miércoles, 12 de agosto de 2009

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En contra de su cultivada costumbre de permanecer unos minutos en la cama para dejar que sus miembros vayan despertando lentamente de la inactividad nocturna, hoy se ha levantado nada más aflorar su conciencia del sueño. Con mayor viveza de lo que su edad permitiría presagiar, se ha dirigido por el largo pasillo hacia la cocina y allí ha encendido con una cerilla el grueso cirio que dejara preparado sobre el banco la noche anterior. Mientras reza un padrenuestro seguido de un ave maría, sus dedos no han cesado de acariciar el pequeño dije de oro que, sobre su escote, encierra el mechón cortado de sus cabellos a los pocos minutos de morir, y al terminar sus oraciones lo ha llevado a sus labios para depositar sobre él un breve beso. Seis años han pasado ya desde entonces. Pero sabe desde hace exactamente esos seis años que antes sonará la hora de su propia muerte que logrará habituarse a su ausencia.

De vuelta en el dormitorio ha hecho la cama poniendo especial cuidado en estirar las sábanas sobre el lado en el que él dormía, en ahuecar su almohada antes de cubrirla con la colcha. Y antes de encaminarse nuevamente a la cocina para el desayuno se ha demorado en abrir los cajones de la que fuera su mesita de noche, la puerta del lado izquierdo del armario donde aún cuelgan todas sus ropas, también la del armarito del baño que todavía guarda sus productos de aseo, para cerciorarse de que todo sigue igual que aquella calurosa tarde de junio en la que ambos partieron juntos hacia el hospital y del que sólo ella habría de regresar apenas tres noches después, incrédula ante la inesperada presteza de los acontecimientos, desarbolada por la sorpresa de su desaparición, aterrada de soledad anticipada, para caer en un sueño frío y plomizo, en una inconsciencia cortante e indolora a la que seguirían tantas noches de insomnio.

Y ya entregada algo más tarde al cotidiano ritual de limpieza, se ha ido deteniendo en las numerosas fotografías que, a partir del día de su muerte, empezara a seleccionar y enmarcar para sentirse más acompañada, para tenerlo consigo casi en cada habitación de la casa, y poder mirarlo y dirigirse a él como si aún pudiera escucharla allí mismo, en el hogar donde ambos entrelazaron sus caminos y ahora testigo vacío de su viudez. Ni los más escépticos argumentos conseguirán convencerla de que él no la escucha allá donde quiera que esté, por más que permanezca mudo ante sus palabras y nunca se haya atrevido a manifestarse ni con el más leve signo, ni con el más leve indicio, como tantas veces ella ha deseado, segura de que esta separación formará parte de lo transitorio y tarde o temprano llegará el momento de su reencuentro eterno. Mira el reloj y sus movimientos se vuelven más rápidos y ágiles, como animados por un conato de alegría. Por suerte, el aniversario ha caído este año en domingo y ha reservado mesa en el elegante restaurante que a él tanto le gustaba para celebrar allí la habitual comida semanal con sus hijos. Debe arreglarse como es debido.

Nada en el espejo puede ya anunciarle, mientras reaviva con algo de color sus gastadas facciones, que cuando a los postres recuerde en voz alta con una sonrisa y húmedos los ojos alguna de las anécdotas familiares que él protagonizara, en torno a la mesa se alzará una bruma densa e invisible que enturbiará las miradas del resto de los comensales. Que cuando comience a hablar de él y de su infinito echarle de menos, la de de su hijo menor se precipitará una vez más sobre el mantel para que la fina tela absorba la vergüenza y la rabia que destila. Que su hijo mayor hará de nuevo un esfuerzo por recoger su primera sonrisa con su propia boca y obligarla a pronunciar palabras adecuadas. Que su hijo mediano se girará posiblemente hacia el carrito para atender una demanda inexistente del bebé mientras su nuera roza ligeramente su mano.

Para esos gestos, en tantas ocasiones reiterados, hace ya mucho que el transcurrir de los días, el peso de la soledad y el inevitable balance inconscientemente arrojado sobre su memoria la han vuelto ciega. En la misma medida y con idéntica cadencia con que han ido borrando, aniquilando, los recuerdos que aún laceran el alma de sus hijos y que a ella ya no habrán de dañarla. Recuerdos hirientes que todavía entristecen sus sueños de adulto trayendo consigo el sabor amargo de sus respectivas infancias. Recuerdos punzantes que en ella, como piezas de un extraño puzzle, en lugar de sumarse se han ido restando para que en su cabeza pudiera finalmente emerger la figura inventada de su felicidad pretérita, fundamento de la nostalgia que alimenta su presente y la proyecta hacia el porvenir de la mano de la esperanza ultraterrena. Incluso el recuerdo del odio profundo, visceral, desgarrador de pies a cabeza, sentido hacia el hombre que quebró su vida martirizando su corazón y la inocencia tierna de sus niños, se ha evaporado, transformado en memoria ligera de usuales desavenencias conyugales, de rasgos de carácter defectuosos pero tolerables. Trocado en una culpa oculta por ese mismo odio -¿quién no sospecha de su poder mortal?- que ha acabado por extirpar de sus entrañas la imagen pasada de sucesos innombrables, priorizando en ellas, magnificando en una hipérbole desmesurada, las escasas huellas de lo grato y lo benéfico dejadas por su hoy añorado marido.

