domingo, 21 de junio de 2009

Infierno II


Las manecillas de las cinco y cuarto de la tarde del domingo me encuentran en un ascensor en el que, contra el dinamismo vertical de mi cuerpo, yo me columpio entre la desazón y el alivio. Toco suelo y apresuro mis pasos hacia el sol vespertino y el aire anónimo que empezarán a desatar lentamente mis alas. Un objetivo me apremia: alcanzar el coche, llegar a casa, olvidar las horas gastadas en cíclico vacío y apurar las que quedan del día pese al intrínseco vacío que horada las tardes de domingo.

Al girar la esquina, adorna la perspectiva de la calle desierta e inerte un único objeto semianimado que aparece de soslayo en mi campo de visión como un elemento más del escenario: la identifico sin apenas verla como una mujer que fuma junto a la farola más próxima. Me encamino con decisión hacia el final de la larga hilera de coches aparcados en batería, tratando ya de distinguir en la distancia el verde pálido del mío. Al pasar junto a la farola, la mujer avanza hacia mí con un movimiento rápido, brusco por inesperado. "Mira bonita...". Siento su cuerpo demasiado próximo del mío. Mi corazón se acelera. Además, no puedo perder más tiempo. Quiero llegar a casa. Sin mirar siquiera su rostro sigo caminando mientras digo: "Perdona, pero tengo prisa". Sobre mi espalda su voz se eleva y se convierte en un grito en el que se entremezclan la ira y el llanto: "¿Que tienes prisa? Lo que pasa es que eres una hija de puta. ¡Hija de puta! ¡Eso es lo que eres! ¡Hija de putaaaaaaaaa!". Apresuro aún más mis pasos y me descubro observada por dos viandantes en la acera opuesta. Los fuertes golpes en mi pecho bien podrían ocultarme el sonido de los pasos de la mujer persiguiendo los míos. Sin embargo, no me atrevo a volver la cabeza. Por suerte, las llaves están entre mis dedos desde que salí del portal. Entro en el coche con fingida naturalidad y cierro precipitadamente el seguro. Mi mano tiembla al introducirlas en el contacto. Pero no. Ningún movimiento en la acera frente a mi parabrisas. La mujer no me ha seguido. Respiro hondo, tratando de tranquilizarme. Arranco.

Las ruedas deben ahora desandar por la calzada el camino de mis pies sobre la acera. Giro en sentido inverso la misma esquina, mirando al frente con fijeza. Cuando me detengo en el semáforo, me percato con renovado temor de que la mujer que acaba de insultarme se encuentra ante él, a mi derecha, sin decidirse a cruzar. Bajo la cabeza. La calle es estrecha y apenas la separan unos metros de mí. Tengo miedo de que me reconozca. Simulo buscar algo en el bolso. Con el rabillo del ojo creo percibir que finalmente cruza. Me inclino aún más sobre el asiento de al lado. Cuando finalmente levanto la cabeza ya se encuentra en la acera opuesta y sigue caminando. Me siento fuera de peligro. Hacia ella avanza un chica joven, bastante más alta que yo, también más alta que la mujer, cuya estatura tampoco es mucho más elevada que la mía. Veo cómo la mujer se dirige a ella. La chica, a diferencia de mí, se detiene y la escucha. El semáforo sigue en rojo para los vehículos y observo con atención la escena. También por primera vez a la mujer, su figura un tanto desgarbada, sus ropas de colores mal combinados, el maquillaje un tanto estridente para los años que le calculo. Nada hay de amenazante en su aspecto. La chica se echa las manos a los bolsillos, saca un paquete de tabaco y vuelve a guardarlo, como indicando que no lleva nada más encima. Imagino que la mujer le ha pedido dinero, pero las ventanillas cerradas de mi coche me impiden escuchar sus palabras. La chica sigue su camino con tranquilidad y la mujer se aleja en dirección contraria.

