jueves, 29 de mayo de 2008

Tensar la cuerda


"Vi de igual modo a Sísifo, el cual padecía duros trabajos empujando con entrambas manos una enorme piedra. Forcejeaba con los pies y con las manos e iba conduciendo la piedra hacia la cumbre de un monte; pero cuando ya le faltaba poco para doblarla, una fuerza poderosa derrocaba la insolente piedra, que caía rodando a la llanura. Tornaba entonces a empujarla, haciendo fuerza, y el sudor le corría de los miembros y el polvo se levantaba sobre su cabeza"

Homero, Odisea, XI, 593.

Tal vez sea necesario preguntarse si Sísifo sabía de lo que ha trascendido hasta nosotros como una condena divina de causas oscuras. Si había sido informado de que cada vez que alcanzara la cumbre de aquel monte, la enorme piedra rodaría cuesta abajo obligándole a reiniciar su tarea. Si era consciente, entonces, de la eternidad, inhumana para los hombres mortales, de su castigo y carecía de toda esperanza de descanso sobre la cima de la montaña del Hades. Porque de lo contrario, ¿no sería aún mayor su condena?

Imaginemos a Sísifo desconocedor del absurdo de su existencia y todavía animado por la esperanza.

Sísifo lleva ya largo tiempo subiendo por la ladera de la montaña cargado con su inmensa piedra. Aún recuerda cuando estaba al pie, alzando la mirada para otear su cumbre, concentrado en su respiración, tratando de convencerse de que su voluntad y fortaleza bastarían para acarrear el imponente peso, acallando en su conciencia las voces que le avisaban de su ingenua incapacidad para anticipar los probables escollos no calculados con los que habría de toparse. Apostando, en la falta de elección, por sí mismo y por su hasta ese punto no vencida resistencia.

No han sido pocas desde entonces las ocasiones en que se ha sentido al borde de sus fuerzas. Ha sufrido ya la desalentadora sorpresa de esos escollos imprevisibles. En tales momentos, abrumado por el agotamiento y la duda sensata sobre la magnitud de sus energías, la cumbre le ha parecido cada vez más lejana pese a saber que cada centímetro recorrido sólo podía acercarle a ella. El amanecer de un nuevo día ha logrado, sin embargo, despejar la bruma posada ante sus ojos e iluminar una vez más la certeza, tendente a desdibujarse por el mero cansancio, de que la cumbre acabará por llegar. Incluso se ha acostumbrado al periódico emerger de tales jornadas de flaqueza. Ha aprendido que su acaecimiento siempre vuelve a cegarle, pero también que se trata de una ceguera provisional y cada vez superada. A esa experiencia se aferra: allí donde la cuerda amenaza con romperse, puede aún seguir tensándose más allá de los límites esperados. Tal es la virtud de la voluntad humana. No obstante, tampoco se le escapa la peligrosa disminución de sus energías por el ascenso, y la enorme mole sobre sus hombros resulta ya tan pesada que parece querer aplastarlo.

Lo encontramos en el instante en que se halla a punto de arribar a la cima. Apenas debe resistir un poco más el lacerante dolor de sus manos maltrechas, de sus músculos extenuados, de sus pies sangrantes llenos de magulladoras. Apenas debe tensar un poco más la cuerda. Y aunque las dudas acerca de su posible ruptura le sobrevienen en intensa oleada, las aparta de un manotazo sosteniéndose sobre la expectativa del ya inminente frescor de la cumbre, de la liberación de la carga, del reposo merecido y el sueño tranquilo. Sólo es un poco más, se dice a sí mismo, sólo un poco, muy poco más.

A la vuelta de un recodo del camino conducente a la cima le aguarda el golpe de gracia de la cólera divina: con angustiada desesperación descubre sinuosas curvas que prolongan el trayecto más de lo imaginado, que suponen dificultades añadidas en el ascenso. Sísifo siente cómo el último bastión de sus menguadas fuerzas se evapora en el aire. Cree que se desploma sin remedio. Percibe con claridad cómo la cuerda comienza a quebrarse. Se ciega definitivamente al cercano frescor de la cumbre. Ya no consigue ni tan siquiera intuirla. Quizás ni exista. Y si existe -es su último pensamiento- ya ningún reposo logrará recobrarle de sus continuados esfuerzos. Reducido a un amasijo de carne doliente y exhausta, sin horizonte ni luz en la mirada con que contemplarlo, afloja las manos. La piedra se desliza con brusquedad por su espalda, golpeándole en la cabeza, para rodar rápidamente ladera abajo. Sísifo se derrumba.

