miércoles, 21 de mayo de 2008

Puertas cerradas


En esas casas laberínticas, indefinidas y en constante proceso de construcción y demolición que son nuestras vidas existen puertas cerradas de las cuales apenas si nos acordamos en el cotidiano desplazarnos por sus dependencias. Se trata de puertas ubicadas en el fondo de pasillos ahora rara vez transitados. Puertas casi invisibles al no recibir la luz de habitaciones cercanas. En ocasiones, puertas ocultas tras pesados muebles cuidadosamente colocados sobre ellas en un intento desesperado por rehuir la tentación de volver a atravesarlas. Puertas hace ya mucho clausuradas, incluso selladas, pese a que hubiera un tiempo en que las estancias que se abren tras ellas constituyeran nuestra morada y allí encendiéramos cada noche el fuego cálido del hogar capaz de resguardarnos del frío callejero.

Puede querer, sin embargo, la premura de las circunstancias que una de aquellas puertas reaparezca súbitamente en nuestra memoria. Quizás algo olvidado tras ella se descubre de repente necesario para mantener el orden y la limpieza de las habitaciones ahora ocupadas. Quizás tememos la pérdida de la llave de una de las habitaciones en las que se ha instalado nuestro presente, y recordamos la existencia de una copia en esa habitación olvidada.

Se nos plantea entonces la disyuntiva de la momentánea vuelta atrás frente a la idea calladamente alimentada de que la reapertura de puertas cerradas sólo retarda el saludable proceso de demolición de espacios ahora inservibles. En un primer momento puede ganarnos la pereza ante el mero pensamiento de recorrer una vez más los pasillos largamente abandonados. Nos resistimos acaso al malgaste de energías que supondría el movimiento de los pesados muebles que las encubren. O nos invade el temor a ensuciarnos con el polvo acumulado en esas viejas habitaciones, al probable temblor en medio de su atmósfera rancia y su previsible oscuridad, a resucitar a antiguos fantasmas de su justo descanso si osamos franquear su entrada.

Finalmente respiramos hondo y nos aventuramos a emprender el retroceso. Nos acercamos con sigilo a la puerta, tratando de obviar el olor a humedad y la realidad descascarillada del pasillo que allí desemboca. Si es el caso, tensamos los músculos y nos disponemos a liberarla de los obstáculos situados ante ella, aun cuando sólo el mínimo necesario para cruzar su umbral. Por último, sujetamos con firmeza el picaporte y empujamos despacio. Ya estamos dentro. Observamos a nuestro alrededor los objetos almacenados, aquel cuadro de pintura desvaída inclinado sobre su eje, la mesa que cojea, las sillas desfondadas, los desconchones en la pared, parpadeando bajo los pequeños haces de luz macilenta que se filtran por las ranuras de sus persianas precipitadamente bajadas. Mientras hurgamos por los cajones en busca del objeto a rescatar, nos asalta una inquietante sensación de familiaridad que despierta el recuerdo de los días vividos entre aquellos muebles, de los acontecimientos transcurridos sobre la alfombra ya entonces mohosa, sobre la madera ajada de la mesa que ya entonces cojeaba. Porque esa misma sensación arrastra consigo una evidencia incuestionable: la decadencia imperante en la estancia no es atribuible al lógico desgaste del tiempo. Ya un día devino inhabitable a fuerza de mugre y quiebra. Por más que el hábito y el miedo nos abocaran a persistir en lo inhabitable, empeñados en hallar un imposible refugio bajo los crecientes agujeros de las mantas que debían abrigarnos.

Y es entonces cuando revivimos con más intensidad que nunca las causas por las que tuvimos que salir de esa habitación, o las que nos expulsaron violentamente de ella, poco importa ya la diferencia. Pero, sobre todo, la decisión, tan sabia en su inconsciencia, que una vez fuera nos impulsó a cerrar su puerta y a dirigir nuestros pasos hacia distantes y aún no inventadas habitaciones.

Con el objeto encontrado ya en el bolsillo tornamos a cerrarla con ímpetu renovado y nos apresuramos a alejarnos por el pasillo que hace ya tanto recorrimos con vacilante gravedad, posiblemente apesadumbrados por el dolor de la pérdida, a la par guiados por la certeza de que la salvación pasaba sin remedio por atreverse a mirar hacia delante. Sólo hacia adelante. Sobre las baldosas descoloridas brincan alegremente nuestros pies, camino de la chimenea encendida en las estancias cálidas que ahora habitamos, y que habitando somos.

23 comentarios:

juan rafael dijo...

