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viernes, 15 de febrero de 2013

Variaciones


Un intérprete mundialmente conocido. Un nombre asociado para la eternidad a las Variaciones Goldberg. Posiblemente –inevitable la controversia cuando se trata de escoger a uno y sólo a uno–, el mejor intérprete de la obra de Johann Sebastian Bach. Un pianista –un hombre– en extremo extravagante que a los 32 años, edad que el juicio sensato situaría en la etapa inicial y aún ascendente de una fulgurante carrera, decidió dejar de dar conciertos para el gran público y sólo ofrecería sus interpretaciones a través de los medios. Un pianista que no podía interpretar obra alguna sin, al mismo tiempo, tararear la melodía de la pieza ejecutada por sus dedos. 

Si cada una de estas descripciones esboza un escueto retrato de Glenn Gould (1932-1982), la última de ellas es sin duda la que, en un momento ya lejano de mi vida, me impulsó a escuchar una y otra vez, con obsesiva recurrencia, la versión de las famosas Variaciones Goldberg que el pianista canadiense grabara en 1981, pocos meses antes de morir de un infarto cerebral. En aquella época de soledad buscada en medio de circunstancias que también la forzaban, Glenn Gould acompañaba muy a menudo, desde un pequeño walkman instalado en mi bolsillo, los paseos rutinarios a los que me empujaban las estrechas dimensiones del apartamento universitario que habitaba. Tan a menudo que, cada vez que vuelvo a escuchar esa pieza, no es raro que en mi cabeza reaparezcan las imágenes entrecortadas de los senderos que bajo su amparo recorría, de los edificios que los circundaban, del pequeño bosquecillo al que me dirigían. Por su mera reiteración durante aquellos paseos, las notas que componen las Variaciones Goldberg han quedado para mí por siempre adheridas al recuerdo, ya borroso por los largos años transcurridos, de aquellos parajes que nunca he vuelto a pisar. 


En esas notas que se derramaban en cascada sobre mis oídos con una precisión geométrica y una brillantez para mí desconocidas hasta entonces, perseguía yo con avidez los retazos de la voz de Glenn Gould que de cuando en cuando asoma tímidamente entre ellas, que en ocasiones llega incluso a imponerse al silencio entrecortado que forja su ritmo. Supongo que, al igual que a tantos de sus admiradores, escuchar la voz poco armoniosa, apenas balbuciente de Glenn Gould, emergiendo entre el sonido cristalino que sus dedos logran arrancar al piano, me producía una sensación de cercanía a él que convertía la audición de esta obra maestra de Bach en una experiencia particularmente íntima. El timbre oscuro, el tono desafinado de su voz en contraste con la pureza de las melodías en contrapunto, me hacían testigo y a la vez partícipe de la pasión que lo arrebataba al interpretar a Bach. Percibir y sentir esa pasión constituyó la llave que me franqueó la puerta a la singular belleza de las Variaciones Goldberg. Y es que quizá en esa pasión, intuida de una forma u otra en el intérprete, en el escultor, en el pintor o el poeta, resida la única vía de acceso a la belleza del arte. 

Por eso, cuando por aquella misma época supe de la existencia de una novela de Thomas Bernhard en la que aparecía Glenn Gould, El malogrado, corrí rauda a la biblioteca y me entregué a su lectura con tanta aplicación como por aquel entonces requería mi insuficiente conocimiento de la lengua en la que había sido escrita. No me decepcionó descubrir que, en realidad, no se trataba de una novela sobre Glenn Gould. El malogrado es más bien la historia de una doble derrota, una fatal, la otra liberadora: la que sufren dos jóvenes y prometedores pianistas por causa de su encuentro en Salzburgo con un igualmente joven y ya genial Glenn Gould. 


Su narrador anónimo, el que fuera uno de esos jóvenes, viaja tras el entierro del otro, Wertheimer, hacia el pabellón de caza donde el muerto ha pasado sus últimos días. Pocos meses después del fallecimiento de Glenn Gould, Wertheimer, apodado por el propio Glenn como el malogrado, se ha suicidado ahorcándose a escasos metros de la casa de su hermana. El narrador quiere saber si hallará en el pabellón de caza los escritos a los que Wertheimer decía estar dedicando su vida desde que, como él mismo, renunciara a su carrera pianística. En un monólogo obsesivo que introduce al lector en una suerte espiral asfixiante, construida sobre la continua reaparición de los motivos que se van presentando, el narrador reflexiona sobre las causas que explicarían el suicidio de Wertheimer. Paulatinamente irá reafirmándose en la idea de que éstas se remontan, exactamente, al momento en que, veintiocho años atrás, Wertheimer pasa por el aula treinta y tres del primer piso de la escuela de música donde ambos estudiaban, y escucha a Glenn Gould tocar el Aria, la primera de las treinta y dos piezas que componen las Variaciones Goldberg. Pues es entonces cuando Wertheimer, sin ser todavía plenamente consciente de ello, se enfrenta a la existencia del genio de Glenn Gould y a la imposibilidad de superarlo. Tanto el narrador como Wertheimer son pianistas con aptitudes extraordinarias, figuras claramente prometedoras en el mundo de la interpretación entre tantos otros aspirantes, destinados por sus cualidades a destacar y triunfar, a convertirse en famosos intérpretes. Pero tras convivir durante algunos meses en la casa que los tres alquilan en las afueras de Salzburgo, ambos descubren en Glenn Gould un talento superior del que carecen y el brillo único, sin par, sublime, que ninguno de ellos podrá jamás alcanzar. Ninguno de ellos podrá ya llegar a ser el mejor, porque el mejor es, sin el más mínimo atisbo de duda, Glenn Gould. Aunque en sus respectivas manos se halla la posibilidad de convertirse en reconocidos pianistas, deben afrontar la amarga verdad de que nunca podrán serlo del modo inigualable en que lo será Glenn Gould. De no haber conocido y entablado amistad con Glenn Gould, piensa el narrador, tanto él como Wertheimer habrían proseguido con sus carreras y habrían triunfado. Pero el hecho inapelable de haberlo conocido trunca para siempre sus carreras artísticas y altera radicalmente sus vidas. 


Tal vez la diferencia más notoria entre estos tres personajes se inscriba en el orden del deseo. En un plano que cabría calificar de inconmensurable en relación al de sus amigos, si algo desea Glenn Gould es convertirse en su Stenway, en su piano, para que así nada, ni tan siquiera él mismo, se interponga entre Johann Sebastian Bach y los sonidos que, con cada interpretación, reviven e inmortalizan sus obras. En el caso del narrador, su encuentro con Glenn Gould le vuelve evidente que, pese a sus incuestionables aptitudes, nunca deseó realmente ser pianista. Poco importa si, tantos años después, sigue sin saber qué quiere para sí y lleva una existencia errática y desorientada: al menos, conocer a Glenn consiguió liberarle de una falsa visión de sí mismo que, con toda seguridad, le habría abocado a la infelicidad. Sin embargo, ese mismo conocimiento arruina la vida de Wertheimer y, de su mano, asola la de quienes le rodean hasta el día en que decide ponerle fin. Pues el deseo que, a partir de él, se apodera de Wertheimer es un deseo por completo irrealizable y la fuente más nítida de su desgracia: Wertheimer no desea más que ser el propio Glenn Gould, y el narrador llegará a sospechar que la elección del momento de su suicidio sólo responde a que, de Glenn Gould, ha envidiado hasta su muerte. 

De ahí que el narrador termine por vislumbrar, con idéntica lucidez a la de Glenn Gould al apodarle como el malogrado, que Wertheimer era un hombre de callejón sin salida incluso antes de conocer al genial pianista. De su encuentro con él no deriva más que el afloramiento de esa condición autodestructiva que Wertheimer portaba ya consigo desde niño y que el narrador anónimo expone con estas palabras: “Wertheimer no era capaz de verse a sí mismo como alguien único, como todo el mundo puede y tiene que permitirse si no quiere desesperar, se sea quien se sea, se es alguien único, me digo a mí mismo, y eso me salva”. Eso, y no otra cosa, es lo que salva al narrador de su estéril y constante desorientación. De la ausencia de rumbo definido de la que adolecen sus días desde que se resolviera a regalar su piano para nunca volver a tocar ninguno. También del suicidio que tantas veces Wertheimer le augurara y al cual éste no pudo sino anticiparse tras la muerte de Glenn Gould. Ni a Glenn Gould, ni a sus magistralmente interpretadas Variaciones Goldberg, cabe, pues, atribuir la responsabilidad del suicidio de Wertheimer. Éste es el fruto exclusivo de su incapacidad para percibirse y valorarse como un ser insustituible, el único susceptible de interpretar el papel central, protagonista de su propia vida, con independencia de sus habilidades y carencias, de sus triunfos o fracasos, de su deseo de llegar a ser el mejor y de la inevitable frustración de ese deseo. Que Wertheimer llegara a conocer de cerca el talento y la superioridad artística de Glenn Gould tan sólo sirvió para desatar la fuerza destructora, aniquiladora de esa incapacidad suya. De esa debilidad tan devastadora como para arruinar cualquier existencia. ¿Y quién no ha sentido, siquiera de lejos, la potencia devastadora de esa debilidad a través del deseo de ser otro, a través de la envidia de las cualidades y logros de otro?


