jueves 15 de mayo de 2008

Cultura del miedo


En 1943 Abraham Maslow planteó una teoría sobre la motivación que estructuraba jerárquicamente las necesidades humanas en una pirámide de cinco niveles. Según Maslow, tal organización jerárquica pretendía reflejar el hecho de que sólo una vez satisfecho el primer nivel cabía percibir y focalizar la atención sobre la satisfacción del segundo, y así sucesivamente hasta llegar al último, en el que no sin cierto debate situó la búsqueda de sentido y la felicidad a través de la autorrealización personal como estado nunca plenamente alcanzado y por ello motor inagotable de la vida humana. Pero para llegar a este último y más elevado estadio otros cuatro debían ser antes satisfechos.

En el segundo nivel, y únicamente por detrás de la satisfacción de las necesidades fisiológicas básicas -respirar, beber, dormir, comer- y por delante tanto de las sociales -afecto, amistad, amor- como de las de autoestima o reconocimiento, se hallarían para Maslow la necesidades de seguridad, entendida en primer término como seguridad física y derivadamente de recursos e ingresos. Es decir, que según esta teoría, es preciso que nos sintamos seguros para que pueda emerjar la motivación suficiente por satisfacer las necesidades de afecto, reconocimiento y sentido en nuestras vidas. O, visto a la inversa: el sentimiento de inseguridad nos vuelve ciegos para la valoración y persecución de otros aspectos también fundamentales en nuestra existencia hasta no ser aliviado de una u otra manera.

No es de extrañar por ello que la oscarizada y a mi juicio genial película documental de Michael Moore "Bowling for Columbine" (2002) trate de responder a la pregunta acerca del porqué del elevado número de asesinatos por arma de fuego en Estados Unidos apelando, entre otros factores, a una "cultura del miedo" que impulsa a los norteamericanos a armarse hasta los dientes en busca de una seguridad que no sienten garantizada por los medios de seguridad del Estado. Porque los americanos tienen miedo. Así lo reflejan la Primera Enmienda, que da derecho a todo ciudano estadounidense a poseer armas e incluso en algunos Estados les obliga a ello; las múltiples y descabelladas medidas de seguridad que pueden encontrarse hasta en las casas de pequeñas y tranquilas comunidades; o las restricciones aplicadas en algunos colegios tras la masacre del instituto Columbine sobre la vestimenta del alumnado para evitar que lleven armas de fuego. Y, como señala el propio Moore en su película, una persona atemorizada con un arma en la mano puede convertirse en un animal muy peligroso.


El miedo que padecen los americanos es, para Michael Moore, un hábil producto de los medios de comunicación cuyos rendimientos benefician a muchos y muy diversos sectores. El miedo vende y llena los bolsillos de numerosas industrias, desde las dedicadas a la fabricación de dispositivos de protección doméstica hasta las grandes multinacionales de producción de misiles. El miedo es, según comenta Marilyn Manson en la entrevista que se le hace en la película, un eficaz incitador al consumo como mecanismo psicológico para olvidarlo. Además, una sociedad aterrorizada deviene mucho más controlable y manipulable si en aras de paliar sus miedos está dispuesta a renunciar a algunos de sus derechos civiles fundamentales, tales como el de la privacidad o la protección de datos.

Pero no es sólo el miedo a la delicuencia o al enemigo internacional el que atenaza a los americanos. De su cultura del miedo forma también parte esencial el miedo al fracaso característico de un sistema que carece de los mínimos servicios de asistencia social o sanitaria y deja al individuo abandonado a su propia suerte ante la desgracia. Un sistema en el que las diferencias entre ricos y pobres aumentan día a día y condena a los más desfavorecidos a la miseria y la frustración. Y ya se sabe que la frustración puede degenerar igualmente en agresividad y conductas violentas.

He visto varias veces "Bowling for Columbine" y cada vez que la veo de nuevo aún me gusta más. Y no sólo porque su ritmo trepidante y el genial sentido del humor de Michael Moore libre en todo momento al espectador del aburrimiento pese a la densidad del tema tratado y a los numerosos datos y estadísticas ofrecidos. Me gusta que Michael Moore intente afrontar la compleja cuestión de la violencia en la sociedad americana aludiendo a una multiplicidad de factores sin pretender agotar sus causas ni tampoco pontificar sobre él. Me gusta su irónica y contundente crítica al american way of life, así como su solidaridad con las víctimas que deja a su paso. Y, sobre todo, me gusta que en sus películas muestre que hay otra América radicalmente distinta a la imagen de los Estados Unidos que se ha impuesto en nuestras conciencias tras los numerosos desmanes y atropellos de sus últimos presidentes. Una América disconforme e insatisfecha con la idea del sueño americano, compuesta por personas que aspiran a cambiar la situación de su país a través de la reflexión y la denuncia.

