sábado, 4 de junio de 2011

Obediencia


No me cabe la menor duda: cualquiera que se enfrentara a la pregunta acerca de si estaría dispuesto a suministrar, bajo las órdenes de un científico, una descarga eléctrica de 460 voltios a otra persona, respondería con un escandalizado "¡No!" Y también con toda certeza proferiría una negativa aún más rotunda de planteársele si lo haría a petición del conductor de un concurso o del público de un plató televisivo. Pero, ¿podemos estar tan seguros de lo que haríamos o dejaríamos de hacer bajo la presión de una fuente de autoridad? ¿Sabemos realmente hasta qué punto estaríamos dispuestos a obedecer las órdenes de otro ser humano revestido, constitutiva o coyunturalmente, de alguna forma de poder reconocido por nosotros mismos como legítimo?

Éstos son tan sólo algunos de los interrogantes que suscita la reciente reproducción del experimento Milgram -un famoso experimento de psicología social llevado a cabo en los años 60- presentada en un documental de la televisión francesa llamado “El juego de la muerte”. La única pero más que significativa diferencia entre uno y otro experimento es que Milgram lo realizó en un laboratorio de la Universidad de Yale, mientras que su versión contemporánea tuvo lugar en un estudio de televisión.



Los sujetos experimentales fueron esta vez 80 personas seleccionadas entre 2500 para participar como voluntarios en la presunta puesta a punto de un nuevo concurso televisivo llamado “La zona extrema”. Al igual que en el experimento Milgram, se trataba de personas de entre 20 y 50 años con niveles de estudios variables. Su cometido como “examinadores” consistía en formular una serie de preguntas a otro “concursante” o “candidato” –en realidad, un actor cómplice del experimento- relativas a un listado de palabras que éste debía memorizar previamente y en penalizar sus respuestas erróneas con descargas eléctricas de intensidad creciente. Según la lógica del concurso, “examinador” y “candidato” ganarían un millón de euros a repartir entre ambos sólo por persistir en el juego hasta la formulación de la última pregunta, con independencia de los errores cometidos por el “candidato”. Pero dado que los “examinadores” creían estar participando en un mero programa de prueba, sus beneficios económicos, así como los del ficticio “candidato”, se reducirían a 40 euros en concepto de compensación por su colaboración.

Las descargas que podía recibir el “candidato” iban desde los 20 voltios iniciales ante el primer error hasta los 460 voltios. Durante la ejecución del concurso, el “candidato” permanecía supuestamente encerrado en una cabina. "Examinador" y público en el plató tan sólo podían escuchar primero sus quejas ante las descargas, luego sus alarmantes gritos de dolor y finalmente sus desesperadas súplicas para que se le permitiera abandonar el concurso -simples grabaciones de la voz del actor reproducidas por los productores del programa tras las hipotéticas descargas-. A partir de los 320 voltios el candidato se negaba entre gritos y lloros a responder a más preguntas. A partir de los 360, de su cabina únicamente emergía un preocupante silencio.

Si el “examinador” vacilaba en aplicar la descarga y así continuar con el juego, la conductora del programa debía decir: “Adelante, continúe”. Conforme la vacilación del “examinador” aumentaba ante las reacciones del “candidato”, también lo hacía la presión de la conductora sobre él con consignas del tipo: “Que no te impresione. Hay que continuar” o “Es tu turno. Continúa”. Después: “Tienes que continuar. Son las reglas”, “Es la lógica del juego. Tienes que continuar”, “El juego exige que continúes”. Y ante la primera negativa del “examinador” a proseguir con el juego: “Nosotros asumimos todas las consecuencias”. Seguido de “Ahora mismo el candidato quiere parar, pero en diez minutos te agradecerá que hayas continuado”. Y finalmente, si las consignas fracasaban, la apelación al público: “¿Qué opina el público?”, que aplaudía y alentaba al “examinador” a continuar.

Los resultados del experimento fueron escalofriantes: de los 80 “examinadores”, 64 -el 81 por ciento- llegaron hasta el final del juego, obedeciendo las órdenes de la conductora del programa y consintiendo en aplicar una última descarga eléctrica de 460 voltios al falso “candidato”. Sorprendentemente, se superaban los ya escalofriantes resultados del experimento de Milgram, en el que, desbordando todas las previsiones de los psicólogos, el 62 por ciento de los “examinadores” obedecieron también hasta el final las instrucciones de un científico creyendo participar en un experimento de la Universidad de Yale sobre el efecto del castigo en el aprendizaje.


Estas personas no eran sádicos que disfrutaran infligiendo dolor a otros. Por el contrario, después de la realización del experimento y de haber sido informados sobre su dinámica, todos manifestaron haber sufrido enormemente y experimentado un grave conflicto moral por verse “obligados” a administrar descargas eléctricas al “candidato”. A partir de cierto voltaje, muchos de ellos intentaron hacer trampas indicando al “candidato”, con la entonación de su voz, la respuesta correcta a las preguntas formuladas para no tener que proseguir con la tortura. Durante el concurso, vivieron momentos de tensión insoportable y fuerte angustia. Pero, aún así, no consiguieron dejar de obedecer las órdenes de la conductora del concurso. De no haberse tratado de un experimento psicológico, el 81 por ciento de los sujetos participantes habría matado a otra persona ante las cámaras por no ser capaces de desobedecer y de enfrentarse a la autoridad que concedieron al programa. La cuestión más candente ante estos hechos es, simple y llanamente: ¿Por qué?

Las conclusiones del equipo de psicólogos que dirigieron el experimento resultan, a mi juicio, de todo punto iluminadoras: puesto que convivir como seres sociales exige obediencia al conjunto de normas y leyes que regulan el funcionamiento de la sociedad, desde nuestros primeros años de vida se nos educa en la obediencia y para obedecer. No de otra forma aprendemos a convivir con nuestros semejantes e incluso a sobrevivir como individuos. Eso no significa que obedezcamos a cualquiera. Pero sí que obedecemos por principio a quienes reconocemos como fuentes de legítima autoridad: a nuestros padres de niños, a nuestros profesores, a nuestros jefes, a los agentes del orden público, a los médicos… Desde que tenemos uso de razón, hemos sido moldeados para obedecer sin cuestionamiento a quienes concedemos la legitimidad de un poder instituido socialmente, y en especial a quienes ostentan el poder social que otorga el saber.

En este sentido, dicen los psicólogos, la desobediencia y el enfrentamiento a la autoridad no son fruto de la improvisación: igual que se aprende a obedecer, la capacidad para desobedecer es resultado de un aprendizaje previo, de unas experiencias anteriores, de una educación. La que, como sugiere el documental, demostraron poseer el grupo de 9 “rebeldes” que lograron enfrentarse a la conductora del programa y parar el juego en torno a las descargas de 180 voltios, haciendo valer sus convicciones morales por encima de sus órdenes. Una de ellos relataba con posterioridad que, al pulsar la palanca de las descargas, a su mente venía la imagen de los campos de concentración nazi, de los médicos que experimentaban en ellos con sus prisioneros. Y no creo que sea casual que esta mujer declarara haber crecido en un país comunista, donde la mayor presencia y calado del mandato de obediencia a las reglas sociales tendería a confrontar a sus individuos, al menos reflexiva o virtualmente, con la posibilidad de la desobediencia. Pero si no todo el mundo ha tenido la oportunidad de aprender a desobedecer, ese aprendizaje, afirman los psicólogos, puede adquirirse con cierta rapidez. Prueba de ello sería el segundo grupo de 7 rebeldes que rechazaron continuar con el juego a partir de los 320 voltios, una vez el “candidato” dejó de responder a las preguntas.

Según los psicólogos, el principal obstáculo a la desobediencia que la gran mayoría de los “examinadores” no consiguió vencer radica en lo que Milgram llamó en su día el “estado agéntico”: ante los dictados de una autoridad valorada como legítima y, fundamentalmente, ante el desconocimiento del contexto, de los supuestos, de los factores de realidad que darían sentido o mostrarían con prístina claridad a dónde conducen tales dictados, entramos en un estado por el que nos percibimos como meros instrumentos ejecutores, como meros agentes de las decisiones de otros. Suspendemos el juicio. Dejamos de pensar y delegamos toda nuestra responsabilidad personal en la autoridad que ordena. La autoridad pasa a ser entonces responsable de las consecuencias de nuestros actos, no nosotros. Ellos sabrán lo que se hacen, nos decimos. Yo sólo cumplo órdenes y será la autoridad quien responda de mis actos. Inquietante, ¿verdad?

El experimento psicológico que se expone en el documental “El juego de la muerte” pretendía evaluar el poder en nuestras sociedades de la televisión, convertida para gran parte de la población en fuente legítima de autoridad. Sin embargo, me parece que sus conclusiones a este respecto pueden ponerse parcialmente en entredicho desde el siguiente razonamiento: somos muchos los que de antemano rechazaríamos dedicar unas horas de nuestras vidas a colaborar en la puesta a punto de un programa televisivo a cambio de 40 euros; por tanto, los participantes en el experimento eran personas que ya sentían una particular “veneración” por el universo televisivo y no cabe considerarlos como una muestra representativa del conjunto de la sociedad a la hora de medir el influjo de la televisión sobre ella.

Pero si, a pesar de ello, creo que este documental merece ser visto y analizado con detalle, es porque pienso que sus reflexiones sobre la obediencia son perfectamente válidas y deben ser tenidas en cuenta. En un mundo de creciente complejidad como el nuestro, donde cada vez son más los asuntos cuyo funcionamiento interno desconocemos, y cada vez mayor la necesidad, en función de ello, de confiar en el saber de los “expertos”, nos vemos de continuo alentados, incluso forzados, a suspender el juicio, a dejar de pensar y a limitarnos a obedecer las consignas de otros. A delegar la responsabilidad de nuestras vidas en manos de esos que saben o dicen saber. Y es así como nos volvemos peligrosamente proclives a convertirnos, sin darnos cuenta siquiera, en las manos ejecutoras de sus abusos de poder. Permanezcamos, pues, atentos. Y no olvidemos que siempre nos cabe la opción de la desobediencia y el enfrentamiento a la autoridad.

