domingo, 30 de septiembre de 2012

Presagio


Y por qué la visión. Por qué ahora. Por qué ahora esta visión inquietante. Por qué. La pregunta se le descoyunta en la lengua muda a fuerza de repetirla, y se reúnen de nuevo sus miembros desarticulados para volver a descomponerse, ninguna respuesta nítida entre el abanico desplegado en su reiteración, cuando gira la llave de contacto y escucha apagarse el zumbido del motor. 

 El buitre posado, impávido, amenazador, sobre la señal circular que marca el límite de velocidad en la autovía. Ajeno al estruendo de los tres carriles, del tránsito concurrido al caer la tarde pese al período estival. Tan insólita su cercanía a la gran urbe que no consigue apartar la sospecha del espejismo por causa del sol de frente, hiriendo en el fulgor de su declive los ojos de los miles de conductores que han pasado ante él. O quizá la causa no sólo ahí fuera sino también dentro, el sol sumado al cansancio sumado a la pesadumbre que desde hace semanas ensucia sus retinas, descubriéndole en cada gesto propio o ajeno, en cada objeto cotidiano, en cada rincón de la realidad, la inutilidad de una vida condenada al esfuerzo agotador y al constante desvelo a cambio de unas míseras gotas de placer y siempre provisional alegría. Poniéndole delante la fealdad de un mundo diseñado para el absurdo de esa misma vida, la estúpida ceguera de sus semejantes, corriendo como ratones año a año, década tras década por las ruedas de sus jaulas, aceptando resignados el cansancio y la cojera de la carne que declina como si de un mal inevitable se tratara… Apenas han sido unos pocos segundos de encuentro azaroso entre sus pupilas atentas al vértigo del horizonte cambiante ante el volante –tan familiar, por otra parte, que la atención mecánica se alía con frecuencia al vagar caprichoso de los pensamientos al ritmo de la música que habitualmente le acompaña–, y la imagen extraña del buitre, imponente en su quietud salvaje sobre el artificio humano del metal alertando la conducción. Pero en pugna con sus recelos por la hipotética ilusión, el recuerdo de la claridad de la impresión, del regocijo casi infantil ante lo inesperado y en extremo sorprendente, su cabeza desviándose temeraria de la carretera para cerciorarse de la presencia del buitre, demasiada la velocidad del vehículo, de todos los vehículos, para lograrlo. Y enseguida el miedo brotando de la automática asociación de la imagen a la idea del presagio: la muerte aguardándole en la próxima curva, o en la siguiente, o en la siguiente, como esperan pacientes los buitres la muerte del animal malherido, famélico, desfalleciente, para aspirar de su cuerpo muerto el sustento de su propia vida, igualmente inútil pero a salvo del absurdo por su bendita inconsciencia. El miedo que, en contra de la costumbre, le ha llevado a situarse en el carril derecho, a sujetar la aguja a los límites legales, a vigilar, aprensivo, la conducción de los hombres y mujeres anónimos que han escoltado su trayecto. 

Sin embargo, su cuerpo sigue vivo e intacto en el interior silencioso del coche aparcado. Aún. Por más que, conforme el viaje discurría sin contratiempos, la idea del buitre augurando su muerte se haya ido cubriendo del color amarillento de lo ridículo, continúa rebotando como una pelota de un lado a otro de su cabeza, chocando con el resto de hipótesis, la ilusión óptica producto del sol, o producto del desaliento pesando sobre su cejas, o, por qué no, la insignificancia del fenómeno improbable, pero no imposible, de un buitre desorientado en las inmediaciones de la ciudad que ya habrá alzado el vuelo, dejando de perturbar a más conductores. Si lograra aferrarse a esta última opción acallando las demás, detendría en seco el girar vertiginoso de la pregunta que le atormenta. El reloj en el salpicadero le revela una hora algo más temprana de la que creía. Coge la cartera del asiento del copiloto, abandona el vehículo y, tras un leve titubeo, empieza a andar. 

La terraza del bar comienza a llenarse a esas horas pero, por suerte, quedan todavía algunas mesas libres. Pide una cerveza y, tras echar una ojeada al móvil, lo guarda en el bolsillo de la chaqueta y lanza distraído una mirada a su alrededor. Frente a su mesa, y junto a la que ocupan dos parejas de mediana edad, una chica joven –sobre la mesa una tónica y un paquete de cigarrillos– parece esforzarse por concentrar su mente en el libro que reposa abierto sobre su regazo, quizá molesta por el tono, notoriamente elevado, de la animada conversación que se desarrolla junto a ella y por las frecuentes risas que la salpican. Calcula que no tendrá más de veinte años. En su perfil quieto intuye que no es especialmente atractiva. Pero algo en sus mejillas sonrosadas, en la tersura de la piel de los hombros desnudos enmarcados por los tirantes de la camiseta blanca, en su silueta imperfecta pero armoniosa, le invitan a observarla con detenimiento aprovechando su abstracción. Acaso también ella se sienta en ocasiones cansada y abatida. Aunque seguro que no en la forma en que él experimenta tales sensaciones, sobre todo ahora que se han instalado en el interior de sus huesos como un cáncer que lo fuera corroyendo lentamente. También en la juventud la vida puede parecer absurda. A él mismo, a veces, se lo parecía. Sin embargo, a pesar de su innata tendencia a la melancolía, la ilusión por lo nuevo y desconocido, el futuro y sus incógnitas abierto en perspectiva, su inocente confianza en sí mismo y en el prójimo, su infinita curiosidad, le permitían sobrellevarla con serenidad, contemplarla en la distancia como una rareza suya, una pequeña carga consecuencia de su carácter reflexivo y su gusto por la lectura y la soledad. Nunca ha sentido nostalgia de su juventud. Nunca ha deseado, como tantos manifiestan, retornar a aquellos años de incertidumbre e inexperiencia, de torpezas y desconcierto. Si por un momento alcanza a desprenderse del peso que últimamente abruma sus hombros y sus sienes, y analiza con frialdad las piezas que componen el retrato de su vida, sabe que, en comparación con muchos otros, tiene razones más que sobradas para sentirse afortunado. Pero hoy, el día en que un buitre se le ha aparecido en la carretera, debe reconocer que siente cierta envidia de la frescura que el cuerpo de la chica destila, de la despreocupación que gratuitamente le atribuye, de la energía que adivina en su expresión concentrada en contraste con su agotada debilidad. 

El sol ha desaparecido ya tras los edificios. Debe volver a casa. Apura la cerveza de un trago y se levanta. La chica ni tan siquiera se ha percatado de su presencia. Mientras camina hacia el portal, vuelve a imponérsele la visión del buitre, junto a él el repiqueteo de la pregunta todavía sin respuesta. Tal vez si se les cuenta lo sucedido a Sonia y a Enrique durante la cena, presentándolo como una anécdota curiosa, se desvanezca esta necia inquietud que la aguijonea. Puede imaginar a Enrique con sus grandes ojos muy abiertos, ¿de verdad, papá?, ¡un buitre! A Sonia probablemente con una sonrisa en los labios si consigue imprimir un tono desenfadado a su narración, tan pendiente de sus palabras como lo está de un tiempo a esta parte, consciente de su desánimo aunque él se empeñe en ocultarlo, comprensiva con él porque, es cierto, son demasiadas las horas que pasa en la oficina tras los últimos despidos, demasiado el estrés y la bota de la directiva sobre su cuello. Sonia reprimiendo a menudo el velado reproche que, ante su apatía, quiere asomar en su mirada, recordándole que ahí está Enrique, que ahí está ella, ella y sus sinceros deseos de hacerlo feliz. Sonia, fuente indudable de sus mayores alegrías. La pesadez se aligera invariablemente cuando la besa, cuando escucha su risa intacta pese a las excesivas tensiones que también ella sufre en su trabajo, y termina por evaporarse cuando se abraza a su torso cálido al vencerle el sueño cada noche tras apenas un par de páginas de lectura, por más que renazca con toda su intensidad al sonar el maldito despertador, y amenace con derrumbarle sobre la taza de café ante la visión anticipada de un nuevo día de fatigas, más tétrica y mortífera a esas horas tempranísimas que la de cualquier buitre en lugar insólito. 

