sábado, 23 de octubre de 2010

Infierno III


En el andén se agolpa la multitud que acude puntual a su cita con el metro de la hora punta vespertina. Forman una masa homogéneamente desordenada de miradas ausentes, de rostros cansados que con toda probabilidad atraviesan ya en su imaginación el umbral de sus hogares, huérfanos de su presencia durante la jornada de trabajo. Tan cerca unos de otros, a la vez tan distantes. Nos adherimos a la multitud para el último transbordo. Apenas queda un minuto para la llegada del tren, donde nos fundiremos definitivamente con ella apretando quizá nuestros cuerpos contra otros cuerpos anónimos, quebrantando la ley muda que rechaza su roce, ésa que, tácitamente asumida, delimita un perímetro de espacio vacío en torno a cada cuerpo para la adecuada y no intimidatoria interacción de los semejantes. Poco importa, tan sólo serán dos paradas hasta nuestro destino.

Las puertas se abren y la multitud se apresura en busca del hueco que los acoja y resguarde de la presión excesiva de otros cuerpos, del contacto casualmente impúdico. El hueco desde el cual tratarán de compensar la proximidad abusiva evitando discretamente el choque indeseado de los ojos, disciplinándolos a fijarse durante el trayecto, si no logran posarlos sobre las páginas de un libro o la pantalla del móvil, sobre alguna superficie neutra, anodina, libre de conflicto. A nosotros nos protege, en medio de la masa anónima, la familiaridad del roce mutuo, la certeza de poseer en los ojos del otro un lugar de reposo seguro. Nos acomodamos con dificultad entre los demás viajeros y, aunque la estrechez que une los cuerpos frenaría cualquier posible caída, prefiero forzar el brazo hacia la barra que pende sobre mi cabeza y hallar un punto de sujeción, necesariamente endeble dada mi corta estatura, entre las manos asidas a ella. Nuestra conversación, animada hasta el momento, se interrumpe cómplice. Demasiados testigos cuando el estruendo del vagón en movimiento nos obligaría a alzar la voz. Demasiada exposición de nuestra charla que se quiere privada entre el cerco de orejas que nos rodea. En nuestro silencio, los demonios que desde hace horas serpentean bajo la alfombra de mi conciencia amenazan de repente con tomarla al asalto. Junto a ellos, la pesadumbre por el cuerpo quejoso que ha parido a las insidiosas criaturas. Ante todo, la desazón por la cabeza enfermizamente presa de los demonios nacidos de ese cuerpo que se queja, imponiendo su presencia frente al bienestar que procura su saludable desaparición. Hastiada del renovado despertar de esta agotadora batalla interior, recuesto la mejilla sobre el brazo estirado.

Se me ofrece entonces, por entre los demás brazos alzados, una imagen que me golpea con fiereza: el perfil de un hombre de mediana edad, con aspecto extranjero, desencajado por la desesperación, la impotencia, el llanto. Sus labios se mueven mientras las lágrimas se deslizan por las comisuras, pero el ruido de la maquinaria y la relativa distancia me impiden oír sus palabras. La inclinación que en nuestros cuerpos erguidos imprime un giro del vagón me permite ver durante un par de segundos el carrito de bebé que aferran sus manos, los puños raídos de su suéter. Devueltos a la verticalidad, de nuevo su perfil, los labios que se mueven ininteligibles. Intuyo que no hace falta mucho más para adivinar el sentido de su discurso: cuenta a sus semejantes, nosotros, quién sabe qué desgraciada situación y solicita ayuda, la ayuda que traduce el dinero. La desesperación de su rostro me resulta tan franca, tan nítida en su sinceridad, que algo en mí se angustia instintiva, empáticamente y humedece mis ojos. Siento el impulso repentino de sacar de la cartera un billete y dárselo. Pero el impulso se detiene en seco. Lo paraliza un estúpido sentimiento de vergüenza que emerge al imaginar las miradas de los otros viajeros sobre mí, el juicio callado -¿tal vez reprobatorio?- que emitirían ante mi acción. Lo paraliza la insignificante idea de haber de molestarles -otra vez sus miradas, ahora de fastidio, de contenida irritación- deslizándome trabajosamente entre sus cuerpos comprimidos para alcanzar al hombre que pide y llora. Y lo paraliza, ya de manera irreversible, el pensamiento del engaño, de la ficción, del teatro fraudulento, que apuntala y explica el anticipado sentimiento de vergüenza bajo esas miradas. Miradas que, a la luz de ese pensamiento, preveo ya claramente reprobatorias, incluso burlonas. Miradas que acusarían mi ingenua credulidad, porque yo, la crédula ingenua, lejos de comprender la pantomima, sólo percibo en ese perfil descompuesto a un hombre pobre desgarrado por la desesperación.

