martes, 18 de septiembre de 2007

Te recuerdo Amanda

Señoras y señores, hoy Antígona se nos pone un tanto romanticona. Ya, no es primavera. Pero dejémosla por esta vez...

¿Quién no te recuerda, Amanda? ¿Quién podría no recordarte? Si encarnas la esencia del enamoramiento hilada en la melodía sencilla de unas pocas palabras. Si todos hemos sido tú, Amanda, y lástima de aquél que no alcance a mirarse en el espejo de tu sonrisa luminosa bañada por la lluvia. Si todos sabemos de esos cinco minutos eternos, de la falsa eternidad impaciente de su espera.

Te imaginamos como te describe la canción, Amanda, caminando apresurada por las baldosas mojadas, rauda y brillante. Te parecía que esos cinco minutos nunca llegarían, demorando lentamente su venida, dilatando el tiempo precedente del tictac perezoso del reloj. Pero, aún así, nada ha logrado desdibujar el arco de tus labios mientras te proyectas entera sobre ese momento, sobre la perspectiva segura que hace trizas el cansancio de la jornada, vivificando cada músculo de tu cuerpo, evaporando la acidez de un mal gesto, de una voz agria. Como de lejos, percibes la envidia inofensiva, la melancolía, la tristeza nostálgica por lo vivido con que tus compañeras observan esa alegría que te traspasa e irradia por tus costados, por los costurones mil veces zurcidos de tu bata. Porque, algunas en su memoria, otras en su deseo, se reconocen en ti y algo hondo se conmueve en sus párpados al descifrarse en cada uno de tus movimientos ágiles, en tu canturreo callado.

Cuando apenas falta un rato para esos cinco minutos, te vemos agitarte, contenerte en tu agitación, rogar por el más veloz correr del tiempo, volver a aplacarte tú misma, constante vaivén de ansia y calma pautado por tu corazón. Porque los cinco minutos ya casi están ahí, nadie vendrá a arrebatártelos, suspiras confiada, dejas entonces que el corazón se esponje hasta no caber en tu pecho e iniciar de inmediato una nueva contracción, desbordado una vez más en la aceleración de la impaciencia.

Y ahora que caminas hacia la fábrica no hay dolor en tus muñecas, ni frío de lluvia en tus mejillas, sólo esa precipitación, la ansiedad ya irrefrenable que dispara un pie detrás de otro como bailan en tu cabeza las imágenes acariciadas durante las largas horas del día. La sonrisa ancha grabada en tu rostro como un sol que limpiara de polvo y pobreza esas calles, las calles que has acabado adorando, impregnadas del halo de tus emociones, fina película que te protege de toda la miseria del mundo, a ti, extraña pero indudablemente consciente de ser invencible en el amor.

Son las calles que te acercan a Manuel. Suena al fondo la sirena y apresuras aún más tus pasos, pisando fuerte al ritmo del latir vibrante de tus sienes. Manuel está a punto de salir para sus cinco minutos de descanso. Ya estás corriendo. Por ahí asoma el grupo de trabajadores. Serán sólo cinco minutos. Cinco escasos minutos. Pero no hay cálculo ni economía que resista las hazañas de Cupido. No hay ley de compensación que promedie entre el esfuerzo invertido y el premio recibido cuando de él se trata. Cinco minutos de desaparecer en sus ojos, de ahogarte en su boca, de hundirte en su abrazo, habrán valido, hasta el nuevo aullido de la sirena, lo que toda una eternidad inconmensurable embutida en el trazado geométrico de unas saetas. Cinco minutos que nutrirán tus sentidos florecientes y el deseo inabarcable de su reiteración.

Pero también, Amanda, eres la esencia de la tragedia más pura, del más terrible dolor en la pérdida. La pérdida del sustento de tu ser cuando todo gritaba en ti haberlo por fin encontrado. La pérdida inaudita de esa eternidad que, sin pertenecer a este mundo, habitaba misteriosamente el cuerpo de Manuel. Y aunque la canción ya no quiera decir más de ti, te imaginamos rota, quebrada por el golpe que ha dado cumplimiento a temores antiguos sólo entrevistos todavía en la distancia, desmadejada por la fatalidad demasiado temprana de pesadillas aún no plenamente soñadas. Para ti ya no habrá ni tan siquiera cinco minutos. Ni tan siquiera uno más. Las calles adoradas se habrán cubierto de sombras para siempre. La alegría germinada se pudrirá en tus huesos y brotarán de ellos gusanos de amargura. Y puestos a imaginar, quién sabe, Amanda, si la vida arrancada de Manuel no fue también tu propia muerte. La ausencia puede desgarrar tan salvajemente que no tolere zurcido alguno.

