sábado, 6 de noviembre de 2010

Intimidad en venta



Quizá sea ya una trivialidad decir que, en nuestras actuales sociedades de la información, el poder social queda en manos de quienes son capaces de acumular información e invertirla convenientemente para obtener de ella el máximo rendimiento, bien sea político o económico. Pero todos sabemos que no toda información posee el mismo valor en el mercado, y es esto lo que permite distinguir entre ricos y pobres, entre poderosos y desposeídos, desde el punto de vista de la posesión de capital informativo. Los ricos y poderosos son los que disponen de información privada de acceso restringido, de información privilegiada que todo el mundo desearía para sí. Frente a ellos, los pobres y desposeídos son los que carecen de información de interés por no disponer más que de información pública, esto es, información accesible a cualquiera, que es la que les suministran los medios de comunicación de masas. Así, en las modernas sociedades de la información, los pobres son pobres porque no tienen información alguna que utilizar como moneda de cambio, porque no han acumulado información reservada que pueda convertirse en objeto de compra o intercambio.

¿Qué pueden hacer entonces los pobres para salir de su condición de pobres? Dado que carecen de información privada con la que negociar públicamente, siempre les cabe la opción de intentar hacer pasar su intimidad por una especie de propiedad privada de la que sacar un beneficio. El problema, sin embargo, es que semejante operación siempre resulta doblemente ruinosa: en primer lugar, porque la intimidad se arruina sin remedio, se echa a perder, una vez se la concibe como capital de carácter privado a utilizar como mercancía; y en segundo lugar, porque la intimidad como mercancía apenas vale nada -nada más que lo que puntualmente se decida pagar por ella a cambio de un beneficio infinitamente más elevado que el obtenido por quien comercia con ella- y su venta jamás sacará a los pobres de su condición de pobres.


El análisis que acabo de exponer está extraído de un magnífico y denso tratado sobre la intimidad al que retorno cada cierto tiempo y en el que no pude evitar pensar cuando me enteré de la existencia de un programa de televisión que, a mi juicio, encaja a la perfección con lo que en él se sostiene e incluso podría representar un caso extremo de esa venta de la intimidad. Se trata del programa-concurso "El juego de tu vida", cuya dinámica describiré brevemente para quienes no la recuerden o nunca hayan tenido la oportunidad de verlo. Ante la presencia de un polígrafo, quienes en él concursan deben someterse a veintiuna preguntas sobre ellos mismos y sus vidas. Si, según el polígrafo, dicen la verdad, van ganando sumas progresivamente mayores de dinero, hasta alcanzar un total de 100.000 euros en el caso de que no mientan en ninguna de las veintiuna preguntas. Cada cierto número de preguntas pueden renunciar a seguir y embolsarse así la cifra -ridícula hasta las últimas tres preguntas- conseguida hasta entonces. Pero si a lo largo del programa el polígrafo dictamina que mienten, pierden todo el dinero acumulado y se vuelven a sus casas con las manos vacías. Además, varios allegados de los concursantes se encuentran entre el público y pueden, si así lo deciden, impedir que el concursante responda a una de la preguntas formuladas por la conductora del programa.

Las preguntas que se formulan a los concursantes conciernen a aspectos tan íntimos de sus vidas, de sus emociones, de sus relaciones de pareja o familiares, de sus deseos o actividades sexuales, que al verlo no es extraño que uno ponga en cuestión la veracidad del programa y piense que todo ese despliegue mediático no es más que una farsa interpretada por actores. Por lo visto no es así. La producción del programa cuenta, a través de un complejo proceso de entrevistas previas, con esa información que, en principio, sólo deberían conocer algunos de los allegados y, en lo que respecta a ciertas cuestiones, ni siquiera ellos sino sólo el propio afectado. Pero lo que, a mi manera de ver, con más motivo puede suscitar la incredulidad -y también el estupor- de cualquier espectador no es tanto la naturaleza de las preguntas a las que los concursantes deben responder, como la idea de que alguien consienta en prestarse, a cambio de dinero, a semejante interrogatorio público. Porque hablamos de un interrogatorio que, invariablemente en cada programa, acaba comprometiendo gravemente la relación del concursante con su pareja, familiares o amigos presentes en el plató. Y es que pocos matrimonios, amistades o afectos familiares lograrían sobrevivir a algunas de las verdades sobre sus sentimientos hacia esas personas, sobre sus infidelidades, sobre sus creencias y deseos, que el concursante hace públicas ante la audiencia. Verdades cuya manifestación frente a las cámaras, en ciertos casos, no puede dejar de ser tremendamente humillante para esos allegados que, sin embargo, aplauden ante su revelación por el dinero que proporcionan al concursante. Se tiene así la impresión de estar asistiendo a un espectáculo consistente en que un individuo se demuestre capaz de arruinar las relaciones afectivas en principio más relevantes de su vida y exponerse a ser juzgado, en las esferas de mayor intimidad de su persona, por todos los conocidos que contemplen el programa desde sus casas, con el fin de ganar unos miles de euros. Un espéctaculo suicida en el que alguien ha decidido exponerse a perder lo que muchos estimarían como tesoros de valor incalculable utilizándolo como moneda de cambio para salir de su condición de pobre.

Personalmente, no me escandalizan los "trapos sucios" que los concursantes airean en este programa. Asumida la complejidad del ser humano, hace ya tiempo que comprendí que no es raro, sino más bien todo lo contrario, que las relaciones de pareja se conviertan con el tiempo en un vertedero de expectativas rotas, traiciones, rencores ocultos y deseos insatisfechos. Que las relaciones familiares son el perfecto terreno abonado para los sentimientos encontrados y los odios subterráneos. Que incluso las relaciones de amistad albergan más mugre, más desprecio o más engaño de lo que en su superficie se muestra. No, no es la miseria que con frecuencia habita en secreto el subsuelo de las relaciones con nuestros más íntimos allegados lo que me escandaliza. Me escandaliza el hecho de que determinados sujetos estimen que sacar a la luz pública esa miseria secreta, aquella cuya ocultación permite la pervivencia de unos afectos quizá imperfectos pero afectos al fin y al cabo, aquella cuya revelación, por tanto, difícilmente podrá convivir con la continuidad de tales afectos -y no sólo por la naturaleza de lo revelado, sino por la humillación que supone para quienes participan de esos afectos la manifestación pública de un secreto que sólo a ellos y al concursante concierne-, bien vale la posibilidad de ganar unos miles de euros. Y aún me escandaliza más que existan programas que ganan muchos más miles de euros invitando a la gente a arruinar su intimidad a cambio de la promesa, por lo general frustrada, de un poco de calderilla en comparación con lo que de ellos obtienen.

Me diréis que todo el mundo es libre de hacer con su intimidad lo que le venga en gana. Y os daré plenamente la razón. Por supuesto que sí. Pero no por ello dejará de apenarme el éxito de ese espectáculo suicida, pornográfico y bochornoso -había decidido ahorrarme los juicios de valor, pero ya véis que al final no he podido contenerme- organizado por unos y consentido por otros en torno a la pila del vil metal. En el tratado sobre la intimidad al que me he referido se dice que la venta de la intimidad es normalmente hija de la necesidad, puesto que nadie la vendería de poseer capital privado con el que negociar en el mercado de la información. Y aunque es probable que así sea, me cuesta comprender cuál es el grado de necesidad que justifica semejante venta y la ruina que ésta entraña. A no ser que lo que suceda es que estemos empezando a perder la percepción de en qué consiste en realidad la ruina, la vida en ruinas, la existencia arruinada, en un mundo que amenaza con extender sin límites sus mecanismos de mercantilización y conversión de cualquier cosa en valor de cambio.

74 comentarios:

Carmela dijo...

Alguna vez zapeando en la tele, aterricé en ese programa y te aseguro que pensé que todo era un montaje. No vi demasiado pues la verdad es que no soporto esos programas, pero realmente me parecio de lo mas tétrico y bajuno.Y si pensamos que realmente no es un montaje, si la gente es capaz de eso por sacar dinero, me da mucha pena.
Pero lo que más coraje me dá es que haya personas que se dediquen a imaginar y crear esos programas, que las televisiones los emitan y que haya personas a las que le gusten.
No conozco el texto al que te refieres, pero la sinopsis que muestra el enlace, es realmente interesante.
Un beso Antígona.

troyana dijo...

Antígona,
no puedo rebatirte en nada en este tema.Siempre he pensado que la intimidad es uno de los grandes tesoros que poseemos,si sabemos valorarlo.Me dejan de interesar las personas que lo cuentan TODO,absolutamente TODO,por trivial que sea,con pelos y señales.He pensado desde que me recuerdo,que la persona ha de guardar un misterio,un recoveco sólo suyo que le hace ser siempre un enigma a medio descubrir.No digo ser intrigante ni llamar la atención haciéndonos los misteriosos,sino más bien,saber que hay parcelas que son sólo nuestras,y así las queremos mantener.Por mucha confianza que tengas con otras personas,con tu pareja,con tus amigos...hay pensamientos y emociones que no compartimos,que son sólo nuestros,y ahí radica el misterio.
Todo este circo,esta venta ambulante de la intimidad,por tanto,me supera.Definitivamente, estamos perdiendo el rumbo,el único dios es el dinero y ya nada importa si no se puede comprar o vender o no es objeto de consumo.Toda nuestra vida íntima expuesta,arrastrando humillación hacia terceros,sirviendo para engrosar audiencias...el mundo Antígona,se ha vuelto loco,loco,loco....imagino a los mercenarios de la intimidad ajena,contemplar satisfechos sus resultados,las cadenas se frotan las manos ante un filón tan rentable como inagotable.
Desde mi humilde y recóndita distancia,prefiero seguir zapeando o directamente ponerme una película,que como se dice coloquialmente:"en todas las casas,cuecen habas" y "los trapos sucios,se lavan en casa".
Besos,querida Antígona,una vez más disfruto con tus reflexivas exposiciones.

k dijo...

Es un pudor incontenible lo que me ha impedido siempre ver ese programa hasta el final de la batería de preguntas. El que ellos no tienen como exhibidores, lo tengo yo como espectadora. Soporto dos, a lo sumo tres preguntas, y me tengo que marchar, avergonzada.

Dices "como moneda de cambio para salir de su condición de pobre". Y yo me pregunto cuán pobre dejas de ser si tienes 100.000 putos euros. Qué dinero es ese. Para qué sirve, qué te compras. A quién miras al día siguiente en ese espejo.

Antígona dijo...

Yo hace años, Carmela, que no me siento delante del televisor más que para ver películas en el DVD, así que me enteré de que existía ese programa porque alguien cercano me dijo que de casualidad lo había descubierto y que le parecía el colmo de la basura televisiva, pero que tenía que verlo porque las cotas de humillación que en él alcanzaban los concursantes eran difíciles de creer y porque por ese hecho merecía ser conocido al menos como fenómeno sociológico. Así que entonces vi unos cuantos youtubes, y, en fin, también la primera idea que se me vino a la cabeza es que era imposible que no fuera un montaje. Bien, pues no lo es, al menos en el sentido más inmediato del término, porque lo que sí es un montaje es el modo en que la productora se las ingenia para que los concursantes lleguen a las últimas preguntas y luego fallen.

No puedo entender la motivación de quienes concursan, si es que están desesperados por alguna cuestión económica, si es que quieren librarse de sus parejas y en un acto de suprema cobardía lo hacen humillándolas en público, o es que son personas que no sospechan todo lo que saldrá a la luz a través del interrogatorio.

El programa, por lo visto, es una copia de un programa venezolano que luego fue copiado en Estados Unidos y finalmente llegó a España. Imagino que si no hubiera tenido éxito allí ninguna productora se hubiera planteado hacer la versión española. Lo cual dice muy poco de los espectadores: ¿nos gusta ver ese suicidio? ¿nos gusta ver las caras de pasmo de los familiares cuando salen a relucir aspectos del concursante que desconocían y los dejan en mal lugar? ¿Y por qué?

Todo esto me da mucho que pensar.

Un beso!

Antígona dijo...

Troyana, yo lo que creo, por un lado, es que la ocultación de ciertas opiniones, de ciertos sentimientos, de ciertas emociones, es estrictamente necesaria tanto para poder convivir con otros como incluso para poder mantener con ellos un vínculo afectivo profundo. Apostar en estos casos por la transparencia plena, me parece no sólo una ingenuidad –pues, ¿cómo vamos a ser totalmente transparentes con los otros, si no podemos serlo para nosotros mismos?- sino un profundo error que aniquilaría cualquier afecto. Por otro lado, para mí la gravedad en la revelación de ciertas intimidades depende fundamentalmente de que se trate de intimidades compartidas. Quiero decir, si a alguien le da por declarar que practica la zoofilia, pues estupendo. Pero el problema es cómo eso afecta a la gente que le rodea, a sus íntimos, a sus allegados, cómo, quizás, eso pone en cuestión, si no llega a destruir, la intimidad que comparte con su señora cuando están en la cama. Del mismo modo que quien narra a un tercero lo que ha sucedido en la estricta intimidad con su amante destruye esa intimidad al pretender revelar de su amante lo que sólo ellos dos, en realidad, pueden conocer.

A mí también me supera esa venta de la intimidad, pero sobre todo porque no puedo entender que alguien se arriesgue por dinero a echar por la borda las relaciones con sus íntimos, con la gente que le quiere y aprecia, a no ser que eso sea lo que realmente pretende. Pero si lo pretende, me parecería una estrategia igualmente sucia, dado que sólo refleja la cobardía de quien no se atreve a decir lo que desea decir en la intimidad y necesita del respaldo de un espacio público para hacerlo, o incluso un gesto de suprema crueldad que busca intencionadamente humillar a quienes hasta el momento han formado parte de su vida íntima.

