domingo, 18 de abril de 2010

Mostrar(se)


Apenas un ínfimo, ridículo segmento, apenas una nada insustancial de eso que somos, detectan los ojos extraños iluminando bocas mudas, cáscaras de piel estáticas o en libre y tranquilo paseo, impresiones de superficies cazadas en la distancia del desconocimiento. Los ojos propios ante la imagen familiar al detenerse opaca en el espejo. Frente al rostro congelado sin pálpito ni temblor en la fotografía.

No proviene esa nada del choque con el dato insalvable: tras la cáscara, el elemento plástico y maleable que habita la cantera informe de nuestro ser escamotea cualquier mirada; los rasgos de la figura día a día moldeada con su masa permanecerán por ello borrosos e inacabados mientras aún braceemos sobre el hilo tenso del tiempo. Pero asumida su esencial ocultación, lo que de ese ser se muestra, perfilándose en su emergencia en formas concretas, más o menos precisas, comparece ante todo en el movimiento, en el acto, en el hacer y el decir que es idéntico hacer. Por su maestría al forjar el metal descubrimos en el orfebre al orfebre. En el amante al amante por la amorosa delicadeza de sus caricias. En paso ágil y armonioso sobre la pista, al bailarín. Proyectando palabras claras sobre el misterio, al sabio. Para desvelarse, el ser que haciendo somos requiere exhibición, exposición, puesta en juego de uno mismo en salto sobre el riel de los saberes y destrezas adquiridos. En ocasiones, también ostentación del objeto tangible engendrado por el dinamismo de los miembros en mágica interacción con la materia, si justamente los frutos regalados al esfuerzo del hacer -pan o poema, herradura o preciosa joya- se adhieren al ser del artífice, y así certifican tanto su naturaleza como su valía.

La exhibición –nada más obvio ni por su obviedad desdeñable- acontece en primer término ante nosotros mismos. Ocupar la doble posición de agentes y espectadores de nuestro obrar nos convierte en testigos privilegiados, en la contemplación de nuestros actos, en la medición de nuestros logros, de aquello que a su través somos. Por ellos nos percibimos y aparecemos. A veces, con el pasmo de quien observara desplegarse una fuerza surgida de un fondo extraño. Defendiendo orgullosos otras tantas la bandera de nuestra autoría. Por momentos, horrorizados frente a los salvajes demonios, frente a los infantes estúpidos y desmañados, que activan nuestras lenguas y manos. Por nuestras acciones nos calificamos y juzgamos. Desde ese ventajoso, a menudo torturante espacio interior, poseemos además inmediato acceso –aunque no por inmediato menos laberíntico en su comprensión- a los sentires que las sustentan, a las nobles o bajas intenciones que las nutren, al recuerdo del esfuerzo cuya inversión en ellas bien puede incrementar su valor o condenar el de nuestros presuntos talentos.

Pero con igual transparencia advertimos ya de niños la insuficiencia de la perspectiva abierta en la butaca situada en el centro mismo del escenario. La cortedad en las retinas del espectador tan abrumadoramente comprometido con la representación a la que asiste. Y no sólo por rehusársenos la neutra lejanía capaz de ahuyentar al juez en exceso benévolo, en exceso despiadado en su severidad, que en alternancia coloniza el tribunal variable de nuestras singulares conciencias. Aún antes, quizás con el propio uso de la razón, tal vez todavía más temprano, aprendemos que la determinación de eso que haciendo somos y siendo hacemos pasa sin remedio por el juicio ajeno. Requiriendo exhibición, ser algo, esto o aquello, mejor o peor, demanda un otro -único o multitudinario en sus extremos- que en presencia de nuestros actos, sopesando sus resultados, pronuncie y nos conceda el nombre del ser que nos fije y diga. Nos revelarán sus juicios o silencios, sus gestos amables o reprobatorios, su semblante admirado o disimuladamente burlón, sus acciones y palabras en réplica a las nuestras, qué y cómo es ese ser sobre cuyo oscuro centro caminamos: soprano o contralto; egoísta o generoso; maestro o eterno aprendiz; mineral o ganga; oro, plata, bronce o simple morralla. Pues sólo será orfebre el orfebre si hay quien admire y codicie la belleza de sus joyas. Amante el amante si en la piel del amado palpa el estremecimiento del goce y el diluirse de sus fronteras. En la emoción contenida y el sonoro aplauso del auditorio, el bailarín. Vaciando ignorancias, esclareciendo enigmas comunes, rodeado de sus discípulos el sabio. Así se explica nuestro afán de mostración: sin el reconocimiento ganado al exponernos a otros, no cabe definición fiable ni construcción medianamente sólida, desde la interioridad semicerrada de nuestras pupilas, del retrato de eso que somos.

Pero por hallarse en juego ese retrato, de idéntico modo se alcanza a comprender el mecanismo de una de las más hondas raíces del conflicto, de la disputa, de los ánimos turbios engendrados por su siempre difícil resolución. Mientras nos falten el metal precioso, el amado, la pista de baile o los discípulos, careceremos de la oportunidad de mostrarnos en eso que hacemos o podríamos hacer. En ausencia del habitáculo adecuado donde estirar los brazos y ejecutar nuestras piruetas, perderemos la posibilidad de exhibición que nos permita ser ante otros, y sobre el brillo de ese espejo ante nosotros mismos. La inexistencia de esos otros que, otorgándonos el favor de sus miradas, tasen en su justa medida el valor que creemos debe atribuirse a nuestros actos, nos privará del tan ansiado reconocimiento. ¿No pugnaremos entonces por la conquista de los múltiples requisitos del ser? Reza la evidencia que ya siempre nos encontramos sumergidos en esa lucha. Rivalizando en la persecución de las condiciones necesarias para el despliegue de nuestras pericias. Tratando a menudo de seducir, incluso de tomar al asalto las cuencas de los ojos de otros, en un intento desesperado por forzar su atención hacia nuestros movimientos y sus obras. Agriamente enfrentados con ellos si consideramos errados sus juicios. Suplicando el reconocimiento esperado. Hasta maquinando comprarlo a cambio de veladas promesas, aun a sabiendas de que la operación misma de compra-venta anulará el sentido de su donación.

No es raro, sin embargo, que sobre el tablero, donde abundan los peones, algunos son alfiles y sólo una la reina, nos impidan los azares o imponderables de la vida desplazarnos por sus casillas según las reglas acordes a nuestros saberes y destrezas. Limitada nuestra capacidad de maniobra y exhibición, aceptaremos con triste resignación el recortarse con ella de las dimensiones de nuestro ser real y tangible. Tampoco causa sorpresa que quien, por sus méritos o sin ellos, vence en la lucha por la posición de prestigio en la partida, acostumbre en sus intermedios a cubrirse de brillantes galones, ostentosas medallas y tarjetas de presentación que acrediten su valía, para acabar irritado si nadie se presta a rendirle culto por su causa, postrándose en graciosa reverencia. Y con demasiada frecuencia se nos usurpa el juicio ponderado, la estimación mesurada, cuando emitirlo significa para el otro proclamarse rebajado en el ser que es o piensa ser. Numerosos y complejos son los motivos subyacentes a la amplia difusión de este mal endémico: la frustración que deriva de la ausencia de reconocimiento. ¿Tal vez porque el hueco que éste ha de colmar jamás se sacia? Algunos pelean como gallos para compensarla. Otros sucumben a la tentación de hinchar el pecho y, como pavos reales, sacar de continuo a relucir sus plumas multicolores ante la impaciencia y el rubor azorado de sus semejantes. En esa exhibición inoportuna captamos al ser ávido de reconocimiento. Tras las plumas, la herida abierta por su falta. Al girar la cabeza, al hacer patente nuestra indisposición para admirar su pretendida belleza, no se nos escapa el daño infligido al otro en la negación, razonable o vengativa, premeditada o accidental, del reconocimiento anhelado.

En esa herida y ese daño intuimos la pesada carga que reside en el ser y tener que ser, en el férreo lazo que anuda el ser al hacer, a sus obras y su pública exhibición. Desearíamos en tales instantes arrancarnos de cuajo la gravedad de ese lastre. Prescindiendo de todo propósito de mostración, renegando de toda voluntad de exposición. Renunciando a buscar en el reflejo de ojos extraños parcial respuesta a la inquietante cuestión de qué y quiénes y cómo somos. Dar la espalda al mundo, ya desasidos del compromiso ineludible de ser. Para proseguir, agazapados en nuestra isla desierta, amasando panes o poemas, herraduras o joyas preciosas, sólo por entretener las horas, sólo por el placer, por el reto, por el desafío de hacer. Para no ser nada ni nadie. Sencillamente, para No ser, y de ese modo soslayar definitivamente la herida y el daño.

Pero pronto entendemos: el desprendimiento completo exigiría cerrar nuestros párpados, suspender el juicio dirigido hacia adentro, ausentarnos de nuestra propia conciencia, desde niños entrenada para la búsqueda de esa respuesta. Aniquilar al íntimo tribunal que, en la contemplación y valoración de cada uno de nuestros actos y obras, dictamina qué y cómo somos. Y nos invade la duda. Quizá ese tribunal nunca se deje aniquilar. Quizá ni tan siquiera fuera deseable rehuir sus sentencias. Porque quizá constituya su presencia en nuestras cabezas y corazones, réplica maleada de la presencia de otros a nuestro lado, el fuego que aviva e impulsa hacia lo más alto nuestro hacer y decir que es idéntico hacer.


21 comentarios:

troyana dijo...

Complejo análisis,Antígona.Me temo que en parte somos y nos percibimos en la medida que nos contemplamos dentro de un marco referencial,sean nuestras obras(herraduras,joyas,zapatos,tomates...)las que hablan por nosotros o a través de los ojos que nos contemplan y que a veces nos devuelven aprobación,otras indiferencia,pero siempre un marco dentro del cual nos medimos y nos situamos.El amante,por ejemplo,lo es porque existe un amado,es lo que define su razón de ser.

Por otro lado,en mayor o menor medida parece inevitable esa búsqueda de afirmación y reconocimiento,aunque los niveles de frustración en ausencia de aprobación pueden varíar de un individu@ a otr@, así como las reacciones ante el manejo de tal frustración.

En cuanto al tribunal que albergamos,me parece que es hasta cierto punto,positivo que esté de guardia permanente,de otro modo,podríamos pecar de ser demasiado auto-complacientes o benévolos con nosotros mismos,incluso cuando nos dejamos llevar por nuestro lado más perverso o menos considerado y comprensivo.
Besos y abrazos

Posdata: Mi nueva casa por cierto está aquí:

http://historias-troyanas.blogspot.com/

Margot dijo...

Ajá, de acuerdo con Troyana, complejo análisis, querida mía...

Siempre pensé que partimos de una limitación, tan enoooorme, de contemplar sólo con nuestros ojos y que la anatomía de éstos nos obligue a hacerlo de dentro a afuera, que no haya otra forma. Así, parto de una premisa tan egocéntrica. Para luego recordar que el bebé busca la sonrisa de su madre en primer término y apenas sus ojos se han hecho al mundo, de los demás en cuanto crece un poco, inicio del juego de ese tribunal al que aludes. Y entre esas dos orillas nos moveremos siempre, exhibiendo nuestras plumas al menor descuido pero siendo conscientes de que ese plumaje surge, y al mismo tiempo oculta -paradoja humana como casi todas al hablar de comportamientos- la única mirada que somos capaces de lanzar: la propia. Asi que no está de más para no convertirnos en ciclópes, el tener que limitar el enfoque chocando la nuestra con otras miradas. Aunque el precio a pagar sea la fustración en muchas ocasiones, el pudor o el dolor al situarnos en un mundo más estrecho del que tendríamos al esponjar nuestra propia valoración en él.

Siendo así y fíjate la cantidad de presuntuosos necios que habitan sin más… imagina si no existiera el espejo que reflejan los demás, ufff! Jajajaja. Asi que yo tambien abogo por ese fuego, que además de avivar la superación en mis actos es capaz de cercar lo pretencioso y excesivamente personal de mi mirada. Aunque a veces me jodan los juicios ajenos, a quién no? jeje.Pero no deja de ser un mal menor, creo.

Besos avivados!

Margot dijo...

Ah, y es cíclope, no ciclópes... jajaja. Ves? me molesta el posible juicio ajeno, jeje.

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Me uno al comentario de complejo análisis, y añado, y completoanálisis. Leyéndolo, recuerdo lo de la otredad, y el libro de Kundera, la insoportable levedad del ser, donde en resumidas cuentas viene a decir lo mismo que tu, que podríamos no formar parte de este circo, pero perderíamos la oportunidad de ser parte de él, viviríamos muertos en vida, y eso ni es bueno, ni es sano.
Necesitamos al otro-otros, son el punto de referencia que matiza o derriba nuestros actos. No siempre encontramos los espejos adecuados, pero eso es bueno, de todos aprendemos, aunque quizás es de sabios tener un poco de miedo en las venas para no desnudarnos ante seres de calaña baja y de conciencias vacías. No se sabe como acertar, pero siempre es importante ser uno mismo, ser natural, y ayudarnos de la experiencia para no andar caminos ya transitados antes, y llenos de piedras, y partir hacia otros nuevos que sí tengan algo que ofrecernos.
Pero desde luego, sí, a veces me gustaría haber no pasado por ciertos momentos, y que el paso si acaso, hubiera sido de levedad, como rozando algo, pero sin asirlo de cuajo para luego retorcerme de dolores varios.
Creo que deberíamos una vez cada x tiempo, poder tener esa levedad, y poder descansar de nosotros mismos, y de los putos espejos. Fijo sería una cura cojonuda. Supngo que muchos lo hacen en vida propia, rollo retiro ó algo así. Los que nos mascamos la vida a bocados, lo tenemos jodido, pero vamos aprendiendo, que es gerundio, y bueno.
Un besazo fuerte, cada día te superas, y lo tremendo que me parece como te metes en tierras patanosas, y sabes salir de ellas indemne, y con el testigo en la mano.
Eres la hostia.
Y eso, que espero verte pronto, soguapa¡
( Ah, respecto al post anterior, la actitud a la que me refería era tu segunda opción: Sí, el tío es cobarde, y está preparando el terreno de ruptura. Un japuto, vamos.. )
BSSSSSSSSSSSSSSSSSS

Arturo dijo...

Como siempre, leerte es una lección y un alivio. Es cierto. Nos construimos a través del "otro", y luego dependemos del "otro" para seguir en pie o impulsarnos. Será una condena ("el infierno es la mirada ajena") o una oportunidad de sentido. Lo cierto es que somos, inevitablemente, animales sociales, así que conviene ser optimistas ante esta necesidad y procurar extraer lo mejor de ella, como aconsejas.

Un beso!

NoSurrender dijo...

Desde luego. Parece muy difícil ser algo prescindiendo de la mirada ajena para la que efectivamente somos. Sobretodo en algunas cuestiones que sólo significan lo que socialmente significan (soy arquitecto, soy cristiano, soy del Manchester United, soy moderno…)

Somos tan espectadores en el teatro de nuestra socialización como cualquier otro, claro que sí. Incluso cuando estamos solos con nosotros mismos utilizamos ese mismo lenguaje social para expresar lo que somos, y tratamos de seducirnos a nosotros mismos como haríamos con los otros.

En cuanto a la disputa necesaria por captar ese reconocimiento, creo que ninguno somos ajeno en ninguna acción de nuestra vida, incluido este teclear que conforma el comentario que estoy escribiendo. Desde la infancia necesitamos ese aplauso, y cuando morimos necesitamos saber que lo hemos hecho bien con quienes hemos querido. Pero también creo que somos libres de elegir nuestro público, de vender selectivamente las entradas para el teatro de nuestro ser. Y que de hecho lo hacemos continuamente, y de una manera incluso inconsciente, cuando decidimos qué juicios nos pueden hacer daño y cuales despreciaremos con una sonrisa irónica.

Un beso, doctora Antígona!

Antígona dijo...

Sigo hasta arriba de obligaciones y la respuesta a cada comentario deberá aún esperar un poco.

Pero no me privo de asomarme por aquí unos segundos para deciros que os merecéis todas y todos un premio por haber tenido la paciencia de leeros este infumable post, y encima haberlo captado tan bien y haber dejado comentarios tan inteligentes y sugerentes. ¡Ole ole ole y me quito el sombrero y el cráneo!¡Vivan mis brillantes comentaristas! :)

Besos enormes para todas y todos y hasta lo antes posible!

Rodrigo D. Granados dijo...

Sin duda alguna, a mi entender, ha perfilado Ud. los límites definitivos del tema que discutimos en nuestro diálogo intermitente. ¿Cómo no dar por zanjado el tema ante tamaña demostración de clarividencia y habilidad literario-filosófica. Me he caído de culo ante este post, y ya empieza a ser una costumbre andar por los suelos de este palacio suntuoso de su quehacer ad honorem.
¿Para qué entonces buscar nombre de piezas de ajedrez para sus movimientos?, si lo natural es pensar en la que se mueve casi a voluntad por el tablero, así que nada de etiquetas ni genuflexiones hoy majestad. Y la dejo, que tengo que ir a borrar todos mis blogs, y ponerlos así a salvo de una posición poco honrosa en la tabla de clasificación ante la afición.

DELIRIUMTREMENDS dijo...

No, hermosa, como buena alumna, mi profe me pone deberes dificiles, y yo encantada de entrar al trapo, y poder superarme un poco mas, porque contigo hay que superarse, sin poder llegar a tu altura, porque para parir estos textos hace falta mollera de primera, y la mía está defectuosa por los males de amores y otras historias sin importancia.
Que pases cuando puedas, faltaria mas¡¡¡¡¡¡¡¡
Voy a abrir yo un blog de esos de sin chicha y cachondeo, para compensar el tuyo, así iremos todos parriba y pabajo, y nunca llegaremos a la cima, porque en la cima, amigaquerida, ALLÍ SE ESTÁ MUY SOLO.
UNBESAZOFUERTE A MI SUPERPROFE¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
TASQEUTESALES, GUAPA¡¡¡¡¡¡¡¡
Y que a ver cuando nos vemos, porque este sábado en principio tengo niña, pero luego no... en fin, un puto jaleo, y pendiente de que mi ex me cuente qué carajos va a hacer al final, por eso no os digo nada, porque no es seguro.
El que viene sí estoy libre, no se como os vendrá a vosotros, ya me contáis.
BSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS

Lúzbel Guerrero dijo...

¡PLÍÑ! UN DIEZ ANTÍPODAS
Una lúcida interpretación del inevitable narcicismo que nos mantiene en pie; la mejor exposición que he leído sobre el tema
Es una pena que no esté Ud. en la contraportada de un gran periódico; lo único que no me ha gustado es lo de la duplicación de géneros en la réplica a los comentarios, un vicio machacón que no consigue más que maltratar las lenguas

Antígona dijo...

