jueves, 14 de junio de 2012

Futuro



Cualquiera que haga un mínimo esfuerzo puede ver lo que depara el futuro. Es como un huevo de serpiente. A través de la delgada membrana es posible distinguir un reptil ya formado.
Hans Vergerus.

Echar la vista atrás y comprobar que los acontecimientos pasados no podían sino desembocar en los presentes es una operación que en ocasiones puede resultar dolorosa, pero que por lo general se halla desprovista de grandes dificultades. Es verdad que la historia no se mueve con necesidad matemática y siempre existe la posibilidad de que ciertos sucesos inesperados, azarosos, accidentales, alteren el rumbo que parece tener marcado. Pero sí cabe afirmar que, cuanto menos, suele avanzar con una cierta coherencia lógica. Las acciones que emprendemos individual o colectivamente tienen consecuencias. Consecuencias que, una vez convertidas en presente, comprendemos como el evidente resultado, como el efecto previsible en la consideración retrospectiva de reconocibles causas pretéritas.

Sin embargo, la dificultad se agrava notablemente cuando desde nuestro aquí y ahora tratamos de adivinar a dónde nos conducirán los acontecimientos presentes. La falta de experiencia, una escogida ceguera temerosa de la realidad o, simplemente, la asunción de la ausencia de esa lógica matemática en todo aquello que compone el curso del tiempo, provocan que a menudo nos sintamos desarmados en el momento en que, angustiados o ilusionados, nos preguntamos por lo que se derivará de lo que hoy vivimos. Excluyendo el comportamiento regido por leyes invariables de la materia, el futuro –nos decimos– es por definición incierto. Miramos hacia adelante y vemos alzarse ante nuestros ojos una gran llanura incógnita de contornos indiscernibles, un desierto sin relieves sobre el que, a veces, entretenemos las horas proyectando construcciones de humo carentes de más consistencia que la conferida por nuestra imaginación tanto al servicio del temor por la posible desgracia, como del deseo y la confianza infundada en su cumplimiento.

Ahora bien, ¿qué sucedería si, no obstante, hubiera situaciones, circunstancias, coyunturas históricas en las cuales, como afirma el doctor Hans Vergerus justo antes de suicidarse, el presente fuera idéntico a ese huevo de serpiente a través de cuya membrana pudiéramos, de realmente quererlo, vislumbrar las formas precisas del animal que emergerá de él? ¿Qué nos impediría entonces anticipar con certeza cuáles serán los acontecimientos que tendrán lugar en el futuro? ¿Se nos abriría así la puerta que nos permitiría reforzar con nuestros actos el advenimiento de ese futuro legible a través de la fina cáscara o, por el contrario, de tratarse de un futuro de espanto, que nos impulsaría a actuar con el objetivo de evitar su llegada? ¿O quizá, una vez contempláramos a través de la membrana el reptil ya formado, nos veríamos sin remedio abocados, impotentes frente al animal en ciernes, a presenciar su irrefrenable nacimiento?

Estas son algunas de las reflexiones y preguntas que, a mi juicio, plantea la película de Ingmar Bergman “El huevo de la serpiente” (1977). En el retrato de sus protagonistas, de las calles ruinosas por las que caminan, de los claroscuros de los espacios por los que transitan, Bergman pretende ofrecer una imagen de la sociedad que elevaría a Hitler al poder diez años antes de su elección democrática. En esa imagen, una posible dilucidación de las causas que la llevarían a decidir el triunfo de Hitler. La intención de Bergman se intuye ya desde la primera escena de la película: un plano silencioso de una multitud de rostros cabizbajos y abatidos avanzando a cámara lenta que se intercala rítmicamente entre los títulos de crédito y entrecorta la distendida música de cabaret que los acompaña. El enigmático y opresivo silencio quebrando abruptamente la ligereza de la melodía no dejará de suscitar en el espectador un incipiente desasosiego.


La acción comienza en el Berlín de 1923. Una voz en-off nos informa de la hiperinflación reinante: un paquete de tabaco cuesta 4 billones de marcos. Todo el mundo, afirma la voz, ha perdido la fe en el futuro y el presente. En la habitación que comparten en una pensión, Abel (David Carradine) encuentra el cadáver de su hermano Max, que ha puesto fin a su vida de un disparo en la cabeza, mientras en el comedor un concurrido grupo canta con entusiasmo alrededor de la mesa. No tardamos en enterarnos de que ambos hermanos, así como Manuela (Liv Ullmann), ex-mujer de Max, son americanos y trabajaban en un número de trapecio en un circo hasta que, cuando actuaban en Berlín, Max se rompe una muñeca y los tres se suman a las altísimas cotas de desempleados que inundan la ciudad. La prensa informa de que en Rusia los judíos –Lenin era de ascendencia judía– asesinan en masa a cristianos inocentes. Como su fallecido hermano, Abel es judío.

Abel acude al cabaret donde trabaja Manuela para comunicarle la muerte de su ex-marido. Max ha dejado una carta ilegible para ambos, salvo por una única frase: “Hay un envenenamiento”. Sólo conforme transcurra la película iremos descubriendo que el envenenamiento del que habla Max en su carta es el que, a ojos de Bergman, se ha adueñado de la sociedad alemana y también de Abel. Porque Abel no consigue hacer frente ni a su situación ni a la miseria que le envuelve tanto por causa de tal envenenamiento como por su impotente conciencia de los efectos que sobre él está generando. Como tantos alemanes, Abel se halla paralizado por el miedo y una angustia crecientes, que van apoderándose de él tras ser testigo de las humillaciones y linchamientos que, cada vez más abiertamente, sufren los judíos ante la absoluta indiferencia de la policía. Desde su llegada a Berlín se ha abandonado al alcohol: prefiere las pesadillas del sueño etílico a la aún más cruel realidad que percibe cuando despierta. Cuando el miedo se transforma en terror, no puede canalizarlo más que en violencia gratuita y en la búsqueda del contacto con sórdidas e insoportablemente desalmadas prostitutas. Pero, ante todo, Abel es incapaz de responder a las peticiones de ternura de Manuela, quien, apartando la vista de la terrible realidad social, concentra todas sus energías en sobrevivir alternando su trabajo en el cabaret con la prostitución y ofrece a Abel una mano salvadora que al tiempo persigue en él a un necesario aliado en su lucha por la supervivencia.


En el momento en que la acción se sitúa en el 6 de Noviembre de 1923, dos días antes de la noche en que Hitler da en Munich su fallido golpe de estado a la República de Weimar, los acontecimientos se precipitan. Más que nunca el caos, el desorden, la amenaza se ciernen sobre un Berlín fantasmagórico donde ya no se puede comprar leche, donde se matan y descuartizan caballos en plena calle para vender su carne, donde los grupos extremistas se enfrentan en ataques sangrientos ante un gobierno que parece indefenso. Las escenas que se suceden –en ocasiones dignas de una narración del género de terror: una mano que se detiene a escasos centímetros de la espalda de Abel sin que, cuando él se vuelve, pertenezca a nadie– nos llevan al último encuentro de Abel con el doctor Vergerus, quien le muestra la grabación de los espeluznantes experimentos que ha dirigido. Experimentos con personas que, voluntariamente, se han prestado a ellos a cambio de comida y un poco de dinero: una mujer ha sido encerrada en una habitación con un bebé que llora sin descanso a causa de una lesión cerebral, con el objetivo de averiguar cuánto tiempo tardará en acabar con su vida; un hombre es sometido ante sus ojos a una brutal deprivación sensorial; a varios sujetos se les inyecta una droga que genera una angustia extrema. Vergerus le informa de que días después, ya tras la extinción de los efectos de la droga, todos ellos se han suicidado. Entre ellos, su hermano Max.

Pero el doctor Vergerus también le explica el propósito de sus experimentos. No confía en el golpe de estado de Hitler, que define como un “fiasco descomunal”, puesto que, a su juicio, Hitler carece de la capacidad intelectual y técnica para el triunfo. Pero sí confía en el poder de la población alemana. Nuevamente contemplamos, ahora proyectadas por la cámara que maneja Vergerus, el plano silencioso de la multitud que avanza hacia el espectador. “Observa a toda esa gente”, le dice Vergerus a Abel. “Son incapaces de una revolución. Están muy humillados, muy temerosos, muy oprimidos. Pero en diez años, los que tienen diez años tendrán veinte, los que tienen quince años tendrán veinticinco. Al odio heredado por sus padres, ellos añadirán su propio idealismo e impaciencia. Alguno se adelantará y pondrá sus sentimientos en palabras. Alguno prometerá un futuro. Alguno hará sus demandas. Alguno hablará de grandeza y sacrificio. Los jóvenes e inexpertos brindarán su valor y su fe a los cansados e indecisos. Y entonces habrá una revolución, y nuestro mundo se hundirá en sangre y fuego. En diez años, no más, ellos crearán una sociedad sin igual en la historia mundial”. Porque, según Vergerus, la social actual se funda en ideas equivocadas sobre la bondad del hombre que serán corregidas en la nueva sociedad emergente. No, el hombre no es bueno. Es, por el contrario, “una deformidad, una perversión de la naturaleza. Ahí es donde nuestros experimentos toman lugar. Lidiamos con la forma básica y la moldeamos. Liberamos las fuerzas constructivas y controlamos las destructivas. Exterminamos lo inferior y aumentamos lo útil”. Y es entonces cuando advierte a Abel de que si algún día revela a otros lo que él acaba de contarle, nadie le creerá, pese a que cualquiera que lo desee podrá ver lo que el futuro depara a la sociedad alemana. Pues el presente es como un huevo de serpiente.


Sin embargo, por más que Vergerus pretenda poder predecir el futuro, no acierta en sus vaticinios al despreciar el indispensable papel de Hitler en el futuro de la sociedad alemana. Pero más trágicamente se equivoca el inspector Bauer, personaje que trata de ayudar a Abel y que, al final de la película, describe la acción de Hitler con los mismos términos que Vergerus, un "fiasco descomunal”, para después proclamar con una sonrisa en los labios que Hitler ha fracasado por haber subestimado “la fuerza de la democracia alemana”. Precisamente la fuerza democrática que, como es sabido, diez años más tarde le otorgaría el poder y acabaría desencadenando uno de los más atroces crímenes contra la humanidad de nuestra historia reciente.

Bergman parece así poner de relieve que, pese a la seguridad de las palabras de Vergerus, ni él ni Bauer alcanzan a distinguir con nitidez la realidad del reptil ya formado que se divisa tras la fina cáscara del huevo. Quizá porque entre la mirada de Vergerus y la cáscara del huevo de serpiente se interponen sus propios deseos y las ideas eugenésicas que defiende. Y entre la de Bauer y el futuro, su propia naturaleza optimista que le impulsa a buscar un orden incluso dentro del caos. En contra de las apariencias, nuestra posible capacidad visionaria queda en entredicho en esta película. Su mayor obstáculo no se hallaría sino en los ojos que miran al reptil nonato a través de la delgada membrana que lo cubre.


Extraño que yo, sin embargo, en los últimos tiempos tenga la sensación de que desde hace meses -años, incluso- en nuestro presente se percibe con palmaria claridad y en todos sus detalles la forma de esa serpiente que poco a poco empieza a romper su cascarón. Será porque algunos han logrado dibujar con precisión la imagen de ese reptil desde mucho antes de su nacimiento, y ahora comenzamos a constatar cómo la fea realidad que asoma por entre la cáscara quebrada resulta incuestionablemente idéntica a sus trazados.

21 comentarios:

TRoyaNa dijo...

Antígona,
conforme te iba leyendo no he podido dejar de extrapolar esa visión de futuro al delicado momento que estamos viviendo.
Al igual que Bauer mi mirada optimista me traiciona a la hora de vislumbrar el reptil a través de la membrana,puede que también empujada por un deseo de orden inconsciente en el que a un tiempo de paz,sucede uno de guerra y viceversa, y a uno de asfixia en los derechos públicos,otro de explosión indómita y revolucionaria.

El futuro es incierto,como decía Benedetti,lento pero viene.,con todos sus enigmas y con todos sus interrogantes abiertos.
Puede que algunos expertos economistas,vaticinaran con acierto lo que ha llegado,pero nunca se controlan todas las variables.
No quisiera ver el futuro ni aunque pudiera,porque
me vería condicionada en la libertad de movimientos que más o menos residual,creo tener.

Incluso contando con todas las credenciales fiables por parte de los vaticinadores,preferiría no saber con todo detalle qué nos depara el momento.
Mejor movámonos a ciegas,teniendo únicamente en nuestra mente una idea común,un estado ideal al que acercarse a través de la acción global.

Un abrazo Antígona,muy interesante la reflexión,como siempre,la película,no la conocía.

El peletero dijo...

Puede que tenga más razón que una Santa, querida Antígona, aunque espero que se equivoque. Usted ya sabe que una de las características del nazismo en particular, del fascismo en general y de todos las demás ideologías populistas, incluidas naturalmente las de izquierda, consiste en simplificar la realidad para ofrecer respuestas simples y sencillas a los problemas. En crear también chivos expiatorios, cabezas de turco que permitan focalizar al enemigo identificándolo y señalándolo, sin lugar a dudas y de manera nítida, fuera de nosotros y crear así una comunidad fortalecida y cohesionada gracias a las amenazas exteriores.

Los males del presente, el reptil dentro del huevo, no es cosa exclusivamente de hoy, a la bestia se la incuba cada día desde que el mundo es mundo. Ese futuro terrible que usted nos dibuja es hijo de todos los presentes anteriores.

¿Para centrarnos en Europa, alguien recuerda a Yugoslavia?, pocos se indignaron por ella porque ni siquiera sabían que allí estaba teniendo lugar una guerra.

La antigua república eslava no era la Alemania de los “felices” veinte, pero en ella ocurrió algo muy parecido.

Y puede volver a ocurrir.

El año 1982 estuve en la India y mi sensación fue la de viajar al futuro, eso es lo que nos espera, dentro de cincuenta años, pensé, el mundo será así, quizá ya lo es.

Tengo un amigo que restaura coches antiguos, básicamente ingleses, todas las piezas de recambios se fabrican en China, país que ha visitado en muchas ocasiones, son curiosas las cosas que explica de allí.

Cuando los muertos por hambre o por la miseria se cuentan por centenares de millones la perspectiva de las cosas es otra.

Vivimos un cambio de época, un verdadero fin de fiesta para Europa y el europeo es etnocéntrico también en sus lamentos como el suyo.

El mundo ya no es Europa, sus males ya no son los nuestros exclusivamente, hace tiempo que dejó de serlo y el futuro no se encuentra aquí, está mucho más lejos y nuestro hijos, bienvenido sea, lo serán de mil razas. El mundo no nos necesita, ya camina solo. Ahora hay que hablar idiomas, cuantos más mejor, y pensar, como mínimo, en dos y al mismo tiempo, no hay nada como ser biligüe, sé de lo que hablo.

Besos futuribles.

El doctor Vergerus se equivoca en una cosa, en pensar, al menospreciar a Hitler, que sus propósitos pueden ser ejecutados por alguien con la suficiente capacidad intelectual y técnica para el triunfo, creer eso ya es una muestra de ser un completo imbécil.

Dona invisible dijo...

Buenos días, Antígona,
no sé si has visto la película "La banda blanca", de Michael Haneke. Una visión terrible del clima anterior a la aparición del nazismo. Según su director pretendía plasmar lo que fuera la semilla de la ideología fascista. Como espectadores contemplábamos desde fuera esa membrana transparente de la serpiente. Pero me pregunto (creo que tú también lo haces en esta entrada) si esa visión también se tenía de forma tan clarividente en los años anteriores a la subida del fascismo. Y me parece que no, que -sin precedentes, creo- no pudieron calibrar lo que se iba a acontecer, que marcó el destino de la humanidad para siempre. Pero ahora tenemos perspectiva e Historia y testigos. Aunque, como diría aquel, "quien olvida su historia está obligado a repetirla..."
Lo que me asusta es esa visión del género humano que se desprende de la película y de tu análisis. Por un lado ese temor de los oprimidos, ese conformismo, esa parálisis provocada por el miedo: “Son incapaces de una revolución. Están muy humillados, muy temerosos, muy oprimidos." Por otro lado, la idea subyacente que los hombres (y las mujeres) son una deformidad, algo malo... que la bondad por naturaleza no existe. Para mí es una visión muy negra y desconcertante que me resisto a creer: aunque mi idea ha cambiado desde hace unos cuantos años -ya no soy tan inocente- aún pienso que el bien existe en función de nuestra educación y del contexto. Me niego a creer que la especie humana es mala por naturaleza. Somos capaces de las peores cosas, pero también de las más grandes cosas. Entonces, se trata de no olvidar, de tener perspectiva y de darle la importancia que tiene a la educación... (sí, ya sé que es fácil de decir todo esto).
Por cierto... ¿deduzco de tu introducción que la situación que estás viviendo a nivel laboral al final ha llegado a puerto y no precisamente con la mejor de las soluciones?
Muchos besos!

Antígona dijo...

Pues eso mismo es, querida Troyana, lo que a mí me pasó el otro día viendo esta peli de Bergman que cayó por casualidad en mis manos.

Yo querría tener esa mirada optimista, y en parte creo que la tengo. Pero en mi caso la extrapolación de la membrana de la serpiente se refiere a los pronósticos que desde hace tiempo vienen haciendo muchos economistas con respecto a las políticas de austeridad que se están aplicando en Europa y al hecho de que el paso del tiempo no deja de darles la razón una y otra vez con pasmosa exactitud. Entre ellos, economistas de la talla de Krugman y Stiglitz (ambos han recibido el Nobel de Economía), que incansablemente no han dejado de repetir desde hace muchos meses que esas políticas de austeridad nos conducirían al desastre. Hasta el rescate que acabamos de padecer fue anunciado por ellos y por otros. Han visto perfectamente el reptil y han alertado hasta la saciedad de que el rumbo de las medidas económicas y políticas debía cambiar. Nadie les ha hecho caso. Y ahora estamos donde estamos: justamente donde todos esos economistas sabían que íbamos a llegar.

Así que, aun cuando el futuro en general sea incierto, hay hechos que parecen sucederse con necesidad apodíctica en tanto que consecuencias inevitables de causas que invariablemente los desencadenan. Es verdad que nunca se controlan todas las variables. Pero supongo que la economía es lo más parecido que hay a una ciencia natural dentro de las ciencias humanas. Y cuando además profesionales de prestigio anticipan consecuencias que no dejan de convertirse en realidad, habría cuanto menos que tener en cuenta sus análisis.

A mí tampoco me gustaría ver mi propio futuro, y confío en que el futuro social nos habrá alguna puerta antes de que terminemos de asfixiarnos. Pero, mientras tanto, el futuro económico lo veo muy negro. Si yo que soy la Administración me dedico a echar a trabajadores públicos a la puta calle, ¿puedo prever que el paro aumentará, al menos a corto plazo? Si no soy capaz de ver ese futuro, o es que soy muy tonto, o es que lo veo pero miento como un bellaco a la hora de hablar de las causas del desempleo, ¿no crees?

La película no es, a mi juicio, de las mejores de Bergman. Pero aun así Bergman no ha hecho nada que no merezca la pena ver.

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

Estimado Peletero, no soy yo la que tiene o no tiene razón, sino todas esas páginas de economistas que figuran a su derecha y a la mía (y otras páginas de economistas que no figuran en este blog) y que desde hace un tiempo leo con auténtica obsesión. Y tenerla la tienen, otra cosa es que sus siempre acertados vaticinios caigan en saco roto porque los intereses que nos gobiernan prefieran agarrarse a otras teorías que los hechos desmienten a diario, pero en las que ellos creen como en auténticos dogmas de fe. Porque eso es un dogma de fe, ¿no?, una creencia que sobrevive a cualquier evidencia empírica que la refute.

El tema de las ideologías en general sería complejo de analizar, y tampoco creo que se pueda generalizar sin más. Así que preferiría centrarme en el caso del nazismo alemán, en el que, en efecto, es cierto que la simplificación pasó en buena medida por el chivo expiatorio del judío como origen de todos los males que asolaban Alemania en la década de los años veinte. Con apenas unas pocas pinceladas (algunas extremadamente brutales, iba a poner una escena de la película pero es tan desagradable que al final no tuve ni ganas de buscarla), Bergman consigue retratarlo a la perfección. Algo similar a lo que está sucediendo hoy en día en Grecia con el éxito del partido neonazi y del cual Ángela Merkel debería sentirse responsable, pues ella es la principal causa de la pobreza y el malestar social que padecen los griegos, que son a su vez el origen del auge del partido neonazi. Parece mentira que algunos alemanes hayan aprendido tan poco de su propia historia. Como parece mentira que ningún medio de comunicación se atreva siquiera a mencionar los paralelismos que existen entre la Alemania pre-nazi y la Grecia actual.

Por supuesto que los males del presente no proceden de ayer, sino de presentes que se remontan mucho más atrás. Pero si de lo que se trata es de echar la vista atrás para determinar de qué manera podríamos incidir sobre el presente para propiciarnos un mejor futuro o evitar una catástrofe, no creo que sea necesario remontarse a los orígenes de los tiempos. De lo contrario, caeríamos en el error de pensar que el curso de la historia es inalterable y eso no es cierto. El curso de la historia depende de decisiones humanas. Y las hay acertadas y las hay por completo perniciosas, aunque su aplicación siempre responda al hecho de que beneficien a algunos. Generalmente a quienes las aplican, aunque mientras tanto el resto del mundo se hunda.

Por eso confío en que no nos espere un futuro como el de la India ni como el de China. Evitarlo está en manos de algunos. Si finalmente nos conducen a él, tengamos claro que siempre estaremos legitimados para reprocharles que las cosas podrían haber sido de otra manera si sus decisiones hubieran sido otras.

Mi futuro sigue aquí. Por eso desearía que este aquí y ahora cambiara de rumbo, pensando en los pocos o muchos años que aún me queden de vida. Por eso desearía que se impusiera la cordura. O que se impusiera la voz de la razón si la razón aspira a construir sociedades donde impere antes la justicia y la igualdad de oportunidades antes que la injusticia y la forzosa miseria de la mayoría para el obsceno enriquecimiento de unos pocos.

Estoy de acuerdo con su juicio sobre Vergerus. Pero ante todo porque su idea de la humanidad era, además de fallida, perversa. Así que probablemente discrepemos sobre los motivos por los que Vergerus podría ser calificado de imbécil.

Besos preocupados

Antígona dijo...

Hola, Dona Invisible. Como he explicado de mis anteriores comentarios, los paralelismos entre la película y el presente no tienen que ver con mi situación laboral (o al menos no directamente), sino con el rescate que acabamos de sufrir y, más en general, con la realidad económica que venimos viviendo desde hace tiempo por causa de la aplicación de medidas dictadas desde Alemania en nombre de Europa.

Vi la película de Haneke, que aquí se llamó “La cinta blanca”, y he pensado mucho sobre ella mientras veía la película de Bergman y mientras escribía el post, aunque no he querido mencionarla en él para no alargarlo más ni complicar más las cosas. La cuestión es que Haneke, si no recuerdo mal, se remonta mucho más lejos en el tiempo y presenta como factores que podrían estar en el origen del nazismo aspectos de la sociedad alemana que quizá serían más discutibles y, precisamente por su lejanía en el tiempo, menos obvios que aquellos en los que se centra Bergman. No obstante, me pareció una película muy interesante y que tal vez debería volver a ver ahora de nuevo.

Personalmente, tampoco creo que en los años previos al nazismo se pudiera anticipar lo que después sucedería. Como digo en el post, a toro pasado es fácil entender el porqué del presente. Pero el presente siempre nos resulta demasiado. Probablemente porque una de sus características intrínsecas es la falta de distancia para observarlo y analizarlo, y sin esa distancia es difícil tener una visión clara no sólo de a dónde conduce, sino de su propia naturaleza.

Nada más cierto que eso que dices de que quien olvida su historia está obligado a repetirla. Pero como le decía más arriba al amigo Peletero, últimamente tengo la sensación de que Alemania sí ha olvidado su propia historia. Tanto en relación a las similitudes que podrían trazarse entre su pasado con lo que ahora está sucediendo en Grecia, como por el hecho de que parece involucrada en una guerra económica con el resto de Europa con cuya victoria parecería querer resarcirse de sus derrotas del pasado.

A mí también me aterroriza esa visión del género humano que plantea Vergerus en la película. Por una parte, porque nuevamente me hace plantearme ciertos paralelismos con la realidad actual. Este fin de semana salió un artículo en un medio de comunicación en el que hablaba de los altos índices de criminalidad en Grecia dada la miseria y la escasez de recursos policiales (hasta ese punto han llegado los recortes del gasto público) y de cómo el éxito del partido neonazi se debe a que simpatizantes de este partido están ejerciendo de patrullas ciudadanas para “proteger” a la población. El miedo es un arma muy poderosa y muy peligrosa según quien la utilice. También pienso en cómo ha aumentado la represión en la calle en este país para evitar protestar ciudadanas. ¿Llegaremos a ser, empobrecidos y atemorizados, como esa multitud que muestra Bergman en la película? Miedo da pensarlo. Tampoco yo creo, de ninguna manera, que los seres humanos seamos esa deformidad de la que habla Vergerus en la película. Como tú, creo en la educación, que puede moldearnos en una dirección u otra. Y a su manera Vergerus también, puesto que está hablando de moldear al ser humano. Pero moldearlo partiendo de ciertas premisas y en función de según qué ideas equivocadas puede dar lugar, como demuestra lo sucedido durante la época del nazismo, a las mayores barbaries de las que somos capaces.

Besotes!

Marga dijo...

Como tú estoy asustada, y perpleja, claro. También he seguido a los economistas que hablan de la barbaridad que supone las políticas de restricción que estamos siguiendo y también contemplo la historia para encontrar respuestas, no augurios pero quién sabe. Las respuestas que me dicen que en la América de los años 30 dio su fruto la intervención estatal en la economía para frenar la depresión, llevando a cabo políticas de creación de empleo, las contrarias a las que seguimos ahora. También me dicen algunas respuestas que aquello estuvo bien pero que no fue lo único, que lo que realmente sacó a USA de la grave recesión fue su posterior entrada en la 2ª Guerra Mundial. De nuevo los señores de la guerra y sus tejemanejes. Pero de esto no estoy del todo segura, los economistas que me lo cuentan están algo interesados en ciertas políticas liberales (lo que entendemos hoy en día como “liberal). También mis nociones con respecto a Latinoamérica me indican que las políticas del FMI son una auténtica porquería y sólo aquellos países que se las han saltado, aunque fuera livianamente, han conseguido salir de la miseria. O Islandia, por qué nadie habla de Islandia y de sus avances o si lo hacen es de pasada, sin hacer hincapié en sus aciertos. Que en cualquier caso no tienen encima la barbaridad griega cuando su punto de partida fue mucho peor.

Y entonces pienso que todo está orquestado, sin llegar a la teoría de la conspiración, que por otro lado no es necesaria, para comprender que esta situación de “perdidos al río” está sirviendo para que las políticas más derechistas se vayan implantando, sin ir más lejos el ejemplo de la Comunidad de Madrid, y esa porquería que supone la política de la no intervención y la libertad de los mercados para imponer sus directrices. Y me alucina ver como hace dos días todo era un aciago destino para los griegos pero que una vez que ha ganado la derecha, ahora no, ahora se puede hacer algo. Todo así. Hoy una cosa, mañana otra, sin ningún tipo de cortapisas en las declaraciones por contradictorias que suenen. Como si estuviéramos sumergidos en un torbellino de despropósitos y mentiras que por mucho que lo intento siempre me dejan a cuadros. Están consiguiendo que tengamos una sensación de irrealidad absoluta y eso es lo que realmente me asusta: una vez habituados y amansados con ella, cualquier cosa es posible, no existirá nada que por absurdo o extraño que suene no acabe siendo factible.

No sé si el miedo, lo que sí nos dice la Historia que funciona para llegar a la barbarie es la desorientación más absoluta. Y de esa sí que tenemos, a raudales.

Besos míos de y de esa tipa llamada Casandra, cachislamar.

El peletero dijo...

Es verdad, no es usted la que tiene o no razón.

El dogma es, precisamente, eso que afirma, querida Antígona, tal vez por ello mi subconsciente me ha traicionado irónica y maliciosamente y ha cometido un fatal desliz al calificarla de santa, espero que su sentido del humor disculpe mi error y no me lo tome a mal ni me lo tenga en cuenta, no ha sido con mala intención.

En cualquier caso no se fíe de los economistas, estoy seguro que sabe que son tan propensos como los sacerdotes, y/o sacerdotisas, a engañar y engañarse a sí mismos, y a ser buenos asalariados de quien mejor les paga. Piense que su gremio, el de ellos, es tan amplio y poblado como todo el santoral cristiano o el olimpo pagano, hay dónde escoger, como los yogures en un supermercado, para gusto de cada cuál.

Mi comentario sobre la India no era exactamente crítico, al revés, era también elogioso, aunque me hago cargo que sea difícil de comprender cuando de un país sólo se ven los lugares comunes, ya sabe, paellas, sol, playas, toreros y sevillanas.

Lo que sucede es que todos hablamos por boca de ganso. Espero que recuerde lo que le dije un día sobre mi relación con Grecia, si así es, si lo recuerda, comprenderá que piense que en muchos casos también se habla de ella por boca de ganso, se hacen comparaciones y se utilizan calificativos que yo no usaría y que considero, para decirlo fina y educadamente, equivocados.

A mí siempre me han dado mucho miedo los que tienen “ideas” sobre la humanidad y además pretenden llevarlas a cabo, me da igual que sean perversos o santones, no me fío un pelo de ellos y huyo siempre en dirección contraria. Así que seguramente el tal Vergerus sea imbécil incluso por partida triple, ¿no le parece?

Besos ocupados.

Es verdad –me digo a mí mismo-, nadie se acuerda de Yugoslavia y está, lo que se dice, a la vuelta de la esquina.

Marga dijo...

Tranquilo, señor Peletero, yo sí me acuerdo. Lo tengo presente casi todos los días. Tengo un hermano "adoptivo", él y toda su familia, que me lo recuerdan desde hace años. Huyeron de la guerra instalándose aquí y trabaja a mi lado, mesa con mesa.

Pero sabe, él sigue sin poder explicarme lo que pasó. Yo sigo incapaz de comprenderlo. La misma sensación de irrealidad de la que hablaba...

A la vuelta de la esquina, ajá.

El peletero dijo...

Pues menos mal que alguien se acuerda. Gracias por su respuesta, muchas gracias, se lo digo de todo corazón porque mis amigos griegos también la recuerdan aunque sus opiniones sobre ella son muy variadas.

Pero yo, cada vez que hago mención de ella aquí, en España, siempre encuentro rostros sorprendidos, estupefactos o con cara de estreñidos intentando hacer el esfuerzo por saber de qué demonios les estoy hablando. O bien con una actitud molesta, como si la pregunta fuera una impertinencia, una estupidez, muchos, al oírla, empiezan a mover nerviosos el culo de la silla.

Gracias, Marga.

Antígona dijo...

Yo perpleja pero no tanto, querida Marga, porque las cosas cuadran, y vaya que si cuadran. Y el otro día explicaba Chomsky que esto que está sucediendo es una guerra de clases unidireccional (del capital contra el pueblo, y el pueblo que no termina de enterarse) y me da en la nariz que sí, que es por ahí por donde van los tiros. Porque, que no nos quepa duda, estas políticas neoliberales nos perjudican a casi todos pero benefician a unos pocos, esos que manejan los hilos a su favor precisamente para que les beneficien. Pero al resto nos cuentan que hacen lo que hacen porque no hay más remedio, porque no hay otra alternativa, porque no hay más solución que ésta. Qué gracia, verdad, después de ver cómo las políticas de austeridad han conducido a Grecia a la ruina y con la prima de riesgo por encima de los 2.500 puntos a día de hoy (ríete tú de los 500 de España), que ahora nos vendan la moto de que exactamente esas mismas políticas de austeridad serán las que resolverán en nuestro caso la crisis. Qué gracia, también, que todos los recortes efectuados hasta ahora (reforma laboral incluida) se hayan justificado para evitar el rescate al que ahora estamos asistiendo. Nos mienten vilmente. Unos, porque la banca alemana está obteniendo sustanciosos beneficios desde que empezó la crisis y precisamente gracias a que nos exprimen a los “cerdos”. Otros, los de aquí, porque su objetivo de desmantelar el Estado del Bienestar coincide perfectamente con los dictados de Bruselas y tampoco nos terminamos de enterar de qué dice Bruselas y qué aplican ellos según Bruselas o por voluntad propia.

Seamos cuanto menos conscientes de lo que pasa. Aunque nos deprima o nos haga salir una úlcera en el estómago. Yo no dudo que sea cierto que de la Gran Depresión se salió, también, gracias a la guerra. Pero eso no invalida que las políticas que se están aplicando ahora sean erróneas (los hechos están a la vista, reducir gasto público es tirar a empleados públicos a la calle, generar más paro, menos consumo, menos ingresos fiscales, y por tanto más déficit y más necesidad de recortes) y que sea urgente abandonarlas de una vez. Como tampoco impide que economistas como Krugman o Stiglitz, que llevan más de un año denunciando a dónde conducen estas políticas de austeridad, tengan razón, entre otras cosas porque todos sus pronósticos se han confirmado punto por punto.

¿Olvidaremos, como bien señalas, las políticas del FMI en Latinoamérica, que dieron lugar a numerosas privatizaciones de las que, como siempre, sólo una minoría se lucraba mientras el resto obtenía servicios a mayor coste y de menor calidad? ¿Olvidaremos a partir de su experiencia y de otras –el caso de los ferrocarriles británicos– que las privatizaciones pueden llegar a costar vidas?

¿Política de no intervención? Para lo que quieren y como quieren. Porque como explicaba Zizek en un documental que te recomiendo vivamente, “Catastroika”, las políticas neoliberales nunca han podido implementarse –puesto que la ciudadanía siempre se rebela contra ellas– sin fuertes medidas represivas, sin un aparato de represión incrementado y embrutecido que supone, sin lugar a dudas, una fuerte intervención estatal. Ésta sea, quizá, una de las más grandes contradicciones del neoliberalismo.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Lo que acaba de suceder en Grecia no tiene nombre. O sí: se llama manipulación mediática, mentira sobre el programa de Syriza, inculcación del miedo a la población, como siempre la amenaza de una aún mayor ruina cuando por lo que se apuesta es por la solución que beneficiará al pueblo pero dejará de lucrar a los poderes fácticos, a los bancos alemanes, a los políticos corruptos. Indigna descubrir cómo funciona el mundo al precio del 20% más de suicidios de los que nada importan, de su miseria, de su vida desperdiciada buscando despojos entre la basura.

Yo, más que sensación de irrealidad, lo que estoy es muy cabreada. Cabreada por la falta de empacho con que se nos miente día a día y se consiente la mentira. Cabreada por el cinismo con que Wert suelta que las familias que dicen no poder pagar las tasas universitarias es porque no quieren, mientras el 22% de familias viven por debajo del umbral de la pobreza. Pero también ilusionada con la querella que el 15M está interponiendo a Rato y con el hecho de que en una mañana consiguieran más de los 15.000 euros que necesitaban para iniciarla gracias a la colaboración ciudadana.

Algo se está moviendo. Aunque no quiero ser ingenua: la justicia nos queda demasiado lejos y hasta la justicia poética se nos resiste, Grecia perdiendo el otro día el partido frente a Alemania.

Casandra (en ella pensé también) es un personaje muy a propósito de los tiempos que corren. ¿Pesará sobre nosotros, sobre los que representan la voz de la verdad, la misma maldición?

Besos por encima de los pronósticos

Antígona dijo...

Estimado Peletero, no me molesta en absoluto que me llamen santa si es para darme la razón :P En cualquier caso, sólo trataba de resaltar que mi visión de la realidad en estos momentos no es más que fruto de las lecturas que me absorben desde hace meses y de cuyos autores me fio no sólo porque respete su autoridad intelectual, sino porque ese respeto proviene de que mi razón comprende y asiente a sus argumentos.

No todos los economistas son iguales, y es por ello por lo que me fío de unos y desconfío de otros. No me fío de quienes recetan medidas que se presentan como únicas mientras los hechos desmienten sus bondades. No me fío de quienes, como economistas, han olvidado que la economía es una “ciencia” al servicio de las personas, así como los principios éticos que deben dibujar el horizonte de toda ciencia social. Me fío, sin embargo, de quienes denuncian incansablemente la mentira mediática sin obtener a cambio beneficio alguno. De quienes tienen por bandera esos principios éticos y a la vez plantean una visión de la economía perfectamente compatible con ellos.

Jamás he estado en la India y supongo que, como usted señala, al respecto sólo manejo una serie de tópicos que bien podrían ser falsos o estrictamente parciales: pobreza, desigualdades extremas, sumisión propiciada por su cosmovisión religiosa… De ahí que, así de entrada, nada digno de elogio pueda encontrar en su modo de vida, aunque estoy segura de que me equivoco.

Bien, hablamos por boca de ganso, es cierto. ¿Deberíamos entonces dejar de hablar? ¿Deberíamos suspender el juicio hasta no poseer información completa y veraz? ¿Y cuándo se supone que habremos alcanzado esa información completa y veraz? Yo sólo conozco de Grecia, ahora mismo, lo que leo en la prensa y algunos datos económicos. Y el otro día me sorprendía descubrir que durante 2010 el Estado griego, ése donde se dice que ni dios paga impuestos, recaudaba mayores ingresos fiscales que el nuestro. No sé si estaría usted de acuerdo en que ese dato invita, cuanto menos, a poner en cuestión el lugar común del enorme fraude fiscal que allí se produce.

Tener ideas sobre la humanidad es hasta cierto punto inevitable. Somos humanos y tratamos de comprendernos por medio de ideas. Lo perverso es tratar de modelar al prójimo en función de ellas en lugar de pararse a observarle. Lo perverso es imponer a los demás un “deberían” que trate de salvar la distancia entre la realidad y nuestras ideas. Pero tampoco es raro que caigamos en este error. Quizá todos seamos un poco imbéciles sin quererlo.

Y claro que me acuerdo de Yugoslavia, estimado Peletero, aunque mi cabeza se encuentre ocupada por otras cuestiones porque nada en mi realidad inmediata me incita a tenerla presente en el día a día. El cine de Kusturica ha sido una de las causas por las que no se me olvida.

Besos underground

Arturo Valmonte dijo...

Hola, Antígona. Yo volví a ver esta peli hace un par de meses y, como a ti, me sobrecogió ese plano a cámara lenta (en blanco y negro, si no recuerdo mal) de rostros abatidos. Pero lo más curioso fue notar cómo me impresionaba más que la primera vez que lo vi, hará unos catorce años. Será porque, debido a los recientes contecimientos, la película se ha hecho más actual. Será porque, por más que inento evitarlo, la creciente propaganda del miedo también me afecta.

Yo estoy convencido de que esta forma de gobernar la economía tendrá que cambiar antes o después. Y espero que el cambio se produzca más a golpe de metamorfosis que de revoluciones.

Beso grande y gracias por tus entradas y comentarios una vez más.

El peletero dijo...

Gracias por su buen sentido del humor, querida Antígona. Están bien los debates, pero a partir de un punto no hacemos más que marear la perdiz.

Creo que la economía no es ninguna ciencia en sí misma, solamente, y ya es mucho, una disciplina que usa una de las ciencias formales: las matemáticas. Uno de los errores es querer compararla con una ciencia fáctica como la física.

No tenga la menor duda sobre el enorme fraude fiscal, de todos, que se producía en Grecia.

¿Deberíamos suspender el juicio hasta no poseer información completa y veraz?

Digámoslo al revés: ¿hemos de emitir juicios sin poseer información completa y veraz?

¿Hablamos con propiedad o somos charlatanes?

La cuestión básica de la guerra de Yugoslavia es, y fue, precisamente la que menciona: “mi cabeza se encuentra ocupada por otras cuestiones porque nada en mi realidad inmediata me incita a tenerla presente en el día a día”. Eso decían todos y así, sin tenerla presente estalló, se desarrolló y terminó, sin tenerla presente, y así volverá a suceder.

Besos eslavos.

Antígona dijo...

Es que el plano, sobre todo por el efecto de contraste con la música de cabaret y el silencio que con él se impone, es sobrecogedor. En efecto, es en blanco y negro, aunque la película sea luego en color, porque se supone que pertenece a las grabaciones de experimentos de Vergerus, que son también todas en blanco y negro.

Nadie mínimamente sensible puede ser inmune a esta propaganda del miedo que estamos viviendo. Quien se preocupa por informarse, habrá visto los cientos de vídeos de represión policial que circulan por la red, algunos de los cuales ponen los pelos de punta. En mi colectivo, cinco personas han sido sometidas a juicio y pueden recibir una condena de hasta dos años por manifestarse en contra de los recortes. Otros están siendo sancionados sin motivo justificado. Participé hace poco en un aula callejera y no te negaré que tenía miedo de que apareciera la policía para pedirnos la identificación y desalojarnos, aunque finalmente no sucedió nada. Es increíble y profundamente indignante el retroceso que, en materia de derechos civiles, hemos sufrido en apenas unos meses. Pero cuando se está convencido de la necesidad de hacer algo que se considera necesario, es necesario superar el miedo. Si no, les habremos dejado vencer de antemano, que es lo que pretenden con su propaganda del miedo.

Yo no veo tampoco clima revolucionario alguno. Más comprobando cómo se echa más gente a la calle cuando gana España que cuando se arremete contra sus derechos. Pero esas metamorfosis son urgentes y me temo que no llegarán desde dentro. No. Los que nos gobiernan por debajo de los Pirineos están más que encantados con esa política económica: a ellos, particularmente, les beneficia y para eso la aplican. Ay, que no me quiero poner pesimista!

Gracias a ti por tu comentario, Arturo, que sabes que se te echa de menos y siempre es una alegría encontrarte por aquí.

Un gran beso!

Antígona dijo...

Estimado Peletero, no suelo destacar precisamente por mi sentido del humor, pero me alegra que se aprecie cuando lo pongo en juego. Y más en estos tiempos, en los que me cuesta encontrarlo.

He puesto la palabra ciencia entre comillas precisamente porque yo tampoco creo que sea una ciencia. Pero es curioso. ¿Sabía usted que el neoliberalismo se llama a sí mismo “LA ciencia económica”, dando por sentado que cualquier otra visión de la economía es pura bazofia teórica? Creo que es algo que refleja bastante bien cuál es el talante de los economistas neoliberales, y síntoma de nuevo de su enfermizo fanatismo.

Si no dudo del enorme fraude fiscal que se producía en Grecia, entonces tengo que asumir – y lo asumo sin problema– que el fraude fiscal en este país es entonces aún mayor, aunque no se nos acuse tan frecuentemente de ello.

Amigo Peletero, si sólo pudiéramos emitir juicios de aquello de lo que poseemos información completa y veraz, estaríamos eternamente condenados al silencio. Y qué aburrida sería entonces la vida, sin discusiones ni debates, ¿no cree? :P

Intentaré estar más al día (si es que los medios ofrecen alguna información) sobre lo que sucede en Yugoslavia. Pero le advierto que mi cabeza tiene límites y a día de hoy está más que saturada. Se hará lo que se pueda.

Besos parlanchines

El peletero dijo...

Concédame (como dicen los latinoamericanos) un poco de “chance” y acepte conmigo que acostumbramos a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

En los tiempos que corren parece que se haya descubierto el dogma económico ahora gracias a los diabólicos, perversos y confabuladores liberales, siendo la estupidez económica, y sus dogmas, tan antigua como el mundo y muy bien repartida por barrios y familias, no hay ninguna que se libre.

