
Esta sección, largo tiempo dormida, despierta hoy con todo su ímpetu para presentaros unas "perlas" que tal vez muchos ya conozcáis, dado que han sido ampliamente difundidas por la red, pero de cuyo descubrimiento no podía dejar de hacerme eco en este blog. Los que lo seguís con cierta asiduidad comprenderéis por qué en cuanto sigáis leyendo. He aquí, queridos y queridas, estas preciadas, valiosísimas "perlas", que adornan los archivos de nuestra memoria histórica:
"Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho"
Tales palabras fueron escritas en 1942 por Pilar Primo de Rivera, hermana de Jose Antonio Primo de Rivera y fundadora en 1934 de la Sección Femenina, institución surgida desde la Falange y de la cual sería la única Delegada Nacional durante los 43 años de su pervivencia. Uno de sus pilares doctrinales consistía en la voluntad -¡atención!- de "dignificar" a la mujer: la Sección Femenina se erige en defensora de unos valores específicamente "femeninos" que deben dejar de menospreciarse socialmente para ser valorados en su justa medida. Su lema era: "Hay que ser femeninas y no feministas".

Nada mejor para dignificar a la mujer que empezar por reconocer cuáles son sus carencias con el fin de potenciar sus virtudes. ¿No sería ridículo que un elefante pretendiera caminar con la ligereza y elegancia de una gacela? Pues como esos elefantes torpones y ridículos debían de ser para Pilar mujeres como Cecilia Böhl de Faber, Lou Andreas-Salomé, Virginia Woolf, Jane Austen, Charlotte Bronté, Emily Dickinson, Sylvia Plath, Annaïs Nin o Marie Curie, por citar sólo unas cuantas de una lista que podría ser interminable, empeñadas en hacer uso de un talento creador del que carecían en lugar de limitarse a interpretar lo que los hombres les dieron hecho. Mejor o peor, claro. Ya se sabe que el arte de la interpretación es un asunto de mucha enjundia. Pero sigamos, sigamos interpretando, mal que bien, dado que, según Pilar, es lo único que las mujeres sabemos hacer:
"La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular -o disimular-, no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse. La dependencia voluntaria, la ofrenda de todos los minutos, de todos los deseos y las ilusiones, es el estado más hermoso, porque es la absorción de todos los malos gérmenes -vanidad, egoísmo, frivolidades- por el amor"

Esta otra perla apareció el 13 de Agosto de 1944 en la revista de la Sección Femenina "Medina", cuyo nombre hace referencia al Castillo de la Mota de Medina del Campo que Franco entregara a la Sección Femenina para sus actividades. Falta de todo talento creador, ¿qué otra cosa podría desear una mujer más que encontrar a un amo y señor al cual someterse, ofrecerse y del que depender, todo ello en aras del amor, el objetivo más alto que le corresponde? Queridas, admitámoslo ya de una vez: todo afán de libertad, igualdad e independencia no son más que simulaciones enmascaradoras de lo que en el fondo constituye, según proclama la Sección Femenina, nuestro auténtico deseo. Dejémoslo aflorar y pleguémonos a él si no queremos traicionar nuestra verdadera naturaleza y abocarnos así a la infelicidad. Como infelices seremos si no atendemos a las palabras del Padre García Figuer, publicadas el 12 de agosto de 1945 en esta misma revista:
"La mujer sensual tiene los ojos hundidos, las mejillas descoloridas, transparentes las orejas, apuntada la barbilla, seca la boca, sudorosas las manos, quebrado el talle, inseguro el paso y triste todo su ser. Espiritualmente, el entendimiento se oscurece, se hace tardo a la reflexión: la voluntad pierde el dominio de sus actos y es como una barquilla a merced de las olas: la memoria se entumece. Sólo la imaginación permanece activa, para su daño, con la representación de imágenes lascivas, que la llenan totalmente. De la mujer sensual no se ha de esperar trabajo serio, idea grave, labor fecunda, sentimiento limpio, ternura acogedora"