Fundido en negro.

Un Sísifo desmemoriado aparece de nuevo al pie de la montaña, alzando la mirada para otear su cumbre,
concentrado en su respiración, tratando de convencerse de que su voluntad y fortaleza bastarán para acarrear el imponente peso, acallando en su conciencia las voces que le avisan de su ingenua incapacidad para anticipar los probables escollos no calculados con los que habrá de toparse.

Aún no sabe que los límites de su capacidad de resistencia coincidirán con los de sus expectativas truncadas. Aún no sabe de la astucia de los dioses para transformar la esperanza, fuente de su posible victoria, en instrumento criminal de su eterna derrota.

¿Alguien se atreve, como proponía Camus, a imaginar a Sísifo feliz?


33 comentarios:

juan rafael dijo...

Yo no, yo quiero que siga acarreando esa piedra, ¿quién sabe si no lo tendría que hacer otro en su lugar? Si lo está haciendo será porque habrá merecido hacerlo, que los dioses no son tontos por muchos comportamientos mundanos que tengan. Igual quieren que haga un cortafuegos eterno ;)

NoSurrender dijo...

Tiene razón Camus. Y tiene razón Melville en preferir no hacerlo, que viene a ser una especie de otra cara de la moneda.

Sísifo somos todos, de alguna manera. Todos somos desconocedores del absurdo de nuestra existencia y estamos todavía animados por la (esquiva) esperanza. O, mejor dicho, empujados por ese mito inalcanzable por definición que es la felicidad. No aspiramos a ser felices, sino a perseguir la felicidad. Y la perseguimos con cada paso que damos, la reafirmamos con el dolor de cada esfuerzo.

Yo creo que Sísifo se suicidaría si llegara a la cima y tuviera que hacerse la terrible pregunta “¿y ahora qué?”

Subamos la piedra, doctora Antígona. Y disfrutemos del aire de la montaña mientras ascendemos. Nos vemos en la ladera.

Besos.

Arcángel Mirón dijo...

¿Y si un día la piedra no cae? ¿Y si un día Sísifo termina la tarea que creemos eterna?

Dos cosas pueden pasar en ese caso: que Sísifo sea al fin feliz, o que ya no le encuentre sentido a su vida. Me da miedo imaginar cuál de las dos opciones sería la correcta.

dErsu_ dijo...

Yo creo que Sísifo no fue castigado, y que el ir con la piedra arriba y abajo no era ninguna condena. Era la manera que encontraron los dioses de tener a Sísifo ocupado, concentrado en algo, para evitar que volviera a rifárselos. Son los inconvenientes de pasarse de listo.

Anónimo dijo...

Hace algún tiempo me regalaron un fragmento que he recordado ahora... algo así como una conversación en la que un interlocutor reprochaba al otro que cargaba con la vida de otros del mismo modo que Atlas cargaba eternamente con el mundo sobre sus hombros, como el segundo interlocutor hacía sin protestar. La tiranía de los débiles. El primer interlocutor preguntaba: qué harías si fueras Atlas? Y el segundo, asfixiado bajo el peso de la culpa ajena, respondía: rebelarme.

Creo que era un pasaje de una novela titulada "La rebelión de Atlas".

Sísifo, tan astuto, no se rebeló. Esto del destino es una mierda, creo que le imaginaría feliz si consiguiera rebelarse.

Jo... qué rollo tan poco claro te he soltado!

Un beso de árbol.

troyana dijo...

Yo creo que Sísifo es féliz porque permanece ajeno a la inutilidad y al absurdo de su esfuerzo.La fe y la constancia le mantienen en pie y le dan fuerzas renovadas en pos de alcanzar la cima que se ha convertido en su PROPÓSITO.
Si no tuviera esperanza,estaría muerto.Si conociera con certeza que su empeño es una "pescadilla que se muerde la cola" y que no existe un hilo coherente en su vida que lo una al deseado desenlace, Sísifo se dejaría caer pendiente abajo.Tal vez como muchos de nosotr@s,precisa de esperanza,de fe irracional en el eterno ciclo de la vida y la muerte,convicción en la lección que ha de darnos cada trozo de vida y las pequeñas porciones de muerte que entraña cualquier cambio aleatorio pero significativo.
Estoy con lagarto en que tod@s somos un poco Sísifos, y mejor así,un poco inconscientes,quizá ingenuos al tener esa fe ciega en que siempre hay un mañana, y a la mañana siguiente tendremos ánimo y corage nuevos para encarar cada uno su propósito, porque al final tarde o temprano,aunque sea de manera infundada,alcanzaremos cada uno nuestra cima y saborearemos la justificación y la gloria de nuestro largo empeño.
Un abrazo!

