jueves, 28 de junio de 2012

Lejos de mí


Querido Mario:

¿Sorprendido de encontrar este correo en tu buzón? Hacía mucho que no nos veíamos, pero aun así estoy seguro de poder reproducir en mi cabeza el modo en que habrás alzado las cejas y arrugado la frente al descubrir en tu bandeja de entrada la dirección que en otro tiempo tanto la frecuentaba. Supongo que al verla te habrás preguntado por qué te escribo, si mi reacción de hoy ha sido la de la más cobarde huida. Si llevo casi una década huyendo de ti. Aunque también pudiera suceder que hayas estado esperando pacientemente este correo que por fin empiezas a leer. Tal vez no haya cambiado tanto como creo.

Es cierto, la coherencia hubiera exigido que refrenara este impulso que ahora me anima a escribirte. Que lo apartara de un manotazo en lugar de plegarme a él. No creas que no lo he intentado. Si nuestro inesperado encuentro me ha resultado tan incómodo, tan embarazoso, ¿por qué no continuar por la senda del alejamiento que emprendí años atrás, y eludir cualquier tipo de movimiento opuesto a ella? ¿Por qué habría de desear ahora convertirte en el interlocutor que aparté de mi vida y hace apenas unas horas he vuelto a rechazar? ¿Por qué no ser consecuente y hacerte desaparecer de nuevo en ese lugar recóndito de mi mente al que había logrado relegarte, de la misma forma en que esta mañana he actuado para que cuanto antes desaparecieras de mi vista? Con preguntas como éstas llevo debatiéndome desde que he llegado a casa. Pero si en estos momentos tecleo estas líneas, es porque –gracias a nuestro encuentro causal ha aflorado esta verdad dormida– en mi conciencia pesan los años de intensa amistad que nos unieron y la consideración de que todos ellos te hacen merecedor de alguna suerte de explicación de mi conducta. No sólo de la de hoy. Debe de ser que, pese al tiempo transcurrido, aún me importa lo que pienses de mí. Debe de ser, también, que aún me importas, y por eso me hiere el recuerdo de la estupefacción y la decepción mezclados en tu rostro justo antes de darme la vuelta y echar a andar. O quién sabe: tal vez esté aprovechando esta coyuntura para emprender un ajuste de cuentas conmigo mismo largamente diferido, y sea yo el verdadero destinatario de este correo, por más que sólo tu nombre lo presida.

Muy probablemente lo que te cuente a continuación sólo venga confirmar sospechas que ya albergabas, hipótesis con las que habrás tratado de hacerte mínimamente comprensible mi distanciamiento: no me siento la misma persona que era cuando nos vimos por última vez. Hasta cierto punto es lógico: si aquello que nos define son nuestros actos, aquello que ocupa nuestro tiempo, los pensamientos y proyectos a los que entregamos nuestras mentes, entonces de ninguna manera puede decirse que sea la misma persona, aunque tú me hayas reconocido de inmediato y apenas unos pocos detalles irrelevantes en mi apariencia –las arrugas en torno a los ojos, el pelo que comienza a encanecer– denoten tal transformación. Tampoco en los aspectos más aparentes de mi vida, ésos que tantos utilizan para componer el retrato que nos identifique y de los que has ido teniendo noticia en nuestras últimas comunicaciones hasta que opté sencillamente por el silencio, se han producido cambios significativos. Continúo en mi cómodo puesto en la administración, mi matrimonio se desliza –sin más fricciones que las esperables– por los suaves rieles de una rutina no exenta de alegrías y en cualquier caso reconfortante, el tema de los niños parece a estas alturas descartado, viajamos a menudo al norte para visitar a la familia de Elena…. Sin embargo, nadie mejor que tú sabe que ninguna de esas facetas roza siquiera el centro menos visible en torno al cual giraban mis días antes de que anunciaras que ibas a cruzar el charco en busca de la gloria que aquí se te denegaba. El centro en la sombra que iluminaba cada mañana mi despertar al mundo –a veces también lo oscurecía, ¿recuerdas?, pero con una oscuridad que me llenaba de fuerza– y lo dotaba a mis ojos de la consistencia y el espesor de los que por sí mismo carece. Pues bien, es ese centro el que, sin llegar siquiera a proponérmelo, sin que yo tenga memoria de un instante de firme resolución de eliminarlo, fui dejando caer, con la misma languidez con que se dejan caer las hojas de los árboles, hasta lograr que se esfumara por completo. Ahora ya no te cabe duda alguna, ¿verdad? Aun así te lo confirmo: hace años que abandoné la literatura. Que dejé de escribir. Que dejé de frecuentar las tertulias literarias a las que solíamos acudir juntos. Es más: apenas si leo nada que merezca leerse si no es con el mero fin del entretenimiento, de la evasión que ayuda al discurrir de las horas hasta la siguiente jornada de trabajo. Si no es con el propósito de –como habitúa a decirse, siempre me pareció muy gráfica esta expresión– matar el tiempo y, con él, el aburrimiento que nos tortura en su vacío. Me deshice definitivamente de la compañía de los grandes y sin ellos sigo viviendo. Es posible que todavía anden escondidos por algún cajón los esbozos de aquella novela que empezaba a escribir cuando nos despedimos, los cuadernos de poemas en los que trabajaba. Muy rara vez pienso en ellos.

