
En el siglo XI, momento perteneciente a esa época de la historia marcada por el notorio desperdicio de todos los talentos intelectuales de Occidente en peregrinas y estériles disputas sobre la existencia y atributos del Dios cristiano, los llamados antidialécticos defendieron que el uso de la lógica era perjudicial para la fe. Y no puede negarse que estaban en lo cierto: no hay forma de admitir que Dios es a la vez uno y trino, o que la Virgen María, siendo virgen, fuera igualmente madre, sin suspender toda exigencia lógica.
Pero así como el rechazo de la lógica es beneficioso para la fe, resulta tremendamente nocivo allí donde se trata de valorar la credibilidad de los argumentos de los políticos. Desde antiguo se sabe que una práctica habitual del discurso político es la utilización de falacias o sofismas, esto es, razonamientos que, si bien son lógicamente incorrectos, aparentan ser correctos y se aplican con fines persuasivos para convencer de alguna presunta verdad.
Hace unos días, la señora Ministra de Igualdad condenaba las 32 muertes de mujeres a manos de sus parejas que se han producido ya este año y, al preguntársele por las causas de este aumento con respecto al año pasado, señalaba la necesidad de atender al denominador común de todas ellas, a saber, que la mayoría de las fallecidas no había presentado denuncias por agresiones previas. Ni ellas ni su entorno. Por ello, sus declaraciones terminaban alentando a la sociedad en su conjunto a denunciar.
Entiendo que lo que la señora Ministra quiere decir es que la ausencia de denuncias por agresiones previas es una causa determinante de las muertes de esas 32 mujeres. De lo cual se sigue que, si esas mujeres hubieran denunciado tales agresiones previas, podrían haber salvado sus vidas. De ahí su mensaje: si queremos evitar más muertes, presentemos denuncias ante cualquier caso de agresión que conozcamos.
Sin embargo, a mi entender la señora Ministra ha incurrido con sus declaraciones en varias flagrantes falacias que intentaré analizar a continuación:
a) La falacia formal o razonamiento no válido conocida como falacia de negación del antecedente se da en razonamientos de este tipo: aceptada la premisa de que si llueve, las calles se mojan, se concluye que, en el caso de que no llueva, las calles no se mojan. ¿Y por qué se trata de un razonamiento falaz o incorrecto? Pues porque las calles podrían mojarse por otros motivos: que pase el camión de limpieza del ayuntamiento, que un maremoto arrase la ciudad, o que todos los ciudadanos de un determinado barrio se pongan de acuerdo para arrojar desde sus balcones cubos de agua. Exactamente lo mismo sucede con el razonamiento de la señora Ministra: aceptada la premisa de que en ausencia de denuncias de agresiones previas se producen asesinatos, se concluye que, en el caso de que tales denuncias sí se den, no se producirán asesinatos. Lo cual es falso porque las mujeres podrían resultar asesinadas por sus parejas por otros motivos.
b) La falacia informal de la falsa causa consiste en atribuir a dos sucesos o hechos correlativos una relación de causa-efecto sin evidencias que la soporten. Ejemplos un poco burdos de esta falacia serían afirmaciones tales como: el sol ha salido porque el gallo ha cantado; el arcoíris ha parado la lluvia. Un poco –aunque sólo un poco- menos burdo: aprobé el examen porque llevaba mi amuleto de la suerte, ya que esta falacia es el tipo de razonamiento incorrecto que suele primar en las creencias supersticiosas. Tales falacias se refutan demostrando que no existe una relación significativa entre los dos hechos que se pretenden causa y efecto: bien probando que el efecto tiene lugar aunque no intervenga la causa –el sol saldrá aunque todos los gallos sobre la faz de la tierra se proclamen en huelga y dejen de cantar-, bien probando que el efecto está producido por otra causa distinta de la presumida. Pues bien, que la señora Ministra incurre en este tipo de falacia se pone de manifiesto atendiendo a sus propias declaraciones: el hecho de que la mayoría de las mujeres no hubiera presentado denuncias significa que algunas mujeres sí las habían presentado, en concreto cinco de ellas. No obstante, la presentación de tales denuncias por agresiones previas no las libró de la muerte. Luego es falso el establecimiento de una relación causal entre la ausencia de presentación de denuncias y la muerte, porque el efecto –la muerte- pudo ocurrir sin intervención de la causa –es decir, habiéndose presentado denuncias-. Que ambos hechos –no presentar denuncias por agresiones previas y acabar muerta- sean correlativos no permite entonces concluir legítimamente que el primero sea causa del segundo.
