lunes, 28 de mayo de 2012

Esclavitud


Por temor a perder una vida mutilada, en su asfixiante limitación siempre algo más que la llana y negra nada, fueron esclavos los esclavos de antaño. Donde la fría ley castiga implacable la insumisión con la muerte, se comprende su resignada inclinación a la obediencia. Cifrado en la extinción definitiva el precio de la rebeldía, se adivina el miedo ancestral capaz de trocar su germen incipiente en paciente docilidad y blanda mansedumbre. Nacían los esclavos de entonces antes al miedo que a la vida. Quizá por eso se aferraban con fuerza a sus despojos, arrojados con cretina benevolencia por sus dueños como a los perros las sobras al caer el día. Y en los retazos de goce arañados por los resquicios a la servidumbre, atesoraban escuetas, aun así valiosas monedas doradas que apuntalaban el sentido de su existencia. No por otra razón podían festejar en el mendrugo de hoy la mayor ternura del pan en contraste con el recuerdo del engullido ayer.

También el temor a perder es el amo espectral de los espíritus esclavos que han poblado y poblarán la frágil densidad de esta tierra en cualquiera de sus épocas y coordenadas. Sin cadenas en torno a sus tobillos viven atados, y atados se someten y obedecen pese a la ausencia de sogas rugosas lastimando sus cuellos, de espadas afiladas pendiendo sobre sus cabezas ante la tentación de la insubordinación o la huida. A salvo está del derramamiento la sangre que recorre sus miembros, la piel intacta del vértigo cortante del látigo. Pero una vez la vida desnuda se sabe a resguardo, nunca deja de construir sobre su suelo primario un universo variable de posesiones dispares, de pertenencias materiales y bienes invisibles, de dominios en propiedad o usufructo, cuya totalidad conforma ante nuestros ojos la figura aproximada de la vida vivible, la estampa difusa de la vida habitable según los criterios del expansivo corazón humano más allá del rítmico e inconsciente golpeteo que en nuestras muñecas revela su mecánico latido. Ninguna otra causa que el miedo por el angostamiento y posible desaparición de esa figura explica el temblor imperceptible en la cabeza inclinada del alma esclavizada dentro de un cuerpo libre. Las ataduras que paralizan la justa respuesta al ultraje llovido desde las alturas. El acatamiento de órdenes y directrices que sujetan, coartan, y hasta humillan los propios deseos en su rebaja.

De la natural indefinición de sus contornos, de su necesaria laxitud en continuo ajuste con las circunstancias, también de la versatilidad de cada experiencia individual en medio de la masa amorfa, se sirven los señores del poder en su enfermiza avidez por obtener crecientes beneficios del sudor del rebaño. No importa bajo qué pretexto ficticio: siempre cabe intentar recortar, una vez más, un poco más, los límites de la figura. Cuentan para ello con la tenaz alianza, con la sempiterna complicidad de los espíritus esclavos. Tras contemplar la dentellada en la figura, y aun en medio de los gritos por la merma y el acuse de la pérdida, sus corazones cautivos suelen forzarse al olvido de la silueta original ahora cercenada, ansiosos por recobrar, tan pronto como les sea posible, la obligada alegría por las posesiones que todavía les restan. Una vez contabilizados cuidadosamente los daños, alaban en público su suerte y en público se recriminan sus primeras quejas y las de sus vecinos, apresurándose a comparar la mayor cuantía de sus pertenencias con las atribuidas a la indigencia. Incluso los hay que gozan íntimamente del deterioro de la vida vivible, recreándose en la idea de la proeza que se asocia al esfuerzo incrementado, idénticos a camellos que presumieran de la más pesada carga que soportan sus jorobas mientras la tensión extrema de los músculos amenaza con la quiebra de los huesos. Son los que se jactan con orgullo de la aceptación jovial del mazazo, y se felicitan por el trabajo bien hecho en condiciones adversas. Nunca faltan, tampoco, quienes se abrazan a la reconfortante sensación de descubrirse víctimas impotentes de un Mal imbatible y todopoderoso que, por fin, legitima la tediosa letanía de sus antiguos lamentos. De llegar a intuir en sus pechos el pálpito ardoroso de la rebeldía, los espíritus esclavos concentran sus energías en aniquilarlo, amedrentados por la fantasía de la acción subversiva poniendo en peligro lo poco o mucho que aún les pertenece. Acobardados de igual forma por la imagen de la rabia que nutre esa rebeldía emponzoñando su menguado pero precioso, sagrado tiempo de asueto. Ése que se le escatima en un robo de proporciones tan descomunales como estúpidamente consentidas, si no otra cosa que tiempo es la sustancia misma de la vida, y su forzosa dilapidación desmedida a cambio del sustento la estafa más letal de la que podemos ser objeto. En cada minuto que nos hurtan, un minuto menos de esta vida nuestra y única de días contados por la muerte.

Por ello, ante la propuesta de insurrección, de organización de la resistencia y la lucha por reconquistar los espacios usurpados en el momento en que la estrechez impuesta comienza a percibirse inhabitable, los espíritus esclavos miran hacia otra parte: maquinan estrategias para redecorar sus moradas, cubriéndolas de espejos que embauquen a los ojos, mullendo las paredes con algodones que enmascaren su opresivo encogimiento. Cuando se acercan a participar en el debate, se aprestan aun sin quererlo a desarticular la iniciativa acumulando objeciones, proclamando peros, enlazando argumentos que revelen la inutilidad de la batalla, anticipando consecuencias nocivas sin duda probables pero en cualquier caso inciertas, pregonando como única opción la moral bovina del aguante y el manual de supervivencia bajo el brazo del sálvese quien pueda. Por los rincones, osan criticar secretamente la pueril debilidad de quienes rechazan convertirse en mulas de carga. Aprovechan los más aviesos para arrimarse con disimulo a las élites del rebaño: en medio de la revuelta, intentan rascar para sí algún que otro privilegio que aligere su particular apretura.

Que nadie se llame a engaño: si poseer es igual a temer perder, aún no ha visto la luz criatura humana que no albergue en su interior el espíritu del esclavo. Tan íntimamente arraigado a sus entrañas que la vana pretensión de aniquilarlo debe ser de inmediato desechada. Pero el reconocimiento de su existencia queda muy lejos de la afirmación de su omnipotencia. Frente a este ineludible compañero de fatigas, todo estriba en impedir que se apodere de las riendas que dirigen la voluntad y marcan la decisión. En atreverse a contrarrestar su fuerza invariablemente reactiva. Arriesgándose a desoír su voz temerosa allí donde la obediencia y el acatamiento prudentes, dominados por el miedo a la pérdida y el afán de conservación de apenas unos cuantos escombros, equivalen, en impoluta ecuación, al consentimiento de la pérdida fatal, quién sabe si algún día reparable: la que menoscabará en sus trazos esenciales la figura mínima de la vida vivible para reducirla a esos mismos escombros.

16 comentarios:

TRoyaNa dijo...

Antígona,
no sé si ha sido tu intención,pero el texto me parece de rabiosa actualidad.

La esclavitud a día de hoy se reduce en los casos en los que se tiene trabajo,a soportar muchas veces lo insoportable,por miedo a perder ese bien cada vez más escaso y codiciado:un modo de ganarse la vida.
Eso en el mejor de los casos,y luego,en el caso de quienes ni siquiera tienen trabajo,a soportar también los abusos del sistema y los continuos recortes,a fin de no perder o bien las ayudas que se reciben o bien las pensiones.
En cualquier caso,aquí se ha tensado tanto la cuerda y la paciencia,que ésos que se aferran a sus "escombros" están hartos y han perdido o hemos perdido el miedo a salir a la calle y manifestar pacíficamente nuestro malestar.
La esclavitud a día de hoy cobra muchas formas:hipotecas,letras,pagos,préstamos,...que nos tienen cogidos por el cuello y nos impiden soñar con otra vida donde tener menos no sólo es posible,sino que incluso puede llevarnos a vivir una vida más ligera,más libre y más plena.
Estamos tan inmersos en el consumo que no nos damos cuenta de aquella frase inspiradora que supo utilizar una empresa suiza a la perfección:
"que no más feliz el que más tiene,si no el que menos necesita".
¿quien hoy día nos mantiene esclavos?
los bancos,el capital,los especuladores....todos los que han jugado a invertir,a subvencionar,a especular con grandes sumas de dinero...y ahora nos roban el dinero público y ven recompensadas su codicia y su pésima gestión.

Es el mundo al revés.....que requiere ya una revolución social que primero pasa por una individual,una revolución que puede empezar por no estar dispuestos a que nos arrebaten el tiempo,a trabajar las horas precisas para vivir dignamente,a tener opción a un trabajo,a ser conscientes de la trampa y la llamada del consumo que nos atrapa y nos hace esclavos del falso sueño de tener,de poseer,sin darnos cuenta de que las posesiones más que tenerlas,nos tienen.

La esclavitud también se ceba de nuestros miedos,del desconocimiento de nuestra fuerza como colectivo,como comunidad organizada,de la necesidad de dirigentes,de que nos gobiernen,de que nos eduquen,de que nos den las pautas y nos abran el paso.....todas las instituciones que nos recuerdan los límites,que nos domestican y nos hacen ciudadanos cívicos y sumisos,nos mantienen esclavos y nos hacen consentir abusos,recortes,negocios sucios que a veces conocemos y otras nunca llegan a salir a la luz.
Más que nunca creo ha llegado el momento de trasgredir.
Ante una ley injusta,una transgresión.No hay otro camino para romper poco a poco con esta consentida esclavitud.

Un abrazo y un beso para ti!!!

El peletero dijo...

Bien es verdad que el espíritu del esclavo gobierna el mundo desde que el mundo es mundo, pues tan esclavo es el dueño como su propiedad.

Pero nada ni nadie se posee, es imposible.

En una entrevista que le realizó Margarita Riviere a Javier Mariscal en la Vanguardia de Barcelona el año 1996, el diseñador valenciano nos recordaba, y destacaba como titular la periodista, de manera simpática que todo lo que nos rodea es de alquiler. Es una manera irónica e inteligente de resumir sus palabras, querida Antígona.

Besos.

No estoy de acuerdo en su respuesta en el anterior post, pero vamos a dejarlo aquí. Sólo permítame decir que igual que todo es de alquiler también todo puede ser efímero, “la inteligencia, la honestidad, la voluntad de amar, la capacidad de dar, la paciencia, o cualquier otro valor moral, intelectual o vital”, también. La vida está llena de casos en los que eso sucede.

Antígona dijo...

Troyana, por supuesto que ha sido mi intención ;) Este post está directamente conectado con los acontecimientos que ahora mismo ocupan mi vida. La guerra que me mantuvo durante unos meses alejada del blog se recrudece. Y estamos a punto de perder otra batalla importante gracias a tantos espíritus esclavos que aún no son capaces de reaccionar. A todos ellos les dedico este post.

No obstante, la redacción se quiere más general porque habla sobre algo que, a mi juicio, y como digo en el post, no corresponde sólo a nuestra actualidad, sino a todo tiempo y a todo lugar, aunque ahora mismo lo vivamos con más intensidad.

Como bien dices, somos capaces de soportar lo insoportable por miedo a perder. En el caso del trabajo, y tras la reforma laboral, lo palpamos todos los días y en todos los ámbitos. No se explica, si no, que nuestros derechos laborales retrocedan en décadas y no haya una reacción social más contundente. Nos sigue dominando el miedo a perder lo poco que nos queda, por culpa de ese miedo trabajaremos más horas por menos dinero y aun así pretenderemos dar gracias a los cielos porque aún conservamos el puesto de trabajo.

Quizá la cuerda se haya tensado, pero no lo suficiente, Troyana. Al menos es lo que observo a mi alrededor: se endurecen las condiciones de vida injustamente –mientras tanto, el dinero de todos va a parar a Bankia sin que se pidan cuentas sobre la responsabilidad de su nefasta gestión– y los afectados siguen tragando, mirando hacia otro lado, refugiándose en la idea de sus próximas vacaciones, planeando qué harán para amortizar aún más el poco tiempo libre que les quede, planeando cómo sobrevivir, en lugar de plantar cara cuando pueden hacerlo. Yo misma he salido mucho a la calle últimamente, pero me doy cuenta de que eso de poco sirve. Las condiciones empeoran y los señores del poder se ríen de nosotros: mientras nos observan gritar y portar pancartas, preparan un nuevo recorte que aplicarán sin vacilar.

Puede que tengas razón al decir que hemos estado inmersos en una espiral de consumo que nos lleva estúpidamente a aferrarnos al poco poder adquisitivo que nos queda. Pero ahora mismo la cuestión ya no es tanto que queramos seguir consumiendo, como que nos están robando lo esencial. Leía hace poco que en España ya hay un 22% de familias que vive por debajo del umbral de la pobreza, que el 60% de los trabajadores no llega a mileurista, que hay más de 1.700.000 familias en las cuales todos sus miembros están en el paro… No, ya no es una cuestión de consumo sino de simple supervivencia y dignidad, amenazada por la catastrófica situación económica a la que bancos y especuladores nos han llevado y por un gobierno que legisla para seguir empobreciéndonos porque es incapaz de soltar sus dogmas de fe y porque además eso es exactamente lo que pretende. ¿Cuántas décadas tardaremos en recuperarnos de la bajada salarial que inevitablemente supondrá la reforma laboral a mayor gloria de los empresarios?

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Tienes toda la razón: la revolución social necesita primero de una revolución individual, porque en los individuos en los que nos hemos convertido sigue dominando el espíritu esclavo y el imperativo de la obediencia resignada. Todos estos años de fomento del individualismo han dado por resultado sujetos incapaces de enfrentarse a la autoridad y de luchar con decisión por sus derechos. Bien por ignorancia –más que nunca la ignorancia es ahora un tremendo lastre-, bien por un arraigado sentimiento de impotencia frente al poder, bien por esa domesticación a la que nos han sometido y que si bien es necesaria hasta cierto punto para el funcionamiento de la sociedad, debe tener un límite que ahora mismo no vemos. Y sobre todo, por miedo: en situaciones de crisis como la nuestra, la gente se vuelve más dócil porque la amenaza de perder todo lo que tiene está siempre presente. Y eso los señores del poder lo saben y lo aprovechan para seguir exprimiéndonos alegando que es lo único que se puede hacer para salir de la crisis. Dejemos ya de creer en esta gran mentira, en esta gran estafa. Nos están robando la vida y no vamos a tener otra.

Un beso y abrazo, querida Troyana!

Antígona dijo...

No es de extrañar, estimado Peletero, que gobierne el mundo el espíritu del esclavo si hasta del aire que respiramos no podemos prescindir. Y no sé si llegará un momento en que empecemos a temer que nos lo arrebaten.

Tiene usted razón: nada poseemos y hasta la vida la tenemos en préstamo, en alquiler. Somos los inquilinos de una tierra inhóspita que un buen día tendrá a bien desahuciarnos de esta morada provisional. Pero mientras estamos aquí nos hacemos la ilusión de poseer: no dejamos de sentir como nuestras las cosas que nos rodean y de las que hacemos uso y sólo el día que las perdemos descubrimos que nada en realidad nos pertenece. ¿No es cierto que nacimos desnudos?

Ya intuía yo que no iba a estar de acuerdo con mi respuesta del post anterior. De todos modos, quizá no me haya expresado bien: que la inteligencia, la honestidad, la voluntad de amar… puedan también ser efímeras no significa que necesariamente tengan que serlo. Sin embargo, no hay forma de evitar la progresiva desaparición de la tersura y la firmeza de la piel. Y si hay muchos casos en los que se demuestra que esos valores son efímeros, también los hay, aunque es probable que menos, en que perduran y se adensan con el tiempo. A esa posibilidad me agarro y sobre su suelo deseo vivir.

Un beso efímero

Carmela dijo...

Querida Antígona, en un plis plas, pasé de las antiguas colonias a nuestra más rabiosa actualidad, para palabra a palabra sumergirme en la realidad que nos rodea y nos oprime.
Creo que la cuerda que actualmente nos oprime está en su máxima tensión y o bien sucumbimos o forzamos su rotura y nos revelamos.
Nos agarramos a lo poco que nos va quedando con ansia y con miedo a perderlo e intentamos mirar siempre hacía el que ya ha perdido lo que aún conservamos nosotros para no sentirnos tan sumisos y tan cobardes.
Pero yo creo que estamos llegando a un punto en que no podremos seguir mirando hacía el prójimo, porque no ya nos están quitando lo que teníamos cada uno de forma individual, sino que estamos quedándonos sin los logros sociales conseguidos con tanto esfuerzo y ojalá perdamos ese miedo visceral y nos plantemos todos. Creo que es la única manera.
Como siempre un placer leerte.
Besos muchos.

Dona invisible dijo...

Antígona,
mientras te leía he recordado tantos momentos vividos en el mundo laboral, tantas conversaciones donde se veía claramente ese miedo del que hablas, esos hilos invisibles con los que nos sostienen. Recuerdo hace unos años, cuando trabajé en una empresa en la que día tras día se sometía al abuso a sus trabajadores, escuchar y ver el miedo en la voz y en los ojos de muchas de aquellas personas, ¿miedo a perder un trabajo que les tenía esclavizados y con el que a penas llegaban a final de mes? Hubo varias acciones promovidas por algunos compañeros (y compañeras) sin miedo, pero aquellos actos también pusieron a prueba a todo el mundo hasta mostrar cuál era su nivel de "esclavitud" en el microcosmos en el que estábamos; hubo dilaciones, personas que se echaron atrás, "chivatazos" sobre las asambleas que llevábamos a cabo... Lo cual, por supuesto, hizo mucho daño, aunque algunas mejoras se consiguieron (a partir de aquel momento, hubo algunas personas que quedaron en el punto de mira, por eso...). Aquella experiencia acabó con mi inocencia en este ámbito. Recuerdo la eterna excusa: "es que yo pago una hipoteca y tengo hijos..." Pues precisamente por tus hijos -pensaba yo.
Ahora que vivo en otro país y mi situación laboral es distinta, no he visto muchos cambios en esos discursos, por desgracia. "Es que yo hago este trabajo porque me gusta, no porque lo necesite, ya que mi marido gana suficiente", me dijeron hace unos días... O "deja de quejarte, es mejor tener trabajo que no no tenerlo", etc. etc. Hace falta muchísimo, pero no está de más recordar cuántas personas fueron a la cárcel, perdieron sus trabajos, se jugaron el pan para que hoy pudiéramos tener algunos derechos, que desgraciadamente nos están recortando a pasos agigantados.
Y algo muy importante también es el hecho de poner de relieve esa esclavitud de que hablas, es decir: ser conscientes que porque paguemos nuestras facturas (si es que podemos), el precio que damos a cambio no vale eso ni mucho menos. Y poner de manifiesto quienes se benefician del hecho que tengamos hipotecas, vídeo, móvil y tele...
Si supiéramos la fuerza que tenemos como colectivo... pero, como dices, también los que manejan los hilos saben dividir muy bien: ofreciendo privilegios a unos pocos para que estos no se muevan e intimidando al resto. También lo he visto.
Un análisis, el tuyo, brillante y conocedor de la realidad.
Un abrazo!

Marga dijo...

Lo peor de ser esclavo es la idea de mínimos a la que nos arrastra, como bien cuentas. A la mínima dignidad también, pero la dignidad es un bien muy caro y ese sí que cotiza a la baja en estos días. Como todos, harta estoy de tener que dar gracias cada día por mantener mi trabajo aunque sus condiciones se vayan devaluando: más horas menos sueldo. Aunque en mi caso, como ya sabes, se supone que puedo quejarme aún menos. Y no, no es cierto, las clavijas apretadas son las mismas.

Harta estoy también de esa idea tan difundida y finalmente asumida de que todos somos culpables por vivasalavirgen que hemos sido, por despilfarrar y gozar cual cigarra. (Y es que a mí, en el cuento, la hormiga siempre me pareció una imbécil redicha). Que me dejen ya, esta situación no la he creado yo, ni entre todos siquiera. Se puede ser puta (lo asumo desde que entendí de qué iba esto del mundo laboral) pero leñe, déjame al menos cambiar la cama cuando yo elija, pero es que en este momento nos exigen que regalemos hasta las mamadas. Y lo peor es que en lugar de apretar los dientes para al menos hacer pupa, vamos y nos lo tragamos (ya, perdón por el grafismo pero qué leñe, que estoy muy harta también de eufemismos).

Pero tal vez nuestra conciencia de esclavos no sea lo único, Antígona, también nos azota y de que manera la diferencia entre lo verosímil y lo veraz. Cuando la doña Aguirre habla de antisistemas por los parones en el metro, me entra la risa, aquí los únicos antisistemas son ellos, coñe, si son quienes lo están dinamitando sin piedad. Y entre perplejidades y miedos transcurren nuestros días. Lo primero lo vivimos algunos, lo segundo ya se encargan los medios de expandirlo. Que el miedo es el mejor cancerbero desde que el tiempo es tiempo...

En fin, que podría seguir ladrando pero mejor dejo espacio...

Besos espantados, amiga mía.

El peletero dijo...

Me parece Marga que acaba usted de inventar un nuevo género literario, una excitante mezcla de denuncia social, enfado y cólera, hastío también, con gotas gruesas y contundentes de irritación con un erotismo duro que usa, para empezar a caldear el ambiente, de metáforas muy gráficas, palabras claras y precisas que describen bien los actos que se ejecutan, condición indispensable para que la gente no se equivoque y sepa a qué atenerse.

Besos sin dientes.

Laura Uve dijo...

De esclavo a súbdito,
de súbdito a ciudadano,
de ciudadano a cliente.

Historia de la humanidad
AJO

Besos!!

NoSurrender dijo...

Ay, doctora Antígona, qué difícil será quitarnos la mentalidad de esclavo en esta sociedad atemorizada donde vamos bajando escalones en la pirámide de Maslow. Tendremos que llegar al final de la escalera para decirnos, como Dylan en Like a Rollin’ Stone, eso de When you got nothing, you got nothing to lose…

Vivimos en el miedo, nos han regalado una completa dosis de miedo, y en la existencia de ese miedo es su gran arma. Miedo a perder el trabajo, miedo a perder la casa por no poder pagar la hipoteca, miedo a que nuestros hijos no puedan estudiar para hacerse un futuro, miedo a perder las prestaciones de desempleo, miedo a caer enfermos y morir sin atención, miedo a manifestar nuestro miedo y que la policía nos pegue de hostias. El esquirol es un enfermo de miedo, y todos tenemos miedo. El discurso del miedo, además, asienta el modelo de padre autoritario sobre el que se basa el neoliberalismo. Es el arma perfecta. Cabrones.

Besos, doctora Antígona!

Antígona dijo...

Querida Carmela, me alegra que hicieras ese viaje del pasado al presente, de eso se trataba.

La cuerda está tensa, sí, pero siempre puede estarlo un poco más. Y como somos como esa rana a la que se mete en una cacerola de agua fría que poco a poco se va calentando y al final se deja hervir viva, en la medida en que las tensiones van aumentando gradualmente me temo que muchos se irán resignando y adaptando a ellas conforme llegan, conscientes del esfuerzo que realizan, enfadados con la situación, pero a la postre dispuestos a apretarse un poco más el cinturón o a apretar un poco más los dientes para resistir.

Todos tenemos miedo de perder, claro que sí. Y no sé si en situaciones como la que estamos viviendo se produce un mecanismo en función del cual, cuanto menos nos queda, más valioso nos parece lo que nos queda y más importancia le damos, por lo que el miedo, en lugar de disminuir al disminuir nuestras posesiones, aumenta.

Nos están quitando, como quien no quiere la cosa, lo que ha costado no sólo esfuerzos sino hasta sangre y muertes en la lucha de los más débiles frente a los más poderosos por alcanzar una existencia más digna. Pero por alguna razón no terminamos de reaccionar. Últimamente pienso mucho en un documental del que ya hablé aquí una vez, “La era del individualismo”. Porque tengo la impresión de que las décadas pasadas lograron, en efecto, conformarnos como individuos para nada dispuestos a involucrarse en una lucha social siempre y cuando les queden refugios particulares a los que acogerse. Espero, no obstante, que la situación cambie en algún momento, porque de lo contrario, nos esperan no años, sino décadas muy duras y humillantes.

Un gran beso!

Antígona dijo...

Dona, pues esa es exactamente la situación que estoy viviendo yo, y que me está manteniendo un tanto alejada del blog porque aun así creo que hay que seguir empujando a la gente a que luche por sus derechos y no se deje atropellar. Por lo menos intentarlo. Si fracaso, si fracasamos, no será porque hayamos dejado de hacer lo que creemos que debemos hacer.

En mi colectivo hay muchos que en menos de un mes se van al paro sin prácticamente posibilidad alguna de recuperar su puesto de trabajo más adelante. ¿Por qué, sin embargo, muchos de ellos, no hacen nada para oponerse a la situación? ¿Se creerán que existe una lista negra de “opositores al régimen” (que no me extrañaría nada a estas alturas) y que si no figuran en ella tendrán más posibilidades de que vuelvan a contratarles? Fíjate hasta dónde llegan nuestros miedos, que hasta cuando nos lo han quitado todo, se teme actuar por si acaso esa acción impide la nada realista previsión de un futuro empleo. Otros, sencillamente, optan por la incredulidad, por ponerse una venda sobre los ojos y no querer aceptar los hechos, refugiándose en fantasías de las que pronto van a despertar con un buen golpe.

Y sí, luego vienen las eternas excusas del no me lo puedo permitir. ¿Pero sí te puedes permitir que te rebajen el sueldo y te hagan trabajar como a un esclavo? ¿Es que confías en tener una segunda vida un poco más digna que ésta?, me gustaría preguntarles. O los de las excusas ya frívolas cuya indignidad no tiene nombre, relacionadas con el pago de unas próximas vacaciones a no sé qué lugar exótico del continente. Vaya, como si las vacaciones fueran más importantes que los próximos veinte de vida laboral que les restan.

La increpación al no quejarse porque al menos uno tiene trabajo y más de cinco millones y medio no está a la orden del día. Pero a mí no me sirve en absoluto. Quienes trabajamos estamos también luchando por los derechos de esos que no trabajan pero, esperemos, lleguen a trabajar algún día. Y es que no nos damos cuenta de que nuestra particular resignación ante medidas justas no afecta sólo a nuestros particulares ombligos, sino a la sociedad en su conjunto, a la que legaremos, si no nos atrevemos a luchar por el legado que nos dejaron nuestros padres y abuelos, un mundo mucho peor que el que recibimos. ¿Podemos permitirlo? Yo creo que no. Y si lo permitimos habremos fracasado como generación y deberemos rendir cuentas de ello a nuestros hijos y nietos.

Los mineros en Asturias están ofreciendo un buen ejemplo de la fuerza que puede llegar a tener un colectivo cuando se une y se enfrenta al poder. Esperemos, ojalá, que sus actuaciones sirvan de revulsivo para el resto de la sociedad que aún piensa que todos los ataques que la ciudadanía estamos recibiendo nos los merecemos porque “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.

Un beso enorme!

Antígona dijo...

Así es, Marga, nos arrastra a una idea de mínimos porque el miedo suele impedirnos reaccionar hasta que no sentimos esos mínimos en peligro. Y aun así, qué difícil sería consensuarlos, en la medida en que todos tenemos conceptos de la vida variopintos y hay a quienes interesa antes el dinero que el tiempo, por ejemplo. Porque para mí desde hace tiempo la jornada laboral de ocho horas es ya un atropello y un robo, contando con que los incuestionables avances tecnológicos deberían habernos ya liberado hace tiempo a la masa trabajadora de unas cuantas horas al día de esclavitud a cambio de un salario digno. Somos desde hace décadas objeto de un tremendo engaño para mayor gloria de unos pocos que gracias a él se han hecho tremendamente ricos y tremendamente poderosos. Y ahora encima, las clavijas se aprietan hasta un punto en que empieza a resultar insoportable. ¿Estallaremos en algún momento?

Con respecto a eso de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, me quedo con la tesis de Vicenç Navarro. Ni de broma. Lo que sucede es que hemos vivido por debajo de nuestras necesidades, como dice él. Las bajadas salariales se llevan produciendo desde hace años y siempre para beneficio de la banca (que no ha dejado de presionar a los políticos en esta dirección), porque la banca vive del endeudamiento privado y sólo a costa de fomentar éste haciendo disminuir el poder adquisitivo de la población podía obtener mayores ganancias. Así de simple. Los datos están al alcance de la mano de cualquiera que quiera buscarlos. Pero no, es mucho más fácil culpabilizar a la población de la crisis, quizá explotando nuestra conciencia de culpa de tradición judeo-cristiana, y eso es algo que se ha logrado a fuerza de aquel lema de Goebbels que en estos tiempos que corren está de plena actualidad: “Una mentira repetida cien veces se convierte en una verdad”. Recuerdo una encuesta de un medio de comunicación bastante fiable de antes de las elecciones, según la cual nada más y menos que el 94% de la población afirmaba comprender la necesidad de hacer sacrificios porque los consideraba necesarios para superar la crisis. Casi me da un soponcio al volante mientras la escuchaba en la radio.

Los anti-sistema son ellos, obviamente, y además por ideología propia y en absoluto encubierta. También doña Aguirre hace poco, en relación a la posible privatización de los medios de transporte madrileños, decía que había que privatizarlos porque estaba claro que la gestión privada era más eficiente que la pública. Se podría decir mucho sobre este tema, pero para mí lo que más urgentemente habría que replicarle es si considera que ella misma, como gestora de lo público, es imbécil o incompetente y de ahí que sea mejor pasar la gestión pública a manos privadas. Sin embargo, la ciudadanía no se da cuenta de la grosera contradicción que entrañan sus palabras. Y así nos va. Me temo que reina tal ignorancia, tal pasotismo con respecto a las noticias políticas, que por eso los políticos se pueden permitir el lujo de soltar tantas animaladas e insultar constantemente nuestra inteligencia sin miedo a consecuencias negativas. Ellos sí que no tienen miedo, y ésta es una de las mayores injusticias que estamos viviendo.

Ladra todo lo que quieras, Marga, que de lo contrario, de tanto tragar, nos va a acabar saliendo una úlcera. Algún desahogo tendremos que tener, digo yo…

Compartimos espanto, no lo dudes.

Besos irritados

Antígona dijo...

Es que Marga es mucha Marga, estimado Peletero. Quién sabe si este nuevo estilo no tendrá un sinfín de seguidores. En estos tiempos de enfado, cólera, hastío y urgencia por hallar vías de supervivencia, no me extrañaría en absoluto. Y esta realidad es tan obscena en sus contradicciones, injusticias, mentiras y estafas que el erotismo duro le viene que ni pintado.

Besos sin género


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Querida Laura, no se podía haber contado mejor en menos palabras la historia de la humanidad. Lo malo es que como clientes hemos vuelto a la condición del esclavo, aunque como digo en el post, no estemos atados por sogas visibles. Además de otra perversión: los “clientes” de la sanidad y de la educación, pongamos por caso, están dejando de ser ciudadanos con derecho a la sanidad y la educación gratuitas y universales para convertirse en clientes de empresas que tratarán de ofrecerles pagar tanto como sea posible y abaratar sus costes para obtener el máximo beneficio. Algo tan peligroso que puede costarnos hasta la vida.

Besos!

Antígona dijo...

Pues sí, doctor Lagarto. No había pensando en la pirámide de Maslow pero es cierto que es perfectamente aplicable a nuestra situación. Siempre me ha dado escalofríos pensar que el segundo escalón desde la base de la pirámide (sólo por encima de la necesidad de satisfacer necesidades básicas como el agua, el alimento y el sueño) es la seguridad. De ahí que, como explica tan convincentemente Naomi Klein en su doctrina del shock, cuando nos encontramos en situaciones que amenazan de alguna manera u otra nuestra seguridad (y el correspondiente estado de ánimo es el miedo) nos convirtamos en seres tan manipulables y dispuestos a comulgar con ruedas de molino para no perderla. Por ello son las situaciones de crisis, donde todo el mundo tiene miedo a perder, las que se aprovechan para hacer una serie de recortes en materia de servicios sociales y derechos básicos que, de lo contrario, la ciudadanía no toleraría.

Y de ahí también que se utilice el miedo a las sanciones económicas, a los porrazos policiales, a la cárcel, aplicando toda una serie de medidas represivas intolerables en un estado democrático sobre un grupo de cabezas de turco, bien elegidos al azar, bien elegidos intencionadamente, para que la ciudadanía no se atreva a manifestar su malestar con esos recortes y pérdida de derechos en el momento en que comienza a percibir la estafa de la que está siendo objeto.

Lo vimos en el pasado en dictaduras militares como la de Chile, bajo el gobierno de Margaret Tatcher, lo vimos en Grecia y desde hace unos meses lo estamos empezando a ver en este país. Espeluznante. Porque de verdad que han conseguido meternos el miedo en el cuerpo. Y con toda la intención del mundo. En tantos aspectos. ¿O no es el objetivo de la reforma laboral, que da todo el poder al empresario y obvia la estructural desprotección del trabajador frente a él, facilitar que el empresario pueda exprimirlo como a un limón siempre bajo la amenaza del despido y el correspondiente miedo del trabajador?

Lo peor no es pensar en cómo nos hemos convertido en esclavos del miedo. Lo peor es pensar en todos los que se están enriqueciendo obscenamente a costa de ese miedo con el que nos someten.

Pero para mí son tiempos de guerra, doctor Lagarto. Veremos si consigo mantener a raya mis miedos.

Un beso!