Por eso queremos recordarte, Amanda, con la lluvia en el pelo y la sonrisa abriéndose en tus labios. Corriendo por las calles alumbradas de ti. Sintiendo ya en la anticipación de esos cinco minutos el pliegue de un espacio sin tiempo que sólo puede durar lo que una vida eterna.

Sólo que Victor Jara lo cantó mucho mejor:


jueves, 13 de septiembre de 2007

De la seducción


En los comentarios de un post que nada tenía que ver con este tema, Escéptico y yo mantuvimos un pequeño debate sobre el significado de la seducción. La posición que en él defendí estaba básicamente relacionada con la figura clásica del seductor. A ella he querido dedicar lo que podéis leer a continuación.

De los muchos seductores que han poblado la historia de la literatura, siempre me ha inquietado especialmente la figura que Kierkegaard creara en su obra "Diario de un seductor", tal vez porque su complejidad y sutileza psicológicas hacen de su protagonista un personaje tan ambiguo como tenebroso.


Las diversas plasmaciones literarias en que ha cobrado forma la figura del seductor dibujan una serie de rasgos que, a mi juicio, vendrían a constituir su modelo prototípico. Pese a que en ellas dicho modelo se ha asociado fundamentalmente al varón, pienso que tales rasgos carecen en esencia de género, pues reflejan más bien una actitud del individuo frente a sus semejantes, por lo general los del sexo opuesto, perfectamente aplicable, al menos en la sociedad de hoy en día, tanto a hombres como a mujeres. Así que si bien de ahora en adelante utilizaré por mera comodidad el término masculino, entiéndase en todo caso que lo que diga al respecto lo considero válido para ambos sexos.


Habitualmente se atribuye al seductor la aspiración a obtener los favores sexuales de otro individuo mediante alguna suerte de engaño. Sin embargo, no es el sexo en cuanto tal lo que mueve al seductor. Su placer proviene ante todo del proceso mismo de la conquista, del periplo excitante de la caza, de manera que cuanto más difícil de alcanzar sea su presa, mayor será su disfrute. El acto sexual sólo representa entonces la culminación de todo un conjunto de estrategias cuya cuidadosa premeditación y puesta en práctica configuran el verdadero atractivo de la empresa de la seducción. Una culminación que, además, dará paso al abandono de la presa, pues una vez conquistada y poseída carecerá ya de todo interés para el seductor.

Dado que se presupone en el seducido una resistencia o franco rechazo a conceder los favores sexuales que el seductor pretende ganar, su objetivo estribará principalmente en doblegar esa resistencia, en someter la voluntad de su víctima, provocando en ella un deseo de rendición impensable sin ese conjunto de estrategias desplegadas. Es por ello por lo que el engaño es el factor clave del arte de la seducción: para lograr sus propósitos, el seductor deberá hacer creer al seducido que sus intenciones son muy distintas de las que realmente le animan. Pero la principal arma del seductor no habita tanto en la mentira como en la ambigüedad, en las medias palabras, en los juegos psicológicos que induzcan al seducido a creencias erróneas. Entre ellas, la más común será la de que el seductor le profesa un amor verdadero, un amor tan puro que el seducido no temerá, finalmente, saltar las barreras socialmente establecidas para su entrega absoluta.



El texto de Kierkegaard se presenta como la transcripción, realizada por un personaje anónimo que da con él casualmente, del diario personal de Johannes, considerado por aquél como un ser corrompido y abocado a la desgracia. El diario comienza con la primera ocasión en que Johannes ve a una muchacha de la que dice haberse enamorado apasionadamente. Nuevos encuentros azarosos le descubrirán que la muchacha se llama Cordelia, y encandilado por su belleza pondrá en marcha un minucioso plan estratégico para introducirse en su vida y despertar su amor hacia él. Sin embargo, conforme avanza el diario, se va haciendo cada vez más evidente que los sentimientos de Johannes, por más que él los describa como amorosos, son de una naturaleza un tanto peculiar. Johannes piensa que "la mujer existe esencialmente para otro ser", de forma que la única tarea dignamente femenina, aquella que podría llevarla al máximo de sus posibilidades, consiste en abandonarse completamente a su amado, en sacrificarlo absolutamente todo por él. Es ahí cuando la mujer logra su mayor brillo y belleza, y cabrá obtener de ella los más "grandes y verdaderos placeres". Por ello, Johannes se propondrá que Cordelia, en quien intuye una feminidad auténtica, termine por pertenecerle con todo el ardor y pasión que pueda desarrollar hacia él, puesto que sólo en ese momento habrá ella llegado al punto más elevado de su condición de mujer.