La vergüenza ha sustituido en mí al temor. Ahora sé que los insultos no han constituido más que el precio de mi gesto de despreciativa indiferencia, de la premura ofensiva de mi reacción de animal asustado. Cuando el semáforo se pone en verde y reemprendo la marcha, me invade la sensación de que esta vez he sido yo la que, a los ojos de esta mujer, ha contribuido a hacer de este mundo un infierno de dureza y agresividad. Que uno de los demonios de ese infierno, en contra de lo que he pensado hace apenas unos minutos, no ha sido ella sino yo. Enciendo el radiocasette y suenan en la canción interrumpida esta mañana, en la voz de Paco Ibáñez, los versos de Machado que tanto me gustan: "No extrañéis, dulces amigos, que esté mi frente arrugada; yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas". Y aunque sé que no termino de ser justa conmigo misma, no puedo evitar avergonzarme aún más por lo sucedido.


19 comentarios:

C.E.T.I.N.A. dijo...

Alguien dijo que el infierno son los otros. Gran error. El infierno lo hacemos entre todos, día a día, con los pequeños y con los grandes gestos.

Una petición no atendida, una mala contestación, un gesto desairado sin venir a cuento, un no ceder el asiento, un aparcar en doble fila ignorando que estás dejado encerrado otro vehículo,... Es curioso como son esas pequeñas cosas y no otras más graves las que más nos molestan y las que convierten un día cualquiera en un mal día.

Yo por eso procuro recordar siempre que vivo rodeado de gente con la que debo convivir, aunque muchos de mis conciudadanos no parecen tenerlo tan claro. En fin... ¡Allá ellos y sus miserias!

Un beso

huelladeperro dijo...

Siempre el miedo es más enemigo que el enemigo mismo. Luchar contra él, y derrotarlo, es mayor hazaña que ganar una guerra. Y suele evitar muchas guerras.

No me falles, por si nos vemos por ahí. Domina el miedo y no te me cruces de acera, como hacen muchos. Sería una lástima.

Besos valientes.

troyana dijo...

Antígona,tod@s llevamos dentro ese infierno al que aludes y también su antagonista.Es un duelo constante y a veces inconsciente,no me creo ya ni a los demonios puros ni a los santos impolutos,tod@s expuestos a esta lucha de contrarios que no acaba.Y sí,estoy con huella de perro que el origen del mal son nuestros miedos,que nos alejan del otro y nos despiertan recelo,odio y desconfianza.El origen del mal siempre es el miedo,cada uno el suyo o los suyos,y ése es nuestro peor enemigo,el que más daño hace y nos hace.No conozco a nadie que no cargue con su propia cruz,y ay de aquel que no aprenda por el camino con su lucha,porque mucho me temo,estará condenado a repetir su propia historia una y otra vez.
1 abrazo

Margot dijo...

Bien descrito ese infierno, que no deja de ser, la mayor parte de las veces, el que nosotros mismos creamos...

El recelo y la indiferencia se alimentan de él, nos lo devuelve convirtiéndonos en animalitos asustados.

Pero que levante la mano quien no... ufff, alguna vez.

Pero mientras seamos conscientes, no todo será tan infierno. Tal vez, o no sé si es que se me da genial justificar.

Besos desde las calderas!

NoSurrender dijo...

Supongo que todos salimos a la calle con la coraza puesta, doctora Antígona, y que la máxima sartriana de que nuestro infierno son los otros la llevamos bien aprendida en nuestras cicatrices desde la adolescencia. Nos hacemos daño porque tenemos miedo. El miedo es nuestro gran enemigo, estoy de acuerdo con Huella de Perro.

Pero, al mismo tiempo, nuestro miedo es parte de nuestro mecanismo de supervivencia. Egoísta e instintivo, cruel e inmediato.

Me reconozco en sus pasos acelerados hacia el coche, doctora Antígona. Me reconozco en la impotencia de nuestro miedo, que nos genera más miedo y más aislamiento. El infierno son los otros, sí. Y nosotros, en nuestra otredad, el de los demás. Será un trabajo duro hacer un mundo mejor.