Salvo las que lo encabezan, las imágenes que ilustran este post son fotogramas de Thirty two short films about Glenn Gould, una bellísima película que ningún admirador de Glenn Gould se debe perder. 


lunes, 31 de diciembre de 2012

Celebrar II


Si no me falla la memoria, nunca hasta ahora me había planteado despedir el año con un post. Algunos años, porque el tránsito de una cifra a otra ha coincidido con períodos de ausencia de esta casa que es también la suya. En una concreta ocasión, porque –obedeciendo el sentir común y lo mucho que de costumbre tiene– me pareció más apropiado, en lugar de homenajear el año que termina, inaugurar el nuevo con un post que lo festejara. 

Pese a haber renegado con frecuencia de la alegría impuesta de las fiestas navideñas, nunca he dejado de celebrar el inicio de la nueva vuelta alrededor del sol que tendrá lugar dentro de ya apenas un par de horas. Pero esta vez –me temo que no les extrañará que lo confiese– no me siento muy inclinada a la celebración. Por razones en absoluto infundadas –entre otras, que así lo ha anunciado la bruja Avería del siglo XXI, y quién mejor que ella puede saberlo–, sospecho que el 2013, en algunos aspectos nada irrelevantes en mi vida ni tampoco en las suyas, lejos de deparar alguna mejoría en relación con el 2012, será más bien mucho peor. No es difícil anticipar que, de no impedirlo un milagro, en su transcurso asistiremos al ahondamiento, a la extensión de ese proceso de desaparición del mundo conocido hasta ahora del que me lamentaba no tanto tiempo atrás. Qué duda cabe que un mundo imperfecto y siempre perfectible. Pero qué duda cabe igualmente que dotado de ciertas cualidades que estamos aprendiendo a valorar y defender en su pérdida. Como en aquella historia de Michael Ende que leí de adolescente, la nada crece, y no percibo ningún indicio que anuncie la detención de su imparable crecimiento. Como en aquella historia, el vacío que propaga parece estar aniquilando cualquier atisbo de imaginación capaz de proponerse, en su oposición, como alternativa viable a esta realidad terca que se nos echa encima cada día y amenaza con aplastarnos. 

Sin embargo, no quiero ser una aguafiestas en esta noche en la que la celebración resulta también una obligación. Y tampoco sería honesto por mi parte obviar que, pese al terrible avance de esa nada, sigo contando con cosas –tantas, o tan grandes que su valor multiplica su número– cuya presencia en este año que termina no puedo dejar de celebrar. Cosas cuya pervivencia y progresivo desarrollo deseo con todas mis fuerzas para el año venidero. Que me sostienen cotidianamente frente a la nada creciente y me prestan la solidez necesaria para combatir sus embistes. Que continúan enriqueciéndome e incrementando mis ganas de estar viva, de seguir estándolo tanto tiempo como dure su existencia. 

Por todas ellas brindaré dentro un rato. También –como cantan Antony and the Johnsons en esta hermosa canción que les quiero regalar esta noche– por la luz diurna y el sol que las besa cada mañana. Y, cómo no, por todos ustedes, que forman parte de la porción más amable de este mundo, tan ajena a la crudeza y fealdad de los acontecimientos económicos y políticos. Mis mejores deseos para ustedes en el nuevo año. En él nos reencontraremos, si ustedes gustan. 


miércoles, 28 de noviembre de 2012

Ser y no ser


Enorgullécete de tu fracaso, 
que sugiere lo limpio de la empresa 

Contaba recientemente Amancio Prada que conoció a Agustín García Calvo allá por los años setenta cuando éste, exiliado en París tras haber perdido su cátedra de Lenguas Clásicas en Madrid por apoyar las protestas estudiantiles, se dedicaba a repartir copias de su recién publicado “Manifiesto de la Comuna Antinacionalista Zamorana”. Esa Comuna que se declaraba ya de facto fundada por obra de tal Manifiesto y cuya función consiste, desde entonces, en luchar, de hecho y de palabra, contra el Estado español y todo Estado en general. 

El Manifiesto ofrece amplias directrices sobre la organización de la vida de la Comuna una vez conquistada la independencia del pueblo de Zamora. En un primer momento, todos sus miembros formarán parte de un gobierno provisional cuya principal actividad será la de su provocar su propia disolución. Se producirá una expropiación de los bienes llamados “dinerarios” –es decir, aquellos que sean claramente cuantificables y permitan definir al posesor según el lema del “tanto tienes, tanto vales”–, mientras que se respetarán los objetos que se intuya están siendo plenamente disfrutados por su dueños o con los que éstos hayan establecido ciertos lazos amorosos. Se eliminará la obligatoriedad del trabajo y la noción misma del trabajo, desde la confianza en que su desaparición despertará en los ciudadanos el deseo de emprender toda suerte de actividades que harán florecer la Comuna y que ya no podrán distinguirse de las que habitualmente se consideran ligadas al ocio y al goce. 

Pero más allá de éstas y otras directrices que allí se detallan convenientemente, quizá las más importantes en esa tarea de combatir al Estado sean las que afectan a la disolución de la institución de la Familia. Lejos de imponer el amor libre como fórmula abstracta, el Manifiesto propone como primer paso liberar de la ancestral prohibición los amores llamados “incestuosos” entre los hermanos y hermanas que bien se quieran: se sospecha que en la vieja Ley que impide ser amantes a los hermanos se hallaría la causa de que los amantes nunca puedan quererse entre sí como hermanos, de manera que, abolida la Ley, es de esperar que poco a poco pase a mejor vida el estado de guerra y enemistad que suele amargar a las parejas. Se trabajará críticamente por la progresiva desaparición del Amor de posesión mostrando la falsa sensación de seguridad que conlleva, con lo que se supone acabará muriendo también el Sexo que antitéticamente se le opone. Pasado el tiempo, vaticina el Manifiesto, “cada amor estará lleno de toda clase de amor”, sin que tenga ya sentido distinguir entre el amor del alma y el del cuerpo. Gracias a la proliferación de toda suerte de juegos y bromas de sustitución de los niños en los primeros meses de vida, las madres olvidarán fácilmente cuál de los niños paridos es el suyo, y se dedicarán, al igual que todos los miembros de la Comuna, a la educación conjunta de todos ellos. Y una vez el amor se libere de sus ataduras posesivas y todos los miembros de la Comuna hayan pasado amarse como hermanos y hermanas –cosa que implicará la paulatina evaporación del concepto mismo del incesto–, se da por hecho la pronta desaparición de la figura del padre, despreocupado ya por completo por saber qué hijos serían los suyos y de toda pretensión de traspaso a ellos de bienes privados inexistentes. 

No me consta que el pueblo de Zamora alcanzara jamás su independencia del Estado español. Pero si por este motivo nunca pudo llegar a materializarse de hecho –o al menos no de forma que quepa conocer– la función batalladora frente al Estado de esa Comuna Antinacionalista, no puede negarse que Agustín García Calvo jamás dejó de ejercerla de palabra, incluso desde antes de su misma fundación, con cada una de sus numerosas y variadas obras. En repetidas ocasiones siguió combatiendo la idea de la Familia como pilar fundamental del Estado y fuente de nuestra constitución en los Individuos que lo conforman. Pues la Familia es, decía Agustín, la institución que con sus leyes y prohibiciones, con sus dictados e interdicciones –tienes que querer a tu madre, es un crimen si no lo haces, pero nunca quebrantando ciertas fronteras; tienes que respetar a tu padre, eres un mal hijo si no lo haces, pero nunca traspasando ciertas barreras–, impone la sustitución de los sentimientos del infante, por principio indefinidos, carentes de límites, brutales, por entero desmandados, por una idea de tales sentimientos, ya definida y reglada, que los domestica y transforma en una obligación en la que todo goce sólo podrá darse a partir de entonces en medio de la sufriente contradicción e invariablemente bajo la nítida separación del Amor y el Sexo. 