Nada en el reflejo amable de su tez maquillada y su pulcra vestimenta que la despide en el recibidor al salir de casa puede ya presagiarle el sentimiento de alivio, entreverado con el dolor por la traición a la memoria familiar y a la antigua complicidad en la desgracia compartida, confusamente mezclado con la piedad y la lástima, que experimentarán sus hijos al abandonar el restaurante. Probablemente preguntándose, mordidos por un agudo remordimiento, con qué derecho se atreven ellos a juzgar esa previsible falsificación de buena parte de sus vidas, esa anticipable destrucción del origen de sus heridas, si por fin han alcanzado a pintar, después de tanto sufrimiento inmerecido y tanto llanto inútil, el trazo sereno de la reconciliación en el rostro de su madre. Aun cuando el precio de ese trazo salvífico estribe en su creciente lejanía. De ellos. De sí misma.

martes, 4 de agosto de 2009

De la imposibilidad de dar


Escuchando esta mañana en la radio, con creciente estupefacción, las noticias sobre la resolución judicial del presunto caso de cohecho más traído y llevado de los últimos tiempos, se me ha venido a la cabeza la siguiente pregunta: ¿es posible dar algo sin esperar recibir algo a cambio?

Hace ya unos años Jacques Derrida planteó en un ensayo titulado "Dar (el) tiempo" no sólo que el acto de dar exige no esperar nada a cambio, sino que, en virtud de esa misma exigencia, el dar, la donación o el don constituyen algo tan imposible que representan la imagen misma de lo imposible.

Decía Derrida que para que pueda hablarse propiamente de un dar o de una donación, es estricta, ineludiblemente necesario que no haya reciprocidad, ni devolución, ni intercambio, ni tampoco deuda. Porque en el momento en que existe reciprocidad, devolución, intercambio o deuda, la donación se destruye para dar paso al cálculo económico, al intercambio de bienes. Que haya don, que haya dar, depende de la supresión del cálculo económico, del no tener lugar de intercambio alguno. Pero es esta misma negación del intercambio la que hace del dar una acción imposible, en la medida en que el simple reconocimiento de la acción de dar provoca en sí mismo ese intercambio, bien sea real o simbólico, tanto desde el punto de vista de quien recibe el don como de quien lo dispensa.

Pongamos que invito a comer a alguien y éste me devuelve otro día la invitación. Ya no puede decirse que ninguno de los dos nos hayamos dado nada sino que, sencillamente, hemos intercambiado dos bienes similares. Lo mismo sucede si, en lugar de invitarme a comer, esta persona recompensa mi acción, por ejemplo, haciéndome otro día un regalo. Tampoco podrá decirse entonces que nos hayamos dado nada, sino tan sólo que hemos intercambiado dos bienes diferentes. Pero incluso si el otro no me ofrece a cambio de mi donación bien material alguno, sino que se limita a expresar su gratitud hacia mi invitación, ya me está dando algo a cambio de ella, a saber, esa misma gratitud, que yo recibo como un regalo simbólico en compensación por el gasto realizado.

Por otra parte, también podría darse el caso de que el otro no exprese gratitud y sencillamente reconozca que le estoy dando algo. Según Derrida, por el mero hecho de reconocer mi dar como dar, de percibir mi donación como tal, el otro no podrá sustraerse a la percepción de que ésta le ha hecho contraer una deuda conmigo, con lo cual me regalará la conciencia de su estar en deuda conmigo y quizás la expectativa de la posible restitución de dicha deuda. Y si, yendo todavía más lejos, el otro ni tan siquiera expresa o siente tal gratitud o estar en deuda porque -por los motivos que fueren- no reconoce o no es capaz de reconocer mi donación como donación, yo no dejaré por ello, en el instante en que me reconozca ante mí mismo que estoy haciendo una donación, de recibir algo a cambio de ella: lo que recibiré es la percepción de mi propia generosidad, mi felicitación o aprobación hacia mí mismo, mi congratulación por mi acción generosa, todos ellos bienes morales con los que me restituiré simbólicamente el valor de lo que acabo de dar.

La conclusión de Derrida es que la posibilidad misma del dar requiere que este dar no aparezca como lo que es ni para quien da ni para quien recibe la donación. Porque en el momento en que el dar aparece o se presenta como tal, la donación se transforma automáticamente en intercambio, es decir, en un proceso económico en el que dos bienes, poco importa de la índole que sean, son intercambiados. Así, si soy consciente de que me están dando algo, habré contraido con el otro una deuda que tornará imposible mi darle algo, puesto que la restitución de esa deuda contraída ya no podrá ser otra cosa que intercambio y nunca donación por mi parte. Y si soy consciente de que doy algo, no podré evitar esperar algo a cambio, aun cuando aquello que espere no sea más que mi propia satisfacción con respecto al hecho de haber dado. De manera que, bien mirado, no estaré dando nada, sino que sólo estaré intercambiando lo que doy por aquello que espero de mi donación.

Me temo que estas reflexiones de Derrida sobre el dar son quizás en exceso complicadas para las elevadas temperaturas veraniegas. Pero hoy me ha parecido pertinente traerlas a colación porque creo que vendrían a avalar filosóficamente las bases jurídicas del artículo del Código Penal que el Tribunal encargado de la resolución de ese caso de posible cohecho tan traído y llevado en los últimos tiempos ha decidido, sorprendentemente, obviar: el que sanciona la aceptación por autoridad y funcionarios de regalos ofrecidos "en consideración a su función o para la consecución de un acto no prohibido". Un artículo que parece hacerse cargo de lo que Derrida concibiera como la imposibilidad de dar y pretende así protegernos de la amenaza de que las decisiones políticas acaben sometidas a la inevitable lógica del cálculo económico y del intercambio de bienes en que deriva toda donación consciente de sí misma. Como señalaba cierta publicación periódica en su editorial, lo grave de este asunto no es tanto la resolución en sí misma como el peligroso precedente que sienta.

sábado, 25 de julio de 2009

Velar el sueño del otro


"Es aterrador cómo las personas son abandonadas, con toda naturalidad y la conciencia absolutamente tranquila de los demás, a unas larguísimas y azarosas horas en las que se da por supuesto que no necesitan nada porque duermen, como si el dormir fuera en efecto lo que han gustado decir tantos literatos: una suspensión de las necesidades vitales, la analogía más próxima de la muerte. Las personas se afanan a veces por comprenderse entre sí, aunque nadie en realidad esté posibilitado para comprender nada -es decir, para ver la totalidad- de lo que existe ni de lo que no existe. Pero al menos hacen como que se afanan, durante el día. En cambio nadie se preocupa, nadie se toma la menor fatiga por comprender nuestro sueño".

Cabe sospechar que el amor de Aquiles por Patroclo no habría pervivido en nuestra memoria a través de los siglos si aquél, además de llorar lastimosamente su muerte, no hubiera osado enfrentarse a Héctor en busca de la venganza que le depararía su propio final. Como cabe igualmente sospechar que la magnitud ejemplar y arquetípica del amor de Penélope hacia Odiseo no hubiera sido ensalzada por la tradición de no haber ella esperado pacientemente su retorno durante veinte largos años, esquivando con inteligente astucia el asedio de sus múltiples pretendientes. Desde tiempos inmemoriales, el discurso oficial sobre el amor proclama que los signos de la verdadera presencia de este sentimiento, los síntomas de su realidad no adulterada, deben encontrarse antes en las acciones que en las palabras, antes en los hechos palpables que en las intenciones. Con él hemos aprendido que el amor no puede sólo ser dicho ni manifestado en el mero propósito de amar. Tiene que ser probado en el terreno del obrar, del acto constatable. Del sacrificio, de la renuncia, de la entrega efectiva. De la hazaña heroica o del simple gesto diario. Y sin embargo, no deja de ser cierto que el sentimiento amoroso también se revela y deja reconocer -ante uno mismo cuando aparece, ante el amado con su declaración- en otro elemento en esencia incompatible con el alcance real de nuestras acciones: el de las intenciones imposibles, el de los deseos hacia el otro de impracticable cumplimiento que experimenta quien ama.

Del protagonista de la novela de Javier Marías "El hombre sentimental", un tenor de nombre desconocido apodado el León de Nápoles y ficticio autor de la reflexión que encabeza este post, apenas si recuerdo más que la conmovedora idea a la que conducen esas palabras que he transcrito: su intención, su deseo, fruto de su sentimiento amoroso, de velar el sueño de la mujer que ama. Quien duerme, piensa el tenor, se halla en su inconsciencia en un estado de desamparo y fragilidad que exige tantas atenciones y cuidados como su vigilia. Por ello se rebela contra la representación, trivialmente asumida, de que la persona que es el otro se interrumpe o termina, deja de existir o se anula, en el momento en que es vencida por el sueño. Una rebeldía de la que emerge el deseo de acompañar a su amada en su sueño, de no abandonarla en ese solitario viaje nocturno que diariamente la traslada a territorios para él inaccesibles. Cada noche, durante dos o tres horas, se esfuerza, vigilante, por comprender su sueño, por comprender a su amada dormida. Animado por la ilusión de que de esta manera también alcanzará a comprenderla, y así a cuidarla y velar por que nada malo le suceda, desde su propio pensamiento dormido, desde su propio sueño. Pero su amada deja con el tiempo de serlo y se casa con otro hombre junto al cual, una noche, morirá mientras duerme. Y al recibir noticia de ello, el tenor se entrega a la idea de que "esa muerte sigilosa, acaecida sin testigos y sin aviso", jamás habría tenido lugar de haber estado él a su lado para velar su sueño.

Me gusta imaginar a este personaje acostado junto a su amada mientras ella duerme. Observándola en silencio. Pendiente de su respiración lenta y acompasada. Atento al posible movimiento de sus pupilas bajo sus párpados cerrados, al más leve espasmo de sus miembros, quizás a las palabras ininteligibles proferidas de cuando en cuando por ella. Tratando de comprender en qué momentos su sueño revela placidez y bienestar, para entonces tan sólo apoyar levemente una mano en su cadera, o rozar su pierna con la suya, con la voluntad de contribuir así a prolongar, a sostener con su ayuda, ese reposo calmo y benéfico. Esforzándose por discernir en qué otros momentos su amada se agita tal vez presa de una pesadilla, y entonces acariciar suavemente su pelo, su espalda si ella duerme de costado, acercar tiernamente su rostro al de ella, rodearla con su abrazo en la oscuridad, o incluso despertarla con la máxima suavidad y dulzura en un intento de protegerla de los miedos, de los fantasmas que se han apoderado de su inconsciencia.