Besos, doctora Antígona!

Antígona dijo...

Bueno, C.E.T.I.N.A., supongo que una manera de decir con otras palabras lo mismo que estás señalando es decir que los otros somos también nosotros mismos, que no hay yo que no sea también otro, su propio otro, el otro de alguien, y por eso todos y cada uno de nosotros somos los responsables de la construcción del infierno social.

Tienes mucha razón en lo que dices, una mejor o peor convivencia, una mayor o menor armonía social, está hecha también de esos pequeños gestos que todos deberíamos cuidar para hacernos unos a otros el mundo más agradable. También yo trato de no olvidarlo. Pero reconozco que hay momentos en que tengo la sensación de que la mera existencia de los otros me agrede, en los que sólo deseo que todo el mundo me deje en paz y nadie se percate de mi presencia ni por supuesto me dirija la palabra. Suena duro decirlo, pero entonces el mundo me molesta. Si en esas ocasiones tuviera un traje que me hiciera invisible, no dudo ni un segundo de que me lo pondría. Creo que debo de tener algún gen trastornado de nacimiento :)

Por fortuna, es algo que no me pasa muy a menudo. Y si me pasa lo normal es que no salga a la calle si puedo evitarlo. Pero como a veces eso no puede evitarse, pueden acabar pasando cosas como esta anécdota que os he contado.

Un beso

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Huelladeperro, el miedo es un componente nefasto en la convivencia social, además de en muchos otros ámbitos. Pero en ella lo es especialmente, porque la pervierte, porque nos hace ver a cualquier otro como un enemigo y reaccionar con violencia. Aquella tarde, esa mujer se convirtió en mi enemigo sin quererlo sólo por actuar como un obstáculo en mi urgencia por llegar a casa. Mi reacción fue violenta no parándome siquiera a escucharla. Yo jamás hubiera entrado en una guerra ni era mi intención provocarla. Pero mi gesto de “pasa de mí, por favor” lo hizo. Hay que estar más atento a esas cosas.

Por supuesto que no te fallaré, Huelladeperro, entre otras cosas porque te reconocería y sé que eres inofensivo ;) De todos modos, no me tengo por una persona temerosa ante los otros. Pero sí celosa de mi espacio privado y a veces tendente al “que me dejen en paz”. Será que con los años me vuelvo cada vez menos sociable, no lo sé. Pero es algo que debo corregir para que no vuelvan a pasarme cosas como ésta.

A ver si un día de estos nos cruzamos y puedo demostrártelo :)

Besos sociables!

Antígona dijo...

Así es, Troyana, todos llevamos dentro esos demonios y lo único que podemos hacer con ellos es aprender a dominarlos, a estar atentos a ellos y no bajar la guardia cuando amenacen con aparecer. La lucha no acaba nunca, claro que no. Por eso es tan ardua y a veces la ganamos y a veces la perdemos, por mucha experiencia que tengamos en ella.

El miedo es la peor premisa para enfrentarnos a los demás. Es imposible caminar tranquilo por el mundo cuando lo que vemos en el otro es, como decía Huelladeperro, a un enemigo. Yo no creo que sea una persona desconfiada, más bien todo lo contrario. Pero creo que, por lo general, por mor de nuestra propia protección, se nos educa en el miedo y en la desconfianza al otro –niño, nunca hables a desconocidos o aceptes nada que te den- y esa desconfianza inculcada, por mucho que hayamos querido después domesticarla, reaparece en el momento menos pensado. También creo que muchas veces nuestros miedos son fruto del desconocimiento. Siendo muy joven pasé unos días sola en Nueva York. Mis primeras sensaciones ante las personas que por allí se movían, de tantos colores y tan distintas a las de mi ciudad natal, fueron de miedo. Me sentía todo el día alerta. Hasta que reparé que lo que me sucedía era que no era capaz de identificar en aquellos seres humanos tan diferentes en sus maneras de vestir o hablar o actuar –por el metro pululaban seres humanos de todo el planeta- a las personas que en mi ciudad hubiera identificado muy fácilmente –un obrero, una señora que va a la compra, dos amigos discutiendo o bromeando, un pobre… Y entonces fue cuando me relajé.

Un beso y un abrazo

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Ay, Margot, pero es que a veces no es fácil lidiar con los otros, menos con los otros anónimos, con los otros desconocidos, lo cual no quiere decir que sea fácil hacerlo con los no anónimos y conocidos, incluso con los más queridos.

Nuestras grandes ciudades, las sociedades modernas, alimentan la indiferencia hacia el prójimo, y eso tiene su parte positiva pero también su parte negativa. Yo valoro positivamente el anonimato que nos proporcionan, pero al tiempo veo cómo también nos han hecho perder la habilidad para comunicarnos con desconocidos o cualquier posible interés hacia ellos. Somos como islas que caminan en medio de otras islas que nunca entran en contacto entre sí ni tampoco lo pretenden. Por eso, cuando un desconocido nos aborda, estamos tan poco habituados a ello que nuestra primera reacción suele ser de autodefensa, de ponernos la coraza y pensar malhumorados “¿y ahora qué mosca le habrá picado a éste?”.

Yo espero ser más consciente la próxima vez. Pero esperemos que no me pille en un día de esos tontos que le contaba a C.E.T.I.N.A., en los que sólo querría ser la mujer invisible.

Besos bien visibles!

Antígona dijo...

Le leo ahora con más calma, doctor Lagarto, y tengo la sensación de que acaba de resumir perfectamente todo lo que les acabo de decir a los demás. La cuestión tal vez sea que, si bien siempre cabe la posibilidad de que los otros sean ese infierno en un momento dado, también cabe la posibilidad de que no lo sean. Y pienso que es más saludable caminar por el mundo pensando que no lo son que lo contrario. Tal vez en alguna ocasión nos lleváramos algún susto –porque los demonios existen, lo sabemos gracias a nuestros propios demonios- pero en el fondo saldríamos ganando en tranquilidad y evitaríamos ese daño que nos hacemos a nosotros mismos protegiéndonos constantemente de los otros en lugar de estar abiertos para aquello que tengan que ofrecernos.

Sé también por experiencia que es así como salimos ganando. Tengo muy gratos recuerdos de aquel viaje a Nueva York que le mencionaba a Troyana precisamente porque en esos días en que estaba sola, y después de superados mis miedos, me pasaron varias anécdotas dignas de contarse gracias a que fui capaz de abrirme a esos otros desconocidos en lugar de reaccionar con miedo. Una de ellas es que pasé toda una tarde con un guarda del Metropolitan al que por supuesto no conocía de nada que acabó invitándome al cine a ver “Cinema Paradiso” y que resultó ser una persona encantadora. Pero no sé si es que yo era más joven o sencillamente, por las condiciones del viaje y por mi soledad, estaba mucho más atenta y predispuesta a encontrar amabilidad y confiar en los otros.

En la vida diaria, en medio de la rutina y de nuestros objetivos inmediatos, los otros desconocidos se convierten a veces en estorbos que sólo querríamos quitarnos de encima. Pero aún así no podemos olvidar que esos otros son otros como nosotros, otros a los que es necesario mirar como nos gustaría que nos miraran a nosotros mismos, y no como obstáculos en un trayecto hacia un objetivo. Por ello, creo también que la mejor manera de perder el miedo a los otros es tratar de mirarnos y reconocernos en ellos como en un espejo, salvando todas las diferencias que nos separan y buscando el fondo común que a todos son une. Y parte de ese fondo común es que a nadie le gusta sentirse ninguneado ni tratado como si no existiera, por correctas que sean las palabras con las que uno proclama “mira, tú para mí no existes”.

El trabajo es costoso y duro, sí. Pero habrá que seguir intentándolo.

Un beso, doctor Lagarto!

Escuer dijo...

Me llevo tu texto, y las reflexiones vertidas aquí, para meditar un buen rato. Es muy cierto todo esto. Cambiemos nuestra manera de mirar y vivir el mundo.
Saludos,
M

Casilda dijo...

Me he visto clarisimamente en esa escena,. pero vamos que parece que me hubieras retratado un dia de no hace mucho. La verdad es que no se lo que nos está pasando y tampoco lo habia pensado hasta verlo escrito. A la mujer de mi escena la vi dias despues en un estanco y se me puso el corazón a mil temiendo que me reconociera pero lo unico que hizo fué sacarse un movil del bolsillo y preguntarme ¿tu sabes como se pone la radio en un telefono???, no me acuerdo ni lo que le contesté pero algo asi como que de moviles no entendia nada y con un tembleque que no veas .
Realmente el infierno lo llevaba yo ese dia en el bolso.
Un beso.
(me he comprado "La hermana " de Sandoz Marai solo he leido La mujer perfecta .)

Isabel chiara dijo...

Uf, el miedo, querida doctora, que nos acobarda, nos domina por encima de la prudencia, por encima del instinto a seguir estando, por encima de la pérdida que intuimos.

Pero entiendo tu reacción, porque al margen del miedo, hay maneras que son agresivas, es lo que yo llamo la estética de las formas, la educación. Y estas reacciones son muy comunes. Al igual que tú estás imbuida en tus pensamientos, en tu necesidad de llegar lo más temprano a casa, en tus deseos de invisibilidad y pasas por la vida de otros como un fantasma (y me refiero en general, porque a mí me pasa), los otros te abordan priorizando sus necesidades sobre las tuyas, de una forma brusca, agresiva, incómoda.

Creo que no es sólo miedo, también juega un papel importante la educación y el respeto.

Un besote

carrascus dijo...

Aunque he seguido pasando por aquí de vez en cuando, me ha faltado tiempo para dejar un comentario, hasta ahora que tengo este ratito tranquilo. Y es que es éste un blog que mantiene un nivel tal en lo que te ofrece que tú no puedes responder a él dejando un comentario de cualquier manera, jejeje... hay que estar a la altura. O al menos intentarlo.

Lo que quería decirle desde hace algunos días, amiga Antígona, es que se quede usted tranquila y deseche ese pensamiento de que ha formado parte del infierno. No se preocupe más, que lo que le ha ocurrido a usted es lo normal. Usted no ha hecho nada raro, ni, por supuesto, malo; sino que ha respondido a algo que es tan corriente y habitual que por ahí fuera por el extranjero, que siempre están más adelantados que nosotros para poner nombre a las nuevas tendencias sociales, ya le han puesto uno a esto: "AGRESIVE BEGGING".

Por supuesto, ese "agresive" del nombre, anterior a la palabra "begging", que podríamos traducir como "pedir limosna", no se refiere a la agresividad entendida como tal, sino a la forma de pedirte la pasta saliéndote de los cánones que te hacían mantenerte en la esquina con el cartelito (o sin él) y la manita levantada (o la latita ad-hoc) esperando que le pusieras en el unas monedas de motu propio. No... es un "agresive" más light que sirve para definir a los que se dirigen a ti sin que les llames para pedirte algo, ya sea con maneras excelentes o apelando a tu mala conciencia por ser una persona con más suerte en la vida que ellos.

Y espero que perdone usted mi tono irónico, porque éste no quiere decir que a mí no me conmuevan los sin-techo, los inmigrantes o cualquier otro que no haya encontrado otra solución que no sea pedirle algo a los demás. Incluso suelo colaborar con ellos y normalmente llego a casa sin monedas en el bolsillo, de verdad. Pero es que... no sé en las demás ciudades, pero aquí en Sevilla hay un negrito en cada semáforo (lo juro), y no puedes darle a todos ni todos los días, por eso siempre vas a desairar a muchos, es inevitable. Al igual que con los "gorrillas" (que si no sabe usted lo que son ya se lo explicaré otro día), que son una plaga. O, en su caso, a los que se acercan directamente a uno pidiéndole algo.

Puede que su reacción no fuese la que en otro momento hubiese tenido. Siempre es mejor rechazar la petición con una sonrisa equivalente al ancestral "perdone, hermano, otro día será", pero a uno no le pillan siempre en su mejor momento. Su reacción entra dentro de lo normal, le repito que no se preocupe. La que contribuyó a hacer el infierno un poco más grande fue la que comenzó a lanzarle insultos, porque esa sí que fue una reacción desproporcionada. En este caso, el "agresive" del palabro inventado por los anglosajones, tenía una razón de ser bastante más evidente.

Pues eso, amiga Antígona... que no se preocupe ni le dé lás vueltas.

Y ahora que he cogido carrerilla estaría aquí más rato diciéndole cosas, pero la sra. Carrascus me ha dicho ya dos veces que hay que ir poniendo la mesa, y si espero a que me lo tenga que decir un a tercera quizás me lo diga con el clásico rulo aquel de amasar con el que las esposas ancestrales intimidaban a los maridos perezosos.

Un beso muy grande.

Tormento dijo...

Yo soy monotemática.
Aquello de no hablar con desconocidos lo llevamos muy bien aprendido desde bien pequeños. Y no es más que miedo aprendido, arraigado y tatuado. Y el miedo es lo que es, o sea, irracional.

Tu reacción es la que hubiéramos tenido una mayoría abrumadora, aunque a mí, cuando me llaman "bonita" en determinado tonito, reacciono con una agresividad brutal, me siento atacadísima, fíjate tú la gilipollez.

Es aprendido. Los perros, que no son educados en el "no trato" se saludan, se acercan, se huelen, se reconocen y en un minuto están corriendo y rebozándose por ahí.

Los humanos estamos un poco más apersianados.
Sé indulgente, Anti. Autoindulgencia me receta mi hombre todos los días, así que te paso una dosis para dejar atrás una vivencia tan reveladora como desagradable:)

Te leo a toda prisa, estoy a medio proceso, estudiando y comiéndome hasta las uñas de los pies. Ya hablaremos.

Un beso grande, y cuídate mucho.

troyana dijo...

Anti,
irrumpo de nuevo para negar la auto-complacencia en este sentido,y digo,hoy y en este sentido.Todo prejuicio fruto del miedo o el desconocimiento,o ambas cosas a la vez,merece ser oído pero no una actitud benevolente ni complaciente,sino más bien en mi opinión,una actitud combativa primero de toma de conciencia y después de disolver poco a poco las barreras que levantamos de cara al otro:el sin-techo,el extrangero,"el desviado",el que viene a quitarnos el trabajo y las becas,el invasor.....En nuestra contra juega la interiorización de preceptos que el sistema infunde a fuego lento a fin de mantener las distancias y justificar el miedo,la defensa incluso la guerra si hace falta,pero hay innumerables ejemplos de personas que se niegan,que se implican,que desoyen las fronteras,que se hermanan.No levantemos la guardia,la autocomplacencia es el camino más corto para preservar ese orden de las cosas.
1 abrazo!

Antígona dijo...

Puedes llevarte todo lo que quieras, Escuer, y más si te sirve para meditar. No es fácil cambiar nuestra manera de mirar y vivir el mundo. Pero hay que intentarlo si nos hace daño o limita nuestros horizontes.

Gracias por tu visita y un saludo

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Casilda, tal vez sea una escena muy común en las grandes ciudades y no nos percatamos de su frecuencia hasta que no la vivimos en carne propia. Probablemente nos está pasando que cada vez somos más ajenos a nuestros semejantes, que las sociedades modernas forman y exigen seres individualistas y atomizados. Creo que la sociología hace ya mucho que escribe sobre esto, pero no conozco realmente el tema.

