
¿Alguien descendería a los infiernos si no fuera, en el fondo, para encontrar una respuesta? Tal vez la respuesta a una pregunta que ni siquiera era capaz de traducir en palabras antes de ese descenso. Quizás una respuesta a un interrogante que probablemente latía en lo más hondo de los entresijos de su conciencia, pero que ha necesitado de ese largo y penoso recorrido para formularse con claridad en su mente. O tal vez, incluso, una respuesta a una pregunta sólo identificable en el momento mismo de verse respondida.
Ésta es la respuesta que, en la genial película de Francis Ford Coppola "Apocalipsis now", el capitán Willard (Martin Sheen) encuentra al término de su particular bajada a los infiernos, escenificados allí en la jungla más profunda y siniestra de un vietnam asolado por la guerra, el napalm y el horror. Se la da el Coronel Kurtz (Marlon Brando), quien, erigido en dueño y señor de esa jungla infernal, la ha convertido en una orgía salvaje de violencia, sangre y miembros cercenados:
"He visto horrores, horrores que tú has visto. Pero no tienes derecho a llamarme asesino. Tienes derecho a matarme. Tienes derecho a hacerlo. Pero no tienes ningún derecho a juzgarme.
Es imposible describir con palabras lo que esto significa para los que no saben qué es el horror. Horror. El horror tiene cara. Y uno debe familiarizarse con él. El horror, y el terror moral, son tus amigos. De lo contrario, se convierten en enemigos espantosos. En enemigos de verdad.
Me acuerdo cuando estaba en la fuerza especial. Parece que han pasado mil siglos. Fuimos a un campamento a vacunar a unos niños. Dejamos el campamento después de vacunarlos a todos contra la polio. Un viejo vino tras nosotros, llorando, sin decir nada. Volvimos atrás. Ellos habían vuelto y cortado los brazos vacunados. Allí había una enorme pila de pequeños brazos. Y recuerdo también que yo, yo, lloré como un niño. Sí, como un niño. Quería arrancarme los dientes. No sé lo que quería hacer. Y me esfuerzo por recordarlo. No quiero olvidarlo nunca. No quiero olvidar.
En ese momento vi claro, como si me hubieran disparado con un diamante, con una bala de diamante en la frente. Y pensé: ¡Dios mío, qué genialidad! El genio, la voluntad de hacer eso. Perfecto, genuino, cristalino, completo, puro. Y entonces me di cuenta de que ellos eran más fuertes porque lo soportaban. No eran monstruos, eran hombres, cuadros entrenados. Estos hombres, que luchan con corazón, que tienen familia, hijos, que están llenos de amor, que han tenido la fuerza, ¡la fuerza!, de hacer eso. Si contara con diez divisiones de esos hombres, nuestros problemas quedarían resueltos en el acto. Se precisan hombres con moral, y que al mismo tiempo sepan utilizar sus instintos primordiales para matar. Sin sentimientos, sin pasión. Sin juicio, sin ningún juicio. Porque es el juicio lo que nos derrota"
No es ésta, desde luego, la respuesta de un hombre que ha perdido el juicio, tal y como presupone el ejército norteamericano para justificar el asesinato del Coronel Kurtz a manos de Willard. Es más bien la respuesta de quien, según él mismo declara, ha decidido apartar de un golpe toda voluntad de juzgar en pos de un único fin: dominar el horror para dejar de ser dominado por él; transformarlo en su aliado si no otra cosa cabe hacer con él para que no resulte un espantoso enemigo.
Porque el horror son, en su recuerdo, aquellos bracitos cortados formando una gran pila. En las lágrimas que como un niño derrama se evidencia el signo palmario de su debilidad, de su terror, de su impotencia frente al alud de sentimientos de pánico, de ira, de aversión y repugnancia que desata el horror. Lágrimas, en definitiva, de reconocimiento del dominio que el horror ejerce sobre él. Pero es el contacto con el horror de este supremo acto de crueldad lo que, como una revelación, como esa bala de diamante que estuviera penetrando su frente, le lleva a descubrir la verdad que a partir de ese momento regirá el curso de su existencia: la única manera de sobreponerse al horror es tomar posesión de él y convertirse en su maestro de ceremonias. Mirar de frente su rostro y atreverse a provocarlo, a conjurarlo, a encarnarlo, haciendo brotar de uno mismo aquella fuerza, ¡la fuerza!, que ha permitido a los soldados vietnamitas vencer todos los sentimientos de compasión, de piedad, de empatía con el otro que pudieran despertarles los niños vacunados y ser capaces de mutilar, uno a uno, sus pequeños bracitos.
Por ello Kurtz convertirá su territorio en un grotesco y terrorífico santuario de cadáveres, de cabezas cortadas, de los restos de sus crímenes, así como de los cometidos bajo su imperio, perpetrados con el objetivo de alcanzar, ante sí mismo y ante los demás, el poder que emana de la posibilidad de manejar y controlar el horror a su antojo. Por ello Kurtz no dudará en arrojar a la celda de Willard, terrible en su impasibilidad, la cabeza aún caliente de uno de los miembros de su tripulación. Pero también por ello mismo Kurtz, movido por el deseo de enfrentarse al miedo y horror últimos que escapan a todo dominio, los que provienen de su propia muerte violenta, dejará que el machete del capitán Willard acabe con su vida.
Hace poco, recordando esta magistral escena de la película de Coppola, me asaltó la pregunta sobre si no es ese mismo dominio del horror, en un plano radicalmente distinto pero en esencia idéntico, lo que perseguimos con nuestra imaginación cuando queremos ver la fotografía en los periódicos de un rostro horriblemente desfigurado por una extraña enfermedad o un terrible acto de sadismo. Cuando buscamos exponer nuestras pupilas a la imagen de los cuerpos brutalmente mutilados en una matanza o un accidente. Cuando leemos la noticia de un crimen siniestro y nos sentimos impulsados a conocer los más escabrosos detalles. Cuando ante una sangrienta y cruel escena de violencia cinematográfica nos cubrimos horrorizados los ojos y aun así no podemos evitar entreabrir los dedos para seguir mirando. Si no es, en el fondo, esa curiosidad llamada morbosa el modo en que tratamos de dominar el horror que nos produce la idea de nuestra constante condición de posibles víctimas de horrores semejantes mientras estemos vivos. Si no pretendemos en esos momentos, como dice el Coronel Kurtz, familiarizarnos un poco con el horror para aplacar el pánico que su mera hipótesis nos produce recreando en nosotros mismos lo que supondría sentirlo, sufrirlo o ser aniquilados por él.
Sin sentimientos, sin pasión, el horror tiende a desaparecer, tanto para quien lo sufre como para quien lo propaga. De ahí que aquella princesa reclamara que nadie de los que entraran en su palacio tuviera corazón:












