jueves, 11 de marzo de 2010

Consuelo


Si al comienzo de la Ilíada Homero invocaba a la diosa para cantar la cólera de Aquiles, los versos que la clausuran se abrirán narrando su dolor, fruto amargo e indeseado de esa misma cólera. En su tienda, Aquiles se ha abandonado a las lágrimas, al lamento, al negro pesar por la muerte de Patroco. Su dolor parece no tener límite. Por su causa, al despuntar el alba, arrastra cada mañana el cadáver de Héctor, su asesino, alrededor del túmulo donde reposa el cuerpo de su amado. Pero ni tan siquiera esta inútil venganza alivia su inmenso sufrimiento, que lo ha conquistado por entero. Aquiles es sólo dolor y nada más que pétreo, frío dolor. Y en él, soledad extrema, parálisis, decidido distanciamiento del sol cálido que alumbra a los que aún se desean vivos.

Los dioses disputan entre ellos. Unos proponen robar el cadáver de Héctor, quien por haberlos siempre venerado merece digna sepultura. Otros advierten de la injusticia de semejante acto para con la grandeza de Aquiles, engendrado por diosa y mortal, y al cual se debe especial reconocimiento. Sin embargo, todos admiten la verdad de las palabras de Apolo: Aquiles debe ceder, desistir en su dolor. No está permitido a los mortales que su lamento sea infinito. El tiempo legítimo del llanto por la pérdida es limitado. Tras él, es preciso retornar a la luz de la vida habiendo aprendido a sobrellevar, a soportar el dolor.

Pero, ¿cómo hallar consuelo ante la muerte del ser más querido? ¿Acaso existe sobre la tierra el paño que seque por fin las lágrimas de Aquiles, si nada restituirá su pérdida, si lo más amado nunca, jamás, admite reemplazo alguno? ¿Cómo restañar la herida en apariencia incurable? ¿Cómo superar el desgarro que parte de lado a lado el corazón, lacerando, atormentando cada nuevo latido?

Muchos siglos después, tampoco Marcia es capaz de desistir de su dolor, pese a los tres años transcurridos desde la muerte de su hijo. El sabio Séneca le dedica entonces una larga carta de consolación exhortándole a ceder. Porque persistir en su dolor significa, como le sucedió a Aquiles, apartarse de los vivos, rechazar todo placer, odiar la luz, sepultarse entre sombras, y perpetuarse así en una vida valorada como horror y pura tiniebla. Allí le recuerda las palabras del filósofo Areo a Livia, también consumida tiempo atrás por la muerte de su hijo: al igual que la destreza del piloto se demuestra en medio de la tormenta, es en el infortunio donde debe probarse la fortaleza del ánimo. Allí le habla de la inutilidad de la aflicción si no hay lágrimas que logren devolver la vida a los muertos. Y le da argumentos para que, sabido que el paso del tiempo, antes o después, irá arrancando poco a poco el dolor instalado en su corazón, se anticipe con valor e inteligencia a ese término natural y renuncie ella misma a él.

¿De donde procede, se pregunta Séneca, esa tenaz resistencia a cejar en el llanto por la desaparición de quienes amamos? Únicamente del hecho de que, por más que contemplemos cómo la desgracia y la pérdida se ceban de continuo entre aquellos que nos rodean, nos negamos a aceptar que del mismo modo nos hallamos nosotros tan expuestos como ellos a la desgracia. Rehuimos su pensamiento con tal perseverancia, que al caer la miseria sobre nuestras cabezas, nos golpea con fiereza por no hallarnos preparados para su más que probable llegada. Es necesario, pues, prever los golpes, cuya anticipación amortiguará su contundencia. Es necesario disponerse, prepararse para el sufrimiento inevitable. Inevitable en un mundo en el que nada escapa a la caducidad. Donde cada cosa porta sobre sí el sello de lo pasajero y fugaz. Donde, por tanto, todo se nos da en mero préstamo, en usufructo, jamás en propiedad. Nada de lo recibido dejará de sernos arrebatado. Nada de lo que gozamos se nos asegura más que en el momento mismo de gozarlo. Mañana, incluso en el plazo de esta misma hora, puede sustraérsenos. Hay que amar en la aceptación de que habremos de perder a quienes amamos. En la certeza de la omnipresente posibilidad de la inminencia de esa pérdida. De que ya siempre, de alguna manera, los estamos perdiendo. Apresúrate a gozar, apura sin dilación tu felicidad, impele Séneca a Marcia, si no hay garantía alguna de su duración más allá del instante en que se disfruta.

Es preciso, además, vivir en la plena conciencia de que ya en el día de nuestro nacimiento se certificó nuestra muerte. De que sólo se nos regaló la vida bajo la inexcusable condición de su condición mortal. De que el azar, en su capricho, provee innumerables sufrimientos que eluden la balanza de la justicia. De que los seres humanos somos tremenda, terriblemente frágiles, endebles, sometidos en la debilidad de nuestra carne al accidente y la enfermedad. Muy poco se necesita para destruirnos y ya desde nuestra niñez nos hallamos tan inclinados a la muerte como cuando la fortuna nos concede llegar a la vejez.