Si que tenemos muchas puertas cerradas, para mi las importantes son las que están delante no detrás.
siempre hay razones para que estén cerradas y si se quieren abrir, lo más seguro es que después de debatirte contigo mismo, debas de recurrir a quién te pueda abrir el pomo por fuera.

Arcángel Mirón dijo...

La puerta como metáfora es algo magnífico. Uno utiliza llaves, candados, pasadores. Pone rejas, alambre de púa. Y lo que está ahí adentro siempre termina saliendo o explotando.
Hay un cuento "infantil", no recuerdo su nombre, que cuenta que una mujer se casa con un poderoso hombre, y va a vivir a su castillo. Ella tiene acceso a todas las habitaciones, menos a una. La puerta de esa habitación debe permanecer siempre cerrada, le ordena su marido. Ella obedece durante años, hasta que la curiosidad puede más y abre la puerta prohibida: allí estaban los cadáveres de las anteriores esposas del hombre.

Una delicia, no?

troyana dijo...

Antígona,como se ha dicho,si hay una puerta cerrada,hay o hubo una razón para cerrarla, pero creo que es preciso relajarse y no obcecarse en que jamás pueda volver a abrirse, porque la vida a veces es tan perra que hace eco de nuestros miedos para traerte en bandeja de plata aquello que estás procurando olvidar a rajatabla.
Por otro lado,puede ocurrir que te veas tentada a derribar la puerta,despedazarla, pero es posible que surga en ti cierta resistencia porque después de todo,esa puerta vieja y en desuso,forma parte de tu vida y ¿qué es tu vida sin memoria?
Derribada o no, creo que ante todo, es preciso armarse de valor para abrir más puertas porque aunque con el paso del tiempo,la inercia y la pereza jueguen en tu contra,es imprescindible seguir aventurándose dispuestos/as a vivir todo aquello que nos espera una vez traspasado el umbral.
Un abrazo!

El veí de dalt dijo...

Hay las puertas que comentad Antígona, pero otras más que intuyes y no explicitas: las que dejamos entreabiertas sin jamàs asomarnos tras su ámbito; las que cerramos de golpe y tiramos la llave al río; las que dejamos abiertas, precisamente para volver a ocuparlas en un futuro incierto; las que nunca tuvieron puerta y por eso algún otro anticuario más avispado hizo acopio de sus muebles; las puertas de dos hojas, que te cogen la pierna y no puedes deshacirte... Las cerrads que tu cuentas sólo me aptece recorrerlas si se abren solas a mi paso. ¿Cómo barnizaste las tuyas? Un besote de cerrajero desmañado.

K dijo...

Cómo me gusta hoy lo que has escrito, Antígona. Tanto que ni siquiera tengo nada que decir, salvo esta chorrada. Gracias, sol.

cacho de pan dijo...

me gusta esa imagen de magritte para ilustrar una puerta cerrada -¿el incosciente?- que nunca llega a estarlo del todo.

se podría decir que es un post oximorónico?

Margot dijo...

Pa´lante, te decía hoy en mi cueva... jajaja. Y así terminas hoy tu post, con esa candela.

Puertas cerradas creo tener pocas, soy un desastre y se me suelen quedar entreabiertas. Por muchas de ellas paso con premura, casi sin mirar por no tener la tentación de volver a ellas, es indiferente que guarden lo bueno o lo malo, el abismo de lo ya pasado a veces nos llama. Pero te entiendo, en ocasiones es necesario retroceder un instante y asomarse para luego cerrarlas y salir danzando a la que nos ocupa ahora. Sólo en el caso de ser imprescindible para calentar más la actual, eim? que esas puertas a veces hielan, las muy puñeteras...

Un beso girando pomos!!

C.E.T.I.N.A. dijo...

Yo más que puertas prefiero la imagen de álbums de fotos acumulando polvo en una estantería.

A veces tengo la tentación de echar un vistazo, pero normalmente se me pasa rápido. Y es que la nostalgia no es mi fuerte... ;-)

Un beso
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Antígona dijo...

Es verdad, Juan Rafael, son esas puertas cerradas frente a nosotros por las que uno quisiera entrar las que más suelen inquietarnos y preocuparnos. Las que se encuentran a nuestras espaldas no son más que el signo de que hay etapas en nuestra vida que terminan para dar lugar a otras. Y es un proceso lógico y natural.

Suerte con esas puertas cerradas ante ti y a ver si encuentras a quien te ayude a girar el pomo :)

¡Un beso!