Descubrí hace unos meses este fascinante documental gracias a Huelladeperro. Ya entonces se desató en su blog un interesante debate sobre él. Pero como, pasado el tiempo, tengo la impresión de que apenas se difundió y de que muy poca gente lo conoce, no he querido dejar de traerlo a esta página. Entre otras cosas, porque si es cierto que la desobediencia se aprende, creo que bien podemos aprender algo, por poco que sea, a partir de la experiencia de otros. Así que, si os sobra hora y media, no dejéis de verlo.


43 comentarios:

mateosantamarta dijo...

Creo que no voy a ver el documental, amiga: no me gusta la televisión "el Gran Hermano moderno".
Ya no hacen falta dictadores: suficiente con las falsas democracias.
SÓLO DEBEMOS OBEDECER A LA CONCIENCIA.
Un abrazo.
Este tema es conocido por todos los dictadores: de él se aprovechan también los dirigentes de los partidos.

troyana dijo...

Antígona,
el tema que abordas hoy en tu texto me interesa doblemente,a nivel personal y profesional.
No pocos debates hemos tenido en torno a diferentes modelos educativos: "adoctrinando en la obediencia" o en la capacidad de pensar por uno mism@.
Hoy por hoy,mi opción personal y profesional no puede ser otra que la de propiciar que independientemente de lo que pensemos nosotros,los padres,los educadores,con unos mínimos que van en la dirección de vivir sin dañar a los demás,el niño,el adolescente,el joven ha de tener conciencia crítica para discernir por sí mismo el bien y el mal.Nosotros somos modelos,en muchos casos,opuestos o diferentes a los que tienen en casa,y desde luego,nuestra dirección ha de ser propiciar la capacidad de pensar por sí mismos,porque esa tarea en líneas generales no se realiza ni desde la escuela ni desde los institutos.
Me parece especialmente interesante lo que dices de aprender a desobedecer.Creo es fundamental desaprender a someternos automáticamente a los dictámenes que nos vienen de fuera,especialmente cuando van en contra de nuestras convicciones éticas o morales.
Es importante también enseñemos a desobedecer dado el caso y la situación.Por eso,los movimientos del 15 M son un ejemplo de conciencia crítica social,por muchas escisiones que se estén produciendo en las concentraciones.No somos borregos manipulables,no podemos creer ciegamente lo que nos diga una televisión pública autonómica que está al servicio de un gobierno que la sostiene y la controla.
Hay que aprender a cuestionar,a hacerse preguntas,a poner en entredicho, y después a protestar, a reclamar,a propiciar los cambios.
Los que tienen hijos,los que trabajamos en el campo de la docencia o de la educación,tenemos esta responsabilidad añadida,aunque ello implique que "el tiro nos salga más de una vez por la culata";)
Merece la pena,creo yo.
Un abrazo y un beso para ti!

Dona invisible dijo...

Tampoco sé si voy a ver el documental. Tengo que encontrar el momento de fuerza para hacerlo, porque (es algo con lo que llevo luchando desde que tengo uso de razón), cosas como estas me hacen perder la confianza en el ser humano. Si bien somos capaces de las mayores proezas, también somos capaces de lo peor (ahí está la historia para demostrarlo). El tema es, sin embargo, la obediencia y el poder de la autoridad sobre el individuo, sin que este cuestione su legitimidad. Soy de las que piensa que en una situación de coacción, como por ejemplo, durante las atrocidades cometidas por los nazis, tan culpables son los que dan órdenes como las que las ejecutan. No me sirve el argumento: me lo ordenaron y no pude hacer nada. Ahora bien, no sé si puedo juzgar tan a la ligera si no he vivido en primera persona una situación parecida, sobre todo cuando estas personas actuaban bajo amenaza.
El ejemplo que pones es espeluznante, me he permitido leer los comentarios al enlace de "Huelladeperro" que has pasado y decías que de entre los rebeldes solo había una mujer, atribuías este hecho a que a las mujeres se nos ha educado para obedecer y no para decir "no". En efecto, las posiciones de "dirigentes" las han ocupado los hombres a lo largo de la historia y aún hoy. Pero resulta aún más estremecedor que estemos dispuestas incluso al uso de la violencia, cuando se supone que por naturaleza somos más tendentes al diálogo y no tanto al uso de las armas, o de los puños o lo que sea. Mucho me temo que no hay, pues, muchas diferencias con nuestros compañeros, se trata (casi todo) de educación. Y eso que yo siempre he defendido el feminismo de la diferencia :-S

Por otro lado, sobre lo que nos enseñan y lo que aprendemos, escuchaba a José Luis Sampedro hablando sobre el movimiento 15M y una de las cosas que decía es que no se nos educa para pensar en estas democracias donde nuestro dueño es el consumo exacerbado. Consume, paga, compra, come, tira, vuelve a usar hasta morir... Si no podemos pensar, solo nos queda obedecer. Todo radica en la educación, ¿entonces? ¿Somos animales a los que desde la escuela conductivista se nos adiestra para esto o para lo otro? Para conseguir una sociedad verdaderamente democrática, pues, solo queda la solución de un modelo educativo que fomente el pensamiento crítico y los valores morales. Si no, estamos perdidos :-S
Muy interesante el post, Antígona.

Antígona dijo...

Bueno, Mateo, tal vez no lo he explicado en el post con suficiente claridad: el plató televisivo es tan sólo el marco en el que se desarrolla el experimento. Un experimento que sí, es cierto, intenta medir cuál es el influjo actual de la televisión sobre sus espectadores, pero cuyas conclusiones pueden extrapolarse a multitud de actitudes cotidianas.

Tienes razón: sólo debemos obedecer a la conciencia. Pero nuestra conciencia está de antemano colonizada por múltiples instancias provenientes de la sociedad que nos ha formado como individuos. ¿Cómo sabemos entonces que nuestra conciencia tiene razón? ¿Cómo acceder a su verdadera voz –si es que ésta existe- más allá de todas las voces que hablan en nuestra cabeza?

Los totalitarismos no hubieran sido posibles sin la masa de población dispuesta a obedecer. Por ello me parece válido estudiar los mecanismos de la obediencia en los individuos y las motivaciones que les llevan a obedecer incluso cuando la desobediencia no implica un castigo.

Un beso!

Antígona dijo...

Uff, Troyana, el problema que expones es realmente difícil. El niño pequeño tiene que obedecer cuando se le dice que no meta los dedos en el enchufe, y no valen aquí apelaciones a que piense por sí mismo. Y de igual modo el alumno tiene, en principio, que plegarse a la autoridad del saber del profesor sin poner en cuestión los contenidos teóricos que éste le explica, porque de lo contrario no aprendería nada. Sin embargo, es cierto que ningún educador pretende, a la postre, formar borregos, sino personas con conciencia crítica y capaces de cuestionar los aspectos más dudosos del mundo en el que viven, o cualquier dictado que se les inculque carente de lógica y racionalidad. ¿Cómo lograr ambos objetivos al mismo tiempo?

Supongo que es cuestión de un frágil y complicado equilibrio entre un aspecto y otro. Porque yo también creo que es preciso formar a los jóvenes para que piensen por sí mismos, es decir, para que desarrollen su capacidad de pensar y valorar críticamente la realidad que les rodea. Pero todos sabemos que el pensamiento no se desarrolla sin un cierto grado de madurez y que, además, su desarrollo exige que primero se transmitan al educando las herramientas o las informaciones necesarias para poder hacerlo. Y la adquisición de estas herramientas depende en buena medida de su aceptación de la autoridad –y aquí solamente hablo de la autoridad del saber- de sus mayores o profesores. Así que es posible que la ecuación se resuma en algo así: a más inmadurez, más obediencia; a más madurez, más fomento de la capacidad crítica y el discernimiento personal.

Por otra parte, creo que no hay que confundir enseñanza con adoctrinamiento: adoctrina quien da una visión dogmática y unívoca de la realidad; enseña quien, a la hora de hablar de esa realidad, presenta una visión de la misma plural, fiel a su complejidad y a sus múltiples posibles interpretaciones. Así que la ya la mera transmisión de contenidos puede indirectamente fomentar, o bien el aborregamiento y la falta de libertad de pensamiento, o justamente todo lo contrario.

Lo de aprender a desobedecer no lo digo yo, sino los psicólogos del documental, aunque desde luego estoy totalmente de acuerdo con lo que plantean. Si la obediencia es fruto de un aprendizaje, también tiene que serlo la desobediencia, aunque estemos hablando aquí del aprendizaje que, sencillamente, pueden darnos ciertas experiencias vitales. Y sí, también yo creo que hay que desaprender a someternos automáticamente a todo tipo de dictámenes. Uno debe someterse, si acaso, reflexivamente, es decir, cuando ha llegado por sí mismo a la conclusión de que, dadas las circunstancias, es lo mejor que puede hacer o lo que más le conviene. Pero no por principio y sólo porque cierta autoridad en la materia lo diga. Pero, ¿sabes?, es que es tan cómodo no pensar y sencillamente obedecer lo que otro nos dice, que por eso creo que los humanos tendemos con tanta facilidad a la obediencia.

Para mí, el problema en todo lo que apuntas, es lo que señalo al final del post: este mundo se ha vuelto tan complejo, tan intrincado en su funcionamiento, que es preciso, más que nunca, mantener de entrada un cierto escepticismo frente a todo aquello que se nos dice y buscar fuentes alternativas de información que puedan desvelarnos la mayor o menor fiabilidad de la visión que, desde los medios, pretende dársenos acerca de lo que ocurre. Algo que, por otra parte, resulta de lo más trabajoso y que las más de las veces nos sume en la confusión y en la única certeza de que nada hay cierto o incuestionable. Pero nunca más que hoy día ha habido tantos intereses para que confiemos en ciertas verdades, y es por eso, para no ser víctimas de esos intereses, por lo que más que nunca es necesario desconfiar de antemano y mantener una actitud crítica.

