martes, 29 de mayo de 2007

"Debes cambiar tu vida"


Una cuestión que todo el mundo se ha planteado alguna vez, bien en relación a sí mismo, bien en relación a los demás, es la de si los seres humanos somos capaces de cambiar a voluntad, es decir, si podemos modificar rasgos de nuestro carácter, hábitos o nuestra manera de vivir en el momento en que nos lo proponemos. Probablemente sea la frase "las personas no cambian" la que en lo concerniente a este tema más a menudo he oído a lo largo de mi vida. E incluso los más pesimistas suelen afirmar que las personas indudablemente cambian, pero siempre a peor. Sin embargo, la película "Otra mujer" (Another Woman, 1988) se encuentra entre mis favoritas de las dirigidas por Woody Allen precisamente porque, según la entiendo, apuesta por la tesis contraria, al menos en lo que respecta al cambio por el que cabe apostar cuando determinados aspectos de uno mismo hasta entonces encubiertos salen a la luz. Aun cuando no todo sea cuestión de decisión y voluntad, sino también de azar, ese gran componente de nuestra existencia que en un momento dado puede brindarnos la oportunidad de enfrentarnos a nosotros mismos y evaluar si aquello que somos es realmente lo que quisimos o queremos ser.

Marion Post (Gena Rowlands) es una prestigiosa profesora de filosofía que, cumplidos los cincuenta, se ha tomado un año sabático para escribir un libro. El ruido de unas obras en la casa vecina a la suya la han obligado a alquilar un apartamento en el centro donde disponga de la tranquilidad necesaria para trabajar. Marion parece una mujer plenamente satisfecha con su vida: ha triunfado en su carrera, está casada con el hombre que ha elegido, y es admirada por sus colegas y alumnos. Pero cuando por un defecto en los conductos de la ventilación comience a escuchar casualmente las conversaciones que una mujer embarazada (Mia Farrow), tendente a la depresión y asustada ante su próxima maternidad, mantiene con su psiquiatra, entrará en un imparable proceso de reflexión sobre su propia trayectoria vital que hará zozobrar la imagen que hasta ese punto ha tenido de sí misma.

A lo largo de varios días, Marion se verá constantemente asaltada por sus recuerdos: su juventud y las expectativas de su padre hacia ella; el modo injusto en que éste tratara a su hermano, siempre a la sombra de sus éxitos y al que valora como un hombre fracasado; su primer matrimonio con un profesor universitario que acabaría suicidándose tras su separación; su negativa a tener el hijo que ambos habían concebido para poder proseguir con su carrera; y, fundamentalmente, el recuerdo de Larry (Gene Hackman), un apasionado periodista enamorado de ella y por el que se sintió poderosamente atraída, pero al cual rechazó para elegir a su actual marido, hombre más acorde con su representación, un tanto calculadora, de lo que debe ser una relación amorosa.

Al hilo de ciertos encuentros casuales, este proceso de introspección vendrá a revelarle paulatinamente una verdad que siempre se ha ocultado a sí misma: Marion se descubre como una mujer que se ha negado a conceder un lugar en su vida a las emociones, a los sentimientos, y no sólo a los suyos propios sino también a los de la gente que la rodea; como una mujer que, haciendo prevalecer los dictados de su razón por encima de los impulsos de su corazón, se ha decantado fríamente por el pensamiento, tan valorado en su profesión, para impedirse sentir y dejarse afectar por las emociones de los demás. Detrás de todo ello se vislumbra claramente un miedo tenaz a perder el control sobre su vida, a desviarse de los objetivos que se ha marcado, erigidos en férreo muro que utiliza para protegerse de aquellos aspectos de la existencia humana que sólo al precio de la distorsión o incluso aniquilación se dejan dominar racionalmente. Dolorosamente, Marion será consciente por primera vez en su vida de que no es una mujer verdaderamente querida, sino tan sólo admirada por su brillantez, pero también temida e incluso odiada por su frialdad, por su ceguera ante los sentimientos ajenos y el sufrimiento provocado por ésta.



El guión de esta película es una adaptación libre de "Fresas Salvajes" (Ingmar Bergman, 1959), y su hechura y recursos narrativos dejan ver con nitidez la gran influencia del director sueco en Woody Allen. Sin embargo, la diferencia fundamental entre ambas películas residiría, a mi juicio, en que, en oposición al característico pesimismo de Bergman, "Otra mujer" sí contempla la posibilidad del cambio y de la reconducción de la propia vida. Frente al anciano profesor de "Fresas salvajes", cuyo ajuste de cuentas consigo mismo acontece ante la cercanía de la muerte, limitando toda posible reconciliación con su vida al refugio en los recuerdos de su infancia, Marion Post aún puede mirar hacia adelante y proyectarse hacia el futuro desde la intención de subsanar los errores cometidos. Porque gracias a ese viaje al interior de sí misma y al diálogo que con ocasión de ello emprende con los que le rodean, Marion se descubrirá a su vez como una mujer tan capaz de sentir como cualquier otra si algún día se atreve por fin, despojándose del miedo, a concederse esa libertad. Y con ello se le hará evidente que su propia felicidad pasa necesariamente por una transformación de sí en esa dirección hacia la cual, a través de ese viaje, ya se ha puesto en camino.

Os dejo de nuevo con un poema de Rilke, titulado "Torso de Apolo arcaico", evocado por Marion no por casualidad en el transcurso de la película y que constituye una hermosa invitación al cambio y a la transformación de sí:

No conocemos la inaudita cabeza
en que maduraron los ojos. Pero
su torso arde aún como un candelabro
en el que la vista, tan sólo reducida,

persiste y brilla. De lo contrario no te
deslumbraría la saliente de su pecho,
ni por la suave curva de las caderas viajaría
una sonrisa hacia aquel punto en que colgara el sexo.

No seguiría en pie esta piedra desfigurada y rota
bajo el arco transparente de los hombros
ni brillaría como piel de fiera;

ni centellaría por cada uno de sus lados
como una estrella: porque aquí no hay un solo
lugar
que no te vea. Debes cambiar tu vida.


23 comentarios:

India Ning dijo...

Estupenda crítica de una de mis peliculas favoritas.
No hay más que añadir, que gracias por haberle dedicado un buen post.
Besos.

Anónimo dijo...

Amén, es lo que diría yo a tu estupendo post... Nada que añadir.



Me vienen a la cabeza, No sé si muy a cuento, dos poemas de Machado, sobre esto de la cabeza y el corazón, el autocontrol y la naturalidad como superación del miedo,


Dice la razón: Busquemos
la verdad.
Y el corazón: Vanidad.
La verdad ya la tenemos.
La razón: ¡Ay, quién alcanza
la verdad!
El corazón: Vanidad.
La verdad es la esperanza.
Dice la razón: Tú mientes.
Y contesta el corazón:
Quien miente eres tú, razón,
que dices lo que no sientes.
La razón: Jamás podremos
entendernos, corazón.
El corazón: Lo veremos.

----------
Cabeza meditadora,
¡qué lejos se oye el zumbido
de la abeja libadora!
Echaste un velo de sombra sobre
el bello mundo, y vas
creyendo ver porque mides
la sombra con un compás.
Mientras la abeja fabrica,
melifica,
con jugo de campo y sol,
yo voy echando verdades
que nada son, vanidades
al fondo de mi crisol.
De la mar al precepto,
del precepto al concepto,
del concepto a la idea
—¡oh la linda tarea!—,
de la idea a la mar.
¡Y otra vez a empezar!

Claro, que como tú eres filósofa, igual terminas hablándonos de lío ese de "inteligencia sentiente, sentimiento afectante y voluntad tendente".... Y ahí ya nos perdemos, al menos yo.

juan rafael dijo...

Hola,
no opino sobre la película porque no la he visto, pero sí creo que las personas podemos cambiar a voluntad, sólo hay que ver que, depende con la gente que estemos, nos comportamos de una manera u otra.
Saludos.

NoSurrender dijo...

Antígona, me parece interesantísimo el argumento y más aún la manera cómo lo expones. Gracias por traerme de nuevo a la cabeza esta película que tenía casi olvidada y que, como es normal ya en Allen, tanto profundiza en la condición humana y sus sentimientos y frustraciones.

Es cierto que la premisa dramática recuerda mucho a Bergman (bueno, en el caso de Allen, hasta los planos recuerdan a su públicamente venerado maestro, sí). Pero a mí también me recuerda de alguna manera al Gustav Aschenbach de Muerte en Venecia -la brutal obra de Thomas Mann llevada al cine de manera también brutal por Luchino Visconti- en el sentido de que un encuentro fortuito del azar puede derribar todo el castillo de naipes sobre el que montamos nuestra frágil existencia.

En el caso de Mann/Visconti también el protagonista percibe todo esto cuando ya no tiene solución, al final de sus días (y del propio escenario donde ocurre incluso, con la llegada de la peste a la ciudad). Pero Allen cree en el psicoanálisis, claro. Es cierto que hay algo positivo y sanador en su percepción de la psicoterapia. En cualquier caso, se necesitan ciertos catalizadores que acompañen al azar para poder, sino reaccionar (como Marion Post), al menos tomar conciencia (como Gustav Aschenbach)

Gracias por este post. Un beso.

Antígona dijo...

Querida India, bienvenida de nuevo por aquí :-) Me alegra compartir contigo la predilección por esta peli, que yo creo que es una de las joyas más olvidadas de Allen.

¡Un beso!

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Gracias, Juanjo, por tus palabras y por el regalazo de estos dos poemas de Machado, que me encanta y los tenía muy olvidados. Este hombre era un maestro para tratar poéticamente temas como éste.

¿Y quién ha dicho que soy filósofa? Ya me gustaría a mí, ya...:P Desconozco todo "ese lío" de la inteligencia sentiente y demás, pero diría, por un lado, que pese a que las facultades no pueden separarse en departamentos estancos, todos conocemos la experiencia de haber negado en algún momento nuestros deseos por medio del razonamiento y sabemos que esa polaridad existe; por otro, creo que tampoco nos queda más remedio, y tal vez en eso consista en parte la inteligencia, de mediar entre una y otra parte de nosotros, la del corazón y la de la cabeza, si no queremos abocarnos miserablemente a la infelicidad. Aunque nunca sea fácil.

¡Un beso!

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Juan Rafael, si no la has visto, te la recomiendo vivamente. Y comparto totalmente tu opinión, pese a que los cambios suelan requerir esfuerzo y tesón.

¡Un beso!

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NoSurrender, gracias a ti por tu comentario, en el que aportas muchas cosas. Me alegro de haberte recordado esta peli, que, como insinuaba antes, es para mí un claro ejemplo de lo grande que es Allen, tanto en el registro cómico como en el más dramático, para pensar en la pantalla sobre quiénes y cómo somos.

Pienso que en esta película hay recursos narrativos, como el sueño que tiene Marion, de corte parecido al del protagonista de "Fresas salvajes" hacia la mitad de la película, que casi parecen un homenaje a Bergman. En cuanto a Gustav Aschenbach, leí la novela hace muchos años y la recuerdo mal, pero sí, diría que estás en lo cierto y que se trata de un personaje que también gracias al azar ve tambalearse la solidez de su percepción de sí y de su propia vida.

Es triste que descubrimientos de este tipo acontezcan cuando a uno no le queda tiempo para modificar o rectificar nada, pero me temo que ni Mann en su momento ni Bergman ahora han tenido visiones muy optimistas de la naturaleza humana. Me resulta interesante tu referencia al psicoanálisis, pero es posible que la película desborde ese planteamiento para sugerir que el descubrimiento de la verdad sobre sí siempre depende de un proceso de reflexión propio, con independencia de que éste suceda con ayuda o no de un psicoterapeuta. De lo que señalas del azar, no puedo estar más de acuerdo. El azar puede ser la ocasión para que uno abra los ojos y mire hacia sí, pero uno también puede optar cerrarlos y seguir viviendo en el engaño. Para cambiar se requiere ante todo quererlo, y que eso suceda ya no viene de la mano del azar, sino de uno mismo.

¡Un beso y gracias a ti de nuevo!

Duschgel dijo...

Tampoco conozco la película, pero tal como lo expones, es esperanzador poder confiar en un mejor conocimiento de uno mismo para poder realizar ajustes. Creo que el tema no es tanto el hecho de cambiar como el de poder perfilarse o descubrirse a sí mismo.

¡Un fantástico post, Antígona, y un beso muy grande!

Marc dijo...

Estoy convencido que la posiblidad de cambio existe, para conseguir ese reequilibrio entre sentimiento y razón. El caso que nos planteas es el de una persona dominada por lo racional (poco gratificante emocionalmente, claro), pero tampoco debemos olvidar lo opuesto, gente dominada por el sentimiento y que desearía poner orden en su vida. La sensación de vida insatisfacoria se tiene en ambos casos.

Bueno, ya ves que estoy cambiando. Esta vez me he contenido un poco;)
Un beso

Antígona dijo...

Dusch, introduces un tema importante, es verdad que a veces no son necesarios cambios radicales, sino simplemente ajustes. A fin de cuentas, creo que eso es lo que hacen todas las personas que de alguna manera tratan cada vez más de tener cierta lucidez con su vida y saber dónde están y qué buscan. Y eso es quizás lo que todos hacemos.

¡Un beso enorme, guapa!

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Tienes toda la razón, Marc, es precisamente el equilibrio lo más difícil, y tanto el predominio de uno u otro lado pueden resultar perniciosos. Supongo que cada cual tenemos un punto de partida, unas tendencias adquiridas tal vez de manera inconsciente, y sólo desde su consciencia se puede plantear algún cambio. Puedo imaginar que una vida totalmente regida por lo emocional puede acabar igualmente en desastre.

Marc, en ese sentido no hace falta que cambies en absoluto :-) Nada de contenerse, que la primera que no lo hace soy yo misma, que me lanzo unas peroratas... Así que aquí contenciones ninguna y a dar rienda suelta a los impulsos.

¡Un beso!

Sir Villet dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Sir Villet dijo...

Muchos temas dibuja en su post, estimada Antígona.

El cambio, en sus diversos estados. La comparación de vidas. Las opiniones de los demás.

Cambiarse la vida tiene su complicación. Hace un tiempo yo quise cambiar mi vida por otra y, al tenerla, vi que también carecía, si bien de otras cosas.

Nuestros pilares fundamentales no cambian pero hay miles de soportes, contrafuertes y nuevas columnas que añadimos para formarnos.

Suyo, en formación o deformación.

AnA dijo...

Me encanta tu post. Me parece una reflexión que invita a la autoreflexión, me siento como si me hubieras pasado un test, Antígona..
Me he preguntado muchas veces,en tono conductivista, por decirlo de alguna forma si las personas podemos cambiar... si nuestra conducta responde a mecanismos que podemos controlar y si este control depende mayormente de nuestra capacidad de introspección y de análisis y en menor medida de nuestra influencia sobre aquellos factores externos que lo condicionan para bien o para mal.
Creo que la protagonista de la peli de Allen vive en la renuncia.Muchas personas encuentran en la renuncia una forma de autocontrol.La renuncia es la negación absoluta al cambio.Las parejas que viven sin amor, atadas a sus hipotecas y malgastadas profesiones, ajustando sus intereses a las tendencias del momento, las personas felices porque sí y las otras que desestiman la iniciativa a fin de no alterar el estado de las cosas,estado donde creen sentirses seguras, pueden ser ejemplos de ésto que te digo.
Cambiar es una apuesta. Aceptar los retos que supone el cambio, es otra manera de entender el itinerario de la vida,más arriesgado, pero menos suicida .
Un beso guapísima!

Antígona dijo...

Estimado Sir Villet, es que el tema de por sí es complicado y aquí sólo puede ofrecerse, si acaso, una posible perspectiva para su contemplación.

Comparto con Ud. que, por radicales que puedan ser los cambios, siempre tienen un límite. No tenemos ese poder sobre nosotros mismos, ni probablemente fuera deseable. Quién sabe. Y como sugiere, la idea de la formación, de la añadidura, de la construcción paulatina de nosotros mismos tiene mucho que ver con la de la transformación. Porque cuántas veces la construcción no debe pasar por un previo desmontaje de cosas no elegidas, de elementos que estorban y nos impiden dar solidez a aquello que vamos construyendo.

