martes, 30 de marzo de 2010

Verdad


"La verdad, en su nombre maldito nos perdimos, en su nombre solamente, no por la verdad misma, si acaso existiera, sino por el deseo de verdad que nos arrancó las "confesiones" más aterradoras, tras las cuales quedamos más alejados que nunca de nosotros mismos, sin acercarnos ni un paso a verdad alguna".
Jacques Derrida


- ¿Y bien? ¿Qué era eso tan importante que tenías que decirme que no podía esperar a la noche? - Sara lo mira mientras remueve el azúcar del café recién servido con una sonrisa expectante. Tras ella trata de disimularse sin éxito una cierta ansiedad. La misma que anima su voluntad de revestir de ligereza la pregunta que le quema en los labios desde que la ha llamado para citarla esta mañana. Sus mejillas se han arrebolado por el repentino contraste entre el frío callejero y la potente calefacción del bar. Debe reconocer que está preciosa. Conforme él baja los ojos hacia su propio café y su rostro se tensa, intuye agudizarse su inquietud, imagina sus dedos retorciendo el pendiente de su lóbulo izquierdo. Escupir la verdad, ésa es ahora su tarea. Inspira profundamente antes de empezar a hablar. También a él le queman las palabras en la lengua desde anoche.

- Ayer la vi. A Nuria.

Nuria. Bajo ese nombre sin rostro se condensa para Sara el peso de un espectro desconocido bruscamente resucitado. La gravedad de un fracaso según él superado.

- ¿Ayer? Me dijiste que la reunión se había alargado hasta tarde - Para Sara el fracaso pretérito tiene otros nombres. A ciertas alturas de la vida, es raro no coleccionarlos en pequeños tarros cuyos tapones debe uno esforzarse por mantener bien cerrados.

- Sí. Te mentí. No hubo ninguna reunión. Salí más pronto del laboratorio y quedé con ella - Sus ojos abandonan con decisión la superficie líquida del café para posarse firmes sobre los de Sara.

- ¿Y eso? No me habías dicho que estuviérais en contacto - Sara enciende un cigarrillo y retorna a esos ojos oscuros por entre las volutas de humo.

- Bueno... en realidad no lo estábamos. O no más allá de los mails que intercambiamos de cuando en cuando.

- No sabía nada de esos mails. O quizá no te entendí bien cuando me lo dijiste, no sé... ¿Te pidió ella que quedárais? - Sara se esfuerza por recordar lo que él le ha contado de Nuria, de sus años juntos: su belleza, su carácter alegre y sencillo, un tanto apocado y proclive a los convencionalismos; las reflexiones de él ante la falta de aficiones y perspectivas comunes, ante la previsible divergencia de intereses conforme transcurría el tiempo; la llegada primero de la insatisfacción, luego del tedio y el hastío; y finalmente, la ruptura, propuesta por él, amarga para ambos, juzgada no obstante como necesaria por las dos partes.

- No. Fui yo. Sara... - Este súbito regreso de su nombre propio, antes reemplazado por apelativos cariñosos, le suena en la boca seria de él a escudo y coraza, a pantalla acristalada alzada entre ambos - supongo que estos últimos días he estado pensando en ella más que de costumbre. Y ayer... en fin, ayer sentí el impulso de llamarla, de volver a verla, y, sencillamente, no hice nada por refrenarlo. La llamé y quedamos.

- ¿Y qué pasó? - Sara nota una molesta punzada en el vértice de su esternón. El extremo del cuerpo ya algunas veces recompuesto de su orgullo. La punta por donde han comenzado a temblar las expectativas forjadas poco a poco sobre él, sobre sus brazos cálidos, sobre su conversación inteligente, sobre su mutuo entendimiento, desde que lo conociera hace algunas semanas. Demasiado prematuro, se dice a sí misma intentando mantener la calma, para atribuir el malestar a un presunto amor malherido. No así a la ilusión que a menudo se confunde con su nacimiento.

- No pasó nada, Sara. Quiero decir, por fuera, por expresarlo de algún modo, objetivamente, no pasó nada. Tomamos un café y charlamos. Nada más. Pero por dentro... dentro de mí sí pasó algo. Es posible que aún sienta algo por ella. No sé si la echo de menos.

- ¿Y ella? - La punzada se agudiza, acompañada por el sonido imperceptible de un leve chasquido: el de las expectativas al empezar a resquebrajarse.

- ¿Ella? Sara, ¿y eso qué más da? - Las facciones de él se contraen en un gesto de incipiente irritación - No sé si Nuria sigue sintiendo algo por mí, si es a eso a lo que te refieres. Ni siquiera me parece probable, aunque me quedó claro que no está con nadie. Estuvo estupenda. Sencilla, risueña, cariñosa. Pero es su manera de ser, no puedo sacar ninguna conclusión al respecto. Me contó de su vida, de su nuevo trabajo... luego nos despedimos como dos viejos amigos, eso fue todo. Pero Sara, eso no es lo importante. Lo importante, para mí, para nosotros, es lo que sentí yo. Eso es lo que no quería ocultarte. Lo que desde que colgué anoche el teléfono me pareció sucio ocultarte. Sólo trato de ser honesto, de ser sincero. Conmigo y contigo. De decir la verdad y poner todas las cartas sobre la mesa.

- Y supongo que lo que se deriva de esa verdad es que quieres que lo dejemos, ¿no? - La frase contiene una resolución que no esperaba de sí misma. Probablemente, un automatismo ante la amenaza que por primera vez ha sentido contenerse en la palabra "verdad". Blandida como un arma sobre su cabeza ante la cual sólo cabe la retirada.

- ¿Dejarlo? Sara, lo cierto es que yo no querría dejarlo. Que ayer sintiera lo que sentí no significa que no sienta nada por ti. Todavía no nos conocemos lo suficiente. Todavía no sé si todas las piezas acabarán encajando. Pero me gustas. Eres una mujer preciosa, inteligente, brillante... quizá incluso demasiado brillante para mí. Lo que conozco de ti me gusta. Te respeto y te valoro. Por eso pensé que debías saber dónde estabas, que debías saber a qué atenerte conmigo, lo que realmente ocurre dentro de mí. Pensé que no podía ocultarte esto que me ha pasado, incluso si aún no comprendo su relevancia. Y creo que eres tú la que debe decidir qué quieres que hagamos, ahora que ya sabes lo que hay. Por mi parte, estoy dispuesto a continuar - Su mano se acerca con timidez a la de ella, le acaricia el dorso de los dedos, se posa encima y la aprieta con suavidad, como queriendo retenerla.

Sara observa en silencio los dibujos de su cajetilla de cigarrillos.

- Sara, no quería mentirte. Te aprecio demasiado para hacerlo. Tenía que decirte la verdad. Siempre me he tenido por un tipo sincero - Al alzar la vista Sara se topa con unas pupilas que se proyectan sobre las suyas con intensidad.

