miércoles, 17 de abril de 2013

Acción


Parece ser que todo empezó a mediados de los noventa, la fecha exacta es incierta, en Monterrey, Méjico. La autoría de la iniciativa se atribuye a un poeta mejicano, Armando Alanís, y fue después continuada por un colectivo de poetas anónimos. Sin embargo, todo apunta a que sólo recientemente, casi veinte años después de aquellos orígenes un tanto nebulosos, la brillante idea de Armando Alanís dio pie a un singular movimiento social de creciente relevancia y a estas alturas difusión internacional. Se cuenta que hace apenas unos meses, en otra ciudad bien distinta, la capital de la provincia de Tucumán, alguien –dicen que un tal Fernando Ríos– supo de aquella iniciativa y decidió reavivarla con algunos amigos sobre los muros de su ciudad, castigada desde hace tiempo por la pobreza y el desánimo. Primero al amparo de la oscuridad de la noche y en las cercanías del bar que regenta, por temor a que se les confundiera con vándalos o vulgares graffiteros y hubieran de refugiarse a toda prisa de posibles increpaciones de sus conciudadanos. Luego prefirieron cambiar de estrategia: pedirían permiso a los propietarios de los muros y sólo intervendrían con su consentimiento. Así comenzó Acción Poética Tucumán, secuela tardía de la original Acción Poética nacida en Monterrey, pero cuya imparable popularidad amenaza con desdibujar en la memoria la fuente primera de su inspiración. Rápidamente el movimiento se extendió por toda Argentina, y luego por diversos países de Sudamérica. Parece ser, también, que ahora empieza a irrumpir por nuestros lares. 

El propósito de este movimiento podría quizá extraerse del lema que ya figura en los muros de tantas localidades: “Sin poesía no hay ciudad”. De él se desprende un nuevo concepto de lo que puede y tal vez debería ser una ciudad más allá de proyectos urbanísticos y planes de rehabilitación. Nada más trivial que la constatación de que nuestras ciudades, colonizadas por la jauría rugiente del tránsito rodado, los artilugios técnicos destinados a su regulación y el asalto constante de anuncios publicitarios apostados por cualquier rincón, se hallan desprovistas de toda poesía. Para estos ciudadanos amantes –que no adeptos, como reza otro de sus lemas– de la poesía, introducirla en ellas pasa por localizar muros y tapias anodinos, ocultar sus desconchones o sus herméticos ladrillos con una gruesa capa de pintura blanca, y escribir sobre ella, en letras negras, grandes, cuidadosamente perfiladas, siempre con una tipografía similar, escuetos versos que atrapen la atención de viandantes y conductores. Nunca más de ocho palabras, dicta la regla, en raras ocasiones transgredida, de manera que el verso pueda ser leído de un simple golpe de vista. Siempre firmadas por la rúbrica Acción Poética, seguida del nombre de la ciudad de la que proceden estos artistas callejeros, o tan sólo de las siglas que componen estos tres términos. El movimiento decora las ciudades con versos como “No el tiempo, sólo todos los instantes” que escribiera la elogiada poetisa Alejandra Pizarnik. O “Con los ojos cerrados y los sueños despiertos”, verso final de un poema del archiconocido Mario Benedetti. Sirve también para su objetivo el nombre de un viejo tango, “Todo te nombra”. O, sencillamente, versos anónimos, inventados por cualquiera, o de procedencia ya difícil de discernir, porque de ellos parecen haberse apropiado otras tantas personas anónimas que los integran en las creaciones que desperdigan por el cibermundo, como “Estamos a nada de serlo todo”, “Mi más sentido bésame” o “Extinguirnos a besos”. 


Trato de imaginar lo que debe de suponer habitar en una de esas ciudades en las que las palabras brotan de repente de los muros como flores intrépidas de una primavera llovida en tromba. Ser esa mujer que cada martes y cada viernes arrastra los pies camino al mercado entre casas de fachadas desgastadas que nunca reclaman una sola mirada. Ser el adolescente que cada mañana se dirige somnoliento hacia el colegio deslizando a tramos los dedos por muros de hormigón y paredes de ladrillo carcelario. Ser el conductor que, en su ruta hacia el trabajo, se abstrae, parapetado tras el parabrisas, de la fealdad del abandono reflejada en esas tapias ajadas que amurallan los recintos de tantos suburbios. O ser yo misma, quién sabe si algún día, deslizándome, al volante o lejos de él, junto a los muros que cotidianamente acompañan mis trayectos, y que no sin cierta dificultad alcanzo a ubicar en ellos cuando trato de evocarlos por su invariable tendencia a la invisibilidad. 


Y de manera por completo inesperada, en ese trayecto mil veces realizado, apenas ya percibido por mil veces repetido, en el que expectativas e inquietudes, voces radiofónicas o canciones tarareadas, silencios turbios o serenos vuelcan los ojos hacia adentro ante la ausencia de todo reclamo exterior, se presenta un buen día la sorpresa: la fachada antes descolorida, el muro desconchado, la superficie gris de cemento, convertidos en un lienzo en blanco sobre el que un puñado de palabras quiebran el hilo de los pensamientos, enmudecen el canturreo, despiertan del letargo. En esos muros destinados a ocultar, a dividir, a separar, de súbito la abertura hacia otro, la brecha por la que emerge la interpelación: “Mi más sentido bésame”. Y esa señora que arrastra los pies se detiene un instante, nota el calor de la rojez en sus mejillas al recordar algún amor de juventud demandando arrebolado sus besos, y reanuda su camino acompañada del rubor renacido de aquellos besos perdidos en la memoria. Lee el adolescente “Todo te nombra”, y mira a su alrededor con expresión seria, sintiéndose importante sin saber por qué, armado para afrontar el largo día con la solemnidad que destilan esas tres palabras. “Estamos a nada de serlo todo”, el conductor que primero frunce el ceño, luego sonríe escéptico, esta juventud, se dice, y que sin embargo proseguirá su ruta dando vueltas a miedos, carencias, deseos insatisfechos, y al tiempo que le resta para seguir siendo. 


¿Y yo? A mí me gustaría toparme con ese otro verso de Pizarnik que reza: “La jaula se ha vuelto pájaro”. Pienso demasiado en jaulas con sus barrotes, en cómo nos aprisionan y limitan el alcance de nuestros movimientos, en todas las cadenas que día a día maniatan nuestras rutinas a un áspero rosario de interminables obligaciones, de carreras y aspavientos impuestos que poco o nada se parecen a un gozoso batir de alas. Pienso en el mundo que se extiende más allá de esos barrotes y en la improbabilidad de llegar a transitarlo, confinada en este reducido perímetro de paredes construidas por horas y minutos rígidamente pautados. E imagino que, de toparme con ese verso, al continuar mi trayecto empezaría a pensar en el posible significado de ese trocar la jaula en pájaro. En cómo hacer para procurar, de ser ésta realizable, tan milagrosa transmutación. En los mecanismos que quizá lograran convertir esos mismos barrotes de tiempo que aprisionan –bastaría con que sucediera de cuando en cuando– en alas que se agitan sin más cortapisa ni más conciencia que la del aire que permite su vuelo. 


Pero también me conmovería encontrarme con este otro verso: “Escribo esta pared, es mi forma de tocarte”. Porque imagino de nuevo que, al leerlo, sentiría aliviarse la soledad de esos recorridos diarios que forman parte de mi particular jaula. Como si esas palabras, sólo por decirlo, tuvieran el poder de tocar a sus lectores como manos amigas. De descubrirles con ese contacto la existencia de seres anónimos dispuestos a regalar, a todos y a cualquiera, un pedazo de poesía que aliente sus caminos. De hacerles notar su cercanía, su voluntad de transfigurar el mundo que les es conocido en un lugar más habitable, gracias a la fuerza inconmovible de la palabra. De salvarles de un mundo que a menudo se impone terco y desabrido tan sólo con un escueto verso. 