Desesperación tras un largo e infructuoso día de mendicidad también avergonzada de sí misma. De desplazarse de vagón en vagón, de andén en andén, de esquina en esquina, entre rostros que se vuelven impenetrables hacia un lado, entre pupilas que se desvían y pierden con tesón en el vacío, entre oídos sordos al relato de la indigencia y la penuria, a la petición sin violencia y no obstante recibida como una afrenta. Máscaras petrificadas en un gesto de impasible indiferencia destinado a ocultar un enjambre de sentimientos de naturaleza dispar: incomodidad, inquietud, miedo, compasión, lástima; indignación censuradora por la desfachatez del pedigüeño, por la elección de la vía fácil y enojosa para el resto frente a su miseria; autojustificación vacilante entre quienes, tal vez conmovidos, apelarán sin embargo a la necesidad del rechazo desde la convicción de que erradicar la mendicidad exige no alimentarla; incluso cruel desprecio, motivado por la creencia en la desgracia merecida, en la suerte justa del perdedor, si para algunos no existe la miseria silvestre, sino tan sólo la sembrada y regada por las propias manos. Y, por un momento, no puedo evitar pensar que, para el hombre que llora su desesperación, que clama impotente tan cerca de sus semejantes para descubrirlos entonces tan lejos, tan decidida e intencionadamente lejos, el conjunto indefinido de máscaras petrificadas dentro de este vagón de metro, tal vez las últimas de las innumerables que habrán desfilado ante sus ojos a lo largo de su jornada, las que asisten impertérritas, esquivas, ausentes, al desmoronarse de sus ánimos, de sus esperanzas, de su confianza en el prójimo, deben de componer el más puro retrato del infierno.

El tren empieza a detenerse y nosotros a abrirnos paso hacia la puerta. Mi rostro, como el del hombre, amenaza también con desencajarse y estallar en lágrimas. No entiendo por qué esta intensa, sorpresiva congoja. No entiendo por qué, con tal brusquedad, esta exacerbada sensibilidad después de tantos mendigos, después de tantas escenas similares con el paso de los años. Cuando me preguntas si me pasa algo, sólo consigo responder, pretendiendo una falsa serenidad, que me ha impresionado un hombre que estaba pidiendo en el metro y que, situado a tus espaldas, tú no has podido ver. Pero no se me escapa que la vergüenza ha abandonado su anterior condición de proyección imaginaria para convertirse en la realidad que acaso sustenta esta tristeza que aún desea arrastrarme al borde del llanto. Vergüenza por mi estúpido sentimiento de vergüenza ante el posible juicio ajeno, por mi parálisis, por mis pensamientos encontrados. Vergüenza por mi debilidad, por la insensata magnitud de mis demonios interiores frente a la nimiedad de los males que los nutren, ridículamente diminutos en la escala de las desgracias, de las miserias, de los sufrimientos que puede albergar una vida humana. Por las lágrimas que, con soberano esfuerzo, al fin logro contener. Y vergüenza, una vez más, por haber formado parte, aunque él no haya visto mi rostro, del conjunto indefinido de máscaras petrificadas que, dentro del vagón de metro que acabamos de dejar atrás, han encarnado a mis ojos ocupando los suyos el particular infierno del hombre que lloraba.

22 comentarios:

El peletero dijo...

Ya lo decía Sartre, “el infierno es el otro”, pero habría que añadir que quizás lo somos nosotros. A partir de aquí todo es posible, incluso que el cielo sea ese mendigo.

Saludos.

troyana dijo...

El cielo y el infierno,los ángeles y los demonios conviven en cada uno de nosotros,y somos capaces de actuar según y cómo atendiendo a unos u a otros.Los demonios de la vergüenza,el temor por la falta de aprobación al tomar un camino no secundado tal vez por la mayoría,está dentro de todos,yo creo que de todos,aunque no siempre en la misma medida.Nos educan para la uniformidad,para no significarnos en nada,se aplaude la mediocridad y se desaprueba la no complacencia con los demás.Pero hay que oirse,hay que seguir la guía propia,apenas audible por la masa vociferante.Aunque cueste,aunque vayamos poco a poco,aunque quedemos como una ridícula minoría,qué más da,al final si procuras no desencajar,,el grado de desconcierto contigo mismo es mucho peor.En el tema que abordas,según qué contextos,puede ser incluso reprobatoria la empatía o la solidaridad,lo peor no es que no entremos a la discusión con otros cuando sabemos que no vamos a llegar a ningún acuerdo en este aspecto,lo peor es que nos venza la complaciencia,la conformidad ante el prejuicio y la inmunidad ante unos dramas cotidianos que para nada son "normales",ni "legítimos" ni siempre consecuentes con el esfuerzo o la voluntad de la persona para salir de esa situación.En fín,Antígona,que los demonios no me cabe duda,están dentro de nosotros,en primer lugar.
Un beso y un abrazo

Mikel dijo...

Una recomendación de lectura sobre un tema muy parecido: SIN MIRAR ATRAS, un cómic de un autor novel gallego, Dani Montero. Echale un vistazo, ofrece una reflexión muy curiosa sobre la posible historia de un indigente cualquiera.

Rodrigo D. Granados dijo...