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

Dona, que no te frene a la hora de ver el documental el pensar que tu desconfianza en la humanidad va a aumentar. Al menos a mí me ha sucedido todo lo contrario, porque me parece alentador que los psicólogos concluyan que si los participantes del experimento no desobedecieron, es porque “aún” no habían aprendido a hacerlo, y no porque fueran personas crueles o faltas de moral. La desobediencia y el cuestionamiento de la autoridad pueden, por tanto, aprenderse y en nuestra mano está llevar a cabo este tipo de aprendizaje para cuando nos sea necesario.

Yo creo que tendemos a juzgar con demasiada facilidad lo que sucedió en la Alemania nazi, y precisamente el estudio de Milgram de los años sesenta estuvo motivado por su necesidad de comprender esta experiencia. Para mí es incuestionable que muchas veces obedecemos a una autoridad que ya hemos valorado como no legítima o que hemos puesto en cuestión sencillamente por miedo al castigo, es decir, a las consecuencias negativas que se desprenderían de la desobediencia. Y estoy segura de que muchas de las atrocidades que se cometieron en la Alemania nazi tienen que ver con el miedo a la represión y con el afán de supervivencia, que impulsa a los seres humanos a arremeter contra cualquier principio moral. Los propios supervivientes de los campos de concentración lo vivieron de forma extrema, pese a ser ellos las víctimas del nazismo: en Auschwitz no se podía sobrevivir sin trampear, sin robar la comida del compañero, sin ocupar una cierta posición de poder en detrimento de la vida de los semejantes.

Entre los rebeldes del primer grupo, es cierto, sólo había una mujer, y mantengo lo que decía en el blog de Huelladeperro: no se puede educar en el sometimiento sin educar en la obediencia, y nuestra tradición patriarcal se ha sustentado sobre la educación de la mujer en el sometimiento a la superioridad del varón. Por tanto, históricamente, creo que es un hecho que a las mujeres, más que a los hombres, se nos ha educado para la sumisión y la obediencia, y no otra cosa se refleja en los roles que tradicionalmente ha desempeñado la mujer frente al hombre. Por otra parte, a mí no me resulta estremecedor que las mujeres estemos dispuestas a hacer uso de la violencia, o al menos no me resulta más estremecedor que el que los hombres estén dispuestos a hacer uso de ella. Y es que -aquí me temo que discrepamos radicalmente- yo el único feminismo que entiendo es el feminismo de la igualdad, porque no admito que las incuestionables diferencias biológicas que existen entre hombres y mujeres determinen igualmente diferentes actitudes o comportamientos en ellos. En lo que respecta a la cuestión de género, para mí los seres humanos somos el resultado de la educación que hemos recibido, y sólo si se nos educa como mujeres o como hombres en lugar de como personas acabaremos mostrando conductas “de hombres” o “de mujeres”. De ahí que no me extrañe que las mujeres puedan mostrar conductas tan violentas como los hombres: nada en nuestra presunta “naturaleza” nos lo impide, como no se lo impide a ellos.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Vi también un vídeo de Sampedro hablando sobre el 15-M y estoy totalmente de acuerdo con él: el capitalismo imperante no podría darse sin esa espiral de consumo que mueve a las sociedades desarrolladas. Así que, necesariamente, desde todas partes se nos impele a consumir y tirar para luego volver a consumir y tirar. Y ésta es una suerte de “educación” que no recibimos en la escuela, sino cada vez que salimos a la calle, encendemos la radio o vemos la televisión, y que se refuerza día a día por el propio funcionamiento de la sociedad en la que vivimos. ¿Qué hacer frente a ello? Frente al consumismo, creo que lo único que podemos hacer es resistir individualmente, es decir, tratar de salir de esa espiral de consumo para que no nos asfixie como individuos y nos lleve a olvidar qué es lo que verdaderamente vale la pena en esta vida más allá de trabajar para comprar y seguir trabajando y comprando hasta morir. Colectivamente, no tengo ni idea, pero lo que apuntas de la educación me parece de todo punto imprescindible. Hay que aprender a desobedecer a quien nos dice “compra, compra, compra”. Hay que aprender a pensar antes de actuar. Porque son demasiadas las fuerzas que tratan de dirigir nuestros actos en su propio beneficio.

Un beso, Dona!

Jota dijo...

Hola, Antígona.

Cada vez que te leo me maldigo por no dejarme caer más a menudo por aquí. Siempre salgo repleto de nutrientes neuronales.
El experimento de Milgram lo conocí traduciendo otro documental que, si bien no hablaba directamente del mismo, lo usaba como introducción y epílogo. Se trata de "Ghosts of Abu Graib", sobre las torturas en la infame cárcel iraquí que todos conocemos. Me produjo una tremenda inquietud, y de hecho es lo que más recuerdo del documental: cómo el ser humano, enfrentado a la autoridad, es capaz de llevar a cabo los actos más horrendos creyendo que el mero hecho de cumplir órdenes lo excluye de toda responsabilidad. Ejemplos hay mil. En ello se basa, sin ir más lejos, el poder corrupto de todo Ejército. Debía de ser lo que pensaban los soldados de a pie que se llevaban a los posteriormente desaparecidos en las dictaduras del Cono Sur. Dudo mucho que todos y cada uno de aquellos jovenzuelos que integraban la soldadesca actuara en base a un sólido ideario anticomunista como el que moraba en las mentes podridas de sus mandos. "Esto no va conmigo, cumplo órdenes", pensarían, mientras sacaban de sus casas a melenudos y madres embarazadas.
Me ha interesado mucho eso que comentas de que igual que nos enseñaron a obedecer, hay que aprender a desobedecer, y ello requiere una formación, a la que yo pondría apellidos: formación en valores (humanistas). Por eso hay que defender siempre la cultura y la educación, porque los ignorantes y los meramente "formados" en distintas ramas especializadas del saber, los "expertos" en una única materia, son un ejército de asesinos potenciales.
Mira, me has revuelto esta película sobre Abu Graib, creo que voy a consagrar a ella la próxima entrada de mi blog.
Besos.

Marga dijo...

Me lo apunto! ya sabes de mi querencia a los documentales que nos desentrañan, aunque sea un intento y aunque sea un poco... jeje.

Me hace gracia, no había leído nada del tema pero me doy cuenta de que el ambiente que me educó me enseñó a obedecer y desobedecer... ahora me explico muchas cosas!! jajaja.

Y estoy contigo, la obediencia es básica en los primeros años de formación, una de mis quejas ante los padres actuales que me rodean es precisamente esa: la desobediencia de sus retoños, un montón de críos que literalmente hacen lo que se les pone con el beneplácito de sus papás. entiendo que primero debemos formarnos dando por supuesto que alguien más preparado que nosotros debe hacerlo, una guía para evitar problemas y enseñarnos a vivir en común y con nosotros mismos. Pero eso no debe evitar que a medida que crecemos no vayan dando "armas" y mostrarnos que no todo oro es lo que reluce y que cuestionarnos lo que nos rodea es igualmente sano. Con el ejemplo, a ser posible, ays el ejemplo, tan deteriorado en nuestros tiempos...

Curioso el tema, y sí, muy enlazado con el "deber debido" en el que se escudan y se escudaron muchos asesinos de guerra...

Qué raritos somos, coñe! jeje, o no tanto, como nos cargamos nuestra naturaleza por unos fines sociales restrictivos y malsanos... tal vez.

Besotes desobedientes!

c.e.t.i.n.a. dijo...

Educación vs Adoctrinamiento. La mayoría de los sitemas de educación niegan la posibilidad de la formación del pensamiento crítico. Los planes de estudio fomentan la memorización frente a la aplicación del razonamiento. Y el cerebro se acostumbra a no filtrar nada que provenga de fuentes a las que ya hemos otorgado credibilidad: nuestros padres, nuestro profesor, nuestro medio de comunicación favorito, nuestros amigos, etc... ¿Dónde quedó aquello de "Y si te dice tu amigo que te tires por un puente, ¿Tú te tiras?"

Y luego está la tentación que supone delegar las propias decisiones en terceros, para evitar así el riesgo a equivocarse y sobre todod, para poder echar la culpa a los demás de los errores propios.

Como decía áquel: "La culpa es de los bancos que me dieron el crédito"

Un beso plenamente consciente

Dona invisible dijo...

Antígona,
Sobre el "feminismo de la diferencia", mi lema es: Somos diferentes, pero no desiguales. Como mujer, me siento diferente, creo que sí existe algo que nos hace especiales (tanto a hombres como a mujeres), lo cual no quiere decir que no merezcamos la misma suerte (o desgracia). Lo difícil es discernir qué es lo que nos ha colocado la cultura y la educación encima. Me baso en la experiencia dando clases a niños y niñas, adolescentes, y en ver comportamientos diferentes en cuanto al uso de la fuerza física. Pero como dije, a lo mejor me equivoco y el uso de la violencia física también se transmite culturalmente a los hombres a través de los mensajes ocultos (o no tanto) en el cine y en la televisión, o en los modelos que los niños y niñas observan en casa, y en el fondo esa semilla la llevamos biológicamente tod@s. Pero tienes razón: es tan estremecedor el uso de la violencia tanto en hombres como en mujeres.

Sobre el hecho de juzgar la historia de las aberraciones que cometieron los nazis, está claro que nunca podremos hacerlo con objetividad si lo hacemos desde la distancia y sin haberlo vivido en nuestras propias carnes. Solo nos queda leer los testimonios que sobrevivieron a la barbarie. De todas formas, si no fuera por la educación en la obediencia a la autoridad, seguramente no se habrían producido.