Descrito en estos términos, y dejando al margen el prejuicio histórico machista que entraña la actitud de Johannes, nada de reprobable parece haber en sus intenciones. Él está además firmemente convencido de estar brindando a Cordelia el acceso a todo un mundo de emociones y sentimientos que ningún otro hombre de su provinciana ciudad podría ofrecerle. No obstante, las palabras finales que cierran el diario, escritas una vez Johannes ha conseguido pasar una noche con Cordelia, pondrán de manifiesto el carácter profundamente inmoral de su juego de seducción:

¿Por qué no había de durar infinitamente una noche como ésta?
Ahora, ya ha pasado todo; no deseo volverla a ver nunca más...
Una mujer es un ser débil; cuando se ha dado totalmente lo ha perdido todo: si la inocencia es algo negativo en el hombre, en la mujer es la esencia vital...
Ya nada tiene que negarme. El amor es hermoso, sólo mientras duran el contraste y el deseo; después, todo es debilidad y costumbre.
Y ahora ni siquiera deseo el recuerdo de mis amores con Cordelia. Se ha desvanecido todo el aroma. Ya ha pasado la época en que una muchacha podía transformarse en heliotropo a causa del gran dolor de que la abandonasen...
Ni siquiera deseo despedirme; me fastidian las lágrimas, y las súplicas de las mujeres, me revuelven el alma sin necesidad.

En un tiempo la amé, pero de ahora en adelante ya no puede pertenecerle mi alma... De ser un dios, haría con ella lo que hizo Neptuno con una ninfa: la iba a transformar en hombre...

En el momento en que sucumbe a las estratagemas de Johannes, Cordelia pierde definitivamente para él todo su atractivo, pues la misma entrega que la ha elevado al máximo de su esplendor la ha destruido a sus ojos: desaparecida su inocencia, su feminidad ha quedado intrínsecamente dañada. Johannes sólo ha pretendido hacer brillar a Cordelia en la exaltación de su pasión de mujer para disfrutar él mismo de ese brillo, el brillo fugaz de un bello objeto que ahora, ya inservible, puede ser despreciado y abandonado sin remordimientos.

La figura del seductor perfilada por Kierkegaard se revela así lastrada por una evidente inmoralidad: el seductor contempla al seducido como un mero instrumento al servicio de su placer, y desecha cualquier posible reconocimiento o identificación con el dolor que sus acciones le hayan infligido. Porque en la relación de poder que su causa comporta, el seductor se niega sí mismo aquella capacidad cuya ausencia sólo puede conducir, según lo entiendo, a la deshumanización del otro: la capacidad de ponerse en su lugar.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Añoranza


Un dedo que en la premura se dirige como impulsado por un resorte hacia el número equivocado, y tener que descender, con sorpresa de inmediato aplacada, un tramo de escalera. Una ligera sensación de extrañeza, superada al segundo, ante el desajuste entre la fuerza imprimida al abrir una puerta y su falta de oposición. Un paso en falso en la dirección errónea y la momentánea desorientación de apenas lo que dura un parpadeo. Gestos cotidianos en los que una memoria fundida al cuerpo se impone con un quiebro sobre el presente con los automatismos adquiridos en otro tiempo y lugar.

Y es entonces cuando, en medio del propósito cotidiano y el trayecto que lo guía, se entreabre la imagen, el olor, el sentimiento que, por un breve lapso de tiempo, trae consigo la niebla liviana ante lo que te rodea, la ausencia inocua, el perder pie carente de la fuerza que depararía el tropiezo.

Pero en esos instantes, el pesar por una lejanía que, bien lo sabes, sobrepasa lo geográfico si lo ya vivido siempre permanece a una distancia irrebasable. Y aún así, la conciencia de que más lejos queda todavía, dentro de una escala de medición imposible, lo acontecido en otros parajes, ante otra luz, bajo otro cielo. Pues frágil es su resistencia al olvido allí donde un horizonte radicalmente otro dificulta la evocación espontánea, el recuerdo trivial. Allí donde la realidad del ahora se construye sobre otras exigencias, desde una necesaria transformación de la mirada cuyos ojos carecen de espacio en sus cuencas para girar hacia atrás.

En esos instantes, la tristeza fugaz por lo desaparecido y la tentación de abandonarse al drama, al balance de la tragedia: los rostros amables que no verás más; la cocina testigo de interminables charlas con sabor a café por cuya ventana ya nunca mirarás; las viejas mesas de aquel local destartalado sobre las que pusísteis tanta risa sesuda y tanta reflexión alcohólica en noches irrecuperables; y sobre todo, la imponente presencia de aquellas montañas que sí, ahí siguen, pero ya sin ti, sin el que fuiste ni volverás a ser. Nunca. Ya no. Jamás. Palabras que entretejen la certeza de la pérdida absoluta. La verdad, tan antigua, de que cada inevitable movimiento hacia adelante destruye el suelo que en este preciso momento pisas.

Pero también, en esos instantes, la lucidez de la alegría por lo sentido, por lo aprendido. Por lo que sin pretenderlo ha quedado en ti, incorporado al filo de una piel, aquella con la que ahora te expones al mundo, que no requiere memoria gráfica y sobrevive a la implacable borradura del recuerdo.

Ya vendrá el tiempo en que todos ellos regresen. Ya llegarán los días en que la trayectoria recorrida exceda en intensidad y colorido a lo por venir, y entonces la memoria retorne pausada para aliviar el vacío creciente del futuro. Y crees comprender por qué los viejos caminan encorvados, bajo el peso de tanta vida vivida.

Ya estás en el último escalón que te ubica en el piso correcto. La puerta se ha cerrado con suavidad. Acabas de recobrar la dirección acertada. La añoranza no ha cesado. Tampoco la niebla que se ha posado sobre tus pestañas. Simplemente esperas confiado el gesto ya próximo que propicie un nuevo asalto del olvido y así te libere, una vez más, de lo que el misterio inagotable del presente sólo puede percibir como un bello lastre.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Memememememememe4: Mi primer sueldo


Por haber dudado de su predisposición para embarcarse en esto de los memes, me llega de manos de Escéptico uno inventado por él mismo que consiste en relatar qué es lo que hice con mi primer sueldo. Pues nada, Escéptico, asumo el "castigo" por mi desconfianza y os lo cuento :P

La primer dificultad con la que me topo es determinar cuál fue mi primer sueldo. Porque si me remito a algunas de las tareas por las que ya en tiempos inmemoriales recibí algún tipo de retribución (au-pair, labores de mantenimiento en campamentos de verano en el extranjero...), me resulta difícil considerarlas estrictamente como trabajo, pues tal retribución fue hasta cierto punto simbólica dados los beneficios que, en otro orden de cosas, se presuponían a tales experiencias. Y si por el contrario escojo el momento en que por primera vez me llegó al banco una bonita nómina, éste ha tenido lugar tan tarde, gracias a circunstancias por las que me siento afortunada, que me da un pelín de vergüenza relatarlo aquí públicamente. Así que situaré mi primer sueldo en lo que yo, subjetivamente -y no de forma muy agradable, dicho sea de paso-, experimenté como mi primer contacto con el mundo laboral.

Tenía diecinueve años, estudiaba por aquel entonces una carrera que ya había decidido abandonar cuando finalizara el curso y estaba ansiosa por conocer mundo. Pero para conocer mundo hace falta dinero y se me ocurrió que una manera de conseguirlo compatible con mis estudios era solicitar trabajo en alguna de las chocolaterías que en las fiestas locales de mi ciudad se mantienen abiertas las veinticuatro horas del día para satisfacer las necesidades del aluvión de turistas recibido. Me aceptaron en una de las más tradicionales, un establecimiento pequeño ubicado en el centro y regentado por una familia. En estas fechas fijaban turnos de doce horas, así que durante una semana trabajé de nueve de la mañana a nueve de la noche detrás de la barra sirviendo principalmente chocolate con buñuelos que una señora, empleada también exclusivamente para las fiestas, freía en un gran caldero situado a pocos metros de la barra. El trabajo resultó francamente agotador. Cuando llegaba por la mañana bandas de música enteras desayunaban en la barra y había que ir fregando tazas al mismo ritmo que éstas se utilizaban. El ritmo era frenético, pero por primera vez descubrí lo despacio que puede pasar el tiempo en este tipo de tareas que requieren un esfuerzo más físico que mental y la sensación de que una vida consumida por el trabajo podía convertirse en algo ciertamente invivible. No sin cierta admiración, me sorprendía que mi compañera de trabajo, la chica que habitualmente trabajaba detrás de la barra en el establecimiento, llevara con tal sentido del humor esa ampliación de su jornada habitual y buscara, de la mejor manera posible, un mínimo de diversión en las horas que compartíamos. Para mí la verdadera vida, la vida digna de vivirse, quedaba fuera de ellas. Y puesto que sólo conseguía emplear el escaso tiempo libre que me restaba en arrastrarme hasta casa, ducharme concienzudamente para librarme del intenso olor a fritanga que me impregnaba de pies a cabeza, intentar ver alguna película y dormir, esa vida se había reducido prácticamente a nada.