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Pues sí, Arcángel, las puertas son una metáfora estupenda y muy versátil para comprender muchos aspectos de nuestra vida. Se habla de personas o circunstancias que llaman a nuestra puerta, de atravesar puertas cuando emprendemos nuevas etapas, o de las puertas blindadas tras las que encerramos facetas oscuras de nosotros mismos que no queremos recordar o asumir.

Claro ejemplo de esta metáfora es la película de Hitchcock “Recuerda”, en la que aparecen imágenes de puertas que se abren conforme Gregory Peck va saliendo de su amnesia y recordando todo aquello que en el fondo se niega a recordar. No sé si Freud dijo alguna vez que nuestra parte consciente estaba separada de nuestro inconsciente por una puerta, pero creo que Hitchcock supo reflejar muy bien esa relación entre ambos con esta metáfora.

¿No es Barbazul el protagonista de ese cuento? Supongo que su mensaje para los niños es que hay puertas que nunca deben abrirse. Me gustaría saber lo que habría dicho Bruno Bettelheim, el psicoanalista de los cuentos infantiles, sobre él.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Tienes razón, Troyana, a las puertas cerradas no hay que tenerles miedo y más si uno es perfectamente consciente de los motivos o las causas por los que la cerró o se le cerraron en las narices. Hay ocasiones, además, en que uno no puede elegir: la puerta cerrada se le pone enfrente y se le abre de un golpe, y uno no tiene más remedio que mirar lo que hay dentro.

No obstante, retroceder hasta una puerta cerrada suele servir para reafirmarse en todo aquello por lo que esa puerta se cerró, o incluso para comprenderlo mejor. Como ya decíamos otras veces, somos seres en constante movimiento, en continuo tránsito. No somos ya quienes fuimos en el pasado y es lógico que por ello lo que en el pasado nos interesó o nos conmovió haya dejado de hacerlo. De ahí que a veces entrar en una de esas habitaciones abandonadas sólo sirva para comprobar lo muy diferentes que somos con respecto a lo que éramos entonces y que volvamos a cerrar tranquilamente su puerta. Aunque no niego que no pueda haber sorpresas, si de repente descubrimos que la decoración de esa habitación ha cambiado y resulta en apariencia acogedora.

De todos modos, pienso que, necesariamente, algunas puertas no tienen más remedio que cerrarse para que otras puedan abrirse. Así de limitados somos, y no podemos mantener infinitas puertas abiertas ni vivir en infinitas habitaciones.

¡Un gran beso y un abrazo, Troyana!

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Joder, Veí, ya lo apuntaba Arcángel pero vaya si da de sí la metáfora de las puertas. Porque en todas esas imágenes reconozco un montón de situaciones o circunstancias para las que podrían aplicarse. Yo personalmente prefiero dejarme puertas abiertas o entreabiertas cuando eso es posible, por si acaso en algún momento me apeteciera volver a asomarme a ellas. De las cerradas de golpe y con la llave tirada a un río supongo que todos tenemos alguna, aunque en general no es mi estilo. Y también de esas habitaciones sin puerta, bien porque la pereza nos llevó a no ponerla, bien porque no era posible hacerlo. Puertas de dos hojas que te cogen la pierna… ¿no me estarás hablando otra vez de la hipoteca? :P

Las cerradas forman parte de nuestro pasado pero, como decía Juan Rafael, también de nuestro presente o futuro. Yo ante mí tengo una puerta cerrada que me encantaría que se abriera: la de una isla desierta en la que no tuviera que trabajar y pudiera pasarme todo el día tirada bajo una palmera comiendo cocos. ¿Alguien sabe dónde puedo encontrar la llave?

¿Cerrajero desmañado? Eso no te lo crees ni tú :P

¡Un beso con las puertas abiertas!

Antígona dijo...

Con que digas eso es más que suficiente, K, ¡que mi ego se ha puesto todo orondo y gordote! Ahora lo malo es que no voy a caber por la puerta :)

Gracias a ti, niña.

¡Un beso enorme!

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Bueno, Cacho de pan, me gusta mucho Magritte precisamente por la reflexión que hay en sus cuadros sobre la condición humana. No sé cómo se llama este cuadro, pero juraría que, efectivamente, tiene que ver con el inconsciente, esa gran puerta cerrada que nunca podemos atravesar a voluntad pero que, sin embargo, condiciona tantas de nuestras conductas y comportamientos. De ahí, por ello, el agujero, así como la oscuridad que se hace patente tras él.

