
En contra de su cultivada costumbre de permanecer unos minutos en la cama para dejar que sus miembros vayan despertando lentamente de la inactividad nocturna, hoy se ha levantado nada más aflorar su conciencia del sueño. Con mayor viveza de lo que su edad permitiría presagiar, se ha dirigido por el largo pasillo hacia la cocina y allí ha encendido con una cerilla el grueso cirio que dejara preparado sobre el banco la noche anterior. Mientras reza un padrenuestro seguido de un ave maría, sus dedos no han cesado de acariciar el pequeño dije de oro que, sobre su escote, encierra el mechón cortado de sus cabellos a los pocos minutos de morir, y al terminar sus oraciones lo ha llevado a sus labios para depositar sobre él un breve beso. Seis años han pasado ya desde entonces. Pero sabe desde hace exactamente esos seis años que antes sonará la hora de su propia muerte que logrará habituarse a su ausencia.
De vuelta en el dormitorio ha hecho la cama poniendo especial cuidado en estirar las sábanas sobre el lado en el que él dormía, en ahuecar su almohada antes de cubrirla con la colcha. Y antes de encaminarse nuevamente a la cocina para el desayuno se ha demorado en abrir los cajones de la que fuera su mesita de noche, la puerta del lado izquierdo del armario donde aún cuelgan todas sus ropas, también la del armarito del baño que todavía guarda sus productos de aseo, para cerciorarse de que todo sigue igual que aquella calurosa tarde de junio en la que ambos partieron juntos hacia el hospital y del que sólo ella habría de regresar apenas tres noches después, incrédula ante la inesperada presteza de los acontecimientos, desarbolada por la sorpresa de su desaparición, aterrada de soledad anticipada, para caer en un sueño frío y plomizo, en una inconsciencia cortante e indolora a la que seguirían tantas noches de insomnio.
Y ya entregada algo más tarde al cotidiano ritual de limpieza, se ha ido deteniendo en las numerosas fotografías que, a partir del día de su muerte, empezara a seleccionar y enmarcar para sentirse más acompañada, para tenerlo consigo casi en cada habitación de la casa, y poder mirarlo y dirigirse a él como si aún pudiera escucharla allí mismo, en el hogar donde ambos entrelazaron sus caminos y ahora testigo vacío de su viudez. Ni los más escépticos argumentos conseguirán convencerla de que él no la escucha allá donde quiera que esté, por más que permanezca mudo ante sus palabras y nunca se haya atrevido a manifestarse ni con el más leve signo, ni con el más leve indicio, como tantas veces ella ha deseado, segura de que esta separación formará parte de lo transitorio y tarde o temprano llegará el momento de su reencuentro eterno. Mira el reloj y sus movimientos se vuelven más rápidos y ágiles, como animados por un conato de alegría. Por suerte, el aniversario ha caído este año en domingo y ha reservado mesa en el elegante restaurante que a él tanto le gustaba para celebrar allí la habitual comida semanal con sus hijos. Debe arreglarse como es debido.
Nada en el espejo puede ya anunciarle, mientras reaviva con algo de color sus gastadas facciones, que cuando a los postres recuerde en voz alta con una sonrisa y húmedos los ojos alguna de las anécdotas familiares que él protagonizara, en torno a la mesa se alzará una bruma densa e invisible que enturbiará las miradas del resto de los comensales. Que cuando comience a hablar de él y de su infinito echarle de menos, la de de su hijo menor se precipitará una vez más sobre el mantel para que la fina tela absorba la vergüenza y la rabia que destila. Que su hijo mayor hará de nuevo un esfuerzo por recoger su primera sonrisa con su propia boca y obligarla a pronunciar palabras adecuadas. Que su hijo mediano se girará posiblemente hacia el carrito para atender una demanda inexistente del bebé mientras su nuera roza ligeramente su mano.
Para esos gestos, en tantas ocasiones reiterados, hace ya mucho que el transcurrir de los días, el peso de la soledad y el inevitable balance inconscientemente arrojado sobre su memoria la han vuelto ciega. En la misma medida y con idéntica cadencia con que han ido borrando, aniquilando, los recuerdos que aún laceran el alma de sus hijos y que a ella ya no habrán de dañarla. Recuerdos hirientes que todavía entristecen sus sueños de adulto trayendo consigo el sabor amargo de sus respectivas infancias. Recuerdos punzantes que en ella, como piezas de un extraño puzzle, en lugar de sumarse se han ido restando para que en su cabeza pudiera finalmente emerger la figura inventada de su felicidad pretérita, fundamento de la nostalgia que alimenta su presente y la proyecta hacia el porvenir de la mano de la esperanza ultraterrena. Incluso el recuerdo del odio profundo, visceral, desgarrador de pies a cabeza, sentido hacia el hombre que quebró su vida martirizando su corazón y la inocencia tierna de sus niños, se ha evaporado, transformado en memoria ligera de usuales desavenencias conyugales, de rasgos de carácter defectuosos pero tolerables. Trocado en una culpa oculta por ese mismo odio -¿quién no sospecha de su poder mortal?- que ha acabado por extirpar de sus entrañas la imagen pasada de sucesos innombrables, priorizando en ellas, magnificando en una hipérbole desmesurada, las escasas huellas de lo grato y lo benéfico dejadas por su hoy añorado marido.