Antígona dijo...

Juan Rafael, tú lo que eres es un desconsiderado :P

Ahora, ¿no seremos todos un poco ese Sísifo, acarreando una o más piedras cada día, sin ver jamás el final de la montaña, cayendo y volviendo a subir?

Los dioses no son tontos, no, y además bastante crueles. Sobre todo el dios cristiano que nos expulsó de las bondades del paraíso y nos obligó a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Y no me vengas ahora con que Eva tuvo la culpa, eh? :P

¡Un beso!

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Sí, doctor Lagarto, Camus tiene razón, o al menos parte de ella. Y por supuesto también Melville. Ojalá pudiéramos ser como Bartleby más veces de las que nos permitimos o nos permiten.

Yo también pienso, como le decía a Juan Rafael, que todos somos Sísifo, aunque tal vez unos más que otros, y en unas ocasiones más que en otras. Dentro del absurdo general de la existencia, dentro de su asunción y aceptación, los hay cuyas condiciones les hacen sentirlo con mayor fiereza y quienes encuentran mayores espacios para el sosiego o el hallazgo parcial del sentido.

Yo sí creo que aspiramos a la felicidad, y por eso la perseguimos. No niego que sea un estado inalcanzable, un ideal, una hipótesis de trabajo que siempre está más allá del punto en el que nos encontramos. Pero todos reconocemos situaciones de mayor o menor bienestar, de mayor o menor conformidad con nuestra vida y sus circunstancias, de algo a lo que, sabiendo que sólo es un juicio aproximativo y en el fondo falaz, podríamos calificar, al menos provisionalmente, como felicidad. Y esas situaciones no coinciden con la del Sísifo que he planteado, hundido en el preciso momento en que cree que el alivio a su tortura está próximo y descubre que aún debe posponer ese alivio un poco más sin que las fuerzas le alcancen para ese poco más.

Por eso estoy convencida de que este Sísifo no se suicidaría. Al llegar a la cumbre repondría sus fuerzas y descubriría todo un mundo de posibilidades que no puede ver mientras sube la montaña, cegado por su extremo cansancio. Al menos si no es un adicto al trabajo ;)

En cualquier caso, es verdad que es preciso intentar disfrutar del aire de la montaña mientras ascendemos por ella. No nos queda otra mientras la piedra siga sobre nuestros hombros. Espero que en esa ladera haya al menos un banquito donde podamos fumarnos tranquilamente un cigarrillo y recobrar fuerzas :)

¡Un beso, doctor Lagarto!

Antígona dijo...

La cuestión, Arcángel, es que esa posibilidad no depende de Sísifo, sino de los dioses que lo putean. El pobre Sísifo está vendido. Los dioses siempre tendrán el mando. Puede confiar en ellos y en su benevolencia, pero su confianza puede verse siempre igualmente quebrada.

Si Sísifo llegara a su meta, y si además no es tonto, claro encontraría sentido a su vida. Se construiría una casita en la cumbre y se dedicaría a darse la buena vida que hasta entonces no había tenido. Pensar otra cosa sería como pensar que el obrero que trabaja catorce horas al día se aburrirá cuando pase a trabajar ocho.

¡Un beso!

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Bueno, Dersu, es otra manera de verlo. Hay que reconocer que a Sísifo le encantaba incordiar, pero me parece a mí que porque no era capaz de asumir la tiranía de los dioses, siempre empeñados en que subyugar y someter a los humanos, por más que la mitología lo presente como a un ser avaro, mentiroso y asesino. Por desgracia, no se puede ser rebelde sin pagar las consecuencias. Los dioses siempre acaban demostrando su poder.

¡Un beso!

Antígona dijo...

De rollo poco claro nada, un árbol, que te he entendido perfectamente.

