jueves, 24 de febrero de 2011

Mal por mal


El bajo continuo de una inquietud sorda pulsando en la boca de su estómago le acompaña desde el día en que recibió la llamada. Su intensidad se agudiza al asociarse obsesivamente, en el rutinario trayecto al hospital, al recuerdo del número desconocido en la pantalla, de su indecisión -probablemente un error- para apretar la tecla de aceptar, de la voz vacilante al otro lado del teléfono pronunciando su nombre tras excesivos timbrazos. Una voz al principio extraña, reconocida poco después con la vergüenza ya coloreando su rostro al identificarse su propietaria, cautelosa en la elección de las palabras, sin embargo cada vez más firme conforme revelaba la gravedad del asunto. Para rayar tenebrosamente en la angustia cuando Andrés revive en su imaginación su reacción de sorpresa indignada, su obstinado, airado rechazo de la acusación vertida, cómo se atreve, el tono sereno de la voz femenina al expresar la velada amenaza de denuncia, debe usted comprender, yo podría salir mal parada, y él finalmente asintiendo, prometiendo lo antes posible la visita, la inspección encubierta, mejor en domingo cuando yo no esté, volveré a llamarla en cuanto lo haya visto, no, no se preocupe, este mismo fin de semana.

Lucía había aceptado el pretexto de su visita sin apenas preguntas, sin atisbo de reproche en su voz suave por su descuido ahora que, por su desapego ahora que, por su lejanía trascendiendo la distancia geográfica ahora que pero igual antes, con sincera alegría alborozada, sólo lamentando que Carmen no pudiera también, que hubiera de ser tan breve, domingo en lugar de sábado, el domingo libra Pilar, ya sabes, la cuidadora, y no podrían moverse de casa, anunciando pollo en pepitoria como el que guisaba mamá, riendo, muy lista no he sido nunca pero la cocina no se me da mal.

Andrés acusa la tensión en la espalda tras los cientos de kilómetros recorridos y el desasosiego en alza al penetrar en el edificio del piso familiar, su propio hogar hasta hace no tantos años aunque en cada visita le parezcan los de toda una vida, la casa de su infancia y primera juventud escindidas de su presente como por un abismo. La reciente mano de pintura cubriendo las paredes del portal y las escaleras no logra ocultar su aspecto antiguo, decadente, deslucido más allá de ese brillante color crema. Tampoco impide el involuntario rebrotar de sentimientos ambivalentes enraizados a una memoria que rehúye evocar. En el segundo piso, Lucía le recibe ante la puerta con una sonrisa y un discreto delantal, el trapo entre las manos medio húmedas, pasa pasa, que qué tal el viaje, te abro una cerveza de aperitivo.

Ya desde el recibidor adivina en el comedor la coronilla rala asomando sobre el respaldo del sillón frente al ventanal. Mientras Lucía vuelve a la cocina, se acerca a él despacio, procurando no perturbar quizá una siesta temprana. Y papá, en efecto, duerme pese a sus ojos abiertos, las pupilas fijas y los globos estáticos evidenciando la ceguera impasible del espíritu inerte a las líneas paralelas de árboles floridos, a los viandantes en la calle bulliciosa, a la bandada de pájaros rasgando el azul límpido del cielo. Se sitúa frente a él, ¡papá!, una, dos, a la tercera vez alcanza a quebrar su vigilia sonámbula, su extravío interior por blancos desiertos, y sus pupilas giran hacia las suyas mientras en la lengua de Andrés, alentada por el asomo de reconocimiento, parlotean preguntas huecas, palabras estúpidas en armonía con sus muecas exageradas, ésas que tontamente se prodigan al infante aún ajeno al lenguaje, a este infante arrugado y mudo cuyas pupilas acaban regresando opacas al ventanal, al paisaje dinámico invisible frente a sus ojos por dentro sellados. Papá tiránico, papá colérico, papá ogro convertido ahora en un muñeco viejo y acartonado. Papá un idiota, una estatua de sal tras el ictus irrecuperable.

Lucía aparece con la cerveza, ya ves, pobre, sigue igual, terminar así, con el mal genio que tenía, cómo no lo vas a recordar, menos mal que Pilar se las apaña bien con él, su dineral nos cuesta y gracias, sobre todo a ti, pero los domingos, los domingos se hacen pesados, todo el día aquí encerrada, imposible dejarlo solo, cuando menos lo esperas se levanta, aún tiene fuerza, no vayas a creer que porque se haya quedado en la mitad, y está tan torpe, que si no coordina, dice el médico, a trompicones va, y entonces no sabes los moratones que le salen, la medicación ésa para la sangre, qué te voy a contar, tú trabajas con médicos, cualquier golpecito de nada, pero no, no te apures, no lo llevo tan mal, y además si no pasa nada el mes que viene estará en la residencia, ya queda poco, suspira, qué alivio, todo está bien, todo está bien.