Pero al hilo de esa fantasía se me impone a su vez la imagen del instante en que él mismo comienza a sentir el cansancio, la pesadez en sus párpados, la progresiva blandura de sus miembros. El instante en que sus fuerzas y su empeño lo abandonan, abandonándola a ella al desamparo y la fragilidad de su sueño, al reposo plácido o al espanto de sus fantasmas. El instante en que se rinde por fin al asalto de Morfeo e inicia su propio viaje solitario en la penumbra del que habrá de regresar con su despertar a la mañana siguiente. E imagino que con ese mismo despertar le invade una terrible sensación de fracaso, de impotencia, por no haber sido capaz de velar la totalidad de su sueño, por haberla olvidado durante las horas en que él dormía. Y quizá, junto a esa sensación, la horrible certeza, más tarde encubierta en su recuerdo por el autoengaño que propicia el transcurrir del tiempo, de que su amada podría haber muerto en el margen de esas horas y él no habría podido cuidarla, atenderla, protegerla, en esos últimos minutos de su vida.

Velar el sueño de quien amamos, noche tras noche, hora tras hora, es una quimera imposible para nuestras humanas limitaciones. Un deseo impracticable en el orden de nuestra naturaleza finita. Lo son también otros muchos deseos, otras muchas intenciones: apartar al otro del dolor y el sufrimiento; sustentarlo como una base de tierra firme hasta en sus más abisales pensamientos; resguardarlo de las agresiones a las nos expone el mundo; incluso librarlo del íntimo reducto de soledad inquebrantable, inagotable, con el que todos cargamos en lo más profundo de nuestros corazones. Y no obstante, estoy convencida de que, más allá de nuestros actos, es también en esas intenciones imposibles, así como en la inevitable asunción del fracaso que la mera perspectiva de su realización comporta, donde con más intensidad se hace patente la especificidad del sentimiento amoroso y de la voluntad de amar que lo acompaña. Porque lo característico de esa voluntad de amar es pretender, con auténtica desesperación, saltar por encima de sus mismos límites. Anhelar ferozmente trascenderlos y exasperarse ante su finitud y sus múltiples impotencias.

Desear velar el sueño del otro no es, por tanto, tan sólo una absurda declaración de intenciones imposibles. Es más bien una de tantas absurdas declaraciones de intenciones imposibles a través de las cuales brilla con toda su pureza y gravedad ese sentimiento que, cuando la vida tiene a bien regalárnoslo, nos tiende y nos inclina absolutamente hacia el otro.

viernes, 17 de julio de 2009

Fuera de aquí


"Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui yo mismo al establo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y me preguntó:
-¿A dónde va el patrón?

- No lo sé -le dije- simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta.

- ¿Así que conoce usted su meta? -preguntó.

- Sí -repliqué- te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta"


La partida, de Franz Kafka

Me encuentro en lo que parece ser un anticuado salón de té, sentada junto a los que, extrañamente, identifico como Boris Vian, Eugène Ionesco y René Clair. Extrañamente, porque no sé en función de qué criterios soy capaz de reconocerlos como tales. No recuerdo si alguna vez en mi vida he visto antes sus caras.

Pese a compartir su misma mesa, sus rostros, sus manos, sus voces, me resultan sorprendentemente lejanos, distantes. Tengo que hacer esfuerzos para eschucharlos, para seguir su conversación. También la mesa misma, las tazas, los platillos, todos los enseres preparados reposan frente a mí en una rara lejanía. Tal vez por ello, por miedo a no calcular bien la medida de mis movimientos en el caso de que me decida a alcanzarlos, mis manos permanecen tímidas sobre mi regazo. Por algún motivo no las veo, aunque siento su pesadez. Mi cuello parece atenazado por una inusual rigidez. Pero no me importa. Mi limito a mirar al frente.

- Como presidente de la Subcomisión de las Soluciones imaginarias -dice Boris Vian- deseo celebrar que nuestra primera actividad de este incipiente Período de Desocultación del Colegio de Patafísica, el que definitivamente cierra nuestro largo Período de Ocultación, haya sido todo un éxito.

- En efecto, señor Presidente -corrobora Ionesco-. La exposición "Agujeros, Nadas y Espejismos" ha sido un verdadero triunfo. Lástima que la comisión no llegara a un acuerdo con respecto a mi propuesta de incluir en ella a la cantante calva. A fin de cuentas, como ya defendí en su día, ¿no es la calvicie una sublime forma de nada, de agujero negro, de espejismo cuando las calvas son lo suficientemente brillantes como para que uno pueda verse reflejado en ellas?

- Ah, mi querido Eugene, creo que eso ya lo discutimos bastante -comenta conciliador Clair-. Y convinimos que los agujeros, las nadas, los espejismos de la exposición debían ser más auténticos, más radicales... Verdaderas ausencias de realidad, auténticos reductos de abisal vacuidad y etérea inmaterialidad.

- Pues a eso mismo me remito, mi querido René. ¿Es que alguien vió alguna vez a la cantante calva? ¿Alguien la oyó cantar? ¿Alguna vez apareció en escena más que en forma de "nada"? Pero bueno, la exposición ya está hecha y no tengo intención de seguir insistiendo. Simplemente pienso que hubiera sido una buena aportación a nuestra artística creación.

- Pero nadie la ha encontrado. La exposición, quiero decir -me atrevo entonces a protestar-. ¿Cómo puede haber sido un éxito? -Mi propia voz retumba en mi cabeza y reverbera contra mis mejillas, como si algo le impidiera salir de mi garganta. Siento una molesta sensación de ahogo. Tengo la impresión de que mis pulmones inspiran y expiran en todo momento el mismo aire viciado. El aire, ahora me percato, retenido tras el cristal que, ante mis ojos, filtra todas las imágenes que llegan a mis retinas. Tal vez sea ese cristal el que produce el efecto de lejanía, de inaccesibilidad, que experimento con respecto a todo aquello que me rodea.