Por otro lado, sobre el consumo y acciones colectivas, si se toma conciencia en conjunto de lo que supone comprar ciertos productos, por ej., y se ataca allí donde duele, es decir: en el consumo, podemos incidir de alguna manera por lo menos en la ética de la producción (ejemplos hay: Nestlé, sin ir más lejos, a causa de una campaña de boicot rectificó su política en cuanto a la deuda con los países empobrecidos). Si nos unimos tenemos más fuerza, pero, claro, las acciones indivuales también cuentan (por lo menos para cada cual).

Besosssssss

El peletero dijo...

Un excelente artículo el tuyo, querida Antígona, que habla claramente de la realidad de siempre, la gestión del poder.

La expresión. “suspensión del juicio” parte de la base que hay un juicio que suspender. Dudo mucho que así sea. Con todos mis respetos para con la Humanidad no creo que haya ninguna clase de juicio excepto imitación. Confundimos educación con entretenimiento y domesticación porque no aceptamos que la primera es imposible, a partir de ahí elaboramos teorías sobre la bondad o maldad de unos sistemas sociales o pedagógicos respectos a otros.

El ser humano es gregario, mimético, cómodo, perezoso e ignorante, codicioso y cruel, le gusta que le digan lo que le gusta oír y rehúsa la responsabilidad en la toma de decisiones, quiere eludir todo tipo de compromiso incluso en la voluntad requerida para pulsar o no un simple canal de televisión, necesita que los responsables de lo malo que sucede en sus vidas sean otros y busca, como el aire que respira, que lo seduzcan siempre con las mismas palabras. No percibe la reiteración en el error y cree descubrir cada día la sopa de ajo, tropieza siempre con la misma piedra y cree constantemente las mismas mentiras que lo halagan y adulan y es engañado perennemente con el timo de la estampita pensando que era él el que engañaba. Por ello Rousseau tiene éxito popular en nuestros días y en ese ecologismo adolescente de campamento urbano.

A casi a todos enamora el kitsch que es básicamente copia, como niños hay que contarles siempre la misma historia.

Voy a mirar los enlaces que nos señalas y sigo mañana.

Besos.

El peletero dijo...

Las lecciones de anatomía del siglo XVII, que tan famosos artistas pintaron, eran espectáculos populares igual que las ejecuciones públicas. La gente iba a pasar la tarde viendo destripar un cuerpo mientras merendaba tranquilamente.

El año que ahorcaron a Sadam Husein el video que lo grabó fue el más visto de youtube.

Podríamos seguir y no terminaríamos nunca, algunos incluso añadirían a ello el boxeo y las corridas de toros, yo no.

Estos programas han olvidado otro espectáculo muy popular a lo largo de toda la historia no siendo exactamente igual, la pornografía y sus derivados, las snuff movies. Todo lo que se puede imaginar se ha hecho, se está haciendo y se hará, el límite lo marcan la propia imaginación y el dinero que cuesta llevarlo a término.

Siguiendo con la “suspensión del juicio”, añadiría, sin ser tan taxativo como ayer –pero sin quitar ninguna coma-, que un juicio se emite en función de los datos y las circunstancias que se nos ofrece el entorno, no podemos, en ningún caso, hacer juicios de valor si no conocemos los datos. En este sentido los miembros del experimento no suspendían ningún juicio, emitían el suyo en función de los hechos que tenían en frente.

Normalmente pensamos también que el único juicio válido es el nuestro. Una persona, hombre o mujer –también hay mujeres-, que viola y abusa de un niño está emitiendo un juicio y una sentencia al mismo tiempo. Pensamos que no, que debe de estar enajenada, que es ignorante o un amoral, que no sabe distinguir el bien del mal, no es así en la mayoría de los casos, sabe perfectamente qué está haciendo y lo hace a plena conciencia, con conocimiento de causa y con sus facultades mentales intactas.

El pueblo alemán era perfectamente consciente del crimen que ellos mismos perpetraban, todos lo sabía, nadie desconocía la verdad aunque cualquiera eludía sus responsabilidades y el miedo atroz no es ningún eximente, los valientes, que no héroes, lo demuestran cada día. La misma Antígona fue una buena prueba de ello.

(Continuará...)

El peletero dijo...

Ten en cuenta, querida amiga bloguera, que el juicio es, y sólo debe ser, el juicio del caso. El resto son juicios de valor y de intenciones que siempre yerran. Las personas del concurso no son seres irresponsables y sí, y también, capaces de juzgar y ser juzgadas por sus actos.

Otra cosa son las técnicas de seducción que en ningún caso deben ser tampoco eximentes pues más me recuerdan las excusas de un violador cuando argumenta, para descargar culpas, que la chica iba con minifalda y muy escotada.

El nuestro es un mundo que también piensa que la igualdad en la dignidad del ser humano corresponde otra en su inteligencia o piedad, sensibilidad o fraternidad, no es así, pero no queremos aceptarlo y al no hacerlo nos igualamos todos en el nivel más bajo, esa es la pedagogía moderna que ha creado falsos tópicos, la reiteración en el error del que hablaba, y que veo que persiste en algunos de tus comentaristas que desprecian la memorización y alaban, supongo que sin saber muy bien de qué hablan, el razonamiento, o que piensan que ellos mismos o sus hijos son tan inteligentes y racionales como Einstein o tan piadosos como Santa Teresa de Calcuta. Tampoco es así.

Cuantas discusiones he tenido con personas que argumentan que deberían prohibirse los programas de telebasura no siendo ellos mismos capaces de cambiar de canal. En el mejor de los casos, como la pornografía, nadie los ve, pero todos están al caso.

En relación a eso, y sin entrar en tecnicismos sobre nuestro sistema político, diré que la gente se queja de los políticos cuando no son más que el exponente, tanto de su moralidad como de la capacidad –con las debidas excepciones- de debatir, es decir, a ras de suelo. Como esos entrevistadores que le piden a un físico cuántico que explique en cinco minutos y para un niño de cinco años en qué consiste la física cuántica. Como esos campamentos que no saben que la prueba del nueve de cualquier sistema democrático es el voto secreto y el empadronamiento, que ellos son los primeros en incumplir.

¿Obediencia? ¿Qué cestos se pueden construir con esos mimbres? Muchos y muy bonitos, pero no pretendamos que transporten el agua.

Besos, Antígona y perdón por la parrafada.

mateosantamarta dijo...

Como sabemos? No hagas a nadie lo que no deseas para ti. Un abrazo.

El veí de dalt dijo...

Hacia siglos que no me pasaba... Conocía el experimento Milgran y la réplica del programa francés de TV. Da esclaofríos ver cómo podemos sentirnos adoctrinados por un "otro" que creemos superior...
PS
A lo mejor los votantes del PP lo creen todo de Camps...;-(

¿A mí qué? dijo...

No me gustan ni los amos ni los siervos.

No me gustan l@s mandones ni los serviles.

No me gustan los que obeden por temor a un castigo o esperando un premio, ni los que mandan imponiendo esas condiciones.

No me gustan las personas que preguntan a otros como deben actuar ni aquellos le dicen a otros como deben hacerlo.

Me gustan las personas que conocen cual es su deber y ponen el alma en lo que hacen independientemente del aplauso o la crítica.

No me gustan los que prometen o dan premios a los que cumplen con su deber desconociendo que el mayor premio es hacer lo que crees en cada momento.

Me cansan, me agotan los que no saben ni quieren saber ser responsables de si mismo y les gusta echar la culpa de todos sus males a otros.

Las palabras me aburren de tanto utilizarlas vanamente e inutilmente, sólo confío en las obras, en la vida...

El peletero dijo...

“Con la información que tenía, era lo más lógico”.

http://www.lavanguardia.com/internacional/20110610/54168689777/una-resistente-holandesa-confiesa-que-mato-en-1946-a-un-hombre-que-creia-colaborador-nazi.html

¿Y qué información tenía?

¿Juicios de valor, de intenciones, conjeturas y sospechas?, ¿afán de notoriedad?, ¿presiones de sus compañeros de la resistencia?, ¿gregarismo, mimetismo?

¿O era simplemente imbécil?

Besos.

Antígona dijo...

Hola Jota, ningún elogio mayor para esta casa que el que digas que contribuye a la nutrición de tus neuronas. Esperemos que lo siga haciendo. ¡Y sin riesgos de infecciones bacteriológicas! :)

Ya he visto que has puesto una entrada sobre ese documental que mencionas, y aunque todavía no he podido leerla ni tampoco he visto el documental, en cuanto tenga un rato me pongo a ello. No sé si sabrás que de hechos hasta cierto punto similares a los sucedidos en aquellas cárceles da cuenta otro famoso experimento, el llamado experimento de la cárcel de Stanford, de resultados aún más escalofriantes, al menos desde mi punto de vista, que el experimento Milgram: estudiantes universitarios puestos a hacer de carceleros de otros estudiantes a los cuales, para tenerlos bajo control, acabaron sometiendo a toda suerte de torturas psicológicas y vejaciones. Hasta el punto de que el experimento, proyectado para durar dos semanas, hubo de ser cancelado a los seis días. Lo terrible para mí de este experimento es que en muy poco tiempo se estableció un juego de poder entre carceleros –que también cumplían órdenes, dado que su misión era controlar a los prisioneros, aunque, excluyendo el uso de la fuerza física, se les había dado plena libertad para elegir los métodos- y prisioneros que llevó a los primeros a extralimitarse en sus funciones y abusar del poder que les había sido conferido. Como si cualquiera a quien se proveyera de una gorra y un uniforme y se le dijera, ahora mandas tú, se convirtiera en un demonio deseoso de resarcirse de todas sus frustraciones y de todos los abusos de poder que en algún momento se hubieran cometido con él. Espeluznante

A mí también me pareció muy interesante la conclusión del experimento de que es necesario aprender a desobedecer. Pero, aunque la educación en valores sea imprescindible, es posible que no resulte suficiente. Los entrevistados al final del documental que llegaron hasta el final del juego no eran gente sin valores. Antes bien al contrario, sus declaraciones ponen de manifiesto que sufrieron un conflicto moral entre sus valores, que les decían que no debían maltratar a otro ser humano, y sus acciones. Sin embargo, sus acciones fueron las que fueron y no las que les dictaba su conciencia moral porque no tuvieron la fuerza suficiente para decir, sencillamente, “no, no sigo”. Es decir, para resistir las órdenes de la autoridad del programa. De lo que carecían, por tanto, no era de valores, sino de capacidad de resistencia frente a la autoridad. Y aunque ambos aprendizajes no estén desconectados, yo diría que son aprendizajes diferentes. El problema es: ¿cómo se aprende a resistir a la autoridad cuando desde niños se nos educa para obedecerla?