Estén atentos. Quién sabe si cualquier día de estos no se les regala la sorpresa de encontrar, en sus propias ciudades, un muro antes invisible transformado en ventana que remueve y ensancha el horizonte. Si les ocurre, no dejen de decirme qué verso les ha tocado con sus dedos pintados de negro. 

sábado, 30 de marzo de 2013

Agudizar, agravar, empeorar


 En el verano de 2010 algunos Premios Nobel de Economía y otros prestigiosos economistas comenzaron a anunciar –la realidad ha demostrado sin lugar a dudas que con pleno conocimiento de causa– que las medidas impuestas a Grecia a cambio del rescate que su gobierno había solicitado para financiar su excesiva deuda pública sólo contribuirían a una profunda depresión de su economía y, por tanto, a un incremento de esa misma deuda pública. Ya entonces empecé a preguntarme por qué la llamada Troika se empeñaba en prescribir una serie de recetas de las que, sin remedio, se derivaría justamente el efecto contrario del que supuestamente pretendían lograr. Un efecto que se ha repetido sin excepción en todos aquellos países de la periferia de Europa que han debido demandar la ayuda de las altas esferas europeas. Fueran cuales fueren los orígenes de sus respectivas crisis, y con independencia de que éstas nada tuvieran que ver con una desmesurada deuda pública – los datos del caso español son aquí incontestables–, la Troika no ha dado más opción que la tan cacareada y defendida austeridad, que conlleva la reducción del gasto público y, en consecuencia, la reducción de los mecanismos del Estado para paliar las desigualdades sociales y económicas a través de políticas redistributivas de la riqueza. Esa austeridad que, en lugar de solventar los problemas económicos de tales países, tan sólo está conduciendo a su progresivo y a este paso imparable agravamiento. 

Si hasta yo, que carezco de toda formación en materia de economía, podía por aquella época comprender la validez de los razonamientos de los expertos que alertaban del suicidio económico que suponían las políticas de austeridad, resulta como poco insensato acogerse a la hipótesis de que los economistas que componen las instituciones de la Troika no sabían de antemano de las consecuencias de la aplicación de dichas políticas. Tan insensato, comienzo a sospechar, como creer que su falta de atención a los hechos objetivos, que han ratificado sobradamente las predicciones de empobrecimiento de aquellos expertos, obedezca tan sólo a una suerte de ciego dogmatismo –tan ciego, que rayaría ya en lo puramente patológico– por completo inmune a las evidencias empíricas. Los datos que periódicamente publican otras instituciones de la propia Unión Europea cantan a voz en grito el estrepitoso fracaso de las medidas de austeridad. Inconcebible que los mandatarios que las prescriben no tengan, cuanto menos, tanto conocimiento de ellos como cualquier ciudadano de a pie que se interese en buscarlos o tenga acceso a los medios de información que los difunden. 

¿Cuáles son entonces las razones que podrían explicar tan contumaz empecinamiento en unas recetas cuyas presuntas bondades son día a día desmentidas por los datos económicos? Más contando con la circunstancia de que el mismísimo Fondo Monetario Internacional –antaño feroz adalid de las políticas de austeridad– ha llegado a reconocer públicamente que sus cálculos en relación a los efectos de la austeridad sobre la economía contenían un embarazoso error, cuya corrección indica que la drástica reducción del gasto público dictada a los países en crisis deprime más de lo previsto sus economías e imposibilita cualquier posible recuperación tanto a corto como a largo plazo. ¿Por qué entonces, ante tal reconocimiento, el comisario de la Unión Europea se apresuró a advertir al FMI, eso sí, en un elegante lenguaje técnico, de que dejara de tocar las narices y mantuviera la boca cerrada –que así no entran moscas– en lugar de lanzar mensajes encaminados a minar la confianza de los Estados intervenidos en las políticas prescritas por Europa? 

Mientras tanto, ciertas voces críticas se han alzado para afirmar que los rescates a los países del Sur podrían no tener más finalidad que garantizar que sus bancos nacionales paguen los miles de millones de euros que deben a la banca alemana, lastrada por un enorme agujero financiero a causa de su activa participación en el mismo juego especulativo de casino –y generador de obscenos beneficios a corto plazo– que hundió a la banca norteamericana. Que ciertos sectores de la sociedad alemana se están beneficiando enormemente de la depresión de los países del Sur, a pesar de que la imposición más temprana en Alemania de las mismas medidas de austeridad ahora decretadas al Sur de Europa ha empobrecido a marchas forzadas a sus clases trabajadoras. Y también que, de perseverar en la dinámica seguida hasta la fecha, la propia economía alemana comenzará a acusar en sus propias carnes la depresión económica de los países del Sur para acabar entrando en recesión. 

Más que nunca, pues, continúa vigente el interrogante por los motivos que subyacerían a la aplicación de unas medidas que de ningún modo parecen favorecer a la economía de los países europeos. Un interrogante al que, a mi juicio, el libro de Naomi Klein “La doctrina del shock” brinda algunas respuestas. 

“La doctrina del shock” es un espeluznante relato que apuesta por la tesis de que la materialización efectiva de las doctrinas neoliberales, hoy día presentadas bajo el formato de las políticas de austeridad, ha dependido invariablemente de una ciudadanía en “estado de shock”, esto es, aturdida e incapaz de resistencia, bien bajo diversos regímenes del terror, bien como consecuencia de catástrofes naturales o crisis económicas hábilmente aprovechadas para la introducción de una serie de “reformas” estructurales –en esencia, destrucción de servicios sociales y privatización de bienes públicos para el enriquecimiento de una élite empresarial, financiera y política– que los ciudadanos, de poder actuar libremente, sistemáticamente han rechazado. Para defender esta idea, su autora nos propone un exhaustivo recorrido geográfico y cronológico que se extiende desde la dictadura de Pinochet en Chile hasta el desastre el huracán Katrina en Nueva Orleans, pasando por la Junta militar en Argentina, la aplicación de la Ley Marcial en Bolivia, la masacre de la plaza de Tiananmen en China, la quema del Parlamento ruso tras el desmembramiento de la Unión Soviética, la crisis financiera de los Tigres Asiáticos, la invasión de Irak o el tsunami acaecido en 2005 en las costas de Sri Lanka, por sólo mencionar algunos de sus hitos. Se trata, por lo demás, de un texto extenso y profusamente documentado que se detiene a cada paso en los pormenores de lo sucedido en estos y otros países durante los períodos en que sufrieron o siguen sufriendo la aplicación del pensamiento neoliberal. 

Muy numerosas serían las cuestiones que valdría la pena reseñar de este libro. Pero como no tengo intención de aburriros aún más con este árido post, tan sólo rescataré de él, de entre las declaraciones de personas de influencia que han contribuido a la conquista del mundo por parte del neoliberalismo recogidas por Naomi Klein, una que, en el momento de leerla, me pareció particularmente ilustrativa para responder a la pregunta que comencé a plantearme en aquel verano del 2010. 

El que en 1995 fuera el economista principal del Banco Mundial, Michael Bruno, afirmó en una conferencia impartida ante la International Economic Association, convertida posteriormente en una publicación del Banco Mundial, que cada vez existía un mayor consenso en torno a “la idea de que una crisis suficientemente amplia podría conseguir impresionar hasta tal punto a los decisores políticos de un país que éstos se decidieran finalmente por instaurar reformas destinadas a potenciar la productividad”. Con tales reformas no se refería sino a aquellas que actualmente se definen en Europa como las políticas de austeridad. En este sentido, Michael Bruno sostuvo que los organismos internacionales no sólo tenían que aprovechar las crisis económicas existentes para imponer tales políticas –lo que entonces se recogió bajo el rótulo del Consenso de Washington– sino que debían hacer todo lo que estuviera en sus manos para agudizar esas crisis. Sí, han leído ustedes bien: agudizar. Que es lo mismo que hacer por agravar o empeorar esas crisis. Y si bien Michael Bruno admitió en aquella conferencia que la perspectiva de profundizar intencionadamente la depresión económica de un país resultaba de entrada aterradora, no dejó de animar a sus oyentes a aceptar ese proceso de destrucción como primer paso de una positiva transformación de la economía según su concepción neoliberal. “A medida que la crisis se hace más profunda, el Estado podría irse atrofiando lentamente”, concluyó, y con él, todas aquellas políticas intervencionistas que restan posibilidades de mercado al mundo empresarial. 