No voy a dejar de reconocer que Michael Moore es un personaje polémico, a menudo tendente a la manipulación y la demagogia. Pero la enorme simpatía que ya sentía por él no ha hecho sino aumentar después de haber leído sus recientes declaraciones a favor de Obama, indignado por el juego sucio con que Hilary Clinton pretende desprestigiarlo por su filiación con el ya famoso reverendo Wright. Y es que resulta que a este mismo y ahora tan denostado reverendo acudió el matrimonio Clinton para solucionar sus problemas matrimoniales tras el escándalo Lewinsky. Sólo que, como dice Michael Moore, por más que él le grite que lo haga cuando lo ve en televisión, Obama nunca cometería la indecencia de arrojar este trapo sucio a la cara de los Clinton. Porque Obama también pertenece a esa otra América.

Lo confieso: si un buen día me cruzara por la calle con Michael Moore, caería rendida a sus pies y le pediría en matrimonio. Vale, exagero. Pero únicamente porque jamás he creído ni creeré en el matrimonio.

Y por hoy os dejo con esta peculiar y divertida historia de los Estados Unidos que aparece en "Bowling for Columbine". ¡No os la perdáis si queréis reíros un rato!


martes 6 de mayo de 2008

Sueño kafkiano con herida en el costado


Es de noche. Camino por una estrecha callejuela de una ciudad desconocida. Tiemblo de frío. La ventisca de nieve golpea mi rostro helado, apenas permitiéndome entreabrir los párpados, obligándome a caminar en la semiceguera de la oscuridad moteada de blanco. Mi caballo ha muerto. Duele en mi mejilla izquierda el reciente mordisco del cochero. Pero yo no soy Rosa. No sé quién soy.

Diviso al fondo una luz. Avanzo con dificultad hacia ella. Emerge del pequeño ventanuco de una fachada que adivino azul. Alzo los ojos. Sobre la puerta brilla el número 22. ¿Será mi casa? Me río quedamente ante el pensamiento de que uno nunca sabe las cosas que tiene en su propia casa. Por el ventanuco asoma de repente el rostro anguloso de un hombre joven, de pobladas cejas y orejas prominentes. Y grita: "¡Yo tengo no uno, sino dos caballos!" ¿No los oyes relinchar? Y en efecto, de un segundo ventanuco brotan las cabezas poderosas de dos caballos, que me miran, sin embargo, silenciosos, agitando levemente las crines.

Se abre la puerta y subo con fatiga las estrechas escaleras. Tengo que atender a un enfermo grave. Pero cuando alcanzo el primer piso sólo encuentro una habitación diminuta amueblada con una silla y un escritorio sobre el que se inclina el hombre de rostro anguloso. Ante él, dos folios en blanco. Sujeta una pluma y tan pronto la lleva sobre el folio situado a su izquierda como sobre el de su derecha, sin decidirse a escribir en ninguno de los dos. "Felice espera una carta mía. Pero el médico también me necesita. No sé a quién de los dos necesito yo más", dice volviéndose hacia mí.

Le pregunto por el médico. Tal vez sea yo el médico. "Ha llegado, como tú, en medio de la noche, de la ventisca, a la casa de un enfermo que le pide morir y a la vez ser salvado. Ha descubierto una gran herida floreciente en su costado. Pero el médico ya sabe que su herida, sin ser peligrosa, no tiene cura. Perecerá por su causa, sí, pero no antes que cualquiera. No antes que yo mismo, ni que tú. Sólo cuando le llegue su hora. Como todos". El hombre de rostro anguloso se inclina de nuevo sobre la mesa y entonces la veo. En su costado derecho, cerca de la cadera, se ha abierto una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con sus cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Aparto la vista con repugnancia de esa gran flor sanguinolienta cargada de muerte, cargada de vida. Miro por encima de su hombro. Son estas mismas palabras las que ahora manchan con tinta negra el papel de su izquierda. El de la derecha sigue en blanco. Felice esperará eternamente.

Todavía concentrado sobre el folio escrito el hombre de rostro anguloso dice como para sí: "El enfermo querría arrancarle los ojos al médico que no es capaz de aliviar su herida. Todos querríamos arrancarle los ojos. Al menos hasta que comprendamos que también esa herida late en su propio costado. Aunque a cada cual le duela en el suyo". Llevo mi mano a mi cadera derecha. Puedo notar, bajo la camisa, el agitarse inquieto de los pequeños gusanos. Duele. Con un dolor antiguo pero soportable. El dolor que llevo aprendiendo a soportar entre risas y lágrimas desde que mis pulmones se abrieron al mundo. El que habré de soportar hasta el día en que se cierren. Lo único que verdaderamente poseo. El hombre se vuelve por última vez hacia mí: "No voy a arrancarte los ojos. Tampoco te desnudaré ni te acostaré a mi lado. Pero debes irte. Bajo la ventana aguarda el carruaje con los caballos".

Cuando llego a la callejuela oigo a lo lejos el chirrido de unas ruedas que se alejan precipitadamente y el relinchar cada vez más distante de los caballos. La nieve amortigua el sonido de mis pasos errantes. Tiemblo de frío. También yo sé, como aquel médico rural, que nunca llegaré a casa. Mi mano se desliza sobre la flor agusanada de mi costado y siento palpitar su calor.


"Al dolor nace el hombre y ya hay riesgo de muerte en el nacer, decía el poema. Y también: Pero, ¿por qué alumbrar, por qué mantener vivo a quien, por nacer, es necesario consolar? Y también: Si la vida es desventura, ¿por qué continuamos soportándola?"

2666, Roberto Bolaño



viernes 25 de abril de 2008

Purgatorio


Queridas y queridos, queridos y queridas: mañana, cuando aún no haya salido el sol, me envían al purgatorio. Como lo oís. Se ve que he sido mala muy mala en los últimos tiempos y las altas esferas han decidido que, para que no me vea irremediablemente abocada al ardor de los fuegos infernales cuando me saquen definitivamente de este mundo, tengo que pasar unos cuantos días purgando los muchos pecados que he debido de acumular hasta ahora.

Supongo que piensan que si tengo ya la ocasión de comprobar cuánto grado de sufrimiento necesita la purificación de un alma tan manchada como la mía, tal vez comience ya a corregir mi conducta y así consiga librarme de la bajada directa a los infiernos que me espera de no hacerlo. O quizá la cuestión no sea tan grave. Simplemente se han encontrado ahora con una plaza vacante, y se han dicho: "Oye, mira, no vaya a ser que cuando le toque no le encontremos sitio y así, para entonces, ya tiene unos días de purgatorio cumplidos y luego hasta nos lo va a agradecer". Vete tú a saber. ¿No dicen que los designios divinos son inescrutables? Pues eso, yo escrutarlos, desde luego que no los escruto.

Bueno, la verdad es que no lo estoy contando como realmente ha sucedido. Mi purgatorio comenzó hace ya unos cuantos meses y, cómo no, algo tuve que ver en todo ello. Presionada por una serie de circunstancias, no fui capaz de decir que NO a algo a lo que siempre había sabido que tenía que decir que NO. Ya véis, con lo fácil que resulta pronunciar esta palabra: NO. Si hubiera tenido que pronunciar, por ejemplo, idiosincrásico, aún podría entenderse que se me hubiera trabado la lengua. Pero sólo tenía que decir que NO. Y no lo hice porque no supe cómo hacerlo. Para que luego digan que la ignorancia es sinónimo de felicidad. ¡Ja! Y como la hipotética existencia de una justicia universal parece siempre querer probarse en aquello de que los errores se pagan -mucho menos frecuentemente, hay que joderse, en la recompensa por los aciertos-, llevo pagando por este error, a un ritmo de intensidad creciente, durante bastante meses.

Mañana comienza el pago de la mayor parte de esa deuda, según el balance de errores y aciertos que todos llevamos en nuestras cuentas corrientes del banco divino, contraída por mi equivocación. Será la última estación de mi particular purgatorio, pero también la más dura. Puedo ya anticipar algunas de las torturas y tormentos que me esperan, y tiemblo ante su mera idea. Pero habrá que ser fuerte y resistir porque me han garantizado que tendrá un tiempo limitado. Ya lo dicen: Dios aprieta pero no ahoga. Aún no puedo imaginarme con qué secuelas, cicatrices, traumas o miembros de menos, pero en una semana me devolverán a casa.