Un beso!

Antígona dijo...

Niña Marga, pues apúntalo en algún lugar bien visible porque estoy segura de que te va a encantar. Aunque me temo que también este documental es de los que se sufren gozosamente, jajaja, ya sabes a qué me refiero ;)

Me parece muy importante eso que dices de que el ambiente que te educó te enseñó tanto a obedecer como a desobedecer. Cerraba el comentario a Jota con la pregunta acerca de cómo se aprende a desobedecer, pensando, ante todo, en un sistema educativo que por principio no puede enseñar la desobediencia. Pero quizá la familia, y los modelos de rebeldía que se observen dentro de ella –tantas cosas aprendemos por pura imitación, con el ejemplo, tú misma lo has dicho-, sean la clave.

Los padres actuales me parece a mí igualmente que poco saben de hacer obedecer a sus retoños porque es bastante más cómodo no enfrentarse a sus caprichos y rabietas y dejarles campar por sus fueros. Y es que el ejercicio de la autoridad también es difícil, trabajoso y lleno de dudas y de interrogantes, y actualmente se observa una dejación de responsabilidades en este campo por parte de los progenitores que explica a la perfección el comportamiento literalmente insufrible de tanto crío y tanto adolescente malcriado. A mi juicio, los niños pequeños están pidiendo a gritos y necesitan más que el comer que se les pongan reglas, límites, normas, que se les diga lo que deben o no deben hacer o cómo deben o no deben hacer a las cosas. No hacerlo es de todo punto contraproducente. Pero luego, tienes razón, se nos debe educar en la autonomía y en la autodeterminación, lo cual implica, necesariamente, fomentar nuestra capacidad de libre pensamiento frente a lo que nos rodea y espacio para, aunque nos equivoquemos, aprender a decidir por nosotros mismos.

Decía Kant en un inteligentísimo ensayo: “La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración”.

Para luego afirmar que la mayoría de los seres humanos permanece durante toda su vida en esa minoría de edad, bien por pereza, bien por cobardía. Bien, dos siglos después no creo que hayamos alcanzado esa mayoría de edad ni que seamos más ilustrados sino, probablemente, todo lo contrario.

Algo estamos haciendo rematadamente mal.

Besos rebeldes!

Antígona dijo...

C.E.T.I.N.A., yo no creo que los sistemas educativos nieguen la posibilidad de formar en el pensamiento crítico. Antes bien, asistimos en los últimos tiempos a la imposición de corrientes pedagógicas que pregonan todo lo contrario. ¿La consecuencia? Que producen iletrados aborregados aún más incapaces de pensar por sí mismos que sus padres o sus abuelos, porque no dotan a los educandos de las mínimas herramientas que, a la larga, habrán de permitirles pensar por sí mismos. Y es que, por uno mismo, no se alcanza a pensar nada que tenga un mínimo de validez sin información a partir de la cual poder razonar. Hay que tener cuidado con esta cuestión.

Por otra parte, pienso que por excelente que fuera el sistema educativo se trata tan sólo de una pieza de escasa influencia si la sociedad “educa” en principios totalmente opuestos a los impartidos en la escuela. Y esta sociedad nuestra basada en el consumismo tiene que incitar a una vorágine de trabajo y compra donde ni tan siquiera reste tiempo para pararse a pensar.

La tentación de delegar la propia responsabilidad en terceros es, en efecto, muy tentadora. Supongo que porque nos cuesta más de lo que estamos dispuestos a reconocer asumir las consecuencias de nuestros actos, sobre todo cuando son negativas. No por otra razón tanta gente niega ser libre: si no soy libre, no soy responsable. No soy culpable. Todo un chollo existencial. Aplicable igualmente para quien olvida que él mismo pidió el crédito sin que nadie le obligara a ello.

Besos resistentes!

Antígona dijo...

Dona, yo llevo mucho tiempo pensando y leyendo sobre este tema de las diferencias entre hombres y mujeres, y sólo encuentro convincentes los argumentos que defienden que esas diferencias son culturales y educativas y no biológicas. Desde su mismo nacimiento, niños y niñas no son tratados por igual por sus progenitores y hay estudios muy interesantes al respecto. En el mero acercamiento, en su forma de dirigirse a ellos cuando aún son simples bebés –no digamos ya de vestirlos u ofrecerles unos juguetes u otros- se les está ya inculcando lo que deben ser como niños a diferencia de lo que deben ser como niñas. Así que creo que es esta educación, presente desde nuestros primeros días de vida y después apoyada por toda la estructura social, la que da cuenta de todas las diferencias que puedan encontrarse en los modos de comportarse o de sentir de hombres y mujeres, más allá, obviamente, de las diferencias que se dan entre individuos. Hay incluso estudios de prestigiosos genetistas que muestran que las únicas diferencias genéticas relevantes son las que se dan entre individuos, en ningún caso entre sexos. Y en lo que respecta a la cuestión del uso de la violencia, la impronta netamente cultural me parece más que clara: yo aún no tengo cuarenta años y se me educó bajo la consigna de que las niñas no se pegaban, mientras que a mi hermano se le alentaba a hacer uso de la violencia para defenderse de sus compañeritos de guardería. Piensa en los juguetes bélicos, por ejemplo, y a quien iban dirigidos. O en las películas de guerra. O en lo que significa decirle a un niño que debe comportarse como un hombre para fomentar su valentía o su capacidad de enfrentamiento. No. Si las mujeres no hemos hecho hasta ahora uso de la violencia ha sido porque se nos ha educado para rechazarla y repudiarla, al contrario que a los hombres. Pero las nuevas generaciones empiezan a ser distintas. Y los estudios sobre el comportamiento de la gente joven también indican que el uso de la violencia entre las niñas asciende alarmantemente para equipararse al de los varones.

Por otra parte, yo también creo que sin esa educación en la obediencia a la autoridad no habría tenido lugar lo sucedido en Alemania. Viví allí durante un tiempo y me sorprendió enterarme de que muchos alemanes se han planteado, a raíz de lo ocurrido pero también de su forma de vida actual, de sus conductas cívicas, de su estructura social, si el problema no radicará en que son un pueblo particularmente obediente en comparación con otros. Hay gente joven verdaderamente atemorizada ante la posibilidad de que algo semejante pudiera volver a suceder y no dejan de reflexionar sobre el tema. Pero me parece que, más allá de la cuestión educativa, es necesario pensar sobre los mecanismos psicológicos que nos inducen a la obediencia. Sobre el rendimiento psíquico que obtenemos al sentirnos bajo las órdenes de otros. Y eso, para mí, tiene que ver con nuestro inveterado miedo a la libertad, sobre el que tanto se ha escrito y que es una realidad esencialmente humana, junto al hecho mismo de la libertad.

En cuanto al consumo, es cierto, tienes toda la razón: los consumidores tenemos un poder en lo que respecta a la mera decisión de comprar o no un producto del que, sin embargo, apenas somos conscientes. Pero para poder ejercerlo deberíamos también tener más información. Si por mí fuera, obligaría a que en las etiquetas de cada producto se nos informara, por ejemplo, sobre cuánto se ha pagado al obrero que lo ha fabricado. Quizá entonces no compraríamos tan alegremente camisetas a diez euros “made in India”.

Más besos!

Antígona dijo...

Estimado Peletero, plantea usted muchas cosas en sus comentarios. Pero creo que, a la postre, y si me lo permite, todas ellas podrían resumirse o aglutinarse en su desconfianza hacia la racionalidad del ser humano, o incluso en su taxativa negación de esa racionalidad como facultad que dirigiría su actuación. En su definición del mismo como “ser gregario, mimético, cómodo, perezoso e ignorante, codicioso y cruel”, junto a tantas otras cosas.

Podría en cierta medida darle la razón. También parecería que Kant lo hace cuando escribe el famoso texto que le citaba antes a Marga, “¿Qué es la ilustración?”, al afirmar que la mayoría de los seres humanos permanecen con gusto en una confortable minoría de edad, esperando que otros les digan qué tienen que hacer y se erijan en sus tutores para así liberarse de la fastidiosa tarea de pensar. Pero, es obvio, Kant escribió este artículo porque confiaba, pese a todo, en la capacidad de transformación del ser humano. De lo contrario, no hubiera desperdiciado ni tinta ni talento en hacerlo. Y yo, qué quiere que le diga, me temo que también confío en ella, aun cuando su alcance no sea a lo mejor tan amplio como me gustaría, ni funcione, váyase usted a saber por qué motivos, de forma masiva.

Me parece significativo que al menos uno de los participantes en el experimento de Stanley Milgram le agradeciera años después haber participado en él y demostrara haber aprendido algo con la experiencia declarándose objetor de conciencia ante su llamamiento a filas para ir a la guerra del Vietnam. Me gustaría creer que no fue el único que sacó alguna enseñanza del experimento.

Significativas me parecen igualmente las reflexiones que, al final del documental, hacen algunos de los participantes que llegaron hasta el final sobre los mecanismos que les impulsaron a obedecer. Estoy segura de que esas personas también han aprendido por medio del experimento algo que nunca olvidarán.

