sábado, 12 de septiembre de 2009

Saltar


En contra de las leyes que rigen para la materia física, saltar es, para nosotros, esos extraños seres hundidos en su reino pero a la vez capaces de abarcarlo con el halo intangible del pensamiento, un acto que se inicia en el momento mismo de su decisión. Puede que todo en nuestro cuerpo permanezca en reposo. Que nada en nuestros miembros acuse el menor signo de movimiento. Y sin embargo, bastará con que el salto se haya decidido para que comencemos a percibir, y con tanta más notoriedad cuanto mayor sea su envergadura, que nuestros pies han dejado de pisar el suelo con su habitual firmeza. Resolverse a saltar es empezar a saberse suspendido en el aire. De ahí la sensación de vértigo experimentada, vértigo que no se nutre más que de la distancia que aún nos separa del destino del salto, de la mirada en perspectiva hacia un porvenir cuya intrínseca incertidumbre rehúsa de repente los trillados mecanismos de domesticación que sostienen el espejismo de nuestra segura cotidianidad.

Lanzamos los ojos hacia adelante y topamos con la imposibilidad de vislumbrar, desechado ya en la anticipación el mapa de las rutinas y geografías conocidas, interrumpida en nuestras cabezas la continuidad del trayecto previsible por los cauces sabidos, la textura del territorio sobre el que habrán de posarse nuestros pies tras el salto. El modo en que se verán impelidos a hollarlo según sus todavía ignotos accidentes e irregularidades. Si las suelas de nuestros zapatos alcanzarán a amoldarse al espesor de sus arenas o asfaltos, nuestros párpados a la intensidad de la luz que los inunde, nuestros corazones a los contornos de los rostros que poblarán sus paisajes. La imaginación se afana y se siente fallar. Ahora carece de los habituales bastones sobre los que componer las figuras probables del futuro. El lugar de los esquemas y contornos predichos que guían nuestro caminar por los espacios de la costumbre ha sido ocupado por el vacío. El temor impone su presencia.

Detenemos las pupilas sobre el presente y detectamos el sabor a despedida que de súbito destila al masticarlo en nuestra boca. El arrancar del proceso que paulatinamente irá minando en su consistencia la solidez de los objetos, de las paredes, de los cuerpos que nos rodean, hasta desterrarlos al orden espectral y agujereado por la inconstancia de la memoria de lo pretérito. El borbotear de la incipiente tristeza ante el dibujo aún difuso del próximo abandono del territorio-hogar y la familiaridad múltiple de sus múltiples facetas. Más allá de que la decisión de saltar posea la convicción, la contundencia, e incluso la fría y a un tiempo cálida alegría de los actos conscientemente libres y elegidos. En avanzadilla se adelanta la nostalgia.

Pero ese vértigo que aflora del futuro incierto y de un presente condenado sin remedio a mudar en pasado acaba por evaporarse, una vez los imparables rieles del tiempo ahogan esa mirada en perspectiva y truecan lo antes lejano en inmediatez. Al acercarse a los límites de su extensión el intervalo que, en el ascenso del salto, nos desvincula del suelo, se agudizan la incomodidad y el desasosiego, propios de seres sin alas y ajenos a la lógica del ave migratoria, que nos provoca la sensación de flotar sobre ninguna parte. El inicial temor es reemplazado por una impaciencia ciega, quizás atolondrada, que reniega traicionera de cualquier asomo de la añoranza antes vivida por lo perdido. Lo que entonces añoran con fuerza nuestras plantas no es más que el contacto seguro con la tierra pisable, sea cual sea el marco donde ésta se ubique. La desazón aérea incordia impertinente a las agujas del reloj para que aceleren su rítmica traslación en pos del momento de la ruptura, del tránsito. El cuello ya rígido para la posibilidad y el deseo de volverse hacia lo dejado atrás. Hasta el instante en que, invalidando nuestros propios augurios, cerremos con determinación y hastiado alivio los cercados de nuestros dominios en fuga, anhelando conquistar los que algún día llegarán a serlo, musitando apenas un adios rápidamente olvidadizo de sí.

Salvada la distancia prevista para el salto, comienza por fin del descenso. A nuestro alrededor, la primera faz de los parajes que acogerán nuestros pasos venideros. La imagen aún plana de sus dimensiones y medidas. Pero el ansiado aterrizar de nuestros pies sobre la tierra firme se demora. Descubrimos que el salto todavía no ha terminado, que continuamos suspendidos en el aire. El antiguo vértigo semeja despertar de su letargo. Sin embargo, no existe ya vértigo alguno. Tan sólo inquietud por la extrañeza y el no saber. Tan sólo una cierta angustia ante la evidencia de que cada uno de nuestros más nimios gestos acontece sobre el vacío, sobre la ausencia de repetición que fragua la tranquila costumbre y protege de la desorientación y el error. Ante la percepción de tanto como aún se nos oculta en este nuevo territorio, en su arquitectura y sus moradores, en sus brillos y sus sombras, y así nos impide descargar sobre él la gravedad de nuestro peso con la confianza de quien conoce cómo soslayar el posible extravío y el tropiezo. Porque sus espacios nos envuelven como un traje recién estrenado cuyas costuras rozan nuestras articulaciones, el desasosiego se prolonga.

Pero acaso también se resista a cesar porque, conscientes de nuestra condición de habitantes de la exterioridad, cuya carne se moldea con la arcilla del mundo, nos acose de pronto la inesperada pregunta sobre la hipotética metamorfosis que anidará en el centro mismo de ese salto. Por la eventual transformación que operará en nosotros el influjo de esa tierra aún rebosante de incógnitas sobre la que, tarde o temprano, habrán de reposar sólidos nuestros pies. Y pensemos en Dafne y su conversión en hermoso, sagrado laurel. O en Narciso, transmutado en flor y con ello salvado del hechizo paralizante de su reflejo. O en Gregor Samsa y el caparazón queratinoso que hubo de arrastrar en hiriente soledad hasta el día de su muerte. Y sigamos lanzando inquietos nuestros ojos expectantes hacia adelante, aguardando una respuesta que sólo el tiempo tendrá a bien concedernos. Aunque siempre en la escasa medida de nuestro entendimiento.