Yo no sé a ustedes, pero, en mi caso, estas palabras de Michael Bruno actuaron como una especie de interruptor que encendió una bombilla en mi cansada cabecita. Y me llevaron a sospechar que esta crisis será muy, pero que muy larga. 

domingo, 17 de marzo de 2013

Ruptura


Si el conmovedor triunfo del amor más allá de los obstáculos materiales, sociales o personales ocupa un lugar preeminente en la historia de ese séptimo arte que es el cine, el tan habitual y siempre lamentado fracaso que supone el desamor, en las múltiples formas en que se presenta a la experiencia humana, constituye sin duda otro de los temas clave abordados desde sus inicios por la gran pantalla. A los títulos que sobre esta penosa pero corriente cuestión destacan en mi muy particular filmografía, he debido añadir en los últimos días el de una película americana del llamado cine independiente recién estrenada por estos lares: "Blue Valentine". Como no deseo destripársela a quienes tengan interés por verla, sobre su argumento tan sólo diré que retrata la fase terminal del matrimonio de una joven pareja cuya plasmación se intercala con la de los inicios de su relación amorosa. La película pivota, en este sentido, sobre una gran elipsis: la de las causas que, a lo largo de sus seis años de matrimonio, les han conducido a la ruptura. Sin embargo –y esto ya es mi propia interpretación de la película– tales causas arraigan en el propio momento de fundación de la pareja, es decir, en las circunstancias y avatares que provocaron la unión de sus protagonistas, y de ahí el interés del director por narrar ese dulce y mágico comienzo que, en este caso, contendría ya el germen de la futura separación. Tanto si mi comprensión de la historia es correcta como si no, lo sucedido entre el principio y el final de esta ficción queda del lado de la libre imaginación del espectador. 

"Blue Valentine" es una película desgarradora porque prácticamente todas las rupturas lo son. Salvo contadas excepciones, uno de los miembros de la pareja parece condenado a sufrirla como una auténtica mutilación. Se trata de quien todavía ama al otro y bajo ningún concepto quiere la separación. O de quien quizá ya no ama, pero se percibe en su existencia cotidiana, en sus rutinas, en sus hábitos y subrepticias dependencias, incapaz de vivirla en ausencia del otro. En ocasiones, ha optado inconscientemente por desviar la mirada de los signos del proceso de deterioro, de desgaste, de consunción del amor conducentes a la disolución de la pareja, y ésta le sorprende como un inesperado terremoto que conmoviera todos los cimientos de su ser. También cabe que los haya visto desplegarse ante sus ojos tan paulatinamente, que no acierta a vislumbrar ni la progresión descendente que marcan ni el ineludible final que en ellos se anunciaba. O que, desde el perfecto reconocimiento de esos signos, haya confiado en la posibilidad de su remonte y superación, aferrándose a la idea del carácter pasajero, circunstancial, de las fallas y grietas que revelaban. En el abandonado, el desgarro procede del yo dividido entre el desesperado deseo de permanencia al lado del otro y la realidad incontestable de la falta de correspondencia del otro a su desesperado deseo. 


Pero igualmente atravesada por el desgarro se halla la figura de quien ha dejado de amar e impone la ruptura, por más que, en la contemplación externa, su posición tienda a despertar cierta distanciada antipatía y su sufrimiento resulte menos visible. Lo delatan los gestos contenidos o ya incontenibles de irritación ante las palabras o las acciones del otro. Su nula indulgencia ante los errores y torpezas que tal vez antes observaba con ternura. La desaparición mal disimulada de toda apetencia de intimidad física con el otro que, antes o después, acaba manifestándose abruptamente en la negativa o el rechazo que ese otro recibirá como un acto de ruda insensibilidad. Pues quien abandona suele esconder en su interior, desde tiempo atrás, una verdad cuya mostración nunca deja de entrañar cierta dosis de crueldad si sabe a ciencia cierta del dolor que ocasionará al abandonado. Por consideración a él, a sus sentimientos, al recuerdo o el rescoldo de los que a él le unían, no le será fácil sacar a la luz esa verdad que dañará sin remedio al otro. Sin embargo, mientras la oculta, se mueve de continuo sobre el imperativo de ponerla sobre el tapete para no prolongar el engaño. Asimismo, y quizá ante todo, para salvaguardar su hipotético derecho a una potencial felicidad en ausencia del otro. Si la mentira y el encubrimiento representan una aceptable medida de urgencia ante el nacimiento de la confusión o el enquistamiento de la indecisión, no resultan sostenibles en el largo plazo. El desgarro de quien abandona es el del yo dividido entre la voluntad de proteger al otro del dolor y la imposibilidad de renunciar a convertirse en la mano ejecutora que habrá de causarlo. 


Como tantas veces en la vida real, en "Blue Valentine", desde perspectivas opuestas pero tal vez compartiendo idéntico asombro, dos personas asisten a la sobrevenida de un mismo hecho: la destrucción efectiva del vínculo amoroso que durante un tiempo ligó sus destinos, fruto de la extinción de la complicidad que aliviaba sus respectivas soledades, de la muerte de la maravilla del placer de la mutua compañía que un día los impulsó a enlazar sus vidas sobre la base de un proyecto común que iluminaba y llenaba de confiable seguridad el siempre incierto futuro. Forzoso parece entonces que ambos compartan a su vez, aunque probablemente experimentado de muy distintas maneras, un mismo sentimiento de pérdida y una misma pregunta en esas lenguas que ya no alcanzan a acariciarse ni a comunicarse: ¿Por qué? Por qué esa palmaria defunción de sus antiguos sentimientos en quien abandona. Por qué esa palmaria defunción de los antiguos sentimientos del otro en quien es abandonado. Y no obstante, es probablemente éste quien, a partir de esa pregunta, se ahoga en otros interrogantes que se derivan del primero. Interrogantes por su propia responsabilidad en el fallecimiento del amor del otro. Por las acciones u omisiones que pudieron haberlo causado y que quién sabe si podrían haberlo evitado. Por los caminos interiores que, en su desconocimiento, ha recorrido el otro hasta terminar arribando a esa decidida voluntad de poner fin a lo que una vez constituyó uno de los pocos paraísos terrenales que a los humanos nos es dado gozar. 


Y es que, si bien las dos víctimas de la ruptura se encuentran por lo general abocadas al sufrimiento, es indudable que quien abandona ocupa una posición más ventajosa que lo dota de una mayor fortaleza frente al otro. Para él, la ruptura equivale a una liberación cuyo acaecimiento le urge tanto como a cualquier encadenado. Dado su malestar en el seno de la pareja, la perspectiva del abandono, por dolorosa que se presente ante su conciencia, es entrevista como mejoría, como tránsito hacia un lugar menos áspero e incómodo. Desde la sensación de asfixia, de íntimo enfado que le produce la atadura al otro, la soledad venidera, aunque temida, se le aparece igualmente como remanso de paz y estancia, si no soleada, al menos tranquila. A diferencia de él, el abandonado carece por completo de la visión amable de ese horizonte ante sus ojos. Todos sus deseos se concentran sobre el presente y su anhelada pervivencia: de que no se altere o quiebre, de que cada cosa permanezca en su lugar acostumbrado, depende, se dice, toda su felicidad. Desde su particular punto de mira, el mundo deviene un lugar inhabitable sin la cercanía del otro. Más allá de su pérdida, tan sólo se abren el llanto y el horror, así como la incapacidad de imaginar cualquier posible alivio y futura alegría. Aquello que, para quien abandona, equivale al primer paso hacia la recuperación de su singular desgarro, significa para el abandonado el insoportable ahondamiento del suyo, y con él la evaporación de la fuente esencial de su bienestar. Por ello, mientras el primero pugna por la ruptura de las cuerdas que permita el alejamiento, el segundo combate angustiado por su mantenimiento e indefinida prolongación. 

