sábado, 24 de marzo de 2012

Justicia II


Hay conceptos cuyo significado nos huele a quimera vaga, a vapor huidizo que se desvanece antes de que nuestros ojos consigan dibujar en él una figura, a construcción intangible que sume nuestra voluntad de aprehenderlos en un desasosegante desconcierto. Decimos “martillo” y ahí está el objeto sólido, concreto, infinitamente más pesado y palpable que el sonido que compone su nombre. Decimos “torpeza” y a nuestra mente asoma –el amago de sonrisa en los labios– la reconstrucción cinematográfica de las imágenes del enredo matutino con la toalla que casi termina con nosotros de bruces en el suelo. Pero decimos “justicia” y no es raro que nuestras cabezas acusen un incómodo vacío que nos deje desarmados ante la expectativa de una posible demanda de explicación precisa.

Quizá por eso afirmaba Derrida, con su habitual lucidez para los conceptos, que la justicia pertenece al orden de lo irrepresentable, de lo absolutamente otro frente a la esfera que habitamos los humanos, por más que la responsabilidad del origen y existencia de esta noción no recaiga sino sobre nosotros mismos. Así somos: extrañas criaturas que persiguen y reclaman los objetos de sus invenciones. La palabra justicia, señalaba Derrida, remitiría a una experiencia de lo imposible. De justicia sería, acaso, que a quien ha muerto gratuita y violentamente a manos de otro le fuera devuelta la vida. Pero ni tan siquiera esa devolución milagrosa podría compensar por completo el daño infligido por la muerte a destiempo si no fuera capaz, a la vez, de borrar de la memoria del muerto el dolor de la carne bajo el arma asesina, de restituir los días consumidos al margen de esta vida hasta el momento de la resurrección, o de anular las lágrimas ya derramadas de quienes penaron por su ausencia. Como no podría hacerlo la íntegra reposición del bien sustraído si no lograra a un tiempo eliminar la ira, la impotencia, la sensación de pérdida y el nacimiento de la desconfianza en el prójimo provocadas por el robo. La justicia forma parte de un orden ilusorio y sólo existe, si cabe, como algo siempre por venir y nunca presente, como una promesa incumplible que algunos relegan al más allá trascendente hablando de justicia divina, y otros sitúan en un más acá incontrolable al apelar a la justicia poética. Unos y otros aciertan: la única realización de la justicia que nos es dado imaginar dependería de la omnipotencia de un dios o, a falta de él, del azar enigmático que en nuestra búsqueda de sentido nos empeñamos en llamar destino.

Por eso mismo, insistía Derrida, el derecho no es ni será nunca la justicia, aun cuando, paradójicamente, la propia noción de justicia, tal y como alcanzamos a materializarla desde nuestra humana y limitada condición, exija instalarse en el derecho que se ejerce en su nombre, en las leyes por las que los jueces se rigen con el objetivo y el deber de impartirla. Si la justicia pertenece al orden de lo incalculable –cómo calcular, cómo computar en cifras exactas daños y dolores, agravios y ofensas, así como sus justas compensaciones o reparaciones, incluso de ser éstas factibles-, el derecho es el terreno del cálculo, de la casi obscena indemnización monetaria ante la muerte del hijo irreemplazable, del castigo en años, meses y días al malhechor que nunca nos retornará la salud quebrada o el brazo amputado, todavía en lugares lejanos del ojo por ojo y el diente por diente que tampoco habrá de restituirnos el ojo o el diente extraviados. Si la justicia es extraña a las normas y reglas generales, puesto que la situación que demanda justicia es siempre singular, en última instancia irreductible a cualquier otra, y más irreductibles aún mi daño, mi dolor, mi agravio u ofensa, el derecho no puede más que operar sobre la generalidad de la norma, sobre la universalidad abstracta de la ley, que impera según un principio de igualdad –todos iguales ante la ley– ajeno a las circunstancias particulares, a la idiosincrasia de cada crimen y cada infractor, de cada víctima y cada inocente muerto o dañado.