Nada en el reflejo amable de su tez maquillada y su pulcra vestimenta que la despide en el recibidor al salir de casa puede ya presagiarle el sentimiento de alivio, entreverado con el dolor por la traición a la memoria familiar y a la antigua complicidad en la desgracia compartida, confusamente mezclado con la piedad y la lástima, que experimentarán sus hijos al abandonar el restaurante. Probablemente preguntándose, mordidos por un agudo remordimiento, con qué derecho se atreven ellos a juzgar esa previsible falsificación de buena parte de sus vidas, esa anticipable destrucción del origen de sus heridas, si por fin han alcanzado a pintar, después de tanto sufrimiento inmerecido y tanto llanto inútil, el trazo sereno de la reconciliación en el rostro de su madre. Aun cuando el precio de ese trazo salvífico estribe en su creciente lejanía. De ellos. De sí misma.
De vuelta en el dormitorio ha hecho la cama poniendo especial cuidado en estirar las sábanas sobre el lado en el que él dormía, en ahuecar su almohada antes de cubrirla con la colcha. Y antes de encaminarse nuevamente a la cocina para el desayuno se ha demorado en abrir los cajones de la que fuera su mesita de noche, la puerta del lado izquierdo del armario donde aún cuelgan todas sus ropas, también la del armarito del baño que todavía guarda sus productos de aseo, para cerciorarse de que todo sigue igual que aquella calurosa tarde de junio en la que ambos partieron juntos hacia el hospital y del que sólo ella habría de regresar apenas tres noches después, incrédula ante la inesperada presteza de los acontecimientos, desarbolada por la sorpresa de su desaparición, aterrada de soledad anticipada, para caer en un sueño frío y plomizo, en una inconsciencia cortante e indolora a la que seguirían tantas noches de insomnio.
Y ya entregada algo más tarde al cotidiano ritual de limpieza, se ha ido deteniendo en las numerosas fotografías que, a partir del día de su muerte, empezara a seleccionar y enmarcar para sentirse más acompañada, para tenerlo consigo casi en cada habitación de la casa, y poder mirarlo y dirigirse a él como si aún pudiera escucharla allí mismo, en el hogar donde ambos entrelazaron sus caminos y ahora testigo vacío de su viudez. Ni los más escépticos argumentos conseguirán convencerla de que él no la escucha allá donde quiera que esté, por más que permanezca mudo ante sus palabras y nunca se haya atrevido a manifestarse ni con el más leve signo, ni con el más leve indicio, como tantas veces ella ha deseado, segura de que esta separación formará parte de lo transitorio y tarde o temprano llegará el momento de su reencuentro eterno. Mira el reloj y sus movimientos se vuelven más rápidos y ágiles, como animados por un conato de alegría. Por suerte, el aniversario ha caído este año en domingo y ha reservado mesa en el elegante restaurante que a él tanto le gustaba para celebrar allí la habitual comida semanal con sus hijos. Debe arreglarse como es debido.
Nada en el espejo puede ya anunciarle, mientras reaviva con algo de color sus gastadas facciones, que cuando a los postres recuerde en voz alta con una sonrisa y húmedos los ojos alguna de las anécdotas familiares que él protagonizara, en torno a la mesa se alzará una bruma densa e invisible que enturbiará las miradas del resto de los comensales. Que cuando comience a hablar de él y de su infinito echarle de menos, la de de su hijo menor se precipitará una vez más sobre el mantel para que la fina tela absorba la vergüenza y la rabia que destila. Que su hijo mayor hará de nuevo un esfuerzo por recoger su primera sonrisa con su propia boca y obligarla a pronunciar palabras adecuadas. Que su hijo mediano se girará posiblemente hacia el carrito para atender una demanda inexistente del bebé mientras su nuera roza ligeramente su mano.
Para esos gestos, en tantas ocasiones reiterados, hace ya mucho que el transcurrir de los días, el peso de la soledad y el inevitable balance inconscientemente arrojado sobre su memoria la han vuelto ciega. En la misma medida y con idéntica cadencia con que han ido borrando, aniquilando, los recuerdos que aún laceran el alma de sus hijos y que a ella ya no habrán de dañarla. Recuerdos hirientes que todavía entristecen sus sueños de adulto trayendo consigo el sabor amargo de sus respectivas infancias. Recuerdos punzantes que en ella, como piezas de un extraño puzzle, en lugar de sumarse se han ido restando para que en su cabeza pudiera finalmente emerger la figura inventada de su felicidad pretérita, fundamento de la nostalgia que alimenta su presente y la proyecta hacia el porvenir de la mano de la esperanza ultraterrena. Incluso el recuerdo del odio profundo, visceral, desgarrador de pies a cabeza, sentido hacia el hombre que quebró su vida martirizando su corazón y la inocencia tierna de sus niños, se ha evaporado, transformado en memoria ligera de usuales desavenencias conyugales, de rasgos de carácter defectuosos pero tolerables. Trocado en una culpa oculta por ese mismo odio -¿quién no sospecha de su poder mortal?- que ha acabado por extirpar de sus entrañas la imagen pasada de sucesos innombrables, priorizando en ellas, magnificando en una hipérbole desmesurada, las escasas huellas de lo grato y lo benéfico dejadas por su hoy añorado marido.
Nada en el reflejo amable de su tez maquillada y su pulcra vestimenta que la despide en el recibidor al salir de casa puede ya presagiarle el sentimiento de alivio, entreverado con el dolor por la traición a la memoria familiar y a la antigua complicidad en la desgracia compartida, confusamente mezclado con la piedad y la lástima, que experimentarán sus hijos al abandonar el restaurante. Probablemente preguntándose, mordidos por un agudo remordimiento, con qué derecho se atreven ellos a juzgar esa previsible falsificación de buena parte de sus vidas, esa anticipable destrucción del origen de sus heridas, si por fin han alcanzado a pintar, después de tanto sufrimiento inmerecido y tanto llanto inútil, el trazo sereno de la reconciliación en el rostro de su madre. Aun cuando el precio de ese trazo salvífico estribe en su creciente lejanía. De ellos. De sí misma.





