martes, 23 de noviembre de 2010

Ser visible


El tiempo se detuvo hace ya tanto para ti que sólo a duras penas alcanzas a recordar, cuando del capricho de tu memoria deshilachada afloran imágenes viejas como fotografías cuarteadas, que hubo un día en que renunciaste a ser a cambio de poco más que una cama y comida segura en el plato. La cama estrecha que desquicia las reducidas dimensiones del cuartucho donde despiertas cada mañana bajo la luz macilenta del angosto patio interior. La comida que engulles a solas en la cocina, a grandes bocados, en danza entre el taburete y las suelas de tus zapatillas al sonar de la campanilla reclamando el segundo plato, el postre, el café de los señores.

Su detención fue tan lenta como el renqueante diluirse de las esperanzas de volver a ser que, entreveradas con la huella indeleble del olor a escasez y miseria del pueblo, hicieron soportables los difíciles inicios de la renuncia. Tan pausada como la resignada asunción de tu juventud en fuga, cuyo demorado pero tenaz escaparse iba aniquilando año tras año toda mirada ilusionada en perspectiva. Nunca se te ocultó la tacañería con que en ti se había prodigado la naturaleza. A la edad en que hasta la carne menos garbosa relumbra, tú parecías ya una niña vieja, la barbilla puntiaguda bajo las mejillas hundidas, el talle y las piernas de alambre que la voracidad de tu estómago y la barra de pan diaria desde que entraste a servir -envidia secreta de la señora en eterno litigio con su gordura- jamás consiguieron redondear. A la edad en que hasta el patito más feo semeja aletear como un cisne, desmadejaban tus andares, te entumecían la lengua, enturbiaban tu risa la cortedad y la torpeza, quién sabe si fruto de tus humildes orígenes. No por ello dejaste de confiar en la diosa fortuna que a tantas otras, no más hermosas ni agraciadas que tú, había otorgado un marido y una casa propia. Pero todos los hombres que, arropada por el grupo de criaditas en tertulia, se acercaron a ti en las tardes del jueves o del domingo, pasaron de largo como los viandantes que se atusan el pelo ante el reflejo de un escaparate y reanudan indiferentes la marcha.

Las manecillas del reloj emitieron imperceptibles su último tic-tac cuando algo en ti aceptó que no llegarías a poseer más hogar que la cama estrecha y la cocina testigo de la soledad de tus comidas. Que tu vida seguiría discurriendo en eterna parálisis por el circular sucederse siempre idéntido de los días iguales. Segmentados por las mismas tediosas rutinas, finalizados con las mismas fatigas. Días vacíos, muertos antes ya de haber nacido. Y que nunca recobrarías el ser perdido ni la visibilidad que le corresponde si es tarea de los sirvientes aprender a habitar en el no-ser y devenir invisibles como fantasmas. Fantasmas que penetran sigilosos en las habitaciones desiertas para devolverles cada mañana el orden quebrado. Sombras que nadie ve cuando recorren la galería cargadas con los enseres de limpieza aunque el sol las ilumine. Figuras etéreas que sólo se encarnan ante otras pupilas para recibir órdenes secas y agrias regañinas. Que no merecen palabras salvo para lo estrictamente necesario. A quienes nadie pregunta excepto para pedir explicaciones y cuentas. Así permanecerías tú mientras el trajín de cada jornada, el cansancio, el hastío, arrugaban tu esqueleto y encanecían tus cabellos ralos: convertida en una estatua de cristal transparente, de cuencas huecas, oídos encerados y labios sellados. Tal es el inexcusable requisito, la cláusula sagrada que firman los criados para acceder a compartir con sus legítimos poseedores los espacios donde transcurre una vida que no les pertenece. La vida a la que se asoman desde su propio centro, público indeseado de sus más oscuros recovecos, al precio de la invisibilidad y la ceguera, de la condena al doble silencio, de la irrevocable exclusión. La vida que exige desplegarse ajena a su presencia, blindada frente a ella, y por eso niega en sus formas la existencia del intruso en el coto cerrado, y se convence hipócrita de la ausencia bajo su piel de la madeja cálida y enredada que producen los corazones, las cabezas humanas.

Eres ya casi una anciana y nadie te conoce. Ni siquiera tú misma. Los pensamientos perpetuamente encerrados en tu cabeza, carentes de puertas y ventanas, fueron enmoheciendo dentro de su cárcel y se pudrieron poco a poco, dejándote huérfana de palabras para el diálogo solitario con tu propia conciencia, palabras calladas que te explicaran explicándolos a ellos, que te arrullaran desde dentro repoblando el desierto de tus días, más allá de las melodías que tarareas con tu voz de niña vieja mientras tiendes la ropa. Maniatada por las cadenas del arbitrio de los señores, tu voluntad adelgazó tanto como tus piernas de alambre y acabó olvidando, famélica, dónde reside la palanca que activa el mecanismo de la decisión, cómo se siente al vibrar el deseo, que de la garganta también puede emerger el reclamo. Quizá por ello, cuando por las noches los señores consienten que, semiescondida en tu sillita de enea tras el marco de la puerta de la salita, separada por el tabique del mullido sofá donde ellos reposan para no perturbar su intimidad, participes un rato de la pantalla del televisor, obediente después a la retirada cuando el sueño vence aunque a ti no, aunque a ti no, se instala en tu boca, por encima de la barbilla cada vez más puntiaguda, una sonrisa bobalicona, de infante dócil y manso a la espera del siguiente mandato, que la señora espía y comenta más tarde con el señor, burlona y a la vez preocupada por el presunto flaquear de tu sesera, por el evidente menguarse de tus fuerzas, por tu galopante sordera.

