martes, 30 de marzo de 2010

Verdad


"La verdad, en su nombre maldito nos perdimos, en su nombre solamente, no por la verdad misma, si acaso existiera, sino por el deseo de verdad que nos arrancó las "confesiones" más aterradoras, tras las cuales quedamos más alejados que nunca de nosotros mismos, sin acercarnos ni un paso a verdad alguna".
Jacques Derrida


- ¿Y bien? ¿Qué era eso tan importante que tenías que decirme que no podía esperar a la noche? - Sara lo mira mientras remueve el azúcar del café recién servido con una sonrisa expectante. Tras ella trata de disimularse sin éxito una cierta ansiedad. La misma que anima su voluntad de revestir de ligereza la pregunta que le quema en los labios desde que la ha llamado para citarla esta mañana. Sus mejillas se han arrebolado por el repentino contraste entre el frío callejero y la potente calefacción del bar. Debe reconocer que está preciosa. Conforme él baja los ojos hacia su propio café y su rostro se tensa, intuye agudizarse su inquietud, imagina sus dedos retorciendo el pendiente de su lóbulo izquierdo. Escupir la verdad, ésa es ahora su tarea. Inspira profundamente antes de empezar a hablar. También a él le queman las palabras en la lengua desde anoche.

- Ayer la vi. A Nuria.

Nuria. Bajo ese nombre sin rostro se condensa para Sara el peso de un espectro desconocido bruscamente resucitado. La gravedad de un fracaso según él superado.

- ¿Ayer? Me dijiste que la reunión se había alargado hasta tarde - Para Sara el fracaso pretérito tiene otros nombres. A ciertas alturas de la vida, es raro no coleccionarlos en pequeños tarros cuyos tapones debe uno esforzarse por mantener bien cerrados.

- Sí. Te mentí. No hubo ninguna reunión. Salí más pronto del laboratorio y quedé con ella - Sus ojos abandonan con decisión la superficie líquida del café para posarse firmes sobre los de Sara.

- ¿Y eso? No me habías dicho que estuviérais en contacto - Sara enciende un cigarrillo y retorna a esos ojos oscuros por entre las volutas de humo.

- Bueno... en realidad no lo estábamos. O no más allá de los mails que intercambiamos de cuando en cuando.

- No sabía nada de esos mails. O quizá no te entendí bien cuando me lo dijiste, no sé... ¿Te pidió ella que quedárais? - Sara se esfuerza por recordar lo que él le ha contado de Nuria, de sus años juntos: su belleza, su carácter alegre y sencillo, un tanto apocado y proclive a los convencionalismos; las reflexiones de él ante la falta de aficiones y perspectivas comunes, ante la previsible divergencia de intereses conforme transcurría el tiempo; la llegada primero de la insatisfacción, luego del tedio y el hastío; y finalmente, la ruptura, propuesta por él, amarga para ambos, juzgada no obstante como necesaria por las dos partes.

- No. Fui yo. Sara... - Este súbito regreso de su nombre propio, antes reemplazado por apelativos cariñosos, le suena en la boca seria de él a escudo y coraza, a pantalla acristalada alzada entre ambos - supongo que estos últimos días he estado pensando en ella más que de costumbre. Y ayer... en fin, ayer sentí el impulso de llamarla, de volver a verla, y, sencillamente, no hice nada por refrenarlo. La llamé y quedamos.

- ¿Y qué pasó? - Sara nota una molesta punzada en el vértice de su esternón. El extremo del cuerpo ya algunas veces recompuesto de su orgullo. La punta por donde han comenzado a temblar las expectativas forjadas poco a poco sobre él, sobre sus brazos cálidos, sobre su conversación inteligente, sobre su mutuo entendimiento, desde que lo conociera hace algunas semanas. Demasiado prematuro, se dice a sí misma intentando mantener la calma, para atribuir el malestar a un presunto amor malherido. No así a la ilusión que a menudo se confunde con su nacimiento.

- No pasó nada, Sara. Quiero decir, por fuera, por expresarlo de algún modo, objetivamente, no pasó nada. Tomamos un café y charlamos. Nada más. Pero por dentro... dentro de mí sí pasó algo. Es posible que aún sienta algo por ella. No sé si la echo de menos.

- ¿Y ella? - La punzada se agudiza, acompañada por el sonido imperceptible de un leve chasquido: el de las expectativas al empezar a resquebrajarse.

- ¿Ella? Sara, ¿y eso qué más da? - Las facciones de él se contraen en un gesto de incipiente irritación - No sé si Nuria sigue sintiendo algo por mí, si es a eso a lo que te refieres. Ni siquiera me parece probable, aunque me quedó claro que no está con nadie. Estuvo estupenda. Sencilla, risueña, cariñosa. Pero es su manera de ser, no puedo sacar ninguna conclusión al respecto. Me contó de su vida, de su nuevo trabajo... luego nos despedimos como dos viejos amigos, eso fue todo. Pero Sara, eso no es lo importante. Lo importante, para mí, para nosotros, es lo que sentí yo. Eso es lo que no quería ocultarte. Lo que desde que colgué anoche el teléfono me pareció sucio ocultarte. Sólo trato de ser honesto, de ser sincero. Conmigo y contigo. De decir la verdad y poner todas las cartas sobre la mesa.

- Y supongo que lo que se deriva de esa verdad es que quieres que lo dejemos, ¿no? - La frase contiene una resolución que no esperaba de sí misma. Probablemente, un automatismo ante la amenaza que por primera vez ha sentido contenerse en la palabra "verdad". Blandida como un arma sobre su cabeza ante la cual sólo cabe la retirada.

- ¿Dejarlo? Sara, lo cierto es que yo no querría dejarlo. Que ayer sintiera lo que sentí no significa que no sienta nada por ti. Todavía no nos conocemos lo suficiente. Todavía no sé si todas las piezas acabarán encajando. Pero me gustas. Eres una mujer preciosa, inteligente, brillante... quizá incluso demasiado brillante para mí. Lo que conozco de ti me gusta. Te respeto y te valoro. Por eso pensé que debías saber dónde estabas, que debías saber a qué atenerte conmigo, lo que realmente ocurre dentro de mí. Pensé que no podía ocultarte esto que me ha pasado, incluso si aún no comprendo su relevancia. Y creo que eres tú la que debe decidir qué quieres que hagamos, ahora que ya sabes lo que hay. Por mi parte, estoy dispuesto a continuar - Su mano se acerca con timidez a la de ella, le acaricia el dorso de los dedos, se posa encima y la aprieta con suavidad, como queriendo retenerla.

Sara observa en silencio los dibujos de su cajetilla de cigarrillos.

- Sara, no quería mentirte. Te aprecio demasiado para hacerlo. Tenía que decirte la verdad. Siempre me he tenido por un tipo sincero - Al alzar la vista Sara se topa con unas pupilas que se proyectan sobre las suyas con intensidad.

Las estudia con detenimiento. Busca en ellas esa verdad antes encubierta que, según él, ha aflorado de su interior por razones que no alcanza a comprender. Algún rastro revelador de la incógnita que es Nuria, la relación vivida con Nuria. Pero en ellas sólo encuentra un extraño brillo que se columpia entre el alivio y la autocomplacencia que destila la sensación del deber cumplido. Y parapetada tras ella, cree adivinar la sombra del miedo. Miedo al presente. Miedo a ella y a su supuesta brillantez. Miedo al riesgo de volver a querer, queriendo lo que aún se desconoce. Miedo y debilidad frente al reto de construir un nuevo castillo cuando, por causa de ese mismo miedo, las ruinas del antiguo, contempladas en la distancia, parecen ofrecer de pronto un ilusorio cobijo. Tampoco se le escapa el efecto balsámico de tal lectura para su arañado orgullo. En cualquier caso, no ha errado al decir que semejante verdad, incluso si flota sobre una maraña de mentiras no sabidas, desemboca para ella en una única salida. Hasta podría tratarse de una fea treta -da por sentado que no premeditada, hasta ese punto confía en conocerlo- destinada a brindarle una huida airosa. La inconsciencia suele retorcer nuestras intenciones. Poco importa ya. No piensa perder tiempo en averiguarlo.

Sara retira sin brusquedad la mano, coge su abrigo y se levanta.

- Paga tú los cafés, ¿quieres? Ya hablaremos.

Cuando Sara ha salido por la puerta, también él se levanta y deja unas monedas sobre la mesa, perplejo ante su precipitada desaparición. Está empezando a llover. Bajo el paraguas, entre el tumulto de viandantes, se siente repentinamente solo, aislado. Se detiene bajo un soportal y marca en el móvil el número de Sara. Desconectado. Juega con la idea de marcar el de Nuria. Pero piensa en su voz, en la imagen de su rostro al otro lado del teléfono, y comprueba que sólo le evocan una fría indiferencia. Sigue caminando, preguntándose qué es lo que echa tanto de menos en cada bocanada de aire invernal.

25 comentarios:

Casilda dijo...

Es que la verdad a veces solo es un juego arriesgado.
En este caso si yo fuera él iria a cas a ameter la lengua en un enchufe .
Un abrazo

troyana dijo...

uff!menudo dilema planteas,Antígona,vivir en la ignorancia o siendo consciente de la verdad.Juguemos a ponernos en el lugar de los protagonistas de esta historia.Si yo fuera él,creo que no podría soportar el peso de la culpa sintiendo algo por otra persona sin compartirlo con mi pareja actual.Tendría que verme en esa situación,pero siempre he pensado que el engaño es precisamente la ocultación,dando por hecho que se trata de un sentimiento fuerte,no un capricho pasajero.
Si fuera Sara,creo que preferiría saber la verdad antes que vivir en la ignorancia,porque una cosa es el deseo y otra el sentimiento, y para mí,lo que verdaderamente tiene peso es sentir.Al deseo siempre le he dado una importancia relativa.
Por otro lado,la pregunta que le hace Sara a él sobre si Nuria le corresponde o no,me parece esencial,porque si realmente él no es correspondido por Nuria y entre Sara y él,existe correspondencia¿de verdad puede ser determinante que él sienta algo por dos personas a la vez??¿acaso eso es imposible o insalvable?
No sé,la verdad puede ser una losa o una liberación,dependiendo de quien la ofrezca y de quien la reciba.A priori,si hay sentimientos de por medio,creo que no soy partidaria del "ojos que no ven,corazón que no siente"
Interesante post,Antígona,como siempre.
Un abrazo!

Gato dijo...

Oh, qué complicado soy, oh, cielos, es que no sé lo que quiero, no eres tú, soy yo... Dan ganas de pegarle una colleja que le deje la cabeza giratoria, :D. Igual es que me recuerda un poco a alguien.

Rodrigo D. Granados dijo...

Me gusta mucho como escribe Antígona, no ha echado mano de ningún recurso facilón para rematar y nos plantea una miríada de suposiciones acerca de lo que harán, o deberían hacer los personajes. Lamento decirle que no entraré al trapo, porque me da francamente igual. Lo que no me da igual es la sensación de estar ante una narradora con talento y gusto. Lo suyo son los entresijos de la situación, no la situación en sí. Maneja como nadie los torbellinos que se desplazan por la cabeza de uno en estas incómodas y dolorosas escenas. Las he vivido de todos los colores y a ambos lados de la cuerda. ¿Me permite contratarla como biógrafa de mi tormentoso pasado emocional?; Prometo no mejorar mucho los hechos ni hacerme el tipo recio. El pago será necesariamente en especies: rúcula, tomates, coliflor, pepinos, nísperos, higos, pimientos y cebolletas. Creo que al talento mediterráneo, la dieta "ídem", le irá como anillo al dedo. Buenas noches.

Antígona dijo...

Casilda, arriesgado y también puede llegar a ser muy destructivo. Sobre todo cuando se juega a una verdad falsa y uno se empecina en que esa es la verdad.

Pobre, dejémosle con su desconcierto, que creo que ya es bastante castigo.

Un abrazo y un beso!

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Troyana, la verdad es que el dilema que planteaba no era ése, pero si tú lo ves, bien está :)

En realidad no quería plantear ningún dilema, sino exponer una situación en la que se ejemplificara eso que dice la cita de Derrida de que cuando nos arrancamos las confesiones más aterradoras, a causa del deseo de verdad, es cuando más lejos nos encontramos de nosotros mismos. Porque eso es, según yo lo veo, lo que le ocurre al protagonista de esta historia.

Juguemos, de todos modos, a ponernos en el lugar de los protagonistas de la historia, como tú propones.

En el caso de él, vale, entiendo perfectamente lo que dices del sentimiento de culpa y de la ocultación. Pero me temo que él debería haber sido un poco más prudente y esperar el tiempo necesario para averiguar qué es lo que ha sentido realmente por Nuria. Si un verdadero reavivarse de su amor por ella, o sencillamente nostalgia de una relación ya asentada sobre ciertas rutinas, nostalgia de una familiaridad y de una comodidad que, está claro, no puede tener al iniciar una nueva relación, donde aún está todo por hacer.

Si yo fuera Sara, desde luego que me gustaría también saber la verdad. Siempre. El problema es: ¿cuál es esa verdad? ¿Está él realmente en condiciones de saberla y enunciarla, por más que se trate de una verdad sobre él mismo? ¿O no es más bien esa verdad que él le cuenta algo que queda bastante lejos de lo que en verdad le está ocurriendo?

Personalmente, la pregunta sobre la correspondencia o no de Nuria me parece secundaria, incluso una pregunta innecesaria. Lo importante es lo que ocurre entre Sara y el protagonista, con independencia de terceras personas. Y el mero hecho de que, según él dice, el protagonista tenga dudas acerca de si no preferiría estar con Nuria denota que algo no le satisface o no le termina de llenar en la relación con Sara. Aun cuando esa insatisfacción pudiera obedecer, según sospecha Sara, al miedo a ella o a emprender algo con ella. Creo que por ello Sara acierta al dar por terminada la relación. Porque poco importa si Nuria no le corresponde. A través de esa duda se ha hecho patente que él no está seguro de su relación con Sara, o que no le gusta lo suficiente, y se ha abierto la puerta en su cabeza hacia la posibilidad de que aparezca otra persona distinta de ambas sobre la que proyecte su ilusión de enamorarse.

Por mi parte, siempre creo que la verdad es una liberación, aunque de entrada esa libertad que a través de ella se nos ofrece pueda caernos encima como una losa. Pero quien sabe la verdad está en condiciones de ver realmente cuál es su situación y decidir en función de ella. Mientras que, quien ignora la verdad, vive en una mentira que, estoy segura, tarde o temprano acabará desvelándose. Pues mejor que se desvele antes y no después. ¡Que no estamos en esta vida para perder tiempo, con lo corta que es! ;)

Un beso y un abrazo, Troyana!

Antígona dijo...

Jajaja, Gato, estoy segura de que todos hemos conocido a individuos o individuas así. Quizá porque no es raro que los seres humanos nos hallemos confusos en nuestros propios sentimientos. También porque la voluntad de no herir al otro, en principio noble, puede llevarnos a las excusas y argumentos más torpes y, paradójicamente, también más dañinos. Pero es que no es fácil rechazar al otro sin herir sus sentimientos, ¿no crees? Tal vez porque en general encajamos mal los rechazos y hacemos de ello una cuestión de orgullo y no de simple falta de coincidencia o adecuación con el otro.

Un beso!

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Me alegro de que le guste, Rodrigo D. Granados, pero lo cierto es que, como le comentaba más arriba a Troyana, mi intención no era plantear esa miríada de suposiciones acerca de lo que deberían hacer o no los personajes. Para nada. Sólo quería exponer una situación, como he dicho más arriba, que pusiera de manifiesto que la frase de Derrida no es tan descabellada como podría parecer en un principio. Pues a veces ocurre que cuando más cerca creemos estar de la verdad, de “nuestra” verdad, cuando más tratamos de ahondar en nosotros mismos para encontrar esa verdad y exponerla ante los otros, es cuando más nos engañamos y más lejos nos hallamos de la verdad que nos define y anima nuestros actos. Así que no hace falta que entre en ningún trapo. Aunque a lo mejor sí le apetecería contarnos alguna anécdota de su tormentoso pasado emocional en la que a usted le hubiera pasado exactamente eso: empeñarse en decir una verdad que a la postre resulta no ser verdad alguna :P

Tal y como dice Sara con respecto a los tarros de los nombres del fracaso pretérito, creo que a ciertas alturas de la vida todos atesoramos recuerdos de situaciones, si no idénticas, sí similares a ésta, y de haberlas vivido desde ambos lados de la barrera. Le doy la razón en que son incómodas y dolorosas para ambas partes. Pero, como le decía a Gato, no siempre a causa de la frustración que supone un amor no correspondido. En un número nada desdeñable de ocasiones es el maldito orgullo, nuestros egos siempre necesitamos de mimos y aprobación, los que nos impiden tolerar o asimilar con naturalidad el rechazo del otro. Debiéramos pensar más estadísticamente a este respecto, por decirlo de algún modo: el verdadero enamoramiento y el crecimiento del amor son casi un milagro; por lo tanto, que encuentros en principio prometedores se desvelen al poco carentes de un fundamento sólido es más bien lo habitual y lo más esperable. Que en este mundo, por desgracia, no reina ninguna armonía universal.

En cuanto a su oferta, me tientan sobremanera la rúcula, los tomates, los pepinos y los pimientos. Si le añade unas cuantas lechugas y un manojito de tiernas zanahorias, creo que me será imposible decir que no ;)

Un beso!

NoSurrender dijo...

Parece que la única verdad que queda tras leer el texto es que él no siente nada por Nuria, curiosamente lo que él pensaba que era “su verdad” más absoluta hasta el sacrificio de su relación con Sara. Qué razón tenía Derrida, sí: el deseo de la verdad, algo tan inaprensible, hace de su búsqueda una verdadera tortura.

Esa búsqueda de la verdad me recuerda a aquellos que buscan “una señal de Dios” en las cuestiones más peregrinas. Quiero decir, hay algo patológico en buscar algo que no se revela. Y quizás esa patología de la búsqueda hace que lo que creamos encontrar tenga que ser algo terrible que tenga que hacernos daño.

Me estaba acordando de una escena de la película Besos Robados, de François Truffaut, en la que Antoine se debate entre Fabienne Tabard y Christine Darbon como objeto de su amor y trata de averiguar a quién de ambas ama mirando su propia mirada en el espejo.

http://www.youtube.com/watch?v=-p2ej4onSFA&feature=player_embedded

Escribe usted muy bien, Antígona. Yo también demando sus servicios de biógrafa y subo la oferta a una botella de vino y una lubina a la sal!

Besos, doctora Antígona!

dErsu_ dijo...

La verdad acostumbra a maltratar a sus apóstoles, por anónimos que estos sean.

iliamehoy dijo...

La lectura me sugiere, en primer lugar y con distancia respecto a otras emociones, la terrible sensación de aturdimiento del protagonista masculino ( sin nombre????) al querer tener bajo control cada impulso que su cerebro gestiona. Puede que sólo sea un furtivo viaje al pasado, que ha despertado unos sentimientos también pretéritos, sin validez en la actualidad. Por eso, su actitud no me parece tanto una fidelidad a la supuesta verdad, sino un ligero tambaleo engendrado por el miedo, una duda entre un millón que a cada paso nos acechan.
En un esfuerzo por ser justa y no delimitar la libertad personal, no me parece que ese encuentro con Nuria ponga en peligro la relación todavía embrionaria con Sara. Al fin y al cabo, pretender cumplir todas las expectativas en una sola persona impone a ésta una responsabilidad que probablemente no le pertenece.
Como siempre, un delicioso recorrido.
Una sonrisa

Duschgel dijo...

Lo que a mí sí que me parece que le sucede de verdad es que se siente insatisfecho y no sabe por qué. Y le pasa a él y nos pasa a todos. Lo achacamos a ciertos actos, propios o ajenos, pero en definitiva es la insatisfacción del que no sabe lo que quiere, de aquél al que algo le falta y no sabe el qué. Y es que parece que tras la búsqueda de la verdad sigamos intentando engañarnos. O simplemente habría que aceptar que no hay una verdad absoluta. Que algo puede ser verdad, pero lo contrario también según cómo se mire. Tenemos tendencia a querer encontrar la gran respuesta en una sola cosa. ¡Pero todo es tan relativo!

Lo que el hombre de la narración considera verdad no es más que sacarse un peso de encima, como apuntas tú misma. Y encima le deja la decisión a ella: seguir o no seguir. En definitiva, se está lavando las manos. No es capaz de decidir, porque no sabe qué terreno pisa y, sobre todo, cuál quiere pisar. Decirle a ella que decida es cargarle con el muerto, vía fácil para él y prácticamente libre de responsabilidad.

Un gran relato para algo que nos afecta... durante toda nuestra existencia.

¡Un beso y felices Pascuas!

Margot dijo...

Ummm me temo que opino que la verdad está sobrevalorada, y no sé qué verdad -la verdad- porque la verdad, la mayor parte de las veces, más parece un prisma en el que ocultar temores y proyecciones (como las de tus protagonistas) o sencillamente ese orgullo autocomplaciente del deber cumplido, "yo siempre digo la verdad, bla, bla, bla" "En su nombre solamente, no por la verdad misma..."

Con por ese "por la verdad misma" es con la que yo me quedaría pero es tan, tan complicado... demasiada pureza para venir de nosotros, frágiles y temorosos humanos tan dados al autoengaño.

O es que los términos tan contundentes y de una pieza llevan implícita siempre una trampa en sí mismos, el arte de birbibirloque que le estampamos nosotros. Quizás...

Por lo demás, mi querida Antígona, cada vez se le ve más suelta en el arte de narrar. Proclamo! (y en el de dibujarnos a sus personajes)

(Me atrevo con una recomendación, si no has llegado ya a él. Estoy leyendo Ángeles Rebeldes de Robertson Davies y me da en la nariz que éste autor será de tu gusto. Una Iris Murdoch sin serlo, claro, pero cierto regusto, y en mi opinión más depurado y brillante su estilo. Yo qué sé, algo así, jajaja. Prueba...)

Besos verdaderos sin cristales de colores.

Antígona dijo...

Pues sí, doctor Lagarto, ésa podría ser una de las verdades que se desprenden de la narración, y de la cual se deriva que el protagonista tanto más lejos está de “su verdad” cuanto más se esfuerza por encontrarla dentro de sí y, sobre todo, por proclamarla ante Sara. Sólo al final, si acaso, y si es capaz de hacer justicia a lo que siente en esa tarde lluviosa, podrá salir del autoengaño, de la mentira, a la que le ha llevado su necesidad de manifestar esa supuesta verdad. Y Derrida tiene más razón que un santo. El deseo de verdad puede llegar a aniquilarnos, tanto cuando se proyecta sobre uno mismo como cuando se proyecta sobre los demás para, erigidos en auténticos torturadores, tratar de arrancarles sus más íntimas verdades. Me temo que sobre este tema de la verdad y sobre lo que Derrida dice de ella caerán más post, porque el problema no se agota en esta búsqueda de la verdad en uno mismo. Quizá más cruel y más destructivo sea el afán por poseer la verdad de otro.

Supongo que, en efecto, llevado a su extremo el deseo de verdad, o la pulsión de verdad, como lo llamaba un amigo mío, rozan con la patología. Pero creo que es una patología muy humana. Se nos olvida con demasiada frecuencia que la Verdad no es más que una quimera a la que tratamos de aproximarnos sin poder jamás alcanzarla. Y por eso nos empeñamos en encontrar verdades incluso allí donde la verdad se nos hurta no sólo provisional, sino absolutamente. Por otro lado, nuestras psiques son tan complicadas que la búsqueda de la verdad en uno mismo conduce con frecuencia al fracaso, bien porque sólo podemos acceder a verdades provisionales que acabarán revisándose y alterándose conforme sigamos viviendo, bien porque inconscientemente no dejemos de poner trabas a la revelación de la verdad que presuntamente buscamos y nos agarremos frente a esa verdad que no deseamos ver a cualquier otra cosa a la que falsamente denominemos verdad.

Recuerdo perfectamente esa estupenda escena de “Besos robados”. Resulta más que comprensible el intento de Antoine de encontrar su verdad, dado que sólo ésta le permitirá elegir entre las dos mujeres. Y me resulta interesante la idea de ponerse en el espejo para hallarla. Parece sugerir la imposibilidad de fiarnos de nuestra interioridad y la necesidad de buscar un elemento externo, objetivo –los gestos de su rostro en el espejo-, para hallar la verdad que nos define. Lo cual apunta a la idea nada descabellada de que tal vez sean los otros quienes más verdad posean sobre nosotros mismos.

Gracias por su piropo, doctor Lagarto. Su oferta es igualmente tentadora y si pienso en esa rica lubina a la sal y en el vino me siento también incapaz de decirle que no. Lo que no sé es de dónde voy a sacar tiempo para tanta biografía. Así que tal vez deberían mandarme tanto Rodrigo D. Granados como usted un esbozo de los acontecimientos más importantes de sus biografías, para así poder decantarme por la que resulte más ajetreada y tormentosa :P

¡Un beso, doctor Lagarto!

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Me gusta esa expresión de los apóstoles de la verdad, Dersu. Apela al componente religioso que con tanta frecuencia se ha asociado a ella. Y creo que no puede negarse que es en el terreno de la religión donde la afirmación y proclamación de la verdad más víctimas se han cobrado. Porque ya se sabe: verdad sólo puede haber una. Y cuando varios se empeñan en tener cada cual una distinta, no es raro que el conflicto acabe en guerra y destrucción de los apóstoles de la verdad que no sea la mía.

Un beso!

Antígona dijo...

Íliamehoy, que el protagonista no tenga nombre era un recurso intencionado para mantenerlo hasta el final en la indefinición y centrar la lectura en la exposición desnuda de aquello que dice, en la verdad que quiere hacer valer y con ella a él mismo dentro de esa verdad. De alguna forma, el protagonista se nos revela a través de los ojos de Sara, que es a quien acompañamos en sus pensamientos y emociones a lo largo de la conversación, que es quien más cerca está de la verdad de él a través de su intuición. No dotarlo de nombre era una forma de mantener con respecto a él una suerte de lejanía que querría reflejar la propia lejanía del personaje para consigo mismo al proclamar su verdad.

Todo que dices de la sensación de aturdimiento de él, de su voluntad de saber exactamente qué sucede dentro de él, así como del tambaleo engendrado por el miedo, es una interpretación válida que hacemos nosotros como lectores. Que intuye Sara cuando le mira largamente a los ojos y detecta en ellos diversos tipos de miedos. La cuestión es que el único que permanece ajeno a esta interpretación sobre lo que le sucede es el propio protagonista, y justamente en el momento en que más próximo cree hallarse de sí mismo al exponerse ante Sara, en el momento en que con más fidelidad y honestidad pretende dar cuenta de sus actos y sus emociones. Todos, nosotros lectores, y Sara también, sabemos más de su verdad que él mismo.

Para mí no es el encuentro con Nuria el que pone en peligro la relación con Sara, sino el modo en que él, erróneamente, lo interpreta y lo que subyace a esta interpretación errónea: la posible insatisfacción en la relación con Sara, o sencillamente todos los miedos que ésta cree detectar en su mirada y que nunca son una buena base para una relación entre dos personas adultas. Pero tal vez lo peor es la urgencia que siente por contárselo, que podría significar algo así como un recurso para no comprometerse plenamente con ella, al advertirle de que debe compartir su corazón con otra persona. Con su confesión, no deja de interponer una barrera entre ambos. Creo que Sara está en su perfecto derecho a rechazar una relación en la que el otro no decide, por el motivo que sea, entregarse y comprometerse de lleno.