Y veámoslo también ahora desde el otro lado: si el 81% habrían matado a otra persona ante las cámaras eludiendo toda responsabilidad personal, el 19% la habrían salvado enfrentándose a una autoridad que le dice: “mire, no se preocupe, usted no sabe cómo funciona esto realmente: nosotros nos hacemos cargo de todas las consecuencias, la responsabilidad es nuestra”. No me parece un dato despreciable.

Creo que también habría que mencionar que en sus estudios sobre el desarrollo moral del ser humano, Kohlberg situaba en el nivel máximo del desarrollo moral la capacidad de enfrentamiento a la autoridad establecida o a la moral imperante. Reconociendo indirectamente, por tanto, la dificultad que entraña, dentro de nuestra tendencia gregaria y conformista, oponerse a la facticidad del mundo desde la sola instancia de la conciencia moral, ésa que comprende que ningún ser humano merece lo que yo no deseo para mí incluso si tal moral universal es todavía una fantasía sin referentes históricos previos.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Como le decía antes, confío en esa capacidad de aprendizaje y de transformación del ser humano, así como en su virtualidad para ser dirigida. ¿Hacia dónde? Bien, es cierto que las más de las veces hacia lo peor de sí mismo. Pero eso no excluye que no pueda ser inclinada en otra dirección. Y confío, entre otras cosas, porque nada más cierto, a mis ojos, que la maldición de la profecía autocumplida: dile a alguien lo que es y cómo acabará, y con altísima probabilidad terminará siendo eso que se le pronostica. Y es que nada ejerce más influencia sobre nosotros mismos que aquello que nos creemos de nosotros mismos y nos decimos a nosotros mismos de nosotros mismos.

Somos, por tanto, moldeables y maleables, dado que no tenemos más remedio que aprender de la experiencia. Aunque, es cierto, usted mismo lo dice, seamos a un tiempo contumaces y por ello muy capaces de persistir en el error. Pero a estas tabulas rasas que somos en el momento en que nos asomamos al mundo no les resta sino aprender todo aquello que después saben y pueden, desde el hecho de caminar hasta coger un tenedor o un palillo para alimentarse. Y si es así –entiendo que algunos lo cuestionarán- también será cierto que hemos aprendido, por lo menos, algunas de las cualidades negativas de las que hacemos gala todos los días. Nada excluye –nuevamente- que no podamos desaprenderlas o aprender cualidades opuestas a ellas.

Supongo que después de todo lo expuesto huelga decir que rechazo todo concepto esencialista de “naturaleza” humana determinista e inalterable, o determinista por inalterable.

Que el video más visto en youtube durante un año fuera el del ahorcamiento de Sadam Husein puede explicarse por razones que nada tendrían que ver con nuestra presunta maldad intrínseca: para mí, el morbo que la contemplación de determinadas atrocidades nos produce no revela sino nuestro deseo de enfrentarnos al horror como forma de combatir la angustia que nos suscita.

Por otra parte, hay quien ha señalado que el desconocimiento de las consecuencias de nuestros actos debería conducir a la suspensión, no ya del juicio, sino de la acción. Lo estúpido es suspender el juicio pero seguir actuando. Situarse en la posición de mano ejecutora de la voluntad de otros. Ejercer semejante cosificación de sí mismo. Pero quizá esto es algo que no se nos ha enseñado suficientemente.

Besos!

Antígona dijo...

Desde mi punto de vista, Mateo, totalmente de acuerdo. Pero, pongámonos a hacer de abogados del diablo y recordemos que una de las consignas que se les daba a los candidatos para que prosiguieran con el juego era: “Ahora mismo el candidato quiere parar, pero en diez minutos te agradecerá que hayas continuado”. No siempre tenemos tan claro si lo que deseamos para nosotros es lo correcto o lo más adecuado, o lo que más bien nos puede hacer.

Más besos!

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Me alegro de verte por aquí, Veí, y me alegro que conocieras tanto el experimento de Milgram como el documental. Supongo que porque creo que ya sólo el mero hecho de conocer ambas experiencias nos libra, aunque sólo sea un poco, del peligro de la obediencia ciega a la autoridad.

De los votantes de Camps, permíteme que no opine porque de mi boca saldrían demasiados sapos y culebras. Bueno, si acaso diré únicamente que, a mi modo de ver, sus votos se sustentan sobre una férrea creencia: si los otros llegaran al poder, serían aún más corruptos.

Besos!

Antígona dijo...

Comparto contigo, ¿A mí qué?, todas esas –digamos por ponerles un nombre- filias y fobias que mencionas. Pero, aunque en mi vida personal rechace rodearme de todas esas personas cuyos comportamientos y actitudes no me gustan, e intente evitar caer en ellos yo misma, deseo comprender por qué hay amos y siervos, mandones y serviles, por qué podemos llegar a obedecer por temor al castigo o a la espera de un premio, por qué tan a menudo deseamos que otros nos digan cómo debemos actuar. Por qué, sobre todo, ante la adversidad, ante el error, sentimos nacer en nosotros el impulso de buscar culpables más allá de nosotros mismos y nos liberen de la pesada carga de la responsabilidad y debemos esforzarnos por aniquilarlo.

Porque, ¿quién no ha incurrido alguna vez –o más bien muchas veces- en esas actitudes y comportamientos que detesta? ¿No hemos aprendido también a detestarlos a fuerza de haberlos protagonizado?

Obras son amores, y no buenas razones, que dice el dicho. Pero las palabras, ay, decir es también hacer y nada seríamos sin ellas.

NoSurrender dijo...

Cómo disfruté de ese documental, doctora Antígona! Todo un thriller sobre la condición humana.

Lo cierto es que vivimos en un mundo dominado por el miedo. Miedo al fracaso, miedo al ostracismo, miedo a la locura... y creemos que el gregarismo social nos protege de todo eso a lo que tenemos miedo. Así que quizás sea esta necesidad gregaria parte de lo que explica la eliminación de cuestiones morales cuando éstas pueden suponer la soledad de quien las tiene.

Y la televisión es un ejemplo genial de ese gregarismo cultural del ser humano, desde luego. Nos dice lo que existe y lo que no existe. Lo que debemos interpretar, lo que debemos consumir, lo que debemos vivir para ser sociales. ¿Hay algo más totalitario que la televisión?

Creo que actualizar el experimento Milgram sustituyendo la bata blanca científica por la televisión explica muy bien la evolución de la sociedad en los últimos cincuenta años. Si hay algo que hoy por hoy pueda acabar con el Dios Ciencia, con el Gestell todopoderoso, es, sin duda, Belén Esteban.

Besos, doctora Antígona!

¿A mí qué? dijo...

Las palabras son un regalo pero de tanto utilizarlas para adular, mentir, engatusar, engañar desconfias de ellas pero en lo más profundo del corazón, deseas que no las utilicen en vano porque dejas de ceer en ellas.

Creo que cuando uno asume su propia responsabilidad en sus actos, en sus palabras, es más liberador que echarle la culpa a los demás.

Obras son amores y no buenas razones. Siempre me quedaré con estas palabras a pesar de que las palabras me acarician y me hieren...

Gracias por contestarme a todo y no rehuir nada, gracias.

¿A mí qué? dijo...

Se me olvidaba lo más importante. Lo único que he conocido y conozco de ti es tu palabra y desde que la escuché por primera vez me cautivo y me resisto, me niego a creer que detrás de ella sólo exista la nada, me aferro a creer, a buscar la verdad, la tenura, la bondad que descubrí, que sentí en ellas como la más hermosa obra de arte permitida al ser humano.

Benedetina dijo...

¡Hola, Antígona!

Yo ya seguí en su día el debate que se produjo en el blog de Huelladeperro, igual que también conocía el experimento de la prisión de Stanford (que, por cierto, vaya cara de sádico tenía el psicólogo que lo dirigía, jaja, menos mal que ahora actúan los comités de ética :P). Este debate que se ha producido en tu blog aún no he tenido tiempo de leerlo entero, pero todo se andará.

Nos condicionan tantos factores en nuestras interacciones sociales (conformidad y mimetismo social, autoengaño, etc. etc.) que nos sería imposible saber cómo reaccionaríamos nosotros llegado el caso. Quien no se haya visto nunca abusando de su poder o relegando su responsabilidad en la supuesta autoridad que tire la primera piedra...

Respecto a lo de la desobediencia, amén de que estemos educados en lo contrario, y además de que a la mayoría nos suele producir un importante nivel de estrés que solemos evitar a toda costa, creo que -como decís- en nuestro día a día el mayor problema es que cuesta mucho currársela. Ya hablábamos también en el blog del chucho de la asertividad, y de cuán preparado y seguro hay que estar para defender tus derechos y tu postura.

Es tan cómodo que la papeleta nos la solucionen otros... sobre todo si estamos ya tan ocupados, cansados y estresados de nuestro día a día, que no nos queda apenas tiempo y energía más que para descansar y sobrevivir a un día más. ¿Que nos explotan? ¿Que todo es una mierda? Pues que luche otro por cambiarlo, porque yo estoy que no puedo más.

Y es que además nos lo ponen tan difícil los que mandan… Mira qué ejemplo más típico pero significativo: Una conocida se compró un piso hace unos años, y en la entidad bancaria le aseguraron que estaba obligada a contratar el seguro de hogar y de vida con ellos para poder concederle la hipoteca. Cosas del contrato -decían-, es por ley.

Pues bueno, hace poco le dio por investigar, y se dio cuenta (después de gastarse verdaderos dinerales en los exageradamente carísimos seguros que le habían impuesto) de que la habían engañado. Es más, seguro de vida ni siquiera estaba obligada a tener, y encima le habían hecho uno donde estaba de beneficiario el banco, claro.

Mi amiga se dirigió entonces a la sucursal, les dijo que cancelaran ambos seguros, e intentaron ponerle ochenta mil trabas. La primera fue asegurarle que no podía hacer tal cosa. La segunda darle largas y largas. Hasta que tuvo que plantarse allí con un talante de lo más serio y beligerante en plan “de aquí no me voy hasta que me lo solucionen, o les monto el pollo del siglo”, y aún así intentaron disuadirla con no sé cuantas excusas.