- Mi querida Sylvia, mi querida Sylvia -me replica Boris-, tú siempre tan ausente tras tu campana de cristal. De eso se trataba, nuestra pequeña poetisa, de que nadie la encontrara como tal. Pero te aseguro que, en realidad, e independientemente de lo que haya dicho la prensa, muchos sí la han encontrado. Es más, la exposición se halla eternamente al alcance de todos, de todos los que realmente quieran dar con ella. Lo fascinante, lo maravilloso de nuestra exposición es que no hay límite alguno que la contenga, que no hacía falta encerrarla en ningún recinto al uso, y que, además, durará para siempre. Los agujeros, las nadas, los espejismos, están por todas partes, dentro y fuera, arriba y abajo, a la derecha y a la izquierda. Pero sobre todo dentro. ¿O me negarás que tú misma no estás viviendo ahora rodeada de esa nada? Por cierto, querida, que sepas que esa nueva modalidad de campana te sienta muy bien. Aunque es posible que te resulte un poco incómoda para tomar el té. ¿No quieres una taza?

Boris Vian sirve un poco de te en mi taza y la toma con delicadeza para ofrecérmela. Sigo sin poder medir con precisión a qué distancia se encuentra de mí y no quiero cometer una torpeza. Pero tampoco quiero parecer grosera. Alzo con cierta fatiga mi mano y cuando aparece en mi campo de visión descubro que se halla recubierta por un grueso guante de cristal. Aun así la tiendo con cuidado hacia la suya, que ya está depositando la taza sobre mi palma. No puedo percibir el tacto satinado de la porcelana, el calor del líquido vertido en su interior.

- Bebe, querida -me conmina Ionesco con amabilidad-, te sentará bien.

Trato de acercar la taza a mis labios, pero su borde choca con un ruido metálico contra el cristal que se interpone entre mi rostro y ella. Sólo entonces me doy cuenta de que frente a mí, al fondo de la sala, hay un enorme espejo que reviste toda la extensión de la pared. Pero el espejo no refleja ni a los demás comensales, ni la mesa, ni las sillas, ni el resto de objetos de la sala. Únicamente me muestra a mí, embutida en un aparatoso traje de buzo de cristal cuya escafandra aprisiona mi cabeza.

- No puedo beber. Necesito primero quitarme este traje. Salir de esa campana. ¡Necesito salir de aquí! ¡Fuera de aquí! ¡Que alguien me ayude a salir de aquí! -casi grito con repentina desesperación.

- Querida, no seas boba, sabes que eso es imposible. Nadie puede salirse de su propia piel, por más que lo desee -me reconviene René con una sonrisa condescendiente- Y cuando ésta se convierte en una campana de cristal, sólo uno mismo puede encontrar el mecanismo que le devuelva la antigua permeabilidad que le permita tocar el mundo. Como miembros del Colegio de Patafísica y expertos en esta maravillosa ciencia de las soluciones imaginarias, podemos aconsejarte que busques tu propia solución imaginaria. Pero para eso tendrás que dejar de tomarte tan en serio, en lo que eres o dejas de ser, en lo que puedes o dejas de poder. Y empezar a abrazar sin amargura el absurdo que subyace a tu propia existencia. El absurdo que subyace a la existencia de cada uno de nosotros y a todos nuestros afanes por darnos en ella una forma consistente y sólida. Nada de lo que somos o lleguemos a ser importa tanto, Sylvia. Tendrás que aprender a echarte unas risas mientras bailas un vals con ese absurdo. Así podrás sentirte fuera de nuevo. Anda, trata de beber un poco de té. Quizás eso te ayude.

Intento acercar otra vez la taza a mi boca, con decisión. Pero esta vez la frágil porcelana se quiebra contra el cristal y el líquido se derrama sobre mi pecho, sobre mis rodillas. Ni tan siquiera noto su fluir sobre mi cuerpo, tan sólo las dos lágrimas que se deslizan por mis mejillas. Los tres patafísicos han estallado en carcajadas.

- Pero Sylvia, Sylvia, ¿cómo vas a poder entrar así en nuestro Ilustre Colegio? ¿Pero no te has dado cuenta de lo gracioso que ha sido? -ríe divertido Boris Vian- Anda, ríete, Sylvia, ¡ríete!, ¡ríete!

Cuando despierto las lágrimas han humedecido la almohada. Sigo queriendo estar fuera de aquí. Fuera de mí y de mi propia piel. Pero las comisuras de mis labios ya se esfuerzan por ensayar una sonrisa.

viernes, 10 de julio de 2009

La memoria perdida de las cosas


Sólo en apariencia habitamos nosotras, esas que llamas propiamente tus cosas, como seres callados e inertes en el espacio finito que arropa tus movimientos. Seres inanimados que adhieres a voluntad a tus manos, a tu piel; a tus ojos o a tu nuca si decoramos el escenario del transcurrir doméstico de tus días. Semejantes en nuestro silencio a animales dormidos en la quietud de un bosque nocturno. Confundidas en nuestro letargo con los arbustos de los variopintos objetos de paso, con el follaje de los anodinos útiles reemplazables, con la hojarasca de los enseres que nunca merecerán calificarse de tuyos. Pues de ellos nos distingue, lo sabes bien, la voz que en cada una de nosotras se oculta. Una voz dotada en cada caso de un timbre característico, de un tono y ritmo singulares, por donde fluyen palabras que sólo a ti te interpelan.