Un beso y una sonrisa!

Antígona dijo...

Así es, Dusch, se siente insatisfecho y no sabe por qué. Nosotros tampoco, como lectores, porque el texto no da apenas información de cómo es su relación con Sara y la poca que da está vista a través de los ojos de ella. Sin embargo, quizá no sabe por qué no está insatisfecho porque todavía no se atrevido a reconocerse a sí mismo que está insatisfecho, porque todavía no ha sido lo suficientemente valiente como para averiguar si algo está fallando en la relación con Sara y qué es lo que está fallando, si él mismo, o la relación que mantienen. De ahí que su manera de enfrentarse a esa insatisfacción no sea indagar en ella, sino emprender una huida hacia el pasado, hacia los recuerdos de su relación con Nuria. Y sí, es muy probable que nuestra voluntad de engañarnos más presente se halle allí donde nos empeñamos en cazar y proclamar una verdad que nadie nos pide. Una verdad que, como señalas, tal vez ni siquiera exista, o no del modo único y absoluto en el que la imaginamos y deseamos.

Él se saca un peso de encima, en efecto, y lo arroja sobre los hombros de Sara, en lugar de ser un poco más prudente consigo mismo y con ella y darse tiempo para averiguar qué significa su encuentro con Nuria. Y por otro lado, supongo que cree que lo más honesto, dada su situación, es cederle a ella la decisión cuando, como bien apuntas, esto no es en el fondo más que un desprenderse de su responsabilidad y manifestar una ausencia de compromiso claro. Como si dijera: después de lo que me ha pasado, ya sabes que no puedo comprometerme contigo. Acéptame si quieres con esa falta de compromiso que no puedo o no te quiero dar, porque ya no sé lo que me dicta mi corazón. No digo que Sara no pudiera haber aceptado ese desequilibrio, pero por mi parte no creo que sea lo más deseable ni lo más saludable en los comienzos de una relación, donde más debería estar presente la voluntad de apostar por el otro.

El relato nos afecta porque no es fácil saber lo que se quiere. Pero es tarea nuestra averiguarlo y no arrojar nuestras dudas sobre los otros pretendiendo que sean ellos los que carguen con ellas.

¡Un gran beso, querida Dusch!

Antígona dijo...

Muy pero que muy sobrevalorada está la verdad, niña Margot. Sobre todo porque quienes más presumen de su sinceridad suelen ser los que menos sinceros son con ellos mismos. Y también, a través de esa insinceridad con ellos mismos, con los demás, pese a que no exista una premeditada intención de engaño. Miedo me dan los que declaran que siempre van con la verdad por delante, y siempre me digo, vete tú a saber qué verdad será esa :)

La verdad misma no existe para nosotros más allá de las leyes de la matemática y de la física. Y si me apuras, sólo en la matemática. No obstante, lo paradójico es que no podemos dejar de buscarla, tanto en aquello que sucede en el mundo que nos rodea como en nosotros mismos, en nuestra voluntad, en nuestras emociones. Queremos saber la verdad de lo sucedido en tal o tal circunstancia, queremos saber la verdad de los sentimientos de quienes dicen querernos, queremos saber la verdad de las intenciones de los otros para no ser engañados, queremos saber la verdad de nuestros sentimientos para poder decidir en función de ellos qué hacemos y qué no. Supongo que, ante este insalvable hiato entre nuestra inevitable búsqueda de la verdad y nuestra incapacidad para alcanzarla, no nos queda más remedio que aceptar grados de verdad más o menos razonables –esto es más verdadero, se aproxima más a lo que podría ser la verdad, es menos falso…- y renunciar a la pretensión de dar con verdades absolutas e inamovibles. Pero mira que es difícil esta renuncia, eh? Aunque el tiempo, que todo lo pone en su sitio, es siempre el parámetro que nos desvela la relatividad de muchas verdades que en su día creímos certezas y nos invita constantemente a coger con pinzas cada afirmación que tomamos por verdadera, porque quién sabe si su transcurrir no terminará trastocándolas de arriba abajo.

Vaya, vaya, Margot, me alegro de que me digas que me ves más suelta, que yo, sin embargo, cada día me veo menos inspirada y más torpona con las letras.

Apunto bien tu recomendación, ya sabes que adoro a Iris Murdoch y sólo el hecho de haberla nombrado en referencia a Davies aviva mi curiosidad por él. Probaré y te cuento, claro que sí. Aunque me temo que tardaré un poco en leerle, que sigo de curro hasta arriba de la coronilla.

Besos ajenos a la proclamación de cualquier verdad!

