Señoras y señores, hoy Antígona se nos pone un tanto romanticona. Ya, no es primavera. Pero dejémosla por esta vez...
¿Quién no te recuerda, Amanda? ¿Quién podría no recordarte? Si encarnas la esencia del enamoramiento hilada en la melodía sencilla de unas pocas palabras. Si todos hemos sido tú, Amanda, y lástima de aquél que no alcance a mirarse en el espejo de tu sonrisa luminosa bañada por la lluvia. Si todos sabemos de esos cinco minutos eternos, de la falsa eternidad impaciente de su espera.
Te imaginamos como te describe la canción, Amanda, caminando apresurada por las baldosas mojadas, rauda y brillante. Te parecía que esos cinco minutos nunca llegarían, demorando lentamente su venida, dilatando el tiempo precedente del tictac perezoso del reloj. Pero, aún así, nada ha logrado desdibujar el arco de tus labios mientras te proyectas entera sobre ese momento, sobre la perspectiva segura que hace trizas el cansancio de la jornada, vivificando cada músculo de tu cuerpo, evaporando la acidez de un mal gesto, de una voz agria. Como de lejos, percibes la envidia inofensiva, la melancolía, la tristeza nostálgica por lo vivido con que tus compañeras observan esa alegría que te traspasa e irradia por tus costados, por los costurones mil veces zurcidos de tu bata. Porque, algunas en su memoria, otras en su deseo, se reconocen en ti y algo hondo se conmueve en sus párpados al descifrarse en cada uno de tus movimientos ágiles, en tu canturreo callado.
Cuando apenas falta un rato para esos cinco minutos, te vemos agitarte, contenerte en tu agitación, rogar por el más veloz correr del tiempo, volver a aplacarte tú misma, constante vaivén de ansia y calma pautado por tu corazón. Porque los cinco minutos ya casi están ahí, nadie vendrá a arrebatártelos, suspiras confiada, dejas entonces que el corazón se esponje hasta no caber en tu pecho e iniciar de inmediato una nueva contracción, desbordado una vez más en la aceleración de la impaciencia.
Y ahora que caminas hacia la fábrica no hay dolor en tus muñecas, ni frío de lluvia en tus mejillas, sólo esa precipitación, la ansiedad ya irrefrenable que dispara un pie detrás de otro como bailan en tu cabeza las imágenes acariciadas durante las largas horas del día. La sonrisa ancha grabada en tu rostro como un sol que limpiara de polvo y pobreza esas calles, las calles que has acabado adorando, impregnadas del halo de tus emociones, fina película que te protege de toda la miseria del mundo, a ti, extraña pero indudablemente consciente de ser invencible en el amor.
Son las calles que te acercan a Manuel. Suena al fondo la sirena y apresuras aún más tus pasos, pisando fuerte al ritmo del latir vibrante de tus sienes. Manuel está a punto de salir para sus cinco minutos de descanso. Ya estás corriendo. Por ahí asoma el grupo de trabajadores. Serán sólo cinco minutos. Cinco escasos minutos. Pero no hay cálculo ni economía que resista las hazañas de Cupido. No hay ley de compensación que promedie entre el esfuerzo invertido y el premio recibido cuando de él se trata. Cinco minutos de desaparecer en sus ojos, de ahogarte en su boca, de hundirte en su abrazo, habrán valido, hasta el nuevo aullido de la sirena, lo que toda una eternidad inconmensurable embutida en el trazado geométrico de unas saetas. Cinco minutos que nutrirán tus sentidos florecientes y el deseo inabarcable de su reiteración.
Pero también, Amanda, eres la esencia de la tragedia más pura, del más terrible dolor en la pérdida. La pérdida del sustento de tu ser cuando todo gritaba en ti haberlo por fin encontrado. La pérdida inaudita de esa eternidad que, sin pertenecer a este mundo, habitaba misteriosamente el cuerpo de Manuel. Y aunque la canción ya no quiera decir más de ti, te imaginamos rota, quebrada por el golpe que ha dado cumplimiento a temores antiguos sólo entrevistos todavía en la distancia, desmadejada por la fatalidad demasiado temprana de pesadillas aún no plenamente soñadas. Para ti ya no habrá ni tan siquiera cinco minutos. Ni tan siquiera uno más. Las calles adoradas se habrán cubierto de sombras para siempre. La alegría germinada se pudrirá en tus huesos y brotarán de ellos gusanos de amargura. Y puestos a imaginar, quién sabe, Amanda, si la vida arrancada de Manuel no fue también tu propia muerte. La ausencia puede desgarrar tan salvajemente que no tolere zurcido alguno.
Por eso queremos recordarte, Amanda, con la lluvia en el pelo y la sonrisa abriéndose en tus labios. Corriendo por las calles alumbradas de ti. Sintiendo ya en la anticipación de esos cinco minutos el pliegue de un espacio sin tiempo que sólo puede durar lo que una vida eterna.