Sería una grata sorpresa descubrir que también en este último tramo del purgatorio pueden vivirse momentos de disfrute. Que de cuando en cuando tus torturadores te ofrecen un vinito para aliviar los dolores y te hacen cosquillas para que te rías un rato. Quiero confiar en ello, agarrándome a eso que de pequeñitos nos contaban sobre la infinita bondad divina. Ojalá.

Pero aunque así fuera, ya sabéis: sed buenos mientras estoy ausente, no vaya a ser que os pase como a mí, y tomando ejemplo de mi experiencia, seguid ejercitándoos en el difícil arte de decir que NO a todo aquello a lo que la cabeza y el corazón saben y siempre han sabido que hay decir que NO. Que todo SÍ equivocado no es más que una cesión gratuita a la muerte en lugar de una afirmación a la vida. Yo, desde luego, volveré si sobrevivo con la lección bien aprendida. O eso espero.

Y deseadme muchos ánimos y fuerzas, que las voy a necesitar.

¡Miles de besos para todos y todas y hasta mi vuelta!


sábado 19 de abril de 2008

Celebrar


Un íntimo convencimiento de que el misterio de la sustancia del tiempo elude a su paso por nuestro más esencial interior el recuento de soles y lunas, la voluntad al servicio del orden y la memoria, te mueve a renegar de la celebración impuesta al compás de las hojas de tu propio calendario.

Dices que la coerción de la repetición ritual a fecha fija se compadece mal con la anarquía que rige el fluir de los estados de ánimo. Que el caer de los números sobre tu cabeza se encuentra a menudo con el corazón ocupado en más urgentes menesteres, indispuesto para la alegría obligada, para la emoción compartida, para la solemnidad requerida.
No es extraño, piensas, que el convenido soplar de las velas nos halle en ocasiones sin aliento. Tampoco que la peregrinación a la tierra sagrada se exija cuando en discordante y odiosa injusticia impera el letargo sobre la sinceridad del dolor y la añoranza vivamente sentidos pero a destiempo de la reiteración regular de los días. O que la simbólica renovación de los votos de unión sobrevenga en la semiconsciencia asustada del desacierto, en el temido anuncio del declive, en presencia de una infelicidad esquivada que sume en el tormento de la duda y fuerza a la hipocresía encubierta.

Crees entender la ancestral necesidad de marcar hitos, de proporcionar muletas a la memoria para esa narración sobre la que constantemente nos construimos y reconstruimos, perfilando en sonidos y trazos el significado de la historia que nos cuenta. Pero desconfías de la posibilidad de instaurar comienzos. El propio nacimiento no es sino un acontecimiento de otros si tu mismo despertar a la vida te rehúsa la condición de testigo capaz de rememoración. La unión de dos se asienta sobre una marea confusa de cruces, de percepciones, de fuerzas, que no resiste la demarcación de un origen ni la constatación devenida del acto que aspira a inventarlo. Y hasta la muerte puede carecer de un principio definido que sobrepase la última exhalación y el definitivo desmadejarse de los miembros.

Ante todo, proclamas para ti que la celebración de lo más grande y hermoso debe ser continua, ceremonia perpetua que fragüe la materia huidiza de cada instante.

Y sin embargo, hoy una vaga intuición te impulsa a detenerte en el calendario, a retroceder en busca de las huellas que adivinas depositadas sobre esta misma fecha. A reconocer algo semejante a un comienzo en un tímido movimiento de apertura, allí necesariamente ciego para el mundo que después levantaría, cuyas dimensiones siguen ensanchándose, cada vez más luminosas, sobre un horizonte que quiere perderse en la lejanía.

La palabra celebración toma entonces posesión del silencio de tu lengua y desgranas entre tus dedos los diversos sentidos que dicta la fría objetividad del diccionario, templándolos con su calor, espejeándote con intensidad en todos ellos. Porque celebrar significa hoy entregarse a la acogedora recreación del recuerdo que conmemora y revive la voz muda cargada de promesas, no sabidas y sólo ahora legibles, en medio del canto de las sirenas. Festejar al son de campanas en tus oídos la siempre frágil intervención del azar, lentamente transformado en dichosa fortuna. Celebrar son hoy las manos que se arrancan sin moverse a aplaudir con entusiasmo cada uno de los pasos que, desde aquel día pretérito, han trazado el curso del río que desemboca en este presente. Venerar, una vez más, mil veces más, el espacio sagrado que crece imparable sobre el germinar de aquella pequeña semilla.