c) Vamos a conceder a la señora Ministra que sus declaraciones se sustentan sobre el dato fehaciente y constatado de que algunas de las mujeres que han acabado muertas a manos de sus parejas habían sufrido previamente agresiones por parte de ellas. Ahora bien, otra falacia informal es la que recibe el nombre de generalización precipitada, por la cual se otorga de manera injustificada la propiedad que presentan varios individuos de un conjunto a todos y cada uno de los elementos de ese conjunto. Un ejemplo de esta falacia podría ser la afirmación de que el alcohol es dañino porque genera alcohólicos, pues el hecho de que para algunos individuos el alcohol resulte dañino no permite concluir que lo sea para todos. Idéntico caso de generalización precipitada es el de la señora Ministra: del hecho de que algunas mujeres muertas a manos de sus parejas hayan sufrido agresiones previas no es legítimo concluir que todas las mujeres muertas a manos de sus parejas las han sufrido.
Pero la señora Ministra no es la única política que incurre en razonamientos falaces. Al día siguiente de sus declaraciones, también el Delegado del Gobierno para la Violencia de Género hacía un uso tácito de esta última falacia al plantear la hipótesis de una posible vinculación entre las muertes de mujeres a manos de sus parejas y el modo en que éstas son reportadas en los medios de comunicación. Para justificar el aumento de mujeres muertas a manos de sus maridos de los últimos meses, apelaba a un presunto “efecto imitación”, “aquel en el que el agresor asesina a la mujer tomando como referencia un caso anterior" y un presunto “efecto paso a la acción”, “cuando el agresor se decide a cometer el asesinato al ver otro”. Puesto que los medios de comunicación podrían entonces, involuntariamente, estar incitando a nuevos asesinatos, el Delegado señalaba que la clave para evitar este efecto indeseado estribaría en el tratamiento de la información por parte de los medios. E indirectamente, condenaba la emisión de testimonios de los vecinos como “era un hombre trabajador” o “era un buen padre”, porque, según él, “provocan que la agresión sea inexplicable”. ¿Y por qué inexplicable? Sencillamente porque, como se desprende de sus propias palabras, el Delegado asume que todos los hombres que han matado a sus mujeres las habían agredido previamente, es decir, que son agresores habituales y por ello, según su propio juicio, personas que no pueden merecer ninguna valoración positiva por parte de nadie. Por esta razón, al igual que la señora Ministra de Igualdad, el señor Delegado terminaba sus declaraciones instando a las mujeres y a sus entornos a denunciar.
Quizá parezca difícil entender que a la señora Ministra no se le haya ocurrido que la ausencia de denuncias previas a las muertes de mujeres a manos de sus parejas podría obedecer a la ausencia de motivos para realizar tales denuncias, es decir, a la ausencia de agresiones previas. O que al Delegado no se le haya ocurrido pensar que los testimonios de los vecinos nada tienen de descabellado porque no es inexplicable que alguien que no ha agredido previamente a su pareja pueda llegar a matarla bajo ciertas circunstancias específicas.