Al subir al ascensor su inquietud se agudiza por la emergencia de una nueva hipótesis no barajada hasta entonces: el buitre presagiando no ya su muerte, sino la de Sonia y su salud un tanto frágil, anunciándole el horror, la pesadilla siempre temida de su desaparición, quién sabe si tras una cruel enfermedad que ya coloniza subrepticiamente sus entrañas… Al detenerse en el quinto siente el calor húmedo de las lágrimas tratando de desbordar sus párpados. Los cierra nervioso y agita la cabeza, en un intento desesperado por disipar sus negros pensamientos, por frenar la creciente angustia que los envuelve. Sale despacio del ascensor y se sienta sobre el penúltimo escalón del rellano. No quiere entrar en casa hasta haberse tranquilizado. En escasos segundos la luz se apaga. Envuelto en espesas sombras, rememora, una vez más, la imagen cada vez más borrosa del buitre sobre la señal de tráfico. La extrañeza de su figura imponente e impávida en los márgenes de la autovía. Sí, bien podría tratarse de un presagio de muerte. Pero no de la muerte definitiva, ni la suya ni la de Sonia, sino de esta muerte lenta que, día a día, le invade desde dentro cogida del brazo de su propia tristeza, de su pesadumbre, del desaliento penetrando sus pulmones como un fino polvo venenoso que entorpeciera su respiración. Ésa y no otra es la muerte que, ahora, más debe temer, antes de que acabe por aniquilar en él todo deseo de vida. Tendrá que aprender a respirar por los resquicios. Tendrá que aprender a exprimirles toda la fuerza y el gozo que sea capaz de extraer de ellos, a ver si así logra repeler este abatimiento que lo hunde y vence a cada paso. No puede desperdiciarlos como si no fueran nada, piensa mientras busca la llave en el bolsillo. Como si fueran carroña que se arroja a los buitres para seguir alimentando inútilmente su vida inútil. 

sábado, 15 de septiembre de 2012

Dialogar


Cada vez que me enzarzo en una discusión que termina por puro agotamiento sin tan siquiera un mínimo de entendimiento entre los interlocutores, cada vez que la televisión encendida en segundo plano hace llegar a mis oídos el sonido de las voces crispadas y a menudo gritonas de los participantes de un debate peregrino cualquiera, cada vez que escucho a algún conocido o desconocido esgrimir argumentos equivocados y fundados en hechos falsos o, sencillamente, carentes de todo fundamento, y pienso en lo difícil que resultaría abrir sus ojos al palmario error al que se aferra en su inconsciencia o en su contumacia, se me viene a la cabeza la que fuera la primera película, y a mi modesto entender una de las mejores, del genial director Sidney Lumet.

Basada en una obra para televisión de Reginald Rose, "Doce hombres sin piedad" parte de un planteamiento sencillo: los doce miembros de un jurado popular deben decidir sobre el destino de un joven, criado en un barrio marginal y sometido desde su infancia a la violencia familiar, al que se acusa de haber matado a su padre. Si el jurado se decanta por su culpabilidad, morirá sin remedio en la silla eléctrica. Pero si los miembros del jurado determinan, como subraya el juez en la primera escena de la película, que existe alguna duda razonable sobre la culpabilidad del joven que indique que éste podría no haber cometido el crimen, deberán declararlo no-culpable y librarlo del fatal final. La decisión del jurado tiene que ser unánime.

Tras escuchar las declaraciones de acusado y testigos, así como las argumentaciones de abogado y fiscal, los doce miembros del jurado se reúnen a votar en el que, según se ha anunciado en los medios, será el día más caluroso del año. Se encuentran encerrados bajo llave en una habitación pequeña y el ventilador no funciona. Todos sudan copiosamente. De entrada, parece un caso claro: todas las pruebas apuntan a la culpabilidad del joven. Las evidencias no semejan abrir resquicios a la duda. Los miembros del jurado creen enfrentarse a una votación de trámite que se resolverá rápidamente en contra del acusado y les permitirá retornar sin demoras a sus ocupaciones cotidianas. Habrán cumplido con su obligación con la sociedad y recobrarán con la conciencia tranquila su condición de ciudadanos anónimos. Sin embargo, la primera votación les depara una sorpresa y también una decepción: once votos donde se lee la palabra “culpable”, uno donde se lee “no culpable”. Pero quién puede ser el insensato que ponga en cuestión la culpabilidad del muchacho, se preguntan indignados once de los miembros del jurado.


Se trata del miembro nº 8 –interpretado por Henry Fonda–, de quien únicamente sabemos que es arquitecto. Interpelado por sus compañeros, proclama, con exquisita serenidad, no estar seguro de que el acusado sea culpable, por más que tal vez lo sea. Aunque sólo tal vez. ¿Qué hacer ante esta situación, insólita para el resto de hombres, plenamente convencidos de que el muchacho ha asesinado a su padre? Lo único que pueden y deben hacer en esa asfixiante habitación, sugiere nº 8: hablar entre ellos, analizar las razones por las que creen que el joven es culpable, repasar las evidencias que lo acusan. Algunos de los miembros del jurado –el representante preocupado por llegar a tiempo al partido de beisbol que se celebrará esa tarde y al que las entradas le queman en el bolsillo, el propietario de varios garajes que permanecen cerrados e inactivos en su ausencia, el corredor de bolsa que confía plenamente en la veracidad de los hechos expuestos durante el juicio…– se exasperan: no tiene sentido alguno perder su precioso tiempo hablando sobre algo que no ofrece ningún motivo de duda. Otros se disponen a perder un tiempo que no les importa tanto dilapidar de la forma menos tediosa posible. El resto calla. La renuencia al diálogo de once de los miembros del jurado es absoluta. Pero nº 8 no se arredra. Y comienza a lanzar preguntas, tratando de hacer partícipes a sus compañeros de las dudas que alberga con respecto a las pruebas presentadas.

Durante el extenso diálogo que se desarrolla a lo largo de la película, van aflorando poco a poco los perfiles humanos y psicológicos de los protagonistas, estrechamente ligados a los motivos que sustentan su creencia en la culpabilidad del chico y también a sus reacciones ante la actitud interrogante de nº 8. No son pocos los que, de entrada, se muestran víctimas de los prejuicios que les llevan a dar por sentado que los orígenes del chico, y la corta trayectoria de violencia que arrastra consigo, resultan razones más que suficientes para no vacilar de su naturaleza criminal. Los más apocados o inseguros parecen incapaces de poner en cuestión la autoridad intelectual del fiscal o la validez de las declaraciones de los testigos. Los juicios de algunos dependen por completo de la opinión de la mayoría. Y en algún caso las circunstancias más estrictamente personales y el dolor vinculado a ciertas vivencias pretéritas se revelarán determinantes de la cerrazón al intento de nº 8 de valorar si las apariencias no nos engañan más a menudo de lo que pensamos.