En el seno de la Familia adquirimos el Nombre Propio que nos pretende únicos e irreemplazables a la vez que nos iguala al número por el que devenimos uno más indistinguible de tantos. En ella se construye de forma primaria nuestra identidad como Individuos en tanto que “hijos de” y se conforman poco a poco lo que en adelante serán nuestros Gustos Personales, más que expresión de un verdadero desear y querer, reflejo de la obediencia a lo que está mandado querer. En cuanto unidad de producción económica y consumo, en la Familia aprendemos que el Dinero es el sustituto ideal de todas las cosas: de entrada, del amor que los hijos reclaman a los padres o la mujer al marido pidiendo siempre más Dinero. E interiorizamos entonces la necesidad del Tiempo muerto del Trabajo –el que nace ya sin posibilidad de albergar forma alguna de disfrute– para la consecución de ese sustituto universal de cualquier cosa anhelada que nos permite convertirnos en fieles súbditos del Estado. Sólo por causa de la Familia, llegaremos a ser igualmente fieles reproductores del Orden establecido –ése que siempre se defiende bajo la amenaza del caos terrorífico en su ausencia– cuando, en función de esas mismas reglas y de las idealizaciones que les subyacen, nos lancemos a la búsqueda de la Pareja con la que fundar un nuevo nido para la producción de más Individuos. Una Pareja en la que acabará primando antes la Idea de lo que debe ser que los sentimientos que laten en sus honduras y dieron lugar a su surgimiento. Antes la urgencia de la posesión del otro que el disfrute mutuo y compartido. Antes el afán de conocer al otro como forma de poseerlo que el misterio que emerge de no saberlo y la libertad que se le otorga no forzándole a que se sepa a sí mismo a través de nuestro conocimiento. 

Pues, para Agustín, si algo originario, algo espontáneo, algo vivo respira en nosotros por debajo de tanta Ley, de tanta conformación, de tanta imposición constitutiva de las Personas que somos, es, precisamente, aquello que no sabemos de nosotros mismos ni podemos saber porque la operación misma de pretender saberlo propicia de inmediato su pérdida: al intentar apresarlo se nos escurre entre los dedos, y sólo logramos aferrar en su lugar la pálida idea, fija, inerte, de eso que antes, por no saberlo, palpitaba en nosotros con toda su fuerza. De ahí que Agustín nos legara un largo sermón sobre el ser y el no ser que venía prologado por un par de sonetos de los que me permito extraer los siguientes versos: 

¿Por lo que triunfo y lo que logro, ciego 
me nombras y me amas?: yo me niego, 
 y en ese espejo no me reconozco. 

Yo soy el acto de quebrar la esencia: 
yo soy el que no soy. Yo no conozco 
más modo de virtud que la impotencia. 

Y que el final del segundo soneto proclame que así como “tu muerte es tuya” –y ojalá lográramos deshacernos de esta maldita posesión indeseada–, “tu no saber es toda tu esperanza”. Y es que ser es, según Agustín, idéntico a saberse. Y no otra cosa que eso que decimos ser y saber del ser que somos es lo que nos aprisiona y limita al definirnos, impidiéndonos acceder a la sustancia viva e indefinible que alienta por debajo de cada determinación que forja pública y privadamente nuestro ser. Por eso Agustín quiso cantar al no ser idéntico al no saber. Por eso nos conminó con sus poemas, con sus cuentos, con sus ensayos y sus originales tratados sobre los antiguos o la estructura del lenguaje que habla en nuestras bocas sin pertenecer a ninguna, a reparar en lo que no somos y en ese no ser no sabemos de nosotros mismos. Con la esperanza de que, en algún momento y probablemente sólo de forma fugaz, alcancemos a ser otro que ése que somos –y en ese ser otro, uno cualquiera, como de cualquiera es el lenguaje que nos atraviesa de parte a parte–, y así nos liberemos, nos deshagamos un poco de la constante imposición de ser los Individuos arrojados a la muerte que nos han llevado a ser. 

Por más que Agustín despotricara constantemente contra la institución de la Pareja, nunca dejó de reconocer que ese sentimiento que, a su juicio, mejor no nombrar para no matarlo, y que trivialmente asociamos al enamoramiento, constituye una de las pocas maravillas capaz de hacernos transitar del ser al no ser, de conducirnos desde la definición y el saber a la confusión y momentánea disolución del ser que de continuo estamos de obligados a ser. Un sentimiento que se asocia obsesivamente a un Tú en cuyos brazos nos perdemos y olvidamos gozosamente de nosotros mismos y del cual, por causa de esa dichosa pérdida que nos vuelca el cielo boca abajo, queremos hacer la única Ley, el único Dios, la única Patria, el único Ejército, los únicos Padres que manden en nuestras vidas. O al menos así lo expresaba él en este poema al que pusieron música Amancio Prada y Chicho Sánchez Ferlosio. Sirva aquí su recuerdo como cierre de este pequeño homenaje que he querido rendir al gran maestro de la pluma que fue y sigue siendo en sus obras Agustín García Calvo. Hasta siempre, maestro. 


miércoles, 5 de enero de 2011

Movimiento


Ciertos libros se nos presentan envueltos en una especie de aura de la que sentimos emanar el imperativo de leerlos. Se trata de libros que se ha oído nombrar en múltiples y muy diversos contextos, y que reiteradamente se nos ofrecen arropados por apasionados elogios en torno a su excelente factura, enfundados en exaltadas opiniones acerca de su repercusión en la historia de la literatura, adornados por sesudas observaciones sobre su importancia en la emergencia de elementos tan cruciales de nuestra cultura que se estiman insoslayables para la comprensión de nuestro propio presente. Libros, por tanto, frente a los cuales uno suele decirse a sí mismo que tarde o temprano habrá de acabar leyendo si no desea privarse de una experiencia literaria avalada en su relevancia por el criterio de generaciones más o menos numerosas de lectores.

Por alguna razón, siempre me había parecido demasiado temprano para la lectura de uno de esos libros que había oído mencionar en infinidad de ocasiones. Hasta que alguien me dijo: “Si te gusta Dylan, tienes que leerlo”. Vaya, pues me gusta mucho Dylan. Es más, me fascina Dylan, quizá el descubrimiento musical de los últimos años -por extraño que resulte, mi acercamiento a la obra de algunos músicos mundialmente reconocidos ha sido sorprendentemente tardío- que con mayor entusiasmo celebro. Así que esa simple frase hizo por fin sonar la hora de la obediencia a un imperativo largamente postergado: el que destilaba a mis ojos la novela de Jack Kerouac “On the road”, cuyas últimas páginas me acompañaron en la inauguración de este nuevo año.


Lejos de diluirse al poco de emprender su lectura, tal y como cualquier lector desearía, la conciencia del imperativo se ha prolongado -también es cierto que con intensidad decreciente- hasta prácticamente esas últimas páginas. Por lo general, no tengo reparo alguno en abandonar un libro después de empezado, bien porque anticipe que su lectura no me reportará el placer o el aprendizaje que de ellos espero, bien porque considere que no me encuentro en el momento más propicio para proseguirla y decida posponerla hasta su llegada. Pero con “On the road” ha sucedido algo distinto: pese a anunciar casi cada día que lo más probable era que lo dejara, cierta inercia me ha impulsado a acompañar a sus protagonistas hasta el final del trayecto narrado por Kerouac. Una inercia que quizá, pienso ahora, me haya atrapado por contagio del dinamismo enloquecido que desprende esta novela.

Porque “On the road” es para mí, ante todo, una experiencia del movimiento, de la velocidad, de la convulsión y la agitación vertidos en la más pura exterioridad de la total ausencia de reflexión acerca de su sentido. A un ritmo febril y descabellado, sin apenas dinero, sus protagonistas, Sal Paradise -alter ego del propio Kerouac- y el inolvidable Dean Moriarty -trasunto literario de Neal Cassady- viajan junto a un séquito de amigos y otros personajes fugaces a lo largo y ancho de los Estados Unidos. De Nueva York a San Francisco, de San Francisco a Los Ángeles, de los Ángeles de vuelta a Nueva York. Y de nuevo a San Francisco. Y otra vez de regreso a Nueva York. Y de Nueva York, finalmente, a México. Llegados a cada destino, una inexplicable urgencia los impele a emprender la marcha hacia otro lugar que invariablemente se convertirá en el punto de partida hacia otra meta distinta. Y es que la ciudad en la que desean estar, la ciudad que promete excitantes vivencias, chicas o drogas de más fácil acceso, nunca es aquella en la que acaban de aterrizar. En las paradas intermedias, beben hasta la inconsciencia, fuman marihuana, encuentran al amor de su vida, follan y se desencantan de él en apenas unas horas, escuchan jazz, bailan frenéticamente, gritan, saltan como posesos. Para, casi siempre arrastrados por la delirante agitación física y mental de Dean Moriarty y sus reiterados y absurdos “¡Sí! ¡Sí!” -quizá la plasmación más bruta, pero no por ello desposeída de una evidente fuerza de arrastre tan poderosa como un enorme imán, del nietzscheano “sí” a la vida-, lanzarse a devorar kilómetros a velocidades de vértigo por las autopistas norteamericanas.