El problema, como siempre, y como le comentaba a Carmela, es que estos programas perduran porque terminan teniendo audiencia. Así que, ¿qué nos pasa como espectadores? ¿O qué le pasa a nuestra sociedad que es capaz de generar espectadores que disfrutan viendo cómo alguien arruina su vida a cambio de dinero? Porque, ¿no es esto el colmo de la obscenidad?

Y sí, el mundo se ha vuelto loco y encima apesta, como no puede dejar de apestar esta creciente mercantilización a la que, por lo que parece, ya nada puede escapar.

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

Por ese mismo pudor, K, también yo soy incapaz de verlo, más allá de algunos pocos minutos que he visto en directo, o de los youtubes que vi cuando lo descubrí. Y por ese mismo sentimiento de pudor no he querido poner en el post ningún vídeo del programa. No quiero esa mierda en mi casa. Pero me cuesta analizar la mezcla de sentimientos que me provoca ver a esos concursantes sometidos a un interrogatorio que parece una tortura y encima pensar que se dejan torturar voluntariamente.

La frase es irónica, K, porque está claro que, como sostiene J.L.Pardo, nadie puede salir de pobre vendiendo su intimidad. Pero quien lo hace es víctima de la ilusión de que sí. Y, en efecto, si nos ponemos en el caso de los poquísimos concursantes que han conseguido esos 100.000 euros, supongo que no podemos dejar de pensar que hay cosas, como es la propia dignidad, que no se dejan comprar ni con todo el oro del mundo. Y de preguntarnos, también, cómo es que esos concursantes no lo saben o en función de qué prefieren no saberlo o les importa tres pitos.

Un beso!

Marga dijo...

Existe también, me da a mí, un alto componente de exhibicionismo, de "verse" en pantalla y que te vean aunque el resultado sea quedar a la altura del betún. Aquellos "veinte segundos de fama a los que todo el mundo debería tener derecho" (fue el inconsistente Warhol quién lo dijo? o cualquier otro de su ralea, no recuerdo). Y si para tenerlos hay que exponer las tripas y remover la porqueria no pasa nada y si de paso obtenemos un pingüe beneficio pues mejor…

Pero si te soy sincera es que a mí estas cosas me dejan patidifusa, me veo incapaz de analizar nada con un mínimo de rigor, ni las motivaciones internas del expuesto ni mucho menos las de aquellos que lo contemplan. Es hacer apología de la desgracia, de la miseria y disfrutar con ello. Asi que no me entra en la cabeza el placer que pueda producir, sólo sé que me provoca una infinita tristeza y un tanto de rencor social si pienso que compartimos el mismo espacio vital.

Besotes en carta de ajuste!

Lúzbel Guerrero dijo...

¡Ay querida ANTÍGONA!; ¿no se referirá Ud. a la pérdida de valores de los que hablaba Benedicto?
Este es un ejemplo muy claro del daño que puede hacer una instrucción a medias. Cualquiera de los concursantes o aspirantes; así como el público que pueda o no asistir en directo a semejante bazofia, ha perdido el norte hace mucho (aunque habrá también sobrevenidos de la crisis); Uno de los valores más protegidos durante siglos, fue : El qué dirán
El qué dirán es hoy una suma de espectáculos lamentables en dos o tres cadenas de ámbito nacional y algunas docenas con famosillos de pueblo, con lo que podemos decretar su deceso como preocupación. En una sociedad donde tienen cabida estos esperpentos, la degradación es evidente. En el fondo son afortunados estos necios, porque no se dan cuenta, poniendo así a salvo su bilis; además tienen dos princesas

Sor benedetina dijo...

Hola Antígona, es verdad que ese programa es el colmo de la telebasura. Aunque a mí hay algo que me sorprende e inquieta más allá de la necesidad económica de los concursantes, su increíble afán exhibicionista, o el morbo que pueda despertar en la audiencia: ¿la presentadora dormirá bien por las noches? Porque vaya tela, lleva años hundida en la mierda...

Aunque, por otro lado, qué quereis que os diga, casi que se agradece un poco de sinceridad presentada en sociedad, aunque sea en forma de telebasura. Que en todas las casas se cuecen habas, ya está bien de tanta hipocresía y tanto qué dirán. No está mal darle naturalidad a los temas escabrosos, a ver si así algún día dejan de serlo ;)

(por eso mismo, por no caer demasiado en contar mi intimidad, he preferido no escribir el post sobre la indigencia que te dije, pero en su lugar he colocado un documental, por si te apetece verlo cuando tengas tiempo).

Besicos

C.E.T.I.N.A. dijo...

"Quien explica los secretos de los otros es un traidor. Quien explica los secretos propios es un imbécil" Pues eso, que vivimos en una sociedad de imbéciles. Esa es la triste explicación. Piensa en ello cuando salgas mañana de casa.

Un beso privado

huelladeperro dijo...

Vi una vez ese programa, que me hizo sentir una gran vergüenza ajena. No tanto por los protagonistas que intentan hacerse ricos a costa de sus miserias cuanto por los responsables del programa, seres moralmente deleznables dispuestos a explotar a fondo las frustraciones y miserias de un humano tipo y normal a mayor beneficio de sus bolsillos y de los índices de audiencia, así como por los expectadores que sin verlos adivinaba y que la misma extructura y desarrollo del programa me presentaba ávidos; voraces de emociones incómodas y desagradables.

La verdad es que somos todos muy parecidos: pequeños seres asustados de estar vivos que nos sentimos raros, inseguros y distintos, y que bien quisiéramos ser, o al menos parecer, normales.
¿Qué normalidad si eso no existe?
Y no sólo porque somos todos ejemplares únicos -bendita diversidad genética y fisiológica-; tan variados como estrellas hay en el cielo; sino porque además la supuesta normalidad de carácter y comportamiento que definen las normas sociales así como la que define la psicología al uso son, ambas, constructos falsos; incoherentes en sí mismos; incoherentes entre ellos, e incoherentes sobre todo con las pulsiones y necesidades más elementales que sentimos como seres humanos.

A efectos de los intereses económicos de los promotores del programa la similitud de todos los seres humanos y la intrínseca incoherencia de nuestros códigos morales o científicos de comportamiento aseguran que en la cesura entre lo que se quisiera ser y lo que se puede realmente a ser (hablo del carácter propio de cada persona) se manifiesten a nuestro pesar todo tipo de actitudes, pensamientos y acciones que no quisierámos reconocer como propios y que sin embargo lo son. La singularidad de cada ser humano asegura al mismo tiempo a esos mismos malnacidos una inacabable diversidad de casos ejemplares, de programas vergonzantes en los que anónimos individuos (tú o yo, querida Antígona, si no fuéramos tan... ¿púdicos?) juegan a apostar contra el poder que un dios tiene (unos demoniejos más bien) para averiguar sus más íntimos secretos, a cambio -aparentemente- de una importante suma de dinero.
El concursante es una mujer joven, y la acompañan sus padres y su mejor amiga. Al hilo de las preguntas van saliendo a la luz conflictos muy dolorosos, pesados secretos emocionales que sin duda han estado interfiriendo en su desarrollo como persona. Estamos asistiendo al desacorazamiento de una persona; pero las corazas que se quita no son de aquellas que protegen; son de las que ahogan:

Primero salen a la luz cuestiones con su padre. ¡Ay la debilidad de los hombres! Y sin embargo la muchacha no le guarda rencor. Más bien le tiene algo de piedad, parece comprender las circunstancias en que ese hombre llegó a querer desahogarse con ella...
Lo pinta como un hombre oprimido, como un león encerrado en una jaula, con sus pulsiones latiendo con fuerza y buscando una salida inexistente. Hay una solidaridad de esa muchacha hacia su abusador, a quien apenas considera culpable de los abusos a que la sometió. Basta verlo a él. Es un pobre hombre, con pocas luces. También es un buen hombre.
Sin duda intentó no dañarla, ni mental ni físicamente, sino sólo satisfacer, con el estímulo de ese cuerpo fresco y joven, algunas pulsiones fisiológicas; quizá incluso torpemente afectivas. La muchacha parece pensarlo así, y lo explica con palabras sencillas pero razonadas de quien ha pensado mucho en lo que ahora revela. El padre no habla. Está callado, como si la cosa no fuera con él. Quizá realmente no vaya con él. Quizá no pudo hacer otra cosa... Es sin duda un pobre hombre. La muchacha no le guarda rencor. No lo quiere, pero no le quiere mal. Eso se trasluce de sus palabras. En el timbre de su voz cuando habla de él hay algo así como un vago cariño; como un respeto que nos sorprende... ¡pero si él no la respetó!

huelladeperro dijo...

¡pero si él no la respetó! ¿o sí? Puesto el hecho de que no tenía otra opción que buscar satisfacción en ella; quizá la trató con todo el respeto que fue capaz de reunir... ¿Cuántas veces la utilizó? ¿pocas o muchas? ¿tantas como deseó o quizá sólo las mínimas que no pudo evitar? ¿Y de qué forma abusó de ella? ¿Le hizo tragarse toda su bajeza o procuró contaminarla lo mínimo posible? Sorprende, digo, esa comprensión de la hija hacia el padre que, sin lugar a dudas -el polígrafo no miente- ha sido su abusador durante años.

Luego salen cuestiones de la madre. la hija no la quiere. Nada. En absoluto. La supuesta relación de amor filial se va, en esta familia, a tomar por culo. Poco se cuenta de los motivos del desamor de la hija, si acaso que conoció los abusos del padre y no hizo nada por impedirlos. ¡Pero qué iba a impedir si era ella la causa! Nadie lo dice, no hace falta. Se entiende bien lo que pasa. La madre gobierna la familia con brazo de hierro. Aplica, en lo que quiere, principios estrictos heredados de la más rancia y represiva tradición española, la que se remonta a la inquisición de Torquemada. No hay cariño en esa mujer. No hay tampoco bondad ni respeto en ella. Hay tan solo una sonrisa burlona que sólo parece satisfacerse por el mal que inflige a los demás.

Luego sale a la luz la sexualidad de la chica. Le han gustado algunos chicos, algunas chicas... Es ambigua, no acaba de estar definida, pero, si hay que elegir, cree más bien que es lesbiana.
¡Lesbiana! Cuando el presentador ha hecho la pregunta la tensión ha llegado, parece, al máximo. La muchacha toma su tiempo para contestar; saborea la pregunta, que estaba esperando desde el principio del programa. Parece en realidad que su sexualidad va a poder fijarse mejor con la ayuda del polígrafo. ¿Es lesbiana? ella cree que sí, a pesar de tantas dudas. La muchacha mira fijamente a toda España, espera un segundo y contesta con voz clara: SÍ.
El momento siguiente es inefable. La muchacha lo saborea aún más que el anterior. Es el momento de la verdad. De su verdad. De la verdad que se mantiene por la única palabra de su boca. Toda España está pendiente de ella, y ella afirma a pesar de las dudas, de los chicos que le gustaron, de las reservas que quizá se guarda que es lesbiana. No se trata sólo de salir de algún armario mohoso; la muchacha en ese momento elige: entra, por propia decisión, en el mundo de las lesbianas. Ya no está sola.
Siguen las cuestiones de sexualidad. Ahora nos preguntamos -se pregunta toda España- quién es para ella esa mejor amiga con la que se ha ido a vivir.
Evidentemente ha sido su tabla de salvación, su apoyo, su lugar luminoso donde vivir al abandonar la mazmorra de su hogar.
El programa quiere saber más. El programa quiere que los espectadores quieran saber más; sabe que quieren saber más.
"Los espectadores quieren saber más:" Como la muchacha ante el polígrafo, el programa crea la realidad que le interesa afirmándola. ¿Cuántos realmente preferirían no saber más? Yo por ejemplo. Ya tengo bastante. Me siento bien. He ayudado -sí, muy vagamente, pero lo he hecho- a una chica a liberarse de su pasado, de su familia, de las opresivas inseguridades que llenaban su mente y apenas le dejaban gozar de la vida. Yo quiero a esa chica. Me siento solidario de ella, hermano de ella, orgulloso de ella. La muchacha ha hecho algo grande. ha aprovechado la malignidad del programa para liberarse de una carga maligna y de paso nos ha hecho a todos mejores personas. Es el momento, creo yo, de que todos nos levantemos de nuestros asientos y vayamos a hacer cosas hermosas. No sé, plantar árboles, hacer reir, consolar a alguien o jugar con los niños.

huelladeperro dijo...

Sin embargo el programa prosigue. Habrán más preguntas; quedan cuatro todavía.


¿Cuántos como yo le estarán mandando en este momento mensajes telepáticos a la muchacha?
.- Déjalo, amiga; plántate ya, ya tienes lo que querías; más de lo que querías; más de lo hubieras soñado. Hago fuerza, os juro que hago fuerza, me duele la cabeza de la fuerza que hago. Ojalá pudiera mi voluntad atravesar la barrera del tiempo y llegar al pasado con mi mensaje, al momento en que se grabó el programa...

La muchacha quiere continuar, quiere llegar hasta el final. No sabe que le van a preguntar pero está dispuesta a desnudarse del todo. No quiere ya corazas, mentiras, trampas, engaños, falsedades en su vida. La muchacha sin duda ha hecho un profundo exámen de conciencia, tiene claros todos sus actos, toda su vida, y sabe que es, en todo lo que ha vivido, sólo una víctima, una simple víctima.

Lo siguiente que le preguntan es si está enamorada de su amiga. La muchacha se queda pensando; dice que sí; el polígrafo lo confirma. El presentador habla con la muchacha, con la amiga. Esta lo suponía aunque no lo sabía seguro. Les pregunta cómo es la vida en la casa. Ambas tienen habitaciones independientes. Hay un comedor central y un baño que comparten. La amiga tiene novio, y el novio se queda con frecuencia a pasar la noche con ella.
Mientras cuentan banalidades de la vida familiar, quizá para rebajar la tensión, yo me quedo pensando en el silencio de la muchacha antes de contestar la pregunta. ¿Podía haber adivinado, por la batería de entrevistas y preguntas que le hicieron las semanas previas al concurso, que ellos iban a descubrir su secreto?

