En 1943 Abraham Maslow planteó una teoría sobre la motivación que estructuraba jerárquicamente las necesidades humanas en una pirámide de cinco niveles. Según Maslow, tal organización jerárquica pretendía reflejar el hecho de que sólo una vez satisfecho el primer nivel cabía percibir y focalizar la atención sobre la satisfacción del segundo, y así sucesivamente hasta llegar al último, en el que no sin cierto debate situó la búsqueda de sentido y la felicidad a través de la autorrealización personal como estado nunca plenamente alcanzado y por ello motor inagotable de la vida humana. Pero para llegar a este último y más elevado estadio otros cuatro debían ser antes satisfechos.
En el segundo nivel, y únicamente por detrás de la satisfacción de las necesidades fisiológicas básicas -respirar, beber, dormir, comer- y por delante tanto de las sociales -afecto, amistad, amor- como de las de autoestima o reconocimiento, se hallarían para Maslow la necesidades de seguridad, entendida en primer término como seguridad física y derivadamente de recursos e ingresos. Es decir, que según esta teoría, es preciso que nos sintamos seguros para que pueda emerjar la motivación suficiente por satisfacer las necesidades de afecto, reconocimiento y sentido en nuestras vidas. O, visto a la inversa: el sentimiento de inseguridad nos vuelve ciegos para la valoración y persecución de otros aspectos también fundamentales en nuestra existencia hasta no ser aliviado de una u otra manera.
No es de extrañar por ello que la oscarizada y a mi juicio genial película documental de Michael Moore "Bowling for Columbine" (2002) trate de responder a la pregunta acerca del porqué del elevado número de asesinatos por arma de fuego en Estados Unidos apelando, entre otros factores, a una "cultura del miedo" que impulsa a los norteamericanos a armarse hasta los dientes en busca de una seguridad que no sienten garantizada por los medios de seguridad del Estado. Porque los americanos tienen miedo. Así lo reflejan la Primera Enmienda, que da derecho a todo ciudano estadounidense a poseer armas e incluso en algunos Estados les obliga a ello; las múltiples y descabelladas medidas de seguridad que pueden encontrarse hasta en las casas de pequeñas y tranquilas comunidades; o las restricciones aplicadas en algunos colegios tras la masacre del instituto Columbine sobre la vestimenta del alumnado para evitar que lleven armas de fuego. Y, como señala el propio Moore en su película, una persona atemorizada con un arma en la mano puede convertirse en un animal muy peligroso.

El miedo que padecen los americanos es, para Michael Moore, un hábil producto de los medios de comunicación cuyos rendimientos benefician a muchos y muy diversos sectores. El miedo vende y llena los bolsillos de numerosas industrias, desde las dedicadas a la fabricación de dispositivos de protección doméstica hasta las grandes multinacionales de producción de misiles. El miedo es, según comenta Marilyn Manson en la entrevista que se le hace en la película, un eficaz incitador al consumo como mecanismo psicológico para olvidarlo. Además, una sociedad aterrorizada deviene mucho más controlable y manipulable si en aras de paliar sus miedos está dispuesta a renunciar a algunos de sus derechos civiles fundamentales, tales como el de la privacidad o la protección de datos.
Pero no es sólo el miedo a la delicuencia o al enemigo internacional el que atenaza a los americanos. De su cultura del miedo forma también parte esencial el miedo al fracaso característico de un sistema que carece de los mínimos servicios de asistencia social o sanitaria y deja al individuo abandonado a su propia suerte ante la desgracia. Un sistema en el que las diferencias entre ricos y pobres aumentan día a día y condena a los más desfavorecidos a la miseria y la frustración. Y ya se sabe que la frustración puede degenerar igualmente en agresividad y conductas violentas.
He visto varias veces "Bowling for Columbine" y cada vez que la veo de nuevo aún me gusta más. Y no sólo porque su ritmo trepidante y el genial sentido del humor de Michael Moore libre en todo momento al espectador del aburrimiento pese a la densidad del tema tratado y a los numerosos datos y estadísticas ofrecidos. Me gusta que Michael Moore intente afrontar la compleja cuestión de la violencia en la sociedad americana aludiendo a una multiplicidad de factores sin pretender agotar sus causas ni tampoco pontificar sobre él. Me gusta su irónica y contundente crítica al american way of life, así como su solidaridad con las víctimas que deja a su paso. Y, sobre todo, me gusta que en sus películas muestre que hay otra América radicalmente distinta a la imagen de los Estados Unidos que se ha impuesto en nuestras conciencias tras los numerosos desmanes y atropellos de sus últimos presidentes. Una América disconforme e insatisfecha con la idea del sueño americano, compuesta por personas que aspiran a cambiar la situación de su país a través de la reflexión y la denuncia.
No voy a dejar de reconocer que Michael Moore es un personaje polémico, a menudo tendente a la manipulación y la demagogia. Pero la enorme simpatía que ya sentía por él no ha hecho sino aumentar después de haber leído sus recientes declaraciones a favor de Obama, indignado por el juego sucio con que Hilary Clinton pretende desprestigiarlo por su filiación con el ya famoso reverendo Wright. Y es que resulta que a este mismo y ahora tan denostado reverendo acudió el matrimonio Clinton para solucionar sus problemas matrimoniales tras el escándalo Lewinsky. Sólo que, como dice Michael Moore, por más que él le grite que lo haga cuando lo ve en televisión, Obama nunca cometería la indecencia de arrojar este trapo sucio a la cara de los Clinton. Porque Obama también pertenece a esa otra América.
Lo confieso: si un buen día me cruzara por la calle con Michael Moore, caería rendida a sus pies y le pediría en matrimonio. Vale, exagero. Pero únicamente porque jamás he creído ni creeré en el matrimonio.
Y por hoy os dejo con esta peculiar y divertida historia de los Estados Unidos que aparece en "Bowling for Columbine". ¡No os la perdáis si queréis reíros un rato!









