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sábado, 14 de julio de 2012

Hopper y la decisión


No es ésta la primera ocasión en que escojo un cuadro de Edward Hopper para ilustrar los textos de este blog. Pero, aunque siempre que elijo una determinada imagen que creo relacionada con el espíritu del texto suelo hacer un breve recorrido por otras obras del autor al que pertenece, nunca me había percatado –o quizá sí, y el pensamiento fugaz se evaporó sin dejar huella- de lo que alguien me comentó hace poco: las escenas que retratan algunos cuadros de Hopper parecen situarnos en el interior de una historia cuya narración quiere aflorar en nuestra mente a través de su contemplación. Es obvio que toda imagen representativa, sea pictórica, sea fotográfica, supone la fijación artificiosa de un instante en el flujo imparable del tiempo. Pero también es evidente que no toda imagen es capaz de expandir con ella el presente que retrata para remitirnos al pasado invisible que la sustenta y al futuro no menos invisible al que podría abocar. Esto es, sin embargo, lo que sucede en determinadas pinturas de Hopper: en el instante fijo que representan se abre un relato que no nos es dado observar –como si contempláramos el fotograma detenido de una película cuya procedencia y destino desconocemos–, pero que invariablemente se construye en nuestra imaginación apenas nos preguntamos por el sentido de la posición de los personajes en el cuadro, por sus gestos, por la expresión de sus rostros, por los objetos que los acompañan.

En el cuadro “Habitación de hotel”, vemos a una mujer sentada sobre la cama de una habitación escueta pero ampliamente iluminada. Parecería que la mujer hace poco que se ha instalado en ella: las dos maletas que presuponemos suyas aún permanecen cerradas junto a la cama, como si las hubiera depositado allí apenas unos minutos antes. Quizá es un día caluroso y por eso, además de quitarse los zapatos, se ha desprendido del vestido cuidadosamente colocado sobre el reposabrazos del sillón verde situado a los pies de la cama. Sus manos sujetan, caídas sobre sus rodillas, lo que se deja interpretar como una carta. No obstante, los pliegues del papel –las cartas suelen doblarse desde la cabecera, y no por los lados– nos indican que, si bien la mirada de la mujer se proyecta en dirección a él, no puede estar leyéndolo. Probablemente ha terminado de hacerlo y sus ojos descansan sobre el papel –o sobre los pulgares que lo sostienen–, sin ver propiamente lo que a ellos se ofrece, vueltos hacia pensamientos inaccesibles al espectador. Su rostro, oscurecido por la sombra, tiene una expresión grave que revela su ensimismamiento. Los hombros ligeramente vencidos hacia adelante, el arco de su espalda inclinada, transmiten una cierta sensación de abatimiento. Ningún sobre del que hubiera extraído la carta aparece sobre la cama o en algún otro lugar de la habitación. Hopper parece señalar, así, que no se trata de una carta que la mujer acabe de recibir – además, las cartas recién recibidas, si son importantes, suelen leerse al momento de llegar a nosotros, antes de que se nos ocurra desvestirnos para mayor comodidad–, sino de una carta ya leída que portaba consigo y que ahora, por algún motivo, ha vuelto a leer en esa habitación de hotel.