¿Y lo otro?

Sí, lo otro, porque la siguiente pregunta que le hacen es si es todavía virgen. La muchacha calla de nuevo un momento mientras piensa y luego da la respuesta: "SÍ" que el polígrafo confirma.

¿Qué edad tiene esta chica? ¿treinta, treinta y dos años? Lo han dicho pero no lo recuerdo. ¡Qué más da! En toda su vida ningún hombre ha jugado en su vagina, nada ha roto su himen, ninguna otra chica ha lamido su vulva con deseo.



Ya. Es la hora de irse con gloria. Yo lo sé. La chica tal vez también lo intuya, pero la tentación es muy fuerte. Todo le sale bien. ¿Porqué no lo que queda? Yo hago mis cálculos, me gustaría transmitírselos: quedan sólo dos preguntas. Hasta ahora la han tratado bien, sorprendentemente bien, como si hubieran tenido miramientos especiales con esta muchacha valerosa que intenta quitarse de encima todos los traumas y miserias de una única vez. No hay que creerselo. Si la última pregunta es, como suele ser en estos programas, de cortesía, para acabar en apoteosís a mayor gloria del programa y del invitado, la pregunta que queda es verdaderamente cabrona. En ella se juega el programa el dinero que el concursante apuesta. Miedo. Siento miedo por la concursante: no sigas; no sigas -le digo- conformate con lo que tienes; en la próxima te quieren follar.

Nada que hacer, la concursante quiere seguir. Yo, pobre espectador torturado, a favor por completo de esa muchacha cuya valentía y coherencia han ganado mi corazón, cambio de repente de actitud. ¿A qué sirve decirle que no lo haga si lo va a hacer? ¿A qué pensar que la van a follar si eso, en la medida en que mi pensamiento incide en el mundo, sólo puede sumar fuerzas en resonancia con la intención del programa. No. Está todo en sus manos, ella sabe más que nadie de su vida. Adelante pues, lo está haciendo muy bien.

huelladeperro dijo...

La pregunta número 20, hijaputa como pocas, cae como un mazazo en mi mente mientras veo como el gesto de confianza de la muchacha se paraliza:
.- ¿Ha espiado alguna vez a su amiga y a su novio haciendo el amor mientras usted se masturbaba?

La muchacha se toma su tiempo. Quizá esté mirando en su conciencia a ver si ha hecho eso de que se le acusa. Quizá esté simplemente digiriendo los crudos términos de la pregunta que le han formulado.

La muchacha mira a la cámara, aparentemente segura de su respuesta:
.- NO, -dice-

Instantes después, en un silencio tenso, Dios habla por boca del speaker del programa:

.- El polígrafo dice que la respuesta es... Mentira.

FIN DEL PROGRAMA. La muchacha desaparece sin tener oportunidad de defenderse, de explicarse, de ser oída. TÍTULOS DE CRÉDITO.

Yo me quedo pensando:
¿Qué cojones ha pasado? ¿Porqué iba la muchacha a arriesgarse a mentir en una pregunta así?
Es verdad que su imagen pública de sí misma, aquella que componemos para los demás, había quedado fuertemente debilitada por las dos preguntas anteriores: ¡Virgen a los más de treinta años! ¿Qué espectadores no se iban a reir de eso? Yo no, y como yo, quizá tampoco los que al azar del turismo por los distintos canales hubieran recalado en esta sórdida playa subterránea, pero... ¿Y los espectadores habituales del programa? Como aquellos que ven programas de golpes, caídas y resbalones, estos tienen sin duda la risa fácil, aunque sea (casi siempre es eso en el fondo) la risa nerviosa de no ser ellos el otro de quien se rien.

Enamorada de su mejor amiga, con quien comparte piso y que tiene novio.

El polígrafo no miente, pero puede confundir. Me cuesta imaginarme a la muchacha arrastrándose por el pasillo medio desnuda para pegar la oreja contra la puerta del cuarto de su amiga mientras se masturba. Quizá ella sola en el cuarto, o en el baño, o en el comedor, oyéndolos retozar no haya podido evitar excitarse, o incluso tocarse. ¿Es esto espiar? Seguramente no, y a eso habrá contestado la muchacha, pero, ¿qué seguridad tiene de decir la verdad si en realidad sí se estuvo tocando?

huelladeperro dijo...

Y bah, Antígona, aunque seamos todos muy distintos somos todos también muy iguales. Hay manuales de psicología que recogen todo tipo de miserias que acontecen al hombre en cada circunstancia. Al final, a fuerza de intentar ser normales, seguramente nos volveremos como las células de nuestro cuerpo, sin apenas voluntad independiente, o como los insectos sociales, abejas, hormigas, termitas... A ese previsible final contribuyen no poco programas como este, toda la mierda que se ve en la tele y en fin, casi todo lo que en tu blog denuncias.

Perdona por el rollo, si es que lo tenía ahí grabado, desde que vi el programa hace unos años...

Arturo Valmonte dijo...

Vi el programa un par de veces hasta el final, consciente de que me estaba dejando llevar por el morbo, pero también porque no era capaz de salir de mi asombro y por curiosidad. ¿Qué le puede llevar a alguien a cagar en público y en primeros planos?

De lo que estoy absolutamente convencido es de que no es por salir de pobres. No es el motivo principal, quiero decir. Lo de ganar unos cuántos euros debe de ser un una motivación añadida.

Aunque en el fondo debe de haber lo que dices (exhibicionismo, comportamiento suicida, narcisismo, pulsión de muerte), creo que los concursantes y demás participantes lo ven como un reto, sin pensárlo ni sentirlo más.

Para mí este programa muestra hasta qué punto este sistema ha conseguido que los individuos nos enfriemos, nos cosifiquemos, nos enajenemos de nosotros mismos y tratemos nuestra intimidad como un objeto cualquiera de mercadeo.

Es muy triste, la verdad. A mí no me dan asco los concursantes, que me inspiran una mezcla de miedo y compasión (tambien me hacen sentir bastante extraterrestre.) Quienes me repugnan son los responsables del programa.

Un beso!

Lúzbel Guerrero dijo...

Gracias por el esfuerzo señor HUELLA DE PERRO; pero si unno no tiene inclinación a ver semejantes cosas, tampoco siente mucha por leerla

Logan y Lory dijo...

Llegamos hasta este blog a sugerencia de Lúzbel Guerrero que a raíz de un comentario suyo en nuestro blog nos indicó que lo dicho por nosotros tenia relación con lo que aqui acabamos de leer. Nosotros pusimos en cuestión más o menos lo que tú dices: la pérdida de valores, la falta de modelos a seguir por nuetros niños-jóvenes y lo fácil que resulta optar por el camino del tráfico de nuestra propia intimidad. Al llegar aqui y leer con tanta clarividencia lo bien que has expuesto el ejemplo de ese programa, que si seguimos conocemos y que efectivamente nos hizo pensar que todo era un show montado para solaz de adictos a revolver en el basurero ajeno, pudimos comprobar que se trata de conseguir dinero a costa de lo único que tiene el ser humano como auténtico y propio: su intimidad. Someterse al escarnio público, a implicar a familiares y amigos en confesiones que en absoluto esperan ver revelada ante todo el mundo no tiene más valor que el dinero que se lleva el concursante, cuando lo lleva, porque pocos consiguen la suculenta suma y se van completamente desposeídos de lo único que arropa al individuo: su intimidad.

Y uno se pregunta si de verdad la sociedad ha avanzado en bienestar, porque si el bienestar se consigue poniendo nuestra vida de felpudo, no se que inquietudes le restan al ser humano.

Rogamos nos disculpes la extensión de nuestro primer comentario en tu blog, pero es que tu exposición y el tema lo requieren.

Un cordial saludo y un placer haber llegado hasta aqui.

A ti Lúzbel, gracias de nuevo por traernos hasta aqui.

Sor benedetina dijo...

Lo que más pena da, sobre todo después de leer el ejemplo que ha puesto Huella de perro, es que haya gente que se preste a contar intimidades de ese calibre en público, delante de medio país y a cara descubierta.

(Por cierto, HUELLA DE PERRO, por si me lees, y lejos de querer entrar en morbosas polémicas, hay algo que me ha llamado la atención de tu comentario: ¿Por qué defines al padre de esa chica como un pobre hombre, y en cambio hablas en términos totalmente opuestos de su madre, llegando incluso a tacharla de culpable de los abusos? me ha resultado curioso tu criterio)

Joe, hasta yo, que en realidad abrí mi egocéntrico blog tras una acuciante necesidad de desahogo, luego, a la hora de la verdad, siempre me corto en contar según que cosas demasiado íntimas, aunque nadie sepa quién soy en realidad...

Sinceramente no creo que las personas que acuden a esos programas lo hagan por venganza, desahogo, o ahorrarse el psicoanalista y de camino ganarse unas pelas. Creo más bien que quizá sufran de algún tipo de trastorno psicológico, narcisista, histriónico o del tipo que sea.

Una vez, por ejemplo, un compañero del instituto trajo una cinta de video para que la viéramos todos juntos en clase de ética. Por lo visto hacía unos años había salido en el Diario de Patricia contando que su hermano había abusado de él cuando eran pequeños, y quería compartirlo con nosotros :S
Aún estoy flipando...

huelladeperro dijo...

A mi también me da pena, Benedetina, pero las razones que supongo que tenía esta chica para contar tales intimidades me parecieron justificar sobradamente los hechos. Así como para los demás concursantes el fin de ganar tanta pasta parecía justificar cualquier canallada que hicieran, en ella lo importante parecía la oportunidad de culminar un proceso de introspección y búsqueda de sí que se adivinaba que había llevado muy seriamente y en privado a lo largo de muchos años. La oportunidad de contar tantas intimidades en público y con la sanción del polígrafo me pareció que lo tomaba como eso: como una oportunidad; la de comprobar la certeza de sus análisis; la de poder salir no tanto del armario de su homosexualidad sino de la jaula de su vida; la de afirmarse ante el mundo y reconocer en ese espejo su propia identidad; la de liberarse del pasado y enfrentar el futuro gallardamente, en igualdad de oportunidades con los demás. Para mí que estaba aprovechando incluso la oportunidad de ser solidaria denunciando un mal social sin señalar a nadie, sin acusar a nadie. Simplemente poniéndose a sí misma como ejemplo.

No soy yo quien casi disculpa al padre, quien lo define como un pobre hombre y acusa a la madre de todos los males. Lo hacía la concursante en las conversaciones que entre pregunta y pregunta de polígrafo tenía con el presentador del programa. Sí es cierto que para mí tanto el padre como la madre respondían bien a la imagen que la concursante daba de ellos. Yo la creí y me pareció, visto desde mi distancia, que su análisis era acertado. La madre parecía un cruce entre un sádico torturador y la bestia de Gévaudan y ningún hombre ni perro hubiera querido arrimarse a ella, y el padre un bendito campesino, más pequeño que ella, demasiado bondadoso hasta para clavar la azada con fuerza.

En este caso concreto creo que la razón por la que la chica se presentó al concurso fue sobre todo para curarse los trastornos psíquicos y sociales que su difícil vida le había hecho acumular. Para mí lo que le interesaba eran dos cosas: Que el paso por el polígrafo fuera la prueba de que los análisis que había hecho sobre su vida eran los acertados y que la sanción públida a todo el trabajo de introspección que ella presentaba a exámen público le permitiera zanjar con el pasado e iniciar una nueva vida con su nueva (y verdadera) personalidad definida y reconocida.
ya te digo, me pareció un caso especial, aunque sólo vi ese programa y quizá 3 casos.

NoSurrender dijo...

Lo expone usted muy bien, doctora Antígona. En esta vida donde el comercio lo es todo, la prostitución de una persona no se mide ya sólo en sexualidad.

Por otra parte, creo que la perversión de este tipo de programas no se queda sólo en el programador o el consursante, sino que explica muy bien algunas de las miserias humanas que caracterizan al consumidor que, libremente, elije ese programa para pasar un rato en casa. No podemos obviar, por tanto, que hay algo que le satisface, que ese comercio de pornografía emocional crea un valor en el espectador. Así que, teniendo en cuenta que las motivaciones de programadores y concursantes son claramente económicas, lo interesante sería preguntarnos qué hay en el espectador que le arrastre a ver esta basura. Yo creo que hay autosatisfacción por comparación. Aumento de autoestima, mayor percepción del valor de uno mismo. Y esto es algo cada vez más necesario en una sociedad tan competitiva, fría y carente de “human touch” como la que estamos creando entre todos.

Me ha parecido muy interesante la aportación de Huella de perro porque yo sentí algo parecido hacia un concursante que confesó todo el odio que profesaba a su (aún) mujer. Era como una liberación de sí mismo. De hecho, en medio de la humillación pública, la presentadora le preguntó si se sentía bien, y él, suspirando y liberándose de la gran carga de su vida, levantó la vista, sonrió y dijo “sí”. La psicología del hombre es muy compleja, y quizás, con las nuevas tecnologías y la salvaje inclusión de los media en la vida de las personas normales, estemos empezando a descubrirnos un poco más. Sería muy interesante que sociólogos y psicólogos analizaran estos fenómenos yendo un poco más allá de la lógica condena moral de este tipo de tráfico obsceno y pornográfico de intimidades de gente cuya miseria arrastra a estas humillaciones públicas.

Un beso, doctora Antígona!

Antígona dijo...

