miércoles, 23 de julio de 2008

Dominar el horror


¿Alguien descendería a los infiernos si no fuera, en el fondo, para encontrar una respuesta? Tal vez la respuesta a una pregunta que ni siquiera era capaz de traducir en palabras antes de ese descenso. Quizás una respuesta a un interrogante que probablemente latía en lo más hondo de los entresijos de su conciencia, pero que ha necesitado de ese largo y penoso recorrido para formularse con claridad en su mente. O tal vez, incluso, una respuesta a una pregunta sólo identificable en el momento mismo de verse respondida.

Ésta es la respuesta que, en la genial película de Francis Ford Coppola "Apocalipsis now", el capitán Willard (Martin Sheen) encuentra al término de su particular bajada a los infiernos, escenificados allí en la jungla más profunda y siniestra de un vietnam asolado por la guerra, el napalm y el horror. Se la da el Coronel Kurtz (Marlon Brando), quien, erigido en dueño y señor de esa jungla infernal, la ha convertido en una orgía salvaje de violencia, sangre y miembros cercenados:

"He visto horrores, horrores que tú has visto. Pero no tienes derecho a llamarme asesino. Tienes derecho a matarme. Tienes derecho a hacerlo. Pero no tienes ningún derecho a juzgarme.

Es imposible describir con palabras lo que esto significa para los que no saben qué es el horror. Horror. El horror tiene cara. Y uno debe familiarizarse con él. El horror, y el terror moral, son tus amigos. De lo contrario, se convierten en enemigos espantosos. En enemigos de verdad.

Me acuerdo cuando estaba en la fuerza especial. Parece que han pasado mil siglos. Fuimos a un campamento a vacunar a unos niños. Dejamos el campamento después de vacunarlos a todos contra la polio. Un viejo vino tras nosotros, llorando, sin decir nada. Volvimos atrás. Ellos habían vuelto y cortado los brazos vacunados. Allí había una enorme pila de pequeños brazos. Y recuerdo también que yo, yo, lloré como un niño. Sí, como un niño. Quería arrancarme los dientes. No sé lo que quería hacer. Y me esfuerzo por recordarlo. No quiero olvidarlo nunca. No quiero olvidar.

En ese momento vi claro, como si me hubieran disparado con un diamante, con una bala de diamante en la frente. Y pensé: ¡Dios mío, qué genialidad! El genio, la voluntad de hacer eso. Perfecto, genuino, cristalino, completo, puro. Y entonces me di cuenta de que ellos eran más fuertes porque lo soportaban. No eran monstruos, eran hombres, cuadros entrenados. Estos hombres, que luchan con corazón, que tienen familia, hijos, que están llenos de amor, que han tenido la fuerza, ¡la fuerza!, de hacer eso. Si contara con diez divisiones de esos hombres, nuestros problemas quedarían resueltos en el acto. Se precisan hombres con moral, y que al mismo tiempo sepan utilizar sus instintos primordiales para matar. Sin sentimientos, sin pasión. Sin juicio, sin ningún juicio. Porque es el juicio lo que nos derrota"

No es ésta, desde luego, la respuesta de un hombre que ha perdido el juicio, tal y como presupone el ejército norteamericano para justificar el asesinato del Coronel Kurtz a manos de Willard. Es más bien la respuesta de quien, según él mismo declara, ha decidido apartar de un golpe toda voluntad de juzgar en pos de un único fin: dominar el horror para dejar de ser dominado por él; transformarlo en su aliado si no otra cosa cabe hacer con él para que no resulte un espantoso enemigo.

Porque el horror son, en su recuerdo, aquellos bracitos cortados formando una gran pila. En las lágrimas que como un niño derrama se evidencia el signo palmario de su debilidad, de su terror, de su impotencia frente al alud de sentimientos de pánico, de ira, de aversión y repugnancia que desata el horror. Lágrimas, en definitiva, de reconocimiento del dominio que el horror ejerce sobre él. Pero es el contacto con el horror de este supremo acto de crueldad lo que, como una revelación, como esa bala de diamante que estuviera penetrando su frente, le lleva a descubrir la verdad que a partir de ese momento regirá el curso de su existencia: la única manera de sobreponerse al horror es tomar posesión de él y convertirse en su maestro de ceremonias. Mirar de frente su rostro y atreverse a provocarlo, a conjurarlo, a encarnarlo, haciendo brotar de uno mismo aquella fuerza, ¡la fuerza!, que ha permitido a los soldados vietnamitas vencer todos los sentimientos de compasión, de piedad, de empatía con el otro que pudieran despertarles los niños vacunados y ser capaces de mutilar, uno a uno, sus pequeños bracitos.

Por ello Kurtz convertirá su territorio en un grotesco y terrorífico santuario de cadáveres, de cabezas cortadas, de los restos de sus crímenes, así como de los cometidos bajo su imperio, perpetrados con el objetivo de alcanzar, ante sí mismo y ante los demás, el poder que emana de la posibilidad de manejar y controlar el horror a su antojo. Por ello Kurtz no dudará en arrojar a la celda de Willard, terrible en su impasibilidad, la cabeza aún caliente de uno de los miembros de su tripulación. Pero también por ello mismo Kurtz, movido por el deseo de enfrentarse al miedo y horror últimos que escapan a todo dominio, los que provienen de su propia muerte violenta, dejará que el machete del capitán Willard acabe con su vida.