Advertir todos estos detalles es descubrir en el cuadro una suerte de enigma que no dejará de traducirse en preguntas. Qué hace esta mujer en esa habitación de hotel. Por qué motivo ha ido a parar allí. Cuál será el contenido de esa carta de la que, en función de lo presentado y omitido en la pintura, concluimos que ha leído al menos por segunda vez. En la historia que a mí, en respuesta a ellas, se me impone, la habitación de hotel –siempre son estancias de paso– escenifica un momento de tránsito en su vida. Le precede el abandono del hogar conyugal, de un matrimonio fallido que ha desembocado en la insatisfacción, en la convicción de la imposibilidad de alcanzar la felicidad imaginada, en la decepción fruto de expectativas frustradas. Lo que le sucederá es el encuentro –bien en esa misma habitación, bien en otro lugar distinto al que se dirige con las escasas posesiones que ha cargado en sus maletas–, con el hombre por cuya causa ha conseguido reunir el valor suficiente para el abandono. Quién sabe si subrepticio –una huida precipitada en plena mañana mientras el marido trabaja, las explicaciones precisas escritas esta vez por su mano en otra carta que ha dejado sobre la cómoda o el mueble de la entrada–, o antecedido por una abierta declaración de intenciones seguida de una fuerte disputa, de un mar de lágrimas y sollozos, de desgarrones en el alma o, por qué no, de miradas impasibles e indiferentes. O acaso de una secuencia compuesta por la totalidad de tales sucesos. De ese hombre hacia el que huye proviene la carta que reposa sobre sus rodillas. Tal vez la última carta que éste le enviara y en la que le comunica aquello que la ha impulsado a dejar atrás su vida anterior. Tal vez una de las muchas que se han intercambiado, pero que a ella le resulta especialmente querida por la vehemencia con la que en sus líneas hablan el amor y el deseo.

Sin embargo, ya hemos comentado que la figura de la mujer trasluce abatimiento, y su rostro una gravedad que aleja cualquier impresión de alegría, de ilusión por el próximo encuentro con su amante, ni tan siquiera de relajación interna ante la decisión tomada. Antes bien, son la duda, la vacilación, el temor al error y sus consecuencias futuras lo que refleja su gesto reconcentrado. Como si en esa habitación de hotel, ya protegida por sus cuatro paredes del bullicio de la calle y de la presencia de sus semejantes, pudiera por fin dejarse aplastar sin testigos molestos por los interrogantes que llevan asaltándola desde que iniciara el trayecto que la ha conducido hasta ella. Si el camino escogido es el correcto. Si merecía su marido este golpe propiciado por su propia mano. Si es legítimo que el precio de su felicidad se cifre en el dolor del hombre al que, en definitiva, una vez quiso. Ya sin necesidad de sofocarlos, vencen sus hombros los recuerdos de los últimos acontecimientos que han vivido juntos. El remordimiento y el sabor amargo de la traición. La incertidumbre que tensa nuestros estómagos tras la decisión que imprimirá en nuestras vidas un giro hacia lo desconocido que cierra toda posibilidad de retroceso. Por eso ha sentido la urgencia de leer una vez más la carta de él. Ha buscado en los trazos de tinta ya familiares un refugio de seguridad que mitigue su desasosiego. Una cuerda firme a la que asir manos y vértigo mientras los pies cuelgan al borde del precipicio en las palabras tiernas que dibujan. En la memoria inventada de su voz pronunciando esas letras silenciosas, una confirmación del acierto, del blanco razonablemente cercano a la diana en la perspectiva anticipada. Algo semejante a una prueba del porvenir más dichoso que la aguarda, en la reciprocidad de la pasión y el amor compartido, en justa recompensa por el riesgo asumido al apartar de sí un presente plagado de tedio y desafecto que apenas estrena su condición pretérita.

Finalizada la lectura, la mujer juguetea con el papel, recorriendo sus márgenes con la punta de los dedos, hasta que lo deja caer blandamente sobre sus rodillas. Lejos de calmar su angustia, las palabras de él la han sumido en un mayor desconcierto. Se siente incapaz de discernir si es su propio temor el que ahora las desfigura, tornándolas quebradizas, carentes de la consistencia necesaria para soportar el peso de su salto, o si es éste y su trascendencia lo que ha conseguido sacar a la luz la verdad de su endeble naturaleza, antes no percibida. Por primera vez cobra conciencia de hallarse, en esa escueta habitación de hotel, en tierra de nadie. En el espacio vacío y solitario que, tras la decisión, se expande entre la sombra rota del pasado y el espejismo imaginado del futuro. Sólo le cabe esperar con paciencia su siempre progresiva y lenta llegada. Sólo ella podrá disipar la confusión consternada que oprime su nuca abriendo en su centro un círculo de claridad. Debe estar preparada para afrontar lo que en su interior acabe por mostrarse. Y quién no debe estarlo, se dice mientras se recuesta sobre la almohada, hurtándonos finalmente la visión de su rostro.

