
Cualquiera sabe que si algo necesita una argumentación para poder tener lugar, ese algo es tiempo. Lo sabe el empleado que se reúne con su jefe para discutir sus condiciones de trabajo. Lo sabe el jefe que se reúne con su empleado para justificar esas mismas condiciones de trabajo. Lo sabe el padre que trata de explicar a su hijo por qué le disgusta su conducta. Lo sabe el hijo que trata de explicar a su padre el porqué de esa conducta. Sin embargo, resulta que el medio de comunicación que -no lo olvidemos- para una gran masa de la población constituye la única y exclusiva vía de acceso al conocimiento de lo que sucede en el mundo más allá del limitado perímetro de sus casas y barrios, un conocimiento, además, del que se desprenden no pocas decisiones, actitudes y tomas de posición frente a ese mundo, tiene como premisa elemental e indiscutible el control y la severa restricción del tiempo. La argumentación no tiene entonces cabida en la televisión. Así, ha señalado Pierre Bourdieu, en Estados Unidos la regla dice que las intervenciones en los debates políticos televisados no deberían superar los siete segundos.
En 1996, este prestigioso sociólogo francés aceptó ofrecer por televisión dos conferencias dadas en el Collège de France que posteriormente fueron transcritas y publicadas bajo la forma de un libro titulado "Sobre la televisión". No es de extrañar que este texto provocara virulentas reacciones entre los periodistas franceses más destacados del momento. Bourdieu ataca en él con dureza la por él llamada "corrupción estructural" imperante en la televisión, una corrupción por la cual este medio de comunicación pone en peligro, sin necesidad de pretenderlo intencionadamente, no sólo las diferentes esferas de producción cultural sino también la vida política e incluso la materialización efectiva de la democracia.
El hecho de que Bourdieu apostara por la retransmisión televisiva de estas dos conferencias formaba parte de su misma voluntad de crítica. Pues si bien Bourdieu afirma que en el mundo de hoy no es inteligente ni por tanto deseable prescindir del potencial expresivo de la televisión, defiende a su vez que la actualización y canalización adecuada de ese potencial expresivo exige ciertas condiciones que son estructuralmente negadas por los mecanismos rectores de la realización de programas televisivos. Condiciones que, sin embargo, a él le habían sido garantizadas de manera excepcional en su situación privilegiada de conferenciante puntualmente mediático: frente a las cámaras, Bourdieu emitió sus conferencias sin ninguna limitación de tiempo, sin que el tema le hubiera sido impuesto y sin ningún tipo de cortapisa o restricción que apelara a razones técnicas, de audiencia, o relativas a cualquier clase de convencionalismos morales o sociales. Así, Bourdieu tuvo la oportunidad de protagonizar un evento por completo insólito en televisión desde hace ya décadas: la emisión de un discurso articulado, de un discurso argumentativo y demostrativo, que pretendía ejercer una labor crítica desde y sobre el medio que ha desterrado paulatinamente la posibilidad formal de la crítica al desterrar precisamente la posibilidad de la argumentación que ésta necesariamente requiere.
