jueves, 12 de julio de 2007

A tientas


Nosotros, únicos animales que presumimos de tener a nuestra disposición el saber, somos paradójicamente aquellos cuyo necesario punto de partida, de tránsito e incluso de llegada es el no saber. Desastidos frente a una realidad que siempre acaba pillándonos de improviso, desarmados frente a acontecimientos que nos sobrevienen sin anunciarse, nunca sabemos con certeza cómo nos comportaremos o debemos comportarnos frente a lo que nos sucede, cuáles serán o tendrían que ser nuestras respuestas. En demasiadas ocasiones porque ni tan siquiera logramos identificar la naturaleza de eso que nos está ocurriendo o de los sentimientos que nos suscita. La ausencia de mapas no sólo afecta a nuestro movernos por el mundo, sino a nuestra más íntima interioridad, a nuestras propias impresiones frente a él, a menudo tan imposibles de anticipar como el paisaje que nos aguarda tras el siguiente recodo. Nadie puede certificar qué quiere decir ser feliz, enamorarse o temer a la muerte, pese a que ninguno de nosotros podrá sustraerse a tales preguntas.

Sólo los otros animales saben verdaderamente. Llegado el momento de dar a luz a sus crías, la leona será a un tiempo espectadora, actriz y en parte directora del acontecer que se abre a través de sus carnes. Sabrá con certeza el momento preciso en que todo comienza, la postura a adoptar. Sin asomo de duda forzará sus músculos ante el dolor de las contracciones, ingerirá la placenta sanguinolienta que emerge de sus entrañas y lamerá primorosamente a sus cachorros. También éstos encontrarán sin vacilación sus pezones y se aferrarán fuertemente a la vida que emanan. En todo ello no habrá lugar para la incertidumbre, sinónimo en este caso de una muerte segura. Tampoco para emociones confusas ni desconciertos, impensables ante sensaciones tan primarias como transparentes. El instinto conduce inquebrantable y así protege. El instinto es ese saber cuya falta de conciencia garantiza su infalibilidad.

Apenas dotados de escasísimos instintos, además incompletos, tal vez sea la intuición lo que en nuestro caso viene a reemplazarlos, y la experiencia el cuaderno de bitácora que, con el transcurrir de los años, aprendemos a utilizar como guía. Sin embargo, en la intuición se esconde un gran enigma indescifrable para el orden de la lógica calculadora. En la experiencia, una brújula excesivamente frágil y proclive al error. Pues la experiencia atesorada es la de un yo que, siendo indudablemente el nuestro, no coincide exactamente con nosotros mismos si aquello que fuimos nunca permanece intacto al paso del tiempo. Los hechos que más nos conciernen tienden a repetirse, pero sin identidad plausible con lo ya acontecido. En nuestra existencia, el curso del tiempo dibuja una extraña figura donde la fusión de circularidad y linealidad quiebra irremediablemente ambas representaciones. Llegada cierta edad, nada será totalmente nuevo pero tampoco igual a lo pretérito. Nada parecerá capaz de sorprendernos aunque la vida acabe por mostrarnos, con un golpe o una caricia, que todavía puede asombrarnos aun sin que lo deseemos.

Sin instintos poderosos nos hallamos esencialmente perdidos. Perdidos en un océano de emociones inciertas no perfilables por una razón invariablemente limitada. Extraviados en un bosque de sentimientos falibles que empujan a decisiones engañosamente firmes. Caminamos a tientas, privados de todo lazarillo, en medio de una oscuridad tal vez soportable, pero anhelando de continuo el brillo de una luz que nunca llegará. La desorientación se revela profunda incluso cuando más cerca del norte buscado creemos habitar. Y no hay desorientación sin el asalto constante de la duda, sin angustia, sin el sufrimiento anticipado por los posibles tropiezos que se deriven de ese andar entre tinieblas.

En contrapartida, dicen, somos más libres. Nos ha sido dado escoger nuestro destino aun en medio de la confusión y la zozobra. Y sin embargo, cuántas veces no cambiaríamos esa libertad por un pedazo de certeza. Por un trago de la calma que brotaría de ella. Por una verdad incontestable que perviviera el tiempo que dura nuestra vida.


11 comentarios:

Escéptico dijo...

Yo diría que todas. O que casi todas.

PD. Aunque limitados sí estamos dotados de algunos instintos. Como el de encontrar el pezón o saber succionarlo. O como el de acercarnos a la luz, o el de huir del calor intenso. Gracias a esas minúsculas "certezas" seguimos vivos. Gracias a ellas somos un poco más animales y ello nos salva.

un árbol dijo...