Las estudia con detenimiento. Busca en ellas esa verdad antes encubierta que, según él, ha aflorado de su interior por razones que no alcanza a comprender. Algún rastro revelador de la incógnita que es Nuria, la relación vivida con Nuria. Pero en ellas sólo encuentra un extraño brillo que se columpia entre el alivio y la autocomplacencia que destila la sensación del deber cumplido. Y parapetada tras ella, cree adivinar la sombra del miedo. Miedo al presente. Miedo a ella y a su supuesta brillantez. Miedo al riesgo de volver a querer, queriendo lo que aún se desconoce. Miedo y debilidad frente al reto de construir un nuevo castillo cuando, por causa de ese mismo miedo, las ruinas del antiguo, contempladas en la distancia, parecen ofrecer de pronto un ilusorio cobijo. Tampoco se le escapa el efecto balsámico de tal lectura para su arañado orgullo. En cualquier caso, no ha errado al decir que semejante verdad, incluso si flota sobre una maraña de mentiras no sabidas, desemboca para ella en una única salida. Hasta podría tratarse de una fea treta -da por sentado que no premeditada, hasta ese punto confía en conocerlo- destinada a brindarle una huida airosa. La inconsciencia suele retorcer nuestras intenciones. Poco importa ya. No piensa perder tiempo en averiguarlo.

Sara retira sin brusquedad la mano, coge su abrigo y se levanta.

- Paga tú los cafés, ¿quieres? Ya hablaremos.

Cuando Sara ha salido por la puerta, también él se levanta y deja unas monedas sobre la mesa, perplejo ante su precipitada desaparición. Está empezando a llover. Bajo el paraguas, entre el tumulto de viandantes, se siente repentinamente solo, aislado. Se detiene bajo un soportal y marca en el móvil el número de Sara. Desconectado. Juega con la idea de marcar el de Nuria. Pero piensa en su voz, en la imagen de su rostro al otro lado del teléfono, y comprueba que sólo le evocan una fría indiferencia. Sigue caminando, preguntándose qué es lo que echa tanto de menos en cada bocanada de aire invernal.

jueves, 11 de marzo de 2010

Consuelo


Si al comienzo de la Ilíada Homero invocaba a la diosa para cantar la cólera de Aquiles, los versos que la clausuran se abrirán narrando su dolor, fruto amargo e indeseado de esa misma cólera. En su tienda, Aquiles se ha abandonado a las lágrimas, al lamento, al negro pesar por la muerte de Patroco. Su dolor parece no tener límite. Por su causa, al despuntar el alba, arrastra cada mañana el cadáver de Héctor, su asesino, alrededor del túmulo donde reposa el cuerpo de su amado. Pero ni tan siquiera esta inútil venganza alivia su inmenso sufrimiento, que lo ha conquistado por entero. Aquiles es sólo dolor y nada más que pétreo, frío dolor. Y en él, soledad extrema, parálisis, decidido distanciamiento del sol cálido que alumbra a los que aún se desean vivos.

Los dioses disputan entre ellos. Unos proponen robar el cadáver de Héctor, quien por haberlos siempre venerado merece digna sepultura. Otros advierten de la injusticia de semejante acto para con la grandeza de Aquiles, engendrado por diosa y mortal, y al cual se debe especial reconocimiento. Sin embargo, todos admiten la verdad de las palabras de Apolo: Aquiles debe ceder, desistir en su dolor. No está permitido a los mortales que su lamento sea infinito. El tiempo legítimo del llanto por la pérdida es limitado. Tras él, es preciso retornar a la luz de la vida habiendo aprendido a sobrellevar, a soportar el dolor.

Pero, ¿cómo hallar consuelo ante la muerte del ser más querido? ¿Acaso existe sobre la tierra el paño que seque por fin las lágrimas de Aquiles, si nada restituirá su pérdida, si lo más amado nunca, jamás, admite reemplazo alguno? ¿Cómo restañar la herida en apariencia incurable? ¿Cómo superar el desgarro que parte de lado a lado el corazón, lacerando, atormentando cada nuevo latido?

Muchos siglos después, tampoco Marcia es capaz de desistir de su dolor, pese a los tres años transcurridos desde la muerte de su hijo. El sabio Séneca le dedica entonces una larga carta de consolación exhortándole a ceder. Porque persistir en su dolor significa, como le sucedió a Aquiles, apartarse de los vivos, rechazar todo placer, odiar la luz, sepultarse entre sombras, y perpetuarse así en una vida valorada como horror y pura tiniebla. Allí le recuerda las palabras del filósofo Areo a Livia, también consumida tiempo atrás por la muerte de su hijo: al igual que la destreza del piloto se demuestra en medio de la tormenta, es en el infortunio donde debe probarse la fortaleza del ánimo. Allí le habla de la inutilidad de la aflicción si no hay lágrimas que logren devolver la vida a los muertos. Y le da argumentos para que, sabido que el paso del tiempo, antes o después, irá arrancando poco a poco el dolor instalado en su corazón, se anticipe con valor e inteligencia a ese término natural y renuncie ella misma a él.

¿De donde procede, se pregunta Séneca, esa tenaz resistencia a cejar en el llanto por la desaparición de quienes amamos? Únicamente del hecho de que, por más que contemplemos cómo la desgracia y la pérdida se ceban de continuo entre aquellos que nos rodean, nos negamos a aceptar que del mismo modo nos hallamos nosotros tan expuestos como ellos a la desgracia. Rehuimos su pensamiento con tal perseverancia, que al caer la miseria sobre nuestras cabezas, nos golpea con fiereza por no hallarnos preparados para su más que probable llegada. Es necesario, pues, prever los golpes, cuya anticipación amortiguará su contundencia. Es necesario disponerse, prepararse para el sufrimiento inevitable. Inevitable en un mundo en el que nada escapa a la caducidad. Donde cada cosa porta sobre sí el sello de lo pasajero y fugaz. Donde, por tanto, todo se nos da en mero préstamo, en usufructo, jamás en propiedad. Nada de lo recibido dejará de sernos arrebatado. Nada de lo que gozamos se nos asegura más que en el momento mismo de gozarlo. Mañana, incluso en el plazo de esta misma hora, puede sustraérsenos. Hay que amar en la aceptación de que habremos de perder a quienes amamos. En la certeza de la omnipresente posibilidad de la inminencia de esa pérdida. De que ya siempre, de alguna manera, los estamos perdiendo. Apresúrate a gozar, apura sin dilación tu felicidad, impele Séneca a Marcia, si no hay garantía alguna de su duración más allá del instante en que se disfruta.

Es preciso, además, vivir en la plena conciencia de que ya en el día de nuestro nacimiento se certificó nuestra muerte. De que sólo se nos regaló la vida bajo la inexcusable condición de su condición mortal. De que el azar, en su capricho, provee innumerables sufrimientos que eluden la balanza de la justicia. De que los seres humanos somos tremenda, terriblemente frágiles, endebles, sometidos en la debilidad de nuestra carne al accidente y la enfermedad. Muy poco se necesita para destruirnos y ya desde nuestra niñez nos hallamos tan inclinados a la muerte como cuando la fortuna nos concede llegar a la vejez.