Como siempre me ha gustado muchho su exposición; el trazo pormenorizado de los conflictos que serían invisibles de no encontrarlos aquí en la ordenada fila de hormiguitas tipográficas.
Yo resuelvo la cuestión de una forma muy mercantilista; nunca doy nada a cambio de nada. Me evito así los juicios errados de situación. Cantar, recitar o improvisar un guiñol, está al alcance de todos, y si se hace con un mínimo de talento y/o entrega, generalmente ganan mi magra recompensa. Sólo los muy envejecidos, que no exponen tullidas medallas, tienen asegurada mi compasión, pues he desarrollado una especie de desprecio por la profesionalización del "penismo". Nada desanima más a mi espíritu fraternal que un discurso lastimero y cadencioso que delata su falsía; su aprendizaje acelerado y su afán prefabricado de conmover. Hasta el ser más humilde tiene que bregar para existir, y la penuria no tiene porqué ofrecer excepciones.
Dame algo que yo pueda valorar, aunque sea la intención voluntarista vacía de dones, y yo haré por tí lo que pueda, que nunca será mucho. Es a mí a quien pides, no lo olvides y deberás aprender, cómo ganarte mi voluntad, como el predador a cobrar su presa. No me das ninguna pena si la edad no te ha derrotado, como no te daría pena yo a tí, si me vieras leyendo un libro de autoayuda. Es una cuestión de espacio y magnitudes; puedes conmoverte por una anciana que se cae en tu calle y dedicarle el tiempo necesario para que se recomponga o reciba asistencia profesional, pero francamente te la sudan mil ahogados en Ceilán.
Puedes estar pendiente durante días de los treintaitrés; pero es imposible mantener diez minutos la atención sobre más de mil millones de hambrientos; un ente invisible, o tan visible en los especiales de fin de semana, que terminan por no estar.

Carmela dijo...

Creo que ese sentimiento de vergüenza ante el posible juicio ajeno es algo que a todos en mayor o menor medida nos ha pasado, pero creo que el simple hecho de reconocérnoslo es buen síntoma. A veces cambiamos de acera para no pasar por delante de alguien que pide y así nos creemos menos deshumanizados, o echamos una moneda casi corriendo, para que otros, que nos ven hacerlo no piensen, mira que tonta, lo pronto que se lo va a gastar en bebida o tabaco, cuando en realidad nos da lo mismo en que se lo gaste, si simplemente tener que pedir para comer o beber o fumarse un cigarrillo ya es suficiente carga. Hay mucha gente que pide sin una necesidad verdadera y todos lo sabemos, pero a veces es más cómodo generalizar para no sentirnos mal con nosotros mismos.
Y extendiéndolo a cualquier otro aspecto de la vida, que gran frase la de Troyana, al decir que si procuramos no desencajar de la mayoría, el grado de desconcierto con nosotras mismas es mucho mayor. Ojala este desconcierto no lo perdamos nunca y nos ayude a actuar como pensamos.
Me ha encantado leerte Antígona.
Un beso.

Miss.Burton dijo...

Creo que ese infierno, nos es cercano, precisamente porque el miedo nos paraliza, y nos dice que quizás, algún día, podríamos ser nosotros. Verguenza de qué?¿ De reconocernos en nuestras lágrimas, de tener compasión, de ser un corazón, en vez de un puto robocop?¿?¿ Y luego viene la siguiente lectura, toda mía, como siempre, a veces, delante de una escena como esa, rompo a llorar, por razón primera, la desgracia del otro, por razones miles, el dolor de algo que he conseguido atrincherar en alguna parte de mi ser, pero que vuelve a mi, sólo hay que disparar al corazón de nuevo, con algo como esto, para que salga todo lo que en el fluye, y duele.
Me ha encantado, yo sí soy partidaria de darles algo, y de escucharles. En su día llevaba a merendar a un mendigo que vendía la farola, acabé buscándole piso compartido, le compré una estufa, y hablábamos horas y horas.. y sabes qué?¿ Su vida no era muy distinta a las nuestras, sólo un puto golpe de mala suerte, y la familia alejada, y una emfermedad, y digo sólo... lo habían dejado allí, en la puta mendicidad.
A mi me cuesta ganar mi dinero y pagar mi vida, pero hay veces, en las que sabes que esa persona está jodida de cojones. Al yonki le digo que para un bocata, pero al resto... uffffffff, no puedo, no se si hago el idiota, pero no puedo. Y la verdad, siento, de verdad que lo siento, que de alguna manera, les he ayudado en algo. Y si se dan la vuelta y se compran el tetrabrick de don simón, pues mira, si esa es su felicidad, yo trabajo y casa no puedo darles, así que hasta donde yo llegue, ahí estaré siempre.
Bueno, supongo le he dado una lectura a todo absolutamente distinta de la suya, pero vamos, como siempre, esto es lo de todos los días, cada uno a su aire.
Nos vemos pronto-ya, no se cómo... pero ya¡

Duschgel dijo...

Desde luego, la situación era complicada, especialmente porque dar el paso de darle algo implicaba "molestar" a otra gente que ya de por sí mostraba fastidio, vergüenza, lo que fuera. Si no, tal vez no hubiera sido tan difícil ni te hubieras planteado tantas cosas y posiblemente le habrías dado algo.