Supongo que es natural reaccionar con miedo ante una situación violenta. O con más violencia, como supongo le pasaría en el primer encuentro a la mujer de tu escena, que entonces suele ser fruto de la frustración y el desamparo.

Espero que te hayas sacado ya el infierno del bolso :) y que disfrutes del libro de Sandor Márai. Te recomendaría también muy vivamente “El último encuentro”, que es el que me hizo descubrir a este autor. Vale realmente la pena.

Un beso

Antígona dijo...

En efecto, Ichiara, el miedo es una poderosa fuente de problemas. Pero a veces no es nada fácil dominarlo. Cuando surge, no es una reacción racional, por más que se apoye en prejuicios o ideas que sí habitan en nuestra conciencia. Por ello, me parece que es ésta la que tenemos que trabajar y domesticar, o ayudarla a desaprender lo aprendido, como única vía para poder dominar nuestros miedos.

Es posible que la manera de abordarme de esta mujer fuera, como dices, un tanto agresiva en las formas. No puedo recordarlo bien. La verdad es yo iba tan inmersa en mis pensamientos y en mi deseo de llegar a casa que apenas había reparado en ella y tal vez por eso su interpelación me sorprendió y asustó de un modo que no hubiera tenido lugar de haber estado yo más relajada. Pero también creo que el hecho de que los otros nos aborden de esta forma brusca o incómoda no justifica que nosotros nos comportemos de la misma manera, aun cuando nuestra agresividad se exprese de distinta manera. Porque es entonces cuando corremos el peligro de que el mundo se transforme en un verdadero infierno. Lo adecuado hubiera sido que yo al menos me hubiera detenido a escucharla. La otra chica lo hizo y no recibió la retahíla de insultos a la que yo me vi expuesta. Síntoma para mí clarísimo de que lo que le ofendió a esta mujer fueron mi indiferencia y mi voluntad de sacármela de encima cuanto antes.

Un gran beso

Antígona dijo...

Carrascus, la verdad es que me inquieta un poco lo que me dices. No me gustaría que nadie tuviera la sensación de que aquí no se puede comentar sin estar a la altura de no sé qué nivel. En serio, Carrascus, cualquier comentario es bienvenido y por supuesto que se puede comentar de cualquier manera. Que nunca viene mal además un poco de ligereza en medio de esta densidad a la que, reconozco, soy demasiado proclive. Y todos los que estamos en este mundillo sabemos perfectamente que no siempre es fácil encontrar tiempo para comentar del modo que uno querría.

Es posible, Carrascus, que lo que a mí me ha sucedido sea lo normal, en el sentido de lo habitual, de lo que responde a la norma. Pero eso no significa que yo no haya contribuido a ser una pieza más del infierno que puede ser este mundo en la medida en que mi comportamiento hacia la mujer no fue el adecuado ni el más deseable. ¿Y si se hubiera tratado de una persona que sólo quería preguntarme la hora o cómo llegar a determinada calle? Creo que mi problema fue, al margen de mi propio sonambulismo, que algo en mí dio por sentado que esta persona quería pedirme algo y ni siquiera fui capaz de detenerme a decirle que no, de concederle el mínimo de atención que su demanda requería.

Entiendo que planteas que es esa misma petición la que resulta un tanto agresiva, y comprendo que pueda verse así. Obviamente, no es posible andar satisfaciendo las demandas de todos los desheredados de esta sociedad, o de todos aquellos que, como dices, no han encontrado mejor salida que pedir al prójimo para subsistir. Incluso a veces me planteo si es adecuado satisfacerlas, cuando por lo que deberíamos apostar es por un modelo de sociedad en el que nadie tuviera que pedir nada a nadie de esta manera. Pero esto es un razonamiento general que se compadece mal con la situación concreta en que un individuo concreto te pide algo. Ése no quiere razonamientos sino lo que en ese momento te está pidiendo, y al pedir y obligarte en muchos casos a decir que no, por las razones que sean, te pone en una situación un tanto violenta.