Sin embargo, si por algo me conmueve esta película y la recuerdo tan a menudo es porque, a mi modo de ver, presenta a la perfección las bases sobre las cuales se abre la posibilidad de un diálogo entre personas que saque a relucir una verdad que a la mayoría de ellas se les oculta. La posibilidad de que, por medio de la palabra, convicciones inconsistentes acaben por tambalearse para dar paso a una visión más ajustada de la realidad. En todo ello juega un papel crucial no sólo la inteligencia, sino también la amabilidad, la empatía y la calma de esa especie de Sócrates moderno que es nº 8. Porque nº 8 no impone respuestas, sino que, básicamente, se limita a hacer preguntas. No esgrime sus razones como si éstas fueran de antemano correctas: a través de sus interrogantes, invita a los otros miembros del jurado a que inicien un ejercicio reflexivo, propio y autónomo, que terminará por llevarles a vislumbrar las mismas dudas que él ya posee desde un principio sobre la hipotética culpabilidad del muchacho. El liderazgo de nº 8 en el tortuoso proceso al que asistimos es un liderazgo en la sombra, y por ello efectivo: lejos de dirigir en todo momento la conversación, deja que los demás se erijan en protagonistas del debate allí donde, a partir de sus preguntas, razonan por sí mismos y plantean cuestiones no formuladas por él. Con apenas un gesto, crea lazos de cercanía con quienes menos colaboradores se muestran. Escucha pacientemente a quienes hablan sin interrumpirles ni recriminarles su persistencia en el error. En la pugna dialéctica que enfrenta a estos doce hombres no debe haber vencedores ni vencidos. De lo contrario no habría acuerdo, ni tampoco la unanimidad que precisa la salvación del chico. Por eso –ésta es la perspectiva que trasluce el comportamiento de nº 8– en este cuadrilátero no caben ni la humillación, ni el sarcasmo ni la ridiculización del contrario, por ridículos que puedan ser sus argumentos. La verdad de que no hay pruebas concluyentes que conduzcan al muchacho a la silla eléctrica debe ser construida entre todos en un trabajo compartido, cuyo éxito depende de que cada uno de los que colaboran en él contribuya a construir esa misma verdad desde su singular posición.


Doce hombres sin piedad” es, en lo esencial, un elogio al razonamiento colectivo encaminado al triunfo de las mejores razones. Un triunfo que siempre depende de que quienes se hallan en el error sean capaces no sólo de admitirlo, sino también de adherirse sin reparos a aquellos argumentos que explican la realidad de forma más fiable que los que en un principio defendieron una vez logran sentirlos como propios. Pero admitir que uno se encuentra equivocado nunca es fácil. Menos fácil aún es conseguir que otra persona se percate de que está en un error. Sólo hay que pensar en las ocasiones en que, blandiendo nuestros propios argumentos como si de armas se tratara, atacamos al otro con la convicción de que caerá rendido ante el peso de nuestras evidencias. En las veces en que, probablemente sin pretenderlo, ironizamos o le señalamos su ignorancia o falta de coherencia lógica con la pretensión de batir sus creencias como si estuviéramos frente al enemigo. O en aquellos momentos en que, plenamente conscientes de lo que hacemos, humillamos dialécticamente a nuestro contrincante para demostrarle nuestra superioridad intelectual, confiando, ilusos, en que no tendrá más remedio que doblegarse ante ella. ¿Y qué conseguimos? Por lo general, únicamente que el otro se atrinchere tras sus creencias y se aferre aún más a sus convicciones, con el muy comprensible objetivo de salvaguardar su autoestima. En su rechazo frontal del camino de reflexión que podría sacarle de su error se halla la prueba más notoria de que, de una estrategia fallida, sólo cabe esperar el fracaso.

No vivimos precisamente en un tiempo que propicie el cultivo de las condiciones necesarias para el triunfo de las mejores razones. Pero si desean saber algo más sobre cuáles serían tales condiciones, no se pierdan esta película de Sidney Lumet.

martes, 31 de julio de 2012

Lo privado y lo público



“Uno de los principios fundamentales de la doctrina Gradgrind era que todas las cosas debían pagarse. Nadie debía jamás dar algo a alguien sin compensación. La gratitud debía abolirse y los beneficios que de ella se derivaban no tenían razón de ser. Cada mínima parte de la existencia de los seres humanos, del nacimiento hasta la muerte, debía ser un negocio al contado. Y si era imposible ganarse el cielo de esta forma, significaba que el cielo no era un lugar regido por la economía política, y que no era un lugar para el hombre.”

Tiempos difíciles, Charles Dickens.

Ahora que estamos parcialmente rescatados y pudiera ser que a punto del rescate total, ése que dará a las fuerzas del Mal neoliberal –¡viva el Mal, viva el Capital!– su dominio absoluto sobre los sufridos y ampliamente recortados –casi valdría decir mutilados– españolitos de a pie, hay razones más que sobradas para sospechar que –al igual que sucediera en los países del Este tras la caída del Muro, o en el Chile de Pinochet bajo los experimentos de los Chicago boys– sus próximas exigencias recaerán sobre la privatización de los servicios públicos. Propondrán, pues, que empresas que son propiedad del Estado y que se encargan de ofrecer tales servicios a los ciudadanos sean vendidas a inversores privados. Inversores que, a partir de ese momento, dispondrán de la propiedad y gestión de dichas empresas.

Repite como un mantra el dogma neoliberal que la gestión privada es siempre mejor que la pública. Mejor significa en este caso más eficiente: según el dogma, con iguales o menores recursos, la gestión privada es capaz de ofrecer a los ciudadanos servicios de mayor calidad. ¿Lo dicen porque los gestores públicos son, en comparación con los gestores privados, unos ineptos de tres al cuarto que contratan a los proveedores más caros, elevan desmesuradamente el salario de los trabajadores públicos y se echan al bolsillo lo que no deberían, de tal forma que, a la postre, los servicios públicos tienen un coste mucho más elevado del que podrían tener de ser gestionados de forma privada? No exactamente, aunque a veces, cuando algún gestor público defiende denodadamente la privatización de los servicios públicos arguyendo la mayor eficacia de la gestión privada, da que pensar si no se estará llamando incompetente a sí mismo o si, en realidad, es tan inepto que no se percata de que con dicha defensa los ciudadanos podrían llegar a concluir que, en efecto, se trata de un completo incompetente para el cargo que ocupa.

Pero hemos dicho que no exactamente: lo que defienden los neoliberales es que un mercado libre, en el que cada agente persiga su propio beneficio egoísta, tenderá a ser un mercado autorregulado, es decir, un mercado que generará una perfecta distribución y reparto de los recursos a todos los agentes que concurran en él –cualquiera de nosotros– y en el que toda mercancía alcanzará el precio más justo –ni demasiado escaso, ni demasiado abusivo–. En la medida en que cualquier intervención del Estado en el mercado sea bajo la forma de fijación de salarios mínimos, que impiden la libre negociación entre el trabajador y el empresario que procuraría el justo precio del salario del primero, sea bajo la forma de la gestión de servicios como la sanidad y la educación, que impiden la libre competencia entre agentes económicos que fijaría el precio más justo de tales servicios, sea bajo cualquier otra forma imaginable obstaculiza la consecución de ese paraíso terrenal que es el mercado autorregulado, es preciso eliminarla a toda costa. Porque, además, la única vía para que cualquier servicio requerido por los ciudadanos goce de los beneficios del mercado autorregulado radica en su conversión en mercancía. O, lo que es lo mismo, en libre objeto de intercambio y compra-venta. Y esto sólo se logra cuando pasa a ser propiedad privada. En puras y simples mercancías deben transformarse entonces la educación, la sanidad, la atención a dependientes, los transportes públicos… y toda suerte de servicio social que se les ocurra con el fin de que los ciudadanos podamos ver satisfechas nuestras necesidades con la calidad y eficiencia que merecemos.

Antes que argumentar en contra de esta perversa utopía, algunos ejemplos paradigmáticos sirven a la perfección para su desmontaje. ¿Han oído alguna vez hablar de la extrema puntualidad de los trenes británicos, orgullo nacional de los habitantes del Reino Unido? Seguro que sí. Lástima que la privatización la convirtiera en una leyenda que los pasajeros británicos recuerdan con compungida nostalgia.