martes, 28 de agosto de 2007

Vergüenza


Eugène Delacroix (1825-26): "El duque de Orleans mostrando a su amante"

El duque de Orleans muestra a su antiguo chambelán, Aubert le Flamenc, el cuerpo desnudo de su propia mujer tapándole el rostro con las sábanas. El marido mira complacido el bello cuerpo de la amante del duque, sin percatarse de la impostura.


Por complacerle has aceptado la proposición, la burla dentro de la burla, el engaño duplicado, voluntariamente ciega a su peligro. Ahora te descubres víctima de un embuste igualmente doble, doblemente doloroso. Ahora tiemblas imperceptiblemente de impotencia y asco de ti, asco de aquellos a quienes a contratiempo amaste y a los que tu docilidad ha condenado a odiar al unísono. Ahora colorea tu rostro la vergüenza.


Vergüenza por su excitación, por la lujuria que su voz destila ante tu cuerpo desnudo, ese mismo cuerpo que todas las noches reposa a su lado privado de desnudez, sin luz que lo alumbre, envuelto en castas tinieblas. Y es que leyes no escritas dicen, y así él lo quiere, que sus caricias deben limitarse al camisón de lino, el contacto a las estratégicas, obscenas aberturas de la tela que, como una mortaja, te enfunda con el fin de frenar un deseo prohibido -el tuyo- liquidado en pleno florecimiento, evaporado tras largos años de frustración y tedio. Su moral heredada fuerza al pudor en la unión legítima, pudor salvaguarda de tu obligada inocencia, dique de contención para una pasión que en ti, mujer, rebasaría el umbral de lo perverso. En un mundo escindido, debes ser para él cielo y no infierno, ángel de pureza y nunca demonio, virgen perpetua antes que puta. Pero tu imprudencia ha revelado cómo sólo a ti, en nombre de la decencia, te ha sido impuesto el recato. Cómo él se prodiga en caricias a otros cuerpos de mujer cuya deshonra permite el placer mutuo, un placer que en ellas, ya extraviadas, no conoce culpa alguna.

Vergüenza por el descaro del duque, que en la exhibición impúdica te ha reducido a pieza cazada para incremento de su prestigio de seductor y experto amante, convirtiéndote en trofeo animal de su vanagloria, objeto de idéntica lujuria entreverada del orgullo por el logro y la posesión, instrumento de regocijo disimulado por quién sabe qué oscuras venganzas, qué antiguas deudas saldadas a costa de regalar a su adversario la blancura de tu piel. Su gesto contamina el recuerdo de toda intimidad, de toda ternura vivida. Y percibes con nitidez que no hay espacio para el amor en esa exposición a la mirada ajena, ni nunca lo hubo, si el amor exige reservar a quienes lo comparten el tesoro sagrado de su entrega. Y que entonces cada promesa estaba habitada por mil mentiras.

Pero, ante todo
, vergüenza de ti misma, pues tu aceptación, tu desnudez consentida ante quien nunca quiso verte, han transformado en humillación lo que en brazos del duque sólo buscaste como verdad del amor hecho carne, con la avidez curiosa de quien desea arrancar a la vida los misterios más profundos del espíritu y la materia, convencida de que ahí no todo podía pertenecer al pecado. Y en tu rubor resuenan las voces ancestrales de tantas mujeres doblegadas, te insultan y desprecian, te reprochan tu impureza, sin saber que por su boca no habla más que la negación y el acatamiento de una felicidad fingida, necesariamente incompleta. Porque la vulgaridad de las palabras oídas en este breve intervalo embrutece el placer alcanzado, la dicha sentida. No hay objeto que permanezca inmaculado al tacto de unas manos manchadas.