Nada más evidente que nuestra natural tendencia a permanecer mudas, o a hablar con apenas un ligero murmullo mientras te deslizas cotidianamente por entre nosotras sin reparar siquiera en nuestra discreta presencia, cuando el hábito te lleva a cogernos y soltarnos en ademanes rutinarios, a mirarnos sin vernos sobre las paredes que te envuelven. Pero la experiencia te ha enseñado que hay ocasiones propicias para que nuestra voz se torne perfectamente audible. Basta quizás una mañana lluviosa de domingo, el indolente vagar por las habitaciones sin más rumbo que el regido por la maraña de tus pensamientos, y el abrir como al descuido un cajón sin propósito definido. Entre tus dedos aparece aquella antigua libreta llena de garabatos, aquel llavero ajado por el uso. Y entonces escuchas, tus pupilas detenidas sobre nosotras, nuestro suave parloteo.

Sin embargo, nuestras voces se hacen oír con plena intensidad allí donde las reglas fijas de la geometría te obligan al recuento y al descarte, a la toma de conciencia de lo que somos, valemos o representamos, a la inevitable disyuntiva entre la ley de la conservación y el abandono. La intensidad se verá además redoblada y llegará a convertirse en un sinfónico clamor de voces, entreverado de exigencias y demandas, si quieren los avatares del destino que debas someternos a un escrupuloso proceso de criba: determinar quiénes de entre nosotras serán las afortunadas, las elegidas, que habrán de desplazarse de sus acostumbrados lugares de reposo para emprender contigo la andadura definitiva hacia otros parajes.

Porque, pese a las distintas figuras y virtualidades de nuestra colorida multiplicidad, una sustancia común nos alía: ser los pozos rocosos de las aguas de tu memoria, los depósitos tangibles para el abrigo de tus recuerdos. Al tiempo, la prueba material de tu existencia pretérita, el cuerpo físico donde se alberga, más allá del poder evocador de la vigilia y el sueño, la impronta incuestionable de la realidad del camino recorrido, del tiempo transcurrido sobre tu coronilla. Sobre nuestra superficie se ha ido escribiendo el texto de caracteres invisibles que nuestras palabras descifran y recitan. La historia que nuestras voces narran, e incluso a veces cantan. Se trata del texto, la historia, la narración de tu propia vida. Palpa nuestra forma y te hablaremos de aquellos largos meses de congoja y desesperación. Sopésanos sobre tu palma y escucharás las risas alegres de una tarde otoñal. Fija en nosotras tus ojos y te admirarás de nuevo ante aquella noche juvenil rasgada por los dedos luminosos de la aurora boreal. Nuestras palabras-tijera recortarán en el aire una ventana por la que asistirás, como en un teatrillo, a la representación de un fragmento, de una escena, de una etapa o un simple instante de tu biografía. Por ella percibirás otra vez el aroma del hogar infantil, o respirarás el distante verdor de aquellas montañas que tanto amaste. Por haberte acompañado durante un tramo de tu trayectoria, por haber formado parte de los acontecimientos que año a año moldearon tus huesos, gozamos del raro privilegio de poder entonar al menos un segmento del canto que define eso que ahora eres.

¿Entiendes entonces por qué nos resistimos con tozudez a ser abandonadas? ¿Por qué nuestros lamentos se confunden con los tuyos ante la mera idea del desprendimiento? Con cada una de nosotras te desharás del anzuelo de ese pedazo de ti mismo que quedó atrapado entre nuestros pliegues. En el momento en que nos deseches, desnudarás el recuerdo que abrigamos dejándolo a la intemperie, inerme, sometido a los caprichos azarosos del misterio de tu mente. Ya proclive a hundirse, en el naufragio de su soporte, en la nada del olvido. Por eso, en tus espacios nunca cesaremos de reclamar nuestro lugar, idéntico a la posible pervivencia, a la salvación en tu memoria de aquellos pocos hilos del tapiz que te dibuja que una vez contribuimos a tejer. Por eso mismo, la perspectiva de nuestro abandono te llevará sin remedio a imaginarnos tristes, huérfanas, desamparadas. A compartir con nosotras esa tristeza, si del vínculo de la memoria nace la ligadura del amor, del afecto que en virtud de esa memoria salvífica nos profesas.

No creas que somos incapaces de comprender qué gravoso lastre suponemos. Que desconocemos la imposibilidad de cabalgar todas juntas sobre tu lomo mientras te esfuerzas por lanzar un pie hacia adelante. No sería difícil en ese caso augurar el tropiezo, la caída que te hiciera morder el polvo bajo nuestro peso. Y sin embargo, nuestra sustancia material, corpórea, palpable, se compadece mal con la necesidad del vacío. De ese vacío de la desmemoria imprescindible para el aparecer de nuevas cosas sobre las que ir germinando nuevos recuerdos. Lo intuimos de lejos y nos asusta. Quién sabe si tanto como te asusta a ti mismo.

El título de este post es un descarado robo del que encabezaba un libro publicado hace mil años por Eugenio Trías. Del contenido del libro poco se ha salvado en mi memoria. Del título, nunca he conseguido olvidarme.

lunes, 29 de junio de 2009

El sueño imposible de ser


Tal vez la pregunta que todo ser humano se ha planteado de manera más recurrente desde que tiene uso de razón es la pregunta por su propio ser, la pregunta que reza ¿quién soy?, y así se interroga sobre los atributos, sobre los predicados que se dejan ligar o separar de aquello que, señalándonos a nosotros mismos con el dedo, identificamos con nuestro propio yo. Con ése que, cada vez que habla, se aparece al mundo y a sus semejantes portando como un estandarte la palabra yo. Porque, ¿quién es ese yo que digo ser yo?