En el post utilizo la metáfora de la puerta en un sentido diferente al psicoanalítico, para aludir más bien a etapas pasadas y clausuradas de nuestras vidas que, por un motivo u otro, vuelven a hacerse presentes. Pero quizás tengas razón al decir que podría tratarse de un post oximorónico, porque ese hacerse presentes puede venir a demostrar que las puertas del pasado nunca terminan de cerrarse del todo. Y donde desde luego no se cierran es en nuestro recuerdo.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Yo tampoco creo tener muchas puertas cerradas tras de mí, niña Margot, más allá de las que todos en general tenemos. Porque digo yo que la puerta del parvulario la tenemos todos los que estamos aquí cerrada, ¿no? :P

Pero sí, como le decía al Veí, prefiero dejarlas entreabiertas si de mí depende, pese a que algunas se van cerrando solas a fuerza de no cruzarlas, a fuerza de dedicarnos con más frecuencia e intensidad a atravesar otras porque lo que se encuentra tras ellas nos interesa más o absorbe nuestras energías. Es algo inevitable. ¡No es posible mantener en condiciones y caldeadas tantas habitaciones a la vez! En cuanto a esas que se habían cerrado y uno decide nuevamente abrirlas o se ve forzado a ello, no creo que en principio haya peligro alguno si, como le comentaba a Troyana, uno conoce y ha asumido las causas por las que se cerraron. Puede ser incluso instructivo reencontrarse con el pasado: uno comprende entonces mejor por qué dio los pasos que dio hasta llegar al presente, entiende mejor la trayectoria seguida, y puede valorar todo lo que ha ganado con el cerrarse de aquella puerta. Algo que por lo general no somos capaces de hacer en el momento en que la puerta se cierra, porque no tenemos la distancia suficiente.

¡Un beso mirando al frente!

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C.E.T.I.N.A., es otra buena metáfora para referirse al pasado. Al menos mientras ese pasado lo siga siendo y no le dé por resurgir de sus cenizas para plantarse frente a nuestras narices. Que las fotos de mis álbumes están bastante calladitas allí en la estantería y nunca molestan ;)

A mí me gusta mirar esas fotos, como le decía a Margot en su blog, soy bastante adicta a la nostalgia. Pero sólo a la nostalgia selectiva, eso sí. Y tratando de no perder nunca de vista lo que tengo delante, que es lo que realmente importa.

¡Un beso, bon vivant!

Arcángel Mirón dijo...

Eso mismo. Barbazul.

Anónimo dijo...

Yo haría obras.
Tiraría los tabiques, directamente, quemaría los muebles y enseres del pasado, aprovechando lo que pueda serte útil, y crearía un nuevo espacio, sin desperdiciar ni media habitación, que por mucho que la vivienda baje... ya sabes que está la cosita mu mala.

Y me recuerda tu post aquella canción de "devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo demás"...
Rarezas, chica...

Un besazo de árbol.

Anónimo dijo...

Te enrollas mucho para decir muy poco.

carrascus dijo...

>“Hay cosas conocidas y hay cosas desconocidas; entre ellas hay puertas”. William Blake.

Mityu dijo...

Tal vez una puerta es una metáfora del temor, un muro endeble que se imagina poderoso y protector.

A veces nos separa mentalmente de lugares que deseamos olvidar, otras en cambio se cerraron sin que nos diéramos cuenta de que allí había cosas hermosas, que también hemos olvidado.

Pero entre unas y otras, en los pasillos de esa casa nuestra, permitir que corra el aire, abrir las puertas para atreverse a dejar de temer puede constituir un paso hacia la sonrisa sin sombra.

Querida Antígona, tal vez no conteste siempre a tus escritos, que merecen comentarios más aplicados y detenidos que éste, pero no dudes de que nunca dejo de visitarte.

Besos, como sólo tú sabes darlos ;)

el nombre... dijo...

Sabés, Anti? Siempre me gustó la metáfora de que a nuestra vida la vamos construyendo como si fuese una casa. Y que cada quien tiene habitaciones, más o menos frecuentadas, más o menos olvidadas.
Que, incluso, cuando "invitamos" a pasar a alguien a nuestra casa-vida, a algunos los recibimos sólo en el umbral, otros pueden compartir nuestra cocina, y a algunos pocos les mostramos los cuartos más íntimos, o como éstos que vos relatás con tanta belleza.

Ojalá que las habitaciones como la que narrás acá, siempre nos dieran esa misma sensación, fruto de un duelo bien logrado, que alberga en el fondo del cajón un osito de la infancia...(¿olvidado?)

Muhcos besis para vos, que me encantó volver a leerte.

Antígona dijo...

Arcángel, curioso nombre para un personaje tan siniestro, ¿verdad?

¡Un beso!