Hace días que vuelves a escuchar el tic-tac del reloj. El intenso dolor en las articulaciones de tus rodillas, que apenas te permite arrastrarte de estancia en estancia, ha reanudado el flujo del tiempo abriéndolo al futuro. Un futuro ya sin resto de la ilusión evaporada en la juventud y que ahora luce el rostro siniestro del destino inexorable de los sirvientes: la expulsión dictada por la inutilidad, la destitución en la vejez inhábil. Con angustia intuyes el aproximarse inminente del momento en que deberás abandonar los muebles, los suelos, los rincones a los que regalaste, a cambio de poco más que una cama y comida segura en el plato, un número imposible de las horas ya gastadas que contenía tu vida. La cama estrecha y la cocina. Los ojos que aún te miran pero nunca te vieron. El momento en que tendrás que mudarte al pequeño piso en el pueblo, comprado con la paciente acumulación de tu mísera paga y un favor a destiempo, clamoroso destiempo, de la diosa fortuna. En que serás despojada para siempre de tus rutinas y tareas, de las voces arrogantes, irritadas, a veces condescendientes de los señores, de la invisibilidad que en tu servidumbre te impusieron. Lo único que posees al margen de ese pequeño piso que nunca será tan tuyo como esta casa que nunca ha sido tuya. Y tienes miedo. Porque sabes con certeza que entre sus habitaciones todavía extrañas se construye listón a listón, clavo a clavo, el ataud de tu última y más terrible invisibilidad.

25 comentarios:

carmela dijo...

Jo¡¡ Antígona , cómo me gusta como escribes, vi la lucecita en mi blog antes de cerrarlo para ir a otras cosas y dije solo voy a ver y ya vuelvo en otro momento. Pero empece y no pude cortar, las palabras tiran unas de otras y así hasta el final. Me voy me tengo que ir ahora, pero volveré a leerte mas despacio, y aunque parezca una simple alabanza o besamano, es que de verdad me gusta mucho.
Pero duro, eh! muy duro.

Bueno, se acabó, me voy, por ahora, saludos mil, y besos!

Marga dijo...

Una triste vida, las que van "servir" llegadas del pueblo, olvidado ya el significado y su existencia durante muchos años en éste país. Pero ahora ya no, ahora tan europeo y boyante (ni siquiera antes, já, nunca lo fue por mucho que nos vendieran, pero sigue impresa esa sensación de bobalicones accediendo a lo que antes sólo se aspiraba) y me vienen a la cabeza cientos de ellas leídas o vistas en películas y su papel en una sociedad que tiene por costumbre convertir en invisible a los menos favorecidos. Y a los más callados, no podemos obviar ese hecho, discriminación por partida doble: ser pobre y mujer... ni siquiera un sindicato, una asociación, un gremio, dirigido a una explotación que se veía natural como la vida misma.

Ahora no llegan del pueblo, no queda nadie en ellos, ahora llegan desde otros mares pero comparten la misma invisibilidad. La indiferencia que se sentía hacia el mulo de carga no ha cambiado con el tiempo, sólo el sujeto sobre el que asentarla.

Y leyendo tu cuento me vienen a la cabeza unas palabras hace poco leídas (ya sabes, ni sé en dónde ni quién, jeje, cosas de la demencia senil): la resignación sólo puede ser sinónimo de una silenciosa desesperación...

Y coñe, se me hacen un nudo las tripas!!

Y que luego digan que ya no existen clases, no te jode... mucho idiota, eso es lo que hay, jeje.

Besotes nada resignados, mi querida Antígona.

carmela dijo...

Vuelvo más despacio, y me sigue pareciendo duro lo que describes, y sí, se ajusta a parte de la verdad de esas personas que simplemente se dedicaron a servir en otro hogar, faltos de uno propio y sin más esperanzas en la vida, y es verdad que muchas veces ignoradas por los dueños de esa casa que eligieron como su hogar; pero también es cierto que no siempre es así Antígona y gracias a Dios. Yo recuerdo de niña, en casa de mi madre, a la Tata, una simpática, afable, enorme de cuerpo y tambien de alma, mujer, que siempre estuvo en mi casa, hasta que se hizo demasiado mayor para trabajar, pero aún así siguió en casa; y era alguién más en la casa, era querida, y tenía su propio lugar. Muchas veces era la compañera de travesuras de todos aquellos chiquíllos que corríamos por la casa, y otras más dura que nuestra propia madre. Era familiar y cariñosamente "la Tata" para nosotros y Maruja para mi madre y mi padre.
Pero si es cierto, también se que existen las otras, las que tu describes en tu historia y cómo dice Marga, ahora de esos pueblos del este, porque en nuestros pueblos ya no queda gente. Y siguen existiendo y me temo que seguirán existiendo.

Un beso.

Lúzbel Guerrero dijo...

