sábado, 24 de marzo de 2012

Justicia II


Hay conceptos cuyo significado nos huele a quimera vaga, a vapor huidizo que se desvanece antes de que nuestros ojos consigan dibujar en él una figura, a construcción intangible que sume nuestra voluntad de aprehenderlos en un desasosegante desconcierto. Decimos “martillo” y ahí está el objeto sólido, concreto, infinitamente más pesado y palpable que el sonido que compone su nombre. Decimos “torpeza” y a nuestra mente asoma –el amago de sonrisa en los labios– la reconstrucción cinematográfica de las imágenes del enredo matutino con la toalla que casi termina con nosotros de bruces en el suelo. Pero decimos “justicia” y no es raro que nuestras cabezas acusen un incómodo vacío que nos deje desarmados ante la expectativa de una posible demanda de explicación precisa.

Quizá por eso afirmaba Derrida, con su habitual lucidez para los conceptos, que la justicia pertenece al orden de lo irrepresentable, de lo absolutamente otro frente a la esfera que habitamos los humanos, por más que la responsabilidad del origen y existencia de esta noción no recaiga sino sobre nosotros mismos. Así somos: extrañas criaturas que persiguen y reclaman los objetos de sus invenciones. La palabra justicia, señalaba Derrida, remitiría a una experiencia de lo imposible. De justicia sería, acaso, que a quien ha muerto gratuita y violentamente a manos de otro le fuera devuelta la vida. Pero ni tan siquiera esa devolución milagrosa podría compensar por completo el daño infligido por la muerte a destiempo si no fuera capaz, a la vez, de borrar de la memoria del muerto el dolor de la carne bajo el arma asesina, de restituir los días consumidos al margen de esta vida hasta el momento de la resurrección, o de anular las lágrimas ya derramadas de quienes penaron por su ausencia. Como no podría hacerlo la íntegra reposición del bien sustraído si no lograra a un tiempo eliminar la ira, la impotencia, la sensación de pérdida y el nacimiento de la desconfianza en el prójimo provocadas por el robo. La justicia forma parte de un orden ilusorio y sólo existe, si cabe, como algo siempre por venir y nunca presente, como una promesa incumplible que algunos relegan al más allá trascendente hablando de justicia divina, y otros sitúan en un más acá incontrolable al apelar a la justicia poética. Unos y otros aciertan: la única realización de la justicia que nos es dado imaginar dependería de la omnipotencia de un dios o, a falta de él, del azar enigmático que en nuestra búsqueda de sentido nos empeñamos en llamar destino.

Por eso mismo, insistía Derrida, el derecho no es ni será nunca la justicia, aun cuando, paradójicamente, la propia noción de justicia, tal y como alcanzamos a materializarla desde nuestra humana y limitada condición, exija instalarse en el derecho que se ejerce en su nombre, en las leyes por las que los jueces se rigen con el objetivo y el deber de impartirla. Si la justicia pertenece al orden de lo incalculable –cómo calcular, cómo computar en cifras exactas daños y dolores, agravios y ofensas, así como sus justas compensaciones o reparaciones, incluso de ser éstas factibles-, el derecho es el terreno del cálculo, de la casi obscena indemnización monetaria ante la muerte del hijo irreemplazable, del castigo en años, meses y días al malhechor que nunca nos retornará la salud quebrada o el brazo amputado, todavía en lugares lejanos del ojo por ojo y el diente por diente que tampoco habrá de restituirnos el ojo o el diente extraviados. Si la justicia es extraña a las normas y reglas generales, puesto que la situación que demanda justicia es siempre singular, en última instancia irreductible a cualquier otra, y más irreductibles aún mi daño, mi dolor, mi agravio u ofensa, el derecho no puede más que operar sobre la generalidad de la norma, sobre la universalidad abstracta de la ley, que impera según un principio de igualdad –todos iguales ante la ley– ajeno a las circunstancias particulares, a la idiosincrasia de cada crimen y cada infractor, de cada víctima y cada inocente muerto o dañado.

Tratando en parte de salvar el hiato que instaura la desproporción esencial entre la justicia y el derecho, de acortar distancias en el exceso insuperable que representa la justicia frente al derecho, se halla la figura del juez. Él es quien debe interpretar la regla general según el caso particular. Quien debe hacer valer sobre el acusado leyes formuladas con anterioridad a su delito y a la vez ajustarlas a la concreción de su presente. Quien debe, en definitiva, aplicar la norma abstracta a circunstancias únicas e irrepetibles. Pero ni tan siquiera en esa parte el hiato resulta salvable. Lo muestra el hecho de que el juicio del juez comporta invariablemente una decisión que, en idéntica problemática, excede y desborda toda regla existente y codificada: ninguna regla o ley accesoria puede garantizar la justa interpretación de la ley para el caso particular. De lo contrario, no habría necesidad de jueces. Bastarían máquinas de calcular conforme a tales reglas o leyes. Por tanto, es urgente admitir que los jueces no deciden en función de leyes, sino de su concreta, singular y subjetiva interpretación de las leyes en atención al caso singular. Una interpretación que emerge de algo tan intangible, tan inobjetivable, tan renuente al examen y posterior enjuiciamiento como la conciencia del juez. Y de esa conciencia invisible nunca sabremos si, en el filo de la decisión, se ha decantado por la imparcialidad o por la parcialidad. Por la suspensión de todo interés privado o por la sombra de la incapacidad de suspenderlos. Por el imperativo de honestidad que presuponemos en su conciencia o por su deshonesto apartamiento.

En otro lugar, Derrida reflexionaba sobre el significado del verso final de un poema que Paul Celan escribió en 1967, “Gloria cineraria”: “Nadie/ atestigua por/ el testigo”. También el testimonio del testigo es subjetivo y, en su subjetividad, inverificable. Sujeto a las veleidades de su memoria igualmente invisible. Ante todo, al imperativo de sinceridad cuyo cumplimiento nadie tiene el poder de garantizar. Débil y endeble incluso bajo juramento –¿acaso excluye el juramento la mentira?– frente a las pruebas fácticas con las que debe ser contrastado y que corroborarán o no su verosimilitud. En el verso de Celan se desvela el absurdo de la pretensión de postular un presunto testigo del testigo capaz de garantizar la verdad de su testimonio. Y no sólo porque la memoria de este segundo testigo se hallaría por principio sujeta a las mismas veleidades de su memoria, su testimonio a un imperativo de sinceridad cuyo cumplimiento quedaría idénticamente fuera de toda garantía: ese testigo del testigo lo sería igualmente de los hechos testimoniados y, pese al rodeo efectuado, nos toparíamos de nuevo con el interrogante, con la incertidumbre que anida en el punto de partida. Celan estaba en lo cierto, en su poema se decía verdad: nadie puede atestiguar por el testigo, nadie puede legitimar lo dicho en su testimonio. La misma verdad que muestra un rostro inquietante al proyectarse sobre la figura del juez: ¿puede alguien enjuiciarlo? Cabría recurrir –esta vez sí– a un segundo juez que enjuiciara su decisión. Pero, ¿cómo saber con certeza que la decisión de su enjuiciamiento se ha decantado por lo correcto? ¿Acaso requiriendo el juicio de un tercer juez que la enjuiciara, y la de un cuarto que enjuiciara la de éste, y la de un quinto que enjuiciara la de éste, y la de un sexto que…? La consecuente regresión al infinito estaría servida. Ni todo el tiempo del mundo bastaría para ponerle fin. No nos queda sino aceptar que la justicia a la que como humanos podemos aspirar jamás dejará de depender de la conciencia inescrutable de un juez. Y por causa de esa dependencia correremos siempre el riesgo de que su decisión se encuentre tan lejos de esa quimera irrealizable que es la justicia como una ley abolida por injusta.