Suya sin deformación alguna :P

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Querida Ana, te veo muy pero que muy reflexiva :-) También planteas cuestiones complejas para las que no tenemos respuestas claras. Pienso que probablemente haya mecanismos que operan en nuestra conducta que sea difícil o imposible alterar porque, siendo profundamente constitutivos de lo que somos, su alcance desborde nuestra capacidad de análisis o introspección. Sin embargo, dejarse atrapar por esta idea me parece peligroso, dado que implica una especie de aceptación ciega que nos paraliza e invita tanto al derrotismo como al acomodo. Y que haya cosas que no se puedan cambiar no quiere decir que nada pueda modificarse. En ese sentido, estoy de acuerdo con lo que dices acerca de vivir en la renuncia. Es un opción vital que tiene, obviamente, sus compensaciones, como las que mencionas de seguridad o apariencia de control sobre la vida de uno. También las circunstancias pueden forzar a la renuncia, y no siempre estamos en disposición de elegir aquello que querríamos. Pero pienso, como tú, que vida no hay más que ésta y que es mejor tratar de sacarle el máximo partido posible. Y que cuando uno no está satisfecho con lo que es o lo que hace debe apostar por el cambio siempre que éste signifique tender hacia algo mejor. Nos da miedo porque cambiar puede conllevar también perder cosas por el camino. Pero si uno no arriesga tampoco puede ganar nada.

Gracias por tus reflexiones, Ana, un placer para mí que las dejes aquí.

¡Un beso, hermosa!

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(Perdonad todos, que estoy de un rollero estos días...)

AnA dijo...

Ay guapa! mientras te leía le dió a todo el mundo por aparecer!Tenía escrito algo y se borró.
Sí.A mí me hubiera hecho falta cierta dosis de renuncia y algo menos de iniciativa.
Algo de mesura en la pasión...es posible?
Besotes
A

Antígona dijo...

Tranquila, Ana, a veces pasan esas cosas. ¿Cómo que te hubiera hecho falta más renuncia? Ni hablar, me opongo :-) Aunque lo de la mesura en la pasión lo entiendo perfectamente. Las pasiones pueden elevarnos a lo más alto y también arrojarnos con fuerza al suelo, y sin duda dejarnos arrastrar por ellas puede generar más sufrimiento. No sé si esa mesura es posible, Anita, creo que ahí vamos todos un poco perdidos. Pero pienso que, siendo tan difícil el equilibrio, mejor pasarse un pelín de apasionado que de cauto. Si no, qué aburrimiento ;-)

Un besazo, guapa

AnA dijo...

Totalmente de acuerdo contigo Antígona!
besos!

AnA dijo...

Paso a decirte hola
bs
A

Antígona dijo...

Hola Ana, ahora me paso por tu blog,
besos, guapa.

NoSurrender dijo...

Siempre podemos arrastrarnos con apasionada mesura, hermanas.

Yo también aprovecho para decir hola :)

Antígona dijo...

Hola hola,

pues yo prefiero arrastrarme con mesurada pasión, Bruder :P

un árbol dijo...

Hija mía!!
Qué reflexiones tan sesudas!!

Debemos estar pendientes para cambiar o ajustar lo que no nos gusta de nosotros mismos? Es eso lo que decís en vuestros comentarios la mar de bienescritos??
Ahhh... entonces estoy de acuerdo.

En estos últimos puntos, yo opto por la desmesurada pasión. Y de arrastrarse, nada.

Un beso

desconvencida dijo...

Coincidimos esta semana con Gena Rowlands, Antígona...

Creo recordar haber visto esta película hace muchísimos años, tu estupendo post me la ha recordado, creo que mi perspectiva de la misma sería distinta ahora, es momento de verla de nuevo

Antígona dijo...

En mi opinión, desconvencida, la película es de las que resisten más de una visión. Aunque es verdad que mi percepción de la misma está mediada por el hecho de que en determinado momento de mi vida me quedaba muy cerca, por razones que no vienen al caso. Ahora paso a verte.

¡Un beso!

Anónimo dijo...

Couldnt agree more with that, very attractive article