Tratando en parte de salvar el hiato que instaura la desproporción esencial entre la justicia y el derecho, de acortar distancias en el exceso insuperable que representa la justicia frente al derecho, se halla la figura del juez. Él es quien debe interpretar la regla general según el caso particular. Quien debe hacer valer sobre el acusado leyes formuladas con anterioridad a su delito y a la vez ajustarlas a la concreción de su presente. Quien debe, en definitiva, aplicar la norma abstracta a circunstancias únicas e irrepetibles. Pero ni tan siquiera en esa parte el hiato resulta salvable. Lo muestra el hecho de que el juicio del juez comporta invariablemente una decisión que, en idéntica problemática, excede y desborda toda regla existente y codificada: ninguna regla o ley accesoria puede garantizar la justa interpretación de la ley para el caso particular. De lo contrario, no habría necesidad de jueces. Bastarían máquinas de calcular conforme a tales reglas o leyes. Por tanto, es urgente admitir que los jueces no deciden en función de leyes, sino de su concreta, singular y subjetiva interpretación de las leyes en atención al caso singular. Una interpretación que emerge de algo tan intangible, tan inobjetivable, tan renuente al examen y posterior enjuiciamiento como la conciencia del juez. Y de esa conciencia invisible nunca sabremos si, en el filo de la decisión, se ha decantado por la imparcialidad o por la parcialidad. Por la suspensión de todo interés privado o por la sombra de la incapacidad de suspenderlos. Por el imperativo de honestidad que presuponemos en su conciencia o por su deshonesto apartamiento.

En otro lugar, Derrida reflexionaba sobre el significado del verso final de un poema que Paul Celan escribió en 1967, “Gloria cineraria”: “Nadie/ atestigua por/ el testigo”. También el testimonio del testigo es subjetivo y, en su subjetividad, inverificable. Sujeto a las veleidades de su memoria igualmente invisible. Ante todo, al imperativo de sinceridad cuyo cumplimiento nadie tiene el poder de garantizar. Débil y endeble incluso bajo juramento –¿acaso excluye el juramento la mentira?– frente a las pruebas fácticas con las que debe ser contrastado y que corroborarán o no su verosimilitud. En el verso de Celan se desvela el absurdo de la pretensión de postular un presunto testigo del testigo capaz de garantizar la verdad de su testimonio. Y no sólo porque la memoria de este segundo testigo se hallaría por principio sujeta a las mismas veleidades de su memoria, su testimonio a un imperativo de sinceridad cuyo cumplimiento quedaría idénticamente fuera de toda garantía: ese testigo del testigo lo sería igualmente de los hechos testimoniados y, pese al rodeo efectuado, nos toparíamos de nuevo con el interrogante, con la incertidumbre que anida en el punto de partida. Celan estaba en lo cierto, en su poema se decía verdad: nadie puede atestiguar por el testigo, nadie puede legitimar lo dicho en su testimonio. La misma verdad que muestra un rostro inquietante al proyectarse sobre la figura del juez: ¿puede alguien enjuiciarlo? Cabría recurrir –esta vez sí– a un segundo juez que enjuiciara su decisión. Pero, ¿cómo saber con certeza que la decisión de su enjuiciamiento se ha decantado por lo correcto? ¿Acaso requiriendo el juicio de un tercer juez que la enjuiciara, y la de un cuarto que enjuiciara la de éste, y la de un quinto que enjuiciara la de éste, y la de un sexto que…? La consecuente regresión al infinito estaría servida. Ni todo el tiempo del mundo bastaría para ponerle fin. No nos queda sino aceptar que la justicia a la que como humanos podemos aspirar jamás dejará de depender de la conciencia inescrutable de un juez. Y por causa de esa dependencia correremos siempre el riesgo de que su decisión se encuentre tan lejos de esa quimera irrealizable que es la justicia como una ley abolida por injusta.

No obstante, Derrida advirtió con contundencia de la ilegitimidad de refugiarse en el pretexto de la inevitable desproporción entre la justicia y el derecho para eludir la lucha por establecer leyes más justas o por denunciar decisiones judiciales injustas. Ya se ha dicho, pero quizá sea necesario repetirlo: en su quimérica irrealidad, es la propia noción de justicia la que reclama asentarse sobre esa maquinaria abstracta y exenta de garantías que representa el derecho. Y como nos recordaba François Truffaut casi al término de la maravillosa película “El niño salvaje”, el deseo de justicia es un deseo tan inalienable como constitutivo de la construcción histórica, social y cultural que llamamos naturaleza humana. En ella, los denodados esfuerzos del profesor Itard por hacer transitar a Víctor desde el estado de animalidad hasta la adquisición de los caracteres que nos permiten reconocernos como humanos se ven confrontados con un grave momento de duda que decide resolver poniendo a su discípulo a prueba: someter a Víctor, tras haber resuelto correctamente un ejercicio, a un castigo injusto. Cuando le reprende y trata de encerrarlo en un cuarto oscuro, Víctor se revuelve contra él y le muerde la mano. Se rebela contra el comportamiento que percibe como injusto. Ésta era la reacción que Itard esperaba de Víctor como prueba de su adquirida humanidad: “El sentimiento de lo justo y lo injusto”, afirma Itard, “ya no era extraño al corazón de Víctor. Al provocar en él ese sentimiento, acababa de elevar al hombre salvaje a la altura del hombre moral por su mejor característica y más noble atributo”.