Te preguntarás cómo ocurrió. No tengo para ello una respuesta clara. Tampoco me apetece mirar hacia atrás e indagar en el proceso. Me figuro que poco a poco –y en contra del imperativo rilkeano de mantenernos en lo difícil que entonces teníamos tan presente– me dejé arrastrar por lo fácil y sucumbí al encanto de los placeres sencillos, ésos que antes tanto despreciaba. Me figuro que paulatinamente dejé de verle el sentido –o no quise persistir en su visión– a mi anterior existencia de poeta en ciernes, a la disciplina solitaria frente al cuaderno o el ordenador después del trabajo, al esforzado placer, en tantos momentos resultado de la superación de la angustia, de encontrar las palabras que se nos resisten para ponerle voz a esta realidad muda. Alguna vez recuerdo cómo en aquella época la ansiedad se apoderaba de mí cuando me veía obligado a comer con mis anodinos compañeros de trabajo, con la convencional familia de Elena. Me desesperaba por que aquellas reuniones acabaran, para regresar así a la soledad de mi buhardilla, a mis libros, a mis escritos. Tenía miedo. Miedo a acostumbrarme a la mediocridad reinante en aquellos encuentros inexcusables. Miedo a contagiarme del placer que los demás parecían hallar en sus conversaciones repletas de lugares comunes, carcomidas a mis ojos por la más trivial insustancialidad. Tenía miedo a convertirme en uno de ellos. A que llegara un día en que yo mismo disfrutara de esas charlas banales que juzgaba como una auténtica pérdida –¿o quizá debería decir asesinato?– de tiempo, como una odiosa dilapidación de la propia existencia. Contradictoriamente, me decía, si eso llega a suceder algún día, ni siquiera te darás cuenta ni sufrirás tampoco por ello. Y eso me atemorizaba aún más y acuciaba mis deseos de alejarme de esa gris medianía para protegerme de ella con mis proyectos literarios. Bien, a día de hoy debería concluir que me he convertido en uno de ellos, ya que esa ansiedad se ha ido mitigando hasta evaporarse de raíz. A día de hoy no tengo más remedio que concluir que mis miedos no fueron lo suficientemente poderosos como para apartarme de aquello que de antemano rechazaba.

Tal y como anticipaba, el hecho es que, en efecto, no sufro. A veces, incluso, creo ser feliz. Atrás quedaron la desazón, la tensión, la angustia de la creación. No te revelo ninguna verdad que desconozcas: escribir –también pintar, en tu caso– es nadar contracorriente. Debatirse constantemente con y contra uno mismo. Dar la espalda a la vida que late indolente al sol del mediodía. Al gozo de la inmediatez sin esfuerzo de lo simple. Y yo ya no me siento capaz de ese ejercicio tan escarpado como agotador, por más que sus satisfacciones –no sería de justicia no reconocerlo– pertenezcan a un orden que raya lo sublime. No. Prefiero tumbarme al sol y dejarme calentar por sus rayos mientras el tiempo transcurre manso y silencioso por encima de mis párpados cerrados.

Te confesaré, no obstante, que hoy, al verte, he tenido una extraña sensación que únicamente ahora, mientras te escribo, consigo verter en palabras: me he sentido lejos de mí. Lejos de una parte de mí mismo que no puede estar tan muerta como creía, porque de lo contrario no te estaría escribiendo. Lejos de algo que fui y que todavía debo ser, aun cuando sólo en la forma de un leve poso aletargado, porque cómo podría si no experimentar esta rara sensación de lejanía de mí mismo que hace que el suelo vacile bajo mis pies. Verte de nuevo ha resucitado en mi cabeza una pregunta que se formulaba Pessoa y que me perturbó durante largo tiempo: ¿Qué es ese intervalo que hay entre yo mismo y yo? Nunca supe exactamente lo que Pessoa quería decir con ella. Pero la cuestión es que hoy no he dejado de preguntarme en todo el día quién es en mi caso ese yo mismo que no coincide con mi yo, y que por ello siente tal lejanía de él.