Sólo que Victor Jara lo cantó mucho mejor:
¿Quién no te recuerda, Amanda? ¿Quién podría no recordarte? Si encarnas la esencia del enamoramiento hilada en la melodía sencilla de unas pocas palabras. Si todos hemos sido tú, Amanda, y lástima de aquél que no alcance a mirarse en el espejo de tu sonrisa luminosa bañada por la lluvia. Si todos sabemos de esos cinco minutos eternos, de la falsa eternidad impaciente de su espera.
Te imaginamos como te describe la canción, Amanda, caminando apresurada por las baldosas mojadas, rauda y brillante. Te parecía que esos cinco minutos nunca llegarían, demorando lentamente su venida, dilatando el tiempo precedente del tictac perezoso del reloj. Pero, aún así, nada ha logrado desdibujar el arco de tus labios mientras te proyectas entera sobre ese momento, sobre la perspectiva segura que hace trizas el cansancio de la jornada, vivificando cada músculo de tu cuerpo, evaporando la acidez de un mal gesto, de una voz agria. Como de lejos, percibes la envidia inofensiva, la melancolía, la tristeza nostálgica por lo vivido con que tus compañeras observan esa alegría que te traspasa e irradia por tus costados, por los costurones mil veces zurcidos de tu bata. Porque, algunas en su memoria, otras en su deseo, se reconocen en ti y algo hondo se conmueve en sus párpados al descifrarse en cada uno de tus movimientos ágiles, en tu canturreo callado.
Cuando apenas falta un rato para esos cinco minutos, te vemos agitarte, contenerte en tu agitación, rogar por el más veloz correr del tiempo, volver a aplacarte tú misma, constante vaivén de ansia y calma pautado por tu corazón. Porque los cinco minutos ya casi están ahí, nadie vendrá a arrebatártelos, suspiras confiada, dejas entonces que el corazón se esponje hasta no caber en tu pecho e iniciar de inmediato una nueva contracción, desbordado una vez más en la aceleración de la impaciencia.
Y ahora que caminas hacia la fábrica no hay dolor en tus muñecas, ni frío de lluvia en tus mejillas, sólo esa precipitación, la ansiedad ya irrefrenable que dispara un pie detrás de otro como bailan en tu cabeza las imágenes acariciadas durante las largas horas del día. La sonrisa ancha grabada en tu rostro como un sol que limpiara de polvo y pobreza esas calles, las calles que has acabado adorando, impregnadas del halo de tus emociones, fina película que te protege de toda la miseria del mundo, a ti, extraña pero indudablemente consciente de ser invencible en el amor.
Son las calles que te acercan a Manuel. Suena al fondo la sirena y apresuras aún más tus pasos, pisando fuerte al ritmo del latir vibrante de tus sienes. Manuel está a punto de salir para sus cinco minutos de descanso. Ya estás corriendo. Por ahí asoma el grupo de trabajadores. Serán sólo cinco minutos. Cinco escasos minutos. Pero no hay cálculo ni economía que resista las hazañas de Cupido. No hay ley de compensación que promedie entre el esfuerzo invertido y el premio recibido cuando de él se trata. Cinco minutos de desaparecer en sus ojos, de ahogarte en su boca, de hundirte en su abrazo, habrán valido, hasta el nuevo aullido de la sirena, lo que toda una eternidad inconmensurable embutida en el trazado geométrico de unas saetas. Cinco minutos que nutrirán tus sentidos florecientes y el deseo inabarcable de su reiteración.
Pero también, Amanda, eres la esencia de la tragedia más pura, del más terrible dolor en la pérdida. La pérdida del sustento de tu ser cuando todo gritaba en ti haberlo por fin encontrado. La pérdida inaudita de esa eternidad que, sin pertenecer a este mundo, habitaba misteriosamente el cuerpo de Manuel. Y aunque la canción ya no quiera decir más de ti, te imaginamos rota, quebrada por el golpe que ha dado cumplimiento a temores antiguos sólo entrevistos todavía en la distancia, desmadejada por la fatalidad demasiado temprana de pesadillas aún no plenamente soñadas. Para ti ya no habrá ni tan siquiera cinco minutos. Ni tan siquiera uno más. Las calles adoradas se habrán cubierto de sombras para siempre. La alegría germinada se pudrirá en tus huesos y brotarán de ellos gusanos de amargura. Y puestos a imaginar, quién sabe, Amanda, si la vida arrancada de Manuel no fue también tu propia muerte. La ausencia puede desgarrar tan salvajemente que no tolere zurcido alguno.
Por eso queremos recordarte, Amanda, con la lluvia en el pelo y la sonrisa abriéndose en tus labios. Corriendo por las calles alumbradas de ti. Sintiendo ya en la anticipación de esos cinco minutos el pliegue de un espacio sin tiempo que sólo puede durar lo que una vida eterna.
Sólo que Victor Jara lo cantó mucho mejor:










