sábado, 22 de enero de 2011

La hidra


Nadie sabe qué misteriosa reacción entre los finos fluidos del cuerpo durante el reposo del sueño, qué inconsciente inquietud bajo el imperio de plácidas o tenebrosas visiones vapuleando al durmiente olvidadizo, regalan por capricho a algunos despertares el embrión de una pequeña hidra con pupilas de medusa anidando en el vientre. Al asomar la primera de sus cabecitas calvas por entre las zigzageantes grietas del cascarón, la hidra emite su más tierno gruñido de recién nacido ante la ausencia mezquina de un sol perezoso o esquivo tras el ventanal lluvioso, ante la hiriente y cegadora tiranía de los rayos que asaltan los párpados semicerrados. Una segunda emerge al contacto de los pies arrastrando los miembros entumecidos sobre el suelo, frío o blandamente mullido. La tercera arruga el ceño frente al espejo del rostro aún somnoliento, tentado a desertar del día de regreso a las sábanas. Y al llegar a la cocina tras el matutino e higiénico bautismo, ya las siete cabezas diminutas ondulan con fuerza las entrañas que vierten el café sobre el mantel limpio, dejan caer al suelo la tostada que propicia traicionera un breve idilio entre suelo y mermelada, pellizcan dolorosamente los dedos contra el borde del cajón, rugiendo irritadas por su provocada torpeza.

En el sonoro improperio lanzado al volante sobre el conductor vacilante en la rotonda, en el bufido que por sorpresa regurgita la laringe al roce involuntario de otro viajero en el vagón, en la mirada heladora deseosa de petrificar al peatón que nos tropieza, se esfuma toda duda acerca de su creciente, amenazadora presencia. Mientras la hidra avanza con las tripas que revuelve, emprende la mente su propio trayecto a la caza de una causa que la explique. Los acontecimientos del día anterior, contemplados a la luz de un rápido y único fogonazo, ofrecen nula respuesta. Nula el recuento de los pensamientos acunados a su término en mansa espera de la llegada de Morfeo. Abre el objetivo el ojo rememorante y en la imagen ampliada escruta las manchas oscuras de frustraciones sabidas, de insatisfacciones largamente sobrellevadas, de resignados descontentos, que ensucian hasta el más armonioso cuadro humano. Pero por más que al retenerlas en ese ojo ruja hoy la hidra acelerando el pulso en las venas, el foco de la sinceridad sostenido con firmeza pone de relieve la clara ausencia de causas localizables para la repentina cristalización de esas turbias corrientes familiares, aquellas sobre las que cada día aferramos el timón confiando en sortear el naufragio, en las formas sinuosas y las siete boquitas dentadas de la molesta criatura acuática. No más allá de la vaga intuición del choque secreto de los finos fluidos, de las figuradas, enigmáticas visiones oníricas sustraídas a la memoria en el sigilo de la noche.

Y abrazada a la incógnita, la certeza de que hoy, el día en que una hidra con pupilas de medusa crece en nuestro interior, no se es apto para el mundo. Anticipa la experiencia de otras hidras pretéritas la aparición ante sus ojos relampagueantes, ahora adheridos a los nuestros, de cada uno de sus ejes, de sus contornos, de sus múltiples pobladores, teñidos del color de la hostilidad y la discordia. La más nimia fricción de sus aristas sobre nuestra piel, siquiera la más nimia sospecha de su posibilidad, a menudo inventada por la delirante beligerancia de la voraz criatura, la exasperará y agudizará su natural tendencia a abalanzarse, dientes en ristre, sobre la carne frágil para arrancarla a jirones de los blancos huesos, para entre ellos triturarla sin compasión, impasible por salvajemente sorda ante el sufrimiento. Tan quimérico frente a la materia espontánea del mundo, el orden ideal del deber ser dicta para hoy -así nos lo ha enseñado esa misma experiencia- sometimiento al mandato solidario de mantenernos a resguardo, tras los barrotes de una jaula de acero, quizá esposados a una pared rocosa. Con la sola compañía de la hidra mordiendo nuestro propio vientre inhóspito, descargando su furia sobre las manchas oscuras del cuadro. Convertidos en su única víctima, a pesar de la zozobra inhabitable que mana su ira, a cambio de alejarla de presas inocentes, de testigos indeseados, de ulteriores y seguros remordimientos. Pues de la tácita aceptación de ese orden ideal aprendimos hace mucho que preferibles serán la zozobra y la ira emponzoñando cada poro de nuestra alma al inexcusable y soberano esfuerzo de ocultación, de contención de la hidra mientras compartimos escenario con nuestros semejantes. A la tensión continuada del intérprete, a la rigidez de la máscara forzando serenidad o sonrisas mientras la hidra, rabiosa, se desgañita en silencio cubriéndolos de groseros insultos y juicios sesgados. Sin embargo, el mundo y sus imponderables aguardan, vueltas sus espaldas miopes a estas hidras fortuitas, azarosas, inexplicables. Otros deberes de calibre terrenal imponen el comienzo de la función.

