jueves, 13 de septiembre de 2007

De la seducción


En los comentarios de un post que nada tenía que ver con este tema, Escéptico y yo mantuvimos un pequeño debate sobre el significado de la seducción. La posición que en él defendí estaba básicamente relacionada con la figura clásica del seductor. A ella he querido dedicar lo que podéis leer a continuación.

De los muchos seductores que han poblado la historia de la literatura, siempre me ha inquietado especialmente la figura que Kierkegaard creara en su obra "Diario de un seductor", tal vez porque su complejidad y sutileza psicológicas hacen de su protagonista un personaje tan ambiguo como tenebroso.


Las diversas plasmaciones literarias en que ha cobrado forma la figura del seductor dibujan una serie de rasgos que, a mi juicio, vendrían a constituir su modelo prototípico. Pese a que en ellas dicho modelo se ha asociado fundamentalmente al varón, pienso que tales rasgos carecen en esencia de género, pues reflejan más bien una actitud del individuo frente a sus semejantes, por lo general los del sexo opuesto, perfectamente aplicable, al menos en la sociedad de hoy en día, tanto a hombres como a mujeres. Así que si bien de ahora en adelante utilizaré por mera comodidad el término masculino, entiéndase en todo caso que lo que diga al respecto lo considero válido para ambos sexos.


Habitualmente se atribuye al seductor la aspiración a obtener los favores sexuales de otro individuo mediante alguna suerte de engaño. Sin embargo, no es el sexo en cuanto tal lo que mueve al seductor. Su placer proviene ante todo del proceso mismo de la conquista, del periplo excitante de la caza, de manera que cuanto más difícil de alcanzar sea su presa, mayor será su disfrute. El acto sexual sólo representa entonces la culminación de todo un conjunto de estrategias cuya cuidadosa premeditación y puesta en práctica configuran el verdadero atractivo de la empresa de la seducción. Una culminación que, además, dará paso al abandono de la presa, pues una vez conquistada y poseída carecerá ya de todo interés para el seductor.

Dado que se presupone en el seducido una resistencia o franco rechazo a conceder los favores sexuales que el seductor pretende ganar, su objetivo estribará principalmente en doblegar esa resistencia, en someter la voluntad de su víctima, provocando en ella un deseo de rendición impensable sin ese conjunto de estrategias desplegadas. Es por ello por lo que el engaño es el factor clave del arte de la seducción: para lograr sus propósitos, el seductor deberá hacer creer al seducido que sus intenciones son muy distintas de las que realmente le animan. Pero la principal arma del seductor no habita tanto en la mentira como en la ambigüedad, en las medias palabras, en los juegos psicológicos que induzcan al seducido a creencias erróneas. Entre ellas, la más común será la de que el seductor le profesa un amor verdadero, un amor tan puro que el seducido no temerá, finalmente, saltar las barreras socialmente establecidas para su entrega absoluta.



El texto de Kierkegaard se presenta como la transcripción, realizada por un personaje anónimo que da con él casualmente, del diario personal de Johannes, considerado por aquél como un ser corrompido y abocado a la desgracia. El diario comienza con la primera ocasión en que Johannes ve a una muchacha de la que dice haberse enamorado apasionadamente. Nuevos encuentros azarosos le descubrirán que la muchacha se llama Cordelia, y encandilado por su belleza pondrá en marcha un minucioso plan estratégico para introducirse en su vida y despertar su amor hacia él. Sin embargo, conforme avanza el diario, se va haciendo cada vez más evidente que los sentimientos de Johannes, por más que él los describa como amorosos, son de una naturaleza un tanto peculiar. Johannes piensa que "la mujer existe esencialmente para otro ser", de forma que la única tarea dignamente femenina, aquella que podría llevarla al máximo de sus posibilidades, consiste en abandonarse completamente a su amado, en sacrificarlo absolutamente todo por él. Es ahí cuando la mujer logra su mayor brillo y belleza, y cabrá obtener de ella los más "grandes y verdaderos placeres". Por ello, Johannes se propondrá que Cordelia, en quien intuye una feminidad auténtica, termine por pertenecerle con todo el ardor y pasión que pueda desarrollar hacia él, puesto que sólo en ese momento habrá ella llegado al punto más elevado de su condición de mujer.

Descrito en estos términos, y dejando al margen el prejuicio histórico machista que entraña la actitud de Johannes, nada de reprobable parece haber en sus intenciones. Él está además firmemente convencido de estar brindando a Cordelia el acceso a todo un mundo de emociones y sentimientos que ningún otro hombre de su provinciana ciudad podría ofrecerle. No obstante, las palabras finales que cierran el diario, escritas una vez Johannes ha conseguido pasar una noche con Cordelia, pondrán de manifiesto el carácter profundamente inmoral de su juego de seducción:

¿Por qué no había de durar infinitamente una noche como ésta?
Ahora, ya ha pasado todo; no deseo volverla a ver nunca más...
Una mujer es un ser débil; cuando se ha dado totalmente lo ha perdido todo: si la inocencia es algo negativo en el hombre, en la mujer es la esencia vital...
Ya nada tiene que negarme. El amor es hermoso, sólo mientras duran el contraste y el deseo; después, todo es debilidad y costumbre.
Y ahora ni siquiera deseo el recuerdo de mis amores con Cordelia. Se ha desvanecido todo el aroma. Ya ha pasado la época en que una muchacha podía transformarse en heliotropo a causa del gran dolor de que la abandonasen...
Ni siquiera deseo despedirme; me fastidian las lágrimas, y las súplicas de las mujeres, me revuelven el alma sin necesidad.

En un tiempo la amé, pero de ahora en adelante ya no puede pertenecerle mi alma... De ser un dios, haría con ella lo que hizo Neptuno con una ninfa: la iba a transformar en hombre...

En el momento en que sucumbe a las estratagemas de Johannes, Cordelia pierde definitivamente para él todo su atractivo, pues la misma entrega que la ha elevado al máximo de su esplendor la ha destruido a sus ojos: desaparecida su inocencia, su feminidad ha quedado intrínsecamente dañada. Johannes sólo ha pretendido hacer brillar a Cordelia en la exaltación de su pasión de mujer para disfrutar él mismo de ese brillo, el brillo fugaz de un bello objeto que ahora, ya inservible, puede ser despreciado y abandonado sin remordimientos.

La figura del seductor perfilada por Kierkegaard se revela así lastrada por una evidente inmoralidad: el seductor contempla al seducido como un mero instrumento al servicio de su placer, y desecha cualquier posible reconocimiento o identificación con el dolor que sus acciones le hayan infligido. Porque en la relación de poder que su causa comporta, el seductor se niega sí mismo aquella capacidad cuya ausencia sólo puede conducir, según lo entiendo, a la deshumanización del otro: la capacidad de ponerse en su lugar.

26 comentarios:

Arcángel Mirón dijo...

Los seductores están mal vistos. Son, dicen, peligrosos.

Pero todos queremos seducir, y no hablo sólo de sexualidad. Todos queremos ser encantadores y que nos quieran.

Yo apoyo a los seductores mucho más que a los timoratos.

El veí de dalt dijo...

Antigona,
por suerte, no todos los seductores actuamos como Johannes ni pensamos com Kierkegaar... Seducimos, sonreimos y nos dejamos seducir a su vez. Es el eterno retorno. En mi rellano, los hay a pares...
Me encantan tus posts (te aviso, empiezo a seducirte) ;-)

Antígona dijo...

Arcángel, entiendo perfectamente el sentido del concepto de seducción al que apelas, y que es mucho más amplio que el que corresponde a la figura literaria del seductor.

Me interesaba exponer los aspectos más señalados de esa figura que, frente a la seducción que todos practicamos en la vida diaria, tiene un carácter mucho más perverso.

Pero sí, estoy de acuerdo en que, más allá de ese sentido, todos queremos seducir. Y esta seducción también me parece poco peligrosa, porque sólo nos sirve para atraer la atención de otras personas y carece de toda intención dañina.

En cuanto a lo último, no sé, a mi me parece que hay timoratos que en su timidez pueden resultar muy seductores.

¡Un beso!

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Veí, el personaje de Kierkegaard es tal vez un caso extremo de la figura del seductor. Pero me parece interesante porque a veces es necesario exagerar para que determinados rasgos salgan a la luz o se vean con más claridad. En cualquier caso, como le decía a Arcángel, hay un sentido de la seducción que poco tiene de nocivo, pues es bastante ajeno a la premeditación, al cálculo, y sólo responde a nuestra voluntad de gustar y atraer a quienes nos gustan.

¿Así que quieres seducirme? Veí, Veí, que un seductor, para que su estrategia funcione, nunca debe revelar sus verdaderas intenciones... Pero mira, yo me dejo seducir. A veces resulta muy agradable ;)

¡Un beso, seductor!

Margot dijo...

Mira tú que la palabra seducir es una de mis preferidas, me seducen muchas cosas, muchas personas, va entroncada a fascinación, tal vez ésta última tenga un grado más...

Y es cierto que cuando hablamos del "seductor", al menos en términos literarios, lo llevamos a otro plano, normalmente tiene más que ver con un juego de seducción algo ilícito, deshonesto y como el del que hablas un psicópata sin empatia... vamos, un capullo/a en toda regla. La figura de Don Juan y sus cábalas mentales... disfruta con el juego pero no con los jugadores.

Yo soy muy primaria, me gustan más los jugadores... jeje.

Un besote hasta mi vuelta, antígona!!!

NoSurrender dijo...

Quizás la literatura utiliza a veces la figura del seductor para deformarla hasta el esperpento, hasta la psicopatía más clínica, por razones didácticas o dramáticas. Y es que el personaje (el Seductor, digo) da mucho juego para hacerle recorrer veredas que todos podemos intuir por haber percibido el peligro en nuestros propios pulmones alguna vez, por haber caído en la fascinación o haber jugado a provocarla.

El personaje de Kierkegaard que presentas utiliza técnicas de seducción para desarrollar una psicopatía anómala: cosifica a la mujer hasta el límite más absoluto, aunque eso no le impida amar o sentir la pasión como puede sentirla por su moto o por un bistec en su punto. Yo creo que su mente va muchísimo más allá del machismo tradicional.

Me gustaría “elaborar” (como dicen los británicos elegantes) sobre esa idea que dejas caer en torno a la Ambigüedad. Me parece un tema muy interesante, ya que dicha ambigüedad se alimenta de los procesos mentales particulares del objeto seducido, más que de la actitud del agente seductor. ¿Tiene la culpa el don Juan de turno de que una amante ocasional suya se haga ideas sobre cosas que nunca fueron pronunciadas? a veces el/la seducido/a llega a estados de fantasía psicotrópicos que todos los que están a su lado ven y no consiguen comunicarle.

Un beso, colérica Antígona.

K dijo...

Había una canción de Pedro Guerra...

Aquí te la dejo...

Te seguiré hasta el final
te buscaré en todas partes
bajo la luz y las sombras
y en los dibujos del aire

Te seguiré hasta el final
te pediré de rodillas
que te desnudes amor
te mostraré mis heridas

Y con las luces del alba
antes que tú te despiertes
se hará ceniza el deseo
me marcharé para siempre

Te seguiré hasta el final
entre los musgos del bosque
te pediré tantas veces
que hagamos nuestra la noche

Te seguiré hasta el final
con el tesón del acero
te buscaré por la lluvia
para mojarme en tu beso

Y con las luces del alba
antes que tú te despiertes
se hará ceniza el deseo
me marcharé para siempre
y cuando todo se acabe
y se hagan polvo las alas
no habré sabido por qué
me he vuelto loco por nada

(...)

Duschgel dijo...

Es cierto que en la literatura se presentan personajes prototípicos de una actitud para poder resaltar más ciertas características. Por suerte, en la realidad suelen haber muchas medias tintas, pero seguro que algún que otro prototipo habrá andando por la calle.

Creo que el seductor es, ante todo, egocéntrico y narcisista. Por eso ve a la persona a la que quiere conquistar como objeto y no le interesa para nada, sólo el proceso le fascina, el demostrarse a sí mismo que nadie puede resistirse a sus encantos, a sus estrategias. Y está tan centrado en sí mismo, que ni percibe a la otra persona como tal, si no es en función de su propio éxito. Dudo que una persona así sea capaz de sentir amor por otra persona, justamente por esta incapacidad de ponerse en su lugar.

En el caso del Diario, al tratarse de una primera experiencia, está claro que Johannes confunde términos debido a la inexperiencia. Sólo tras haber alcanzado su objetivo plasma todo el trasfondo de que ni él mismo era consciente.

¡Un beso muy grande y feliz finde!

Sir Villet dijo...

Planteado así uno se alegra de no se alegra de no ser un seductor.

Suyo

Clark Gable dijo...

Francamente querida, me importa un bledo.

Antígona dijo...

Ay Margot, también ese sentido del seducir es el que más me gusta a mí, pero porque entiendo que en esas expresiones, como cuando uno dice: "me seduce tal idea", se apunta, como sugieres, al dejarse fascinar por algo, que obviamente nunca deja de ser placentero y que demuestra que seguimos vivos ante las cosas que nos rodean. Pero la diferencia con respecto al arte de la seducción estriba en que, en tales casos, en aquello que nos seduce, o incluso en la persona que de esa manera nos seduce, no hay premeditación alguna ni voluntad de seducir. Se trata más bien de cosas o personas que despliegan un encanto especial más allá de todo cálculo o estrategia, y que por ello nos atraen.

Estoy de acuerdo en que al seductor del que yo hablaba en el post es el juego lo que le gusta, pero no sus jugadores. Sólo que, ¿no es infinitamente mejor un juego donde además del placer de jugar, también haya empatía y buen rollo con los otros jugadores? Estoy convencida de que sí.

Por otra parte, no me cabe duda de que el arte de la seducción, tal como lo plantea Kierkegaard al menos, es ilícito y deshonesto, porque las reglas de juego del seductor son ocultas y no compartidas con el otro jugador.

¡Un besazo y disfruta de tus dunas, Margot!

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NoSurrender, como he dicho antes, también a mí el seductor más elaborado literariamente me parece un caso extremo y que incluso, como señalas, podría rozar la psicopatía. Pero si esa figura me parece tremendamente interesante no es sólo por su complejidad psicológica, sino porque, como dices, los rasgos que con cierta dosis de exageración se hacen patentes en ella no quedan tan lejos, a una escala mucho menor, obviamente, y sin toda esa carga de perversidad, de conductas que a ninguno de nosotros nos quedan tan lejos. ¿No es cierto que probablemente todos hemos sido tanto víctimas como verdugos de algún juego de seducción, por inocente que éste haya sido y desprovisto de la intención manipuladora del seductor clásico? ¿Quién no ha pretendido gustar en un momento dado a alguien que no le interesaba realmente, sólo por alimentar un poquito su autoestima? Creo que todos podemos vernos reflejados en mayor o menor medida en la actitud del seductor y aprender algo de ella que es muy común entre los humanos, aun cuando, insisto, el seductor literario esté dotado de un grado de crueldad y maquiavelismo en el que ya no podamos reconocernos.

El personaje que Kierkegaard plantea es muy complejo. El texto final que he transcrito es tan duro como sorprendente con respecto a todo lo que lo precede. Merecería un análisis mucho más detallado del que yo he podido hacer aquí. Pero sí, hay una cosificación de la mujer, incluso de todos sus semejantes -otros personajes masculinos que aparecen en el libro- que resulta francamente estremecedora.

También en lo que comentas en torno a la ambigüedad estoy de acuerdo. Un seductor hábil no necesita mentir, le basta con fijarse bien en aquél que pretende seducir, con detectar y atacar sus puntos débiles. Las características del sujeto seducido son esenciales para que pueda tener lugar la seducción. Sin embargo, hay palabras que no tienen por qué pronunciarse para surtir el mismo efecto que si lo hubieran sido. Los gestos, por ejemplo, permiten muchas interpretaciones diversas y de ese amplio espectro de posibilidades se vale por lo general el seductor para perpetrar su engaño. En cuanto a la pregunta que planteas, diría que el don Juan de turno sí tiene cierta culpa si en algún momento sospecha que su víctima cae en sus redes llevada por ideas erróneas, es decir, si intuye que sus expectativas son otras que las que él puede ofrecerle y no hace nada por desmentirlas. Pero si no es así, no, claro que no. No podemos responsabilizarnos absolutamente de lo que los demás quieran entender o no de nuestros gestos, de nuestras palabras, si éstos no esconden dobles intenciones.

Oye, pero que yo no soy nada colérica, eh? :P

¡Un beso, Lagarto!

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Querida Dusch, precisamente ésos, el egocentrismo y el narcisismo, me parecen los caracteres fundamentales del seductor. Y sí, lo describes muy bien. El seductor sólo "trabaja" para sí mismo, para demostrarse su propia habilidad y superioridad con respecto a su víctima, para alimentar su ego a costa de los demás y sin la más mínima consideración con respecto al daño que en un momento dado pueda causarles.

También yo creo que en una actitud así poco amor puede haber que no se reduzca al amor desmedido por uno mismo. No tengo ahora muy presente la totalidad del libro de Kierkegaard, pero me parece que Cordelia no es el primer amor de Johannes, sino una experiencia más dentro de su carrera de seductor, tal vez una experiencia significativa pero no sin precedentes. La cuestión es que Johannes parte de una idea del amor totalmente distorsionada, o que la mayoría de nosotros no aceptaríamos ni reconoceríamos como deseable.

¡Un besazo y buen finde para ti también!

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Sir Villet, y yo que le tenía a Ud. por un seductor.... :P

Aunque no de los peligrosos, eh?, sino un seductor amable y de buen fondo :)

A sus pies

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No podía ser de otra manera, Clark Gable.

Antígona dijo...

Ay K, que me olvidaba de ti, con lo que me alegro siempre que te pasas por aquí :)

Gracias por la canción, no la conocía. Aunque, como dice el propio Pedro Guerra en el vídeo que me has linkado, en ella se habla de una cierta ley del deseo que si bien podría confundirse con la seducción, no creo que en el fondo consista en lo mismo.

Me parece que en ella se plantea más bien nuestra propia incoherencia, el hallarnos movidos en ocasiones por resortes a los que no subyace nada consistente, sino sólo una necesidad de satisfacer un deseo inmediato que luego se demuestra efímero. Pero la diferencia con respecto a la seducción radica en este caso en que a quien le suceda esto no es capaz de anticipar, o nunca del todo, que el deseo se agotará en su satisfacción. Incluso él mismo (o ella misma, claro) podría verse sorprendido por esa desaparición del deseo con la que no contaba. No hay por tanto intención alguna de engaño, ni conciencia de que se engaña, como sí la hay en la figura del seductor. Lo que entonces ocurre me parece más bien algo así como un accidente al que todos podemos vernos expuestos, un desajuste entre lo que creíamos sentir y lo que en efecto sentíamos que no podía desvelársenos hasta haber alcanzado el objeto del deseo.

¿Es posible que un mayor conocimiento de sí pudiera evitar tales desajustes? No lo sé. Los mecanismos del deseo son intrincados y misteriosos, y la transparencia con respecto a uno mismo un ideal inalcanzable.

¡Un beso!

AA dijo...

Anti menudo día llevo...sesudo que no sexudo. Seducida quedo y me comprometo a dejarte comentario.
tequiero guapa!

AA dijo...

mmm Anti,entiendo que el prototipo de seductor al que te refieres es altamente peligroso.El juego de la seducción le pone a prueba en una competición consigo mismo con el único objetivo de destacar entre los otros, de destacar para ella también.
Un empresario me dijo una vez que hacer dinero no le motivaba tanto como endeudarse.Negociar préstamos con los bancos a los tipos más bajos im-posibles y conseguirlos le daba idea del valor real de su empresa.Y cuanto más alto era el préstamo y más bajo el interés más orgulloso se sentía.En el mundo empresarial uno tiene que tener algo de psicópata,ciertamente.
Creo que estos seductores son otro tipo de psicópatas,digamos emocionales.Les importa un carajo jugarse los sentimientos y endeudar los del otro/a porque ellos están eso, jugando, sin riesgo, y con el el "corazón"de la seducida como única garantía real.
Luego está el seductor triste.Aquel al que una vez hicieron mucho daño y que no busca en sus conquistas más que reconocer a su semejante.Estos tipos están en permanente proceso de adaptación y cuando te encuentran dificilmente se van de tu lado.Claro que también hay otros muchos tipos de seductores,con patronesde conducta más o menos similares pero yo personalmente prefiero toparme con este último.