Me perdonáreis la relativa ausencia de los últimos tiempos, esta vez no premeditada, tanto de esta casa como de las vuestras. Es que aún estoy saltando :)

sábado, 29 de agosto de 2009

Desprecio


"El cine sustituye nuestra mirada por un mundo más en armonía con nuestros deseos"

André Bazín

Al comienzo de la película "El desprecio" (1963), Jean-Luc Godard menciona estas palabras de Bazín para señalar que la historia narrada en ella es una historia de ese mundo más acorde con nuestros deseos que el cine pretende ofrecer a nuestra mirada. Sin embargo, una vez terminada la proyección, no resulta fácil dilucidar por qué Godard puede creer que el mundo reflejado en esta trágica historia se hallaría más en armonía con nuestros deseos y no quizás más alejado de ellos.

Paul (Michel Piccoli) es un joven dramaturgo francés a quien Prokosch, un lúbrico y prepotente productor americano, ha propuesto que reescriba el guión de la película que está filmando en Italia. Se trata de una película sobre el personaje homérico de Odiseo y su largo viaje de regreso a Ítaca. Su director, que encarna Fritz Lang interpretándose a sí mismo, aspira a retratar al hombre en su ineludible lucha con los dioses, es decir, con aquellas fuerzas del destino que intervienen en su existencia más allá de su poder de decisión y a las que no puede evitar enfrentarse si quiere hacer prevalecer su voluntad sobre ellas. Pero los intereses puramente comerciales de Prokosch han entrado en conflicto con los intereses artísticos y expresivos de Fritz Lang. También en conflicto con su vocación de autor teatral, Paul está valorando la posibilidad de aceptar el trabajo. Ha comprado un caro apartamento para él y su esposa Camille (Brigitte Bardot) y necesita el dinero.

La primera escena de la película, en la que Paul y Camille conversan tumbados en la cama, ella desnuda sobre la colcha, nos revela que Camille espera de Paul una correspondencia sin fisuras al profundo amor que siente por él. "Entonces, ¿me amas totalmente?", le pregunta. "Te amo totalmente, tiernamente, trágicamente", responde Paul. No obstante, al día siguiente ocurrirá algo que hará pensar a Camille que Paul no la ama del mismo modo que ella a él, y este descubrimiento transformará su amor, en un vuelco radical e irreversible, en un visceral desprecio hacia Paul. Cuando va a recogerlo a la salida de Cinecittá, Prokosch, con claras intenciones de seducirla, le propone que se vaya con él a su casa en su coche mientras Paul y la traductora toman juntos un taxi para reunirse con ellos. Camille pregunta a Paul qué debe hacer. Es obvio que no le gusta la idea y prefiere que sean ella y su marido quienes tomen juntos un taxi para dirigirse a casa de Prokosch. Pero Paul, ignorando la manifiesta incomodidad de Camille con la situación, la empuja a marchar con él. El siguiente plano, en el que Paul aparece corriendo tras al coche de Prokosch y gritando el nombre de Camille, nos muestra que éste ha intuido el error que acaba de cometer con Camille, pese a que aún no es consciente de en qué consiste su error ni tampoco de su fatalidad.


A partir de ese momento, en la actitud de Camille hacia Paul se entremezclan la agresividad y la frialdad, el resentimiento y la distancia interior. Ante las constantes preguntas de un Paul sumido en la extrañeza por el repentino cambio en el comportamiento de Camille, ésta acaba confesándole que ya no lo ama porque lo desprecia, si bien se niega a aclararle el motivo de este giro en sus sentimientos. Las circunstancias todavía pondrán a Paul ante la posibilidad de enmendar su error cuando Prokosch los invita a pasar unos días en su villa de Capri, donde se ruedan algunas escenas de la película. En un momento dado, Prokosch pide a Camille que regresen juntos en su lancha a la casa mientras Paul permanece en el mar con el equipo de rodaje. Camille pregunta de nuevo a Paul qué es lo que él quiere que ella haga. Paul desperdicia esta segunda oportunidad concediendo una vez más que se vaya con él. Pero es entonces cuando se percata de lo sucedido entre Camille y él. De vuelta hacia la villa con Fritz Lang, propone al director una interpretación de la figura de Odiseo que no es sino un fiel espejo de él mismo. Según Paul, Odiseo es infeliz con Penélope antes de su partida. Demora el retorno a Ítaca porque sabe que Penélope ha dejado de quererle, que le desprecia por haberle pedido que fuera amable con sus pretendientes. Por eso los mata a su regreso, con la intención de recuperarla. Pero Fritz Lang le replica que la muerte no es la solución. Y, en efecto, Paul ya nada podrá hacer por recobrar el amor de Camille. Ya en la villa, ésta se besa con Prokosch ante sus propios ojos, no por deseo o amor, sino movida por el afán de devolver a Paul el sufrimiento que éste le ha causado. Poco después, Camille decide la ruptura entre ambos.