Hace poco, recordando esta magistral escena de la película de Coppola, me asaltó la pregunta sobre si no es ese mismo dominio del horror, en un plano radicalmente distinto pero en esencia idéntico, lo que perseguimos con nuestra imaginación cuando queremos ver la fotografía en los periódicos de un rostro horriblemente desfigurado por una extraña enfermedad o un terrible acto de sadismo. Cuando buscamos exponer nuestras pupilas a la imagen de los cuerpos brutalmente mutilados en una matanza o un accidente. Cuando leemos la noticia de un crimen siniestro y nos sentimos impulsados a conocer los más escabrosos detalles. Cuando ante una sangrienta y cruel escena de violencia cinematográfica nos cubrimos horrorizados los ojos y aun así no podemos evitar entreabrir los dedos para seguir mirando. Si no es, en el fondo, esa curiosidad llamada morbosa el modo en que tratamos de dominar el horror que nos produce la idea de nuestra constante condición de posibles víctimas de horrores semejantes mientras estemos vivos. Si no pretendemos en esos momentos, como dice el Coronel Kurtz, familiarizarnos un poco con el horror para aplacar el pánico que su mera hipótesis nos produce recreando en nosotros mismos lo que supondría sentirlo, sufrirlo o ser aniquilados por él.

Sin sentimientos, sin pasión, el horror tiende a desaparecer, tanto para quien lo sufre como para quien lo propaga. De ahí que aquella princesa reclamara que nadie de los que entraran en su palacio tuviera corazón:

viernes, 11 de julio de 2008

Errar


Nada es tan sencillo como para el cazador agazapado frente a su presa, cuyo errar el tiro alcanza íntegra conciencia en la continuidad del vuelo sobre su cabeza, en el apresurado susurrar cada vez más distante de los matorrales, incluso en el galope rugiente de la fiera enfurecida anunciando el zarpazo mortal. La inmediatez exhibe a plena luz el desacierto, abriendo con un corte limpio la posibilidad de la enmienda urgente, del segundo disparo, la prosecución en el rastreo de la presa o su probable reemplazo, también la lucidez última del error fatal y el resquicio de la fuga.

Para nosotros, demasiadas son las ocasiones, y otras tantas esenciales, en que ninguna pieza asoma con nitidez a nuestros ojos. En que ni tan siquiera existe el centro preciso enmarcado por círculos concéntricos de la diana. Ni arco visible en nuestras manos más allá del que entre nuestros pies tensa la vaga voluntad de soslayar el tropiezo. Carecen entonces nuestros errores de un saber sobre sí en el instante mismo de su producción, y sólo el transcurrir de los minutos, las horas, los días, o quizás los años, activa los variados mecanismos de su detección: el emerger de la duda en el recuerdo que amarga; la premonición de la penuria por el paso irreflexivo temido como falso; la sensación difusa del desacierto lastrado de un cómo, cuándo y dónde ilocalizables; y en el extremo, la dura certeza del equívoco mediada por el golpe inesperado, llovido como un mazazo en ausencia de la coraza protectora de una anticipación impracticable.

La conciencia tardía, el pensamiento ulterior, y, sobre todo, los acontecimientos venideros, habrán de acometer la tarea de subrayar en rojo nuestras faltas, de señalar el fallo con índice acusador. A veces, cuando la fortuna quiera aún brindarnos la oportunidad de corregir la trayectoria, de reparar el desliz, de remendar el desgarrón, la herida en la piel propia o ajena. Otras, en el momento en que el descubrimiento del daño irreparable, del pretérito clausurado y desaparecido, no consienta más que la asunción -bien trivial, bien dolorosa- del error cometido y la exhortación al aprendizaje, a la más atenta mirada futura, a través de la cuidadosa disección de las causas. En no pocos casos, con la certidumbre resignada de lo irremediable del equívoco, si el espectro de consecuencias pronosticables para nuestros actos se reconoce en exceso limitado en medio de una realidad que siempre nos desborda. A la par, el alzarse de la sensata sospecha de potenciales errores sobre nuestra nuca todavía no manifiestos, junto al temor por sus hipotéticas e imprevisibles derivadas. También de aquellos que, pese a determinar desde lo oscuro la luz de cada nuevo día, nunca se plegarán a desfilar ante nuestras confusas pupilas. E, invariablemente, la aprensión contenida por los múltiples desatinos en que aún habremos de incurrir.

Pero errar es el inevitable destino de quien por naturaleza camina desde la cuna con paso errante. Del animal cuyos pies deben dirigirse hacia lugares inexistentes en su geografía vital hasta el instante mismo de su conquista, no cartografiados por ello en mapa alguno antes de ser pisados, como tampoco las vías certeras que procuren su acceso. Lugares sustraídos al inventario previo, abocados a la invención y reinvención constante, y que así privan a nuestro andar de guía firme y definitiva, conviertiéndolo en complicado vagar y deambular por territorios ignotos. No puede ser de otra manera cuando la brújula de cada meta creada apenas logra marcar un norte siempre provisional, restringida su validez a que los hechos, los sentimientos, las convicciones, sigan aprobando su vigencia. No cabe otra posibilidad si el camino hacia el espacio elegido jamás se traza de antemano y el aparente desvío del cálculo inexperto, la improvisación necesaria en la carencia de planos, esconden tanto el atajo perfecto como el borde del precipicio.