Sólo que creo que no es justo decir que la culpa fue de Sísifo por no rebelarse. ¿Podía Sísifo rebelarse? A lo mejor tenía una hipoteca, hijos, padres a los que atender, un trabajo mal remunerado y vivía en un suburbio de mierda. ¿Podía entonces arrojar alegremente su piedra y plantarle cara a los dioses? Como poder, tal vez, pero ¿a qué precio?

No digo que la rebeldía, la liberación de cargas, no sea posible ni deseable. Pero Sísifo tal vez pueda entenderse como el reflejo de todo aquello de lo que no podemos liberarnos y con lo que no cabe más remedio que apechugar, sí o sí.

Respecto a todo lo demás de lo cual sí podamos librarnos, ¡ya estamos tardando!

¡Un besazo, guapa!

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Supongo, Troyana, que lo que quería plantear en el post es una cuestión diferente: la de cómo la esperanza, siendo el motor que nos impulsa a seguir hacia adelante, puede en ocasiones también convertirse en nuestro mayor enemigo cuando nuestras expectativas inmediatas, después de grandes e ímprobos esfuerzos para verlas cumplidas, se ven repentinamente defraudadas. Es algo que la mala suerte o la vida siempre nos puede deparar para dejarnos hundidos en la más absoluta de las miserias.

Sólo por ello el Sísifo esperanzado me ha parecido más frágil y vulnerable que el Sísifo carente de esperanza. Ahora, sin negar por supuesto que sin esperanza no podríamos vivir y que es sobre ella sobre lo que reposan nuestros momentos de felicidad incluso cuando más agobiados o puteados nos sentimos. Sin embargo, hay situaciones en las que la esperanza se nubla. A fin de cuentas, eso es lo que significa estar desesperado: no ser capaz de localizar esperanza alguna en el horizonte que nos anime a seguir tirando del carro. La desesperación suele ceder, pero puede también no hacerlo.

Claro que es importante no dejar de tener esa fe ciega en el mañana, en la fortuna que ese mañana pueda regalarnos. Pero la desesperación es también una experiencia humana en la que todos podemos caer. De lo contrario, no habría suicidios. Yo no sé cuál es la fórmula para no alcanzar jamás esa desesperación. Pero también tengo claro que es necesario luchar día a día para no caer en ella. Y esa lucha no es nada fácil para muchos, en función de su suerte y sus circunstancias.

¡Un beso y un abrazo!

troyana dijo...

pues sí, no es nada fácil resistir, y quizá la esperanza nos hace vulnerables y nos deja expuestos a esos esfuerzos a veces inútiles, pero aun con todo, prefiero esa ingenuidad a la impermeabilidad del desesperanzado porque en ese estado ya no hay ni frío ni calor,no hay dolor pero tampoco hay vida.

troyana dijo...

besos y abrazos esperanzados!

silaro dijo...

El gran Sisifo de la historia ha sido Napoleon....

El veí de dalt dijo...

Sisifo es feliz porqué es ignorante. Pero sin saberlo. Es cuando te das cuenta de la jodida realidad que te rodea, es cuando te cabreas: la hipoteca que siempre sube y sube y ves que los bancos se enriquezen más y más, tu mujer te pone cuernos y huele a Armani que tu núnca has sado, tu hijo miente sobre sus costumbres nocturnas y lo encuentras en la disco, tus amigos rien a tus espaldas,... A veces, ser Sisifo es ser felizmente ignorante. Pero yo no quiero serlo.

Juan Cosaco dijo...

Quizás el problema de sísifo (aparte de la mala jostia que tenía antes de ser castigado) es que no quería morir. Quizás si tienes miedo a la muerte nunca podrás avanzar y tropezarás n veces con la misma piedra.
Quizás es que el tipo era un vigorista total y no quiere dejar de muscularse el cabrón. ;D
Besos y ánimos!

Antígona dijo...

Qué duda cabe, Troyana, que se vive mejor en la esperanza, o incluso que es el único lugar donde es posible vivir. La desesperanza o la desesperación pueden jugarnos muy malas pasadas, y es preciso esforzarse por no darle tregua. De la manera que sea. Aunque sea simplemente confiando en que mañana será otro día y podremos levantarnos viendo las cosas menos negras.

Por cierto, a ver cuando actualizamos, niña, ¡que tienes el blog muy parao! :)

¡Besos y abrazos de color verde!

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Ay, Silaro, si no te explicas un poco más no puedo saber a qué te refieres :)

En cualquier caso, las desgracias de Napoleón pasaron. Las de Sísifo no tienen fin. Creo que es obvio con cuál de los dos me quedaría.

