domingo, 12 de agosto de 2007

El tiempo que nos duele


"... Sí, como le digo, él viajaba con frecuencia y solía coger los mismos vuelos, más o menos los mismos días de la semana. No sabría decirle por qué me fijé en él, era un tipo alto y desgarbado, más bien flaco, pero muy normal por lo demás, probablemente porque siempre se sentaba en alguna de las mesas más cercanas a la barra y se ponía a escribir en un cuaderno de tapas duras que llevaba, se notaba que lo que escribía no tenía que ver con su trabajo, un diario personal quizás, o reflexiones al azar, o al menos eso me parecía a mí, con frecuencia se quedaba con la punta del bolígrafo apoyada entre los dientes y mirando al vacío, como si estuviera tratando de concentrarse, y luego al cabo de un rato sacaba un libro y se ponía a leer, aunque siempre se le veía inquieto, no es raro en los aeropuertos, la gente pasa mucho tiempo esperando, ya sabe, además de los enlaces, los retrasos, y ves los gestos de impaciencia, de cansancio. Un día se sentó en la barra, frente al lugar en que yo secaba y ordenaba la vajilla, pidió un café y cuando se lo serví me dijo algo así como cómo odio estos lugares, chaval, sin mala leche, simplemente como si lo sintiera de verdad y no hubiera podido evitar soltármelo, supongo que yo le contesté alguna tontería como que se espera demasiado, que los aeropuertos son lugares de paso y tal vez por eso no muy acogedores, no sé, algún tópico por el estilo, y cuando terminé de hablar me miró a los ojos y me dijo, ¿sabes lo que pasa aquí?... en los aeropuertos, o en las estaciones de tren o de autobuses, me da igual... que nos duele el tiempo. Que nos duele el tiempo, lo recuerdo perfectamente porque después le he dado muchas vueltas a esa frase, yo creo que lo que quería decir con ella era algo que yo ya había pensado antes, sin llegar a pensarlo del todo, ¿sabe?, observando a la gente, pero el modo en que lo dijo me sorprendió y me quedé mirándolo con el trapo en la mano, y él continuó, y en los vagones del metro, y en la consulta del médico, y en la cola del banco, pero sobre todo aquí, porque aquí uno sabe por lo general cuánto tiene que esperar, son las doce y media y a la una hay que embarcar, o son las cuatro y aún tienes una hora por delante, y por eso se mira constantemente el reloj, se sabe cuánto tiempo queda en esa franja limitada, cuánto de menos va quedando, y uno trata de que ese tiempo pase lo más deprisa posible, como si doliera, porque está deseando coger el avión o el tren, llegar a casa o al lugar de destino, que empiece el tiempo que verdaderamente cuenta, y escribe algo, lee, mira a la gente, y a lo mejor con un poco de suerte consigue olvidarse de dónde está, pero todo eso que hace no tiene más que un objetivo, que es matar el tiempo, es así como se dice, matar el tiempo, o hace un crucigrama, para eso están los pasatiempos ¿no?, para que el tiempo pase, lo dice la palabra, como si el tiempo no pasara por sí solo... pero no, aquí no se puede hacer más que matarlo, porque qué más se puede hacer, sólo intentar llevar lo mejor posible la espera, el vacío que uno siente aquí sentado, deseando que los minutos transcurran, y el aburrimiento, porque yo creo que eso es lo que sentimos cuando nos duele del tiempo, y nos duele porque el aburrimiento nos planta delante del vacío, de la nada, de repente nos vemos sin agarradero, no podemos centrarnos en el libro, ni en el crucigrama, nos faltan las ganas y sólo lo intentamos para que el tiempo pase más rápido, pero el aburrimiento nos come y tenemos la sensación de que nada nos interesa más que coger ese puto avión, y que entre él y nosotros hay como un gran desierto que en el fondo somos nosotros mismos, nosotros mismos frente a un tiempo en el que no podemos hacer gran cosa y que por eso duele y lo queremos matar cuanto antes. Recuerdo que me quedé un poco aturdido ante ese torrente de palabras, no sabía qué decir, él seguía mirándome y yo con el trapo en la mano, tampoco aparecía ningún otro cliente, eso me hubiera obligado al menos a una interrupción que me diera un poco de margen para pensar alguna cosa que decir, pero no venía ninguno, y entonces él, después de hacer una pausa para tomar aliento, continuó, y sabes, chaval, si uno se para a pensarlo bien se da cuenta de que en eso consiste la vida, de que los aeropuertos o las estaciones no son más que una gran metáfora de nuestra vida, de eso va el juego en realidad, de matar el tiempo, de buscarse distracciones, de empeñarse en hacer algo, y para qué, sino para que pase el tiempo, para huir del aburrimiento, para no ver el desierto, para que el tiempo no duela, no se puede hacer otra cosa, ¿qué otra cosa crees tú que se puede hacer?, yo diría que nada, sólo eso, ir matando el tiempo y tratar de olvidar que en el fondo sólo queremos matarlo, hasta que un día él nos mate a nosotros y entonces así al menos descansaremos y no tendremos que seguir buscando maneras de hacer que pase, el tiempo, digo, porque esto además de doler cansa, vaya que sí, y tanto que cansa. Y entonces miró el reloj y dijo algo así como, en fin, perdona, también yo ahora he estado matando mi tiempo contigo, seguro que tienes cosas que hacer, se tomó su café de un trago, dejó unas monedas encima de la barra y se apresuró hacia uno de los pasillos que conducían a las puertas de embarque. La siguiente vez que volvió me saludó como si fuéramos viejos conocidos, me dijo su nombre y a partir de entonces siempre charlábamos un rato cuando venía, sobre cualquier cosa, me caía simpático este tipo, aunque nunca volvió a hablarme del tiempo..."


