domingo, 6 de febrero de 2011

Infidelidad


Imaginémonos en la situación común de los celos: repentinamente me entero de que mi compañera ha tenido una relación con otro hombre. Bien, no hay problema, soy racional, tolerante, lo acepto...; pero entonces, irremediablemente, las imágenes empiezan a abrumarme, imágenes concretas de lo que hacían (¿por qué tuvo que lamerle precisamente ahí?, ¿por qué tuvo que abrir tanto las piernas?), y me pierdo, temblando y sudando, mi paz se ha ido para siempre.

"El acoso de las fantasías", Slavoj Zizek


Hay quien ha observado, y tal vez no sin razón, que esta época de creciente trivialización y mercantilización del sexo, convertido en instrumento al servicio del cada vez más exacerbado narcisismo individual, lleva aparejada un debilitamiento del poder destructor de la infidelidad en las relaciones amorosas. Sin embargo, la historia del cine y la literatura, tanto en el pasado como en el presente, abundan en narraciones que pretenden retratar esa fuerza devastadora poniendo de manifiesto una verdad que todavía algunos -quizá esos a los que Houellebecq calificaba irónicamente de seres con valores desviados que siguen asociando sexualidad y amor- estarían dispuestos a aceptar: nada, absolutamente nada en una relación amorosa, se perdona tan difícilmente como una infidelidad. Y no solamente porque la infidelidad suela acompañarse de la mentira, el engaño y la idea obsesiva de la traición: es un hecho que ninguna mentira, engaño o traición parecen minar tan dolorosamente los pilares de una relación amorosa como los que invariablemente se ligan a la infidelidad.

Aun a sabiendas de la complejidad de esta cuestión, podría plantearse que la infidelidad abre una herida más profunda que cualquier otra en el vínculo entre dos personas por suponer la ruptura y disolución de aquel principio que precisamente las define como miembros estables y comprometidos de una relación amorosa: el de compartir en recíproca exclusividad -en un doble sólo contigo y nada más que contigo- el terreno de la intimidad física en todos aquellos aspectos que, incluyéndolas, van también más allá de las prácticas estrictamente sexuales. Un principio que, por su parte, se presenta fundado en la evidencia de que esa intimidad física constituye el inevitable e irreemplazable ámbito donde cobra expresión el sentimiento amoroso de carácter erótico. Por mucho que el sexo -nada más lejos de mi intención negarlo- pueda ser practicado con independencia del amor, como mero entretenimiento, como ejercicio narcisista de búsqueda de placer físico o satisfacción emocional, la ecuación inversa carece de validez: no hay amor de pareja sin deseo, sin deseo de intimidad física con el otro, en ausencia de toda inclinación hacia el sexo. De ahí que la infidelidad de uno de los miembros de la pareja tienda a ser interpretada por el miembro engañado como signo de pérdida o menoscabo del amor que los unía: allí donde el sexo se concibe como expresión del amor, la apertura del territorio de la intimidad física reservado a la pareja a una tercera persona significa insuficiencia de amor, insuficiencia del deseo indisolublemente ligado al amor, en aquel que ha roto el pacto tácito o explícito de exclusividad que antes operaba como garante y prueba de ese mismo amor.

Cabría preguntarse por qué es el sexo y no otra cosa lo que determina de forma generalizada la unidad sustancial de la relación amorosa de pareja. Por qué ésta convive sin problemas con una multitud de terceros en lo que respecta a compartir risas, complicidades, conversaciones intensas, incluso íntimas, borracheras o partidos de fútbol, pero no tolera intrusos en el dormitorio. O por qué los amores filiales, fraternos, paternos y maternos, justamente por hallarse desposeídos del componente sexual -y aquí manda además la interdicción ancestral- se prodigan sin conflicto sobre más de un individuo, mientras que el amor de pareja reclama una celosa exclusividad contundentemente plasmada en la demanda de exclusividad sexual. Y también por qué, en este preciso ámbito, se produce ese insidioso acoso de las fantasías que, según Zizek, nos hace sudar y temblar, hurtándonos la capacidad de razonamiento, arruinando toda nuestra paz, ante la mera imaginación del ser amado en brazos de otro.

No creo que la respuesta a tanto interrogante sea sencilla. Y quizá no lo sea porque en la esfera del deseo y la sexualidad habita uno de los núcleos más oscuros y enigmáticos de nuestro ser, frente al cual más desprovistos nos sentimos de herramientas para interpretarnos, para comprender los mecanismos que impulsan nuestras más íntimas inclinaciones y apetencias, para discernir quiénes somos o debemos o queremos ser en esa selva espesa y confusa. Ahora bien, lo que sí considero hasta cierto punto indiscutible es que en esa oscuridad, y en su estrecha e igualmente misteriosa alianza con el amor, anida un haz de fuerzas de enorme potencia capaz de elevarnos hasta lo más alto o de abocarnos a la más terrible de las miserias.



De la miseria que puede traer consigo la infidelidad, así como de las tenebrosas fuerzas que con ella se desatan, quiere hablarnos la película Infiel, dirigida por Liv Ullmann a partir de un guión de Ingmar Bergman. En Infiel, Marianne, una actriz de teatro, relata a un viejo escritor que invoca su presencia fantasmagórica su relación adúltera con David, director y autor de obras de teatro y mejor amigo de su marido, Markus, un brillante director de orquesta de fama internacional. Pero Marianne no es el producto de una fantasía del escritor. En el anciano solitario de mirada triste acabaremos reconociendo a su amante David, en parte responsable de su muerte temprana. Y en la descarnada narración de Marianne, una suerte de crudo ajuste de cuentas de David con su pasado que, dando voz al recuerdo de su amante, se sitúa por fin en la perspectiva que en vida de ella, y acaso nunca antes de ese momento al que asistimos, supo o quiso adoptar.

En el intervalo de uno de los constantes viajes de Markus al extranjero, Marianne se encuentra casualmente con David, que atraviesa una etapa difícil tras su divorcio. Haciéndose cargo de su malestar, Marianne lo invita a su casa, donde ambos conversan largamente. Marianne aprecia sinceramente a David, su afecto por la pequeña Isabelle, hija de su matrimonio con Markus, y describe su relación con él como la de dos hermanos. Hasta que él le pregunta si puede dormir con ella esa noche. Desconcertada, Marianne se burla primero y después accede. Y, en efecto, ambos duermen como hermanos, con tan sólo una mano entrelazada. Pero al despertar Marianne observa el rostro dormido de David y percibe el nacimiento en ella de un sentimiento poderoso e indescriptible. ¿Qué hacer ante él? Aunque Marianne se muestra perfectamente consciente del peligro de atenderlo y alimentarlo, toma la decisión de no dejarlo caer en el vacío. Varios días más tarde propone a David una estancia de tres semanas en París, con el pretexto de una beca que le han concedido, mientras Markus emprende otra gira internacional. Se trata, pues, de un adulterio por completo organizado y planificado, una aventura que ambos vivirán apasionadamente, sólo empañada para Marianne por breves momentos de angustia presididos por la imagen de Isabelle y la intuición del daño que su adulterio habrá de infligirle.


De vuelta en Estocolmo, los amantes se distancian. Pese a que se adivina cierta insatisfacción en su matrimonio a causa de las continuas ausencias de Markus, Marianne desea en el fondo volver a la normalidad. Sin embargo, tras otro encuentro casual, la relación con David se reanuda. No sin el lastre de un ambivalente sentimiento de culpa, el adulterio se integra en la cotidianidad de Marianne, que acude al piso de David dos veces por semana. Una tarde Markus aparece en él cuando los amantes duermen. Declara que ha sabido prácticamente desde sus inicios del idilio entre Marianne y David, y que confiaba erróneamente en su carácter pasajero. Desmadejado por la ira, anuncia que va a comenzar un doloroso proceso para Marianne. Y así sucede: Markus solicita el divorcio y también la custodia total de Isabelle. Marianne se va a vivir con David, separada de su hija y angustiada por la posibilidad de perderla. Tras un cruento litigio que se prolonga durante meses y en el que Markus, favorecido por la justicia, se niega a hablar con Marianne, una noche la llama por teléfono. Quiere verla, a solas, para hacerle una propuesta relativa al futuro de Isabelle. La niña está sufriendo con la situación y sólo desea lo mejor para ella. Ante la aceptación de Marianne, David estalla en un incomprensible ataque de celos.


Marianne regresa de su cita con Markus con el rostro desencajado. David la somete a un torturante interrogatorio con el que Marianne confiesa haber conseguido la custodia de Isabelle a cambio de follar con Markus. Ésta era su aberrante, obscena propuesta. Markus ha perpetrado su venganza por la infidelidad de Marianne forzándola a la infidelidad que malogrará irremediablemente su relación con David. Asediada por las preguntas de éste, Marianne admite que Markus ha insistido en el acto sexual hasta llevarla al orgasmo. David se desmorona internamente. Sufre desde hace mucho el dolor amargo de una herida que ahora, con las declaraciones de Marianne, sangra profusamente emponzoñando su amor por ella: en París, incitada por él a hablarle de su vida sexual, Marianne le confió ingenuamente que nunca nadie le había dado tanto placer como Markus, con quien llegaba a perder el sentido tras alcanzar el orgasmo. Los esfuerzos de Marianne para que David entienda y se haga cargo de la vejación a la que ha sido sometida por Markus se revelan inútiles. Siempre celoso de su matrimonio por el intenso placer sexual que Markus le proporcionaba, humillado por la infidelidad cometida a sus ojos por Marianne, David acabará meses más tarde pagándole con la misma moneda y aniquilando su relación. Tampoco ella podrá soportar su infidelidad.


En Infiel la infidelidad, alumbrada desde el foco de su componente más nítidamente sexual, es el claro desencadenante de la ruina de las existencias de sus protagonistas. Ninguno de ellos es capaz de perdonar la infidelidad de los seres a los que aman y el sufrimiento que ésta les provoca les conduce al desastre. Pero Markus es sin duda el personaje más enajenado por su causa. Tras su suicidio, Marianne descubre que Markus ha tenido una amante estable durante los once años que ha durado su matrimonio. Sin embargo, el daño producido en él por la infidelidad de Marianne lo ha convertido en un ser cruel y despiadado, que incluso ha intentado que la pequeña Isabelle se suicide con él para arrebartársela definitivamente. ¿Por qué Markus, él mismo infiel y sumergido en el juego de una doble vida, ha sido incapaz de aceptar su relación David? ¿Por qué ha querido destruirla tan brutalmente si Marianne sólo puede ser acusada de la misma falta cometida por él durante tantos años?

Me temo que aquí la descripción de Zizek que encabeza este post adquiere plena vigencia. Ante la infidelidad del ser que amamos, nuestro lado racional se ve anulado, obnubilado por el asalto de un pertinaz batallón de imágenes insufribles, insoportables, intolerables, que nos pierden y alienan de nosotros mismos y de toda posible paz. No me cabe la menor duda de que algunos seres humanos logran en mayor medida que otros hacerse con el control de esas imágenes, ahogarlas en el mar del olvido, o aprender a convivir con ellas. Pero tampoco se me escapa que nada de todo ello será alcanzado, si es que se alcanza, sin grandes dosis de voluntad y sufrimiento. Y que, según muestra la película Infiel, resulta en cualquier caso necesario asumir tanto el peligro de sucumbir al poder de las fantasías como las consecuencias que esa derrota traería consigo.

55 comentarios:

troyana dijo...

Antígona,
me encanta el tema que propones,no sé por qué pero llevo todo el fin de semana por hache o por be hablando del tema de la infidelidad,ya en mi trabajo,a través de las dudas e inquietudes adolescentes ya en el ámbito social.
Después de leerte,creo que no partimos de la misma perspectiva.El texto o tu visión parte de un principio que se quiebra en el amor,y digo en el amor,que no en el sexo: la exclusividad, y creo que no siempre ha de ser así.
Conozco a alguna persona(no muchas,pero alguna) que es capaz de amar a dos personas a la vez y también de llevar esas dos relaciones a la vez,sin amago de celos,sufrimiento,esfuerzo o voluntad ,como dejas entrever en algún punto del texto.
Aunque cueste de creer y comprender,hay personas que aman así.Por tanto,ese principio de exclusividad no existe en el amor(en su amor)desde el inicio.
Insisto,no hablo solo de sexo,hablo de sexo con sentimientos.
En este campo,no hay paradigmas ni mecánicas standard.
Personalmente,no es mi forma de amar,y me cuesta entender y aceptar que una persona sea capaz de no pedir nada,de compartir,de sentir algo por mí y al mismo tiempo sentir algo por otra persona con la misma facilidad con la que,sintiendo algo por mí,sería capaz de compartirme con terceros sin un atisbo de celos o posesión.
Pero hay personas así,Antígona, y la mayoría dirán:"eso no es amor".
Tendemos a valorar por nuestro propio rasero,desacreditando todo aquello que somos incapaces de entender,de vivir en carne propia, pero me consta que hay tantas formas de amar como personas,y que en este tema,es fácil sentar cátedra cuando algo nos es familiar y cercano y más difícil discernir cuando las conductas nos son completamente ajenas e incluso contrarias a nuestra forma de proceder.
Por lo que respecta a la película,y al personaje central,desde mi punto de vista,creo que no merece la pena echar a perder una relación por una infidelidad,siempre y cuando se trate de algo puntual,no reincidente,más cuando hay sentimientos de por medio en ambas relaciones,y volvemos a donde empezamos ¿se puede amar/querer a dos personas a la vez?y digo amar,no desear,que ya sabemos que en cuestión de deseo es muy complicado "poner diques al mar".

Un abrazo y tomo nota de la película.

Desclasado dijo...