Papá ha comido su papilla hace rato y ellos se sientan a la mesa junto al ventanal. Lucía tiene buen aspecto, aunque diga acusar el cansancio por su inexperiencia en la gestión de la panadería, aunque la cicatriz que afea su rostro desde su nacimiento siga surcando la carne pálida desde la nariz al labio. La pequeña Lucía, siempre dócil, siempre tierna, siempre obediente. En su mansedumbre, en sus estrepitosos fracasos escolares esposándola a la harina y el pan, en su falta de interés por los chicos, fruto sin duda del desconfiado apocamiento que, año tras año, se anudaba con mayor tenacidad al reflejo tan frecuentemente estudiado de la cicatriz en el espejo del baño, se alberga para Andrés el número contable de los factores despejando las incógnitas a tantos porqués: por qué Lucía no logró abandonar el nido a menudo inhóspito, por qué cedió a las presiones de mamá que empezaba a enfermar renunciando al proyecto del piso en alquiler, por qué tras su muerte consintió de nuevo, sólo unos meses más, hasta que papá se habitúe a la idea, papá ya viejo y cansado, pero papá gastando todavía ese perro humor de mil demonios, ese aquí mando yo, ese egoísmo tiránico y autoritario. Y de improviso el ictus, de improviso papá inútil y desvalido. No, Lucía no sabe aún qué hará cuando ingrese en la residencia, puedes quedarte en esta casa, no faltaría más, todo el tiempo que quieras, sólo cuando tú lo decidas ponemos en marcha los trámites de venta, podrías incluso pagarme una parte y quedarte a vivir aquí si lo prefieres. Lucía deniega con contundencia mientras mastica el pollo y lanza la vista hacia papá, no, eso ni en broma, demasiados malos recuerdos, para luego mirar a Andrés durante unos instantes y devolver los ojos al tenedor y el cuchillo trajinando en el plato.

Desde la cocina llega el rumor de la radio, de Lucía canturreando mientras friega y prepara café. Andrés se levanta, se dirige con sigilo hacia papá y se sitúa frente a él, poniendo sus manos sobre las suyas, que yacen laxas, frías, inmóviles sobre los muslos. Papá impasible, las pupilas fijas chocando ahora con su suéter negro de algodón. Con cuidado le desanuda el batín, le desabrocha la camisa, le sube las mangas. Ahí están. Dios. Dios. El rostro de Andrés se desencaja, bajo su esternón el punzón lacerante del horror haciendo por fin acto de presencia, aniquilando en su contundente manifestación la esperanza de la fantasía malévola, de la sospecha delirante y mezquina. Sobre la piel fofa, las manchas informes de color violáceo, las huellas delatoras, irrefutables, más recientes, más antiguas y amarillentas, de unos dedos pellizcando con saña, retorciendo la masa blanda, apretando con injustificada dureza, acaso abofeteando la carne flácida. Oh, Dios. Sus manos tiemblan gelatinosas al recomponer con idéntico cuidado las ropas de papá impertérrito, papá indefenso, papá muñeco viejo y acartonado maltratado por una niña enloquecida capaz de la más terrible atrocidad. Papá, de pronto, vencida la cabeza sobre el respaldo y los párpados cerrados. Papá que, al apartarse Andrés de su cuerpo, mira otra vez al frente, los párpados ya abiertos, los globos estáticos, tan ciegos como antes a los suyos.

Los brazos de Andrés reposan con fingida calma sobre el mantel cuando Lucía llega con la bandeja del café. La deposita con cuidado en el centro. Del sillón emerge un leve ruido nasal. Espera un segundo, el paquete de kleenex saliendo del bolsillo del delantal, hasta hay que sonarle como a un crío, pobre, se inclina sobre papá tal y como él apenas hace unos minutos, sopla papá, sopla. Y mientras le limpia la nariz, Andrés observa sorprendido cómo la mano derecha de papá cobra de repente vida y se encamina, como impulsada por un lejano automatismo, pausada, casi parsimoniosamente hacia Lucía, hacia la falda de Lucía, hacia la cadera de Lucía. La cadera que entonces se contorsiona con un extraño, huidizo movimiento y se sustrae ágilmente a la mano extendida. Una mueca de viva repugnancia, de virulento asco, contrae las facciones de Lucía de regreso a la mesa, Lucía que baja la cabeza al intuir sobre ella la mirada de Andrés, Lucía que se precipita sobre la cafetera para servir el café y formula una pregunta ya formulada y respondida en algún momento.