Intentando, con más ganas que acierto, imitar al Bolaño de "Los detectives salvajes", con quien tanto he disfrutado de mis horas muertas.


30 comentarios:

Escéptico dijo...

Yo escribía un diario entre las hojas de un cuaderno rojo, de tapas duras, las cuales se anudaban con un cordel. Lo compré en India, en Rajhastán; era un cuaderno que llamaba la atención.

Mientras esperaba para coger el avión que debía llevarme hasta mi primer desierto, escribía en él la gran cantidad de emociones encontradas que provocaba aquel viaje en mi interior. Una mujer me obervaba. Yo no lo supe hasta meses después. Quiso el azar que fuera una de las personas que debían acompañarme los próximos días por el Sinaí.

Noches después nos penetrábamos bajo un cielo de estrellas extensísimo.

Luego, al volver, un día en el que hablábamos de nuestro primer encuentro me confesó que fue al verme escribiendo en aquel cuaderno cuando decidió fundirse conmigo.

Ahora no sé nada de ella. Pero mi cuaderno encierra más secretos de ella que mis recuerdos.

La soñadora indecisa dijo...

Mira, Antígona, tu texto es más que un ejercicio de estilo a la manera de Bolaño, tiene voz propia, la voz de alguien que tiene un estilo y que lo que cuenta es sólo la punta del iceberg, porque hay mucha historia por detrás de lo escrito. Me gusta mucho. ¿Escribes relatos?

Anónimo dijo...

Vaya tema que has sacado... El tiempo!!! El gran misterio del tiempo... Cronos y Kairos... Pero en absoluto estoy de acuerdo en que todos matemos el tiempo... O no de igual forma... Unos lo aprovechan algo más, incluso en los aeropuertos... Ya te pasaré un texto hermosísimo de Cela sobre el tiempo... Casi lo más bonito que yo le he leído nunca...

Antígona dijo...

Escéptico, los cuadernos pueden ejercer un enorme poder de atracción, que se lo cuenten a Paul Auster si no.

Lo que viviste gracias a ese cuaderno me ha traído a la cabeza una historia largo tiempo olvidada en mi cabeza en cierto sentido semejante a la tuya pero en otro muy diversa.

También viajo siempre acompañada de un cuaderno, sólo que en mi caso de tapa blanda y nada llamativo, cuestión de peso simplemente. Haciendo tiempo en una estación de tren de camino a Trento, un tipo me vió sentada en el suelo escribiendo en mi cuaderno y luego me abordó en el tren. También a él, según me dijo, le había llamado la atención el hecho de verme escribir. Yo rondaría los veinticinco y él pasaba de los cincuenta, pero no dudó, como buen italiano, en ponerse a coquetear y a la mínima me ofreció su coche cama. Aunque rechacé su ofrecimiento, había en él una mezcla de afán de seducción, paternalismo y delicadeza que me gustó, y sí acepté que me invitara a un café en el vagón restaurante, puesto que yo no llevaba encima ni una lira. Estuvimos charlando un rato y al finalizar el café nos despedimos cordialmente. Así que no hubo fusión, ni más recuerdos que este hecho puntual que hizo más llevadero un trayecto muy largo y lleno de complicaciones.