Empezaré, antes de responderos uno a uno, con un COMENTARIO GENERAL:

Ayer, después de leer vuestros interesantes comentarios, y sobre todo el de Huelladeperro, me planteé que cómo había tenido el santo morro de ponerme a escribir sobre este programa sin apenas haberlo visto. Así que, tratando de tomar una cierta distancia, vi algunos youtubes más sobre él y lo cierto es que me dieron una visión un poco distinta, si no del programa, sí de la motivación que puedan tener algunos de los concursantes para acudir a él que irá surgiendo al hilo de los comentarios. También estuve pensando mucho sobre qué es lo que puede motivar el éxito del programa, es decir, por qué sus altos índices de audiencia, que creo que hacen en gran medida a los espectadores responsables de la existencia del programa, más allá de la responsabilidad que pueda atribuirse a sus productores. Esto último lo expondré en la respuesta al comentario de NOSURRENDER, que es quien más ha tratado esta cuestión y a partir de una idea muy próxima a lo que yo misma considero, al menos ahora mismo, más razonable.

Y ahora ya, paso a las respuestas.

Antígona dijo...

A estas alturas, niña Marga, la verdad es que ya no me extrañaría nada que hubiera en los concursantes esa dosis de exhibicionismo a la que aludes. Nunca lo hubiera pensado, sobre todo en atención a las consecuencias que se derivan de esa exhibición tanto para los concursantes como para sus familiares. Pero tal vez es que estemos llegando a un punto en que el pudor por exponer en público la propia intimidad esté empezando a no sentirse ni apreciarse porque el exhibicionismo se ha convertido en un nuevo valor de esta nuestra sociedad del espectáculo. Por un momento pienso en la proliferación de vídeos de porno casero en la red. Me lleva a la idea de que se ha ido perdiendo, o cada vez tiene menos relevancia, la voluntad de proteger la intimidad que a lo mejor presuponemos erróneamente como algo “natural” en el ser humano. No lo sé ni, en realidad, me atrevo a juzgarlo.

Si hay que creer los comentarios de algunos supuestos concursantes que circulan por la red, la principal motivación sería la precariedad económica y la idea errónea de que acudir a ese concurso es una forma fácil de saldar deudas. Fácil porque uno no tiene que saber hacer nada, ni demostrar conocimiento sobre nada, ni alguna habilidad especial, como en otro tipo de concursos. Sólo desnudarse ante las cámaras y ya está. Ahora bien, no sé si podemos creer a tales presuntos concursantes y algo me dice que, obviamente, no es ésta la única motivación. En cuanto a las motivaciones de aquellos que lo contemplan, te remito, como digo en el comentario general, a lo que contestaré a NoSurrender. Pero te anticipo que, si lo que se me ocurre es acertado, es algo que no puede dejar de causar tristeza y, como bien dices, cierto rencor social y también, cómo no, hacia nuestra estúpida naturaleza humana.

Besos meditabundos!

Antígona dijo...

Luzbel, abomino de esa expresión de la “pérdida de los valores”. Siempre me suena, en efecto, a discurso conservador y catolicorro. ¡Con lo estupendo que es que ciertos valores, como la virginidad, sin ir más lejos, se hayan ido al garete!

¿Qué hemos perdido el Norte? Yo es que creo que nunca lo encontramos, y quizá estamos tan perdidos como lo estuvimos siempre, sólo que de una forma distinta a la de épocas pasadas. Personalmente, que el qué dirán haya dejado de ser algo a tener en cuenta no me parece mal, al menos en determinados aspectos de la vida. Prefiero una sociedad donde cual se sienta libre de hacer lo que le venga en gana a una sociedad donde es necesario medir cada paso que uno da públicamente por miedo al juicio ajeno y al murmullo. Ahora, en lo que respecta a este programa no es tanto, como creo que ya he dicho antes, lo que los concursantes revelan de sí mismos lo que me parece un problema sino el modo en que, al parecer sin su consentimiento, revelan de los familiares y demás allegados que acuden al problema, a los que no es raro que dejen en ridículo o humillen públicamente. Esto es, si es cierto que lo hacen sin su permiso, lo que me parece moralmente reprochable. Como si alguien grabara en secreto un vídeo de una noche desenfrenada con su novio/novia y luego lo colgara en la red o lo enseñara a sus amigos sin haberlo consultado previamente con esa persona.

Por cierto, ¿qué quiere decir con lo de las dos princesas? No lo pillo.

Un beso!

Antígona dijo...

Jajaja, Sor Beneditina, lo de la presentadora tiene tela, la verdad. Hay que tener pocos escrúpulos para conducir un programa así y aparecer en pantalla como un inquisidor de tal calibre, exclusivamente dedicado a hurgar en la miseria.

Por otro lado, eso que dices de la sinceridad me ha recordado a algo que decía García Calvo de que todo lo privado no deja de ser en el fondo lo más público en el sentido de que todos tratamos de esconder lo que, en realidad, compartimos con casi todo el mundo. Y, en ese sentido, invitaba a sacar a la luz lo que más se nos invita a esconder socialmente. Ahora bien, no creo que sea lo mismo hacerlo ante un grupo de amigos que ante unas cámaras que, al final, acaban convirtiendo ese acto no en algo subversivo –como tal vez pudiera estar planteando García Calvo- sino en un feo espectáculo donde debemos asistir, por ejemplo, a la contención y cohibición de las emociones de los allegados del concursante. Por transformarse en un espectáculo y además sujeto a un posible beneficio económico, tengo la impresión, aunque no sé muy bien cómo justificarla, de que algo se pervierte en lo que podría contemplarse inicialmente como un acto de sinceridad.

Gracias por el documental, Sor Beneditina. Como ya te he comentado en tu casa, apenas he podido ver más que el comienzo pero lo visto me ha encantado.

Un besote!

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C.E.T.I.N.A., pero es que yo creo que, en este caso, se junta la traición con la imbecilidad, la deslealtad con la estupidez por el modo –ya lo he dicho muchas veces- en que las revelaciones del concursante destapan tan impúdicamente aspectos muy íntimos de las vidas de las personas que le rodean que, probablemente, en la mayoría de los casos, no desearían ver destapados.

Un beso sin focos!

Antígona dijo...

Huelladeperro, te agradezco mucho tu extenso comentario, que me ha dado mucho que pensar. Y eso es lo que más me gusta del blog, que a menudo tengo la impresión de que la parte más importante y jugosa de reflexión sobre el tema que planteo no sucede mientras estoy escribiendo el post, sino a partir de la lectura de vuestros comentarios.

A ver, en primer lugar, y como decía en el comentario general, tiendo a pensar que a la hora de buscar responsabilidades quienes se llevan el trozo más grande del pastel son los espectadores, dado que el programa no podría existir de no ser gracias a ellos. Todos lo sabemos: cualquier propuesta televisiva, del calibre que sea, no sobrevive si no encuentra una audiencia. Y eso que comparto plenamente lo que señalas de los productores y de quien tuviera la “genial” idea de realizar un programa como éste.

Por otra parte, me ha parecido muy interesante tu reflexión sobre la similitud y al tiempo la singularidad de cada ser humano, ese hiato que instaura el espacio de juego que permite la emergencia de programas con éste. Pero aún más interesante me resulta lo que señalas de la cesura entre lo que somos y lo que queremos ser, esa cesura que nunca se cierra y que, a mi modo de ver, es el motor de todo el crecimiento del que seamos capaces en esta vida que se nos ha concedido. Ahora bien, ¿no pasa el crecimiento precisamente por el hecho de que tendamos hacia lo que queremos ser, por que nos esforcemos en pos de ese querer ser, en lugar de acomodarnos y sentirnos satisfechos con aquello que somos? ¿A qué tanto insistir en la miseria que somos, en lugar de fantasear con y proyectar todo nuestro pensamiento sobre los seres un poco menos miserables que podríamos ser? ¿Es que esto no está también a nuestro alcance, al menos en cierta medida, además de las miserias que ya todos conocemos?

Y bueno, la narración que has hecho del programa en que aparecía aquella mujer joven me ha impactado porque no había terminado de conceder la suficiente importancia a esa intención liberadora que puede animar a los concursantes a participar en él. Es cierto que, a la luz de tu narración, la persona del concursante puede ser vista con otros ojos. Y sin embargo, y aunque una parte de mí reconoce la legitimidad de esa voluntad de liberarse de yugos que pesan demasiado sobre seres tan frágiles como nosotros, otra parte se inclina a pensar: 1) que se trata de un gesto de cobardía, si quien así se libera no ha tenido la valentía suficiente de exponer eso mismo que expone en una reunión privada (¿íntima?) con sus padres; 2) que, si la concursante ha pensado en las consecuencias que se derivarán de su sanadora liberación, su participación en el concurso sólo puede estar motivada por un odio visceral y profundo. Porque, ¿se atreverá ese padre acusado de abusar de su hija a entrar al día siguiente de la emisión del programa en el bar al que va habitualmente? ¿Se atreverá siquiera a acercarse al kiosco a comprar el periódico? Y la madre, ¿se atreverá a llamar a sus amigas? ¿No la dejarán éstas de lado al enterarse de que ha consentido tales abusos? Quiero decir, la concursante tiene que saber que con sus revelaciones ha destrozado la vida social de sus padres. ¿Se siente legitimada a hacerlo en función del dolor que a ella misma le han causado? ¿No es esto un acto de venganza, animado por el odio y el rencor?; y 3) si no ha pensado en tales consecuencias, entonces estamos hablando de un ser inmoral por su profunda irresponsabilidad y falta de reflexión sobre el modo en que esa liberación suya afectará a todos aquellos a quienes involucra, más allá de ella misma.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Yo sí que me puedo imaginar que la mujer mintiera. Porque quizá en su escala de valores, condicionados por sus afectos y desafectos, manifestar que ha espiado a la mujer de quien está enamorada es mucho más grave que revelar que odia a su madre.

Ahora bien, si rebuscas un poco por la red, encontrarás numerosas acusaciones de fraude hacia al programa. Y no sólo por la patraña que representa ese uso al parecer imposible del polígrafo, sino por la, por lo visto, expresa manipulación de los productores para que los concursantes pierdan en el último momento. Así lo tienen todo: máxima audiencia y mínimo gasto. ¿Es de extrañar? En absoluto. Estamos hablando de un medio donde el objetivo es obtener el máximo beneficio, sin que importe la ausencia de honestidad para lograrlo.

Lo que no entiendo muy bien es por qué no colgaste el texto en tu blog. ¡Si es estupendo!

Un beso!

Antígona dijo...

Arturo, muy lúcida la idea del reto que añades. El problema, me temo, es que hay que ser un poco ingenuo para pensar que uno, como concursante, es el que tiene la sartén por el mango y por ello alguna posibilidad de ganar en un programa realizado para que otros sean los que ganen un beneficio. Son ésos los que permiten, de cuando en cuando, que alguien tocado por su divina gracia consiga los 100.000 euros, después de que muchos se hayan ido a sus casas de vacío. Son ésos los que se erigen en dioses dotados del poder de otorgar miserable calderilla a quien les apetezca y sólo con el propósito de la pervivencia del programa (¿quién se animaría a participar si nunca nadie ganara?). En ese sentido, el desafío o reto es sólo una ilusión, una apariencia mediática. Los pequeños Davides que son los concursantes sólo ganan cuando Goliat lo estima oportuno por necesario.

A mí también me parece que este sistema cada vez nos deshumaniza más. Pero, como he repetido hasta la saciedad, no veo tanto el componente de deshumanización en la falta de respeto a la propia intimidad como en la falta de respeto a la intimidad de otros, a la humillación pública a la que con tanta naturalidad los somete el concursante, al atrevimiento con que es capaz de arruinar sus vidas.

Y también coincido contigo en la valoración de concursantes y responsables. Los primeros me producen las mismas emociones que a ti, además del pensamiento de que se trata, por lo general, de personas bastante ignorantes con respecto al poder de los medios, en buena medida desconocedoras de la perversidad del juego al que se están sometiendo, víctimas inconscientes de la ambición y el afán de lucro de los poderosos. Los responsables, como decía antes Beneditina, no comprendo cómo logran conciliar el sueño cada noche. O sí: a fuerza de un grado aún mayor de deshumanización, tal y como se exige en esta sociedad para hacerse rico. Pero, ¿y qué decimos de los espectadores?

Un beso!

Antígona dijo...

Luzbel, ay, no me sea usted borde, hombre, que a mí me ha gustado mucho el comentario de Huelladeperro.

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Logan y Lory, muchas gracias por pasaros por aquí y por vuestro extenso e interesante comentario. Y, por favor, nada de disculpas, que en esta casa la extensión de los comentarios no es nunca el problema, empezando, como ya habréis comprobado, por quien la regenta ;)

Como ya le señalaba antes a Luzbel, me gusta poco o nada el discurso sobre la pérdida de valores, dado que hay que especificar de qué valores estamos hablando y personalmente doy la bienvenida más calurosa a la pérdida de algunos valores que imperaban hace tiempo. Por otra parte, tampoco tengo muy claro que la intimidad en cuanto tal pueda ser considerada como un valor y mucho menos universalizable. Diógenes, el fundador de la secta de los cínicos, se ufanaba de vivir como un perro y carecer absolutamente de privacidad, dado que consideraba que todos los males del ser humano proceden de la delimitación entre lo público y lo privado. Ahora bien, la diferencia entre Diógenes y los concursantes del programa radica en que el primero no vendía su intimidad, sino que la exponía públicamente de forma gratuita en un acto de provocación a los poderes establecidos que comprendía cada más nimio gesto de su vida. En este sentido, y aquí sí coincido con vosotros, creo que lo más sórdido de este asunto reside en la mercantilización de la intimidad, en su intercambio por dinero, que es lo que realmente la destruye.

Gracias de nuevo por vuestro comentario y estaré encantada de visitar vuestra casa.

Besos!

Antígona dijo...