Menudo rollo anti..me encanta lo que escribes tía pero...que dificil me resulta cambiar el chip, entre mi situación personal y esta política de despachos y planificaciones que me está
marchitando así ando!
Besos guapa!

Marc dijo...

El juego de la seducción me parece un elemento motivador como pocos en la relación de pareja; no obstante, este juego se puede tornar peligroso cuando hay mentira y se juega con los sentimientos de la gente.
Sentimentalmente el desengaño es una de las cosas que más duelen y, pienso, muchas veces es algo gratuito que sólo lo entiendo fruto de seductores, con algún tipo de carencia, que les hace disfrutar la humillación de la otra persona. Seguramente es una conducta muchas veces aprendida y que ellos, ahora, enarbolan como venganza.
Las medias verdades o ambigüedades, si se sabe el daño que causan, me parecen igual de reprochables.

Antígona, ¿sabes el peligro que corres conmigo?... Llegará un momento en el que no puedas decir "no":P

Firmado
Marc de los Poros;)

Anónimo dijo...

Muy interesante tu post, y el comentario de Dusch, y el de Ana... Estoy de acuerdo con lo que decís.

Un beso

k dijo...

Pero... ¿qué mueve a un seductor sino ese deseo? ¿Es realmente la necesidad del éxito, el juego por el juego? ¿O es el deseo, que se desvanece en cuanto se sacia? Por eso recordé esa canción, supongo. Porque, alejado del extremo estereotipo literario, todos llevamos un seductor dentro, que es ese ansioso ser movido por el deseo. Aunque no sepamos reconocer ese deseo como algo pasajero, o no sepamos distinguirlo de un sentimiento verdadero... Cuando un autor busca un estereotipo busca, creo, ese punto donde coincidimos todos, tal como he leído por ahí en algún sitio. Y en ese punto de coincidencia es donde veo el paralellismo con la canción. Que sí, que habla del deseo, pero también de cómo se convierte uno en un seductor para acallarlo...

Anónimo dijo...

Y yo, Anti, que me acuerdo, al leerte otra vez, de esa canción de Javier Krahe.... Salomé, solo quería mi cabeza, sólo quería mi deseo... Una versión menos sesuda, y en versión femenina, de algunas de las cosas que áquí dices... La necesidad de las mujeres de sentirse deseadas, y de jugar con los hombres para comprobar que éstos las desean, aún a sabiendas de no querer nada más con ellos....

Un beso

Antígona dijo...

Exactamente, Anita, tal y como dices, para el seductor prototípico se trata de una competición, de un reto a alcanzar donde el objeto conquistado no es lo relevante, sino simplemente el hecho de haber podido alcanzarlo. Por ello, cuanto más difícil el objeto, cuanto más renuente la pieza, mayor será la satisfacción. Pero entiendo, como dices, que este tipo de mecanismos no sólo operan en este seductor literario, sino en muchas otras facetas de la vida.

Es posible que el seductor de la literatura sea un psicópata emocional o alguien que raya la frontera de la psicopatía. Ahora, vuelvo a insistir en que, si dejamos a un lado sus aspectos más perversos, como sería su absoluta falta de empatía con el prójimo, pienso que todos podemos reconocernos como seductores o seducidos en algún episodio de nuestra vida. Probablemente en ausencia de toda estrategia o de premeditación calculada. Pero no creo que la psicología del seductor nos sea tan ajena como parece desprenderse de su exageración literaria.

¿Seductor triste? Es un espécimen que no conozco. Debe de ser por otra parte un seductor raro, si una vez da contigo ya no se va de tu lado. Me vas a tener que presentar a alguno, sólo por el puro interés científico, claro ;)

Bienvenidos todos tus rollos, Ana, que de rollos, por otra parte, no tienen nada. Y no dejes que ninguna política te marchite, que tienes que estar bien lozana pase lo que pase :)

Mucho ánimo con tus cosas, guapa, y ¡un beso enorme!