Sobre la secuencia aún sostenida en sus retinas que enlaza mano y cadera en fuga se abalanza un tropel de imágenes desterradas, sepultadas en el cajón más recóndito de ese armario oscuro donde Andrés se esfuerza por encerrar bajo llave, con reconcentrado tesón desde que memoria y olvido le asisten, sus más inquietantes, desdibujados recuerdos. Lucía sacudiéndose esa mano más joven que, apoyada en su cintura, se desliza como al descuido hacia su nalga. Lucía soltándose bruscamente de esa mano menos arrugada que, agarrada a su brazo, parece intentar rozar con el dorso de los dedos su pecho adolescente, mientras papá bromea sobre su aspereza, Lucía cardo borriquero. La repulsión mal disimulada en los labios de Lucía al besar las mejillas de papá al acostarse, forzando a su talle delgado a guardar una insólita distancia de su tronco rechoncho. Lucía, aquella tarde en que papá había regresado de la panadería horas antes de lo habitual, ella sola en casa, él borracho tras la comida de celebración, encerrada en su cuarto, un ovillo prieto en un rincón, llorando en silencio, abrazándose con fuerza las rodillas, mordiendo la cicatriz del labio hasta hacerlo sangrar, rehusando contar el motivo de su llanto. Lucía, la pequeña y dócil y mansa Lucía.

Cuando arranca el motor es su propio llanto el que se desata, las lágrimas empañando las manchas violáceas, las facciones contraídas de Lucía, la cicatriz partiendo su labio, el timbre de la voz de Pilar, el de su voz mañana, mintiendo, garantizando la inocencia de Lucía, asegurando la naturaleza accidental, inevitable con la medicación, amenazando con el despido inminente si no desecha ocurrencias perversas, llamando a primera hora a la residencia, tratando de acelerar, cueste lo que cueste, el ingreso de papá. Ni un domingo más Lucía a solas con él. Ni un domingo más Lucía enloquecida, enloquecida pero no atroz, enloquecida pero quién afirmaría que culpable, por la ira y la rabia. Por el dolor durante largos años macerado en insensata, brutalmente ritual, enfermiza, pero quién osaría decir que incomprensible erupción.

Algo se encoge en sus pulmones al contemplar el reloj en el salpicadero: todavía hoy es domingo, todavía restan horas de domingo. Y a punto de pulsar el intermitente para emprender el trayecto, su rostro a medio recomponer se desencaja de nuevo al descifrar la idea confusa que apedrea su frente desde que entrara en el vehículo: que en la cabeza vencida de papá sobre el respaldo del sillón no hablara queja alguna por el sutil, demorado martirio; que sus párpados cerrados por unos segundos tan sólo revelaran el resignado, apenas consciente asentimiento de un minúsculo, acaso último resquicio de claridad en el espíritu moribundo, a la ley que dictamina la devolución de mal por mal, de crimen por crimen, de abuso por abuso y maltrato por maltrato. Por más que, junto a tantas y tan infinitas variables, el imparable flujo del tiempo, también el germinar por su causa de flores podridas en heridas incurables, nieguen el equilibrado intercambio en su nombre de ojos por ojos y dientes por dientes.


18 comentarios:

El peletero dijo...

Perdóname, querida Antígona, que no diga nada ni opine sobre tu post, no podría hacerlo por más que quisiera porque el mal que describes no necesita palabras, o quizás yo no sé encontrarlas.

Besos.

Carmela dijo...

El abuso, inexcusable en cualquier momento de la vida, en una mente inocente es devastador, y si además es en su propio mundo, en el lugar que para ella es o debe ser el cobijo, el amor incondicional, la seguridad frente al exterior, produce un derrumbe de todo lo amable que debería significar ese su mundo muy dificíl de superar y si además no lo comparte, si lo entierra en si misma, puede tener consecuencias aún más devastadoras. El hogar queda convertido en un lugar hostil del que hay que defenderse y supongo que en ocasiones,como la que describes, un lugar al que hay que combatir y del que hay que vengarse.
Un beso Antígona

Jota dijo...

