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jueves, 3 de julio de 2008

Perlas cultivadas (III): Lo femenino


Esta sección, largo tiempo dormida, despierta hoy con todo su ímpetu para presentaros unas "perlas" que tal vez muchos ya conozcáis, dado que han sido ampliamente difundidas por la red, pero de cuyo descubrimiento no podía dejar de hacerme eco en este blog. Los que lo seguís con cierta asiduidad comprenderéis por qué en cuanto sigáis leyendo. He aquí, queridos y queridas, estas preciadas, valiosísimas "perlas", que adornan los archivos de nuestra memoria histórica:
"Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho"

Tales palabras fueron escritas en 1942 por Pilar Primo de Rivera, hermana de Jose Antonio Primo de Rivera y fundadora en 1934 de la Sección Femenina, institución surgida desde la Falange y de la cual sería la única Delegada Nacional durante los 43 años de su pervivencia. Uno de sus pilares doctrinales consistía en la voluntad -¡atención!- de "dignificar" a la mujer: la Sección Femenina se erige en defensora de unos valores específicamente "femeninos" que deben dejar de menospreciarse socialmente para ser valorados en su justa medida. Su lema era: "Hay que ser femeninas y no feministas".


Nada mejor para dignificar a la mujer que empezar por reconocer cuáles son sus carencias con el fin de potenciar sus virtudes. ¿No sería ridículo que un elefante pretendiera caminar con la ligereza y elegancia de una gacela? Pues como esos elefantes torpones y ridículos debían de ser para Pilar mujeres como Cecilia Böhl de Faber, Lou Andreas-Salomé, Virginia Woolf, Jane Austen, Charlotte Bronté, Emily Dickinson, Sylvia Plath, Annaïs Nin o Marie Curie, por citar sólo unas cuantas de una lista que podría ser interminable, empeñadas en hacer uso de un talento creador del que carecían en lugar de limitarse a interpretar lo que los hombres les dieron hecho. Mejor o peor, claro. Ya se sabe que el arte de la interpretación es un asunto de mucha enjundia. Pero sigamos, sigamos interpretando, mal que bien, dado que, según Pilar, es lo único que las mujeres sabemos hacer:

"La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular -o disimular-, no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse. La dependencia voluntaria, la ofrenda de todos los minutos, de todos los deseos y las ilusiones, es el estado más hermoso, porque es la absorción de todos los malos gérmenes -vanidad, egoísmo, frivolidades- por el amor"


Esta otra perla apareció el 13 de Agosto de 1944 en la revista de la Sección Femenina "Medina", cuyo nombre hace referencia al Castillo de la Mota de Medina del Campo que Franco entregara a la Sección Femenina para sus actividades. Falta de todo talento creador, ¿qué otra cosa podría desear una mujer más que encontrar a un amo y señor al cual someterse, ofrecerse y del que depender, todo ello en aras del amor, el objetivo más alto que le corresponde? Queridas, admitámoslo ya de una vez: todo afán de libertad, igualdad e independencia no son más que simulaciones enmascaradoras de lo que en el fondo constituye, según proclama la Sección Femenina, nuestro auténtico deseo. Dejémoslo aflorar y pleguémonos a él si no queremos traicionar nuestra verdadera naturaleza y abocarnos así a la infelicidad. Como infelices seremos si no atendemos a las palabras del Padre García Figuer, publicadas el 12 de agosto de 1945 en esta misma revista:

"La mujer sensual tiene los ojos hundidos, las mejillas descoloridas, transparentes las orejas, apuntada la barbilla, seca la boca, sudorosas las manos, quebrado el talle, inseguro el paso y triste todo su ser. Espiritualmente, el entendimiento se oscurece, se hace tardo a la reflexión: la voluntad pierde el dominio de sus actos y es como una barquilla a merced de las olas: la memoria se entumece. Sólo la imaginación permanece activa, para su daño, con la representación de imágenes lascivas, que la llenan totalmente. De la mujer sensual no se ha de esperar trabajo serio, idea grave, labor fecunda, sentimiento limpio, ternura acogedora"


Vaya, yo no sé, pero parece que para este piadoso Padre, tan preocupado por la salud de la mujer, la sensualidad en ella -¿valdría decir la sexualidad?- no es más que una enfermedad con síntomas ciertamente peculiares y preocupantes que afectan tanto a su cuerpo como a su alma. ¿Será la oración la medicina para acabar con toda inclinación a la sensualidad? ¿O tal vez el sano cultivo del cuerpo? Esto es lo que podría sugerir la siguiente "perla", aparecida en marzo de 1951 en otra revista de la Sección Femenina llamada "Teresa", obviamente en honor a su patrona Santa Teresa de Jesús:

"Una mujer que tenga que atender a las faenas domésticas con toda regularidad, tiene ocasión de hacer tanta gimnasia como no lo hará nunca, verdaderamente, si trabajase fuera de su casa. Solamente la limpieza y abrillantado de los pavimentos constituye un ejemplo eficacísimo, y si se piensa en los movimientos que son necesarios para quitar el polvo de los sitios altos, limpiar los cristales, sacudir los trajes, se darán cuenta que se realizan tantos movimientos de cultura física que, aun cuando no tiene como finalidad la estética del cuerpo, son igualmente eficacísimos precisamente para este fin"


Pero, ¡claro!, ¿cómo no habíamos caído antes en la cuenta? ¿A qué perder el tiempo yendo a la oficina, dirigiendo una empresa, conduciendo un autobús, tecleando en el ordenador o mucho menos, acudiendo a un gimnasio? Para estar guapas y esbeltas, que es lo que realmente importa a la hora de encontrar a quien someterse, nada tan eficaz como dedicarse de lleno a las faenas domésticas. ¿Que tus carnes empiezan a mostrar signos de flacidez? Rápido, ¿a qué esperas? Ponte de rodillas y empieza a abrillantar el suelo, que seguro que lo tienes hecho un asco y a tu maridito no le gusta nada, como tampoco tus carnes flácidas. ¿Pero es que nadie te enseñó en el colegio cuál es tu auténtica misión en la vida? Pues mira qué clarito lo decía el libro para primer curso de Bachillerato de "Formación Político Social" editado por la Sección Femenina en 1962:

"A través de toda la vida, la misión de la mujer es servir. Cuando Dios hizo el primer hombre, pensó: "No es bueno que el hombre esté solo". Y formó la mujer, para su ayuda y compañía, y para que sirviera de madre. La primera idea de Dios fue el "hombre". Pensó en la mujer después, como un complemento necesario, esto es, como algo útil"


Nuestra misión, queridas lectoras de este blog, es, simple y llanamente, servir. ¿Y qué es algo que sirve para algo? Pues no hay duda alguna: un objeto útil, útil para ayudar y acompañar al hombre, útil para parir futuros hombres así como futuras siervas que sigan ayudándolos y acompañándolos. No en otro lugar reside la clave de nuestra dignidad: que asumamos nuestra condición utilitaria, sabiamente dictada por el todopoderoso, en tanto su idea primera, el hombre, necesitaba de un complemento para no sentirse solo. Y no siendo más que un ente útil y complementario del hombre, cuya finalidad originaria estriba en ponerse a su servicio, es lógico que aceptemos igualmente que no somos más que una propiedad suya, como lo eran los esclavos de los hombres libres. Así lo enseñaba a la mujeres españolas el manual de Economía doméstica para Bachillerato, Comercio y Magisterio que la Sección Femenina editó en 1968:

"Cuando estéis casadas, pondréis en la tarjeta vuestro nombre propio, vuestro primer apellido y después la partícula "de", seguida del apellido de vuestro marido. Así: Carmen García de Marín. En España se dice de Durán o de Peláez. Esta fórmula es agradable, puesto que no perdemos la personalidad, sino que somos Carmen García, que pertenece al señor Marín, o sea, Carmen García de Marín"

Afortunado este señor Marín, ¿verdad?, al que además de su casa, su coche, su dinero y sus calzoncillos, también le pertenece su mujercita Carmen García. Como afortunada debe de sentirse Carmen García por pertenecer a su maridito y haber pasado de ser un perro sin amo a disponer de un dueño que la cobije y proteja en su hogar, resguardándola de la intemperie. ¿Que a cambio Carmen debe someterse a él? Bueno, ¿no es eso lo que, según se ha dicho, representa su más auténtico deseo? Seguro que, aunque Carmen no ladre, le lleva gustosa las zapatillas cuando el señor Marín vuelva a casa cansado de trabajar.

Por no alargar demasiado el post, obvio otras "perlas" que también merecerían figurar aquí y os remito a un último texto que ya recogió en su blog el veí de dalt, también editado por la Sección Femenina, sobre el correcto comportamiento de una mujer con su marido. Advierto que es un texto no apto para estómagos delicados. Luego no me digáis que no os avisé.