Beneditina, yo no creo que sea buena estrategia, en general, acudir a la idea del trastorno mental para explicar algo que escapa, de entrada, al alcance de nuestra comprensión. Siempre tengo la impresión de que es una vía fácil para deshacerse del problema –lo arrojamos al oscuro pozo de lo incomprensible y lo olvidamos- en lugar de indagar más sobre él. Porque, a lo mejor, eso que nos parece incomprensible no lo es tanto y guarda incluso relación con aspectos o facetas de nosotros mismos que pueden sernos totalmente familiares.

La necesidad de desahogo es muy humana, y yo, como Freud, creo en el poder liberador de la palabra para superar ciertos traumas que nunca nos hemos atrevido a confesar, por ejemplo, o para contrastar con los otros el grado de “rareza” de ciertas facetas de nosotros mismos que nos asustan o preocupan y que a la postre acaban siendo domesticadas y perdiendo su poder dominador sobre nosotros cuando nos atrevemos a hablar sobre ellas.

Por otra parte, ¿cómo sabes que ese compañero tuyo de clase no estaba buscando, con su revelación, vuestra compasión? ¿O que lo contemplarais como una especie de héroe por haber sobrevivido a tales abusos, o por ser capaz de exponerlos públicamente y así demostrarse a sí mismo que no le avergüenzan? Estoy segura de que detrás de ese gesto impúdico había motivaciones que todos podríamos comprender, aunque no tal vez compartir o juzgar como motivaciones legítimas o acertadas desde nuestra necesidad de convivir con los demás o relacionarnos con ellos de la forma que más nos enriquezca.

Más besos!

Antígona dijo...

Huelladeperro, sigues aportando más y más y haciéndole dar vueltas a mi pobre cabecita. ¡Va acabar echando humo! :P

Me parece acertado lo que dices de esa necesidad de certeza, a través del polígrafo –un aparato presuntamente objetivo- del proceso de introspección llevado a cabo, de la necesidad de tener una prueba o un espejo fidedigno, más allá de la propia subjetividad y de la confusión o falta de distancia que ésta conlleva, sobre la propia identidad. Y también entiendo lo que señalas de la voluntad de obtener una sanción pública –otra forma de objetividad- para cerrar la puerta del pasado y darse la oportunidad de comenzar de nuevo habiendo dicho a todo el mundo quién se es y cómo se es.

Ahora bien, se me ocurren un par de objeciones para ambas cosas. Para la segunda, ¿no denota hasta cierto punto falta de fuerza interior el que no le baste a la chica con su propio juicio sobre sí misma, ante ella misma y ante sus familiares, para comenzar una nueva vida? ¿Por qué necesita esa sanción tan masivamente pública –pero a la vez anónima- en lugar de limitarse a poner de manifiesto, en aquellos ámbitos de su vida en que lo considere oportuno, quién es y quién ha decidido ser? ¿No es suficiente con que uno se sancione positivamente a sí mismo con independencia de lo que los demás puedan pensar, si uno quiere reafirmarse en sus opciones y en su historia vital en lugar de avergonzarse de ellas? Y para la primera, un poco en la misma línea, tampoco entiendo el por qué de esa necesidad de una prueba objetiva, que además no es más que una ilusión. Porque si ella se ha convencido de que ésa es su historia y esos sus sentimientos, el polígrafo dirá que no miente aunque en realidad se mienta a sí misma. Es decir, el autoengaño no es capaz de ser detectado por máquina alguna, menos cuando se ha convertido en una firme creencia. Así que quizá se trate de una persona que no ha aprendido a convivir con una verdad bastante básica pero en general difícil de asumir: que en el modo en que nos interpretamos a nosotros mismos siempre hay un resto de oscuridad que se nos escapa sin remedio, y que por tanto jamás podremos discernir hasta el fondo, por más sinceros que pretendamos ser con nosotros mismos, qué se corresponde en esa interpretación con la verdad y qué con la mentira.

Más besos!

Antígona dijo...

Coincido plenamente, doctor Lagarto, con lo que señala respecto a las motivaciones de los espectadores a la hora de ver ese programa. Y creo que es algo en lo que habría que indagar, porque revela aspectos fundamentales de nosotros mismos y nuestra curiosidad por las vidas ajenas. Nos gusta ver la miseria exacerbada en esas vidas de otros, la miseria notoria y evidente, afirmada con contundencia –miseria que además se agranda por exponerse tan escuetamente en este programa y no permitir mayores explicaciones- porque así, por comparación, sentimos nuestra vidas menos miserables. Nos reconforta contemplar relaciones de pareja, familiares, o de amistad, tan ruinosas, tan repletas de suciedad y malos sentimientos, porque así juzgamos que nuestras relaciones de pareja, por comparación, no son tan ruinosas, ni están tan sucias ni llenas de sentimientos contradictorios. Uno puede llegar a sentirse afortunado con lo que tiene, aun cuando lo que tiene sea causa de dolor y sufrimiento, por comparación con lo que en ese programa se expone de las vidas de otros seres humanos.

Ahora bien, lo que yo me pregunto es: ¿no es esta satisfacción con el mal propio, por comparación con la mayor magnitud del mal ajeno, lo que nos exonera de cambiar algo en nuestras vidas? ¿No es esta visión reconfortante de que aún existen trapos más sucios que los nuestros lo que nos impulsa a la conformidad con la propia situación, a darnos por satisfechos con nuestros propios trapos sucios y no sentir necesidad alguna de lavarlos? Porque resulta tan cómodo que desde la pantalla se nos invite a pensar que todo está bien como está y que no vale hacer ningún esfuerzo por mejorar nada… Tan cómodo como que se nos diga que no podemos evitar nuestros defectos, dado que, por ejemplo, están en nuestra naturaleza, y así se nos ofrezca el pretexto perfecto para disculparnos a nosotros mismos por ellos en lugar de intentar erradicarlos. Y es que esto último implica un trabajo que no siempre estamos dispuestos a hacer, claro.

Desde esta interpretación, creo que empiezo a entender mejor el éxito de estos programas. Pero no puedo evitar pensar que no son nada saludables para nuestras vidas, aunque nos produzca disfrute verlos. Que lo saludable, lo enriquecedor, sería que apareciera en pantalla gente que tiene una relación de pareja estupenda, que ha logrado, con mucho esfuerzo, solventar sus rencillas familiares, que se ha ganado buenos amigos a fuerza de dedicación y lealtad… ejemplos de vidas mejores que las nuestras que quizá, o probablemente, nos disgustaría ver porque entonces, también por comparación, nos sentiríamos insatisfechos, desgraciados con nuestras vidas, inferiores, menos afortunados, menos listos que esas personas. Pero creo que al tiempo también cabría la posibilidad de que se desencadenara en nosotros un mecanismo que nos impulsara a pensar, por ejemplo: y si esa persona tiene una pareja que la quiere, la respeta y la valora, ¿por qué no puedo tener también yo algo así? ¿Por qué no me doy a mí mismo la oportunidad de tenerlo, si creo que, al igual que ella, también lo merezco? Es decir, que contemplar vidas o relaciones que podríamos llamar ejemplares, que pudiéramos admirar y envidiar, nos incitaría, aunque fuera dolorosamente, a reaccionar frente a nuestra miseria y a mejorar nuestras propias vidas, sin conformarnos o resignarnos con una realidad que nos disgusta o nos hace sufrir.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

En cuanto a lo que comenta de ese hombre que confesó todo el odio que profesaba a su mujer, pues no tengo más remedio que contestarle lo mismo que a Huelladeperro. Entiendo que ese hombre se sintiera quizá reconfortado e incluso protegido por la presencia de un público si tal vez no se atrevía a hacerlo a solas ante su mujer. Pero, ¡joder!, ¿no hubiera sido más correcto, más valiente, más decente, que le hubiera hecho esa confesión directamente a ella en lugar de notificárselo a media España? ¿No es la humillación pública que usted mismo reconoce un acto de cruel venganza? Y que sí, que la venganza es muy humana y muy comprensible, y el odio no es sino el reverso del amor traicionado, pero no por ello deja de ser más virtuoso y más –permítame la frivolidad- elegante quien es capaz de deshacerse de un problema sin recurrir a ella o contemplar a su enemigo con un poco de magnanimidad.

Y en lo que también le doy la razón es en el interés psicológico y sociológico de este fenómeno. ¡Dan ganas de ponerse a escribir una tesis sobre él! :)

Un beso, doctor Lagarto!

Carmela dijo...

Jo¡¡ Antígona, chapó.
Gracias por esta amplísima respuesta a los comentarios de tu blog, y el tiempo que has debido dedicar a contestar a tantos comentarios y gracias porque muchas de las cosas que magistralmente expones se pueden extrapolar a situaciones totalmente alejadas del programa en sí, y que al menos a mi personalmente me han enriquecido y me han hecho plantearme varias preguntas.
Un besote

Carmela dijo...

Bueno y por supuesto la gran cantidad de comentarios interesantes y distintos que han motivado tu respuesta.

Miss.Burton dijo...

Lo vi una vez y casi vomito, pero hay gente para todo, no podemos pretender que la peña tenga cabeza, que la use, y que no se vendan al mejor postor... Yo no lo haría, porque no podría tasarme de ninguna manera en plan cuantos euros valgo y lo que cuento cuantos euros mas...
Pero así va Spain is diferent, y así va la tv.. que no la enciendo ni por equivocación.
Pero bueno, se aparta uno un poco del chaparrón de absurdeces, y punto.

Miss.Burton dijo...

Y que no me he visto en la necesidad, aquel lugar donde los códigos éticos se van casi siempre a tomar por el culo... Mis códigos éticos me dicen que no lo haría nunca, pero siempre queda una pequeña duda, del tipo de que alguien necesitase dinero, ó yo misma, y trabajar como una perra, y emplearse a fondo, no bastará para remendar el agujero que necesita remendarse. No lo se, es una verguenza ajena muy grande, pero vete tú a saber qué cojones de mierda de vida pueden tener esas personas...
Así que una vez mas me dejas pensando...

Lúzbel Guerrero dijo...

Las princesas son Leticia y Belén

El peletero dijo...

Apreciada Antígona, te felicito por tu post y me identifico con tu escándalo, ¿quién se escandaliza hoy en día de algo?

Tu artículo parecería el de una puritana del siglo XIX si hubieras hablado del cuerpo humano desnudo expuesto a la vista de todos, o del sexo explícito y público en una película o en un escenario. El espectáculo público del sexo forma parte ya del paisaje contemporáneo, estamos habituados a él, nadie osaría criticarlo.

La historia que nos cuentas me escandaliza y me desasosiega a mi también, ya no sé si es algo que tiene que ver con las nuevas convenciones sociales, la ética y la moral o es una simple cuestión de estética, de elegancia y de saber estar, o todo al mismo tiempo.

Perdona que me cite a mi mismo y te anticipe una parte de una de mis lecciones cuando hablo de la integración de arte y vida y cito diferentes prácticas:

“La fiesta taurina, el “Circo” que compite con las cabriolas de los modernos deportes. En algunos de ellos, como el boxeo y las carreras de automóviles y motocicletas, en los que el riesgo y el peligro son altos, se puede igualmente morir en directo.

El peletero dijo...

Cualquier saber es información. Y en último término la única mercancía vendible somos las personas, de una manera o de otra nos vendemos a nosotros mismos, siempre ha sido así. Todo es un club, hay que saber elegir al que quieres pertenecer.

Dicho esto yo no creo que nuestro mundo amenace en extender sin límites sus mecanismos de mercantilización y conversión de cualquier cosa en valor de cambio, sólo que ese valor varía en el tiempo, al igual que su precio.

Tampoco creo que la llamada “información pública” sea, por sí misma, pobre, insuficiente y accesible a cualquiera. Otra cosa es que sea indiscriminada como lo es el mismo Internet o una enorme biblioteca pública que no tuviera ni registro ni catálogo.

La información restringida no es una consecuencia de los medios de comunicación de masas, existe desde antes de la creación del mundo, Dios no dijo a nadie que en siete días haría lo que hizo, el muy pícaro se lo calló, ¿por qué?, porque seguramente no tenía a nadie a quién contárselo, no era socio de ningún club.

Besos y perdona por la extensión.

El peletero dijo...

En ocasiones, tal pretensión la hallamos en el sexo público y en el sexo espectáculo, y en el trasfondo oscuro de las famosas “snoof-movies”. Y, a su vez también, en los recientes concursos televisivos como “Gran Hermano” y en los programas de tele-basura en los que se entrevista a los que enseñan, sin pudor y frente a las cámaras, sus trapos sucios.

Una variante aburrida de todo ello son igualmente esas páginas web en las que se retransmite a todo el mundo, gracias a una webcam, la vida privada de quién se expone voluntariamente a ello como si fuera un animal enjaulado, contemplando, los que la miran, su anodina vida cotidiana. Igualmente los blogs en los que sus propietarios hacen públicas sus bodas y sus divorcios. Y, por supuesto, la política, la democrática más que la tiránica, en la que el político de turno ha de ser una persona “normal” y enseñarnos su casa y mostrarnos cómo vive y que muebles ha usado en la decoración. La ejecución de reos convictos a la pena capital, la guerra y algunos actos terroristas retransmitidos en directo. La ejecución de Sadam Hussein fue el vídeo más visto del año.”

El programa que citas podría incluirse en esta lista que seguro es corta. Muchos artistas contemporáneos son, ellos mismos, el único material de sus obras. El otro día me hablaban de una fotógrafa, exprostituta, que sólo se fotografía a sí misma.

Y en los autobuses o en el metro encontramos a personas que hablan en voz alta con sus móviles sin preocuparles nada que les podamos oír.

El peletero dijo...

El nuestro es un mundo que ha roto con muchas convenciones sin saber exactamente qué estaba haciendo y sin encontrar recambios del mismo nivel. Todo el mundo está perdido y sin Norte.