Siendo en esencia nuestro andar un errar sin rumbo prefijado, en él se contiene, como la gota en el agua, la inclinación inalterable al error y al extravío.

jueves, 3 de julio de 2008

Perlas cultivadas (III): Lo femenino


Esta sección, largo tiempo dormida, despierta hoy con todo su ímpetu para presentaros unas "perlas" que tal vez muchos ya conozcáis, dado que han sido ampliamente difundidas por la red, pero de cuyo descubrimiento no podía dejar de hacerme eco en este blog. Los que lo seguís con cierta asiduidad comprenderéis por qué en cuanto sigáis leyendo. He aquí, queridos y queridas, estas preciadas, valiosísimas "perlas", que adornan los archivos de nuestra memoria histórica:
"Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho"

Tales palabras fueron escritas en 1942 por Pilar Primo de Rivera, hermana de Jose Antonio Primo de Rivera y fundadora en 1934 de la Sección Femenina, institución surgida desde la Falange y de la cual sería la única Delegada Nacional durante los 43 años de su pervivencia. Uno de sus pilares doctrinales consistía en la voluntad -¡atención!- de "dignificar" a la mujer: la Sección Femenina se erige en defensora de unos valores específicamente "femeninos" que deben dejar de menospreciarse socialmente para ser valorados en su justa medida. Su lema era: "Hay que ser femeninas y no feministas".


Nada mejor para dignificar a la mujer que empezar por reconocer cuáles son sus carencias con el fin de potenciar sus virtudes. ¿No sería ridículo que un elefante pretendiera caminar con la ligereza y elegancia de una gacela? Pues como esos elefantes torpones y ridículos debían de ser para Pilar mujeres como Cecilia Böhl de Faber, Lou Andreas-Salomé, Virginia Woolf, Jane Austen, Charlotte Bronté, Emily Dickinson, Sylvia Plath, Annaïs Nin o Marie Curie, por citar sólo unas cuantas de una lista que podría ser interminable, empeñadas en hacer uso de un talento creador del que carecían en lugar de limitarse a interpretar lo que los hombres les dieron hecho. Mejor o peor, claro. Ya se sabe que el arte de la interpretación es un asunto de mucha enjundia. Pero sigamos, sigamos interpretando, mal que bien, dado que, según Pilar, es lo único que las mujeres sabemos hacer:

"La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular -o disimular-, no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse. La dependencia voluntaria, la ofrenda de todos los minutos, de todos los deseos y las ilusiones, es el estado más hermoso, porque es la absorción de todos los malos gérmenes -vanidad, egoísmo, frivolidades- por el amor"


Esta otra perla apareció el 13 de Agosto de 1944 en la revista de la Sección Femenina "Medina", cuyo nombre hace referencia al Castillo de la Mota de Medina del Campo que Franco entregara a la Sección Femenina para sus actividades. Falta de todo talento creador, ¿qué otra cosa podría desear una mujer más que encontrar a un amo y señor al cual someterse, ofrecerse y del que depender, todo ello en aras del amor, el objetivo más alto que le corresponde? Queridas, admitámoslo ya de una vez: todo afán de libertad, igualdad e independencia no son más que simulaciones enmascaradoras de lo que en el fondo constituye, según proclama la Sección Femenina, nuestro auténtico deseo. Dejémoslo aflorar y pleguémonos a él si no queremos traicionar nuestra verdadera naturaleza y abocarnos así a la infelicidad. Como infelices seremos si no atendemos a las palabras del Padre García Figuer, publicadas el 12 de agosto de 1945 en esta misma revista:

"La mujer sensual tiene los ojos hundidos, las mejillas descoloridas, transparentes las orejas, apuntada la barbilla, seca la boca, sudorosas las manos, quebrado el talle, inseguro el paso y triste todo su ser. Espiritualmente, el entendimiento se oscurece, se hace tardo a la reflexión: la voluntad pierde el dominio de sus actos y es como una barquilla a merced de las olas: la memoria se entumece. Sólo la imaginación permanece activa, para su daño, con la representación de imágenes lascivas, que la llenan totalmente. De la mujer sensual no se ha de esperar trabajo serio, idea grave, labor fecunda, sentimiento limpio, ternura acogedora"


Vaya, yo no sé, pero parece que para este piadoso Padre, tan preocupado por la salud de la mujer, la sensualidad en ella -¿valdría decir la sexualidad?- no es más que una enfermedad con síntomas ciertamente peculiares y preocupantes que afectan tanto a su cuerpo como a su alma. ¿Será la oración la medicina para acabar con toda inclinación a la sensualidad? ¿O tal vez el sano cultivo del cuerpo? Esto es lo que podría sugerir la siguiente "perla", aparecida en marzo de 1951 en otra revista de la Sección Femenina llamada "Teresa", obviamente en honor a su patrona Santa Teresa de Jesús:

"Una mujer que tenga que atender a las faenas domésticas con toda regularidad, tiene ocasión de hacer tanta gimnasia como no lo hará nunca, verdaderamente, si trabajase fuera de su casa. Solamente la limpieza y abrillantado de los pavimentos constituye un ejemplo eficacísimo, y si se piensa en los movimientos que son necesarios para quitar el polvo de los sitios altos, limpiar los cristales, sacudir los trajes, se darán cuenta que se realizan tantos movimientos de cultura física que, aun cuando no tiene como finalidad la estética del cuerpo, son igualmente eficacísimos precisamente para este fin"