No obstante, Derrida advirtió con contundencia de la ilegitimidad de refugiarse en el pretexto de la inevitable desproporción entre la justicia y el derecho para eludir la lucha por establecer leyes más justas o por denunciar decisiones judiciales injustas. Ya se ha dicho, pero quizá sea necesario repetirlo: en su quimérica irrealidad, es la propia noción de justicia la que reclama asentarse sobre esa maquinaria abstracta y exenta de garantías que representa el derecho. Y como nos recordaba François Truffaut casi al término de la maravillosa película “El niño salvaje”, el deseo de justicia es un deseo tan inalienable como constitutivo de la construcción histórica, social y cultural que llamamos naturaleza humana. En ella, los denodados esfuerzos del profesor Itard por hacer transitar a Víctor desde el estado de animalidad hasta la adquisición de los caracteres que nos permiten reconocernos como humanos se ven confrontados con un grave momento de duda que decide resolver poniendo a su discípulo a prueba: someter a Víctor, tras haber resuelto correctamente un ejercicio, a un castigo injusto. Cuando le reprende y trata de encerrarlo en un cuarto oscuro, Víctor se revuelve contra él y le muerde la mano. Se rebela contra el comportamiento que percibe como injusto. Ésta era la reacción que Itard esperaba de Víctor como prueba de su adquirida humanidad: “El sentimiento de lo justo y lo injusto”, afirma Itard, “ya no era extraño al corazón de Víctor. Al provocar en él ese sentimiento, acababa de elevar al hombre salvaje a la altura del hombre moral por su mejor característica y más noble atributo”.



domingo, 11 de marzo de 2012

Tiempos de guerra, que son tiempos difíciles



Quién me hubiera dicho que esta ausencia y este silencio, acotados en la anticipación tantas veces fallida –qué mejor prueba que ésta al tiempo veraniego, se prolongarían hasta alcanzar esta bendición de primavera temprana que intenta dejar atrás antes de hora el invierno más crudo que recuerdo.

La realidad, sin embargo, ésa que siempre nos desborda, no conoce de previsiones. Tiende a plegarse mal a la planificación y el cálculo, a los deseos y las expectativas. Jamás queremos contar con la posibilidad de que ciertos hechos inesperados tengan el poder de desencajar las piezas que configuran el artificioso entramado de nuestras rutinas presentes, tan a menudo proyectadas con confiada seguridad sobre el futuro inmediato. Aunque desde largo sepamos de la fragilidad del ensamblaje que el número excesivo de piezas impone en nuestros limitados relojes. Pero a veces ocurre.

El asalto, el ataque frontal, la ofensiva a traición –no es fácil dar con el nombre que describa lo sucedido sin demorarse en detalles inoportunos, me encontró ultimando los adjetivos y los verbos, los puntos y las comas de mis desvelos estivales. Aún pude refugiarme en ellos durante unos días mientras era presa de la momentánea parálisis que suele suceder a los golpes. Poco tardé en descubrir que no caben refugios cuando lo que se precisa es hacer oídos sordos a las voces crispadas de la contradicción, abandonar con un sonoro portazo la torre de marfil, y lanzarse escaleras abajo hacia la arena para empezar a llenar sacos y levantar trincheras. Para procurarse el uniforme y cargar las armas que uno tenga a mano. Lo que se precisa cuando se siente que, de permitir el atropello sin tan siquiera patalear y por inútiles que sospeche que van a resultar los pataleos, he aquí una parte nada trivial de la contradicción, la propia dignidad no se atrevería ya a volver a mirarse al espejo.

Estos últimos meses han sido tiempos de guerra. Aún lo siguen siendo. Y ya se sabe que las guerras exigen dedicación, entrega, empeño. Consumen, desgastan, amenazan con dejarlo a uno desnutrido y exhausto, si no malherido o mutilado. Más aún cuando no existen jerarquías al mando y cada soldado es parte esencial de la organización comprometida de la contienda. Más aún cuando deben convivir con un remedo de normalidad que exige mantener a salvo de la fuerza sigilosa de la costumbre, de la tentación de la resignación y el desaliento, el espíritu combativo que las sostiene. Todo esfuerzo debe concentrarse en un único propósito: que la acción no decaiga. Porque en las guerras –cualquiera lo sabe igualmente es la acción lo que importa. Cuando no son ellas mismas ya propiamente acción, las palabras tienen que convertirse en sus sumisas aliadas y ponerse por entero a su servicio. Para comprender la naturaleza del enemigo y definir sus intenciones. Para delinear la estrategia a seguir en la próxima escaramuza. Para convencer a quienes vacilan de la necesidad de proseguir en la batalla. En tiempos de guerra, el cauce de las palabras se angosta y afila en pos de su meta, y es difícil que de nuestras bocas o plumas broten otras palabras que no sean las destinadas a la movilización y la ofensiva. Y si lo hacen, brotan sólo a ráfagas, a retazos ante el volante o sobre la almohada, y allí se evaporan sin cobrar consistencia articulada a falta de suelo sereno y calmado que abone su crecimiento. Hubo uno que en tiempos de guerra logró garabatear crípticas sentencias en el refugio inhóspito de las trincheras. Pero, si no me falla la memoria, la esquematización apodíctica, enfermizamente aritmética que posteriormente les conferiría la luz de su pleno sentido sólo pudo fraguarse lejos de las bombas y las balas.

Estos últimos meses han sido tiempos difíciles. Aún lo siguen siendo. Y no sólo por los golpes, cada vez más hirientes, que continúan lloviendo desde el frente principal. Otros golpes han sobrevenido mientras tanto desde otros flancos. También dolorosos. Quizá incluso más hirientes, por invisibles a los ojos superficiales del mundo, por más hondos en el orden de las expectativas y deseos, acariciados no sin idénticamente honda vacilación pero al fin y al cabo acariciados. Aún vivo bajo el peso de todos ellos, y de la abigarrada realidad que componen, entreverada por tantas sombras. Sin victorias a la vista en esta guerra que no cesa. Tratando día a día de alcanzar ese todo que, según decía Rilke con sabia razón, es sobreponerse a los golpes y las sombras en la imposibilidad de la victoria. Tampoco los tiempos difíciles son propicios para las palabras. No mientras el pensamiento no logre sobrevolar con un mínimo de altura la tierra pedregosa que lo ata. En tiempos difíciles, el cauce de las palabras se angosta y empobrece, obstinado en dar vueltas en círculo, como el borrico alrededor de la noria, en torno a las aristas que nos arañan. Cuando no enmudecen en el vaivén del desconcierto, las lenguas tienden obsesivamente al rebuzno, al exabrupto agrio, al quejido lastimero e impúdico. Nada que uno desee exhibir o compartir más que con quienes, por fortuna, gozan todavía sobre nosotros del poder del abrazo y el consuelo.

Decidí esperar a sobreponerme para volver a escribir sobre esta página en blanco. Esperar, también, a haber forjado nuevas rutinas, qué duda cabe que más apretadas –las horas son las que son, el reloj más limitado y obtuso que nunca, que me permitieran emborronarla con cuadros y letras con un cierto ritmo armónico. En contra de lo que puedan estar pensando, ese momento todavía no ha llegado. Pero no puedo seguir por más tiempo acallando esta necesidad que desde hace mucho me acucia de recobrar este espacio mío y suyo, y así recobrar con él todo lo que lo alimentaba. La necesidad de encontrar la manera de hacerlo sobrevivir a estos tiempos difíciles que son también tiempos de guerra. Pese a los demasiados meses transcurridos, o precisamente a causa de ellos, nunca he dejado de experimentar su abandono como una pérdida.

Para serles sincera, a día de hoy desconozco cuál será esa manera. Sin embargo, cuando los momentos esperados se resisten a llegar por sí solos, quizá no nos quede más remedio que tratar de forzar con cierta violencia su venida. A la espera, esta vez, de que ese acto impositivo, ese gesto de rebeldía contra el devenir de los acontecimientos internos y externos, sea capaz de impulsar un nuevo ensamblaje entre las piezas desencajadas que no logramos vislumbrar en la distancia. Que no logramos imaginar en esa voluntad nuestra de anticipación que tantas veces nos falla.


domingo, 31 de julio de 2011

Verano


En armonía con lo que viene sucediendo desde hace un par de semanas –no sé si se habrán ustedes percatado- no voy a tener más remedio que ausentarme durante algunas semanas más de esta casa y probablemente también de las suyas. Lamentablemente, me temo que debo de pertenecer a esa clase de seres que no son capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo, o, en mi caso, de dedicar mi atención a dos cosas al mismo tiempo, más cuando una de ellas me absorbe hasta el punto de desdibujar del horizonte casi cualquier acontecimiento en el mundo.

Mientras el resto de la humanidad celebra la llegada del calor y dedica sus jornadas veraniegas a solearse en la playa, nadar en la piscina o dar paseos campestres, las mías transcurren conmigo enclaustrada entre las cuatro paredes de mi particular “oficina”, inmersa en la caótica pila de apuntes y libros que se agolpan sobre mi mesa de trabajo, y pegada en la pantalla del portátil a un documento de Word al que sólo muy lentamente y con ímprobo esfuerzo le van creciendo las palabras. Lo importante, sin embargo, es que después de varios años de lecturas por fuerza mil veces interrumpidas, de intensos centrifugados seguidos de bruscos y prolongados parones, de recorrer laboriosos caminos para verme después condenada, cual vulgar Penélope atrapada en el red de los hilos del olvido, a andarlos de nuevo como si por primera vez los pisaran mis pies, por fin, por fin, le van creciendo las palabras. Aunque es cierto que nunca más que en estos días he tenido tan presente esa frase que leí hace tiempo y que jamás –no, en este caso no– creo que olvide: “escribir es suicidarse”. Escribir según qué cosas, habría que matizarla desde mi propia perspectiva, es suicidarse.

Ahora, supongo que nada de lo que nos lleva a sentirnos vivos deja de acelerar en cierta medida la llegada de la muerte. Y yo, qué quieren que les diga, me siento a ratos exhausta, a ratos angustiada frente a los obstáculos y las dudas, a ratos enfadada con esta naturaleza obsesiva mía que apenas me permite pensar en otra cosa que no sea esto que tengo ahora entre manos –estás como ausente, me reprochan los amigos, como en aquel poema de Neruda- y mucho menos concentrarme mínimamente en cualquier otra actividad. Pero también me siento viva. Así que, por más que haya decidido emplear mi verano en suicidarme un poco, no hace falta que se preocupen por mí.

Ingrediente clave en esta espiral obsesiva, en absoluto desconocida para mí pero tal vez más acusada en estos momentos que en otras etapas de mi vida, es que el tiempo me apremia. Lo cual significa que si todo va bien, calculo que allá por septiembre esta suerte de castigo autoinfligido que me privará del moreno estival, esta a veces pesadilla voluntariamente escogida, habrá concluido o habrá concluido al menos en su parte más difícil y podré volver a tomar las riendas de esta casa y a pasearme y demorarme tranquilamente por las suyas.

Disfruten mientras tanto, cada cual como mejor le parezca -ya ven a partir de mi ejemplo que cualquier rareza vale- del calor veraniego y de las vacaciones, y nos vemos en unas cuantas semanas.


Besos para todos!

lunes, 11 de julio de 2011

Neurociencia versus CEOE

Hace un par de décadas se comprobó empíricamente que la corteza cerebral de una rata –el lugar de su cerebro donde se encuentran sus neuronas– aumenta de tamaño cuando se la sitúa en un ambiente de estimulación, como pudiera ser una jaula con objetos que la rata pueda explorar, o cuando aprende a orientarse dentro de un laberinto. Sin embargo, sólo recientemente se ha averiguado el por qué de este aumento en el tamaño de su corteza cerebral: en un importante estudio de neurobiología, el científico William Greenough, de la Universidad de Illionis constató que si bien el número de neuronas que la componen permanece estable, lo que aumenta significativamente es el número de dendritas o ramificaciones arborescentes en sus neuronas que conectan con otras neuronas. Así pues, la corteza cerebral de la rata se desarrolla porque crece el número de conexiones que sus neuronas generan entre sí. Algo que no sucede cuando se mantiene a la rata aislada y sin estimulación.

Nada distinto sucede por lo visto con el cerebro humano. Es cierto que se trata de un órgano rígido en lo que respecta al número total de neuronas que lo forman, no susceptibles de multiplicación o regeneración desde pocos meses después del nacimiento, momento en que se alcanza el cómputo global y fijo de neuronas que persistirán a lo largo de la vida de un individuo hasta que comiencen a destruirse. Pero el cerebro, según vienen demostrando en los últimos tiempos las investigaciones científicas en el terreno de la neurociencia, es un órgano tremendamente plástico y moldeable en lo relativo al número y tipo de conexiones que esas mismas neuronas pueden crear. La propia morfología de las neuronas, como consecuencia del desarrollo de sus dendritas y de los contactos que tales ramificaciones establecen con otras neuronas, está sujeta a cambios y éstas, al parecer, nunca pierden su capacidad de modificarse. En este sentido, puede decirse que el cerebro humano es un órgano en constante transformación no sólo funcional, sino también estructural o morfológica en virtud del número y clase de conexiones que se producen entre las neuronas, dado que ambos factores no dejan de alterarse con el transcurrir del tiempo.

¿Y de qué son resultado las nuevas y diferentes conexiones que se crean entre las neuronas? Sencillamente, de la experiencia y de los aprendizajes a los que ésta da lugar. Nuevos estímulos perceptivos y ambientales, suficientemente reiterados, implican nuevas conexiones. Distintas prácticas, operaciones o ejercicios mentales conducen al desarrollo de distintas ramificaciones de las dendritas neuronales y a distintas conexiones con otras neuronas. Y, al parecer, esta plasticidad o capacidad de las neuronas de generar conexiones entre ellas no depende de la información hereditaria. O, lo que es lo mismo, los genes no determinan el número de conexiones sinápticas que las neuronas pueden generar, sino que éste varía exclusivamente en función de la actividad y estimulación cerebral. Por ello no existen dos cerebros iguales, ni tan siquiera en gemelos idénticos. Si sólo uno de estos gemelos de idéntica carga genética se dedica, pongamos por caso, a tocar el piano, se observará que en las áreas de la corteza cerebral destinadas al control del movimiento de cada una de las dos manos se ha generado un gran cúmulo de conexiones neuronales y, por tanto, un desarrollo de la corteza cerebral en estas zonas notoriamente mayor en relación con el cerebro del otro gemelo.

Lo que se deduce de todo esto es que el cerebro humano es una suerte de masa plástica que se modela en función de la experiencia. De ahí que, incluso en su configuración puramente física, dispar en cada ser humano, este órgano constituya el fiel reflejo de nuestras vivencias y de las habilidades y competencias que hemos adquirido en virtud de la práctica y el aprendizaje. Un reflejo, por otra parte, siempre cambiante y dispuesto al cambio según las actividades que llevemos a cabo y la estimulación a la que sometamos a nuestras neuronas. Hasta el punto de que se cree que si los niños procedentes de ambientes depauperados con deficiente estimulación intelectual y psico-afectiva tienden a mostrar una menor capacidad o desarrollo intelectual es porque, al igual que en el caso de las ratas, sus neuronas poseen una arborización menor que la de los niños criados en ambientes óptimos. Pero si esos mismos niños son sometidos a un programa de estimulación cognitiva, su desarrollo cerebral y el correlativo rendimiento intelectual no tardan en aumentar para equipararse al de la media al aumentar el número de conexiones sinápticas de sus neuronas.


Esto es, a día de hoy, lo que dice la Ciencia en lo referente a la plasticidad del cerebro, la capacidad de aprendizaje y el rendimiento intelectual de los seres humanos. Sin embargo, hace unas semanas, saltaba la noticia de la presentación de un estudio por parte de la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) sobre las “Reformas necesarias para potenciar el crecimiento de la economía española” –un estudio, por cierto, al que no se puede acceder gratuitamente y cuyo precio en el mercado es de más de 80 euros– en el que, en el capítulo sobre reformas educativas, se defiende que la herencia genética “tiene una importancia sustantiva en el rendimiento escolar de los hijos equivalente o algo superior a la del origen socioeconómico”. Y es que, según uno de los coautores del mismo, profesor de Sociología de la Educación en la Universidad Complutense, “cada vez estamos más convencidos de que no todo es condicionamiento social”. A la par, este mismo estudio señala que “el gasto en educación no es lo más importante en la obtención de resultados”.

No puedo saber –dado que, como ya he dicho, no se puede consultar de manera gratuita y no tengo intención alguna de gastarme más de 80 euros en adquirir este texto para enriquecer aún más el bolsillo de los empresarios– si el estudio de la CEOE pone en relación ambas afirmaciones. Pero creo que cualquier persona con sus neuronas mínimamente estimuladas y, consecuentemente, con un grado estándar de conexiones sinápticas entre ellas, podrá deducir la conclusión que se deriva de su contemplación conjunta: si el rendimiento escolar depende “sustantivamente” de la herencia genética y, por tanto, los listos de nacimiento siempre obtendrán mejores resultados que los tontos de nacimiento, ¿qué sentido tiene invertir más en una mejor educación? No, la inversión en educación no tiene sentido, parece decir la CEOE a partir de las investigaciones presuntamente científicas en las que se apoyan. De manera natural, los listos de nacimiento obtendrán buenos resultados y los tontos de nacimiento malos. No despilfarremos el dinero público en gastos inútiles.

Pero lo que no contaba esta noticia es que en este capítulo sobre reformas educativas del estudio de la CEOE, titulado “Diagnóstico y reforma de la educación general en España” se sostiene –al menos según el resumen ejecutivo que sí circula por la red– que “los centros privados suelen obtener mejores resultados que los públicos, aunque ello se debe en gran medida a que seleccionan alumnos de familias con mejor nivel social o educativo”. Parece, pues, que sus autores, incurriendo en una clara contradicción, sí reconocen que, a mayor nivel socioeconómico, mejores resultados. Refrendan con ello, quizá sin pretenderlo, los datos estadísticos que –por supuesto desde otros frentes– señalan que las tasas de fracaso escolar son entre tres y cuatro veces superiores en las comunidades pobres en comparación con las ricas, o que los niños pertenecientes a familias con renta media y alta tienen hasta veinte veces menos probabilidades de abandono escolar que los pertenecientes a familias de renta baja.


Y tampoco contaba que a continuación de este punto sus autores se permiten afirmar que “una mayor proporción de enseñanza privada mejora el rendimiento conjunto del sistema, a través de las presiones competitivas en las escuelas públicas, a condición de que gran parte de la enseñanza privada esté financiada públicamente y la financiación por alumno sea similar a la de los centros públicos”. Cabría aquí preguntarse cómo hacer compatible la idea de que el gasto en educación no es lo más importante en la obtención de resultados –o, tal y como reza en el resumen ejecutivo, “llegado un cierto nivel de gasto por alumno, los incrementos superiores tienden a tener efectos nulos en el rendimiento escolar” – con la de que la financiación por alumno en los centros privados sea similar a la de los centros públicos. Porque mientras no se incremente el gasto en educación –y el estudio sugiere claramente la inutilidad de tal incremento–, la financiación pública de los centros privados sólo podría tener lugar a costa de disminuir el gasto en educación en los centros públicos. Y mientras los centros concertados y privados sigan seleccionando a los alumnos de mejor nivel socioeconómico, ello supondrá destinar el dinero público a favorecer a los más favorecidos quitándoselo para ello a los más desfavorecidos.

Quizá estos profesores piensen que en los niveles socioeconómicos más elevados se aglutinan los más listos, mientras que en los inferiores se aborregan los más tontos. Y a lo mejor hasta tienen razón, si se atiende al rendimiento escolar observado entre una y otra esfera de la población. Ahora, lo que me parece el colmo de la obscenidad y la perversión es que intenten convencernos de la inutilidad de cualquier política de redistribución de la riqueza y justicia social encaminada a mitigar diferencias entre los más ricos y los más pobres desde la premisa de que si los pobres son pobres ello se debe, sencillamente, a que son tontos de nacimiento y no hay forma de alterar esta cruel determinación natural. Porque es aquí donde se demuestra la obscenidad y la perversión que anidan en la defensa de ciertas ideologías innatistas sobre la condición humana en general y su inteligencia en particular: que sistemáticamente se postulan al servicio del más recalcitrante inmovilismo y para aún mayor beneficio de quienes ya han salido injustamente beneficiados en esta injusta lotería social, que no natural.

viernes, 24 de junio de 2011

Para qué poetas


Se nos deslucen las palabras en la boca de tanto gastarlas, como monedas que pasando de mano en mano fueran mermando en lustre, perdido entre el sudor y el polvo de dedos incontables su brillo originario, limada por el uso la nitidez primera del cuño de sus relieves, evaporado con el correr del tiempo aquel sabor inédito a tesoro extraño y recién capturado que paladearon una y otra vez nuestras lenguas infantiles al conquistar su poder. Ahora las lanzan al aire, o inmóviles al silencio reflectante de nuestras cabezas, convertidas en útiles, prácticos enseres, instrumentos tendidos hacia otros, hacia nuestra interioridad confusa, como puentes que devienen invisibles para los ojos fijos en la orilla a alcanzar. Y así emergen de nuestras gargantas apenas percibidas en sus contornos, difusamente entrelazadas por el enigmático automatismo tan sólo en una ínfima parte nutrido de la costumbre, ajenos los oídos las más de las ocasiones a la amplitud frondosa que se agazapa tras la superficie repetida y cotidianamente recortada de su significado. Al igual que se oculta la honda riqueza del dar al confinarse su pronunciación a la donación del pan y el martillo.

Pero hay quienes no cesan de abismarse sobre los zurcidos que la experiencia cose en sus entrañas, de abrazarse a los espectros brotados de su fantasía, de aguzar sus sentidos y afinar sus sentires en busca de la sustancia que arma el mundo, y en descenso por las raíces que el lenguaje clavara en sus almas, desde allí se afanan en amasar el barro de las palabras para moldear figuras de líneas delicadamente esculpidas. Como aplicados orfebres engastan las piezas del collar único y precioso escogiendo con cuidado cada trozo de metal irremplazable, meditando reflexivos sobre la justeza de cada ligadura, engarzando primorosamente una palabra tras otra. Y en su esmerada trabazón, insólita o en su sencillez reveladora, logran devolverles el brillo que acaso un día poseyeran. Desnudas sobre el papel, adheridas al son de una melodía en los oídos, refulgen entonces las palabras como piedras recién extraídas de una cantera, recobrada su fuerza bruta, revestidas de su autoridad nominativa primigenia. Dispuestas a resonar de nuevo en nuestras bocas con los ecos vírgenes que acompañaron su nacimiento, solícitas a vibrar en nuestras lenguas como si por vez primera las engendraran fraguando su sentido. Y hasta el silencio que separándolas las alía y uniéndolas las distancia, reverbera en ellas sinuoso como su signo escrito sobre la partitura, tornándose patente en el vacío que lo conforma.

Brillan las palabras en el metal forjado de sus versos, y brillan con ellas las cosas que nombran, en idéntico proceso deslucidas y opacas, desgastadas y sobadas por las manos en el hábito de la ejecución, por la mirada que en su reiteración las baquetea y aplana, aplastando el misterio que soporta su existencia, sepultando la belleza que en su singularidad se alberga. Disuelto por la designación atenta el gris plomizo que enturbia su manifestación rutinaria, se nos aparecen de súbito bajo una nueva luz, una luz distinta, más pura, más salvaje, que irradian perfilando sus límites, fundiéndola en su materia. Por eso descubrimos una y otra vez en el relucir de esas palabras la hermosura de la rosa ignorada durante el paseo, la suavidad fugaz de sus pétalos destinados a caer como párpados somnolientos, el orgullo inocente de sus espinas. Siempre pasmoso, el azul del cielo soleado que sobrevuela nuestras coronillas apresuradas. La frescura del agua manando en surtidor de la fuente o el muro impenetrable en los ojos dulces de la gacela. Y en todo ello, el milagro de que cada pequeña cosa, cada insignificante mota de polvo, haya llegado a estar ahí para arroparnos con su presencia. Pero también aprendemos una y otra vez, al calor de esos nombres y verbos pulcramente encajados, la soledad que ensombrece nuestras conciencias en el rugido negro de una pantera enjaulada. En un cuenco lleno de flores el asombro pintado de verde de la muerte. La potencia quizá aniquiladora, acaso vivificadora del dolor y la tristeza muelle de la melancolía. El desgarro irrenunciable del amor, siempre esposado al sufrimiento enajenado del desamor y la pérdida. La ironía terrible del cáncer como fiesta enloquecida de las células.

Es misión de poetas y trovadores arrastrarnos como flautistas por los senderos sedosos de sus palabras para arrojarnos en pleno rostro, rescatadas del nicho de la costumbre y entretejidas al ritmo de sus silencios, verdades que apartamos tozudos guiados por la pretensión vana de rehuir la angustia. Bastidores de los aconteceres que nos gestan, quizá tan sólo encerrados en el arcón de la desmemoria por el trasiego de los desvelos diarios. Apenas intuidas a veces desde el lenguaje común y la vivencia roma, evidencias que nos atraviesan en unas breves estrofas con la contundencia del rayo. Y no es raro que logren sus versos incrustarse con tal tenacidad en nuestra retinas que ya nunca dejemos de vislumbrar rojos los leones sobre las cálidas praderas, de tierra los cuerpos unidos en la noche, el blanco de su gemido al sobrevenir el alba. Poetas y trovadores trabajan el elemento dúctil del lenguaje para decir aquello que las cosas pueden ser y entonces son. Para fundar lo que en su aparecer las muestra y define al ser dichas y nombradas si aquí es, como uno de ellos cantara, el tiempo de lo decible. Se inventa y construye el mundo, ése que hacia adentro y por fuera nos es dado contemplar, ése que esencialmente habita en nuestras pupilas, en la presteza convulsa de sus dedos y la articulación de sus lenguas. Esponjado por ellas en sus aparentes cercados, ensanchado en su masa mostrenca al desamparo de las palabras. Y así es como de continuo se puebla de ángeles sobrecogedores, de dioses olímpicos, de atlántidas sumergidas, no por invisibles a los ojos del cuerpo menos tangibles para los del alma. De Aquiles encolerizado, Ulises nostálgico y añejos caballeros andantes. De infinitas entidades más concretas, más compactas y veraces en el tránsito del papel a la cabeza que los seres engañosamente cercanos al alcance de nuestras manos. De torsos de Apolo salvados de entre las ruinas capaces de impulsarnos a cambiar nuestra vida.

Y quién sabe si acaso no cantan y celebran, maldicen y lloran en sus elegías poetas y trovadores, como Orfeos regresados del averno, para ofrecernos en préstamo sus voces doradas cada vez que el aire, devenido incógnita densa en la ecuación indescifrable, ataranta y enmudece nuestras lenguas de trapo hurtándonos la palabra. Cada vez que vapuleados por el oleaje agitado que levanta en las vísceras esta realidad siempre extraña, siempre brumosa y desbordante, se nos torna correoso el lenguaje en la boca, reducida el habla a torpe balbuceo o grito ahogado, usurpándonos la posibilidad del justo decir y nombrar. Condenándonos a un desasosegante silencio. Penetramos sus letras y de pronto ahí estamos, retratados en su inaudita composición como en un espejo claro. Escuchamos sus versos y en su fluir ordenado nos hallamos, en pugna con boca y mundo, dichos en el pesar que asfixia la garganta, nombrados atinadamente en el pasmo que nos calla. Pues ellos son quienes, transformando en verbo su carne mortal, desgranan con cuidado la amalgama confusa de la experiencia para brindarla abierta a nuestras lenguas. Y repitiendo sus palabras pulidas, vibrantes, recobramos nosotros la voz. Diciéndonos en su sonido cristalino como nadie mejor nos hubiera dicho.

sábado, 4 de junio de 2011

Obediencia


No me cabe la menor duda: cualquiera que se enfrentara a la pregunta acerca de si estaría dispuesto a suministrar, bajo las órdenes de un científico, una descarga eléctrica de 460 voltios a otra persona, respondería con un escandalizado "¡No!" Y también con toda certeza proferiría una negativa aún más rotunda de planteársele si lo haría a petición del conductor de un concurso o del público de un plató televisivo. Pero, ¿podemos estar tan seguros de lo que haríamos o dejaríamos de hacer bajo la presión de una fuente de autoridad? ¿Sabemos realmente hasta qué punto estaríamos dispuestos a obedecer las órdenes de otro ser humano revestido, constitutiva o coyunturalmente, de alguna forma de poder reconocido por nosotros mismos como legítimo?