Dar respuesta a este incisivo y en ocasiones impertinente interrogante entraña una complejísima y no siempre visible problemática que, a mi juicio, nunca en el cine se ha descrito con tal grado de lucidez y verdad como en cierto monólogo de la película "Persona", de Ingmar Bergman.

Elisabet Vogler es una actriz que, mientras representa a Electra sobre el escenario, se sume de repente en el silencio, mira con sorpresa a su público, y no es capaz de proseguir la función. Al día siguiente no acude al ensayo y su ama de llaves la encuentra tumbada en la cama, inmóvil, muda ante sus preguntas. Lleva así tres meses, internada en un hospital. Pero la psiquiatra que la atiende sabe que está perfectamente sana, tanto física como psíquicamente. Su mutismo y su inmovibilidad tan sólo son una estrategia, el resultado de una decisión, plenamente consciente y comprensible para su inteligente psiquiatra. Elisabet calla porque cree que así podrá eludir las máscaras que encubren su verdadero yo y el presunto falseamiento de sí que todas ellas perpetran cuando se enfrenta desnuda a la pregunta ¿quién soy? En este preciso monólogo, su psiquiatra le revelará la imposibilidad de tal operación:

"¿Crees que no lo entiendo? El sueño imposible de ser. No de parecer, sino de ser. Consciente en cada momento. Vigilante. Al mismo tiempo, el abismo entre lo que eres para otros y para ti misma, el sentimiento de vértigo y el deseo constante de, al menos, estar expuesta, de ser analizada, diseccionada, quizás incluso aniquilada. Cada palabra una mentira, cada gesto una falsedad, cada sonrisa una mueca.

¿Suicidarse? ¡Oh, no! Eso es horrible. Tú no harías eso. Pero puedes quedarte inmóvil y en silencio. Por lo menos así no mientes. Puedes encerrarte en ti misma, aislarte. Así no tendrás que desempeñar roles, ni poner caras ni falsos gestos. Piensas. Pero, ¿ves? La realidad es atravesada, tu escondite no es hermético. La vida se cuela por todas partes. Estás obligada a reaccionar.

Nadie pregunta si es real o irreal, si tú eres verdadera o falsa. La pregunta sólo importa en el teatro. Y casi ni siquiera allí. Te entiendo, Elisabet. Entiendo que estés en silencio, que estés inmóvil. Que hayas situado esta falta de voluntad en un sistema fantástico. Te entiendo y te admiro. Creo que deberías mantener ese papel hasta que se agote, hasta que deje de ser interesante. Entonces podrás dejarlo. Igual que poco a poco fuiste dejando los demás papeles".



Elisabet ha entrado en crisis al devenir consciente de que ser persona -tal y como indica el significado de este vocablo latino- significa disponer de un conjunto, de una multiplicidad de máscaras que nos exponen al mundo a la vez que nos ocultan a él. Sabe, como le señala la psiquiatra, de la existencia de un abismo, de un profundo hiato entre aquello que de sí misma percibe en la interioridad de su conciencia, en la intimidad de su sentir, y el modo en que esa conciencia y ese sentir ocultos, tal vez en parte inasibles, se dejan exteriorizar ante sus semejantes. Elisabet querría ser más allá de esas máscaras. Desea exhibirse sin máscara alguna, despojada de lo que experimenta como un disfraz, como un velo que encubriría su yo auténtico, aquél que realmente definiera el quién que ella es. Pretende no sólo parecer ante los demás aquello que sus máscaras dibujan, sino ser al margen de ellas.

Sin embargo, las palabras de la psiquiatra la arrojan a una paradójica verdad que ella misma, desde su mutismo, está empezando a intuir: ser es un sueño imposible. En el momento en que ese yo auténtico, ese espacio íntimo de su ser aspirara a salir a la luz, su mera mostración lo convertiría de inmediato en otra máscara. Una máscara por fuerza falseadora en cuanto fragmentaria, parcial, incompleta, pero al tiempo verdadera dado que sin ella no es posible la manifestación de ese yo. Se derrumba así, revelándose como una ilusión, la imagen ideal de un yo desenmascarado, de un yo puro e inmaculado tras la impureza mentirosa de las máscaras. Detrás de cada máscara no hay sino una nueva máscara. Detrás de cada velo, nada más que un nuevo velo. Pues el yo no existe sin la variedad de máscaras que lo tornan real, si real quiere decir no sólo accesible para otros, sino también para nosotros mismos. Máscaras y velos nos constituyen entonces en lo que verdadera o falsamente somos, porque es en ese juego de máscaras donde habitamos de continuo sin posibilidad de sustraernos a él. De ahí que, como le indica la psiquiatra, también el silencio de Elisabet se haya transformado automáticamente en otra máscara, en otro papel que ha decidido representar creyendo erróneamente no representar papel ninguno.

Asumida la inexistencia de un yo con independencia de sus máscaras, la cuestión que tanto a Elisabet como a todos nosotros nos toca dirimir día a día se reduce a la de cuál de esas posibles máscaras nos representa con mayor grado de verdad. Pregunta que podría quizás traducirse a la de con cuál de ellas nos sentimos más cómodos, más libres o menos sujetos a ataduras innecesarias. A la de qué máscara se ajusta o ciñe mejor a los contornos invisibles de ese yo que palpita en cada una de ellas. Pero eso sí: teniendo siempre en cuenta que ninguna de nuestras máscaras preexiste antes de que ese yo nuestro sea capaz de esculpirla en un proceso creativo que durará lo que el tiempo de nuestra vida.