Gracias por tu comentario y vuelve cuando quieras.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Veí, ¿estamos hablando del mismo Sísifo? :P

Me puedo imaginar al Sísifo que yo he planteado –y no al Sísifo consciente de su condena eterna- feliz en el momento en que cree que su labor está prácticamente cumplida, en el instante en que cree que el descanso está próximo. Pero puedo notar también como esa felicidad se trueca en la más cruel de las amarguras cuando descubre del engaño de los dioses y desconfía incluso de la posible llegada de esa meta. ¿Y no es esa amargura que lo lleva a derrumbarse la aniquilación e incluso el sinsentido de su instante de felicidad?

Pero el tema que planteas es igualmente interesante: el de que la ignorancia es la felicidad. Sólo que no me lo creo. Vivir con los ojos cerrados cuesta también mucho esfuerzo: el de apartar constantemente la sospecha de que uno vive en la mentira, porque las evidencias tienden a imponerse y no es fácil blindarse ante ellas. Así que no sólo es que no quiera ser ignorante, sino que dudo mucho que la felicidad se alcance a través de ella. Tarde o temprano llega la verdad. Y entonces hace mucho más daño que cuando uno no ha querido obviarla.

¡Un beso!

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Pues sí, Cosaco, das en el clavo. No quería morir. Pero como los dioses se empeñaban en mantener en exclusiva el privilegio de la inmortalidad, debían castigar cruelmente a quien aspirara a él, para así dar ejemplo a cualquier otro que pretendiera tal atrevimiento. ¡Es que estos dioses eran unos tiranos!

Y también das en el clavo en que el miedo a la muerte paraliza e impide aprender lo que es necesario aprender en esta vida, aun a riesgo de perecer en el intento, para sacarle todo su jugo.

Ahora, lo de Sísifo vigoréxico, ¡no te lo perdono! ¡Blasfemo, más que blasfemo! :P

Bueno, sí, te lo perdono. Pero sólo porque eres tú :)

¡Un beso!

carrascus dijo...

Yo no puedo... ni quiero... imaginarme a Sísifo feliz, como proponía Camús, querida Antígona.

Sísifo es el hombre absurdo. Y yo me niego a reconocer la grandeza del hombre en la miseria.

...hay alguien aquí que encuentre placer en una actividad inútil?

Juan Cosaco dijo...

A veces pienso que el riesgo no es morir, si no no hacerlo nunca.
Salud!

pd: Habría que ver a qué se denomina utilidad, pero yo bien podría decir que mis momentos de felicidad suelen coincidir con hechos que la mayoría calificaría como absurdos e inútiles.

carrascus dijo...

...¿y para usted también lo son, Cosaco...?

Pues eso...

Juan Cosaco dijo...

para mi todo es absurdamente útil;

sobre sisifos y felicidades, tengo que reconocer que tengo pruebas evidentes y personales para afirmar que la felicidad puede existir como estado mental prolongado en el tiempo. Los dioses griegos murieron todos, a pesar de su inmortalidad, así que sisifo puede que ya no tenga roca y viva feliz entre tablas de dominadas, mancuernas y esteroides.
:PP

Fusa dijo...

Yo una vez fui feliz con la cuerda tensada. Hasta que... plas.

AA dijo...

Guapisisisisma!Te dejo un beso y una respuesta en mi blog.Tengo muchas ganas de que nos veamoss todos(tú sabes) en Madrid y hablar de laicismo con unas cervezas no?

ana

Margot dijo...

Yo prefiero imaginar a un Sísisfo dichoso y consciente de la situación...

Coincido con Camus en el hecho de que el absurdo como la esencia de nuestra vida y tareas que nos proponemos no debería ir más allá de asumirla con naturalidad y contemplar las vistas, por ejemplo, mientras subimos la piedra. Podríamos enredarnos en carencias e impotencias; por otro lado podríamos elegir no saber o mirar para ignorarlas, aún más sencillo (o escondernos en designios divinos, uff la más exendida), pero yo personalmente prefiero ser consciente y dichosa en la medida de lo posible, aunque sea poco y absurdo, jeje.

En el momento de soltar la cuerda Sísifo debió pensar: que me quiten lo bailaó... aunque sólo fuera por un segundo de alivio, no? Pues así la vida extraña que nos tocó vivir.