En 1996, British Rail, la empresa pública que gestionaba el transporte en ferrocarril en el Reino Unido, fue privatizada en partes y desmembrada en más de cien empresas privadas. En su centro se situó Rail Track, empresa responsable del mantenimiento de las vías y estaciones. Curiosamente, y pese a que la operación se efectuó bajo la promesa de una mayor eficiencia en un servicio hasta entonces adecuado pero deficitario, al poco tiempo los usuarios comenzaron a quejarse de la significativa subida de las tarifas, la impuntualidad y lentitud de los trenes y, en general, del mal funcionamiento de la red de ferrocarriles. Hasta ahí, soportable. El problema es que, apenas un año después de la privatización, en 1997, se produjo un accidente ferroviario que se saldó con la vida de 7 personas. En 1999, dos trenes chocaban en la estación londinense de Paddington: el aún más grave accidente segaba la vida de 31 personas y dejaba más de 250 heridos. Y en 2000, 4 personas más perdían la vida a causa de un descarrilamiento. Ya es mala suerte, ¿no? Porque mientras los usuarios británicos sufrían el deterioro de los servicios y morían en accidentes ferroviarios, la empresa Rail Track había empezado a cotizar en bolsa y reportaba pingües beneficios tanto a sus directivos –algunos de sus consejeros delegados tenían asignado un salario anual de 400.000 libras– como a sus accionistas. Tanto es así que si en 1996 –el año de la privatización– una acción de esta empresa valía unas 2 libras, en 1998 superaba las 17 libras. En ese mismo año, la empresa llegó a generar unos beneficios de 1,2 millones de libras al día. Ahí es nada.


¿Cómo es posible entonces que una empresa con tales beneficios ofreciera tan mal servicio a sus usuarios e incluso les hiciera perder la vida en numerosos accidentes? La pregunta, obviamente, está mal formulada. Pues lo que investigaciones posteriores sacaron a la luz fue que la vida de los pasajeros había sido, precisamente, el alto precio que la sociedad británica tuvo que pagar a cambio de las cuantiosas ganancias de los directivos y accionistas de Rail Track: en su búsqueda del beneficio empresarial, Rail Track no sólo no había destinado dinero alguno a la expansión de la red ferroviaria, sino que ni tan siquiera había invertido –tal y como había pactado con el gobierno– en la conservación del estado de los raíles. Los accidentes ferroviarios no fueron, por tanto, fruto de la casualidad. Sólo del deterioro de los raíles, consecuencia de la falta de inversión que llenó las cuentas corrientes de unos cuantos avariciosos. Y como ningún país civilizado puede permitirse el lujo de carecer de red ferroviaria, en 2002, cuando ya las acciones de Rail Track habían caído en picado, el gobierno británico no tuvo más remedio que proceder a su renacionalización. La operación costó miles de millones de libras a los contribuyentes británicos que aún quedaban con vida tras la desastrosa experiencia de la privatización: los que hubieron de dedicarse tanto a la reparación de las maltrechas vías como al pago de la tremenda deuda –unos 2.000 millones de libras– generada por la empresa privada.

Así que cuando algún iluso venga a contarles que la gestión privada es más eficiente que la pública, les recomiendo que le contesten con una carcajada y una sonora pedorreta. O si lo prefieren, replíquenles apelando a las palabras de Dickens: convertir cada mínima parte de la existencia de los seres humanos, del nacimiento hasta la muerte, en un negocio al contado, es, en sí mismo, un negocio que puede saldarse con la liquidación de la propia existencia. La tuya, por supuesto, recálquenle al iluso. Los buitres que se alimentan de la muerte ajena suelen tener las espaldas bien cubiertas.

sábado, 14 de julio de 2012

Hopper y la decisión


No es ésta la primera ocasión en que escojo un cuadro de Edward Hopper para ilustrar los textos de este blog. Pero, aunque siempre que elijo una determinada imagen que creo relacionada con el espíritu del texto suelo hacer un breve recorrido por otras obras del autor al que pertenece, nunca me había percatado –o quizá sí, y el pensamiento fugaz se evaporó sin dejar huella- de lo que alguien me comentó hace poco: las escenas que retratan algunos cuadros de Hopper parecen situarnos en el interior de una historia cuya narración quiere aflorar en nuestra mente a través de su contemplación. Es obvio que toda imagen representativa, sea pictórica, sea fotográfica, supone la fijación artificiosa de un instante en el flujo imparable del tiempo. Pero también es evidente que no toda imagen es capaz de expandir con ella el presente que retrata para remitirnos al pasado invisible que la sustenta y al futuro no menos invisible al que podría abocar. Esto es, sin embargo, lo que sucede en determinadas pinturas de Hopper: en el instante fijo que representan se abre un relato que no nos es dado observar –como si contempláramos el fotograma detenido de una película cuya procedencia y destino desconocemos–, pero que invariablemente se construye en nuestra imaginación apenas nos preguntamos por el sentido de la posición de los personajes en el cuadro, por sus gestos, por la expresión de sus rostros, por los objetos que los acompañan.

En el cuadro “Habitación de hotel”, vemos a una mujer sentada sobre la cama de una habitación escueta pero ampliamente iluminada. Parecería que la mujer hace poco que se ha instalado en ella: las dos maletas que presuponemos suyas aún permanecen cerradas junto a la cama, como si las hubiera depositado allí apenas unos minutos antes. Quizá es un día caluroso y por eso, además de quitarse los zapatos, se ha desprendido del vestido cuidadosamente colocado sobre el reposabrazos del sillón verde situado a los pies de la cama. Sus manos sujetan, caídas sobre sus rodillas, lo que se deja interpretar como una carta. No obstante, los pliegues del papel –las cartas suelen doblarse desde la cabecera, y no por los lados– nos indican que, si bien la mirada de la mujer se proyecta en dirección a él, no puede estar leyéndolo. Probablemente ha terminado de hacerlo y sus ojos descansan sobre el papel –o sobre los pulgares que lo sostienen–, sin ver propiamente lo que a ellos se ofrece, vueltos hacia pensamientos inaccesibles al espectador. Su rostro, oscurecido por la sombra, tiene una expresión grave que revela su ensimismamiento. Los hombros ligeramente vencidos hacia adelante, el arco de su espalda inclinada, transmiten una cierta sensación de abatimiento. Ningún sobre del que hubiera extraído la carta aparece sobre la cama o en algún otro lugar de la habitación. Hopper parece señalar, así, que no se trata de una carta que la mujer acabe de recibir – además, las cartas recién recibidas, si son importantes, suelen leerse al momento de llegar a nosotros, antes de que se nos ocurra desvestirnos para mayor comodidad–, sino de una carta ya leída que portaba consigo y que ahora, por algún motivo, ha vuelto a leer en esa habitación de hotel.

Advertir todos estos detalles es descubrir en el cuadro una suerte de enigma que no dejará de traducirse en preguntas. Qué hace esta mujer en esa habitación de hotel. Por qué motivo ha ido a parar allí. Cuál será el contenido de esa carta de la que, en función de lo presentado y omitido en la pintura, concluimos que ha leído al menos por segunda vez. En la historia que a mí, en respuesta a ellas, se me impone, la habitación de hotel –siempre son estancias de paso– escenifica un momento de tránsito en su vida. Le precede el abandono del hogar conyugal, de un matrimonio fallido que ha desembocado en la insatisfacción, en la convicción de la imposibilidad de alcanzar la felicidad imaginada, en la decepción fruto de expectativas frustradas. Lo que le sucederá es el encuentro –bien en esa misma habitación, bien en otro lugar distinto al que se dirige con las escasas posesiones que ha cargado en sus maletas–, con el hombre por cuya causa ha conseguido reunir el valor suficiente para el abandono. Quién sabe si subrepticio –una huida precipitada en plena mañana mientras el marido trabaja, las explicaciones precisas escritas esta vez por su mano en otra carta que ha dejado sobre la cómoda o el mueble de la entrada–, o antecedido por una abierta declaración de intenciones seguida de una fuerte disputa, de un mar de lágrimas y sollozos, de desgarrones en el alma o, por qué no, de miradas impasibles e indiferentes. O acaso de una secuencia compuesta por la totalidad de tales sucesos. De ese hombre hacia el que huye proviene la carta que reposa sobre sus rodillas. Tal vez la última carta que éste le enviara y en la que le comunica aquello que la ha impulsado a dejar atrás su vida anterior. Tal vez una de las muchas que se han intercambiado, pero que a ella le resulta especialmente querida por la vehemencia con la que en sus líneas hablan el amor y el deseo.