¿Por qué razón? Nadie en la novela se lo pregunta. ¿Con qué propósito? Sencillamente no lo hay. Correr, moverse, acelerar, dejar atrás toneladas de asfalto en la carretera, es en “On the road” sinónimo de estar vivo. Sin que importe cuál sea la meta. Sin que importe a dónde debe conducir tanto movimiento y tanta gasolina consumida. Y lo es porque, a mi entender, el movimiento se ha convertido para sus protagonistas en el elemento denso, tembloroso, vibrante, capaz de llenar el vacío que horada cada minuto de toda existencia humana y que cada minuto nos exige la búsqueda contenidos, de tareas, de objetivos con los que ahuyentarlo. Si te mueves, si te desplazas de un lado a otro, si tus pies caminan o giran las ruedas bajo su presión sobre el acelerador, reza la consigna en “On the road”, ya estás haciendo algo. Mientras saltas, brincas, ondulas las caderas sobre otro cuerpo o te retuerces compulsivamente al compás de una trompeta entonando jazz, el vacío desaparece, puesto en fuga por la actividad incuestionable, indiscutible, irrebatible ante tu propia mirada que despliegan tus miembros, aniquilado por tu propio aturdimiento. Así, “On the road” constituye -además de muchas otras cosas, no es mi intención negarlo- un perfecto retrato del movimiento como forma de vida, del dinamismo convulso y desprovisto de justificación como opción existencial en pugna contra el perpetuo acoso de la nada.

Paradójicamente, el hecho de que casi cada día de los que avanzaba por sus páginas anunciara su probable abandono responde a que una palpable y aguda sensación de vacío, sólo compensada a la postre por el extraño afecto que terminé desarrollando por esa criatura espasmódica y demencial que es Dean Moriarty, se impuso sobre el resto de las generadas por su lectura. Vacío ante la flagrante ausencia de cualquier atisbo de viaje interior sustentando las trepidantes correrías de los personajes de “On the road”. Vacío ante la inevitable repetición de movimientos, de trayectos, de situaciones idénticas en la vorágine de carreras y excesos. Vacío, en última instancia, ante la omisión narrativa de las huellas, de los posos, de las mudanzas anímicas esperadas en sus protagonistas como consecuencia de tanta agitación exterior. Y es que, supongo, lo que para algunos lectores puede acabar poniendo de manifiesto “On the road” es que el movimiento por el movimiento configura una forma más bien precaria y limitada de llenar el vacío. Que la renuncia en él al sentido, a la dirección, a la orientación, lo transforman en una nube etérea, en una masa de aire agujereada que, lejos de ahuyentarlo, únicamente logra encubrir momentáneamente ese vacío para provocar su aún más feroz reaparición en el centro mismo de ese movimiento.

A no ser que se asuma -y ésta es una asunción inquietante, pero plausible- que no existiendo, que no habiendo tal sentido y siendo nuestros esfuerzos por inventarlo siempre insuficientes y abocados al fracaso, sólo nos cabe desprendernos de su exigencia y apostar por agitarnos, por retorcernos, por correr frenéticamente por la vida de un lado a otro hasta que nuestras energías se agoten.


¿Y Dylan? Bien, quien me dijo que si me gustaba debía leer “On the road” tenía razón. Terminada ya su lectura, he sabido del reconocimiento de Dylan sobre la influencia que la obra de Kerouac, así como su poesía, hasta ahora desconocida para mí, tuvo sobre él. Pero también me he cruzado con estas líneas que Dylan escribe en sus "Crónicas": “A los pocos meses de estar en Nueva York yo ya había perdido el ansia de vivir todo lo que “On the road” de Kerouac ilustra tan bien. Aquel libro, que había sido la Biblia para mí, ya no lo era. Todavía me encantaba la pulsión dinámica y extrema del fraseo poético estilo bop que fluía de la pluma de Jack, pero ahora Moriarty me parecía un personaje fuera de lugar, sin sentido, que inspiraba idiotez. Iba por la vida dando tumbos como un toro desatado”.

Dylan contaba con veinte años cuando se trasladó a Nueva York. No sé si la conclusión que debería extraer de sus palabras es que, pese a no ser yo nunca persona, ni tan siquiera en mi más tierna juventud, tendente a la agitación y el movimiento sino más bien a todo lo contrario, de tanto postergar la lectura de “On the road” al final se me hizo demasiado tarde para ella.


viernes, 30 de abril de 2010

Metamorfosis


El descubrimiento -o quizá valdría decir en este caso el ser descubierto, raptado, hasta secuestrado por un suceso inesperado- puede tener lugar con algo tan sencillo como trivial: poner a sonar un disco que aún no conoces. Quizá porque lo avala la recomendación de alguien cuyo criterio musical aprecias. Porque hace ya mucho que te anima el deseo de llenar las tantas y tan hondas lagunas que horadan para ti este campo. O porque es domingo, temprano, el día se extiende virgen por delante, las largas horas todavía en perspectiva horizontal, y aunque el trabajo se acumula y aguarda impaciente sobre la mesa, te propones abordarlo con calma, aflojando la presión, permitiendo que otro universo acaricie mientras tanto tus oídos y aligere la carga.

Empiezan los primeros compases y se desgranan por la habitación las melodías y las voces, las guitarras y los bajos, mientras tú te desplazas lentamente de un lado a otro, domesticando a tramos el pequeño caos reinante, preparando un segundo café, ya sobre la mesa organizando papeles, sin prestar excesiva atención a los sonidos, suelta la rienda de tus pensamientos que vagan como sin dueño por entre los muebles, sobre los libros y bolígrafos, flotando por encima de la música todavía distante. Y de repente el inicio tímido de una canción que comienza a arrastrarte consigo, el río de notas acoplándose al de tu propia sangre para marcar el ritmo de su fluir por tus arterias; la paulatina vibración, suave al principio, cada vez más potente, de cada una tus fibras al compás de ese ritmo. Y la cabeza entonces como una pizarra borrándose con precipitación, queriendo convertirse en lienzo en blanco para acoger sin interferencias dentro de sí el baile de sonidos, la sincronizada coreografía de las timbres y las cadencias. Acaba la canción y te levantas para hacerla sonar una vez más. Y otra vez. Y todavía más veces.

En los últimos tiempos, dos son las canciones con las que más recuerdo haber vivido este saberse de súbito atrapado por la música . Dos canciones que sigo escuchando ad nauseam mientras conduzco o camino sin rumbo por casa al tomarme un respiro. También cuando la música se reanuda según su capricho dentro de mi cráneo. Aunque sus melodías ya dejaban intuirlo, no averigüé hasta más tarde, conforme la repetición fue perfilando las voces en palabras, que las dos son canciones de amor. Nada extraño, siendo el amor tema inagotable en manos de músicos y plumas de poetas. Sólo que, en este caso, ambas coinciden en tematizar, desde ángulos en apariencia opuestos, un aspecto muy concreto de ese sentimiento universal tan bendecido como maldito por cada ser humano que lo goza y sufre en sus carnes: la revolución vital y anímica que opera en quien lo vive bajo la forma de una suerte de metamorfosis, de transformación en la percepción y realidad del propio yo. Una tranformación cuya detección anuncia sin posibilidad alguna de duda o error la sobrevenida del sentimiento amoroso.

En 1972, con su disco "Transformer", Lou Reed -la cuña publicitaria que lo presentaba decía: "Entre todos los que van de locos, de depravados, de anarquistas sexuales, Lou Reed es el auténtico"- no sólo hablaba del lado más salvaje, más sórdido, más viciado y vicioso de la vida. También compuso una canción de letra abrumadoramente sencilla sobre lo que significa vivir "un día perfecto" (A perfect day). ¿Y qué puede hacer de cualquier día un día perfecto? No los acontecimientos descritos en la canción, tan banales y perfectamente intercambiables por cualesquiera otros como beber sangría en un parque, acudir al zoo a dar de comer a los animales o ver una película al regresar a casa. Lo que lo hace perfecto se expresa, a mi juicio, en la estrofa cuya llegada espero cada vez que escucho esta canción: "Simplemente, un día perfecto. Hiciste que me olvidara de mí. Pensé que era otra persona. Alguien bueno". La experiencia de haber hallado, en quien nos acompaña ese día perfecto, la posibilidad de olvidarnos de nosotros mismos, de perder la noción de lo que fuimos y somos. Un olvido benéfico, recibido como una gracia, que nos arranca de nuestras manidas miserias, de nuestras oscuridades cotidianas, de las tristezas que a menudo nos inundan. O, simplemente, del apático e indiferente deslizarnos por los estados de ánimo incoloros que tiñen nuestras rutinas. Y por medio de ese olvido y del consecuente diluirse de la conciencia de nuestra propia identidad, sentirnos convertidos en alguien distinto, en una persona diferente a la que éramos. Como si el núcleo rígido que en ocasiones nos aprisiona y asfixia desde nuestra interioridad reflexiva se esponjara ante la presencia de ese Otro y acabara vertiéndose, derramándose hacia afuera, para solificar de nuevo en un yo que ya no es el nuestro. Un yo más cálido, más bondadoso, más soleado. Un yo mejor. A cuyo nacimiento asistimos como a nuestra propia resurrección en una mente y un cuerpo extraños. Extraños pero amablemente hospitalarios, liberados de la pesadumbre y el desgaste que como una gruesa costra deslucen los nuestros. Una mente y un cuerpo insólitos que irradian vida, ilusión, bienestar en presencia de ese Otro. En la maravillosa canción "A perfect day", la metamorfosis que provoca el amor es literalmente éxtasis, salida fuera de sí, extrañamiento en un yo ajeno que se revela lugar más plácido y acogedor que el yo por costumbre habitado.