Creo que mantenemos muchos instintos, quizá algo domesticados.
Pero en los momentos cruciales, afloran y nos salvan.

Yo lo llamo intuiciones, pero creo que es instinto.

Me ha encantado tu post, tan claro y tan cierto, tan cercano a mi divague de hace un par de días...
No es tan malo ir a tientas, al fin y al cabo.

Un beso, hermosa.

NoSurrender dijo...

La conciencia ataca el instinto. La conciencia es antinatura, sí.

Decía algún famoso antropólogo que el problema es que el Hombre ha evolucionado demasiado deprisa. De manera tal que el cambio biológico de adaptación al medio es mucho más lento el propio cambio del medio. Así, nuestro cuerpo sigue segregando adrenalina -ante la sensación de miedo- con el objetivo de hacernos correr más deprisa que el león que debiera perseguirnos. Pero lo que asusta hoy en día no es un león, sino un despido laboral o un desengaño amoroso. ¡La adrenalina no hace más que joder en esos casos! Más que en la intuición, yo creo en la determinación. O no. Qué lío :)

Y un beso.

AnA dijo...

Anti, hablaba este mediodía del amor con alguien(mi monotema)y también hemos abordado esto de la certeza y la intuición. Es curioso constatar en algunas situaciones cómo cuando el instinto se apodera de nosotros, dejamos que la intuición nos guíe.Por eso a la catástrofe no encontramos lógica.
Ayy que el calor está haciendo estragos en el sur.
Y yo no termino el power point éste!
Besos
AA

Antígona dijo...

Escéptico, ¿todas o casi todas? Caray, qué seguridad, yo no tengo la respuesta tan clara :)

Muchos antropólogos defienden que el ser humano carece por completo de instintos, y que actos tales como respirar, succionar y pocos más que sí se producen de manera automática serían más bien actos reflejos, reacciones elementales que no alcanzan a ser conductas, como en el caso de los animales. De todos modos, y con independencia de cómo se llamen o de si existen o no, supongo que su principal función es, como dices, mantenernos con vida. Sin embargo, lo que realmente nos afecta día a día es la pregunta por cómo vivir esa vida, y para ello estoy convencida de que sí carecemos de instintos.

¡Un beso!

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Topamos de nuevo con la terminología, un árbol. Yo sigo prefiriendo el término intuición, aunque cabría pensar que ésta fuera algo así como un resto de instintos ancestrales perdidos. Pero hasta la intuición genera dudas, porque podemos seguirla o no seguirla. Y esa duda me parece totalmente propia de los humanos, aunque tampoco me extrañaría que se acabara atribuyendo a algunos primates superiores. No me imagino a ningún león en celo dudando acerca de si debe copular o no. Uyy, a lo mejor este ejemplo no es de los mejores para realzar el contraste con los humanos ;)

No es malo ir a tientas, no, pero sí cansado y a veces desesperante. ¡Sobre todo para los que le dan demasiadas vueltas a la cabeza!

¿Es posible que en esto también estemos cerca? ;)

¡Un beso, arbolito!

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NoSurrender, la conciencia puede llegar a ser una auténtica maldición. Deberíamos tener algún botoncito para desconectarla de cuando en cuando ;)

No conozco la teoría de ese antropólogo, pero me parece interesante. Se hable de adrenalina o de lo que sea, es cierto que en demasiadas ocasiones somos nuestros peores enemigos, y que son nuestras reacciones ante los hechos, y no los hechos mismos, los que nos llevan al sufrimiento. ¡Tendemos a hacer complicado hasta lo más simple! Por eso somos unos animales tan raros, qué se le va a hacer.

Yo creo en las dos cosas, en la intuición y en la determinación. O en las determinaciones fundadas en la intuición. Aunque no tengamos instintos, nuestras vísceras también hablan. Y hay que hacerles caso a la hora de tomar decisiones.

¡Un beso!

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Ana, como decía antes, la cuestión es que hasta de las intuiciones dudamos, y sólo muy pocas veces tenemos la impresión de disponer de una intuición fiable. La cabeza siempre quiere saber por qué. Y claro, las intuiciones son intuiciones porque no pueden apoyarse en razones. Apartar ese impertinente ¿por qué? no es nada fácil. Al menos a mí no me lo resulta.

Resguárdate de esos calores, Anita, no te nos vayas a derretir :) ¡Y ánimo con el power point!

¡Un besazo!

NoSurrender dijo...

Ay, Antígona. Es que olvidé hacer la referencia oportuna a las Sagradas Escrituras cuando hablaba de determinación frente a intuición :P

“It takes a leap of faith to get things going / It takes a leap of faith you gotta show some guts / It takes a leap of faith to get things going / In your heart you must trust”

http://www.youtube.com/watch?v=41xm0apzb1Q

Otro beso!

Escéptico dijo...

No me expresé bien, discúlpame. Las cambiaría todas o casi todas yo, como persona que sufre por mi constante insatisfacción, por mi búsqueda continua de una belleza que me es negada. Miro a mis hermanos (soy el mayor de diez), personas que no se preocupan más que de sacar adelante a sus hijos, de cuidar a sus familias, de hacer su trabajo con corrección y, por mucho que cueste creerlo, los veo felices, plenos. Eso sí, en su ignorancia del "más acá". Yo, con toda mi carga de anhelos y búsquedas sé que nunca tendré su paz. Porque yo siempre necesitaré más.

Antígona dijo...

Si ya sabía yo, NoSurrender, que en el fondo íbamos a estar de acuerdo ;)

Cada vez me sorprende más tu hermano Bruce, y muy gratamente. En sus letras hay más filosofía que en muchos tratados famosos. Y expresada con una sencillez y una contundencia dignas de elogio. Gracias por la canción, voy a acabar haciéndome fan de Springsteen ;)

¡Otro beso para ti!

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Escéptico, no hay nada que disculpar. Supongo que con mi pregunta trataba de apuntar a que negar la propia libertad siempre es una tentación peligrosa, y aunque a veces lo deseemos infinitamente, pienso que el sufrimiento ahorrado en esa negación terminaría a la larga multiplicándose y generando mucho más sufrimiento.

Puede que me esté metiendo donde no me llaman, pero dado que expones una cuestión tan personal, permítime que diga lo que me sugiere. Entiendo perfectamente lo que dices, hay quien nace con la insatisfacción metida en el cuerpo y con un afán de búsqueda insaciable que no da tregua ni descanso. Imagino que te habrás preguntado mil veces si tú serías feliz con esa vida que llevan tus hermanos y que te habrás respondido mil veces que no. Lo que tú interpretas como su felicidad -y habría que ver aquí si ellos se consideran verdaderamente felices, o sólo se trata de una proyección tuya- te es, por tanto, negada. Simplemente eres diferente. Mala suerte. O no. Porque todo proceso de búsqueda puede ser desesperante, agotador, pero también excitante y enriquecedor. Y pese a tu sufrimiento, es posible que a ti te sean dadas satisfacciones que ellos, desde su propia vida, no alcanzan a ver. Eso también debe apreciarse.

A lo mejor esa paz que ves en ellos no es tal. En cualquier caso, es la "suya", la que no puede ser tuya. La tuya habrá de venirte de otra manera. Inclúyela en tu proceso de búsqueda, ponla junto con la carga de anhelos y de otras búsquedas. Tal vez sólo logres una paz relativa. Pero diría que la absoluta, la permanente, puede estar demasiado cerca del aburrimiento. Y del estar más muerto que vivo.

¡Un beso!

juan rafael dijo...

Cierto es que el ser humano como raza es torpe y no sabe valerse por sí mismo durante mucho tiempo (¡dimelo a mi!) pero algo habrá para que hallamos llegado hasta aquí entre tanto depredador.
Besos.

Duschgel dijo...

No puedo comentar nada más de lo que has escrito o de lo que hayan comentado los demás. Sólo me cabe añadir lo que muchas veces no puedo evitar pensar: que el ser humano es un engendro desviado de la naturaleza. Y acabamos queriendo contagiar nuestro desvío y nuestra desorientación a lo que nos rodea. Así anda el mundo quebrándose, todo por un puñado de "homo sapiens" sin GPS y el instinto tergiversado.

¡Un besazo, Antígona!

Antígona dijo...

Juan Rafael, entiendo que si algo nos caracteriza es la inteligencia, la capacidad de raciocinio, que tiene que suplir todas las carencias que frente a otros animales tenemos. Pero está visto que la inteligencia no es suficiente y las más de las veces encima nos hace infelices.

¡Un beso!

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Pues sí, Dusch, creo que no tengo más remedio que darte la razón, aunque nuestro desvío de la naturaleza sea inevitable y forme parte de un proceso necesario, si es que realmente hubo un tiempo en que estábamos en armonía con ella. Esa misma inteligencia que le comentaba a Juan Rafael parece que de poco nos vale para frenar la devastación del planeta o para lograr que todos sus habitantes coman todos los días. Supongo que porque además de la inteligencia de los animales nos separan las pasiones, y no son precisamente las buenas las que en general más proliferan. Otra de las consecuencias negativas de nuestra libertad.

¡Un beso enorme, niña!