La primera vez que vi "El desprecio" quedé fascinada tanto por su enorme belleza como por muchos otros aspectos puestos en ella en juego que no me detendré a tematizar aquí. Pero a esa fascinación se unió también una cierta sensación de desasosiego que, supongo, provenía del carácter extremo de la historia de desamor narrada en esta película y de los interrogantes y reacciones ambivalentes que me suscitaba. Hay un punto de vista, que cabría calificar de trivial sin atribuir a este término ningún sentido peyorativo, desde el cual la conducta de Camille hacia Paul resulta cruel e injustificada. El error de Paul no es tan grave como para eludir toda perspectiva de perdón. Incluso la percepción de Camille de que Paul ha optado por prostituirla, por venderla a cambio de un guión de cine, podría desvelarse como un malentendido susceptible de ser disuelto por medio de un diálogo entre ambos que ella rechaza desde el principio. Pero hay otro punto de vista que, a mi entender, no deja de legitimar la posición de Camille. Si a Camille le basta un único gesto de Paul para que su visión de él se transforme radicalmente es porque lee en ese gesto el verdadero rostro de Paul, un rostro que antes desconocía. "Yo te conozco", le dice al final de la película poco antes de anunciar su ruptura. Una frase que, en el contexto en que tiene lugar, cobra más bien el significado de "ahora ya te conozco". La acción de Paul le ha hecho patente que éste nunca la amará del modo absoluto que ella desea para el amor que sostiene su relación. Su desprecio sólo es una respuesta a lo que, ante sus ojos y su propia aspiración a ese amor absoluto, aparece como un desprecio previo de Paul. Su infidelidad con Prokosch, únicamente un acto de venganza por el dolor y la decepción que experimenta. Siendo consecuente con el descubrimiento de la distancia que media entre el amor que ella le profesa y el que Paul puede ofrecerle, Camille no duda de que la única solución a su conflicto pasa por el abandono. Frente a la certeza de la falta de reciprocidad, Camille no elige la resignación sino la separación.

Aún sigo sin saber cuál es el mundo más en armonía con nuestros deseos que, según Godard, "El desprecio" querría poner ante nuestra mirada. ¿Tal vez un mundo ideal en el que la resignación y el conformismo estuvieran excluidos del deseo de amar y ser amado? ¿Un mundo en el que los seres humanos fuéramos capaces de perseguir con la máxima coherencia aquello que queremos para nosotros mismos sin concesiones ni pretextos ante la repentina captación de una realidad que no nos satisface? ¿Un mundo en el que no cerráramos los ojos ante el acoso de una cruda verdad? Tampoco sé si, de acabar dando una respuesta afirmativa a estas preguntas, estaría de acuerdo con el modo en que Godard imagina ese mundo a través de la historia de Paul y Camille. Pero con lo que sí estoy sin duda de acuerdo es con cómo concibe la primera mirada de Odiseo sobre Ítaca que Fritz Lang rueda al final de la película: Ítaca, sencillamente, no se encuentra en el horizonte. Ítaca, símbolo de la posibilidad del retorno a la seguridad del hogar, imagen del perfecto cierre del círculo que garantizaría el sentido del camino recorrido, es un vacío al que debemos acostumbrarnos. Tanto en el amor como en cualquier otro terreno.


miércoles, 12 de agosto de 2009

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En contra de su cultivada costumbre de permanecer unos minutos en la cama para dejar que sus miembros vayan despertando lentamente de la inactividad nocturna, hoy se ha levantado nada más aflorar su conciencia del sueño. Con mayor viveza de lo que su edad permitiría presagiar, se ha dirigido por el largo pasillo hacia la cocina y allí ha encendido con una cerilla el grueso cirio que dejara preparado sobre el banco la noche anterior. Mientras reza un padrenuestro seguido de un ave maría, sus dedos no han cesado de acariciar el pequeño dije de oro que, sobre su escote, encierra el mechón cortado de sus cabellos a los pocos minutos de morir, y al terminar sus oraciones lo ha llevado a sus labios para depositar sobre él un breve beso. Seis años han pasado ya desde entonces. Pero sabe desde hace exactamente esos seis años que antes sonará la hora de su propia muerte que logrará habituarse a su ausencia.

De vuelta en el dormitorio ha hecho la cama poniendo especial cuidado en estirar las sábanas sobre el lado en el que él dormía, en ahuecar su almohada antes de cubrirla con la colcha. Y antes de encaminarse nuevamente a la cocina para el desayuno se ha demorado en abrir los cajones de la que fuera su mesita de noche, la puerta del lado izquierdo del armario donde aún cuelgan todas sus ropas, también la del armarito del baño que todavía guarda sus productos de aseo, para cerciorarse de que todo sigue igual que aquella calurosa tarde de junio en la que ambos partieron juntos hacia el hospital y del que sólo ella habría de regresar apenas tres noches después, incrédula ante la inesperada presteza de los acontecimientos, desarbolada por la sorpresa de su desaparición, aterrada de soledad anticipada, para caer en un sueño frío y plomizo, en una inconsciencia cortante e indolora a la que seguirían tantas noches de insomnio.

Y ya entregada algo más tarde al cotidiano ritual de limpieza, se ha ido deteniendo en las numerosas fotografías que, a partir del día de su muerte, empezara a seleccionar y enmarcar para sentirse más acompañada, para tenerlo consigo casi en cada habitación de la casa, y poder mirarlo y dirigirse a él como si aún pudiera escucharla allí mismo, en el hogar donde ambos entrelazaron sus caminos y ahora testigo vacío de su viudez. Ni los más escépticos argumentos conseguirán convencerla de que él no la escucha allá donde quiera que esté, por más que permanezca mudo ante sus palabras y nunca se haya atrevido a manifestarse ni con el más leve signo, ni con el más leve indicio, como tantas veces ella ha deseado, segura de que esta separación formará parte de lo transitorio y tarde o temprano llegará el momento de su reencuentro eterno. Mira el reloj y sus movimientos se vuelven más rápidos y ágiles, como animados por un conato de alegría. Por suerte, el aniversario ha caído este año en domingo y ha reservado mesa en el elegante restaurante que a él tanto le gustaba para celebrar allí la habitual comida semanal con sus hijos. Debe arreglarse como es debido.