Besos mientras dejo la roca a un ladito y respiro!!

Antígona dijo...

Yo también me niego a imaginar a Sísifo feliz, amigo Carrascus, pero no tanto al Sísifo consciente del absurdo de su existencia, al Sísifo sobre el que teoriza Camus, cuya consciencia podría elevarle tal vez a la aceptación y de ahí a cierta forma de felicidad, como al Sísifo engañado que sucumbe a la esperanza de la que pende su momento de dicha, un Sísifo alentado por una esperanza vana e ilusoria. Porque, desde cierto punto de vista, la desesperanza que plantea Camus hace de Sísifo un héroe que se siente superior a los dioses cargando con su destino. Pero los humanos somos animales esperanzados, esperanzados aun en la aceptación del absurdo, y la esperanza de este Sísifo esperanzado que yo he querido imaginar acaba convertida en instrumento de su derrota.

Yo no dudo que pueda darse grandeza en la miseria. Ahora, la miseria no puede ser absoluta, y debe ser percibida, al menos parcialmente, como no miseria para dejar un resquicio a la felicidad.

No creo que la cuestión resida, por otra parte, en el criterio de la utilidad o inutilidad, sino en el placer que uno pueda obtener aun cuando su tarea sea inútil. Y hay situaciones de las que todo placer queda radicalmente excluido. Somos frágiles y vulnerables. Pienso que nuestra capacidad para llegar cargas enormes tiene un límite más allá del cual el placer o el bienestar son impensables.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Cosaco, ese riesgo de no morir no podemos ni siquiera intuirlo. Simplemente nos está vedado. Ahora, como le decía a Carrascus, tampoco yo creo que el criterio sea la utilidad o inutilidad, sino el sentido que se obtiene del placer, por mínimo que éste sea. Lo absurdo es en ocasiones lo más placentero, precisamente porque nos saca de una realidad dominada por fines y objetivos impuestos e interiorizados como válidos sin realmente serlo.

Cuando dices que tienes pruebas evidentes y personales para afirmar que la felicidad puede existir como estado mental prolongado en el tiempo, habría que discutir ahí qué particular concepto tienes de felicidad. Sólo que supongo que a nadie le resulta nada fácil describir qué es lo que entiende por felicidad. Ni yo misma creo que fuera capaz de hacerlo.

¿Los dioses griegos murieron? Eso es lo que tú te has creído. Yo le rezo a Zeus todas las noches :P

Me parece a mí que ese Sísifo rodeado de mancuernas y dopado de esteroides es porque debió de quedarse tonto tanto ir con la roca para arriba y para abajo. Si te lo encuentras en el gimnasio haz el favor de decirle que hay cosas mucho mejores que hacer que estar todo el día preocupado por los musculines :P

¡Un beso!

Antígona dijo...

Vaya, Fusa, es verdad que la superación de lo que uno creía que eran sus límites, la sorpresa de lograr ir más allá de las fuerzas calculadas puede ser fuente de dicha y alegría. Pero las cuerdas no se pueden tensar infinitamente. Tarde o temprano acaban rompiéndose si no nos damos cuenta de que los límites pueden estar más lejos de lo que pensábamos, pero siempre existen.

Gracias por pasarte y siéntete como en tu casa.

¡Un beso!

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Ana, ¡preciosa!, ya he visto tu respuesta y te acabo de comentar.

Yo también tengo muchas ganas de que nos veamos en Madrid, a hablar del laicismo o de lo que sea, que estoy segura de que lo pasaremos estupendamente. ¡A ver cuándo puede ser con tu apretada agenda, mujer ocupadísima! :)

¡Un besazo enorme!

Antígona dijo...

Comprendo la lectura de Camus, niña Margot, y como le decía a Carrascus, creo que también comprendo en qué sentido dice Camus que la conciencia del absurdo puede dar paso a la felicidad. Ahora, lo que quería plantear con este Sísifo inventado es que dentro de la asunción del absurdo nuestra capacidad de aceptarlo radica en la posibilidad de encontrar momentos de tregua, de descanso, sobre los que vamos sosteniéndonos para ganar fuerzas con las que seguir cargando la enorme piedra. Sin embargo, pueden plantearse situaciones en las que esa tregua, pospuesta más tiempo del necesario, aplazada hasta el borde de la extenuación, se vea repentinamente incumplida y eso nos conduzca al derrumbe. Porque hasta dentro de la desesperanza generalizada, del absurdo como perspectiva global, necesitamos construirnos nuestras pequeñas esperanzas que sirvan de aliento y alivio del absurdo asumido.