Poco tiempo después, en 1974, Eric Clapton dejaba atrás una tenebrosa etapa de adicción a la heroína y la cocaína para, con una nueva formación de músicos, sacar a la luz el memorable disco "461 Ocean Boulevard". Entre sus temas, figura una versión de uno cuya interpretación por Clapton supera para mí con creces al original. Clapton proclama en él un conmovedor "por favor, quédate conmigo" (Please be with me). Y se pregunta de entrada "¿Es el amor o soy yo lo que me ha hecho cambiar de pronto? Y mirar hacia afuera, y sentirme libre". De nuevo, la experiencia de la metamorfosis, del cambio, de la transformación. Pero, a diferencia de la canción de Lou Reed, la transformación acontece en esta ocasión en sentido inverso. En el tema de Clapton, aquél a quien se pide que permanezca a nuestro lado es quien ha logrado hacernos traspasar la puerta que conduce al interior de nosotros mismos. Porque en la cercanía del Otro hallado, a través de él, nos sabemos transformados al sentir que por fin hemos encontrado el yo que verdaderamente somos. La presencia de ese Otro nos pone en contacto con una suerte de fondo interior olvidado, o tal vez nunca antes vislumbrado, que ahora sentimos más nuestro que nunca, genuinamente nuestro, y al que nos adherimos plenamente sin grietas ni fisuras. En ese fondo antes enterrado nos reconocemos como sobre la superficie sin mácula de un espejo, y contemplamos dichosos la imagen nítida y luminosa devuelta por su reflejo. Como si hasta entonces hubiéramos caminado perdidos, enajenados, alienados de nuestro más íntimo yo sin tan siquiera percatarnos de ello, y la aparición de ese Otro en nuestras vidas nos hubiera regalado la oportunidad de recobrarlo, de retornar al punto primigenio, al hogar añorado. A ese yo nuestro que, sin duda, siempre fuimos de un modo u otro, pero que por primera vez percibimos como lugar propio y originario de donde brota una conciencia por completo reconciliada, solapada consigo misma. Radiante y en paz. De la que entonces, como dice la canción, pueden emerger las auténticas palabras, las palabras auténticamente merecedoras de su nombre que exprimen las bocas de poetas y enamorados. En la no menos maravillosa canción que es "Please be with me", la transformación propiciada en uno mismo por el amor es abertura hacia adentro, pasadizo de interioridad, regreso a sí mismo, hallazgo del verdadero yo, antes huido, perdido o todavía ausente, dentro de uno mismo en los brazos de Otro.






Y, sin embargo, no es difícil comprender que, más allá de las diferencias al expresarlo, Lou Reed y Eric Clapton están cantando exactamente la misma experiencia. Pues el camino hacia afuera y el camino hacia adentro de sí que recorre el enamorado son, en realidad, uno e idéntico camino. El camino que, transitando por el extasiado descubrimiento de la mera existencia de Otro, nos disloca y descentra, alejándonos del yo que somos, para, a un tiempo, trasladarnos a ese mismo yo ya convertido en otro. Un otro que no es sino el propio yo, sólo que renovado, ensanchado, engrandecido por el poderoso sentimiento que lo reviste de un halo dulcemente extraño, dulcemente familiar. Transformado en el otro que cada yo puede llegar a ser dentro de sí mismo, fuera de sí mismo, al agraciarle la fortuna con la brillante presencia de un Otro que lo despierte y haga aflorar.

Me perdonaréis la cutrez de los tubos. Pero lo que realmente importa es la música, ¿no?

viernes, 24 de abril de 2009

De amor y celda


Mi muy querido amigo,

supongo que no hace falta que te diga, y aún así no dejaré de decirlo, cuánto lamento leer en qué penoso estado te encuentras. Por desgracia, los dos sabemos que poco consuelo existe para el mal de amores que no provenga de uno mismo. En estos casos, es el propio paciente quien debe ejercer de médico y luchar por hallar dentro de sí la llave que abra las puertas de su curación. Coincido contigo en que de las muchas y muy dolorosas enfermedades que puede sufrir el alma, la del desamor es, sin duda, una de las más terribles. Pero me consta que ello es también debido a la no menos enfermiza ceguera que en numerosas ocasiones la acompaña. Estamos lejos y no puedo ofrecerte ni tan siquiera el escaso alivio del calor de mi presencia. Pero acaso mis palabras sean capaces de proporcionarte un poco de la luz que, por lo que me cuentas, intuyo que ahora te falta. La luz que ahora ni tan siquiera buscas mientras te esfuerzas por respirar con los ojos cerrados en medio de ese dolor que te asfixia.

Iba esta mañana escuchando en el coche aquel disco de Amancio Prada que tú mismo me grabaste y que tanto te gustaba. No recuerdo ahora su título, pese a que, a fuerza de oírlo una y mil veces, me sé casi de memoria todas sus canciones. No he podido evitar pensar en ti y en cierta conversación que un día tuvimos sobre él. En la primera canción, que era una de tus favoritas, un prisionero llora la ausencia de su carcelero. La cárcel que lo aprisiona no es otra que su amor. Y el carcelero, el objeto de su amor, su amada, por quien dice morir a causa de su tardanza. "No te tardes que me muero, carcelero...", canta el prisionero. Seguro que sabes a cuál me refiero.




Recuerdo que la primera vez que la escuchamos juntos me pregunté en voz alta bajo qué condiciones puede el amor transformarse en una jaula de la que no sólo no deseamos huir, sino en la que nos enclaustramos con devota desesperación. Tú defendiste con vehemencia -haciendo gala de ese escepticismo tuyo tan característico que considerabas inalienable de tu ferviente vindicación de la libertad- que no era necesaria condición alguna, puesto que se trataba de una transformación inevitable, de una maldición inscrita en la naturaleza misma del amor. Y que quien gozaba de la fortuna de hallar el amor, hallaba con él su propia condena. Quien por fin llega a poseer un tesoro de valor incalculable largamente anhelado, planteaste, ¿no está por ello mismo destinado a perder el sueño ante la posibilidad de que algo o alguien se lo arrebate? ¿No son la inquietud y el miedo nacidos de su posesión los que acaban aniquilando sin remedio la alegría que antes suscitara en él la contemplación de su tesoro? Pero aquí la tragedia está ya servida, afirmaste. Porque la lógica perversa del amor consiste en que, una vez evaporada la felicidad que produce, su mero recuerdo, unido a la costumbre y al orgullo de la posesión, convierten al amante en esclavo, en siervo del tesoro de su amor. Y como el prisionero de la canción, uno se descubre una mañana diciendo "...y siempre cuando vinieres, haré lo que tú quisieres...". Vendido. Sometido. Acariciando las paredes de su celda, adorando los barrotes que lo tienen preso. Ansiando la llegada y agonizando por la tardanza de quien atenazánole le salva y salvándole le atenaza. Ésta es, proclamaste, la terrible verdad del amor. Una verdad que para ti también se ponía de manifiesto en esa otra canción que empieza diciendo "Partístesos mis amores..."




Al escucharla, uno se imagina de entrada que quien canta se lamenta por la partida de su amada. Pero no es su amada, sino su amor, el que se ha ido. Ha muerto a manos del propio amor. "Partió la gloria de veros, no el placer de obedeceros", canta el poeta. "Mas el temor de perderos que creció, todo mi bien destruyó". Su amada, probablemente, aún sigue a su lado, defendías. Pero el bien que ésta le procuraba, la gloria de saberla junto a sí, ha sido aniquilado por el temor a la pérdida que entrañaba su posesión.