Séneca propone entonces a Marcia un singular ejercicio: que imagine que, justo en el momento antes de su nacimiento, le hubiera sido dada la oportunidad de contemplar el mundo en el que va a entrar. ¿Qué vería en él? Todas las maravillas que éste ofrece: las brillantes estrellas del firmamento, la bella y exuberante naturaleza, el amor y el contacto humano; la alegría, el placer, la emoción, la risa. Pero, junto a ellas, también la tormenta, el rayo, el naufragio, la guerra, los incontables azotes del infortunio, los múltiples y ásperos padecimientos del cuerpo y el alma. Y le anima a que delibere consigo misma y piense bien lo que desea: si vivir o no vivir. Si elige vivir, debe asumir que está eligiendo el mundo en su totalidad, la vida en su totalidad, donde no hay maravilla sin horror, dicha sin padecimiento, amor sin pérdida. Y la elección de esa vida en su totalidad contradictoria demanda renunciar al lamento infinito. Porque ella misma ha elegido el lugar donde de antemano sabe que nada la salvará de la amargura de las lágrimas. Y ha aceptado esas lágrimas y ese dolor a cambio de gozar de sus maravillas.

Algo semejante razonará Aquiles cuando Príamo, el padre de Héctor, entre en su tienda a suplicarle la devolución del cadáver de su hijo. Príamo ha saltado por encima de su dolor para emprender una acción que supera toda cota soportable de sufrimiento: besar la mano del asesino de su hijo. En la admiración que su gesto le produce, Aquiles encuentra la fuerza capaz de cerrar las compuertas por las que mana a raudales, aniquilando en él todo aliento vital, su propio y desmesurado dolor. Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir con dolor, dice a Príamo, sólo ellos éstán libres de él. Es preciso desistir del llanto, que a nada conduce.

Como Aquiles, como Príamo, como Marcia, tampoco nosotros somos dioses. No nos resta, pues, sino aprender a aceptar nuestra condición mortal, frágil y perecedera. La que nos regala la alegría sólo al precio de su necesaria alternancia con la tristeza. La que, para otorgarnos la felicidad, exige que con ella se nos dispense también la penuria. Porque aprender esa difícil aceptación significará haber empezado a construir los cercados que algún día habrán de contener el dolor de rostro infinito. Disponernos a levantar los puentes que nos permitan retornar a la luz cuando el Gran Dolor, por pretenderse inacabable, inabarcable, amenace con sepultarnos en el lóbrego reino de los muertos en vida. Dibujando en la anticipación el primer trazo del camino por el que habremos de seguir avanzando, bajo los rayos cálidos del sol, mientras soportamos el dolor inevitable.

24 comentarios:

iliamehoy dijo...

A veces, o casi siempre, me cuesta aceptar esa dualidad irrefutable. Me rebelo aún sin argumentos claros, ante una evidencia que no contempla la duda, la posibilidad de mantener un estadio de felicidad sin pago (previo, o a plazos).
Acatamos la provisionalidad, y admitimos como válido un único sentido. Es decir, los momentos buenos, fugaces, y eternos si son malos. Puede que en realidad, merezcamos lo contrario, aunque se tambaleen los cimientos de dogmas inquebrantables;
Particularmente pienso, que nunca se está preparado, el dolor siempre sorprende, no sólo por intentar obviarlo, también porque nuestro ego, no permite la burla de sentirse abandonado. Sobre todo si es la muerte quien nos arrebata a un ser querido, al que consideramos propiedad privada. Entonces la pregunta suele ser: ¿por qué me ha dejado? Un dolor insoportable, lícito, pero que gira alrededor nuestro y de nuestras circunstancias.
No sé. Creo que me he liado.
En cualquier caso, un texto maravilloso, me he quedado con ganas de más.
Una sonrisa

Cartas en la noche dijo...

No existe una única manera de afrontar la muerte de los otros, de la misma manera que no existe un único modo de amor ni de amar. De esta diversidad depende, en gran medida, el mayor o menor poder del dolor que nos apresa, más que del mayor o menor nivel de aceptación de nuestra mortalidad o de nuestra finitud. Somos el mundo que habitamos. La desaparición de algo en ese mundo es un ablación de una parte del yo propio. Pero hay partes de las que no es fácil prescindir, y que permanecen intactas después de su muerte, como un miembro fantasma que no vemos pero que nos duele. Podemos asumir la muerte de un padre, porque entra dentro la naturaleza que así sea, pero me parece imposible controlar los caballos del corazón cuando, por ejemplo, un hijo se nos va...En ese caso, la aceptación de nuestra propia mortalidad sirve realmente para poco más que para vestir un luto interminable.

Un saludo, y mi agradecimiento por esta reflexión que nadie acomete con comodidad...
Carlos

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Siempre pensé lo mismo, pensé que si me hubieran pasado un video de lo que iba a ser mi vida, quizás hubiera echado el freno de mano. Pero era una manera cobarde de enfrentarse a la vida, quizás mejor dicho, una manera de vivir en muerte, esa vida de la que te hablo. La valentía de exprimir cada día, la sensatez de dar la justa medida a las cosas, el tomar decisiones, el reiterarse en las opciones restantes en esa niebla que a veces nos turba la existencia, el querer vivir en definitiva, es lo que cuenta. Los pies en la tierra suelen ponérnoslos los primeros achaques emocionales, después, es todo pautas y voluntad, y armarse bien por dentro, llenarse de recursos, los que sean, y utlizarlos todos. La muerte es algo que casi nadie estás dispuesto a afrontar, en vida todo parece lejano, y el miedo a pensarla, hace daño. Pero creo que todos tenemos en nuestra cabeza a esa señora de color negro, y por eso, apuramos los días, y cada día que pasa, podemos decir que lo vivimos plenamente. Y tenemos el lujo de poder seguir echando la vista atrás, y contemplar lo vivido.
Yo he cedido, ya varias veces. Y no me ha ido mal. Es muy cómodo quedarse en el paraje de lo feo y doloroso, pero desgraciadamente, nos debemos un respeto por esa vida sagrada, y por los que nos rodean y quieren vernos bien, porque también les debemos esa misma vida. VIVIR, y poder hacerlo a plena conciencia de saber que si mañana acaba, supimos hacer de aquel capítulo algo grande, y no nos pudo la cobardía de agachar la cabeza y quedarnos en otro mundo, uno de esos en los que la muerte está ya dentro de nosotros, y sólo queda que llegue la física, la mental ya está delante.
Un besazo, me enrrollo mucho, sí...
Nos vemos en los bares ya, que duras son las cosas, pero qué grande es todo mirándolo a toro pasado, y eso sólo nos lo podemos permitir los que echamos el resto todos los días. Porque hay que echarlo, coño¡

Rodrigo D. Granados . dijo...

¡Soberbio querida Antígona, sencillamente soberbio!
Toda mi admiración desde la planta de sus pies.

Antígona dijo...

Iliamehoy, no creo que exista ser humano sobre la faz de la tierra capaz de aceptar fácilmente esa dualidad irrefutable. Por eso nuestra condición, en sí misma, como decían los griegos, es difícil de soportar, y más difícil aún aprender a soportarla. Nos rebelamos, nos desesperamos, nos enfurecemos contra la desgracia. ¿Por qué a mí?, gritamos iracundos cuando nos llega. Sin darnos cuenta, como dice Séneca, de que es tan probable, de que siempre ha sido tan probable, que nos llegue a nosotros como a cualquier otro. Y sabemos de muchos otros a los que les llega. ¿Qué habría de hacernos a nosotros excepcionales, inmunes frente a ella? ¿Qué habría de hacernos diferentes a esos otros? Nada. Sólo ese ego que mencionas, que desea, legítimamente, tener más suerte que los demás, ser tocado por la buena fortuna y librarse de los más fieros golpes del destino. Pero no se halla en nuestra mano controlar eso que llamamos destino y que en el fondo es lo mismo que el capricho del azar: lo imprevisible, lo que no somos capaces de anticipar.

Séneca era un estoico y los estoicos creían, defendían, que sí era posible prepararse para el dolor. Solo que esa preparación requería de un constante ejercicio mental y vital, de un estilo de vida y de entender la vida muy determinados que había que practicar día a día. Algo que no sólo nos queda muy lejos en la línea del tiempo, sino también en relación a cómo vivimos y cómo creemos que debemos vivir en nuestros días. Los estoicos siempre me han sido poco simpáticos en tanto que siempre me ha parecido que su doctrina de la aceptación y la resignación ante la desgracia puede conducir a la parálisis, a la falta de lucha legítima. Pero reconozco que nadie como ellos ha sabido elaborar tan sabios consejos acerca de cómo afrontar la miseria inevitable, la desgracia frente a la que no cabe posibilidad de lucha alguna, como es la muerte de un ser querido.

Y no, no te has liado en absoluto, te he entendido perfectamente :)

Me alegro de que te haya gustado el texto. Y si te has quedado con ganas de más, échale un vistazo al texto de Séneca que linko, la “Consolación a Marcia”, que tiene pasajes preciosos.

Un beso y una sonrisa

Antígona dijo...

Tienes razón, Carlos, no duele lo mismo la muerte de unos seres queridos que de otros, porque nuestros amores hacia ellos suelen ser bien distintos. Pero el argumento de Séneca es que aceptar nuestra mortalidad es aceptar con ella la mortalidad de los demás, de todo otro ser humano, también de los propios hijos. Asumir nuestra fragilidad, lo fácil que resulta destruirnos, es asumir a un tiempo la fragilidad de aquellos a quienes queremos. Y por eso dice a Marcia que siendo ella mortal, ya sabía que no podía más que engendrar hijos mortales y perecederos. Es más: le dice que todo aquel que se aventura a tener un hijo, se compromete ya en ese mismo acto con la posibilidad de perderlo, puesto que siempre supo de la amenaza de que ello sucediera. No puede después culpar a los dioses de no haberlo sabido.
Decía Derrida que cuando alguien desaparece de este mundo, el mundo entero desaparece. Creo que quería decir, al menos en parte, algo parecido a eso mismo que tú dices de que somos el mundo que habitamos y una pérdida en ese mundo es una pérdida sentida y sufrida en el propio yo. Una pérdida desgarradora, como si nos arrancaran de cuajo una parte de nuestro cuerpo y de nuestra alma cuando de lo que se trata es de la desaparición de un ser querido, más aún si se trata de la pareja o de un hijo. No creo que sea nada fácil superar una pérdida así e imagino que todos rezamos a nuestros particulares dioses para no vernos jamás en la circunstancia de haber de padecer una dolor tan inmenso, tan enorme. Tampoco los estoicos decían que fuera fácil. Pero sí decían que no era imposible. Y sabemos que no es imposible porque todos conocemos o hemos oído hablar de alguien que ha sufrido en sus carnes esa tragedia y sin embargo ha logrado, tras tiempo y esfuerzo, remontar el vuelo. Con una cicatriz terrible, seguro. Con un poso de dolor que probablemente le acompañe hasta la tumba. Pero sin dejarse aniquilar por esa pérdida. La vida siempre sigue. Es opción nuestra dejar que siga en nosotros o no. Pero si dejamos que siga, debe ser, dirían los estoicos, para tratar de disfrutarla a pesar de, soportando la pérdida.