Este mismo monólogo de "Persona" fue ya recogido en un post muy al inicio de la andadura de este blog. Por aquel entonces aún pensaba que los post debían ser escritos breves y es por ello por lo que sencillamente me limité a transcribirlo sin aventurarme a un análisis como el que, sin embargo, siempre pensé que merecía. Hoy por hoy sigo pensado que los post deberían ser escritos breves. Pero es obvio que algunas reglas no escritas de la bloggosfera no se compadecen bien con la máscara que quiere o puede ser Antígona. Qué le vamos a hacer...

domingo, 21 de junio de 2009

Infierno II


Las manecillas de las cinco y cuarto de la tarde del domingo me encuentran en un ascensor en el que, contra el dinamismo vertical de mi cuerpo, yo me columpio entre la desazón y el alivio. Toco suelo y apresuro mis pasos hacia el sol vespertino y el aire anónimo que empezarán a desatar lentamente mis alas. Un objetivo me apremia: alcanzar el coche, llegar a casa, olvidar las horas gastadas en cíclico vacío y apurar las que quedan del día pese al intrínseco vacío que horada las tardes de domingo.

Al girar la esquina, adorna la perspectiva de la calle desierta e inerte un único objeto semianimado que aparece de soslayo en mi campo de visión como un elemento más del escenario: la identifico sin apenas verla como una mujer que fuma junto a la farola más próxima. Me encamino con decisión hacia el final de la larga hilera de coches aparcados en batería, tratando ya de distinguir en la distancia el verde pálido del mío. Al pasar junto a la farola, la mujer avanza hacia mí con un movimiento rápido, brusco por inesperado. "Mira bonita...". Siento su cuerpo demasiado próximo del mío. Mi corazón se acelera. Además, no puedo perder más tiempo. Quiero llegar a casa. Sin mirar siquiera su rostro sigo caminando mientras digo: "Perdona, pero tengo prisa". Sobre mi espalda su voz se eleva y se convierte en un grito en el que se entremezclan la ira y el llanto: "¿Que tienes prisa? Lo que pasa es que eres una hija de puta. ¡Hija de puta! ¡Eso es lo que eres! ¡Hija de putaaaaaaaaa!". Apresuro aún más mis pasos y me descubro observada por dos viandantes en la acera opuesta. Los fuertes golpes en mi pecho bien podrían ocultarme el sonido de los pasos de la mujer persiguiendo los míos. Sin embargo, no me atrevo a volver la cabeza. Por suerte, las llaves están entre mis dedos desde que salí del portal. Entro en el coche con fingida naturalidad y cierro precipitadamente el seguro. Mi mano tiembla al introducirlas en el contacto. Pero no. Ningún movimiento en la acera frente a mi parabrisas. La mujer no me ha seguido. Respiro hondo, tratando de tranquilizarme. Arranco.

Las ruedas deben ahora desandar por la calzada el camino de mis pies sobre la acera. Giro en sentido inverso la misma esquina, mirando al frente con fijeza. Cuando me detengo en el semáforo, me percato con renovado temor de que la mujer que acaba de insultarme se encuentra ante él, a mi derecha, sin decidirse a cruzar. Bajo la cabeza. La calle es estrecha y apenas la separan unos metros de mí. Tengo miedo de que me reconozca. Simulo buscar algo en el bolso. Con el rabillo del ojo creo percibir que finalmente cruza. Me inclino aún más sobre el asiento de al lado. Cuando finalmente levanto la cabeza ya se encuentra en la acera opuesta y sigue caminando. Me siento fuera de peligro. Hacia ella avanza un chica joven, bastante más alta que yo, también más alta que la mujer, cuya estatura tampoco es mucho más elevada que la mía. Veo cómo la mujer se dirige a ella. La chica, a diferencia de mí, se detiene y la escucha. El semáforo sigue en rojo para los vehículos y observo con atención la escena. También por primera vez a la mujer, su figura un tanto desgarbada, sus ropas de colores mal combinados, el maquillaje un tanto estridente para los años que le calculo. Nada hay de amenazante en su aspecto. La chica se echa las manos a los bolsillos, saca un paquete de tabaco y vuelve a guardarlo, como indicando que no lleva nada más encima. Imagino que la mujer le ha pedido dinero, pero las ventanillas cerradas de mi coche me impiden escuchar sus palabras. La chica sigue su camino con tranquilidad y la mujer se aleja en dirección contraria.

La vergüenza ha sustituido en mí al temor. Ahora sé que los insultos no han constituido más que el precio de mi gesto de despreciativa indiferencia, de la premura ofensiva de mi reacción de animal asustado. Cuando el semáforo se pone en verde y reemprendo la marcha, me invade la sensación de que esta vez he sido yo la que, a los ojos de esta mujer, ha contribuido a hacer de este mundo un infierno de dureza y agresividad. Que uno de los demonios de ese infierno, en contra de lo que he pensado hace apenas unos minutos, no ha sido ella sino yo. Enciendo el radiocasette y suenan en la canción interrumpida esta mañana, en la voz de Paco Ibáñez, los versos de Machado que tanto me gustan: "No extrañéis, dulces amigos, que esté mi frente arrugada; yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas". Y aunque sé que no termino de ser justa conmigo misma, no puedo evitar avergonzarme aún más por lo sucedido.