22 comentarios:

El peletero dijo...

En este sentido, debería usted hacernos una interpretación de la propia rebeldía que encierra su nombre, Antígona, y la tragedia que escribió de ella Sófocles, la de su padre Edipo y, para concluir, el origen de la cólera que también nombra su blog, ésa que llenó de sombras o luz el corazón de Aquiles.

Saludos.

huelladeperro dijo...

Creo que vi la película con 12 años. No la he vuelto a ver, aunque es una de mis favoritas. El desasosiego que me provocó esa escena final todavía perdura en mi interior. Lo diré con las palabras más sencillas:

NADA justifica la injusta acción del profesor Itard.

Laura Uve dijo...

Al hilo de lo que has escrito, he pensado en otro complejo concepto el de JUSTICIA SOCIAL. Un concepto al que las teorías sociales y el propio socialismo (entendido aquí como corriente y no desde el punto de vista partidista) le han dado muchas vueltas. Un concepto casi redentorista.

La subjetividad de la justicia y de los jueces está al orden del día pero su valor se entiende cuando las justicia es arbitraria y depende de la voluntad de una persona o de una minoría como ocurre en los sistemas autoritarios.

Muy de acuerdo con la afirmación que señalas de Derrida que... "advirtió con contundencia de la ilegitimidad de refugiarse en el pretexto de la inevitable desproporción entre la justicia y el derecho para eludir la lucha por establecer leyes más justas o por denunciar decisiones judiciales injustas".

La película da mucho que pensar y esa escena final también.

Un abrazo!!

TRoyaNa dijo...

Antígona,
tal como está la justicia en nuestros días,ante la arbitrariedad de algunas decisiones,no me extraña nada que la gente se encomiende a la justicia divina y no humana.Más allá de que se trata de una cuestión de fe o una ilusión,es preciso aferrarse a la esperanza de que "cada uno recogerá lo que siembre" aunque esta ley no se cumpla a menudo en la medida que todos deseáramos.
En relación a la película,me gusta esa reacción del niño de morder la mano de quien le trata injustamente.Hay esperanza en esa rebeldía.
Bsts

Dona invisible dijo...

Hola, Antígona,
un tema muy interesante y controvertido el que propones. La justicia o el concepto en sí está relacionado con la idea del Bien y del Mal, con la moralidad. Decidir qué está bien y qué está mal no es tarea fácil y seguramente cada individuo daría su versión según sus creencias, doctrina o su propio pensar. Efectivamente, como dices, la idea de justicia es algo etéreo y altamente relativizable, pero yo sin embargo pienso que hay ideas universales, acuerdos plurales que todo el mundo (no importa origen, sexo o creencias) acepta más o menos abiertamente. Es difícil decidir cuáles son esos valores, pero por ej., creo que el hecho de saber que quitarle la vida a otra persona es malo (por así decirlo) es algo universal.
En la escena de la película que nos expones, ¿habría alguien que afirmara que la acción que comete el maestro con el niño no es injusta?
Creo en la diversidad de opiniones y en el respeto por diversas formas de pensamiento, aunque pienso que un excesivo relativismo es peligroso: ¿es todo aceptable? Por eso pienso que hay ideas básicas que son universales y no relativizables (aunque sea difícil discernir cuáles son).
Me apunto las referencias que nos das.
Un placer, como siempre, leerte.
Un abrazo!

c.e.t.i.n.a. dijo...

Me has recordado una escena de una película italiana que ví hace muchos años y que se me quedó grabada en la memoria (no así el título de la película): El rico de un pueblo de costa organiza un concurso de castillos de arena. Ante la sorpresa general premia al castillo más birrioso. Cuando alguien le hace ver que un niño que llora desconsoladamente era el verdadero merecedor del premio el rico le contesta algo así como que "ése niño es el que acaba de recibir un premio aun mejor: acaba de descubrir que la vida es injusta".

Demoledor.

Un beso justo en la mejilla

Marga dijo...

Ajá, término irrepresentable pero no por ello menos necesario en nuestra aspiración de una sociedad donde los hombres puedan ser y estar mejor.

Miles de años después de su creación aquel "ojo por ojo" nos parece una barbaridad y no lo fue, no podemos olvidar que Hammurabi supuso toda una revolución creando un código de leyes. A veces pareciera que no, pero vamos progresando. Por mucho que ese progreso se nos haga insuficiente. Natural por otro lado, tú y yo habitamos esta sociedad y no la de hace tres mil años…

No es el término concreto y su aplicación quien nos hace humanos, es la persecución del término el que nos otorga esa calidad, atinando a medida que nuestras sociedades avanzan. Por eso es tan significativa la prueba del profesor hacia Victor: sin ser consciente del término en sí, lo es de la necesidad de su existencia.