Éstos son tan sólo algunos de los interrogantes que suscita la reciente reproducción del experimento Milgram -un famoso experimento de psicología social llevado a cabo en los años 60- presentada en un documental de la televisión francesa llamado “El juego de la muerte”. La única pero más que significativa diferencia entre uno y otro experimento es que Milgram lo realizó en un laboratorio de la Universidad de Yale, mientras que su versión contemporánea tuvo lugar en un estudio de televisión.



Los sujetos experimentales fueron esta vez 80 personas seleccionadas entre 2500 para participar como voluntarios en la presunta puesta a punto de un nuevo concurso televisivo llamado “La zona extrema”. Al igual que en el experimento Milgram, se trataba de personas de entre 20 y 50 años con niveles de estudios variables. Su cometido como “examinadores” consistía en formular una serie de preguntas a otro “concursante” o “candidato” –en realidad, un actor cómplice del experimento- relativas a un listado de palabras que éste debía memorizar previamente y en penalizar sus respuestas erróneas con descargas eléctricas de intensidad creciente. Según la lógica del concurso, “examinador” y “candidato” ganarían un millón de euros a repartir entre ambos sólo por persistir en el juego hasta la formulación de la última pregunta, con independencia de los errores cometidos por el “candidato”. Pero dado que los “examinadores” creían estar participando en un mero programa de prueba, sus beneficios económicos, así como los del ficticio “candidato”, se reducirían a 40 euros en concepto de compensación por su colaboración.

Las descargas que podía recibir el “candidato” iban desde los 20 voltios iniciales ante el primer error hasta los 460 voltios. Durante la ejecución del concurso, el “candidato” permanecía supuestamente encerrado en una cabina. "Examinador" y público en el plató tan sólo podían escuchar primero sus quejas ante las descargas, luego sus alarmantes gritos de dolor y finalmente sus desesperadas súplicas para que se le permitiera abandonar el concurso -simples grabaciones de la voz del actor reproducidas por los productores del programa tras las hipotéticas descargas-. A partir de los 320 voltios el candidato se negaba entre gritos y lloros a responder a más preguntas. A partir de los 360, de su cabina únicamente emergía un preocupante silencio.

Si el “examinador” vacilaba en aplicar la descarga y así continuar con el juego, la conductora del programa debía decir: “Adelante, continúe”. Conforme la vacilación del “examinador” aumentaba ante las reacciones del “candidato”, también lo hacía la presión de la conductora sobre él con consignas del tipo: “Que no te impresione. Hay que continuar” o “Es tu turno. Continúa”. Después: “Tienes que continuar. Son las reglas”, “Es la lógica del juego. Tienes que continuar”, “El juego exige que continúes”. Y ante la primera negativa del “examinador” a proseguir con el juego: “Nosotros asumimos todas las consecuencias”. Seguido de “Ahora mismo el candidato quiere parar, pero en diez minutos te agradecerá que hayas continuado”. Y finalmente, si las consignas fracasaban, la apelación al público: “¿Qué opina el público?”, que aplaudía y alentaba al “examinador” a continuar.

Los resultados del experimento fueron escalofriantes: de los 80 “examinadores”, 64 -el 81 por ciento- llegaron hasta el final del juego, obedeciendo las órdenes de la conductora del programa y consintiendo en aplicar una última descarga eléctrica de 460 voltios al falso “candidato”. Sorprendentemente, se superaban los ya escalofriantes resultados del experimento de Milgram, en el que, desbordando todas las previsiones de los psicólogos, el 62 por ciento de los “examinadores” obedecieron también hasta el final las instrucciones de un científico creyendo participar en un experimento de la Universidad de Yale sobre el efecto del castigo en el aprendizaje.


Estas personas no eran sádicos que disfrutaran infligiendo dolor a otros. Por el contrario, después de la realización del experimento y de haber sido informados sobre su dinámica, todos manifestaron haber sufrido enormemente y experimentado un grave conflicto moral por verse “obligados” a administrar descargas eléctricas al “candidato”. A partir de cierto voltaje, muchos de ellos intentaron hacer trampas indicando al “candidato”, con la entonación de su voz, la respuesta correcta a las preguntas formuladas para no tener que proseguir con la tortura. Durante el concurso, vivieron momentos de tensión insoportable y fuerte angustia. Pero, aún así, no consiguieron dejar de obedecer las órdenes de la conductora del concurso. De no haberse tratado de un experimento psicológico, el 81 por ciento de los sujetos participantes habría matado a otra persona ante las cámaras por no ser capaces de desobedecer y de enfrentarse a la autoridad que concedieron al programa. La cuestión más candente ante estos hechos es, simple y llanamente: ¿Por qué?

Las conclusiones del equipo de psicólogos que dirigieron el experimento resultan, a mi juicio, de todo punto iluminadoras: puesto que convivir como seres sociales exige obediencia al conjunto de normas y leyes que regulan el funcionamiento de la sociedad, desde nuestros primeros años de vida se nos educa en la obediencia y para obedecer. No de otra forma aprendemos a convivir con nuestros semejantes e incluso a sobrevivir como individuos. Eso no significa que obedezcamos a cualquiera. Pero sí que obedecemos por principio a quienes reconocemos como fuentes de legítima autoridad: a nuestros padres de niños, a nuestros profesores, a nuestros jefes, a los agentes del orden público, a los médicos… Desde que tenemos uso de razón, hemos sido moldeados para obedecer sin cuestionamiento a quienes concedemos la legitimidad de un poder instituido socialmente, y en especial a quienes ostentan el poder social que otorga el saber.

En este sentido, dicen los psicólogos, la desobediencia y el enfrentamiento a la autoridad no son fruto de la improvisación: igual que se aprende a obedecer, la capacidad para desobedecer es resultado de un aprendizaje previo, de unas experiencias anteriores, de una educación. La que, como sugiere el documental, demostraron poseer el grupo de 9 “rebeldes” que lograron enfrentarse a la conductora del programa y parar el juego en torno a las descargas de 180 voltios, haciendo valer sus convicciones morales por encima de sus órdenes. Una de ellos relataba con posterioridad que, al pulsar la palanca de las descargas, a su mente venía la imagen de los campos de concentración nazi, de los médicos que experimentaban en ellos con sus prisioneros. Y no creo que sea casual que esta mujer declarara haber crecido en un país comunista, donde la mayor presencia y calado del mandato de obediencia a las reglas sociales tendería a confrontar a sus individuos, al menos reflexiva o virtualmente, con la posibilidad de la desobediencia. Pero si no todo el mundo ha tenido la oportunidad de aprender a desobedecer, ese aprendizaje, afirman los psicólogos, puede adquirirse con cierta rapidez. Prueba de ello sería el segundo grupo de 7 rebeldes que rechazaron continuar con el juego a partir de los 320 voltios, una vez el “candidato” dejó de responder a las preguntas.