Triste realidad que ahora importamos; puede que, las aborígenes hayan aprendido a escoger entre dos miserias, la menos esclava o que la superproducción del mundo, tiene precios mucho más competitivos
En cualquier caso, el texto es excelente y minucioso

c.e.t.i.n.a. dijo...

Hay quien nace viejo y muere viejo y hay quien por muchos años y achaques que tenga muere joven. Va con el carácter.

Pero la vida es demasiado corta como para permitir que tu propio carácter te impida disfrutarla. Hay que luchar cada día por superar las propias barreras

El peletero dijo...

La invisibilidad es una buena metáfora del no ser y a veces es mejor ser mueble que sirviente.

La Historia del mundo está llena de gente tan anónima que no ha existido gracias a su eterna y etérea vida al servicio de los demás.

La verdadera cuestión es ser protagonista o espectador, los antropólogos, los fotoperiodistas, los sociólogos, han de permanecer fuera de foco si quieren ver y conocer algo, no hacerse notar. Dios también es, como ellos, invisible, ¿está a nuestro servicio?

Otros, en cambio, como los físicos de partículas, deben ser espectadores y actores al mismo tiempo y en sus ecuaciones eliminarse a sí mismos como si fueran el ruido de fondo.

No hablaré de vampiros.

Pero sí lo haré de una extraordinaria película de 1963, que seguro ya conoces, “El sirviente”, de Joseph Losey. En ella Dirk Bogarde interpreta a un mayordomo que consigue dirigir como un tirano la vida de su señor, James Fox. Su trabajo, su extracción social y su formación son tan diferentes que sus vidas se oponen como si fueran las dos caras de una moneda trucada edn la que siempre sale cruz.

Sin embargo... uno es el espejo y el otro necesita la luz ajena para ser visible, el primero no es el amo y el segundo no es su sirviente, pero uno de los dos es un vampiro.

Magnífico relato, tus textos a veces parecen estar tallados en piedra, son casi unas esculturas, nada invisibles.

Besos.

troyana dijo...

Antígona,
leyendo tu texto,me venían a la mente varias imágenes,una corresponde a una mujer que conocí en un comedor escolar de un colegio privado concertado,lo regentaba una órden de religiosas y ella se aproximaba bastante al perfil que describes,vivía por y para recibir directrices,a menudo en la cocina,siempre al servicio de la superiora,sin vida propia,sin una queja,incluso en algún momento,vi que la trataban duramente sin un ápice de reconocimiento por su labor cotidiana,era la viva imagen de la abnegación.Conocerla,me sirvió para darme cuenta de que la obediencia ciega conduce a la infelicidad y que la libertad sino el mayor,uno de los dones más preciados.
También me ha venido a la cabeza otra imagen,ésta vez de película,"Lo que queda del día" donde queda de manifiesto otra vida al servicio de la servidumbre,del deber,de la obligación,de espaldas a las emociones y a todo por lo que merece la pena vivir.
Y sí,asentir a los comentaristas que han apuntado que ahora esos perfiles son importados,que vienen muchas veces del otro lado del charco,y en algunos casos(las internas)viven encarceladas en casas ajenas con el único aliciente de reunir un dinero para mantener a sus familias.
El texto es triste pero una vez más te felicito porque has reflejado a la perfección un perfil de mujeres que lejos de extinguirse,únicamente se renueva y cambia de procedencia.
Un beso y un abrazo!

Desclasado dijo...

Hola, te he visto en el blog de Carmela y pinché en tu nombre a ver...
¡Qué barbaridad, qué bien escribes! No te comento ninguna entrada en particular porque estuve dando una vuelta un rato por el blog; me enganché a leer entradas, pese a que no las haces precisamente cortas.
Pues eso: muy bien.
Pd: es fácil colar opiniones escribiéndolas muy bien, de sobra lo sabrás, pero no: coincido con muchas opiniones que te he leído, las escriba Agamenón o su operario de granja.
Saludos.

iliamehoy dijo...

Excelente reflejo de una invisibilidad impuesta; sin embargo algunos seres, siguen siendo invisibles aún cuando puedan permitirse pagar por una presencia inocua, que resbala en miradas y adolece de afectos.
A mi en este caso, me parece más acusada la injusticia sistemática con la que se trata a seres humamos a los que se exige la vida a cambio de cama y comida.
Te mando mi sonrisa que intenta acompasar la cadencia meticulosa de tus palabras.

Antígona dijo...

Carmela, me alegra mucho tener lectores a los que les gusten estos relatos. ¡Siempre pienso que abuso de vuestra paciencia! Me gusta comprobar que, al menos para algunas personas, no es así.

Claro que el relato es duro. No puedo dejar de pensar que la de los sirvientes ha sido una de las formas más miserables de vida que han existido en todo tiempo y lugar. Cuando escribía el post pensaba en los esclavos que tantas veces hemos visto retratados en películas sobre el imperio romano. En los sirvientes de tantas otras películas de época. En los que formaron parte de la realidad de este país durante la posguerra y tantos y tantos años después de ella. De alguna forma, lo que quería plantear a través del post es que es intrínseco a la condición del sirviente el sufrir una cosificación por parte de sus dueños o señores. El verse, en mayor o menor medida, reducido a la condición de no humano. Porque no de otra manera se puede tolerar la presencia de un ser ajeno a la vida familiar, hasta en los momentos de mayor intimidad, más que obviando o despreciando los juicios que ese testigo pueda albergar hacia todo aquello que presencia. Olvidando que ese testigo es otro ser humano con emociones, sentimientos y pensamientos de naturaleza similar a los nuestros. Como no de otra manera se puede presuponer que alguien se sienta satisfecho con una vida que se reduce a obedecer órdenes más que pensándolo, erróneamente, hipócritamente, como alguien con una condición muy diferente a la que nos atribuimos a nosotros mismos.