Un beso y gracias a ti por tu comentario.

PD. Por cierto, tú que eres tan amante del género epistolar, creo que encontrarás en esa texto de Séneca fragmentos muy valiosos para tus “Cartas en la noche”.

Antígona dijo...

Delirium, expresas con toda su contundencia el “Carpe diem” que, entre tantas otras cosas, exalta el texto de Séneca: aprovecha cada día presente, apura sin dilación cada nuevo día que recibas, porque nada garantiza el tiempo que vayas a durar, ni el tuyo ni el de aquellos que amas. La muerte viene siempre detrás, dice Séneca, y es necesario apresurarse a vivir, apresurarse a gozar. Lo cual exige, como bien dices, tratar de estar por encima de todas las dificultades, huir de la niebla que a veces nos turba el ánimo y el entendimiento e intentar extraer el buen jugo que cada cosa ofrezca, acumulando en tiempos de calma los recursos necesarios para después ponerlos a nuestro servicio cuando lleguen tiempos de zozobra.

Es posible que a esa señora negra y armada de una guadaña la tengamos más presente cada día que amanecemos de lo que pensamos. Pero creo que deberíamos tenerla aún más presente, sobre todo cuando nos lamentamos por problema insolubles en lugar de reírnos de ellos, cuando perdemos nuestro precioso tiempo en lamentarnos y quejarnos de nuestros pequeños fracasos, de nuestras frustraciones, en lugar de emplearlo en disfrutar de todo lo bueno que poseemos. Creo que los estoicos tenían bastante razón en algo: sufrimos en exceso por cuestiones que no tienen remedio. ¿No sería más inteligente, más sabio, apartar ese sufrimiento que para nada sirve, que en nada nos alimenta, y alegrarnos por todo lo que aún nos queda, por todo aquello de lo que aún disponemos, por el sol que aún calienta sobre nuestras cabezas? Y todo esto me lo digo especialmente a mí misma, que me temo que soy una sufridora nata :)
Tú y todos hemos cedido no varias, sino muchas veces. Es natural, es humano. Duelen las expectativas frustradas, duelen los amores fracasados, duelen los errores, duelen las pérdidas. No tendríamos corazón si no nos dolieran los reveses de la vida, si no acusáramos sus golpes y no derramáramos lágrimas de rabia o de impotencia de cuando en cuando. Pero lo importante, lo esencial, es, como dicen los dioses en la Ilíada, comprender que el llanto y el lamento, por legítimos que sean, deben tener un límite. Y eso, en ocasiones, exige un esfuerzo por nuestra parte que, de entrada, puede parecer tan destinado al fracaso como el sacarse del agua tirando de los propios pelos del Barón de Münchhausen, pero que, no obstante, suele dar, antes o después, sus resultados. Difícil, pero no imposible. A eso debemos agarrarnos cada vez que sintamos flaquear nuestras fuerzas ante el infortunio, cada vez que tengamos la tentación de tirar la toalla y abandonarnos a la ceguera de la propia desdicha en lugar de seguir tirando hacia adelante.

Nos vemos pero que muy pronto! :)

Un besazo, luchadora!

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Señor Rodrigo D. Granados (¿y la C? ¿dónde se la ha dejado? :P), agradezco su entusiasmo pero tampoco es para tanto. Además de que todo el mérito es de Homero y de Séneca. Si lee usted la “Consolación a Marcia” comprenderá lo que le digo.

A sus pies, y un beso!

Duschgel dijo...

Desde luego, mientras exista una mínima esperanza o un mínimo interés en lo bueno (y no sólo lo malo) que nos ha de aportar la vida, es posible superar en cierta medida el dolor. Digo en cierta medida, porque habrá dolores y dolores, y cada uno reacciona ante ellos a su modo. Y porque un dolot profundo siempre deja una huella y no se olvida. Pero lograr que sea soportable, eso ya es mucho.

Está en nuestra esencia la búsqueda de la felicidad y el instinto de supervivencia, y creo que eso es lo que nos impulsa a seguir. Enterrarse vivo sólo queda ya para las personas que no son capaces de encontrarle el sentido a su vida, que no quieren más cuentas con ella. Que tiran la toalla porque realmente ya no quieren nada más. Pero si aceptamos, aunque sea de forma inconsciente, aquella mínima posibilidad de salir adelante, pasaremos nuestra época de autotortura y autoencierro, pero a sabiendas de que es un proceso necesario para la regeneración y que por ello tiene fin.

Y ahí andamos todos, siguiendo cada uno nuestro camino, particular y propio, pero no tan distinto de los demás. Ni mucho menos. Que eso nos sirva también de consuelo y de lección para amortiguar la autocompasión.

Un beso y ¡feliz finde!

troyana dijo...

Antígona,
hay en esta sociedad cierto pudor o cierto rechazo hacia el dolor.Parece que todo a nuestro alrededor nos precipita hacia la frivolidad y hacia una aparente e instantánea felicidad,y da pudor por ejemplo hablar de eutanasia o de suicidas.Pero el dolor no se puede obviar,el dolor es consustancial al ser humano,a la par que la alegría y el poder superior de la esperanza.
La única forma de sobreponerse al dolor es permitirle su paso,que transite,que le demos tiempo al duelo,a la pérdida,que sepamos pasar por su acometida para después cada cual a su ritmo,dejarlo poco poco,marchar.
Al igual que las estaciones,la primavera no puede irrumpir si no la antecede el invierno,del mismo modo emergemos renovados tras habernos dejado transitar por el dolor.Me temo no hay otro modo de salir airosos a sus imprevisibles sacudidas.
Por otro lado,también es lícito protegerse de un dolor viejo que vuelve por ejemplo en forma de antiguo amor-decepción que nos acecha a fin de poner a prueba nuestra capacidad de resistencia a caer de nuevo en algo intuimos sería una nueva equivocación.
Y bueno,en relación al Gran Dolor,hemos de ser conscientes de que nadie nos pertenece,que morimos desde que nacemos,que la cuenta atrás parte desde el primer latido,y que somos frágiles y estamos de paso en esta vida que es una exhalación.
Un abrazo y un beso para ti!