No se precisan velas, ni cirios, ni copas, ni tan siquiera abrazos para la celebración a la que hoy te pliegas. Basta el entrechocar de las gotas de sangre en tu corazón danzante, que se regocija de estar vivo, tan abrumadoramente vivo. Basta la certeza de que la celebración aún será mayor mañana.


lunes 14 de abril de 2008

Hermenéutica II: Publicidad


Lo dije ya en una ocasión pero no me importa repetirlo: quien aquí firma como Antígona se quiere antes persona que mujer, y pese a reconocerme profundamente en deuda con los movimientos feministas que han hecho posible que hoy por hoy pueda decir esto, no dejo de discrepar con aquellas tendencias que en la actualidad, en nombre del feminismo, parecen antes interesadas en promover una guerra entre sexos, de todo punto indeseable tanto para hombres como para mujeres, que en proseguir la lucha legítima por la igualdad de oportunidades de éstas en relación a aquellos.


Sin embargo, de lo que no me cabe la menor duda es de que a esta lucha, iniciada hace poco más de un siglo, aún le queda mucho camino por recorrer. Creo que resulta más que obvio que la igualdad de oportunidades no podrá ser una realidad efectiva sin una progresiva disolución -afortunadamente ya puesta en marcha en la mayor parte de los países occidentales- de las diferentes funciones sociales atribuidas durante milenios a las condiciones femenina y masculina, y sin la radical transformación que debe acompañarla de los distintos parámetros valorativos históricamente aplicados sobre ambos sexos. Pero hay quien no vacila, con el fin de obtener un beneficio económico, en utilizar y fomentar algunas de esas valoraciones tradicionalmente ligadas a la condición femenina que, además de situarla en una posición de desigualdad con respecto al varón, siguen haciendo depender su valía de atributos conducentes a su cosificación.

Me refiero, en concreto, a la conocida empresa automovilísta Renault, que en la feria de coches usados de Bogotá de 2006 se anunciaba con el siguiente cartel publicitario:



El mensaje de Renault es claro: sus coches usados son aún tan atractivos y apetecibles para el potencial usuario como la modelo de la fotografía, quien pese a tener ya cuarenta años y haber pasado por dos divorcios, sigue mostrando unos incuestionables -y a mi entender nada realistas, teniendo en cuenta la existencia del photoshop y de los trucajes fotográficos; pero ya sabe, la publicidad juega al arte del engaño- encantos físicos.

De denigrante cabría calificar ya la comparación establecida entre una mujer y un objeto de fines fundamentalmente utilitarios sujeto a compra-venta. Pero aún más insultante me parece la identificación que se desprende de este anuncio: una mujer de cuarenta años, con dos divorcios a sus espaldas, es una mujer "usada" que, no obstante, todavía conserva un valor de uso rescatable. Porque, más allá de abundar en la idea tradicional de que el valor de una mujer reside básicamente en su apariencia física y en el atractivo sexual derivado de ella -invariablemente sometido a la tiranía del tiempo, aunque gracias a los avances de la cosmética y la cirugía y, en este caso, del photoshop, cada vez más perdurable-, que Paula Hernández sea una mujer "usada" y aún así deseable es una apreciación que sólo puede apoyarse sobre un prejuicio marcadamente diferenciador y en absoluto asignable a la condición masculina: el que asocia ese mismo valor femenino a la virginidad, desprestigiando ante la mirada masculina a la mujer que ha pasado por las manos de algún otro hombre.

Encontré este cartel en un blog, que lo enjuiciaba como "de muy mal gusto", a través de un portal de noticias. Lo sorprendente es que muchos de sus comentaristas no sólo disentían de esta opinión, sino que lo consideraban gracioso o divertido y se entretenían en ahondar en la comparación planteada en él aludiendo a la similitud entre "montar en un coche" y "montar a una mujer".

Sólo me consuela pensar que este anuncio jamás hubiera sido tolerado en un país europeo. Parece que en algo hemos avanzado.


domingo 6 de abril de 2008

Saraband o la miseria humana


A Troyana y Juan Cosaco. Ellos saben por qué.

Muchas son las películas cuya elaboración parece destinada a golpear con fuerza el estómago del espectador y derrumbar la mirada amable que, con cierta complacencia, tendemos a proyectar sobre nosotros mismos y nuestras relaciones con los otros. Pero siempre que se me plantea la pregunta acerca de cuál sería la película que en los últimos tiempos me ha hecho sentir ese golpe con mayor crudeza, en mi cabeza se impone claramente un título y un nombre: Saraband, de Ingmar Bergman. Si el cine de Bergman se ha caracterizado por la maestría con que es capaz de analizar, fría y descarnadamente, los complicados entresijos de las relaciones humanas, su última película, rodada en 2003, constituye a mi juicio la visión más amarga y demoledora de tales relaciones que el genial director haya arrojado a lo largo de toda su trayectoria. Saraband es un perfecto y complejo retrato de la miseria, la debilidad y el egoísmo, proyectados sin clemencia sobre las raíces de los afectos en apariencia más nobles. Saraband es un último legado que conmueve hasta sus cimientos la idea del posible triunfo del amor y la generosidad sobre la sordidez y voracidad de nuestras propias carencias en la necesidad de ser amados.

Sus protagonistas son Johan (Erland Josephson) y Marianne (Liv Ullmann), la pareja a cuyo fracaso matrimonial asistismos en Secretos de un matrimonio (1973). Como se refleja en la última escena de este film previo, Johan y Marianne han logrado que su mutuo afecto sobreviva a una ruptura cargada de odio y rencor. En Saraband, treinta años después de su último encuentro, Marianne siente el impulso, de origen no del todo transparente a sus ojos, de visitar de nuevo a Johan. Éste vive ahora en una vieja casa en medio del bosque, dedicado a sus actividades intelectuales y prácticamente aislado del contacto con sus semejantes con excepción de su hijo Henrik, fruto de un matrimonio anterior, y su nieta Karin, alojados en una cabaña próxima de su propiedad.

Al poco de llegar, Marianne se percatará de que la vida de estos tres personajes se encuentra dominada por una poderosa figura cuya ausencia física sólo parece dotarla de un influjo aún mayor sobre ellos: Anna, la mujer de Henrik y madre de Karin, víctima de un cáncer un par de años atrás. Anna sobrevive tenazmente a su muerte en la memoria de Johan, Henrik y Karin, y su recuerdo, de continuo reforzado en la película por una única y hermosa fotografía de su rostro que es mostrada en momentos muy significativos de diversas escenas, determina claramente el curso actual de sus vidas. Anna es descrita como una persona profundamente amorosa, intensamente entregada a dar amor. Pero, como Marianne irá descubriendo, su amor, y el enorme vacío que ha dejado tras su desaparición, sólo ha servido para avivar lo más perverso y ruin de la naturaleza de aquellos a quienes amó.

Anna encarna así la representación de un amor que, lejos de haber enriquecido y fortalecido a quienes lo recibieron, los ha transformado en seres débiles, pueriles y egoístas. Johan se nos revela como un hombre extremadamente narcisista y egocéntrico. Secretamente enamorado de Anna, ha vivido sus últimos años amargado por los celos que alberga hacia su hijo, tras la muerte de Anna degenerados en un intenso odio y desprecio que no dudará en manifestar abiertamente tanto en las vejaciones y humillaciones a que le somete, como en su cruel deseo de arrebatarle el cariño de su hija. Henrik, probablemente el personaje más frágil y patético de la película, no ha logrado superar su dependencia emocional de Anna. Por ello, fuerza a su hija Karin a suplantarla en el amor que ésta le daba manteniendo con ella una relación incestuosa y tratando a toda costa de preservarla a su lado. Por su parte, la admiración que Karin siente por su madre muerta la ha llevado a someterse a esta situación anómala, vencida por la idea de que nada perverso puede haber en su padre si Anna lo amó.

La tensión entre Johan y Henrik por dirigir el futuro de Karin crece conforme avanza la película. Pero el hallazgo casual de una carta de su madre en la que ésta, lúcidamente, anticipa el comportamiento patológico de Henrik tras su muerte, será el detonante que conducirá finalmente a Karin a liberarse del poder que ambos hombres se disputan sobre ella. Su alejamiento no dejará de tener nefastas consecuencias. Por boca de Johan sabemos de un intento de suicidio de Henrik que su padre juzgará sin ápice alguno de compasión y que acentuará aún más si cabe su repugnancia y desprecio hacia él. Pero su terrible sentimiento de soledad se hace patente en una conmovedora escena en la que Johan, en medio de la noche, desnudo y desamparado, busca desesperadamente el calor de Marianne.