Vaya, yo no sé, pero parece que para este piadoso Padre, tan preocupado por la salud de la mujer, la sensualidad en ella -¿valdría decir la sexualidad?- no es más que una enfermedad con síntomas ciertamente peculiares y preocupantes que afectan tanto a su cuerpo como a su alma. ¿Será la oración la medicina para acabar con toda inclinación a la sensualidad? ¿O tal vez el sano cultivo del cuerpo? Esto es lo que podría sugerir la siguiente "perla", aparecida en marzo de 1951 en otra revista de la Sección Femenina llamada "Teresa", obviamente en honor a su patrona Santa Teresa de Jesús:
"Una mujer que tenga que atender a las faenas domésticas con toda regularidad, tiene ocasión de hacer tanta gimnasia como no lo hará nunca, verdaderamente, si trabajase fuera de su casa. Solamente la limpieza y abrillantado de los pavimentos constituye un ejemplo eficacísimo, y si se piensa en los movimientos que son necesarios para quitar el polvo de los sitios altos, limpiar los cristales, sacudir los trajes, se darán cuenta que se realizan tantos movimientos de cultura física que, aun cuando no tiene como finalidad la estética del cuerpo, son igualmente eficacísimos precisamente para este fin"

Pero, ¡claro!, ¿cómo no habíamos caído antes en la cuenta? ¿A qué perder el tiempo yendo a la oficina, dirigiendo una empresa, conduciendo un autobús, tecleando en el ordenador o mucho menos, acudiendo a un gimnasio? Para estar guapas y esbeltas, que es lo que realmente importa a la hora de encontrar a quien someterse, nada tan eficaz como dedicarse de lleno a las faenas domésticas. ¿Que tus carnes empiezan a mostrar signos de flacidez? Rápido, ¿a qué esperas? Ponte de rodillas y empieza a abrillantar el suelo, que seguro que lo tienes hecho un asco y a tu maridito no le gusta nada, como tampoco tus carnes flácidas. ¿Pero es que nadie te enseñó en el colegio cuál es tu auténtica misión en la vida? Pues mira qué clarito lo decía el libro para primer curso de Bachillerato de "Formación Político Social" editado por la Sección Femenina en 1962:
"A través de toda la vida, la misión de la mujer es servir. Cuando Dios hizo el primer hombre, pensó: "No es bueno que el hombre esté solo". Y formó la mujer, para su ayuda y compañía, y para que sirviera de madre. La primera idea de Dios fue el "hombre". Pensó en la mujer después, como un complemento necesario, esto es, como algo útil"