Pero, en el fondo, me temo que la falta de tales ocurrencias no es tan difícil de entender. Porque si el Ministerio de Igualdad y la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género aceptaran la hipótesis de que gran parte de las muertes de mujeres a manos de sus parejas no responde a una situación de maltrato y constituye un suceso imprevisible en tanto desconectado de cualquier acto violento previo, ¿podrían al mismo tiempo afirmar que la evitación o disminución del número de muertes de mujeres a manos de sus parejas depende de sus propias acciones? ¿Podrían justificar sus respectivos trabajos en lo que respecta a esta cuestión concreta? ¿Podrían arrogarse los méritos aquellos años en que el número de muertes disminuye, como suelen hacerlo habitualmente? Desde luego, yo creo que lo tendrían mucho, pero que mucho más complicado.
Por ello prefieren sostener como única causa válida del asesinato el maltrato previo y animan repetidamente a la denuncia, ya que según sus encuestas –y ya analizamos aquí una vez de qué forma tan surrealista tales encuestas detectan las situaciones de maltrato- existen 400.000 maltratadores en España, 300.000 de los cuales aún no han sido denunciados.
Mientras tanto, debería dar que pensar el hecho de que en noviembre del año pasado el número de presos por violencia de género creciera un 50% con respecto al año anterior. Como debería dar que pensar que en el 2009 se produjeran 135.540 denuncias, de las cuales tan sólo 32.550 recibieron una sentencia condenatoria, cifra que incluye aproximadamente un 50% de sentencias que únicamente enjuician faltas y no delitos –y aquí es preciso tener en cuenta que, a partir de la aprobación de la Ley Integral de Violencia de Género, se tipifica como falta la injuria o vejación injusta de carácter leve, mientras que cualquier otra injuria o agresión pasa a ser considerada delito-. E igualmente debería dar que pensar por qué ninguna institución se preocupa por tratar de explicar ni valora como un problema social que junto a las 55 mujeres que en 2009 murieron a manos de sus parejas, también murieran 10 hombres a manos de sus parejas.
No sé vosotros, pero yo no tengo ninguna intención de dejar de hacer uso del razonamiento lógico para dejarme convencer por argumentos erróneos encaminados a fomentar creencias cada vez más alejadas de la realidad. Y es que el conocimiento de la realidad no pasa por la fe, sino, entre otras cosas, por ser capaz de anteponer la mera lógica a ella.
Pero así como el rechazo de la lógica es beneficioso para la fe, resulta tremendamente nocivo allí donde se trata de valorar la credibilidad de los argumentos de los políticos. Desde antiguo se sabe que una práctica habitual del discurso político es la utilización de falacias o sofismas, esto es, razonamientos que, si bien son lógicamente incorrectos, aparentan ser correctos y se aplican con fines persuasivos para convencer de alguna presunta verdad.
Hace unos días, la señora Ministra de Igualdad condenaba las 32 muertes de mujeres a manos de sus parejas que se han producido ya este año y, al preguntársele por las causas de este aumento con respecto al año pasado, señalaba la necesidad de atender al denominador común de todas ellas, a saber, que la mayoría de las fallecidas no había presentado denuncias por agresiones previas. Ni ellas ni su entorno. Por ello, sus declaraciones terminaban alentando a la sociedad en su conjunto a denunciar.
Entiendo que lo que la señora Ministra quiere decir es que la ausencia de denuncias por agresiones previas es una causa determinante de las muertes de esas 32 mujeres. De lo cual se sigue que, si esas mujeres hubieran denunciado tales agresiones previas, podrían haber salvado sus vidas. De ahí su mensaje: si queremos evitar más muertes, presentemos denuncias ante cualquier caso de agresión que conozcamos.