A lo largo de la película, Marianne ha sido testigo de toda la miseria que envuelve la vida del resto de los personajes. Cada vez más involucrada en el infierno de relaciones que los domina, ha intentado ayudarlos aportando su mirada ecuánime y su afecto hacia ellos. Sin embargo, de regreso a su rutina habitual, el recuerdo de los acontecimientos vividos, y fundamentalmente de Anna, le impulsará a preguntarse por su propia capacidad de amar. Y es entonces cuando, en una última escena, habrá de enfrentarse a una terrible y dolorosa respuesta: la que apunta de manera inequívoca a su propia debilidad y egoísmo, cuya víctima aparece fugaz pero contundentemente en la figura de su hija, recluida y abandonada en una institución psiquiátrica.

A poco tiempo ya de su propia tumba, Bergman no da tregua. En Saraband el amor se ha trocado en sustancia tóxica capaz de envenenar todo aquello que toca. Es el amor que, en su entrega generosa, sólo ha contribuido a despertar la avidez por recibir más amor y el deseo enfermizo de su posesión. El amor que a su paso siembra odio, ruindad y más desolación. He ahí, para Bergman, el peligro del amor. Un peligro tal vez no inevitable, pero siempre plausible.



lunes 31 de marzo de 2008

Pura contradicción


Siempre me han gustado los cementerios de esas ciudades donde estos espacios se conciben como un lugar no sólo de rememoración de los muertos, sino también de recreo para el paseante que desea alejarse del bullicio y respirar un poco de calma. Al abrigo de los árboles, abandonándose al silencio únicamente interrumpido por el trinar de los pájaros y el rumor de las propias pisadas sobre la tierra, la contemplación pausada de las lápidas, de los nombres desconocidos y fechas escritos en ellas, resulta un ejercicio que invita no tanto a la memoria como a la imaginación de las vidas y muertes de tantos otros que pasaron por este mundo con esperanzas, anhelos y pesares en esencia idénticos a los nuestros.

Paseaba estos días atrás por uno de esos cementerios cuando recordé el epitafio que preside la tumba de Rainer Maria Rilke. Se trata de un breve poema escrito por él a propósito para su futura lápida y sobre el que, en otra época, pensé muy a menudo. La traducción al castellano diría algo así:

Rosa, oh, pura contradicción.
Deseo
de no ser sueño de nadie
bajo tantos
párpados.

Desde su tumba, Rilke nos habla a los que aún estamos vivos de la caducidad y de nuestra penosa convivencia con ella. Porque bajo los pétalos de la rosa, en el poema simbolizados por los párpados, florece un sueño que no puede ser nuestro: el sueño de una belleza que sólo en el extremo de su condición perecedera puede alcanzar su máximo esplendor. Eso es para nosotros la rosa: la belleza condenada a la fugacidad, la hermosura que únicamente se nos brinda al precio de apenas durar unos días.

Algo semejante le planteaba Tyrell, el creador de los Nexus 6 en "Blade Runner", a Roy, el replicante que acude a él, para consolarle de su muerte inminente: "La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con muchísima intensidad, Roy. Mírate, eres el hijo pródigo. Eres todo un premio". Pero Roy sólo desea seguir viviendo. Ha aprendido a amar la vida y quiere seguir gozando de ella. Sin embargo, cuando le llegan sus últimos instantes, parece comprender que será por fin la muerte, paradójicamente, la que le libere del suplicio que entraña la mortalidad. "Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?", le dice a Deckard. "Eso es lo que significa ser esclavo". Esclavo del miedo a la muerte que, como a todos, nos acompaña a lo largo de nuestras vidas.

Tal vez Rilke quería enfrentarnos con esa contradicción que para él representaba la rosa y ayudarnos, una vez muerto, a aceptar nuestra propia caducidad. Porque sólo desde esa aceptación cabe liberarse del miedo a morir, y empezar a vivir cada instante presente como si fuera el último.


No era éste el post que tenía pensado escribir tras estos días de ausencia, pero se impone la vuelta al trabajo, junto con todas las obligaciones que ello conlleva, y no tendré más remedio que posponerlo unos días más mientras me reorganizo y me acostumbro de nuevo a la rutina. Hasta entonces, y hasta que encuentre tiempo para pasarme por vuestros blogs, creo que os dejo en buena compañía. Comprobadlo si no vosotros mismos: