miércoles, 27 de enero de 2010

Fronteras


Siempre sentí una cierta inquietud por el sueño de Laura. Su carácter nervioso solía poner trabas al asalto nocturno de Morfeo, y no pocas noches abandonaba nuestra cama para fumar un cigarrillo y sentarse a leer en el sofá al acecho de algún indicio de su llegada. Cuando regresaba y el cansancio lograba al fin rendir sus miembros y sus párpados, su sueño era profundo como el de los muertos, demasiado a menudo poblado de monstruos cotidianos, de espectros del pasado, de criaturas malintencionadas que la sacudían con fuerza mientras ella, mi dulce niña, les hacía frente con voz ronca, casi al borde del grito, tenso el arco de las cejas sobre los ojos cerrados. No era raro que yo, tras la superficie ligera de mi propio sueño, percibiera su agitación y retornara a la oscuridad de su lado. Le hablaba entonces despacio, envolviéndola con mi abrazo, tratando de arrancarla con suavidad de los entornos inhóspitos que pisaba. Laura apenas volvía en sí unos instantes, sin tan siquiera alzar los párpados, para hundirse de nuevo con presteza en el mar de su inconsciencia. Pero ese brevísimo emerger al sonido de mi voz, al contacto cálido de mi piel, bastaba por lo general para ahuyentar a los monstruos, a los espectros, a las criaturas malévolas, y trasladarla a un renovado y más apacible escenario onírico. Por la mañana casi nunca recordaba la trama de sus pesadillas, a quién se dirigían sus palabras, con qué o quién se había enfurecido en sueños. Yo acariciaba sus cabellos, besaba sus labios sonrientes, y la sabía a mi lado a salvo de sus demonios.

Aún guardo memoria de aquella noche, ya distante en el tiempo, en que por primera vez fue su risa la que quebró mi sueño. Una risa ligeramente distinta de la que tan bien conozco, que tanto adoro, manantial del que bebían mis días, y que ahora sólo se me ofrece en oscuras gotas. Esa risa un poco más aguda, y como amortiguada por una sordina, se entremezclaba en su boca con palabras ininteligibles, palabras también risueñas, cantarinas pese a su confusión, delatoras en el tono que las arropaba de una inusual alegría, de un conmovedor bienestar en el sueño de Laura. Inclinado por la costumbre, la rodeé con mi brazo y ella, aún profundamente dormida, lo apartó de sí rodando hacia un lado, alejándose de mí, como molesta por esa indeseable interferencia de mi cuerpo en su sueño. La risa cesó y con ella el diálogo a cuya mitad entrecortada e incomprensible había asistido en silencio. Pero la respiración honda y serena de Laura hacía surgir en torno a su espalda un extraño halo de felicidad que casi podía palpar. Al levantarse, le pregunté qué había soñado. Tampoco esa vez podía Laura recordarlo. En su memoria únicamente persistía la imagen aislada, huérfana, de unas hermosas flores blancas. La abracé buscando resarcirme de su inconsciente rechazo y ella me acogió tiernamente en su pecho.

Sólo meses más tarde, quizás ya demasiado tarde, fui capaz de intuir el mal presagio que anidaba en aquella primera risa, en aquel primer rechazo. Todavía hoy me tortura la sospecha de que quizá podría haber evitado la catástrofe que se avecinaba de haberla forzado a despertar, saboteando cruelmente esos momentos de felicidad onírica y así arrastrándola hacia mí. Pero, ¿cómo anticipar que a esa risa, a ese rechazo, por justicia sustraído al reproche sensato, les sucederían muchos más? ¿Cómo adivinar que habrían de dar inicio a la transformación, al principio casi imperceptible, luego dolorosamente evidente, de los hábitos nocturnos de Laura, y con ellos del tesoro que más preciábamos en cofre vacío y estéril?

Poco a poco, sus dificultades para conciliar el sueño fueron mitigándose hasta derivar en su extremo opuesto: como guiada por una oculta avidez por sumergirse en las tinieblas, un rayo parecía fulminarla casi al momento de posar su cabeza sobre la almohada, abandonándome en medio de una frase, ausentándose repentinamente de mis incipientes besos y caricias. Después, el sueño comenzó a apoderarse de ella cada vez más temprano, sobre el sofá en el que veíamos la televisión o leíamos. Conocía las tensiones que venía sufriendo desde hacía tiempo en la oficina, su exceso de trabajo, y creí que su cuerpo sucumbía tras tanto insomnio, doblegado por tanto cansancio acumulado. Yo mismo la incité al principio a dejarse conducir por él, a no oponerle resistencia, a acostarse en cuanto reclamara su merecido descanso. En lugar de saciarse, su necesidad de dormir aumentaba gradualmente. El sueño de Laura me la hurtaba cada noche unos minutos antes.

Por las mañanas, dejó de oír el despertador y debía hacer esfuerzos casi titánicos para que abriera los ojos y se preparara para su jornada. Los fines de semana no se levantaba hasta el mediodía, perturbado su sueño por el rugir de su estómago ocioso. Con frecuencia la observaba, mi niña dormida. Seguía riendo y hablando la lengua de Babel. Pero incluso cuando su rostro se cubría de la gravedad impenetrable de los durmientes, todo su cuerpo irradiaba ese extraño halo de felicidad que descubrí aquella primera noche. Una felicidad cada vez más tangible, cada vez más impúdica. Al despertar, Laura amanecía como iluminada por un sol infinito, sus labios curvados en una hermosa sonrisa. Todas las mañanas, aún en la cama, le preguntaba. Ella nunca recordaba más que los mismos nimios, sorprendentes detalles: las flores blancas, un paisaje nevado, el canto de un pájaro sobre la rama de un árbol. Nada que me aproximara siquiera a la llave del misterio de sus diálogos y risas nocturnas. Los evocaba con una mirada bañada de enigmas, una mirada que, atravesando mis ojos, parecía traspasar los límites de este mundo para penetrar en otro. Otro mundo absoluta, radicalmente ajeno a éste. Luego, conforme iban diluyéndose las brumas del sueño, conforme se iba instalando en el día, la luz en Laura comenzaba a evaporarse, su semblante a ensombrecerse. Sus tiempos de vigilia fueron progresivamente invadidos por la tristeza, por el tedio, por el aburrimiento. Alternaban con una persistente irritación que la inducía al enfado infantil, a alzar su voz contra mí, a desbaratados accesos de furia, derramados sin motivo sobre mis hombros, que la obligaban a huir de casa con un portazo. Laura no dejaba de ser consciente de mi preocupación, de mis temores por su salud, de la creciente angustia que en mí provocaban su apatía, su irascibilidad infundada. También de la infección que, inoculada por ellas, se extendía mortífera por la sangre antes sagrada de nuestra relación. Tras cada disputa, leía en todos sus gestos una suerte de súplica: en silencio imploraba mi perdón por una falta paradójicamente nacida de la inocencia, por una culpa carente del suelo legítimo de la voluntad y la premeditación. Ya sólo lograba verla sonreír asomándome al espejo frío e inaccesible de su sueño.

Hace días que Laura se estremece y gime a mi lado mientras duerme, poseída por un cuerpo invisible que no es el mío. Ahora sé que, cada noche, Laura vive en sueños una vida que no es la nuestra, habitada por una presencia a todas luces más poderosa que la mía. Más atenta, más solícita, más amorosa. Una presencia que la ha elevado a cumbres de felicidad que jamás consiguió conquistar de mi mano. Que se esconde con su despertar sin dejar más rastro en ella que una intensa añoranza desconocedora de su objeto. Por cuya ausencia se duele Laura en su vigilia sin ser capaz de vislumbrar la fuente de su dolor. Cuya desaparición diurna apaga su rostro, retuerce su ánimo y me arrebata su afecto y su alegría.

Ahora sé que me he convertido para Laura en uno de esos monstruos cotidianos, de espectros del pasado, de criaturas malintencionadas que pueblan sus sueños y a los que ella, mi dulce niña, hace frente con voz ronca, casi al borde del grito, tenso el arco de las cejas sobre los ojos, rabiosamente abiertos para mí, cerrados para esa presencia. Como sé que es esa misma presencia quien, ocupando mi antiguo lugar, suplantando la realidad cada vez más difusa de mi ser en Laura, le habla entonces despacio, la envuelve en su abrazo, y la arranca de este mal sueño que juntos habitamos para apartarla de mí y así calmar su agitación. La presencia que acaricia su pelo, besa sus labios sonrientes, y la sabe a salvo de sus demonios cuando Laura, cruzando al otro lado de la frontera insuperable que nos separa, despierta y se entrega dichosa a esa otra vida. La vida que me ha relegado al terreno borroso y quebradizo del sueño, de un sueño de Laura. La vida donde mi propia presencia, pálida y etérea, apenas tiene ya la triste, pobre cabida de lo irreal.

sábado, 16 de enero de 2010

Libertad II: Rebotar


Quizá nunca terminarás de discernir qué acontecimiento de rostro banal pero oculta trascendencia, qué rastro difuso de un mal sueño borrado al sobrevenir de la vigilia, qué recuerdo fugazmente rescatado y apenas entrevisto antes de regresar al laberinto caprichoso de tu memoria, madurados en ti por el consumirse de las horas, alcanzan a propiciar mi aparición en una esquina del rumor de tu conciencia solitaria adherida al mundo. Una vez más, me anuncio con el suave repiqueteo del rebotar languideciente de una pelota. Una vez más, me descubres como con el rabillo de un ojo interior. Ahí estoy, tímida, callada. No es mi intención molestar, parezco decir. La fealdad de mi figura, mis contornos deformes, vestidos de sombras oscuras, impiden -lo sé a ciencia cierta- que sea bienvenida. No obstante, como quien saluda a un viejo amigo, a un viejo enemigo, me dedicas un leve gesto de reconocimiento y rápidamente me abandonas para retornar a la exterioridad que te ocupa y eres en esos momentos.

Percibo tu inquietud cuando al poco me elevo en arco sobre el reverso de tu frente, desmantelando el orden de las palabras reflejadas en tus pupilas frente al libro, interrumpiendo el fluir de la corriente que transita entre tus neuronas y tus dedos al teclado, para descender después en perfecta parábola y acabar aterrizando con un más vivo rebotar. Detecto tu incomodidad ante esta impertinente, por reiterada, llamada de atención, y en ella puedo anticipar sin posibilidad de error tu próxima reacción: fingir no haberte percatado de mis movimientos, hacer oídos sordos al sonido hueco del choque de mi cuerpo contra el suelo de tu cráneo, apresurarte a continuación a sumergirte en los signos ante ti en busca del significado extraviado, del cabo suelto en la frase incompleta sobre la pantalla. Como si nada hubiera sucedido, logras retomar el hilo. Y, en efecto, por unos instantes, he desaparecido para ti. Hasta que, haciendo gala de mi usual tenacidad, me disparo en un nuevo salto, ahora con más fuerza, y vuelvo a atravesar de un lado a otro el habitáculo invisible de tu cabeza, aprovechando el más intenso rebote para recorrerlo en toda su extensión en parábolas de decreciente tamaño. Siento florecer en ti la irritación. Nunca deja de sorprenderme tu extraordinaria habilidad para olvidar mi natural e inevitable insistencia. Las férreas leyes que rigen mi conducta. Somos viejos amigos. Viejos enemigos, ¿recuerdas?

Comienza entonces la pugna habitual, de antemano perdida para ti. Por fin te avienes a voltear los ojos hacia adentro, a mirarme a la cara. Detienes con un seco manotazo mis movimientos y giras sobre tu eje para volcarte hacia afuera con redoblada concentración. Como si me nutriera de esa misma energía, de ese mismo esfuerzo invertido en rehuirme, reanudo mis saltos con un ritmo aún más frenético. Repites la operación. La frecuencia de mis movimientos aumenta. Vuelves a repetirla. Otra vez más. Y otra. Y otra. Y otra. Pero mis sucesivas subidas y bajadas son ya tan vertiginosas, tan alienante el ruido de mis constantes rebotes, que tus ojos apenas consiguen iluminar lo que te empeñas en poner ante ellos, casi cegados desde tu interior. Como en cada ocasión, aprietas los párpados y acabas capitulando sin remedio. Mientras tu cuerpo se levanta maquinalmente de la silla y se acerca quizás a la ventana, o se tumba sobre el sofá, o acaso se lanza al aire callejero, firmas con un ronco suspiro la rendición de tu mente. Ante mí: el parásito que, según una cadencia imprevisible, cada cierto tiempo la conquista triunfante, colonizando cada uno de sus recovecos, sellando todas las vías de escape hacia el exterior. Ante mí: la idea obsesiva, idea fija, corrosiva, recurrente, idea devoradora que, sorteando diques de contención, rebrota del desgarrón mal zurcido, del conflicto palpitante, de la herida oscura que aún supura en algún doblez oculto o visible de tu ser.

A partir de ese momento, nada podrá ocuparte más que yo misma. Nada serás más que el rebotar incesante, enloquecedor, de esa pelota contra las paredes aturdidas de tu cráneo. En vano tratarás de domesticarme, de analizarme y diseccionarme. De aniquilar mi absorbente poder desarticulando a golpe de razonamiento mi armazón interno. Atraídas por un secreto imán, cada pieza que aísles tornará a acoplarse a su lugar originario, recomponiendo mis contornos deformes, y te hallarás de nuevo en el punto de partida, caminando en círculos. Inútilmente intentarás, a intervalos irregulares, aligerar la presión de los grilletes tendiendo una mano hacia afuera, hacia la realidad que te rodea. Hacia dentro, hacia algún paraje apacible grabado en tu cerebro. Y ya exhausto, te dejarás finalmente arrastrar como un títere por el curso delirante de mis movimientos. Asumiendo con hastío, triste, rabioso, tu impotencia frente a mí. Aceptando, al sentirte rodar de mi brazo por la ladera más siniestra de tus estados de ánimo, el evidente grosor de las ligaduras que todavía nos atan.

Sólo el fundido en negro del sueño sobre tu conciencia, con toda probabilidad forzado por la gracia de la química, logrará que me evapore para entregarte a un amanecer resacoso pero milagrosamente presidido por mi ausencia. A la luz del nuevo día, ya a salvo de mi influjo, lanzarás con cuidado la vista atrás y me contemplarás como se contempla a un extraño. Te costará creer que apenas unas horas antes, una noche antes, todo tu espacio mental era yo, sin resquicios, sin rincones vacíos. También la totalidad sin fisuras del mundo frente a ti, anulado por mi presencia. Pero el cansancio en apariencia injustificado y la sequedad en tu lengua no cesarán de recordarte -por encima del creciente velo de lejanía, de incomprensibilidad, arrojado sobre ella por el transcurrir luminoso de la mañana- que el sentido profundo de la experiencia vivida reside en la pérdida de tu más íntima libertad: la que por costumbre te otorgas en el gobierno de tus propios pensamientos, la que deseas adjudicarte en el dominio de tu propia interioridad. Y de cargar sobre tus cejas el peso de la posibilidad, siempre real, para ti más que tangible, de volver a perderla por mi causa.


lunes, 4 de enero de 2010

Violencia III


Si es cierto que en el mundo de hoy el conocimiento de determinados ámbitos de la realidad viene indefectiblemente ligado a la estadística, no es menos cierto que quienes ostentan el poder, los medios y los dispositivos para llevar a cabo tales estadísticas tienen en su mano el poder de definir esos ámbitos de la realidad. De producir e imponer la imagen que revelaría en qué consisten o cómo se constituyen. Como tampoco es menos cierto que el conocimiento, lejos de ser una actividad fundada exclusivamente sobre sí misma, siempre se nutre de algún tipo de interés, más o menos expreso, más o menos legítimo, que lo impulsa y dirige. La imagen de la realidad que de él pueda desprenderse –ya es hora de asumirlo- nunca dejará de ser entonces una representación igualmente interesada.

La última
macroencuesta realizada por el Instituto Nacional de la Mujer sobre la violencia contra las mujeres arrojaba en abril de 2006 el resultado de que el 3.6 por ciento de las mujeres residentes en España mayores de 18 años se habrían “autocalificado” como maltratadas durante el último año. Sin embargo, el Instituto decide sumar a este porcentaje un 9.6 por ciento de mujeres que, pese a no haberse “autocalificado” de maltratadas, considera “técnicamente” como mujeres maltratadas. En ambos casos, la encuesta señala que el maltrato sería causado, al margen del perpetrado por hijos, progenitores, hermanos o cuñados, mayoritariamente por los maridos, ex-maridos y novios de dichas mujeres. Razón por la cual la encuesta analiza más detenidamente el perfil y características de tales maltratadores e incluye un apartado en el que se estudia en qué medida la violencia sufrida por las mujeres podría ser motivo de separación de sus parejas sentimentales varones.


Centrémonos de entrada en la diferenciación entre estos dos tipos de mujeres, introducida por la propia encuesta. Las mujeres “autocalificadas” de maltratadas son para el Instituto de la Mujer todas aquellas que han respondido afirmativamente a la pregunta: “Durante el último año, ¿en alguna ocasión ha sufrido alguna situación por la que Ud. se haya considerado maltratada por algún familiar, por su novio o por alguna persona de las que conviven con Ud.?”, con independencia de las respuestas dadas a cualquier otra pregunta del cuestionario. Por otro lado, al colectivo de las mujeres consideradas “técnicamente” como mujeres maltratadas pertenecen aquellas que, no habiendo respondido afirmativamente a esta cuestión -es decir, habiendo negado haber sufrido a lo largo del último año alguna situación de maltrato-, han marcado la casilla de “frecuentemente” o “a veces” en sus contestaciones a al menos una de entre trece preguntas, escogidas a su vez de un listado más amplio, formuladas en la encuesta. Lo diré de otro modo para que no haya posibilidad de confusión al respecto: para el Instituto de la Mujer, basta con que se conteste “frecuentemente” o “a veces” a uno de tales interrogantes para que una mujer entre a computar en las filas de mujeres “técnicamente” maltratadas.


Supongo que a estas alturas, y si habéis tenido la paciencia de leer hasta aquí, ya os estaréis preguntando cuáles serían esas preguntas. Pues bien, ahí va el listado, teniendo en cuenta que todas ellas vienen introducidas por el siguiente pie: “En la actualidad, ¿con qué frecuencia diría Ud. que alguna persona de su hogar (o su novio/pareja que no convive con Ud.)...”:

1…le impide ver a la familia o tener relaciones con amigos, vecinos?
2…le quita el dinero que usted gana o no le da lo suficiente que necesita para mantenerse?

3… le insulta o amenaza?

4… decide las cosas que usted puede o no hacer?

5… insiste en tener relaciones sexuales aunque sepa que usted no tiene ganas?

6… no tiene en cuenta las necesidades de usted (le deja el peor sitio de la casa, lo peor de la comida...)?

7… en ciertas ocasiones le produce miedo?
8… cuando se enfada llega a empujar o golpear?
9… le dice que a dónde va a ir sin él / ella?

10… le dice que todas las cosas que hace están mal, que es torpe?

11… ironiza o no valora sus creencias (ir a la Iglesia, votar a algún partido, pertenecer a alguna organización)?

12… no valora el trabajo que realiza?

13… delante de sus hijos dice cosas para no dejarle a usted en buen lugar?


¿Y por qué estas trece preguntas? Porque, para el Instituto de la Mujer, responder “frecuentemente” o “a veces” a alguna de estas preguntas sería indicativo de estar sufriendo algún tipo de violencia: psicológica (1, 3, 7, 9, 10, 12 y 13), física (8), económica (2), sexual (5), estructural (4 y 6) y espiritual (11).



Yo no sé a vosotros, pero a mí la lectura de estos datos me ha producido auténtica perplejidad y estupefacción. Por numerosos motivos. En primer lugar, me cuesta conceder que el mero reconocimiento por parte de una mujer de haber vivido “alguna situación” en la que se ha considerado maltratada –una situación que podría ser única, puntual, aislada y debida a circunstancias muy concretas- justifique la extrapolación de que dicha mujer se “autocalifica” (sic) de maltratada, como si eso fuera una situación constante y estable en su vida. Pero aún me cuesta más entender con qué legitimidad un organismo público sentencia que una mujer que, recordémoslo, niega sentirse víctima de maltrato, está siendo “técnicamente” maltratada por decir que “a veces” su marido o algún otro familiar, por ejemplo, no valora el trabajo que realiza. Como tampoco comprendo qué psicólogo titulado puede haber determinado que no valorar el trabajo del otro es un indicativo significativo, relevante, preclaro, de una situación de maltrato psicológico de género.

Pero, yendo aún más lejos, para la mayor parte de estas trece preguntas, e incluso para todas ellas si me apuran, podría imaginar más de una situación en la que responder “a veces” o hasta “frecuentemente” a ellas, habiendo rechazado previamente sentirse víctima de maltrato, no sea un indicativo objetivo ni mucho menos evidente de estar sufriendo maltrato. Porque las relaciones familiares, y todavía más las de pareja, son un hervidero de sentimientos y emociones no siempre gestionados de la manera más inteligente ni tampoco más pacífica. Y aunque los insultos o las amenazas frecuentes, o los empujones y los golpes, o los celos que llevan a limitar las relaciones con personas fuera de la pareja, sean síntomas de una relación quizá enrarecida y por ello no deseable para muchos, no necesariamente lo son de una relación de poder en la que cupiera identificar a un verdugo y a una víctima. Entre otras razones, porque esa “violencia” naturalmente asumida por muchas parejas -en determinadas circunstancias o en su dinámica cotidiana- puede ser ejercida y de hecho se ejerce, como indican
otros estudios elaborados sin atender a la perspectiva de género, por cualquiera de sus miembros con independencia de su sexo.



Ahora bien, lo que menos entiendo de los resultados de esta macroencuesta del Instituto de la Mujer es cómo a partir de tales criterios de medición de la violencia el resultado arrojado no ha implicado al cien por cien de la población femenina. O al cien por cien de la población masculina, si alguien se hubiera molestado en hacerles partícipes de dicha macroencuesta.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Cuento de Navidad


"...defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas del azar

y también de la alegría"

Mario Benedetti

Corre el año 1843. Bajo la luz de una vela y al calor de una estufa de carbón que mitiga el helor de la noche invernal, la pluma de Charles corre rauda sobre el papel: “-No estéis enfadado, tío -dijo el sobrino. -¿Cómo no voy a estarlo -replicó el tío- viviendo en un mundo de locos como éste? ¡Felices Pascuas! ¡Buenas Pascuas te dé Dios! ¿Qué es la Pascua de Navidad sino la época en que hay que pagar cuentas no teniendo dinero; en que te ves un año más viejo y ni una hora más rico; la época en que, hecho el balance de los libros, ves que los artículos mencionados en ellos no te han dejado la menor ganancia después de una docena de meses desaparecidos? Si estuviera en mi mano -dijo Scrooge con indignación-, a todos los idiotas que van con el ¡Felices Pascuas! en los labios los cocería en su propia substancia y los enterraría con una vara de acebo atravesándoles el corazón. ¡Eso es!” La pluma se detiene. La boca de Charles se abre en un sonoro bostezo. Mira el reloj. Ya es tarde, muy tarde. Mañana continuará.


Aún le quedan algunos detalles por concretar, pero la historia ya está completamente esbozada en su cabeza, se dice mientras se mete silenciosamente entre las sábanas para no despertar a su mujer. El viejo Scrooge recibirá la visita de tres espíritus, que previamente le habrá anunciado el desgraciado espectro de Marley, su antiguo socio: el Espíritu de las Navidades Pasadas, el de las Navidades Presentes, y el de las Navidades Futuras. Gracias a estas visitas, Scrooge, un banquero avaro y cruel, falto de toda humanidad, se transformará en un buen hombre. Un hombre que de ahí en adelante celebrará respetuosamente la fiesta de Navidad como una “agradable época de amor, perdón y caridad”, puesto que es en Navidad cuando hombres y mujeres “abren libremente sus corazones”. Le gusta cómo le ha quedado esa caracterización de la Navidad que el sobrino de Scrooge propone a su amargado tío, piensa antes de sumirse en un profundo sueño.


Un ruido metálico lo trae de vuelta a la realidad de su habitación. Una luz suave ilumina su cama, el dormir tranquilo de su esposa. Gira la cabeza y, tras las cortinas del lecho descorridas –ése debe de haber sido el ruido que lo ha despertado-, contempla una figura vestida con extraños ropajes que lo mira con fijeza y gravedad.


- ¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí?

- Charles –susurra la figura- soy el Espíritu de las Navidades del siglo XXI.
- ¿Siglo XXI? Dios mío, otra vez tengo una pesadilla, debe de ser la coliflor que he cenado, mira que le tengo dicho a Cathy que no me sienta bien por la noche…

- Déjate de explicaciones bobas, Charles, y sal de la cama, que te he dicho que soy el Espíritu de las Navidades del siglo XXI. Debo enseñarte algo.

- Está claro que es mi imaginación, que hasta en sueños se desboca… demasiadas vueltas le he dado a mi último cuento y a los espíritus navideños.
- Charles, ¡que salgas de la cama te digo, hostias!

Charles se frota los ojos con insistencia pero obedece. El presunto Espíritu se dirige hacia la ventana, la abre, toma su mano, y, ambos aparecen súbitamente en la esquina de una amplia calle intensamente iluminada. Sobre la calzada se alinea una multitud de armazones metálicos con ruedas, a través de cuyas ventanas se vislumbra a sus ocupantes. ¡Qué carruajes tan raros!, exclama Charles para sí. Como si se tratara de una manada encabritada de elefantes, de ellos emerge un clamoroso y desagradable estruendo de algo semejante a bocinas. Las aceras están repletas de gente que camina deprisa, ataviados con indumentarias tan singulares para él como las del Espíritu. Llevan en sus manos numerosos hatillos brillantes y coloridos.

- ¿Dónde estamos? ¿Y cuándo?
- ¿Dónde? Importa poco. Pongamos que es Londres, pero podría ser cualquier ciudad europea, y también de otros lugares del mundo. ¿Y cuándo? El año nos da también más o menos igual. Basta con que te diga que estamos a comienzos del siglo XXI, y es el día de Nochebuena, aunque aún falta un rato para que anochezca.