Qué brutal es lo que cuentas, pero con qué delicadeza y maestría lo expreas. Tu relato daría para una película escandinava, de esas en las que, bajo una pátina de pulcritud, hierve la podedumbre.
Lo peor del abuso no es el abuso en sí, sino que alumbra abusos futuros.
Y es verdad que resulta tan repulsivo y vergonzante que muchas veces, inconscientemente, lo enterramos en la memoria y solo algún hecho traumático o casual saca a la luz esos recuerdos.
Fantástico, Antígona.
Besos.

Marga dijo...

Jo, antígona muá, con un puño leyendo el relato, a medida que avanzaba cada vez más apretado... de los mejores que he leído tuyos, me gusta todo: el ritmo al ir desvelando la trama y lo narrado, guau! de verdad.

Por lo demás, Hamurabi dejó poco en qué pensar... Y la familia, el hogar, tradicionalmente considerado como refugio, a un paso de convertirse en territorio hostil que ni la peor de las batallas...

Y no dejar de lado el desapego del protagonista hasta el momento en el que descubre, otra crueldad distinta y de menos intensidad, claro, pero el "ella se ocupa y me descarga de responsabilidad" ese sí, ese tan cotidiano y aceptado...

Qué bárbaridad, me digo.

Besotes con ojos y dientes pero sin ganas de intercambiarlos!

Arturo Valmonte dijo...

La lógica del mal es así de simple. Como el bien, se engendra a sí mismo. Lo comprendemos y hasta podemos justificarlo cuando es una víctima quien lo emplea contra su verdugo, como ocurre entre esta hija y este padre. Pero con frecuencia el mal no hace distingos y cae sobre el inocente y el culpable con la misma ferocidad. Es lo malo, vaya, porque ahora el destino parece haber convertido al padre en un inocente.

Para mí lo mejor de este estupendo relato es el punto de vista: la historia está contada en tercera persona, pero la perspectiva es claramente la de Andrés. Andrés sabe lo que sucede. Lo comprende, pero cómo permitirlo. ¿Vale la pena la venganza? ¿Importa más el pasado que el presente?

Besos

iliamehoy dijo...

Triste y desgarrador cuadro de hábitos mal gestionados. Lucía estampa su veneno en moratones escondidos tras las mangas de la camisa, pero no lo suficientemente enterrados, como una muestra inequívoca de que su mansedumbre no es tanta. Andrés conduce su culpa que no puede contener la distancia, esa que puso entre los recuerdos de su infancia y una realidad temida, y que seguirá manteniendo porque no puede acusar, pero tampoco afrontar.
Y la figura del padre, inerte, al menos en apariencia, con destellos casi imperceptibles de lucidez, en los que recibe sin admitir, (quién se atreve a calificar de inujusto) la venganza en tomas equitativas de dolor y deberes de buena hija.
Pilar, la voz de la conciencia que traslada a la realidad a cada uno de los protagonistas, la que mueve los hilos de la trama...
No se me ocurre ningún adjetivo que pueda contener el placer de haberte leído.
Una sonrisa
Una sonrisa

Carmela dijo...

Querida Antígona, para mí lo mas tremendo de este realto,no es el hecho de la venganza, que cómo bién dice Arturo, podemos hasta entender el mal que una victima emplea contra su verdugo. Es la verdad que tan despreciablemente escondió Andrés en ese armario oscuro y cerrado con llave, verdad que siempre supo, verdad que sí explicaba y despejaba todas las incognitas que quería inventarse para justificar el apocamiento y encerramiento de Lucía. Verdad que toda su vida ha estado temiéndo que saliera a la luz y que presiente en esa llamada. Y verdad que incluso, cuando se enfrenta a ella en la realidad de la casa de la que huyó, no es capaz de poner sobre la mesa.
Una verdad que si hubiera afrontado, aquél día, hubiera podido sacar a Lucía de esa muerte en vida que llevaba desde entonces.
Y no creo que la realidad de Lucía sea tan simple como una venganza. Creo que está atrapada en ese mundo al que se condenó desde el abuso, el que creía merecer como culpable de lo ocurrido, ¿como si no le hubiera pasado eso?. Esa mente de niña por sí sola no pudo ser capaz de distinguir, entre el hecho y el culpable del hecho, y con esa culpa se encerró en su único mundo, mezclándose la sumisión y la venganza al verdugo.
Un beso

Antígona dijo...

Estimado Peletero, no hay nada que perdonar. Allí donde las palabras no brotan, es mejor dejar hablar al silencio, que también habla sin necesidad de hacer uso de ellas.

Un beso!

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Carmela, recuerdo perfectamente que tú misma trataste hace no tanto este tema en tu blog, bajo la forma de la narración de otro acontecimiento que en el fondo conducía al mismo lugar: el de la falta de seguridad, de protección frente al exterior en el propio nido, el de la radical quiebra de la confianza en el mundo una vez ese nido se demuestra inútil para protegernos de sus desmanes o, como en este caso, se aparece como una prolongación más de toda la maldad que lo habita.