Por fortuna, el esfuerzo valió la pena y con el dinero obtenido, sumado al que pude conseguir con otros trabajillos, en verano compré un ticket llamado Interrail que permitía utilizar durante un mes de manera ilimitada trenes de un gran número de países europeos y me fui a recorrer, mochila al hombro y junto al chaval con el que salía por aquel entonces, algunas de las ciudades que siempre había soñado ver. Nuestro primer destino fue París, donde permanecimos casi una semana visitando museos, deambulando por sus calles y asustándonos de los elevados precios. Después estuvimos unos pocos días en Alemania, concretamente en Baden-Baden, desde donde nos desplazamos un día de excursión a Friburgo, y por espacio sólo de una tarde en Munich. Luego vinieron Praga, Budapest, unos días en un pequeño pueblecito suizo para descansar tirados en la hierba, y ya finalmente Venecia, donde cogimos el tren de regreso a casa. El viaje se prolongó prácticamente todo el mes de validez del ticket y en parte fue una experiencia algo dura, pues el dinero del que disponíamos era escaso y no hubo más remedio que economizar gastos aprovechando los desplazamientos en tren para ahorrar noches de albergue, comiendo en parques lo que habíamos comprado en supermercados y permitiéndonos muy escasos lujos. Por otra parte, se nos acabó imponiendo la sensación de que era imposible mantenerse receptivo a tanta novedad durante tantos días seguidos y de que, llegado cierto punto, nuestros sentidos empezaban a saturarse por los muchos estímulos recibidos sin que lográramos ya disfrutarlos como al principio. Pero éramos jovenes y supongo que fue inevitable que al planificar la ruta y el número de destinos no nos dejáramos arrastrar por la curiosidad y por la avidez de ver mundo.

Nunca he vuelto a hacer un viaje tan largo ni creo ya que lo haga. Con los años he acabado descubriendo además que la mejor forma de tomarle el pulso a una ciudad es vivir un tiempo en ella. Sin embargo, reconozco que fue una experiencia intensa y enriquecedora, y el viaje interior que todo viaje supone me ayudó a conocerme mejor a mí misma y a tomar o a reafirmarme en decisiones que serían para mí determinantes en los años venideros.


Y con esto -como siempre un poco excesivo, ay, qué le vamos a hacer- doy por concluida la realización del meme, que voy a pasar a Koolauleproso, a Mandarinada Contraproduent y a Gato. Esta vez no dudaré de la predisposición de nadie, no sea que luego me caiga una lluvia de memes, pero como siempre, sabéis que esto de los memes sólo es una invitación y como tal hay que tomarla. ¡Besos a todos! :)


martes, 28 de agosto de 2007

Vergüenza


Eugène Delacroix (1825-26): "El duque de Orleans mostrando a su amante"

El duque de Orleans muestra a su antiguo chambelán, Aubert le Flamenc, el cuerpo desnudo de su propia mujer tapándole el rostro con las sábanas. El marido mira complacido el bello cuerpo de la amante del duque, sin percatarse de la impostura.


Por complacerle has aceptado la proposición, la burla dentro de la burla, el engaño duplicado, voluntariamente ciega a su peligro. Ahora te descubres víctima de un embuste igualmente doble, doblemente doloroso. Ahora tiemblas imperceptiblemente de impotencia y asco de ti, asco de aquellos a quienes a contratiempo amaste y a los que tu docilidad ha condenado a odiar al unísono. Ahora colorea tu rostro la vergüenza.


Vergüenza por su excitación, por la lujuria que su voz destila ante tu cuerpo desnudo, ese mismo cuerpo que todas las noches reposa a su lado privado de desnudez, sin luz que lo alumbre, envuelto en castas tinieblas. Y es que leyes no escritas dicen, y así él lo quiere, que sus caricias deben limitarse al camisón de lino, el contacto a las estratégicas, obscenas aberturas de la tela que, como una mortaja, te enfunda con el fin de frenar un deseo prohibido -el tuyo- liquidado en pleno florecimiento, evaporado tras largos años de frustración y tedio. Su moral heredada fuerza al pudor en la unión legítima, pudor salvaguarda de tu obligada inocencia, dique de contención para una pasión que en ti, mujer, rebasaría el umbral de lo perverso. En un mundo escindido, debes ser para él cielo y no infierno, ángel de pureza y nunca demonio, virgen perpetua antes que puta. Pero tu imprudencia ha revelado cómo sólo a ti, en nombre de la decencia, te ha sido impuesto el recato. Cómo él se prodiga en caricias a otros cuerpos de mujer cuya deshonra permite el placer mutuo, un placer que en ellas, ya extraviadas, no conoce culpa alguna.

Vergüenza por el descaro del duque, que en la exhibición impúdica te ha reducido a pieza cazada para incremento de su prestigio de seductor y experto amante, convirtiéndote en trofeo animal de su vanagloria, objeto de idéntica lujuria entreverada del orgullo por el logro y la posesión, instrumento de regocijo disimulado por quién sabe qué oscuras venganzas, qué antiguas deudas saldadas a costa de regalar a su adversario la blancura de tu piel. Su gesto contamina el recuerdo de toda intimidad, de toda ternura vivida. Y percibes con nitidez que no hay espacio para el amor en esa exposición a la mirada ajena, ni nunca lo hubo, si el amor exige reservar a quienes lo comparten el tesoro sagrado de su entrega. Y que entonces cada promesa estaba habitada por mil mentiras.