Según los psicólogos, el principal obstáculo a la desobediencia que la gran mayoría de los “examinadores” no consiguió vencer radica en lo que Milgram llamó en su día el “estado agéntico”: ante los dictados de una autoridad valorada como legítima y, fundamentalmente, ante el desconocimiento del contexto, de los supuestos, de los factores de realidad que darían sentido o mostrarían con prístina claridad a dónde conducen tales dictados, entramos en un estado por el que nos percibimos como meros instrumentos ejecutores, como meros agentes de las decisiones de otros. Suspendemos el juicio. Dejamos de pensar y delegamos toda nuestra responsabilidad personal en la autoridad que ordena. La autoridad pasa a ser entonces responsable de las consecuencias de nuestros actos, no nosotros. Ellos sabrán lo que se hacen, nos decimos. Yo sólo cumplo órdenes y será la autoridad quien responda de mis actos. Inquietante, ¿verdad?

El experimento psicológico que se expone en el documental “El juego de la muerte” pretendía evaluar el poder en nuestras sociedades de la televisión, convertida para gran parte de la población en fuente legítima de autoridad. Sin embargo, me parece que sus conclusiones a este respecto pueden ponerse parcialmente en entredicho desde el siguiente razonamiento: somos muchos los que de antemano rechazaríamos dedicar unas horas de nuestras vidas a colaborar en la puesta a punto de un programa televisivo a cambio de 40 euros; por tanto, los participantes en el experimento eran personas que ya sentían una particular “veneración” por el universo televisivo y no cabe considerarlos como una muestra representativa del conjunto de la sociedad a la hora de medir el influjo de la televisión sobre ella.

Pero si, a pesar de ello, creo que este documental merece ser visto y analizado con detalle, es porque pienso que sus reflexiones sobre la obediencia son perfectamente válidas y deben ser tenidas en cuenta. En un mundo de creciente complejidad como el nuestro, donde cada vez son más los asuntos cuyo funcionamiento interno desconocemos, y cada vez mayor la necesidad, en función de ello, de confiar en el saber de los “expertos”, nos vemos de continuo alentados, incluso forzados, a suspender el juicio, a dejar de pensar y a limitarnos a obedecer las consignas de otros. A delegar la responsabilidad de nuestras vidas en manos de esos que saben o dicen saber. Y es así como nos volvemos peligrosamente proclives a convertirnos, sin darnos cuenta siquiera, en las manos ejecutoras de sus abusos de poder. Permanezcamos, pues, atentos. Y no olvidemos que siempre nos cabe la opción de la desobediencia y el enfrentamiento a la autoridad.

Descubrí hace unos meses este fascinante documental gracias a Huelladeperro. Ya entonces se desató en su blog un interesante debate sobre él. Pero como, pasado el tiempo, tengo la impresión de que apenas se difundió y de que muy poca gente lo conoce, no he querido dejar de traerlo a esta página. Entre otras cosas, porque si es cierto que la desobediencia se aprende, creo que bien podemos aprender algo, por poco que sea, a partir de la experiencia de otros. Así que, si os sobra hora y media, no dejéis de verlo.


sábado, 21 de mayo de 2011

Ilusión


Y de nuevo los ojos, distraídos de las manos afanosas sobre los últimos cubiertos sucios, chocando contra la presencia impertinente del vaso junto la pila. Fue el primer momento en que el atisbo de extrañeza, dejado caer días atrás con indiferente rapidez, detuvo el hilo errático de sus pensamientos para focalizarlos sobre el interrogante que descartaba el simple despiste. Porque Carmen siempre coloca la vajilla recién fregada en el escurridero empotrado en el armario que pende sobre la pila. Y el vaso, al igual que días atrás, estaba limpio, sin huellas de restos de zumo o del carmín sobre el borde con que aún, como desde bien jovencita, tiñe sus labios tras el aseo matutino aunque no tenga previsto salir de casa. Tal y como hiciera esos días, Carmen lo enjuagó y depositó sobre la rejilla del escurridor junto a sus congéneres, si bien proponiéndose esta vez estar atenta al pequeño misterio del vaso fuera de sitio. Apartando de un manotazo, con una media sonrisa, ridículas ideas sobre duendes domésticos, al mismo tiempo rechazando tozuda la posibilidad del error inconscientemente repetido tras tantos años de idéntico ritual en sus manos entre el fregadero y el escurridor sobre su cabeza. A la mañana siguiente, mientras preparaba la cafetera, todavía demasiado dormida para recordar propósitos fijados antes del sueño, se percató con un ligero respingo del vaso limpio mirándola callado, insolente desde el reluciente banco de mármol junto a la pila. Y así seguiría mirándola de cuando en cuando por más que ella se empeñara en devolverlo a su lugar natural cada vez que lo descubría.

Pronto se sumaron otros objetos cotidianos a la vida en apariencia independiente de su voluntad adquirida por el vaso. Para su desesperación cuando el tiempo la apremiaba, las llaves desaparecían del paño interior de la puerta donde las incrustaba mecánicamente al entrar para reaparecer sobre el taquillón de la entrada, la mesa de la cocina o incluso el sofá. La más pequeña de las toallas, cuidadosamente apilada junto a las demás tras recogerlas del tendedero y guardarlas en el último cajón del armario, la sorprendía a menudo desde su escondite entre el revoltijo de la ropa interior. El cojín rojo del sofá empezaba a acostumbrarse a reposar sobre la cabecera de su cama. Encima de la lavadora, discos que hacía meses no escuchaba. Hasta las teclas del teléfono semejaban activarse al margen de sus dedos: llamaba a alguna de sus hijas, o a Alba, su antigua colega de docencia en la facultad e íntima amiga, y no era raro que le respondiera una voz desconocida al otro lado de la línea. Tras disculparse consultaba por si acaso, irritada, la agenda. Sí, por supuesto que ése era el número que había marcado. Un nuevo intento, pulsando con mayor concentración las teclas, y ya la voz o el contestador familiares.

Después de varias semanas de desconciertos domésticos y creciente inquietud no tuvo más remedio que abrir la puerta a la hipótesis temible, aterradora, que hasta entonces había encerrado entre los muros de la negación: lagunas en su memoria sustrayendo a su conciencia los actos que explicarían la alteración inesperada en el orden habitual de los objetos; fragmentos de ella misma en su acostumbrado trajín por la casa evaporados de su mente como si jamás los hubiera protagonizado en primera persona; pedazos de su propio yo desgajados de su presunta unidad monolítica sin más rastros de su pérdida, de las rupturas por ella operadas en el hilo subjetivamente continuo de sus vivencias, que el vaso y las llaves y la toalla y el cojín y los discos descolocados. Tal vez el inicio del desmoronamiento de las células en su cerebro. Acaso el comienzo de la demencia. Sus padres habían muerto jóvenes, no sabía de otros precedentes en la familia. Aunque, es cierto, últimamente la mortificaban ciertas anécdotas que había oído contar sobre un primo de su madre pocos meses antes de morir. Y a sus muchos años, ¿por qué habría de ser imposible? Sin embargo, salvo el baile caprichoso de los objetos, ninguna otra cosa la inducía a admitir que en su desbarajuste se reflejara el de su vieja cabeza. Si los repasaba cuidadosamente al acostarse, recordaba perfectamente los acontecimientos de cada jornada, por más que éstos se redujeran a la rutina de obligaciones domésticas, paseos, lecturas y reuniones periódicas con amigos y colegas de la universidad, cada vez más achacosos, con que se esforzaba por aliviar la sensación de vacío y soledad que la acosaban desde su jubilación. Recordaba las ideas, el orden argumental de los ensayos, los nombres de los personajes, la trama de las novelas, las noticias que leía en el periódico. Las conversaciones telefónicas con sus hijas, con Alba, a quienes nada había mencionado de lo que le estaba sucediendo. Pese a su antipatía por los médicos, se dijo con angustia que debía valorar firmemente si acudir a ellos.