Poco importa, sin embargo, con cuál de los dos personajes, en función de sus vivencias pretéritas o incluso presentes, llegue a identificarse el espectador. Si no consigue identificarse con ninguno de ellos o si termina haciéndolo con los dos. Bastará con que se deje envolver mínimamente por la situación que narra "Blue Valentine" para que su contemplación le resulte dolorosa: siempre lo es observar la pérdida de los sentimientos amorosos entre dos personas. En esencia, porque ser testigos de esa vivencia suele remover y hacer tambalearse nuestra ansiosa confianza en la tantas veces desmentida perdurabilidad del amor. En su posibilidad se alberga una incógnita que sólo el paso del tiempo podrá, si acaso, resolver. Una incógnita entre cuyos ingredientes quizá se amalgamen la decisión y cierta sabiduría vital, pero en la que invariablemente entra también en juego la sin duda impredecible y nunca domeñable continuidad o falta de ella del sentimiento. La experiencia ajena, probablemente también la propia, informa de que esa incógnita, en la mayoría de las ocasiones, se resuelve en su negación. Y, no obstante, pocos son quienes se resisten a apostar, al menos en el orden de lo ideal, por la ausencia de determinación de ese lugar vacío que significaría la pervivencia del vínculo amoroso hasta el límite mismo de la muerte. 

jueves, 28 de febrero de 2013

Cura


Como las flores bajo la lluvia acerada de punzante granizo, la piel del melocotón maduro al precipitarse sobre la tierra seca, el vaporoso tejido de seda que tropieza en vuelo rasante con la arista mal pulida de la uña: así está nuestra carne endeble de continuo expuesta al desgarrón en la caída sobre el filo cortante de la piedra, a la magulladura contra el canto traicionero de la mesa, a la herida larga y limpia bajo la incisiva presión del escalpelo. Al igual que el cristal fino de la copa contra el metal del fregadero, los huesos prestos al quebranto tras el salto temerario. Al desbarajuste y la infección los órganos con la irrupción del frío y el consecuente debilitamiento de los miembros. También, sin razón precisa o aún definida, a la orgía enloquecida de las células que proliferan en el tumor suicida. 

Ante la patencia del daño, del síntoma incipiente, de la enfermedad declarada, disponemos del auxilio de técnicas insólitas o veteranas, de simples y sofisticados saberes. Quizá el agua y el jabón de una mano que acaricia alcancen para la magulladura leve en el patio de juegos. Sobre el rasguño que sangra, la tirita de colores acaba por devolver la sonrisa, deseosa de exhibirla como un galón de guerra, a la carita infantil antes bañada en llanto. Gracias al manejo ancestral del hilo y la aguja penetrándola estratégica, la piel recupera, reunidos los bordes húmedos de la herida, su apariencia firme y protectora. Si se los fuerza con ruda habilidad a tornar a su alineación originaria, la inmovilidad y el trabajo silencioso de las partículas recompondrán lentamente los huesos fracturados, acondicionándolos de nuevo para la carrera y el brinco. Cuando el calor y el reposo no logran restaurar la armonía muda de los órganos, sirven los brebajes caseros o, en su defecto, las píldoras redondeadas que escupen la industria y sus laboratorios. Y de fracasar éstas en la detención del desmadre enfebrecido de las células, cabe la siempre cruel mutilación del bisturí, que sacrifica la manzana podrida del canasto en aras de la piadosa salvación del resto. 

Pero ni el más mínimo ápice de utilidad contendrían estas técnicas, de validez estos saberes, si el frágil entretejido de nuestras fibras no se meciera inconsciente sobre la voluntad de retornar al orden, sobre el impulso recóndito de recobrar la funcionalidad perdida que empuja mecánicamente los engranajes en ausencia de obstáculos y chirridos quejosos. Alivian los ungüentos, sanan las pócimas porque nuestros cuerpos albergan ya en su interior la potencia misteriosa de la regeneración y el remiendo. De su prolongación en el alma somos testigos cada día, capaz de seguir respirando ligera aun en medio del goteo intermitente de tanto golpe intangible. A pesar del gravoso lastre sobre sus hombros de incontables asaltos cotidianos y agresiones de mayor calado que la vapulean y hieren sin más huella perceptible que un rostro transitoriamente contraído o el íntimo rodar, por necesidad finito, de las lágrimas sobre las mejillas. Más hondas y dolorosas, fuente de más inhóspitos sufrimientos que los brotados del corte en la carne resultan las heridas infligidas a su naturaleza invisible. Ésa que recorta el lenguaje en nuestra boca y obliga a la descripción a permanecer presa de la metáfora si se dice del corazón hecho trizas como del cojín bajo las zarpas del gato, del alma despedazada como los fragmentos del plato sobre las baldosas, del yo roto idéntico a un juguete en manos de un niño enrabietado. Y no es extraño, sin embargo, que con menos costurones que sobre la tela desgarrada, acaso con menos rastros que en la porcelana quebrada o el plástico rajado, acontezca en el alma la recomposición provisoria de las partes desmembradas, la sanación de los quebrantos causados por un mundo a menudo lacerante en sus bordes y a un tiempo benéfico en sus dádivas. 

De la ruptura demasiado pronta del sueño, de las negras sombras que en el amanecer oscuro de la jornada de trabajo derrama sobre el ánimo, tienden a curar las primeras luces matutinas tiñendo de rosa el horizonte sobre el parabrisas. Ese mismo sueño que, al caer la noche, cura de otras sombras gemelas con las que el agotamiento quiere enturbiar la mente. Curan la taza de té caliente, la manta sobre las rodillas o la onza de chocolate del día infame transcurrido entre empellones y ladridos. Del terror solitario de la pesadilla que arroja abruptamente a una conciencia aturdida en medio de las tinieblas, el mero roce de un pie bajo las sábanas y las inspiraciones acompasadas de su propietario. La palabra amable y la mirada franca del resquemor y la desconfianza. De la preocupación que ahoga y nubla la visión del camino conducente a la salida, la risa desmadejada agitando el pecho por cualquier bobería. Del aguijón de la frustración reciente, del largo clavo hundido en la nuca de la que se arrastra durante décadas, el decidido asesinato del deseo o la resolución a la batalla renovada en pos de su satisfacción venidera. La propia voz sacada de la garganta entre amigos y remojada en vino sana como por sorpresa del desasosiego, de la obsesión familiar de origen ignoto que centrifuga en el cráneo. De la melancolía que aplasta entre brumas párpados y espalda, tal vez un simple paseo bajo el sol cálido de mediodía. El propósito de enmienda, una vez más asido al amnésico reconocimiento de la imperfección humana, del sabor agrio de la culpa que mana del error convencido y la imagen fija de la falta. De la ignorancia los libros, del bloqueo afásico el poema, del miedo y la zozobra la fuerza viva de otros brazos sujetando el propio tronco tembloroso. Cura de la maldad de los hombres emponzoñando el alma la contemplación de la acción generosa, la intuición del fondo noble que en otros alienta. Y sana la música que llena las entrañas de la repentina erupción del vacío insondable que a todos los mortales nos horada. Del desaliento, la abertura al entusiasmo ajeno dispuesta al contagio. Del tedio que construye un muro rocoso entre la cabeza y cada cosa cercana, el súbito descubrimiento del objeto escondido que lo diluye, el combate testarudo bolígrafo en ristre que se empeña en analizarlo o transformarlo en verso, y con frecuencia la vencida espera hasta el despuntar del nuevo día tras la tregua del sueño. 

