"Yo he vivido cada día como si fuera una parodia... una mala imitación. (...) No me acuerdo de nada. Si muriese en este momento y el padre eterno me dijera: "Romano, ¿qué recuerdas de tu vida?"
La nana que me cantaba mi madre cuando era pequeño, el rostro de Elisa la primera noche, y las brumas de Rusia".
¿Cómo es posible que los recuerdos de una vida se reduzcan a tan poco? ¿Que los largos años que componen el trayecto de una vida desaparezcan en el desierto sin nombres del olvido como si jamás hubieran existido? Quizá todo dependa del modo en que se ha vivido esa vida. O mejor: del modo en que no se ha vivido. Porque en la condena a la ausencia de memoria adivinamos el vacío de una vida carente de verdadera vida. Una vida transcurrida sobre los cauces invisibles de la rutina apática, de la tranquila indiferencia, incluso de la alegría hueca y banal, buscada y sentida con agitación en el presente pero incapaz de dejar poso alguno. Una vida sin emociones auténticas, sin desafíos ni decisiones propias. Tantas y tan variopintas pueden ser las máscaras del vacío. Pero el elemento común a sus diferentes contornos reside tal vez en esa falta de de peso y profundidad que les impide dejar una huella indeleble, una impronta resistente a la erosión y el desgaste naturales del imparable tic tac del reloj, en la tierra movediza de nuestra frágil memoria.
Romano salva tan sólo tres momentos de ese vacío. La música que, cantada por su madre, meció los sueños de su niñez, la etapa en que nuestra memoria virgen y aún inocente resulta más impresionable. El rostro joven y fresco de su mujer, que intuimos iluminado por el iniciático descubrimiento del misterio del amor en esa primera noche, una noche en la que Romano aún podía acariciar la imagen de una vida cargada de promesas. Y las brumas de Rusia. Mientras Romano va extrayéndolos como tesoros del pozo seco de su memoria, sus ojos han ido llenándose de lágrimas. Pero con este último recuerdo las lágrimas se desbordan en un llanto que parece el llanto inconsolable de un niño. De un niño que, como Romano, llevara las manos a sus ojos y los frotara y así se cegara al mundo en su dolor. De un niño que, como Romano, aún no hubiera vivido. Sólo que a diferencia de ese niño, el llanto de Romano brota de la sinceridad con la que se enfrenta, a través de esos tres recuerdos arrancados al olvido, al erial en que esas mismas manos han convertido su vida.

Sin embargo, el momento de franco desgarro, de inapelable reconocimiento del fracaso y del vacío por él mismo labrado, apenas dura unos pocos segundos. Tal y como ha sido habitual en él durante toda esa vida, Romano arroja con premura sobre su dolor un velo de fatua e inconsciente alegría que le impele a cantar y a bailar al ritmo de la música gitana surgida de su cabeza al recuerdo de las brumas de Rusia. Éste es Romano. Eternamente frívolo. Eternamente despreocupado y alegre en danza sobre el vacío.
Las brumas de Rusia representan, para Romano, el último momento de su vida en que tomó la decisión de trocar la alegría frívola y ligera en proyecto de felicidad. El último momento en que se resolvió a abandonar su tranquilo y plácido letargo para dar un paso hacia la vigilia, difícil, en ocasiones dolorosa, pero también más plena e intensa, de la verdadera vida. Unas horas antes se ha declarado a la mujer que ama. La mujer por la que ha recorrido miles de kilómetros desde Italia, donde goza de una vida fácil y cómoda junto a su esposa, Elisa, una rica heredera a quien ya no ama. Romano conoció a Ana, la mujer del perrito, en un balneario en el que también había conocido y después olvidado a muchas otras mujeres. Pero con Ana le ha sucedido algo distinto, algo sorprendente: de vuelta en el hermoso palacio de su esposa, no consigue olvidar su rostro. Por eso, la noche anterior, cuando finalmente la casualidad le lleva hasta ella, le ha dicho con voz clara y firme: "No puedo vivir sin ti". Y Ana, con voz trémula, le ha confesado que tampoco ella puede vivir sin él. Bajo las brumas de Rusia, Romano viaja a bordo de un carro hacia Italia empuñando la idea de poner fin a su matrimonio y posteriormente regresar a Rusia para emprender una nueva vida con Ana. Una vida muy diferente de la que ha vivido hasta entonces. Romano palpa ya la felicidad. Está pletórico, exultante, pero sobre todo, reconciliado consigo mismo. Por primera vez, confesará mucho tiempo después a un hombre ruso en el restaurante de un barco, después de largos y largos años, no siente el peso de su conciencia. Porque por primera vez ha tomado las riendas de su vida y se aleja del vacío para embarcar rumbo hacia la posibilidad de la plenitud.