Pero, ¡claro!, ¿cómo no habíamos caído antes en la cuenta? ¿A qué perder el tiempo yendo a la oficina, dirigiendo una empresa, conduciendo un autobús, tecleando en el ordenador o mucho menos, acudiendo a un gimnasio? Para estar guapas y esbeltas, que es lo que realmente importa a la hora de encontrar a quien someterse, nada tan eficaz como dedicarse de lleno a las faenas domésticas. ¿Que tus carnes empiezan a mostrar signos de flacidez? Rápido, ¿a qué esperas? Ponte de rodillas y empieza a abrillantar el suelo, que seguro que lo tienes hecho un asco y a tu maridito no le gusta nada, como tampoco tus carnes flácidas. ¿Pero es que nadie te enseñó en el colegio cuál es tu auténtica misión en la vida? Pues mira qué clarito lo decía el libro para primer curso de Bachillerato de "Formación Político Social" editado por la Sección Femenina en 1962:

"A través de toda la vida, la misión de la mujer es servir. Cuando Dios hizo el primer hombre, pensó: "No es bueno que el hombre esté solo". Y formó la mujer, para su ayuda y compañía, y para que sirviera de madre. La primera idea de Dios fue el "hombre". Pensó en la mujer después, como un complemento necesario, esto es, como algo útil"


Nuestra misión, queridas lectoras de este blog, es, simple y llanamente, servir. ¿Y qué es algo que sirve para algo? Pues no hay duda alguna: un objeto útil, útil para ayudar y acompañar al hombre, útil para parir futuros hombres así como futuras siervas que sigan ayudándolos y acompañándolos. No en otro lugar reside la clave de nuestra dignidad: que asumamos nuestra condición utilitaria, sabiamente dictada por el todopoderoso, en tanto su idea primera, el hombre, necesitaba de un complemento para no sentirse solo. Y no siendo más que un ente útil y complementario del hombre, cuya finalidad originaria estriba en ponerse a su servicio, es lógico que aceptemos igualmente que no somos más que una propiedad suya, como lo eran los esclavos de los hombres libres. Así lo enseñaba a la mujeres españolas el manual de Economía doméstica para Bachillerato, Comercio y Magisterio que la Sección Femenina editó en 1968:

"Cuando estéis casadas, pondréis en la tarjeta vuestro nombre propio, vuestro primer apellido y después la partícula "de", seguida del apellido de vuestro marido. Así: Carmen García de Marín. En España se dice de Durán o de Peláez. Esta fórmula es agradable, puesto que no perdemos la personalidad, sino que somos Carmen García, que pertenece al señor Marín, o sea, Carmen García de Marín"

Afortunado este señor Marín, ¿verdad?, al que además de su casa, su coche, su dinero y sus calzoncillos, también le pertenece su mujercita Carmen García. Como afortunada debe de sentirse Carmen García por pertenecer a su maridito y haber pasado de ser un perro sin amo a disponer de un dueño que la cobije y proteja en su hogar, resguardándola de la intemperie. ¿Que a cambio Carmen debe someterse a él? Bueno, ¿no es eso lo que, según se ha dicho, representa su más auténtico deseo? Seguro que, aunque Carmen no ladre, le lleva gustosa las zapatillas cuando el señor Marín vuelva a casa cansado de trabajar.

Por no alargar demasiado el post, obvio otras "perlas" que también merecerían figurar aquí y os remito a un último texto que ya recogió en su blog el veí de dalt, también editado por la Sección Femenina, sobre el correcto comportamiento de una mujer con su marido. Advierto que es un texto no apto para estómagos delicados. Luego no me digáis que no os avisé.

Algo me inquieta profundamente de todas estas perlas. Quienes leyeron las revistas Medina y Teresa, quienes estudiaron en los colegios los manuales de Bachillerato citados, son una franja de mujeres que actualmente rondará entre los cincuenta y los noventa años. Mujeres que han educado a otros hombres y mujeres que, si bien habitan una realidad social cada vez más dispar con respecto a la que ellas vivieron, han crecido en hogares en los que la compresión del papel de la mujer y de su relación con el hombre transmitida por estas perlas, de una manera más o menos patente, o lo que es aún peor, más o menos larvada, no podía dejar de estar presente.

¿Sería sensato pensar que las notorias transformaciones sociales de las últimas décadas habrían logrado eliminar todas y cada una de las improntas, leves o no tanto, labradas por esa educación? Personalmente creo que no. Ni aun con la voluntad más consciente y decidida para ello. Porque si bien la verdadera revolución es la que se da en las conciencias, sus estratos más subterraneos no resultan fácilmente accesibles ni se dejan transformar con la misma rapidez que los más superficiales. Una revolución radical de las conciencias requiere, además de esfuerzo, tiempo. Eso sí: para promover la venida de ese tiempo, creo que sólo nos cabe seguir, entre todos, reflexionando, revisando y ahondando en nuestras conciencias.

jueves, 26 de junio de 2008

Truncar


Aunque el calendario lo aproxima velozmente a la cuarentena, en sus sonoras carcajadas, incontenibles ante la nimiedad que las dispara, todavía resuena el reír explosivo y ligeramente torpe del infante que acaba de ser descubierto por la risa. El repentino derramarse en cascada de la máscara impostada, de la rígida careta de gestos sobrios y endurecidos con que se prodigan los aprendices de hombre, testimonia así una fragilidad -la del arbolillo malogrado en pleno proceso crecimiento por una tierra infértil- que al asalto de la risa asoma en todos sus trazos para exponerlo desnudo, desprovisto de la precaria coraza que habitualmente lo encubre.