Después de unos años instalados sobre estos dominios, basta lanzar hacia atrás los ojos del recuerdo para que se produzca la atónita constatación, ésa que emerge del paciente ejercicio de enumeración de los hachazos reseñables, de las dentelladas tóxicas, de las pérdidas y abandonos en apariencia mortíferos que de lado a lado nos partieron como se parte por la mitad un pan recién hecho. Que con la brutalidad del rayo nos redujeron a la condición de peleles llorones, maltrechos, desmadejados. Con la confiable ayuda del lento, rítmico lamer la roca del suave oleaje del tiempo, constituye el signo inequívoco de la curación de los males terribles que engendraron el latir de algo en nosotros que, todavía, se inclina tenaz al vuelo y la alegría. De buscarlas sin temor con los dedos palparemos sin duda las cicatrices rugosas que cosieron en nuestros adentros. Acaso las más notorias aún palpiten y duelan como antiguas fracturas en esas tardes de lluvia que incitan al espíritu debilitado a regresar a la vivencia gimiente del corte abierto. Hay quienes caminan con heridas antiguas de procedencia remota que rehúsan cerrar en contra de la reflexión, la esperanza y la experiencia benefactora: han aprendido a taponarlas con una tercera mano para no desangrarse a cada paso; han aprendido a olvidar su existencia, a contener el dolor laberíntico que ya sólo trunca su risa en días grises poblados de feroces minotauros. Como cualquiera, también ellos luchan con las otras dos manos por no sucumbir a las lesiones que a algunos definitivamente destierran. 

Por encima del daño puntual, del síntoma incipiente, de la enfermedad declarada, ninguna verdad más palmaria que la evidencia de que la vida hiere y lastima. Junto a ella, la certeza de que sobrevivir a los golpes cotidianos, a los zarpazos ocasionales, incluso a la fatalidad y el infortunio severo, precisa de la necesaria curación de esas heridas, y de cada pequeño rasguño. No durará eternamente la milagrosa potencia sanadora del cuerpo. La del alma, tal vez tanto como perviva el asombro por la presencia de un mundo en nosotros cuyo cielo siempre ampara posibilidades azules. 

viernes, 15 de febrero de 2013

Variaciones


Un intérprete mundialmente conocido. Un nombre asociado para la eternidad a las Variaciones Goldberg. Posiblemente –inevitable la controversia cuando se trata de escoger a uno y sólo a uno–, el mejor intérprete de la obra de Johann Sebastian Bach. Un pianista –un hombre– en extremo extravagante que a los 32 años, edad que el juicio sensato situaría en la etapa inicial y aún ascendente de una fulgurante carrera, decidió dejar de dar conciertos para el gran público y sólo ofrecería sus interpretaciones a través de los medios. Un pianista que no podía interpretar obra alguna sin, al mismo tiempo, tararear la melodía de la pieza ejecutada por sus dedos. 

Si cada una de estas descripciones esboza un escueto retrato de Glenn Gould (1932-1982), la última de ellas es sin duda la que, en un momento ya lejano de mi vida, me impulsó a escuchar una y otra vez, con obsesiva recurrencia, la versión de las famosas Variaciones Goldberg que el pianista canadiense grabara en 1981, pocos meses antes de morir de un infarto cerebral. En aquella época de soledad buscada en medio de circunstancias que también la forzaban, Glenn Gould acompañaba muy a menudo, desde un pequeño walkman instalado en mi bolsillo, los paseos rutinarios a los que me empujaban las estrechas dimensiones del apartamento universitario que habitaba. Tan a menudo que, cada vez que vuelvo a escuchar esa pieza, no es raro que en mi cabeza reaparezcan las imágenes entrecortadas de los senderos que bajo su amparo recorría, de los edificios que los circundaban, del pequeño bosquecillo al que me dirigían. Por su mera reiteración durante aquellos paseos, las notas que componen las Variaciones Goldberg han quedado para mí por siempre adheridas al recuerdo, ya borroso por los largos años transcurridos, de aquellos parajes que nunca he vuelto a pisar. 


En esas notas que se derramaban en cascada sobre mis oídos con una precisión geométrica y una brillantez para mí desconocidas hasta entonces, perseguía yo con avidez los retazos de la voz de Glenn Gould que de cuando en cuando asoma tímidamente entre ellas, que en ocasiones llega incluso a imponerse al silencio entrecortado que forja su ritmo. Supongo que, al igual que a tantos de sus admiradores, escuchar la voz poco armoniosa, apenas balbuciente de Glenn Gould, emergiendo entre el sonido cristalino que sus dedos logran arrancar al piano, me producía una sensación de cercanía a él que convertía la audición de esta obra maestra de Bach en una experiencia particularmente íntima. El timbre oscuro, el tono desafinado de su voz en contraste con la pureza de las melodías en contrapunto, me hacían testigo y a la vez partícipe de la pasión que lo arrebataba al interpretar a Bach. Percibir y sentir esa pasión constituyó la llave que me franqueó la puerta a la singular belleza de las Variaciones Goldberg. Y es que quizá en esa pasión, intuida de una forma u otra en el intérprete, en el escultor, en el pintor o el poeta, resida la única vía de acceso a la belleza del arte. 

Por eso, cuando por aquella misma época supe de la existencia de una novela de Thomas Bernhard en la que aparecía Glenn Gould, El malogrado, corrí rauda a la biblioteca y me entregué a su lectura con tanta aplicación como por aquel entonces requería mi insuficiente conocimiento de la lengua en la que había sido escrita. No me decepcionó descubrir que, en realidad, no se trataba de una novela sobre Glenn Gould. El malogrado es más bien la historia de una doble derrota, una fatal, la otra liberadora: la que sufren dos jóvenes y prometedores pianistas por causa de su encuentro en Salzburgo con un igualmente joven y ya genial Glenn Gould. 


Su narrador anónimo, el que fuera uno de esos jóvenes, viaja tras el entierro del otro, Wertheimer, hacia el pabellón de caza donde el muerto ha pasado sus últimos días. Pocos meses después del fallecimiento de Glenn Gould, Wertheimer, apodado por el propio Glenn como el malogrado, se ha suicidado ahorcándose a escasos metros de la casa de su hermana. El narrador quiere saber si hallará en el pabellón de caza los escritos a los que Wertheimer decía estar dedicando su vida desde que, como él mismo, renunciara a su carrera pianística. En un monólogo obsesivo que introduce al lector en una suerte espiral asfixiante, construida sobre la continua reaparición de los motivos que se van presentando, el narrador reflexiona sobre las causas que explicarían el suicidio de Wertheimer. Paulatinamente irá reafirmándose en la idea de que éstas se remontan, exactamente, al momento en que, veintiocho años atrás, Wertheimer pasa por el aula treinta y tres del primer piso de la escuela de música donde ambos estudiaban, y escucha a Glenn Gould tocar el Aria, la primera de las treinta y dos piezas que componen las Variaciones Goldberg. Pues es entonces cuando Wertheimer, sin ser todavía plenamente consciente de ello, se enfrenta a la existencia del genio de Glenn Gould y a la imposibilidad de superarlo. Tanto el narrador como Wertheimer son pianistas con aptitudes extraordinarias, figuras claramente prometedoras en el mundo de la interpretación entre tantos otros aspirantes, destinados por sus cualidades a destacar y triunfar, a convertirse en famosos intérpretes. Pero tras convivir durante algunos meses en la casa que los tres alquilan en las afueras de Salzburgo, ambos descubren en Glenn Gould un talento superior del que carecen y el brillo único, sin par, sublime, que ninguno de ellos podrá jamás alcanzar. Ninguno de ellos podrá ya llegar a ser el mejor, porque el mejor es, sin el más mínimo atisbo de duda, Glenn Gould. Aunque en sus respectivas manos se halla la posibilidad de convertirse en reconocidos pianistas, deben afrontar la amarga verdad de que nunca podrán serlo del modo inigualable en que lo será Glenn Gould. De no haber conocido y entablado amistad con Glenn Gould, piensa el narrador, tanto él como Wertheimer habrían proseguido con sus carreras y habrían triunfado. Pero el hecho inapelable de haberlo conocido trunca para siempre sus carreras artísticas y altera radicalmente sus vidas. 