El Derecho vendría a ser pues, la fría y dura mesa de operaciones donde asentar al enfermo. El problema es que el bisturí que sana debe ser portado por una mano probablemente imperfecta. En cualquier caso siempre mejor esa justicia imperfecta que su falta. O la presencia de una justicia divina (al menos en mi caso, tan imposible de llegar a confiar en su existencia)

Y de ahí la importancia que tiene en nuestros días la reforma del poder judicial, empeñado el señor Gallardón en ella. Los jueces tienden a ser un corpus conservador (nada que ver con la genética, más bien con la descendencia, parecido pero nada igual) y el tipo de reforma que se consiga marcará la Justicia en los próximos años...

Ays de la equidad, cantaba el poeta. Ays, canto yo, con más quejio…

Besos con los dos ojos!

Antígona dijo...

Uff, estimado Peletero, no me atrevería yo a semejante hazaña, tantas y tan valiosas son las cosas que se han escrito sobre Antígona y su enfrentamiento con Creonte, y tantas son las discusiones que ya se han mantenido acerca de la interpretación de su figura. No me es desconocido el tema, pero me parece en extremo complejo para traerlo aquí, más contando con la distancia insuperable que nos separa de Grecia y todo lo que allí llamamos “poesía”. Y creo que lo mismo me sucede con Aquiles y su cólera, ésa “que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes”. Aunque la figura de Aquiles ya ha salido alguna vez por este espacio a propósito de otros temas, si bien nunca del de la injusticia que desata su cólera.

No sé, quizá algún día me atreva, quién sabe. Sólo diré que una vez me llamaron Antígona personas que en absoluto conocían de mi nombre por estos lares. Será que en algo nos parecemos ;)

Un beso!

------------------

Huelladeperro, ¿por qué? Yo entiendo las dudas de Itard. Necesita saber si el aprendizaje de Víctor lo está convirtiendo en un ser humano o sencillamente responde al condicionamiento operante como podría hacerlo cualquier animal entrenado. Y no encuentra mejor manera de hacerlo que sometiéndole a esa prueba de “castigarlo con injusticia”. A mí una de las escenas que más me conmueve de la película es aquella en la que Itard intuye una nostalgia inagotable en Víctor por su vida salvaje y se pregunta si no lo estará sometiendo a un doloroso proceso que mejor podría haberle ahorrado y sin el cual sería más feliz. Creo que todos hemos sentido alguna vez esa nostalgia indefinible por un estado previo a la humanización cuando contemplamos la vida animal.

Un beso!

Antígona dijo...

A la postre, Laura, se trata del mismo concepto: porque no nos parece justo que unos tengan tanto y otros tan poco en función de algo tan gratuito, contingente y arbitrario como haber nacido en un lugar u otro del planeta, o en una u otra clase social. Ni nos parece justo que la gente no sea recompensada por sus esfuerzos, por ejemplo, mientras otros son desde la cuna constantemente recompensados sin necesidad de luchar por nada. Quiero decir, nuestro concepto de justicia incluye también el de la justicia social como una de sus dimensiones clave. No por nada se ha armado tanto revuelo con la reforma laboral: las leyes que la componen, a muchos, no nos parecen en absoluto justas, porque suponen el perjuicio de unos en beneficios de otros.

El problema, Laura, es que en este país ha habido en los últimos meses demasiados casos de justicia arbitraria sin tratarse –al menos en su nombre- de un sistema autoritario. De ese contexto, entre otras cosas, surge este post.

Mucha gente confunde la deconstrucción que practicaba Derrida con la voluntad de desmontar conceptos para proclamar su invalidez. Pero se confunden: mostrar la fragilidad de conceptos relevantes o las aporías que entrañan sirve para volvernos más conscientes de las dificultades a las que debemos enfrentarnos en su manejo y en el de las cuestiones vitales a las que remiten. Por eso he querido resaltar esa idea de Derrida.

La película es preciosa. Y la música, ah!, consigue ponerme los pelos de punta.

Un beso!

Antígona dijo...

Pues sí, Troyana, eso le acabo de comentar a Laura: que este post no es en absoluto ajeno a los juicios más sonados que ha habido en los últimos tiempos y al modo en que en ellos se intuye que los jueces no se han decantado precisamente por la honestidad o la imparcialidad. Entiendo que, ante determinados asuntos, no tenemos más remedio que encomendarnos a esa justicia divina o poética, bien porque ciertos dolores que se nos causan no son asunto de leyes ni de tribunales, bien porque nos sentimos desamparados ante la imperfección de la justicia terrena. Sin embargo, es preciso, como decía Derrida, seguir luchando para que las leyes nos acerquen a ese ideal de justicia y para que quienes tengan el poder de juzgar a los demás se comporten con la integridad que deben a su cargo. Y no deja de haber vías para ello: las leyes de segregación racial en EEUU eran legales (valga la redundancia), pero no legítimas ni justas para los afectados por ellas. De ahí que lucharan por su abolición. Si en otras épocas de la historia ha sido posible, es que, al menos hipotéticamente, lo sigue siendo.

