domingo, 6 de abril de 2008

Saraband o la miseria humana


A Troyana y Juan Cosaco. Ellos saben por qué.

Muchas son las películas cuya elaboración parece destinada a golpear con fuerza el estómago del espectador y derrumbar la mirada amable que, con cierta complacencia, tendemos a proyectar sobre nosotros mismos y nuestras relaciones con los otros. Pero siempre que se me plantea la pregunta acerca de cuál sería la película que en los últimos tiempos me ha hecho sentir ese golpe con mayor crudeza, en mi cabeza se impone claramente un título y un nombre: Saraband, de Ingmar Bergman. Si el cine de Bergman se ha caracterizado por la maestría con que es capaz de analizar, fría y descarnadamente, los complicados entresijos de las relaciones humanas, su última película, rodada en 2003, constituye a mi juicio la visión más amarga y demoledora de tales relaciones que el genial director haya arrojado a lo largo de toda su trayectoria. Saraband es un perfecto y complejo retrato de la miseria, la debilidad y el egoísmo, proyectados sin clemencia sobre las raíces de los afectos en apariencia más nobles. Saraband es un último legado que conmueve hasta sus cimientos la idea del posible triunfo del amor y la generosidad sobre la sordidez y voracidad de nuestras propias carencias en la necesidad de ser amados.

Sus protagonistas son Johan (Erland Josephson) y Marianne (Liv Ullmann), la pareja a cuyo fracaso matrimonial asistismos en Secretos de un matrimonio (1973). Como se refleja en la última escena de este film previo, Johan y Marianne han logrado que su mutuo afecto sobreviva a una ruptura cargada de odio y rencor. En Saraband, treinta años después de su último encuentro, Marianne siente el impulso, de origen no del todo transparente a sus ojos, de visitar de nuevo a Johan. Éste vive ahora en una vieja casa en medio del bosque, dedicado a sus actividades intelectuales y prácticamente aislado del contacto con sus semejantes con excepción de su hijo Henrik, fruto de un matrimonio anterior, y su nieta Karin, alojados en una cabaña próxima de su propiedad.

Al poco de llegar, Marianne se percatará de que la vida de estos tres personajes se encuentra dominada por una poderosa figura cuya ausencia física sólo parece dotarla de un influjo aún mayor sobre ellos: Anna, la mujer de Henrik y madre de Karin, víctima de un cáncer un par de años atrás. Anna sobrevive tenazmente a su muerte en la memoria de Johan, Henrik y Karin, y su recuerdo, de continuo reforzado en la película por una única y hermosa fotografía de su rostro que es mostrada en momentos muy significativos de diversas escenas, determina claramente el curso actual de sus vidas. Anna es descrita como una persona profundamente amorosa, intensamente entregada a dar amor. Pero, como Marianne irá descubriendo, su amor, y el enorme vacío que ha dejado tras su desaparición, sólo ha servido para avivar lo más perverso y ruin de la naturaleza de aquellos a quienes amó.

Anna encarna así la representación de un amor que, lejos de haber enriquecido y fortalecido a quienes lo recibieron, los ha transformado en seres débiles, pueriles y egoístas. Johan se nos revela como un hombre extremadamente narcisista y egocéntrico. Secretamente enamorado de Anna, ha vivido sus últimos años amargado por los celos que alberga hacia su hijo, tras la muerte de Anna degenerados en un intenso odio y desprecio que no dudará en manifestar abiertamente tanto en las vejaciones y humillaciones a que le somete, como en su cruel deseo de arrebatarle el cariño de su hija. Henrik, probablemente el personaje más frágil y patético de la película, no ha logrado superar su dependencia emocional de Anna. Por ello, fuerza a su hija Karin a suplantarla en el amor que ésta le daba manteniendo con ella una relación incestuosa y tratando a toda costa de preservarla a su lado. Por su parte, la admiración que Karin siente por su madre muerta la ha llevado a someterse a esta situación anómala, vencida por la idea de que nada perverso puede haber en su padre si Anna lo amó.

La tensión entre Johan y Henrik por dirigir el futuro de Karin crece conforme avanza la película. Pero el hallazgo casual de una carta de su madre en la que ésta, lúcidamente, anticipa el comportamiento patológico de Henrik tras su muerte, será el detonante que conducirá finalmente a Karin a liberarse del poder que ambos hombres se disputan sobre ella. Su alejamiento no dejará de tener nefastas consecuencias. Por boca de Johan sabemos de un intento de suicidio de Henrik que su padre juzgará sin ápice alguno de compasión y que acentuará aún más si cabe su repugnancia y desprecio hacia él. Pero su terrible sentimiento de soledad se hace patente en una conmovedora escena en la que Johan, en medio de la noche, desnudo y desamparado, busca desesperadamente el calor de Marianne.

A lo largo de la película, Marianne ha sido testigo de toda la miseria que envuelve la vida del resto de los personajes. Cada vez más involucrada en el infierno de relaciones que los domina, ha intentado ayudarlos aportando su mirada ecuánime y su afecto hacia ellos. Sin embargo, de regreso a su rutina habitual, el recuerdo de los acontecimientos vividos, y fundamentalmente de Anna, le impulsará a preguntarse por su propia capacidad de amar. Y es entonces cuando, en una última escena, habrá de enfrentarse a una terrible y dolorosa respuesta: la que apunta de manera inequívoca a su propia debilidad y egoísmo, cuya víctima aparece fugaz pero contundentemente en la figura de su hija, recluida y abandonada en una institución psiquiátrica.

A poco tiempo ya de su propia tumba, Bergman no da tregua. En Saraband el amor se ha trocado en sustancia tóxica capaz de envenenar todo aquello que toca. Es el amor que, en su entrega generosa, sólo ha contribuido a despertar la avidez por recibir más amor y el deseo enfermizo de su posesión. El amor que a su paso siembra odio, ruindad y más desolación. He ahí, para Bergman, el peligro del amor. Un peligro tal vez no inevitable, pero siempre plausible.



39 comentarios:

Arcángel Mirón dijo...

Hay una frase, creo que de Víctor Hugo aunque no puedo jurarlo, que dice: "los seres humanos tienen la extraña pretensión de que el amor conduzca a alguna parte".

El amor sólo no sirve para construir. Es necesario casi siempre, pero no levanta estructuras por sí mismo. Vos lo acabás de contar narrando la trama de la película. Yo no creo que el amor sea peligroso; es amor, no puede ser peligro. Creo, sí, que necesita de muchas otras variables para triunfar más allá del tiempo y de los obstáculos.

Juan Cosaco dijo...

Aupa, Antígona, muchas gracias por la dedicatoria.
No voy a hablar de la peli, que no he visto (rediox, mi status de pseudointelectual de salón se tambalea por no ser fiel de Bergman?) pero por supuesto que si entro al trapo del amor. Yo si que creo que es un riesgo, pero cualquier tipo de amor; pero qué es la vida si no riesgo? encerrarte en una habitación del pánico (paradoja) eliminaría las posibilidades de recibir daño, pero joder, eso no es vida.
El amor de verdad, crees que puede generar egoísmo? puede fomentar las miserias? el amor mata la muerte, no puede ser miserable; otra cosa es el deseo de posesión o las obsesiones o pasiones... ¿pero el amor? y ya si hablamos de Amor Verdadero ni te cuento. ¿porque tú sabes lo que es el AV, verdad? que si no te cuelgo como Ann a Don. (no, no de un pino)

Vale que tras apariencias nobles se pueden esconder repugnantes intenciones o consecuencias, pero a la vez, tras el velo de las más nimias estupideces anida la más grande humanidad.

Somos así, capaces de lo mejor y lo peor, pero si queremos avanzar y dejar atrás animalicos y seres prehistóricos, tendremos que esforzarnos en ser un poco menos miserables, aunque para ello nos quedemos en pobres.

Salud óptima! (en serio)

Margot dijo...

No he visto la peli... pero me la apunto desde ya, ummm.

Bergamn me gusta aunque a veces me satura su desesperanza. En un tiempo lo confundí con mi escepticismo pero luego me dí cuenta que nada que ver. Pero sí, radiografía bien las partes mas humanas-inhumanas y siempre existe una mirada más allá, eso me gusta de él.

Y en cuanto el amor, ufff, ese amor. Podemos devorarnos en su nombre, fagocitarnos y no seré yo quien le ponga nombre a su trasiego pero soy de esas ingenuas que opinan que su deformación viene dada por deformaciones que ya existían previamente. El amor sería así sólo una faceta más donde ser uno mismo, una más. No creo que el amor transforme a las personas, son éstas quienes lo adecuan a sí mismos. No la causa, si el efecto?

Y existe el buen amor, pardiez que sí! difícil, complicado, laborioso pero no imposible. Tóxico en pequeñas dosis como todo aquello que ha de poner en acuerdo distintas perspectivas y ha de plegar deseos o aspiraciones personales... pero no enfermizo, eso no, ese sólo proviene de seres enfermizos y los hados nos libren de ellos. Que haberlos haylos, ya.

Besote con sustancia y sin veneno.

troyana dijo...

Bravo Antígona por el post! y gracias por la dedicatoria! qué emoción!.Yo sí vi "Saraband" hace tiempo,pero apenas la recordaba.Afortunadamente, tu post me ha hecho revivirla y recordarla.Estoy de acuerdo sin reservas en tu análisis sobre el amor(el verdadero,entra dentro también)en el sentido de que saca de nosotros toda esa naturaleza ruín y avariciosa que esconde su aparente generosidad. No concibo ya a estas alturas del partido, el blanco sin el negro, el ying sin el yang,quienes hemos pasado por el trance del Amor Verdadero alguna vez,sabemos que es un estado de gloria pero también de absoluta vulnerabilidad y un remolino de emociones sanas e "insanas"(dependencia, posesión,egoísmo...etc) se baten casi de manera constante y solapada,porque querida Antígona empiezo a pensar que ésa es la naturaleza humana, una lucha de contrarios constante en la que pienso es preciso combatir con un@ mism@ para hacer prevalecer la entrega antes que la propia retribución.
Ojo,Caballeros Andantes, todo hasta cierto límite,porque mi teoría la ciño a relaciones donde exite cierta correspondiencia, aunque sepamos que la balanza jamás estará totalmente equilibrada.
Creo que esta reseña podría ser la cabecera de una lista de películas que marcaron un antes y un después.¿seré la única de los tres que todavía cree tener una tarea pendiente?
Un abrazo

carrascus dijo...

Diciendo antes que nada que el cine de Bergman es interesante, tengo que decir también que siempre me han parecido muy sobrevaloradas las consecuencias que los análisis que se han hecho sobre él han sacado en concreto.

Nadie parece tener en cuenta que las verdades de Bergman no son verdades universales, sino particulares, y expuestas desde su punto de vista personal e intransferible... y a través de toda su vida, demostró ser un tipo bastante raro que nunca se conformaba con lo que tenía, y siempre tenía tendencia a desvalorarlo y a abandonarlo. Lo hacía incluso con el cine, del que llegó a pensar que era un arte superado, envejecido y del que se podía prescindir perfectamente. Recordad que "Secretos de un matrimonio" en realidad era una serie en seis capítulos para la televisión, medio del que decía que alcanzaba un nivel dramático al que el cine nunca podría llegar.

Y cuando en sus películas trataba del amor lo hacía desde la perspectiva del suyo propio con Liv Ullman... y "Saraband" tiene mucho de descripción de su infierno particular, en el que su amor era también su drama, lleno de deseos imposibles de satisfacer. Lo que Bergman no supo nunca de sí mismo comenzó a verlo en Liv. La amaba, pero veía en ella su propia vulnerabilidad, su propia furia... ella siempre estaba allí para recordarle lo que él quería olvidar. Pero el amor de verdad no es así.

Esta película es el autohomenaje de una persona que se sabe por encima del bien y del mal, pero su visión del amor, repito, no es real ni muchísimo menos.

Antígona dijo...

Arcángel, no conocía la frase de Víctor Hugo. Ahora, diría que por supuesto que los humanos pretendemos que el amor nos conduzca a alguna parte: a la felicidad. ¿Tan extraña es esa pretensión? ¿Tan equivocada? Ojalá tuviera aquí delante a Víctor Hugo para preguntarle en qué sentido puede serlo.

Yo creo que el amor es siempre necesario. Aun cuando sólo sea en la forma del amor hacia uno mismo. No creo que sin él nada pueda funcionar. Como decía Dante, es la fuerza “que mueve el sol y las demás estrellas”. Pero a mi juicio sí es una fuerza peligrosa. No el amor en abstracto, el ideal, que obviamente es todo bondad y perfección, pero sí el amor de carne y hueso del que somos capaces los humanos. Ése va unido con demasiadas cosas que en su conjunto constituyen una mezcla explosiva. Cosas que invariablemente afloran con el sentimiento del amor, como el temor a la pérdida y el deseo de posesión. No digo que sea imposible impedir que lo malogren. Pero sí que hay que entablar una cierta lucha para mantenerlos a raya de la que no siempre se sale victorioso.

¡Un beso!

Antígona dijo...

De nada, Cosaco. ¡Era una deuda pendiente que tenía con vosotros! ;)

La peli, ay, me temo que os la he destripado enterita, al menos argumentalmente. Pero aun así el post no alcanza a mostrar ni el diez por ciento de todo lo que entraña esta peli, que a mí, la mire por donde la mire, me parece inmensa. Así que no dejes de verla. Eso sí, no te la recomiendo para ningún día que estés de bajón. ¡Que entonces puede ser verdaderamente demoledora!

En efecto, en esta vida todo entraña un riesgo. Y quien no se arriesga no puede ganar nada. No creo de todos modos que el mensaje de Bergman sea que huyamos del amor, sino, tan sólo, que seamos más conscientes de sus peligros.

Como le comentaba a Arcángel, pienso que el problema, Cosaco, es que ese amor verdadero del que hablas es un ideal al cual tender y no una realidad que se presente de manera inmediata sin trabajo ni esfuerzo. Por ese ideal vale la pena, eso no voy a dudarlo, combatir los otros sentimientos negativos que por lo general suelen emerger con el amor humano. Pero hay que contar con esos sentimientos negativos. Hay que contar con el egoísmo y la miseria que probablemente ese amor despertará en nosotros. Porque somos débiles los humanos, estamos llenos de carencias y el deseo de ser amados puede hacernos olvidar fácilmente que el amor, en su ideal, es generoso y desprendido. Tampoco creo que Bergman esté planteando que esa lucha en pos del ideal sea vana. Sus personajes están bien definidos y Johan y Henrik se presentan como seres incapaces de amar, por diferentes motivos. Pero creo que si algo tienen en común es que ninguno de ellos se ha planteado seriamente qué es amar.

Esforzarnos, tú lo has dicho. Esforzarnos por no caer en la miseria, que siempre está al acecho.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Tienes razón, Margot, Bergman es un hueso duro de roer y su desesperanza es en ocasiones excesiva. En “Secretos de un matrimonio” sí hay, a mi juicio un lugar para la esperanza, para la reconciliación. En “Saraband” es mucho más difícil encontrar ese lugar, aunque tampoco imposible. Porque tal vez Marianne haya aprendido algo acerca de sí misma al final de su vida y aún sea capaz de remediar sus errores, o de paliar sus consecuencias. En cualquier caso, creo que sus tesis deben de ser siempre contempladas desde la perspectiva de los personajes que plantea, personajes muy concretos cuyo fracaso vital o sentimental podemos entender en función de sus propias trayectorias, de las decisiones que han tomado o de las carencias que les mueven.

Yo no tengo tan claro que las deformaciones del amor vengan dadas por esas deformaciones previas. A fin de cuentas, encontrar el amor y desear su permanencia es casi uno. Como hablábamos en el post anterior, convivimos mal con la fugacidad, con lo perecedero. Amamos y deseamos que el objeto de nuestro amor no se nos acabe nunca. Somos amados y deseamos igualmente seguir siéndolo. Es ahí donde, a mi juicio, reside el peligro del amor. En que el deseo de su permanencia, de su duración, puede acabar nublándonos la vista y conduciéndonos por caminos equivocados.

Aún así, también yo creo en el buen amor y en su posibilidad, pero de la misma manera en su dificultad, y en función de ella en la necesidad de mantenernos en continuo combate con nosotros mismos para mantener a raya los efectos indeseables que nuestros frágiles yoes suelen destilar del amor. A veces me pregunto si no estamos realmente en el amor mucho más cerca de lo que creemos de la frontera de lo enfermizo y lo insano. Pese a que también pienso que es posible encontrar y cultivar herramientas que nos ayuden a alejarnos de ella.

¡Un beso rebosante de salud!

Antígona dijo...

Troyana, ¡no hay de qué! Antes tengo que agradeceros yo a vosotros el haber sido el detonante para que escribiera un post sobre esta peli, sobre la que hace ya mucho que me rondaba la idea de escribir algo pero nunca terminaba de ponerme.

Yo tampoco concibo a estas alturas ese ying sin el yang que mencionas, sin que ello signifique que crea que en esa dialéctica entre la luz y la oscuridad no pueda acabar imponiéndose la primera. No es lo mío la desesperanza, o no al menos en estos momentos de mi vida. Y es más, creo que ser consciente de que las bondades del amor no dejan de arrastrar consigo sentimientos que nos empequeñecen es la mejor arma, o simplemente la primera y necesaria, para que sean esas bondades las que terminen triunfando. De lo contrario sólo nadaremos en un pozo de confusión que puede traer consigo nuestra propia destrucción y la del amor que tratamos de preservar.

Ay, Troyana, tienes razón con lo de la lista pendiente de películas, a ver si me pongo a ello un día de estos. Y sí, para mí esta peli no puede dejar de marcar un antes y un después, sea cual sea la perspectiva que se adopte.

¡Un abrazo y un beso!

Antígona dijo...

Carrascus, me temo que esta vez no puedo estar de acuerdo contigo. Porque sí, tienes razón al decir que Bergman habla mucho de sí mismo, de su propia vida, de sus experiencias amorosas. Pero no creo que ello sea óbice para que tales películas no planteen ciertas cuestiones de carácter más universal en las que todos y cada uno de nosotros podemos reconocernos. Eso es para mí el arte: la obra de quien, desde su particular punto de vista, desde la indagación en su universo inevitablemente personal e intransferible, consigue sin embargo hacernos entrar en contacto con aspectos de la vida que tienen un alcance universal, y por ello nos afectan a todos. Y ese mérito, desde mi humilde punto de vista, no puede dejar de atribuírsele a Bergman.

No hay forma de hablar del amor en el cine (o en la televisión, me da lo mismo) desde la abstracción. Otra cosa es, como decía antes, que los personajes de Bergman estén perfectamente perfilados y que no logremos identificarnos con sus caracteres, con sus trayectorias, con sus maneras de enfocar la vida. Que podamos así mantener una distancia con respecto a ellos que nos haga comprender que en determinada película se esté hablando de sus vidas, y no de las nuestras. Pero creo que la profundidad que Bergman les imprime siempre les lleva a topar con problemas que sí son, en mayor o menor medida, de todos. Y éste del veneno en que, en determinadas circunstancias, puede convertirse el amor, me parece uno de los que más cercanos resultan a cualquiera que haya amado.

Tampoco creo que Bergman esté planteando en esta película una visión del amor que deba entenderse como única e incuestionable. Para mí en ella se habla de aquello en lo que puede degenerar el amor cuando uno se deja arrastrar por todos aquellos sentimientos que suelen acompañarlo en el deseo de preservarlo o de poseerlo. Y la posibilidad de esa degeneración sí es real, aunque no inevitable.

¡Un beso!

troyana dijo...

Antígona,tremenda casualidad,ayer leí tu post y por la noche,en "La noche sundance" por Nova pasaron: "Secretos de Matrimonio".Sólo decir que las interpretaciones me parecen magníficas, y que en mi opinón Johan prácticamente hasta el final representa "al amado",aparentemente incapaz de amar y de darse a sí mismo,huidizo,devorado por su propio egoísmo y dependiente de la veneración que le profesa Marianne,por otra parte modelo "de la amante",dependiente,abnegada,casi invisible para sí misma,perdida en un amor al que ha magnificado con el paso de las años y del que le cuesta desligarse incluso en los momentos en los que es relegada a segundo plano.
Todo un análisis de una crisis que no consigue concluir ya que mantiene a sus protagonistas vínculados en todas las épocas de sus vidas.¿amor y desamor hasta que la muerte nos separe?
Un abrazo y desde luego,todo un maestro de "interiores" este Bergman.

Mityu dijo...

Pues parte de mi posicionamiento se encuentra del lado de Carrascus. También opino que Bergman hace de sus obsesiones patrón general. Tal puede representar al sector de los amargados meditantes sobre el amor en su versión destructiva, medieval y apartada de la luz que supone el amor per se, que es confundida muy a menudo con intereses personales, arropo de carencias y egoísmos encubiertos.

Ah... perdona si echo mano de la biblia, pero como casi todos lo libros importantes, tiene frases muy aprovechables:

¿Acaso puede dar el árbol malo frutos buenos o el bueno frutos malos?

Si destruye, no es amor.

Querida Antígona, ¡besos¡

Antígona dijo...

“Secretos de un matrimonio”, Troyana, es también una película que me encantó cuando por fin logré verla, después de haber oído hablar mucho sobre ella y no haber tenido hasta entonces la oportunidad de hacerlo. Estoy de acuerdo con la descripción de ambos caracteres que haces, más por el hecho de que sea Marianne la que más atenta se muestra a su propia relación de pareja, la que vive más volcada en ella, la que antes se percata de las fisuras que están empezando a resquebrajar su matrimonio. Johan es tan egoísta que hasta resulta infantil en su desconsideración hacia Marianne cuando se enamora de otra persona, en su intento de volver a ella cuando siente que de nuevo ha fracasado. Y creo que nuevamente aquí Bergman está planteando otra cuestión esencial en las relaciones de pareja: la de cómo conjugar la satisfacción de los deseos individuales con la entrega, renuncia y dedicación que exige el amor de pareja.

Alguien de mi entorno me dijo hace poco que el amor de pareja no deja de ser un conflicto: un conflicto entre dos yoes que luchan por no diluirse en el otro pero que a un tiempo necesitan de ese otro. Aun cuando la persona que me lo dijo lo comentaba como una situación negativa, y no es eso lo que yo pienso, su descripción me parece acertada. Sólo que el conflicto no es irresoluble y de la voluntad y el esfuerzo depende que no termine en ruptura. La película termina, para mí, hablando de la imperfección del amor: somos seres imperfectos y por eso nuestra capacidad de amar también lo es. Lo cual no quita para que tengamos que intentar tender hacia la perfección.

¡Otro abrazo y otro beso!

Antígona dijo...

Querida Mityu, pues entonces de nuevo tendré que reafirmarme en mi discrepancia frente a Carrascus. A mí la persona que fuera Bergman me importa bastante poco, al igual que sus desgracias o fracasos personales. Me importan sus películas, porque sí veo en ellas ese patrón general en la medida en que me siento interpelada por sus personajes, por las situaciones que plantea. Y no creo que yo sea una persona destructiva, ni amargada, ni mucho menos medieval. Pero reconozco en el amor el peligro de la destrucción, tanto de la autodestrucción como de la destrucción del otro, porque veo la fragilidad de los seres humanos, su inclinación al egoísmo, a la posesión, su constante temor a la pérdida y aquello en lo que puede degenerar. El amor es uno de los sentimientos que más profundamente nos conmueven y remueven, que con más intensidad nos hacen sentir vivos. Por ello mismo, es capaz de despertar también nuestros más bajos instintos. Para mí Bergman resulta incluso pedagógico. En sus personajes se exponen los peligros que entrañan las relaciones humanas, sus miserias, y creo que es importante conocerlos y ser conscientes de ellos para estar alerta en el momento en que algo así surja en nosotros. Y estoy más que convencida de que en todos nosotros anidan esas bajas pasiones, y pueden aflorar en los momentos más inesperados. Conocerlas es la mejor vía para empezar a combatirlas. Contemplar el fracaso ajeno puede dotarnos de herramientas para evitar el propio.

Aquí puedes echar mano de lo que quieras, Mityu, así que no hay nada que perdonar. Es bonita la frase de la Biblia, sí, pero para mí pertenece al terreno del ideal del amor que mencionaba antes. Un ideal que hay que tener siempre presente, pero al cual sólo lograremos aproximarnos con esfuerzo y tesón. Pienso que hay que contar con que la semilla de la destrucción también habita en nuestro amor humano, porque la destrucción nos constituye tanto como la creación. Y para no dejar que fructifique, es mejor saber de su existencia.

¡Un beso enorme!

Juan Cosaco dijo...

Vale, somos seres imperfectos (yo muy mucho y estoy contento) pero dentro de la imperfección se puede hacer un acto de amor perfecto. Es como el sentido de la vida del ser humano: no existe, pero dentro de la incoherencia, se puede hacer algo que tenga el máximo sentido.
Toma filosofía de café con sal! ;)

carrascus dijo...

Querida Antígona... me temo que cuando tú y yo hablamos del amor, lo hacemos de cosas diferentes.

Yo no veo en el amor nada de lo que tú describes. Ni tampoco lo veía en las películas de Bergman. Eso, para mí es otra cosa.

Él y tú mezclais con el amor conceptos que no tienen nada que ver con él, y sus películas y tus comentarios describen una cosa que no cuadra con mis cánones... que no digo que sean los verdaderos, solo que son los míos, los que me han hecho a mí vivir el amor a mi modo, y ver como lo viven los demás a los que tengo acceso. Y cuando la gente se mueve por pasiones que les llevan a destruir, ese sentimiento nunca es amor. Estoy de acuerdo con Mytiu cuando dice que si destruye, no es amor. Y no estoy nada de acuerdo con tu aseveración de que el amor es egoista.

¿De verdad crees, querida Antígona, que el sentimiento del que hablas en el último párrafo de tu post es amor...?

troyana dijo...

¿de verdad creéis que el amor no tiene un componente destructivo?
yo incluso me atrevo a pensar que ese sentimiento incluso siendo correspondido puede construir o destruir a partes iguales, porque todas esas miserias humanas que describe Bergman( egoísmo,dependencia,obsesión por la reciprocidad...etc...)nacen del EGO que todos albergamos dentro y que es en mi opinión, el enemigo número 1 de ese amor ideal por el que hay que luchar, ése otro de la entrega y la generosidad.
Un abrazo a tod@s!

Antígona dijo...

Claro que hay actos de amor perfecto, Juan Cosaco. Claro que hay actos de generosidad y entrega ejemplares. Lo difícil, por no decir imposible, es una relación de amor duradera en el tiempo perfecta, o, por decirlo de otra manera, que en todo momento y lugar seamos capaces de actos de amor perfectos. Puesto que los seres humanos somos imperfectos debemos aprender a amar, y se aprende a fuerza de errores. ¿Cuántas veces no creemos estar amando y en el fondo sólo tratamos egoístamente de recibir amor? ¿Cuántos padres o madres, por ejemplo, que dicen amar y sacrificarse por sus hijos, no están realmente animados por intenciones egoístas? ¿Cuántas veces somos capaces de dar sin esperar recibir nada a cambio? De que no somos ángeles estoy convencida. Pero de que hay quien lucha constantemente contra sus propios demonios para que en él impere el amor sobre el egoísmo, también.

¡Más besos!

Antígona dijo...

Carrascus, ¡pues claro! Tú me estás hablando de la idea del amor, yo quiero hablar de cómo esa idea del amor se encarna en los humanos, atravesados por tantas y tantas pasiones, seres frágiles, incoherentes, lastrados de tantas carencias.

A ver si consigo explicarme de una vez. Por supuesto que no pienso que el amor, en sí mismo, en su concepto, sea egoísta ni destructivo. Eso es contradictorio con el mero concepto del amor. Pero el amor, tal y como se da en los humanos, nunca deja de ir acompañado de otros sentimientos que pueden hacer que ese amor se malogre y acabe transformándose en su contrario. Cuando se ha transformado en su contrario ya no es amor, de acuerdo. Pero esa transformación no se hubiera dado si éste no hubiera estado presente en un principio. Hay sentimientos destructivos, como decía antes, autodestructivos y destructivos con el otro, que por lo general se despiertan precisamente al contacto con la experiencia amorosa, en la vivencia de la intensidad del amor. ¿Quién que haya amado no ha sentido el miedo a perder el objeto que ama? (y estoy segura de que conoces ese tema que canta Amancio Prada, llamado “Partistesos mis amores”, donde el amante dice a su amor aquello de: “más el temor de perderos, todo mi bien destruyó”) ¿Quién que haya amado no ha deseado verse correspondido en su amor por el objeto amado? ¿No deseamos los humanos, además de amar, ser amados? Pues bien, el miedo a perder el objeto amado, que surge inevitablemente cuando uno ama, puede degenerar en celos, en afán de posesión, incluso de dominio del otro. También el deseo de ser correspondido en el amor puede llevar a las mayores bajezas. ¿No son lo que se llaman crímenes pasionales, o los suicidios como el que planteaba Goethe en su Werther, el reconocimiento de que el amor puede despertar nuestras facetas más destructivas o autodestructivas? Y repito, no estoy diciendo que esa destrucción se identifique con el amor, en absoluto, sino que cuando amamos, los seres humanos podemos deslizarnos con cierta facilidad por la pendiente de la destrucción o de todo aquello que en principio se opone al amor.

Por otra parte, como le decía a Cosaco, la idea del amor entraña entrega, generosidad, dar sin esperar nada a cambio. ¿Y somos los humanos capaces de dar sin esperar nada a cambio? Tal vez en momentos puntuales, sí, pero, ¿en una relación de pareja, por ejemplo? ¿No esperamos que nuestra pareja nos ame? ¿No hay precisamente pareja porque dos personas se aman la una a la otra? ¿No desean entonces cada uno de sus miembros ver satisfechos en ella su deseo de ser amados? ¿De qué estamos hablando, si no? ¿De ángeles, de seres puros, perfectos, irreales? No, Carrascus, tal vez no me haya expresado con claridad, pero en ningún momento he dicho que el amor sea egoísta. He dicho que en las personas habita el egoísmo, que no es otra cosa que la urgencia por ver satisfecho nuestro afán de recibir, de paliar nuestras múltiples carencias. Y que el amor que se da en las personas, en nosotros, se encuentra en constante lucha con otros sentimientos que al amar suelen emerger y que poco o nada tienen que ver con la generosidad y la entrega del amor.

De eso es de lo que creo que habla Bergman: de toda la confusión de emociones, sentimientos, y reacciones que suelen acompañar al amor humano, y del peligro de que éstos venzan sobre el amor. De cómo amamos los humanos y de la complejidad de aspectos, tanto positivos como negativos, que envuelven el amor humano.

¡Otro beso!

Antígona dijo...

Troyana, veo que compartimos la misma visión del tema así que no abundaré más en él. Sólo decir que me parece muy pertinente que resaltes la cuestión del ego: un ego hambriento y ávido de reconocimiento, de amor, de cuidados, que nos constituye íntimamente y en muchos sentidos de manera positiva, y que sin embargo puede trocarse en nuestro peor enemigo en nuestras relaciones con los otros.

¡Más besos!

Juan Cosaco dijo...

El Amor es eterno mientras dura, compañera: pretender que lo perfecto dure toda la vida es imposible; pero porqué no creer en pequeños diferenciales de lucha por dar, por aprender y enseñar y por mostrar nuestras imperfecciones conjuntas en un acto de efímera perfección?
Claro que se siente miedo a la pérdida, pero es la forma en la que encaramos el miedo la que hace que la "perfección" se mantenga: dame una pareja que encaje a la perfección, recíproca, cuidadosa, sin miedos ni celos y te diré: vaya una mierda! dónde queda el apoyo mutuo? si yo tengo miedo tu me consuelas y te doy la oportunidad de ser perfecta, en ese instante.
No dudamos de la perfección, dudamos de las intenciones del amor? si destruye, si ata, si desea poseer, entonces no es amor verdadero.

Creo que no estamos tan lejos en nuestros pensamientos, pero es que no son muy habituales las conversaciones sobre las cosas que importan, como esta, así que gracias!

Salud y AV!

Antígona dijo...

Querido Cosaco, no es que no estemos tan lejos de nuestros pensamientos, sino que creo que básicamente pensamos lo mismo y simplemente estamos incidiendo sobre distintas cosas. El post iba encaminado a resaltar los peligros del amor al hilo de la película de Bergman, y no sus bondades. Por eso he querido insistir en ellos. Y me reafirmo en la idea de antes: es mejor conocerlos, porque siempre se presentan. Y conocerlos es el primer paso para combatirlos.

Has destacado en en varios momentos la idea de la lucha, del aprendizaje, que es la que a mí me parece fundamental en esto del amor. No nacemos enseñados para nada, mucho menos para amar. Cuando uno se decide a amar, le espera una dura tarea por delante. Y en ella son muy importantes esos instantes de los que hablas, porque para mí representan reiteraciones de esa decisión de amar, que se proyecta con limpieza hacia adelante cuando se trata de ese amor verdadero del que hablas. Es más, diría que son aquellos momentos en que más cerca estamos del ideal del amor, pese a que luego la cotidianidad, nuestros egos, nuestras debilidades, puedan alejarnos de él. Y mientras sigan dándose en una relación, pese a sus imperfecciones, es que todo está bien.

Para mí es un placer tener estas conversaciones cibernáuticas con vosotros, así que os estoy igualmente agradecida :)

¡Más besos aún!

El lenguaraz dijo...

Tengo la intención de ver Saraband Madame Antígona, por eso es que dejé el post a la mitad, y confío que mi memoria herida, sepa olvidar lo que he leído. Dejaré pasar unas tres semanas, y luego la veré; para este tiempo, puede que me suene algunos de los nombres de los personajes, pero nada más.
No sé si ha visto la penúltima: Fanny y Alexander creo que fue; si no lo ha hecho, se lo recomiendo encarecidamente.
Perdone por el poco habitual comentarius interruptus. Buenas noches.

cacho de pan dijo...

tengo la peli esperando un momento ideal de mi psiquis: tardará en llegar.
Últimamente escapo un poco de las creaciones muy tortuosas: la vida se encarga de mostrármelas a cada paso en vivo y en directo.
Creo en el amor con reticencias: es un producto humano y como tal no puede ser otra cosa que eso, humano.

carrascus dijo...

Me temo, Antígona, que no nos entenderemos, porque cuando yo digo amor, tú dices celos y miserias humanas. Y no son lo mismo.

Puede que Bergman hable de ésto último, de hecho lo hace; y puede que retrate a la gente, aunque yo opino que tampoco es tanta la gente que se refleja en sus películas... no somos así de raros normalmente...

Pero claro... si las películas hablasen de gente convencional nadie iría a verlas.

Esta charlita hubiese estado mejor con unas birritas, en el rinconcito de un bar antiguo.

Besos.

Antígona dijo...

Ha hecho usted muy bien en dejar el post a mitad, Monsieur Lenguaraz, porque me temo que he aplicado esa admitida licencia según la cual no es pecado destripar a los clásicos de arriba abajo sobre una peli que, si bien desde mi punto de vista ya es un clásico, no tiene por qué serlo para cualquiera y menos con el escaso tiempo acaecido desde su rodaje. Mil perdones por las heridas a su memoria y espero que olvide tan rápidamente como pretende.

No he visto Fanny y Alexander pero haré caso de su recomendación. Todo lo que ha hecho Bergman me interesa y sólo es cuestión de que caiga en mi manos para verlo.

Buenas tardes, Monsieur.

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Cacho de pan, es verdad que esta película no puede verse en cualquier momento, porque golpea con fuerza y no siempre se está en disposición para encajar bien esos golpes.

A mí me gustan las creaciones tortuosas, qué quiere que le diga. Me ayudan a comprender mejor las relaciones tortuosas que he vivido en carne propia o he visto a mi alrededor.

Yo sí creo en el amor, pero también como producto humano. Y que sea humano no significa para mí que vaya en detrimento de su grandeza. Sólo que no hay tantos seres humanos que destaquen por su grandeza, y en la gran mayoría ésta convive en extraña armonía con nuestra propia pequeñez.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Ay, amigo Carrascus, me duele un poco lo que me dices, porque después de todo lo escrito, ya no sé con qué palabras tratar de explicar de nuevo que para mí el amor ni se identifica con los celos ni tampoco con las miserias humanas. Y que también creo que de surgir esos celos y esas miserias cuando amamos, pueden ser superadas con esfuerzo y voluntad. ¡Pero si yo peco más de idealista que de realista! Simplemente, al insistir sobre ciertas cosas, he querido ser coherente con lo que se planteaba en el post, que no era precisamente el tema de las bondades y la grandeza del amor.

No sé, tal vez tenemos una diferente sensibilidad hacia Bergman, porque yo sí veo en sus películas personas reales y corrientes, extremadas en sus rasgos, claro, y no dejo de identificarme, más allá de esos extremos, con las cosas que les pasan.

En lo que sí estoy totalmente de acuerdo es en que con una birritas delante –vino para mí, que la cerveza no me gusta- nos hubiéramos entendido mejor. Si se presenta la ocasión, ¡invito yo! :)

¡Más besos!

NoSurrender dijo...

Ay, doctora Antígona, es que el amor es algo que nos supera. Nos sucede, para bien y para mal, para todo. Nos atrapa y nos maneja. No hay cura para el amor, como decía mi tío Leonard.

El amor es necesario porque no tiene otro sentido estar vivo. O, mejor dicho, no se puede interpretar la vida (para bien y para mal, repito) sin amor. El amor nos hace débiles y fuertes a la vez. Nos hace lúcidos y locos a un tiempo. Es más, no se puede interpretar lo que es la verdadera fuerza sin el amor, ni qué es la debilidad en ausencia de amor, etc, etc. Un filósofo alemán (no recuerdo ahora bien quién) decía que “ese amor es la herencia gratificante de la existencia, que puede ser”.

Besos, doctora. Y mucho amor.

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Creo que es una de las pocas pelis de este genio que no he visto. Me quedé noqueada con Secretos de un matrimonio, y tods las demás que vi de él me parecieron buenas, pero no magistrales como esta de la que te hablo. No he leido el post completo, Antígona, te digo porqué. Porque adoro a este director, y tengo esta peli pdte de ver, y he empezado a leer y me he dado cuenta de que si acababa, ya no la vería, y prefiero hacerlo y comentarte en otro momento.
El amor es necesario, guapísima, y si es del de verdad, del que nace, crece y se desarrolla sin muerte alguna futura, puede sanar el alma, y configurar el sentido aquel de vida que teníamos y creíamos correcto. Y tu sabes de lo que hablo, que ya tenemos alguna experiencia a la espalda...
Un beso fuerte, perdona de verdad que no lea todo, pero es que eres tan buena diseccionando y analizando que si lo leo, fijo me doy por visualizada la cinta, y no quiero, que tengo ganas locas de verla ya.
Cuídate mucho, guapísima, y sí, creé en el amor...

Antígona dijo...

Doctor Lagarto, lo ha dicho usted muy bien. El amor es un sentimiento que nos supera, que nos trasciende y transporta, y en ese transportarnos nos saca tanto de nosotros mismos que es capaz de despertar tanto lo mejor como lo peor que llevamos dentro. El amor es lucidez pero también locura, como ya sabían muy bien los griegos. Es la fuerza que con más intensidad nos mueve a actuar pero también la que más puede paralizarnos o conducirnos por caminos errados. En brazos del amor podemos alcanzar las cumbres más elevadas pero también precipitarnos por los más oscuros abismos.

Por eso, creo que la experiencia tiene también que enseñarnos, si queremos amar de verdad, cómo hacer para que lo más grande del amor triunfe sobre aquello que sólo nos empequeñece. Todos los males derivados del amor se resumen para mí en una palabra: miedo. Hay que ser valientes en el amor y no dejarse vencer por él. De lo contrario, el amor acabará malográndose y perderemos, por culpa de ese mismo miedo, aquello que a toda costa, pero erróneamente, hemos querido salvaguardar.

Me parecen muy sabias esas palabras que cita, doctor Lagarto. Porque no somos, como le decía hace poco a Ana en su blog, más que las posibilidades que aferramos con fuerza. Y el amor es una de esas posibilidades, tal vez la más importante, que se nos brindan por el simple hecho de estar aquí. Empuñémosla con decisión, tratando de hacer de ella la posibilidad que dé sentido a todas las demás. Sólo es cuestión de quererlo.

¡Un beso, doctor!

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Me parece bien que no hayas leído el post, y no hay nada que perdonar en ello, Delirium, aunque, como decía más arriba, esta película da para tanto, sus diálogos y su realización son tan ricos, que mi exposición apenas puede dar una muy pequeña idea de todo lo que tiene que ofrecer.

Claro que el amor es necesario. No creo que nadie que haya pasado por esta vida pueda decir lo contrario, y más si contemplamos sus múltiples formas. Pero hay que ser fuerte para el amor y esa fortaleza suele llegarnos al precio de equivocarnos y golpearnos repetidas veces contra su poderío. Sin esa fortaleza no es raro que el amor, en lugar de sanar el alma, la enferme y la debilite, o incluso termine matándola. Nadie nace sabiendo qué es lo que cabe esperar del amor ni cómo manejárselas con él. Aprender a configurar ese sentido de la vida al que aludes, con ayuda del amor, es una tarea que siempre tendremos por delante, hasta el final de nuestros días.

Creo en el amor, sí. ¡Y en los últimos tiempos más que nunca! ;)

Cuídate tú también, hermosa, ¡y un beso enorme!

Juan Cosaco dijo...

Oye, he visto la peli y quitando a la Ullman, el resto merece una buena temporadica con el psiquiatra, eh? jajaja

Antígona dijo...

Cosaco, te voy a arrear... Porque no son horas y me tengo que ir al catre que si no, te ibas a enterar :P

¡Un beso con camisa de fuerza! :)

troyana dijo...

Pero dále ya!si no le das tú le doy yo que Cosaco últimamente está todo menos humilde!
ja,ja,ja,ja,ja,ja
abrazos para los 2

Juan Cosaco dijo...

no quiero destripar la peli, pero es que no me extraña que la mujer esa muriera.. pobrecilla rodeada de tanta psicosis y paranoia... debe ser la música clásica lo que les ha vuelto majaras... yo por si las moscas me mantengo alejado de Bach y gentuza parecida.. jejeje

Antígona dijo...

Tranquilo, Cosaco, que destriparla ya la he destripado yo bastante.

¿Y cómo que una buena temporadica con el psiquiatra? Pero si son gente muy sana, hombre... :P

Y como sigas vuelvas a meterte con la música de Bach, entonces sí que te arreo de verdad. ¡Qué falta de respeto por los clásicos!

¡Más besos!

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Troyana, si te queda el Cosaco más a mano que a mí, ¡adelante!

Me parece que dentro de nada vamos a cantar las dos juntas eso de que "las chicas son guerreras" ;)

¡Otro abrazo y más besos!

troyana dijo...

Cosaco,cómo te has faltado con Bach!encima desvelas una muerte final de la película!después soy yo la spoliadora!yo me lo pensaría 2 veces antes de pisar estos lares, porque me ronda la idea de tomar clases de artes marciales y al más puro estilo Ullma Thurman en Kill Bill decirte aquello de "la venganza es un plato que se sirve frío"...
ja,ja,ja,ja
besos guerreros (y de Judas para Cosaco)

Juan Cosaco dijo...

ja! eres más perra que niebla! la muerte de anna se sabe desde el minuto 13 de la peli. Si eres una spoileadora yo no tengo la culpa, asúmelo y déjanos a los demás maltratar la música clásica: produce efectos nocivos y es la clave que Bergman quería contar con esta peli; lo que pasa es que sólo yo lo he descubierto y eso os fastidia.
No quiero hablar de Wagner y sus relaciones con el nazismo o de Ludvig Van, que Coppola y Kubrik se encargaron de ellos.
¿Debería empezar a cobrar por mis lecciones de arte? ;PPPP

DELIRIUMTREMENDS dijo...

COÑOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO, ASI NO HAY QUIEN VEA LA PELI, COSACOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO, ANTÍGONAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
YA NO LA COMPRO, ALE¡
Un besazo, mona, me he reido con Cosaco, la verdad....

Juan Cosaco dijo...

uy, es lo segundo más bonito que me han dicho hoy... es lo que tiene Bergman, que es un gran cómico pero mal entendido. :PPP