viernes, 18 de mayo de 2007

Gente


Somos la multitud anónima que cada día sale a tu paso. Ahí estamos, por todas partes. Rozándote en el vagón de metro, a tu lado en el semáforo, tras de ti en la cola del cine. La multitud a la que percibes como hostil o amable, cuya visión puede agredirte o enternecerte, irritarte o divertirte. Aunque a veces detestas nuestra cercanía, otras la agradeces. Y si te enfurruñas cuando tropiezas con nosotros, también nos echas de menos la mañana desierta del domingo.

Somos, como él decía, el paisaje impenetrable y a la vez invisible de la historia singular que tú protagonizas. La indefinida e indefinible pieza móvil del escenario que enmarca tu vagar por el mundo. Una extensión de rostros sin apenas rasgos, de trazos difuminados, que sólo circunstancial y brevemente se perfilarán para luego volver a emborronarse. Una masa informe de unidades sin identidad. Una superficie lisa sin fondo ni profundidad aparentes de la que, cuando la tiranía de tus pensamientos lo permite, te llegan retazos de voz, fragmentos de conciencia e interioridad sin nombre ni dueño.

No te esfuerces en distinguirnos, en singularizarnos, en recordarnos. Sabes que es imposible. Nuestro número es incalculable, y no sólo porque nos defina el movimiento, el continuo cambio. Sería como querer contar las gotas de agua que hay en un río, las hojas amarillas que cada otoño caen de los árboles.

Somos para ti ese derroche de humanidad en el fondo incomprensible que siempre te dejará perpleja por más que los años vuelvan trivial nuestra incuestionable presencia. Porque somos tantos. Tantos. Y ese tantos sin por qué ni para qué discernibles minimiza, hasta el punto de tornar ridícula, tu propia existencia, tan insignificante como la de una sola de esas gotas de agua dentro del río, como la de la hoja caída que recoges y guardas en tu bolsillo. Si entre nosotros aún se ocultan los que algún día habrán de recortarse poco a poco sobre los demás para acompañarte en algún tramo de tu camino, sospechas que todo será fruto del azar, de la casualidad, de un desafío a la ley de la improbabilidad. Porque entre tantos nadie puede ser insustituible. Aunque tu corazón querrá apostar entonces por lo contrario y se empeñará en apelar a la necesidad y al destino, arremetiendo contra la idea de la contingencia, tan racional, tan lógica.

Tal vez por ello la curiosidad te lleva a menudo a cruzar tu mirada con la nuestra, pese a que no se te escapa que ese cruce será casi siempre único e irrepetible. Si alguna vez no lo es, volverá a suceder como si lo fuera, pues nuestras memorias son igualmente frágiles. Por un instante te aventuras en nuestros ojos, y nosotros en los tuyos. Por un instante cobramos realidad mutua y nos reconocemos de pupila a pupila. Eres consciente de que tras ellas se inventa una vida, un trayecto que dirige los pasos que ahora se han encontrado con los tuyos. Otra historia más de nacimiento, amor incierto y miedo a una muerte segura en lo esencial idéntica a la que ti te pertenece, también en lo esencial insalvablemente diferente. Porque no dudas de que en cada uno de nosotros se alberga una sonrisa, un recuerdo, un palpitar, que podrían ser exactamente tuyos. Pero cuando tratas de imaginar esa infinidad de puntos de mira, por principio tan irremplazables e irreductibles como el que tú misma habitas, vuelves a sentir el vértigo de lo inabarcable, de lo que no se deja realmente imaginar. Y entonces apartas la mirada, que siempre adivinaste insostenible. Es pura cuestión de economía. Simplemente no hay tiempo. Simplemente. Ni energías. Ni tan siquiera ganas. Y por ello tanto tú como nosotros pasamos de largo.

Pero hoy somos los que, constituidos en un nosotros imposible, aunamos nuestras voces en tu cabeza para recordarte que también tú eres, básicamente, escenario y paisaje de nuestra vida. Y está bien así. No puede ser de otra manera.


"Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona esté viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, de desventaja materializada. (...) Lo que parece haber de desprecio entre hombre y hombre, de indiferente que permite que se mate gente sin que se sienta que se mata, como entre los asesinos, o sin que se piense que se está matando, como entre los soldados, es que nadie presta la debida atención al hecho, parece que abstruso, de que los demás también son almas".

Libro del desasosiego (135), Fernando Pessoa

14 comentarios:

El Can dijo...

¡Ahúpa, Antígona, magnífico pedazo de texto!

AnA dijo...

Admitamos que existimos y el roce será auténtico.
Me encanta tocar tu texto.
Besos !
p.s. precioso de veras

NoSurrender dijo...

Es sobrecogedor tomar conciencia de todo ese paisaje de muchedumbre habla sin parar dentro de su cabeza, al igual que hacemos nosotros. Es un ruido cósmico de ideas, problemas, recuerdos. ¿Has visto El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders? Me recuerda la secuencia del ángel en el metro:

http://www.youtube.com/watch?v=umx-za9GgWk

Un beso y buen día, Antígona.

juan rafael dijo...

Somos multitud.

Antígona dijo...

Caray, cuánto entusiasmo, El can, que me vas a sacar los colores... :-)

Gracias por tu visita y bienvenido por estos lares.