He reflexionado muchas veces sobre aquella conversación. Tantas, como veces he escuchado el disco. Mi natural optimismo me impide creer que todo amor albergue dentro de sí la inevitabilidad de su muerte. Que no haya pasos y veredas, gestos y actitudes, capaces de soslayar esa maldición de la que hablabas y cuya existencia no puedo dejar de reconocer. Sin embargo, la experiencia de estos años me obliga a darte, en parte, la razón. Aunque sólo en parte. Porque quiero creer que los barrotes de la celda del prisionero no brotaron de su amor, sino de su rostro ya hueco. Porque quiero creer que la gloria del poeta al ver a su amada no partió a causa de ese temor. Quiero creer que, sencillamente, partió. Sin más. Ambos sabemos que múltiples pueden ser las razones para que eso suceda. Algunas, comprensibles. Otras, inescrutables. Pero a veces sucede. El amor se va. Sólo que me parece que es entonces, justamente entonces, cuando con mayor avidez nos aferramos a eso que, paradójicamente, ya se ha ido. Cuando más tememos perder aquello que, de atrevernos a mirar dentro de nosotros mismos, descubriríamos que ya hemos perdido. Y más tenazmente nos abrazamos al cadáver del amor, negándonos a ver que en su cuerpo inerte ya nada palpita. A fin de cuentas, un cadáver es más que nada. Un cadáver es más que el vacío. Nos horroriza la idea de la soledad y junto a él pretendemos anestesiar la que ya padecemos. Lo animamos en nuestra imaginación como si de una marioneta se tratara. Nos empeñamos en vivir en el espejismo de que aún sigue vivo. Y cuanto más putrefacta se vuelve su carne, tanto menos nos creemos capaces de desprendernos de ella, por más que a veces percibamos su hedor insufrible. Apartarse de esa carne significaría afrontar cara a cara la desaparición del tesoro que un día fue fuente de toda nuestra alegría. Y nos sentimos demasiado débiles y cobardes para aceptarlo.

Hemos vivido tanto juntos, mi querido amigo. Ella, tú y yo. No creo que me equivoque al decir que os conozco bien. Que te conozco bien. Por ello, y perdona la rudeza de mis palabras, pienso que quizá haya llegado el momento de que te preguntes, recordando aquel disco, si no hace ya mucho que tu corazón olvidó lo que significaba la gloria de verla. Si el dolor que ahora te ahoga no es el dolor de la pérdida de un amor que partió largo tiempo atrás. Si no has dormido los últimos años abrazado a un cadáver. Porque me temo que en esas preguntas, aun cuando ahora tu doliente ceguera te impida verlo, se encuentra la llave que abrirá las puertas de tu curación.
Tuyo"

martes, 12 de febrero de 2008

Los poetas son daltones


Nunca entendí lo que es un laberinto
hasta que cara a cara con mi mismo
perfil hurgara en el espejo matutino
con que me lavo el polvo y me preciso.

Porque así somos más de lo que fuimos
a la orilla del sol alado y fino:
de sangre reja y muro bien vestidos
de moho y vaho y rata amados hijos.


Es de noche. Un poeta encerrado entre los muros de cemento de una cárcel. Un revolucionario que mide en palabras no pronunciadas las pocas horas restantes hasta que las luces del alba lo fulminen ante un pelotón de fusilamiento. Si nada sucede. Pero, ¿qué podría suceder? Ya una vez quiso la suerte que salvara el pellejo al caer el dictador cuatro días antes de la ejecución de su sentencia. La suerte loca. Loca, sí. Pero no hay suerte tan loca como para arrancarlo dos veces al aliento oscuro de la muerte. No puede haberla. Demasiada bondad y locura ya la de su suerte, que le ha permitido escapar en varias ocasiones de celdas diferentes pero tan idénticas. Tan iguales para quien sólo ansía el mundo libre de los libres, piensa mientras palpa distraído el cemento que disuelve crudamente la ilusión de cualquier huida.


Le duele si acaso la mancha que agraviará su nombre. Que su muerte demasiado temprana vaya a justificarse para la historia con el falso pretexto de la traición. Le duele en el cuero cabelludo, en las puntas de los dedos. Pero no hay dolor que no haya sucumbido a la carcajada de este poeta revolucionario, poeta de la revolución, revolucionario del poetizar. ¿Ahora vas a dejar de reír? Reír de los mártires y de los no mártires. De los falsos mártires y de los mártires cuya verdad será ninguneada por la mentira.

Le duele sin embargo su país, pulgarcito entre gigantes. Ese país diminuto que retiene entre sus ridículas fronteras más pobreza de la que puede albergar. Ése azotado implacablemente por la mayor violencia entre la violencia reinante. Pero también de ese dolor le acaba brotando la risa, porque ama y odia a ese país a partes iguales, pese a que su odio risueño rebosa en el fondo de amor por lo que pudo ser y no es, por lo que podría ser y todavía no es, aplastado por tanto gigante.
El revolucionario en la lengua de su pluma, el visionario de la revolución, apoya su frente contra el muro y suspira.

Mira hacia adentro y se duele por el mañana cortado al vuelo de las primeras luces. Por los versos aún no escritos, por la revolución en marcha, por la esperanza que nunca verá cumplida. Cae de rodillas y hunde el rostro entre las manos. Reza. No tiene dios, pero reza. A un sentimiento difuso que quiere ser rabia, burla, miedo, dolor, alegría, vida. Y risa. Es ahora cuando más debes reírte, cuando debes soltar la mayor risotada, piensa. ¿No fuiste tú mismo el que dijo que la política se hace jugándose la vida o no se habla de ella? Pues tú has jugado en cada palabra dicha a ganar. A ganar la vida. A ganar toda la vida que destilan tus versos y tu revolución y tu ira ante la injusticia. Y aunque el juego termine ahora, hay que apartarse de él cantando. Cantando y riendo. Riendo y combatiendo. Combatiendo el desánimo, el peor enemigo. Tomando al asalto la tristeza para forzarla a convertirse en risa.


Y el poeta revolucionario o revolucionario poeta empieza, todavía de rodillas, a reír con tal fuerza que confunde la vibración de sus costillas, de sus mandíbulas, con la más poderosa del suelo. Cuando se derrumba de costado cree que es su risa la que lo ha lanzado sobre el jergón, que parece agitarse con sus propios espasmos. Y es tal la violencia de su risa que apenas se percata de que en medio de ella, quién sabe si por su causa, algo se ha conmovido y removido en lo más profundo de la tierra, quebrando cementos, agrietando el suelo, derribando muros.

Aún con la sonrisa en los labios alza la vista y contempla los escombros a su alrededor, el muro derruido frente a él. La risa se renueva estentórea, ya sin el eco angustioso de aquellas cuatro paredes que ahora sólo precariamente suman tres. ¡Qué suerte tan loca la mía! ¡Para encerrarla! ¡Qué suerte loca como una cabra!, piensa mientras se abre paso hacia el suave resplandor de la noche abierta, hacia la noche más cálida y luminosa y libre que haya vivido nunca.



El poeta salvadoreño Roque Dalton se libró por segunda vez de una condena a muerte en 1961 gracias a un terremoto. Pero su suerte loca, como él gustaba de llamarla, le abandonó en 1975, cuando fue asesinado, se dijo que por error, por una fracción de la propia organización revolucionaria a la que pertenecía. Todos quienes han dejado testimonio de su vida lo recuerdan por su buen humor, por su risa constante, por su capacidad de reírse de sí mismo y hasta de la revolución y de la poesía a la que dedicó su vida.

A Roque Dalton llegué de la mano de Daniel Viglietti y Mario Benedetti, escuchando un disco titulado "A dos voces" que grabaron juntos en 1985. En él, la recitación de un poema de Benedetti titulado "A Roque" se intercala con la voz de Viglietti, que canta "Daltónica", una canción también dedicada a Roque Dalton. No he podido encontrar en la red ninguna grabación de este homenaje a dos voces al poeta salvadoreño. Así que en sustitución os transcribo tanto el poema de Benedetti (en azul) y la letra de Viglietti tal y como se van alternando en ese disco, y os dejo un youtube de la canción de Viglietti, interpretada en solitario. No es lo mismo, lo sé. Pero echándole un poco de imaginación a lo mejor llegáis a oír la voz profunda y serena de Benedetti sobre los acordes de la guitarra de Viglietti.

Que las disfrutéis tanto como yo lo he hecho gracias a una de esas viejas cintas que me hacen un poco menos insufribles los atascos :)


Llegaste temprano al buen humor
al amor cantado

al amor decantado


llegaste temprano
al ron fraterno

a las revoluciones.


Pulgarcito de poeta
que se escapa y me cosquilla,
tan alegre, tan sin silla,
tan de amores torrenciales,
tan sin fin.

Alegría de una tierra
que se quita las fronteras,
se desnuda las caderas,
las volcánicas centrales
de la luz.

Cada vez que te arrancaban del mundo
no había calabozo que te viniera bien

asomabas la cabeza por entre los barrotes
y no bien los barrotes se aflojaban turbados
aprovechabas para librar el cuerpo


usabas la metáfora ganzúa
para abrir los cerrojos y los odios

con la urgencia inconsolable de quien quiere

regresar al asombro de los libres


Yo lo vi,
yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi
El año treinta y dos
él no vivía y yo lo vi.
Contando sus historias de futuro
iba entre mil.
Yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi.

le tenías ojeriza a lo prohibido
a las desgarraduras para ínfula y orquesta

al dedo admonitorio de algún colega exento

algún apócrifo buen samaritano

que desde Europa te quería enseñar

a ser un buen latinoamericano

le tenías ojeriza a la pureza
porque sabías cómo somos de impuros

cómo mezclamos sueños y vigilia

cómo nos pesan la razón y el riesgo


por suerte eras impuro

evadido de cárceles y cepos

no de responsabilidades y otros goces

impuro como un poeta
que eso eras
además de tantas otras cosas


Pobrecitos los poetas,
ven visiones, son daltones,
donde hay huesos ven marrones,
territorios prometidos
como un sol.