¡Un beso!

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Soñadora, me halaga lo que dices, pero francamente, el texto no pretendía ser más que un ejercicio de estilo, si bien, eso sí, en torno a un tema que me inquieta, supongo que como a todo el mundo de una manera u otra. Me alegra que te guste. He leído además en tu blog que eres amante de Bolaño, a quien yo he empezado a conocer hace nada. Y en cuanto a tu pregunta, pues no, no escribo relatos, o al menos todo lo que he escrito en los últimos tiempos que pueda recibir ese nombre se encuentra en este blog, y son más bien pocos. De muy muy joven alguna cosa hice, pero nunca con auténtica dedicación.

¡Un beso!

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JJ, el tiempo, en efecto, ese gran tema del que tanto se puede decir. Yo, si mucho me apuras, tampoco estoy de acuerdo en que todos matemos el tiempo. Lo planteado, sin embargo, es una manera -una entre otras, por supuesto- de entender nuestra relación con el tiempo que, como concepto, o como visión un tanto nihilista o existencialista más bien, no me parece del todo falsa. Somos tiempo y nuestra relación con él siempre es problemática, desde muchos puntos de vista. Otra cosa es que dentro de eso que puede llamarse, adoptando cierta perspectiva, "matar el tiempo" como manera general de contemplar nuestra relación con él, haya a su vez maneras diversas de emplearlo, de vivirlo, de disfrutarlo o malograrlo. Pero eso ya sería otro tema.

Encantada de leer ese texto de Cela, seguro que merece la pena.

¡Un beso!

Escéptico dijo...

Quizá no el paternalismo pero sí, sin duda, la delicadeza, es uno de los ingredientes que, como seductor, considero imprescindible. Y, claro, la sutileza.

De todas formas pienso que Italia, con su historia, no encierra la magia necesaria ni para la fusión ni para la fisión como está en el desierto. Allí somos todos carne de cañón.

Desde esta apatía agostera.

Gato dijo...

Joder qué nivel, muchacha... Bueno, no te voy a dorar la píldora que éso a mí no me va. Juas, lo que tiene gracia es que me tengas linkada.

Antígona dijo...

Escéptico, sutil no fue desde luego el tipo, eso hay que reconocerlo, aunque sí delicado. La actitud un tanto paternalista me gustó en ese momento porque reducía a mis ojos su talante seductor y de ella intuí, como en efecto sucedió, que no se pondría pesado ante mi negativa. Las acciones humanas son densas, complejas, y a veces se entremezclan en ellas impulsos contradictorios. Se trataba, en cualquier caso, de una persona interesante con la que fue agradable tomar un café.

No he estado nunca en el desierto, así que no puedo valorar lo que dices. Pero tampoco creo que se pueda generalizar sobre Italia o sobre los italianos. Hay de todo, como en botica.

Otro beso, agostero pero no apático ;)

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Gato, pues porque aunque hace mucho tiempo que no te comento, te sigo leyendo y riéndome muy a gusto con las cosas que cuentas en tu blog. Tienes mucha gracia escribiendo y un sentido del humor envidiable. Y que conste que a mí tampoco me gusta dorar la píldora :)

¡Un beso!

Gato dijo...

uish, pos gracias...

Escéptico dijo...

No, no, no, generalizar en lo referente al comportamiento del ser humano es necio. Cuando menos. Pero no hablaba de los italianos; me refería a que la magia -esa como conjunción de factores los cuales, de un modo misterioso, nos ponen en disposición de realizar cosas habitualmente impensables para nosotros- suele producirse más en unos lugares que en otros.

Creo que eso que mencionas debería ser el auténtico objetivo de la seducción: pasar un momento agradable.

Los desiertos: qué lugares. Es tal la cantidad de misterio, de amplitud, de silencio, de vida, de color, de profundidad, de luz, de sombras, de contradicción, de afirmación... Desde que la vida me llevó por primera vez a uno de ellos mi afán interminable por viajar me ha empujado a perseguirlos, a coleccionarlos como un entomólogo, guardando en pequeños frascos de cristal muestras de su arena. O de su agua. Pues a veces olvidamos los grandes desiertos helados.