Un beso.

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Ana, voto a favor de los roces auténticos, así que, por mi parte, admitido! :-)

Te doy permiso para que lo toques cuanto quieras, pero con cariño ;-)

Un beso.

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Creo, NoSurrender, que en lo más trivial se esconden muchas cosas sobrecogedoras, aunque por lo general no seamos capaces de darnos cuenta, o no nos detengamos a pensarlas.

Me gusta la película de Wenders, la idea de esos ángeles que se pasean entre los humanos tratando de insuflarles un poco aliento, apiadándose de su sufrimiento. Gracias por la referencia. Esa escena es estupenda.

Un beso y buen día también.

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Juan Rafael, sí, somos multitud, pero ¿cada uno de nosotros en sí mismo o todos juntos? :-)

Un beso.

Duschgel dijo...

Parece mentira que el continente del alma, del ser, que es el cuerpo, pueda establecer un muro a veces tan grueso que nos impida ver que todos somos yo, como ente individual y como multitud conjunta. Y, a pesar de que, en el fondo, nuestra base es la misma, no nos sirve la experiencia ajena, sino sólo la propia. Y todos nos enamoraremos, nos desenamoraremos, nos alegraremos, nos decepcionaremos, nos desengañaremos, nos equivocaremos y haremos todo millones de veces dentro de cada continente que nos encierra y generación tras generación sin dejar ese pleno convencimiento de que yo soy yo, único, irrepetible, y de que lo que yo siento nadie más que yo lo siente. Y en cierto modo es verdad por todas las variables que intervienen en cada uno de nosotros. Pero también es mentira, porque somos como espejos que se reflejan eternamente.

Un texto magnífico, sin duda alguna, ¡puedes ponerte todo lo colorada que quieras!

Un beso muy grande que toma forma tridimensional entre la multitud.

Anónimo dijo...

Has escrito un texto excelente, Antígona. Enhorabuena. Recuerdo algún libro de Laín Entralgo con ideas parecidas pero expuestas de una manera más aburrida, menos original que la tuya. Un beso grande, Juanjo

Antígona dijo...

Veo que también le has dado tus vueltas a esta cuestión, eh, Dusch? :-) Pero es que supongo que las merece. Como dices, por una parte nos sabemos encerrados en nuestra propia individualidad, en nuestra conciencia o en nuestro cuerpo, y la experiencia que cada cual tiene es siempre única e intransferible, y sólo precariamente comunicable. Y por otra, claro, ¿cómo no reconocer que en el fondo todos pasamos por los mismos procesos, vivimos emociones similares, sentimos de manera semejante? Es como si aquello que nos une a los demás fuera precisamente lo que nos separa de ellos y viceversa. Algo nada fácil de entender.

Me ha gustado la idea del espejo que mencionas, me parece muy gráfica.

Y me apunto lo del beso tridimensional. Te mando otro bien gordo que intentaré hacer tridimensional igualmente ;-)

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Gracias por tus palabras, Juanjo. No me extraña de todos modos que sea un tema ampliamente tratado, por lo complejo y lo muy de cerca que nos toca a cada cual.

Un gran beso.

Tako dijo...

Proyectar este texto en un lunes en el que ves que todos, más que llegar se arrastran, tiene su gracia.

Lo mejor de la gente es que la forman almas, sin duda.

Un gran beso.

Esceptico dijo...

Excelente, Antígona. Realmente excelente.

¿Has leído "Masa y poder" de Elías Canetti?

Un cordial saludo,

Joan.

Marc dijo...

Considerados en un conjunto, o como un grupo amplio, cada uno de nosotros como individualidad somos poca cosa, un elemento más, prescindible y fácilmente sustituible en la mayoría de los casos. Pero esto mismo visto a una escala más pequeña cambia por completo. En nuestro pequeño mundo circundante somos importantes, necesarios e insustituibles. Como hoy tu post.

Un beso, Antígona

Antígona dijo...

Arratrarse los lunes, Tako, es de verdad un rasgo que muchos tenemos en común :-)

En lo de las almas, sólo puedo darte la razón. Es el presupuesto mínimo que no podemos dejar de hacer.

Un beso y buen lunes.

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Gracias, escéptico Joan. El libro de Canetti lo conozco muy de refilón. Pero sé que es un buen texto. Queda pendiente su lectura.

Bienvenido a esta casa y un beso.

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Me parece muy buena tu aportación, Marc, es cierto que, en gran medida, se trata de una cuestión de perspectiva, de escala. Lo difícil es tal vez cómo hacerlas convivir teóricamente. Pero en el día a día, creo que todos sabemos perfectamente cuál es la que más nos importa.

Un beso.

Déjà vie dijo...

sabes? tienes el don de expressar lo inexplicable y d hacer sentir lo abstracto de tal manera q cada dia me dejar boquiabierta sin saber q poner en el comentario mas q: joder! ;)

Antígona dijo...

Bueno, Déjà, lo importante es que te suscite cosas. Me has hecho ya feliz con lo que has dicho :-) Así que si te vuelve a pasar, basta con que como todo comentario pongas: "Joder!", que yo ya te entenderé perfectamente. Y sin calentarse más la cabeza ;-)

¡Besazos, guapa!