Te imaginarás que no es agradable sentirse lejos de uno mismo. Eso explica mi precipitada huida de esta mañana. Quizá, también –sólo por causa de nuestro encuentro he logrado darme cuenta–, que lleve años huyendo de ti para evitar la emergencia de esa inquietante sensación. Comprenderás igualmente que no es posible vivir cargando con ella: todo lo enrarece. Así que me temo que, a partir de este momento, no me queda sino retomar la senda que inicié hace años y seguir caminando por ella como si jamás hubiera escrito este correo.

Huelga decir que no espero respuesta. O, en honor a la sinceridad, que no deseo ninguna respuesta. Me alegraría saber que tu carrera artística continúa y que has cosechado los éxitos que tus primeros cuadros auguraban. Pero también me haría daño. Por eso prefiero no saberlo.

El que fuera una vez tu amigo,

Ángel.



El título de este post es un descarado robo del de un libro de Clément Rosset que trata sobre el problema de la identidad. Sin embargo, al margen de la frase de Pessoa, que he encontrado en él, cualquier parecido entre este post y el libro de Rosset es, como suele decirse, pura coincidencia. O casi.

15 comentarios:

Carmela dijo...

No he leído ese libro, y sí conocía la frase de Pessoa, y tu relato como siempre me ha gustado.
Es fácil sentir lo que describe Angél en su carta, imaginar lo que siente al haberse encontrado de frente con lo que era su vida y todo lo que esperaba de ella y confrontar, ver, que precisamente aquello de lo que huía es su realidad. Creo que muchas veces ocurre pero que poca veces uno es capaz de afrontarlo y reconocer que aquello que quería ser o esa forma de vida que se quería llevar no es, la que al fin, llevamos. Tambien es posible, que la reconozcamos pero solo como un recuerdo, como una ilusión fugaz que en realidad hemos olvidado y que no nos es necesario para ser feliz y aceptar que lo que tenemos nos hace felices. Esto último es fácil y solo puede producirnos una cierta inquietud o desasosiego que rápidamente olvidamos, sumergiéndonos en nuestra realidad diaria. Pero que terrible puede llegar a ser si por el contrario, ese recuerdo, esa visión de lo que queríamos y no es, se planta ante nosotros y nos hace ver que estamos donde no queremos y somos lo que no queremos ser.
Como siempre un placer leerte Antígona.
Un abrazo grande.

TRoyaNa dijo...

Antígona,
qué complejo e interesante el tema de la identidad,un concepto que entiendo desde el una perspectiva dinámica y casi en continuo movimiento.
Si cuando tenía 18 años hubiera podido verme por ejemplo 20 años después:¿sería esta imagen que tengo de mí misma la que sueño con tener de aquí a otros 20?
Lo que soñamos,lo que queremos para nosotros,todas esas expectativas contra las que luchamos para vivir centrados en el ahora,también van cambiando.
Qué fácil por otro lado me resulta la idea de alejarse de uno mismo,incluso contra la propia voluntad de uno,tal cual el relato que nos traes aquí.
Conozco a tantas personas que se quejan de la mediocridad en la que cayeron sus vidas...pero en parte porque tampoco ofrecieron ninguna resistencia en el proceso.

Precisamente esta semana he visto una película que me ha encantado y que de alguna manera aborda también este tema.En "las nieves del Kilimanjaro" (2011) el matrimonio protagonista,que tendrá unos 50 años,echan la vista atrás y se preguntan donde fueron a parar todos sus ideales de juventud y en qué se ha convertido sus vidas (no cuento más que publicaré la reseña hoy en Zinéfilas.......) de algún modo,ven cómo la vida les ha ofrecido con el paso de los años un simulacro d sí mismos,y es tan fácil caer ahí....

Sin embargo,yo pienso que todos llevamos dentro algo así como un león o leona dormida,que fue niñ@,adolescente,joven y aprende cada día a ser adult@.....ese león amansado,domesticado,narcotizado de mediocridad y conformidad,puede despertar en cualquier momento,si está alerta nuestra conciencia y estamos dispuestos a desandar algunos pasos.
En el caso del relato,el protagonista no escribe,perdió el contacto con su amigo,se camufló en lo intrascendente,perdió del todo su esencia....y creo es preciso se reencuentre para que no permita que esa "rara avis" que en realidad somos todos,acabe extinguiéndose a causa de su propio abandono.

La identidad,qué búsqueda sin punto de llegada,qué camino a andar repleto de picos y de valles...¿existe acaso la identidad más allá de una idea que se va transformando dependiendo del período de nuestra vida en el que nos encontremos?
puede tal vez que existan tres o cuatro puntales,tres o cuatro cimientos...el resto puede que se trate de una construcción que nunca acaba...
Por otro lado,hace poco escuché una entrevista a Jose Luis Sampedro (al que ya no puedo admirar más....)y decía que la única meta en la vida o una de las más importantes era LLEGAR A SER,es decir,llegar a ser uno mism@ todo lo que podamos llegar a ser.
Y no es poco la verdad......en este sistema donde se premia indirectamente la alienación,la sumisión y la mediocridad.

En fin,Antígona,que un tema interesante que hoy recibo de mejor gana si cabe por la forma en la que nos lo has contado,a modo de carta de un amigo a otro....

Un abrazo y un beso para ti!

Dona invisible dijo...

Hola, Antígona, a medida que iba leyendo tu relato, adivinaba ese desdoblamiento del YO, pero lo interpretaba más como el abandonamiento de otros caminos que un día quisimos tomar y que, por x motivos, dejamos atras. Para mí este post trataba más del hecho de escoger, de la creación del propio destino, del libre albedrío, pero -a la vez- de las preguntas que nos asaltan a veces, cuando nos paramos en medio del camino y pensamos: "¿qué habría pasado si hubiera hecho esto y no aquello?, ¿dónde estaría ahora? ¿quién sería ahora?" Además, pensaba que tu post también trataba de los abandonos de caminos menos cómodos, pero más “apetecibles” (sí, parece que el hecho de ser artista era algo que le llenaba a tu personaje, pero no le daba de comer) por otros más “cómodos”. Más hacia el final me he dado cuenta que en realidad hablas del hecho de no conocernos, de la distancia que hay entre lo que somos y lo que creemos que somos. Creo que se complementa con tu post de hace un tiempo en que nos hablabas de la imposibilidad de conocer al otro. Solo hay que pensar en las grandes diferencias entre la visión que tienen las demás sobre nosotras y nuestra propia imagen...
Interesante relato.
Un abrazo.

El peletero dijo...

Querido Ángel, tu nombre no te hace honor, en realidad nunca te lo hizo, siempre fuiste cobarde y mezquino.

Y envidioso.

Hice bien en marchar y alejarme de ti y de tu miserable manera de ser que, aunque lo niegues y te inventes cambios en tu yo -mera psicología barata-, siempre has sido la misma persona. Con tu desplante de hoy y con tu carta de ahora compruebo, una vez más, que nadie cambia, y tú menos que nadie. No eres otro, Ángel, no has cambiado, eres el mismo de antes que también escribía cartas kilométricas para justificarse, el que tenía grandes ideas que nunca llevabas a cabo, aquél muchacho perezoso y mediocre que solamente soñaba no serlo, aquél chico muerto de miedo y sabelotodo.

La diferencia con antes no eres tú, es el mayor grosor de los muros de la cárcel en la que siempre has vivido. Ellos son la respuesta a la pregunta del portugués.

Da recuerdos a Elena.

Mario.

Marga dijo...

Pues sí, opino como Peletero, y si yo fuera Mario no habría tenido más que silencio por mi parte.

Me viene a la cabeza ese manto confortable, pero sucio y lleno de pelos, que nos echamos encima todas las noches: autoengaño. No sé dónde estará la identidad pero nunca podría estar bajo ese manto, no cuando es de tal grosor como el de tu prota.

Siempre me gustaron esos versos de Pessoa (bueno y casi todos) pero el poeta habla de intervalo y algo me dice que esa medida no puede llegar hasta el extremo de ser abismo. Por mucho que ese salto exista, que seamos conscientes de él, no lo es tanto como para no coincidir con nuestro yo. No, no lo creo, cuando eso sucede es que el yo que suponíamos era maquillaje y el verdadero es el que aflora en la traición. No es que Angel se haya vencido, es que siempre estuvo dispuesto a hacerlo.

La identidad, la propia, me confunde, como a todos, imagino. Pero siempre he tenido la intuición de que no tanto como para no saber quién soy. Cuando eso me sucede, la mayor parte de las veces, es por entrar en conflicto con algo que quiero negar en mí.

Angel no tiene problemas de identidad, tiene problemas de consistencia... me da a mí.

O que a veces reduzco mucho, eso también, jeje.

Besos sin plantillas!

NoSurrender dijo...

Vaya, doctora Antígona, da un poco de miedo ver esta eterna historia en la que muchos nos podemos sentir identificados en algún momento de nuestra vida, en algún aspecto de nosotros que hemos dejado morir al calor de cierta comodidad burguesa. Pero, ¿realmente podemos hacer esa especie de análisis de historia-ficción y descubrir qué hubiera sido de nosotros si hubiéramos tomado la vereda alternativa en aquel cruce de destinos?, ¿y qué otras veredas se hubieran abierto en los nuevos cruces que hubiéramos encontrado y que ya nunca sabremos que podían haber existido?, ¿no acabaríamos, quizás, encontrando un camino tan lejos de nosotros mismos como el que nos ha deparado esta aleatoria línea de veredas por la que hemos transcurrido?

Creo que era Jon Juriasti en su ensayo El Bucle Melancólico quien establecía la diferencia importantísima que tenemos que tener en cuenta entre lo que es nostalgia y lo que es melancolía cuando tratamos de mirarnos en lo que quedó atrás de nosotros mismos. Porque mientras la nostalgia se refiere a lo que ha sido, la melancolía se mueve en los terrenos más pantanosos del del deseo de haber sido. En fin, como decía Marcel Proust, no hay paraísos sino los perdidos. Le propongo buscarlos juntos.

Besos, doctora Antígona

Arturo Valmonte dijo...

Salvo por el último párrafo, que es atroz, resulta muy fácil identificarse con Ángel. Seguro que si no hubiese encumbrado tanto la literatura, si no le hubiese dado tanta importancia, ni huiría de su viejo amigo ni se notaría tan lejos de sí mismo como para decidir suicidar su creatividad, y probablemente no hubiese dejado de escribir. Cuánto daño hacen ciertas ideas románticas. Por cierto, ¿por qué se llama Ángel el narrador? ¿Puro hazar o encierra algún significado? El texto es una maravilla.

Besote

Antígona dijo...

Por eso mismo que dices, Carmela, no creo que Ángel sea feliz. Porque si se hubiera reconciliado con su decisión de abandonar la literatura, si ésa fuera una decisión que le permitiera mirarse a sí mismo con comprensión y serenidad, no tendría ninguna necesidad de huir de Mario ni de acabar con su antigua amistad con él.

Todos hemos tenido sueños que no hemos logrado cumplir. Todos hemos renunciado a cosas que queríamos alcanzar porque la vida nos obliga a elegir y no hay elección sin renuncia. Pero supongo que lo esencial para no malograrse en ese proceso es tener la fortaleza suficiente como para no renunciar a aquello que, como Ángel expresa, constituye un elemento tan vital en nosotros mismos, en la vida que queríamos alcanzar, que sin él nos sentimos fracasados aun cuando eludamos el reconocimiento de ese fracaso.

Sin embargo, me imagino que a veces no es tarea fácil distinguir entre lo esencial y lo que no lo es. Entre otras cosas, porque la vida nos cambia y lo que era de extrema importancia en una determinada etapa puede dejar de serlo en otra. Y también es preciso adaptarse a las circunstancias que la vida nos presenta –que no siempre son las que querríamos– y no amargarse perpetuamente por lo que podría haber sido y no fue.

En fin, no creo que se trate de una cuestión fácil, por más que el cuento quiera presentar una visión más simple del fracaso de Ángel.

Un beso igual de grande, Carmela!

Antígona dijo...

Entonces estoy segura, Troyana, de que te interesará el libro de Clément Rosset, aunque sus planteamientos sobre la identidad son un tanto más metafísicos que el flanco que yo quería abordar en este cuento ;)

Me ha dado que pensar esa pregunta que te haces, porque intento pensar en qué pensaría de mí ahora la persona que yo era con 18 años y, francamente, no sé muy bien qué diría. Creo que con algunas cosas estaría muy descontenta, y con otras estaría bastante sorprendida y probablemente para bien. No sé, también es verdad que yo con 18 estaba muy pero que muy verde aún y bastante desorientada, y no tenía nada claro cómo quería que fuese mi vida.

Ése es justamente el problema que yo veo cuando pensamos que ser fieles a nosotros mismos es ser fieles a lo que fuimos en el pasado: nuestras expectativas, nuestros sueños, nuestros valores, van cambiando también con el tiempo, a menudo radicalmente, y madurar forma parte de ese proceso. Pero, ¿cómo distinguir entre la aceptación que conlleva el madurar y la cesión o el abandono que nos traiciona en lo más íntimo? ¿Cuándo nos hemos alejado de lo que fuimos sin que eso suponga un problema y cuándo nos estamos alejando de lo que realmente nos hace sentirnos vivos cada mañana cuando despertamos? Porque no siempre tenemos una visión tan clara de nosotros mismos ni de lo que nos sucede, ¿no crees?

Pareciera también que la vida tiende a imponer una suerte de declive, de abandono, de comodidad que nos malogra, a la que habría que oponer constantemente una férrea resistencia. Como si, conforme pasa el tiempo, nos diera cada vez más pereza luchar por lo que pretendemos y nos acomodáramos sin más exigencias a lo que la vida nos ofrece. Porque, como bien señalas, son muchas las personas que se quejan de esa mediocridad que no supieron evitar, y la historia que narra esa película es una historia tan común que semejaría constitutiva de la existencia humana salvo en raras excepciones. Al igual que sucede en tantas relaciones de pareja, que mueren porque sus miembros las van dejando morir más por descuido que por discrepancias, más por falta de energías para renovarlas en el día a día y sustraerse al peso de la rutina que por conflictos graves.

Quizá todos llevemos dentro ese león dormido del que hablas, pero también es cierto que el paso de los años dificulta su activación cuando se lo percibe. De lo contrario, la gente no se quejaría de su mediocridad o de su conformismo sin, sin embargo, mover un dedo por salir de su situación. Mi protagonista creo que ha decidido claramente persistir en el abandono, tal y como demuestra su cruda despedida. Aunque quién sabe. Pero es que es difícil optar por lo difícil, como decía Rilke, en lugar de por lo fácil. Y a quien hace ya mucho que no practica esa ardua tarea puede que le plantee un enorme esfuerzo que, a ciertas alturas de la vida, ya no está dispuesto a hacer.

Tienes toda la razón al describir la identidad como una búsqueda sin punto de llegada. Entre otras cosas, porque el punto de llegada no se encuentra sino en la muerte, y mientras tanto el camino sigue por definición abierto e indefinido. Por eso, yo también creo, con Sampedro, que nos encontramos en un constante llegar a ser, y eso es lo que hace tan trabajosa la vida humana: que cada día hay que enfrentarse al reto de actuar para llegar a ser lo que se quiere ser en una multiplicidad de órdenes bien distintos. Y encima, no siempre nos sale bien porque no es raro que no estemos a la altura de esa exigencia que nosotros mismos nos planteamos. Además de que, como bien dices, vivir en un mundo que premia la alienación, la sumisión y la mediocridad, no nos ayuda nada.

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

Hola, Dona. Pero es que yo creo que todas esas cosas de las que hablas (el abandono de unos caminos para decidirse por otros, la elección del propio destino) forman parte de la cuestión misma de la identidad, puesto que no somos sino el resultado de nuestras elecciones, también, como dice el personaje, de las cosas que hacemos a diario y que, en buena medida, proceden de esas elecciones, aunque sea igualmente cierto que no somos dueños absolutos de nuestro destino y a veces no nos quede más remedio que elegir entre los menos malo y lo peor.

Cuando estaba elaborando el cuento tenía en mente que ese trabajo cómodo era algo que el protagonista había elegido quizás para poder proseguir con su vida de artista, pues es un tanto iluso pretender vivir del propio arte y muchos de los que a él se dedican lo paginan con trabajos que les procuran el sustento económico que difícilmente podrían obtener con la labor artística.

Es verdad, el post habla del hecho de no conocernos. Pero, ante todo, de cómo ese desconocimiento proviene a menudo de no poder reconocernos en nuestro presente cuando miramos hacia atrás y contemplamos lo que un día fuimos y lo que en ese momento queríamos llegar a ser. O, a la inversa, cuando nuestro presente presenta unas condiciones que nos impiden reconocernos en la persona que fuimos en el pasado y entonces puede llegar a imponerse esa sensación de lejanía de uno mismo de la que habla el protagonista.

Por otra parte, es cierto que este post está muy conectado con aquel en la medida en que constitutivo de nuestra propia identidad es el modo en que los otros nos ven. Los otros no dejan de ser el espejo en que nos miramos cada día para saber quiénes somos. Por eso Ángel huye de Mario. Es parte de su proceso de huida de sí mismo el no querer contemplarse en el espejo que representa Mario en su contemplación de sí mismo.

Un beso!

Antígona dijo...

Estimado Peletero, me ha encantado y me ha hecho reír ese recurso de ponerse en la piel de Mario y contestar a Ángel para comentar el post.

De todos modos, es usted un tanto cruel con Ángel, aunque no digo yo que Ángel no lo merezca.

Yo había imaginado que la dedicación de Ángel en su juventud a la literatura era sincera y entregada, pero que luego no había sabido, por falta de fortaleza interior, por falta de ilusión, incluso por la propia ausencia de Mario si éste era un pilar importante en su existencia y en su relación con el arte, mantenerse a la altura de sus deseos, resistir a la indolencia y a la pereza, no dejarse arrastrar por la tentación de una vida más sencilla que lo apartara de la exigencia de la creación artística. Escribía una vez Bolaño: “¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida”. Quizá no todo el mundo que tiene una vez aspiraciones literarias cuente con las agallas para meter la cabeza en lo oscuro, para saltar al vacío, cuando al otro lado del precipicio se ofrecen, amables, las caras que uno quiere, y los amigos y la comida. Quizá no tantos podrían resistir la tentación de cruzar definitivamente a ese lado amable y olvidarse del abismo sin fondo que se extendía al otro lado del precipicio. O quizá para muchos es difícil correr durante toda la vida por el borde de ese precipicio y tras unos años eligen un refugio más seguro.

Pero es verdad que también Rilke decía que uno sólo debería escribir cuando percibe que no de otra manera que escribiendo podría afrontar la vida. Cuando el acto de la escritura se convierte en un imperativo vital del que es imposible sustraerse. Y que toda literatura que fuera ajena a esa necesidad era tiempo perdido y traición a la propia existencia. Es posible que Ángel nunca sintiera esa necesidad realmente (y que entonces, como usted dice, no haya cambiado), o que su presencia en su juventud sólo fuera un espejismo que tenía que acabar diluyéndose.

Sea como fuere, el cuento ya es de sus lectores y puede usted interpretar al personaje de Ángel como mejor le parezca.

Besos de Ángel :P

Antígona dijo...

Si yo fuera Mario, niña Marga, tampoco habría contestado, pero supongo que por respeto a la opción de Ángel, por consideración a una petición tan explícita como ésa. Lo que hubiera pensado de Ángel, me lo hubiera guardado para mí.

¿Se autoengaña tanto Ángel? Yo misma no lo tengo claro. Es obvio que le ha dolido su encuentro con Mario y es cobarde al rehuirlo. Es obvio que no está contento con el rumbo que ha tomado su vida. Pero no deja de ser consciente de que ha optado por aquello que no le llenará del modo en que lo hacía la literatura, pero que representa igualmente una opción vital. Hay cierto cinismo en la frase “A veces, incluso, creo ser feliz”. El cinismo de quien reconoce que ha optado por una felicidad menor que le traiciona pero que no deja de ser la felicidad de una gran mayoría.

En lo de Pessoa no puedo dejar de darte la razón. El intervalo es intervalo y no abismo. Pero todos corremos el riesgo de que el intervalo, si nos descuidamos un poco, se convierta en abismo incluso habiendo querido evitarlo. No olvidemos que Ángel está hablando de un modo de existencia que le aleja de la del común de los mortales. No olvidemos, tampoco, que aunque muchos sean los llamados, pocos son los elegidos, y quizá Ángel, aunque de ningún modo lo haga explícito, haya abandonado su carrera literaria al darse cuenta de que su escritura era mediocre y para qué entonces perseguir una liebre inalcanzable soportando tanta angustia y tanto esfuerzo estéril. En su carta, y junto a la cobardía –que sin duda la hay– no puedo dejar de ver una veta de honestidad, por más que se trate de la honestidad de quien admite que ha propiciado su propio fracaso. Pero a lo mejor era el fracaso que le estaba destinado si, con todo su empeño, jamás iba a lograr estar a la altura de sus expectativas en su creación literaria. No lo sé.

Yo, por el contrario, creo que me pregunto demasiadas veces quién soy. Y a veces me parece un obstáculo el modo en que nos aferramos a la idea forjada durante años acerca de quién debemos ser cuando la realidad a nuestro alrededor nos invita a la transformación más radical e incluso al abandono de nuestro antiguo yo. Porque ese yo que hemos sido es a menudo un auténtico lastre. Pero no me hagas mucho caso. Mi estado natural es estar hecha un lío ;)

Y vuelvo a darte la razón: Ángel, es cierto, tiene un problema de consistencia. Pero, ¿por qué y en qué ámbitos deberíamos ser consistentes? ¿Se puede serlo en todos los órdenes de la vida de uno? Ay, qué preguntona estoy hoy y qué falta de respuestas.

Besos en interrogación!

Antígona dijo...

Doctor Lagarto, da miedo sí. Es el mismo miedo que sentía Mario cuando se hallaba rodeado de gente que representaba a sus ojos lo que de ningún modo quería ser y a la vez percibía el riesgo, la facilidad con la que su vida podía deslizarse hacia eso que no quería ser. Yo creo, no obstante, que lo importante no es entretenerse en dilucidar esa historia-ficción de las bifurcaciones desechadas, sino pararse a pensar si uno está satisfecho con las opciones que tomó cuando realmente podía elegir, que ya sabemos que son muchas las cosas que nos pasan y ante las cuales no tenemos más remedio que actuar y tirar para adelante sin haberlas elegido. La vereda que Ángel desecha no es una trivial y cualquiera. Es “la” vereda que asió fuertemente durante un tiempo y de la que después se deshizo por pura dejadez, por debilidad, por no ser capaz de luchar por mantenerla viva por el esfuerzo que ello le suponía. No estamos ante un caso cualquiera de elección. Nos encontramos más bien ante el retrato de quien no halló el entusiasmo, o la ilusión, o la confianza en sí mismo como para seguir por un camino que él mismo describe como escarpado y agotador, pero que al tiempo constituye una parte muy importante de lo que él considera su propio yo.

Parece claro que Ángel no está satisfecho con el rumbo que ha tomado su vida, por si no, no huiría de Mario. Pero, por otra parte, parece que no le resulta tan complicado olvidarse de esa insatisfacción y ha encontrado –o dice haber encontrado- otro modo de disfrutar de la vida que, por otra parte, es de lo más corriente.

Es muy lúcida esa distinción de Jon Juaristi, y creo que en Ángel se da una mezcla de esos dos estados. Por un lado, sabe lo que es la emoción de escribir, de estar embarcado en un proyecto que da sentido a sus días, porque forma parte de su propio pasado. Ahí estaría su nostalgia. Pero, por otra parte, no puede saber lo que habría sido de él de haber persistido escribiendo, y desde su propio presente sólo puede sentir melancolía por el yo que, a su edad, habría sido de haber seguido escribiendo y que no ha existido nunca.

Me ha gustado eso de los paraísos perdidos. No sé si son los que nunca encontramos, los que nunca llegaremos a encontrar, o los que dejamos perderse en algún momento de nuestra trabajosa andadura por esta vida. Pero sea como fuere, me uno a su búsqueda. Estaremos muertos el día en que hayamos dejado de buscar porque pensemos que ya lo hemos encontrado todo.

Un beso, doctor Lagarto!

Antígona dijo...

Es una interesante reflexión, Arturo, en la que hasta ahora no había pensado. Someterse a una tarea para lograr un objetivo que se presupone sublime y casi fuera del alcance de lo humano es quizá la mejor cortapisa para abandonarla a la primera de cambio. Escribir con la pretensión de llegar a ser un gran escritor, a la altura de otros grandes, también. Quizá Ángel estaba lleno de grandes expectativas sobre sí mismo que acabaron malogrando su interés por escribir, por no haberse planteado un reto a la medida de sus posibilidades. Quizá si Ángel sólo hubiera tenido en cuenta lo que disfrutaba escribiendo, o el tipo de emociones que la escritura le producía, sin pensar demasiado en sus resultados, lo hubiera seguido haciendo.

Que el narrador se llame Ángel no esconde en principio ninguna intencionalidad. Aunque tendrías que preguntárselo a mi inconsciente, porque a lo mejor si hay algún motivo para que escogiera ese nombre que yo misma desconozco :)

Un gran beso!

c.e.t.i.n.a. dijo...

Los reencuentros nos enfrentan a todo aquello que dejamos atrás y que permanecía en el olvido.Yo, que no soy muy dado a la nostalgia, acostumbro a tener la incómoda sensación de encontrarme ante extraños que me recuerdan a alguien conocido pero a los que, en realidad, no me une nada. Supongo que, porque tanto ellos como yo, hemos cambiado demasiado como para compartir alguna cosa.
Un beso extraño