Y sí, la conclusión es la misma: sus efectos devastadores, difícilmente superables, exponencialmente multiplicados por la ocultación, por la vergüenza, seguramente por un sentimiento de culpa absurdo pero inevitable. Sólo que la venganza nunca repara nada ni devuelve la confianza perdida. Sirve de desahogo, de descarga, de válvula de escape. Y encima deja un poso amargo y torna en efecto culpable al inocente. Aunque quién no la entiende, sobre todo en determinadas circunstancias.

Un beso!

Antígona dijo...

La realidad puede ser así de brutal, Jota, y quizá por eso, entre otras cosas, me parece que en estos casos es necesario narrarla con delicadeza, con extremo cuidado, para que la brutalidad de las palabras no reste protagonismo al hecho brutal que a través de ellas se pretende resaltar.

Muy lúcido eso que dices de que lo peor del abuso es que alumbra abusos futuros. En efecto, el mal es como una semilla que germina muy fácilmente y se propaga como una hierba dañina demasiado rápido y por todas partes. Por eso decía Gandhi aquello de que la ley del Talión nos dejará ciegos a todos. Porque una vez sembrada esa semilla, es difícil controlar sus efectos en nosotros y más allá de nosotros.

Supongo que historias así, sucedidas en el seno del propio hogar, sólo se explican por el hecho de que sus habitantes resultan hasta cierto punto cómplices de lo sucedido. Aunque su complicidad provenga del no querer ver, del no querer creer, del no querer entender lo que los propios ojos han contemplado. Nadie acepta fácilmente que el propio hogar sea un infierno, aunque sus llamas no alcancen la propia carne. Es más sencillo sucumbir a la tentación de girar la cabeza y desterrar al olvido.

Un beso!

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Bueno, Marga, ésa era precisamente la intención, trasladar el horror de esa situación al lector, tenerle con el corazón en un puño, hacer un cuento de terror sin entes fantasmagóricos ni manos cortadas golpeando los cristales de la ventana. Me alegro de haberlo conseguido, aunque os haya hecho sufrir un poco.

A mí es que me parece que los hogares son siempre en parte territorio hostil y fuente de tremendos conflictos, incluso si no esconden miserias y dolores tan notorios como el que se narra en el post. Un refugio lleno de piedras y espinas, aunque las haya más leves y más brutales, pero todas dejan su huella y contribuyen a hacer de nosotros los individuos que somos, como ya señalara Freud al situar en la más tierna infancia y en las relaciones con los progenitores conflictos determinantes de la salud mental o la insania de los adultos. Y partiendo de la base de que todos somos un poco neuróticos, en fin, será que los conflictos nunca terminan de superarse del todo.

En cuanto a Andrés, creo que ha sido más fuerte, por un lado, y ha tenido más suerte, por otro, que Lucía. Lo cual no le exime, como comentas, de cierta responsabilidad, es obvio, por aprovecharse de la debilidad de su hermana y dejarla al cargo del padre. Lo peor es que esta falta de simetría entre los hermanos en el cuidado de los padres sea algo tan habitual y cotidiano y en lo que, además, las mujeres suelan llevarse por lo general la peor parte.

Besos sin ley!

Antígona dijo...

Así es, Arturo, la lógica del mal es simple. Pero fundamentalmente responsable es quien la desencadena gratuitamente, quien se permite dar el primer golpe sin pensar en todo el mal que a partir de él se diseminará. La cadena no sigue si no hay un comienzo. A veces, eludir la venganza, la devolución del mal por mal, requiere de una fortaleza heroica que no todos estaríamos en condiciones de reunir. Es mucho más fácil comenzar esa cadena y proseguirla que pararla en uno mismo.

Andrés comprende lo que le sucede a Lucía pero, es cierto, no puede permitirlo. Y no sólo por el bien del padre, sino por el de la propia Lucía. A mis ojos, el conflicto entre Lucía y el padre no tiene solución alguna. Hay iniquidades para las que no cabe el perdón. Luego lo único que se impone sensatamente ante ellas es la separación, el alejamiento. Para que ninguno de los dos, el padre con su presencia, Lucía con su maltrato, pueda seguir haciendo daño al otro.

Un beso!