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Me ha dado mucha tristeza leer este post. Estos días he escuchado esta historia de manos de una de las personas que mas quiero en mi vida, lo mismo. En un acto de sinceridad, su pareja le cuenta que quizás no esté del todo emocionalmente inmerso en la historia en la que viven, que le de tiempo, pero que no quiere dejarla, porque no está seguro de nada, y claro, prefiere contar con todas las opciones, y descartar cuando le venga en gana. La otra persona, ignora todo lo que ha oido porque no está preparada para seguir sin él. Pasan los días, y ella elabora planes absurdos para reconquistarle. Se pone mas guapa, le habla de su futbol, de sus libros, le lleva a ver aquella obra de teatro que a él tanto le gustaba, y cuando le mira a los ojos, después de días, sus ojos no hablan, siguen en otra parte. Le exige de nuevo la verdad, no puede asumir la situación, él vuelve a decirla que la quiere, pero que tiene dudas. Ella vuelve a detener su vida en pos de la de él. Y el final es tan viejo como la vida. Se rompe. Porque sino puedes confiar en la persona a la que amas, y a la que te das cien por cien, la vida es una puta mierda.
Yo siempre he preferido la verdad, así, a secas, como un cuchillo que te clavan en las entrañas, UNA SOLA VEZ. Y luego digerirlo, como pueda. Pero lamentablemente, no hay huevos en este mundo para hacerlo de esa manera. Se sinceran, pero a medias. Explicaciones, las justas cuando algo así pasa. Y sobre todo, al otro lado, alguien barajando varias posibilidades, y tu en tu sitio solita, pensando en que vas a ganar la batalla. Cuando en las parejas, no pueden haber mas batallas que las de la lista de la compra, o las que provienen de personalidades distintas, que hay que saber encajar.
Yo recuerdo la vez que lo hice, lo dije así: Mira, no se lo que quiero, ni se si te quiero. Se que igual estoy perdiendo al tío de mi vida, pero es que hay algo que falla, y no, como tu dices, no vamos a mantener esto y ver qué pasa en el futuro, porque TU NO TE LO MERECES. Tu te mereces tener alguien a tu lado que te quiera tanto que desée estar cosido a tu cuerpo y a tu mente día y noche.
Y así dejé a alguien a quien quería mucho, y a quien probablamente hubiera querido mas. Pero no estaba yo al cien por cien aquella vez, y soy legal.
Es muy facil también esta postura de la que hablas, el tío se sincera, pero no quiere perderla. Exime así su culpa, conciencia lavada, y a seguir a dos bandas. No. Hay que tener huevos. Y poca gente los tiene. Y la mayoría juegan con las personas. Y la mayoría son unos-as cabrones-as.
En fin... de este tema no puedo hablar mas porque me daría para varios comentarios.
Yo lo resumo en dos palabras: ser legal.
Y los que juegan a la ignorancia, porque no pueden aceptar vivir sin la otra persona, tienen todo mi respeto, no son lo suficientemente fuertes para abandonar. Y eso es triste de cojones y duro.
En fin, la verdad... yo desde luego, sí quiero saberla toda y entera. Con un par, que me miren a los ojos, y me digan lo que sea. Que con otro par el hostiazo mental que se van a llevar cnmigo va a ser brutal. Pero jugando en el mismo ring, y sin mas árbitro que la verdad.
Un besazo, nos vemos en los bares, guapa¡

Jota dijo...

Buena historia, en la que no queda claro quién es el bueno y quién el malo, en caso de que los haya. Malo es vivir disfrazado con mentiras y engaños, pero malo también ir por la vida soltando verdades sin valorar la importancia (o no) de las mismas. Una verdad es que tus textos siempre mueven a la reflexión, y eso sí que es bueno.

C.E.T.I.N.A. dijo...

Nunca deja de sorprenderme la capacidad de ciertas pesonas para hacerte partícipe de hasta el más fugaz de sus pensamientos. Curiosamente suelen hacerlo las personas más volubles e indecisas, por lo que sus relaciones acostumbran a ser auténticas montañas rusas.

Solo le encuentro una explicación: Son unos yonkys de las emociones que no soportan la placidez de la rutina. Demasiado complicados para mí.

Un sencillo beso

benedetina dijo...

El final es revelador. Yo creo que el kit de la cuestión es el vacío de él, que juega a llenarse con lo que le ofrecen los demás.

Parece que trata de ser sincero mostrando una verdad que, como dice Derrida, no es más que el pretexto para confesar sus debilidades. Puede que, como intuye Sara en sus pupilas, sólo necesite desahogarse.

Y aunque inspire cierta antipatía por su egoísmo, creo que en el fondo es sólo un niño que está perdido y tiene mucho que aprender.

En fin, que también me gusta mucho cómo escribes y cómo transmites, Antígona. Siempre nos haces reflexionar. Genial :)

DELIRIUMTREMENDS dijo...

NIÑA, ANDE ANDAS???????¿¿¿¿¿¿¿
Oye, flipo con Cetina, alucinante el comentario, eso de las montañas rusas, como me suena... ejem¡
Un besazo, nos vemos en los bares ya¡

Antígona dijo...

¡¡¡SEPULTADA BAJO UNA MONTAÑA DE CURRO!!! ¡Ay que me va a dar algo! En cuanto pueda respondo, si es que sigo viva, que no lo tengo nada claro.

Un besazo, y a ver si para éste no, sino para el próximo finde, podemos ya quedar de una vez.

Cuídate y un beso enorme, guapetona!

DELIRIUMTREMENDS dijo...

No nace nada que te sepulte a ti, hermosa, así que palante, que ya no nos tumba nada¡
Un besazo grandísimooooooooo¡¡¡¡

Antígona dijo...

Delirium, supongo que la situación que planteas es bastante distinta a la del post. Porque en esa anécdota que cuentas sí veo una voluntad de verdad ajustada con la realidad de quien la pronuncia, aunque sea una verdad bifronte, es decir, la del querer y las dudas, nada fácil de asumir para la otra persona. O todo sea que yo no te he entendido bien y lo que sucede es que el tipo suelta una mentira piadosa (te quiero) para ir preparando el terreno de la ruptura, para que la otra persona tenga tiempo de encajar que la relación está por acabarse, en lugar de decirle claramente que ya no la quiere. Lo que quizá no sea nada bueno es, como dices, detener la propia vida por alguien que no está seguro de querer seguir con nosotros. Se sitúa uno así en una posición demasiado frágil, demasiado expuesta. Y quizá ante ese tipo de dudas, lo más valiente sea renunciar de antemano y esforzarse por pasar página, no sé.