Al poco nos percatamos, casi lo habíamos olvidado aturdidos por sus rugidos, de que los decorados, los muebles sobre la tarima, los historiados ropajes de los demás actores, tienden a fortalecer los tendones destinados a refrenarla. En ocasiones, es la necesaria concentración requerida para el cumplimiento de las tareas encomendadas la que por suerte debilita su ímpetu obturando las desconocidas fuentes que la nutren. Y no es imposible que la casual participación en un coro de risas, los rostros gentiles y sus músicas atinadas, cierta conjunción amable en los sucesos que marcan el discurrir de la jornada, lleguen a aniquilarla, borrando en unas horas el recuerdo del amanecer presidido por su piel escamosa y su fétido aliento. Por desgracia, también existen hidras terriblemente tenaces en su ferocidad, ciegas al ademán dulcificador, proclives a transformar cada minuto en un infierno de impostura, de lucha sostenida al filo de la angustia por el fracaso, de puntual derrota conducente al amago de explosión, a la mostración amenazante de los colmillos, rápidamente retraídos por el puño cerrado de la voluntad que obligará al aluvión de avergonzadas disculpas, al giro en redondo agarrado a la esperanza de la desmemoria o la tolerancia ajena si la hidra nos impide pronunciarlas. Las más pérfidas son maestras del engaño, y se fingen intimidadas o apaciguadas por los decorados, los muebles y los actores para simular una paulatina y tranquila desaparición tan incomprensible como su nacimiento, en espejismo confirmada por el poso de tristón malestar que resta en el estómago tras su presunto evaporarse. En realidad, dormitan agazapadas entre las vísceras con siete ojos medio abiertos, atentas al probable aflojarse de los músculos incitado por el engaño.

Tanto si lo logran por su pertinaz carácter como por sus taimadas argucias, las supervivientes suelen desatarse al retornar a la intimidad del hogar, tras la bajada del telón y la consiguiente suspensión de la guardia. A grandes tragos apuran el cansancio acumulado que destilan los miembros en relajación al depositar máscara y disfraz sobre el felpudo, inflando sus cuerpos de reptil para elevarlos hasta el límite de la campanilla. Cuando sus cabecitas bloquean la garganta con una asfixiante sensación de ahogo, suenan las campanas de su inexorable victoria. Embotados los oídos, enturbiada la vista por la escasez de aire en los pulmones, escucharemos palabras agrias en las afables, veremos gestos cortantes en los labios cálidos, trocaremos miradas afectuosas en indiferentes o despreciativas Y legitimados al fin por el asalto alucinado de la vaticinada hostilidad del mundo y sus pobladores, consentiremos, destensando el cuello, la salida triunfante de la hidra. Su golpear con un grito la voz suave. Su precipitarse con un arañazo sobre la mano que acaricia. El hundimiento afilado de sus pupilas de letal medusa en los ojos amados.

Lejos de apaciguarse, la satisfacción de sus instintos envalentona y llena de soberbia a estas criaturas marinas. Por eso, pese a la lógica consunción de las sustancias nutricias dispuestas para su alimento anunciando su próxima extinción con la extinción del día, no es extraño que la hidra nos acompañe hasta la cama y aún bulla airadamente en las tripas al reposar la cabeza sobre la almohada. Confundiendo todavía nuestro entendimiento, cargándolo de un remolino embarrado de razones-pretexto encaminadas a corroborar su debida liberación, a asentir tozudamente al permiso concedido a su emergencia. Hasta que mareados por la espiral dentro del cráneo, cerca ya del agotamiento de toda reserva, exhaustos por el constante agitarse de la hidra durante el día inacabable, cerraremos los párpados confiando en provocar sus últimos estertores con el apagarse de la conciencia. Al compás del progresivo adormecimiento de la criatura, el encenderse de una pequeña vela en medio de la oscuridad intentando alumbrar tímidamente la verdad de sus mentiras. Franqueando el paso por una esquina a la duda de la interpretación falaz, descabellada, demente bajo su influjo poderoso, a la aprensión por el daño injustamente infligido a quienes nos arropan amorosamente junto al fuego, a la conjeturada imagen futura de su necesaria reparación, al asomarse de la culpa. Pero la hidra sigue respirando en nuestro interior y su aliento emborrona todo atisbo de claridad. Sólo nos cabe desear su venida con el despertar del nuevo día. Sujetando el columpio que nos balancea entre el escudo de la defensa fundada y la desazón de la descarga gratuita por errónea, un suspiro de impotencia proyecta sin pretenderlo una fugaz ojeada sobre el día que termina para sumirnos en el hondo pesar de descubrirlo desperdiciado, dilapidado, arrojado a un nauseabundo estercolero en brazos de una caprichosa hidra. Y poco antes de extraviarnos en el sueño, el pensamiento angustiado de que si la vida nos castigara con la muerte fulminante en este mismo instante, tras este día atroz dominado por la insidiosa criatura, sintiéndonos aún arder sobre los rescoldos de su cólera, abandonaríamos el mundo, este mundo que envilecen sus pupilas de medusa solapadas a las nuestras, con el alma desgarrada entre el consuelo por el cese de la tortura y la tristeza por el dolor inútil de haberlo habitado.

19 comentarios:

troyana dijo...

Querida Antígona,
me da a mí que esta Hidra que nos traes en texto,cual serpiente acuática policéfala,podría equipararse a esa cólera de la que en ocasiones,somos presa.
La cólera cegadora que engulle al otro antes de que nos demos cuenta,que arrastra luego culpa y arrepentimiento,cuando el daño lamentablemente ya está hecho.

Ese bicho,que creo albergamos todos/as en mayor o menor medida,se alimenta del miedo,de la inseguridad,de la frustración y crece a medida que se siente más fuerte y poderoso derribando al rival más débil,ganando terreno en un ficticio respeto por parte de los demás,falso respeto que esconde miedo.La cólera al final,termina por aislarnos,no nos hace más fuertes,nos deja más solos.
En los casos en los que escapa al propio auto-control una y otra vez,es el peor de los castigos para quien la alberga,pero no nos confiemos,que todos llevamos una de ésas en nuestro propio interior.No caigamos en la auto-complacencia por ver los casos más extremos donde hay personas que lo pierden todo por seguir fielmente los frecuentes reclamos de su propio "monstruo"hasta sus últimas consecuencias.
A otros niveles,en los actos cotidianos,en las reuniones de trabajo,en los vínculos familiares o afectivos,la daga afilada y la lengua viperina son fieles guías de la cólera que todos/as albergamos dentro.

El primer paso para combatirla sin ánimo de ser Heracles,es tomar conciencia de su presencia,después encontrar la manera sana e inofensiva de descargar su furia.

Y ojo,porque últimamente empezamos a acostumbrarnos a su virulenta manifestación desde más temprana edad,corriendo el riesgo de percibir su irrupción como un hecho legítimo y común.

Excelente texto,Antígona,como siempre.
1 abrazo!

Carmela dijo...

Creo, que inconscientemente o no, vamos tragándonos semillas que provocan que de repente, un día, una mañana cualquiera, a veces y quizás por eso,cuándo ya ni siquiera nos acordamos o pensamos en esas semillas, aparezca la medusa. Y por desgracia, muchas veces al conseguir reprimir que actué en nuestro entorno social, es lo esperado, y que no salpiquen a los que nos rodean, aunque muchas veces son las que han soltado esas semillas, lo que vamos consiguiendo es acrecentarla y envenenarla, de manera que al regresar a nuestro verdadero lugar, que debería ser dónde la ahogáramos ayudadas por unas manos amorosas, es dónde irracionalmente, fuera ya de sí, no conseguimos callarla, acrecentando de esta manera, según nos damos cuenta de ello, sus desvaríos.
La experiencia, el saber reconocerlas y aceptarlas, nos permite cogerles ventajas y aprender a escucharlas, porque muchas veces es lo único necesario para eliminarlas.
Las más terribles son las que nacen de nuestra verdadera vida sin necesidad de tragarlas, las que inconscientemente o por no querer verla, vamos criando y alimentando, si dejarla salir, sin escucharla, queriendo que mueran solas y qué por lógica, estallan con fuerza en esas manos que no hemos sabido salvar de nosotras mismas o que son el motivo de haberla criado. Entonces la única solución es parirla y ver si podemos acogerla.

Creo que he desvariado con las medusas. Impresionante entrada Antígona.

Besos.

tequila dijo...

Casi me deja sin palabras (casi…)
Según leía dudaba de su autoría :lo habría escrito yo?, no son acaso esas hidras las que me acompañan cada día; despiertas o dormidas?. Pero no… su maestría en la escritura, el lenguaje, la lucidez de ideas y el hilvanado quedan lejos incluso de mis más gratificantes sueños..

Besos sinceros
GREAT!!

Marga dijo...

Siempre me pregunto de qué sima del sueño llega la hidra, es la única explicación que encuentro, porque como bien dices, no basta con hacer recuento del día anterior y saber qué fue lo que la despertó, nunca existe una explicación plausible, nada que justifique su fuerza o su aparición. Asi que siempre imagino un sueño no recordado, un abismo negro que la espabila desde lo más profundo de mi inconsciente removiendo algún recuerdo, quién sabe, o tal vez sólo un pensamiento intuido que se escapa a mi conocimiento...

Y sí, de todo esto, lo peor es ese dolor inútil que provoca y aún sabiéndolo ser incapaces de parapetarse ante él.

Me molestan los sufrimientos inútiles, ya están los otros, coñe... tanto desperdicio de energía mental para ná.

Besos con peluches, más amables y acariciables, ojalá siempre nos despertaramos con esa sensación, la sensación peluche, verdad? jajaja

Duschgel dijo...

A veces las hidras son demoledoras. Pero creo que es mejor que salgan de vez en cuando. Cuando se mantienen encerradas constantemente, las consecuencias pueden ser mucho peores. Todos tenemos nuestras penas y nuestras iras. Aunque a veces una de las hidras vaya a picar a un ser amado y amante, ese ser sabrá entenderlo. Porque todos, al fin y al cabo, estamos hechos de la misma pasta. Y somos capaces de cosas terribles. Pero también de cosas maravillosas. ¿O no?

¡Besos!

El peletero dijo...

Frente a tu texto no se me ocurre gran cosa como si la hidra estuviera en él y me hubiera poseído a mí, incauto lector que no recordaba que la cólera de Antígona mereció las palabras del gran Sófocles.

Después de leerlo, y en estos días de frío bajo cero, permíteme dejarte un poema.

Snow

The room was suddenly rich and the great bay-window was
Spawning snow and pink roses against it
Soundlessly collateral and incompatible:
World is suddener than we fancy it.

World is crazier and more of it than we think,
Incorrigibly plural. I peel and portion
A tangerine and spit the pips and feel
The drunkenness of things being various.

And the fire flames with a bubbling sound for world
Is more spiteful and gay than one supposes–
On the tongue on the eyes on the ears in the palms of your hands–
There is more than glass between the snow and the huge roses.

Louis MacNeice

Nieve

El cuarto se animó de repente y el amplio ventanal del mirador
mostró nieve en abundancia y rosas rojas
calladamente contiguas e incompatibles:
el mundo es más repentino de lo que imaginamos.

El mundo es mucho más bizarro de lo que pensamos,
incorregiblemente plural. Yo pelo y corto
una mandarina y escupo las semillas y siento
la embriaguez de lo diverso entre las cosas.

Y el fuego arde con un sonido crepitante porque el mundo
es más malicioso y alegre de lo que uno supone
-por la lengua los ojos las orejas las palmas de la mano-.
Hay más que vidrio entre la nieve y las espléndidas rosas.

Miss.Burton dijo...

Esas criaturas jodidas, que nos habitan, días sí, y tardes también, y que logran, según nuestro estado de ánimo, llevarse su racción diaria de comida, están ahí, sólo hay que olvidarse un poco de lo bella que puede llegar a ser la vida, de la visión optimista del mundo, y de los mundos de yuppy, también, y ahí reaparecen, oscureciendo nuestro ser, y proyectando sombras por doquier.
Pero somos eso, la suma de lo negativo, y lo positivo, ese total, sería imposible escapar a las cosas que nos emferman ó nos ponen nerviosos, ó nos parecen injustas... Casi siempre se defienden con improperios, pocas veces, cuando el río lleva tanto agua, es dificil contenerse, y quedar reducidos a formalismos, y comportamientos perfectos.
Pero también tengo que decir que de todo se aprende. A mi estos bichos ya no me pillan con la famili, que son unos santos. Me van pillando con los japutos, y poco más.
En fin, de verdad qeu he flipado, yo ya no se cual será tu próximo post, pero oye... Te sales hasta con el "aséptico" de Kerouac... Bueno, esto último que no me lo lea nadie adicto a él...
Por cierto, cuéntame si tienes la última del loco ese que me mola, Houllebecq.
Besazos muchos, cuídate, y nos vemos pronto, hermosa. Yo, hecha jirones, pero palante, y fuerte, siempre fuerte, como un roble.
Porque queda mucha vida, y hay que echarle un par, SIEMPRE.

Arturo Valmonte dijo...

Un bicho espeluznante, esa hidra. Todos tendríamos que estar acostumbrados a ella, pero así de bien descrita nos vuelve a poner los pelos de punta. Porque no sólo está fuera, sino también dentro de nosotros. A veces nos olvidamos.

Sin embargo, el carburante que consume ese monstruo es el mismo que el que nos mueve a buscar la felicidad, por eso siempre es posible que algún acontecimiento (una reunión de amigos, una conversación en confianza, una sonrisa) transforme ese espanto en un ser maravilloso, como bien indicas.

Supongo que quienes mejor viven son los que dominan la magia de esa transformación. Son un Gregor Samsa al revés.

Tú lo acabas de hacer, creo, al escribir este texto fantástico.

¡Besos!

Antígona dijo...

Pues sí, querida Troyana, así es, sólo que en este caso no quería centrarme en la cólera explicable, la que responde a un motivo de indignación, o de frustración conocida, o la que surge en respuesta al golpe del otro, sino en ese estado de ánimo que arrastramos sin saber por qué desde que nos levantamos y que nos vuelve irascibles, irritables, insoportables, también para nosotros mismos, porque todos nos exaspera y nos enfurece y cualquier nimiedad termina por convertirnos en una amenaza para el otro. Creo que es una experiencia muy común, aunque quizá en algunas personas más frecuente que en otras.

No dudo que ese estado de ánimo que nos cae encima sin razones que lo avalen una mañana y no otra surja de todos esos orígenes que apuntas: el miedo, la inseguridad, la frustración. Todos llevamos dentro esas emociones, en mayor o menor medida, con mayor o menor intensidad en unas u otras de las diferentes etapas de nuestra vida. Pero no deja de resultarme enigmático, y muy inquietante, que haya días en que todas ellas, sin que ningún hecho concreto las haya reavivado, parezcan ponerse de acuerdo para suscitar ese estado de irascibilidad que nos impide mantener una relación pacífica, reconciliada, incluso diríase “neutra” con el mundo y nuestros semejantes.

Uno no tarda en cobrar conciencia de lo que le sucede y se pasa el día en lucha consigo mismo, precisamente, como dices, para evitar que esa ira injustificada escape a nuestro control, para no hacer nada que en un estado de ánimo más armonioso no haríamos, para no dejar que el monstruo irrumpa en el momento menos pensado y nos lleve a actos de los que luego, lo sabemos perfectamente, nos arrepentiremos.

E incluso si somos nosotros los que ganamos la batalla frente a la hidra y logramos amarrarla con fuerza, no dejamos de sentir en todo momento el malestar de sabernos presa de un estado de ánimo frente al cual nos sentimos impotentes.

Pero tienes razón, quizá esos días deberíamos subirnos a un árbol y gritar con todas nuestras fuerzas. O lanzarnos a correr por una montaña hasta quedar exhaustos. Es decir, tratar de descargar esa furia que nos sobreviene sin saberlo de la manera menos dañina posible. Pero creo que cuando se está en ese estado de ánimo, a veces no se tiene ni la lucidez necesaria para reconocer qué es lo que nos sentaría bien.

Y en cualquier caso, el post parte de la convicción de que las hidras, de presentarse, nos ponen en lucha con nosotros mismos porque tenemos conciencia del daño gratuito que podrían causar a otros y nos sentimos impelidos a sujetarlas. Al margen de que haya ocasiones en que no lo logremos y nuestra debilidad nos obligue después al remordimiento, a la disculpa y a la solicitud de perdón. De otra forma, la de quien aceptara la posibilidad de descargar su violencia sobre otros careciendo ésta de todo fundamento, no puedo verlo.

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

Carmela, es posible que así sea. Raro es que la vida no nos obligue a tragarnos semillas amargas, a temporadas bastantes más de las que nuestro cuerpo es capaz de asimilar sin sufrir cierto grado de intoxicación que, como dices, puede aflorar en el momento más inesperado.

En los ámbitos más públicos que pisamos, con la gente que conocemos menos, allí donde tenemos que calzarnos la careta de la profesionalidad, suele sernos más fácil reprimir a la hidra, quizá porque estemos acostumbrados a reprimir muchas otras cosas, a la ocultación de los sentimientos de toda índole, a la necesaria impostura social que facilita esa interacción más aséptica y eficiente. Pero claro, como decía Freud, toda fuerza reprimida genera una desagradable tensión interior que cuanto más se aplasta más pugna por su liberación. Y la descarga, el desahogo, la liberación del malestar contenido suele producirse cuando regresamos de nuevo al ámbito de lo privado, que es aquel en el que en principio caen el corsé y la impostura.

Y tienes razón: quizá las más terribles sean las que provienen de dentro de nosotros mismos, de la frustración largamente acumulada, del sentimiento de decepción, reconocida o no, con lo que es nuestra vida, con todos aquellos aspectos en ella que, justificada o injustificadamente, nos llenan de amargura e insatisfacción.

Pero a veces, incluso siendo plenamente conscientes de todo ello, incluso conociendo perfectamente cuáles son los motivos y causas de estas emociones negativas, llega un día en que se nos desmadran sin más y se convierten en esa odiosa hidra. Y precisamente porque ignoramos qué es aquello que la despierta, no tengo tan claro que se pueda hacer algo para evitarlo. Dominarla, además, no es fácil. Como te decía el otro día, los estados de ánimo operan como cristales ante nuestros ojos que colorean de un determinado tono cada una de las cosas que se exponen ante ellos, incluidos nosotros mismos. Encerrados en esa visión distorsionada de la realidad que nos rodea, no es fácil hallar una puerta de salida desde un interior igualmente oprimido por el peso del color de ese cristal. Tengo la impresión de que, en esos momentos, son los otros los que mejor pueden, incluso sin pretenderlo, dar con la llave de esa puerta.

No has desvariado en absoluto, Carmela. Creo que todos estamos, en mayor o menor medida, familiarizados con estos repugnantes y caprichosos bichos.

Un beso!

Antígona dijo...

Tequila, gracias por tus palabras, me estoy poniendo colorada :)

Esas hidras habitan en las tripas de todos los seres humanos, como bien dices, despiertas o dormidas. Yo cada día que tengo que tengo que ir a currar y suena el despertador a horas intempestivas la noto desperezarse en mi interior. Por fortuna, salvo en contadas ocasiones, suele volver a dormirse en cuanto me tomo un café. Ya ves qué bicho más raro, que la cafeína le da sueño ;)

Un beso!

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Así es, niña Marga, dado que nunca encuentro explicación plausible para su repentina e inesperada aparición en aquello que me es consciente, siempre tiendo a buscarla, o bien en los misterios del cuerpo, que bien que se los trae, o bien en lo acaecido al margen de mi conciencia durante el sueño y sin posos de recuerdo al despertar. Tal vez porque tengo la experiencia de pesadillas o malos sueños que, sí recordados al despertar o acabados justamente con él, imprimen a éste un desagradable estado de ánimo, de tristeza o malestar, claramente causado por la pesadilla, que en mi caso puede prolongarse durante largas horas e incluso marcar completamente el estado anímico de un día. ¿Por qué entonces los sueños que no recordamos, pero que hemos vivido igualmente durante la noche, no podrían ejercer este mismo influjo?

En cuanto a ese dolor inútil, ay, me repatea especialmente ese sentimiento de impotencia que uno tiene frente a lo que le ocurre, el desdoblamiento que se sufre, teniendo plena conciencia, por un lado, de que no hay motivo para esa irritación y por otro sintiéndose plenamente víctima de ella pese al ejercicio de racionalización. No sé, como cuando te levantas con un terrible catarro y sabes que lo único que te cabe es sobrellevarlo. Y en el caso de la hidra, ¡sin paracetamol ni otros alivios!

Me ha hecho gracia eso de la sensación peluche, jajaja. Ojalá pudiéramos provocarla en nuestro cuerpo cada mañana con sólo apretar un botón. Yo te aseguro que me convertía sin pensármelo en una cyborg-Antígona ;)

Un beso mata-serpientes!

Antígona dijo...

Yo más bien, querida Duschgel, desearía que no existieran y que de existir fuéramos plenamente capaces de dominarlas a voluntad sin excesivo esfuerzo. Pero está claro que no es así, aunque algunas terminen por desaparecer sin mayores complicaciones gracias a la influencia de los otros. Es cierto, todos tenemos nuestras iras y nuestras penas y no es posible albergarlas dentro sin que en algún momento nos ganen la batalla del autocontrol y de nuestros empeños por aliviarlas o no permitir que dañen a otros. Quienes nos quieren estarán dispuestos a perdonar la emergencia de nuestras hidras, sí. Pero resulta tan asquerosamente injusto que tantas veces sean precisamente ellos sus víctimas. Y uno se siente tan asquerosamente débil y mezquino cuando, después de hacerles daño, se impone la lucidez y ve con claridad de qué manera el monstruo es capaz de confundir nuestro entendimiento y hacernos creer que el daño causado era legítimo. En fin, no hay nada más doloroso, para uno mismo, que saberse causante del dolor de quienes nos quieren, porque ese dolor sentido por ellos se hace nuestro y se suma al del remordimiento y la culpa, multiplicándolo exponencialmente.

Un beso!

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Caray, Peletero, siento mucho que esta hidra mía te haya afectado tanto. Espero que luego hayas sabido contenerla con quienes te rodean como es debido. Prometo no volver a dejarla escapar en este blog :P

Muchas gracias por el poema. Es verdad, hay más que vidrio entre la nieve y las espléndidas rosas. Estamos nosotros mirando esa nieve y esas rosas, y mirando en ese mirar todo aquello que desde nuestra cabeza, corazón y ojos interponemos entre ellas y nosotros, o les adherimos o les restamos, hidras incluidas. Y aún sigue habiendo mucho más que ni siquiera percibimos, y que tal vez nunca percibiremos, pero que conforma constitutivamente nuestra visión de la nieve y las rosas, o nuestra coyuntural visión alegre o maliciosa de la nieve y las rosas.

Un beso!

Antígona dijo...

Todo va a temporadas, ¿no crees, Miss Burton? Las hay en las que se muestran demasiado proclives a aparecer, días sí y tardes también, y en otras hibernan aletargadas durante meses, sea invierno o verano, creándonos la ilusión de haberse esfumado para siempre. Pero es sólo una ilusión. Siempre estarán ahí, y quizá sólo quepa esperar a que con el debilitarse de nuestras fuerzas en la vejez también ellas pierdan un poco las suyas.

Es imposible escapar a las cosas que nos enferman o nos parecen injustas, es así. Pero lo extraño es que haya días en que podamos pasar por encima de esas cosas sin que apenas nos rocen, o sin que sean capaces de acabar con nuestra alegría, y otros nos enerven y conviertan en criaturas malignas porque ya amanecemos con esa malignidad dentro, al acecho de la mínima ocasión para saltar.

Ya me gustaría a mí haber hecho ese aprendizaje con mi familia, Miss Burton. Pero es que mi madre podría sacarle a cualquiera las hidras de dentro incluso si se ha despertado hecho un angelito :P

¿La última del loco? Tengo entendido que ha publicado una nueva novela en Francia, titulada “El mapa y el territorio”, pero que todavía no ha sido traducida o, desde luego, que no ha salido a la venta aquí en España. Sin embargo, ya que lo mencionas, estoy leyendo otra cosa de él que me está encantando. Apunta: “Enemigos públicos”. Es un intercambio epistolar entre Houellebecq y otro intelectual francés, Bernard Henry Lévy, que comienza con la declaración de su enemistad. ¡Absolutamente genial! Yo creo que te encantaría.
Cuídate mucho tú también, que cada uno de tus jirones vale millones, guapa, aunque ya sé yo que no vas a permitir tú que se te quede ninguno por el camino. Pero mucho ánimo en cualquier caso y a ver si es verdad que nos vemos pronto.

Besazos!

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Probablemente nos olvidamos, Arturo, porque no nos gusta nada mirarnos al espejo y descubrir ese monstruo perverso de siete cabezas. Y porque esas hidras que en ocasiones se apoderan de nosotros enturbian hasta tal punto nuestra mirada que nos llegan a hacer creer que la ira, la rabia, el enfado, tienen su origen en ese afuera que nos resta responsabilidad e incluso nos justifica como presuntas víctimas de golpes inexistentes.

Me parece muy interesante eso que dices de que el monstruo consume el mismo carburante que nos mueve a buscar la felicidad. Qué extraño, sin embargo, que logre enmascarar su posibilidad hasta el punto de que la propia idea de la felicidad resulte una quimera ante su presencia. Y qué maravilla que existan los otros en el mundo para lograr a veces salvarnos de las garras de esa hidra en nuestras tripas y aniquilar nuestras ganas de lanzar dentelladas al mundo.

Ya me gustaría a mí, Arturo, dominar esa magia y contar con el poder de transformar mis hidras en animales hermosos y amables. Pero me temo que no, que aún estoy en la fase de aprender a dominarlas. Aunque en nivel avanzado, eh? ;)

¡Besos!

Carmela dijo...

Tienes razón Antígona en que es muy dificíl dar con la llave de esa puerta, cuándo todo ello proviene de frustración y decepción acumulada por nosotros mismos, es más me atrevería a decir que normalmente casi nunca se encuentra y que de no abrirla alguién desde fuera nunca se abriría desde dentro. Pero en ocasiones, puede ocurrir que estando como una olla expres a punto de estallar, algo tremendo, normálmente en principio negativo, haga que derribemos esa puerta y consigamos (por narices más bién) estender en el exterior toda esa mierda interna y no tener más remedio que afrontarla. Y si conseguimos dar ese paso, es decir afrontarla, salga lo que salga, habremos ganado. Por eso te digo que algo que puede ser negativo puede transformarse en positivo. Aúnque también pueda ocurrir que no logremos afrontarlo incluso teniéndolo extendido delante de los ojos.
Un beso Antígona

iliamehoy dijo...

De tu mano, o mejor dicho, al compás de tus palabras, una casi siente la necesidad de albergar una hidra, si acaso no la habita ya de forma soterrada.
Pude notar el brotar de sus cabezas,una a una, empozoñando el tránsito de los actos cotidianos, empujando con su aliento un ánimo que de aletargado, llegó incluso a tener ínfulas de mercenario.
Inútil empeño, pretender buscar la primera molécula que gestó tal monstruosidad interna; hagamos, a ser posible, un denodado esfuerzo práctico y busquemos sin tregua, ni pactos, ni acuerdos bilaterales, la manera en que apenas se insinúe,otra fuerza, esa si premeditada, la escupa, la aniquile, seccione sus intenciones y permita que un halo de cordura, de serenidad, siga trazando la vida que nos aguarda.
Un deleite, un enorme placer seguir pasando.
Y mi sonrisa

NoSurrender dijo...

Es que las hidras son muy suyas, doctora Antígona, y no hay medicina contra ella. Creo que a mí lo que mejor me funciona ,cuando soy poseído por ellas, es reconocerlo públicamente. Funciona, sí. Como una especie de terapia para Poseídos Anónimos. Y te levantas, llegas al centro del círculo y dices “Hola, me llamo Lagarto y estoy Poseído”, mientras los demás responden a coro “No importa, te queremos”. Bueno, tengo una amiga que primero se compró un punching ball, que a lo mejor también funciona. En cualquier caso, doctora Antígona, creo que tiene usted razón en eso de que son los demás los que más nos pueden ayudar.

Y hablando de los demás, luego está el que la observa desde fuera. Empeñado en buscar causas racionales (u hormonales, si se tercia) a toda costa. En observarlas con dedicación en busca de pautas, como si fuera Félix Rodríguez de la Fuente en uno de sus programas, fascinado por el poderío de la naturaleza impenetrable. Eso también es divertido :)

Besos, doctora Antígona!

Miss.Burton dijo...