Tal vez la diferencia más notoria entre estos tres personajes se inscriba en el orden del deseo. En un plano que cabría calificar de inconmensurable en relación al de sus amigos, si algo desea Glenn Gould es convertirse en su Stenway, en su piano, para que así nada, ni tan siquiera él mismo, se interponga entre Johann Sebastian Bach y los sonidos que, con cada interpretación, reviven e inmortalizan sus obras. En el caso del narrador, su encuentro con Glenn Gould le vuelve evidente que, pese a sus incuestionables aptitudes, nunca deseó realmente ser pianista. Poco importa si, tantos años después, sigue sin saber qué quiere para sí y lleva una existencia errática y desorientada: al menos, conocer a Glenn consiguió liberarle de una falsa visión de sí mismo que, con toda seguridad, le habría abocado a la infelicidad. Sin embargo, ese mismo conocimiento arruina la vida de Wertheimer y, de su mano, asola la de quienes le rodean hasta el día en que decide ponerle fin. Pues el deseo que, a partir de él, se apodera de Wertheimer es un deseo por completo irrealizable y la fuente más nítida de su desgracia: Wertheimer no desea más que ser el propio Glenn Gould, y el narrador llegará a sospechar que la elección del momento de su suicidio sólo responde a que, de Glenn Gould, ha envidiado hasta su muerte. 

De ahí que el narrador termine por vislumbrar, con idéntica lucidez a la de Glenn Gould al apodarle como el malogrado, que Wertheimer era un hombre de callejón sin salida incluso antes de conocer al genial pianista. De su encuentro con él no deriva más que el afloramiento de esa condición autodestructiva que Wertheimer portaba ya consigo desde niño y que el narrador anónimo expone con estas palabras: “Wertheimer no era capaz de verse a sí mismo como alguien único, como todo el mundo puede y tiene que permitirse si no quiere desesperar, se sea quien se sea, se es alguien único, me digo a mí mismo, y eso me salva”. Eso, y no otra cosa, es lo que salva al narrador de su estéril y constante desorientación. De la ausencia de rumbo definido de la que adolecen sus días desde que se resolviera a regalar su piano para nunca volver a tocar ninguno. También del suicidio que tantas veces Wertheimer le augurara y al cual éste no pudo sino anticiparse tras la muerte de Glenn Gould. Ni a Glenn Gould, ni a sus magistralmente interpretadas Variaciones Goldberg, cabe, pues, atribuir la responsabilidad del suicidio de Wertheimer. Éste es el fruto exclusivo de su incapacidad para percibirse y valorarse como un ser insustituible, el único susceptible de interpretar el papel central, protagonista de su propia vida, con independencia de sus habilidades y carencias, de sus triunfos o fracasos, de su deseo de llegar a ser el mejor y de la inevitable frustración de ese deseo. Que Wertheimer llegara a conocer de cerca el talento y la superioridad artística de Glenn Gould tan sólo sirvió para desatar la fuerza destructora, aniquiladora de esa incapacidad suya. De esa debilidad tan devastadora como para arruinar cualquier existencia. ¿Y quién no ha sentido, siquiera de lejos, la potencia devastadora de esa debilidad a través del deseo de ser otro, a través de la envidia de las cualidades y logros de otro?


Salvo las que lo encabezan, las imágenes que ilustran este post son fotogramas de Thirty two short films about Glenn Gould, una bellísima película que ningún admirador de Glenn Gould se debe perder. 


jueves, 31 de enero de 2013

Flexibilidad



Si es cierto que somos el resultado de aquello que hacemos, parece elemental concluir que buena parte de lo que nos define procede del trabajo que cada día realizamos. Por medio de su ejecución nos dotamos de una serie de capacidades, habilidades y conocimientos que nos permiten determinar quiénes somos a partir de las tareas que nos sabemos capaces de llevar a cabo. Al menos en lo relativo a nuestra dimensión laboral, cuanto mejor sea a nuestros ojos el desempeño de nuestras funciones, más alto concepto tenderemos a tener de nosotros mismos. Cuanto mayor grado de compromiso adquiramos con respecto a la labor a ejecutar, tanto más adheriremos la caracterización de nuestro ser a la profesión en la que a diario invertimos un número nada despreciable de horas de nuestras vidas. Por ello, no debería resultarnos extraña la idea de que eso que somos se halla decisivamente condicionado por la forma en que las sociedades que habitamos estructuran la naturaleza del trabajo, regulan sus vías de ejercicio y establecen los mecanismos que articulan la relación que con él mantenemos como trabajadores. 

Precisamente de esta premisa parte el libro “La corrosión del carácter”. A finales de los noventa, el sociólogo Richard Sennet se propuso analizar en él la manera en que el capitalismo de las últimas décadas, a través de la nueva concepción del trabajo que plantea, moldea y produce individuos que no pueden ya preservar, ni como trabajadores ni como personas, los valores, habilidades y actitudes que de ellos se exigía en épocas pretéritas. Ésta es, según Sennet, la época del capitalismo flexible, cuya configuración demanda trabajadores que, como un material dúctil, logren adaptarse a circunstancias siempre nuevas, estén abiertos al cambio, asuman con naturalidad los riesgos que éstos conllevan y se muestren dispuestos a reinventarse a sí mismos en todo momento aceptando el imperativo de movilidad y la imposibilidad de construir una trayectoria laboral lineal y coherente. 

De entrada, la flexibilidad que se impone al trabajador de este nuevo capitalismo se presenta como una negación de la rutina y de los efectos destructivos que ya Adam Smith le atribuyera al reflexionar sobre la alianza entre el crecimiento del mercado libre y la requerida división del trabajo para la mejora de la productividad. Allí donde cada trabajador se especializa en producir tan sólo una de las partes integrantes de un clavo, se multiplica el número de clavos producidos al día. Pero la repetición durante horas de una tarea tan simple y mecánica, reconoce Smith, condena al trabajador al aburrimiento, al embotamiento mental, incluso al embrutecimiento y la degradación, a su juicio incompatibles con el progreso moral deseable para la humanidad. De ahí que este pensador liberal creyera preciso habilitar dispositivos que rompieran con la rutina empobrecedora y alienante de la mayoría de trabajos asalariados. La flexibilidad del nuevo capitalismo se ofrece como la alternativa liberadora de esa rutina, a su vez capaz de eliminar rigideces sociales y conceder a sus trabajadores más libertad para decidir sobre sus vidas. Frente a esta idea, y a través del estudio y exposición de las historias laborales de individuos concretos, Sennet pretende poner de manifiesto cómo la flexibilidad demandada en el actual mercado laboral, fuertemente influido por la tecnología, no sólo no ha eliminado el trabajo rutinario, mecánico y repetitivo, sino que amenaza con destruir la posibilidad de forjarse una identidad profesional, con todas las consecuencias emocionales, morales y vitales que ello conlleva. 