Según Bourdieu, los mecanismos que imposibilitan la concurrencia de aquellas condiciones con las que la televisión podría llegar a ser un verdadero medio de información, formación, debate y crítica -requisitos todos ellos imprescindibles para el auténtico ejercicio de la democracia-, pivotan fundamentalmente sobre la sumisión de la programación televisiva al criterio mercantil de los índices de audiencia. Como en casi cualquier otra esfera de nuestras sociedades contemporáneas, también la televisión busca un éxito comercial que en su caso depende estrictamente del número de telespectadores que sintonizan cada cadena. Pero es esa misma aspiración a contar con el número más elevado posible de telespectadores la que ha introducido toda una serie de dinámicas perversas -sin que sea preciso suponer tras ellas la existencia de mentes maquiavélicas igualmente perversas- que, a juicio de Bourdieu, han convertido la televisión en una maquinaria peligrosa. Estar a expensas de los índices de audiencia lleva aparejados el temor a ser aburrido y el afán de divertir a cualquier precio. Aumentar al máximo la cuota de telespectadores pasa por banalizar y trivializar la realidad para así ponerla al alcance de todos. De ahí que los telediarios, en aras del objetivo de captar el interés del público mayoritario, se hayan ido transformado progresivamente en espacios cada vez más sensacionalistas donde las crónicas de sucesos, las catástrofes naturales, las noticias deportivas o las anécdotas políticas se ofrecen como sucedáneo de la información. Que en los debates o pseudodebates políticos televisados se priorice el combate frente a la discusión y se privilegie el enfrentamiento entre las personas en lugar de la confrontación de sus ideas y argumentos. O la proliferación desmedida de programas televisivos exclusivamente dedicados a alimentar las retinas y las mentes de los telespectadores con la exhibición y exaltación de pasiones netamente primarias. Si la televisión de los años cincuenta, comenta Bourdieu, pretendía ser cultural e imponía desde su monopolio productos culturales para así formar los gustos del gran público, la televisión de los noventa, al competir por la audiencia, explota, halaga e incluso rebaja esos gustos ofreciendo productos sin refinar con la sola meta de atraer la atención de las masas.
Han pasado casi quince años desde las críticas de Bourdieu, y el imparable proceso de degradación que sufre el medio televisivo -y me atrevería a decir de putrefacción a la vista de ciertos programas especialmente bochornosos de algunas cadenas- no hace sino confirmar día a día sus análisis. Tal vez sea entonces hora de asumir con resignación -si es que no lo hicimos ya hace tiempo- que bajo el mandato del criterio capitalista de los índices de audiencia la televisión seguirá creando productos de entretenimiento y desinformación cada vez más groseros y banales. Sin embargo, pienso que lo que no deberíamos asumir ni con resignación ni sin ella es que este modelo televisivo reinante en la actualidad acapare el espectro de toda forma de televisión posible. Porque, al menos en teoría, aún existe una televisión que cuenta con la posibilidad, y quizá incluso la exigencia, de sustraerse a la lógica mercantil de los índices de audiencia por no tener la estricta necesidad de estar sujeta a ella. Me refiero, como es obvio, a la televisión pública, financiada en parte con los impuestos de los ciudadanos y en parte, desde hace unos meses en nuestro país, por las cadenas televisivas privadas y de este modo liberada de la tiranía del patrocinio publicitario.
Exonerada con ello de la urgencia por captar el mayor número de telespectadores posible, la televisión pública podría permitirse el lujo de ofrecer "aburridas" conferencias de dos horas como las de Bourdieu o cualquier otro intelectual que tuviera algo realmente valioso que decir. Podría producir "aburridos" programas de análisis de la actualidad y debate como lo fue "La clave" desde mediados de los setenta a mediados de los ochenta, donde, después de proyectarse películas que no tenían por qué plegarse al gusto mayoritario, los participantes podían exponer sus puntos de vista durante diez minutos seguidos si así lo consideraban oportuno y sin que nadie les interrumpiera, así como prolongar sus discusiones por espacio de dos horas sin pretender entretener ni montar un espectáculo a fuerza de gritos, insultos o majaderías. Podría financiar "aburridos" programas infantiles como "La bola de cristal" donde la bruja avería enseñaba a los niños que el mal es el capital. Podría retransmitir "aburridas" obras de teatro que muchas personas jamás tendrán ocasión de ver ante un escenario. E incluso recuerdo una para mí mítica y probablemente también "aburrida" emisión del programa "El mundo por montera", moderado por Sánchez Dragó, donde "aburridos" intelectuales y profesores universitarios debatían sobre el complejo pensamiento de un importante filósofo alemán, fórmula que la televisión pública también podría volver a realizar. Y a este "podría" os invito a vosotros, mis pacientes lectores, a añadir cualquier cosa de vuestro interés que se os ocurra.