Cuando esta noche descanses de nuevo en el lecho legítimo, él se acercará a tu cuerpo con el habitual decoro. Sin embargo, en la violencia controlada con que se adueñará de él adivinarás que sueña con la transparencia de la piel de la amante del duque, con la redondez de sus muslos, con la negrura delicada de su pubis, sin sospechar que ése es precisamente el cuerpo sobre el cual se esfuerza por ahogar sus jadeos, apenas un murmullo en el silencio, apenas una leve escoriación a tu decencia. Y te acometerá entonces la tentación de revelar el engaño, de mostrarle el lunar junto a la ingle que propicie el reconocimiento, de hacerle sufrir esa misma vergüenza que ahora te asalta.

Pero simplemente hundirás la cabeza en tu hombro, como en estos momentos, y serás consciente de que ya nunca más habrá blancura para ti: la memoria de las sábanas blancas que ahora cubren tu rostro y esconden tu identidad acabará por teñirla del más sucio de los grises.


viernes, 17 de agosto de 2007

¿Y si hablamos de arte?


En materia de arte soy más bien ignorante. Muy ignorante, incluso. Tal vez por ello cada vez que voy a un museo mi cabeza se llena de interrogantes para los que no consigo encontrar respuesta. Juraría, además, que se trata de una experiencia compartida. Vosotros me corregiréis...

Ya el propio recinto que supone el museo me resulta problemático. No me extrañaría que mi capacidad de asimilación fuera muy escasa, pero reconozco que un par de horas contemplando cuadros acaban por rebasarla y la sensación de saturación desemboca en pura ceguera. Por otra parte, la profusión de cuadros invita a un recorrido a todas luces apresurado que me parece rayar en el sinsentido. Porque, ¿qué hemos percibido de cada uno de los cuadros si apenas hemos permanecido un par de minutos -y a lo mejor ya es mucho- frente a él? ¿Qué experiencia pueden proporcionarnos en tan escaso margen de tiempo y rodeados de tantos otros cuadros que también deben llamar nuestra atención? ¿No es, paradójicamente, un museo el lugar menos propicio para abandonarse a las sensaciones que, se supone, la obra artística quiere transmitirnos? Tiendo a pensar que sólo podríamos acercanos al misterio que esconde cada una de ellas tras largas horas no sólo de contemplación, sino incluso de convivencia con la propia obra, que así se nos aparecería bajo diferentes luces a lo largo de un día o templada por nuestros diversos estados de ánimo. Ya lo sé, pido un imposible. Pero a lo mejor en este caso también podría hacerse valer aquel "seamos realistas..." del sesenta y ocho.

Más allá del propio marco en que a nosotros, habitantes del siglo XXI, se nos ofrece el arte, es probablemente su propia historia y el momento que nos ha tocado vivir de ella lo que más preguntas me suscita. Al disponer los cuadros con una ordenación cronológica, cada museo es como un espejo de la historia del hombre donde se reflejan las inquietudes, las formas de la sensibilidad y las diversas maneras de entender el mundo que le han ido caracterizando a lo largo del tiempo. Se trata, por otra parte, de una historia contada de una manera peculiar: la que, según hemos oído desde niños, pivota sobre la construcción y percepción de la belleza. Pese a que las dimensiones y motivaciones que entraña cada obra de arte son múltiples y complejas, los conceptos de belleza, goce estético y disfrute de la sensibilidad son probablemente los que más familiares nos resultan cuando reflexionamos sobre el sentido del arte. Aunque también sabemos que la percepción de la belleza ha variado en el curso del tiempo y que el alcance y constitución de nuestra propia sensibilidad pertenece, en consecuencia, a un momento histórico preciso y limitado.