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Bueno, un árbol, entiendo perfectamente lo que quieres decir, pero no creo que se pueda reconstruir nada sobre espacios ya trillados y decididamente dejados atrás. Por suerte esas casas que son nuestras vidas suelen ser más amplias y espaciosas que los pisos de cemento en los que las hacemos transcurrir. Y siempre esconden nuevas habitaciones para sustituir poco a poco las estancias clausuradas. ¿No has tenido nunca ese sueño, bastante común por otra parte, en el que de repente descubres en tu propia casa habitaciones que nunca habías visto? No sé lo que diría el señor Freud al respecto, pero para mí está claro que esas habitaciones representan la perspectiva de posibilidades que se abren o que podrían abrirse de atrevernos a empuñarlas. Siempre las hay mientras sigamos con vida.

¿Devuélveme el rosario de mi madre? Por dios y el diablo, por algo así no daba yo ni medio paso atrás :P

¡Un gran beso!

Antígona dijo...

Anónimo, es posible, pero la red está llena de espacios en los que de seguro encontrarás quien te diga más cosas con menos palabras. Tú mismo/a.

Un saludo

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Poco conozco a William Blake, amigo Carrascus, pero por alguna razón la cita que has puesto me ha hecho venir a la cabeza eso de las puertas de la percepción. Será que tengo el día esotérico :P

En cualquier caso, bienvenida la llave de toda puerta que nos franquee el paso a lo desconocido cuando lo conocido acaba siendo tedioso y anodino.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Sí, Mityu, las puertas pueden ser metáfora de muchas cosas, pueden representar obstáculos o puentes, cárceles o vías de escape, pero es bien cierto que hay puertas cuyo único fin parece encontrarse en la voluntad de encerrar aquello que rechazamos o nos produce miedo.

Otras, sin embargo, son simplemente como las puertas de un almacén: tras ellas se acumula lo inservible, lo que carece de utilidad o sentido para el presente que ahora habitamos, pero que no podemos evitar guardar, quizá como testimonio de nuestra vida. Ésas no creo que haga falta airearlas mucho, que ya tenemos bastante por lo general con mantener limpita la parte de la casa que más nos interesa :) Y en ocasiones no es el miedo, sino la pereza o la convicción de que nada válido encontraremos ya en ellas, lo que nos incita a mantenerlas cerradas.

Querida Mityu, mis escritos merecen los comentarios que vosotros tengáis a bien hacerles, ni más ni menos. Que yo tampoco puedo comentar en vuestros blogs últimamente con la frecuencia y la dedicación que desearía. Me temo que es un mal endémico esto de la falta de tiempo de la ajetreada vida moderna, y hay que asumirlo tal cual.

¡Un beso bien dao! ;)

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El nombre, a mí también me gusta esa metáfora que has planteado, que varía con respecto a la que he querido reflejar en el post, pero que expresa muy ajustadamente, a mi juicio, otro aspecto de nuestras vidas: nuestras relaciones con los otros y el grado de participación o protagonismo que en ellas queremos darles. Está visto que tanto la metáfora de las puertas como la de la casa dan mucho de sí, quizás porque nos sean cosas tan cercanas, o porque nos resulte útil entender nuestro paso por este mundo como un habitar dotado de múltiples facetas.

Supongo que el duelo forma parte consustancial de lo que somos: tiempo. Todo caminar hacia adelante implica necesariamente ir dejando cosas a nuestras espaldas, que pueden abandonarse con más o menos alegría o sensación de pérdida. Pero incluso la alegría no puede obviar ese paso del tiempo: lo vivido, fuera bueno o malo, no volverá, y cada día que pasa es un día que resta. Ahora, yo, mis ositos de la infancia, creo que los tiré a algún contenedor sin ningún tipo de contemplaciones ;)

Yo también me alegro de verte por aquí.

¡Un beso!

carrascus dijo...

No es extraño, querida Antígona, que esa cita te recordase "Las puertas de la Percepción", ya que Aldous Huxley se basó en William Blake para escribir esa obra. Sobre todo en citas como la que te puse antes y ésta otra: "Si las puertas de la percepción fueran abiertas el hombre percibiría todas las cosas tal como son, infinitas".

Besos.

Antígona dijo...

Vaya, amigo Carrascus, pues entonces es que había oído algo más sobre el tema de lo que recordaba y mi memoria vino en mi auxilio el otro día sin que yo me diera ni cuenta.

Porque no he leído "Las puertas de la percepción", pero sí leí hace muchos años otro libro de Huxley titulado "El tiempo debe detenerse" que juraría también planteaba cuestiones de esta índole.

Muchas gracias por la aclaración y ¡otro beso!