Pero Romano, pobre Romano, no logrará estar a la altura de esa decisión. De vuelta en Italia, y llegado el momento de comunicarla a su esposa, basta que ella le pregunte inquieta, temerosa, si hay otra mujer en su vida para que Romano niegue, ante ella y ante sí mismo, la felicidad serena, grave, resuelta, proyectada hacia adelante, que ha vivido bajo las brumas de Rusia. ¿Por cobardía? ¿Por miedo? Sin duda si, como alguien dijo, el miedo es, al igual que la mentira, una tentación de la facilidad. En ese instante crucial, es más fácil para Romano mentir a su mujer que afrontar el sufrimiento de ella ante la ruptura, los reproches, su mirada decepcionada o iracunda. Lejos de las brumas de Rusia, es más fácil tratar de aniquilar el recuerdo y dejarse vencer, traicionando la verdad sobre sí allí descubierta, por la fuerza de la costumbre, por la inercia de su vida cómoda y regalada. De regreso en casa, es más fácil elegir la seguridad de lo ya conocido frente a la incertidumbre y el riesgo que supondría mantenerse fiel a esa verdad. A fin de cuentas, ése ha sido siempre Romano. Alegre, frívolo, inconsciente. Habituado a rehuir lo difícil sucumbiendo cada vez a la tentación de la facilidad.
Y, sin embargo, ocho años después, Romano llora amargamente. Ni tan siquiera su natural despreocupación, su pertinaz ligereza, su carácter jocoso, han conseguido borrar, en el desierto de su memoria vacía, el recuerdo de las brumas de Rusia y lo que para él significan. Porque por más que Romano sea un maestro de la facilidad y el olvido, y acabe ahogando sus lágrimas en canto y baile, su llanto es el síntoma de una conciencia que nunca logrará apagar definitivamente: la de que, de haber optado por lo difícil, su vida podría quizá haber sido una verdadera vida en lugar de una parodia, de una mala imitación suya.
Que algo nos sea difícil, le escribió una vez Rilke a un joven poeta, debe ser un motivo más para llevarlo a cabo.
Romano es, como muchos ya sabréis, el protagonista de la bella película de Nikita Mijalkov "Ojos negros", inspirada, entre otros, en el cuento de Anton Chejov "La señora del perrito". No he conseguido averiguar cuáles son esos otros cuentos. Si alguien lo sabe, que haga el favor de saciar mi curiosidad :)
La nana que me cantaba mi madre cuando era pequeño, el rostro de Elisa la primera noche, y las brumas de Rusia".
¿Cómo es posible que los recuerdos de una vida se reduzcan a tan poco? ¿Que los largos años que componen el trayecto de una vida desaparezcan en el desierto sin nombres del olvido como si jamás hubieran existido? Quizá todo dependa del modo en que se ha vivido esa vida. O mejor: del modo en que no se ha vivido. Porque en la condena a la ausencia de memoria adivinamos el vacío de una vida carente de verdadera vida. Una vida transcurrida sobre los cauces invisibles de la rutina apática, de la tranquila indiferencia, incluso de la alegría hueca y banal, buscada y sentida con agitación en el presente pero incapaz de dejar poso alguno. Una vida sin emociones auténticas, sin desafíos ni decisiones propias. Tantas y tan variopintas pueden ser las máscaras del vacío. Pero el elemento común a sus diferentes contornos reside tal vez en esa falta de de peso y profundidad que les impide dejar una huella indeleble, una impronta resistente a la erosión y el desgaste naturales del imparable tic tac del reloj, en la tierra movediza de nuestra frágil memoria.
Romano salva tan sólo tres momentos de ese vacío. La música que, cantada por su madre, meció los sueños de su niñez, la etapa en que nuestra memoria virgen y aún inocente resulta más impresionable. El rostro joven y fresco de su mujer, que intuimos iluminado por el iniciático descubrimiento del misterio del amor en esa primera noche, una noche en la que Romano aún podía acariciar la imagen de una vida cargada de promesas. Y las brumas de Rusia. Mientras Romano va extrayéndolos como tesoros del pozo seco de su memoria, sus ojos han ido llenándose de lágrimas. Pero con este último recuerdo las lágrimas se desbordan en un llanto que parece el llanto inconsolable de un niño. De un niño que, como Romano, llevara las manos a sus ojos y los frotara y así se cegara al mundo en su dolor. De un niño que, como Romano, aún no hubiera vivido. Sólo que a diferencia de ese niño, el llanto de Romano brota de la sinceridad con la que se enfrenta, a través de esos tres recuerdos arrancados al olvido, al erial en que esas mismas manos han convertido su vida.
Sin embargo, el momento de franco desgarro, de inapelable reconocimiento del fracaso y del vacío por él mismo labrado, apenas dura unos pocos segundos. Tal y como ha sido habitual en él durante toda esa vida, Romano arroja con premura sobre su dolor un velo de fatua e inconsciente alegría que le impele a cantar y a bailar al ritmo de la música gitana surgida de su cabeza al recuerdo de las brumas de Rusia. Éste es Romano. Eternamente frívolo. Eternamente despreocupado y alegre en danza sobre el vacío.
Las brumas de Rusia representan, para Romano, el último momento de su vida en que tomó la decisión de trocar la alegría frívola y ligera en proyecto de felicidad. El último momento en que se resolvió a abandonar su tranquilo y plácido letargo para dar un paso hacia la vigilia, difícil, en ocasiones dolorosa, pero también más plena e intensa, de la verdadera vida. Unas horas antes se ha declarado a la mujer que ama. La mujer por la que ha recorrido miles de kilómetros desde Italia, donde goza de una vida fácil y cómoda junto a su esposa, Elisa, una rica heredera a quien ya no ama. Romano conoció a Ana, la mujer del perrito, en un balneario en el que también había conocido y después olvidado a muchas otras mujeres. Pero con Ana le ha sucedido algo distinto, algo sorprendente: de vuelta en el hermoso palacio de su esposa, no consigue olvidar su rostro. Por eso, la noche anterior, cuando finalmente la casualidad le lleva hasta ella, le ha dicho con voz clara y firme: "No puedo vivir sin ti". Y Ana, con voz trémula, le ha confesado que tampoco ella puede vivir sin él. Bajo las brumas de Rusia, Romano viaja a bordo de un carro hacia Italia empuñando la idea de poner fin a su matrimonio y posteriormente regresar a Rusia para emprender una nueva vida con Ana. Una vida muy diferente de la que ha vivido hasta entonces. Romano palpa ya la felicidad. Está pletórico, exultante, pero sobre todo, reconciliado consigo mismo. Por primera vez, confesará mucho tiempo después a un hombre ruso en el restaurante de un barco, después de largos y largos años, no siente el peso de su conciencia. Porque por primera vez ha tomado las riendas de su vida y se aleja del vacío para embarcar rumbo hacia la posibilidad de la plenitud.
Pero Romano, pobre Romano, no logrará estar a la altura de esa decisión. De vuelta en Italia, y llegado el momento de comunicarla a su esposa, basta que ella le pregunte inquieta, temerosa, si hay otra mujer en su vida para que Romano niegue, ante ella y ante sí mismo, la felicidad serena, grave, resuelta, proyectada hacia adelante, que ha vivido bajo las brumas de Rusia. ¿Por cobardía? ¿Por miedo? Sin duda si, como alguien dijo, el miedo es, al igual que la mentira, una tentación de la facilidad. En ese instante crucial, es más fácil para Romano mentir a su mujer que afrontar el sufrimiento de ella ante la ruptura, los reproches, su mirada decepcionada o iracunda. Lejos de las brumas de Rusia, es más fácil tratar de aniquilar el recuerdo y dejarse vencer, traicionando la verdad sobre sí allí descubierta, por la fuerza de la costumbre, por la inercia de su vida cómoda y regalada. De regreso en casa, es más fácil elegir la seguridad de lo ya conocido frente a la incertidumbre y el riesgo que supondría mantenerse fiel a esa verdad. A fin de cuentas, ése ha sido siempre Romano. Alegre, frívolo, inconsciente. Habituado a rehuir lo difícil sucumbiendo cada vez a la tentación de la facilidad.
Y, sin embargo, ocho años después, Romano llora amargamente. Ni tan siquiera su natural despreocupación, su pertinaz ligereza, su carácter jocoso, han conseguido borrar, en el desierto de su memoria vacía, el recuerdo de las brumas de Rusia y lo que para él significan. Porque por más que Romano sea un maestro de la facilidad y el olvido, y acabe ahogando sus lágrimas en canto y baile, su llanto es el síntoma de una conciencia que nunca logrará apagar definitivamente: la de que, de haber optado por lo difícil, su vida podría quizá haber sido una verdadera vida en lugar de una parodia, de una mala imitación suya.
Que algo nos sea difícil, le escribió una vez Rilke a un joven poeta, debe ser un motivo más para llevarlo a cabo.
Romano es, como muchos ya sabréis, el protagonista de la bella película de Nikita Mijalkov "Ojos negros", inspirada, entre otros, en el cuento de Anton Chejov "La señora del perrito". No he conseguido averiguar cuáles son esos otros cuentos. Si alguien lo sabe, que haga el favor de saciar mi curiosidad :)