Sin embargo, precisamente por ello, ante las obras de algunos movimientos vanguardistas del siglo XX no puedo dejar de sentir una cierta desazón. Porque en ellas la cuestión de la belleza parece volverse irrelevante, cuando no imposible, y los interrogantes que se nos imponen son más bien los siguientes: ¿qué es lo que su autor quería decirnos con esta obra? ¿cuál es su significado? Y en el peor de los casos, ¿por qué carajo -sí, hasta con irritación- es esto una obra de arte? Si además estamos al tanto de la burla a la institucionalización del arte llevaba a cabo por Marcel Duchamp al introducir un urinario en una prestigiosa galería de arte -provocación que ha sido entendida como una denuncia al hecho de que el criterio para distinguir una obra de arte de lo que no lo es resida hoy por hoy en su mera ubicación en el contexto de un museo-, sospecharemos incluso si no podríamos estar siendo víctimas de una notable tomadura de pelo.

Os pondré algunos ejemplos de a qué me refiero:



Este es un cuadro de Piet Mondrian, titulado Composición de colores I. Hay que admitirlo: el título no invita a lanzarse a la búsqueda de un supuesto enigma oculto tras el simple trazado de verticales y horizontales. A mí, cautivarme no puede decirse que me cautive. Más bien me deja un poco fría y lo primero que se me viene a las mientes es que con un buen rotring y una caja de acuarelas podría tener un Mondrian en mi casa. Vale, frivolidades aparte, ¿es esta sensación de frialdad la que Mondrian quiere provocarnos? ¿Nos está sugiriendo algo así como la simplicidad y vacío del hombre del siglo XX, su exceso de racionalidad, su mentalidad calculadora? A simple vista, imposible saberlo, y tendríamos más bien que remitirnos a un tratado de arte para averiguar las intenciones de Mondrian y saber por qué hemos de apreciar este cuadro como una obra de arte.



En esta otra pintura, ahora de Mark Rothko, el título, Verde sobre morado, vuelve a limitarse a una constación aséptica de lo que en él se puede ver. Se nos ocurre que con este lienzo, de grandes dimensiones al natural, Rothko querría fundamentalmente sumergirnos en la experiencia del color. Las sensaciones que suscita son muy distintas a las del cuadro de Mondrian. Sin embargo, nuevamente nos topamos con una simplicidad que cuanto menos nos deja perplejos. ¿Es tal vez esta perplejidad lo que se aspira a generar en nosotros? ¿Es esto una obra de arte por su originalidad, es decir, porque, a la vista de cualquier cuadro del Renacimiento, esta versión del arte resulta totalmente inesperada? Creo que otra vez tendremos que recurrir al manual.



Y un último cuadro de Jackson Pollock, esta vez con un título más sugerente: Ritmo de otoño, número 30. Al contrario que en los ejemplos anteriores, aquí no percibimos simplicidad, sino caos y confusión. La sensación es de vida, de movimiento y uno puede perderse tratando de imaginar figuras, conexiones de formas en medio de ese magma de líneas Pero, ¿por qué Ritmo de otoño? Es cierto que el fondo marrón puede evocarnos el otoño, pero ¿y el resto? ¿Pretende Pollock comunicarnos la experiencia subjetiva de un otoño caótico vivido por él? ¿Qué sentido tiene para nosotros? El manual, por favor...

No voy a poner en duda que tras estos cuadros se esconde una voluntad creadora y expresiva tan potente como la que reside en el arte de otras épocas. Incluso su visión me recuerda ciertas teorías de Theodor Adorno sobre la función esencialmente crítica del arte en una sociedad desgarrada por profundas contradicciones. Es innegable que tratan de decirnos algo. Pero por ello mismo lo que sí me parece bastante obvio es que este arte, al menos en comparación con otros momentos de su historia, apela más a nuestro razonamiento y afán de comprensión que a nuestros sentidos, más a nuestra cabeza que a nuestro corazón. Y que apreciar el arte contemporáneo requiere de un saber teórico por el que se demuestra que nuestra experiencia del mismo poco puede tener que ver con la de los fieles extasiados en la Capilla Sixtina ante los frescos de Miguel Ángel. ¿Algo hemos perdido? ¿Algo hemos ganado? Difícil precisarlo.