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Interesante análisis, Iliamehoy. Pero es que la mansedumbre tiene un límite y quién sabe si en el fondo Lucía no desea ser descubierta por Andrés a través de Pilar para que éste termine con ese horror provocado por ella del que no puede dejar de ser consciente. Para que Andrés ponga fin a esos arrebatos de locura que la propia Lucía, vencida por un dolor acumulado durante demasiados años, no es capaz de controlar ahora que es su propio padre desvalido el que se halla en sus manos. La enfermedad del padre la ha puesto en una situación de poder –una clara inversión de la vivida en su infancia- que ella, o su rabia o su ira desbordadas por esa misma situación de poder, no se resiste a desaprovechar. Y tal vez no tantos se resistirían en sus circunstancias. O habría que tener para hacerlo, como comentaba antes, una fortaleza anímica y moral casi sobrehumanas.

Lo que se dice del padre es sólo una conjetura de Andrés. Pero la conjetura que probablemente le permita, o le facilite perdonar a Lucía en su locura y ponerse de su lado pese a haber visto con mucha más claridad los signos de la maldad de Lucía sobre el padre que los de la maldad del padre sobre Lucía. A fin de cuentas, Andrés es hijo del mismo nido a menudo hostil para ambos. Tiene que querer ponerse del lado de Lucía, aunque le horrorice su comportamiento.

Un beso y un sonrisa!

Antígona dijo...

Yo no tengo tan claro, Carmela, que Andrés conozca la verdad antes de la repentina resurrección, ante la escena que presencia, de las imágenes en su memoria. Más bien tiendo a pensar que cada vez que presenciara esas otras escenas en el pasado prefirió, como tantos otros harían en su caso, no preguntarse por su significado, no pensar, olvidarlas en el momento mismo de observarlas, impidiendo así la conexión entre unas y otras que podría haber arrojado luz sobre la terrible situación que en su conjunto desvelaban.

La verdad que quiere descubrirse en cada una de ellas es también una verdad terrible para él. Y de esas imágenes aisladas no se desprende una verdad contundente, sino una sospecha que no es raro que se deseche rápidamente si nadie desearía tener que admitir que su propio padre es un ser perverso y depravado. ¿O no es cierto que a menudo los seres humanos nos cegamos a verdades extremadamente dolorosas hasta el punto de no verlas en absoluto, es decir, de aniquilar toda posible conciencia de ellas? Como si toda nuestra capacidad de percepción se bloqueara frente a determinados hechos en una especie de mecanismo de defensa que, al quebrarse cuando las circunstancias nos obligan a mirarlos frente a frente, nos lleva a exclamar: ¡no sé cómo he podido estar tan ciego! Pues bien, yo creo que Andrés es víctima de esa ceguera que nos cierra los ojos incluso ante lo más evidente para ahorrarnos un dolor que tarde o temprano no tendremos más remedio que padecer. Hasta que la escena que presencia en estado de shock al descubrir las lesiones de su padre provoca que todos esos recuerdos se abalancen juntos sobre él y así se conecten unos con otros en su cabeza para ponerle delante esa verdad tantos años eludida.

En lo que sí te doy plenamente la razón es en lo de que la realidad que vive Lucía no es en absoluto tan simple. El silencio de las víctimas de abusos, y no sólo sexuales, suele ser fruto de un paradójico sentimiento de culpa que les lleva a pensarse y sentirse merecedores de esos abusos por haberlos provocado ellos mismos. Como si la causa de lo sucedido también residiera en ellos mismos y por tanto fueran en parte responsables de ello. De alguna forma, Lucía se hace cargo de la depravación del padre y de ahí a acabar actuando ella misma como un ser depravado no hay tanta distancia.

Más besos!

NoSurrender dijo...

Vaya, doctora Antígona, estas cosas son duras y no me extraña que dejen heridas que nunca acaban de cicatrizarse. Lucía debería haber abandonado esa casa hace tiempo. La familia biológica es una imposición. Y el amor, la camaradería y la convivencia sólo pueden ser fruto de la libertad y la voluntad. Está muy bien cuando coinciden con la lotería biológica, pero no tiene porqué hacerlo. La familia debería ser algo a ganar y no una cárcel inamovible como defienden los conservadores.

Por cierto, no sé si ha visto usted una película de Fernando León que se llama precisamente así, Familia. No voy a desvelar la trama por si alguien se decide a verla, pero hablaríamos de otro modelo de familia que, visto con cierta creatividad mental, puede funcionar mejor que la católica.

Besos, doctora Antígona!

carrascus dijo...

Ya se ha dicho muchas cosas sobre el maltrato, así que a mí me gustaría detenerme en unas frases que me han llamado mucho la atención, amiga Antígona... copio y pego...