- ¡Nochebuena! ¡Como en mi cuento!
- Sí, Charles, como en tu cuento. Pero nada es en realidad como en tu cuento, aunque toda esta gente se disponga, tal y como tú pretendes inculcar al señor Scrooge, a celebrar la Navidad.
- Pero, ¿es que no es maravilloso celebrar la Navidad? ¿No crees, Espíritu, que Scrooge está equivocado a causa de su avaricia capitalista?
- Mira, Charles, ¿me creerías si te dijera que los Scrooge del Capital de hoy en día son los que más interés tienen en que se celebre la Navidad? ¿Que nunca más volverán a permitir que no se celebre por los cuantiosos beneficios que de ella obtienen? Porque, ¿sabes cómo se celebran estos días en el siglo XXI? Comprando, comprando, comprando, y es de comprar de donde vienen o a lo que van todas estas personas que nos rodean. Y luego, regalando lo que han comprado, comiendo y bebiendo hasta hartarse lo que han comprado, luciendo las galas o aplicándose los perfumes que han comprado o recibido de regalo. La Navidad, Charles, se ha convertido en la orgía del consumo, en el desenfreno del gasto y la ganancia material. ¿Y el amor, el perdón, la caridad, me preguntarás? ¿Y el libre abrirse de los corazones? Ja! Todo mera y obscena apariencia, mi querido Charles. Todo mera obligación de impostura de felicidad y buenos sentimientos. Cáscaras vacías envueltas con brillantes lazos de colores y dibujos navideños. Muy pocas son las personas que realmente sienten lo que expresan estos días. La gran mayoría, sencillamente, acepta con resignación que deben esforzarse por representar la Gran Mascarada de la felicidad, la concordia y la alegría. Con resignación y también con tristeza, porque nada hay más triste, más deprimente, que experimentar la coerción de sentir amor, o perdón, o alegría, cuando no hay verdaderas razones para amar, para perdonar o para estar alegres. ¿O es que puede ser fuente de alegría tener la obligación de regalar a quien nada deseas regalar, o sentarse a la mesa junto a personas a las que no soportas, o incluso a las que detestas, pero ante las que debes fingir amor o cariño sólo porque la traidición y los lazos familiares lo dictan, o lo exigen los imperativos sociales? Te parece importante que se celebre la Navidad, ¿no, Charles? Pues bien, lo has conseguido. Ahora, ricos y pobres, jóvenes y viejos, se suman sin remedio estos días a la celebración de la Navidad. Pero si crees que esa celebración inspira sus corazones y les mueve a ser mejores, estás muy equivocado. Muy al contrario, muchos de esos corazones se sienten torturados, atormentados en esta época del año. Y si uno les preguntara, o si se atrevieran ellos mismos a examinar sus propios corazones, menos libres que nunca en estas fechas señaladas para abrirse y mostrar lo que en el fondo albergan, reconocerían que también a ellos les gustaría enterrar a todos los idiotas que van exclamando “¡Felices Fiestas!” con una vara de acebo atravesándoles el corazón. Así que me temo, mi querido Charles, que en el siglo XXI la postura más sensata frente a la Navidad es la que tú esta noche has puesto en boca de tu cruel y avaricioso Scrooge: ¡Patrañas! La Navidad es una enorme, una gigantesca Patraña. Y es su sobrino Fred quien está en un error. O quien, a ojos de muchos, pasaría por un auténtico hipócrita… Mira, Charles, vamos a ser prácticos. El protocolo me exige que te lleve primero a un centro comercial y luego a que contemples cómo se desarrolla la cena de Nochebuena y la comida de Navidad en algunos hogares para que, por ti mismo, puedas percatarte de esta vil Mentira. Pero es que resulta que se me ha echado el tiempo encima y aún tengo que visitar a Frank Capra, a ver si consigo disuadirle de que no ruede “¡Qué bello es vivir!”. Nada, el cine, un invento moderno que tú no conoces pero más pernicioso a veces que los propios libros por su capacidad para propagar masivamente ideas nocivas. Quién sabe, igual también tú, de haber podido, te hubieras hecho cineasta. De todos modos, confío en que con lo que te he dicho tengas ya suficiente motivo de reflexión para plantearte si debes o no escribir ese dichoso “Cuento de Navidad” que has empezado a escribir…


Charles mira a su alrededor confundido. De repente, un hombre gordo vestido con un chillón traje rojo con ribetes blancos que camina distraído tropieza con él y Charles se precipita hacia el suelo. Antes de que pueda sentir el golpe, se descubre de nuevo en la oscuridad de su habitación, tumbado sobre la cama. Su mujer sigue respirando acompasadamente a su lado. Charles suspira aliviado. Ahora sabe que sólo ha sido un mal sueño. Esa indigesta coliflor. ¿Cómo va a ser la Navidad una patraña? No, Scrooge tiene que estar equivocado. Mañana, en cuanto se levante, proseguirá con el cuento.

Queridos y queridas, me disculparéis una vez más por este vómito navideño. Es que a algunos se nos atragantan estos días de qué manera y no me resisto a soltar un poco de bilis, confiando en que tenga algún efecto paliativo. Que ustedes lo pasen bien. Si pueden :P

Y para todos aquellos a los que les gustaría pasar estas "fiestas" bajo el efecto de potentes estupefacientes, aquí les dejo como regalito navideño una canción para animarles :)


viernes, 11 de diciembre de 2009

Las brumas de Rusia


"Yo he vivido cada día como si fuera una parodia... una mala imitación. (...) No me acuerdo de nada. Si muriese en este momento y el padre eterno me dijera: "Romano, ¿qué recuerdas de tu vida?"
La nana que me cantaba mi madre cuando era pequeño, el rostro de Elisa la primera noche, y las brumas de Rusia".

¿Cómo es posible que los recuerdos de una vida se reduzcan a tan poco? ¿Que los largos años que componen el trayecto de una vida desaparezcan en el desierto sin nombres del olvido como si jamás hubieran existido? Quizá todo dependa del modo en que se ha vivido esa vida. O mejor: del modo en que no se ha vivido. Porque en la condena a la ausencia de memoria adivinamos el vacío de una vida carente de verdadera vida. Una vida transcurrida sobre los cauces invisibles de la rutina apática, de la tranquila indiferencia, incluso de la alegría hueca y banal, buscada y sentida con agitación en el presente pero incapaz de dejar poso alguno. Una vida sin emociones auténticas, sin desafíos ni decisiones propias. Tantas y tan variopintas pueden ser las máscaras del vacío. Pero el elemento común a sus diferentes contornos reside tal vez en esa falta de de peso y profundidad que les impide dejar una huella indeleble, una impronta resistente a la erosión y el desgaste naturales del imparable tic tac del reloj, en la tierra movediza de nuestra frágil memoria.

Romano salva tan sólo tres momentos de ese vacío. La música que, cantada por su madre, meció los sueños de su niñez, la etapa en que nuestra memoria virgen y aún inocente resulta más impresionable. El rostro joven y fresco de su mujer, que intuimos iluminado por el iniciático descubrimiento del misterio del amor en esa primera noche, una noche en la que Romano aún podía acariciar la imagen de una vida cargada de promesas. Y las brumas de Rusia. Mientras Romano va extrayéndolos como tesoros del pozo seco de su memoria, sus ojos han ido llenándose de lágrimas. Pero con este último recuerdo las lágrimas se desbordan en un llanto que parece el llanto inconsolable de un niño. De un niño que, como Romano, llevara las manos a sus ojos y los frotara y así se cegara al mundo en su dolor. De un niño que, como Romano, aún no hubiera vivido. Sólo que a diferencia de ese niño, el llanto de Romano brota de la sinceridad con la que se enfrenta, a través de esos tres recuerdos arrancados al olvido, al erial en que esas mismas manos han convertido su vida.


Sin embargo, el momento de franco desgarro, de inapelable reconocimiento del fracaso y del vacío por él mismo labrado, apenas dura unos pocos segundos. Tal y como ha sido habitual en él durante toda esa vida, Romano arroja con premura sobre su dolor un velo de fatua e inconsciente alegría que le impele a cantar y a bailar al ritmo de la música gitana surgida de su cabeza al recuerdo de las brumas de Rusia. Éste es Romano. Eternamente frívolo. Eternamente despreocupado y alegre en danza sobre el vacío.