Tal vez sea por esa risa fácil y de contagiosa inocencia tardía por lo que más se le aprecia en el bar refugio de costumbre, en el que entra pesadamente al declinar la tarde tras cada jornada de soldado raso en el centro comercial, balanceando su volumen rotundo de ya tres dígitos en la báscula sobre sus pies planos. Se le aprecia pese a su conversación insulsa y reiterativa sobre los desmanes del estereotipo tosco de comprador impertinente. Pese a su hablar atropellado, en ocasiones difícilmente inteligible, en palabras escupidas para espantar el silencio. Pese a los exabruptos con que alza de nuevo la máscara para dejarla caer bruscamente al rebrotar la risa ante el más leve comentario jocoso del camarero, de los clientes que comparten con él día tras día, año tras año un par de cervezas.

Pero ese aprecio, tan generoso como circunstancial, tan sincero como despreocupado, nunca querrá demorarse en deducir de sus risotadas aniñadas la infancia oscura, enquistada en algún punto del curso natural y esperable de su superación. Ni habrá entonces de aventurarse a colegir sus causas en el nido de ramas floridas poco a poco degeneradas en espinas. En el hogar podrido de frustraciones antiguas transformadas en feroz tiranía ante la frustración sobrevenida de las expectativas no cumplidas por el retoño torpe y desmañado. En el constante golpear del martillo del piano sobre una única nota de múltiples matices: la de la reprobación por la ausencia de éxito, la de la reducción de su valor a cero por su incompetencia frente a los primeros retos escolares, la de la mirada despreciativa y los bofetones por su falta de empuje y su alegre indolencia.

Estrategias, nadie se atrevería a dudarlo, automática, irreflexivamente destinadas a la motivación y al aleccionamiento. Pero su desmesura y persistencia grosera en medio de la podredumbre y los corazones dolidos sólo podían desembocar en su caso en la huida interior apenas consciente, en la aceptación anticipada de la derrota, en el abandono prematuro, muerto por esos golpes de martillo, de todo principio de lucha. La toalla hubo de ser arrojada antes de que sonara la campana. Acosado por la admonición constante de su incapacidad para alzar los puños, ¿qué valiente se lanzaría a poner siquiera un pie sobre el ring? Y si bien los insultos y los gritos hace ya mucho que cesaron, aún reverberan adheridos a las paredes de sus arterias paralizando sus miembros, condenándolos a permanecer aferrados al único nido conocido, el que con sus espinas ya romas en la vejez brinda amparo y protección a su alma de niño a cambio de haber quebrado sus alas. Si ahora le ofrecieran unos guantes a la medida de sus manos de hombre, los rechazaría con un gesto indiferente y una media sonrisa conformada.

Sobre su cabeza no hay más horizonte que el transcurrir idéntico de los días iguales, que la planicie estéril incapaz de acoger la semilla del más mínimo proyecto de futuro, incluso de la esperanza del amor adulto merecido y jamás realmente buscado. Bastan el par de cervezas y la risa espontánea e incontenible para sostenerse a través de la monotonía ciega, de la repetición ajena a la pregunta por el sentido. En sus ojos sólo rara vez se detecta una tenue sombra de resignación, cuyo brillo precisaría al menos de la conciencia, nunca terminada en su construcción, de otro horizonte lejano contemplado como inalcanzable. La vida truncada en sus inicios camina a ras de suelo y olvida la presencia de un cielo azul hacia el que alzar el vuelo.



miércoles, 18 de junio de 2008

Sobre el diván


Cuando el doctor Sigfroid, reputado psicoanalista, ve entrar en su consulta a alguno de sus pacientes, no ve a una sola persona, sino a tres. El Ello es el que se rasca distraídamente la entrepierna mientras cierra la puerta. El Superyo mira inquieto el reloj al alcanzar el diván. El Yo declara con cierta angustia que no sabe por dónde empezar a contar en esta nueva sesión.

- Tal vez haya tenido usted esta semana algún sueño que pueda recordar -indica con estudiada frialdad el doctor Sigfroid cogiendo su pluma y abriendo su bloc de notas.

- Pues mire, sí, doctor, ya sabe usted que yo no suelo recordar mis sueños, pero justamente anoche tuve uno que sí recuerdo. Entraba en casa todo empapado, se ve que estaba lloviendo, con un paraguas negro en la mano...

"Paraguas negro", anota el doctor Sigfroid frunciendo los labios, "símbolo fálico".

- No sé por qué, en lugar de llevarlo a la galería, como suelo hacer normalmente con los paraguas mojados, trataba de cerrarlo, pero algo no funcionaba en el mecanismo. El suelo se estaba poniendo perdido de agua...

"El paraguas no cierra", escribe ahora el doctor Sigfroid, "¿problemas de erección? ¿eyaculación precoz?".

- Después de mucho pelear con el dichoso paraguas, consigo cerrarlo hasta el punto de que lo que parecía un paraguas de los de antes, ¿sabe?, de esos que no podían plegarse, queda convertido en un diminuto paraguas plegable...

"Reducción repentina del paraguas", sigue anotando el doctor Sigfroid, "posible complejo de castración; en su defecto, miembro viril de tamaño insuficiente".