Así es, Troyana, y no podemos eludir eso que tú llamas el marco referencial conformado por las miradas y determinaciones de otros porque, de igual modo que la medida de nuestro mundo se establece a partir de él, también lo hace la medida de nuestro ser, la medida de lo que los seres humanos son o pueden ser en general, la medida de lo que, entonces, cada uno de nosotros somos en particular por comparación con esos otros seres humanos, en referencia a esos otros seres humanos, en identidad o por oposición a otros seres humanos. Si ser es ser “algo”, ese algo sólo puede definirse en la delimitación frente a otras cosas, y la posibilidad de esa delimitación nos viene dada desde fuera, incluso si lo hace para entrar en confrontación con ese afuera.

Lo que quería decir con el post es que, a partir de ese hecho, es inevitable buscar el reconocimiento. Él es el que nos permite decirnos: así somos. Nuestra propia medida subjetiva resulta siempre demasiado precaria en ausencia de contraste con algo ajeno a ella. En ese sentido, también cierto grado de frustración, mayor o menor –todos tenemos experiencia del reconocimiento que no llega, aun cuando sea, por ejemplo, el de una acción que consideramos generosa no es apreciada por su destinatario- es igualmente inevitable.

A mí también me parece que el tribunal es positivo. A fin de cuentas, no es más que el fruto de la interiorización de esa medida con la que de entrada nos encontramos. Y el sufrimiento que en muchas ocasiones nos provoca, también.

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

La verdad, niña Margot, es que me vino en muchas ocasiones a la cabeza, mientras estaba escribiendo el post, la imagen de ese bebé buscando la sonrisa de su madre, o del niño pequeño que hace su primer dibujo en la escuela y llega corriendo a casa con él para mostrarlo ufano a sus padres, como diciendo: “Esto lo he hecho yo. Reconocedme, valoradme por ello”. Los bebés, los niños pequeños, carecen todavía de un juicio subjetivo, tanto sobre lo que les rodea como sobre ellos mismos y dependen absolutamente de los otros para saber lo que son y cómo son las cosas, también ellos mismos. Luego la experiencia nos enseña a forjarnos nuestros propios juicios, y es entonces cuando adquirimos la conciencia de esas dos orillas a las que aludes, del espacio que media entre nuestra mirada desde dentro y las miradas desde fuera. Un espacio inasible donde quizá, pensamos, se hallaría la auténtica verdad sobre lo que somos, pero que invariablemente se nos oculta, porque nosotros estamos necesariamente dentro, y ellos necesariamente fuera. Sin embargo, menos verdad aún se vislumbra desde uno solo de los polos. Los dos son imprescindibles, aun cuando a veces no se ajusten ni coincidan y, como dices, vivamos esa distancia con el correspondiente desgarro.

Supongo que el problema de los necios presuntuosos recalcitrantes es que encuentran quien, por propio interés, alimente su necedad y sus inflados egos. Lo cual no excluye que en algún momento no se puedan dar alguna buena hostia con alguna mirada que los ponga en su sitio :) Y yo diría más bien que esas miradas suelen llegar tarde o temprano, y forman parte del tribunal, tenazmente silenciado en ese aspecto, que los presuntuosos portan dentro.

Los juicios ajenos son a veces un tostón. Más si nos parecen injustos. Pero, ¿en qué nos convertiríamos sin ellos? Miedo da pensarlo.

Besos fogosos!

Antígona dijo...

Delirium, hace mucho que leí el libro de Kundera y lo recuerdo mal, pero con eso que dices me han entrado ganas de buscarlo y leerlo otra vez. Es muy cierta la idea de que, de renunciar a vivir en este circo, perderíamos probablemente lo que más nos sostiene con vida, lo que nutre y alienta cada cosa que hacemos y decimos. La renuncia sólo puede ser una especie de tentación contemplada como quimera en la distancia cuando, por algún motivo, sentimos que ese circo nos hace daño. Pero, ¿es tan necesario salir siempre indemne? Tampoco me parece ni bueno ni sano.

Me parece muy importante lo que señalas: que no siempre encontramos los espejos adecuados. A veces esos espejos son verdaderamente nefastos. Pensemos, por ejemplo, en lo que un nido familiar perverso puede hacer con la autoestima de alguien hasta que no tiene la posibilidad de abandonarlo. Pero por suerte hay muchos espejos, o siempre podemos seguir buscando. Por otra parte, todos sabemos de la existencia de miradas maliciosas o malintencionadas, y por ello caminamos por el mundo con un mínimo de ropajes que nos protejan de ellas y no consentimos en quitárnoslos ante el primero que pasa. ¿Que a veces nos equivocamos y nos desnudamos ante quien menos deberíamos, saliendo mal parados? Bueno, nadie nace enseñado y aprendemos a través de los errores. Y, en efecto, como dices, no es fácil acertar con el grado adecuado de lo que debe mostrarse y no mostrarse para, siendo natural y espontáneo, al mismo tiempo no exponerse en exceso. El término medio siempre es lo más difícil, y no vale el mismo término medio para personas distintas o situaciones diferentes. En cualquier caso, supongo que de ese mismo proceso de aprendizaje forma parte el saber pasar por encima de juicios ajenos cuando nuestro propio criterio nos advierte de su maldad o su falta de objetividad.