No se puede negar que hayan existido sirvientes que sí hayan llegado a compartir la vida de la familia y que, con el paso de los años, se hayan convertido en un miembro más de ella o que incluso siempre, desde el principio, hayan sido tratados como tales, tal y como es el caso de vuestra “Tata”. Pero supongo que hablar sobre esas personas daría lugar a un post muy distinto y posiblemente mucho más luminoso. Quizá porque, imagino, esas personas tuvieron en las familias para las que trabajaron una suerte de sustituto de la familia que, por diversas razones, nunca pudieron tener. Y veo en ello una relación de intercambio beneficiosa para ambas partes, a diferentes niveles, que en nada se parece a la relación denigrante que supone anular a otro ser humano a cambio de su servicio doméstico.

Un beso!

Antígona dijo...

Niña Marga, ¡y tan triste! Pero era una realidad absolutamente cotidiana en la España de los años cincuenta. En casa de mis abuelos paternos llegó a haber, cuando mi padre era pequeño, hasta tres de esas sirvientas, las tres internas, compartiendo un cuartucho en el que apenas cabían las camas de las tres en un piso de tropecientos metros cuadrados. Ni menciono el cuarto de baño que les estaba destinado en medio de tanta abundancia. En casa de mis abuelos maternos la economía no era tan boyante ni de lejos, pero aun así mi madre recuerda toda su infancia con chicas distintas del servicio doméstico, una después de otra porque mi abuela, señora en extremo exigente en temas de limpieza, las echaba a la calle a cada dos por tres. No me extraña, ¡era por lo visto tan fácil encontrar repuesto! Lo que me enerva de este tema es que cuando he hablado con mi madre sobre el tema siempre insiste en el enorme “favor” que cada familia de clase media hacía a esas chicas, que no tenían donde caerse muertas y al menos disfrutaban, gracias a ellos, de una cama con sábanas limpias y comida caliente. Y encima, contemplando el panorama del momento, no me queda más remedio que darle hasta cierto punto la razón. Pero sólo hasta cierto punto. Porque nunca me parecerá legítimo aprovecharse de la miseria del otro para transformarlo en un esclavo, por muy normal que resulte en una determinada sociedad. Aunque para muchas de esas chicas su situación de servidumbre representara un trampolín para aspirar, si tenían suerte, a una vida mejor que la que les deparaba su lugar de origen.

Pensé en esas chicas que llegan por otros mares para ejercer la misma función que aquéllas de entonces al plantearme escribir el post. Ahora se las ve cada vez con más frecuencia llevando a los niños al colegio, acompañando a ancianos que apenas pueden valerse por sí mismos, paseándolos en carritos. Pero quería llevar la cuestión hasta la vejez de esas personas, hasta el momento en que, después de una vida sin posibilidad de fundar vínculos ni lazos si la suerte no las acompaña, se ven desposeídos de la nada que nunca han tenido y abocados a una muerte en soledad. Por eso preferí escoger a las sirvientas de otros tiempos, cuya historia completa puede ser mejor narrada, por decirlo de alguna manera, porque la podemos contemplar con mayor distancia histórica.

De acuerdo con la frase, aunque confiemos en que existan grados y grados de resignación, correlativos a grados y grados de desesperación. Porque yo cada vez que suena el despertador a horas intempestivas para ir al curro, ay, me temo que me levanto con una cara de resignación… :)

Besos en lucha de clases! ;)

Antígona dijo...

Estimado Luzbel, como decía Marga, sigue habiendo clases. Y quien procede de un mundo más miserable que el nuestro está más dispuesto a aceptar condiciones de trabajo que los habitantes del nuestro ya no toleran. Supongo que todo se reduce a algo tan sencillo como eso. Cuanta más carestía, cuanto más desesperación, más venta de uno mismo a cambio de menos. De todas formas, me gustaría pensar que incluso ésas que ahora importamos viven en mejores condiciones que las sirvientas de antaño. Que la mentalidad de las personas ha cambiado con los tiempos hasta el punto de que los “señores” de ahora no viven en un mundo donde no tener nada significa no ser nada y que siendo nada, uno puede ser tratado infinitamente peor que el animal doméstico de la casa. O, yendo probablemente a argumentos más realistas, que la menor oferta de personas dispuestas a ejercer este tipo de trabajos haya impuesto que sus condiciones laborales sean mínimamente dignas.

Un beso!

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Bueno, C.E.T.I.N.A., y hay también aquellos a los que la vida nunca les permite ser jóvenes porque los golpea desde niños o porque les arroja encima miserias que ahogarían cualquier ilusión y cualquier alegría.