NoSurrender dijo...

Yo, en cambio, en mis muchas estancias en aeropuertos por compromisos de trabajo, siempre he encontrado mi tiempo perdido. Sentado en un sillón viendo las pistas y observando a los viajeros he encontrado mucho más sentido a las cosas que en las propias reuniones que motivaban esos viajes. Eso sí, supongo que Bolaño –como yo- echaría de menos hacerlo mientras fuma un cigarrillo.

Deberíamos huir del horror vacui en el tiempo. Y no matarlo, sino acostarnos con él.

un beso, Antígona.

Antígona dijo...

Gato, de nada mujer ;)

¡Otro beso!

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Escéptico, perdona que te haya malinterpretado, me confundió tu "allí somos carne de cañón". Esa magia de la que hablas no la tengo asociada a ningún lugar concreto, o al menos no he sentido nunca que un determinado lugar ejerciera esa influencia sobre mí. En mi caso se remite más bien a personas concretas, que sí me han llevado a hacer cosas que nunca hubiera pensado.

Tienes razón en que tal vez ése debería ser el objetivo de la seducción. La cuestión es que es difícil practicar la seducción sin engaño alguno, al menos la seducción como trabajo y actitud para alcanzar un objetivo previamente fijado. Y entonces llegan los momentos desagradables. Como te dije antes en relación de Paul Auster, que se lo pregunten a Kierkegaard si no.

Fascinante lo que cuentas de los desiertos. Espera a que visite alguno y te lo confirmo ;)

¡Más besos!

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NoSurrender, a lo mejor es que en esa época no tenías otros lugares donde poder encontrar tu tiempo perdido. No odio visceralmente los aeropuertos, como el protagonista de mi historia, pero reconozco que no me gustan, mucho menos desde que no se puede fumar. Siempre tengo la sensación de estar perdida en medio de esos espacios tan impersonales, tan tremendamente gélidos, y de que todos los que me rodean están igualmente perdidos. Eso no quita, claro, para que en un momento dado, uno pueda llegar incluso a disfrutar de esa sensación de desolación y del tiempo vacío, calmado, sin obligación o tarea ninguna, que supone la espera.

Horror vacui, sí, creo que esa es la palabra justa. Aunque a lo mejor acostarnos con él no es sino otra forma de matarlo. Sólo que indudablemente mucho más placentera.

¡Un beso!

Marc dijo...

Pues no es de los peores sitios para esperar un aeropuesto, precisamente. Suelen ser amplios, luminosos e incluso confortables, al menos, algunos. Me resulta mucho más tediosa y angustiosa la espera de los autobuses y trenes en apeaderos desolados, sucios y , algunos, habitados por marginados.
Antes me decicaba a mirar las instalaciones y observar a la gente, ahora prefiero leer o cerrar los ojos.
Respecto al tiempo, asumo que hay momentos "improductivos" casi desde todos los puntos de vista, pero reconozco que a veces me duelen, sobre todo cuando soy yo el responsble directo de su existencia.

Un beso muy rápido (sólo por falta de tiempo, que ha esto no lo llamo yo perderlo;)

Escéptico dijo...

En cambio yo, que creo que la energía -base de las interacciones- reside en todo -en las personas, en las piedras, en las plantas, en los hogares y en los lugares- sí siento, el poderosísimo influjo que ejerce, no sólo el desierto, sino el mar, una casa o una senda.

Para mí la base de la seducción es el engaño, pero un engaño aceptado por ambas partes. La ficción como un pacto tácito.

koolauleproso dijo...

Fantástico post, entre Bolaño y nuestra común debilidad, Proust. Como dice antes "La soñadora indecisa" tienes talento, Antigona

Antígona dijo...

Marc, entiendo que esta experiencia del tiempo vacío se puede tener en lugares muy diversos, no tengo nada personal contra los aeropuertos ;) En general son los sitios donde se nos fuerza a la espera los que me parece que más pueden provocarla, y que a uno le sobrevenga en un lugar u otro ya es cuestión más personal y subjetiva.

Por mi parte, pienso que el tiempo improductivo es estrictamente necesario. Y también aburrirse. Del aburrimiento pueden salir grandes cosas, nos topamos cara a cara con nosotros mismos y eso nunca es dañino, aunque pueda doler. El problema es que en general le tenemos miedo, además de que esta sociedad parece dispuesta a no dejar que nos aburramos, siempre incitándonos a hacer cosas y a andar de un lado para otro. Si bien, como decía aquél, hay quien se aburre mortalmente en ese ajetreo y ni se entera.

¡Un beso! (sin prisas :))

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Escéptico, le he estado dando alguna que otra vuelta al tema y sí he recordado un lugar en el que estuve en el que tuve esa sensación. Pero estaba de paso y sólo fue una sensación fugaz. Supongo que tienes razón. Tal vez haya que estar más abierto para encontrar esos lugares, para poder percibir su energía.

Cuestión compleja la de la seducción. Hay quien llama seducción al simple juego del cortejo, al necesario pavoneo para atraer al otro que considero totalmente inocente, porque ya el tiempo permitirá comprobar si entre las plumas de pavo real que enseñamos se esconden más o menos espinas. En mi vocabulario personal la seducción, puesto que va ligada al engaño, sí esconde ciertos peligros. No dudo que no pueda haber un engaño aceptado por ambas partes. Pero no creo que sea lo más común. Para que el engaño funcione, tiene que ser por lo general oculto. Por otra parte, pienso que quien seduce se vale principalmente de la ambigüedad. De un decir que no termina de decir, de unos gestos que pueden expresar diversas cosas, lo cual permite al seducido imaginar o proyectar lo que más le apetezca y creer que está sobre un terreno diferente al que realmente pisa. Sin embargo, reconozco que mi visión está bastante influida por la figura típica del seductor que se plasma en la literatura. A otro tipo de juegos en las relaciones de a dos prefiero darles otros nombres.

¡Besos!

No tiene nada que ver con el post, pero como el tema éste de la seducción me parece en extremo interesante, bienvenida cualquier aportación si a alguien le apetece.

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Koolauleproso, me estáis sacando los colores, de verdad, no creo que sea para tanto. Pero gracias de todos modos, ¿a quién puede disgustarle oír esas cosas? :)

¡Un beso!

Mandarinada Contraproduent dijo...

Tienes un nivel a la hora de transmitir sensaciones que es escandaloso, como lo consigues??

Me ha encantado!!!!!

Escéptico dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Escéptico dijo...

La percepción son un grupo indefinido de puertas que debemos ir abriendo. Lo fascinante es que nunca sabes cuántas quedan por abrir. Sin duda algunos psicotrópicos y alucinógenos facilitan y acortan el camino. Pero es, sobre todo, nuestro conocimiento interior quien va abriéndolas progresivamente. Si te han servido estas palabras que mantenemos para recordar cómo entreabriste una, me alegro. Pero te sugiero que indagues más en lo que sentiste, en lo que rodeó a aquel día, a aquel lugar y a aquel momento. Piensa que aquellas puertas no se vuelven a cerrar nunca del todo. Sólo es necesario acercarse a ella y empujar ligeramente para descubrir partes ignoradas de nosotros mismos. En fin, un consejo sin más. Y osado.

Cuestión compleja la de la seducción. Sin ninguna duda. He acudido al Diccionario de la Real Academia y he de confesarte que ninguna de las definiciones me han convencido. Eso me lleva a pensar que soy yo quien utiliza el término de forma imprecisa o errónea, pero como este comentario que pongo en tu “blog” es mío, puedo permitirme alguna licencia. Y así voy a tratar de reinventarme la definición de “seducción”, tal y como yo la entiendo.

Cuando hablo del engaño aceptado por ambas partes, me refiero al hecho de que no pueden entrar en juego mentiras relevantes. Esas son las que a la larga pueden aflorar convertidas en espinas. Pero ojo: no sólo pinchan las espinas, también las plumas pueden ser dolorosas si se hace un uso erróneo de ellas, dándoles la vuelta y ercándose a la caña. Tanto peligro hay en el hecho de camuflar asuntos de importancia como en aceptar jugar a un juego para el que no se está preparado. Y luego no vale buscar más culpables que uno mismo. El objeto de la seducción, para mí, no tiene por qué ser follar con la otra persona. Quizá sea un fin implícito, pero en el momento en el que se convierte en primordial se pierde gran parte de la sutileza necesaria. Desde mi punto de vista el fin principal debe ser pasar un rato agradable, de la mano de otro/a; hacer reír; ensalzar los egos de ambos; salir de la rutina; soñar por un corto espacio de tiempo con cosas inalcanzables pero de las que podemos obtener, aunque sea brevemente, el necesario cobijo para olvidarnos de las limitaciones de la cotidianidad.

joel dijo...

Yo creo que la seducción es instantánea y nunca es fruto de la premeditación. Nos encontramos de pronto con alguien que ejerce un fuerte poder sobre nosotros y que a mí me parece que es éste: súbitamente lo que nos era vagamente familiar adquiere unos contornos increíblemente precisos y a la vez intuimos un misterio que nos atrae y cuyo conocimiento deseamos por encima de todo. La seducción tiene un componente erótico, pero es irreductible a él y desde luego tanto puede ejercer una seducción sobre nosotros un niño de cuatro años como un anciano de 85. A partir del momento en que descubrimos este nuevo ser, a veces descubrimos una faceta nueva en alguien que creíamos conocer, lo que hagamos o no, lo que nos propongamos hacer o no hacer en esta relación sí depende la voluntad, los medios, etc. Por supuesto las cualidades personales o, mejor, las personalidades que consideramos seductoras son únicas para cada uno, pero seguramente hay rasgos personales que todos estaríamos de acuerdo en calificar de seductores: personalidad fuerte, trastienda, chispa, conciencia del propio poder... Otra cosa son los "seductores" profesionales, los conquistadores, los personajes que tienen un don para arrastrar a las masas, el glamour, el carisma... Nada de esto es lo que quería señalar.

Dejarnos seducir es quizá el placer mayor de la vida; y lo que más duele es descubrir que no se tiene personalidad sedutora... Algo en extremo decepcionante es ver cómo una persona con dotes notables, con talento y con ideas muy próximas a las nuestras, por carecer de esa chispa, de esa capacidad seductora, se convierte en alguien que nos aburre y, al final, en alguien dolorosamente neutro, ajeno.

Antígona dijo...

Mandarinada contraproduent, me alegra que te lo parezca, pero si me preguntas cómo realmente no sé qué responderte... (ay, que me vuelvo a poner colorada...)

Bienvenida a esta casa, mandarinada, y vuelve siempre que quieras.

¡Un beso!

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Escéptico, interesante todo lo que planteas sobre la percepción y sobre su relación con nuestro conocimiento interior. Te acepto y te agradezco además el consejo. Pensaré en ello.

Retomando la cuestión de la seducción, creo que tu visión de la misma no se aleja tanto de lo que yo misma entiendo por cortejo, y en ese sentido, también se encuentra a una distancia considerable de la imagen del seductor que plantea Kierkegaard en su “Diario de un seductor”, figura que a mí personalmente me resulta tan sugerente como inquietante, pese a que, como el propio Kierkegaard, no puedo evitar hacer una valoración negativa de la misma. Porque el placer que esa figura encuentra en la seducción radica en el reto de la propia conquista, en su proceso, y su objetivo estriba básicamente, según yo la entiendo, en doblegar la voluntad del seducido, en subyugarlo a fuerza de engaños y mentiras que sí son relevantes. Y lo que me parece más grave: una vez subyugado, el seducido pierde todo interés para el seductor, lo que cual demuestra que su único interés reside en la acción misma de conquistar. Volviendo a tu propia visión del asunto, pasar un rato agradable con alguien es un objetivo que todos podemos compartir. Sin embargo, personalmente, me decantaría, por un lado, por estrategias que no impliquen mentiras premeditadas, ni tan siquiera irrelevantes, y no tanto por la mentira en sí, a veces inevitable, cuanto por su premeditación; por otro, prefiero la actitud de quien, en ese tipo de juegos para atraer a otro, no alcanza a ver cuál pueda ser el resultado del proceso, de quien simplemente se deja arrastrar por un interés cuya indefinición deja abiertas las puertas a algo más que a un rato agradable, aun cuando ese algo más después no tenga lugar.

Este tema daría para mucho más que un post, la verdad, no sé si animarme a ello después de todo este debate :)

¡Más besos!

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Joel, me parece que señalas un aspecto de la seducción que no hemos tenido hasta ahora en cuenta y que, sin embargo, es esencial. Se trata tal vez de una visión totalmente opuesta a la del seductor, plenamente consciente de sus objetivos y de las estrategias que emprende: la seducción como algo que se encuentra más allá de toda voluntad y, como bien señalas, de toda premeditación; la de quien seduce sin darse cuenta simplemente porque aquello que ofrece no puede dejar de atraernos. Pero aquí la experiencia es otra: algo me cautiva o me fascina sin que yo perciba que ese sentimiento está provocado por una relación de poder, porque aquel que me fascina no tiene voluntad alguna de doblegarme o llevarme a su terreno. Y tampoco media el engaño en ningún sentido.

En ese sentido, estoy totalmente de acuerdo en que dejarnos seducir es uno de los más grandes placeres de la vida. Porque en ese sentido más amplio no nos dejamos seducir sólo por personas con las que tenemos un trato directo, sino por escritores, por directores de cine, o artistas, y las horas de disfrute que gracias a ese dejarnos seducir obtenemos son impagables. Sin embargo, creo que lo que llamas personalidad seductora es más algo que está en nuestra mirada que una cuestión objetiva. Quien a mí no me seduce puede seducirte a ti, aquél a quien tú encuentras neutro y aburrido puede dejarme a mí cautivada.

Muy interesante tu aportación, Joel, gracias por hacerla y sé bienvenido a este espacio.

¡Un beso!

AA dijo...

Magnífico Antígona!....
Matar el tiempo y los aeropuertos....amé a un suicida adicto a mandar sms en pleno vuelo y me pregunté muchas veces en qué asuntos ocupaba el tiempo de espera hasta el embarque.
Por otro lado..mmmmm..La seducción..si es premeditada no es otra cosa que marketing personal...
Género de teletienda..ya sabes.
Besos!

Escéptico dijo...

Al hablar de las mentiras inofensivas de la seducción me refería, más bien, a pequeñas alteraciones de la realidad: al maquillaje o al rimel; a retocarse el pelo; a modelar la versión que damos de nosotros mismos, adecuándola; a poner esa sonrisa con la que sentimos que el mundo es nuestro; a ocultar algunas miserias…

Para mí la seducción (y vuelvo a mirarme el ombligo, perdóname) es aquello que se realiza de forma natural. Se realiza con la taquillera del metro, con la persona que nos despacha aquella merluza brillante, con quien nos solicita la información de una calle con nombre de batalla. Es algo que sale, que hace sentirse fuerte al seductor. Pero su fortaleza no radica en la posesión (del seducido en este caso) ni en su posterior sumisión. Radica en el goce recibido por la entrega, por transmitir alegría y notar que es recibida de buen grado. No es sólo la alegría del otro lo que buscamos, sino ser nosotros quienes la producimos.

Y te dejo, que me voy pitando al mercado.

Antígona dijo...

Gracias, Anita. Tu suicida debía de entrar en plena crisis existencial en ese tiempo de espera, ¿tal vez fumaba en los lavabos? ;)

En cuanto a la seducción, tienes la gran virtud de encontrar paralelismos tan lúcidos como contundentes. No puedo estar más de acuerdo. El dar gato por liebre es una técnica que sobrepasa con mucho el terreno de la seducción.

¡Un besote, guapa!

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Dentro de lo que ya se va demostrando que no es más que una discrepancia en nuestro vocabulario particular, yo metería todas esas mentiras inofensivas en el campo del cortejo, y no de la seducción.

En cuanto a esto último que dices, esa actitud que tú llamas "seductora" me parece mucho más amable que la de la figura clásica del seductor e incluso de cultivo deseable en todos y cada uno de nosotros. Transmitir alegría, provocar una sonrisa o un gesto de satisfacción es un propósito generoso y loable, y por tanto, no puedo tener absolutamente nada en contra de él. Y alegrarse uno mismo por ser capaz de ello me parece sano y lógico. En fin, tienes una visión muy particular de la seducción, eso no puede negarse.

Espero que hayas comprado muchas cosas ricas con las que seducir a los tuyos ;)

Un beso

AA dijo...

Maricuchi te confieso algo..en la feria la seducción ha perdido terreno para dar paso no al cortejo sino al piropo zafio.Anti¿Qué será de mi ciudad con tanto macarra?.Ayyyy.(qué pavo tengo!).Besitos.

AA dijo...

Ahhh mi suicida no fumaba..era un adicto a la PDA!

Antígona dijo...

Ay, guapísima, los hay más burros que burros, pero creo que no tienes mucha opción: o irte cara a ellos y ponerlos de vuelta y media, cosa que requiere demasiado gasto de energía para sujetos tan lerdos, o hacer oídos sordos. Pero no desesperes, mujer, que seguro que los más galantes y sensibles están de vacaciones por otros lares y de ahí la abundancia de los otros. Seguro que aparecen. En cuanto a tu suicida, qué horror, creo que es más sano ser adicto al tabaco ;)

¡Un beso enorme, hermosa!

huelladeperro dijo...

No sé quien es el Bolaño, amiga, pero tu texto está muy bien, y con dos puliditos perfecto, aunque ¿quién quiere un texto perfecto? y toca con precisión un punto fuerte ( o mejor, débil) de nuestra sociedad actual: ¿a donde vamos, con tanta prisa?

Rafa el de la plaza (bueno, si no sabes quien es otro día te lo presento, que hay mas días que longanizas) lo comentó un día "estamos para matar el tiempo" Y me pareció criminal: "negligencia criminal" pero no había de acusarlo a él más que a otro...
Así que me quedé pensando...

Ahora vienes tú y nos dices ¡fijaos! no vivimos más que por el futuro o el pasado. Y es verdad, pasamos nuestra vida en zonas de transición, pero lo que de verdad queremos es estar en los lugares terminales. Pero al final todos son lugares de transición...
Queremos estar en el trabajo, o el la cama, o en la vagina, o en la mesa del comedor, o en el ataud...
Y al final pasamos tiempo frente a la tele, o deseando el orgasmo, o el postre, o el porrito y el café, y por los lugares de transición vamos deprisa, y los destinos los convertimos en nuevos puntos de partida...
No es vida, decimos.

Y no, claro, pero ¿sabes como vivo?

disfruto de la sopa, del polvo, del camino, y me gusta más liar los porros que fumarlos. además no veo la tele, y vivo en medio de un camino, en una zona de transición, para no tener tentaciones de ir a casa...

Otro día leo los coments, que me cierran el locu. Besos y feliz finde (me voy hasta el lunes)

Antígona dijo...

Huelladeperro, se te echaba de menos ;)

Si no sabes quién es Bolaño, te lo recomiendo vivamente, yo apenas soy una iniciada pero por lo que he leído me espera un camino fascinante de su mano.

Lo del pulidito, pues claro, ya sabes cómo son los posts, fruto del momento, de la espontaneidad y de la premura. Y así creo que deben ser. Para otra cosa ya están los escritores :)

El sentido del matar el tiempo que yo quería plantear creo que es distinto al que tú interpretas. Se trataba más bien de un sentido que podría atribuirse al vivir humano con independencia de lo que haga o deje de hacer, de sus prisas o lentitudes. Sin embargo, me gusta la lectura que has hecho, tan acorde con los tiempos en que nos ha sido dado vivir nuestro propio tiempo. Y sí, tendemos a ir de objetivo en objetivo, como el conejo tras su zanahoria, demasiado deprisa, pensando en el siguiente cuando aún no hemos siquiera alcanzado el más inmediato.

Mejor un poco de calma, saber saborear el instante presente. Tengo por ahí una cita de Pascal muy apropiada para el tema de la incapacidad de vivir el presente, lo cual demuestra, por otra parte, que no es sólo una percepción nuestra. Caerá post sobre ello cuando la encuentre.

Buen fin de semana, huelladeperro, y disfruta de tu capacidad de disfrute. Yo también me voy hasta el lunes, antes os colgaré otro post.

¡Un beso!

Anna dijo...

Hola, vengo viniendo de otro sitio, esto del internet, ya sabes, y a mí no me gusta Bolaño, me atasqué con 2666 y se me han quitado las ganas de más, pero tu texto sí me ha gustado mucho, mucho.
Tengo que pasearme con más tiempo, pero me "temo" que ya tengo otra para añadir al bloglines... ;-)

Antígona dijo...

Hola Anna, yo solamente he leído "Los detectives salvajes" pero es verdad que ha sido todo un descubrimiento que me ha encantado hacer. Tal vez deberías dejar pasar un tiempo y probar más adelante con otro libro suyo. Creo que, en el caso de Bolaño, merece la pena intentarlo.

Gracias por pasarte por aquí y por tu comentario. Vuelve siempre que quieras, aquí serás bienvenida :)

¡Un beso!