La televisión pública, en sus actuales circunstancias, podría ofrecer a sus telespectadores todas estas cosas y muchas otras más, y así devolver a la tan denostada "caja tonta" el carácter de "caja lista" -pese a haber renunciado hace ya años a verla, creo con Bourdieu en el enorme potencial de una televisión bien utilizada- que ocasionalmente tuvo en el pasado. Podría, porque dispone de los medios económicos y técnicos para hacerlo. Podría, porque, sencillamente, nada le impide hacerlo. La cuestión, a mi juicio preocupante, es, por qué pudiendo, sin embargo no lo hace.
En 1996, este prestigioso sociólogo francés aceptó ofrecer por televisión dos conferencias dadas en el Collège de France que posteriormente fueron transcritas y publicadas bajo la forma de un libro titulado "Sobre la televisión". No es de extrañar que este texto provocara virulentas reacciones entre los periodistas franceses más destacados del momento. Bourdieu ataca en él con dureza la por él llamada "corrupción estructural" imperante en la televisión, una corrupción por la cual este medio de comunicación pone en peligro, sin necesidad de pretenderlo intencionadamente, no sólo las diferentes esferas de producción cultural sino también la vida política e incluso la materialización efectiva de la democracia.
El hecho de que Bourdieu apostara por la retransmisión televisiva de estas dos conferencias formaba parte de su misma voluntad de crítica. Pues si bien Bourdieu afirma que en el mundo de hoy no es inteligente ni por tanto deseable prescindir del potencial expresivo de la televisión, defiende a su vez que la actualización y canalización adecuada de ese potencial expresivo exige ciertas condiciones que son estructuralmente negadas por los mecanismos rectores de la realización de programas televisivos. Condiciones que, sin embargo, a él le habían sido garantizadas de manera excepcional en su situación privilegiada de conferenciante puntualmente mediático: frente a las cámaras, Bourdieu emitió sus conferencias sin ninguna limitación de tiempo, sin que el tema le hubiera sido impuesto y sin ningún tipo de cortapisa o restricción que apelara a razones técnicas, de audiencia, o relativas a cualquier clase de convencionalismos morales o sociales. Así, Bourdieu tuvo la oportunidad de protagonizar un evento por completo insólito en televisión desde hace ya décadas: la emisión de un discurso articulado, de un discurso argumentativo y demostrativo, que pretendía ejercer una labor crítica desde y sobre el medio que ha desterrado paulatinamente la posibilidad formal de la crítica al desterrar precisamente la posibilidad de la argumentación que ésta necesariamente requiere.
Según Bourdieu, los mecanismos que imposibilitan la concurrencia de aquellas condiciones con las que la televisión podría llegar a ser un verdadero medio de información, formación, debate y crítica -requisitos todos ellos imprescindibles para el auténtico ejercicio de la democracia-, pivotan fundamentalmente sobre la sumisión de la programación televisiva al criterio mercantil de los índices de audiencia. Como en casi cualquier otra esfera de nuestras sociedades contemporáneas, también la televisión busca un éxito comercial que en su caso depende estrictamente del número de telespectadores que sintonizan cada cadena. Pero es esa misma aspiración a contar con el número más elevado posible de telespectadores la que ha introducido toda una serie de dinámicas perversas -sin que sea preciso suponer tras ellas la existencia de mentes maquiavélicas igualmente perversas- que, a juicio de Bourdieu, han convertido la televisión en una maquinaria peligrosa. Estar a expensas de los índices de audiencia lleva aparejados el temor a ser aburrido y el afán de divertir a cualquier precio. Aumentar al máximo la cuota de telespectadores pasa por banalizar y trivializar la realidad para así ponerla al alcance de todos. De ahí que los telediarios, en aras del objetivo de captar el interés del público mayoritario, se hayan ido transformado progresivamente en espacios cada vez más sensacionalistas donde las crónicas de sucesos, las catástrofes naturales, las noticias deportivas o las anécdotas políticas se ofrecen como sucedáneo de la información. Que en los debates o pseudodebates políticos televisados se priorice el combate frente a la discusión y se privilegie el enfrentamiento entre las personas en lugar de la confrontación de sus ideas y argumentos. O la proliferación desmedida de programas televisivos exclusivamente dedicados a alimentar las retinas y las mentes de los telespectadores con la exhibición y exaltación de pasiones netamente primarias. Si la televisión de los años cincuenta, comenta Bourdieu, pretendía ser cultural e imponía desde su monopolio productos culturales para así formar los gustos del gran público, la televisión de los noventa, al competir por la audiencia, explota, halaga e incluso rebaja esos gustos ofreciendo productos sin refinar con la sola meta de atraer la atención de las masas.