- Me acerco entonces a la mesa de mi despacho, que en lugar de ser la mía, es una mesa antigua de madera maciza, apoyada sobre dos grandes cajoneras. Abro el cajón superior de la parte derecha...

El doctor Sigfroid arquea levemente una ceja y emite un ligerísimo carraspeo, signo inequívoco de su intensa concentración en el relato del paciente. "Cajón", garrapatea rápidamente, "símbolo de los órganos sexuales femeninos".

- ...y meto en él el paraguas. Pero al cerrarlo con cierto descuido me pillo un dedo y lanzo un aullido de dolor...

El doctor Sigfroid esboza una discreta sonrisa mientras escribe: "Consumación simbólica de un acto sexual prohibido. Dedo lastimado: temor al castigo. Se refuerza la hipótesis del complejo de castración". Todo empieza a cuadrar.

El paciente se ha quedado callado. Su Ello vuelve a rascarse distraídamente la entrepierna.

- Prosiga, caballero, prosiga, creo que hoy estamos haciendo grandes progresos...

- No, doctor, ya no hay más que contar. Al lanzar el aullido en el sueño me desperté. Creo que estaba en una mala postura y yo mismo me estaba aplastando una mano...

- Hmmm, no sé, no sé... ¿No hay ninguna otra cosa que recuerde? ¿Algún detalle que no me haya contado? ¿Tal vez algún objeto inusual sobre la mesa del despacho? ¿O quizás dentro del cajón?

- Pues... ahora que lo dice... Sí, recuerdo que sobre la mesa había un sombrero, algo así como una pamela, con una cinta de color rosa y unas flores atadas en ella...

"Objeto de forma redondeadas", anota esta vez el doctor Sigfroid, "nuevo símbolo de los órganos sexuales femeninos".

- ...se parecía mucho, ¿sabe?, a un sombrero que solía llevar mi madre cuando íbamos al campo para protegerse del sol...

"¡Eureka!", escribe con precipitación el doctor Sigfroid, ajeno en ese momento a la falta de profesionalidad de su anotación.

- Estimado paciente -interrumpe el doctor Sigfroid- creo que por fin hemos dado con la clave de sus conflictos. Se llama "complejo de Edipo", ¿sabe?, un complejo neurótico por el que pasan todos los niños y que por lo general se resuelve sin problemas. Pero en su caso particular algo ha impedido la saludable resolución del complejo, lo cual explicaría sus actuales trastornos. Mire, se lo expondré de una forma sencilla, para que lo entienda. Usted está enamorado de su madre, la desea, y siente por ello deseos de matar a su padre, su rival. Pero también le teme: teme que, de enterarse de los deseos incestuosos que alberga hacia su madre, su padre le castre, ya sabe, le prive de sus órganos sexuales...

- Pero doctor, ¿qué está diciendo? ¿Que yo deseo a mi madre? Pero si mi madre... ¡por dios, doctor!, es una señora de casi ochenta años, llena de achaques... Y mi padre, ¿que quiero matarlo? ¡Mi padre murió hace años y yo siempre me llevé muy bien con él!

- Caballero, no se escandalice. Ya le he dicho que es un conflicto absolutamente normal en la infancia más temprana, es imposible que lo recuerde. Pero en su caso ese conflicto ha quedado enquistado, no ha logrado vencer sus deseos hacia su madre, como sí suele ocurrirle a la mayoría de los niños, y como le resultan vergonzosos los ha reprimido y éstos afloran bajo la forma de la patología que usted sufre. Caballero, no somos más que un amasijo de pulsiones libidinosas que tratan de canalizarse por el insidioso entramado de las normas sociales. Esa es nuestra verdad. Una verdad tal vez amarga cuando se conoce por primera vez, pero plenamente demostrada por la ciencia psicoanalítica -dice el doctor Sigfroid con voz afectada recostándose satisfecho sobre su sillón de cuero.

- Doctor -el paciente se vuelve hacia él con irritación-, después de tres años de terapia semanal, ¿ésta es la conclusión a la que ha llegado? Acudo a su consulta porque sufro de claustrofobia, me angustian los ascensores, trabajo en la planta decimocuarta de un enorme edificio de oficinas y por culpa de mi maldita claustrofobia debo subir y bajar catorce pisos varias veces todos los días. ¿Me puede decir qué puede tener que ver ese "complejo de Edipo" del que habla con mi claustrofobia? No sé, doctor, tal vez debería plantearme si quiero continuar con la terapia. No es que dude de su competencia, no es eso. Pero, francamente, cada sesión me cuesta un ojo de la cara, mi economía no anda muy boyante últimamente y creo que no puedo seguir con este gasto semanal durante más tiempo sin resultados más efectivos...

El doctor Sigfroid lo mira fijamente, acariciándose lentamente la barbilla y elogiándose interiormente por su agudo ojo clínico.

- Caballero, disculpe que le pregunte, pero... ¿padece usted de estreñimiento?

- Bueno... ehhhh, sólo ocasionalmente, cuando tengo mucho estrés. ¿Por qué lo pregunta?