Cuando la verdad como tal está clara en la cabeza del otro, es importante tener la valentía de decirla. Lo evitamos a veces por el daño que una cruda verdad causa, pero a la postre acabamos causando aún más daño, pues las verdades a medias, las ambigüedades, suelen generar falsas expectativas. Y también es verdad que a veces lo evitamos por cobardía, porque queremos nadar y guardar la ropa, disponer de la oportunidad de regresar al redil si nuestras nuevas “posibilidades” nos fallan. Una postura francamente egoísta, pero tentadora dado nuestro miedo a la soledad.

También yo creo que todos merecemos a nuestro lado alguien que nos quiera tanto que desee, como dices, estar cosido a nuestro cuerpo y a nuestra alma en todo momento. Y que cuando uno descubre y tiene plena certeza de que no puede querer así a alguien, es mejor dejarlo. Y no sólo por el otro y por una cuestión de ser legal, sino porque yo misma no podría ser feliz en una relación en la que no estuviera plenamente segura de desear eso mismo con respecto a la otra persona. Entiendo que hay gente que puede vivir en las medias tintas en esto de las relaciones amorosas. Pero, sencillamente, no es mi caso.

Mi protagonista, bueno, en apariencia es cierto que quiere jugar a dos bandas. Pero me temo que en realidad no sabe ni a qué banda quiere jugar, o si quiere jugar a alguna. Porque esa verdad un tanto impresentable que le espeta a Sara tiene más de espejismo y de imagen ilusoria que de verdad. Así que la conclusión sería que no hay que precipitarse en proclamar verdad alguna hasta no tener claro que eso que va a decirse se corresponde efectivamente con la verdad de lo que sentimos.

Muchos creemos imprescindible saber la verdad de lo que nos pasa, de lo que le pasa a quien está con nosotros. Pero esa debe ser la verdadera verdad y no una mala comprensión de uno mismo o un mecanismo de autoengaño. Una falsa verdad puede, como sucede en el post, terminar siendo más dañina para quien la pronuncia que para quien la escucha. Porque también nuestras falsedades nos delatan y no suelen descubrir lo mejor de nosotros mismos, sino todo lo contrario.
La montaña sigue ahí, creciendo por momentos, pero a ver si ya en unos días consigo al menos domesticarla y podemos por fin vernos.

¡Un gran beso!

Antígona dijo...

Gracias, Jota. No creo que en la historia haya buenos y malos. Al protagonista, en principio, le animan buenas intenciones. Pero como dicen aquello de que el infierno está empedrado de ellas, me temo que eso no le termina de justificar en sus actos. Aunque no por su maldad, sino más bien por su torpeza es por lo que habría que condenarle.

Tienes razón: no es bueno vivir disfrazado de mentiras y engaños, sobre todo porque las mentiras siempre acaban, tarde o temprano, descubriéndose. Las verdades tienen mucho peligro. Así que antes de soltarlas, es mejor reflexionar mucho sobre cuál es la verdad que creemos nos define y también sobre el porqué de nuestra urgencia para soltarla en algunas circunstancias. Y es que en esa urgencia injustificada pueden anidar los motivos que invalidarían esa presunta verdad.

Un beso!

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C.E.T.I.N.A., quizá haya una conexión causa efecto entre esa necesidad de exponerse y la volubilidad y la indecisión. Quien está indeciso suelen tener necesidad de reflexionar en voz alta, de exponer sus indecisiones, quizá a la espera de aclararse con ellos mismos, quizá a la espera de que otros les ayuden a aclararse.

Lo de los yonkis de las emociones, ay, es cierto que hay gente que si no se dedica a retorcer y liar su relación de pareja, para así provocar en ella nuevas e intensas emociones –conocí a alguien que decía que le encantaba enfadarse con su novio, porque así luego llegaba la reconciliación y con ella todo era mucho más intenso, jajaja, así que es posible que generara ella misma esos enfados-, caen en el más profundo aburrimiento. Debe de ser que no encuentran otra forma de no aburrirse con sus parejas, lo cual no me parece una situación nada deseable.

Un beso sin complicaciones!

Antígona dijo...

Beneditina, buena interpretación. El chico no sabe bien lo que quiere, y posiblemente todo lo que intuye Sara en sus ojos sea cierto. Para algunos, no es fácil lanzarse a una nueva relación. La inseguridad y el miedo, la sensación de no estar a la altura de la otra persona, el pánico a volver a querer y que la relación acabe en fracaso, son emociones frecuentes en los inicios de una nueva relación. Pero hubiera sido mejor que, en lugar de engañarse, le hubiera dicho todo esto a Sara, en lugar de hablarle de la persona en la que cree haber encontrado un refugio frente a ese miedo y a esa inseguridad. En ese sentido, tienes razón, su comportamiento es bastante infantil. Supongo que la madurez estriba en ser capaz de reconocer ante otro los miedos que nos asaltan, las inseguridades que sufrimos, las dudas sobre nosotros mismos cuando deseamos comprometernos con otros.

Me gusta que te guste que te haga reflexionar :) Suelo reflexionar bastante al escribir cada post, es que es mi pasatiempo favorito, jajaja. Pero me temo que un día de estos va a acabar conmigo, porque cuando mi cabeza se pone en marcha, buff, se convierte en una máquina obsesiva incapaz de parar :)

Un beso!