Yo también creo que hay que luchar cada día para superar las propias barreras. Pero muchas de las barreras que pueden llegar a amargar un carácter no son propias, sino alzadas por manos ajenas. Y algunas dejan tan poco margen de espacio y libertad que ni tan siquiera es posible tomar carrerilla para el salto que permita superarlas.

Un beso!

Antígona dijo...

Me gustaba la idea de la invisibilidad, estimado Peletero, porque creo que es una de las cosas que mejor definen a los sirvientes en su condición de tales, como ya comentaba más arriba. Es necesario aprender a comportarse como si se fuera invisible, por un lado, y ser tratado como tal, por otro, para poder habitar con una familia sin interferir en su vida cotidiana, para que éstos puedan sentirse libres de actuar como cualquier actuaríamos en nuestra propia casa a pesar de su presencia. Porque el sirviente es un extraño que, sin embargo, no puede hacer patente ese carácter de extraño en medio del calor y la intimidad de un hogar sin resultar una molestia. Por eso debe desaparecer.

También deben desaparecer el antropólogo, el fotoperiodista, el sociólogo, es verdad. Pero ellos desaparecen por voluntad propia, no porque otros los hagan desaparecer, les impongan su desaparición. Su desaparición es más bien un juego de ocultación del que el observado ni tan siquiera puede saber, puesto que, si sabe que está siendo observado, dejará de actuar como lo haría de no estarlo. Por eso no funciona esa fórmula ingenua de “tú ignora mi presencia, haz como si yo no estuviera”. Imposible. La presencia de otro no se ignora como si tal cosa. A menos que ni tan siquiera se lo considere como un semejante, capaz de acceder a mí, de observarme y juzgarme. Como si se tratara de un burro de carga, con ojos pero sin conciencia.

No conozco esa película, pero trataré de poner remedio a mi desconocimiento lo antes posible. Me parece en extremo interesante todo lo que cuentas de ella y más teniendo a Dirk Bogarde como protagonista, que ha interpretado papeles muy inquietantes.

De alguna forma, todos necesitamos de la luz de los otros para ser visibles, o para ser a través de esa visibilidad que nos confieren los otros. Difícilmente nos vale con nuestra propia mirada. Soy visible antes porque los otros me ven que por el hecho de verme yo mismo. Nuestra visibilidad se nutre de esos ojos de ajenos, de su voluntad o disposición para vernos. De lo contrario, dejamos de ser visibles, aunque nuestros ojos se contemplen a sí mismos en un espejo. Los invisibles de carne y hueso que, a diferencia de los vampiros, sí se reflejan en los espejos lo son porque nadie se digna a mirarles, porque se aparta la vista para no verlos, porque no se reconoce su presencia.

Un beso!

Antígona dijo...

Querida Troyana, tu ejemplo demuestra que el hecho de que haya pasado la época en que era habitual encontrar en las casas este tipo de sirvientes no significa que haya terminado la época de la servidumbre del ser humano y de su sometimiento a otros seres humanos hasta puntos insospechados a cambio del sustento diario. Quizá lo más doloroso de la situación que describes sea el modo en que esa persona era tratada por las monjas, a las que, precisamente, por eso de la caridad cristiana, se les presupone más empatía y humanidad hacia sus semejantes. Pero es que quizá el tener una persona a nuestro servicio veinticuatro horas al día, habitando en nuestro mismo espacio, sin otra vida más allá de ese servicio, sea solidario, en un gran número de casos, de su deshumanización. A no ser que se oponga resistencia a lo que parecería una suerte de mecanismo que se activa en quien manda sobre otro. No lo sé. Desde luego, estoy de acuerdo en que sin libertad no puede haber felicidad, aunque también la libertad nos suponga una carga de la que tantas veces huiríamos.

También yo he pensado en “Lo que queda del día” al escribir el post. Y en especial en el personaje que interpretaba Anthony Hopkins. Porque, según trataba también de plantear en el post, aunque de otra manera a como se refleja en esta película, la relación de servidumbre no puede dejar de ser castradora. No es posible que alguien cuyo trabajo consiste en fingir no tener emociones, en renunciar a sus deseos para limitarse a obedecer órdenes, en no tomar jamás decisiones por sí mismo y someterse a las órdenes de otro en prácticamente todas y cada una de las dimensiones de su vida –muchos trabajadores también lo hacen, pero durante unas horas limitadas, tras las cuales, regresan a sus casas para volver de dueños de sus propias vidas- no acabe a la larga vaciado de todo aquello que nos hace capaces de ejercer de soberanos de nuestra existencia.

En cuanto a todos esos que vienen del otro lado del charco para convertirse en siervos, como le decía a Luzbel, confío en que los cambios sociales acaecidos en los últimos tiempos les posibiliten unas condiciones laborales un poco más dignas que las que imperaban en otras épocas, aunque no sé si a este respecto soy demasiado optimista.

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

Hola, Desclasado. Me alegro de que te guste el blog, cuyas entradas, ya lo sé, tienden a ser cada vez más excesivas.

Sólo apuntarte que, con independencia de si escribo bien o mal, cosa que sería discutible y objeto de valoraciones subjetivas, te aseguro que siempre lo hago con el corazón y sin ápice alguno de impostura. No me siento capaz de expresar una opinión que no sea mía en el momento en que la escribo. Otra cosa es que estas opiniones puedan llegar a modificarse con el tiempo o se vean matizadas a través del debate con quienes comentan.

Un saludo y gracias por tu visita.

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Íliamehoy, ¡cuánto tiempo! Me alegro mucho de verte de nuevo por aquí y acabo de comprobar que me he perdido tus últimas entradas. En cuanto pueda me pongo al día.

Tienes razón, y como le comentaba más arriba al Peletero, nuestra visibilidad depende de que los otros nos la concedan con el reconocimiento de nuestra propia presencia, cosa que, en efecto, no siempre sucede incluso en condiciones menos penosas que las de la protagonista del post.

Quizá todo radique en la dignidad que se nos atribuya en función del trabajo que desempeñamos. Cuanto más indigno sea éste, cuanto más nos reduzca a la condición de útiles de los que otros puedan disponer y usar a su antojo, más invisibilidad. Toda instrumentalización de otro ser humano, pienso, requiere, para poder tener lugar, la eliminación del otro como persona, su invisibilidad como sujeto en lo esencial idéntico a aquél que lo instrumentaliza.

Un beso y una sonrisa!

Arturo Valmonte dijo...

Es curioso. Esta entrada parece el reverso de la anterior, en la que tratabas sobre los excesos de la visibilidad, de cómo vaciar públicamente la intimidad destruye la intimidad y, puesto que la intimidad es una de nuestras posesiones esenciales, también el propio ser. Aquí pasamos al extremo contrario, porque no poder mostrarse en absoluto (por imposiciones propias o ajenas) y arrastrar por la vida una existencia opaca conducen al mismo resultado: no ser. ¿Otra vez lo adecuado es el término medio?, ¿otra vez a vueltas con Aristóteles? ;)


Con la protagonista de tu relato –estupendo, por otra parte – ocurre eso. Está tan anulada, tan cosificada y reprimida como ser humano que, aunque quisiera, ya no podría mostrar nada, al menos conscientemente. No es más que un mueble. Sus señores podrían cometer ante ella cualquier crimen sin preocuparse por su impunidad. ¿Incluso cualquier crimen contra la pobre mujer…? Estas cosas han pasado y pasan. Si amplificásemos el asunto y, en vez de personajes, hablásemos de países, se vería muy claro.

Besos!

Miss.Burton dijo...

Me has puesto la piel de gallina, Antígona, palabra a palabra, parecía estar sentada frente a ella, es que hasta le puse cara y ropa...
Conozco personas parecidas a tu protagonista, mujeres, y hombres, que por necesidad renunciaron quizás a una vida mas rica, que ni de coña olerían, para servir a los demás, y tener la comida segura, y un sitio donde dormir seguros, protegidos. Supongo que la persona hace mucho, que uno nace ó no para determinadas cosas, pero que otras, se escogen casi sin pensarlas, de cualquier manera, siempre hay un día en el que el cerebro te hace click, y sabes, y reconoces donde has llegado, y sabes y reconoces, que es mucho mas cómodo seguir abandonándote a una nada que te exige eso, cero, a luchar contra esa situación, e intentar salir de ella, ó al menos, reinsertarte en la sociedad, buscar gente, vida, lo que sea, y está claro que no es fácil, para muchísima gente, pero tu prota es que no tiene le menor intención de hacerlo. Tenemos que contemplarlo así, lo que cuentas es un retrato de una persona determinada, que quizás nunca haya querido nada mas que lo que ha conocido, y qeu tiene un miedo atroz a lo de allá fuera. Lo peor, es que su futuro final, es ese en el que abandona esa cueva que la protegía, para irse a vivir de verdad al mundo de allá fuera, donde sólo se tiene a ella, y es espeluznante pensar en cómo podrá afrontar el mirarse a un espejo que le devuelva una imágen a la que nunca escuchó.
No lo se... ya sabes que soy muy teatrera-trágicona, pero la sensación qeu me deja este post, es la de la soledad no escogida, y el miedo a la vida, pero no un miedo normal, ese que nos permite estar alerta en momentos determinados, y nos protege, no, esta mujer tiene un miedo gigantesco y anormal a lo que es la vida en sí, y pobrecilla cuando vaya al piso que compró, y vea que tampoco eso era la felicidad, por si pensaba que al final llegaría lo bueno. Se lo ha perdido todo, y no creo que con ese talante, pueda recuperar algo ahora mismo.
He sido un poco dura, pero es que la vida es tan cojonuda a veces, que hay que tirarse al ruedo, coño, porque es un regalo el tenerla, y un pecado el no aprovecharla.
Y sí, me he identificado con muchas cosas, sobre todo, una, ese no querer afrontar las cosas qeu una sabe de sobra, pero que es mas cómodo esconderlas debajo de la alfombra. Hasta determinado punto, luego yo la limpio, y sigo. Esta mujer, la pobre, no puede.
Un besazo, Anti, nos vemos por navidad, a que sísí?¿??¿?

Miss.Burton dijo...

Yo creo que seguirá siempre siendo invisible... Y que la visibilidad se la puedan dar otros, estoy de acuerdo, pero no podemos delegar algo que es nuestra responsabilidad en otros. La visibilidad debería haberla hecho ella tangible, material.

Carmela dijo...

He vuelto Antígona, porque tu entrada me dejó un cierto nosequé, que me ha seguido estos días, y quizás al haber leído a MissBurton he llegado un poco más a comprender ese algo que me faltaba. Yo como te dije entiendo a lo que te refieres y el caso de esas muchas personas, a menudo mujeres, que sirviendo, quedán relegadas a más bién nada, aunque por otro lado, al menos mi experiencia, de la infancia y ya como madre que durante muchos años tuve que tener a gente en mi casa, mientras yo me iba a trabajar, queda muy lejos de lo que tú describes. Y me inclino más, (o quizás sea simplemente cómo me gustaría que fuera) a pensar que la mujer de tu historia, cómo dice MBurton, es alguién que aunque quizás lo externo le hiciera sentirse invisible, más bién era ella misma la que eligió y asumió ese papel en la vida, que prefirió aislarse del mundo a cambio de salir de algún otro lugar y todo ello sumado a una pobre o ausente ganas de vivir por si sola, bueno no me hagas mucho caso, tampoco yo sé muy bién porque le he seguido dándo vueltas.
Un beso!

Duschgel dijo...

Lo peor de estas situaciones es que, después de pasar una vida (por así llamarla) en tales condiciones, se te queda totalmente marchita la capacidad del renacer o de compensarte por los años perdidos. Porque ya no se conoce otra cosa. Y esta pobre señora seguramente dure muy poco, como les pasa a algunos que, incluso habiendo tenido mejores condiciones de trabajo o de vida, se mueren al poco de jubilarse.

Como digo siempre, no somos nada comparados con la magnitud del universo. Pero ya que te toca vivir, pues que sea eso: vida.

NoSurrender dijo...

La dignidad, como las bacterias, habitan hasta en los sitios más insospechados, doctora Antígona. Y, como en la fascinante película de James Ivory que ya se ha mencionado por ahí arriba, resulta que muchas veces es más señor quien está abajo que quien está arriba.

La verdad es que no veo muchas diferencias cualitativas entre la chica que viene del pueblo a servir en una familia acomodada con la esperanza de encontrar la lotería de un novio que la mantenga y la eleve de clase social, y el chico de las favelas brasileñas que se dedica al fútbol con la esperanza de que le toque la lotería de que un club europeo le fiche. Vivimos en una sociedad bastante más clasista de lo que nos confesamos. Y con gran afición a la lotería, por cierto.

Y, como decía John Lennon, la vida es eso que pasa mientras piensas qué vas a hacer con ella.

Besos, doctora Antígona!

Antígona dijo...

No es tan curioso, Arturo. Son muchas las veces que tengo la sensación de que existe un hilo que une cada post con el anterior, como si un tema me llevara a otro, como si, una vez escrito un post, el tema tratado se quedara dando vueltas en mi cabeza y me condujera a algo que se halla en conexión con él. Lo que pasa es que, hasta ahora, nadie se había dado cuenta :)

Porque tienes razón, si la entrada anterior hablaba, a través de la cuestión de la intimidad, de cómo el exceso de visibilidad nos destruye, en ésta se plantea cómo es necesario ser visible para ser. Y puesto que la intimidad también tiene que ver con la relación con los otros, con la complicidad que somos capaces de crear con ellos, podría decirse que algo de lo que carece la protagonista del relato dentro de la casa en la que vive es de intimidad, cuando, sin embargo, el hogar suele ser el espacio por excelencia de la intimidad. Preservar la intimidad de sus señores exige que sus vínculos con ellos nunca lleguen a ser íntimos, que se la excluya de cualquier relación de intimidad.

Por eso, en efecto, ella debe ser a los ojos de sus señores como un mueble: ciega, sorda y muda. Tienen que no verla, que obviarla, que anularla en su humanidad para no sentir un obstáculo en el desplegarse de sus vidas en su espacio de intimidad. Y esto entraña algo así como la asunción de la idea de que el sirviente es un ser que ni siente ni padece. Un ser que puede ser cosificado porque no comparte la misma calidad humana que los señores.

Un beso!

Antígona dijo...

Miss Burton, la verdad es que planteas una cuestión que estaba muy lejos de mi cabeza a la hora de escribir el post pero que, sin embargo, puede perfectamente extraerse de él.

Quiero decir, en mi versión la protagonista no elige nada ni tiene posibilidad de elegir nada. Por su pobreza inicial, por su ignorancia, por su falta de experiencia. Imaginé, simplemente, el destino de alguien que no tiene otra salida más que aquella en la que vive día a día, que carece de cualquier otra alternativa que no sea casarse para acabar con su situación de servidumbre. Pero el marido no llega. Nadie se interesa por ella. La fortuna no la acompaña. Y entonces no tiene más remedio que asumir su situación como inalterable, porque no sabe hacer nada más que servir, porque no tiene recurso alguno con el que buscar otro empleo con el que mantenerse. Su sustento depende de su situación de servidumbre y no puede renunciar a él. No creo que resulte inverosímil en una chica de pueblo que entra a servir muy joven en una casa y, por esa misma situación de servidumbre, que la ata día y noche al hogar en el que trabaja, carece de la posibilidad de adquirir cualquier otro tipo de formación que le permita ganarse la vida de otra manera.

No obstante, entiendo perfectamente tu propia versión de la historia, que es, en el fondo, bastante más positiva que la mía: todos estamos en disposición de luchar contra nuestras propias circunstancias y de tratar de salir de ellas cuando éstas son tan adversas que nos abocan a la infelicidad. Y, en ese sentido, no podemos eximirnos del grado de responsabilidad que nos corresponde en lo que respecta al curso que siguen nuestras vidas.

Ahora bien, también creo que, en esta vida, hay circunstancias tan adversas, tan terribles, que para poder salir de ellas sería necesario que contáramos con la fortaleza que sólo se les presupone a los héroes. ¿Puede exigírsenos que seamos héroes? No lo sé. Tal vez sí. Ahora, lo que tengo claro es que no se puede esperar que todo el mundo se comporte como un héroe frente a la propia vida. En nuestra humana realidad hay bastante más de debilidad, de miedo, o de conformismo, que de heroicidad. Y eso, quizá, también es necesario asumirlo para entendernos a nosotros mismos y a los demás, con independencia de que aspiremos, luchando contra esa debilidad, a nunca dejar de intentar ser los héroes de nuestras propias vidas.

¡Claro que nos vemos por Navidad! ¡Ni lo dudes! Ya te escribo para comentarte fechas y esas cosas.

Un besazo!

Antígona dijo...

Bueno, Carmela, entiendo que la historia genere malestar y una cierta reacción de rebeldía frente a ella. Y está bien que así sea :)

Porque, como decías en tu anterior comentario, está claro que se puede servir en una casa y no ser tratado de la manera en que es tratada la protagonista de mi relato. Supongo que todo depende de la calidad humana de los señores, de quienes pagan a cambio de ese servicio. Pero también creo que ha habido épocas en que lo normal, lo habitual, era la cosificación y la deshumanización de los sirvientes. Épocas en que se creía que existían diferentes clases de seres humanos en función de su cuna y origen, en que los privilegiados en función de esa cuna y origen se percibían a sí mismos como hechos de una pasta distinta que aquellos que les servían, y eso era lo que les justificaba, ante ellos mismos, en sus privilegios y en su percepción del otro como un instrumento a utilizar para su propio bienestar. Pienso, por ejemplo, en el libro de Miguel Delibes “Los santos inocentes” –también en la película-, donde este tipo de relaciones “de clase” aparecen perfectamente retratadas, y donde se hace también patente por qué los pobres convertidos en siervos no pueden salir de su condición de siervos.

¡Más besos!

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Así es, Duschgel, y ésa era una de las cuestiones que quería plantear en el post porque, a mi entender, constituye quizá el aspecto más trágico de esta forma de existencia. Quien ha nacido esclavo no puede dejar de tener conciencia y mentalidad de esclavo. Quien ha dedicado a servir a otros toda su vida acaba vaciado de todo proyecto propio, de las ilusiones y deseos a los que ha tenido que renunciar para ejercer de siervo, y el paso del tiempo, el hábito, la costumbre, le impide después recuperarlos. Somos, en buena medida, el resultado de todo aquello que hemos vivido. Y no es extraño que, a fuerza de ser invisible para otros, de entrenarse para y habituarse a la invisibilidad, uno quede incapacitado para verse a sí mismo, para recuperar la visibilidad que nos corresponde.

Es cierto, hay mucha gente que al poco de jubilarse enferma y muere. No saben qué hacer con su tiempo después de tantos años dedicados a una tarea. No saben qué hacer con su vida una vez desposeídos de aquello que la ocupó. Pero es que no es fácil vivir, Dusch. Supongo que siempre estamos en la tarea de seguir aprendiéndolo, ¿no crees?

Un beso!

Antígona dijo...

Supongo, doctor Lagarto, que esa dignidad de los sirvientes sólo puede provenir del valor que ellos mismos se atribuyen a sí mismos como sirvientes, tal y como sucede en la película de James Ivory. Un valor que quizá dependa del respeto que el señor les profesa en su calidad de sirvientes, si es que estamos hablando de un “amo” que reconoce no poder ser tal –al modo del análisis hegeliano- más que al precio de sus propios sirvientes. No obstante, y por mucho que el personaje que interpreta Anthony Hopkins sea capaz de mantener su dignidad en su posición de criado, en virtud del valor y el sentido que le otorga, me parece que es más que evidente, a la luz del final de la película, la castración que esa posición opera sobre su persona. Incapaz de concederse a sí mismo una vida emocional propia más allá de su posición de sirviente, incapaz de reconocerse como un ser humano, con derecho a aspirar al amor y a dejarse llevar por sus emociones cuando éste toca a su puerta.

Tampoco yo veo, es cierto, muchas diferencias entre la criada y el chico de las favelas. Lo lamentable es que la pobreza, la indigencia, la miseria, obligue a muchos, todavía hoy en día, a confiar en la puta lotería para salir de su situación porque ningún esfuerzo por su parte logrará sacarles de ella. Nadie duda de que la suerte –Woody Allen anda bastante obsesionado con ello en los últimos tiempos- represente un papel más importante en nuestras vidas de lo que nos gustaría reconocer. Pero lo que resulta indigno es que la frontera entre la miseria y el mínimo bienestar económico dependa de ella.

John Lennon tenía mucha razón, doctor Lagarto. Pero está claro que hay vidas con tan poco márgenes de libertad que poco espacio ofrecen para pensar sobre qué hacer con ellas.

Un beso!