He leído el comentario del Sr. Granados y en parte tiene razón. Es la única manera de evitarse juicios erróneos: tú ofreces algo y yo te doy algo a cambio. No obstante, creo que también hay que dar oportunidad al primer impulso. Si tú sentiste algo con el mendigo fue porque te lo transmitió y muy probablemente fuera algo sincero. Hay datos que captamos directamente de una forma inexplicable, y, aun así, los acabamos sometiendo a la duda, a la disección, y entonces nos frenamos. Supongo que es normal, probablemente sea una cuestión de la educación o de los prejuicios de la sociedad en la que vivimos, de las malas experiencias propias, etc.

Finalmente tratas ese tema de lo pequeños que resultan los problemas propios ante la magnitud de otros más gordos, de la vergüenza de darles a los propios tanta importancia cuando es evidente que, comparado con otros, son casi insignificantes. Pero es que vivimos como en dos mundos: el nuestro interior y el exterior. Y el interior, por ser el propio, no deja de tener su importancia. Como digo siempre, cada uno sufre lo suyo. Lo que pasa es que, cuando comparamos con el mundo exterior, luego hasta nos sentimos mal. Creo que esto nos pasa a todos. Pero lo bueno es darse cuenta de ello. Tal vez entonces nos parezcan nuestros demonios más ridículos y nos sea más fácil combatirlos.

Bueno, ya dejo el rollo.

¡Un beso muy gordo!

Antígona dijo...

Bueno, Peletero, yo creo que está claro que nosotros también somos el Otro, el Otro de otros, en ocasiones incluso el Otro inasible y lejano de nosotros mismos. Así que obviamente formamos parte de ese infierno en que tantas veces se convierte la interacción entre los humanos.

Un beso!

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Así es, Troyana, si no somos ángeles ni podemos serlo es porque los demonios conviven en nosotros con ellos, y es esa extraña mezcla la que compone lo humano.

Tienes razón en que nos educan para seguir los dictados de la mayoría y es increíble el modo en que interiorizamos la mirada del Otro –representación de esa mayoría- cuando nos planteamos en algún momento dado desobedecer y hacer algo distinto a lo que hace la mayoría. La presión que ese entorno social en el que uno va a significarse con su acción ejerce sobre nuestras conciencias y sobre nuestras decisiones.

Yo también creo que es necesario que cada cual trace sus propias rutas dejándose influir lo menos posible por el gusto o la inercia de las mayorías, tratando de actuar en todo momento según los dictados de la propia conciencia, de una manera autónoma. Pero hay situaciones en las que el peso de lo social se hace de repente tan palpable, tan real, que uno se queda como paralizado y mientras decide si contravenirlo o no se le ha pasado la ocasión de actuar.

Por supuesto que esos dramas cotidianos que podemos ver tantas veces en una esquina o en un vagón de metro no son ni normales ni legítimos. No creo en realidad que tantas sean las personas que lo piensen. Y sin embargo, para mí también está claro, al menos teóricamente, que la caridad no es la solución. Con la caridad no se arregla nada. Ahora bien, pienso igualmente que utilizar este argumento –que en el orden de lo teórico admito como perfectamente válido- frente al individuo particular que pide desesperado es negarse a verlo en su singularidad, como la persona concreta que es, y cortar así todo posible lazo de solidaridad frente a él.

No lo sé, la verdad es que el tema aún me sigue dando que pensar.

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

Mikel, no soy muy aficionada a los cómics, pero te agradezco la recomendación y lo buscaré en cuanto tenga ocasión para echarle un vistazo.

Gracias también por tu visita y tu comentario y bienvenido a esta casa.

Un saludo

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Entiendo perfectamente lo que quiere decir con respecto al dar y al recibir, estimado Rodrigo D. Granados, y podría en principio compartirlo. Y entiendo también lo que señala de la profesionalización del “penismo”. Es, precisamente, la idea del fraude y del engaño que quiere señalarse en el post como freno para la acción de ayuda, dado que todos sabemos que existen personas que, en efecto, han hecho del discurso lastimero y del teatro de la miseria su forma de vida. Ahora bien, me da rabia que la percepción de una desesperación sincera, o lo que, de forma inmediata, sin más reflexión, se nos aparece como una desesperación sincera, pueda acabar ensuciándose y poniéndose en cuestión por culpa de la desconfianza que nos genera en el otro el conocimiento de que existen profesionales del penismo. ¿No estamos aquí siendo víctimas de una generalización? ¿No estaremos utilizando quizá esta sospecha de fraude como pretexto para lavarnos las manos? ¿No es cierto que, pese a la existencia de esas “órdenes mendicantes”, puede haber gente que pida dinero en un momento de desesperación? ¿No podríamos nosotros mismos, algún día, ser esa persona que, desesperada, se derrumba y solicita ayuda a su alrededor para que, sin embargo, todos lo confundan con un profesional de la limosna? ¿Por qué nos cuesta tanto contemplar la posibilidad de que la persona que tenemos delante no es nadie que dedique su vida a la mendicidad y con respecto al cual, por tanto, queda excluida la demanda de que haga algo a cambio del dinero que pide, sino sencillamente alguien que acaba recurriendo a la mendicidad en un momento de angustia y zozobra?

Es como si la existencia de tantos mendigos profesionales, que los hay, unida a la reflexión teórica acerca de cómo actuar frente a los excluidos y desposeídos que, por los motivos que sean, acaban recurriendo a la mendicidad en un momento dado, hiciera sencillamente imposible que, llegada la ocasión, seamos capaces de reconocer a un individuo que sufre y de prestarle ayuda.

Y aquí no me vale el argumento de los treinta y tres frente a los mil millones de hambrientos, que al fin y al cabo son una abstracción lejana y difusa. De lo que se trata en estas situaciones es de un persona concreta que se me acerca, a mí, y me apela a mí directamente pidiéndome algo.

Y sigo sin tener una respuesta sobre lo que se debe o no se debe hacer.

Un beso!

Antígona dijo...

Es así, Carmela, la situación de indigencia de quienes piden nos pone en una situación de incomodidad que no sabemos cómo gestionar y en la que, intuyo, se mezclan muchas más cosas de las que aparecen en el post: tristeza por vivir en un mundo en el que la pobreza es un hecho, miedo por pensar que la posibilidad que le ha tocado en suerte a esa persona que pide podría ser también la nuestra, culpa por nuestro bienestar o por nuestras posesiones materiales frente a quien nada tiene… Huimos no sólo por vergüenza, sino también porque nos inquieta y nos intranquiliza ver la desgracia encarnada en piel ajena, conscientes de que nadie está libre de soslayar esa desgracia. Y sí, de acuerdo con lo de la generalización, que es lo que le comentaba antes a Rodrigo D. Granados: a veces, acudir a la sospecha es un pretexto para no contemplar en su particularidad a la persona de carne y hueso que tenemos delante, para no mirarla realmente sino apuntarla directamente a la fila de los pedigüeños embusteros.

Troyana tiene también toda la razón: entre la armonía con los otros y la armonía con nosotros mismos, es necesario optar por lo segundo. Actuar para no desencajar nos puede llevar a traicionar principios que creemos fundamentales y a no sentirnos después a gusto dentro de nuestra propia piel. Y eso no lo creo para nada deseable.

Un beso!

Antígona dijo...

Justamente, Miss Burton, eso es lo que yo creo: que nos da terror siquiera ver a gente así porque somos plenamente conscientes de que la suerte desgraciada de esa persona podría ser la nuestra. Y nos apartamos de su dolor para no dolernos nosotros, ni por ella ni por nosotros mismos.
Ya sé que es estúpido sentir vergüenza por tener emociones, pero, ¿cuántas veces no nos sucede esto incluso en otro tipo de contextos nada parecidos a éste? Parece como si la consigna fuera que las emociones, primero, no deben mostrarse en público, y segundo, que tenerlas y que no seamos capaces de controlarlas es signo de debilidad. Como si llorar abiertamente sólo les estuviera permitido a los niños, esos corazones blanditos y aún no curtidos por la vida. Como si, como adultos, fuera nuestra obligación revestirnos de una coraza que nos proteja de tener emociones demasiado intensas, o de tenerlas delante de miradas ajenas. En el fondo, me temo que nuestra sociedad sigue siendo bastante intolerante en lo que respecta a la expresión de las emociones.

No es raro, por otro lado, que el dolor y las emociones que nos producen escenas como la del post actúen de algún modo como catalizadores que hagan aflorar y manifestarse de otros dolores y emociones que nada tienen que ver con ellas. Supongo que nuestras emociones no están encerradas en compartimentos estancos junto al motivo que las produce, y es por ello por lo que la expresión de un determinado dolor puede llegar a arrastrar consigo la de todos los dolores que guardamos sin haber tenido la oportunidad de darles salida antes.

Yo no he vivido ninguna experiencia parecida a las tuyas, pero recuerdo el caso de una mendiga que saltó a los medios porque unos chavales le habían prendido fuego en un cajero. La historia que tenía detrás me parece espeluznante: la que acabó siendo mendiga había sido tiempo atrás una señora muy normal, ejecutiva en un banco, que se metió en el mundo de las drogas y desde ahí todo fue una pendiente hacia abajo que la llevó a perder todo lo que tenía, hasta terminar viviendo en la calle. Para mí, una pendiente probablemente provocada por la mala suerte, la falta de ayuda familiar y vete tú a saber cuántos otros factores que creo que no son más que un signo de la fragilidad de nuestras particulares situaciones de “bonanza” frente a los indigentes.

Para nada le has dado una lectura distinta, en absoluto. Ya me encantaría a mí tener el valor que tú tienes a la hora de tratar a los mendigos. Pero me puede el miedo, las contradicciones… que sé yo.

Un besazo!

Antígona dijo...

Puede que tengas razón, Dusch, todo fue además demasiado rápido, demasiado confuso porque cabía la posibilidad del error, no podía ver bien al hombre ni escuchar lo que decía. Pero aun así, y de haber tenido la certeza de que el hombre estaba pidiendo ayuda, no creo que sea excusa el hecho de haber de molestar a otros viajeros. Vamos, eso es una nimiedad en comparación con el dolor de alguien. Lo que en ese no querer molestar se expresaba era, sencillamente, el miedo al juicio ajeno, la interiorización de la mirada censuradora de otros sobre mí, el miedo también a significarme, yo que soy una persona bastante tímida y odio llamar la atención. Vamos, que para nada me sentí satisfecha de mí misma al abandonar ese vagón, sino todo lo contrario.

Por otro lado, sí, tuve la percepción de que la desesperación de ese hombre era sincera, pero en lugar de seguir ese primer impulso me dejé vencer por las dudas que al instante me asaltaron, por los razonamientos con respecto a qué es mejor hacer y qué no hay que hacer, por pensar automáticamente en la posible reacción de la gente a mi alrededor… Fue como si, ante ese primer impulso, me llegara una avalancha de pensamientos que, cómo no, me abocaron a la parálisis. Es un defecto mío, en cualquier caso, que podría extender a otras muchas facetas de mi vida y ha habido muchas circunstancias a lo largo de ella en que me he arrepentido de no haber actuado por pensarlo y analizarlo todo demasiado, por querer cerciorarme desde la cabeza de lo que el corazón me dictaba… Pero está claro que hay momentos en que la cabeza es un estorbo y mejor haríamos en dejarla a un lado.

En cuanto a la relatividad de los propios problemas frente a los de otros, totalmente de acuerdo con lo que dices. Nuestro mundo interior es, para bien o para mal, el que impera en nosotros y de él no podemos desprendernos. Miramos el mundo desde nuestros propios ojos y no cabe otro lugar para hacerlo. Ahora bien, precisamente porque nuestra subjetividad nos lleva a menudo a perder de vista la medida de las cosas, a obsesionarnos con pequeños problemas, a sufrirlos en exceso, porque cuando no estamos bien tendemos a percibirlo todo desde el filtro de ese no estar bien, es necesario de cuando en cuando el baño de realidad que implica darse cuenta, a través de los otros, de que cualquier situación negativa siempre es susceptible de empeorar y de que los propios males no son tan terribles en comparación con muchos otros. Es cierto que no podemos ponernos en la piel del otro ni saber con qué grado de dolor vive su malestar o sus circunstancias adversas. Pero aquí la imaginación y la empatía pueden surtir el mismo efecto. Nunca dejamos de aprender de los demás y en esto de relativizar los propios males, nos son absolutamente necesarios.

Un beso!

Miss.Burton dijo...

A mi ya miedo, me dan pocas cosas, el exmarido, y poco mas. Y los mendigos tienen una historia a cuestas que vale la pena escuchar, a veces. Otras, te la intentan meter doblada, te das la vuelta, y piensas que menuda mierda esta vida que disfraza a los malos con pieles de cordero.
Sí, puede pasarle a cualquiera, pero es definitivo el tener familia, y amigos que se preocupen por nosotros. Lo jodido es cuando la mala suerte se adhiere a un aislamiento personal querido, ó no elegido, ahí es jodido de cojones.
Bueno, me ha encantado, como siempre, leerte de nuevo.
Que tengas buen fin de semana, y oye, QUE LA FUERZA NOS ACOMPAÑE, que somos mucho para dejarnos vencer por achaques de viejas....jejeje y varios...
Un beso fuerte,

Marga dijo...

A la tercera irá la vencida? jajaja

Qué narices, Antígona, es tan difícil no sentir todo lo que comentas!! Ese infierno… el de todos no sé en qué medida para cada cual, pero infierno al fin y al cabo..

Yo me dejo llevar por mi estado de ánimo para “otorgar” limosnas (sí, no dejar de ser eso, estoy en el otro lado, en el lado de vivir sin carencias: otorgo pues y me lio con un sentido de caridad que me pone de los nervios por sus connotaciones religiosas pero del que no puedo escapar por mucho que busque otros nombres para enmascararlo), depende lo que me digan las entretelas, algo tan arbitrario que no busco justificación ni ante mí misma pero en el que la vergüenza que me pueda hacer pasar el resto no es nada comparada con la vergüenza propia: la de estar domesticada para mirar al otro con desconfianza y al mismo tiempo sentirme culpable por hacerlo, por la posibilidad de ser engañada y por la de no socorrer a quien lo precisa, tan contradictorio…

Y cuando mi vello me indica (repito, arbitrario e injusto el método) me digo, qué coño, dónde va éste dinero si no? Y entre sentirme engañada o sentirme bien conmigo misma elijo lo segundo. Pero otras, miro hacia otro lado sintiéndome mezquina, incluso pasando por encima del mendigo a la puerta del cine y sintiéndome cabreada con los servicios sociales porque esté ahí, tirado, pero no sólo por él y mi sentido de la justicia, si soy sincera y profundizo bien, es que me jode su presencia y lo prefiero oculto donde no me haga sentir mal y ver la película con el comecome de la tristeza, quién se habrá creido?

Y cuando todo esto me sucede no puedo por menos que pensar que soy, somos, una auténtica mierda de especie, porque el egoismo y el miedo nos hace justificar nuestra arrogancia y cobardía y porque la generosidad para con el resto debería prevalecer incluso sobre el hecho de ser engañados. Sin más vueltas.

Besos sin cortapisas.

Carmela dijo...

Donde yo vivo, que es una ciudad pequeñita, es fácil "entablar relación" con personas que mendigan, pués siempre nos movemos en las mismas zonas, de hecho yo tengo mi "mendigo cobijado" como él mismo se llama, que siempre está en la misma plaza que frecuento. Y es increible la vida de esa persona, cómo de una buena familia, no de aquí sino de la misma provincia, ha terminado rompiéndo con ella, viviendo en la calle y mendigando. Y es curioso también,cómo estas personas no conciben vivir en casa de acogida, es algo aterrador para ellos, y prefieren dormir en el portal de un Banco, antes que en esos lugares. Pero lo que me indiga es que este hombre que vive en nuestros portales, sé que muchas veces no puede evitarlo y bebe. A veces, no muchas la verdad, se le ve bebido y eso es la excusa perfecta de mucha gente de la zona, para excusarse en no darle nada, ya que se lo puede gastar en bebida. Y sé, lo sé que saben toda su historia. Lo que me dá coraje es que no se pongan en su pellejo e intente comprender cómo debe ser la vida de esa persona, que es más que comprensible, que muchas veces se tire a beber para evadirse de sus problemas y plas, ya no te ayudo. Y muchas veces sé que piensan que soy tonta o ingenua por ayudarle.
Bueno no me enrollo más que he cogido carrerilla, también yo te deseo buen fin de semana, ah y quería decirte que si no te importa me gustaría copiarte la frase de Derrida para mi Blog.
Un besote
Carmela

Arturo dijo...

Hola, Antígona: Cómo me alegra volver por aquí de tiempo en tiempo y ver que tu casa sigue igual de acogedora. Yo tenía una amiga muy práctica que solucionaba estos problemas con una norma: dar dinero si un mendigo se lo pedía, pero no más de una vez al día y sin sobrepasar cierta cantidad (era inglesa, claro.) Era una forma de soslayar el problema de que vivamos tan apretados y tan ajenos y solitarios. A mí me pasa desde hace tiempo que, en situaciones así, mi cara se petrifica como una más de esas máscaras del metro. Pero cada vez que me ocurre no puedo evitar tener la sensación de estar con los demás en algún círculo del infierno, como tú tan bien describes en tu entrada, y concluyo siempre que todo esto está muy mal montado.

Un beso

NoSurrender dijo...

Es una situación bastante complicada, doctora Antígona. Evidentemente, no podemos huir del infierno, sobretodo cuando ese mismo infierno somos nosotros para los demás. Pero lo que sí podemos es apostar por una sociedad que tenga un plan contra la pobreza que sea radicalmente distinto de la caridad cristiana, cuyo dominio es lo que provoca que un hombre con problemas tenga que humillarse públicamente en lugar de acudir a servicios sociales dignos y a mano. Y se hace con toda la ideología del mundo. Qué asco de moral católica.

Cada vez que vivo una escena de éstas me asqueo de la condición humana y de todos los mecanismos de deshumanización que vamos creando a nuestro alrededor y que nos convierten en esas máscaras petrificadas.

Besos, doctora Antígona!

Sor benedetina dijo...

Ay, Antígona, leí este post cuando lo publicaste, pero este tema es tan delicado y me llega tanto que no sabía si comentarte.

Me ha resultado muy intereante leerte, igual que a todos los que te comentan. Y, como mi comentario aquí se haría demasiado extenso, casi que mejor te aprovecho de nuevo como inspiración para escribir en mi blog.

Besos desprendidos ;)

Antígona dijo...

Ya me imaginaba yo, Miss Burton, que tú no eres de las que se arredran ante muchas cosas. Yo a la única mendiga que he conocido fue a una mujer gallega, Conchita, que vivía en la calle enfrente de la Casa Blanca, en lucha constante por sus derechos. Ya no sé si seguirá allí, ha pasado mucho tiempo, y tampoco recuerdo bien la historia que tenía detrás, pero sí el modo en que me impresionó.

Yo creo que la fuerza ya nos acompaña. ¿Dejarnos vencer tú y yo por achaques de viejas? Ni soñarlo, claro que no.

Cuídate mucho y a ver si por fin hacemos efectiva esa cita pendiente.

Un besazo!

Antígona dijo...

Pero mira que ha costado, eh, Marga? Aunque no tanto como yo en contestar, así que no me meteré más con el bobo de blogger de momento ;)

Has expresado perfectamente todas las contradicciones que yo misma siento cuando se me presenta una situación como la del post. Por un lado, la caridad, repugnante, si encima parece que con ella uno debería sentirse bien por estar ayudando a alguien que lo necesita, cuando ese sentimiento de autosatisfacción no es más que el resultado de una situación injusta. La mala conciencia de sostener con esa caridad un estado de cosas intolerable. La sospecha del engaño. En el lado contrario, la vergüenza por desentenderse del mal ajeno, la mala conciencia también por la desconfianza, por el hecho de que el pensamiento del engaño nos paralice. ¿Y qué hacer en medio de ese nudo de fuerzas que tiran de nosotros en direcciones contrarias?

O paralizarse o, como tú dices, dejarse sencillamente llevar por el estado de ánimo de ese día concreto y hacer lo que espontáneamente salga, sin darle más vueltas y sabiendo que sí, que es arbitrario e injusto y que no responde a ningún criterio racional, pero es que poco criterio cuando hay tantas razones para hacer una cosa y la contraria, cuando no somos capaces de tomar una decisión porque lo que sucede frente a nosotros es demasiado ambiguo, confuso, opaco.

Me parece muy valiente lo que has dicho y estoy de acuerdo: la presencia de los indigentes nos incomoda, nos hace sentir mal y una parte de nosotros se cabrea porque desearía no haberlos visto, porque desearía no estar expuesta a la violencia interna que nos genera encontrarlos por la calle, sentirnos culpables por ella, por poseer lo que esos indigentes no tienen.

Yo también creo que la generosidad debería prevalecer frente a la sospecha del engaño, pero, ¿por qué aquí se nos suele aparecer de nuevo la cuestión de la caridad cristiana, la repugnancia frente al hecho de estar aprovechando la propia situación de superioridad, la propia bonanza económica para ser generosos y así ponernos una medalla por nuestra generosidad? Ay, qué lío, yo aún sigo sin aclararme. Pero creo que la próxima vez, en lugar de perderme en tanto razonamiento, me miraré el vello y actuaré según lo que éste me indique. También sin más vueltas.

Besos confusos! (y también encantados, por supuesto :))

Antígona dijo...

Carmela, yo es que me figuro que lo menos que puede hacer una persona que vive en la calle para soportar su situación es beber de cuando en cuando si tiene oportunidad. ¿O no beben también para evadirse de su realidad quienes disfrutan de todos los bienes de los que esa persona carece? Pues con más razón habría que entender entonces que lo haga un mendigo. Como lo haría yo misma, estoy segura, de acabar viviendo en la calle.

Así que me parece terriblemente hipócrita que ese argumento se utilice como pretexto para no darle nada. Si uno se decide a dar –después de todas las contradicciones que, según se han ido señalando en los comentarios, supone ese gesto- debería desentenderse plenamente de lo que después suceda con su dinero. De lo contrario, el “te doy si no lo utilizas para…” me parece ya el colmo del paternalismo y de la anulación de la libertad del otro. Que será un indigente, sí, pero al menos algo que aún no ha perdido es su libertad. Pues respetémosla.

De la frase de Derrida, ya sabes, ¡toda tuya!

Buen fin de semana (aunque sea una semana después, jajaja) y un beso!

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Hola Arturo, a mí también me alegra mucho, ya lo sabes, verte de nuevo por aquí. Después de leer el comentario de Marga y ahora esto que cuentas de tu amiga, tengo la impresión de que aquí el único que vale a la hora de decidir qué hacer es el que uno se invente para sí y con el que se sienta mínimamente satisfecho para no ahogarse en la contradicción. Y me parece bien. Que las contradicciones nos enferman e incluso matan.

Es una putada, sí, que en tantos aspectos este mundo nos parezca la mejor representación de esa fantasía tenebrosa del infierno. Y es muy probable que esos aspectos no desaparezcan nunca y nos recuerden cada dos por tres lo miserables que somos como especie por consentir pasivamente, o por contribuir activamente a su construcción y pervivencia. No somos ángeles, como decía Troyana, ni tampoco demonios, sino una mezcla de ambas cosas. Quizá todo sea consecuencia de esto, por mucho que nos esforcemos en aniquilar los demonios que nos habitan.

Un beso!

Antígona dijo...

Totalmente de acuerdo, doctor Lagarto. Claro que hay que apostar por luchar contra la pobreza desde la noción de justicia en lugar de desde la caridad cristiana, que acepta como una situación inalterable la existencia de pobres y la utiliza además en beneficio del bienestar de sus conciencias. Porque, ¿cómo podría hacerse la buena acción del día y ganarse uno el cielo de no existir los pobres, los desgraciados, los desfavorecidos? Qué asco, es verdad.

Pero mientras tanto, y sabedores de que esa sociedad que ha eliminado la pobreza aún no existe, ¿cómo actuar ante el individuo concreto que nos pide aquí y ahora? No, la idea de apostar por esa sociedad, con toda su legitimidad, no resuelve el dilema moral o racional que se nos plantea ante esa persona mientras no existan esos servicios sociales, como usted dice, dignos y a mano.

Me suena fatal la palabra deshumanización pero, sin embargo, sospecho que es la que mejor define lo que nos pasa. Quizá nos han hecho creer que nuestra propia supervivencia pasa por ella. Quizá nos hemos habituado a la idea de que hay toda una serie de males que no tienen remedio y que es mejor no amargarse contemplándolos ni implicándose con ellos. No lo sé. Pero aún a día de hoy pienso a veces en lo que debió sentir ese hombre que lloraba ante nuestras máscaras y me parece terrible. Terrible e intolerable porque es un hecho que en las sociedades más capitalizadas el número de pobres va en aumento. ¿Cómo nos lo estamos montando tan mal como sociedad? En fin…

Un beso, doctor Lagarto!

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Sor Beneditina, es verdad que el tema es delicado. ¡Pero a ver cuándo llega eso que vas a escribir en tu blog aprovechando la inspiración, que he mirado varias veces desde que te leí y nada de nada! :P

Lo leeré con toda mi atención. Si dices que el tema te llega tanto, estoy segura de que lo que tengas que decir al respecto me interesará.

Un beso en silla de ruedas! ;)