No me parece nada mal eso que propones de desprenderse por un tiempo de espejos. Menudo descanso representaría, sobre todo para aquellos contextos en que dependemos demasiado de ellos. Pero, ¿cómo desprendernos de los espejos que llevamos dentro? Porque esos, en ocasiones, son mucho más crudos y despiadados, mucho más exigentes y tiranos, que los que encontramos fuera de nosotros mismos en los ojos de otros.

Y tu mollera está perfectamente, niña, de defectuosa ni un pelo. Ya la demostrabas con creces en tus blogs y lo sigues demostrando en cada comentario que dejas. Y lo de abrirte otro blog, pues estaría genial, encantada te seguiría yo leyendo. Pero lo de que no tuviera chicha, vamos, de eso me temo que no eres capaz. Que la chicha se lleva dentro y si uno la tiene la pone de manifiesto aunque no quiera. Y tú de chicha de la de dentro vas más que sobrada :)

Nos vemos ya muy muy pronto!

Un montón de besos!

Antígona dijo...

Arturo, ¡qué sorpresa y qué alegría verte por aquí!

Tienes razón, precisamente por esa construcción a través de los otros se instala la dependencia, inevitable al menos en cierto grado. Porque traspasado cierto límite, depender de miradas ajenas para emitir juicios sobre uno mismo es también una tortura gratuitamente aceptada. Hay quienes viven tan pendientes de ellas que parecen vivir en un escaparate, y eso, además de agotador, tampoco creo que denote excesiva lucidez. Pero, en contrapartida, es esa misma mirada de otros la que nos impulsa a superarnos, a querer dar lo mejor de nosotros mismos. Algo que se percibe perfectamente, por ejemplo, en la relación amorosa, donde tanto tenemos en cuenta la mirada de ese otro que bien puede ayudarnos a saltar por encima de nuestros límites.

Un beso!

Antígona dijo...

En efecto, doctor Lagarto, no hay ser sin el otro que nos diga lo que somos, sin el otro que reconozca lo que somos, bien a través de un título, bien a través de la diferencia o la oposición, bien a través de la comunidad de semejantes que se reconocen entre ellos compartiendo aficiones o pasiones. Pero, si uno lo piensa con detenimiento, mire que es grave el asunto. Aunque también quizá porque haya contextos en que le damos demasiada importancia a eso del ser esto o lo otro, o en el que la importancia que se le concede socialmente devenga desmedida y fuente de numerosas frustraciones.

Me parece muy interesante que aluda en su comentario al lenguaje, que es lo que por principio los otros nos dan para constituirnos como humanos y el elemento, por tanto, de exterioridad insuperable con el que siempre cargamos para definirnos en lo que somos. Un lenguaje que, por tanto, sólo se aprende en sociedad y que determina desde nuestros primeros pasos en el mundo cómo juzgar cualquier realidad, también la nuestra. Desde él se instaura la posibilidad de todo diálogo interior, de toda reflexión y de toda autoconciencia.

La disputa por el reconocimiento es constante y puede llegar a ser desgarradora en sus extremos. Porque el amo necesita del esclavo para serlo, y no es esclavo el esclavo –salvo en aquella estupenda película de Fernando Fernán Gómez, “Stico”, no se la pierda si no la ha visto- por su querer, sino por el querer del amo. Hacemos y somos a través de ese hacer lo que en buena medida otros, para asegurar o hacer posible su propio hacer y ser, nos permiten hacer y ser. E incluso conseguido en la disputa ese espacio para la acción que deseamos para nosotros, nada vale la acción si no seguimos disputando por el juicio de otros sobre ella, sea de la manera que sea. Frente a lo que dice, creo que en algunos ámbitos somos libres de elegir nuestro público, en otros no tanto. Y por otra parte, ser capaces de elegirlo no necesariamente implica que la elección sea recíproca, es decir, que ganemos o podamos alcanzar las miradas que creemos deberían juzgarnos. No obstante, es verdad que siempre ya de alguna manera seleccionamos interiormente ese público que creemos el adecuado y desechamos al que consideramos que no nos hace justicia. Pero, ¿cómo no hacerlo? También aprendemos con el tiempo que los otros se equivocan, o que en ocasiones pretenden hacernos daño o simplemente no reconocernos en lo que somos para no tener que mirarse a sí mismos y reajustar en función de ese reconocimiento la percepción y juicio sobre su propio ser. No, no toda mirada nos sirve. Aunque no sea fácil aprender a discernir de cuáles deberíamos fiarnos y de cuáles no.

Un beso, doctor Lagarto!

Antígona dijo...