Pero, ante todo
, vergüenza de ti misma, pues tu aceptación, tu desnudez consentida ante quien nunca quiso verte, han transformado en humillación lo que en brazos del duque sólo buscaste como verdad del amor hecho carne, con la avidez curiosa de quien desea arrancar a la vida los misterios más profundos del espíritu y la materia, convencida de que ahí no todo podía pertenecer al pecado. Y en tu rubor resuenan las voces ancestrales de tantas mujeres doblegadas, te insultan y desprecian, te reprochan tu impureza, sin saber que por su boca no habla más que la negación y el acatamiento de una felicidad fingida, necesariamente incompleta. Porque la vulgaridad de las palabras oídas en este breve intervalo embrutece el placer alcanzado, la dicha sentida. No hay objeto que permanezca inmaculado al tacto de unas manos manchadas.

Cuando esta noche descanses de nuevo en el lecho legítimo, él se acercará a tu cuerpo con el habitual decoro. Sin embargo, en la violencia controlada con que se adueñará de él adivinarás que sueña con la transparencia de la piel de la amante del duque, con la redondez de sus muslos, con la negrura delicada de su pubis, sin sospechar que ése es precisamente el cuerpo sobre el cual se esfuerza por ahogar sus jadeos, apenas un murmullo en el silencio, apenas una leve escoriación a tu decencia. Y te acometerá entonces la tentación de revelar el engaño, de mostrarle el lunar junto a la ingle que propicie el reconocimiento, de hacerle sufrir esa misma vergüenza que ahora te asalta.

Pero simplemente hundirás la cabeza en tu hombro, como en estos momentos, y serás consciente de que ya nunca más habrá blancura para ti: la memoria de las sábanas blancas que ahora cubren tu rostro y esconden tu identidad acabará por teñirla del más sucio de los grises.


jueves, 23 de agosto de 2007

Porvenir, ¿dulce o amargo?

Los seres humanos soportamos mal la fatalidad, los acontecimientos sobrevenidos sin explicación plausible que de la noche a la mañana hacen pedazos nuestra existencia y nos abocan a la desesperación y al sinsentido. Un accidente de tráfico, una catástrofe natural, un edificio que se derrumba, o una simple maceta caída de un balcón. ¿Sin explicación plausible? No, por supuesto que la hay. Siempre podemos remontarnos a causas físicas que den cuenta de lo sucedido. Pero no es ésa la explicación que deseamos, sino otra muy distinta: ¿por qué a mí? ¿por qué en este momento de mi vida? ¿por qué a los míos? Y para ella no tenemos más respuesta que eso que llamamos fatalidad, el azar puesto sorpresivamente en nuestra contra, escupiéndonos en pleno rostro nuestra humana fragilidad.

Es entonces cuando la tentación de encontrar culpables se vuelve más amenazadora y peligrosa que nunca. Cuando la impotencia, el dolor y la rabia nos empujan a una absurda caza de responsables que paguen por nuestro sufrimiento, que compensen lo incompensable, lo que de manera irrestituible nos ha sido arrebatado. Cuando más cerramos los ojos ante el hecho de que hay cosas que suceden porque sí, sin más, sin que quepa discriminar entre culpables e inocentes. Ante el hecho, en definitiva, de que sólo por casualidad estamos aquí y sólo seguiremos estando aquí si esa misma casualidad así lo quiere.



Fatalidad, inocencia, culpa. Éstos son para mí los temas fundamentales que se plantean en la película El dulce porvenir (The sweet hereafter, 1997) de Atom Egoyan. A través de una compleja serie de saltos en el tiempo, en ella se nos cuenta la terrible tragedia que ha asolado a una pequeña comunidad canadiense: el único autobús escolar del pueblo sufre un accidente y todos los niños que van en él mueren, con excepción de Nicole (una jovencísima Sarah Polley, protagonista posteriormente de Mi vida sin mí), que ha quedado paralítica. Al poco acude allí Mitchell Stephens (Ian Holm), un abogado que tratará de convencer a sus padres de que el suceso no ha sido un mero accidente y les propondrá que demanden a la compañía de autobuses para cobrar una indemnización. Stephens se presentará ante ellos como aquella persona capaz de "canalizar su ira", como el instrumento que les permita hacer justicia. Sin embargo, tras su actitud beligerante no se ocultan intereses económicos, sino una tragedia personal que le acerca y asemeja a sus defendidos: también él ha perdido a su única hija, que, aunque viva, ha arruinado su existencia víctima de las drogas.