Margot dijo...

Los estoicos son de mis prefes es los últimos tiempos, jeje. Y sí, como tú siempre pensé que su actitud podría llevar de la mano cierta paralísis pero... coño! que buenos son sus preceptos cuando algo se rompe!

Hace no mucho alguien muy joven me preguntaba, muy cabreada y con sentimiento de estafada, por qué con tantos años de clases y teorías nadie nos enseñaba, nos mencionaba siquiera, cómo enfrentarse al dolor, a la muerte y su rasgadura y a prepararnos. Y no supe qué contestar, porque esa misma pregunta me la he hecho yo cientos de veces, tanto libros, tantas películas, conversaciones, aprendizajes… y no sirve de nada, nada te prepara para la vida y su otra cara: la pérdida. No digamos ya la propia muerte.... ufff. Y mucho menos ahora, donde se vende la idea (idiota como pocas por inútil) de que el sufrimiento se puede paliar como si tal cosa, el dolor tan denostado y sospechoso si se sufre, en un mundo donde todo nos vende la falsa idea de que basta hacerse un seguro para evitar la inevitabilidad.

Aunque también opino como alguien comentaba, que nada ni nadie te prepara para el dolor, en un mundo distinto tampoco se daría, los griegos no tenían más parapetos ante él que nosotros mismos en este mundo actual e infantil de negación. Cuando sucede… sucede y se interioriza la idea, no antes, no hay más. Hay experiencias que por mucho que intenten ser compartidas sólo podremos conseguir atisbarlas pero será necesario vivirlas para apreciarlas en todo su significado. El popular, “hubo un antes y un después”, ilustra sencillamente un hecho que nos cuesta asumir y sentir como pocos. Y compartir, no hay manera, de verdad, no en toda su plenitud.

Y el resto… sólo queda esperar que el tiempo transcurra apretando los puños y aprendiendo que como Séneca asegura, nada merece la pena si no existe la plena conciencia de su pérdida. Aunque duela. Y joder si duele.

Como siempre, mi querida Antígona, un placer reflexionar contigo. Besos apretaos.

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Exacto, estoy aprendiendo a callar, a darme oportunidades nuevas, a no tirarme piedras a mi propio tejado, y a dejar en standby pensamientos que siempre me hicieron daño, y que no llevan a ninguna parte. Sufrir para aprender, y dejar de sufrir y cogerse el par de cojones y seguir adelante. Porque el mañana es el día que forjamos hoy, y los llantos, y las quejas, sólo sirven para ahogarnos mas en una vida que de amable tiene poco. Y otras veces, y cuando nos quedamos observándola y dándola su justa medida, puede llegar a ser preciosa. Yo estoy ahí, luchando, dejando los fantasmas a un lado, jodiéndoles sus tretas para que me quede con ellos, y pensando en que los que me quieren, merecen verme la sonrisa pintada todos los días, y luego, en casa, y al calor de la calefacción y un pitillo, los dolores desparramados por el sofá, y aguantando mi palo, pero... sólo un ratito, ya he aprendido que regodearse en las miserias, es un trabajo poco productivo, y cobarde de cojones.
Vamos pues a dejarnos la piel en cada día del presente, y ponerle al futuro lazos de colores con estas actitudes positivas. He vivido hace dos meses un episodio crudo con un familiar, una emfermedad jodida, un postoperatorio que se alargó durante 4 operaciones, y a día de hoy, la veo andar, a mi lado, con sus prótesis dentro, y sonriendo, y me digo, tía, aprende de los cojonazos de los demás, y llora lo justo, que todavía te dan a ti por detrás por egoísta, y tonta del culo pensando en estupideces cuando la vida estalla si queremos cogerla por los cuernos y de la manera correcta.
Mi humildad se vió reforzada en ese hospital, mirándome yo tan sana, y al otro lado, una parte de mi, deshecha en la cama y esperando una respuesta de los médicos que no llegaba nunca. Ya llegó, ya está estable, y me ha dado otra lección mas de vida, esto es así, cada día puede ser el último, y vamos que nos vamos, a reirnos, a ponerle la vida bnita a los que queremos con nuestro talante positivo, y a extraer siempre una lección, la que sea, y palante, con todo el equipo.
Todavía recuerdo la primera operación, ella con todas sus fuerzas consolándonos a los que estábamos sanos como manzanas. Y yo me decía, tía, cierra la boca, llora en el baño, y dale fuerzas, coño, que ella las necesita, métete el egoísmo tuyo por el culo.
Y así lo hice.
Voy aprendiendo, y se que estoy verde todavía, pero pienso hacerlo cada vez mejor, y sobre todo, seguir leyendo en los ojos de los valientes, esa fórmula perfecta para encararlo todo de la manera mas plena y positiva.
Extraer de los sucesos negativos, la lectura positiva.
Y me piro que he repetido positiva veinte veces, y debe ser que el fin de semana fué tan positivo... que por eso me puse pesada con la palabrita...
Una pena no verte el sábado, pero ya tendremos días para vernos, y darnos un besazo, camarada¡
BSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS

Casilda dijo...