La película no la he visto, la entrada excelente tocando un tema muy peliagudo.
Mis apuntes:
- La generalización es inevitable en este aspecto: sin lugar a duda afirmo que TODOS queremos que nos quieran.
- Aquí viene una discrepancia con Zizek, más que nada porque se limita en su comentario al aspecto físico de la cuestión: la mayoría de personas podemos tolerar mal que bien infidelidades meramente físicas, lo que no estamos preparados para afrontar es la infidelidad amorosa: que quieran a otra persona más que a nosotros, más allá de un escarceo deportivo sexual, sin más dimensión que esa: sexo.
- Por lo tanto opino que no el sexo con otra persona lo que nos quema en lo profundo de una infidelidad; es la posibilidad de que sientan más amor por esa persona que por nosotros. (Sin perjuicio de que joda bastante que se acuesten con otra persona aunque sea por deporte).
- Básicamente entonces, y siempre generalizando, los celos serían celos sentimentales en su mayor parte, siendo lo físico un componente menor del paquete "celos".
- No me importa, ni me creo, lo modernos que podamos llegar a ser: los celos van a existir siempre, son innatos, si alguien no quiere que le quieran, no es humano. E incluso no es mamífero, no ya humano: a mi perro no le molesta más que que haga más caso de otro perro que de él. En cambio me acuesto con mi mujer y no recuerdo nunca que mi perro se haya enfadado por eso. Mientras mi cuota de "amor" de hombre a perro no se la entregue a otro perro, le da igual que me acueste con humanas.

Saludos.

Antígona dijo...

Bueno, Troyana, la verdad es que el post no pretendía ser exhaustivo con los múltiples casos particulares que existen a la hora de vivir el amor o el sexo. Porque, de tener que contar con todos esos casos, me hubiera sido imposible escribirlo. El post parte más bien de la posición de lo que podríamos llamar una “amplia mayoría”, o una generalidad, que es la que más ha sido retratada en el cine y en la literatura, y por supuesto no aspira a ningunear u obviar todos esos casos que se desvían de la norma. En lo que respecta al sexo, incluso con amor, también hay personas a las que les gusta formar tríos, practicar intercambios de pareja, formar orgías y, por tanto, no entran dentro del patrón de exclusividad sexual ligada a la exclusividad amorosa de la que hablo. Pero no creo que la existencia de otros modelos “alternativos” de sexualidad ni amor invalide nada de lo que he dicho.

Creo que todos convendríamos en que la mayoría de las parejas que conocemos son parejas de dos personas –y no de tres o de cuatro- donde la infidelidad de uno de los miembros siempre es aceptada como un desafío para relación, como una afrenta, como una traición, ante la que se debe reflexionar sobre la posibilidad de continuar con la relación o mejor optar por la ruptura, sobre la posibilidad de convivir con esa infidelidad o perdonarla… Excepto en parejas donde la libertad sexual se pacta de antemano –y entonces cualquier relación sexual fuera de la pareja ya no puede ser vista como una infidelidad-, no creo que nadie deje de problematizar o de disgustarse de llegar a enterarse que su pareja ha tenido un encuentro sexual con otra persona. Francamente, me resulta difícil imaginar –contando siempre con las excepciones- una escena del tipo: “Vaya, cariño, me ha contado Fulanita que la otra noche te acostaste con Menganita. ¿Y qué tal fue? ¿Te lo pasaste bien? Me alegro por ti, amor” :P

La película no retrata una infidelidad puntual, sino un trío que al final se revela como un grupo de cuatro personas. Marianne vive durante un tiempo una doble relación con Markus y con David. Es más, en un momento dado de su narración le cuenta al escritor que se sentía bien teniendo dos hombres a su disposición y le dice que “si no fuera por las enseñanzas morales, todo sería genial”. Sin embargo, pese a todo, su “disfrute” de la situación no deja de alternarse con momentos de angustia y congoja. ¿Por qué? Porque en el fondo sabe que Markus no puede aceptar ese trío, aunque desconozca que Markus está envuelto por su cuenta en otro trío del que también ella forma parte. Todo sería mucho más fácil si Marianne pudiera decirle abiertamente a Markus: “Dos veces por semana me acuesto con David. No pasa nada, ¿verdad?” Pero no es esa la realidad de su vida de pareja. En absoluto. Markus la quiere en exclusividad para él.

Yo sí creo que haya personas que puedan querer a dos personas a la vez. Lo que no tengo tan claro es que haya el mismo número de personas dispuestas a compartir con otro/a el objeto de su amor.

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

Bueno, Desclasado, supongo que todo depende de cómo se interprete eso que llamas la infidelidad puramente física. Porque como digo en el post, y precisamente porque la sexualidad se pretende, dentro del seno de la pareja, expresión del amor, el hecho de que uno de los miembros busque sexo fuera de ella bien puede ser entendido por parte del otro como una pérdida del amor, o del deseo, o de las ganas de expresar el amor a través del sexo, que a fin de cuentas sigue significando algo de pérdida de la entrega y el amor. Es decir, que es el propio amor y la propia estabilidad de la pareja lo que se ve en peligro y aquello por lo que se teme cuando uno de los dos busca sexo fuera de ella.

Dices que nos resulta relativamente fácil afrontar la infidelidad física pero no la amorosa. Sin embargo, yo no tengo tan claro que ambas cosas se puedan separar tan nítidamente. Primero, por lo que acabo de decir más arriba. Pongamos que te enteras de que tu mujer se ha acostado con otro. ¿No se te pasaría en ningún momento por la cabeza que ya no te desea tanto como antes? ¿Que, por tanto, en ella se ha instalado una suerte de vacío que tú no puedes llenar y que debe buscar fuera de vuestro ámbito común? ¿No empezarías a pensar entonces que, tal vez, ya no te quiera tanto como antes –porque su deseo ya no está totalmente proyectado hacia a ti- o que podría haberse iniciado un proceso de declive de su enamoramiento que acabará inevitablemente en abandono? En serio, me resulta difícil creer que una infidelidad física no se viva como síntoma de que algo no funciona del todo bien en el plano amoroso de la pareja, sea este pensamiento falso o verdadero.

Y, en segundo lugar, y puesto que el sexo puede llegar a generar –y no digo que así sea, pero puede suceder- sentimientos de afecto imprevistos con el partenaire sexual, más si el encuentro no se limita a una sola ocasión, ¿no se contemplaría en la infidelidad del otro la amenaza, el riesgo de la disolución de la pareja? ¿No se vería uno asaltado, además de por las imágenes que menciona Zizek, por preguntas del tipo “¿Se lo pasará tan bien con esos otros como conmigo? ¿Se lo pasará mejor? ¿Disfrutará más? ¿Le harán esto y lo otro…?” que arruinarían también inmediatamente la propia tranquilidad y confianza en la continuidad de la pareja?

Así pues, considero que eso que llamas celos sentimentales bien podrían surgir –si no es en realidad lo más habitual- ante la sospecha de una infidelidad sexual. Porque, insisto, a diferencia de otro tipo de amores, lo característico y definitorio del amor de pareja, más allá de otras muchas cosas, por supuesto, pero como ingrediente absolutamente imprescindible –¿o pueden ser pareja aquellos que nunca se hayan acostado juntos por no desearlo?-, es el deseo recíproco entre sus miembros. Y cuando el deseo de uno de ellos ya no se satisface dentro de la pareja, no creo que el amor, vinculado por definición a ese deseo en el amor de pareja, quede absolutamente intacto.

Gracias por tu comentario y un saludo

Desclasado dijo...

Lo escueto de mi comentario no me dejó matizar: el problema de "la seguida" en una infidelidad es ese mismo: ¿por qué sigue? ¿la querrá más que a mí?
En ese aspecto todo el mundo preferiría, puesto a aguantar infidelidades, que sean siempre con personas diferentes, que sea mero deporte. Así, muchas personas aguantan, hacen que no ven, que el marido vaya de putas. Pero si tuviese una amante, a la que "fuese" menos que a las putas, pero siempre fuese la misma, las alarmas sonarían mucho más fuerte.
(Todo esto generalizando, eh, que luego cada caso...)
Por lo demás creo que a mí me resulta más fácil desvincular sexo de amor que a ti, y en ese aspecto un poco cada uno cuenta la feria como le va a él. No digo que sea mejor una cosa que otra ni que yo no pueda vincular ni tú desvincular, digo que para mí pueden ser parcelas totalmente estancas, sin vínculos entre ellas, sin ningún problema. Y al final no hago más que expresar lo que siento: que mi mujer se acueste con otro en una ocasión "propicia" (de viaje por ahí, etc), con el que no haya seguida... y no se enamora de él; ha sido deporte, pues lo primero prefiero no enterarme y si me entero por una posibilidad remota puedo desvincular su "deporte"(que me cago un poco en sus muertos) con que me siga queriendo.
Vamos, que creo que lo racional por mi parte sería no estar celoso. hablar es fácil...
Saludos.

Marga dijo...

Yo también me he preguntado siempre porqué nos incendia tanto la posibilidad de infidelidad física en nuestra pareja y no, por ejemplo, la complicidad con otra persona. Si lo pones en la balanza racional debería provocar más celos lo segundo, no? O eso creo yo y sin embargo no es así…

Asi que la infidelidad me da que desencadena todo un torrente de emociones que difícilmente podemos controlar y que tienen mucho que ver con la inseguridad, detonante que parece más comprensible si hay por medio una relación física. Imagino que existen demasiados factores a tener en cuenta pero estaría por asegurar que casi todos de tipo cultural si pasamos por alto patologías personales, eso sí, jeje. Existen otras culturas donde la poligamía se produce sin estos problemas (aunque provoque otros pero no es el tema), o estudios antrolopógicos que hablan de comunidades, generalmente aisladas, ya, a eso voy, donde la infidelidad ni siquiera existe como concepto social o moral. Asi que me da a mí que la infidelidad es un concepto que arrastramos desde hace siglos y proviene de una organización política, social y económica determinada, sin olvidar el componente religioso, claro, la moralidad aprendida por los poros. Identificar amor con posesividad física, con exclusividad, es algo que tenemos bien mamado y es esa identificación la que nos lleva al sufrimiento, a los fantasmas de la inseguridad y al miedo de que nos dejen de querer, sentimiento que imagino universal, pero lo curioso es que en nuestro caso ese miedo se haga más patente con las relaciones con otras personas y no, por ejemplo, con el hastío que sería mucho más comprensible y usual.

Todo esto desde la generalidad, por supuesto, todos conocemos casos distintos donde no existe ese sentimiento de posesividad en las relaciones o casos extremos dónde existen celos sin la más mínima razón, que de todo hay.

A grandes esbozos es lo que pienso pero el tema nos daría para mucho más, son demasiadas las premisas que podemos entrecruzar, me da en la nariz… tan contradictorio lo que se piensa y se siente en estos casos. Como en casi todos tus post planteados, bicha! jajaja

Me apunto la peli, eso sí. Ya tengo ganas yo de meterle mano al Bergman… (por cierto, qué pedazo mamonazo el Markus, no?, qué sádico y cruel)

Besos desviados...

Carmela dijo...

Complicadísimo tema el que abordas Antígona. Para mí está claro que la infidelidad causa una herida profunda en cualquier pareja, sean como sean sus miembros. Esta herida podrá o no superarse, y digo superarse ya que creo que por mucho que digamos o pensemos de una manera u otra, la cicatriz creo que queda para siempre.
Habría que analizar si una persona es fiel por voluntad de serlo, y no por ausencia de otros deseos o es una fidelidad por ausencia del deseo de realizar ese deseo que otras personas puedan desatarnos. También habría que tener en cuenta que no es igual para todos la asociación amor-deseo y el límite entre ambos, y hay personas que son capaces de separar fácilmente esa línea y no sentirse infieles por acostarse con otra en el sentido de no dejar por ello de amar a su pareja y considerarlo únicamente como un acto corporal fruto del deseo en un momento dado, aunque para mí esto sea difícil de entender.
En cualquier caso, creo que sean como sean los miembros de una pareja, en cuanto a la idea de la fidelidad, en todos los casos termina produciendo una herida. La persona que considera que su pareja es infiel si se acuesta con otra, sufre, y la que considera que acostarse con otra por puro deseo carnal sin mediar el amor por medio, no es infidelidad, también termina sufriendo cuando es ella a la que sufre la infidelidad. En estas últimas personas es dónde más surgen las preguntas “le habrá gustado más que conmigo”, “querrá repetir esa experiencia” “cómo lo harían” ….., la otra está tan hecha polvo con la idea de la infidelidad que tarda mas en hacerse estas preguntas y solo se las hacen si tiene en mente seguir con su pareja.
Creo que una persona celosa y con un estricto sentido de la fidelidad, puede (aunque no sea lo habitual) ser capaz por amor de asumir esas cicatrices de la infidelidad y en los casos mas extremos, compartir con otra/o el deseo de su amor . Difícil pero posible y por supuesto algo no exento de dolor. También creo (antes no lo creía), que se puede amar a dos personas a la vez, aunque es extremadamente difícil llevarlo a la práctica, sin que sufra algunas de las personas implicadas.
Lo que sí tengo claro de todas estas cosas, tan difícil de analizar de forma general, es que nunca podemos decir de esta agua no beberé y esto nunca lo aceptare o lo creeré, la vida se va haciendo al andar y vamos cambiando en ese camino.
Como siempre, me encanta leer tus entradas Antífona.
Un beso grande.

El peletero dijo...

Apreciada Antígona, has escrito un artículo excelente sobre cosas que siempre están presentes en nuestras vidas.

Si podemos tener una magnífica relación sexual sin que haya amor, entonces, ¿por qué le pedimos fidelidad a nuestra pareja?

Creo que en buena parte todo es producto de un malentendido y de un error básico en las ideas de amor y sexo, en las que quizás deberíamos también incluir enamoramiento.

Las tres parecen formar un pastel equívoco y equivocado de prejuicios y lugares comunes sobre el amor romántico y sus derivadas procedentes de los movimientos de liberación sexual modernos especializados en querer cambiar la realidad cambiando únicamente las palabras.

A todo ello deberíamos también incluir conceptos a la moda sobre sinceridad, verdad, mentira, engaño, traición, voluntad, razón, instinto y muchos más.

O el sexo es un simple pasatiempo al que no debemos dar mayor importancia o bien habría de considerar, con razonamientos contemporáneos de la psicología moderna, que la Iglesia Católica tiene razón.

Se cuenta que: “Los antiguos patricios romanos sólo querían tener la certeza de la pureza de sangre de su estirpe, para ello pedían absoluta fidelidad a sus esposas mientras no estuvieran embarazadas, una vez preñadas tanto les daba si buscaban o tenían amantes o se acostaban con alguno de sus esclavos. Igual que en los harenes orientales también lo importante era la descendencia del Sultán, no que los eunucos fueran, que lo eran, activos sexualmente y calmaran el furor de las esposas enclaustradas.”

También se dice que en la antigüedad la división sexual básica no era la de género, sino la que se derivaba del comportamiento, activo o pasivo, de los amantes. Hoy en día eso, “dar o recibir”, no tendría mayor importancia, pero es digno de destacar porque pone en evidencia, a la manera antigua, un hecho clave y perenne en la mayoría de prácticas sexuales, la relación de poder que da lugar a la sumisión, humillación, sometimiento y propiedad de los seres humanos, sin ello no se entendería, psicológicamente hablando, una violación, que en muchos casos de SM está ritualizada y que en la mayoría de alcobas se practica de una manera espontánea aunque sea como un juego inocente.

Si el sexo es un simple pasatiempo que sale gratis disfrutémoslo, gocémoslo con quién más nos plazca sin escondernos, no haremos ningún mal -ni nos dañarán tampoco cuando sea otro el amante-, todo lo contrario, y nadie nos lo debería reprochar. Pero... ¿es así?

¿Por qué se llama al orgasmo la pequeña muerte?, ¿por qué el sexo colectivo es una fantasía recurrente entre hombres y mujeres?, ¿Por qué en los grupos promiscuos, hetero-liberales y gays, se usa el cuarto oscuro o similares?

Permíteme ponerme, amiga Antígona, puritana y ridículamente tremendo si digo que el sexo es, sin duda, una de las más refinadas formas de canibalismo en el que se pierde, y se busca perder, aunque sea por un instante corto, la identidad. En cada abrazo que damos, entregamos o nos roban nuestro nombre, en custodia lo dejamos repartido entre todas las camas que visitamos como si fuera un testigo, en el presente o en el pasado, allí quedó una parte de nosotros mismos que no recuperaremos, en cada una de ellas fuimos infieles a alguien, en primer lugar a nosotros mismos al perder nuestra identidad, el valor más sagrado.

Andy Warhol, dejo dicho con una gran ironía y clarividencia que lo más excitante es no hacerlo, ¿por qué?, yo creo que el sexo es un arma termonuclear, su poder consiste en no ser usada al descubrir que al activarse también conllevará inevitablemente la destrucción de aquél que sea tan irresponsable de utilizarla.


¿Y el amor?

Saludos.


Otro tópico es el que apunta “Desclasado”, que nos es más fácil afrontar la infidelidad física y no la amorosa. Yo siempre he pensado y he sentido que es precisamente al revés, pero en fin...

troyana dijo...

Antígona,
evidentemente es imposible contemplar todos los casos posibles en los arquetipos de relaciones amorosas.Pero es que justamente has escogido un tema en el que hay muchísima diversidad(explícita y oculta),y es inevitable hablar de lo particular cuando se aborda lo general,y a la inversa.
Estoy completamente de acuerdo con el análisis de Marga,la infidelidad es una cuestión cultural y social.
Hemos mamado la monogamia desde pequeñitos/as en nuestro proceso de socialización,de ahí que cuando nos topamos con un caso "desviado de la norma" ni sabemos ni podemos encajarlo, hasta cuestionamos la veracidad de su existencia.Además,nos han inculcado una idea de "amor cortés" romántico a través como mencionas del cine y la lituratura,que entra en conflicto con otros modelos no sé si alternativos,pero no por no visibles o no mayoritarios,tan residuales en nuestros días.

Tal cual menciona Peletero,en otras culturas la monogamia era una práctica inexistente y no siempre la infidelidad era percibida como una afrenta o una traición.

El ser humano es complejo,cada pareja tiene un pacto tácito o explícito,hay personas capaces como digo de mantener varias relaciones a la vez (no en todas con el mismo grado de vinculación sentimental),sólo tienen que dar con otras personas capaces de compartir el objeto de su amor,como dices tú,porque desde luego,no todos/as tenemos esa misma predisposición.
Bsos

El peletero dijo...

Apreciada Antígona, estoy seguro que dejarás que responda al interesante comentario de Troyana.

Lo importante de describir las diversas concepciones y prácticas culturales que se dan en el amplio mundo consiste en destacar las cosas que las igualan y no precisamente las que las separan.

Fuera de querer hacer una historia de, por poner un ejemplo, la gastronomía y sus múltiples y ricas variedades, es que todos sufrimos o disfrutamos del hambre, tenemos necesidad de comer y usamos la boca y la imaginación para ello.

Mi comentario respecto a la antigua Roma tenía que ver más con la vida matrimonial que no con la sexual, y los derechos de propiedad y de ciudadanía que se derivaban de las herencias y la lógica de poder que se establecía en el seno de las familias y sociedades. Los patricios romanos y los sultanes orientales también se enamoraban y sufrían celos atroces como los que nos cuenta Antígona de la película de la Ullman.

Mi comentario sobre la “actividad-pasividad” del sexo deseaba poner de manifiesto su básico componente de poder más que su parte lúdica, derivándose paradójicamente la segunda de la primera.

Relaciones las hay de muchas clases, sin duda, la de mayor éxito a lo largo de la Historia es el matrimonio por intereses económicos y sociales, que a diferencia del amoroso dura y dura como aquellas famosas pilas. En cambio, el matrimonio que se fundamenta en el amor y el atractivo sexual, declina y languidece en la mayoría, no siempre, de las ocasiones.

Sin embargo, muchos consideramos que a pesar de los malos entendidos y las quimeras que a su alrededor se construyen, el amor romántico es una conquista moral. ¿Por qué?, porque iguala a las partes. Esa igualdad básica, les sepa mal a muchos modernos, es una aportación cristiana que no pagana, hay que decirlo porque siempre se considera a la Antigüedad clásica desde prismas tópicos y falsos, muy equivocados, nacidos de malas y escasas lecturas y de películas que confunden y llevan al error.

Yo no creo, más allá de las leyendas urbanas, que esas otras variantes de las relaciones amorosas que se apuntan funcionen más que como experimentos y divertimentos adolescentes que siendo el resultado de compromisos de verdaderas personas adultas.

La nuestra es una sociedad hedonista y epicúrea que sólo quiere jugar en un perpetuo estado y síndrome de Peter Pan, y que se cree sus propias mentiras para no tener que enfrentarse a la realidad ni verse obligado a comprometerse, pensando que la libertad consiste en eludir responsabilidades.

En mi comentario he querido expresar que el sexo no es solamente el juego del “Monopoly”, en él el dinero es de verdad, se pierde y se gana, se regala y te lo roban, engañas más que mientes y sales, en muchos casos estafado, como en el timo de la estampita, con cara de tonto, arruinado y en la más miserable soledad.

En el sexo se da y se recibe, si se quiere dar y recibir, algo muy valioso, es normal que nos duela verlo en manos –y de manos- de otros.

Es de buena educación cambiarle las sábanas a la cama de invitados, no siempre se hace porque no siempre se puede.

Saludos.

Desclasado dijo...

A estas alturas dudo de si mi teoría de que la infidelidad física -racionalmente- debe dolernos menos que la infidelidad "espiritual", es algo sólo mío o puedo generalizarlo.

Peletero: es más complejo de lo que dices. El código Hammurabi, hace la friolera de 3.800 años, ya marca como ley no separar familias de esclavos (macho/hembra) por una simple cuestión táctica: se vuelven tristes, rebeldes, no producen...
Para el caso igual valdría familia macho/macho o hembra/hembra, el tema es separar a personas con vínculos emocionales entre ellos, lo que pasa es que redactaron el código aún no habían visto películas de Almodóvar.
Volveríamos a lo mismo: ¿acaso no se folla el cacique a las esclavas que le apetece? ¿No es esto tolerado por el marido de la esclava que no se rebela por este hecho - salvo en la película "Esparataco", que no en la realidad ni en la novela- y se rebela si le falta de comer? ¿Deja de amar a su pareja porque yazca obligada con otro?

Marga: ojo a esas antropologías, que en algunos casos, véase Margaret Mead, están haciendo mucho de política de género y escasa o ninguna antropología.
Más o menos el asunto es el siguiente: nos interesa educar a la gente para que las relaciones sexuales y emocionales sean libres: digamos que eso ya ha existido y que era maravilloso lo bien que se vivía.
Es como el eslabón perdido del "matriarcado", que ningún antropólogo serio ha hallado, y cientos de antropólogos poco serios descubren cada día.
Es cierta la carencia del concepto de infidelidad física en algunos grupos sociales humanos, pero ¿llega esa onda a la infidelidad espiritual? No lo creo. Hasta donde yo llego no llega esa onda. Puedo estar equivocado.

El peletero dijo...

No puedo responderte, Desclasado, yo no he sido nunca un esclavo con esposa sometida sexualmente al amo.

Sí, es más complejo de lo que yo y tú decimos.

Con ese ejemplo, quizá desacertado, quería destacar que el sexo es también una relación de poder en sí misma, no sólo un terreno de juego en el que se ejerce esa autoridad.

Saludos.

Desclasado dijo...

Hombre, Peletero, tampoco yo he sido aún esclavo en esos términos, aunque a la marcha que vamos en este país quizá dentro de poco...

No hay ejemplos desacertados cuando el asunto es tan complejo y tantas variantes tienen cabida. Lo que quise expresar yo es que se puede llegar a tolerar la infidelidad física, pero raramente la infidelidad emocional.
Pero no puedo afirmar que eso sea válido siempre y para todos.

El peletero dijo...

Ya te he entendido, Desclasado, era sólo una broma que no ha querido molestar. Aunque, dicho sea de paso, yo no he sido ningún esclavo en esos términos ni en ningunos otros.

Tienes razón en lo que dices porque a mí me sucede todo lo contrario, “acepto” la infidelidad amorosa, en cambio no la física cuando se da sola.

¡Maldito sea por siempre el soñador inútil
que, por primera vez, en su necedad,
abordando un problema insoluble y estéril,
mezcló las cosas del amor con la fría honestidad!

(“Las flores del mal”, Charles Baudelaire)

En cualquier caso demos gracias a nuestra anfitriona Antígona que abusando de su generosidad y hospitalidad nos permite charlar.

Saludos.

Antígona dijo...

Señoras y señores, me van a tener que disculpar por estar cumpliendo tan mal con mi papel de anfitriona, pero es que la semana se me está enredando tanto que a este paso hasta el fin de semana no podré sumarme al debate. Muy a mi pesar, obviamente, porque sus comentarios son de lo más interesantes e invitan en efecto a la discusión.

Espero sepan perdonar mi ausencia. Mientras tanto, por favor, no se corten y continúen si les apetece.

Besos para todos!

troyana dijo...

Me reincorporo.Como nuestra anfitriona se ha ausentado temporalmente y nos invita al debate,que se atenga a las consecuencias;)
Peletero,
1)¿por qué lo importante es destacar las cosas que igualan en las diferentes prácticas culturales y no las que las separan?¿no será igual de importante,remarcar tanto las similitudes como las diferencias?

2)¿por qué esas otras variantes de las relaciones amorosas funcionan más que como meros experimentos y divertimentos adolescentes?
Puedo dar fe de algún caso real(que no leyenda urbana)entre personas adultas mutuamente comprometidas entre sí(más de manera espiritual que física) bajo esas variantes alternativas y hasta donde sé,les funcionaba bien.Creo que porque ambos pensaban igual,existía esa igualdad básica a la que tú has hecho alusión.

3) que vivimos en una sociedad hedonista,sí,que quiere jugar al síndrome de peter pan,depende de los círculos en los que te muevas.También hay mucho compromiso materializado en matrimonios que se sostienen bajo la presión de las obligaciones,los hijos,las dependencias económicas y miles y miles de deseos reprimidos en todas las direcciones taponados bajo el sentimiento de la culpa que la religión ha ido forjando a fuego lento durante años.
Las grandes mentiras,las pequeñas mentiras.

Saludos

Carmela dijo...

Antígona no diría yo lo de mala anfitriona, cuando precisamente los invitados pueden hablar mientras llega la anfitriona.
He ido leyendo todos los comentarios, ya que en esta casa no solo son estupendas las entradas sino muchos de los comentaristas habituales.
Te decía en mi intervención, que casi me da verguenza al lado de estos señores, jajaja (es broma, pero algo hay) que es un tema muy complicado, no solo por el tema en si, sino también por la gran cantidad de variantes y puntos distintos de partida, como se esta viendo en los comentarios.
De los intercambios que teneís Descla y Peletero sobre que duele mas . la infidelidad física o la emocional, yo creía antes que la física era más fácil de llevar, pero ahora ya no. Me resulta más fácil de entender que mi pareja se acueste con alguién por quien siente algo a que se vaya de putas. En dónde me deja a mi, si tiene que irse de putas.
Y no creo que algunas variantes sean leyendas urbanas, Peletero. No es lo habitual, en eso te doy la razón,pero existen.Y el amor es el mismo. Ni más ni menos, ya que no creo que sea medible, dependiendo de si es lo estandar o no. Dificíl, si. Satisfactorio, también.
De todos modos creo que es un tema en el que habrá tantas opiniones como personas lo comenten.
Y eso es siempre bueno.
Un placer leeros.