Hablas también de las verdades y de las mentiras que conviven en los subterráneos de las relaciones humanas. Mi querida Antígona, no te creas nada de lo que te digan y solamente la mitad de lo que veas, en el fondo todos somos unos extraños para los demás. Siempre recuerdo a Marcel Proust cuando en “El mundo de los Guermantes” afirma que nadie nunca está inmóvil y claro “ante nosotros, con sus cualidades, sus defectos, sus proyectos y sus intenciones, sino que es una sombra en la que jamás podemos penetrar, sobre la cual nos hacemos un cierto número de opiniones basándonos sobre palabras o tal vez sobre acciones que, unas y otras, nos dan sólo nociones insuficientes y además contradictorias...”

Es conveniente saberlo para no llevarse a engaño y no sufrir decepciones innecesarias y dolorosas. Todo el mundo, aunque pueda parecer lo contrario, vive vidas propias y separadas de las de los demás.

Todo el mundo también usa la información de la que dispone como moneda de cambio, sea en su trabajo o en el seno de su familia, como víctima o como verdugo, ello forma parte de la condición humana, seas o rico o seas pobre, amo o esclavo, puta o cliente.

El peletero dijo...

Apreciada Antígona, se han desordenado los “capítulos” de mi comentario, el orden es: 1, 4, 2, 3.

Disculpa.

Arturo Valmonte dijo...

Me sumo sinceramente al agradecimiento de Carmela y comparto contigo la idea de la ejemplaridad como modelo de programas que traten sobre estas cosas. La envidia, pero mejor la admiración, es un motor potente para mejorar.

En cuanto a tu respuesta, no me refería con reto al afán de ganar dinero. No deben de abundar los ingenuos, pues salta demasiado a la vista que es casi imposible hacerse con el premio. Con reto me refería más bien a una especie de tentación del vértigo: a que soy capaz de lanzarme al vacío, a que me atrevo a abrirme en canal delante de todos. ¿Para vengarme (porque también pienso que los peor parados son los familiares y amigos)?, ¿para que redimirme? Dependerá de cada concursante.

A la hora de buscar responsabilidades por programas así, a mí me cuesta encontrarlas en los espectadores. Me parece en parte un engaño. Me explico. Los concursantes tienen nombre y apellido. Sabemos quiénes son. Los organizadores del programa, también. Pero, ¿los espectadores? Vale, somos todos. Pero, ¿quiénes somos todos? Ese todos es una entidad abstracta. Es como echar la culpa de algo a un grupo desorganizado e indefinido de personas o a la humanidad entera, y un espectador más un espectador más un espectador nunca son “los espectadores.” Ni siquiera es como echar la culpa a un país, con todo lo vago que eso resulta a veces, porque un país tiene sus gobiernos con nombres y apellidos que lo representa y toma decisiones. En fin, que culpar a los espectadores sirve para quejarse, pero no propicia cambios, o muy difícilmente.
Además, cada espectador tendrá motivos diferentes para ver el programa: para sentirse más noble, para pasar el rato o por curiosidad.

(Sigo)

Arturo Valmonte dijo...

Por otro lado, acusar a los espectadores es la coartada perfecta de quienes organizan tanta pornografía sentimental para justificarse con cinismo: nosotros no tenemos la culpa, son los espectadores. Si esto tiene éxito, es porque mucha gente quiere verlo. Así la responsabilidad se diluye tanto que deja de existir o, a lo que vamos, impide pedir cuentas a nadie y cambiar las cosas.

No me parece que sea así. Si, pongamos por caso, decido apuñalar a mis familiares y amigos en medio de la calle, cortarme el cuello después, y un negocio me ofrece su escaparate para llevarlo a cavo a la vista de todos, el responsable del crimen no son los transeúntes que se apelotonen para verlo, aunque sólo lo hagan por curiosidad malsana, sino yo y el negocio que colaboró conmigo (o me instigó con fines lucrativos). No, no creo que los responsables sean los espectadores porque “los espectadores” es una realidad de concreción muy difícil. Además, siendo coherentes con esa idea, deberíamos dejar de hablar ipso facto del programa para no darle ni la más mínima publicidad. Y eso no me parece justo. Estoy convencido de que, aunque yo fuese un espectador incondicional del programa, no tendría ni una milésima de la responsabilidad que les cabe a quienes tuvieron la idea y la pusieron en práctica.

Me parece que airear las miserias humanas no es algo malo, ni mucho menos. (Lo hacen de modo genial Shakespeare, Dostoievsky, Cervantes, Bergman, etc.); pero hacerlo no debería salirse de los límites de la ficción, donde lo universal se finge individual para que reflexionemos y ahondemos perspectivas. Es evidente que “El juego de tu vida” no es arte ni existe con ese fin. “El juego de tu vida” es más bien como una editorial que, para hacer mucha pasta, propone a un escritor escribir sus intimidades y traicionar la confianza de sus amigos y allegados escribiendo un “best seller” de ínfima calidad y con mucho morbo.

Lúzbel Guerrero dijo...

Gracias Sr. PELETERO; me ha parecido extraordinaria su aportación y análisis, redondeando el tema con clarividencia y capacidad de observación

Lúzbel Guerrero dijo...

Y gracias ANTÍGONA por dedicar su tiempo valioso a los lectores

Por último quisiera discrepar del Sr. VALMONTE en el descargo que hace de los espectadores, para mí, los principales responsables de la existencia de estos engendros

Si no hay público, no hay programa, por más que quiera enmascararse esta realidad

huelladeperro dijo...

Buenas mañanas, Antígona. No creo que mis torpes palabras puedan hacer que tu sólida cabeza vaya a dar vueltas, y menos que llegue a echar humo ¡con lo bien estibada que la tienes!
Pero ojalá fuera así; no en tu caso concreto, no, sino en todos los casos y para todos nosotros. Ojalá fuéramos capaces de reconocer en nuestro entorno palabras; sucesos más verdaderos, más deseables, y pudiéramos fácilmente hacerlos nuestros, integrarlos en nuestro pensamiento, reordenar nuestra mente para hacerles sitio. Pero ¡AY! parece que nos aferramos muy rígidamente a nuestros pensamientos, a nuestras ideas. Un poco como si creyéramos que ellas son lo que somos. Quizá porque disolver una parte de nuestro ser, la que sea, produce en nosotros una reacción visceral de rechazo... tan visceral como la que esperamos tener cada vez que se acerque a nosotros la fea sirvienta de dios con su guadaña.
Y esto nos lleva, naturalmente, al tema que estamos comentando.

huelladeperro dijo...

Estoy de acuerdo con las dos objeciones que haces a las explicaciones que aventuro del comportamiento de la chica:
Yo personalmente no querría para mí una sanción pública de mi cambio de vida, de mi afirmación como persona. Al menos no una de tal calibre. Me basta saber quien soy y cómo evoluciono y que los pocos amigos por quienes me dejo conocer lo sepan también. Demasiado sé cuánto los pensamientos de los demás nos fijan en lo que aparecemos, cuánto nos atan a la idea que ellos se forman de lo que somos, y cuánto cuesta desligarse de esas ataduras. Tampoco necesitaría para confirmarme en lo que soy la ayuda de un aparato mecánico cuya única función es inutilizar la pantalla de mentiras con que cada cual puede proteger su intimidad de la mirada demasiado inquisidora de los demás. Tienes razón Antígona cuando dices que si la chica se ha convencido de ser de cierta manera, la máquina no mostrará más que esa íntima verdad, ese convencimiento que tiene de ser así. Esto que señalas me parece muy importante, porque en este mundo de espectadores sentados frente a la tele todo lo que huele a tecnología tiene poder mágico, divino. Pienso que los promotores del programa aprovechan bien esta idolatría por los aparatos tecnológicos para sus propios fines. Salvando las distancias la presentadora sería como el cura en su púlpito y el Polígrafo como dios invisible escudriñando los secretos del alma del concursante. Y los telespectadores, cómodamente arrellanados en los sofás de sus casas, bebiendo cerveza y comiendo bocatas de tortilla, serían .... ¡Bah, la peña se queda fascinada con esas cosas, joder!
No creo que la concursante fuera consciente de que la máquina iba a poder ser engañada por ella si ella misma se engañaba. Creo más bien que pensaba -sentía, creía- que tenía el poder de averigüar la verdad verdadera, el fondo fijo e inamovible de las cosas; de su alma.
Señalas aquí algo interesantísimo, Antígona, y es que quizá nuestra identidad no sea una y fija e inamovible, como el paradigma cultural que venimos arrastrando desde hace unos miles de años parece determinar, sino más bien una entidad cambiante, metamórfica, relativa al conjunto de las otras identidades con que convivimos, y que ellas mismas son también cambiantes, relativas y metamórficas. ¡AY, Antígona, que ahora la cabeza que echa humo es la mía!

Ya lo señalaba en mi primera aportación a este debate, pero lo voy a recalcar: No creo que la reponsabilidad del programa recaiga tanto sobre los espectadores como sobre los promotores del engendro. Alguien conocido dijo una vez que si tuviera, como tiene un cura en su iglesia, un par de cientos de personas que le escucharan atentamente todas las semanas, en poco tiempo haría con ellos lo que quisiera. Esa es la puta verdad. Numerosos experimentos muestran lo fácil que es modificar el comportamiento humano hasta llegar a convertir seres que aparentemente eran bellas personas en monstruos. Instintos sádicos o masoquistas los tenemos todos, y el placer de bucear en las sentinas del alma humana es algo que se cultiva, como se cultiva el gusto por la buena música.

Lúzbel Guerrero dijo...

¡PLÍÑ! ¡¡UN 50!! (500.000 points)

Antígona dijo...

Carmela, las gracias debo dároslas yo a vosotros, que sois los que motiváis estas largas respuestas con vuestros comentarios y que siempre me llevan a tener que reflexionar sobre aspectos del tema que no había pensado o a ahondar en lo que me incitó a escribir el post. El único problema es que me tenéis tan atareada que, si ya antes tenía poco tiempo para pasarme por vuestras casas, ¡ahora aún menos, ay!

En cualquier caso, es un placer que el enriquecimiento sea mutuo. Es uno de los principales motivos por los que no quiero renunciar al blog, aunque a veces, por esa falta de tiempo y demasiadas cosas que hacer, tenga tentaciones de hacerlo.

Un besazo, guapa!

Antígona dijo...

Ya nos conocemos un poco, Miss Burton, pero no por ello deja de admirarme esa lucidez tuya que te sale de las tripas, tan valiente, de la que siempre sueles hacer gala. ¡Y no todo el mundo tiene esos arrestos! Que, a la postre, me parecen admirables porque son los que realmente pueden llevarnos a comprender lo que de entrada nos parece incomprensible y a proyectar una mirada piadosa sobre aquellos a quienes más tendemos a juzgar.

Lo digo, claro, por el modo en que, de entrada, en tu primer comentario, te has distanciado de todas esas personas que participan en el concurso, como suele pasarnos a todos en general, y luego has vuelto a los pocos minutos con otra idea en la cabeza en la que me resuena aquello de Terencio de “nada de lo humano me es ajeno”. La duda que te surge no es en absoluto desdeñable. ¿Podría ser yo, cualquiera de nosotros, bajo quién sabe qué extremas circunstancias, esa persona que acude al concurso? Pues no sé por qué no. Nada descabellado, por otro lado, lo que planteas y una hipótesis que debe, por supuesto, añadirse a todas las motivaciones que cabría encontrar en los concursantes de este programa: la necesidad acuciante, la desesperación por la precariedad económica, de la que también se hablaba en el post anterior. No podemos excluirla, claro que no.

Gracias por mencionarla. Me lleva a pensar que tal vez no sea legítimo juzgar desde la generalidad, planteando algo así como un prototipo de concursante, sin tener en cuenta que, detrás de cada individuo concreto que acude al programa, puede haber motivaciones totalmente dispares y que algunas de ellas hasta dignifiquen su papel en él.

Un besazo!

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Luzbel, ¡pues menos mal que las niñas de hoy en día –o al menos las de mi generación- ya no soñamos con ser princesas! ;)

Antígona dijo...

Estimado Peletero, me ha hecho gracia tu mención al puritanismo. Y me hecho preguntarme si, quién sabe, no será posible que dentro de unas décadas mi crítica sea igualmente tachada de puritana porque la pública exposición y venta de la intimidad se haya convertido en moneda de cambio corriente. Da un poco de pánico pensarlo. Pero exactamente el mismo pánico que debían sentir los puritanos del siglo XIX al pensar en playas nudistas que hoy en día son una realidad socialmente aceptada y sin mayor trascendencia.

¿Nuevas convenciones sociales, ética o moral? ¿Nuevo concepto de la estética o la elegancia o falta de ella? Pues podría ser. Ese fenómeno reciente del porno casero que la gente graba ya no a cambio de dinero, sino por diversión o exhibicionismo o morbo o vete tú a saber qué, demuestra que la percepción de la intimidad ha cambiado o está cambiando. Y ya lo sabemos, la moral es una cuestión de usos y costumbres, no de valoración de esos usos y costumbres, que sería tarea de la ética. Quiero decir, que en el momento en que algo impensable hasta hace poco se ha constituido en uso y costumbre de cierto sector no tan minoritario de la población, no me cabe duda de que se trata del inicio de una nueva moral, nos guste o no.