Tiene razón, la vida sería muy aburrida sin discusiones ni debates. Aprenda a reírse de sí misma, es la mejor manera de fomentar el buen humor.

Besos parlanchines también.

Hoy en día se llama ciencia a cualquier cosa, incluso a la homeopatía que ya se enseña, incluso, en las universidades.

NoSurrender dijo...

Supongo que no querer darnos cuenta de lo que se nos viene encima es una actitud muy humana. La verdad, no sé por qué se recurre a otro animal irracional, el avestruz, para escenificar estos irracionales comportamientos tan humanos. Quizás nos obsesiona tanto el aprovechar el presente que no somos capaces de ver el monstruo que estamos creando con nuestras acciones, como cuando comemos demasiado sin pensar en cómo gestionaremos los kilos de más que eso acarreará, tan ciertos como la bestialidad que Hitler acabaría imponiendo en Europa en sus años de gloria.

Me estaba acordando de algo que una vez dijo Billy Wilder (uno de los hombres más inteligentes que ha dado el siglo xx, sin duda) cuando se le preguntó por su huida de Berlín justo antes de que empezaran las represiones nazis contra los judíos como él. El periodista apelaba a su inteligencia y a su intuición para advertir lo que iba a pasar y salvar así su vida emigrando a los EEUU, pero Wilder dijo que no, que lo que le había salvado era su pesimismo vitalista, y que todos sus parientes y amigos optimistas estaban muertos y gaseados.

Echando la vista atrás, no nos parece ahora tan descabellado comprender que la Alemania nazi tuvo gran parte de su origen en la idea de que un pueblo no puede ser llevado al hambre, la ruina y la indignidad hasta el límite por parte de los extranjeros acreedores de sus deudas sin que la gente se revele y surja la violencia y la expiación de culpables… es curioso, como bien expresa usted, ver ahora que sea la propia Alemania de Merkel quien está imponiendo estas nuevas reparaciones en otros pueblos de Europa. ¿Nadie aprende nunca nada?

Besos, doctora Antígona!

Antígona dijo...

Es un error muy humano, estimado Peletero. Nos cuesta admitir nuestros errores y a veces pretendemos además que sean los otros quienes paguen por ellos. Supongo que muchos años de esfuerzo y aprendizaje nunca terminan de matar del todo a la criatura empequeñecida y miserable que todos llevamos dentro, ay.

De todas formas, con respecto a lo que señala del neoliberalismo, más bien diría que estos tiempos son el fruto de un imparable proceso de ocupación de los puestos de poder (económicos, políticos, académicos) por parte de los defensores a ultranza del neoliberalismo. Y sí, estúpidos son, pero no tanto, porque qué casualidad que no haya quien lo defienda que no se lleve su buena porción del pastel gracias a las políticas neoliberales, que a lo mejor es cierto que hacen la tarta más grande (al menos en algunas épocas que no son ésta), pero siempre haciendo al mismo tiempo más pequeña la parte destinada a la mayoría.

En cuanto a aprender a reírme de mí misma, en ello estoy, pero estos días no me está resultando nada fácil. Más cuando mi tierra arde por los cuatro costados también gracias a esas políticas de recortes que echaron a la calle a quienes debían mantener limpios los bosques. Qué peste de mundo, por dios.

Menos dañino es, en mi opinión, que se enseñe homeopatía en las universidades que el dogma neoliberal. Que, por cierto, hoy leía por algún lado que en TV3 hay un programa de “lecciones de economía” donde se difunde también el dogma neoliberal. Que el diablo nos pille confesados.

Besos keynesianos!

Antígona dijo...

Doctor Lagarto, supongo que en esa actitud confluyen dos cosas. Por un lado, nos cuesta mirar hacia adelante y comprobar que lo que nos espera no es exactamente un panorama halagüeño; por eso preferimos el autoengaño, la venda en los ojos, la huida. Por otro, el futuro sigue siendo incierto y a eso nos agarramos; sólo más tarde sabremos con certeza que no había quien nos salvara de su llegada. O que sólo un milagro (y estos no suelen ocurrir en la historia) lo habría hecho. Lo cierto, sin embargo, es que tengo la sensación de que cualquier mecanismo de huida o de espera confiada de un milagro acaba precipitando y empeorando el desastre que se avecina. Como el chaval que esconde las notas por no afrontar una regañina y no termina de ser consciente de que cuando las entregue a destiempo la regañina será aún peor.

Me gusta mucho esa anécdota de Wilder y le agradezco que la haya traído aquí. Probablemente por su actitud pesimista había pasado ante sus amigos gaseados por un agorero aguafiestas incapaz de confiar en la vida y en sus semejantes. Tiene mala prensa el pesimismo, con frecuencia somos recriminados por él. Se nos reprocha por su causa una suerte de incompetencia para disfrutar del presente, debemos mirar al futuro con optimismo y alegría, se nos repite una y otra vez, porque de lo contrario nuestro propio pesimismo arruinará ese futuro. Bien, es obvio que el pesimismo amarga el presente. Pero muchas veces deriva de una visión más lúcida sobre el presente que la que mantiene el optimista, cuyo optimismo sólo proviene de la ignorancia o de la ceguera. Hay que ser optimistas, no digo yo que no. Pero todo tiene un límite, y cuando el barco ya se está hundiendo es estúpido querer seguir brindando como si nada ocurriera.

Supongo que Merkel puede permitirse el lujo de ahogar al pueblo griego y apartar la vista de las nuevas fuerzas malignas que allí emergen por culpa de la miseria que ella misma está causando porque considera que Grecia no es un peligro para nadie. Pero, ¿sabía usted que Grecia tiene el gasto militar más elevado de toda Europa? Fundamentalmente porque tiene un compromiso con Alemania para comprar buena parte del armamento que ésta fabrica y así seguir enriqueciendo a la industria armamentística alemana mientras el pueblo griego pasa hambre. Tendría gracia que los neonazis llegaran al poder en Grecia y decidieran volver todo ese armamento contra Alemania. Yo, desde luego, me iba a reír mucho, por siniestro que suene. Eso sí que sería justicia poética. Pero no lo verán nuestros ojos, que hasta la justicia poética está de capa caída en estos tiempos de impunes crímenes económicos.

Un beso, doctor Lagarto!