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Marc, tienes razón, hay un sentido de la seducción que no tiene nada de nocivo y que sólo se fundamenta en la voluntad de llamar la atención de alguien, de gustar, pero por el interés que la persona a la que queremos atraer nos suscita. Es más bien una parte del cortejo, necesaria tanto cuando alguien nos gusta como para mantener viva una relación de pareja.

Sería interesante indagar qué se esconde detrás de la figura del seductor, es decir, qué es lo que le motiva a utilizar así a sus semejantes por el puro placer de utilizarlos. ¿Un tremendo vacío? ¿Una autoestima demasiado exigente, que necesita constantemente reafirmarse a costa de los demás? ¿Venganza? ¿Un egocentrismo y narcisismos exacerbados, como apuntaba Dusch? Supongo que las motivaciones son múltiples, pero creo que el egocentrismo y el narcisismo son esenciales para entender al seductor.

Marc, ¿peligro? Mira que Antígona es dura de pelar, eh? Aunque... ¿qué pasa si digo "sí"? :P

¡Un beso seductor!

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Hola, JJ, me alegro de verte por aquí.

¡Un gran beso!

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K, estoy totalmente de acuerdo contigo en que en el estereotipo siempre hay algo en lo cual todos podemos reconocernos. Por eso he dicho antes que el seductor prototípico, por psicópata que parezca en su caracterización extrema, no nos queda ni mucho menos tan lejos como parecería. Siempre he pensado de todos modos que en el seductor no hay verdadero deseo de otro, sino principalmente deseo de sí, es decir, narcisismo, afán de afirmación, lustre a la propia autoestima. Pero tal y como lo expones no puedo dejar de darte, al menos en parte, la razón. El deseo suele sacar al seductor que llevamos dentro, porque tratamos de conseguir el objeto deseado.

No obstante, pienso que hay una diferencia entre quien persigue obtener al objeto deseado de manera directa, franca y sincera y quien lo hace por medio del engaño, de la ambigüedad, sabiendo de antemano que su seducido se ha creado, gracias a ese engaño, una imagen de lo que busca el seductor bien distinta a lo que realmente quiere. Es decir, que la satisfacción del deseo puede entrañar un juego de seducción "inocente" que poco tendría que ver con la instrumentalización del otro que opera en el seductor clásico.

Supongo que digo todo esto porque no creo en esa dinámica según la cual todo deseo se agota en su satisfacción. El deseo puntual de acostarse con alguien sí puede agotarse una vez logrado el objetivo. Pero cuando hay un verdadero deseo hacia otra persona, en la totalidad de lo que esa persona es, diría que cada satisfacción puntual sólo genera más deseo. Y esto puede aplicarse tanto a la experiencia del enamoramiento como, ya en otro orden de cosas, a la de la amistad, cuando se trata, por ejemplo, del deseo de compartir o de reir con alguien.

¡Un beso!

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JJ, me parece un muy buen ejemplo el que nos traes a través de Krahe. Porque la actitud seductora corresponde tanto a hombres como a mujeres, al igual que la necesidad de sentirse deseado. Y es posible que puesto que la mujer ha sido, históricamente, el objeto de deseo por excelencia, sus bazas en la seducción se muevan más en este terreno de provocar el deseo ajeno.

Ay, Salomé... si es que ya se sabe que las mujeres somos muy brujas :P

¡Otro beso!

AA dijo...

jajajaja, sí, me he cruzado con alguno de los tristes pero cuando compruebo que es uno de ellos me enamoro de otro!!!soy una cadena de seduciones!!
Beso!

MALEFICABOVARI dijo...

Pues yo mas que seductor, después de leerme el post, le cnsidero un psicópata en toda regla. No tiene sentimientos, disfruta con el arte de seducir para atesorar presas que sigan alimentando su codicia mental, y encima se engañan a sí mismos... madre mía... y esta es la perspectiva de este señor... logrado estudio...
Yo soy mas simple: para mi un seductor del siglo XXI, es aquel hombre que tiene maña para hacerse centro de atención, que tiene palabras para atraer en masa a las mujeres, y que encima, tiene algo, normalmente ese algo varía según las personas que lo comtemplan, y que es la perdición, el algo, para sus víctimas. Yo es que soy muy provinciana, Antígona, y prefiero quedarme con esta definición, es uqe la otra me caga viva del miedo¡
Por cierto, pocos sductores conozco yo de tomo y lomo... pocos....jejeje, quizás deba ir a las páginas amarillas....
Bsazos, guapa, siempre superándoteeeeeeeeeeeeeeeeee¡¡¡¡¡¡¡¡¡

juan rafael dijo...