Algo me inquieta profundamente de todas estas perlas. Quienes leyeron las revistas Medina y Teresa, quienes estudiaron en los colegios los manuales de Bachillerato citados, son una franja de mujeres que actualmente rondará entre los cincuenta y los noventa años. Mujeres que han educado a otros hombres y mujeres que, si bien habitan una realidad social cada vez más dispar con respecto a la que ellas vivieron, han crecido en hogares en los que la compresión del papel de la mujer y de su relación con el hombre transmitida por estas perlas, de una manera más o menos patente, o lo que es aún peor, más o menos larvada, no podía dejar de estar presente.

¿Sería sensato pensar que las notorias transformaciones sociales de las últimas décadas habrían logrado eliminar todas y cada una de las improntas, leves o no tanto, labradas por esa educación? Personalmente creo que no. Ni aun con la voluntad más consciente y decidida para ello. Porque si bien la verdadera revolución es la que se da en las conciencias, sus estratos más subterraneos no resultan fácilmente accesibles ni se dejan transformar con la misma rapidez que los más superficiales. Una revolución radical de las conciencias requiere, además de esfuerzo, tiempo. Eso sí: para promover la venida de ese tiempo, creo que sólo nos cabe seguir, entre todos, reflexionando, revisando y ahondando en nuestras conciencias.

martes, 22 de mayo de 2007

Perlas cultivadas (II): la ciencia del deseo

Reanudamos esta sección de "Perlas cultivadas" dando un salto cualitativo con respecto a las tertulias nocturnas para situarnos esta vez en un terreno cuyo prestigio social y enorme influencia reviste a las "perlas" de algunos de sus contribuyentes de un carácter mucho más corrosivo y peligroso: el la ciencia.

Hace poco descubrí gracias a un post que podéis encontrar aquí una entrevista que Eduardo Punset realizó en 2004 a Victor Johnston, conocido biopsicólogo evolucionista especializado en estudios sobre la percepción de la belleza. Según resume Punset al inicio de la entrevista, la tesis planteada por Johnston sería que "la pasión por la belleza no es un deseo cultural o un reflejo machista, sino que es un instinto básico que está dentro del cerebro". Los estudios de este científico se centran fundamentalmente en la percepción de la belleza que estaría a la base de la atracción sexual o amorosa por el sexo opuesto, es decir, en los mecanismos biológicos por los cuales hombres y mujeres se sienten recíprocamente atraídos por ciertos caracteres físicos que consideran bellos. Hoy queremos analizar aquí algunas de las afirmaciones y ejemplos que el profesor Johnston aporta para defenderla.

En opinión de Johnston, la valoración de la belleza de un hombre o una mujer dependería de la cantidad de hormonas masculinas o femeninas asociadas a sus rasgos externos. Así, afirma que los hombres buscarían atributos femeninos que indicaran altos niveles de estrógenos, la hormona específicamente femenina, como, por ejemplo, labios carnosos o grandes, caderas anchas, senos voluminosos, en cuanto signos de una mayor fertilidad en la mujer. La atracción sexual estaría en este sentido condicionada por la búsqueda de la perpetuación de la especie, de manera que los individuos más atractivos se identificarían con los mejor dotados para la procreación. Las mujeres consideradas más bellas o atractivas serían, por tanto, aquéllas que cumplieran con esas características.

Creo que un pequeño recorrido por las representaciones artísticas de la belleza femenina que han tenido lugar a lo largo de la historia puede ayudarnos a valorar si la tesis que Johnston plantea tiene cierta credibilidad. Que no es por desconfiar, no... Pero siempre es útil contrastar las teorías con la realidad. Empecemos por donde hay que empezar, es decir, por el principio:



Aquí tenemos a la que se conoce como la Venus de Willendorf, que data supuestamente de 20.000 años antes de Cristo. Los labios no están retratados pero, sí, parece que en lo que a la antigüedad remota se refiere, Johnston tiene razón. ¿Atractiva, verdad? Nadie lo dudaría. Pero si nos desplazamos un poco en el tiempo nos encontramos con lo siguiente:



Estas estatuillas son imágenes de la fertilidad dedicadas a la diosa Hathor en el antiguo Egipto. Mmmm... parece que los egipcios tenían una percepción diferente de la belleza femenina, ¿no? Nada de caderas anchas, ni pechos prominentes, ni vientres abultados, sino más bien todo lo contrario. Claro, que quizás esto explique, según Johnston, el declive y la desaparición de la cultura egipcia... Veamos una cultura que salió mejor parada, como la griega:



Pues la Venus de Milo, representación además de la diosa del amor y la belleza, tiene unas proporciones muy armoniosas. Menos estilizada que sus predecesoras egipcias, pero en ningún caso podría decirse que en ella destacan de manera inequívoca esos caracteres típicos de la fertilidad femenina. ¿Los griegos se equivocaron? Tal vez no estemos buscando los ejemplos apropiados. Avancemos algo más en el tiempo:



Ah, pues sí. Parece que Rubens (1577-1640), con Las tres gracias, sí entendía algo de belleza femenina, sí. Éstas se parecen más a la Venus de Willendorf. Ahora que, a mí, la verdad que estas tres señoras de carnes fofas no me parecen exactamente el prototipo "universal" de mujer deseable, por más que, no lo dudo, también puedan tener su encanto. Pero, claro, yo soy mujer, así que me abstendré de juzgar. En cualquier caso, podría interpretarse que, después de siglos de "oscurantismo" y ceguera en cuanto a la percepción de la belleza, los hombres habrían descubierto en ese momento los verdaderos atractivos de una mujer. Sólo que si nos fijamos en otros cuadros de la misma época no sé yo si las teorías de Johnston siguen sosteniéndose. Veamos:



Parece que esta Venus (Venus, Vulcano y Marte) de Tintoretto (1514-1598) anda bastante escasa de un "par" de esos atributos tan netamente femeninos e indicativos de fertilidad en principio tan atractivos para el género masculino... Sigamos:



¿Qué me decís de esta otra Venus (Cupido quejándose a Venus), pintada por Lucas Cranach El viejo, en 1530? Tampoco resulta ni muy femenina ni muy fértil, según los criterios de Johnston, ¿verdad? Pasemos a esta otra:



Bueno, sí, esta Venus (Alegoría de Venus y Cupido), pintada por Bronzino hacia 1540, está un poco más entradita en carnes, y su apariencia podría tal vez por ello calificarse, a juicio de Johnston, de más atractiva. Pero prestemos atención a un pequeño detalle:



Caray con Bronzino y con su Venus. Más allá de lo inesperado de este detalle un tanto escabroso, no creo que de los labios de su Venus pueda decirse en absoluto que sean gruesos, grandes o carnosos.

Y si para finalizar con el recorrido histórico por las formas de la belleza femenina nos trasladamos por último al siglo XX, nos encontraremos con esta preciosa imagen del cuadro de 1905 Las tres edades de la mujer, de Gustav Klimt. Es evidente que en esta figura, que simboliza la maternidad, no están presentes ninguno de los atributos fijados por Johnston:



Pues no lo entiendo. ¿Cuál habrá sido el criterio científico que ha permitido a Johnston hacer generalizaciones sobre los mecanismos del deseo físico en el varón? Porque si tantos modelos de belleza femenina, pintados además -en los más antiguos no lo sabemos, pero nos lo podemos figurar- por hombres, pueden estar tan alejados de la explicación evolucionista de Johnston, es que algo falla... Claro que, dios me libre de poner en cuestión los resultados de la ciencia, único conocimiento verdaderamente fiable del que disponemos...

Pero pasemos ahora a otra "perla" aún más llamativa que la anterior. Aludiendo a que nuestra atracción por uno u otro sexo depende del nivel de testosterona presente en el útero materno cuando el feto tiene unos dos meses de vida, dice Johnston en la entrevista: "Hoy existen muchos estudios que muestran diferencias entre el cerebro del hombre y el de la mujer, como consecuencia de esta exposición a la testosterona (hormona masculina) en el útero; y los cerebros de los homosexuales en ciertos aspectos están a medio camino entre el cerebro de la mujer y el del hombre". Vaya. Ya hice valer este mismo argumento en otra ocasión pero viene perfectamente al caso. Es sabido que en la antigua Grecia las relaciones homosexuales entre hombres eran una práctica habitual tanto si éstos estaban casados como si no, y puede observarse incluso una cierta idealización del amor homosexual masculino como forma perfecta de la unión amorosa. ¿Diría Johnston entonces que los cerebros de la mayoría de los varones griegos quedaron a mitad camino entre el cerebro masculino y el femenino? ¿Y cómo daría cuenta de su simultánea atracción por el sexo femenino? Esta es una cuestión un poco más compleja, ¿eh, profesor Johnston?