Hay esperanza en esa rebeldía, sí. Una rebeldía de la que todos deberíamos aprender. Mejor nos iría como sociedad si la gente no se resignara y acabara agachando la cabeza ante medidas o leyes injustas.

Besos!

Antígona dijo...

Dona, planteas un tema muy complejo, el del relativismo moral frente al universalismo moral. Y los códigos normativos entre unas culturas y otras son tan diversos que no es fácil no acabar decantándose por el relativismo moral-cultural: así, hay sociedades donde el infanticidio ha sido práctica habitual en pro de la supervivencia de la tribu, mientras en la nuestra hay quienes defienden que abortar a un embrión de cuatro semanas debería ser un delito. Desde luego, a las primeras no les parece que matar a otro ser humano esté mal bajo ciertas circunstancias. Por tanto, ni tan siquiera en eso podemos afirmar que existe un consenso universal respecto al derecho a la vida o a las condiciones que hacen legítimo un asesinato.

Por eso no creo en la existencia de una moral universal como algo innato o natural en el ser humano, sino más bien –de nuevo- como construcción social e histórica, como invención creada y perseguida una vez los humanos reflexionan acerca de cómo quieren vivir y cuál es el mejor modo de vivir. No otra cosa que una construcción –aún por cumplir- es la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Una declaración de intenciones que aspira a que esa moral universal aún inexistente sea algún día una realidad.

Un beso!

----------------

Qué hijo de puta el rico del pueblo, Cetina. Porque la vida no sería tan injusta si los humanos no nos comportáramos injustamente con los demás pudiendo evitarlo. Quiero decir: podemos decir que la vida es injusta porque estamos expuestos al accidente, a la enfermedad, a la desgracia, a la muerte. O porque hay una lotería de bienes y males que no está en nuestra mano decidir. Pero cuando la injusticia proviene de la acción de alguien que podría haberse comportado justamente, entonces no podemos echarle la culpa a la vida.

Ha sido siempre el argumento falaz de las clases dominantes: dar por sentado que hay un orden inamovible que les ha situado a ellos arriba y al resto abajo y contra el cual nada se puede hacer por cambiarlo. Una sucia patraña que es necesario desmontar. Ojalá el niño en la película le hubiera pegado una patada en la espinilla :)

Un beso clamando justicia!

Antígona dijo...

Pues sí, Marga, así es: la justicia no es sino un imposible que sin embargo nos hace caminar constantemente en su búsqueda. Y mientras caminamos, no hemos dejado de avanzar, por más que el horizonte siempre parezca estar alejándose de nuestros pies.

No son pocos los logros que históricamente se han conseguido en la lucha por leyes más justas. La primera declaración de derechos excluía a los esclavos, la segunda ya los incluía aunque excluyendo a las mujeres y a determinados grupos sociales… Y aquí estamos ahora, momento en el que nos resulta intolerable cualquier ley que discrimine o atente contra la idea de que todos somos iguales en dignidad y derechos. El salto ha sido brutal, pese a todas las imperfecciones que podamos acusar hoy día en las leyes que, en principio, pretenden proteger nuestros derechos.

Lo lamentable es que, en estos últimos tiempos, la economía parece imponer un retroceso en ese avance y dictar leyes que muchos podrían considerar ilegítimas pero que parece necesario aceptar para salvarnos de la ruina. Estamos en un momento muy difícil no sólo en lo relativo a la mayor o menor injusticia que pueda darse en la aplicación de las leyes, sino en la propia injusticia de las leyes que se aprueban desde más cercanas o lejanas instancias bajo el pretexto de la luz al final del túnel de esta crisis que ya dura demasiado. Y lo que va a durar.

El derecho es y será siempre imperfecto. Como los somos nosotros. Pero más imperfecto cuanto más imperfectas y alejadas del ideal de justicia sean las leyes que nos gobiernan o los jueces que nos juzgan. Jueces que, como bien dices, y al menos en este país, son un corpus conservador que nunca podrá dejar de juzgar en función de su propia subjetividad y de su conservadora manera de estar en el mundo, con todo lo que ello implica. De todas formas, poco o nada me fío yo de las intenciones del señor Gallardón con su reforma del poder judicial tras la que ha liado con la ley del aborto. Pero que la reforma es necesaria, en eso estoy de acuerdo.

Como también estoy de acuerdo en que mejor el derecho con su justicia imperfecta que justicias divinas o actuaciones en nombre de la quimera Justicia que no se atuvieran al derecho. ¡Menudo peligro! Entonces sí estaríamos expuestos a la mayor y más caprichosa de las arbitrariedades.

Besos de ley! :)

El peletero dijo...

La mía, querida Antígona, era una propuesta retórica que sólo trataba de sacar a colación unos ejemplos paradigmáticos de enfrentamiento entre la justicia y la ley. Los tiempos aquellos no se encuentran tan lejos de nosotros pues esa pulsión entre la norma social y política y el sentimiento de agravio es permanente y entre ellas dos encontramos diferentes maneras de vivir la ética, de servirla y de engañarla. Entre ambas encontramos eso que ahora, y siempre, está vigente, la desobediencia civil y que Antígona personifica de la mejor manera posible.

Jordi Balló, en su “Los riesgos del saber” nos dice que: “Ese trasfondo político nos permite entender por qué el texto de Antígona ha de ser visto, en primera instancia, como un discurso ilustrado sobre dos modelos de acción política, uno sustentado en la apariencia objetiva de una ley de Estado y el otro, en una conciencia subjetiva amparada solamente en los valores del discurso”.

(…)

“En Antígona se reencuentran dos formas diferentes de entender la organización del Estado y las relaciones con los ciudadanos. Desde la lectura que hizo Hegel, la obra puede ser leída como una contraposición entre el poder de parentesco –es decir, los privilegios y las servidumbres de la consanguinidad- y el principio universal del Estado, que trata de una manera idéntica a todos los ciudadanos”

(…)

“En el gesto de rendir culto al hermano muerto, Antígona revela su amor a la tierra primera e inscribe su ética en la esfera privada de la fraternidad del lazo consanguíneo: como bien destaca Hegel, el culto al dios del hogar es anterior al culto al Estado”.

Estas citas me parecen pertinentes como comentario a su buen texto sobre la justicia y la ley, espero que a usted también.

Saludos.

Antígona dijo...

Estimado Peletero, el problema es que para mí, por una mera cuestión de deformación profesional, me resulta difícil ver en Antígona lo que Jordi Balló ve en ella (y lo mismo me sucedería con Aquiles). De ahí que haya eludido su propuesta retórica, que implícitamente invitaba a considerar ambas figuras del modo en que lo hace Jordi Balló con Antígona, a saber, contemplándolos con ojos modernos y dando por sentado que los conflictos que nosotros, como modernos, podamos plantearnos con respecto a la justicia son los mismos que se expresan en la tragedia griega o en la épica homérica.

Las lecturas que me interesan de ambas figuras, y a las que concedo plena validez por provenir de reconocidos especialistas, son precisamente aquellas que resaltan la brecha insalvable existente entre el mundo griego y todo lo que acontecería a partir de él. Brecha que se expresa en el hecho de que la “pólis” griega no puede en absoluto entenderse como el “Estado”, ni la “diké” griega como la justicia en el sentido en que nosotros la comprendemos, ni el “nómos” como la norma o la ley en su versión moderna. Brecha que también se hace patente en la imposibilidad de comprender la relación del hombre griego con los dioses a la manera del culto que practicaría lo que nosotros llamamos “religión.

No me es en absoluto desconocido que las lecturas al uso del mundo griego son precisamente las que eluden por completo la consideración de esa brecha y proyectan nuestra moderna visión de las cosas sobre lo allí dicho u ocurrido. Pero sería traicionarme admitirlas como válidas y aceptar la legitimidad de esa mirada impositiva que pretende encontrar en Grecia lo que ya lleva consigo, impidiendo así cualquier aproximación mínimamente certera al mundo griego.

Asumiendo por un momento esa mirada, las citas me parecen pertinentes y le doy las gracias por ellas. Pero como esa mirada ya no puede ser la mía, tampoco puede serlo la visión de Antígona que propone Jordi Balló.

Más besos!

El peletero dijo...

Un símil a la brecha del tiempo es la brecha que se abre en el espacio entre personas de diferentes orígenes, la brecha existe, es evidente, pero no es insalvable ni en un caso ni en el otro, si lo fuera sería como uno de esas lenguas desconocidas de las que nada podemos leer. Esa ya es una vieja cuestión que ha salido varias veces en nuestros comentarios, por eso me sorprendió ver en su texto una apelación a la “naturaleza humana”.

