquier excusa para librarse de él. Aguza sus sentidos, esperando que los pasos se precipiten hacia ella. Pero no percibe nada más que el lento y renqueante deslizarse por el empedrado de las suelas de los zapatos de una pareja de ancianos que pasan junto a ella. Quizá todo haya sido fruto de su imaginación, se dice aliviada, echando de nuevo andar. Casi al instante vuelve a percibir a sus espaldas -esta vez ya no puede equivocarse- los pasos en rítmico contrapunto con los suyos. Nota en las marcadas pulsaciones en sus sienes cómo su corazón salta asustado. Como una máquina al apretar un botón, sus manos se aferran con fuerza al bolso, al abrigo. Pero, ¿no es estúpida esta reacción? ¿Qué le puede ocurrir a plena luz del día, un domingo por la mañana, en esta pequeña ciudad donde nunca pasa nada? Relaja los dedos y deja caer las manos a ambos lados de sus caderas, balanceando los brazos con suavidad al compás más pausado de sus piernas. Escoltada por los pasos, prosigue su camino a lo largo de varios bloques de edificios. Otro más. Y otro más. Y continúa oyéndolos, siempre con la misma intensidad indicadora del prudente mantener las distancias, cuando gira por una calle lateral que debe conducirla a su lugar de destino. La calle está algo más concurrida. Sin embargo, los pasos, casi acoplándose ahora con los suyos, se perfilan en sus oídos con nitidez frente al mayor rumor de fondo. El temor inicial ha ido hallando su perfecto reemplazo en una curiosidad creciente. ¿Quién puede querer seguirla? ¿Por qué? Por su mente cruza la fantasía, tan explotada en su opinión por el más cursi y baboso cine romántico, de que un desconocido se hubiera sentido atraído por ella. Y aunque la sabe absoluta, ridículamente descabellada, no puede evitar esbozar una sonrisa. Si fuera así -no puede serlo, claro que no, pero... ¿y si fuera así?- quizá lo descubra cuando llegue al café. Si fuera eso lo que está sucediendo -¿pero qué tontería es ésa?-, a lo mejor quien la sigue trataría de acercarse a ella e iniciar una conversación. Pese al embarazo que le produce el disparatado rumbo que están tomando sus pensamientos, la escena empieza a dibujarse ya frente a sus ojos: mientras saca su cuaderno y su bolígrafo, nota el aproximarse y sentarse de alguien a la mesa junto a la suya. Se siente observada. Comienza a escribir con gesto concentrado y al poco alza el rostro y apoya la barbilla en una mano, perdiendo la mirada en el horizonte, como si nada más que sus pensamientos alcanzaran a captar su atención. Tal vez se ruborice al intuir, en la imagen vaga que entonces aparecerá por uno de los extremos de su campo de visión, los ojos del desconocido posados sobre ella, sobre su perfil, sobre su pelo. Tal vez se atreva a cruzar brevemente con esos ojos los suyos cuando la camarera se aleje con su pedido.

Al girar de nuevo hacia la derecha -aún le quedan un par de calles por recorrer- algo la arranca de su ensoñación. Es el silencio. El silencio que emana de la ausencia, de la privación del sonido que ha ocupado sus oídos durante el último tramo de su paseo dominical. Ese sonido que la ha acompañado por las calles empedradas desde que dejara atrás la torre y decidiera ir a tomar su café. Aunque otros viandantes caminan hacia ella, el claqueteo de sus propios pasos sobre la piedra retumba en su cabeza como si la calle estuviera desierta, como si sólo ella, tan sólo sus pies, caminaran apoyándose pesadamente sobre el suelo. Porque sobre su coronilla, sobre el cuello, el peso opresivo, redoblado en intensidad, de algunas tardes, a la caída del sol, después de una jornada de trabajo en soledad. Y, como renacidos del reino de los muertos, el agujero en medio del pecho y los alfileres punzantes desplegándose dolorosamente por la entera superficie de su piel entresudada.