Nuestra misión, queridas lectoras de este blog, es, simple y llanamente, servir. ¿Y qué es algo que sirve para algo? Pues no hay duda alguna: un objeto útil, útil para ayudar y acompañar al hombre, útil para parir futuros hombres así como futuras siervas que sigan ayudándolos y acompañándolos. No en otro lugar reside la clave de nuestra dignidad: que asumamos nuestra condición utilitaria, sabiamente dictada por el todopoderoso, en tanto su idea primera, el hombre, necesitaba de un complemento para no sentirse solo. Y no siendo más que un ente útil y complementario del hombre, cuya finalidad originaria estriba en ponerse a su servicio, es lógico que aceptemos igualmente que no somos más que una propiedad suya, como lo eran los esclavos de los hombres libres. Así lo enseñaba a la mujeres españolas el manual de Economía doméstica para Bachillerato, Comercio y Magisterio que la Sección Femenina editó en 1968:
"Cuando estéis casadas, pondréis en la tarjeta vuestro nombre propio, vuestro primer apellido y después la partícula "de", seguida del apellido de vuestro marido. Así: Carmen García de Marín. En España se dice de Durán o de Peláez. Esta fórmula es agradable, puesto que no perdemos la personalidad, sino que somos Carmen García, que pertenece al señor Marín, o sea, Carmen García de Marín"
Afortunado este señor Marín, ¿verdad?, al que además de su casa, su coche, su dinero y sus calzoncillos, también le pertenece su mujercita Carmen García. Como afortunada debe de sentirse Carmen García por pertenecer a su maridito y haber pasado de ser un perro sin amo a disponer de un dueño que la cobije y proteja en su hogar, resguardándola de la intemperie. ¿Que a cambio Carmen debe someterse a él? Bueno, ¿no es eso lo que, según se ha dicho, representa su más auténtico deseo? Seguro que, aunque Carmen no ladre, le lleva gustosa las zapatillas cuando el señor Marín vuelva a casa cansado de trabajar.
Por no alargar demasiado el post, obvio otras "perlas" que también merecerían figurar aquí y os remito a un último texto que ya recogió en su blog el veí de dalt, también editado por la Sección Femenina, sobre el correcto comportamiento de una mujer con su marido. Advierto que es un texto no apto para estómagos delicados. Luego no me digáis que no os avisé.
Algo me inquieta profundamente de todas estas perlas. Quienes leyeron las revistas Medina y Teresa, quienes estudiaron en los colegios los manuales de Bachillerato citados, son una franja de mujeres que actualmente rondará entre los cincuenta y los noventa años. Mujeres que han educado a otros hombres y mujeres que, si bien habitan una realidad social cada vez más dispar con respecto a la que ellas vivieron, han crecido en hogares en los que la compresión del papel de la mujer y de su relación con el hombre transmitida por estas perlas, de una manera más o menos patente, o lo que es aún peor, más o menos larvada, no podía dejar de estar presente.
¿Sería sensato pensar que las notorias transformaciones sociales de las últimas décadas habrían logrado eliminar todas y cada una de las improntas, leves o no tanto, labradas por esa educación? Personalmente creo que no. Ni aun con la voluntad más consciente y decidida para ello. Porque si bien la verdadera revolución es la que se da en las conciencias, sus estratos más subterraneos no resultan fácilmente accesibles ni se dejan transformar con la misma rapidez que los más superficiales. Una revolución radical de las conciencias requiere, además de esfuerzo, tiempo. Eso sí: para promover la venida de ese tiempo, creo que sólo nos cabe seguir, entre todos, reflexionando, revisando y ahondando en nuestras conciencias.
Tales palabras fueron escritas en 1942 por Pilar Primo de Rivera, hermana de Jose Antonio Primo de Rivera y fundadora en 1934 de la Sección Femenina, institución surgida desde la Falange y de la cual sería la única Delegada Nacional durante los 43 años de su pervivencia. Uno de sus pilares doctrinales consistía en la voluntad -¡atención!- de "dignificar" a la mujer: la Sección Femenina se erige en defensora de unos valores específicamente "femeninos" que deben dejar de menospreciarse socialmente para ser valorados en su justa medida. Su lema era: "Hay que ser femeninas y no feministas".
Nada mejor para dignificar a la mujer que empezar por reconocer cuáles son sus carencias con el fin de potenciar sus virtudes. ¿No sería ridículo que un elefante pretendiera caminar con la ligereza y elegancia de una gacela? Pues como esos elefantes torpones y ridículos debían de ser para Pilar mujeres como Cecilia Böhl de Faber, Lou Andreas-Salomé, Virginia Woolf, Jane Austen, Charlotte Bronté, Emily Dickinson, Sylvia Plath, Annaïs Nin o Marie Curie, por citar sólo unas cuantas de una lista que podría ser interminable, empeñadas en hacer uso de un talento creador del que carecían en lugar de limitarse a interpretar lo que los hombres les dieron hecho. Mejor o peor, claro. Ya se sabe que el arte de la interpretación es un asunto de mucha enjundia. Pero sigamos, sigamos interpretando, mal que bien, dado que, según Pilar, es lo único que las mujeres sabemos hacer:
"La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular -o disimular-, no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse. La dependencia voluntaria, la ofrenda de todos los minutos, de todos los deseos y las ilusiones, es el estado más hermoso, porque es la absorción de todos los malos gérmenes -vanidad, egoísmo, frivolidades- por el amor"