Estimado Rodrigo D. Granados, me temo que con este tema no hay límites definitivos, y yo no creo que el post llegue ni siquiera a rozarlos. La cuestión del reconocimiento tiene demasiados entresijos, demasiados flancos como para que eso hubiera sido posible. Así que supongo que en algún otro momento volverá a surgir, tratada desde otra perspectiva, desde la focalización de alguno de esos flancos que ahora sólo aparecen levemente sugeridos.

Y le agradezco que me dedique el tratamiento de majestad, pero yo sólo me siento, si acaso, reina de mi casa, y poco reina cuando me toca ponerme a limpiarla :P Y por favor, no se le ocurra borrar ningún blog. Precisamente este espacio que es la bloggosfera está naturalmente privado de jerarquías y mucho menos tiene tablas de clasificación. Ésa es una de sus mejores cualidades. La libertad de movimientos de la que todos gozamos en él tanto a la hora de escribir como a la de adscribirnos a una afición u otra.

Un beso!

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Vaya, señor Luzbel, ¡cuánto tiempo sin verle por aquí!

Es una buena manera de verlo, eso del narcisismo que nos mantiene en pie. Pero para ello debemos rehuir constantemente el peligro de acabar presos y paralizados por nuestra propia imagen reflejada en las aguas.

Le doy la razón en que la duplicación de géneros ha sido un tanto redundante. Será que ya me estoy contagiando de esa peste de lo políticamente correcto sin percatarme siquiera de ello. Algo que supongo no podría ocurrir en el mismísimo infierno, donde la corrección política debe de ser objeto de burla constante, si no anatema :P

Un beso!

DELIRIUMTREMENDS dijo...

La profe es la hostia.
Cógete el libro de Kundera si tienes tiempo, yo lo releí varias veces, pero la conclusión es siempre la misma: Insoportable levedad del ser, porque realmente el paso por esta vida es corto, y deberíamos tomárnosolo todo menos a pecho, y vivirlo de otra maner,a por eso la levedad, de la que habla, que se hace insoportable, precisamente porque no existe. Y en contraposición, está la verdad que él quiere contarnos, que es que sería ideal que esa levedad fuera el modusoperandi y vivendi de todos, para quizás sí hacer de este mundo, y de cada historia en particular, algo no tan serio, y tan doloroso a veces.
En el libro juega con estas dos cartas: la de coger la vida por los cuernos, dificil opción, pero honrosa, pues dice que la vida no se puede vivir dos veces, que no se puede hacer un boceto de ella, por lo tanto, teniendo que pintar una sola vida, mas vale que lo hagamos bien, pero a la vez, también dice que precisamente porque no hay opción de pintar el boceto y luego el cuadro final, no deberíamos de tomarnos las cosas tan a pecho, sabiendo, que el nuestro paso por la vida es "leve", de ahí el título: La insoportable levedad del ser.
Te dejo porque me hago la paja mental entera, y esto va a quedar fatalísimo. Pero vamos, que creo que capté la esencia del libro, al menos la que me vale a mi, que aquí cada uno tiene una fiesta que contar distinta siempre.
Un besazo, un placer verte, y que tienes mubuena cara y estás muguapa, y eso es porque te cuidan muy bien, y la vida, te va sonriendo, que era de recibo, QUE YA TE TOCABA¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
Me encantaría tener un blog, pero estaría lleno de vísceras que no puedo permitirme ahora mismo, y ya sabes que yo del tiempo no se hablar...
Un besazo, y una alegría verte siempre, tan, tan hermosa por dentro y por fuera.
VIVALAANTÍGONA¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
Sólo te falta tiempo para determinados asuntos pendientes, lo importante es que la capacidad para resolverlos te sobra, sólo necesitas organizar tu tiempo y que todo se ordene un poco. Ya verás que con el verano, habrá cosas que irán yendo mejor, y tendrás mas tiempo de vernos a todos, y de... jejeje, curarnos a todos con tu presencia.
BSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSYMASBESOS.
Y que paciencia la tuya con esta que te hablaba tanto ayer...

iliamehoy dijo...

Vaya.... me encantaría poder decirte que lo he comprendido... en todo caso lo he sentido, tan profundo como tus expresiones que alcanzan la categoría de universos propios.
Entre mostrar, y mostrarse, el complejo abismo de la farsa, a veces consentida, otras, necesaria pero básicamente poco útil, si es que la verdad alcanza sólo a tener una cara.
Y el juicio, tan aleatorio como el estado de ánimo, que nos empuja a querer ser visibles, para comfirmar una identidad que sin público, se desmorona deja de tener importancia.
Una sonrisa

C.E.T.I.N.A. dijo...

Desde bien pequeños estamos condicionados por los modelos que nos rodean. Al principio son los padres. O les imitas o te enfrentas abiertamente a ellos.

Cuanto más nos expongamos a diferentes modelos, más matices tendrá nuestra personalidad. Por simple imitación o enfrentamiento a esos nuevos modelos. En ésto una mente ávida de conocimiento y nuevas experiencias tiene mucho ganado.