Las brumas de Rusia representan, para Romano, el último momento de su vida en que tomó la decisión de trocar la alegría frívola y ligera en proyecto de felicidad. El último momento en que se resolvió a abandonar su tranquilo y plácido letargo para dar un paso hacia la vigilia, difícil, en ocasiones dolorosa, pero también más plena e intensa, de la verdadera vida. Unas horas antes se ha declarado a la mujer que ama. La mujer por la que ha recorrido miles de kilómetros desde Italia, donde goza de una vida fácil y cómoda junto a su esposa, Elisa, una rica heredera a quien ya no ama. Romano conoció a Ana, la mujer del perrito, en un balneario en el que también había conocido y después olvidado a muchas otras mujeres. Pero con Ana le ha sucedido algo distinto, algo sorprendente: de vuelta en el hermoso palacio de su esposa, no consigue olvidar su rostro. Por eso, la noche anterior, cuando finalmente la casualidad le lleva hasta ella, le ha dicho con voz clara y firme: "No puedo vivir sin ti". Y Ana, con voz trémula, le ha confesado que tampoco ella puede vivir sin él. Bajo las brumas de Rusia, Romano viaja a bordo de un carro hacia Italia empuñando la idea de poner fin a su matrimonio y posteriormente regresar a Rusia para emprender una nueva vida con Ana. Una vida muy diferente de la que ha vivido hasta entonces. Romano palpa ya la felicidad. Está pletórico, exultante, pero sobre todo, reconciliado consigo mismo. Por primera vez, confesará mucho tiempo después a un hombre ruso en el restaurante de un barco, después de largos y largos años, no siente el peso de su conciencia. Porque por primera vez ha tomado las riendas de su vida y se aleja del vacío para embarcar rumbo hacia la posibilidad de la plenitud.


Pero Romano, pobre Romano, no logrará estar a la altura de esa decisión. De vuelta en Italia, y llegado el momento de comunicarla a su esposa, basta que ella le pregunte inquieta, temerosa, si hay otra mujer en su vida para que Romano niegue, ante ella y ante sí mismo, la felicidad serena, grave, resuelta, proyectada hacia adelante, que ha vivido bajo las brumas de Rusia. ¿Por cobardía? ¿Por miedo? Sin duda si, como alguien dijo, el miedo es, al igual que la mentira, una tentación de la facilidad. En ese instante crucial, es más fácil para Romano mentir a su mujer que afrontar el sufrimiento de ella ante la ruptura, los reproches, su mirada decepcionada o iracunda. Lejos de las brumas de Rusia, es más fácil tratar de aniquilar el recuerdo y dejarse vencer, traicionando la verdad sobre sí allí descubierta, por la fuerza de la costumbre, por la inercia de su vida cómoda y regalada. De regreso en casa, es más fácil elegir la seguridad de lo ya conocido frente a la incertidumbre y el riesgo que supondría mantenerse fiel a esa verdad. A fin de cuentas, ése ha sido siempre Romano. Alegre, frívolo, inconsciente. Habituado a rehuir lo difícil sucumbiendo cada vez a la tentación de la facilidad.

Y, sin embargo, ocho años después, Romano llora amargamente. Ni tan siquiera su natural despreocupación, su pertinaz ligereza, su carácter jocoso, han conseguido borrar, en el desierto de su memoria vacía, el recuerdo de las brumas de Rusia y lo que para él significan. Porque por más que Romano sea un maestro de la facilidad y el olvido, y acabe ahogando sus lágrimas en canto y baile, su llanto es el síntoma de una conciencia que nunca logrará apagar definitivamente: la de que, de haber optado por lo difícil, su vida podría quizá haber sido una verdadera vida en lugar de una parodia, de una mala imitación suya.

Que algo nos sea difícil, le escribió una vez Rilke a un joven poeta, debe ser un motivo más para llevarlo a cabo.


Romano es, como muchos ya sabréis, el protagonista de la bella película de
Nikita Mijalkov "Ojos negros", inspirada, entre otros, en el cuento de Anton Chejov "La señora del perrito". No he conseguido averiguar cuáles son esos otros cuentos. Si alguien lo sabe, que haga el favor de saciar mi curiosidad :)

sábado, 28 de noviembre de 2009

Silencio II


El amor es una flor nacida para marchitarse, piensa María. Una breve exhalación perfumada que pronto se diluye en el mar agridulce de los olores cotidianos. A María le gustan las metáforas. Le sorprende la espontaneidad con que de repente brotan en su cabeza, como impulsadas misteriosamente desde el fondo bullicioso del restaurante mientras se apresura de un lado a otro atendiendo las mesas o espera en la barra la llegada de un pedido.

Sobre el amor, se dice, podría escribir un libro de aforismos plagado de metáforas. Pero seguramente todos los aforismos empezarían de la misma manera -"El amor es..."-, y todas las metáforas que se le ocurren para describirlo arrojarían el mismo sentido. ¿A quién no le resultaría aburrido? Verdadero pero aburrido. Porque María entretiene sus horas de servidumbre en el restaurante observando, examinando con detenimiento los restos del amor. Las flores marchitas o ya podridas. Olfateando la ausencia del perfume que un día exhalaron, el aroma rancio que ahora desprenden. Muy rara vez encuentra un espécimen en el apogeo de su floración, y siempre lo contempla con la tristeza anticipada de quien conoce su patético e ineludible sino.

Pese al ajetreo, sus preferidas son las horas de las comidas. La mayor afluencia de público le ofrece amplias posibilidades de observación. También un mejor seguimiento de los clientes que acuden con relativa frecuencia al restaurante. La atención de María se focaliza sobre las parejas. Sin y con niños. Se fija en el modo en que entran al restaurante. En sus rostros, por lo general parapetados al abrir la puerta tras la máscara de la conveniencia pública. En ocasiones más expresivos e impúdicos. En sus atuendos y en la forma en que caminan.

Pero su cotidiano análisis de los desechos del amor empieza realmente cuando las parejas se sientan a la mesa. En su primer acercamiento para tomar nota de las bebidas mientras ellos aún estudian las cartas, evalúa su grado de concentración en la lectura, sus posturas corporales, quién de los dos y con qué tono de voz efectúa el pedido, si previamente a él sus ojos se cruzan. Conforme lleva y retira platos en las mesas colindantes, espera el momento en que las cartas sean dejadas a un lado como signo inequívoco de que la elección ya ha tenido lugar. Es, a su juicio, el momento decisivo. La pareja se enfrenta al tiempo vacío que media entre su resolución y la llegada de la comida. Cuando ella se aproxime por segunda vez para preguntar por los platos escogidos, su mirada entrenada por la costumbre habrá detectado ya de qué manera ha comenzado a llenarse ese tiempo vacío y podrá anticipar casi con plena seguridad el modo en que marcará el desarrollo de la comida.