¿Seducir? prefiero que me seduzcan, así estoy que me voy a convertir en monje-je-je.
Besos.

Antígona dijo...

Entonces es que esos seductores son un pelín torpones, Anita, o tú también eres dura de pelar ;)

¡Un besazo!

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Ay Male, que Kierkegaard no defendía a este tipo ni muchísimo menos, sólo quería resaltar su inmoralidad y cómo esa conducta no puede hacer en el fondo feliz al seductor, abocado a una imparable espiral de seducciones sin término posible y, en última instancia, al vacío.

Desde luego, el seductor que tú planteas no parece tan maquiavélico, pero también tiene su peligro, eh? Porque eso de que tenga algo que es la perdición de las mujeres... Aunque en fin, hay gente con mucho encanto que haga lo que haga siempre acaba siendo el centro el centro de atención y no hay ahí dobles intenciones, sino sólo una gracia especial.

Así que conoces pocos... pues cuando quieras te presento a alguno, a ver si empiezan así a hacerle la competencia al barman :P

¡Un beso, guapetona!

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Pues no eres tú listo ni nada, Juan Rafael. Y además querrás que te seduzcan sólo aquellas por quienes te dejarías seducir, ¿no? :P

¡Un beso!

EL MARTIN PECADOR dijo...

Hola Hola hola Colérica Aquilínea, tus palabras me han seducido y me han conducido al más absurdo nihilismo; traduzco ahora mis pasos en largos lamentos ... te sigo, impresionada en mi retina tu sabor, tan dulce de palabras colacadas para la más alta seducción.
El Martín Pecador te saluda

Antígona dijo...

Buenas, buenas, Martín Pecador. Le aseguro que mis palabras eran totalmente inocentes y no había en ellas afán alguno de seducción, y menos aún de una seducción conducente al nihilismo... ¿Lamentos? Martín Pecador, no me diga Ud. que se reconoce demasiado en nuestro afable Johannes... ¿De ahí tal vez que sea Ud. un pecador? :P

Redima Ud. sus culpas entonces, todo seductor puede siempre abandonar sus intrigas y empezar a caminar por la senda del amante noble y sincero. Y seguro que las victorias serán entonces mucho más dulces.

¡Un beso!

un árbol dijo...

Pues chica... hay seductores para todos los gustos.

Supongo que cada seductor tiene un público determinado, y tengo que decir que a mí me suelen dar bastante risa.

Pero también soy seductora. Y también cosifico. Y sí. Es un juego de poder, de ponerse a prueba, de jugar.
Sin llegar a la psicopatología y procurando no perder el respeto por el contrincante. Aunque a veces, repito, me da mucha risa.

Miles de años sin venir a verte, no tengo vergüenza. Y a estas alturas, ya no tengo tampoco quien me la ponga!!
Beso, linda :)

Antígona dijo...

Nada, un árbol, tú eres como la hija pródiga, siempre bienvenida :P

Creo que los seductores que dan risa son aquellos que se ven venir a la legua. Y entonces ya no puede haber engaño y tiene necesariamente que quedarse en mero entretenimiento y diversión.

Pero te aseguro que conozco a algún maquiavélico de tomo y lomo. Y de cerca, porque hasta los seductores necesitan confidentes, y descargar su conciencia de culpa cuando se ven atrapados por el juego.

Lo del respeto es lo fundamental para que el juego no haga daño. Hay que aprender a eso, a jugar sin hacerse daño, como dijo una vez Tako que se les suele decir a los niños.

¡Qué alegría verte por aquí, moza! Aunque sabes que todas tus ausencias están disculpadas. Tienes muy buenos motivos :)

¡Un besazo, guapetona!