Y puesto que no quiero cansaros más, pese a que la entrevista no tiene desperdicio y aún habría mucho que decir sobre ella, terminaré el post con un último aspecto de los que presenta. Según este científico, la belleza física sería hasta cierto punto una condición para el éxito en los diferentes terrenos de la vida, e incluso afirma que los guapos detentarían una especie de dominio sobre el resto gracias a que su belleza generaría una percepción más positiva y benévola en los demás. En el caso de los hombres, dice Johnston, los preferidos serían los hombres altos, guapos, delgados y de piernas largas, frente a los hombres bajos y gordos. Os dejo con una imagen de Napoleón, hombre del cual no creo que pueda dudarse con respecto a su manera ejemplar de ejercer su capacidad de dominio e influencia sobre sus semejantes y del que, entre otras muchas, se dijeron cosas tales como: "Está mal hecho, pequeño de talla, con una cabezota (...) Su corpulencia es tal que su estómago se proyecta hacia delante considerablemente".



Guapo, ¿a que sí?

Creo que el día que la ciencia, bajo tales parámetros biologicistas y reduccionistas, consiga explicar qué mueve el deseo humano y la atracción que dispara los sentimientos amorosos será el mismo día que los burros vuelen. Esperemos sentados. O mejor no esperemos.

miércoles, 11 de abril de 2007

Perlas cultivadas: de las posibles formas de la homofobia


Advertencia preliminar: El siguiente post no es apto para menores ni recomendable para personas con el mínimo de sensibilidad socialmente exigido.


En un bar cualquiera de una ciudad cualquiera. Tres hombres y una mujer (léase, servidora). La conversación gira en torno a la película 300, que servidora ni ha visto ni verá. Se impone entre los hombres la siguiente tesis interpretativa, de sorprendente lucidez y sutileza: los espartanos son presentados en la película como auténticos hombres, mientras que los persas y el resto de griegos son todos gays.

1ª Perla:

Hombre1: Yo de todos modos pienso que ese rollo varonil exagerado que se da a los espartanos esconde también un fondo gay. ¿No os habéis dado cuenta de que Leónidas llevaba los ojos pintados?
Hombre2: No, hombre, no. Leónidas era un hombre de verdad. Bueno sí, estaba casado y todo eso. Pero a la mujer sólo la enculaba de cuando en cuando pa' tenerla contenta y lo único que realmente le importaba era la guerra. ¡Un machote, sí señor!

Análisis semántico:

1. A los hombres de verdad sólo les importa la guerra. Bueno.
2. En principio, no están casados. Nada de sentimentalismos.
3. Si lo están, a la mujer ni siquiera se la follan, sino que la enculan. ¿No hemos dicho que nada de sentimentalismos? Pues eso.
4. A las mujeres de estos hombres de verdad casados les pone la falta de sentimentalismos.

Recordadme que a partir de mañana cambie de orientación sexual.

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2ª Perla:

Hombre2: Si está claro que todos los griegos eran unos maricones, dado que todos se enculaban con todos.
Yo: Hombre, pues digo yo que en una sociedad en la que todos los hombres mantenían relaciones con otros hombres pero al mismo tiempo estaban casados no se puede hablar de homosexualidad en el mismo sentido en que el término se aplica hoy día...
Hombre2: Vamos a ver: se enculaban entre ellos, ergo eran maricones aunque tuvieran cuatro mujeres cada uno. Y déjate de distinciones tontas que no vienen a cuento.
Yo: Insisto, el concepto de homosexualidad cambia en un contexto en que se convierte en la práctica habitual de todos los hombres, estén casados o no.
Hombre2: Sí, claro, y ahora me saldrás con el rollo de que si eran bisexuales, de que si todos en el fondo lo somos.... Se enculaban y eran gays. Punto. ¡Y no me vengas con mariconerías!

Recordadme que a partir de mañana me empiece a dejar un bigotito a lo Freddy Mercury.

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Conclusiones (además de aquella a la que todo el mundo habrá llegado ya a estas alturas, a saber, que Hombre2 padece probablemente de un problema de homosexualidad reprimida):

1. Ser la única mujer en un grupo de hombres te permite asistir a conversaciones a las que NUNCA querrías haber asistido.
2. Ser la única mujer en un grupo de hombres acaba llevándote a una situación un tanto paradójica: tú empiezas a odiarlos profundamente y ellos, sin embargo, comienzan a verte como uno de ellos.

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Epílogo:

A la salida me "entra" una chica jovencita con la excusa de que ha hecho una apuesta con sus amigas.

Hombre3: Joder, la única vez que se nos acerca una tía y es para ligar con ésta. No me lo puedo creer.
Hombre2: Anda tira, que yo me voy a suicidarme ahora mismo.
Hombre1: Te acompaño.

Yo tengo un ataque de risa que me dura hasta llegar a casa.

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Queda inaugurada una nueva sección en este blog que me temo dará para mucho.