Nada en el espejo puede ya anunciarle, mientras reaviva con algo de color sus gastadas facciones, que cuando a los postres recuerde en voz alta con una sonrisa y húmedos los ojos alguna de las anécdotas familiares que él protagonizara, en torno a la mesa se alzará una bruma densa e invisible que enturbiará las miradas del resto de los comensales. Que cuando comience a hablar de él y de su infinito echarle de menos, la de de su hijo menor se precipitará una vez más sobre el mantel para que la fina tela absorba la vergüenza y la rabia que destila. Que su hijo mayor hará de nuevo un esfuerzo por recoger su primera sonrisa con su propia boca y obligarla a pronunciar palabras adecuadas. Que su hijo mediano se girará posiblemente hacia el carrito para atender una demanda inexistente del bebé mientras su nuera roza ligeramente su mano.

Para esos gestos, en tantas ocasiones reiterados, hace ya mucho que el transcurrir de los días, el peso de la soledad y el inevitable balance inconscientemente arrojado sobre su memoria la han vuelto ciega. En la misma medida y con idéntica cadencia con que han ido borrando, aniquilando, los recuerdos que aún laceran el alma de sus hijos y que a ella ya no habrán de dañarla. Recuerdos hirientes que todavía entristecen sus sueños de adulto trayendo consigo el sabor amargo de sus respectivas infancias. Recuerdos punzantes que en ella, como piezas de un extraño puzzle, en lugar de sumarse se han ido restando para que en su cabeza pudiera finalmente emerger la figura inventada de su felicidad pretérita, fundamento de la nostalgia que alimenta su presente y la proyecta hacia el porvenir de la mano de la esperanza ultraterrena. Incluso el recuerdo del odio profundo, visceral, desgarrador de pies a cabeza, sentido hacia el hombre que quebró su vida martirizando su corazón y la inocencia tierna de sus niños, se ha evaporado, transformado en memoria ligera de usuales desavenencias conyugales, de rasgos de carácter defectuosos pero tolerables. Trocado en una culpa oculta por ese mismo odio -¿quién no sospecha de su poder mortal?- que ha acabado por extirpar de sus entrañas la imagen pasada de sucesos innombrables, priorizando en ellas, magnificando en una hipérbole desmesurada, las escasas huellas de lo grato y lo benéfico dejadas por su hoy añorado marido.

Nada en el reflejo amable de su tez maquillada y su pulcra vestimenta que la despide en el recibidor al salir de casa puede ya presagiarle el sentimiento de alivio, entreverado con el dolor por la traición a la memoria familiar y a la antigua complicidad en la desgracia compartida, confusamente mezclado con la piedad y la lástima, que experimentarán sus hijos al abandonar el restaurante. Probablemente preguntándose, mordidos por un agudo remordimiento, con qué derecho se atreven ellos a juzgar esa previsible falsificación de buena parte de sus vidas, esa anticipable destrucción del origen de sus heridas, si por fin han alcanzado a pintar, después de tanto sufrimiento inmerecido y tanto llanto inútil, el trazo sereno de la reconciliación en el rostro de su madre. Aun cuando el precio de ese trazo salvífico estribe en su creciente lejanía. De ellos. De sí misma.

martes, 4 de agosto de 2009

De la imposibilidad de dar


Escuchando esta mañana en la radio, con creciente estupefacción, las noticias sobre la resolución judicial del presunto caso de cohecho más traído y llevado de los últimos tiempos, se me ha venido a la cabeza la siguiente pregunta: ¿es posible dar algo sin esperar recibir algo a cambio?

Hace ya unos años Jacques Derrida planteó en un ensayo titulado "Dar (el) tiempo" no sólo que el acto de dar exige no esperar nada a cambio, sino que, en virtud de esa misma exigencia, el dar, la donación o el don constituyen algo tan imposible que representan la imagen misma de lo imposible.

Decía Derrida que para que pueda hablarse propiamente de un dar o de una donación, es estricta, ineludiblemente necesario que no haya reciprocidad, ni devolución, ni intercambio, ni tampoco deuda. Porque en el momento en que existe reciprocidad, devolución, intercambio o deuda, la donación se destruye para dar paso al cálculo económico, al intercambio de bienes. Que haya don, que haya dar, depende de la supresión del cálculo económico, del no tener lugar de intercambio alguno. Pero es esta misma negación del intercambio la que hace del dar una acción imposible, en la medida en que el simple reconocimiento de la acción de dar provoca en sí mismo ese intercambio, bien sea real o simbólico, tanto desde el punto de vista de quien recibe el don como de quien lo dispensa.

Pongamos que invito a comer a alguien y éste me devuelve otro día la invitación. Ya no puede decirse que ninguno de los dos nos hayamos dado nada sino que, sencillamente, hemos intercambiado dos bienes similares. Lo mismo sucede si, en lugar de invitarme a comer, esta persona recompensa mi acción, por ejemplo, haciéndome otro día un regalo. Tampoco podrá decirse entonces que nos hayamos dado nada, sino tan sólo que hemos intercambiado dos bienes diferentes. Pero incluso si el otro no me ofrece a cambio de mi donación bien material alguno, sino que se limita a expresar su gratitud hacia mi invitación, ya me está dando algo a cambio de ella, a saber, esa misma gratitud, que yo recibo como un regalo simbólico en compensación por el gasto realizado.

Por otra parte, también podría darse el caso de que el otro no exprese gratitud y sencillamente reconozca que le estoy dando algo. Según Derrida, por el mero hecho de reconocer mi dar como dar, de percibir mi donación como tal, el otro no podrá sustraerse a la percepción de que ésta le ha hecho contraer una deuda conmigo, con lo cual me regalará la conciencia de su estar en deuda conmigo y quizás la expectativa de la posible restitución de dicha deuda. Y si, yendo todavía más lejos, el otro ni tan siquiera expresa o siente tal gratitud o estar en deuda porque -por los motivos que fueren- no reconoce o no es capaz de reconocer mi donación como donación, yo no dejaré por ello, en el instante en que me reconozca ante mí mismo que estoy haciendo una donación, de recibir algo a cambio de ella: lo que recibiré es la percepción de mi propia generosidad, mi felicitación o aprobación hacia mí mismo, mi congratulación por mi acción generosa, todos ellos bienes morales con los que me restituiré simbólicamente el valor de lo que acabo de dar.