Es extraña la vida que nos tocó vivir, sí. Pero pienso que las laderas de nuestras montañas ofrecen más lugares de recreo que la del Hades que subía Sísifo. Y lo que es más importante: en ellas no estamos solos, y siempre hay quien nos ofrece una conversación interesante mientras carga, al igual que nosotros, con su propia piedra o nos regala una sonrisa.

¡Un beso esforzado pero aún con aliento!

Mityu dijo...

Tal vez más que ser todos Sísifo alguna vez, nos hemos torturado pensando en ello, que no es lo mismo. Dentro del mundo de la mitología no podemos, no debemos extrapolar al personaje y otorgarles estados de ánimo ni pensamientos nuestros, porque inmediatamente deja de ser Sísifo para pasar a llamarse Ana, Luis o Juan.
También me niego a entrar en la vereda de lo útil o inútil de nuestras vidas, aunque ese aguijón pinche, como otros, a veces.
La razón no lo sabe todo. Quizás es la que menos puede ayudarnos en esto de nuestra razón de ser en el mundo. Pero en el universo... ¿nada es gratuito excepto nosotros?¿no es un pensamiento igualmente absurdo?

Sísifo en su trabajo, que es el suyo; la piedra rodando, en su perfecta condición de piedra, pesada, flagelante. Nosotros aprendiendo.
Y respirando el alivio de no ser él, sino los lectores de algo que permanece en el tiempo, en los temores.
Te reto, estimada, a que busques un mito, de donde sea, que nos enseñe un camino feliz.

Besos enfáticos :))

Antígona dijo...

Querida Mityu, ¡hay tantas y tan variadas perspectivas sobre este mismo tema! Y desde una de ellas sí creo que todos somos Sísifo, constantemente cargando sobre nuestras espaldas con el peso de la libertad, de la decisión, de los errores que se derivan de ella, con la posibilidad de la muerte que acecha y puede asaltarnos en la siguiente esquina. Eso es lo que sentimos, a mi juicio, en los momentos de angustia, de tedio profundo, en los que se nos revela un aspecto fundamental de nuestra existencia, por no decir el aspecto fundamental, que constantemente rehuimos porque también, por suerte, nos es dado rehuirlo.

Pero asumida esta perspectiva y situándonos dentro de ella, nuestra existencia no es tan penosa como la de Sísifo. De ella forman también parte el alivio del estar ahí de los otros, el placer, la alegría por las posibilidades que esa misma carga de existir nos brinda… Pese a que a muchos tantas y tantas cosas les sean negadas, sustraídas, robadas, que puedo perfectamente imaginarme que se sientan más Sísifos que otros.

La razón no lo sabe todo, no. Pero, ¿quién dice que nada sea gratuito excepto nosotros? ¿No podría ser que todo fuera gratuito? ¿Por qué habría de ser absurdo el pensamiento de que nada tiene sentido? Y me refiero a un sentido dado de antemano, porque para mí es obvio que sí puede haber un sentido, pero éste se reduce al que nosotros mismos seamos capaces de construir. Esto es lo que probablemente debamos aprender: a construir un sentido dejando de lado la pregunta acerca de si lo hay o no lo hay más allá de esa construcción.

Te aceptaría el reto, querida Mityu, pero así, a bote pronto, me parece imposible que exista ese mito que muestre el camino feliz. Y de existir, no tengo claro que fuera aceptable. Porque la respuesta a la pregunta por el camino de la felicidad nos pertenece, intrínseca e intransferiblemente, a cada uno de nosotros mismos. Tal vez el mito parta de la convicción de que sólo es legítimo dibujar el negativo de la felicidad para empujarnos hacia ella. Tal vez cualquier dibujo de la felicidad resulte a la postre un atropello.

Pero te prometo que pensaré sobre el tema :)

¡Besos muy muy enfáticos!

C.E.T.I.N.A. dijo...

Sísifo soy yo. Trabajo en una empresa que se dedica a hacer estudios(no daré más pistas). Todos los estudios tienen una fecha de entrega y eso conlleva carreras, nervios, y noches y fines de semana de trabajo para cumplir los plazos.