Estando las dos allí, ya levantadas para irnos -cansadas, desesperadas y casi derrotadas-, se nos encendió la bombilla y nos volvimos a sentar. Y entonces empezamos a redactar un escrito que decía que habíamos estado allí pidiendo tal y cual cosa, para que quedara constancia. Escrito que, a continuación, pedimos que nos firmaran. Entonces, sorprendentemente, nos pasaron con la directora y por fin anularon los seguros sin ningún tipo de problema, intentando hacernos creer que era un favor especial, como para que no se corriera la voz y cundiera la desobediencia, jaja.

Increíble, vaya. Imagínate la de seguros que venderán y la de familias a las que tendrán ahogadas. Porque, pobres, la mayoría acatan lo que el banco les dice, que para eso es la ‘autoridad’.

Eso en mi tierra se llama estafa.

En fin, mucha formación e información es lo que nos hace falta. Ya mismo nos censurarán el Internet como en Cuba o China, si no al tiempo...

Zorro de Segovia dijo...

Hace unos meses estuve en Mathausen. Viajaba en bici y no encontraba el camino. Pregunté a una viejecita encantadora que vivía en una casona cerca del campo de concentración, y me indicó con toda amabilidad el camino. Agradecido, comencé a pedalear pensando que esa misma mujer seguramente vivía allí hace 70 años, a unos metros del horror.

Un poco más lejos, a unos kilómetros, miles de austríacos y alemanes también vivieron el nazismo. La gran mayoría no querrían nada malo para los judíos, pero ... nada hicieron.

El peletero dijo...

Querida Antígona, da usted por supuesto que la objeción de conciencia a ir a la guerra del Vietnam sea un acto racional y la consecuencia justa de usar la “cabeza” libre y autónomamente, no le diré que no, pero su aserto es un juicio de valor. Tampoco podemos decir que sea un acto de desobediencia “absoluto”, sí a las autoridades, pero no una desobediencia en sí misma, los mafiosos tampoco obedecen al Estado y nadie diría que son unos librepensadores. He conocido a muchos anarquistas que de desobedientes no tenían nada, lo eran porque lo era su novia o la chica que les gustaba.

Ya sé que usted no es “esencialista” en cuanto a la naturaleza humana, tiene razón, hace tiempo caminábamos a cuatro patas y ahora usamos solamente dos, pero no me negará que hay una base y que sin ella nada se construye. Si esta base no existiera cualquiera podría ser cualquier cosa y esto, que quiere que le diga, me parece una falta al sentido común.

Su creencia en la moldeabilidad del ser humano, ya se lo dije en una ocasión, me da miedo, vienen a mi mente políticas eugenésicas que me aterrorizan pues al fin y al cabo siempre habrá alguien que se crea en el derecho de decirnos cómo debemos ser.

Yo ya doy por perdida la quimera de pensar que podemos ser mejores, tal pretensión, pienso que el remedio es peor que la propia enfermedad, demasiado ruido para tan pocas nueces.

¿Por qué nos empeñamos tanto en decirles a los demás qué deben pensar y cómo deben ser? ¿Nos mueven las buenas intenciones? Lo dudo mucho.

En esta vida hay tres cosas más escasas que el oro, la inteligencia, la bondad y la belleza.

Todas las demás virtudes las podemos hallar en cantidades variables, pero las tres anteriores no, son más raras que los ángeles que dicen que hay en el cielo de Dios.

Actuar es juzgar y viceversa, no se da lo uno sin lo otro, pero aunque se diera no tendría la más mínima importancia, es lo que hacían los alemanes cuando veían el humo salir de los crematorios, su no actuar era una verdadera sentencia.

Besos.

Dona invisible dijo...

Hola, Antígona, me paso por aquí para agradecerte tus respuestas. Aprendo muchísimo de ti y estoy muy contenta de haber descubierto tu blog.
Besosssssssssss

Antígona dijo...

Me alegro de que disfrutara del documental, doctor Lagarto, aunque yo llegué a sufrir con los concursantes y con sus gestos de agobio y vacilación cuando pulsaban las palancas.

Me parece muy interesante lo que dice del gregarismo. De hecho, otra de las teorías propuestas para explicar por qué podemos llegar a obedecer incluso cuando las órdenes que se nos dan entran en contradicción con nuestros principios es la llamada teoría del conformismo: cuando vemos que otros seres humanos a nuestro alrededor actúan de determinada manera, tendemos a actuar exactamente de la misma forma, poniendo en duda o dejando de lado nuestros criterios personales. Hasta el punto de que hay otros experimentos que ponen de manifiesto que, cuando todo el mundo en torno nuestro emite la respuesta que nosotros consideramos incorrecta, dudamos de nuestras propias percepciones o de nuestra capacidad para razonar correctamente para emitir esa misma respuesta incorrecta que los demás han dado.

A mi juicio, esto demuestra algo que deberíamos tener muy en cuenta en nuestro comportamiento cotidiano: tenemos miedo a ser diferentes a los demás; miedo a destacar o ponernos en evidencia cuando una mayoría se inclina en una determinada dirección. Preferimos no “dar la nota” y fundirnos con el resto. Quizá porque nos asusta ser criticados, la falta de aceptación, el rechazo de nuestros semejantes. El hecho es que no queremos sentirnos solos y para ello somos capaces de renegar de nosotros mismos y de nuestras convicciones. Terrible, pues, esta tendencia gregaria nuestra que nos impulsa a formar parte de la masa sólo por sentirnos reconocidos en y miembros de un colectivo que nos arrope.

La televisión es, como decía García Calvo, uno de los medios más potentes de formación de masas. No sé si todavía se manejará aquello de que algo es verdad “porque lo han dicho en televisión”, dado que hace tiempo que estoy muy alejada de este medio y me rodeo de gente que también lo está. Pero sigue teniendo un poder enorme a la hora de imponer cierta visión de la realidad, y lo sigue teniendo frente a otros medios por el poder que sobre nosotros tienen las imágenes. Tendemos a no dudar de aquello que hemos visto con nuestros propios ojos. Olvidando que todo montaje es ya manipulativo y pretende hacer pasar por verídico lo que en realidad tan sólo es una determinada interpretación de los hechos.

Tengo mis dudas acerca de que Belén Esteban pudiera acabar con el Gestell todopoderoso. A fin de cuentas, nadie con dos dedos de frente se subiría en un avión diseñado por Belén Esteban. Pero, en este mundo de locos, cualquier cosa puede llegar a pasar.

Un beso, doctor Lagarto!

Antígona dijo...

Las palabras, ¿A mí qué?, en efecto, sirven también para mentir. De la misma manera que podemos decir que el cielo es azul, podemos decir que es verde. En nuestra propia capacidad para utilizarlas reside nuestra capacidad para mentir. Pero creo que frente a la cuestión del engaño y la mentira, nuestro criterio de credibilidad de las palabras no puede residir tanto en ellas mismas como en el sujeto que las profiere. Puesto que el lenguaje mismo abre consigo la posibilidad del engaño, deberemos fiarnos no de las palabras, sino de aquellos cuya honestidad conocemos y sabemos que rechazan la mentira como forma de relacionarse con los demás.

Yo también creo que a la postre resulta liberador asumir la responsabilidad de nuestros actos. Pero a veces nos resulta tan difícil asumir las consecuencias de nuestros errores o de nuestras malas acciones, que la tentación de eliminar la culpa eliminando la responsabilidad, para así, engañándonos, cultivar una imagen más favorable de nosotros mismos, puede acabar prevaleciendo sobre ese afán liberador.

Las obras muestran y demuestran, pero las palabras también cuando son sinceras. Creo que hay que valorar ambas cosas en su justa medida, aunque algunas palabras pierdan todo su sentido cuando no se acompañan de las obras que deberían corresponderles.

¿A mí qué?, yo siempre soy honesta cuando escribo. Quiero decir, que no afirmo nada que no sienta o no crea verdadero, al menos en el momento en que lo estoy escribiendo, o no pregunto nada que no sea un interrogante que me planteo a mí misma. No soy capaz de impostura en este terreno, aunque a veces vuestros comentarios me lleven a reconsiderar o poner en cuestión lo que he escrito creyendo verdadero. Así que detrás de las palabras de este blog por supuesto que hay algo: la persona que las sustenta al decirlas y que aspira a defender su validez y a debatirlas con vosotros.

Antígona dijo...

Jajaja, Beneditina, es verdad, el psicólogo que llevó a cabo el experimento Standford, un tal Zimbardo, da un poco de miedo, sí. Por lo visto, de no haber sido por su novia, el experimento no se habría parado, tan obsesionado estaba Zimbardo con su proyecto y con los resultados que pudiera arrojar. Y siempre se ha dicho que dentro de la cárcel llegaron a pasar cosas que Zimbardo nunca reveló, precisamente para que la comunidad científica no pusiera en tela de juicio su profesionalidad y su respecto a un mínimo de principios morales más allá de su ambición científica.

Muy interesante lo que dices de la conformidad, que le mencionaba a Nosurrender como otra de las teorías explicativas más admitidas para explicar nuestra inclinación a la obediencia. Y sí, yo estoy plenamente de acuerdo contigo: tenemos suerte de no haber vivido ciertas circunstancias, porque no podemos saber con certeza de qué manera habríamos reaccionado en ellas. Y quien diga lo contrario se engaña desde el total desconocimiento de la gran influencia que los grupos humanos ejercen sobre los individuos.