Sin embargo, a mi entender la señora Ministra ha incurrido con sus declaraciones en varias flagrantes falacias que intentaré analizar a continuación:
a) La falacia formal o razonamiento no válido conocida como falacia de negación del antecedente se da en razonamientos de este tipo: aceptada la premisa de que si llueve, las calles se mojan, se concluye que, en el caso de que no llueva, las calles no se mojan. ¿Y por qué se trata de un razonamiento falaz o incorrecto? Pues porque las calles podrían mojarse por otros motivos: que pase el camión de limpieza del ayuntamiento, que un maremoto arrase la ciudad, o que todos los ciudadanos de un determinado barrio se pongan de acuerdo para arrojar desde sus balcones cubos de agua. Exactamente lo mismo sucede con el razonamiento de la señora Ministra: aceptada la premisa de que en ausencia de denuncias de agresiones previas se producen asesinatos, se concluye que, en el caso de que tales denuncias sí se den, no se producirán asesinatos. Lo cual es falso porque las mujeres podrían resultar asesinadas por sus parejas por otros motivos.
b) La falacia informal de la falsa causa consiste en atribuir a dos sucesos o hechos correlativos una relación de causa-efecto sin evidencias que la soporten. Ejemplos un poco burdos de esta falacia serían afirmaciones tales como: el sol ha salido porque el gallo ha cantado; el arcoíris ha parado la lluvia. Un poco –aunque sólo un poco- menos burdo: aprobé el examen porque llevaba mi amuleto de la suerte, ya que esta falacia es el tipo de razonamiento incorrecto que suele primar en las creencias supersticiosas. Tales falacias se refutan demostrando que no existe una relación significativa entre los dos hechos que se pretenden causa y efecto: bien probando que el efecto tiene lugar aunque no intervenga la causa –el sol saldrá aunque todos los gallos sobre la faz de la tierra se proclamen en huelga y dejen de cantar-, bien probando que el efecto está producido por otra causa distinta de la presumida. Pues bien, que la señora Ministra incurre en este tipo de falacia se pone de manifiesto atendiendo a sus propias declaraciones: el hecho de que la mayoría de las mujeres no hubiera presentado denuncias significa que algunas mujeres sí las habían presentado, en concreto cinco de ellas. No obstante, la presentación de tales denuncias por agresiones previas no las libró de la muerte. Luego es falso el establecimiento de una relación causal entre la ausencia de presentación de denuncias y la muerte, porque el efecto –la muerte- pudo ocurrir sin intervención de la causa –es decir, habiéndose presentado denuncias-. Que ambos hechos –no presentar denuncias por agresiones previas y acabar muerta- sean correlativos no permite entonces concluir legítimamente que el primero sea causa del segundo.
c) Vamos a conceder a la señora Ministra que sus declaraciones se sustentan sobre el dato fehaciente y constatado de que algunas de las mujeres que han acabado muertas a manos de sus parejas habían sufrido previamente agresiones por parte de ellas. Ahora bien, otra falacia informal es la que recibe el nombre de generalización precipitada, por la cual se otorga de manera injustificada la propiedad que presentan varios individuos de un conjunto a todos y cada uno de los elementos de ese conjunto. Un ejemplo de esta falacia podría ser la afirmación de que el alcohol es dañino porque genera alcohólicos, pues el hecho de que para algunos individuos el alcohol resulte dañino no permite concluir que lo sea para todos. Idéntico caso de generalización precipitada es el de la señora Ministra: del hecho de que algunas mujeres muertas a manos de sus parejas hayan sufrido agresiones previas no es legítimo concluir que todas las mujeres muertas a manos de sus parejas las han sufrido.