La conclusión de Derrida es que la posibilidad misma del dar requiere que este dar no aparezca como lo que es ni para quien da ni para quien recibe la donación. Porque en el momento en que el dar aparece o se presenta como tal, la donación se transforma automáticamente en intercambio, es decir, en un proceso económico en el que dos bienes, poco importa de la índole que sean, son intercambiados. Así, si soy consciente de que me están dando algo, habré contraido con el otro una deuda que tornará imposible mi darle algo, puesto que la restitución de esa deuda contraída ya no podrá ser otra cosa que intercambio y nunca donación por mi parte. Y si soy consciente de que doy algo, no podré evitar esperar algo a cambio, aun cuando aquello que espere no sea más que mi propia satisfacción con respecto al hecho de haber dado. De manera que, bien mirado, no estaré dando nada, sino que sólo estaré intercambiando lo que doy por aquello que espero de mi donación.

Me temo que estas reflexiones de Derrida sobre el dar son quizás en exceso complicadas para las elevadas temperaturas veraniegas. Pero hoy me ha parecido pertinente traerlas a colación porque creo que vendrían a avalar filosóficamente las bases jurídicas del artículo del Código Penal que el Tribunal encargado de la resolución de ese caso de posible cohecho tan traído y llevado en los últimos tiempos ha decidido, sorprendentemente, obviar: el que sanciona la aceptación por autoridad y funcionarios de regalos ofrecidos "en consideración a su función o para la consecución de un acto no prohibido". Un artículo que parece hacerse cargo de lo que Derrida concibiera como la imposibilidad de dar y pretende así protegernos de la amenaza de que las decisiones políticas acaben sometidas a la inevitable lógica del cálculo económico y del intercambio de bienes en que deriva toda donación consciente de sí misma. Como señalaba cierta publicación periódica en su editorial, lo grave de este asunto no es tanto la resolución en sí misma como el peligroso precedente que sienta.

sábado, 25 de julio de 2009

Velar el sueño del otro


"Es aterrador cómo las personas son abandonadas, con toda naturalidad y la conciencia absolutamente tranquila de los demás, a unas larguísimas y azarosas horas en las que se da por supuesto que no necesitan nada porque duermen, como si el dormir fuera en efecto lo que han gustado decir tantos literatos: una suspensión de las necesidades vitales, la analogía más próxima de la muerte. Las personas se afanan a veces por comprenderse entre sí, aunque nadie en realidad esté posibilitado para comprender nada -es decir, para ver la totalidad- de lo que existe ni de lo que no existe. Pero al menos hacen como que se afanan, durante el día. En cambio nadie se preocupa, nadie se toma la menor fatiga por comprender nuestro sueño".

Cabe sospechar que el amor de Aquiles por Patroclo no habría pervivido en nuestra memoria a través de los siglos si aquél, además de llorar lastimosamente su muerte, no hubiera osado enfrentarse a Héctor en busca de la venganza que le depararía su propio final. Como cabe igualmente sospechar que la magnitud ejemplar y arquetípica del amor de Penélope hacia Odiseo no hubiera sido ensalzada por la tradición de no haber ella esperado pacientemente su retorno durante veinte largos años, esquivando con inteligente astucia el asedio de sus múltiples pretendientes. Desde tiempos inmemoriales, el discurso oficial sobre el amor proclama que los signos de la verdadera presencia de este sentimiento, los síntomas de su realidad no adulterada, deben encontrarse antes en las acciones que en las palabras, antes en los hechos palpables que en las intenciones. Con él hemos aprendido que el amor no puede sólo ser dicho ni manifestado en el mero propósito de amar. Tiene que ser probado en el terreno del obrar, del acto constatable. Del sacrificio, de la renuncia, de la entrega efectiva. De la hazaña heroica o del simple gesto diario. Y sin embargo, no deja de ser cierto que el sentimiento amoroso también se revela y deja reconocer -ante uno mismo cuando aparece, ante el amado con su declaración- en otro elemento en esencia incompatible con el alcance real de nuestras acciones: el de las intenciones imposibles, el de los deseos hacia el otro de impracticable cumplimiento que experimenta quien ama.

Del protagonista de la novela de Javier Marías "El hombre sentimental", un tenor de nombre desconocido apodado el León de Nápoles y ficticio autor de la reflexión que encabeza este post, apenas si recuerdo más que la conmovedora idea a la que conducen esas palabras que he transcrito: su intención, su deseo, fruto de su sentimiento amoroso, de velar el sueño de la mujer que ama. Quien duerme, piensa el tenor, se halla en su inconsciencia en un estado de desamparo y fragilidad que exige tantas atenciones y cuidados como su vigilia. Por ello se rebela contra la representación, trivialmente asumida, de que la persona que es el otro se interrumpe o termina, deja de existir o se anula, en el momento en que es vencida por el sueño. Una rebeldía de la que emerge el deseo de acompañar a su amada en su sueño, de no abandonarla en ese solitario viaje nocturno que diariamente la traslada a territorios para él inaccesibles. Cada noche, durante dos o tres horas, se esfuerza, vigilante, por comprender su sueño, por comprender a su amada dormida. Animado por la ilusión de que de esta manera también alcanzará a comprenderla, y así a cuidarla y velar por que nada malo le suceda, desde su propio pensamiento dormido, desde su propio sueño. Pero su amada deja con el tiempo de serlo y se casa con otro hombre junto al cual, una noche, morirá mientras duerme. Y al recibir noticia de ello, el tenor se entrega a la idea de que "esa muerte sigilosa, acaecida sin testigos y sin aviso", jamás habría tenido lugar de haber estado él a su lado para velar su sueño.