Han pasado casi quince años desde las críticas de Bourdieu, y el imparable proceso de degradación que sufre el medio televisivo -y me atrevería a decir de putrefacción a la vista de ciertos programas especialmente bochornosos de algunas cadenas- no hace sino confirmar día a día sus análisis. Tal vez sea entonces hora de asumir con resignación -si es que no lo hicimos ya hace tiempo- que bajo el mandato del criterio capitalista de los índices de audiencia la televisión seguirá creando productos de entretenimiento y desinformación cada vez más groseros y banales. Sin embargo, pienso que lo que no deberíamos asumir ni con resignación ni sin ella es que este modelo televisivo reinante en la actualidad acapare el espectro de toda forma de televisión posible. Porque, al menos en teoría, aún existe una televisión que cuenta con la posibilidad, y quizá incluso la exigencia, de sustraerse a la lógica mercantil de los índices de audiencia por no tener la estricta necesidad de estar sujeta a ella. Me refiero, como es obvio, a la televisión pública, financiada en parte con los impuestos de los ciudadanos y en parte, desde hace unos meses en nuestro país, por las cadenas televisivas privadas y de este modo liberada de la tiranía del patrocinio publicitario.
Exonerada con ello de la urgencia por captar el mayor número de telespectadores posible, la televisión pública podría permitirse el lujo de ofrecer "aburridas" conferencias de dos horas como las de Bourdieu o cualquier otro intelectual que tuviera algo realmente valioso que decir. Podría producir "aburridos" programas de análisis de la actualidad y debate como lo fue "La clave" desde mediados de los setenta a mediados de los ochenta, donde, después de proyectarse películas que no tenían por qué plegarse al gusto mayoritario, los participantes podían exponer sus puntos de vista durante diez minutos seguidos si así lo consideraban oportuno y sin que nadie les interrumpiera, así como prolongar sus discusiones por espacio de dos horas sin pretender entretener ni montar un espectáculo a fuerza de gritos, insultos o majaderías. Podría financiar "aburridos" programas infantiles como "La bola de cristal" donde la bruja avería enseñaba a los niños que el mal es el capital. Podría retransmitir "aburridas" obras de teatro que muchas personas jamás tendrán ocasión de ver ante un escenario. E incluso recuerdo una para mí mítica y probablemente también "aburrida" emisión del programa "El mundo por montera", moderado por Sánchez Dragó, donde "aburridos" intelectuales y profesores universitarios debatían sobre el complejo pensamiento de un importante filósofo alemán, fórmula que la televisión pública también podría volver a realizar. Y a este "podría" os invito a vosotros, mis pacientes lectores, a añadir cualquier cosa de vuestro interés que se os ocurra.
La televisión pública, en sus actuales circunstancias, podría ofrecer a sus telespectadores todas estas cosas y muchas otras más, y así devolver a la tan denostada "caja tonta" el carácter de "caja lista" -pese a haber renunciado hace ya años a verla, creo con Bourdieu en el enorme potencial de una televisión bien utilizada- que ocasionalmente tuvo en el pasado. Podría, porque dispone de los medios económicos y técnicos para hacerlo. Podría, porque, sencillamente, nada le impide hacerlo. La cuestión, a mi juicio preocupante, es, por qué pudiendo, sin embargo no lo hace.