Gracias por el anticipo de tu lección sobre la integración de vida y arte. Me imagino que una de las características que tiene nuestro mundo, ése que hace ya tiempo recibió el sobrenombre –junto a tantos otros- de sociedad del espectáculo, es precisamente su capacidad de convertir cualquier cosa en un espectáculo. Ahora bien, no nos engañemos: como en todo espectáculo, la cosa ofrecida como tal requiere de un mínimo de elaboración, de selección, de corta y pega, de “construcción”, destinada a suscitar el interés del público. Si un periodista se dedicara a seguirme y a grabarme durante todo un día, o a ti, o a cualquiera de los que comentamos en este blog, y emitiera esa grabación, no tendríamos programa televisivo ni espectáculo vendible alguno. Por no hablar, claro, de lo más obvio: no es casualidad que la ejecución de Hussein fuera el vídeo más visto del año y no, pongamos por caso, un vídeo que yo me grabara durante diez minutos leyendo un libro. Algunos asuntos, algunas personas, algunos acontecimientos, interesan infinitamente más que otros, bien sea por morbo, bien por la celebridad del personaje, bien por infinidad de diferentes razones.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Tienes razón al decir que nuestro mundo ha roto con muchas convenciones y eso implica una cierta desorientación. Pero a mí el hecho en sí no me parece intrínsecamente negativo. Más bien al contrario, lo encuentro positivo, pese a haber dado lugar a esa contrapartida del hallarnos sin Norte, si es que, como decía en algún comentario anterior, algún día lo tuvimos. La ruptura con lo convencional siempre abre un espacio de libertad individual que deberíamos celebrar. Las opciones, las posibilidades en cuanto a maneras de vivir, son ahora muchas más que antes. El problema, me parece, es que no es raro que los individuos no se hallen a la altura de la libertad que se les brinda. Ya lo dijo Fromm con aquello del miedo a la libertad. Además de que la falta de referentes sólidos puede desembocar en que, en lugar de aprovechar de forma creativa ese plus de libertad, tendamos a aferrarnos a cualquier referente sin reflexionar sobre su conveniencia o validez.

Me ha encantado que trajeras aquí a Marcel Proust, a quien leí con auténtica devoción hace ahora ya demasiados años. Tengo que volver a releerlo de cabo a rabo algún verano, porque es de esas obras sobre las que siempre se puede volver como si fuera la primera vez que uno se sumerge en ellas. Y sí, estoy totalmente de acuerdo con él y contigo. Hace no tanto, aunque quizá todavía no nos leíamos, le dediqué un post a este tema, titulado “Mostrar(se)”, aunque enfocado más bien desde la perspectiva inversa, desde la imposibilidad de exhibirnos plenamente tanto ante los demás como ante nosotros mismos. El otro, también en buena medida ese otro que a todos nos habita en la propia intimidad de nuestra piel, es un ser en el fondo impenetrable, oscuro e inaccesible. Algún día tendré que volver sobre este asunto.

Quizá sea cierto que todo el mundo usa la información de moneda de cambio. Ahora bien, el análisis de Pardo me parece acertado en la medida en que no todos los saberes ni las informaciones cotizan de igual modo en el mercado, y es por eso por lo que algunos pueden hacerse ricos o poderosos a través de las informaciones de las que disponen y otros no. En los mercados financieros la información sobre el funcionamiento de las empresas vale millones de euros. Los espías matan por información. Un investigador privado se gana la vida robando información por la que alguien está dispuesto a pagar por ella. Sin embargo, la información de la que yo pueda disponer sobre lo que le ha pasado hoy a mi compañera de trabajo, por ejemplo, no vale nada porque a nadie le interesa lo suficiente como para pagar por ella.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Que Pardo diga que la información pública no vale no nada significa que diga que, por ser accesible a cualquiera, es pobre o insuficiente. En absoluto. La “Fenomenología del espíritu” de Hegel es todo menos pobre y además, aunque sea pública, no es información accesible a cualquiera, pese a que cualquiera pueda comprarse el libro en una librería. Entre otras cosas, porque dudo mucho que lo dicho en ese texto pueda ser legítimamente subsumido bajo la categoría de “información”, si bien eso ya sería otro tema. Lo que dice Pardo es, sencillamente, que la información pública no vale nada porque, por el mero hecho de ser pública, nadie está dispuesto a pagar por ella más de lo que vale una conexión a internet, un periódico o un libro. Por tanto, que nadie se hará rico vendiendo una información que, por ser pública, ya todo el mundo conoce. Aunque sí es cierto, pensando a propósito de lo que acabo de decir de Hegel, que algunos pocos podrán ganarse la vida haciendo que los textos de este filósofo sean accesibles para otros. Pero sólo porque otros desearán acceder a esa “información” y estarán dispuestos a pagar por ella ciertos expertos.

Por último, claro que la información restringida no es una consecuencia de los medios de comunicación de masas. Tampoco esto lo defiende Pardo. Lo que es una consecuencia de los medios de comunicación de masas es que personas que no poseen información privilegiada alguna puedan convertirse en fuente de beneficio económico para otros contando lo que en realidad carece de cualquier valor intrínseco, es decir, lo que, desde el punto de vista de la información, es pura basura.

Gracias por tu extenso comentario y un beso!

Antígona dijo...

Arturo, pues yo me reitero entonces en lo que le decía a Carmela: gracias a vosotros, que tanta vida habéis dado a este post y tanto habéis aportado con vuestros comentarios.

Con la envidia me refería a eso que vulgarmente se llama “sana envidia”, aunque te reconozco que la admiración es un mejor motor, siempre y cuando no sea la admiración ante lo que nos parece inaccesible, sino la que nos mueve a querer parecernos un poco a eso que admiramos.

Te agradezco también la aclaración sobre lo que decías del reto, lo cierto es que no lo había entendido en el sentido que ahora comentas. Y sí, tienes razón, puede ser otra de las tantas motivaciones que ya han ido saliendo a la luz con vuestros comentarios que explican mejor a los concursantes. Es, en parte, lo que podríamos llamar la tentación del abismo, que a mi modo de ver suele estar a la base del sentimiento de vértigo. Ahora bien, reconóceme que hay que ser un poco kamikaze para lanzarse a este abismo, dado lo que uno puede suponer que le sucede al concursante y a sus allegados una vez termina el programa. Pero bueno, no se descubre nada nuevo mencionando los impulsos autodestructivos del ser humano, que ya caracterizara tan bien Freud con el concepto de Thanatos.

En cuanto al tema de las responsabilidades, quizá es que no sea un buen método tratar de cargar las culpas sobre u otros cuando todos, concursantes, productores, y espectadores, forman parte de un mismo sistema, esto es, son piezas de un mismo engranaje que no existiría de faltar alguna de ellas.

Entiendo lo que quieres decir con que nada cambia con echar la culpa a los espectadores. Yo misma defendí hace tiempo en otro post que no sirve como argumento para justificar la telebasura que lo único que hacen los productores es dar a los espectadores lo que éstos quieren ver. Al espectador nadie le ha preguntado qué quiere ver, se le ponen delante diferentes opciones –cada vez menos diferentes, por otro lado, en ciertos horarios- y él se limita a escoger a partir de esa oferta. Además, en su conjunto, es cierto que son una masa anónima, sin nombre ni apellidos, y que como tal sirve de pretexto para cualquier cosa.

Y por otro lado, es verdad que, en primera instancia, en un orden cronológico, los productores son los primeros responsables. Si ellos no lo organizan y financian, no hay programa. Los espectadores lo son en segundo término, de forma derivada, para que el programa, una vez creado, pueda seguir existiendo.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Ahora bien, si no ganamos nada acusando a los espectadores, ¿qué ganamos con acusar a los productores? ¿Es que acaso deseamos instaurar mecanismos de censura para que determinados programas no puedan ser emitidos? ¿Es esto lo que debería hacer el gobierno? Una parte de mí no se siente muy a disgusto con esta idea, puesto que, legalmente, se supone que la cesión por parte del gobierno de las frecuencias pertinentes para el funcionamiento de las cadenas privadas depende de en principio de que éstas se comprometan a cumplir una “función pública” y no de que se forren a costa de ofrecer pornografía sentimental. Pero a otra parte de mí le disgusta profundamente la idea de la censura, porque todos somos conscientes de los peligros que entraña.

En este sentido, y en el mundo de hoy, donde la guerra por la audiencia ha llegado a contaminar incluso a las cadenas públicas, creo que los únicos que podríamos hacer algo para que estos programas dejaran de existir somos los espectadores, propiciando su fracaso por carecer éstos de la audiencia necesaria para subsistir. Ahora, ¿cómo se logra esto? Ni idea, claro. Cada cual es libre en su casa de poner la cadena que le apetezca y de ver el programa que le salga de la entrepierna.

No pienso, por tanto, que la cuestión tenga fácil solución. Y me parece un problema porque, lo queramos o no, la televisión no sólo informa sino que también forma, conforma, contribuye a forjar actitudes, creencias, valores en los individuos. Vamos, que, lo queramos o no y se proponga o no educar, no deja de tener un valor formativo o educativo.

Totalmente de acuerdo con lo que señalas de la literatura, uno de cuyos principales méritos radica en reflexionar sobre y mostrar todos los recovecos de la naturaleza humana, desde los más luminosos hasta los más sórdidos. Pero, en efecto, es su carácter ficticio el que permite que pueda serle atribuida más verdad sobre esa naturaleza humana que a cualquier hecho real narrado a propósito de un individuo concreto. Creo que era Aristóteles el que decía que la poesía –entendida en el sentido de lo que nosotros estamos llamando aquí ficción- alberga más verdad que la historia. Así que no sólo es que “El juego de tu vida” no pueda ser de ningún modo calificado de arte, sino que lo que en él se exhibe sobre la naturaleza humana dista mucho de revelar lo que las grandes obras de la literatura revelan y enseñan sobre ella.

Más besos!

Antígona dijo...

Estimado Luzbel, insisto: gracias a todos ustedes por dedicar el suyo a participar en este interesante debate que ha superado con creces el interés del post.

En cuanto al tema de las responsabilidades, le remito a lo que le comento de nuevo a Arturo, quien, a mi juicio, no deja de tener razón con lo que señala.

Antígona dijo...

Buenos días, Huelladeperro. Puedes creer lo que quieras, pero tus palabras no han sido torpes en absoluto y he sido totalmente sincera al decir que no han podido menos que forzarme a reflexionar sobre mis planteamientos iniciales y a seguir pensando sobre el tema. Tal y como lo ha hecho Arturo al comentar su discrepancia sobre la mayor responsabilidad de los espectadores que yo proponía. A veces, tienes razón, seguimos pensando sólo para retornar de nuevo a nuestros pensamientos iniciales y no para cambiar de opinión o para abrirnos a otras perspectivas. Pero no es raro tampoco que en ese proceso de reflexión nuestros puntos de partida iniciales acaben alterándose o cuanto menos matizándose para tratar de abarcar aspectos de la cuestión con los que en un principio no habíamos contado. ¿Qué otro sentido tenía si no el diálogo socrático? Tienes que ver una peli que se llama “Doce hombres sin piedad”, que siempre me parece un ejemplo buenísimo y nada maniqueo de cómo el uso de la palabra sí tiene el poder de llevarnos a poner en cuestión nuestras creencias y nuestras ideas sobre la realidad.

Es muy acertado eso que dices de que las ideas que los demás se hacen sobre nosotros mismos constituyen una férrea jaula que nos encadena al modo de ser que nos atribuyen. Probablemente, porque nunca dejamos de sentir la obligación inconsciente de responder a sus expectativas para ganarnos su afecto o su consideración. Algo que se ve perfectamente en los diferentes caracteres y actitudes de los hermanos, que en buena medida obedece a los juicios que los padres, desde bien niños, emiten sobre ellos y al efecto que esto tiene sobre sus personalidades. Se trata de ese fenómeno que algunos llaman de “la profecía autocumplida”. Por eso hay que aprender a liberarse de esos juicios ajenos y atreverse, si es necesario, a romper con lo que se espera de nosotros cuando sentimos que esa expectativa nos aprisiona y traiciona íntimamente.

Yo creo que lo que tiene un poder mágico, divino, es lo que huele a ciencia, que es el discurso de la verdad en nuestro mundo moderno. Basta que un producto anuncie que sus efectos, pongamos, sobre la salud, están científicamente probados, para que la gente se anime a comprarlo. Y como es cierto que confiamos en la ciencia cada vez que nos subimos a un avión pensando que no caerá, la remisión a la ciencia ha acabado por convertirse en el argumento de más peso, incluso en los ámbitos no susceptibles de ciencia, para suscitar y sustentar nuestra confianza en algo, en la validez o garantía que ofrece ese algo.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

No sé muy bien dónde lees que digo eso de que nuestra identidad no es una ni fija e inamovible, pero en cualquier caso no me extraña que se haya desprendido de alguna de mis respuestas porque suscribo plenamente esa idea. Somos seres históricos y por ello hijos de nuestro tiempo en lo que respecta tanto a nuestras creencias, como a nuestras emociones y actitudes ante la vida. El mero hecho de pertenecer a una época histórica u otra ya condiciona rasgos muy importantes de nuestros modos de ser. Y creo que esto vale también para pensar la evolución de los individuos en sus vidas particulares, en los que toda idea de identidad no es más que una ilusión fruto de nuestra tendencia a atribuirnos un ser que, sin embargo, nunca deja de alterarse en la narración que de nosotros mismos hacemos, aunque dicha narración pretenda sustentarse sobre el supuesto de la identidad, la continuidad y la coherencia.

A lo que ya le he comentado a Arturo sobre el tema de la responsabilidad de promotores y espectadores –y a lo que te remito para no repetirme tanto-, podría añadir que es cierto que los promotores introducen en el mundo una nueva forma de relacionarse con la intimidad, la de la posibilidad de su venta del modo en que ellos la proponen, que no existiría de no haberla puesto ellos mismos en marcha. Y tienes razón al aludir al experimento Milgram: nuestro comportamiento está completamente influido por las situaciones en las que nos desenvolvemos y cuando otros seres humanos crean situaciones capaces de convertirnos en monstruos –y aquí pienso, como un ejemplo aún más extremo, en los campos de concentración de los nazis, organizados en buena medida para demostrar que los judíos eran seres abyectos porque no había forma de no convertirse en un ser abyecto para sobrevivir en una campo de concentración- tienen una responsabilidad máxima sobre nuestra conducta. Ahora bien, también es cierto que, en condiciones de libertad –que no es el caso de los campos de concentración- podemos rebelarnos frente a esa situación creada o decidir no someternos a ella aunque sólo sea por miedo a lo que pudiera pasar si no somos capaces de anticipar cuáles serán sus consecuencias. Tenemos capacidad de resistencia frente a la manipulación. Tenemos capacidad de crítica o de rebelión. No sé, reconozco que en parte podemos llegar a ser títeres, marionetas en manos de otros. Pero no del todo. No del todo cuando nos resta alguna posibilidad de opción. Y en este grado de libertad radica nuestra propia responsabilidad.