“Ya se ha dicho, pero quizá sea necesario repetirlo: en su quimérica irrealidad, es la propia noción de justicia la que reclama asentarse sobre esa maquinaria abstracta y exenta de garantías que representa el derecho. Y como nos recordaba François Truffaut casi al término de la maravillosa película “El niño salvaje”, el deseo de justicia es un deseo tan inalienable como constitutivo de la construcción histórica, social y cultural que llamamos naturaleza humana. En ella, los denodados esfuerzos del profesor Itard por hacer transitar a Víctor desde el estado de animalidad hasta la adquisición de los caracteres que nos permiten reconocernos como humanos se ven confrontados con un grave momento de duda que decide resolver poniendo a su discípulo a prueba: someter a Víctor, tras haber resuelto correctamente un ejercicio, a un castigo injusto. Cuando le reprende y trata de encerrarlo en un cuarto oscuro, Víctor se revuelve contra él y le muerde la mano. Se rebela contra el comportamiento que percibe como injusto. Ésta era la reacción que Itard esperaba de Víctor como prueba de su adquirida humanidad: “El sentimiento de lo justo y lo injusto”, afirma Itard, “ya no era extraño al corazón de Víctor. Al provocar en él ese sentimiento, acababa de elevar al hombre salvaje a la altura del hombre moral por su mejor característica y más noble atributo”.

Jordi Balló habla de eso y no de otra cosa.

Espero que mis comentarios no la molesten.

Más besos para usted también.

Antígona dijo...

Estimado Peletero, sus comentarios son siempre de agradecer, y en absoluto pueden molestarme. No lo dude ni por un momento.

Tenga en cuenta que mi apelación a la naturaleza humana iba precedida de las siguientes palabras: "esa construcción histórica, social y cultural que llamamos naturaleza humana". Pensé que con eso queda claro mi distanciamiento de lo que de inamovible y esencialista entraña para muchos el término naturaleza. Pero si no, ahora me ha dado ocasión para reafirmarme.

No es éste, por otra parte, el lugar para hablar de esa brecha que, en cualquier caso, considero compatible con la existencia de caracteres comunes entre la humanidad griega y nosotros. Siempre y cuando, eso sí, su consideración no nos lleve a olvidar las radicales diferencias que, si nos son hasta cierto punto comprensibles, ello es porque nosotros no somos sino el resultado de la pérdida de lo que ellos fueron.

Y me reafirmo en mis besos igualmente :P

El peletero dijo...

Me alegra saber, querida Antígona, que mis comentarios son bienvenidos.

Entre la esencia y la circunstancia hay un puente que transita los dos extremos de la misma manera que somos lo que somos gracias, como usted dice, porque unos dejaron de ser lo que fueron. En ese puente encontramos garabatos y seres, entes biológicos, que muerden las manos de otros, o cualquier otra parte de su anatomía, por alguna razón o por ninguna, quizá para adquirir esos caracteres que nos permiten reconocernos como humanos, constructos, como usted afirma también, históricos, sociales y culturales.

La lógica ha de ser concluyente, en ningún caso tan aplastante que lamine el sentido común, si eso sucede no es lógica, es otra cosa de la misma manera que la justicia absoluta no es justicia.

Besos.

NoSurrender dijo...

Decía Platón que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte, y yo estoy totalmente de acuerdo con él. Por alguna necesidad de “orden” nos obligamos a pensar que tal entelequia no sólo existe sino que debemos respetar su puesta en escena.

Bien, soy partidario de que la sociedad defienda el equilibrio de la convivencia por medio del monopolio de la violencia, pero me siento incapaz de respetar ciertas parodias burócratas al servicio de una venganza estamental, como el terrible caso Garzón.

Lo cierto es que, como decía el personaje de Roy Bean en la película de Joh Huston, El juez de la horca, la ley no es el brazo derecho de la justicia, sino que la justicia es el brazo derecho de la ley.

Besos, doctora Antígona.

Carmela dijo...

Un tema sobre el tapete tan interesante como los que siempre pones, Antígona. Creo que es un tema muy muy complicado intentar definir o explicar que es la justicia, si está bien representada por las leyes y por sus manos que son los jueces. Creo que siempre, por encima de las ideas buenas están las personas que se supone que la ejecutan y aquí, lo siento, pero creo que hay muchísimo de subjetivo y de interese personales y particulares.
Sin embargo, creo, que no debemos dejar de intentar que se consigan leyes generales que de forma clara y precisa distingan hechos que claramente son justos o injustos y tratemos de perseguir esa llamada justicia humana.
Para mí, una de las cosas mas importantes, y que se reflejan en el fragmento de la película que has puesto, es la naturaleza humana que se revuelve ante lo que siente que no está bien (que no es justo??) y creo que eso es uno de los motores que nos hace funcionar.
Un placer como siempre, pasar por tu casa.
Un abrazo, Antgona.