A partir de determinado momento la narración de los hechos a los que asistimos se funde, en la voz en off de Nicole, con la del cuento de Robert Browning El flautista de Hamelin. La fatalidad se encarna entonces en la figura del flautista que, furioso con quienes le prometieron una recompensa por librar al pueblo de las ratas que luego no cumplieron, atrae a los niños del cuento con su música y los encierra en lo más profundo de una montaña. Y así como la acción del flautista responde a una voluntad de castigo, la película también sugiere cómo esta idea ronda a los padres de los niños fallecidos en el accidente, y con ella la de una culpa abstracta que los haría merecedores de su pérdida. Por ello la mayoría se dejará arrastrar por el abogado, como si quisiera trasladar ese sentimiento de culpa a un agente externo que les redimiera de ella, como si el hallazgo de un culpable pudiera tranquilizar sus conciencias.

Identificándose con el niño tullido del cuento, aquél que al no poder seguir el ritmo de sus compañeros de juegos llega a la montaña cuando sus puertas ya se han cerrado tras ellos, será Nicole quien ponga fin al absurdo proceso. La verdadera pretensión del abogado es evitar que futuros niños pierdan la vida en condiciones semejantes, contribuir, según dice, a crear un porvenir más dulce donde los niños, símbolo de la inocencia, se encuentren más a salvo. Pero Nicole intuye que ese afán de protección absoluta carece de sentido, que nada puede asegurarnos contra la tragedia, y que incluso la fatalidad, asumida en las transformaciones que supone, afrontada cara a cara, puede ser la llave que abra las puertas de un porvenir quizás distinto al deseado, pero quién sabe si no más dulce.

Así lo oímos de su voz cuando, como si ella misma hubiera presenciado esa escena, dos años después Stephens se encuentra fortuitamente con Dolores, la conductora del autobús escolar, ya rehabilitada del accidente:

Al verla dos años después, me pregunto
si comprende algo.
Me pregunto si entiende que todos nosotros,
Dolores, yo, los que sobrevivimos y los que no,
todos somos habitantes de un pueblo nuevo hoy,
un lugar con sus propias reglas y leyes,
un pueblo que vive en el dulce porvernir.

Donde las aguas brotaban
y los frutales crecían
y las flores tenían colores más bellos
y todo era nuevo y extraño,
y todo era nuevo y extraño.


viernes, 17 de agosto de 2007

¿Y si hablamos de arte?


En materia de arte soy más bien ignorante. Muy ignorante, incluso. Tal vez por ello cada vez que voy a un museo mi cabeza se llena de interrogantes para los que no consigo encontrar respuesta. Juraría, además, que se trata de una experiencia compartida. Vosotros me corregiréis...

Ya el propio recinto que supone el museo me resulta problemático. No me extrañaría que mi capacidad de asimilación fuera muy escasa, pero reconozco que un par de horas contemplando cuadros acaban por rebasarla y la sensación de saturación desemboca en pura ceguera. Por otra parte, la profusión de cuadros invita a un recorrido a todas luces apresurado que me parece rayar en el sinsentido. Porque, ¿qué hemos percibido de cada uno de los cuadros si apenas hemos permanecido un par de minutos -y a lo mejor ya es mucho- frente a él? ¿Qué experiencia pueden proporcionarnos en tan escaso margen de tiempo y rodeados de tantos otros cuadros que también deben llamar nuestra atención? ¿No es, paradójicamente, un museo el lugar menos propicio para abandonarse a las sensaciones que, se supone, la obra artística quiere transmitirnos? Tiendo a pensar que sólo podríamos acercanos al misterio que esconde cada una de ellas tras largas horas no sólo de contemplación, sino incluso de convivencia con la propia obra, que así se nos aparecería bajo diferentes luces a lo largo de un día o templada por nuestros diversos estados de ánimo. Ya lo sé, pido un imposible. Pero a lo mejor en este caso también podría hacerse valer aquel "seamos realistas..." del sesenta y ocho.

Más allá del propio marco en que a nosotros, habitantes del siglo XXI, se nos ofrece el arte, es probablemente su propia historia y el momento que nos ha tocado vivir de ella lo que más preguntas me suscita. Al disponer los cuadros con una ordenación cronológica, cada museo es como un espejo de la historia del hombre donde se reflejan las inquietudes, las formas de la sensibilidad y las diversas maneras de entender el mundo que le han ido caracterizando a lo largo del tiempo. Se trata, por otra parte, de una historia contada de una manera peculiar: la que, según hemos oído desde niños, pivota sobre la construcción y percepción de la belleza. Pese a que las dimensiones y motivaciones que entraña cada obra de arte son múltiples y complejas, los conceptos de belleza, goce estético y disfrute de la sensibilidad son probablemente los que más familiares nos resultan cuando reflexionamos sobre el sentido del arte. Aunque también sabemos que la percepción de la belleza ha variado en el curso del tiempo y que el alcance y constitución de nuestra propia sensibilidad pertenece, en consecuencia, a un momento histórico preciso y limitado.