Besos!

Antígona dijo...

Luzbel, no podía usted desaprovechar la ocasión, eh?

Está usted hecho todo un gamberro :P

Anónimo dijo...

(soy la Benedetina)

hOLA DE NUEVO, Antigona. Es verdad que suele ser un error recurrir al trastorno mental para explicar comportamientos que no comprendemos, sobre todo porque ni siquiera los expertos están preparados ni justificados científica y moralmente para diagnosticar y encasillar a alguien sólo por comportarse de una forma no aceptada socialmente en un momento y lugar concretos.

Pero tampoco nos engañemos, es una realidad que hay un gran número de personas realmente trastornadas, o bueno, simplemente conflictivas, manipuladoras, incluso sádicas o perversas que -justificadamente o no- disfrutan haciendo daño a sus familiares y allegados. Algunos de ellos se vuelven realmente peligrosos y violentos cuando sienten su orgullo herido. Del mismo modo que hay gentes con verdadera necesidad de llamar la atención bien por trastornos mentales también, bien por traumas no superados, inseguridades no asumidas o disfrazadas, o lo que sea.

Sea por el motivo que sea, está claro que hay personas que en nombre del afán curativo o de justificaciones de todo tipo se llevan por delante a quien haga falta en una espiral de odio y destrucción que perpetua el problema y puede llegar a destrozar familias enteras y causar graves perjuicios a la sociedad.

Es el caso de los concursantes de ese programa, por ejemplo, que como decías no tienen ningún reparo en llevar a la tele a sus familiares y participar del escarnio público, adquiriendo ellos el papel de perversos, aunque se crean justificados por su necesidad de venganza o de catarsis.

Lo peor y más pèligroso de todo esto es que se da una situación totalmente injusta, porque en todas las historias hay que tener en cuenta todas las versiones y posibles análisis, así como la capacidad y el empeño de manipulación o defensa, o incluso el autoengaño de los implicados.

El peletero dijo...

Apreciada Antígona, gracias por tu extensa respuesta, es un placer conversar contigo.

Mi alusión al desnudo no quería ser un contrapunto relativista a la moral, aunque sin duda la moral muchas veces lo es, no siempre, en su acomodo al gusto y a la necesidad del momento, como la moda que hace que nos agrade o nos desagrade tal corte de vestido o tal otro.

Será por mi edad, por mi formación y por mi educación, por mi familia tal vez, o por todo al mismo tiempo, que no acepto la moral como gusto ni el gusto liberado de la educación y de la formación.

Sin embargo, siempre he creído que la estética es una variante de la ética y viceversa, y que mi mano derecha no ha de saber lo que hace mi mano izquierda y que la elegancia es un estado psicológico y moral escaso.

Su falta es el verdadero drama más que la calidad y la cantidad de información a la que tenemos acceso, nadie puede saberlo todo ni estar tampoco en todas partes, no podemos ser miembros de todos los clubes ni de todos los consejos de administración ni participar en todas las deliberaciones ni conocer todos los secretos. Muchos se contentarían, e incluso algunos llegan a pagar dinero, con saber qué hace su propia familia, qué cosas suceden en su casa.

Repito, es un lujo conversar contigo.

Besos.

Arturo Valmonte dijo...

Antígona, claro que te reconozco que es kamikaze participar como concursante en este tipo de programas. A uno le queda la curiosidad por saber cómo será la vida posterior de los afectados, porque ver “El juego de tu vida” es como asistir a un nudo sin desenlace (por retomar la ficción según Aristóteles). Afortunadamente no hay ningún programa que se centre en eso, de momento.

Tú misma aportas argumentos suficientes para justificar la existencia de una censura. No creo que la censura sea mala por definición, aunque sí peligrosa. Estoy seguro de que si se celebrara, por ejemplo, una especie de referéndum de espectadores, muchos de estos programas desaparecerían de la parrilla. Confiemos en el sentido común. Sería una censura, pero no una mala censura.

Bueno, en esta ocasión algunos de nosotros hemos cometido contigo allanamiento de morada . Es la consecuencia de tratar con tanta agudeza temas tan interesantes y mostrarte, por otra parte, tan hospitalaria.  Seguro que nos lo disculpas.

Mil besos

Marga dijo...

No he tenido tiempo de meterme entre tanta "chicha" pero ha sido un gustazo leer el debate improvisado... no todas las naves están perdidas, pardiez! si aún quedan ganas de conversar y hacerlo de la forma que lo habeis hecho.

Ves, Antígona? tienes una cueva muy acogedora y eso que casi siempre nos remueves... será por eso? jajaja.

Miss.Burton dijo...

Tú no sueñas con ser una princesa, pero desde luego, una muñecona sí que eres¡
Un besazo, LOVEYOUSO, darling.
Que altura, el nivel de los comentarios, desde luego, puedes estar bien orgullosa de blog, porque vaya donde vaya, eres tú única, única, apúntatelo en esa cabeza que va a cenar conmigo en breve, fijo para navidades.

Jorge dijo...

Bendito el día en que no tengamos intimidad, que no tengamos secretos, que los secretos no nos hagan sentir culpables, que desvelarlos no hagan de nuestra vulnerabilidad una debilidad.

Antígona dijo...

Es cierto, Beneditina, esa gente trastornada existe, y más en nuestras sociedades cada día más enfermas que no pueden dejar de producir sujetos enfermos y desprovistos de todo recurso o estrategia para enfrentarse a su enfermedad más allá de cuatro pastillas que sólo alivian síntomas pero no curan.

Me ha parecido interesante lo que dices de la catarsis que buscan algunos sin reparar en todo el daño que pueden hacer con ella a sus semejantes o reparando en él pero importándoles un pimiento. Quizá sea un modelo de comportamiento que se impone cada día más en este mundo recalcitrantemente individualista que impone el consumismo. Un modelo de comportamiento que obedece a la creencia de que yo y mis deseos, yo y mi personalidad, yo y mis necesidades, estamos por encima de todo y la satisfacción de mis deseos o necesidades o el expresarse de mi persona justifican cualquier comportamiento por perverso que desde fuera de ese yo narcisista y egocéntrico se juzgue.

Y por supuesto que la situación es totalmente injusta. Pero no sólo por lo que dices, sino también porque los que participan no pueden hablar de sí mismos ni explicarse más allá de las escuetas respuestas que las preguntas permiten, con el consiguiente daño que esa falta de explicaciones puede conllevar para sus allegados según las declaraciones que hagan.

Lo que más me subleva es la falta de respeto hacia los otros que muestran los concursantes, o en general, quienes proclaman a los cuatro vientos su intimidad siendo ésta también la intimidad de otros. Y francamente, no creo que ningún odio o afán de venganza justifique esa falta de respeto hacia lo que, una vez destruido, es muy difícil de restaurar.

Más besos!

Antígona dijo...

Peletero, yo no creo que la moral se reduzca al gusto sino a la costumbre, y ya sabemos que hay costumbres de muy mal gusto a las que sin embargo nada puede reprochárseles desde un punto de vista moral o que incluso forman parte de la moralidad misma.

Por otra parte, tampoco yo acepto el gusto liberado de la educación ni de la formación porque, sencillamente, el gusto como tal no existe más que a través de lo aprendido y todo depende de qué aprendizajes se hayan hecho para desarrollar un gusto u otro. Si han sido aprendizajes azarosos y sin criterio, carentes de reflexión y efectuados por ósmosis con el entorno, o aprendizajes destinados a enriquecer y refinar nuestra sensibilidad.

Supongo que la relación que estableces entre ética y estética depende del modo en que se entienda esta última. Resulta cuanto menos curioso que los antiguos griegos consideraran bellas las cosas buenas y buenas las cosas bellas, es decir, que no pudieran separar belleza y bondad, mientras que nosotros, los herederos de tu pérdida, habitamos en un reino de escisiones que difícilmente podemos restaurar. Aunque, personalmente, sí me siento capaz de apreciar la belleza de un gesto moralmente valioso, y la fealdad de la acción perversa o rastrera.
Así es, no podemos tener toda la información. Ahora, yo me contentaría con conocer los movimientos de la bolsa que pudieran hacerme ganar un millón de euros y así dedicarme a vivir de rentas. Ninguna otra información me parece en estos momentos más deseable ;)

Lo que es un lujo es conversar con vosotros, Peletero, que sois, con vuestros comentarios, los que habéis hecho posible toda esta conversación.

Besos!

Antígona dijo...

Arturo, pues sólo faltaría ya que hicieran otro programa de televisión para que viéramos qué pasa con las vidas de los afectados tras el concurso. Quizá tendría más éxito que el programa mismo, vete tú a saber ;)

Lo de la censura, no sé, me sigue pareciendo peligroso, y por tanto, más negativas sus posibles consecuencias que positivas las ventajas que se derivarían de su aplicación. De todos modos, te veo muy optimista: yo no sé si ese referéndum arrojaría el resultado que pronosticas o más bien todo lo contrario. Si la gente lo ve, es porque de alguna manera les gusta. O quizás tengas razón y muchos hasta se avergüencen de verlo y preferirían que no existiera este programa para no caer en la tentación de perder el tiempo con él.

Lo que sí creo es que, como señalé hace ya tiempo en otro post, la televisión pública debería plantear alternativas atractivas e interesantes frente a las emisiones de telebasura de las cadenas privadas. Porque es en ellas donde no se depende de la audiencia y donde, por tanto, se podría experimentar con proyectos más arriesgados u ofrecer programas quizá en principio minoritarios pero que, quien sabe, a lo mejor acababan calando en el gusto más popular, ya aburrido de tanta bazofia y de tanta Belén Esteban.

Y de allanamiento de morada, nada, Arturo, que yo soy la primera que está encantada de que os prodiguéis tanto con los comentarios y surjan debates interesantes. Además de que defender una idea con argumentos requiere su espacio y de ese espacio podéis disponer en esta casa a vuestro antojo y siempre que os apetezca. Pero dejadme alguna cerveza en la nevera, eh? ;)

Mil besos para ti también!

Antígona dijo...

Marga, ay, la puta falta de tiempo, que también me ha hecho a mí ausentarme más días de lo debido de esta casa y de las vuestras. ¡Qué ganas de jubilarme!

Pero no, claro que no todas las naves están perdidas. La que montaríamos si nos reuniéramos todos en un bar, jajaja, que acabarían echándonos a las tantas y nosotros seguro que aún con la conversación a medias.
Será por eso, Marga, que a aquí nos juntamos aquellos a quienes nos gusta el movimiento, tanto si es para remover como para ser removido. Y luego hace un calorcillo que da gusto, con tanto meneo ;)

Besotes!

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Jajaja, Miss Burton, me ha hecho gracia eso de la muñecona. Pero como la Barbie ni de coña, eh? ;)

La altura y el nivel la ponéis vosotros, maja, y yo orgullosa, claro que sí, de que la pongáis en esta casa y acabe dando tanto juego.

Me lo apunto, me lo apunto, ¡que las Navidades ya están ahí! Habrá que ir reservando mesa :)

Un besazo!

Antígona dijo...

Jorge, yo es que creo que la intimidad no se reduce a los secretos, que incluso podrían pasar por información privada que se ofrece para ganarse el interés del otro. La intimidad es también algo indefinible compartido entre dos, como la complicidad que surge del trato o roce diario y que se hace patente antes en las miradas que en las palabras, en los tonos de voz antes que en lo que se dice. A mí esa intimidad me parece valiosa, y no creo que fuera deseable perderla, porque entonces sería signo de nuestra incapacidad para entablar relaciones profundas y duraderas con los otros.

Un saludo

Jorge dijo...

a lo que me refiero es a que ojalá esa intimidad indefinible de la que hablas fuera posible entre todos y no reducida solo a tu pareja, amigos íntimos y/o familia.

En realidad la intimidad no existe, solo existen sentidos que no sienten más allá de lo superficial. Las personas escondemos nuestros defectos, secretos, sombras... tras ropas, gestos formalizados, maquillajes de todo tipo... pero, en verdad, ante los ojos que saben mirar las personas están totalmente desnudas y de nada sirve todo aquello. Cualquier poro de nuestro ser nos delata

Antígona dijo...

Sigo sin estar de acuerdo, Jorge. La intimidad no es sólo conocimiento sino también familiaridad. La familiaridad que nos lleva a acostumbrarnos al otro, a disfrutar y aprender a paladear, por medio de esa costumbre, sus gestos, su risa, el modo en el que habla más allá de lo que dice. La familiaridad que nos lleva a poder anticipar qué cara va a poner, qué va a decir, de qué manera se va a sentar o cómo va a suspirar y nos hace disfrutar de esa anticipación. Y esa familiaridad sólo se crea con el tiempo y no creo que nuestra limitada vida humana disponga de suficiente tiempo como para generar relaciones de intimidad más que con unas pocas, o no tan pocas pero contadas, personas. O personalmente, es lo que a mí me pasa. Al margen de que no tengo el más mínimo interés en entablar relaciones de intimidad con cualquiera, porque no cualquiera me interesa. Hay gente cuyo modo de hablar me aburre, cuyos gestos me enervan, cuyos tonos de voz me dejan indiferente. No deseo, por tanto, invertir con ellos tanto tiempo de mi vida como para generar ningún tipo de intimidad.