Por otra parte, me parece muy acertado lo que señalas de que la desobediencia nos produce un nivel de estrés que tendemos a evitar. Y quizá no sólo porque se no haya educado para obedecer, sino porque con ella se nos ha educado para temer las consecuencias de la desobediencia, igual que el niño teme desobedecer por miedo al castigo. Hasta el punto de que, incluso cuando no hay consecuencias negativas a la vista, no dejamos de experimentar el temor a la desobediencia y la inclinación a la obediencia, como destacaban los psicólogos del documental. Como si ese miedo que se nos inocula de niños a las represalias de un acto de desobediencia se impusiera sobre nosotros de manera irracional, cuando nada nos indica que debamos tenerlo.

Es cierto, obedecer resulta por lo general bastante más cómodo que desobedecer. Desobedecer requiere un enfrentamiento con los demás, o con todo un sistema social, para el que se requiere mucha fuerza y energía. Y si encima podemos salir mal parados –y siempre podemos albergar la duda de salir mal parados en un futuro cercano o lejano- ¿quién tiene ganas de plantearse la desobediencia mientras un mínimo de sus necesidades vitales estén satisfechas a través de la obediencia?

El ejemplo que pones de tu amiga me parece muy significativo de una de las cosas que señalaba en el post: obedecemos a quienes concedemos la autoridad del saber, sea el empleado de un banco, el médico o el entrenador de un gimnasio que nos dice de qué forma tenemos que hacer determinados ejercicios. Y lo hacemos, en buena medida, por comodidad y porque creemos –también a veces dejándonos llevar por la comodidad- que esos saberes son asunto de expertos de quienes nos tenemos que fiar y a los que no podemos acceder por nosotros mismos. Lo cual, en la mayoría de los casos, no es cierto.

Quizá nos parezca lamentable no podernos fiar ni del empleado del banco ni del médico, pero yo estoy convencida de que sólo podemos fiarnos pensando por nosotros mismos, es decir, no dando por absolutamente verdadero nada de lo que nos dicen sino informándonos, como comentas, por nosotros mismos. Y yo aún no he tenido que firmar ninguna hipoteca, pero te aseguro que con los médicos tengo experiencias bastante desagradables que, por fortuna, no han tenido mayores repercusiones porque antes de seguir a pies juntillas lo que me decían he tratado de buscar otras fuentes de información u otras opiniones. Lo siento, pero ellos también se equivocan, y mucho. Y ellos no ponen en juego su salud al equivocarse, sino que es la nuestra la que está en juego. Así que tendremos que mirar con cuidado por nosotros mismos allí donde las decisiones de otros se refieren a nuestra propia persona antes de fiarnos ciegamente de cualquier fuente de autoridad.

Un beso!

Antígona dijo...

Así es, Zorro de Segovia. Hace tiempo vi la primera hora de un famoso documental sobre el holocausto, llamado “Shoah”, y eso mismo que cuentas era lo que se retrataba en él. El director se dirigía a las cercanías de Auschwitz, a entrevistar a algunos de los habitantes de los pueblos que rodeaban el campo de concentración. Todos ellos habían vivido cerca del horror e incluso eran campesinos que llevaban suministros al campo o trabajadores del ferrocarril que hacían llegar los trenes hasta allí. En ocasiones me resultó espeluznante asistir a sus risas o gestos jocosos cuando les preguntaban por los judíos o por el trabajo que realizaban.

Imposible pensar, como denunciaba Primo Levi, que ninguno de ellos supiera nada de lo que allí estaba sucediendo. ¿Por qué no hicieron nada? Algunos quizá ni se lo pregunten. Otros, probablemente, se lo habrán preguntado millones de veces sin conseguir una respuesta clara que les explique.

Un saludo y gracias por tu visita.

Antígona dijo...

Bien, estimado Peletero, mi apreciación podrá ser un juicio de valor, o, sencillamente, una explicación acerca de un hecho que podría no ser la correcta. Pero sólo tengo las palabras de ese hombre sobre sí mismo para creer que su objeción de conciencia a la guerra del Vietnam fue un acto libre y autónomo. Y, por otra parte, aunque no lo fuera, no estoy de acuerdo con lo que usted plantea: la desobediencia no tiene por qué ser un acto de librepensadores. Desobedecer es, sencillamente, no acatar las órdenes de una autoridad. Las motivaciones para la desobediencia pueden ser muchas, y más o menos loables. No hace falta que haya principios éticos a la base de la desobediencia, como sería -al menos desde cierta perspectiva, porque su ética tienen, aunque ésta no sea universalizable- el caso de los mafiosos.

Nadie niega que exista esa base común en la condición humana. Es un hecho que todos nacemos y morimos y compartimos todo un conjunto de necesidades básicas. Pero para mí lo relevante es que ninguno de esos aspectos de nuestra condición, siendo esencialmente los mismos, son interpretados y vividos de la misma manera por las diferentes culturas. Los antiguos griegos se llamaban a sí mismos “los mortales”, mientras que la tradición judeocristiana nos ha inculcado la idea de la negación de la muerte en aras de una vida ultraterrena. Así que no me cabe la menor duda de que los antiguos griegos tenían una percepción y una manera muy distinta de enfrentarse al hecho de la muerte de la que tenemos nosotros. Un mismo hecho –todos hemos de morir- pero diferentes maneras de vivirlo y de integrarlo en la propia existencia que además resulta determinante sobre el modo en que, a partir de él, nos enfrentamos a la vida.

Francamente, no consigo entender por qué esa visión en la moldeabilidad del ser humano le da miedo ni por qué trae a colación terroríficas teorías eugenésicas, cuando en lo que yo estoy pensando es, básicamente, en la cuestión de la educación. Y si a mí me resulta reconfortante esa visión frente a la esencialista o naturalista es porque me parece tremendamente liberadora: por muchos condicionamientos que tengamos, nada nos determina absolutamente ni estamos destinados a nada. Por muchos prejuicios que nos inculquen, por mucha influencia que nuestra infancia tenga sobre nosotros, siempre podemos acabar liberándonos de esos prejuicios, siempre podemos alejarnos de eso que aprendimos –porque lo aprendimos- en la infancia. Sólo que, es cierto, esa transformación de sí mismo requiere voluntad y firmeza en la determinación de cambiar. Y ni todo el mundo desea cambiar ni tiene la fuerza de voluntad para hacerlo.

Yo, personalmente, intento no empeñarme en decirles a los demás qué deben pensar o cómo deben ser. Con examinarme a mí misma y recapacitar acerca de cómo soy y cómo preferiría o debería ser, tengo bastante tarea. Pero es obvio que cuando nos hacemos cargo de la educación de un niño, no dejamos de moldearlo según nuestro criterio de una u otra manera, a la par que no podemos dejar de reflexionar sobre nuestras propias acciones sobre él desde el horizonte de cómo nos gustaría qué fuera, qué valores creemos que debería adquirir, cuál nos gustaría que fuera su comportamiento en el mundo. Y, por otra parte, tiendo a pensar que nada de lo que hacemos deja de tener su influencia sobre la gente que nos rodea, mayor o menor según el grado de cercanía. Me atrevería a decir que es una experiencia común echar la vista atrás y comprobar cómo el encuentro con determinadas personas nos cambiado frente a lo que éramos y nos ha convertido en aquello que somos. Personalmente, puedo reconocer casos muy notorios en mi vida, y hablar de un antes y un después de la relación con esas personas en mis maneras de pensar y actuar.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Para mí, ni la inteligencia ni la bondad son factores innatos. La primera se desarrolla y cultiva, la segunda puede igualmente aprenderse y cultivarse. En cuanto a la belleza, qué quiere que le diga, siempre depende de los ojos de aquel que mira y hay tantos tipos de belleza que me siento tentada a poner en cuestión esa rareza que le atribuye.

Y no creo que en todos los casos actuar sea juzgar. Conocimiento y decisión son dos ámbitos disjuntos e irreductibles entre sí, aunque tendamos a pensar lo contrario. Yo sé que fumar es dañino para la salud. Pero aun así no he tomado la decisión de dejar de fumar. Es un ejemplo un poco burdo, lo sé, pero es sólo una manera de decir que nuestras decisiones no se dejan fundamentar en última instancia en nuestros juicios cognitivos y valoraciones sobre la realidad.

Besos!

Antígona dijo...

Hola, Dona! Muchas gracias por lo que dices. No he tenido más remedio que estar más desconectada del blog de lo habitual por diversas razones, a ver si me pongo al día poco a poco con vuestros blogs que ya lo estaba echando de menos.

Besos!

¿A mí qué? dijo...

Gracias

Laura Uve dijo...

Holaaa... vengo de la mano de Dona invisible y de su entrada sobre la película "El experimento".

Interesante entrada y no menos interesante debate... me quedo por aquí, acabando de leer y de pensar... me afecta por muchas razones: personales, como madre, como enseñante, como historiadora...

Un abrazo y encantada de conocerte a ti y tu espacio.

El peletero dijo...

Ya sé que no es bueno, querida Antígona, llevar más allá de lo razonable controversias que no deben alargarse, pues en su longitud nada nuevo aportan a lo dicho.

Sólo intentaré hacer mi conclusión y resaltar la diferencia básica que nos separa y que tal vez se encuentra en nuestros propios orígenes, el de la educación y el de la sastrería peletera.

Sirva como metáfora mi propia formación y la idea básica de la moda que siempre cambia sin hacerlo el cuerpo que adorna.

Sin embargo, he de reconocer, para ironizar sobre la cuestión, añadirle humor y hacer un poco de ciencia ficción, que más pronto que tarde la realidad me quitará la razón como ya me la quita un análisis detallado de las diferentes formas que se da, y se han dado a lo largo de la historia, al cuerpo. Tatuajes, escarificaciones, vendajes y prótesis deformadoras, anillos que alargan cuellos, cirugía plástica, cambios de sexo, en incluso de raza como trató de hacer Mikel Jackson.

¿Qué nos deparará el futuro?, todo es posible mientras seamos capaces de imaginarlo. En este sentido, no cabe duda que he de darle la razón, mi metáfora peletera se desmorona entre la nueva ingeniería genética y ese extraño “corte y confección” de los cirujanos.

Besos.