Una noche despertó sobresaltada. La mente en blanco, sin imágenes tenebrosas o desasosegantes que justificaran su abrupto retorno a la conciencia. Temerosa, aguzó el oído. Sólo el silencio plácido de la noche. Incapaz de conciliar de nuevo el sueño, decidió finalmente propiciar su venida con un rato de lectura. Probablemente la novela a medio leer que reposaba sobre la mesita la espabilaría aún más, así que mejor decantarse por la recopilación de artículos de uno de sus autores favoritos que había comprado hacía poco. Se levantó y se dirigió al comedor en su busca. Sólo al día siguiente se preguntaría por qué no la turbó hallar la puerta entornada en lugar de cerrada, tal y como ella solía dejarla antes de acostarse para que el ruido del tráfico matinal no alcanzara su dormitorio. Al encender la luz, sus ojos se posaron de inmediato sobre el libro que yacía, como abandonado al descuido, sobre el sofá. Se sentó algo ansiosa –una vez más, no recordaba haberlo sacado de la librería– y al cogerlo comprobó que entre sus páginas, a modo de señal marcando la interrupción de la lectura, asomaba el borde de una fotografía. Abrió el libro por esas páginas y así lo depositó sobre su regazo para ponerse las gafas prendidas en la pechera del camisón y examinar la fotografía. Allí estaba ella con Antonio durante el viaje que hicieran a Turquía el verano después de casarse. Ella con un vestido amplio y algo seria. Antonio sonreía a la cámara abrazado a su cintura. Qué jóvenes los dos. Y qué ignorantes de los problemas, de las agrias desavenencias, de las sofocantes discusiones que acabarían por separarlos con los años. Al notar una nube de tristeza ensombreciendo su corazón se dispuso a devolver la fotografía a su lugar entre las páginas del libro. Curiosa, quiso antes echar un vistazo a esas páginas. Su mirada se paralizó sobre el nombre que servía de título al capítulo que allí comenzaba. David. El corazón ya encogido bajo la lluvia. Ella estaba embarazada de cuatro meses -¿cómo no se había acordado al ver la fotografía?- durante aquel viaje, de ahí el vestido amplio y la seriedad de su rostro, no se encontraba ya muy bien. Si era niño, lo iba a llamar David. A los pocos días de volver, el dolor agudo en el vientre, la alarmante hemorragia, la visita a urgencias. Más o menos año y medio después nació Andrea. Luego Julia. Luego empezaron los problemas con Antonio. El nombre de David quedó para siempre sin destinatario.

Y al introducirse de nuevo entre las sábanas ya frías portando bajo el brazo el libro de artículos, la idea descabellada, absurda, inadmisible, abriéndose paso en su cerebro como un tropel de caballos desbocados, derribando con su fuerza los numerosos obstáculos, las tenaces barreras, los poderosos empujones de la mente racional de la antigua profesora de ciencias políticas: ¿y si fuera David el que…? ¿y si David, su niño no nato…? ¿Por qué si no entonces el libro sobre el sofá, la fotografía en la que ella aún lo llevaba en su seno entre esas precisas páginas presididas por su nombre? ¿Por qué si no los objetos cambiados de sitio, como si David, el espíritu de David –le daba vergüenza incluso pronunciar mentalmente esta palabra– quisiera…? Estremecida por sus propios pensamientos, Carmen alzó el embozo sobre sus labios, lo mordió de puro nerviosismo y lo bajó de nuevo hasta su pecho. Casi se asustó de sí misma cuando oyó su voz rompiendo suavemente el silencio: David. Un gato maulló lastimero en el patio interior. Un poco más fuerte: David, hijo, ¿eres tú?

Desde hace unos días, Carmen se levanta más temprano. Prepara la cafetera, corta el pan, mira distraída por la ventana mientras se tuesta, se agita por la cocina de un lado a otro con la mantequilla y la mermelada, y sólo tras este ritual, durante el cual intenta disimular la sonrisa en curva contenida sobre sus labios, se aviene a dirigir la vista hacia la pila, hacia el vaso limpio junto a la pila, y lo coge ya sonriendo abiertamente para depositarlo sobre el escurridor, meneando un poco la cabeza, como si estuviera reprendiendo a alguien. Es la misma sonrisa que ilumina su rostro, el mismo gesto que balancea su coronilla cuando da con las llaves en el sofá, la toalla pequeña cubriendo sus medias, los discos o cualquier otra cosa –ahora son ya tantas cosas– sobre la lavadora o cualquier lugar insospechado. Sus diarios paseos al mediodía se han vuelto más largos y ágiles, al caer la tarde lee con mayor fruición sus novelas y ensayos. Se abandona al sueño con una apacible sensación de bienestar, de plenitud, hace años olvidada. Esta mañana ha quedado con su amiga Alba a tomar un café y de repente ésta la ha abordado por la calle, extrañada, ¿pero qué haces aquí?, si habíamos quedado hace una hora en la plaza, ¿te encuentras bien?, ha preguntado escrutando su rostro, te he esperado durante media hora, te he llamado al móvil pero estaba desconectado, y luego he venido por esta zona a hacer unas compras y aquí te encuentro, no sé, ¿seguro que estás bien?, pareces desorientada. Sí, Carmen se ha desorientado. Iba andando camino de la plaza y de improviso se ha descubierto en esa calle que no conoce, sin saber muy bien cómo llegar a la plaza, tampoco para qué quería ir a la plaza. Alba la toma cariñosamente del brazo, tratando de ocultar el estupor, la preocupación que amenaza con asomar en sus facciones, pergeñando con premura la estrategia, vamos, te acompaño a casa, qué bien haberte encontrado, quería que me dieras el teléfono de tu hija, de Andrea, es que… es que uno de mis nietos quiere irse a estudiar a París, ¿sabes? y me gustaría hablar con ella, como ella vive allí, pero… ¿de verdad estás bien?, ¿no te notas nada raro? Carmen no puede dejar de sonreír mientras deniega con la cabeza. Trata de imaginar la reacción de Alba si le dijera que sí, que claro que está bien, que es sólo que David, con su constante parloteo, con sus juegos por la calle, correteando y escondiéndose detrás de cada esquina, la despista y aturulla, y por eso se ha desorientado. Pero Carmen calla, prudente, y se deja conducir dócilmente a casa.