Séneca propone entonces a Marcia un singular ejercicio: que imagine que, justo en el momento antes de su nacimiento, le hubiera sido dada la oportunidad de contemplar el mundo en el que va a entrar. ¿Qué vería en él? Todas las maravillas que éste ofrece: las brillantes estrellas del firmamento, la bella y exuberante naturaleza, el amor y el contacto humano; la alegría, el placer, la emoción, la risa. Pero, junto a ellas, también la tormenta, el rayo, el naufragio, la guerra, los incontables azotes del infortunio, los múltiples y ásperos padecimientos del cuerpo y el alma. Y le anima a que delibere consigo misma y piense bien lo que desea: si vivir o no vivir. Si elige vivir, debe asumir que está eligiendo el mundo en su totalidad, la vida en su totalidad, donde no hay maravilla sin horror, dicha sin padecimiento, amor sin pérdida. Y la elección de esa vida en su totalidad contradictoria demanda renunciar al lamento infinito. Porque ella misma ha elegido el lugar donde de antemano sabe que nada la salvará de la amargura de las lágrimas. Y ha aceptado esas lágrimas y ese dolor a cambio de gozar de sus maravillas.

Algo semejante razonará Aquiles cuando Príamo, el padre de Héctor, entre en su tienda a suplicarle la devolución del cadáver de su hijo. Príamo ha saltado por encima de su dolor para emprender una acción que supera toda cota soportable de sufrimiento: besar la mano del asesino de su hijo. En la admiración que su gesto le produce, Aquiles encuentra la fuerza capaz de cerrar las compuertas por las que mana a raudales, aniquilando en él todo aliento vital, su propio y desmesurado dolor. Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir con dolor, dice a Príamo, sólo ellos éstán libres de él. Es preciso desistir del llanto, que a nada conduce.

Como Aquiles, como Príamo, como Marcia, tampoco nosotros somos dioses. No nos resta, pues, sino aprender a aceptar nuestra condición mortal, frágil y perecedera. La que nos regala la alegría sólo al precio de su necesaria alternancia con la tristeza. La que, para otorgarnos la felicidad, exige que con ella se nos dispense también la penuria. Porque aprender esa difícil aceptación significará haber empezado a construir los cercados que algún día habrán de contener el dolor de rostro infinito. Disponernos a levantar los puentes que nos permitan retornar a la luz cuando el Gran Dolor, por pretenderse inacabable, inabarcable, amenace con sepultarnos en el lóbrego reino de los muertos en vida. Dibujando en la anticipación el primer trazo del camino por el que habremos de seguir avanzando, bajo los rayos cálidos del sol, mientras soportamos el dolor inevitable.

jueves, 25 de febrero de 2010

Palabras para Becky



La locura es la única reacción sana para una sociedad enferma

Thomas Szasz

En 1999 salió a la luz un proyecto que el ya desaparecido director de cine Joaquín Jordá y Nuria Villazán llevaban gestando durante largos años y para cuya realización hubieron de superar numerosas dificultades. Se trata de la película "Monos como Becky", un singular documental que pretende denunciar la agresividad de las técnicas psiquiátricas, a la vez que acercarnos a sus víctimas y al problema de cómo es y cómo debería ser tratada la enfermedad mental. Esta reflexión seria y a un tiempo tremendamente cálida sobre el complejo círculo que trazan en su recíproca relación psiquiatría y locura se desarrolla en dos hilos narrativos principales. Dos hilos que se entrecruzan constantemente y acaban confundiéndose, para abrir en tal confusión inquietantes interrogantes sobre la naturaleza, para muchos esencialmente perversa, de ese complejo círculo.

Por un lado, "Monos como Becky" se presenta como una aproximación biográfica a la figura de Egas Moniz, neurólogo portugués a quien en 1949 le fue concedido el premio Nobel por la introducción de la técnica quirúrgica de la lobotomía. Moniz, ya famoso por haber realizado en 1927 la primera angiografía cerebral, pretendía encontrar un método quirúrgico para curar enfermedades mentales como la esquizofrenia o la paranoia que cursaban con crisis agudas y violentas. Se dice que la inspiración le llegó cuando en 1935 asistió a un congreso médico internacional en Londres en el que los neurocirujanos estadounidenses Fulton y Jacobsen presentaron los resultados de sus investigaciones con dos chimpancés, Becky y Lucy, que mostraban conductas agresivas. Tras extirpárseles parte del lóbulo frontal cerebral, Becky y Lucy se transformaron en monas mansas y dóciles, aunque también incapaces de resolver los problemas que habían aprendido a solucionar antes de la intervención. Moniz se decidió entonces a realizar una intervención similar, consistente en seccionar las fibras que unen el lóbulo frontal con el resto del cerebro, en enfermos mentales. Entre 1935 y 1936 Moniz practicó unas veinte lobotomías y se apresuró a publicar los resultados de sus investigaciones. Afirmaba que, tras la operación, todos los pacientes estaban clínicamente curados. La única prueba que aportó para avalar semejante afirmación es que su estado de agitación y su excesiva emotividad habían cesado por un corto período de tiempo. Pero en ningún momento mencionaba si tras la intervención los pacientes podían desenvolverse con normalidad en su vida cotidiana. Probablemente porque, de haberse visto forzado a hacerlo, no habría tenido más remedio que admitir que la lobotomía, además de eliminar la agresividad de los enfermos mentales, aniquilaba su personalidad y su capacidad de razonamiento y los convertía en seres apáticos, sumisos, faltos de toda iniciativa y de toda reacción emocional, cuando no los reducía a un estado puramente vegetativo.


El segundo hilo narrativo lo protagonizan los internos psiquiátricos de la Comunidad Terapéutica de Martutene. Joaquim Jordá les propone formar parte de una representación teatral sobre un peculiar episodio de la vida de Egas Moniz: en 1938 uno de sus pacientes atentó contra su vida disparándole ocho tiros. A cargo de la dirección de la obra se halla Joao Maria Pinto, actor portugués que, según descubrimos hacia el final del film, fue sometido a una intervención cerebral a raíz de una grave depresión que lo ha convertido en un paciente psiquiátrico de por vida, al dejarle como secuela un trastorno maníaco-depresivo crónico. Guiados por el argumento de la preparación de la obra, asistimos a la vida cotidiana de los enfermos en el sanatorio, a su autopresentación ante las cámaras, a sus diálogos con el propio Joaquín Jordá. También a la narración en primera persona de los orígenes de su enfermedad y de los tratamientos que reciben. Todos ellos son individuos rotos, que cargan sobre sus espaldas una larga historia de sufrimiento e incomprensión social hacia ese sufrimiento. Perros apaleados a los que la sociedad ha estigmatizado, aislado e incluso en ocasiones literalmente destruido, por haberse quebrado bajo el peso de los golpes. Por haber sido más frágiles que la media y sucumbir al dolor por la vía de la locura. Llama la atención su manera de hablar, en exceso lenta o, por el contrario, confusa y atropellada. Nada relacionado con sus respectivas enfermedades, sino producto de las medicaciones que toman para combatirlas. Pero su progresivo conocimiento de la historia y relevancia médica de Egas Moniz, interpretado en la ficción por el propio Joao Maria Pinto, terminará por impulsarles a poner de manifiesto su rechazo hacia la agresividad de la metodología psiquiátrica. En la representación final de la obra, contemplamos a Moniz celebrando junto a varios comensales la recepción del premio Nobel. Ramsés, un enfermo diagnosticado de esquizofrenia, en el papel de uno de los comensales que participan de la celebración, pregunta a Moniz insistentemente: "¿Y a usted por qué le han dado el Nobel?" Moniz comienza a contar pomposamente su trayectoria, sus logros, su gran dedicación a la medicina. Hasta que Ramsés le corta, con su hablar precipitado y sintácticamente fallido. Como si pensara más rápido de lo que su lengua le permite expresar: "¿Cambiar conciencias? ¿Suprimir la conciencia humana... a la esclavitud del cuerpo... en vez de a la libertad a la mente? ¿Cree que eso es positivo? Usted es un farsante, usted es un farsante". Y es entonces cuando otro de los enfermos-actores dispara a Egas Moniz.

Una de las reflexiones a mi juicio más interesantes que se intercalan entre ambas historias es la que plantea el filósofo Jorge Larrosa, para quien la brutalidad o agresividad de muchos procedimientos psiquiátricos se justifica por la voluntad de salvaguardar la vida del paciente. Un paciente al que hay que proteger de sus impulsos autodestructivos, al que hay que hacer vivir a toda costa. Sin embargo, la cuestión, dice, será siempre determinar qué significa vida.


Así como nosotros tan sólo disponemos de una palabra para aludir a la vida, los griegos disponían de dos términos diferenciados que designaban dos maneras muy distintas de entenderla. Por una parte, con el vocablo "zoé" se referían a la vida desnuda, a la vida de supervivencia, a la vida pura. La vida cuyo valor se mide por su duración y por la ausencia de dolor. Pero los griegos utilizaban asimismo la palabra "biós" para apelar a la vida en cuanto vida de alguien, a la vida singular que puede ser objeto de una biografía. Y frente a la vida desnuda que era la zoé, solamente el biós podía albergar sentido con independencia de lo que durara, con independencia de lo que doliera.

El problema de las técnicas agresivas de intervención psiquiátrica, afirma el filósofo, es que todas ellas matan la vida para salvar la vida: matan una vida con sentido, aunque duela y dure poco, para crear una vida como supervivencia, una vida donde esté ausente el dolor, pero también el sentido. Ante lo cual resulta imposible eludir la pregunta: ¿qué vida vale la pena vivir? ¿hasta qué punto se puede matar la vida para salvar la vida, para alargar y hacer durar la vida, para proteger la vida?


No obstante, para mí el momento más lúcido y a la vez más emocionante de todo el documental tiene por protagonista a Ramsés. Ramsés el esquizofrénico. Un enfermo mental a quien el pretendido progreso de la psiquiatría ha librado de la condena a una lobotomía irreversible, a cambio de someterlo a otra suerte de lobotomía, en principio reversible aunque de efectos desconocidos a largo plazo: la que supone la ingesta de neurolépticos como método sustitivo de las intervenciones cerebrales. En un último coloquio sobre la obra, Ramsés se revuelve contra la defensa de las "buenas" intenciones de Moniz realizada por uno de los psiquiatras del sanatorio con las siguientes palabras:


"Yo tengo esquizofrenia y opino que soy como una planta. Me tienen que abonar, me tienen dar diplomacia, me tienen que dar ética y tratarme bien. Eso es lo primero. Lo segundo es el tratamiento de pastillas. Pero hablando también se puede curar. Hablando bien, psicológicamente y entendiendo al enfermo. Sus debilidades y sus puntos débiles y fortaleciéndolos. Ayudándole psicológicamente (...). Si no, no valen "pa ná". (...) Porque necesitamos alimento, de palabras... Por eso la película es una terapia, las películas son terapia. (...) Yo me considero como una planta, como una flor. Me tienen que abonar, regar y alimentar. Y ya está. Y si no, no florezco, me quedo mustio. Y ya está. Y tiene que haber una ética psiquiátrica para comunicarse con el enfermo. Primero, no somos niños. Ni nos entendemos o entendemos la mitad, pero no somos niños. Si sufrimos es porque necesitamos algo. Primero, alimentar las neuronas; luego, alimentarnos de cariño y de mucho amor. Y estas personas tienen que dar mucho amor".


Me gusta fantasear con la idea de que tal vez la mona Becky hubiera dejado de comportarse con agresividad si alguien en su día se hubiera molestado en hablarle. En dedicarle las palabras adecuadas. Pero de no ser así, ¿es necesario recordarle a alguien que los enfermos mentales no son monos? ¿Que no merecen ser tratados como primates gritones y violentos a los que se debe acallar y calmar a toda costa al precio de sustraerles la legítima posibilidad de alcanzar una vida con sentido? Me temo que, por desgracia, se trata de una evidencia que la psiquiatría aún no ha sido capaz de integrar dentro de los supuestos que la cimentan.


martes, 9 de febrero de 2010

El mundo como supermercado


El polémico escritor francés Michel Houellebecq ha planteado que los peligros que en la actualidad amenazan a la literatura provienen esencialmente de que los occidentales contemporáneos ya no consiguen ser lectores. En un mundo en el que todo gira demasiado deprisa, en una realidad sometida a un proceso de constante fluctuación, renovación y recambio, no es extraño que nuestras percepciones y sensaciones sufran una suerte de aceleración que las lleve a ajustarse a esa creciente velocidad. Frente a ella, dice Houellebecq, un libro sólo puede apreciarse despacio. Porque apreciarlo exige reflexión. Vuelta atrás, parada, relectura. Algo imposible, absurdo, allí donde, en lugar de lectores dispuestos a la lentitud y a la parada, a la reflexión y la vuelta atrás sobre lo ya leído, sólo existen voraces consumidores. También de libros.

Quizá sea esta ausencia de verdaderos lectores diagnosticada por el propio Houellebecq lo que explique que tantos se hayan escandalizado con sus novelas. Por ellas se le ha acusado de misoginia, de racismo, de islamofobia. Incluso de hacer apología de la pedofilia y del turismo y la explotación sexual. Acusaciones que, en efecto, considero únicamente justificables como producto de una lectura en exceso apresurada de sus obras. De una lectura que no se ha detenido mínimamente a pensar en las motivaciones que hayan podido alentar a su autor a escribirlas.

Leer a Houellebecq no es, admitámoslo, una experiencia agradable. Mucho menos si, como es mi caso, quien se enfrenta a sus novelas es una mujer. Sus protagonistas, hombres que en casi todas ellas son los narradores en primera persona de la historia, pueden causar reacciones de auténtica repulsa. Son seres vacíos, huecos, descreídos. Cínicos recalcitrantes, hacen gala de una visión fría y cruel de la existencia, del mundo, de sus semejantes. Algunos de sus comentarios provocan escalofríos, si no arcadas en los estómagos más delicados. En general, parecen detestar a las mujeres. Cuando no las detestan, las mujeres se reducen a sus ojos a las vaginas, a las bocas que ejercerán de fuente de su placer. Sus relaciones con ellas, obsesivamente sexuales, son narradas con una crudeza pornográfica que elude cualquier asomo de sentimiento, de emoción más allá de ese mismo placer buscado y obtenido a través de sus cuerpos. En las novelas de Houellebecq no hay lugar para la comunión de las almas, para los afectos espirituales. Las relaciones hombre-mujer pivotan en torno a los recurrentes intercambios de fluidos, a las reiteradas fricciones de los sexos, a las abusivas felaciones y masturbaciones recíprocas. Sin embargo, lo más sorprendente, y quizá para algunos lo más escandaloso del asunto, estriba en que esos personajes masculinos -y también algunos de los femeninos-, interpretan en términos de amor esos vínculos sexuales desnudados de todo sentimentalismo y descritos desde la óptica más fisiológica y carnicera. En el universo Houellebecq el amor nace, se focaliza y se agota en el sexo. En el placer predominantemente genital logrado a través del sexo. En apariencia, ningún otro lazo, ninguna otra ligadura, lo sustenta y arropa. Y es en el sexo donde sus protagonistas alcanzan ciertos estados de felicidad plena, en todas sus novelas irremediablemente abocados a la destrucción.

La respuesta al porqué de semejante visión del ser humano, del amor, de las relaciones humanas, se halla sin duda en cada una de las novelas de Houellebecq. Dar con ella exige, eso sí, esa lectura lenta, reflexiva, con vuelta atrás, parada y relectura que, según Houellebecq, no practican los consumidores occidentales del libros. Para quienes, sin embargo, no se sientan dispuestos a ahondar en la nada grata experiencia que supone leer sus obras, el propio Houellebecq ha elaborado y expuesto públicamente dicha respuesta. La encontrarán bajo la forma de una recopilación de ensayos y artículos titulada "El mundo como supermercado" en la que, ya sin posibilidad de equívoco alguno, el escritor francés revela los supuestos teóricos que alimentan sus controvertidas novelas.

Houellebecq defiende que no vivimos simplemente en una economía de mercado, sino en una sociedad de mercado en la que la lógica consumista -lo que él llama la lógica del supermercado-, las operaciones de compra-venta, las transacciones comerciales, determinan toda relación humana, sea ésta erótica, amorosa o profesional. La misma despersonalización que observa en la arquitectura contemporánea, destinada a producir espacios neutros que faciliten la circulación de individuos y mercancías y el flujo de mensajes informativo-publicitarios, es la base del éxito del despersonalizado empleado moderno, impulsado a la infinita flexibilidad, al desprendimiento de cualquier rigidez intelectual y emocional. De la renuncia a toda clase de adhesión, fidelidad, o código de comportamiento estricto, dependerá el incremento de su valor, limitado a mero valor de cambio. Pero el volátil y maleable hombre de supermercado no sólo carece de personalidad, sino también de voluntad. Ésta resulta incompatible con la dispersión y proliferación del deseo, con la multiplicidad variable y fluctuante de deseos suscitados por las decisiones publicitarias. Las decisiones que han engendrado un implacable super-ego que a todas horas, desde todos los flancos, le ordena que desee, que sea deseable, que compita, que luche, que no se detenga, que no se quede atrás.

El resultado: individuos egoístas, competitivos, calculadores. Partículas aisladas, atomizadas en el todo social. Individuos desarraigados, proclives a la depresión. Profundamente solos. Profundamente narcisistas. Hasta el punto de que, según Houellebecq, lo que se busca en el hipermercado del sexo ya no es el placer, sino la mera gratificación narcisista, la embriaguez narcisista de la conquista. El sexo queda así transformado en puro medio para la constatación y reconocimiento del propio valor erótico en la escala de cotizaciones del mercado. Una escala, popularizada primero por la industria pornográfica y más tarde por las revistas femeninas, cada vez más inflexiblemente ligada a rígidos parámetros numéricos (edad, altura, peso, medidas de caderas-cintura-pecho, medidas del pene en erección). En el gran supermercado del mundo, declara Houellebecq con ironía, tan sólo algunos seres con valores desviados siguen asociando la sexualidad y el amor.

Los narradores masculinos de las novelas de Houellebecq, también algunas de las mujeres con las que follan, son el perfecto retrato de esos individuos egoístas, competitivos, calculadores. Aislados, desarraigados, proclives a la depresión. Profundamente solos. Profundamente narcisistas. No obstante, lo que los hace merecedores de protagonizar sus novelas es algo que aún los diferencia del resto. Exactamente lo mismo que los condenará al más estrepitoso fracaso: pese a su egoísmo, a su incompetencia emocional, a su incapacidad para entrar en comunicación con sus semejantes, mantienen una mirada lúcida sobre la vacuidad de sus existencias y todavía no se aman lo suficientemente a sí mismos, todavía no son lo bastante narcisistas, como para no querer amar y ser amados. Sólo que, desde la raquítica precariedad de sus valores y sentimientos, desde la extrema pobreza de su constitución como sujetos deseantes sin voluntad, la única vía, el único recurso del que disponen para amar y ser amados es el sexo. El placer que dan y reciben por medio del sexo.

"Eso es lo maravilloso de ti: te gusta dar placer -le dice el protagonista de "Plataforma" a la mujer que ama- Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se avergüenzan de su propio cuerpo, que no está a la altura de las exigencias del porno, sino que, por los mismos motivos, no sienten la menor atracción hacia el cuerpo de los demás. Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal, de un cierto estado de dependencia y de debilidad. La exaltación sentimental y la obsesión sexual tienen el mismo origen, las dos proceden del olvido parcial de uno mismo; no es un terreno en el que podamos realizarnos sin perdernos. Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia".

Comprendo que muchos rechazarán con una sonrisa escéptica y burlona esta visión tan pesimista, tan apocalíptica de nuestro mundo occidental. Que proclamarán con sinceridad no reconocerse ni reconocer en lo descrito por Houellebecq la realidad en la que viven día a día. Que valorarán que, definitivamente, el mundo que perciben, que pisan, en el que entablan relaciones con otros seres humanos, no es ese gran supermercado. Bien. Pero quizá sea necesario pararse a pensar con Houellebecq si ese gran supermercado que aún no experimentamos con nitidez a nuestro alrededor, pero del cual es imposible no percibir ya ciertos atisbos, no es tal vez, y al menos en parte, el mundo al que nos encaminamos. Un mundo deshumanizado y discapacitado para el amor que Houellebecq pretende denunciar anticipadamente con su polémica e hiriente escritura.

miércoles, 27 de enero de 2010

Fronteras


Siempre sentí una cierta inquietud por el sueño de Laura. Su carácter nervioso solía poner trabas al asalto nocturno de Morfeo, y no pocas noches abandonaba nuestra cama para fumar un cigarrillo y sentarse a leer en el sofá al acecho de algún indicio de su llegada. Cuando regresaba y el cansancio lograba al fin rendir sus miembros y sus párpados, su sueño era profundo como el de los muertos, demasiado a menudo poblado de monstruos cotidianos, de espectros del pasado, de criaturas malintencionadas que la sacudían con fuerza mientras ella, mi dulce niña, les hacía frente con voz ronca, casi al borde del grito, tenso el arco de las cejas sobre los ojos cerrados. No era raro que yo, tras la superficie ligera de mi propio sueño, percibiera su agitación y retornara a la oscuridad de su lado. Le hablaba entonces despacio, envolviéndola con mi abrazo, tratando de arrancarla con suavidad de los entornos inhóspitos que pisaba. Laura apenas volvía en sí unos instantes, sin tan siquiera alzar los párpados, para hundirse de nuevo con presteza en el mar de su inconsciencia. Pero ese brevísimo emerger al sonido de mi voz, al contacto cálido de mi piel, bastaba por lo general para ahuyentar a los monstruos, a los espectros, a las criaturas malévolas, y trasladarla a un renovado y más apacible escenario onírico. Por la mañana casi nunca recordaba la trama de sus pesadillas, a quién se dirigían sus palabras, con qué o quién se había enfurecido en sueños. Yo acariciaba sus cabellos, besaba sus labios sonrientes, y la sabía a mi lado a salvo de sus demonios.

Aún guardo memoria de aquella noche, ya distante en el tiempo, en que por primera vez fue su risa la que quebró mi sueño. Una risa ligeramente distinta de la que tan bien conozco, que tanto adoro, manantial del que bebían mis días, y que ahora sólo se me ofrece en oscuras gotas. Esa risa un poco más aguda, y como amortiguada por una sordina, se entremezclaba en su boca con palabras ininteligibles, palabras también risueñas, cantarinas pese a su confusión, delatoras en el tono que las arropaba de una inusual alegría, de un conmovedor bienestar en el sueño de Laura. Inclinado por la costumbre, la rodeé con mi brazo y ella, aún profundamente dormida, lo apartó de sí rodando hacia un lado, alejándose de mí, como molesta por esa indeseable interferencia de mi cuerpo en su sueño. La risa cesó y con ella el diálogo a cuya mitad entrecortada e incomprensible había asistido en silencio. Pero la respiración honda y serena de Laura hacía surgir en torno a su espalda un extraño halo de felicidad que casi podía palpar. Al levantarse, le pregunté qué había soñado. Tampoco esa vez podía Laura recordarlo. En su memoria únicamente persistía la imagen aislada, huérfana, de unas hermosas flores blancas. La abracé buscando resarcirme de su inconsciente rechazo y ella me acogió tiernamente en su pecho.

Sólo meses más tarde, quizás ya demasiado tarde, fui capaz de intuir el mal presagio que anidaba en aquella primera risa, en aquel primer rechazo. Todavía hoy me tortura la sospecha de que quizá podría haber evitado la catástrofe que se avecinaba de haberla forzado a despertar, saboteando cruelmente esos momentos de felicidad onírica y así arrastrándola hacia mí. Pero, ¿cómo anticipar que a esa risa, a ese rechazo, por justicia sustraído al reproche sensato, les sucederían muchos más? ¿Cómo adivinar que habrían de dar inicio a la transformación, al principio casi imperceptible, luego dolorosamente evidente, de los hábitos nocturnos de Laura, y con ellos del tesoro que más preciábamos en cofre vacío y estéril?

Poco a poco, sus dificultades para conciliar el sueño fueron mitigándose hasta derivar en su extremo opuesto: como guiada por una oculta avidez por sumergirse en las tinieblas, un rayo parecía fulminarla casi al momento de posar su cabeza sobre la almohada, abandonándome en medio de una frase, ausentándose repentinamente de mis incipientes besos y caricias. Después, el sueño comenzó a apoderarse de ella cada vez más temprano, sobre el sofá en el que veíamos la televisión o leíamos. Conocía las tensiones que venía sufriendo desde hacía tiempo en la oficina, su exceso de trabajo, y creí que su cuerpo sucumbía tras tanto insomnio, doblegado por tanto cansancio acumulado. Yo mismo la incité al principio a dejarse conducir por él, a no oponerle resistencia, a acostarse en cuanto reclamara su merecido descanso. En lugar de saciarse, su necesidad de dormir aumentaba gradualmente. El sueño de Laura me la hurtaba cada noche unos minutos antes.

Por las mañanas, dejó de oír el despertador y debía hacer esfuerzos casi titánicos para que abriera los ojos y se preparara para su jornada. Los fines de semana no se levantaba hasta el mediodía, perturbado su sueño por el rugir de su estómago ocioso. Con frecuencia la observaba, mi niña dormida. Seguía riendo y hablando la lengua de Babel. Pero incluso cuando su rostro se cubría de la gravedad impenetrable de los durmientes, todo su cuerpo irradiaba ese extraño halo de felicidad que descubrí aquella primera noche. Una felicidad cada vez más tangible, cada vez más impúdica. Al despertar, Laura amanecía como iluminada por un sol infinito, sus labios curvados en una hermosa sonrisa. Todas las mañanas, aún en la cama, le preguntaba. Ella nunca recordaba más que los mismos nimios, sorprendentes detalles: las flores blancas, un paisaje nevado, el canto de un pájaro sobre la rama de un árbol. Nada que me aproximara siquiera a la llave del misterio de sus diálogos y risas nocturnas. Los evocaba con una mirada bañada de enigmas, una mirada que, atravesando mis ojos, parecía traspasar los límites de este mundo para penetrar en otro. Otro mundo absoluta, radicalmente ajeno a éste. Luego, conforme iban diluyéndose las brumas del sueño, conforme se iba instalando en el día, la luz en Laura comenzaba a evaporarse, su semblante a ensombrecerse. Sus tiempos de vigilia fueron progresivamente invadidos por la tristeza, por el tedio, por el aburrimiento. Alternaban con una persistente irritación que la inducía al enfado infantil, a alzar su voz contra mí, a desbaratados accesos de furia, derramados sin motivo sobre mis hombros, que la obligaban a huir de casa con un portazo. Laura no dejaba de ser consciente de mi preocupación, de mis temores por su salud, de la creciente angustia que en mí provocaban su apatía, su irascibilidad infundada. También de la infección que, inoculada por ellas, se extendía mortífera por la sangre antes sagrada de nuestra relación. Tras cada disputa, leía en todos sus gestos una suerte de súplica: en silencio imploraba mi perdón por una falta paradójicamente nacida de la inocencia, por una culpa carente del suelo legítimo de la voluntad y la premeditación. Ya sólo lograba verla sonreír asomándome al espejo frío e inaccesible de su sueño.

Hace días que Laura se estremece y gime a mi lado mientras duerme, poseída por un cuerpo invisible que no es el mío. Ahora sé que, cada noche, Laura vive en sueños una vida que no es la nuestra, habitada por una presencia a todas luces más poderosa que la mía. Más atenta, más solícita, más amorosa. Una presencia que la ha elevado a cumbres de felicidad que jamás consiguió conquistar de mi mano. Que se esconde con su despertar sin dejar más rastro en ella que una intensa añoranza desconocedora de su objeto. Por cuya ausencia se duele Laura en su vigilia sin ser capaz de vislumbrar la fuente de su dolor. Cuya desaparición diurna apaga su rostro, retuerce su ánimo y me arrebata su afecto y su alegría.

Ahora sé que me he convertido para Laura en uno de esos monstruos cotidianos, de espectros del pasado, de criaturas malintencionadas que pueblan sus sueños y a los que ella, mi dulce niña, hace frente con voz ronca, casi al borde del grito, tenso el arco de las cejas sobre los ojos, rabiosamente abiertos para mí, cerrados para esa presencia. Como sé que es esa misma presencia quien, ocupando mi antiguo lugar, suplantando la realidad cada vez más difusa de mi ser en Laura, le habla entonces despacio, la envuelve en su abrazo, y la arranca de este mal sueño que juntos habitamos para apartarla de mí y así calmar su agitación. La presencia que acaricia su pelo, besa sus labios sonrientes, y la sabe a salvo de sus demonios cuando Laura, cruzando al otro lado de la frontera insuperable que nos separa, despierta y se entrega dichosa a esa otra vida. La vida que me ha relegado al terreno borroso y quebradizo del sueño, de un sueño de Laura. La vida donde mi propia presencia, pálida y etérea, apenas tiene ya la triste, pobre cabida de lo irreal.

sábado, 16 de enero de 2010

Libertad II: Rebotar


Quizá nunca terminarás de discernir qué acontecimiento de rostro banal pero oculta trascendencia, qué rastro difuso de un mal sueño borrado al sobrevenir de la vigilia, qué recuerdo fugazmente rescatado y apenas entrevisto antes de regresar al laberinto caprichoso de tu memoria, madurados en ti por el consumirse de las horas, alcanzan a propiciar mi aparición en una esquina del rumor de tu conciencia solitaria adherida al mundo. Una vez más, me anuncio con el suave repiqueteo del rebotar languideciente de una pelota. Una vez más, me descubres como con el rabillo de un ojo interior. Ahí estoy, tímida, callada. No es mi intención molestar, parezco decir. La fealdad de mi figura, mis contornos deformes, vestidos de sombras oscuras, impiden -lo sé a ciencia cierta- que sea bienvenida. No obstante, como quien saluda a un viejo amigo, a un viejo enemigo, me dedicas un leve gesto de reconocimiento y rápidamente me abandonas para retornar a la exterioridad que te ocupa y eres en esos momentos.

Percibo tu inquietud cuando al poco me elevo en arco sobre el reverso de tu frente, desmantelando el orden de las palabras reflejadas en tus pupilas frente al libro, interrumpiendo el fluir de la corriente que transita entre tus neuronas y tus dedos al teclado, para descender después en perfecta parábola y acabar aterrizando con un más vivo rebotar. Detecto tu incomodidad ante esta impertinente, por reiterada, llamada de atención, y en ella puedo anticipar sin posibilidad de error tu próxima reacción: fingir no haberte percatado de mis movimientos, hacer oídos sordos al sonido hueco del choque de mi cuerpo contra el suelo de tu cráneo, apresurarte a continuación a sumergirte en los signos ante ti en busca del significado extraviado, del cabo suelto en la frase incompleta sobre la pantalla. Como si nada hubiera sucedido, logras retomar el hilo. Y, en efecto, por unos instantes, he desaparecido para ti. Hasta que, haciendo gala de mi usual tenacidad, me disparo en un nuevo salto, ahora con más fuerza, y vuelvo a atravesar de un lado a otro el habitáculo invisible de tu cabeza, aprovechando el más intenso rebote para recorrerlo en toda su extensión en parábolas de decreciente tamaño. Siento florecer en ti la irritación. Nunca deja de sorprenderme tu extraordinaria habilidad para olvidar mi natural e inevitable insistencia. Las férreas leyes que rigen mi conducta. Somos viejos amigos. Viejos enemigos, ¿recuerdas?

Comienza entonces la pugna habitual, de antemano perdida para ti. Por fin te avienes a voltear los ojos hacia adentro, a mirarme a la cara. Detienes con un seco manotazo mis movimientos y giras sobre tu eje para volcarte hacia afuera con redoblada concentración. Como si me nutriera de esa misma energía, de ese mismo esfuerzo invertido en rehuirme, reanudo mis saltos con un ritmo aún más frenético. Repites la operación. La frecuencia de mis movimientos aumenta. Vuelves a repetirla. Otra vez más. Y otra. Y otra. Y otra. Pero mis sucesivas subidas y bajadas son ya tan vertiginosas, tan alienante el ruido de mis constantes rebotes, que tus ojos apenas consiguen iluminar lo que te empeñas en poner ante ellos, casi cegados desde tu interior. Como en cada ocasión, aprietas los párpados y acabas capitulando sin remedio. Mientras tu cuerpo se levanta maquinalmente de la silla y se acerca quizás a la ventana, o se tumba sobre el sofá, o acaso se lanza al aire callejero, firmas con un ronco suspiro la rendición de tu mente. Ante mí: el parásito que, según una cadencia imprevisible, cada cierto tiempo la conquista triunfante, colonizando cada uno de sus recovecos, sellando todas las vías de escape hacia el exterior. Ante mí: la idea obsesiva, idea fija, corrosiva, recurrente, idea devoradora que, sorteando diques de contención, rebrota del desgarrón mal zurcido, del conflicto palpitante, de la herida oscura que aún supura en algún doblez oculto o visible de tu ser.

A partir de ese momento, nada podrá ocuparte más que yo misma. Nada serás más que el rebotar incesante, enloquecedor, de esa pelota contra las paredes aturdidas de tu cráneo. En vano tratarás de domesticarme, de analizarme y diseccionarme. De aniquilar mi absorbente poder desarticulando a golpe de razonamiento mi armazón interno. Atraídas por un secreto imán, cada pieza que aísles tornará a acoplarse a su lugar originario, recomponiendo mis contornos deformes, y te hallarás de nuevo en el punto de partida, caminando en círculos. Inútilmente intentarás, a intervalos irregulares, aligerar la presión de los grilletes tendiendo una mano hacia afuera, hacia la realidad que te rodea. Hacia dentro, hacia algún paraje apacible grabado en tu cerebro. Y ya exhausto, te dejarás finalmente arrastrar como un títere por el curso delirante de mis movimientos. Asumiendo con hastío, triste, rabioso, tu impotencia frente a mí. Aceptando, al sentirte rodar de mi brazo por la ladera más siniestra de tus estados de ánimo, el evidente grosor de las ligaduras que todavía nos atan.

Sólo el fundido en negro del sueño sobre tu conciencia, con toda probabilidad forzado por la gracia de la química, logrará que me evapore para entregarte a un amanecer resacoso pero milagrosamente presidido por mi ausencia. A la luz del nuevo día, ya a salvo de mi influjo, lanzarás con cuidado la vista atrás y me contemplarás como se contempla a un extraño. Te costará creer que apenas unas horas antes, una noche antes, todo tu espacio mental era yo, sin resquicios, sin rincones vacíos. También la totalidad sin fisuras del mundo frente a ti, anulado por mi presencia. Pero el cansancio en apariencia injustificado y la sequedad en tu lengua no cesarán de recordarte -por encima del creciente velo de lejanía, de incomprensibilidad, arrojado sobre ella por el transcurrir luminoso de la mañana- que el sentido profundo de la experiencia vivida reside en la pérdida de tu más íntima libertad: la que por costumbre te otorgas en el gobierno de tus propios pensamientos, la que deseas adjudicarte en el dominio de tu propia interioridad. Y de cargar sobre tus cejas el peso de la posibilidad, siempre real, para ti más que tangible, de volver a perderla por mi causa.


lunes, 4 de enero de 2010

Violencia III


Si es cierto que en el mundo de hoy el conocimiento de determinados ámbitos de la realidad viene indefectiblemente ligado a la estadística, no es menos cierto que quienes ostentan el poder, los medios y los dispositivos para llevar a cabo tales estadísticas tienen en su mano el poder de definir esos ámbitos de la realidad. De producir e imponer la imagen que revelaría en qué consisten o cómo se constituyen. Como tampoco es menos cierto que el conocimiento, lejos de ser una actividad fundada exclusivamente sobre sí misma, siempre se nutre de algún tipo de interés, más o menos expreso, más o menos legítimo, que lo impulsa y dirige. La imagen de la realidad que de él pueda desprenderse –ya es hora de asumirlo- nunca dejará de ser entonces una representación igualmente interesada.

La última
macroencuesta realizada por el Instituto Nacional de la Mujer sobre la violencia contra las mujeres arrojaba en abril de 2006 el resultado de que el 3.6 por ciento de las mujeres residentes en España mayores de 18 años se habrían “autocalificado” como maltratadas durante el último año. Sin embargo, el Instituto decide sumar a este porcentaje un 9.6 por ciento de mujeres que, pese a no haberse “autocalificado” de maltratadas, considera “técnicamente” como mujeres maltratadas. En ambos casos, la encuesta señala que el maltrato sería causado, al margen del perpetrado por hijos, progenitores, hermanos o cuñados, mayoritariamente por los maridos, ex-maridos y novios de dichas mujeres. Razón por la cual la encuesta analiza más detenidamente el perfil y características de tales maltratadores e incluye un apartado en el que se estudia en qué medida la violencia sufrida por las mujeres podría ser motivo de separación de sus parejas sentimentales varones.


Centrémonos de entrada en la diferenciación entre estos dos tipos de mujeres, introducida por la propia encuesta. Las mujeres “autocalificadas” de maltratadas son para el Instituto de la Mujer todas aquellas que han respondido afirmativamente a la pregunta: “Durante el último año, ¿en alguna ocasión ha sufrido alguna situación por la que Ud. se haya considerado maltratada por algún familiar, por su novio o por alguna persona de las que conviven con Ud.?”, con independencia de las respuestas dadas a cualquier otra pregunta del cuestionario. Por otro lado, al colectivo de las mujeres consideradas “técnicamente” como mujeres maltratadas pertenecen aquellas que, no habiendo respondido afirmativamente a esta cuestión -es decir, habiendo negado haber sufrido a lo largo del último año alguna situación de maltrato-, han marcado la casilla de “frecuentemente” o “a veces” en sus contestaciones a al menos una de entre trece preguntas, escogidas a su vez de un listado más amplio, formuladas en la encuesta. Lo diré de otro modo para que no haya posibilidad de confusión al respecto: para el Instituto de la Mujer, basta con que se conteste “frecuentemente” o “a veces” a uno de tales interrogantes para que una mujer entre a computar en las filas de mujeres “técnicamente” maltratadas.


Supongo que a estas alturas, y si habéis tenido la paciencia de leer hasta aquí, ya os estaréis preguntando cuáles serían esas preguntas. Pues bien, ahí va el listado, teniendo en cuenta que todas ellas vienen introducidas por el siguiente pie: “En la actualidad, ¿con qué frecuencia diría Ud. que alguna persona de su hogar (o su novio/pareja que no convive con Ud.)...”:

1…le impide ver a la familia o tener relaciones con amigos, vecinos?
2…le quita el dinero que usted gana o no le da lo suficiente que necesita para mantenerse?

3… le insulta o amenaza?

4… decide las cosas que usted puede o no hacer?

5… insiste en tener relaciones sexuales aunque sepa que usted no tiene ganas?

6… no tiene en cuenta las necesidades de usted (le deja el peor sitio de la casa, lo peor de la comida...)?

7… en ciertas ocasiones le produce miedo?
8… cuando se enfada llega a empujar o golpear?
9… le dice que a dónde va a ir sin él / ella?

10… le dice que todas las cosas que hace están mal, que es torpe?

11… ironiza o no valora sus creencias (ir a la Iglesia, votar a algún partido, pertenecer a alguna organización)?

12… no valora el trabajo que realiza?

13… delante de sus hijos dice cosas para no dejarle a usted en buen lugar?


¿Y por qué estas trece preguntas? Porque, para el Instituto de la Mujer, responder “frecuentemente” o “a veces” a alguna de estas preguntas sería indicativo de estar sufriendo algún tipo de violencia: psicológica (1, 3, 7, 9, 10, 12 y 13), física (8), económica (2), sexual (5), estructural (4 y 6) y espiritual (11).



Yo no sé a vosotros, pero a mí la lectura de estos datos me ha producido auténtica perplejidad y estupefacción. Por numerosos motivos. En primer lugar, me cuesta conceder que el mero reconocimiento por parte de una mujer de haber vivido “alguna situación” en la que se ha considerado maltratada –una situación que podría ser única, puntual, aislada y debida a circunstancias muy concretas- justifique la extrapolación de que dicha mujer se “autocalifica” (sic) de maltratada, como si eso fuera una situación constante y estable en su vida. Pero aún me cuesta más entender con qué legitimidad un organismo público sentencia que una mujer que, recordémoslo, niega sentirse víctima de maltrato, está siendo “técnicamente” maltratada por decir que “a veces” su marido o algún otro familiar, por ejemplo, no valora el trabajo que realiza. Como tampoco comprendo qué psicólogo titulado puede haber determinado que no valorar el trabajo del otro es un indicativo significativo, relevante, preclaro, de una situación de maltrato psicológico de género.

Pero, yendo aún más lejos, para la mayor parte de estas trece preguntas, e incluso para todas ellas si me apuran, podría imaginar más de una situación en la que responder “a veces” o hasta “frecuentemente” a ellas, habiendo rechazado previamente sentirse víctima de maltrato, no sea un indicativo objetivo ni mucho menos evidente de estar sufriendo maltrato. Porque las relaciones familiares, y todavía más las de pareja, son un hervidero de sentimientos y emociones no siempre gestionados de la manera más inteligente ni tampoco más pacífica. Y aunque los insultos o las amenazas frecuentes, o los empujones y los golpes, o los celos que llevan a limitar las relaciones con personas fuera de la pareja, sean síntomas de una relación quizá enrarecida y por ello no deseable para muchos, no necesariamente lo son de una relación de poder en la que cupiera identificar a un verdugo y a una víctima. Entre otras razones, porque esa “violencia” naturalmente asumida por muchas parejas -en determinadas circunstancias o en su dinámica cotidiana- puede ser ejercida y de hecho se ejerce, como indican
otros estudios elaborados sin atender a la perspectiva de género, por cualquiera de sus miembros con independencia de su sexo.



Ahora bien, lo que menos entiendo de los resultados de esta macroencuesta del Instituto de la Mujer es cómo a partir de tales criterios de medición de la violencia el resultado arrojado no ha implicado al cien por cien de la población femenina. O al cien por cien de la población masculina, si alguien se hubiera molestado en hacerles partícipes de dicha macroencuesta.