Para María, los desechos del amor se palpan ante todo en el silencio. En el silencio incómodo que se despliega, denso y grumoso, entre dos personas sentadas frente a frente o codo con codo en una misma mesa. Dos individuos que, en el mejor de los casos, una vez se amaron y después asistieron o aún asisten al languidecimiento y muerte de su amor. Nadie deja de reaccionar, piensa María tras repetidas jornadas de paciente y discreta vigilancia, frente a ese poderoso silencio que se impone incluso más allá de las palabras. Aunque las formas de reacción sean dispares y en esa disparidad pueda ella atreverse a teorizar sobre la fase del proceso de decadencia del amor que atraviesan los antiguos amantes.

La primera forma de reacción suele ser el embiste defensivo, la resistencia. Una resistencia que se traduce en los infructuosos intentos -María los percibe a retazos en su ágil desplazarse entre mesa y mesa y los recompone en su imaginación- por allanar ese silencio con conatos, con simulacros de conversación. Pero el silencio no se deja quebrar con palabras huecas, pronunciadas únicamente con el fin de romperlo. Ni una leve fisura logran infligirle al silencio las palabras pretexto. Palabras como de cristal, sin sustancia ni contenido, que no dicen nada ni esperan escucha o réplica interesada porque los antiguos amantes, por más que lo nieguen o traten de ocultarlo disparando como balas esas palabras contra el silencio, no tienen ya nada que decirse el uno al otro. Nada que comunicar o compartir, poniendo a brillar sus ojos en el goce de la mutua compañía, por el cauce seco de esas palabras. Nada que los alíe y torne cómplices en el entrelazamiento articulado a dos voces de esas palabras. Las suyas, son palabras carentes del aliento vital necesario para penetrar el ser del otro y seguir tensando en él las cuerdas de la curiosidad, del deseo, de la admiración. Palabras sin sabor a intimidad alguna. Palabras que cada vez aderezarán con menos fuerza la comida y terminarán ahogadas en sus bocas por la sobreabundancia de saliva al contacto con los alimentos.

Después, según María, tiene lugar la asunción del silencio, su muda aceptación. En esta etapa, los antiguos amantes se resignan a matar el tiempo en soledad hasta la llegada de los platos. Aislados en su opaca individualidad, sin esfuerzos ni tentativas por tender puentes sonoros hacia el otro. Inspeccionan a los comensales de las otras mesas con gesto aburrido y cansado. Hacen tamborilear quedamente sus dedos sobre la madera o examinan con inusual detenimiento el estado de sus uñas. Vuelven a abrir las cartas y releen, con fingida concentración, la oferta de platos. En ocasiones, aprovechan para hablar animadamente por el móvil con una tercera persona mientras el otro miembro de la pareja, abandonado a su suerte ante el silencio enemigo, obliga a sus ojos a perderse en algún lugar indefinido más allá de la ventana. Esos ojos que, en todo momento, evitan detenerse en los del otro. Rehuyendo la realidad fría y distanciada que esa otra ventana de comunicación silenciosa, los ojos del antiguo amante, les daría recíprocamente a ver. Servida la comida caliente, se lanzan a ella con fruición, como si la mera operación de masticar absorbiera todas sus energías y anulara sus sentidos. Como si el diálogo perdido entre ambos se reanudara en sus lenguas silenciosas con los pedacitos de carne o las patatas.

Los niños, se dice a menudo María, constituyen el instrumento perfecto para tratar de enmascarar el silencio. En torno a la mesa se les utiliza como a mantas viejas para cubrirlo. A ellos siempre hay algo que decirles, algo que advertirles, algo por lo que reñirles. Pero el silencio tampoco desaparece tras ese velo. Ni tan siquiera alcanza a disimularse. María lo percibe aún con mayor claridad en el ahínco con que los antiguos amantes vuelcan sus palabras sobre los niños, en la inoportunidad de las preguntas que les formulan, en la tenacidad con que se refugian, prolongándolas, en sus conversaciones con ellos. Incluso cuando los niños son apenas bebés balbucientes y el pretendido diálogo se reduce a un monólogo compuesto de exclamaciones pueriles y ridículas en boca de un adulto. Sólo en algunas parejas ancianas ha observado María convertirse al silencio en un comensal más sentado a la mesa que, sin incordiar ni molestar, acompaña a la ausencia del amor con naturalidad bien acogida. Quizás porque la cercanía de la muerte, alterando radicalmente el orden de los valores y las necesidades, transfigura los desechos del amor en tesoro y riqueza frente a la perspectiva, dolorosa desde la costumbre, de la soledad desnuda, ajena a todo disfraz, que supondría la pérdida de la presencia física del otro.

Suerte que ella trabaja ahora en el restaurante. ¿Qué mejor excusa para no desear salir ya más a comer fuera de casa con su marido, a no ser que tengan un compromiso familiar o vayan a encontrarse con amigos? Y en el hogar común, ese gran invento que es el televisor, esa voz perpetuamente parlante que atrapa sus oídos y sus pupilas, apacigua al menos el clamor del silencio que hace ya mucho se interpone entre los que un día fueran amantes.

jueves, 12 de noviembre de 2009

¿Quién teme a las Relaciones Públicas?


"La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Aquellos que manipulan el mecanismo oculto de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder que gobierna nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes moldeadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas mayormente por hombres de los que nunca hemos oído hablar. (...)
En casi cualquier acto de nuestras vidas, sea en la esfera de la política, de los negocios, en nuestra conducta social o en nuestro pensamiento ético, estamos dominados por un número relativamente pequeño de personas que entienden los procesos mentales y los patrones sociales de las masas. Son ellos quienes manejan los hilos que controlan la opinión pública."

Quienes lean estas líneas pensarán probablemente que han sido escritas por algún trasnochado defensor de las llamadas teorías de la conspiración: democracia ficticia en manos de una misteriosa oligarquía capaz de gobernar en la sombra el destino colectivo en pos de la satisfacción de sus privados y ocultos intereses; manipulación de la opinión pública por un exiguo número de personas que inoculan en las mentes de las masas ideas, valores, o creencias que sólo a ellos benefician.

Nada más lejos de la realidad: ni estas líneas denuncian teoría de la conspiración alguna, ni mucho menos son el producto de una mente obsesionada con ellas. Todo lo contrario: pertenecen a un texto titulado "Propaganda" escrito en 1928 por Edward Barneys, en el que éste recogía y expresaba sus ideas, ya sobradamente demostradas por su propia experiencia, sobre cómo manipular a la opinión pública. Sin embargo, Edward Barneys es hoy día es conocido como el padre de las "Relaciones Públicas". ¿Propaganda? ¿Relaciones Públicas? ¿Pero qué tienen que ver entre sí estos dos rótulos? Pues sencillamente todo. Porque fue el propio Edward Barneys quien, consciente de la mala prensa adquirida por la palabra propaganda a partir de su utilización por parte del régimen nazi, y pese a haberla escogido como título del libro cuya introducción encabeza este post, decidió prescindir de ella e inventar para sustituirla la más aséptica y en principio neutra expresión de "Relaciones Públicas".