Tan bracito su poesía
se levanta en los sensuales
laberintos marsupiales,
y reparte polen rojo,
se abre en flor.

ahora recorro tramo a tramo
nuestros muchos acuerdos

y también nuestros pocos desacuerdos
y siento que nos quedan diálogos inconclusos
recíprocas preguntas nunca dichas

malentendidos y bienentendidos

que no podremos barajar de nuevo


pero todo vuelve a adquirir su sentido
si recuerdo tus ojos de muchacho

que eran casi un abrazo casi un dogma


Yo lo vi,
yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi.
Era el año dos mil,
ya él no vivía y yo lo vi.
La muerte equivocada lo llevó
y él anda aquí;
y yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi.

el hecho es que llegaste
temprano al buen humor
al amor cantado
al amor decantado
al ron fraterno
a las revoluciones
pero sobre todo llegaste temprano
demasiado temprano
a una muerte que no era la tuya
y que a esta altura no sabrá qué hacer
con
tanta
vida


Pulgarcito de poeta
que se escapa y me cosquilla,
tan alegre, tan sin silla,
tan de amores torrenciales,
tan sin fin.

Crece armado de esperanza,
desentierra lo perdido,
le hace un hijo de sonido
al silencio de ese pueblo
que es maestro de sus sueños.

Que se escapa y nos cosquilla,
tan sin miedo, tan sin silla,
tan amado, tan armado,
tan de todos, Salvador.


martes, 1 de enero de 2008

La danza de la serpiente

Hoy sería un día propicio para reflexionar sobre el paso del tiempo y sobre lo que éste significa en nuestras vidas. Para pensar sobre nuestra esencial y siempre misteriosa imbricación con eso que los relojes miden y pautan constantemente en nuestras muñecas. Para plantearse por qué nos empeñamos en establecer líneas fronterizas en ese devenir temporal que marquen nuevos puntos de partida, nuevos comienzos con los que sentirnos renovados, una vez más dispuestos a renacer de las cenizas de la celebración.

Hoy sería un día propicio para todo ello, sí. Pero las circunstancias que nos rodean no siempre se ajustan a las exigencias, más o menos advenidas, más o menos interiorizadas, de lo señalado por el calendario.

Apenas tengo ocasión de conectarme desde hace un par de días y me temo que así seguiré unos cuantos días más. Así que, hasta mi vuelta, os dejo con algo que, si bien sería falso calificar de descubrimiento traído por este nuevo año que hoy empieza, siempre quedará ligado en mi recuerdo a la franja temporal indefinible -¿quién puede realmente delimitar un comienzo, cualquier comienzo?- en la que este día de hoy se inserta.

Dijo Sam Shepard de su gira del 75: "Dylan vuelve para un segundo número con un pendiente de brillantes colgándole del cuello. "Simple Twist of Fate" hincando con fuerza el duro tacón de su campera en el escenario. Mientras observo ese tacón suyo y veo su precisión y oigo el modo en que resuena con claridad atravesando el suelo, a través de su cuerpo, a través de la canción, dentro del micrófono y saliendo por el pabellón, se me ocurre de repente que todo esto está más allá de la música pop. La danza de la serpiente de los indios hopi tenía, en su mismo núcleo, la idea de que los danzantes eran mensajeros de este mundo enviados a buscar ayuda a los espíritus de otro mundo. Un mundo por debajo de la tierra, habitado por serpientes. El médium era el tacón del bailarín con el que aporreaba con ritmo constante y enviaba sus vibraciones humanas a "los de abajo". Si oían sus taconazos, entonces la plegaria tendría respuesta, generalmente en forma de tormenta. Ese trueno que retumba está haciendo ese sonido".

Dancemos la danza de la serpiente para que el destino nos sea propicio. Dancemos para que los espíritus de otros tiempos, de otros mundos, jueguen a nuestro favor en sus giros más inesperados.


martes, 20 de noviembre de 2007

Humildad


Siempre he visto en él a un hombre de apariencia tosca, sencilla, humilde. Humildes fueron también sus orígenes y la profesión que heredó de su padre, la ebanistería. Y humilde es, a mi juicio, la tarea que esas manos de carpintero, dotadas de cierta habilidad para tocar la guitarra, emprendieron en el mundo de la música.


Durante ocho años anduvo acompañando en el París de los años cincuenta, ciudad a donde se exiliaría su familia, a una cantante, Carmela, con la que realizaría sus primeras grabaciones discográficas. Pero fue un concierto de George Brassens lo que hizo germinar en él la idea de aquello a lo que como músico quería entregarse y a la que ha permanecido fiel toda su vida: poner música a la poesía. Porque eso es lo que ha hecho Paco Ibáñez a lo largo de su extensa trayectoria musical: devolver a la poesía, aunque fuera por la puerta falsa, una cualidad sin la que jamás hubiera surgido. Una cualidad que, sin embargo, perdió hace ya muchos, muchos siglos: la ser de no solamente dicha, recitada o leída, sino también cantada.

Todo empezó con Luis de Góngora. Al poco le seguiría García Lorca, y más adelante Rafael Alberti, Blas de Otero, Gabriel Celaya, Miguel Hernández, Quevedo, Machado, Cernuda y muchos más. La elección de sus poemas nunca fue inocente. Corrían tiempos difíciles para sus paisanos de origen. Tiempos de exilio, de falta de libertades, de opresión, de mojigatería. Como si su voz pudiera traspasar los kilómetros que lo separaban de su tierra natal y con ella quisiera lanzar un mensaje de protesta y aliento, Paco cantará desde París poemas de poetas prohibidos, asesinados, huidos. Poemas donde se habla de la libertad hurtada. Poemas brotados de la tristeza e impotencia del exilio. Poemas que denuncian la injusticia que divide al mundo en ricos y pobres, en terratenientes y aceituneros. O que critican la tiranía e hipocresía del clero. Y también poemas donde lo más esencial, lo más básico e imprescindible, se hace palabra: la amistad, el deseo, el amor, la muerte, la vida.

Paco es en sus comienzos una voz que hace sonar poesía en castellano en los teatros parisinos. En 1968 da su primer concierto en Manresa y se instala en Barcelona, aun cuando regresa frecuentemente a París para actuaciones hoy día tan conocidas como la que tuvo lugar en 1969 en el Olympia. Poco después el gobierno franquista prohibe sus conciertos en todo el territorio español y decide vivir de nuevo en París, donde residirá hasta 1990.

Tras la muerte de Franco y el correspondiente cese de la censura impuesta sobre sus canciones, se le invita a participar en los conciertos de celebración por el cambio de régimen. Pero pese al profundo compromiso político que animaba su música, Paco nunca quiso comprometerse en el juego de la política real y rechaza la invitación. Por dos veces, en 1983 y en 1987, el gobierno francés le concede la Medalla de las Artes y las Letras, que Paco rechaza igualmente, alegando: "Un artista tiene que ser libre en las ideas que pretende defender. A la primera concesión pierdes parte de tu libertad. La única autoridad que reconozco es la del público y el mejor premio son los aplausos que uno se lleva a casa". Una autoridad a la que, por otra parte, supo ganarse con creces en los escenarios armado simplemente con su voz y su guitarra.

Pero lo que siempre me ha inspirado una profunda simpatía en Paco Ibáñez no es sólo esa actitud política, tan honesta y ajena a las miserias de la política efectiva, sino, sobretodo, el modo en que se planteó su carrera artística. Paco nunca escribió ni una sola de las letras de sus canciones. Lo que había que decir, ya lo habían dicho otros. Eran sus palabras, las palabras de esos otros, las que debían ser entonadas y cobrar nueva vida gracias a los acordes de su guitarra. Paco pone su voz, una voz no especialmente bella ni melodiosa, al servicio de que vibren esas voces ya antiguas. Él permanece invariablemente en un segundo plano para que ellas vuelvan a despertar y resuenen, con más fuerza que nunca, más allá de las páginas de un libro. Por eso la música de sus canciones es sencilla, tremendamente sencilla. Porque lo importante no es la música. Lo importante en este caso es que la música logre resucitar palabras cuya belleza no quiere morir en el olvido. Versos cuyo valor reclama perdurar en nuestra memoria.

¿Puede haber tarea que se piense a sí misma de forma más humilde?

Os dejo con Paco Ibáñez, un Paco Ibáñez ya mayor y cansado, pero que aún sigue enseñándonos en sus canciones poemas que tal vez nunca hubiéramos conocido sin su ayuda. Como éste de Miguel Hernández.


martes, 18 de septiembre de 2007

Te recuerdo Amanda

Señoras y señores, hoy Antígona se nos pone un tanto romanticona. Ya, no es primavera. Pero dejémosla por esta vez...