- Mi estimado paciente, me temo que su dolencia es aún más grave de lo que sospechaba. Porque no sólo sufre usted del "complejo de Edipo", sino que intuyo alguna suerte de fijación de su personalidad en la llamada fase anal de su proceso de maduración, uno de cuyos síntomas más usuales es la tacañería. El asunto se complica, caballero, y su salud mental, téngalo muy en cuenta, está en juego. Habrá que adoptar alguna medida terapéutica de choque, no queremos que la cosa vaya a peor, ¿verdad? Me veo entonces obligado, qué remedio, a subirle el precio de cada sesión para empezar a combatir esa inclinación a la tacañería y la fijación anal que revela. No se asuste, no se asuste, confíe en que poco a poco iremos solucionando sus problemas. ¡Está usted en buenas manos! ¿Le parece bien, entonces, el próximo miércoles a esta misma hora?


Disculpen los amantes del psicoanálisis la ridiculización. Que conste que el señor Freud merece todos mis respetos. Esto sólo ha sido un pequeño divertimento. ¡Que últimamente ando demasiado seria! :)

jueves, 12 de junio de 2008

Necesitamos los huevos


Por paradójico que resulte, hay comedias que pueden acabar por helarnos la sonrisa en los labios. Comedias cuyo auténtico propósito estriba en exponernos, bajo el formato más digerible del humor, a una verdad amarga sobre la debilidad y la consecuente inclinación al error de nuestra condición humana. Comedias, en definitiva, cuya hilaridad sólo semeja destinada a dulcificar una visión en extremo negativa de nuestras posibilidades de esquivar el fracaso y la infelicidad.

Éste es, a mi juicio, el caso de Annie Hall (1977), una de las comedias del genial Woody Allen en las que con mayor pesimismo se retratan las relaciones de pareja. Porque si de algo quiere hablarnos Annie Hall es, básicamente, de nuestra común incompetencia en la búsqueda del amor, de nuestra habitual torpeza en el terreno de los afectos allí donde las distancias más se acortan. Y, ante todo, de la falta de lucidez que se deriva de nuestra permanente tendencia a ahogar cualquier posible voluntad de amar en la acuciante necesidad de ser amado.

Alvy Singer (el propio Allen) es un cómico de rasgos neuróticos marcado por su incapacidad para disfrutar de la vida y su obsesión por la muerte. Para Alvy, el mundo se divide en dos clases de individuos: los "horribles", que son los enfermos terminales, los mutilados, los discapacitados... y los "miserables", todos los que no pertenecen al primer grupo y deberían además alegrarse por ello. Carga con dos fracasos matrimoniales sobre sus espaldas y tras quince años de terapia psicoanalítica sigue preso de sus eternos conflictos.


La película empieza con un monólogo en el que Alvy dice estar enamorado de Annie Hall (Diane Keaton) y se lamenta por su pérdida. A partir de ese momento, asistimos a un relato desordenado de su relación, una relación que, pese a las palabras de Alvy, se muestra dominada desde sus inicios por las discrepancias y desencuentros entre ellos. Es Annie, una mujer alegre, impetuosa y un tanto extravagante la que, tal vez movida por una mezcla de curiosidad y admiración o simplemente por mera soledad, se aproxima a Alvy. Éste parece sentirse atraído por su vitalidad, tan opuesta a su pesimismo, pero también es obvio que le irritan su falta de formación intelectual y sus maneras pueblerinas. Erigido en una suerte de pigmalion, Alvy tratará entonces de acercarla a sus propios intereses, de moldearla para convertirla en la compañera de sus obsesiones e inquietudes. Consciente de sus carencias y víctima de una cierta inseguridad ante Alvy, Annie se matricula en la universidad, accede a compartir la afición de Alvy por el cine de Bergman y por aburridos documentales históricos de duración abusiva, e incluso acude, incitada por él, a una psicoanalista.


No obstante, cada uno de los pasos que Alvy emprende para introducirla en su particular mundo supondrán el comienzo de un progresivo alejamiento de Annie. Su recién despertada curiosidad se proyecta hacia lugares radicalmente dispares a los habitados por Alvy. Sus diferentes caracteres y motivaciones se hacen día a día más palpables. Mientras Alvy continúa enclaustrado en sus obsesiones y su visión torturada de la existencia, ante Annie se abre un nuevo abanico de posibilidades no contempladas hasta entonces por ella. Al tiempo, en este proceso Annie va ganando poco a poco en autoconfianza y seguridad en sí misma, y no tardará en ver a Alvy como un obstáculo para sus nuevas inquietudes.

Llegado cierto punto, ambos se descubren plenamente conscientes de que las diferencias entre ellos son demasiado grandes como para que la relación funcione. Pero la decisión de Annie de romper con él anula toda lucidez en Alvy, falto de otras perspectivas, y lo sume en la angustia y la desesperación de la pérdida. Alvy llegará a descubrir que Annie nunca se interesó realmente por compartir con él sus más íntimas preocupaciones, como revela la significativa confesión de Annie de que jamás leyó los libros que Alvy le regalara, en cuyos títulos siempre aparecía la palabra "muerte". Y, sin embargo, no por ello dudará en arrastrarse por el fango para tratar de recuperarla. Creo que huelga decir que, como suele suceder en las películas de Woody Allen, todos sus intentos serán en vano.


Un Alvy nostálgico tras un casual reencuentro con Annie, quizá fantaseando sobre lo que pudo ser y no fue, pero a la vez perfectamente conocedor de las razones que los separaron, abandona al espectador en medio de una calle de Manhattan con una última reflexión: "Y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: ‘Doctor, mi hermano está loco. Cree que es una gallina’. El doctor le contesta: "¿Y por qué no lo mete en un manicomio?". Y el tipo le dice: ‘Lo haría, pero necesito los huevos’. Pues eso es, más o menos, lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿saben? Son totalmente irracionales, y locas y absurdas, pero… supongo que continuamos manteniéndolas porque, la mayoría, necesitamos los huevos".