¿Cuestión de mera terminología? En absoluto. Tras la invención de esta expresión se esconde la de un fenómeno de alcance y consecuencias infinitamente mayores: el consumismo que caracteriza a las modernas sociedades democráticas. O al menos esto es lo que plantea Adam Curtis en un interesantísimo y polémico documental realizado para la BBC, The Century of the Self, que le valió en 2002 el Premio Broadcast a la mejor serie documental y el Premio Longman de Historia Actual a la mejor película histórica del año. No obstante, ni éste ni otros documentales de Adam Curtis son apenas conocidos, pues su obra se ha editado en muy pocos países y desde luego no en el nuestro. ¿Quizás porque el trasnochado defensor de las tremendistas teorías de la conspiración es el propio Curtis? Bueno, reconozcamos que atribuir la invención del consumismo a una sola cabeza pensante puede parecer hasta al más crédulo un tanto exagerado. Pero no es menos cierto que los fenómenos históricos, precisamente por ser históricos, tienen fecha de nacimiento. Y por múltiples y variadas que sean sus causas, sería un error excluir de ellas las ideas y acciones, en ocasiones sin duda revolucionarias e innovadoras, de los individuos que contribuyeron al nacimiento de esos fenómenos.

Según se cuenta en este documental, Barneys contaba en los años veinte con dos importantes ventajas con respecto a los demás individuos de su época: ser el sobrino de Sigmund Freud y haber liderado con incuestionable éxito, a sus poco más de veinticinco años, la campaña de propaganda -por aquel entonces el uso de este término aún no era problemático- del presidente Wilson para que la intervención de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial fuera popularmente aceptada. Terminada la guerra, Barneys empezó a pensar de qué manera las estrategias aplicadas en aquella campaña podían ser útiles en tiempos de paz y solicitó a su tío que le enviara sus escritos sobre el psicoanálisis. De su lectura extrajo una brillante teoría que no tardaría en cambiar el mundo: no es la información consciente la que influye en las mentes de las masas, sino la estimulación y satisfacción de sus deseos inconscientes. Y puso en práctica un experimento para probarla.

Barneys había abierto en Broadway una oficina de "Relaciones Públicas" que ofrecía sus servicios a todas aquellas empresas que quisieran mejorar su rendimiento económico. Uno de sus mejores clientes, el presidente de la Tabacalera, le propuso el siguiente reto: romper el tabú social de que las mujeres fumaran en público, dado que por su culpa estaban perdiendo la mitad del mercado. Inspirado por la lectura de las obras de su tío Freud, Barneys pagó una importante suma a un famoso psicoanalista newyorquino para que éste le explicara qué podía significar el tabaco para las mujeres. Éste le contó que el cigarrillo constituía un símbolo fálico, un símbolo del poder masculino. Si pretendía generar en ellas el deseo de fumar, Barneys debería conectarlo con el deseo de disputar el poder masculino. Así que Barneys persuadió a un grupo de mujeres de la alta sociedad para que acudieran a la cabalgata de Pascua de Nueva York y, a un orden suya, comenzaran a fumar en público de manera ostentosa. Previamente, había comunicado a la prensa que un grupo de sufragistas realizaría un acto de protesta reivindicando sus libertades bajo el lema "antorchas de libertad". Las fumadoras fueron retratadas por numerosos periodistas y al día siguiente la noticia de su reivindicación de la libertad femenina a través del tabaco aparecía en los periódicos de todo el mundo. La venta de cigarrillos se disparó automáticamente y el tabú social que impedía a las mujeres fumar en público acabó por quebrarse.

Lo que Barneys descubrió, gracias a la lectura de los textos de su tío Freud, fue el mecanismo que hoy en día opera en cualquier reclamo publicitario: asociar la satisfacción de deseos básicos, comunes y de naturaleza no siempre consciente -libertad, salud, atracción del sexo opuesto, éxito social...- a la compra de determinados productos. No se trata de que la publicidad sea capaz de crear tales deseos. Esos deseos residen ya en los individuos a los que se dirige. Pero la publicidad sí es capaz de fijar la satisfacción de esos deseos, en principio abstractos y difusos en la medida en que sus posibles vías de satisfacción son igualmente abstractas y difusas, a objetos concretos. O para decirlo de otra manera: la publicidad no puede crear en mí el deseo de ser feliz; pero sí puede aprovecharlo y manipularlo para suscitar en mí la creencia de que, si quiero ser feliz, necesito el producto X -cigarrillos, yogures, desodorantes, prendas a la moda...- que la publicidad vincula repetida, machacona e insistentemente a mi deseo de felicidad.

Así es como empiezo a desear y comprar productos que, en realidad, no necesito. Porque si bien es cierto que necesito sentirme libre, estar sano, atraer al sexo opuesto o tener éxito social, lo que no es una necesidad es el hecho de que tales necesidades básicas se satisfagan por medio del consumo. Es más: que tales necesidades se satisfagan a través del consumo no sólo no es algo necesario. Por lo general, es algo sencillamente falso. Falso por momentáneo y provisional. Y una vez agotada mi momentánea y provisional satisfacción, no dudaré en lanzarme a la compra de cualquier nuevo producto que contenga la promesa de satisfacer todos esos deseos que necesito satisfacer. De ofrecérmelo, ya se encargará la publicidad. Ésta es la realidad del consumismo.

Por supuesto, la carrera de Barneys no acabó en el experimento narrado. Ni tampoco las consecuencias de lo que en él se probaba en torno a la posibilidad de manipular a las masas apelando a sus deseos inconscientes. Porque, según el documental de Adam Curtis, lo más perverso del descubrimiento de Barneys radicaría en el modo en que su aplicación económica por parte de las multinacionales se alió a la política. En 1928, el por entonces presidente de los Estados Unidos, Herbert Hoover, proclamaba ante un grupo de propagandistas: "Tenéis la labor de crear el deseo y transformar a la gente en máquinas de felicidad en constante movimiento". ¿Y por qué? Porque las máquinas de felicidad en constante movimiento, además de ser la clave del progreso económico, se convierten a la larga en masas de individuos únicamente preocupados por su privada y momentánea felicidad. Esto es, en masas dóciles y manejables. Inquietante, ¿no?

El documental de Adam Curtis daría para muchísimo más pero, como suele ser habitual en este blog, este post ya se ha alargado en exceso. Sin embargo, no me gustaría concluirlo sin llamar antes vuestra atención, mis queridos y pacientes lectores, sobre un hecho que me ha sorprendido sobremanera cuando, después de ver el documental de Curtis, empecé a indagar sobre lo que en él se cuenta. La información sobre Edward Barneys de la versión española de la wikipedia ofrece una imagen de sus ideas y logros radicalmente diferente de la presentada tanto en el documental de Curtis como en la versión inglesa. Y uno empieza a sospechar por qué cuando se entera de quién es uno de sus más eminentes discípulos y difusor de su obra por estos mundos subpirenáicos.

Francamente, no sé si empezar a creer en las teorías de la conspiración. O en algo bastante parecido.