Pero una vez entregado el estudio indefectiblemente sé que, en el plazo de unas semanas, volverá a mis manos con modificaciones, nuevas exigencias y otro plazo de entrega que conllevará carreras, nervios, y noches y fines de semana de trabajo para cumplir los plazos.

Y el proceso se repetirá todas las veces que sea necesario hasta que el estudio sea dado por bueno o simplemente desestimado y lanzado a la papelera. Y vendrán nuevos estudios y se repetirá el proceso. Y así será mientras permanezca en esta empresa.

En mi caso soy plenamente consciente de mi condena, como supongo que en el fondo le debía ocurrir a Sísifo(si era un poco espabilado). Pero ambos asumimos nuestra tarea porque en el fondo sabemos que todas las tareas, aunque no lo parezcan, son igual de repetitivas.

Sísifo es una gran metáfora de lo que el cristianismo explica como la condena del hombre a ganarse el pan con el sudor de su frente. Puede que solo sea cuestión de asumir nuestra condición y de no darle tanta importancia a la tarea que nos ha sido asignada, porque en lo más profundo de nuestro ser somos conscientes de que es totalmente absurda.

Un beso

Antígona dijo...

Me alegra, C.E.T.I.N.A., que hayas llevado el tema a este terreno, porque en el fondo el post no surgió de una reflexión, digamos metafísica, sobre la condición humana, pese a que no podía dejar de conducir a ella, sino más bien de una experiencia mucho más concreta que también tiene que ver con mi propio trabajo. No con lo repetitivo de ese trabajo –que también lo es, aunque de otra manera y por fortuna cuenta con más elementos que me llevan a no situarlo dentro del terreno del absurdo-, pero sí con la sensación de absurdo que a uno le sobrecoge cuando piensa que la mayor parte de su tiempo está vendido, condenado, a la propia subsistencia y uno se siente, por circunstancias varias, al borde de sus fuerzas como para asumir ese hecho con cierta alegría.

Tú lo has dicho: fuimos condenados a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Pero, ¿tanto? ¿No nos están engañando aquí a todos cuando, pese a todos los avances tecnológicos, seguimos condenados al mínimo de las 35 horas semanales y en la mayoría de los casos a muchas más? ¿No nos acomete la sensación de absurdo cuando imaginamos al obrero de la revolución industrial trabajando en una fábrica 14 horas al día por un saco de patatas? Recuerdo que cuando pensé en este post se me ocurrió que tenía que poner al final un tubo con alguna secuencia de “Tiempos modernos”, donde Chaplin retrata tan magistralmente, con todo su sentido del humor y su ironía, esa condena al trabajo repetitivo y vacío de todo sentido para el trabajador. Pero luego, cómo no, las prisas, puesto que siempre hay trabajo pendiente y poco tiempo que dedicarle al blog, hicieron que simplemente me olvidara.

Cuando llevamos el tema de Sísifo a este terreno, me temo que no es cuestión de asumir nada, sino de seguir quejándonos y combatiendo. Porque más absurda es la existencia de quien trabaja diez horas al día que la de quien sólo, pongamos por caso, trabajara cuatro. No deberíamos conformarnos con esa situación. Deberíamos seguir luchando por que llegue un día en que la maldición bíblica apenas si pueda comprenderse. ¿Cómo? No tengo ni idea. Menos aún cuando trabajar ocho horas diarias es una situación de privilegio para unos pocos si lanzamos una mirada al resto de continentes del planeta.

Me alegro de que finalmente hayas sido liberado de tu secuestro ;)

¡Un beso!

Juan Cosaco dijo...

Eres una revolucionaria, tovarich!!
Estoy convencido de que en poco tiempo, cambiaremos nuestras vidas de alguna manera y, tal vez otros siguan ese ejemplo. Yo ya voy hilando fantasías de planes para el futuro...
ah, que no te molan los planes... pues déjalo en sueños. ;)

Antígona dijo...

¡¡¡Arriba la Revolución, camarada Cosaco!!! ;)

Y que conste que como me dijo alguien hace poco, tengo alma de Robespierre, así que con una guillotina bajo el brazo haría auténticos estragos. Por suerte, no tengo ninguna :)

Ojalá tengas razón, Cosaco, que a mí soñar con la jubilación me consuela poco. ¡Que aún me quedan muchos años, ay!

Los planes... pues depende. Para el futuro más inmediato, sí me molan. ¡Y estoy deseando que llegue el viernes! ;)

¡Un beso!