Miss.Burton dijo...

Que ganas he tenido siempre de ver esta película, pero cuando la he tenido en la mano, era final de mes, y no podía comprarla..
Me ha encantado el post que debería ir impreso en la carátula de la película, aunque la desgrana toda, pero vale la pena.
Por mi propia experiencia, he vivido algo similar. Y no, en la unión LIBRE de dos personas, en esa religión que se profesan llamada amor, y en esos códigos de lealtad que conlleva ésta, no hay lugar para la infidelidad. Porque la relación se "actualiza" o debería hacerlo, día a día, y no deberían darse situaciones como las que se dan en la película. Producto de una relación a distancia, unas heridas no curadas del pasado, y una relación en la que la transparencia y la lealtad, no caben, dado el contexto de la misma.
Pero ya te digo que en una relación normal, no vale eso de que de un día para otro, uno se entere de que se le es infiel, ó de que el pasado del otro ha vuelto para dominarle. No, sólo en las relaciones que no son como tienen qeu ser, se dan este tipo de situaciones.
Y no, no se puede perdonar nunca, a costa de mantener el tipo, y tragar sufrimiento por los cuatro costados, no vale la pena pagar ese peaje, y si no es ese el peaje a pagar, es que a uno le importa poco la historia, y entonces no cabe ni plantearse cómo le afectaría.
Yo he tenido una cara a la que odiar, un cuerpo al que envidiar, una mente a la que le arrancaría aquel hombre que era mío a trozos... y no he podido seguir adelante. No se trata de querer más, ó ser más maduro, no... Porque si le damos la vuelta, el otro debería querernos suficiente cómo para no ponernos en ese lugar tan jodido.
Yo es que soy radical, ya lo sabes, y celosa como una cabrona, siempre que haya motivos, pero de ahì a pasar por alto una infidelidad, no podría.
Toda la vida arrastraría esa mierda dentro, y toda la vida a su lado sería un conjunto de reproches continuo que no acabaría nunca. Y luego la mente jugando en contra nuestra, y el otro, jugando al rey del silencio, ante nuestras insidiosas y jodidas preguntas: Y cómo era en la cama; Y porqué fué aquello?¿ Y es mejor que yo?¿ Y la verdad, lo más facil es asumir que la relación va regular-mal, y que si quieren escapar de ella mediante otra mujer, cojonudo, pero la menda se va por otro lado, que para santas, ya hay muchas, y a mi no me beatifican.
Bueno, no obstante, tengo que pillarme esta peli.
Yo es que lo tengo claro, no se puede luchar contra el instinto natural, las putas tentaciones, pero... Uno las escucha, las etiqueta, y las guarda en el fondo del armario, porque al otro lado, hay alguien que vale su peso en oro, y como tenemos valores y racionalidad suficiente, uno se queda como está y punto.
Dos cosas: O la relación va mal, y aparece la infidelidad, así que te piras, porque es chungo vivir ocn algo así; O una está bien en la relación, y como toda hija de vecino, tiene por ahí alguno de esos que la da la lata, y que es tentador, ahí mis valores, y mi ética personal, lo aparca para poder seguir con la pareja que tengo, que la tengo porque la quiero, y no quiero perderla.
Bueno, me he empanado un poco, pero ahí dejo el rollo.
Por cierto, ya arreglé algunos mierdajos del pasado, y oye, todo va mejor, y estoy entrecomillas, feliz...
Un beso fuerte, y a ver si nos vemos pronto fumando en alguna terraza, que hace bueno.

El peletero dijo...

Como dice Carmela, Antígona, de mala anfitriona nada de nada, todo lo contrario. Gracias.

Troyana, creo que todos tenemos una parte de razón.

1-Las diferencias son importantes como lo son también las cosas comunes. Hay muchas clases de círculos, infinidad, pero algo determinante es el número pi y la razón que mantienen con el radio que es igual en todos.

Aquello que nos hace humanos es nuestro número pi. Dicen que en el vestir, una vez cubierta la necesidad de taparse el sexo, el resto es adorno. Entre el sexo tapado y los símbolos que nos adornan estamos las personas.

2-Quizá soy un hombre anticuado o desconfiado, Troyana, pero estas “otras” relaciones, con las debidas excepciones, me huelen a estafa, a chamusquina, no me creo nada, como los pisos de estudiante que conocí, que empezaban con montañas de buenas intenciones y que terminaban convertidas en una pocilga y en un campo de batalla, militar y amoroso.

3-El mundo, por suerte, es amplio y variado, y, aunque yo tampoco sé en qué “círculos” te mueves tú, sí te doy la razón en lo que afirmas, compromiso hay mucho, entre amigos, en el seno de las familias y en las parejas, sean matrimonios o no. A pesar de ello me reafirmo en lo dicho, la nuestra, la occidental, es una sociedad con el síndrome de Peter Pan, entre otros.

No demos la culpa de nuestras faltas siempre a los demás, sin quitarte la razón, la religión no es la culpable de todo lo que “pasa” por entre nuestras piernas, a día de hoy ya no sirve en nuestro mundo, hay un número Pi moral que, con un ejemplo radical, ha expresado magníficamente Carmela con su expresión “irse de putas”. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra, pero con esta frase explica a la perfección la diferencia -que expresábamos Desclasado y yo- sobre la infidelidad amorosa versus física. No hace falta que diga que considero que Carmela tiene toda la razón.

Saludos.

iliamehoy dijo...

Pienso y siento que en el entramado mundo de las relaciones de pareja, el componente educacional, cultural, en el que se desarrollan, forman parte importante de su libre desenvolviemiento. A mi modo de entender, se nos educa con la idea de buscar la exclusividad,sea en lo que sea, como única meta posible. Esta palabra, ya de entrada me parece impropia porque si para amar o ser amada por alguien, se me obliga a "excluir" al resto del mundo, ya me estoy equivocando, ya aniquilo cualquier opción de madurez personal y relacional.
Ser consciente de que no puedo ni debo pretender representar el 100% de las expectativas, ilusiones, proyectos, vivencias, querencias y deseos del otro, me sitúa en mi exacta dimensión, a la vez que me exime de responsabilidades fuera de mi alcance.
Porque en ese cambio permanente en el que nos relacionamos, resulta un ejercicio de madurez muy grande y casi un milagro, caminar a la misma velocidad, al mismo ritmo, estar en el mismo plano que alguien de quien nos enamoramos, y en el mejor de los casos, incluso amamos.
En cuanto a los celos, estoy convencida que nacen en el mismo lugar que nuestras inseguridades, y evidencian el poco afecto que personalmente nos tenemos casi siempre. Ese amor profundo y bueno que creeemos sentir ( alejado de pátinas pseudo-religiosas) debería permitirnos, darnos la capacidad de entendimiento suficientes para no escupir en el otro nuestras propias frustraciones una vez hemos comprobado que se nos desbancó del pedestal sobre el que habíamos adquirido plena propiedad.
Un lío vaya, pero convencida como siempre que pasar por aquí, facilita un mejor tránsito neurotransmisor.
Y mi sonrisa

Desclasado dijo...

Peletero, la esclavitud se disfraza de muchas maneras, hasta de "democrática". AQUÍ lo explica muy bien Marlon Brando, que está muy guapo, dice mi novia.

Y siguiendo con el tema: las últimas aportaciones de la amiga Carmela (por ella llegué a este blog)de Burton y de Iliamehoy, me acaban de convencer de que el asunto es tan complejo, presenta tantas variantes, que resulta imposible hacer una generalización que sirva de término medio. Mi teoría de que la infidelidad física duele y la emocional mata, sólo me sirve a mí y los que lleven mi fenotipo emocional, está visto.
Y me alegra ver otras opciones; tendemos a pensar que lo que uno siente es universal, y en este caso no lo era y algo he aprendido.

Gracias, Antígona, por prestar la casa.
Saludos.

Marga dijo...

Desclasado, ajá, estoy contigo, tengo tanto cuidado con esos estudios como lo tienes tú.
Aunque mis fuentes llegaban más de Marvin Harris que es el último leído por mí y de algunos estudios etonográficos que estudié años ha... y no hablaba de conclusiones determinantes, es sólo una idea que me da en la nariz y me volteaba respecto al tema...

Y como tú, rechazo cualquier planteamiento que nos habla, o sugiere, un mundo idilíco hace miles de años, siquiera cientos, sencillamente no creo en los paraisos en la Tierra ni en edades de oro perdidas libertarias o civilizadas... tambien de acuerdo, ajá.

En cuanto a la infidelidad emocional o espiritual, como comentas... no sé, sigo teniendo mis dudas. Y sigo pensando que todo proviene de una serie de clichés amamantados de los que desgraciadamente, ya no podemos desprendernos por eso nos resulta complicado centrar el tema. Es como intentar ver el mar a través de un armario, las rendijas son las que quedan y me temo que si hablamos de amor, fidelidad o sentimientos no podemos dejar de estar en el armario del S XXI y todo lo que eso conlleva, con la historia detrás.

En cuanto a mí y el tema, dame una buena lealtad y poco más... sí, soy una lista, la lealtad engloba la fidelidad en la mayor parte de los casos, sólo que me parece que va más allá. Digamos que la fidelidad tiene un componente moral-social (o eso me parece) y la lealtad es una fórmula personal. Si yo no soy infiel no es por que piense que la fidelidad es imprescindible sino porque mi lealtad me impide traicionar la confianza de aquellos a quienes quiero. Confianza no son entrañas.... no sé si me explico. Y porque creo en la validez de un compromiso libremente adquirido por mi parte y el esfuerzo por mantenerlo y porque me gusta la responsabilidad y porque opino que los adultos no somos niños glotones y es un buen ejercicio la contención.

Pero eso, yo soy yo (perogrullo, sorry, jeje) y no pretendo que nadie sea igual. Tema complicado es este, ya dije, y apasionante, sí, jajaja.

Y como siempre pienso, lo que me gusta de ésta cueva, querida Antígona (al margen de que sea tuya, corazón), son los guirigays que montamos entre todos... geniales, tanta polémica entrelazada.

Saludos a todos, un placer, de verdad.

El peletero dijo...

Pues qué quieres que te diga, Desclasado, a mí el Brando siempre me ha gustado mucho más en “Mutiny on the Bounty”, con la preciosidad de la que fue luego su esposa, la maravillosa Tarita Teriipia. Así como en “El último tango en París”, con la muy bella y atractiva María Schneider que, pobre, acaba de fallecer.

Está claro que tenemos gustos muy distintos.

Saludos.

Desclasado dijo...

No puedo participar ahora, voy liado.
Marga: Harris juega en otra liga, jaja, no me refería a ese antropólogo.

Peletero: benditos gustos diferentes.

Saludos.

Anónimo dijo...

Me parece que de todas maneras han pasado por alto un detalle. Los humanos no somos más que simples animales. El sexo es una herramienta para poder perpetuar la especie y el placer en el mismo es un truco para asegurar que el sexo no pasará por alto y así asegurar dicha perpetuidad. Ahora, una vez que una persona se inicia en el sexo ya no quiere parar , si ahora tengo 29 años con mi pareja, adorándola queriendola y amándola y a ella se le ocurre que me debe mirar como a un hermanito y el sexo ya no es su fuerte, ya no me desea...o de pronto si!! pero solo me desea buena suerte, que creen que debo hacer ? si claro, ya la traté de empujar de nuevo hacia esas delicias que vivimos años atras, pero naranjas, nada de nada. No me acepta una salidita a pasear sin los hijos, ya grandes por cierto, no me acepta una idita a cine, no me acepta una salidita a moteliar y de sexo ni hablar, la ración cada vez es más escasa y los tiempos de abstinencia son mayores. Si señores aquello de que me duele la cabeza es cierto, esa es la disculpa típica. Entonces despues de años de entrenamiento sexual con mi amada esposa, me olvido de todo ? NOOOOOOOOOOOOOOOo, ni por el p... por nada del mundo. Si!!! AMO a mi esposa pero tambien me amo a mi mismo y creo que me merezco un poco de ese placer así que me levanto una amante y listo. La infidelidad en los primeros encuentros es solo física pero con el tiempo puede llegar a ser emocional y si dicha amante es especial conmigo, cuanto tiempo se necesita para quererla ? bien poco.

Bien, ahora mi esposa se da cuenta del engaño, si es que lo puedo llamar así, creo que la infidelidad es una respuesta a un monton de situaciones diferentes en cada caso, pero que sucede con mi esposa ? Expone la teoria del triciclo viejo. "Yo no lo uso pero no permito que otras niñas lo toquen, lo dejo en una esquina, que se oxide pero no lo uso." Que sucede cuando otra niña toca su triciclo viejo? inmediatamente se monta en su triciclo y lo usa un ratito, que tal un buen año? un año en el que se dedica a su triciclo viejo y éste se siente con todos los ánimos renovados creyendose un Ferrari ! Cuando ella ve que la otra niña ya se alejó,...pues simplemente triciclo a su esquina, al olvido.

Además una de las razones para que la esposa se sienta herida es por que cree que lo que le ahorra a su esposo, este lo dilapida con la otra y eso duele terriblemente.

En algunos casos entra un miedo enorme de buscarse otra vez una amante para sentirse vivo. Que vaina...

Supongo que habrá casos donde es el quien deja a un lado a su mujercita y ella se ve obligada a conseguirse otro angelito...

Parece que estoy siendo más animal de lo necesario. Que tengan felices sueños

troyana dijo...

Peletero:
-No estoy en situación de calificarte ni de anticuado ni de desconfiado,sólo que no conoces ningún caso en el que esos otros modelos de relación entre adultos ha funcionado bien,más bien,como hacemos todos/as,te guías por lo que conoces personalmente y justamente,los pisos de estudiantes,no son el mejor ejemplo,por lo que relatas.

-La religión,ahí estoy contigo,no es la única influencia en nuestro proceso de socialización,hay muchas más:familia,grupos de iguales,la propia cultura,el estado,la sociedad en general,todo ello deja su impronta en ese proceso de desarrollo personal en el que poco a poco a uno/a en última instancia corresponde ir eligiendo y descartando.
Me he referido sólo a la religión porque justamente en el tema de "lo que pasa entre nuestras piernas" sus intentos históricos de conducir,regular,controlar y también reprimir,han estado siempre presentes y lamentablemente siguen siendo noticia a día de hoy.Después,por supuesto con todas esas variables y influencias,a quien toca decidir es a ti.

Por lo que respecta a Anónimo,en mi opinión,el engaño,la infidelidad es la ocultación o la mentira.Si se ha intentado solucionar el problema con la pareja y no se ha conseguido ¿por qué no comunicar a la pareja la intención de buscar o tener una amante y así que ella decida si quiere o no seguir con esa relación o plantarse?y lo mismo si fuera ella la insatisfecha.

Bsetes a tutiplein

El peletero dijo...

Apreciada Troyana, permíteme la ironía de decir que con esa clase de parejas me pasa lo mismo que ocurre con los avistamientos de OVNIS, no es que no conozca ninguno, es que lo máximo que me puedo creer –la inmensa mayoría de las veces ni siquiera eso- es la convicción con la que hablan sus protagonistas, que no quiere decir, naturalmente, que hayan visto ninguno, sólo están seguros de haberlos visto. En cualquier caso, haberlas las hay, otra cosa es que funcionen bien.

Saludos.

Antígona dijo...

Bueno, señores, por fin puedo aparecer, agotada después de estos días en los que encima me estaba comiendo la rabia por no tener tiempo para intervenir en el debate, y con muchas ganas acumuladas de hacerlo.

La verdad es que leyendo los comentarios se me han ocurrido tantas cosas que como me acuerde ahora de todas no paro de escribir hasta el Día del Juicio :) Intentaré, en cualquier caso, y para no alargarme demasiado ya que todos habéis tenido varias intervenciones, no ser tan exhaustiva como suelo serlo habitualmente y recoger en la respuesta de cada cual, si es posible, las cuestiones planteadas en esas diferentes intervenciones.

Allá vamos!

Antígona dijo...

Desclasado, supongo que mi diferencia con respecto a tu posición es que a mí me cuesta concebir el sexo como un mero deporte. Igual que me resulta difícil entender al hombre que, estando casado o teniendo pareja, se va de putas. Quizá porque me cuesta comprender que aquello mismo que se manifiesta tan intensamente cuando uno se enamora de otra persona, que es el deseo de la intimidad física con ella, pueda por otro lado desligarse tan alegremente de ese sentimiento y más cuando la persona que lo suscitó por amor permanece todavía a nuestro lado. La única explicación que puedo darme al respecto es la que apunto en el post: pérdida o menoscabo del deseo hacia la pareja, ergo pérdida o menoscabo del amor. Y que sea un hecho que muchos de los que se van de putas o practican sexo por deporte con terceros están casados o tienen pareja sólo indica otra realidad que conocemos perfectamente: que muchas parejas permanecen juntas no por amor, sino por costumbre, miedo a la soledad, obligaciones compartidas, rutina y un largo etcétera de cosas.

Que conste que no tengo nada contra los que practican sexo por deporte o los que se van de putas estando emparejados. Cada cual, con su vida, que haga lo que mejor considere y seguro que tiene sus razones para ello. Pero si alguien me preguntara qué pienso acerca de sus relaciones de pareja, diría, con todo el respeto del mundo, que me temo que algo falla en ellas y en la satisfacción que les procura. Y que, en cualquier caso, el enamoramiento pasó a mejor vida o atraviesa un momento de desapego o conflicto. Porque creo que el sexo sin amor se busca muy a menudo –si no siempre o casi siempre- para la satisfacción determinadas necesidades afectivas o egocéntricas: calor humano, afán de saberse deseado y aún deseable, alimento para el propio ego… Necesidades cuya satisfacción, sin embargo, de estar en pareja y sentirse amado y amar al otro, no suelen buscarse fuera de la pareja por estar ya cubiertas en su seno. Y habría que hablar también entonces de aquellas ocasiones en las que la infidelidad obedece al sentimiento de no ser suficientemente atendido y cuidado por la pareja o a una suerte de venganza solapada por un amor propio herido.

Por otro lado, supongo que creo que en el sexo se ponen en juego demasiadas cosas como para tomarlo como un deporte, o al menos es así como yo lo vivo. Y además en él se mueven fuerzas imprevisibles con las que uno no debería jugar sin saber el riesgo que corre. La película “Infiel” lo muestra con bastante claridad: es el primer momento de intimidad física entre Marianne y David, en el que sólo duermen juntos, algo que no habían hecho hasta entonces, cuando se despiertan en Marianne esos sentimientos hacia él que desbordan su anterior “fraternidad”. La intimidad con otra persona puede, sin que lo esperemos en ningún caso, derivar en un vínculo afectivo. Una prueba más, a mis ojos, de que sexo y sentimientos no se dejan desligar tan fácilmente.

(sigo abajo, que hoy blogger anda tacaño)

Antígona dijo...

Respecto a lo que mencionas sobre los esclavos, no creo que la palabra “tolerancia” en lo relativo a la actitud del marido de la esclava por su “infidelidad” con el amo sea la más adecuada. Supongo que el marido no tenía más remedio que tragar con la voluntad del amo de demostrar su poder sobre ellos disponiendo libremente de sus cuerpos para su uso sexual, de demostrarles que ambos eran una propiedad suya también en ese ámbito. El esclavo sólo es tal porque tiene conciencia de esclavo, a la cual pertenece, entiendo, la asunción del dominio del amo sobre todos y cada uno de los aspectos de su vida.

Dices que nos interesa educar a la gente para que las relaciones sexuales y emocionales sean libres. Muy bien. ¿Pero te parece que no lo son cuando uno elige libremente vincularse emocional y sexualmente a otra persona, precisamente la que él escoja? ¿Por qué la libertad debería significar escoger múltiples parejas simultáneamente?

Por último, pienso que para reflexionar sobre el dolor que causa la infidelidad sexual habría que pensar en los muchos crímenes pasionales que por su causa se han cometido. Y estoy segura de que tales crímenes tienen que ver con la imposibilidad de separar, en la infidelidad, el aspecto físico del aspecto amoroso.

Saludos

Antígona dijo...

Marga, yo también me lo he preguntado muchas veces y tiendo a pensar que la infidelidad se soporta tan mal porque en el sexo se comparten una serie de aspectos de uno mismo que, de estar enamorados, no concebimos que nuestra pareja desee compartirlas con una tercera persona: el abandonarse en manos de otra persona, la complicidad que genera el contacto físico, la sensación de cercanía espiritual o anímica producida por esa cercanía física… O sea, porque seguimos vinculando, al menos con nuestra pareja, el sexo al amor y sufrimos en función de la idea de que ese amor huya o se manifieste fuera de nosotros mismos para prodigarse con otra persona. Luego creo que tienes toda la razón: hay un componente muy importante de inseguridad y de miedo en el rechazo de la infidelidad porque la asociamos invariablemente a la pérdida del amor o al peligro de la posibilidad de esa pérdida.

Tú sabes que yo soy de las que defienden por encima de todo nuestra condición de animales culturales más allá, al margen o incluso en contra de la naturaleza. Por ello diría que sí, que es posible que esta vinculación entre amor y exclusividad sexual, o la propia noción de exclusividad en el amor, tengan un fuerte componente cultural, pese a que en esta cuestión se me suscitan ciertas dudas. Ahora bien, también creo que, de tener ese componente cultural, la exclusividad lo tendría de la misma forma que lo tendría la poligamia o la inexistencia de un concepto social o moral de infidelidad en esas sociedades a las que aludes. Porque también esas sociedades, al igual que las nuestras la exclusividad, habrían hecho mamar a sus hijos la falta de exclusividad o la no percepción ni aprendizaje de la infidelidad. Es decir, que de ser algo cultural, lo sería en ambos casos y no se podría apelar a una mayor naturalidad de la poligamia sobre la monogamia o a la inversa, del mismo modo que, desde la perspectiva de la naturaleza en el reino animal hay especies tanto polígamas como monógamas. La cuestión entonces sería, como sugieres, la de si podemos saltar por encima de ciertos condicionantes culturales que nos constituyen y moldean por estar insertos en una determinada sociedad, o incluso si debemos desear y en función de qué saltar por encima de ellos.

Sin embargo, por qué no, también pudiera ser que la poligamia o la ausencia de un concepto de infidelidad coexistieran con la presencia de celos. Siempre se ha hablado de ellos, por ejemplo, entre las diversas mujeres de los mormones si sospechan que existe una favorita entre ellas y que el marido no se prodiga equilibrada y equitativamente con sus mujeres. Y qué curioso además que, en la mayor parte de las sociedades polígamas que se conocen, sea el hombre quien puede disponer de varias mujeres y no a la inversa. Y supongo también que habría que estudiar aquí detenidamente si a esas mujeres se les consiente tener relaciones con otros hombres, cosa que dudo mucho en función del tema de la aseguración de la paternidad sobre los hijos.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Por otra parte, es cierto que la cuestión de la infidelidad se halla estrechamente ligada a un entramado político, social y fundamentalmente económico, a cuyo servicio, me atrevería a decir, se ha situado la moral religiosa. Pero, como apunta el Peletero más abajo, creo que aquí estamos hablando más bien de la unión matrimonial y de todo el contrato social que ella implica y no del amor, puesto que la primera sólo recientemente en nuestra historia se ha vinculado a este último.

Para mí, como apuntas en tu segundo comentario, también la fidelidad va estrechamente entrelazada a la lealtad y de algún modo resulta englobada por ella. Hasta el punto de que hay deslealtades que pueden doler muchísimo más que una infidelidad. Sin embargo, la infidelidad siempre será una deslealtad en la medida en que en ella media el engaño –de lo contrario, no hablaríamos de infidelidad, sino de relación extramatrimonial o extraparejil consentida. Y el engaño, qué quieres que te diga, siempre es feo y sucio y más con la persona que uno ama. Además, quizá uno pueda adoptar una posición racional cuando engaña al otro, sabedor, por ejemplo, de que sus sentimientos hacia la otra persona no se han conmovido ni un milímetro por causa de la infidelidad. Pero me temo que, como apunta Zizek, cuando uno mismo es el engañado toda racionalidad se esfuma, y como no es posible meterse en el cerebro y el corazón del engañador, siempre nos quedará la duda acerca de la solidez de sus sentimientos. En este sentido, si somos capaces de ponernos en la piel del engañado, ¿le haremos pasar por ese mal trago? ¿Le provocaremos ese dolor si pensamos en el dolor que a nosotros mismos nos causaría una infidelidad suya? Yo que creo que aquí la premisa es que no se daña a quien se quiere, y la infidelidad, cualquiera lo reconocería, siempre causará dolor, por mínimo o superable que sea.

Pero el tema es complicadísimo, tienes razón. Y estoy segura de que es por causa de ese componente emocional ajeno de la racionalidad, que nos impide tener una claridad sobre él más allá de las propias emociones o sentimientos al respecto.

Por cierto, que la peli de Bergman, ¡no te la pierdas! Pero prepárate para pasar un mal trago, aunque ya vayas avisada con el superspóiler que es este post. Y es que creo que con Bergman, al igual que con cualquier buena película, da lo mismo que te la cuenten la peli de cabo a rabo: verla siempre aporta infinitamente más de lo que se pueda narrar sobre ella y, en este caso concreto, hace mucho más daño.

A mí también me encantan estos guirigays. Pero, ¡joder!, qué ganas de jubilarme para disfrutar de ellos como querría. (Ya, ya he vuelto a tocar el tema peliagudo, es que no veas cómo me obsesiona, jajaja…)

Besos ajenos a la norma!

Antígona dijo...

Carmela, estoy básicamente de acuerdo contigo, aunque como tú admito que todos somos distintos y que puede haber diferentes grados en lo que respecta a la mayor o menor facilidad de cada cual de separar deseo y amor. De todos modos, mira, no sé, un poco en la línea de lo que le decía a Desclasado, yo no creo que ninguna acción del ser humano pueda entenderse como un “acto puramente corporal”. Sencillamente porque no es cierto que podamos dejar la mente o el alma en un rincón cuando el cuerpo actúa. Quizá, si me apuras mucho, cuando nuestro cuerpo está sentado en el váter. Y creo que hasta a eso podemos darle un significado ritual :)

En este sentido, acostarse con otra persona fuera de la pareja no es un hecho, diríamos, puramente físico, sino que tiene detrás motivaciones que, no voy a negarlo, pueden convivir o no con el amor hacia la pareja. Y el engañado se pregunta precisamente por esas motivaciones y por el lugar en que a él le dejan, por lo que denotan con respecto a él, por lo que significan en lo que se refiere al amor que él puede darle a la otra persona o al deseo que suscita en él. Y esto conectaría directamente con lo que dices tú misma del irse de putas del marido: “en dónde me deja a mí”, a lo que podría añadirse, “y entonces qué significa para él follar conmigo”, por ejemplo. Más allá de las fantasías señaladas por Zizek, o precisamente en perfecta conjunción con ellas, pienso que la infidelidad hace daño porque no podemos acceder la interioridad de la otra persona y saber así con certeza qué ha supuesto para él o qué hay detrás de ese deseo que emana hacia terceros. Y esto, en efecto, como dices, lo descubre perfectamente el tranquilo y quizá presuntamente tolerante engañador cuando resulta por primera vez engañado.

En cuanto a que se pueda amar a dos personas a la vez, no lo dudo. Ahora bien, como le comentaba a Troyana, me parece difícil que alguien acepte ser compartido y, como señalas, es difícil materializarlo en una relación satisfactoria para las dos personas implicadas. Cuando uno está enamorado, la vida le parece demasiado corta para disfrutar de la persona a la que ama, no te digo ya si encima se le plantea el haber de compartirla con un tercero.

Muchos besos, guapa!

Antígona dijo...

Estimado Peletero, yo es que no creo que se pueda tener una magnífica relación sexual sin que haya amor. Es decir, que no creo que la relación sexual pueda ser calificada de “magnífica” si no hay amor. O al menos no lo creo desde cierta concepción y vivencia del sexo que no obvia los sentimientos que, en el caso del enamoramiento, lo enriquecen, engrandecen y se refuerzan con él, a la vez que lo dotan de un sentido más allá del mero placer corporal, necesariamente ausente cuando se practica en ausencia de amor.

Se me viene aquí a la cabeza esa frase que se atribuye a Marilyn de que el sexo sin amor es una experiencia vacía, aunque una de las mejores experiencias vacías que se puedan tener. Vacía en cualquier caso. O aquella estúpida película llamada “Una proposición indecente” en la que el marido corneado le pregunta a la mujer, después de que ésta se haya acostado con el millonario, si el sexo que han tenido ha sido “buen sexo”. Y para mí está claro que aquí se está refiriendo a si ha sentido algo, a través de esa relación sexual, que pudiera alejarle de él, como efectivamente creo –me quedé dormida en el cine, la película me resultó infumable- que acaba ocurriendo.

Tampoco pienso que el sexo se deje someter a la polaridad de, o ser mero pasatiempo, o ser aquello que la Iglesia Católica proclama sobre él. La dicotomía me parece falsa. De ser un mero pasatiempo, no experimentaríamos su necesidad en caso de enamoramiento. De estar primordialmente ligado a la reproducción, sería absurdo en aquellas parejas que no desean ni nunca desearon tener hijos.

Me parece muy lúcida y acertada la separación que mencionas entre el binominio sexo-matrimonio y sexo-amor. Y es que es así: el matrimonio como contrato, como institución económica y cívica fundamento de toda sociedad, rechaza la infidelidad no por razones amorosas –que nunca incluyó en su idea hasta tiempos bien recientes-, sino por voluntad de control y dominio de la descendencia y con ella del paradero del patrimonio del varón y cabeza de familia y de los derechos de sus herederos. Por eso, cuando, a partir de hace muy poco tiempo, la base del matrimonio se sitúa en el amor, la cuestión de la infidelidad cambia radicalmente.

Se me escapa un poco la razón por la que aludes a la relación de poder que puede aparecer ligada al sexo. Si es para señalar que detrás de las prácticas sexuales siempre existen motivaciones que nada tienen que ver con la búsqueda del placer físico –para eso ya disponemos de la masturbación, por ejemplo-, totalmente de acuerdo. Y hay que ver, si uno lo piensa bien, qué gran variedad de motivaciones pueden llegar a canalizarse a través de él. A quienes afirman que el violador es un ser de impulsos sexuales descontrolados que obedece a sus instintos cual bestia salvaje ante la presencia de una mujer habría que recordarles que no se conocen casos de violación en el mundo animal. La violación es una conducta exclusivamente humana que debe ser entendida como un ejercicio de humillación, y no de descarga de pulsiones sexuales indomeñables.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

También me parece muy adecuado que menciones el orgasmo como pequeña muerte y la búsqueda de pérdida de identidad, de disolución del propio yo que se produce en el sexo. Ahora, como tú mismo apuntas, la cuestión aquí gira para mí en torno a la siguiente pregunta: ¿Se deja uno “morir” en brazos de cualquiera? ¿Se abandona para desprenderse de sí mismo en brazos de cualquier otro? ¿O no interpretamos precisamente, desde el amor, que ese abandonarse de nuestra pareja en nuestros brazos es un acto de confianza e intimidad que es signo de los sentimientos que lo ligan a nosotros? ¿Cómo separar aquí, de imaginarnos a nuestra pareja “muriéndose” abrazada por otro, lo físico de lo anímico o espiritual?

El sexo puede convertirse, en virtud de la intimidad compartida con el otro, y en tanto que intimidad que a través de lo físico trasciende a lo espiritual, en un espacio sagrado. De nosotros y de nuestra actitud hacia el sexo depende mancillar y trivializar ese espacio.

En fin, sospecho que la que parece ahora puritana y ridículamente tremenda soy yo, pero no me importa. Si el sexo puede ser un terreno de experiencia plena en lugar de vacía, ¿por qué optar por el vacío en lugar de por la plenitud? Obviamente, insisto, que cada cual haga lo que le venga en gana. Pero, personalmente, no me gustan las experiencias vacías. Sólo las veo como pobres reemplazos de una plenitud que no llega o de la que no se dispone. Y aunque a veces a falta de esa plenitud está bien el reemplazo, no puedo olvidar su condición de tal.

Un beso!

Antígona dijo...

Troyana, me pasa un poco como a Peletero: no sé muy bien dónde está esa “muchísima diversidad”, explícita u oculta, a la que apuntas. Yo, sencillamente, no la encuentro a mi alrededor y lo que sí observo son personas, heterosexuales u homosexuales, que buscan pareja y sólo una, que se duelen de tener pareja si éstas les son infieles, que rompen con ellas por causa de esa infidelidad. También personas que buscan relaciones sexuales con múltiples partenaires y reconocen abiertamente que no desean comprometerse con nadie, incluso que, cuando repiten con alguno de esos partenaires y sienten aflorar en ellos emociones o sentimientos amorosos, se alejan de ellos obedeciendo al principio del no-compromiso, es decir, poniéndose así a salvo de la posibilidad de querer vincularse afectivamente con ellos. O personas que pactan relaciones abiertas, es decir, donde cabe el sexo con terceros, siempre y cuando el otro miembro de la pareja no se entere de que ha habido esa otra relación sexual, con lo cual evidencian la tácita aceptación de que saber de la infidelidad del otro, bien por lo que diga Zizek o por otros motivos, duele.

No por ello voy a cuestionar que existan esos modelos alternativos en los que insistes. Pero desde mi particular experiencia serían más bien excepciones que no dan lugar a modelos que prosperen.

En lo relativo a la monogamia y la poligamia, te remito a lo que le comentaba a Marga: ambos son, a mi juicio, modelos culturales, y ni uno ni otro se ven libres de la experiencia de los celos, aunque éstos puedan manifestarse de diferentes formas en cada uno de ellos.

Las comunas hippies, donde se proclamaba el amor libre, fueron estudiadas por antropólogos en sus momentos de mayor apogeo. Y tales estudios concluían por lo general señalando el fracaso de la voluntad de sus integrantes de no vincularse afectivamente a una sola persona, la condición puramente “aparente” de relaciones sexuales libres y descomprometidas entre ellos. En las comunas acababan formándose parejas, más o menos reconocidas, y reinando los celos cuando alguno de sus miembros tenía relaciones con una tercera persona. Vamos, muy en la línea de lo que señalaba Peletero: la consigna del amor libre como estafa en tanto que, a la postre, impracticable por sus más acérrimos defensores. ¿Quizá porque se trataba de sujetos educados en la exclusividad amorosa que, por más que lo intentaran, no podían saltar por encima de sus condiciones culturales? Quizá. Pero de ser así, tal vez la conclusión sea que es necesario aceptar los propios límites.

Más besos y abrazos!

Antígona dijo...

Miss Burton, ¡pues tienes que ver la peli! Como le decía a Marga, es de las que te provocan un nudo en el estómago y no te dejan muy buen cuerpo al terminar de verlas. Pero eso es algo que sucede a menudo con Bergman y diría que es así por el grado de verdad sobre la condición humana que en sus películas se expone, una verdad no siempre agradable que, en mi opinión, es mejor afrontar en lugar de cegarse ante ella. Y tranquila, que por mucho que haya contado sobre la peli, ninguna narración puede estar a la altura de su factura ni hacer superflua su visión. En absoluto.

Estoy totalmente de acuerdo contigo: para mí tampoco cabe la infidelidad en el amor, por todo lo que el sexo significa en ese amor, como ya he repetido hasta la saciedad. Y deduciría exactamente lo mismo que tú: que la infidelidad tiene su lugar en relaciones que no son como tienen que ser, porque me resultan incompatibles amor y engaño en función del daño que ese engaño supone para el engañado.

Y si se trata de un peaje tan caro es no sólo por el menoscabo en la autoestima del engañado que produce (¿será que ya no soy tan deseable para el otro?, ¿será que la otra persona es capaz de darle lo que yo no?, se pregunta el engañado) y la incertidumbre y la duda que se instala en el engañado en relación al estado en que el amor del engañador se halla para con él. También es caro por la quiebra de la confianza en el otro que provoca, una confianza que luego será muy difícil de restaurar y que puede transformar la vida del engañado en un infierno de sospechas y desasosiego. Pongamos que me entero casualmente de que el otro me ha engañado en un viaje de negocios. ¿Podré estar tranquilo la próxima vez que se vaya de viaje o se ausente por unos días? ¿No se apoderará de mí la inquietud por la posibilidad de otra infidelidad? ¿No me veré asaltado constantemente por la sospecha de que podría estar engañándome de nuevo? Uff, esa situación no la deseo en absoluto para mí, y no sé qué tendría que suceder para poder convivir con ella.

Así que sí, totalmente, comparto tu visión: por un lado, la infidelidad es un síntoma de que algo no funciona bien en una relación; por otro, verse tentado a la infidelidad no significa sucumbir automáticamente a ella. Ponerse en la piel del otro en estos casos, y mirándose uno con sinceridad a sí mismo, saber del daño que ésta le causaría de enterarse, es lo que nos permite, además de otras cosas, vencer la tentación, poniendo por encima de ella el amor que sentimos por la otra persona, dando prioridad a lo que realmente nos importa, si es que en efecto nos importa.

Muy buenas noticias las que traes, maja, me alegro infinito de que hayas arreglado esas cosas del pasado y te sientas mejor e incluso feliz. Ya me contarás en alguna terraza, claro que sí. ¡A ver cuándo!

Un besazo!

Antígona dijo...

Es cierto, Iliamehoy, a nosotros se nos educa en la exclusividad. Pero, ¿significa eso que la búsqueda de la exclusividad en el amor no puede darse incluso en ausencia de esa educación? Yo no lo creo. Es más, me parece que es una realidad humana que se presenta más allá de la educación. Quizá me equivoque, por supuesto. Pero la literatura no tiene una voluntad tan adoctrinadora como la religión, o no la tiene en todos los casos, y está plagada de historias que testimonian cómo en el amor se da una suerte de fijación, más prolongada o más breve, más enfermiza o más saludable, sobre un único objeto. Lo cual no quiere decir que los objetos no puedan ser cambiantes, pero sí que, cuando se produce el arrebato del amor, no hay simultaneidad entre diferentes objetos sino obsesión, apego, adherencia a uno único.

No sé por qué, se me ocurre pensar en Aquiles en la Ilíada, aunque probablemente sea un mal ejemplo. Pero, ¿quién le obligaba, quién le había educado en la fijación absoluta hacia Patroclo? ¿Por qué el dolor ante su muerte es tan desesperado, tan atroz? ¿Por qué ante su pérdida irreparable no dedica pensamiento alguno a la posibilidad de otros seres amados, al alivio o consuelo que presencia podría procurarle? ¿Por qué lo ama, literalmente, por encima de cualquier otra cosa y cualquier otro ser humano y se desquicia tan brutalmente a causa del dolor por su ausencia?

Y, ¿no es, estrictamente, un hecho, que cuando nos enamoramos de alguien todo nos inclina hacia esa persona, y la consideramos la más maravillosa del mundo, y sentimos que nadie nos proporciona tanto bienestar como ella, y somos presa de una auténtica obsesión, incluso malsana, por compartir nuestro tiempo con ella? ¿No es cierto que el enamorado se vuelve idiota y hasta cierto punto ciego a lo que otros seres humanos pueden ofrecerle? Todo ello con independencia de que el enamoramiento pueda durar unas horas, unos días, o décadas. ¿Es esto educacional si aparece también en sociedades donde los sujetos han sido educados para vincularse a otros no por amor, sino por intereses económicos y sociales?

Y sí, algo de exclusión del resto del mundo hay en el amor de pareja hacia otro, pero, por fortuna, el amor de pareja puede convivir con otras formas de amor, es decir, sólo excluye la posibilidad de otro amor erótico o romántico simultáneo.

Quizá, si lo pensamos bien, podríamos llegar a inferir que ponemos en cuestión la idea de la exclusividad no porque la creamos fruto de una educación falseadora y dañina, sino porque nos hace sentirnos extremadamente frágiles y vulnerables. De repente, descubro que toda mi felicidad, todo mi bienestar, dependen del amor y del deseo de una persona. De repente, descubro que he entregado lo más esencial de mi vida a otro incluso sin pretenderlo. Y que un solo gesto de esa persona, de desamor, de deslealtad, de desprecio, de indiferencia, de infidelidad, pueden destruirme. Terrible pero cierto. Porque todos sabemos que el amor puede acabarse. Y, con el paso de unos cuantos años, lo mucho que duele el término del amor, sobre todo si uno aún sigue queriendo a quien ya no puede querernos.

Aceptar que el pedestal se desbancó es un aprendizaje difícil. En efecto, nos lo da, como bien dices, un ejercicio de madurez. Pero no resulta incompatible con la aceptación de la evidencia de que era junto a esa persona que ya no nos quiere con quien mejor, más vivos, más contentos por estarlo nos sentíamos. ¿O negaremos también esas percepciones, esos sentimientos, o renunciaremos a ellos para huir del dolor?

La que tiene ya los neurotransmisores hechos un embrollo soy yo :)

Un beso y una sonrisa!

Antígona dijo...

Anónimo, yo no creo que seamos más que simples animales. Personalmente, no tengo ninguna intención de perpetuar la especie y no por ello pienso renegar ni del sexo, ni del placer ni del amor :P

Y yo diría que con tu comentario estás confirmando precisamente una de las motivaciones más claras que pueden atribuirse a la infidelidad: la insatisfacción de una serie de necesidades que nuestra pareja ya no satisface porque no nos desea, es decir, porque su enamoramiento pasó a mejor vida y ya no puede o quiere darnos aquello que nosotros aún desearíamos que nos proporcionara. La infidelidad, entonces, como remedio a una carencia, a una falta antes inexistente y por eso sentida más acusadamente. A la pérdida o menoscabo del amor del otro, vivida con dolor y frustración.

Y esa suerte de infidelidad la entiendo perfectamente, porque entiendo que todos tenemos la necesidad de sabernos amados y deseados, atendidos y cuidados, y si la persona que está a nuestro lado no satisface esa necesidad, tarde o temprano buscaremos en otro lugar quien lo haga. Como entiendo también que muchas veces valoremos que ese remedio, ese parche, es más deseable que romper con la pareja, por muy diferentes motivos. Pero entonces tenemos que tener claro que persistimos en esa relación por un amor que ya no es pleno, que ya no es completo, que ya no es, como decía antes Miss Burton, lo que tendría que ser y que además nosotros mismos hemos vivido de forma plena. Y que la persistencia en la pareja se sustenta, por tanto, no sólo en ese amor incompleto sino en otra serie de compromisos, obligaciones, rutinas, hábitos, en cierta medida ajenos al amor.

Un saludo y gracias por tu comentario.

Antígona dijo...

Y bueno, señoras y señores, con esto doy por concluida por hoy mi contribución al debate, lamentando de nuevo no haber podido participar antes en él y de una forma más dinámica. Como lamento que este debate no haya podido producirse en torno a la mesa de un bar con unas cuantas cervezas o vinos de por medio. Con sus correspondientes pausas para echarse un cigarrito en la calle, claro :P Estoy segura de que hubiéramos cerrado el local por más temprano que lo hubiéramos comenzado.

Un auténtico placer y todo un lujo tenerles por comentaristas. Así que más que agradecida por sus enriquecedoras e intensas aportaciones.

Besos para todos!

Desclasado dijo...

Sólo una cosa, Antigona: yo no digo que haya que "educar a la gente para que las relaciones sexuales y emocionales sean libres", lo que digo, y debí expresarme mal, rectifico ahora, es que mucha ingeniería social de la que nos estamos comiendo últimamente nos quiere dirigir en esa dirección. Como siempre que se va contra natura, el hostión que se van a pegar va a ser antológico, salvo en los concretos casos de personas que eso les funcione, que no creo que sea la generalidad.
Por lo demás todo el respeto para tu opinión, como no podría ser de otra manera. Y yo mismo suelo decir en este tipo de debates más lo que quiero pensar, como creo que debería pensar, que como luego, en la realidad, pienso.
Nunca he entendido lo de irse de putas, cuestión de amor propio (¿ego?): "si tengo que pagar para que me quieran, vaya mierda de persona soy..."

Saludos y de nuevo gracias por poner la casa.

troyana dijo...

Antígona,
una par de matices,pues.

-Supongo que no digo nada nuevo si sugiero que todo el mundo no busca pareja(que no se ofenda San Valentín)y tampoco si añado que no todo el mundo deja a su pareja cuando le es infiel.

-Afortunadamente,hay diversidad.
Supongo insisto en ello cuando se insiste en homogeneizar.
En ese abanico de posibilidades que ofreces también están las parejas (incluyo matrimonios,todos los casos que me llegan, heteros,por cierto)que no tienen relaciones excluyentes y que practican(supongo buscando emociones nuevas)sexo en su cama invitando de cuando en cuando a un tercero/a, o sea que no ocultan su infidelidad física al otro,suponiendo que esto sea infidelidad,claro.
Otra opción:un matrimonio de recién casados en el que ella sabe que se ha casado con un hombre incapaz de evitar escarceos sexuales ocasionales incluso con amantes reincidentes que en algunos casos han durado incluso años.Polígamo de naturaleza,vamos.Lo sabe,lo acepta.

- El sexo con amor,estamos de acuerdo,es una experiencia casi única,no equiparable a nada, pero de ahí a calificar de vacío el sexo sin amor(por mucho que lo dijera Marilyn harta de ser un objeto de deseo y siempre deseando ser amada),o pensar que ese espacio se mancilla o trivializa cuando no hay sentimientos de por medio,no voy a decir que me parece puritano,pero sí un poco tremendo,la verdad.

Si lo piensas fríamente,esa persona a la que amamos puede ser el peor y más torpe de los amantes y nuestro cerebro (el órgano sexual más potente)unido a nuestras emociones, hacernos creer que estamos en manos del mejor amante del mundo.Tiene su gracia.

Por otra parte,sin ánimo de sublimar el sexo sin amor,puede convertirse en una excelente escuela,sin intención de hacer apología de la promiscuidad,cada persona es una enciclopedia andante y particular y alguien a quien no amas ni te ama te puede llevar sin duda a esa pequeña muerte y hacerte descubrir cosas que probablemente jamás habrías podido imaginar con tu sacro amor.O sí.Qué sé yo.

Más besetes,molaría esta conversación cara a cara,la verdad.

Arturo Valmonte dijo...

Bueno, no es que llegue tarde a esta entrada (he leído casi todos los comentarios y las respuestas), pero francamente me considero incapaz de decir algo que valga la pena. Tiene mucho que ver el que todavía carezco de una idea clara acerca del amor, los celos y la exclusividad.

Me inclino a compartir la opinión de Iliamehoy, sin ser tan radical, porque con el paso del tiempo y la experiencia me va seduciendo cada vez más la idea de la fidelidad, que es tu postura, Antígona (anda que menuda romántica estás hecha).

Sin embargo, todavía me parece que hay una gran injusticia en el amor exlusivo, sea sexual o no. Por eso creo que estas palabras de André Gide contienen una gran verdad (es que siempre me evocas textos ya leídos, no puedo evitarlo):

"El padre volvía, cansado del trabajo; los niños regresaban de la escuela. La puerta de la casa entreabría un momento una luz acogedora, calor y risas, después se cerraba para la noche. Ninguna de las cosas vagabundas, del viento aterido de fuera, podía entrar allí. Os odio, familias, lares cerrados, puertas cerradas; posesión celosa de la felicidad."

Besos

PD: El fragmento es de la obra "Los alimentos terrestres"

Antígona dijo...

Desclasado, en lo que respecta a la ingeniería social no puedo dejar de darte la razón. No es ahora ya la Iglesia, que en estos temas ha quedado obsoleta, sino la ciencia o pseudociencia, y el modo en que se difunde por popularísimos medios de comunicación, la que se empeña hoy por hoy en decirnos cómo deben ser las cosas, también, obviamente, en este terreno. Y en proclamar que todo, sin criterio, es por normal deseable, sin dejar a cada individuo que decida en función de su propio criterio o experiencia cómo desea que discurra o se desarrolle su vida íntima. De lectura sobre el tema considero muy recomendable “La historia de la sexualidad I” de Foucault, donde se explica con bastante –nunca suficiente- claridad de qué manera la ciencia y la medicina toman el relevo a la Iglesia –cuyo control, por cierto, resulta ser también bastante moderno- en la promulgación de las normas de lo que debe ser una sexualidad sana –ergo aceptable- frente a la que no lo sería.

La sexualidad es un terreno de lo más complejo habitado por una multitud de oscuridades. Y no era este terreno lo que se pretendía discutir en el post –Dios me libre- sino la cuestión de la infidelidad, que, a fin de cuentas, entraña una suerte de racionalización del asunto a través del pacto de fidelidad en la pareja. Ni el tipo que se va de putas, ni el tipo que se compra una muñeca hinchable –un caso nada desdeñable a analizar-, me resultan individuos incomprensibles. A lo que quería apuntar con mis respuestas era más bien a la dificultad de que las prácticas de tales individuos puedan convivir con relaciones de pareja en las que, por un lado, ellos se sientan suficientemente queridos y deseados, y de igual modo se sientan sus correspondientes parejas. Aunque –ahora es el momento de matizar- dificultad no significa por supuesto imposibilidad. La naturaleza humana es tan variopinta y complicada que en ella parece que nada resulta imposible.

Muchas gracias a ti por tus comentarios y por todo lo que has contribuido a animar el debate.

Antígona dijo...

Troyana, tienes razón: este debate cara a cara hubiera sido más fluido y más proclive a las matizaciones.

De entrada, y como le acabo de decir a Desclasado, recordemos una premisa del debate: en el post no se pretendía discutir sobre sexualidad, sino sobre infidelidad. Concepto que, en sí mismo, presupone la existencia de un pacto entre los miembros de la pareja que excluye las relaciones sexuales con terceras personas. De no existir ese pacto, no puede entonces hablarse de infidelidad, ni tampoco de engaño, ni, en principio, de dolor ante el hecho, previamente aceptado, de que nuestra pareja, con nuestro explícito consentimiento, pueda y haga efectivas esas relaciones con terceros.

No puedo discutirte, claro que no, que exista gente que no busca pareja –y aquí ya estamos fuera del terreno de la infidelidad- ni que exista gente que perdona la infidelidad. En el post sólo se decía que la infidelidad no es fácil de perdonar, que es algo distinto a decir que es algo imposible de perdonar. Y admito, claro que sí, que en esto de lo fácil y lo difícil se den grados en función de las diferentes personas.

Tampoco ha sido mi pretensión homogeneizar en lo que respecta a vínculos afectivos entre humanos, aunque sí, lo reconozco, en lo que respecta a ese subconjunto de personas que se ligan a otra persona con la pretensión de exclusividad sexual, puesto que es sólo en este subconjunto donde puede hablarse con sentido de infidelidad. Y la homogeneizo para decir que, de existir el pacto, tácito o explícito de la fidelidad, la infidelidad no puede dejar de doler, como duele la ruptura de cualquier pacto que de antemano se ha considerado deseable para la pervivencia de la pareja. Deseable para las dos personas que han firmado ese pacto, y no para la totalidad de la humanidad.

Las parejas que no tienen relaciones excluyentes caen fuera del concepto de infidelidad, porque en el hecho de acostarse con terceros no media el engaño ni la traición a un pacto previo. De igual modo que no puede hablarse de infidelidad en ese matrimonio donde ella acepta de antemano la futura infidelidad de él. Y por mucho que haya defendido la exclusividad en el amor en mis respuestas como experiencia humana mayoritaria, nunca he pretendido negar que hubiera otras formas de vivir el amor. Ya lo dije en uno de mis primeros comentarios: hay parejas que hacen tríos, intercambios de parejas o participan asiduamente en orgías. Cada cual, por supuesto, que haga de su capa un sayo. Cualquier fórmula vale para cada individuo concreto. Pero eso no significa que se trate de la opción mayoritaria.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Mi afirmación sobre el posible trivializar o mancillar el espacio sagrado que puede ser el sexo era una afirmación de carácter muy general y no quería referirla per se al sexo sin amor en cuanto tal. Más bien, sacralidad frente a trivialización corresponderían a los dos extremos de lo que puede ser el sexo, con toda una gama de posibilidades intermedias. Así, por ejemplo, podría decir que la mujer que descubre que su marido se va de putas puede tener la impresión de que ese terreno íntimo compartido por ambos ha sido mancillado. O podría decirse que quien se toma el sexo como un deporte lo trivializa. Lo cual no significa que todo ejercicio de sexo sin amor –que no sin sentimiento, sentimientos los hay de muchos tipos- caiga en esa trivialización o mancille nada.

Por otro lado, -insisto, saliéndonos también ahora del tema de la infidelidad-, claro que el sexo puede ser un terreno de experimentación. Creo que mucha gente podría convenir en que lo ha sido durante su adolescencia o juventud. Y por mi parte no tengo nada en contra de eso. Es más, quizá sea incluso algo necesario o conveniente para descubrirse uno a sí mismo y a los otros. Y tienes razón, estás experiencias no serán vacías, y sí experiencias de descubrimiento y aprendizaje. Ahora bien, por un lado, creo que la ligazón sexo-amor es más bien una experiencia de madurez –como fruto de la madurez es la capacidad para el compromiso-, y por otro lado, también creo que mucha gente, de darle a elegir una vez ha pasado por ambas experiencias, preferiría como gratificante –desde muchos puntos de vista- la del sexo con amor frente a la de la experimentación. Vamos, yo en cualquier caso lo haría.

Descubrir que hay malos amantes es fruto igualmente de la experiencia. Pero supongo que cualquier mal amante puede aprender a dejar de serlo si se trata de una persona sensible, si realmente desea y quiere al otro, y si no es incapaz de autocrítica. Y digo yo, por otro lado, que en este terreno, como en cualquier otro, nadie nacemos enseñados, aunque pueda haber personas que de antemano posean más sensibilidad que otras.

A ver si tenemos esta conversación cara a cara algún día ;)

Más besos!

Antígona dijo...

Jajaja, Arturo, pues vas a tener razón, soy una romántica, sí, pero las cosas que digo no están basadas en teorías o hipótesis de trabajo sino en mi propia experiencia del asunto. Y aquí cada cual tiene la suya y no puede dejar de exponer las cosas según su particularísima percepción. Que a la postre, creo yo, al menos en el tema de la infidelidad y de lo mucho que duele, no me parece tan distinta a la de muchas otras personas.

Quizá sea injusta la idea de la exclusividad. Pero repito algo que ya he dicho: cuando uno está enamorado –y soy de las que piensan que el enamoramiento puede durar tanto como dura el amor mismo- a veces tiene la sensación de que la vida es demasiado corta para disfrutarla junto a la persona a la que quiere. Y es que en esta vida nos roban demasiado tiempo si uno lo piensa. Cuando se empieza a trabajar, ¡se dispone de tan poco tiempo para uno mismo! Y si además ese tiempo se desea compartir con aquellos a quienes se ama, no es raro que el amor erótico se ligue a la exclusividad. Sencillamente, los días no tienen horas suficientes para varios amores, para repartirse entre ellos, para enriquecerse con su compañía. O al menos es lo que yo siento.

En cualquier caso, me ha gustado el fragmento de Gide. Sin embargo, hay que aceptar nuestra condición finita y la imposibilidad de prodigarse con intensidad sobre un número ilimitado de seres humanos.

Besos románticos! :P

troyana dijo...

Anti,
tanto hablar de amor,de fidelidad,de celos,de relaciones.....al final,entre todos habéis conseguido que termine hablando de amor en mi blog,pásate por allí si te apetece y seguimos discutiendo amigablemente.O no.ja,ja,ja,ja
bs

Carmela dijo...

Sabes Antígona, despues de releer de nuevo los comentarios y tus repuestas, con una de las cosas que me quedo es cuando dices: "También es caro por la quiebra de la confianza en el otro que provoca, una confianza que luego será muy difícil de restaurar y que puede transformar la vida del engañado en un infierno de sospechas y desasosiego.".
Con esto estoy totalmente de acuerdo. Una infidelidad puede perdonarse, pero está claro que lo que no puede evitarse es la pérdida de confianza. Por mucho que las cosas vayan bien, a partir de esa infidelidad, en la pareja, nunca se podrá restablecer totalmente la confianza. Por mucho que lo quieran las dos personas.
El espejo se rompió y pueden guardarse los trozos pero no recomponer el espejo.
Es algo que siempre quedará roto.
Pero sí,creo que puede perdonarse una infidelidad.
La pregunta es ¿puede el amor compensar la pérdida de confianza?
¿esa perdida de confianza, aunque no lo queramos, puede minar ese amor?
¿nos compensa el amor, esa perdida de confianza?
Personalmente, creo que ese amor, aunque exista siempre quedará tocado y la persona engañada siempre sufrirá por esa pérdida de confianza.
Un beso

(no hace falta que respondas Antígona; abusamos de tu casa; pero quería añadirlo)

NoSurrender dijo...

Qué tarde llego al debate de los celos, doctora Antígona, cuando todo está ya dicho. Últimamente no tengo tiempo para nada, ay.

Me ha gustado mucho la entrada de Zizek. Este tipo cada vez se me hace más interesante, a pesar de lo árido de su expresión a veces. Y es que los peores monstruos habitan dentro de nosotros, y no fuera. Es nuestra visión de la cosa, y no la cosa en sí, lo que nos puede llevar al dolor.

Y creo que éste es el punto clave de la película de Bergman: el punto de vista de la cosa por encima de la propia cosa. Quizás me equivoque, pero pienso que las aproximaciones que se hacen al tema de los celos no tiene nunca nada de objetivo, sino que se derivan de la propia experiencia vivida por cada uno (personal o de manera vicaria). Así, el que no se sitúa en el punto de vista del “corneado” tiende a verlo sin imágenes “zizekianas”, porque es cierto que todos podemos comprender la existencia de sexo sin amor. Como deporte compulsivo, como arma contra la soledad o la falta de autoestima, o como simplemente aprovechar un momento de soledad.

Las imágenes que nos destrozan y que sólo pueden conducir a la falta de confianza y a la ruptura de la intimidad (para mí, personalmente, creo que cuando la intimidad y la confianza se pierden se rompe la pareja, aunque nos cuesta un tiempo comprenderlo y asumirlo) sólo se nos vienen a la cabeza si estamos en el punto de vista del corneado. Por eso las amigas de la mujer corneada, cuando ésta se lo cuenta entre lágrimas, suelen pensar “¡qué cerdo!”, lo que es tremendamente visual desde ese punto de vista zizekiano. Pero, en cambio, los amigos de la mujer corneadora pensarán “bueno, somos humanos, espero que mi amiga pueda salir de este lío” Evidentemente, valga el ejemplo para ambos sexos y cualquier expresión sexual, hetero, homo o bisexual.

No me voy a enrollar más, porque creo que ya está todo dicho y sus réplicas han sido muy lúcidas, como siempre.

Un beso, doctora Antígona!

Antígona dijo...

Troyana, ay, qué abandonados os tengo, tanto aquí como en vuestras casas, pero es que últimamente estoy de curro hasta por encima de la coronilla… A ver si este finde me pongo un poco al día –aunque trabajo tampoco me falta- y paso a ver lo que has renovado, que del tema del amor, tanto aquí como en tu blog, me temo que ya hemos hablado bastante para una buena temporada. O no, que el amor da mucho de sí :)

Besos, guapa!

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Es que es cierto, Carmela, más allá del tema de las imágenes del que hablaba Zizek, la cuestión de la pérdida de la confianza es crucial para mí en la infidelidad. Y sencillamente porque, como ya se ha dicho muchas veces, no hay infidelidad sin engaño, sin mentira –de lo contrario no podría hablarse de infidelidad, sino de relaciones consentidas más allá de la pareja- y cualquier mentira, cualquier engaño duele, más aún si proviene de aquellos que dicen confiar en nosotros y en los que tenemos depositada nuestra plena confianza.

¿Y por qué se engaña, por qué se miente? Porque sabemos que la propia estabilidad y pervivencia de la pareja está en juego al cometer una infidelidad. Porque sabemos lo que esa infidelidad duele y, porque no queremos causar ese dolor a nuestra pareja –ojos que no ven, corazón que no siente-, preferimos ocultarla tras la mentira. En el fondo, una operación bastante suicida, porque tratamos de encubrir una falta con otra falta, una fuente de dolor con otra fuente de dolor. Y, de ser descubiertos, es inevitable que las dos se sumen.

Preguntas si el amor puede compensar la pérdida de la confianza. A ver, en lo humano no hay nada imposible, pero particularmente lo veo difícil. Es decir, no se puede amar desde la desconfianza, como no es posible desconfiar de los propios amigos, porque automáticamente dejan de serlo. No queremos amigos en los que no seamos capaces de confiar.

En ese sentido, la pérdida de la confianza, para poder convivir con el amor, pasa para mí necesariamente por su restauración. Por el esfuerzo del infiel en recobrar la confianza que el otro ha perdido en él. Por devolverle al otro la posibilidad de confiar.

Creo entonces que quizá, ante la voluntad sincera del otro por recuperar nuestra confianza, quepan segundas oportunidades. Pero no terceras ni cuartas. Porque la confianza es algo demasiado vital en cualquier relación humana y como mucho podrá ser recompuesta una vez, pero no más. Entre otras cosas, porque recobrarla exige también un esfuerzo, un trabajo, un proceso interior, cuyo sentido se quiebra al romperse de nuevo la confianza restaurada o en vías de restauración.

Y no abusáis para nada de mi casa, Carmela, lo que siento yo últimamente es no tener más remedio que estar tan ausente.

Más besos!

Antígona dijo...

Nunca es tarde si la dicha es buena, doctor Lagarto. Parece que últimamente somos muchos los que sufrimos de este mal endémico que es la falta de tiempo. ¡21 horas, ya! :)

He leído muy poco de Zizek, por desgracia no es tan fácil leerle, pero intento hacer el esfuerzo porque tengo la impresión de que sus reflexiones parten siempre de experiencias muy comunes y absolutamente cruciales para entendernos como humanos. Es decir, que tiene una especial capacidad para abordar problemas filosóficos a partir de intuiciones que me parecen especialmente certeras en la medida en que apelan a experiencias en las que todos nos reconocemos con prístina claridad. Detectar que tras esas experiencias se abren problemas de calado me resulta todo un logro por su parte.

Lo que dice de que es nuestra visión de la cosa, y no la cosa en sí, lo que nos puede llevar al dolor, se parece mucho a lo que ya hace muchos siglos señalaban los estoicos. Sin embargo, no creo que en este caso nos sean de excesiva utilidad sus enseñanzas acerca de cómo alterar esa visión de la cosa de tal forma que ésta nos resulte lo menos dañina posible. Quizá porque en el tema de la infidelidad entra en juego un componente poco racional y por ello difícilmente domeñable con el instrumento de la razón, que es a lo que Zizek alude con ese dominio obsesivo sobre nosotros de las imágenes.

No puedo estar más de acuerdo con su análisis: no es en absoluto lo mismo, en la infidelidad, la experiencia del corneado y del corneador, como tampoco lo es, en una misma ejecución, la experiencia de la víctima y la experiencia del verdugo, por ponernos en un caso extremo.

Lo extraño es que, en este preciso punto, resulte tan fácil caer en la trampa de eludir el punto de vista del otro. Quiero decir, si cuando otro se hace una herida empatizamos rápidamente con su dolor, hasta el punto de llegar a sentirlo en la propia carne, ¿por qué, sin embargo, saltamos tan fácilmente por encima del ejercicio de ponernos en su piel a la hora de cometer una infidelidad, cuando, si lo pensamos bien, sabemos del dolor que a nosotros mismos nos causaría?

A quienes sentimos celos retrospectivos –y me incluyo entre este género de, no sé si llamarnos mentes enfermizas-, no nos hace falta que nos sean infieles para saber perfectamente de esas imágenes zizekianas: nos basta con imaginar a la persona que queremos con una de sus antiguas parejas para experimentar una sensación de profundo rechazo. Y aquí Zizek tiene toda la razón: no es el conocimiento de que esa persona haya tenido otras parejas, perfectamente aceptable como seres racionales que somos, sino la recreación imaginativa, la fantasía con detalle de sus experiencias sexuales o íntimas con ella lo que nos saca fuera de nuestras casillas.

En cualquier caso, Zizek no es tan original en este tema. Encontré casualmente una sentencia que me recordó vivamente a lo que él decía: “El que imagina a la mujer que ama prostituyéndose con otro se entristecerá no sólo porque su propio apetito se ha visto contrariado, sino también porque está obligado a unir la imagen de la cosa amada con las partes vergonzosas y excreciones del otro, y entonces la cosa amada le da horror”. Lo escribió Spinoza, en el siglo XVII. Ya lo hicimos hace unos años, pero tendríamos que hablar alguna otra vez en esta casa de Spinoza.

Por último, me ha parecido muy lúcido eso que ha dicho de que cuando la intimidad y la confianza se pierden la pareja se rompe, aunque nos cueste tiempo comprenderlo y asumirlo. Sí, en efecto creo que es así. Otra cosa muy distinta es que la separación efectiva pueda tardar años en llegar, o incluso no llegar nunca por miedo a la soledad o, paradójicamente, a perder lo que ya no se tiene. Pero los humanos somos tan raros que podemos pasarnos toda una vida agarrados a un muñeco roto con tal de no quedarnos sin nada.

Un beso, doctor Lagarto!

Jorge dijo...

La mayoría de los humanos no quieren saber la verdad. Quieren sentirse únicos, especiales y la exclusividad en el amor. Y quieren sus hijos, sus amigos... Pues nada, que se jodan. Yo lo tengo claro. Si quieres mentiras, toma mentiras.

si yo tengo pareja y quiero follar con la vecina, lo hago. Si ella no lo entiende,que se joda, ya sea con mentiras o mandándola tomar pol culo. Por supuesto ella puede también hacer lo que le nazca del coño. Solo desde semejante libertad se puede llegar al verdadero amor.

Pocas mujeres entienden a los hombres.

TOdo lo que a uno le apetece hacer es infinitamente mejor que cualquiera de las mierdas que prohíben, reprimen a uno de hacerlo. Solo cuando estás dispuesto a perderlo todo eres libre.

Dejad de hablar de palabras, películas y libros. Me da diarrea vuestra comodidad.

Practicad!!! Y vivid los celos, los tríos, las orgías, ver a vustra pareja bailar reírse con alguien mejor que vosotros. Pegad y que os pegen. Violar y que os violen. Robad. Salid de la caverna, pringaos

Perdonar una infidelidad dijo...

Todas las personas pueden ser vulnerables a ser infieles y a sufrir infidelidad en algún momento de su vida, el punto es tener muy claros los valores y tener autocontrol para definir lo que quieres en la vida y en la relación una pareja. Recordar lo que ponemos en riesgo al ser infieles, y el dolor que se puede causar a las personas que mas amamos.

Jorge dijo...

REcuerda tú el dolor y lo que pone en riesgo ser fiel. Muchas parejas, sobre todo hombres, llevan una vida de zombies, se divorcian, están amargados... por autocontrolarse.


habláis de la infidelidad como si fuera algo malo, como si ser fiel fuera el valor, el único. Os han programado para pensar eso. Os habeis convertido en animales castrados. Habláis de amor y yo me parto el culo de vuestro concepto egocéntrico de amor. Lo único a lo que causa dolor la indifelidad es a vuestro ego.