...cuando ingrese en la residencia, puedes quedarte en esta casa, no faltaría más, todo el tiempo que quieras, sólo cuando tú lo decidas ponemos en marcha los trámites de venta, podrías incluso pagarme una parte y quedarte a vivir aquí si lo prefieres.

¿Esto es una situación normal...? ¿El hermano quiere que ella le pague la mitad de la casa por quedarse allí a vivir...? ¿No se ha ganado ya de sobras ella ese derecho...?

Veréis, ignoro si esto es una costumbre extendida, por eso lo pregunto...¿os parece normal esta actitud del hermano...?

Yo no quiero ponerme como referente de nadie, por supuesto, solo digo lo siguiente porque es lo que a mí me parece normal, sin que hayamos en la familia siquiera cuestinado otra posibilidad: Mi hermana ha cuidado de mis padres tanto cuando estaba casada y vivía en otro piso, como ahora divorciada y con mi padre fallecido y mi madre viviendo con ella... el domicilio paterno se encuentra alquilado y mi hermana dispone del dinero del alquiler para lo que quiere (básicamente necesidades de mi madre), pero cuando mi madre falte tanto mi hermano como yo tenemos asumido tácitamente (bueno, y ya también ante notario por medio del testamento) que el piso de mis padres es para mi hermana, y que haga con él lo que le salga de las narices, quedárselo para vivir, venderlo (con todo el dinero que saque para ella, por supuesto), dárselo a su hija para cuando ésta se case... yo que sé... el piso es suyo con todas las consecuencias. Estimamos que se lo ha ganado. Y cualquier otra postura (como la del hermano en este relato) me parece ruín...

Pero bueno, a lo mejor es que los que no conocemos las costumbres imperantes somos nosotros...

El peletero dijo...

Te paso este enlace, querida Antígona, que creo, si no lo conoces ya, te puede interesar.

http://www.lavanguardia.es/opinion/articulos/20110309/54124409422/textos-piratas.html


Te pido de nuevo disculpas por no decir nada a propósito de tu texto, pero, y aparte de tu buen escribir, termina en sí mismo.

Por dices algo que a mí siempre me ha interesado, la culpa de la víctima:

“Supongo que historias así, sucedidas en el seno del propio hogar, sólo se explican por el hecho de que sus habitantes resultan hasta cierto punto cómplices de lo sucedido. Aunque su complicidad provenga del no querer ver, del no querer creer, del no querer entender lo que los propios ojos han contemplado. Nadie acepta fácilmente que el propio hogar sea un infierno, aunque sus llamas no alcancen la propia carne. Es más sencillo sucumbir a la tentación de girar la cabeza y desterrar al olvido.”

Yo he tenido la inmensa suerte –aunque nadie ni ninguna familia es perfecta- de no vivir eso que afirmas:

“A mí es que me parece que los hogares son siempre en parte territorio hostil y fuente de tremendos conflictos, incluso si no esconden miserias y dolores tan notorios como el que se narra en el post. Un refugio lleno de piedras y espinas, aunque las haya más leves y más brutales, pero todas dejan su huella y contribuyen a hacer de nosotros los individuos que somos, como ya señalara Freud al situar en la más tierna infancia y en las relaciones con los progenitores conflictos determinantes de la salud mental o la insania de los adultos. Y partiendo de la base de que todos somos un poco neuróticos, en fin, será que los conflictos nunca terminan de superarse del todo.”

Mi vida fue otra, llena de cariño, me siento un privilegiado y sólo puedo dar las gracias por ella.

“Recuerdo que nos bañaban en un barreño y ellos iban a un baño público”


Besos.

Antígona dijo...

Tiene usted razón, claro que sí, doctor Lagarto. Lucía debería haber abandonado esa casa hace tiempo. Pero son tantas las veces en que no nos encontramos en disposición de hacer lo que debemos. Y, en el caso de Lucía, es su misma trayectoria vital, las circunstancias que han destrozado su vida, las que se han encargado también de privarla de la fuerza, de la rebeldía, de la capacidad de decidir lo que sería lo mejor para ella y actuar en consecuencia. Doble castigo, doble condena. La familia biológica no sólo es una imposición, sino que es en su seno donde nos constituimos y llegamos a ser en nuestros rasgos fundamentales. No rasgos inalterables, la condena no es tan determinante. Pero sí rasgos que, en algunos casos, pueden mutilarnos precisamente de las capacidades que nos permitirían alejarnos de ella. No obstante, pensemos en que Lucía, una vez su padre ingrese en la residencia, va a tener la oportunidad, finalmente, de salir de ese nido lleno de espinas y emprender una nueva vida. Sus heridas nunca acabarán de cicatrizarse. Pero fuera de ese entorno venenoso, quizá llegue a sobreponerse en cierta medida a ellas y logre reunir la fuerza suficiente para buscar las condiciones de su felicidad. Quién sabe.

He visto esa película de Fernando León, sí y me pareció genial. En cualquier caso, y personalmente, me decanto por esa otra familia en que se pueden convertir las personas que nosotros mismos escogemos como amigos o parejas. Desprendida de las relaciones de poder que inevitablemente van ligadas a la estructura familiar.

Un beso, doctor Lagarto!

Antígona dijo...

Amigo Carrascus, ¡es que pones mucho de tu parte que en el relato ni siquiera se cuenta!

Quiero decir, por el relato no sabemos cuánto tiempo lleva Lucía cuidando de su padre, y antes de su madre, que podría ser poco. Tampoco se dice que Lucía le tenga que dar la mitad del valor de la casa, sino sólo una parte. Se da a entender además que es Andrés quién más paga por los servicios de Pilar, que es la persona que fundamentalmente atiende al padre. Así que no se dan datos suficientes para entender a partir del cuento que Lucía se haya ganado con creces el derecho a su posesión. Al margen de que Lucía no desea esa casa para sí.

Yo no he tenido que vivir todavía ninguna situación parecida, así que no sé lo que es normal o no es normal en estos casos. Si sé por lo que otros cuentan que los temas de reparto de herencia suelen ser de los espinosos y tienden a sacar lo peor de cada uno de los afectados. Que en ellos es corriente que impere el litigio, el egoísmo, el resurgir de antiguas rencillas que quieren saldarse con bienes y dinero en lugar de con diálogo.

En tu propio caso, como a ti, el modo en que lo habéis resuelto me parece el más justo y razonable. Pero por todas esas cosas que he oído, estoy segura de que muchas otras personas no renunciarían a esa parte de su herencia en función del esfuerzo realizado por uno de los hermanos. Sería ruin por su parte, como dices. Pero es un hecho que hay gente muy ruin. Y además en las familias hay a veces tantos trapos sucios ocultos que nunca se sabe si ese acto estimado desde fuera como ruin se merecería realmente ser juzgado de esa manera. Eso sólo lo pueden juzgar los integrantes de la propia familia.

Un beso!

Antígona dijo...

Estimado Peletero, muchas gracias por el enlace, apenas he tenido tiempo de echarle un rápido vistazo, pero con él me ha bastado para saber que, en efecto, me interesa y mucho, así que lo leeré con más calma en cuanto tenga un rato.

Y por favor, no me vuelvas a pedir disculpas, que no hay motivo alguno para ellas y por tanto nada que disculpar.

La cuestión de la complicidad de los familiares de las víctimas la planteé así porque es así como la veo y para mí la única forma de explicar que en ciertos hogares se cometan abusos de todo tipo sin que los que viven en él estén al tanto de ellos o reaccionen frente a ellos como deberían. No les atribuyo maldad, el rechazo a reconocer y entender lo visto puede ser a menudo inconsciente. Pero sí quizá cobardía, o el hecho de ser igualmente víctimas del horror bajo la forma de una ocultación, incluso para ellos mismos, que en realidad, creo, nunca podrá ser eterna y un buena día no tendrán más remedio que atender a la verdad. Quizá cuando ya sea demasiado tarde para enmendar o siquiera aliviar nada.

Me alegro de que tuvieras una familia sana a la que sólo tengas cosas buenas que agradecer. Pero como decía NoSurrender, la familia biológica es una pura lotería y aquí es obvio que algunos sujetos salen mejor parados que otros. Sin embargo, como ya decían los estoicos, lo importante no es lo que nos pasa sino cómo reaccionamos a lo que nos pasa. Y cuando en lo que respecta a la familia la mala fortuna está de nuestro lado, siempre cabe, al hacerse adulto, huir de ella o mantenerse a cierta distancia y buscar en otros lugares los vínculos afectivos sanos y satisfactorios que todos necesitamos.

Gracias de nuevo por el enlace y más besos!

koolauleproso dijo...

Hacía mucho que no me pasaba por aquí y, por tanto, no me dejaba envolver por tu talento literario. ¡Qué sutileza! ¡Qué magnífico "monólogo interior"!. Una narración digna del mejor Delibes. Como creo haberte dicho hace muchísimo tiempo, tienes talento, Antígona.
Imperdonables, por cierto, mis largas e inexplicables ausencias.