Pero la señora Ministra no es la única política que incurre en razonamientos falaces. Al día siguiente de sus declaraciones, también el Delegado del Gobierno para la Violencia de Género hacía un uso tácito de esta última falacia al plantear la hipótesis de una posible vinculación entre las muertes de mujeres a manos de sus parejas y el modo en que éstas son reportadas en los medios de comunicación. Para justificar el aumento de mujeres muertas a manos de sus maridos de los últimos meses, apelaba a un presunto “efecto imitación”, “aquel en el que el agresor asesina a la mujer tomando como referencia un caso anterior" y un presunto “efecto paso a la acción”, “cuando el agresor se decide a cometer el asesinato al ver otro”. Puesto que los medios de comunicación podrían entonces, involuntariamente, estar incitando a nuevos asesinatos, el Delegado señalaba que la clave para evitar este efecto indeseado estribaría en el tratamiento de la información por parte de los medios. E indirectamente, condenaba la emisión de testimonios de los vecinos como “era un hombre trabajador” o “era un buen padre”, porque, según él, “provocan que la agresión sea inexplicable”. ¿Y por qué inexplicable? Sencillamente porque, como se desprende de sus propias palabras, el Delegado asume que todos los hombres que han matado a sus mujeres las habían agredido previamente, es decir, que son agresores habituales y por ello, según su propio juicio, personas que no pueden merecer ninguna valoración positiva por parte de nadie. Por esta razón, al igual que la señora Ministra de Igualdad, el señor Delegado terminaba sus declaraciones instando a las mujeres y a sus entornos a denunciar.
Quizá parezca difícil entender que a la señora Ministra no se le haya ocurrido que la ausencia de denuncias previas a las muertes de mujeres a manos de sus parejas podría obedecer a la ausencia de motivos para realizar tales denuncias, es decir, a la ausencia de agresiones previas. O que al Delegado no se le haya ocurrido pensar que los testimonios de los vecinos nada tienen de descabellado porque no es inexplicable que alguien que no ha agredido previamente a su pareja pueda llegar a matarla bajo ciertas circunstancias específicas.
Pero, en el fondo, me temo que la falta de tales ocurrencias no es tan difícil de entender. Porque si el Ministerio de Igualdad y la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género aceptaran la hipótesis de que gran parte de las muertes de mujeres a manos de sus parejas no responde a una situación de maltrato y constituye un suceso imprevisible en tanto desconectado de cualquier acto violento previo, ¿podrían al mismo tiempo afirmar que la evitación o disminución del número de muertes de mujeres a manos de sus parejas depende de sus propias acciones? ¿Podrían justificar sus respectivos trabajos en lo que respecta a esta cuestión concreta? ¿Podrían arrogarse los méritos aquellos años en que el número de muertes disminuye, como suelen hacerlo habitualmente? Desde luego, yo creo que lo tendrían mucho, pero que mucho más complicado.
Por ello prefieren sostener como única causa válida del asesinato el maltrato previo y animan repetidamente a la denuncia, ya que según sus encuestas –y ya analizamos aquí una vez de qué forma tan surrealista tales encuestas detectan las situaciones de maltrato- existen 400.000 maltratadores en España, 300.000 de los cuales aún no han sido denunciados.
Mientras tanto, debería dar que pensar el hecho de que en noviembre del año pasado el número de presos por violencia de género creciera un 50% con respecto al año anterior. Como debería dar que pensar que en el 2009 se produjeran 135.540 denuncias, de las cuales tan sólo 32.550 recibieron una sentencia condenatoria, cifra que incluye aproximadamente un 50% de sentencias que únicamente enjuician faltas y no delitos –y aquí es preciso tener en cuenta que, a partir de la aprobación de la Ley Integral de Violencia de Género, se tipifica como falta la injuria o vejación injusta de carácter leve, mientras que cualquier otra injuria o agresión pasa a ser considerada delito-. E igualmente debería dar que pensar por qué ninguna institución se preocupa por tratar de explicar ni valora como un problema social que junto a las 55 mujeres que en 2009 murieron a manos de sus parejas, también murieran 10 hombres a manos de sus parejas.
No sé vosotros, pero yo no tengo ninguna intención de dejar de hacer uso del razonamiento lógico para dejarme convencer por argumentos erróneos encaminados a fomentar creencias cada vez más alejadas de la realidad. Y es que el conocimiento de la realidad no pasa por la fe, sino, entre otras cosas, por ser capaz de anteponer la mera lógica a ella.