Esta otra perla apareció el 13 de Agosto de 1944 en la revista de la Sección Femenina "Medina", cuyo nombre hace referencia al Castillo de la Mota de Medina del Campo que Franco entregara a la Sección Femenina para sus actividades. Falta de todo talento creador, ¿qué otra cosa podría desear una mujer más que encontrar a un amo y señor al cual someterse, ofrecerse y del que depender, todo ello en aras del amor, el objetivo más alto que le corresponde? Queridas, admitámoslo ya de una vez: todo afán de libertad, igualdad e independencia no son más que simulaciones enmascaradoras de lo que en el fondo constituye, según proclama la Sección Femenina, nuestro auténtico deseo. Dejémoslo aflorar y pleguémonos a él si no queremos traicionar nuestra verdadera naturaleza y abocarnos así a la infelicidad. Como infelices seremos si no atendemos a las palabras del Padre García Figuer, publicadas el 12 de agosto de 1945 en esta misma revista:
"La mujer sensual tiene los ojos hundidos, las mejillas descoloridas, transparentes las orejas, apuntada la barbilla, seca la boca, sudorosas las manos, quebrado el talle, inseguro el paso y triste todo su ser. Espiritualmente, el entendimiento se oscurece, se hace tardo a la reflexión: la voluntad pierde el dominio de sus actos y es como una barquilla a merced de las olas: la memoria se entumece. Sólo la imaginación permanece activa, para su daño, con la representación de imágenes lascivas, que la llenan totalmente. De la mujer sensual no se ha de esperar trabajo serio, idea grave, labor fecunda, sentimiento limpio, ternura acogedora"

Vaya, yo no sé, pero parece que para este piadoso Padre, tan preocupado por la salud de la mujer, la sensualidad en ella -¿valdría decir la sexualidad?- no es más que una enfermedad con síntomas ciertamente peculiares y preocupantes que afectan tanto a su cuerpo como a su alma. ¿Será la oración la medicina para acabar con toda inclinación a la sensualidad? ¿O tal vez el sano cultivo del cuerpo? Esto es lo que podría sugerir la siguiente "perla", aparecida en marzo de 1951 en otra revista de la Sección Femenina llamada "Teresa", obviamente en honor a su patrona Santa Teresa de Jesús:
"Una mujer que tenga que atender a las faenas domésticas con toda regularidad, tiene ocasión de hacer tanta gimnasia como no lo hará nunca, verdaderamente, si trabajase fuera de su casa. Solamente la limpieza y abrillantado de los pavimentos constituye un ejemplo eficacísimo, y si se piensa en los movimientos que son necesarios para quitar el polvo de los sitios altos, limpiar los cristales, sacudir los trajes, se darán cuenta que se realizan tantos movimientos de cultura física que, aun cuando no tiene como finalidad la estética del cuerpo, son igualmente eficacísimos precisamente para este fin"

Pero, ¡claro!, ¿cómo no habíamos caído antes en la cuenta? ¿A qué perder el tiempo yendo a la oficina, dirigiendo una empresa, conduciendo un autobús, tecleando en el ordenador o mucho menos, acudiendo a un gimnasio? Para estar guapas y esbeltas, que es lo que realmente importa a la hora de encontrar a quien someterse, nada tan eficaz como dedicarse de lleno a las faenas domésticas. ¿Que tus carnes empiezan a mostrar signos de flacidez? Rápido, ¿a qué esperas? Ponte de rodillas y empieza a abrillantar el suelo, que seguro que lo tienes hecho un asco y a tu maridito no le gusta nada, como tampoco tus carnes flácidas. ¿Pero es que nadie te enseñó en el colegio cuál es tu auténtica misión en la vida? Pues mira qué clarito lo decía el libro para primer curso de Bachillerato de "Formación Político Social" editado por la Sección Femenina en 1962:
"A través de toda la vida, la misión de la mujer es servir. Cuando Dios hizo el primer hombre, pensó: "No es bueno que el hombre esté solo". Y formó la mujer, para su ayuda y compañía, y para que sirviera de madre. La primera idea de Dios fue el "hombre". Pensó en la mujer después, como un complemento necesario, esto es, como algo útil"