Antígona dijo...

Estimado Peletero, sabe usted de sobra la importancia que concedo a la cultura en la configuración de nuestra humanidad. Pero la afirmación de esa importancia sólo tiene sentido desde el reconocimiento de que comer –por poner un ejemplo muy simple- es una necesidad natural dictada por nuestra biología. Una necesidad natural que, sin embargo, se expresa y satisface en cada caso desde parámetros culturales. Podríamos decir a partir de esta inevitable imbricación de nuestras necesidades naturales en referentes culturales algo así como que los hombres somos culturales por naturaleza.

La lógica puede arremeter contra el sentido común en la medida en que un silogismo puede ser perfectamente correcto sin ser verdadero allí donde sus premisas no se ajustan a la realidad. En este caso, de poco vale la lógica para sacarnos del atolladero de la mentira. La lógica es condición necesaria del conocimiento, pero nunca condición suficiente.

Besos!

Antígona dijo...

Doctor Lagarto, permítame que le corrija, pero Platón jamás afirmó que la justicia fuera la conveniencia del más fuerte. Antes bien al contrario, en un par de diálogos –al menos que yo sepa- tomó precisamente esta definición sofística de la justicia como punto de partida para proceder a su desmontaje y a una reflexión sobre el sentido de este concepto que acabaría sin respuesta. Sin embargo, el hecho de que recurra precisamente a esa definición –y pasando aquí por alto toda la discusión mantenida con el amigo Peletero acerca de la posibilidad de interpretar el significado griego del término justicia desde nuestra propia concepción moderna- daría cuenta, a mi juicio, del reconocimiento que concede al peso de esa definición en toda organización social. Si quienes legislan son los que tienen el poder, no es raro que legislen en beneficio de sí mismos y para la perpetuación de su poder, tal y como Marx planteaba a partir del concepto de superestructura y tal y como comprobamos día a día que sucede en esta debacle a la que asistimos entre gobiernos y mercados.

Ostentar el monopolio de la violencia no significa poder aplicarla arbitrariamente. Para eso existen las leyes que regulan su uso y que permiten denunciar todo uso ilegítimo de la violencia allí donde ésta no se ajusta a lo prescrito por aquellas. Pero de nuevo topamos con el problema, siempre irresoluble, de la interpretación y aplicación de las leyes y de su dependencia de la conciencia de un juez cuya honestidad nada puede garantizar. Sólo esta brecha explica lo ocurrido con el caso del juez Garzón. Llegará otro más alto tribunal ajeno a esas venganzas estamentales y le dará la razón, como es de justicia, de eso no me cabe la menor duda. Pero lo hará demasiado tarde (otra cuestión exasperante del remedo de justicia que somos capaces de materializar: su lentitud) y nada podrá compensar a Garzón del daño sufrido.

Entiendo la postura del juez Roy Bean, pero no olvidemos que, a la postre, resulta inaceptable. Si la justicia es lo que emerge de la aplicación de las leyes, ¿cómo podríamos criticar la injusticia de ciertas leyes, cómo habrían sido posibles las transformaciones en materia legislativa apelando a su ilegitimidad por su carácter injusto?

Un beso, doctor Lagarto!

Antígona dijo...

Querida Carmela, también yo creo, como dices, que lo subjetivo, lo personal y el interés particular tienen un mayor peso en las decisiones de la justicia de lo que nos gusta pensar. La ecuanimidad, la imparcialidad, son asunto más de dioses que de hombres y por mucho que uno se esfuerce por dejar a un lado sus prejuicios, sus ideas, sus sentimientos, es difícil no acabar tomando partido, incluso de manera inconsciente, en función de toda la carga ideológica y emocional que cada cual no lleva consigo. Los jueces no pueden ser una excepción.

La cuestión es que, como señalaba Derrida, los jueces no se dejan sustituir por máquinas de calcular, en la medida en que las leyes deben ser generales –y así valer para todos por igual- pero luego deben aplicarse sobre casos particulares. La interpretación de la ley para cada caso particular resulta, por tanto, ineludible y, a la vez, variable según quién efectúe la interpretación. Éste es un principio de arbitrariedad con el que tenemos que contar y que nos expone de continuo a la injusticia de las decisiones judiciales. Pero mucho peor sería si no hubiera leyes y los jueces pudieran arbitrar sin el referente que éstas suponen, incluso en el caso de que sus decisiones fueran más justas prescindiendo de ellas. El terreno de la lucha por un mundo más justo sigue encontrándose en el ámbito de las leyes y de los mecanismos que regulen sus aplicación, son todos sus defectos e insuficiencias.

Un gran beso!