Sin embargo, ya hemos comentado que la figura de la mujer trasluce abatimiento, y su rostro una gravedad que aleja cualquier impresión de alegría, de ilusión por el próximo encuentro con su amante, ni tan siquiera de relajación interna ante la decisión tomada. Antes bien, son la duda, la vacilación, el temor al error y sus consecuencias futuras lo que refleja su gesto reconcentrado. Como si en esa habitación de hotel, ya protegida por sus cuatro paredes del bullicio de la calle y de la presencia de sus semejantes, pudiera por fin dejarse aplastar sin testigos molestos por los interrogantes que llevan asaltándola desde que iniciara el trayecto que la ha conducido hasta ella. Si el camino escogido es el correcto. Si merecía su marido este golpe propiciado por su propia mano. Si es legítimo que el precio de su felicidad se cifre en el dolor del hombre al que, en definitiva, una vez quiso. Ya sin necesidad de sofocarlos, vencen sus hombros los recuerdos de los últimos acontecimientos que han vivido juntos. El remordimiento y el sabor amargo de la traición. La incertidumbre que tensa nuestros estómagos tras la decisión que imprimirá en nuestras vidas un giro hacia lo desconocido que cierra toda posibilidad de retroceso. Por eso ha sentido la urgencia de leer una vez más la carta de él. Ha buscado en los trazos de tinta ya familiares un refugio de seguridad que mitigue su desasosiego. Una cuerda firme a la que asir manos y vértigo mientras los pies cuelgan al borde del precipicio en las palabras tiernas que dibujan. En la memoria inventada de su voz pronunciando esas letras silenciosas, una confirmación del acierto, del blanco razonablemente cercano a la diana en la perspectiva anticipada. Algo semejante a una prueba del porvenir más dichoso que la aguarda, en la reciprocidad de la pasión y el amor compartido, en justa recompensa por el riesgo asumido al apartar de sí un presente plagado de tedio y desafecto que apenas estrena su condición pretérita.

Finalizada la lectura, la mujer juguetea con el papel, recorriendo sus márgenes con la punta de los dedos, hasta que lo deja caer blandamente sobre sus rodillas. Lejos de calmar su angustia, las palabras de él la han sumido en un mayor desconcierto. Se siente incapaz de discernir si es su propio temor el que ahora las desfigura, tornándolas quebradizas, carentes de la consistencia necesaria para soportar el peso de su salto, o si es éste y su trascendencia lo que ha conseguido sacar a la luz la verdad de su endeble naturaleza, antes no percibida. Por primera vez cobra conciencia de hallarse, en esa escueta habitación de hotel, en tierra de nadie. En el espacio vacío y solitario que, tras la decisión, se expande entre la sombra rota del pasado y el espejismo imaginado del futuro. Sólo le cabe esperar con paciencia su siempre progresiva y lenta llegada. Sólo ella podrá disipar la confusión consternada que oprime su nuca abriendo en su centro un círculo de claridad. Debe estar preparada para afrontar lo que en su interior acabe por mostrarse. Y quién no debe estarlo, se dice mientras se recuesta sobre la almohada, hurtándonos finalmente la visión de su rostro.

jueves, 28 de junio de 2012

Lejos de mí


Querido Mario:

¿Sorprendido de encontrar este correo en tu buzón? Hacía mucho que no nos veíamos, pero aun así estoy seguro de poder reproducir en mi cabeza el modo en que habrás alzado las cejas y arrugado la frente al descubrir en tu bandeja de entrada la dirección que en otro tiempo tanto la frecuentaba. Supongo que al verla te habrás preguntado por qué te escribo, si mi reacción de hoy ha sido la de la más cobarde huida. Si llevo casi una década huyendo de ti. Aunque también pudiera suceder que hayas estado esperando pacientemente este correo que por fin empiezas a leer. Tal vez no haya cambiado tanto como creo.

Es cierto, la coherencia hubiera exigido que refrenara este impulso que ahora me anima a escribirte. Que lo apartara de un manotazo en lugar de plegarme a él. No creas que no lo he intentado. Si nuestro inesperado encuentro me ha resultado tan incómodo, tan embarazoso, ¿por qué no continuar por la senda del alejamiento que emprendí años atrás, y eludir cualquier tipo de movimiento opuesto a ella? ¿Por qué habría de desear ahora convertirte en el interlocutor que aparté de mi vida y hace apenas unas horas he vuelto a rechazar? ¿Por qué no ser consecuente y hacerte desaparecer de nuevo en ese lugar recóndito de mi mente al que había logrado relegarte, de la misma forma en que esta mañana he actuado para que cuanto antes desaparecieras de mi vista? Con preguntas como éstas llevo debatiéndome desde que he llegado a casa. Pero si en estos momentos tecleo estas líneas, es porque –gracias a nuestro encuentro causal ha aflorado esta verdad dormida– en mi conciencia pesan los años de intensa amistad que nos unieron y la consideración de que todos ellos te hacen merecedor de alguna suerte de explicación de mi conducta. No sólo de la de hoy. Debe de ser que, pese al tiempo transcurrido, aún me importa lo que pienses de mí. Debe de ser, también, que aún me importas, y por eso me hiere el recuerdo de la estupefacción y la decepción mezclados en tu rostro justo antes de darme la vuelta y echar a andar. O quién sabe: tal vez esté aprovechando esta coyuntura para emprender un ajuste de cuentas conmigo mismo largamente diferido, y sea yo el verdadero destinatario de este correo, por más que sólo tu nombre lo presida.

Muy probablemente lo que te cuente a continuación sólo venga confirmar sospechas que ya albergabas, hipótesis con las que habrás tratado de hacerte mínimamente comprensible mi distanciamiento: no me siento la misma persona que era cuando nos vimos por última vez. Hasta cierto punto es lógico: si aquello que nos define son nuestros actos, aquello que ocupa nuestro tiempo, los pensamientos y proyectos a los que entregamos nuestras mentes, entonces de ninguna manera puede decirse que sea la misma persona, aunque tú me hayas reconocido de inmediato y apenas unos pocos detalles irrelevantes en mi apariencia –las arrugas en torno a los ojos, el pelo que comienza a encanecer– denoten tal transformación. Tampoco en los aspectos más aparentes de mi vida, ésos que tantos utilizan para componer el retrato que nos identifique y de los que has ido teniendo noticia en nuestras últimas comunicaciones hasta que opté sencillamente por el silencio, se han producido cambios significativos. Continúo en mi cómodo puesto en la administración, mi matrimonio se desliza –sin más fricciones que las esperables– por los suaves rieles de una rutina no exenta de alegrías y en cualquier caso reconfortante, el tema de los niños parece a estas alturas descartado, viajamos a menudo al norte para visitar a la familia de Elena…. Sin embargo, nadie mejor que tú sabe que ninguna de esas facetas roza siquiera el centro menos visible en torno al cual giraban mis días antes de que anunciaras que ibas a cruzar el charco en busca de la gloria que aquí se te denegaba. El centro en la sombra que iluminaba cada mañana mi despertar al mundo –a veces también lo oscurecía, ¿recuerdas?, pero con una oscuridad que me llenaba de fuerza– y lo dotaba a mis ojos de la consistencia y el espesor de los que por sí mismo carece. Pues bien, es ese centro el que, sin llegar siquiera a proponérmelo, sin que yo tenga memoria de un instante de firme resolución de eliminarlo, fui dejando caer, con la misma languidez con que se dejan caer las hojas de los árboles, hasta lograr que se esfumara por completo. Ahora ya no te cabe duda alguna, ¿verdad? Aun así te lo confirmo: hace años que abandoné la literatura. Que dejé de escribir. Que dejé de frecuentar las tertulias literarias a las que solíamos acudir juntos. Es más: apenas si leo nada que merezca leerse si no es con el mero fin del entretenimiento, de la evasión que ayuda al discurrir de las horas hasta la siguiente jornada de trabajo. Si no es con el propósito de –como habitúa a decirse, siempre me pareció muy gráfica esta expresión– matar el tiempo y, con él, el aburrimiento que nos tortura en su vacío. Me deshice definitivamente de la compañía de los grandes y sin ellos sigo viviendo. Es posible que todavía anden escondidos por algún cajón los esbozos de aquella novela que empezaba a escribir cuando nos despedimos, los cuadernos de poemas en los que trabajaba. Muy rara vez pienso en ellos.