Yo creo que solo estoy preparada para el dolor ajeno, no puedo ni siquiera imaginar el mio salvo el que ya he sufrido ( a toro pasado ya sabes ) .
Tambien es que el GRAN DOLOR yo lo asocio a personas muy concretas y ese me parece que no tendria consuelo sin una buena dosis de tranxilium y que de todas maneras aun superado cambiaria para siempre las cosas.
Impresionante como siempre tu post.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Este es un ejemplo más de tus mejores escritos, de tu mejor estilo.

Me ha parecido estupendo, muy bonito, muy verdad.

Un beso grande, Juanjo

benedetina dijo...

Hola, Antígona, qué inspiradores son tus escritos, me encanta leerte.Y que bonito este post, me ha emocionado. Sobre todo cuando Príamo besa la mano de Aquiles,y el resultado del gesto.

¡Me han dado unas ganas de irme a tomar el sol! o el nublao,ya qe estamos...

(Vaya comentarios más curraos te dejo eh :P). Un besazo.

NoSurrender dijo...

Supongo que, a veces, hallar consuelo nos parece una entelequia imposible. Nos acostumbramos a la penumbra y no entendemos que pueda existir la luz de nuevo, ya que realmente no existe en ese momento, y todas nuestras fuerzas están destinadas a acostumbrarnos a la penumbra, en lugar de buscar el interruptor de la luz. Nos movemos en un mundo de dolor. El dolor es nuestro Pastor, nada nos falta.

Me gusta la idea de la propuesta conjunta de la vida, con todos sus momentos buenos y malos. Porque es cierto que lo bueno está ligado a lo malo y viceversa, y que el precio a pagar por la felicidad es aceptar la desgracia también. Yo, desde luego, no renuncio a todo lo bueno que tengo, ni de broma. Pago con gusto el precio y me lleno de ilusión y de esperanza. Por mucho que duela siempre vence la esperanza.

Besos, doctora Antígona!

Antígona dijo...

¿No dicen eso, querida Dusch, de que la esperanza es lo último que se pierde? Y sin embargo, todos sabemos que hay situaciones en la vida en que caemos en la desesperación, que es precisamente esa falta de visión para cualquier esperanza en el horizonte. La de los grandes dolores es una de ellas, porque el dolor puede cegarnos hasta tal punto que ya no seamos capaces de ver nada más allá de él mismo.

También yo creo que hay en nosotros un instinto de supervivencia, o incluso una suerte de inercia en el mero hecho de estar vivos, que nos impulsa a seguir estándolo incluso cuando sentimos que el dolor puede con nosotros. De alguna manera, sabemos que el dolor pasará, antes o después. Y quizá de una forma un tanto inconsciente, en medio de ese gran dolor, seguimos aferrados a la vida a la espera de que un buen día ceda. Algo de esto le dice Séneca a Marcia, pero también la anima a hacer ella misma un esfuerzo por apartarse del dolor antes de que éste cumpla su ciclo natural. Desde la clara premisa de que cada día que sufrimos es un día en el que más cerca estamos de la muerte sin haber gozado de la maravilla de estar vivos.

No tengo tan claro que se pueda llegar a tener este autodominio sobre los propios estados de ánimo. Pero sí creo, aunque sea en una medida limitada, en el poder del pensamiento, del razonamiento, para influir sobre ellos. Supongo que el mensaje de Séneca es que al menos hay que intentarlo. Hay que intentar poner la cabeza a trabajar para aliviar el dolor del corazón.

En efecto, nuestro camino no es tan distinto del de los demás y es posible que, como los demás, una vez llegan seamos capaces de soportar sufrimientos que de antemano, en la anticipación, nos creemos poder resistir.

Un gran beso!

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Troyana, así es, pero quizá porque es algo de alguna forma consustancial al ser humano rehuir el dolor y buscar subterfugios para evitarlo a toda costa en lugar de valorar que del dolor y el sufrimiento también se aprende. La religión misma –o al menos ciertas religiones- podría ser un buen ejemplo de esta huida del dolor ante la pérdida con su promesa de una vida eterna en la que nos reencontraremos con aquellos seres queridos que perdimos en esta. Supongo que nada más consolador para los creyentes que aferrarse a esta idea. Incluso he conocido personas que, tras la muerte de un ser querido, se han vuelto mucho más religiosas de lo que eran en busca de ese consuelo que ofrece la religión. No lo criticaré, desde luego. Los seres humanos necesitamos consuelo y en principio cualquier agarradero es válido para seguir adelante sin nos ayuda a soportar el dolor.

Eso sí, como dices, los duelos deben vivirse porque, de lo contrario, las heridas no cierran bien o incluso no cierran nunca. Hay quienes caminan por la vida arrastrando dolores antiguos y ya enquistados y encubiertos en tal enquistamiento porque no se concedieron a sí mismos el tiempo ni la valentía necesarios para dejarse traspasar por el dolor y llegar a superarlo. Pero ante el dolor no se puede mirar hacia otro lado. Antes o después, debe otorgarse al duelo el lugar que le corresponde, para que finalmente pueda también algún día producirse la despedida del dolor.