Tal vez el ejemplo más ilustrativo del libro sea el de la evolución de una panadería de Boston que Sennet vuelve a visitar décadas después de haberla conocido. En su primera visita, los antiguos panaderos declaraban no disfrutar de su trabajo, que requería un considerable esfuerzo físico, soportar horarios incómodos y condiciones materiales desagradables. Pese a todo, decían sentirse orgullosos de su trabajo. Dado que se trataba, además, de un trabajo cooperativo, donde el esfuerzo y el buen hacer de cada cual resultaba imprescindible para el logro de sus objetivos, los panaderos se sentían estrechamente comprometidos con su tarea y con el resto de miembros integrantes de la plantilla. Veinte años más tarde, Sennet observa cómo la panadería y sus trabajadores han sufrido una transformación radical. Dotada de máquinas sumamente complejas y reconfigurables según la demanda, fabricar pan ya no requiere más esfuerzo físico que pulsar unos cuantos iconos en la pantalla de un ordenador de fácil manejo. Todo el proceso de elaboración del pan se supervisa a través de otras pantallas, de manera que los trabajadores apenas tienen contacto con los ingredientes o los panes. Los nuevos panaderos no pueden ya definirse como tales, puesto que ninguno de ellos sabe cómo hacer pan. Su trabajo se limita, simplemente, a apretar botones. Aunque todos ellos cuentan con horarios flexibles, no suelen permanecer más de dos años en la panadería. Dada la escasa cualificación que precisa la labor que realizan, sus salarios son más bajos que los de los antiguos panaderos. Pero lo que fundamentalmente les anima a abandonar al poco tiempo el empleo es que dicen sentirse degradados por el modo en que trabajan. Como ninguna de las tareas que realizan les supone un reto, una dificultad o alguna suerte de aprendizaje, no consiguen identificarse con aquello que hacen. En absoluto se sienten comprometidos con ese trabajo rutinario ante el que más bien experimentan un total desapego e indiferencia. Porque aún creen importante verse a sí mismos como “buenos trabajadores”, les desagrada y desorienta no saber en qué consistiría, en esa panadería, ser un buen trabajador si ni siquiera comprenden el funcionamiento de las máquinas ni saben aportar soluciones cuando éstas fallan o se estropean. No existe en ellos sentimiento alguno de lealtad a la empresa, pues tampoco esperan de ella un puesto estable que les permita labrarse una carrera profesional. 

Sennet advierte en varias ocasiones que no es su intención inspirar nostalgia alguna por el pasado ni obviar los aspectos negativos del modo en que en él se organizaba el trabajo. Pero de las reflexiones que va engarzando al hilo de ésta y otras historias, se desprende que entender el presente del mercado laboral pasa por analizar los efectos perversos que el modelo de flexibilidad implantado por el nuevo capitalismo tiene sobre sus trabajadores. En concreto, sobre el modo en que éstos se perciben a sí mismos y tratan de dar consistencia a sus vidas en medio de una dinámica que, por definición, se opone a la permanencia, a la estabilidad y a los objetivos y perspectivas proyectados a largo plazo. Parece evidente que la constante movilidad geográfica que implica la movilidad laboral dificulta la creación de lazos sociales duraderos, que los individuos se esfuerzan por mantener con el sucedáneo de las redes sociales. Los inevitables riesgos que se afrontan con cada cambio son fuente de continua inseguridad e incertidumbre. Tras los horarios flexibles o el fomento del trabajo en equipo, Sennet detecta nuevas formas de control y de ejercicio del poder tanto más eficaces cuanto menos visibles. Y destaca cómo la apuesta por la flexibilidad otorga a los jóvenes, a quienes se considera más tolerantes y maleables, un lugar privilegiado en el mercado laboral en detrimento de los más experimentados: interpretada como signo de rigidez y renuencia al cambio, la experiencia acumulada ha dejado de ser un valor para contemplarse como un obstáculo del que deshacerse en los periódicos reajustes de plantilla. En situación de riesgo permanente y sin que la experiencia pasada les sirva como guía para el presente, el capitalismo flexible ha logrado engendrar en sus trabajadores un nuevo fenómeno: la aprensión al trabajo, que se traduce en constante ansiedad y en tenaz dificultad para encontrar satisfacciones en su vida laboral. 

A todos estos efectos subyace un sistema económico que, para Sennet, irradia indiferencia, puesto que nadie en él puede sentirse necesitado: cada trabajador se sabe enteramente reemplazable, sustituible, intercambiable por cualquier otro. Relegado a la condición de simple mercancía que se desgasta en el corto plazo, sólo podrá sobrevivir en ese sistema si está siempre dispuesto a empezar de cero. Lejos de ampliar las posibilidades de elección de los individuos, la flexibilidad instaura una nueva forma de opresión que, según Sennet, comienza a corroer su potencial carácter. Si por tal se entiende la capacidad de adherirse a una serie de principios y valores, de comprometerse con objetivos a largo plazo y desarrollar la voluntad y firmeza anímica para perseguirlos, el capitalismo flexible resulta por completo incompatible con la producción de individuos con carácter. De sus engranajes tan sólo cabe esperar individuos que asuman vivir a la deriva, en perpetua desorientación y provisional reorientación. Individuos tan desubicados en sus existencias como en sus puestos de trabajo, que renuncien a crecer a falta de suelo estable sobre el que echar alguna suerte de raíces. A falta de caminos de acción cuya duración y sostenibilidad en el tiempo les permita dibujar trayectorias que den sentido y consistencia a sus vidas. 

domingo, 13 de enero de 2013

Inocencia


Sentada sobre la manta gris doblada varias veces sobre sí misma para aislarla del frío del suelo, Lola redescubre cada tarde lo despacio que puede llegar a pasar el tiempo. Se dice que si mirara con atención el segundero del pequeño reloj digital que habitualmente rodea su muñeca, y que ahora descansa en el fondo del bolsillo de su anorak cubierto por otra manta azulada, lo vería detenerse en algún momento, paralizado sobre cualquier cifra, el dieciséis, el treinta y uno, el cincuenta y ocho, desafiando burlón la mecánica invisible de su interior para demorarse durante varios segundos en alguno de los números antes de cambiar al siguiente. O tal vez observaría el enlentecimiento de la cadencia que impulsa el cambio de una cifra a otra, cada dígito prolongando indebidamente su presencia sobre la diminuta pantalla, resistiéndose remolón a abandonarla antes de ceder su puesto a los demás. A menudo hace la prueba cuando la maestra se embarca en una de sus larguísimas explicaciones, mientras llena la pizarra de interminables palabras ordenadas en esquema, cuando sus compañeros de clase leen por turnos, en voz alta, del libro de texto. Pero nunca ha conseguido pillar al reloj haciendo trampas. Quizá es que nunca ha podido espiarlo durante el tiempo suficiente, la maestra siempre acaba llamándole la atención, Lola no te distraigas, Lola deja de mirar el reloj y atiende, Lola qué haces que no estás copiando. Pero está segura de que si lo sacara del bolsillo y lo vigilara sin apartar de él la vista durante las horas en que permanece sentada sobre esa manta, antes o después se le revelaría el engaño capaz de explicar por qué en ocasiones el tiempo se dilata y adensa como una enorme y pesada bola que sólo con ímprobo esfuerzo se lograra hacer rodar. 

Por eso, aunque papá se lo ha prohibido terminantemente, tú siempre con la cabeza gacha, Lola, no mires a la gente, a ratos se distrae alzando los ojos por entre el flequillo hasta las piernas de los viandantes, no más arriba de las caderas, y juega a imaginar, por el tipo de ropa que viste sus extremidades, cuál será su atuendo completo, si serán jóvenes o viejos, incluso si serán guapos o feos o el posible destino de sus pasos. Sobre todo le gusta fantasear con las piernas femeninas enfundadas en medias y que caminan sobre zapatos de tacón, aunque en estos días invernales abundan más los leotardos y las botas, o los pantalones que se pierden por dentro de botas altas y estilizadas. Los zapatos de tacón hacen un ruido inconfundible sobre el pavimento, de manera que puede anticipar su aparición en el campo de visión que le ofrece su cabeza quieta e inclinada y tratar de adivinar su color, su forma o la altura de sus tacones. Sobre algunos de ellos le parece prácticamente imposible caminar, aunque sus portadoras, que generalmente llevan faldas ceñidas que asoman bajo los abrigos, no muestran dificultad alguna en hacerlo. A veces pasean con languidez junto a piernas que terminan en lustrosos zapatos de cordones de hombre, probablemente sus maridos o quién sabe, piensa divertida, si a lo mejor sus amantes. Otras taconean solas con más apresuramiento, quizá de vuelta a casa después del trabajo o de permitirse algún capricho cuando llevan alguna bolsa de plástico brillante o de papel satinado. Son las mujeres con tacones, que se figura de la edad de su madre o algo mayores, las que más a menudo detienen sus pies ante ella por un instante para depositar una moneda dentro del recipiente de plástico que yace, junto al cartel de cartón, sobre la esquina izquierda de la manta. Las monedas que Lola guarda cuidadosamente en el otro bolsillo de su anorak cuando empiezan a acumularse. Por más que diga mamá, no consigue imaginarse a sí misma en un futuro con unos zapatos de tacón, de ésos negros y aterciopelados que tanto le atraen. Pero también ha visto botas preciosas de tacón bajo que le resultan muy elegantes. Cuando sea mayor y trabaje, lo primero que hará será comprarse unas de ésas. 