Sin embargo, precisamente por ello, ante las obras de algunos movimientos vanguardistas del siglo XX no puedo dejar de sentir una cierta desazón. Porque en ellas la cuestión de la belleza parece volverse irrelevante, cuando no imposible, y los interrogantes que se nos imponen son más bien los siguientes: ¿qué es lo que su autor quería decirnos con esta obra? ¿cuál es su significado? Y en el peor de los casos, ¿por qué carajo -sí, hasta con irritación- es esto una obra de arte? Si además estamos al tanto de la burla a la institucionalización del arte llevaba a cabo por Marcel Duchamp al introducir un urinario en una prestigiosa galería de arte -provocación que ha sido entendida como una denuncia al hecho de que el criterio para distinguir una obra de arte de lo que no lo es resida hoy por hoy en su mera ubicación en el contexto de un museo-, sospecharemos incluso si no podríamos estar siendo víctimas de una notable tomadura de pelo.

Os pondré algunos ejemplos de a qué me refiero:



Este es un cuadro de Piet Mondrian, titulado Composición de colores I. Hay que admitirlo: el título no invita a lanzarse a la búsqueda de un supuesto enigma oculto tras el simple trazado de verticales y horizontales. A mí, cautivarme no puede decirse que me cautive. Más bien me deja un poco fría y lo primero que se me viene a las mientes es que con un buen rotring y una caja de acuarelas podría tener un Mondrian en mi casa. Vale, frivolidades aparte, ¿es esta sensación de frialdad la que Mondrian quiere provocarnos? ¿Nos está sugiriendo algo así como la simplicidad y vacío del hombre del siglo XX, su exceso de racionalidad, su mentalidad calculadora? A simple vista, imposible saberlo, y tendríamos más bien que remitirnos a un tratado de arte para averiguar las intenciones de Mondrian y saber por qué hemos de apreciar este cuadro como una obra de arte.



En esta otra pintura, ahora de Mark Rothko, el título, Verde sobre morado, vuelve a limitarse a una constación aséptica de lo que en él se puede ver. Se nos ocurre que con este lienzo, de grandes dimensiones al natural, Rothko querría fundamentalmente sumergirnos en la experiencia del color. Las sensaciones que suscita son muy distintas a las del cuadro de Mondrian. Sin embargo, nuevamente nos topamos con una simplicidad que cuanto menos nos deja perplejos. ¿Es tal vez esta perplejidad lo que se aspira a generar en nosotros? ¿Es esto una obra de arte por su originalidad, es decir, porque, a la vista de cualquier cuadro del Renacimiento, esta versión del arte resulta totalmente inesperada? Creo que otra vez tendremos que recurrir al manual.



Y un último cuadro de Jackson Pollock, esta vez con un título más sugerente: Ritmo de otoño, número 30. Al contrario que en los ejemplos anteriores, aquí no percibimos simplicidad, sino caos y confusión. La sensación es de vida, de movimiento y uno puede perderse tratando de imaginar figuras, conexiones de formas en medio de ese magma de líneas Pero, ¿por qué Ritmo de otoño? Es cierto que el fondo marrón puede evocarnos el otoño, pero ¿y el resto? ¿Pretende Pollock comunicarnos la experiencia subjetiva de un otoño caótico vivido por él? ¿Qué sentido tiene para nosotros? El manual, por favor...

No voy a poner en duda que tras estos cuadros se esconde una voluntad creadora y expresiva tan potente como la que reside en el arte de otras épocas. Incluso su visión me recuerda ciertas teorías de Theodor Adorno sobre la función esencialmente crítica del arte en una sociedad desgarrada por profundas contradicciones. Es innegable que tratan de decirnos algo. Pero por ello mismo lo que sí me parece bastante obvio es que este arte, al menos en comparación con otros momentos de su historia, apela más a nuestro razonamiento y afán de comprensión que a nuestros sentidos, más a nuestra cabeza que a nuestro corazón. Y que apreciar el arte contemporáneo requiere de un saber teórico por el que se demuestra que nuestra experiencia del mismo poco puede tener que ver con la de los fieles extasiados en la Capilla Sixtina ante los frescos de Miguel Ángel. ¿Algo hemos perdido? ¿Algo hemos ganado? Difícil precisarlo.

Me ha salido un post bastante rollero, sí, pero espero que sabréis disculparme. Y desde luego me encantaría conocer vuestras impresiones como visitantes de museos que sóis o habéis sido.