En cuanto a estos dolores viejos que se reavivan con el retorno de los seres o las circunstancias que los provocaron, los interpretaría como señales de aviso a las que debemos hacer caso. La vida ya nos castiga lo suficiente como para que nosotros mismos no procuremos alejarnos de aquellos dolores que está en nuestra mano soslayar. Ceder a esos dolores evitables y que nada aportan me parece un error. La vida es demasiado corta como para desperdiciarla sufriendo sin necesidad, ¿no crees?, más cuando tantos sufrimientos imprevistos pueden aguardarnos.

Un beso y un abrazo, querida Troyana!

Antígona dijo...

Bueno, Margot, me temo que la sabiduría estoica hubiera sido un tanto contraproducente en tiempos de revoluciones obreras o políticas, dado que de haberlas seguido sus protagonistas, nunca hubieran tenido lugar. ¡Y aún seguiríamos trabajando catorce horas diarias, horror! Pero es verdad que son los perfectos maestros a la hora de afrontar circunstancias que no depende de nosotros alterar y que debemos aceptar sin más.

Tienes toda la razón, nadie nos enseña cómo enfrentarnos al dolor y a todo aquello que lo produce. Quizá por eso mismo que decía Séneca: porque nos cuesta infinito aceptar que también a nosotros puede tocarnos vivirlo y no dejamos de rehuirlo pese a conocer positivamente su presencia en este mundo, en nuestros semejantes, incluso en personas muy cercanas a nosotros. Pero, como decía Troyana, quizá nuestra sociedad sea especialmente proclive a ocultar el dolor. Por alguna razón me he acordado de la novela de Huxley, “Un mundo feliz” y del Soma que constantemente se procura a sus personajes. Un Soma que probablemente muchos aceptaríamos con alegría de existir, porque no se nos ha inculcado suficientemente la idea de que el dolor, por más que nos desgarre y sea natural que pretendamos evitarlo, también es una vía de superación, de descubrimiento y de aprendizaje.

Personalmente, no creo que no sea posible prepararse para el dolor. Los antiguos samuráis, si hacemos caso de lo que dicen los textos, no hacían otra cosa que disponerse para él. Se supone que los estoicos también. Por otra parte, la gente normalmente dice acusar mucho más el dolor de la pérdida cuando ésta es repentina que cuando hacía tiempo que ya se veía venir. No sé si porque en este verla venir comenzamos ya a dolernos por su posibilidad antes de que suceda y vivimos una suerte de duelo anticipado que mitiga o por lo menos acorta el duelo una vez tiene lugar la pérdida real, o porque, sin ejercicio consciente, algo en nosotros se prepara psicológicamente para ella. En cualquier caso, no creo que esté de más interiorizar la idea de la pérdida y el dolor antes de que ocurra, siempre y cuando ello no suponga, claro, un constante amargarnos la vida. De alguna manera confío en que este pensamiento, aunque no mitigue el dolor, nos predispondrá a aceptarlo de otra manera que si vivimos en la constante ilusión de que nunca pasará por nosotros.

Yo también aprieto los puños, y mucho ;) Pero quizá esa conciencia de la pérdida sea también la que nos impulse a vivir con más intensidad aquello que tenemos mientras lo tenemos. Con más intensidad que si infantilmente pensamos que todo nos estará dado para siempre, eternamente.

Lo mismo digo, niña Margot, un placer :)

Besos cruzando los dedos!

Antígona dijo...

De eso se trata, Delirium, de no dejarse vencer ni atrapar por ningún dolor que con paciencia e inteligencia podamos llegar a dominar. De no sufrir inútilmente si llega un punto en que de alguna forma intuimos que ese dolor debería haber cedido ya, o podemos aniquilarlo por nosotros mismos. Sí, muy fácil de decir lo que digo y luego algo realmente difícil de hacer, lo sé por experiencia propia. Pero es que es tan cierto que todo el tiempo que pasamos lamentándonos es tiempo que, en cierto sentido, le regalamos estúpidamente a la muerte en lugar de aferrarlo y apurarlo y celebrarlo como parte del don que se nos ha concedido por el mero hecho de estar aquí. Y si, como ya he dicho antes, en ocasiones no es fácil que nuestros pensamientos puedan llegar a modificar o alterar nuestros estados de ánimo, también es verdad que, a la inversa, muchos de esos estados de ánimo negativos son fruto de determinados pensamientos que, si lográramos desechar, se llevarían consigo esos estados de ánimo dolorosos.

Ver en piel ajena el dolor es, desde luego, un buen medio para relativizar nuestros propios dolores, más cuando nos damos cuenta de que, en comparación con ese dolor del otro, nuestro sufrimiento resulta más bien nimio y ridículo. No dejo de ver que los propios dolores son tan íntimos, tan intransferibles, anclan tan dentro de la piel de uno mismo, que a veces estas comparaciones resultan odiosas. Y, sin embargo, creo que es una experiencia muy común el sentirse aliviado en el propio dolor cuando contemplamos el sufrimiento ajeno y sobre todo cuando contemplamos cómo ese sufrimiento ajeno es sobrellevado con entereza y valentía. Es entonces cuando nos sentimos en cierto modo obligados a reaccionar frente al propio dolor y a valorar en su justa medida todo aquello digno de apreciarse que aún poseemos, como es, por ejemplo, y en relación al caso que cuentas, la salud. Algo que nos se valora hasta que se pierde y que sin embargo es fundamental para poder disfrutar de todo aquello que la vida nos ofrece.

Me alegro mucho de que esa persona que es parte de ti ya ande recuperada y todo se haya resuelto bien. Y no te fustigues, anda, que yo creo que todos estamos muy pero que muy verdes en eso de lidiar con los dolores y no permitir que se adueñen de nosotros.

Y me alegro mucho también de que tu fin de semana fuera tan positivo. ¡Ya me contarás!

A ver si podemos por fin quedar este próximo fin de semana, que yo he estado bastante malucha pero ya parece que me voy reponiendo.

Más besos, guapetona!

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Casilda, es verdad que a los dolores que ya se han sufrido no les tenemos tanto miedo como a aquellos de los que aún no tenemos experiencia alguna. Supongo que porque sabemos que hemos sido capaces de sobrevivir a ellos y confiamos en que nuevamente sobreviviríamos de tener que padecerlos de nuevo.

Yo también a asocio ese Gran Dolor a personas muy concretas y su mera imaginación anticipada logra sumirme en la más tremenda de las angustias. Tanto, que entonces me doy cuenta de lo imbécil que soy por estar sufriendo de antemano por cosas que, quizá, en la realidad, nunca sufra. Pero trato de pensar –con ayuda del tranxilium o de lo que fuera, que eso siempre viene bien :)- que también sería capaz de sobrevivir a él y de que uno nunca sabe lo que, después de una gran pérdida, la vida puede ofrecerle. Es lo único que entonces consigue calmar mi angustia.

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

Juanjo, tú siempre tan atento :) Te agradezco mucho lo que dices. Últimamente tengo muy poco tiempo que dedicar al blog, pero es estupendo comprobar que lo poco que le dedico es bien recibido y disfrutado.

Otro beso grande para ti!

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Beneditina, aquí cualquier comentario es bienvenido, sea más o menos currao :)

Ese gesto de Príamo es ejemplar, vaya que sí, y un caso de entereza y fortaleza ante la pèrdida digo no olvidarse. Los antiguos esconden verdaderas joyas que hacemos mal en perdernos o en obviar. Son pozos de sabiduría y belleza de los que puede aprenderse mucho y con los que se puede gozar aún más.

Espero que ya haya salido el sol allí donde te encuentres. Por donde yo estoy ha hecho un tiempo estupendo. ¡Qué falta me hacía ya después de este duro invierno!

Un beso!

Antígona dijo...

Qué razón tiene, doctor Lagarto! El dolor es como un velo que cubre nuestros ojos y nuestros sentidos y que nos encierra en una celda de la que parece imposible salir, justamente porque acabamos acostumbrándonos a su humedad, a sus barrotes, a su oscuridad. El problema es que en ocasiones nos inmoviliza de tal manera que ni fuerzas tenemos para buscar ese interruptor, o nos ciega tanto que ya ni tan siquiera confiamos, como bien dice, en que ese interruptor exista. A veces, son los otros los que tienen que pulsar ese interruptor por nosotros y forzarnos a mirar a la luz. O la vida misma que en su capricho nos prodiga tanto la desgracia con la fuente de posibles alegrías. Lo cual no significa que incluso sin esa ayuda externa no tengamos que hacer un esfuerzo, aun cuando este esfuerzo nos parezca, desde las sombras de esa penumbra, inútil y vano. Pero debemos aprender a persistir en la vida incluso cuando ésta se vuelve más negra. A esforzarnos incluso sin otear el horizonte que justifique ese esfuerzo. Por eso mismo que acabo de decir: porque nada excluye que la vida pueda regalarnos más oportunidades de las que somos capaces de prever. Creo que era en una peli que vi hace poco, “Buscando a Eric”, donde Eric Cantoná decía que siempre tenemos más posibilidades de las que creemos, de las que somos capaces de ver por culpa de esa penumbra. Aunque ahora mismo no sé si me lo estoy inventando o lo he visto en otra película :)

Una vez estamos en la vida, no tenemos más remedio que aceptar esa alternancia de cosas buenas y malas. Ahí creo que Séneca es realmente lúcido cuando le propone a Marcia el ejercicio de imaginar que le hubieran dado a elegir si vivir o no justo antes de su nacimiento. ¿No es cierto que la vida ofrece cosas grandiosas? ¿Renunciaríamos a ellas por no padecer los dolores que la acompañan? Creo que la mayoría no. Pero entonces debemos aceptar que esos dolores están ahí y pueden acometernos despiadadamente. Tanto más sin piedad cuanto mayores son las maravillas que nos rodean, porque su pérdida implicará necesariamente más dolor. ¿Pero renunciaremos, por temor a la pérdida, al disfrute de esas maravillas? A veces, por miedo al dolor, podríamos estar tentados de hacerlo. Pero sabemos que en el fondo no sería un decisión inteligente. Ni justa con nosotros mismos ni con lo que la vida es.

Un beso, doctor Lagarto!

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Hola, guapa¡
Nos tendremos que ver a la vuelta de vacas, ya te contaré en petitcomité... Tengo muchas gnas de verte, guapa¡ Cuídate mucho, y ponte mas buena todavía para disfrutar la semana santa lluviosa que se nos viene encima.
Un besazo fuerte¡

C.E.T.I.N.A. dijo...

Vivir implica sentir. Y los sentimientos, desde la alegría plena hasta el dolor más lacerante, acostumbran a ser volátiles.

Revolcarse en el dolor es cerrarse a otros sentimientos, renunciar a vivir. Y no hay dolor que justifique esa renuncia.

Escéptico. dijo...

Excelente post, Antígona. Veo que envejeces bien.

Antígona dijo...

¿Envejecer, Escéptico? Pero si yo cada día me veo más joven :P

Me alegro de verte por aquí.

Un beso!