Te preguntarás cómo ocurrió. No tengo para ello una respuesta clara. Tampoco me apetece mirar hacia atrás e indagar en el proceso. Me figuro que poco a poco –y en contra del imperativo rilkeano de mantenernos en lo difícil que entonces teníamos tan presente– me dejé arrastrar por lo fácil y sucumbí al encanto de los placeres sencillos, ésos que antes tanto despreciaba. Me figuro que paulatinamente dejé de verle el sentido –o no quise persistir en su visión– a mi anterior existencia de poeta en ciernes, a la disciplina solitaria frente al cuaderno o el ordenador después del trabajo, al esforzado placer, en tantos momentos resultado de la superación de la angustia, de encontrar las palabras que se nos resisten para ponerle voz a esta realidad muda. Alguna vez recuerdo cómo en aquella época la ansiedad se apoderaba de mí cuando me veía obligado a comer con mis anodinos compañeros de trabajo, con la convencional familia de Elena. Me desesperaba por que aquellas reuniones acabaran, para regresar así a la soledad de mi buhardilla, a mis libros, a mis escritos. Tenía miedo. Miedo a acostumbrarme a la mediocridad reinante en aquellos encuentros inexcusables. Miedo a contagiarme del placer que los demás parecían hallar en sus conversaciones repletas de lugares comunes, carcomidas a mis ojos por la más trivial insustancialidad. Tenía miedo a convertirme en uno de ellos. A que llegara un día en que yo mismo disfrutara de esas charlas banales que juzgaba como una auténtica pérdida –¿o quizá debería decir asesinato?– de tiempo, como una odiosa dilapidación de la propia existencia. Contradictoriamente, me decía, si eso llega a suceder algún día, ni siquiera te darás cuenta ni sufrirás tampoco por ello. Y eso me atemorizaba aún más y acuciaba mis deseos de alejarme de esa gris medianía para protegerme de ella con mis proyectos literarios. Bien, a día de hoy debería concluir que me he convertido en uno de ellos, ya que esa ansiedad se ha ido mitigando hasta evaporarse de raíz. A día de hoy no tengo más remedio que concluir que mis miedos no fueron lo suficientemente poderosos como para apartarme de aquello que de antemano rechazaba.

Tal y como anticipaba, el hecho es que, en efecto, no sufro. A veces, incluso, creo ser feliz. Atrás quedaron la desazón, la tensión, la angustia de la creación. No te revelo ninguna verdad que desconozcas: escribir –también pintar, en tu caso– es nadar contracorriente. Debatirse constantemente con y contra uno mismo. Dar la espalda a la vida que late indolente al sol del mediodía. Al gozo de la inmediatez sin esfuerzo de lo simple. Y yo ya no me siento capaz de ese ejercicio tan escarpado como agotador, por más que sus satisfacciones –no sería de justicia no reconocerlo– pertenezcan a un orden que raya lo sublime. No. Prefiero tumbarme al sol y dejarme calentar por sus rayos mientras el tiempo transcurre manso y silencioso por encima de mis párpados cerrados.

Te confesaré, no obstante, que hoy, al verte, he tenido una extraña sensación que únicamente ahora, mientras te escribo, consigo verter en palabras: me he sentido lejos de mí. Lejos de una parte de mí mismo que no puede estar tan muerta como creía, porque de lo contrario no te estaría escribiendo. Lejos de algo que fui y que todavía debo ser, aun cuando sólo en la forma de un leve poso aletargado, porque cómo podría si no experimentar esta rara sensación de lejanía de mí mismo que hace que el suelo vacile bajo mis pies. Verte de nuevo ha resucitado en mi cabeza una pregunta que se formulaba Pessoa y que me perturbó durante largo tiempo: ¿Qué es ese intervalo que hay entre yo mismo y yo? Nunca supe exactamente lo que Pessoa quería decir con ella. Pero la cuestión es que hoy no he dejado de preguntarme en todo el día quién es en mi caso ese yo mismo que no coincide con mi yo, y que por ello siente tal lejanía de él.

Te imaginarás que no es agradable sentirse lejos de uno mismo. Eso explica mi precipitada huida de esta mañana. Quizá, también –sólo por causa de nuestro encuentro he logrado darme cuenta–, que lleve años huyendo de ti para evitar la emergencia de esa inquietante sensación. Comprenderás igualmente que no es posible vivir cargando con ella: todo lo enrarece. Así que me temo que, a partir de este momento, no me queda sino retomar la senda que inicié hace años y seguir caminando por ella como si jamás hubiera escrito este correo.

Huelga decir que no espero respuesta. O, en honor a la sinceridad, que no deseo ninguna respuesta. Me alegraría saber que tu carrera artística continúa y que has cosechado los éxitos que tus primeros cuadros auguraban. Pero también me haría daño. Por eso prefiero no saberlo.

El que fuera una vez tu amigo,

Ángel.



El título de este post es un descarado robo del de un libro de Clément Rosset que trata sobre el problema de la identidad. Sin embargo, al margen de la frase de Pessoa, que he encontrado en él, cualquier parecido entre este post y el libro de Rosset es, como suele decirse, pura coincidencia. O casi.

jueves, 14 de junio de 2012

Futuro



Cualquiera que haga un mínimo esfuerzo puede ver lo que depara el futuro. Es como un huevo de serpiente. A través de la delgada membrana es posible distinguir un reptil ya formado.
Hans Vergerus.

Echar la vista atrás y comprobar que los acontecimientos pasados no podían sino desembocar en los presentes es una operación que en ocasiones puede resultar dolorosa, pero que por lo general se halla desprovista de grandes dificultades. Es verdad que la historia no se mueve con necesidad matemática y siempre existe la posibilidad de que ciertos sucesos inesperados, azarosos, accidentales, alteren el rumbo que parece tener marcado. Pero sí cabe afirmar que, cuanto menos, suele avanzar con una cierta coherencia lógica. Las acciones que emprendemos individual o colectivamente tienen consecuencias. Consecuencias que, una vez convertidas en presente, comprendemos como el evidente resultado, como el efecto previsible en la consideración retrospectiva de reconocibles causas pretéritas.

Sin embargo, la dificultad se agrava notablemente cuando desde nuestro aquí y ahora tratamos de adivinar a dónde nos conducirán los acontecimientos presentes. La falta de experiencia, una escogida ceguera temerosa de la realidad o, simplemente, la asunción de la ausencia de esa lógica matemática en todo aquello que compone el curso del tiempo, provocan que a menudo nos sintamos desarmados en el momento en que, angustiados o ilusionados, nos preguntamos por lo que se derivará de lo que hoy vivimos. Excluyendo el comportamiento regido por leyes invariables de la materia, el futuro –nos decimos– es por definición incierto. Miramos hacia adelante y vemos alzarse ante nuestros ojos una gran llanura incógnita de contornos indiscernibles, un desierto sin relieves sobre el que, a veces, entretenemos las horas proyectando construcciones de humo carentes de más consistencia que la conferida por nuestra imaginación tanto al servicio del temor por la posible desgracia, como del deseo y la confianza infundada en su cumplimiento.

Ahora bien, ¿qué sucedería si, no obstante, hubiera situaciones, circunstancias, coyunturas históricas en las cuales, como afirma el doctor Hans Vergerus justo antes de suicidarse, el presente fuera idéntico a ese huevo de serpiente a través de cuya membrana pudiéramos, de realmente quererlo, vislumbrar las formas precisas del animal que emergerá de él? ¿Qué nos impediría entonces anticipar con certeza cuáles serán los acontecimientos que tendrán lugar en el futuro? ¿Se nos abriría así la puerta que nos permitiría reforzar con nuestros actos el advenimiento de ese futuro legible a través de la fina cáscara o, por el contrario, de tratarse de un futuro de espanto, que nos impulsaría a actuar con el objetivo de evitar su llegada? ¿O quizá, una vez contempláramos a través de la membrana el reptil ya formado, nos veríamos sin remedio abocados, impotentes frente al animal en ciernes, a presenciar su irrefrenable nacimiento?