Como dices, lo mejor hubiera sido negar con esa sonrisa y esa tranquilidad y no siempre estamos en disposición de hacerlo. Pero que no siempre estemos en disposición de hacerlo no significa que no debamos distinguir entre cuándo lo hemos hecho mal y cuándo lo hemos hecho bien. Y está claro que yo no lo hice nada bien, por más motivos que encuentre para explicar mi conducta.

La reacción de la mujer podría también tener muchas explicaciones. A lo mejor llevaba toda la tarde en aquella esquina pidiendo a los transeúntes y nadie le hacía ni puto caso. A lo mejor tampoco ella tenía un buen día. Pero eso no me exime de la parte de responsabilidad que me toca. Ella se sintió mal tratada por mí y reaccionó con violencia. Si yo la hubiera tratado un poco mejor, no lo hubiera hecho, como me demostró la siguiente escena que presencié.

Y no, Carrascus, no es que esté tan preocupada que el asunto no me deje dormir por las noches, así que estate tranquilo :) Pero lo sucedido me dio qué pensar y por eso quise reflejarlo aquí en el blog.

Espero que la cena le saliera buena a la señora Carrascus y que no acabara blandiendo el rulo de amasar :)

Besos, amigo Carrascus!

Antígona dijo...

Estoy de acuerdo, Tormento. Es un miedo aprendido. Pero por ello mismo también podemos desaprenderlo, o desaprender aquellos mecanismos que acaban siendo exagerados y dañan al prójimo y de rebote a nosotros mismos.

El miedo es útil porque es un mecanismo de protección, eso no puede negarse. Pero como todo mecanismo de protección debe usarse cuando resulte necesario y no por sistema. Cuando somos niños el mensaje de protección es generalizado, porque por nuestra falta de experiencia aún no somos capaces de discriminar el peligro potencial de lo que no representa ningún peligro. Pero una vez crecemos ya es posible esa discriminación y deberíamos ser capaces de controlar mejor algunos de nuestros miedos que no tienen fundamento real ninguno.

Y tranquila, que no me estoy fustigando todo el día por lo sucedido ;) Pero espero reaccionar de otra manera si me vuelve a suceder algo parecido. Resultó muy desagradable el chaparrón de insultos y más aún descubrir que con un poco de comprensión o de cordialidad los hubiera podido evitar.

Ánimo con los libros, y espero que tengas mucha suerte, Tormento. Y sí, a ver si hablamos un día de estos.

Cuídate tú también y un beso enorme!

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Tienes toda la razón, Troyana, la autocomplacencia con los propios prejuicios siempre es tan cómoda como perniciosa, y comparto plenamente lo que dices de la actitud combativa que debemos mantener frente a esos prejuicios que forman parte de nuestra educación social. En muchas ocasiones se ha hablado aquí de los prejuicios educacionales y culturales que alimentan las diferencias entre géneros y de la necesidad de combatirlos. Pero me parece obvio que, al margen de éstos, hay muchos otros prejuicios que nos enfrentan a otros seres humanos que pertenecen a esta misma sociedad y que también ante ellos hay que ponerse en pie de guerra. Y el primer paso, como dices, es tomar conciencia de ellos y luego intentar disolverlos. Porque también debemos ser conscientes del perjuicio que en nosotros mismos causan.

Otro beso y otro abrazo!

Antón Abad dijo...

yo no le daría tanta importancia; esa mujer estaba intentando resolver su problema y Ud. el suyo; la elección es clara desde que se ha hecho habitual que los desconocidos quieran involucrarnos en sus cosas, pensando en una obligación de caridad y comprensión que ellos mismos no atienden ante su frustración. Todos tenemos nuestras cuestiones a rastras como para echarnos sobre los hombros los problemas ajenos; no era una causa de vida o muerte, y el miedo a lo desconocido es libre. Particularmente estoy bastante harto de los pedigüeños full time y no suelo atenderles tampoco, aunque no me den miedo. Yo voy con mi infierno a todas partes y no le pido a nadie que encienda el aire acondicionado.