Me gusta imaginar a este personaje acostado junto a su amada mientras ella duerme. Observándola en silencio. Pendiente de su respiración lenta y acompasada. Atento al posible movimiento de sus pupilas bajo sus párpados cerrados, al más leve espasmo de sus miembros, quizás a las palabras ininteligibles proferidas de cuando en cuando por ella. Tratando de comprender en qué momentos su sueño revela placidez y bienestar, para entonces tan sólo apoyar levemente una mano en su cadera, o rozar su pierna con la suya, con la voluntad de contribuir así a prolongar, a sostener con su ayuda, ese reposo calmo y benéfico. Esforzándose por discernir en qué otros momentos su amada se agita tal vez presa de una pesadilla, y entonces acariciar suavemente su pelo, su espalda si ella duerme de costado, acercar tiernamente su rostro al de ella, rodearla con su abrazo en la oscuridad, o incluso despertarla con la máxima suavidad y dulzura en un intento de protegerla de los miedos, de los fantasmas que se han apoderado de su inconsciencia.

Pero al hilo de esa fantasía se me impone a su vez la imagen del instante en que él mismo comienza a sentir el cansancio, la pesadez en sus párpados, la progresiva blandura de sus miembros. El instante en que sus fuerzas y su empeño lo abandonan, abandonándola a ella al desamparo y la fragilidad de su sueño, al reposo plácido o al espanto de sus fantasmas. El instante en que se rinde por fin al asalto de Morfeo e inicia su propio viaje solitario en la penumbra del que habrá de regresar con su despertar a la mañana siguiente. E imagino que con ese mismo despertar le invade una terrible sensación de fracaso, de impotencia, por no haber sido capaz de velar la totalidad de su sueño, por haberla olvidado durante las horas en que él dormía. Y quizá, junto a esa sensación, la horrible certeza, más tarde encubierta en su recuerdo por el autoengaño que propicia el transcurrir del tiempo, de que su amada podría haber muerto en el margen de esas horas y él no habría podido cuidarla, atenderla, protegerla, en esos últimos minutos de su vida.

Velar el sueño de quien amamos, noche tras noche, hora tras hora, es una quimera imposible para nuestras humanas limitaciones. Un deseo impracticable en el orden de nuestra naturaleza finita. Lo son también otros muchos deseos, otras muchas intenciones: apartar al otro del dolor y el sufrimiento; sustentarlo como una base de tierra firme hasta en sus más abisales pensamientos; resguardarlo de las agresiones a las nos expone el mundo; incluso librarlo del íntimo reducto de soledad inquebrantable, inagotable, con el que todos cargamos en lo más profundo de nuestros corazones. Y no obstante, estoy convencida de que, más allá de nuestros actos, es también en esas intenciones imposibles, así como en la inevitable asunción del fracaso que la mera perspectiva de su realización comporta, donde con más intensidad se hace patente la especificidad del sentimiento amoroso y de la voluntad de amar que lo acompaña. Porque lo característico de esa voluntad de amar es pretender, con auténtica desesperación, saltar por encima de sus mismos límites. Anhelar ferozmente trascenderlos y exasperarse ante su finitud y sus múltiples impotencias.

Desear velar el sueño del otro no es, por tanto, tan sólo una absurda declaración de intenciones imposibles. Es más bien una de tantas absurdas declaraciones de intenciones imposibles a través de las cuales brilla con toda su pureza y gravedad ese sentimiento que, cuando la vida tiene a bien regalárnoslo, nos tiende y nos inclina absolutamente hacia el otro.

viernes, 17 de julio de 2009

Fuera de aquí


"Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui yo mismo al establo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y me preguntó:
-¿A dónde va el patrón?

- No lo sé -le dije- simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta.

- ¿Así que conoce usted su meta? -preguntó.

- Sí -repliqué- te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta"


La partida, de Franz Kafka

Me encuentro en lo que parece ser un anticuado salón de té, sentada junto a los que, extrañamente, identifico como Boris Vian, Eugène Ionesco y René Clair. Extrañamente, porque no sé en función de qué criterios soy capaz de reconocerlos como tales. No recuerdo si alguna vez en mi vida he visto antes sus caras.

Pese a compartir su misma mesa, sus rostros, sus manos, sus voces, me resultan sorprendentemente lejanos, distantes. Tengo que hacer esfuerzos para eschucharlos, para seguir su conversación. También la mesa misma, las tazas, los platillos, todos los enseres preparados reposan frente a mí en una rara lejanía. Tal vez por ello, por miedo a no calcular bien la medida de mis movimientos en el caso de que me decida a alcanzarlos, mis manos permanecen tímidas sobre mi regazo. Por algún motivo no las veo, aunque siento su pesadez. Mi cuello parece atenazado por una inusual rigidez. Pero no me importa. Mi limito a mirar al frente.

- Como presidente de la Subcomisión de las Soluciones imaginarias -dice Boris Vian- deseo celebrar que nuestra primera actividad de este incipiente Período de Desocultación del Colegio de Patafísica, el que definitivamente cierra nuestro largo Período de Ocultación, haya sido todo un éxito.

- En efecto, señor Presidente -corrobora Ionesco-. La exposición "Agujeros, Nadas y Espejismos" ha sido un verdadero triunfo. Lástima que la comisión no llegara a un acuerdo con respecto a mi propuesta de incluir en ella a la cantante calva. A fin de cuentas, como ya defendí en su día, ¿no es la calvicie una sublime forma de nada, de agujero negro, de espejismo cuando las calvas son lo suficientemente brillantes como para que uno pueda verse reflejado en ellas?

- Ah, mi querido Eugene, creo que eso ya lo discutimos bastante -comenta conciliador Clair-. Y convinimos que los agujeros, las nadas, los espejismos de la exposición debían ser más auténticos, más radicales... Verdaderas ausencias de realidad, auténticos reductos de abisal vacuidad y etérea inmaterialidad.