¿Quién no te recuerda, Amanda? ¿Quién podría no recordarte? Si encarnas la esencia del enamoramiento hilada en la melodía sencilla de unas pocas palabras. Si todos hemos sido tú, Amanda, y lástima de aquél que no alcance a mirarse en el espejo de tu sonrisa luminosa bañada por la lluvia. Si todos sabemos de esos cinco minutos eternos, de la falsa eternidad impaciente de su espera.

Te imaginamos como te describe la canción, Amanda, caminando apresurada por las baldosas mojadas, rauda y brillante. Te parecía que esos cinco minutos nunca llegarían, demorando lentamente su venida, dilatando el tiempo precedente del tictac perezoso del reloj. Pero, aún así, nada ha logrado desdibujar el arco de tus labios mientras te proyectas entera sobre ese momento, sobre la perspectiva segura que hace trizas el cansancio de la jornada, vivificando cada músculo de tu cuerpo, evaporando la acidez de un mal gesto, de una voz agria. Como de lejos, percibes la envidia inofensiva, la melancolía, la tristeza nostálgica por lo vivido con que tus compañeras observan esa alegría que te traspasa e irradia por tus costados, por los costurones mil veces zurcidos de tu bata. Porque, algunas en su memoria, otras en su deseo, se reconocen en ti y algo hondo se conmueve en sus párpados al descifrarse en cada uno de tus movimientos ágiles, en tu canturreo callado.

Cuando apenas falta un rato para esos cinco minutos, te vemos agitarte, contenerte en tu agitación, rogar por el más veloz correr del tiempo, volver a aplacarte tú misma, constante vaivén de ansia y calma pautado por tu corazón. Porque los cinco minutos ya casi están ahí, nadie vendrá a arrebatártelos, suspiras confiada, dejas entonces que el corazón se esponje hasta no caber en tu pecho e iniciar de inmediato una nueva contracción, desbordado una vez más en la aceleración de la impaciencia.

Y ahora que caminas hacia la fábrica no hay dolor en tus muñecas, ni frío de lluvia en tus mejillas, sólo esa precipitación, la ansiedad ya irrefrenable que dispara un pie detrás de otro como bailan en tu cabeza las imágenes acariciadas durante las largas horas del día. La sonrisa ancha grabada en tu rostro como un sol que limpiara de polvo y pobreza esas calles, las calles que has acabado adorando, impregnadas del halo de tus emociones, fina película que te protege de toda la miseria del mundo, a ti, extraña pero indudablemente consciente de ser invencible en el amor.

Son las calles que te acercan a Manuel. Suena al fondo la sirena y apresuras aún más tus pasos, pisando fuerte al ritmo del latir vibrante de tus sienes. Manuel está a punto de salir para sus cinco minutos de descanso. Ya estás corriendo. Por ahí asoma el grupo de trabajadores. Serán sólo cinco minutos. Cinco escasos minutos. Pero no hay cálculo ni economía que resista las hazañas de Cupido. No hay ley de compensación que promedie entre el esfuerzo invertido y el premio recibido cuando de él se trata. Cinco minutos de desaparecer en sus ojos, de ahogarte en su boca, de hundirte en su abrazo, habrán valido, hasta el nuevo aullido de la sirena, lo que toda una eternidad inconmensurable embutida en el trazado geométrico de unas saetas. Cinco minutos que nutrirán tus sentidos florecientes y el deseo inabarcable de su reiteración.

Pero también, Amanda, eres la esencia de la tragedia más pura, del más terrible dolor en la pérdida. La pérdida del sustento de tu ser cuando todo gritaba en ti haberlo por fin encontrado. La pérdida inaudita de esa eternidad que, sin pertenecer a este mundo, habitaba misteriosamente el cuerpo de Manuel. Y aunque la canción ya no quiera decir más de ti, te imaginamos rota, quebrada por el golpe que ha dado cumplimiento a temores antiguos sólo entrevistos todavía en la distancia, desmadejada por la fatalidad demasiado temprana de pesadillas aún no plenamente soñadas. Para ti ya no habrá ni tan siquiera cinco minutos. Ni tan siquiera uno más. Las calles adoradas se habrán cubierto de sombras para siempre. La alegría germinada se pudrirá en tus huesos y brotarán de ellos gusanos de amargura. Y puestos a imaginar, quién sabe, Amanda, si la vida arrancada de Manuel no fue también tu propia muerte. La ausencia puede desgarrar tan salvajemente que no tolere zurcido alguno.

Por eso queremos recordarte, Amanda, con la lluvia en el pelo y la sonrisa abriéndose en tus labios. Corriendo por las calles alumbradas de ti. Sintiendo ya en la anticipación de esos cinco minutos el pliegue de un espacio sin tiempo que sólo puede durar lo que una vida eterna.

Sólo que Victor Jara lo cantó mucho mejor:


viernes, 1 de junio de 2007

Eleanor (Rigby)

Hace ya mucho que sus cabellos comenzaron a encanecer. Sus días discurren ahora en una cadencia suave de rutinas gastadas, de trayectos domésticos sabidos milímetro a milímetro, en los que las horas se desgranan lentamente, midiendo el vacío. Y sobre cada gesto cotidiano va apoyándose, sin avanzar, a la espera de que un tiempo que ya sólo muestra un rostro inmóvil de facciones indefinidas acabe por agotarla, por consumirla, por gastarla también a ella.

Por fortuna, tales gestos circulares requieren cada vez más esfuerzo, más tiempo calculable, conforme sus energías mengüan, y así enmascaran mejor ese vacío que ha ido instalándose en cada rincón de su casa y de su pecho, cubriéndolo de preocupaciones nimias y cavilaciones sobre qué será cuándo y cómo haré si, cavilaciones que en el fondo no terminan de ser suyas, surgidas de algún lugar que cada día reconoce menos como propio. Porque ya ni los escasos recuerdos a los que acude en los largos atardeceres, tan largos como ése cuyo inicio prematuro la retrata, consiguen aliviar, tan raídos y agujereados están a fuerza de manosearlos, la tristeza hueca que gota a gota, como un veneno, ha ido emergiendo con los años del fondo de su soledad.

Nunca fue agraciada, ni destacó por su inteligencia o su viveza. No por ello le faltó algún que otro pretendiente, pero ninguno eligió permanecer a su lado. Ni siquiera el único que realmente deseó para sí, aquel que hizo agitarse su respiración y latir la vida en sus sienes, y junto al cual se imaginó vestida de blanco ante un altar. Designios divinos, esos que se dicen inescrutables, alteraron el curso de las cosas y él prefirió vestirse de negro y situarse del otro lado del altar. Al menos no se sintió despreciada por su escasa belleza, teniendo en cuenta que la de dios debe de ser infinita. Pero a veces, por las noches, palpa con cuidado su piel siempre adormecida y se pregunta si ella, y esa piel suya, no habrían sido otras de haber sabido cómo se vibra bajo una caricia, cómo se tiembla al roce de las yemas de otros dedos.

Porque allí se quedó, marchitándose en la floristería, rodeada únicamente del consuelo de los colores y los aromas que tan bien conocía, componiendo con primor -tal vez lo único en lo que siempre presumió de una cierta habilidad- aquellos ramos que invariablemente eran para otras, ramos encargados por la ilusión o la culpa, por la costumbre o el cariño. Pronto aprendió a distinguirlo en los ojos, en los andares y ademanes de aquellos hombres que venían a recogerlos y ante los cuales bajaba la mirada. Hombres casados con sus amigas de juventud, con sus vecinas, a las que vio florecer como los capullos de las rosas tempranas, dar hijos al mundo, y luego ajarse en las alegrías y miserias del amor y el desamor, mientras sus días iban pasando, imperceptiblemente, uno tras otro, sin que ella lograra arrancar más frutos a la vida que el sentimiento de pérdida y la ausencia. Hasta que una mañana se miró en el espejo, contempló sus ojos cada vez más opacos, y tuvo la certeza de que ya nada cambiaría, de que todo en adelante sería una pendiente inclinada sobre la que se iría deslizando suavemente, hasta que ese mismo dios que le reclamó lo que más quería tuviera la decencia de librarla de su soledad.

Muchas tardes aún se atreve a ir a la iglesia, y sentada en el último banco, doliéndole en la garganta la música del órgano, lo mira moverse con dificultad entre los objetos sagrados, entregado con tedio al ritual, tan solo y cansado como ella, mientras en sus oídos esos timbres empastados se transforman en la luminosidad cortante del sonido de instrumentos de cuerda, violines y violoncellos. Los mismos que resuenan en su cabeza cuando algunos domingos de primavera, al entrar, crujen bajo sus viejos zapatos los granos de arroz que nunca cayeron sobre ella, y entonces se agacha a recoger un puñadito que guarda en el bolsillo izquierdo de su abrigo. Siempre prefirió los violines.