Nota sus miembros entumecidos por la inmovilidad y el frío a pesar de la manta, y tiene la sensación de que son ya infinitos los pensamientos, las historias a propósito de pies, piernas y zapatos que ha inventado desde que las farolas de la calle iluminan la oscuridad temprana. No puede faltar ya tanto, suspira reconfortada, para que papá, apostado en la acera de enfrente, recoja sus propias mantas y cruce a buscarla. La impaciencia por que llegue ese momento aún se entremezcla con el temor a que, mientras la ayuda a alisarse los pantalones del chándal, a plegar las mantas y el cartel para introducirlos en una de las dos bolsas deportes que lleva consigo, alguien vuelva, como aquella tarde, a increparle y amenazar con llamar a la policía. Pero no le da vergüenza, caballero, es que esto es un delito, gritaba aquel hombre vestido de traje y corbata mientras su padre, sin atreverse a enfrentar su rostro, con esa expresión de tristeza que a menudo atisba en él, atravesada a un tiempo por una contenida mueca de ira, preguntaba para el cuello de su chaqueta, y qué quiere que haga, y qué quiere que haga, una y otra vez. Y así continuó durante buena parte del largo trayecto de regreso hasta que se paró en seco y se inclinó ante ella para mirarla muy fijamente a los ojos con los suyos brillantes de lágrimas, tú lo entiendes, verdad, Lola, decía, te lo hemos explicado muchas veces, lo entiendes, verdad, hija, el dinero es para ti, ya lo sabes, ahora no tenemos otra forma de conseguirlo. Y ella, todavía muda por el nudo que apretaba su garganta desde los gritos de aquel hombre, sólo alcanzó a asentir con fuerza con la cabeza hasta que su padre, después de abrazarla, se levantó por fin y reanudaron la marcha. 

Aquella noche, mientras ella bostezaba sobre el cuaderno sentada a la mesa de la cocina de la abuela, ésta renqueaba de un lado a otro preparando la pasta de la cena y Dani, frente al televisor de la salita, pintarrajeaba con sus ceras rotas una caja de galletas vacía y se quejaba lloroso de cuando en cuando de que tenía hambre y de que no quería otra vez pasta, que ya estaba harto de la pasta, papá fue al dormitorio que antes era de la abuela y que ahora utilizaban ellos, a ver si mamá ya había despertado después de volver del hospital, y los oyó discutir y llorar. Primero parecía que gritaba uno y lloraba el otro. Luego al revés. No era la primera vez que sucedía aquello. Tampoco esa vez fue la última. Pero Lola se acuerda especialmente de esa noche, quizá porque aún se sentía sobrecogida por las amenazas del hombre con traje y corbata. También porque, a pesar de que la abuela, como siempre en aquellas ocasiones, se había puesto a canturrear una copla para ahuyentar de sus oídos el sonido de las voces y los sollozos, creyó oír a su madre diciendo algo así como que mejor estaría muerta, que no tenía nombre lo que le estaban haciendo a la pobre Lola, mi niña, la llamaba, pobrecita mi niña, que ni para puta servía en su estado, la palabra puta la oyó tan claramente que se sonrojó, que en cuanto mejorara un poco se iba a hacer la calle sí o sí y se pusiera él como se pusiera, cualquier cosa antes que eso, que no existía carga más inútil que ella. Lola intentaba en vano resolver la multiplicación, dudaba hasta de cuánto eran cinco por cinco. Mirando la fila de cajas de medicamentos que se alineaban, pegados a la pared, sobre el banco de la cocina, hay que ver el dineral que cuestan ahora, se indignaba constantemente mamá, se le vino a la mente la imagen de ella, Dani, papá y la abuela vestidos de negro, ante un ataúd que contenía el cuerpo de su madre muerta, su rostro impasible, como dormido, los párpados cerrados que ya nunca, nunca más se abrirían. Los números a lápiz sobre la página cuadriculada del cuaderno comenzaron a emborronarse, a formar una nube brumosa y confusa. Anda, Lola, deja eso y luego terminas, que hay que poner la mesa, dijo entonces la abuela. Y desapareció con su andar vacilante por el pasillo para reaparecer al poco con papá, que le sonreía con los ojos enrojecidos, cómo van esas mates, Lola, después me enseñas lo que has hecho, mamá va a tomarse un yogur en la cama, que está un poco cansada, luego vas a darle las buenas noches. Durante la cena, papá había estado muy cariñoso con ella y con Dani, pero sobre todo con ella, no dejaba de acariciarle el pelo y gastarle bromas. Sólo se puso serio cuando, como casi cada día, preguntó a la abuela si no había llamado nadie durante el tiempo que habían estado fuera, nadie, hijo, te lo hubiera dicho enseguida, que aunque se me vaya un poco la cabeza eso no se me olvidaría. Bueno, a ver si mañana, igual voy otra vez a la oficina de empleo, por si acaso, mamá, no dicen eso de que la esperanza es lo último que se pierde. A Lola le gusta cómo suena la palabra esperanza, aunque a veces piensa que no termina de entender del todo qué significa. 

Otra señora con tacones se ha acercado a dejarle una moneda. Gracias, ha murmurado Lola clavando la mirada sobre sus zapatos, que se han quedado quietos ante ella unos segundos, más de lo habitual, para después alejarse. Desobedeciendo esta vez a su padre, Lola ha alzado y girado la cabeza para observar su figura, su cabello claro recogido en un moño, las piernas esbeltas caminando armoniosamente sobre los elegantes zapatos. Lola vuelve a bajar la cabeza y sus ojos se posan primero en su pierna, desnuda hasta la rodilla donde el borde de la manta cubre los pantalones arremangados, con su calcetín blanco y su deportiva de rayas rojas un tanto ajada, después en la barra metálica que acaba en el pie artificial cubierto por el otro calcetín y la otra deportiva ajada. Alarga la mano por debajo de la manta y roza levemente el metal, que está frío como el hielo. Luego la pierna delgaducha y pálida, casi tan fría como el metal, siempre única y solitaria en su memoria salvo en vagos sueños que se desvanecen al despertar. La voz de su padre la sorprende, anda, Lola, ya está bien por hoy, vámonos a casa a hacer los deberes, que yo te ayudo, estarás cansada, eh, ya guardo yo las monedas de la caja, en casa las juntamos todas, vaya, hay varias de dos euros, qué bien, cariño, siempre me ganas, eh, a ver que te estire un poco más el camal del pantalón, así, ya está. Con las mantas ya metidas en la bolsa, Lola coge el cartel y lo mira antes de plegarlo para ponerlo encima de ellas y pasar la cremallera. “Necesito una nueva prótesis. Gracias”, se lee en él. Las letras le quedaron muy bonitas, se le da bien dibujar, se dice orgullosa mientras toma la mano de su padre y comienza a andar, con la pierna aún un poco torpe después de tanto tiempo sentada.