- Pues a eso mismo me remito, mi querido René. ¿Es que alguien vió alguna vez a la cantante calva? ¿Alguien la oyó cantar? ¿Alguna vez apareció en escena más que en forma de "nada"? Pero bueno, la exposición ya está hecha y no tengo intención de seguir insistiendo. Simplemente pienso que hubiera sido una buena aportación a nuestra artística creación.

- Pero nadie la ha encontrado. La exposición, quiero decir -me atrevo entonces a protestar-. ¿Cómo puede haber sido un éxito? -Mi propia voz retumba en mi cabeza y reverbera contra mis mejillas, como si algo le impidiera salir de mi garganta. Siento una molesta sensación de ahogo. Tengo la impresión de que mis pulmones inspiran y expiran en todo momento el mismo aire viciado. El aire, ahora me percato, retenido tras el cristal que, ante mis ojos, filtra todas las imágenes que llegan a mis retinas. Tal vez sea ese cristal el que produce el efecto de lejanía, de inaccesibilidad, que experimento con respecto a todo aquello que me rodea.

- Mi querida Sylvia, mi querida Sylvia -me replica Boris-, tú siempre tan ausente tras tu campana de cristal. De eso se trataba, nuestra pequeña poetisa, de que nadie la encontrara como tal. Pero te aseguro que, en realidad, e independientemente de lo que haya dicho la prensa, muchos sí la han encontrado. Es más, la exposición se halla eternamente al alcance de todos, de todos los que realmente quieran dar con ella. Lo fascinante, lo maravilloso de nuestra exposición es que no hay límite alguno que la contenga, que no hacía falta encerrarla en ningún recinto al uso, y que, además, durará para siempre. Los agujeros, las nadas, los espejismos, están por todas partes, dentro y fuera, arriba y abajo, a la derecha y a la izquierda. Pero sobre todo dentro. ¿O me negarás que tú misma no estás viviendo ahora rodeada de esa nada? Por cierto, querida, que sepas que esa nueva modalidad de campana te sienta muy bien. Aunque es posible que te resulte un poco incómoda para tomar el té. ¿No quieres una taza?

Boris Vian sirve un poco de te en mi taza y la toma con delicadeza para ofrecérmela. Sigo sin poder medir con precisión a qué distancia se encuentra de mí y no quiero cometer una torpeza. Pero tampoco quiero parecer grosera. Alzo con cierta fatiga mi mano y cuando aparece en mi campo de visión descubro que se halla recubierta por un grueso guante de cristal. Aun así la tiendo con cuidado hacia la suya, que ya está depositando la taza sobre mi palma. No puedo percibir el tacto satinado de la porcelana, el calor del líquido vertido en su interior.

- Bebe, querida -me conmina Ionesco con amabilidad-, te sentará bien.

Trato de acercar la taza a mis labios, pero su borde choca con un ruido metálico contra el cristal que se interpone entre mi rostro y ella. Sólo entonces me doy cuenta de que frente a mí, al fondo de la sala, hay un enorme espejo que reviste toda la extensión de la pared. Pero el espejo no refleja ni a los demás comensales, ni la mesa, ni las sillas, ni el resto de objetos de la sala. Únicamente me muestra a mí, embutida en un aparatoso traje de buzo de cristal cuya escafandra aprisiona mi cabeza.

- No puedo beber. Necesito primero quitarme este traje. Salir de esa campana. ¡Necesito salir de aquí! ¡Fuera de aquí! ¡Que alguien me ayude a salir de aquí! -casi grito con repentina desesperación.

- Querida, no seas boba, sabes que eso es imposible. Nadie puede salirse de su propia piel, por más que lo desee -me reconviene René con una sonrisa condescendiente- Y cuando ésta se convierte en una campana de cristal, sólo uno mismo puede encontrar el mecanismo que le devuelva la antigua permeabilidad que le permita tocar el mundo. Como miembros del Colegio de Patafísica y expertos en esta maravillosa ciencia de las soluciones imaginarias, podemos aconsejarte que busques tu propia solución imaginaria. Pero para eso tendrás que dejar de tomarte tan en serio, en lo que eres o dejas de ser, en lo que puedes o dejas de poder. Y empezar a abrazar sin amargura el absurdo que subyace a tu propia existencia. El absurdo que subyace a la existencia de cada uno de nosotros y a todos nuestros afanes por darnos en ella una forma consistente y sólida. Nada de lo que somos o lleguemos a ser importa tanto, Sylvia. Tendrás que aprender a echarte unas risas mientras bailas un vals con ese absurdo. Así podrás sentirte fuera de nuevo. Anda, trata de beber un poco de té. Quizás eso te ayude.

Intento acercar otra vez la taza a mi boca, con decisión. Pero esta vez la frágil porcelana se quiebra contra el cristal y el líquido se derrama sobre mi pecho, sobre mis rodillas. Ni tan siquiera noto su fluir sobre mi cuerpo, tan sólo las dos lágrimas que se deslizan por mis mejillas. Los tres patafísicos han estallado en carcajadas.

- Pero Sylvia, Sylvia, ¿cómo vas a poder entrar así en nuestro Ilustre Colegio? ¿Pero no te has dado cuenta de lo gracioso que ha sido? -ríe divertido Boris Vian- Anda, ríete, Sylvia, ¡ríete!, ¡ríete!