Que mona eres¡¡
Ese libro del que me hablas, lo tiene mi hermana, así que me pongo manos a la obra.
Los jirones valen oro, que me costaron la vida...jajaja.
Un besazo fuerte, y sí, nos vemos en los bares y donde haga falta. Yo ando ahora muy bien, ya te contaré, cogí el toro por los cuernos, y bueno... un descojone, menos mal que soy adicta al jamón, porque sino... no se que sería de las farmacias... Asalto absoluto¡¡ Jamón, marlboro, y buena compañía, quien da mas?¿?¿¿?
bsssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss

Antígona dijo...

Entiendo lo que quieres decir, Carmela. Es cierto, a veces la hidra puede hacer que se desaten sin vuelta atrás esas fuerzas negativas solapadas que en el fondo la alimentan, fuerzas que quizá hemos reprimido demasiado tiempo sin incluso llegar a ser conscientes de esa operación de represión y que nos impiden vivir con alegría. En ese caso, aunque la hidra pueda desencadenar el desastre, su explosión virulenta, y quizás injustificada en función de los acontecimientos más próximos pero en el fondo legítima, nos estaría haciendo un favor. Siempre y cuando, como bien apuntas, después seamos capaces de afrontar el desastre en lugar de, por miedo, tratar desesperadamente de recomponer sus pedazos.

Más besos, guapa!

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Iliamehoy, yo es que estoy segura de que todos albergamos esa hidra, aunque sobre algunos seres éstas tengan más poder que sobre otros, aunque haya personas que hayan aprendido a dominarlas o a convivir con ellas hasta el punto de que jamás se les escape ni llegue a manifestarse ante sus semejantes.

No sé de qué pueden depender esas diferencias. Otro asunto enigmático. Hay quienes, suceda lo que suceda, amanecen cantando alegremente como pajarillos y hay quienes, según se presente el día o hayan dormido, se levantan con una hidra incipiente que desaparece con la ducha o el café.

En efecto, inútil buscar el origen, la causa, el motivo. La tarea esté en lo que bien apuntas: saberse en pugna con la hidra, saberse comprometido con el esfuerzo de apaciguarla, de invocar otras fuerzas de carácter contrario que anulen su poder o la pulvericen, de encontrar una estrategia, una trampa, un truco que nos devuelva a la cordura y a la serenidad. Quizá no siempre nos espere la victoria del otro lado del esfuerzo. Pero no por ello dejaremos de persistir en él. Sencillamente porque nos merece la pena y ya conocemos por experiencia de qué manera las hidras son capaces de amargarnos la existencia.

Un beso!

Antígona dijo...

La mejor medicina, aunque está claro que nunca infalible, es para mí, doctor Lagarto, el influjo benéfico de los otros, que desconocedores de nuestro estar poseídos por ella, se acercan a nosotros como si tal cosa y en ocasiones consiguen aplacar a la hidra haciéndonos sentir ridículos ante sus actitudes injustamente beligerantes. Sin embargo, tiene usted razón, las hidras son muy suyas y a veces esos otros que se acercan ingenua y alegremente a nosotros terminan sufriendo una dentellada.

A mí también suele funcionarme ese reconocimiento público, pese a que sólo me atrevo a hacerlo con personas de confianza. Y es que creo que cuando uno confiesa, “Uff, hoy estoy de un humor de perros”, de alguna manera se está apoyando en los otros para que le ayuden a dominar a la hidra. Incluso la perspectiva de predisponerlos al perdón y a la tolerancia si ésta se nos desmadra parece contribuir a una suerte de relajación interna que la debilita. Sin embargo, reconozco que hay ocasiones en que esa declaración actúa meramente como una advertencia que intenta proteger a los otros a sabiendas de que el poder de la hidra es especialmente intenso. Uno se cuelga al cuello el cartel de “Cuidado con el perro” y se recluye en el interior de la finca para evitar males mayores hasta que la hidra desaparezca al acabar el día ;)

Jajaja, me ha gustado eso del poderío de la naturaleza impenetrable. Pero es cierto, quienes mejor nos conocen acaban también familiarizados con nuestras hidras a fuerza de observarlas y tratar de comprenderlas. Y eso también es un consuelo frente a ellas: saber que otros, desde fuera, se hacen cargo de su presencia sin apenas mencionarla y comprenden desde su serenidad que el asunto, en el fondo, no es tan grave y sí algo pasajero y tan caprichoso en su venida como en su desaparición. Sobre todo si lo que se tercian son causas previsiblemente hormonales.

Un beso, doctor Lagarto, y cuidado con las hidras, propias y ajenas!

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Tú sí que eres mona, niña!

Ya verás como te gusta el libro. Y qué suerte de familia, maja, que alberga en los anaqueles de su biblioteca a Houellebecq.

Me alegro mucho de que estés tan bien y de que hayas cogido el toro por los cuernos. Ya me contarás cómo, y a ser posible con un buen plato de jamón de por medio. El Marlboro no tendremos más remedio que dejarlo para la puerta del bar ;)

Un montón de besos!