Nuestra misión, queridas lectoras de este blog, es, simple y llanamente, servir. ¿Y qué es algo que sirve para algo? Pues no hay duda alguna: un objeto útil, útil para ayudar y acompañar al hombre, útil para parir futuros hombres así como futuras siervas que sigan ayudándolos y acompañándolos. No en otro lugar reside la clave de nuestra dignidad: que asumamos nuestra condición utilitaria, sabiamente dictada por el todopoderoso, en tanto su idea primera, el hombre, necesitaba de un complemento para no sentirse solo. Y no siendo más que un ente útil y complementario del hombre, cuya finalidad originaria estriba en ponerse a su servicio, es lógico que aceptemos igualmente que no somos más que una propiedad suya, como lo eran los esclavos de los hombres libres. Así lo enseñaba a la mujeres españolas el manual de Economía doméstica para Bachillerato, Comercio y Magisterio que la Sección Femenina editó en 1968:
"Cuando estéis casadas, pondréis en la tarjeta vuestro nombre propio, vuestro primer apellido y después la partícula "de", seguida del apellido de vuestro marido. Así: Carmen García de Marín. En España se dice de Durán o de Peláez. Esta fórmula es agradable, puesto que no perdemos la personalidad, sino que somos Carmen García, que pertenece al señor Marín, o sea, Carmen García de Marín"
Afortunado este señor Marín, ¿verdad?, al que además de su casa, su coche, su dinero y sus calzoncillos, también le pertenece su mujercita Carmen García. Como afortunada debe de sentirse Carmen García por pertenecer a su maridito y haber pasado de ser un perro sin amo a disponer de un dueño que la cobije y proteja en su hogar, resguardándola de la intemperie. ¿Que a cambio Carmen debe someterse a él? Bueno, ¿no es eso lo que, según se ha dicho, representa su más auténtico deseo? Seguro que, aunque Carmen no ladre, le lleva gustosa las zapatillas cuando el señor Marín vuelva a casa cansado de trabajar.
Por no alargar demasiado el post, obvio otras "perlas" que también merecerían figurar aquí y os remito a un último texto que ya recogió en su blog el veí de dalt, también editado por la Sección Femenina, sobre el correcto comportamiento de una mujer con su marido. Advierto que es un texto no apto para estómagos delicados. Luego no me digáis que no os avisé.
Algo me inquieta profundamente de todas estas perlas. Quienes leyeron las revistas Medina y Teresa, quienes estudiaron en los colegios los manuales de Bachillerato citados, son una franja de mujeres que actualmente rondará entre los cincuenta y los noventa años. Mujeres que han educado a otros hombres y mujeres que, si bien habitan una realidad social cada vez más dispar con respecto a la que ellas vivieron, han crecido en hogares en los que la compresión del papel de la mujer y de su relación con el hombre transmitida por estas perlas, de una manera más o menos patente, o lo que es aún peor, más o menos larvada, no podía dejar de estar presente.
¿Sería sensato pensar que las notorias transformaciones sociales de las últimas décadas habrían logrado eliminar todas y cada una de las improntas, leves o no tanto, labradas por esa educación? Personalmente creo que no. Ni aun con la voluntad más consciente y decidida para ello. Porque si bien la verdadera revolución es la que se da en las conciencias, sus estratos más subterraneos no resultan fácilmente accesibles ni se dejan transformar con la misma rapidez que los más superficiales. Una revolución radical de las conciencias requiere, además de esfuerzo, tiempo. Eso sí: para promover la venida de ese tiempo, creo que sólo nos cabe seguir, entre todos, reflexionando, revisando y ahondando en nuestras conciencias.