Pero por muy vivido o leído que uno sea siempre estaremos a expensas de nuestro hábitat, de nuestro público o de nuestros objetivos.

Supongo que el verdadero adulto es áquel que ya no necesita demostrar sus capacidades porque es suficientemente consciente de su potencialidad y no necesita del reconocimiento de los otros. Hace lo que hace simplemente porque es necesario o porque obtiene un placer al hacerlo. No para contentar a un público o para obtener reconocimiento.

Yo estoy en ello. Cuesta, pero estoy en ello

Un beso

Antígona dijo...

Bueno, Delirium, menudo retrato has hecho de la novela. Y por lo que dices, desde luego que ahora ya hasta me impongo volvérmela a leer en cuanto me haga con ella: porque mira que me cuesta a mí aprender eso de la levedad y la ligereza, pese a lo importantes y necesarias que las considero para no regodearse en el común arte de amargarse la vida.

Pero supongo que la dificultad estriba en ese inevitable tener que jugar a dos bandas que mencionas: por un lado, el no poder dejar de tomarse las cosas en serio; por otro, tratar de revestir esa seriedad de la justa levedad y ligereza para que el peso y la gravedad de lo serio no terminen aplastándonos. Sólo que esta operación de equilibrio que permita conjugar lo uno con lo otro es realmente complicada. Aunque supongo que cada cual sabrá ya en qué banda suele estar instalado y qué esfuerzos entonces debe proponerse para equilibrar su propia posición.

Muchas gracias por los piropos, maja, pero eres tú que me miras con buenos ojos, que el espejo a mí no me dice lo mismo :)

Lo de los blogs debe surgir cuando uno no sólo lo necesite por los motivos que sea, sino también cuando se encuentre a gusto con aquello que sabe que contendrán. Es una pena que no lo tengas ahora, pero entiendo perfectamente el porqué. A ver si cuando lleguen tiempos más propicios te lanzas a ello, que tus vísceras son sabias y de lo más interesantes, y un verdadero placer saber de ellas cuando las pones a escribir.

Y no te preocupes por mí y por mi tiempo, que esta racha de excesivo trabajo y agobiante estrés terminará tarde o temprano. Ya casi empiezo a ver la luz al final del túnel ;)

Yo también me lo pasé muy bien contigo, guapetona, que eres un cielo, ¡y esperando estoy que se repita! Y de paciencia ninguna, es un placer escucharte y charlar contigo, eso ni lo dudes.

Cuídate mucho y un besazo enorme!

Antígona dijo...

Íliamehoy, lo que hayas comprendido, bien comprendido estará, y estoy segura de que el corazón es a veces mucho más lúcido y preclaro que la cabeza a la hora de enfrentarse a algunos textos, como bien podría ser el caso de éste.

Es cierto, la lógica de la mostración conlleva mucho de farsa, de impostura, de lucimiento de falsos galones comprados en el mercado negro en lugar de ganados por la fuerza de la propia mano. Por mi parte, lo interpreto como un componente intrínseco a esa misma avidez de reconocimiento que todos vivimos y sufrimos, sólo que en algunas personas llevada a extremos patológicos por esquizofrénicos. Porque el que finge o pretende ser lo que no es se olvida del juez que lleva dentro, y que nunca dejará de ponerle delante la distancia entre la verdad y la ficción.

La cuestión es que no podemos dejar de ser visibles ni tampoco pretenderlo. Aun cuando la visibilidad se reduzca a los ojos de una sola persona. ¿Cómo podríamos ser generosos sino regalando? ¿Cómo bondadosos sin teniendo a quien hacer objeto de nuestra bondad? Ciertas identidades no sólo se desmoronan, sino que son imposibles sin el público que las perciba y reconozca como tales.

Un beso y una sonrisa!

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Muy lúcido y sensato todo lo que planteas, C.E.T.I.N.A. Pero no puedo estar de acuerdo, al menos no en su totalidad, con lo último que planteas. Las potencialidades, si no se convierten en actos, si no se realizan, menguan o incluso desaparecen. Por tanto, mantenerlas vivas, desarrollarlas, exige, desde mi punto de vista, demostrarlas, aunque la demostración acontezca solamente ante uno mismo.

Por otra parte, no creo que ningún hacer llegue a sostenerse con el tiempo si sólo se lleva a cabo para contentar a un público o para obtener reconocimiento. Cuando el placer en el hacer desaparece, pierde demasiado sentido. Pero nada de esto excluye para mí que la exhibición o el reconocimiento no sean, hasta cierto punto, necesarios. Y, como le decía a Íliamehoy, ese reconocimiento puede ser sencillamente el de la gente que más cercanamente nos rodea. Un reconocimiento sin el cual muchas acciones ni tan siquiera pueden tener lugar, porque exigen la interacción con el otro. En ese sentido, creo que el reconocimiento es siempre necesario. Pero en su búsqueda, como en casi todo, todo es cuestión de grados y de medidas.

Un beso!