Me ha salido un post bastante rollero, sí, pero espero que sabréis disculparme. Y desde luego me encantaría conocer vuestras impresiones como visitantes de museos que sóis o habéis sido.



domingo, 22 de abril de 2007

Homesickness


El cuadro, de Magritte, se llama así. Por lo general se traduce al castellano como La añoranza y no he conseguido averiguar si Homesickness es su título original o éste fue escrito en francés. En cualquier caso, ese rótulo parece, de entrada, darnos la clave para descifrar lo que representa. O casi.

En su travesía por el puente, un hombre vestido con un traje oscuro se ha detenido y, asomado tranquilamente por la barandilla, mira en dirección a un horizonte que se nos oculta. Allí deben de hallarse los lugares, los objetos familiares de su añoranza. Sean cuáles sean, quedan más allá del camino trazado por el puente, inaccesibles dentro de su recorrido. Es quizás su altura, y sólo ella, la que permite observarlos, pero siempre en la distancia.

Como sugieren otros cuadros de Magritte, el león tumbado tras él podría simbolizar la fuerza arrolladora del presente, que invariablemente nos envuelve y nos arrastra. Tal vez incluso su riesgo y su peligro, la imprevisibilidad de su lógica, propias, desde nuestra perspectiva, de la conducta de un animal salvaje. De ahí que el hombre en esta escena le dé la espalda, al igual que a nosotros. Como si quisiera negar su presencia. También la nuestra. Absorto en la contemplación de lo que, desde el puente, permanece inevitablemente fuera de su alcance. Posiblemente paralizado por el recuerdo.

Sobresalen de su chaqueta dos alas cuya negrura no deja de sorprender. No están abiertas, pero tampoco completamente plegadas. Sin embargo, nada en él anticipa el movimiento. La escena transpira una perfecta, incluso inquietante quietud. Quizás en sus alas se plasme su oscuro deseo, abocado de antemano al incumplimiento, de elevarse por encima del puente y volar hacia un pasado ya irrecuperable, hacia un territorio vedado salvo para su memoria. Ésa sería la imagen de su añoranza.


Pero es verdad que, según decía Magritte, los títulos de los cuadros no son explicaciones, ni éstos ilustraciones de los títulos. O, al menos, nunca directamente.

Miremos el cuadro un poco más detenidamente. Pensemos un poco más en la disposición de los elementos que lo componen.


Dado que los ojos del hombre no se proyectan hacia ningún punto de su propio camino, ni hacia atrás ni hacia adelante, sino hacia otra parte, me pregunto si esa nostalgia tendrá en el fondo una naturaleza distinta a la de la añoranza de lo ya vivido. Si no se tratará más bien de cierta nostalgia que, paradójicamente, brota de lo que nunca nos perteneció ni fue piedra de nuestro pasado. Tal vez la añoranza de una vida que, escapándosenos de continuo por más que nos afanemos en perseguirla, siempre parece quedar del otro lado del que nosotros habitamos. Aquélla que sería la verdadera vida. La que rezuma sentido y solidez por todos sus poros frente al remedo fantasmal y desconchado de la nuestra. Aquélla en la que desearíamos instalarnos y hallar refugio definitivo.

Su nostalgia no se alimentaría entonces de la memoria, sino de la fantasía y de las intuiciones que la disparan. Las que nos sobrevienen ante un cielo azul y despejado, ante una sonrisa inesperada, ante un mar calmo e infinito. Y encienden la añoranza de un hogar que sólo fue nuestro entre las brumas del sueño. Un hogar al que nunca regresaremos porque se encuentra más allá de los espacios donde nos es dado construir morada.

Por eso nos detenemos a mitad del puente y nos disponemos, fijando la vista en el horizonte, a digerir una vez más una verdad que ya sabíamos: que nunca nos sentiremos en el mundo como en casa.

Sólo luego respiramos hondo, nos damos la vuelta y, acariciando con cuidado su lomo, decimos: ¡Vamos, león! Y junto a él seguimos caminando.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Esto no es un post


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- Eh, tú, mira que post más guay me ha quedado.
- ...
- ¿A que sí? Si es que soy una artista...
- Antígona, ese post no tiene ningún sentido... y ahora déjame tranquila que tengo trabajo.
- Pero, ¿cómo que no tiene ningún sentido? A ver, Magritte quiere decir con ese cuadro que...
- Mira, Magritte quiere decir con ese cuadro que lo que en él aparece no es una pipa, sino la representación de una pipa. Con ello estaría apuntando a nuestra tendencia a confundir las cosas con las representaciones que nos hacemos de ellas, a no respetar la distancia que puede haber y de hecho hay entre las cosas y cómo nosotros las percibimos. Mientras que lo que tú has hecho sí es un post. Para que hubiera algún paralelismo entre el cuadro de Magritte y tu post, tú tendrías que haber hecho una representación de un post, para luego poder decir que eso no es un post, sino tan sólo su representación. Pero hacer una representación de un post... en fin, lo veo difícil, el post es ya en sí mismo una representación, gráfica, bidimensional... y no una cosa.
- .......... (¿¿¿¿¿¿???????)
- Bueno, y ahora déjame tranquila que ya te he dicho que tengo trabajo.
- No, no, pues ahora me lo explicas, ya que dices que el post no tiene sentido...
- Pero si te lo acabo de explicar, Antígona, todo radica en la diferencia entre algo y su representación, y lo que tú has hecho no tiene nada que ver con eso. Cuando Magritte pintó ese cuadro...
- A ti lo que te pasa es que te crees muy lista... tía sabionda.
- Pos bueno, si tú lo dices..., y ahora, con viento fresco...
- Y que tienes envidia de mi blog...
- Pero si también es mío, caray..
- Bueno, pues de que sólo yo escriba en él... excepto los memes, claro, que te los regalo todos...
- Venga Antígona, no te pongas borde, que sin mí tampoco puedes hacerlos...
- Ya ya, pero tú eres sólo la mano ejecutora, un instrumento a mi servicio, y las ideas son mías...
- Pues para ideas como esa ya te valía la pena estar calladita, ya...
- Tú qué sabras...
- Vale, yo no sé nada pero déjame estar, ¡¡¡que tengo que trabajar!!!
- ....
- ....
- Y además, si en algo valoras nuestro blog, ¿por qué no me has avisado antes de que lo colgara?
- Pero si te lo estoy diciendo, Antígona, suprímelo y ya está.
- Pues yo no lo suprimo, que ya está hecho y además me gusta.
- Pues haz lo que te dé la gana, pero ¡¡¡DEJAME TRABAJAR!!!
- YA TE DEJO... ¡¡¡PEDANTORRA INSOPORTABLE!!!
- ...
- ...
- ... El próximo meme se lo va a escribir quien yo me sé ...


Bueno, yo creo que esto con una pequeña modificación se arregla, ¿no?

Esto sí es un post


(ale!, arreglao)

miércoles, 21 de febrero de 2007

Los amantes



Crees estar muy cerca de él. Pero un muro infranqueable os separa. Lo darías todo por romper esa barrera. Pero no puedes.

Deseas verle. Pero sólo ves la imagen que se refleja en tus pupilas. Anhelas oírle. Pero sólo oyes la vibración que oscila en tus oídos.

Te acercas. Le besas.

Crees estar sintiéndole. A él. Pero piénsalo bien. Sólo sientes tu propia lengua.