Estas son algunas de las reflexiones y preguntas que, a mi juicio, plantea la película de Ingmar Bergman “El huevo de la serpiente” (1977). En el retrato de sus protagonistas, de las calles ruinosas por las que caminan, de los claroscuros de los espacios por los que transitan, Bergman pretende ofrecer una imagen de la sociedad que elevaría a Hitler al poder diez años antes de su elección democrática. En esa imagen, una posible dilucidación de las causas que la llevarían a decidir el triunfo de Hitler. La intención de Bergman se intuye ya desde la primera escena de la película: un plano silencioso de una multitud de rostros cabizbajos y abatidos avanzando a cámara lenta que se intercala rítmicamente entre los títulos de crédito y entrecorta la distendida música de cabaret que los acompaña. El enigmático y opresivo silencio quebrando abruptamente la ligereza de la melodía no dejará de suscitar en el espectador un incipiente desasosiego.


La acción comienza en el Berlín de 1923. Una voz en-off nos informa de la hiperinflación reinante: un paquete de tabaco cuesta 4 billones de marcos. Todo el mundo, afirma la voz, ha perdido la fe en el futuro y el presente. En la habitación que comparten en una pensión, Abel (David Carradine) encuentra el cadáver de su hermano Max, que ha puesto fin a su vida de un disparo en la cabeza, mientras en el comedor un concurrido grupo canta con entusiasmo alrededor de la mesa. No tardamos en enterarnos de que ambos hermanos, así como Manuela (Liv Ullmann), ex-mujer de Max, son americanos y trabajaban en un número de trapecio en un circo hasta que, cuando actuaban en Berlín, Max se rompe una muñeca y los tres se suman a las altísimas cotas de desempleados que inundan la ciudad. La prensa informa de que en Rusia los judíos –Lenin era de ascendencia judía– asesinan en masa a cristianos inocentes. Como su fallecido hermano, Abel es judío.

Abel acude al cabaret donde trabaja Manuela para comunicarle la muerte de su ex-marido. Max ha dejado una carta ilegible para ambos, salvo por una única frase: “Hay un envenenamiento”. Sólo conforme transcurra la película iremos descubriendo que el envenenamiento del que habla Max en su carta es el que, a ojos de Bergman, se ha adueñado de la sociedad alemana y también de Abel. Porque Abel no consigue hacer frente ni a su situación ni a la miseria que le envuelve tanto por causa de tal envenenamiento como por su impotente conciencia de los efectos que sobre él está generando. Como tantos alemanes, Abel se halla paralizado por el miedo y una angustia crecientes, que van apoderándose de él tras ser testigo de las humillaciones y linchamientos que, cada vez más abiertamente, sufren los judíos ante la absoluta indiferencia de la policía. Desde su llegada a Berlín se ha abandonado al alcohol: prefiere las pesadillas del sueño etílico a la aún más cruel realidad que percibe cuando despierta. Cuando el miedo se transforma en terror, no puede canalizarlo más que en violencia gratuita y en la búsqueda del contacto con sórdidas e insoportablemente desalmadas prostitutas. Pero, ante todo, Abel es incapaz de responder a las peticiones de ternura de Manuela, quien, apartando la vista de la terrible realidad social, concentra todas sus energías en sobrevivir alternando su trabajo en el cabaret con la prostitución y ofrece a Abel una mano salvadora que al tiempo persigue en él a un necesario aliado en su lucha por la supervivencia.


En el momento en que la acción se sitúa en el 6 de Noviembre de 1923, dos días antes de la noche en que Hitler da en Munich su fallido golpe de estado a la República de Weimar, los acontecimientos se precipitan. Más que nunca el caos, el desorden, la amenaza se ciernen sobre un Berlín fantasmagórico donde ya no se puede comprar leche, donde se matan y descuartizan caballos en plena calle para vender su carne, donde los grupos extremistas se enfrentan en ataques sangrientos ante un gobierno que parece indefenso. Las escenas que se suceden –en ocasiones dignas de una narración del género de terror: una mano que se detiene a escasos centímetros de la espalda de Abel sin que, cuando él se vuelve, pertenezca a nadie– nos llevan al último encuentro de Abel con el doctor Vergerus, quien le muestra la grabación de los espeluznantes experimentos que ha dirigido. Experimentos con personas que, voluntariamente, se han prestado a ellos a cambio de comida y un poco de dinero: una mujer ha sido encerrada en una habitación con un bebé que llora sin descanso a causa de una lesión cerebral, con el objetivo de averiguar cuánto tiempo tardará en acabar con su vida; un hombre es sometido ante sus ojos a una brutal deprivación sensorial; a varios sujetos se les inyecta una droga que genera una angustia extrema. Vergerus le informa de que días después, ya tras la extinción de los efectos de la droga, todos ellos se han suicidado. Entre ellos, su hermano Max.

Pero el doctor Vergerus también le explica el propósito de sus experimentos. No confía en el golpe de estado de Hitler, que define como un “fiasco descomunal”, puesto que, a su juicio, Hitler carece de la capacidad intelectual y técnica para el triunfo. Pero sí confía en el poder de la población alemana. Nuevamente contemplamos, ahora proyectadas por la cámara que maneja Vergerus, el plano silencioso de la multitud que avanza hacia el espectador. “Observa a toda esa gente”, le dice Vergerus a Abel. “Son incapaces de una revolución. Están muy humillados, muy temerosos, muy oprimidos. Pero en diez años, los que tienen diez años tendrán veinte, los que tienen quince años tendrán veinticinco. Al odio heredado por sus padres, ellos añadirán su propio idealismo e impaciencia. Alguno se adelantará y pondrá sus sentimientos en palabras. Alguno prometerá un futuro. Alguno hará sus demandas. Alguno hablará de grandeza y sacrificio. Los jóvenes e inexpertos brindarán su valor y su fe a los cansados e indecisos. Y entonces habrá una revolución, y nuestro mundo se hundirá en sangre y fuego. En diez años, no más, ellos crearán una sociedad sin igual en la historia mundial”. Porque, según Vergerus, la social actual se funda en ideas equivocadas sobre la bondad del hombre que serán corregidas en la nueva sociedad emergente. No, el hombre no es bueno. Es, por el contrario, “una deformidad, una perversión de la naturaleza. Ahí es donde nuestros experimentos toman lugar. Lidiamos con la forma básica y la moldeamos. Liberamos las fuerzas constructivas y controlamos las destructivas. Exterminamos lo inferior y aumentamos lo útil”. Y es entonces cuando advierte a Abel de que si algún día revela a otros lo que él acaba de contarle, nadie le creerá, pese a que cualquiera que lo desee podrá ver lo que el futuro depara a la sociedad alemana. Pues el presente es como un huevo de serpiente.


Sin embargo, por más que Vergerus pretenda poder predecir el futuro, no acierta en sus vaticinios al despreciar el indispensable papel de Hitler en el futuro de la sociedad alemana. Pero más trágicamente se equivoca el inspector Bauer, personaje que trata de ayudar a Abel y que, al final de la película, describe la acción de Hitler con los mismos términos que Vergerus, un "fiasco descomunal”, para después proclamar con una sonrisa en los labios que Hitler ha fracasado por haber subestimado “la fuerza de la democracia alemana”. Precisamente la fuerza democrática que, como es sabido, diez años más tarde le otorgaría el poder y acabaría desencadenando uno de los más atroces crímenes contra la humanidad de nuestra historia reciente.

Bergman parece así poner de relieve que, pese a la seguridad de las palabras de Vergerus, ni él ni Bauer alcanzan a distinguir con nitidez la realidad del reptil ya formado que se divisa tras la fina cáscara del huevo. Quizá porque entre la mirada de Vergerus y la cáscara del huevo de serpiente se interponen sus propios deseos y las ideas eugenésicas que defiende. Y entre la de Bauer y el futuro, su propia naturaleza optimista que le impulsa a buscar un orden incluso dentro del caos. En contra de las apariencias, nuestra posible capacidad visionaria queda en entredicho en esta película. Su mayor obstáculo no se hallaría sino en los ojos que miran al reptil nonato a través de la delgada membrana que lo cubre.


Extraño que yo, sin embargo, en los últimos tiempos tenga la sensación de que desde hace meses -años, incluso- en nuestro presente se percibe con palmaria claridad y en todos sus detalles la forma de esa serpiente que poco a poco empieza a romper su cascarón. Será porque algunos han logrado dibujar con precisión la imagen de ese reptil desde mucho antes de su nacimiento, y ahora comenzamos a constatar cómo la fea realidad que asoma por entre la cáscara quebrada resulta incuestionablemente idéntica a sus trazados.

lunes, 28 de mayo de 2012

Esclavitud


Por temor a perder una vida mutilada, en su asfixiante limitación siempre algo más que la llana y negra nada, fueron esclavos los esclavos de antaño. Donde la fría ley castiga implacable la insumisión con la muerte, se comprende su resignada inclinación a la obediencia. Cifrado en la extinción definitiva el precio de la rebeldía, se adivina el miedo ancestral capaz de trocar su germen incipiente en paciente docilidad y blanda mansedumbre. Nacían los esclavos de entonces antes al miedo que a la vida. Quizá por eso se aferraban con fuerza a sus despojos, arrojados con cretina benevolencia por sus dueños como a los perros las sobras al caer el día. Y en los retazos de goce arañados por los resquicios a la servidumbre, atesoraban escuetas, aun así valiosas monedas doradas que apuntalaban el sentido de su existencia. No por otra razón podían festejar en el mendrugo de hoy la mayor ternura del pan en contraste con el recuerdo del engullido ayer.

También el temor a perder es el amo espectral de los espíritus esclavos que han poblado y poblarán la frágil densidad de esta tierra en cualquiera de sus épocas y coordenadas. Sin cadenas en torno a sus tobillos viven atados, y atados se someten y obedecen pese a la ausencia de sogas rugosas lastimando sus cuellos, de espadas afiladas pendiendo sobre sus cabezas ante la tentación de la insubordinación o la huida. A salvo está del derramamiento la sangre que recorre sus miembros, la piel intacta del vértigo cortante del látigo. Pero una vez la vida desnuda se sabe a resguardo, nunca deja de construir sobre su suelo primario un universo variable de posesiones dispares, de pertenencias materiales y bienes invisibles, de dominios en propiedad o usufructo, cuya totalidad conforma ante nuestros ojos la figura aproximada de la vida vivible, la estampa difusa de la vida habitable según los criterios del expansivo corazón humano más allá del rítmico e inconsciente golpeteo que en nuestras muñecas revela su mecánico latido. Ninguna otra causa que el miedo por el angostamiento y posible desaparición de esa figura explica el temblor imperceptible en la cabeza inclinada del alma esclavizada dentro de un cuerpo libre. Las ataduras que paralizan la justa respuesta al ultraje llovido desde las alturas. El acatamiento de órdenes y directrices que sujetan, coartan, y hasta humillan los propios deseos en su rebaja.

De la natural indefinición de sus contornos, de su necesaria laxitud en continuo ajuste con las circunstancias, también de la versatilidad de cada experiencia individual en medio de la masa amorfa, se sirven los señores del poder en su enfermiza avidez por obtener crecientes beneficios del sudor del rebaño. No importa bajo qué pretexto ficticio: siempre cabe intentar recortar, una vez más, un poco más, los límites de la figura. Cuentan para ello con la tenaz alianza, con la sempiterna complicidad de los espíritus esclavos. Tras contemplar la dentellada en la figura, y aun en medio de los gritos por la merma y el acuse de la pérdida, sus corazones cautivos suelen forzarse al olvido de la silueta original ahora cercenada, ansiosos por recobrar, tan pronto como les sea posible, la obligada alegría por las posesiones que todavía les restan. Una vez contabilizados cuidadosamente los daños, alaban en público su suerte y en público se recriminan sus primeras quejas y las de sus vecinos, apresurándose a comparar la mayor cuantía de sus pertenencias con las atribuidas a la indigencia. Incluso los hay que gozan íntimamente del deterioro de la vida vivible, recreándose en la idea de la proeza que se asocia al esfuerzo incrementado, idénticos a camellos que presumieran de la más pesada carga que soportan sus jorobas mientras la tensión extrema de los músculos amenaza con la quiebra de los huesos. Son los que se jactan con orgullo de la aceptación jovial del mazazo, y se felicitan por el trabajo bien hecho en condiciones adversas. Nunca faltan, tampoco, quienes se abrazan a la reconfortante sensación de descubrirse víctimas impotentes de un Mal imbatible y todopoderoso que, por fin, legitima la tediosa letanía de sus antiguos lamentos. De llegar a intuir en sus pechos el pálpito ardoroso de la rebeldía, los espíritus esclavos concentran sus energías en aniquilarlo, amedrentados por la fantasía de la acción subversiva poniendo en peligro lo poco o mucho que aún les pertenece. Acobardados de igual forma por la imagen de la rabia que nutre esa rebeldía emponzoñando su menguado pero precioso, sagrado tiempo de asueto. Ése que se le escatima en un robo de proporciones tan descomunales como estúpidamente consentidas, si no otra cosa que tiempo es la sustancia misma de la vida, y su forzosa dilapidación desmedida a cambio del sustento la estafa más letal de la que podemos ser objeto. En cada minuto que nos hurtan, un minuto menos de esta vida nuestra y única de días contados por la muerte.

Por ello, ante la propuesta de insurrección, de organización de la resistencia y la lucha por reconquistar los espacios usurpados en el momento en que la estrechez impuesta comienza a percibirse inhabitable, los espíritus esclavos miran hacia otra parte: maquinan estrategias para redecorar sus moradas, cubriéndolas de espejos que embauquen a los ojos, mullendo las paredes con algodones que enmascaren su opresivo encogimiento. Cuando se acercan a participar en el debate, se aprestan aun sin quererlo a desarticular la iniciativa acumulando objeciones, proclamando peros, enlazando argumentos que revelen la inutilidad de la batalla, anticipando consecuencias nocivas sin duda probables pero en cualquier caso inciertas, pregonando como única opción la moral bovina del aguante y el manual de supervivencia bajo el brazo del sálvese quien pueda. Por los rincones, osan criticar secretamente la pueril debilidad de quienes rechazan convertirse en mulas de carga. Aprovechan los más aviesos para arrimarse con disimulo a las élites del rebaño: en medio de la revuelta, intentan rascar para sí algún que otro privilegio que aligere su particular apretura.

Que nadie se llame a engaño: si poseer es igual a temer perder, aún no ha visto la luz criatura humana que no albergue en su interior el espíritu del esclavo. Tan íntimamente arraigado a sus entrañas que la vana pretensión de aniquilarlo debe ser de inmediato desechada. Pero el reconocimiento de su existencia queda muy lejos de la afirmación de su omnipotencia. Frente a este ineludible compañero de fatigas, todo estriba en impedir que se apodere de las riendas que dirigen la voluntad y marcan la decisión. En atreverse a contrarrestar su fuerza invariablemente reactiva. Arriesgándose a desoír su voz temerosa allí donde la obediencia y el acatamiento prudentes, dominados por el miedo a la pérdida y el afán de conservación de apenas unos cuantos escombros, equivalen, en impoluta ecuación, al consentimiento de la pérdida fatal, quién sabe si algún día reparable: la que menoscabará en sus trazos esenciales la figura mínima de la vida vivible para reducirla a esos mismos escombros.