Cómico, sí. Pero también desolador, ¿no?

martes, 3 de junio de 2008

Juzgar


Llegó a mis manos hace unos días una entrevista, publicada meses atrás, a un antiguo misionero "convertido" a la antropología por los evuzok, una etnia africana del Camerún. Lluís Mallart cuenta en ella cómo siendo aún joven aterrizó entre estas gentes mal llamadas primitivas con la piadosa intención de convertirlos al cristianismo. Sin embargo, la convivencia con ellos acabó invirtiendo las tornas: hoy por hoy Mallart se considera hijo de los evuzok, según destaca en un libro editado recientemente cuyo título coincide con esta misma declaración.

Algunas historias conocía ya de oídas de antiguos antropólogos dedicados al trabajo de campo en recónditos lugares del planeta, cuya creciente empatía y fascinación por las tribus investigadas les había llevado incluso a practicar los mismos rituales mágicos que al principio observaban con mirada crítica y distanciada de entomólogo. Por eso, lo que más me llamó la atención de esta entrevista no fue tanto el relato sobre el abandono de las pretensiones evangelizadoras de este antiguo misionero para hermanarse con los evuzok, como las razones que aducía para justificar su transformación.

Dice Mallart que en el trato con ellos descubrió que "era un misionero con una inclinación hacia el otro, y que esa inclinación tenía un límite". Un límite que sitúa con contundencia en el "juzgar al otro". Pues, según explica Mallart, "si juzgas al otro, ya no le quieres otro, le quieres igual a ti. Y claro, el misionero juzga: le dice al otro que debe cambiar algo supuestamente malo por algo supuestamente bueno...". A la inevitable condena que supone ese juicio sobre el otro, Mallart prefirió indagar en ese otro, tratar de comprenderlo. Y por ello se vió, casi sin quererlo, convertido en antropólogo.

No han dejado desde entonces estas palabras de dar vueltas en mi cabeza. Entiendo que por una razón obvia: su aplicación sobrepasa ampliamente la experiencia concreta de quien se enfrenta a grupos humanos radicalmente dispares a los de la cultura a la que uno pertenece. Porque aquí todos somos otros de otros, otros embarcados en la aventura de convivir, compartir, amar, respetar o simplemente tolerar a esos otros. Aquí todos nos hallarmos inclinados sin remedio hacia el otro, sin el cual nada seríamos. Y sin embargo es posible que, en esa inevitable inclinación hacia el otro, no nos detengamos lo suficiente a pensar sobre sus límites. O que, si tratamos de pensarlos, no sepamos distinguir con claridad dónde se encuentran.

Me pregunto si es verdad que juzgar a otro implica realmente no quererlo ya otro. Pienso entonces en lo que sucede cuando nos juzgamos a nosotros mismos. "Esto lo he hecho mal", nos decimos, "no debería haber actuado así". Vemos en nosotros a un yo indeseable, ése que ha actuado mal, un yo que no queremos o querríamos ser porque se desdice del yo que sí queremos ser, o de la imagen ideal que de nosotros mismos nos hemos forjado. Pretendemos así, al juzgarnos, dejar de ser, rechazar a ese yo indeseable, dañino o estúpido, a ese "otro" de nuestra imagen ideal, para ser iguales al yo que aspiramos a ser.

Algo análogo diría que sucede cuando juzgamos a otro. "Esto lo has hecho mal", le decimos, "no deberías haber actuado así". ¿Y cómo es así? Del modo en que nosotros creemos que debería haber actuado, del modo en que nosotros mismos en su situación, pensamos, habríamos actuado. Pretendemos así, al juzgarle, que rechace lo que le diferencia de nosotros, que deje de ser ese "otro" que es con respecto a lo que somos para hacerlo igual a nosotros mismos. Como dice Mallart, en efecto, al juzgarle no lo aceptamos como otro, sino que lo queremos igual a nosotros. El juicio al otro pasa por el intento de asimilar al otro, por la aspiración a transformarlo en un fiel reflejo de nosotros mismos en el que espejearnos sin mancha ni distorsión alguna.

¿Con qué derecho?, imagino que se preguntaría Mallart ante los evuzok. ¿Con qué legitimidad?, deberíamos tal vez preguntarnos nosotros cada vez que, al juzgar, imponemos al otro nuestro propio yo negándole su ser otro. ¿Tanto nos cuesta entender, aceptar, tolerar que el otro es simplemente otro?

Me temo que sí. Nos manejamos mal con la diferencia, sobre todo con la del otro más cercano, a quien más deseamos ofrecer de nosotros mismos. Quizás porque esa diferencia nos cuestiona en nuestras elecciones, o en la falta de ellas, para mostrarnos todo aquello que queda más allá del círculo sobre el que cada día tratamos de ir cerrando celosamente nuestra identidad. Quizás porque nos asustan las posibilidades de ser otro que habitan en nosotros mismos. Quizás por éstas y mil razones más que no sabemos ni tan siquiera discernir.

Abramos ese círculo. Suspendamos tanto como sea posible el juicio sobre el otro. También sobre el otro que asoma en el centro mismo de lo que creemos o queremos ser.