Cuando despierto las lágrimas han humedecido la almohada. Sigo queriendo estar fuera de aquí. Fuera de mí y de mi propia piel. Pero las comisuras de mis labios ya se esfuerzan por ensayar una sonrisa.

viernes, 10 de julio de 2009

La memoria perdida de las cosas


Sólo en apariencia habitamos nosotras, esas que llamas propiamente tus cosas, como seres callados e inertes en el espacio finito que arropa tus movimientos. Seres inanimados que adhieres a voluntad a tus manos, a tu piel; a tus ojos o a tu nuca si decoramos el escenario del transcurrir doméstico de tus días. Semejantes en nuestro silencio a animales dormidos en la quietud de un bosque nocturno. Confundidas en nuestro letargo con los arbustos de los variopintos objetos de paso, con el follaje de los anodinos útiles reemplazables, con la hojarasca de los enseres que nunca merecerán calificarse de tuyos. Pues de ellos nos distingue, lo sabes bien, la voz que en cada una de nosotras se oculta. Una voz dotada en cada caso de un timbre característico, de un tono y ritmo singulares, por donde fluyen palabras que sólo a ti te interpelan.

Nada más evidente que nuestra natural tendencia a permanecer mudas, o a hablar con apenas un ligero murmullo mientras te deslizas cotidianamente por entre nosotras sin reparar siquiera en nuestra discreta presencia, cuando el hábito te lleva a cogernos y soltarnos en ademanes rutinarios, a mirarnos sin vernos sobre las paredes que te envuelven. Pero la experiencia te ha enseñado que hay ocasiones propicias para que nuestra voz se torne perfectamente audible. Basta quizás una mañana lluviosa de domingo, el indolente vagar por las habitaciones sin más rumbo que el regido por la maraña de tus pensamientos, y el abrir como al descuido un cajón sin propósito definido. Entre tus dedos aparece aquella antigua libreta llena de garabatos, aquel llavero ajado por el uso. Y entonces escuchas, tus pupilas detenidas sobre nosotras, nuestro suave parloteo.

Sin embargo, nuestras voces se hacen oír con plena intensidad allí donde las reglas fijas de la geometría te obligan al recuento y al descarte, a la toma de conciencia de lo que somos, valemos o representamos, a la inevitable disyuntiva entre la ley de la conservación y el abandono. La intensidad se verá además redoblada y llegará a convertirse en un sinfónico clamor de voces, entreverado de exigencias y demandas, si quieren los avatares del destino que debas someternos a un escrupuloso proceso de criba: determinar quiénes de entre nosotras serán las afortunadas, las elegidas, que habrán de desplazarse de sus acostumbrados lugares de reposo para emprender contigo la andadura definitiva hacia otros parajes.

Porque, pese a las distintas figuras y virtualidades de nuestra colorida multiplicidad, una sustancia común nos alía: ser los pozos rocosos de las aguas de tu memoria, los depósitos tangibles para el abrigo de tus recuerdos. Al tiempo, la prueba material de tu existencia pretérita, el cuerpo físico donde se alberga, más allá del poder evocador de la vigilia y el sueño, la impronta incuestionable de la realidad del camino recorrido, del tiempo transcurrido sobre tu coronilla. Sobre nuestra superficie se ha ido escribiendo el texto de caracteres invisibles que nuestras palabras descifran y recitan. La historia que nuestras voces narran, e incluso a veces cantan. Se trata del texto, la historia, la narración de tu propia vida. Palpa nuestra forma y te hablaremos de aquellos largos meses de congoja y desesperación. Sopésanos sobre tu palma y escucharás las risas alegres de una tarde otoñal. Fija en nosotras tus ojos y te admirarás de nuevo ante aquella noche juvenil rasgada por los dedos luminosos de la aurora boreal. Nuestras palabras-tijera recortarán en el aire una ventana por la que asistirás, como en un teatrillo, a la representación de un fragmento, de una escena, de una etapa o un simple instante de tu biografía. Por ella percibirás otra vez el aroma del hogar infantil, o respirarás el distante verdor de aquellas montañas que tanto amaste. Por haberte acompañado durante un tramo de tu trayectoria, por haber formado parte de los acontecimientos que año a año moldearon tus huesos, gozamos del raro privilegio de poder entonar al menos un segmento del canto que define eso que ahora eres.

¿Entiendes entonces por qué nos resistimos con tozudez a ser abandonadas? ¿Por qué nuestros lamentos se confunden con los tuyos ante la mera idea del desprendimiento? Con cada una de nosotras te desharás del anzuelo de ese pedazo de ti mismo que quedó atrapado entre nuestros pliegues. En el momento en que nos deseches, desnudarás el recuerdo que abrigamos dejándolo a la intemperie, inerme, sometido a los caprichos azarosos del misterio de tu mente. Ya proclive a hundirse, en el naufragio de su soporte, en la nada del olvido. Por eso, en tus espacios nunca cesaremos de reclamar nuestro lugar, idéntico a la posible pervivencia, a la salvación en tu memoria de aquellos pocos hilos del tapiz que te dibuja que una vez contribuimos a tejer. Por eso mismo, la perspectiva de nuestro abandono te llevará sin remedio a imaginarnos tristes, huérfanas, desamparadas. A compartir con nosotras esa tristeza, si del vínculo de la memoria nace la ligadura del amor, del afecto que en virtud de esa memoria salvífica nos profesas.

No creas que somos incapaces de comprender qué gravoso lastre suponemos. Que desconocemos la imposibilidad de cabalgar todas juntas sobre tu lomo mientras te esfuerzas por lanzar un pie hacia adelante. No sería difícil en ese caso augurar el tropiezo, la caída que te hiciera morder el polvo bajo nuestro peso. Y sin embargo, nuestra sustancia material, corpórea, palpable, se compadece mal con la necesidad del vacío. De ese vacío de la desmemoria imprescindible para el aparecer de nuevas cosas sobre las que ir germinando nuevos recuerdos. Lo intuimos de lejos y nos asusta. Quién sabe si tanto como te asusta a ti mismo.

El título de este post es un descarado robo del que encabezaba un libro publicado hace mil años por Eugenio Trías. Del contenido del libro poco se ha salvado en mi memoria. Del título, nunca he conseguido olvidarme.