domingo, 22 de abril de 2007

Homesickness


El cuadro, de Magritte, se llama así. Por lo general se traduce al castellano como La añoranza y no he conseguido averiguar si Homesickness es su título original o éste fue escrito en francés. En cualquier caso, ese rótulo parece, de entrada, darnos la clave para descifrar lo que representa. O casi.

En su travesía por el puente, un hombre vestido con un traje oscuro se ha detenido y, asomado tranquilamente por la barandilla, mira en dirección a un horizonte que se nos oculta. Allí deben de hallarse los lugares, los objetos familiares de su añoranza. Sean cuáles sean, quedan más allá del camino trazado por el puente, inaccesibles dentro de su recorrido. Es quizás su altura, y sólo ella, la que permite observarlos, pero siempre en la distancia.

Como sugieren otros cuadros de Magritte, el león tumbado tras él podría simbolizar la fuerza arrolladora del presente, que invariablemente nos envuelve y nos arrastra. Tal vez incluso su riesgo y su peligro, la imprevisibilidad de su lógica, propias, desde nuestra perspectiva, de la conducta de un animal salvaje. De ahí que el hombre en esta escena le dé la espalda, al igual que a nosotros. Como si quisiera negar su presencia. También la nuestra. Absorto en la contemplación de lo que, desde el puente, permanece inevitablemente fuera de su alcance. Posiblemente paralizado por el recuerdo.

Sobresalen de su chaqueta dos alas cuya negrura no deja de sorprender. No están abiertas, pero tampoco completamente plegadas. Sin embargo, nada en él anticipa el movimiento. La escena transpira una perfecta, incluso inquietante quietud. Quizás en sus alas se plasme su oscuro deseo, abocado de antemano al incumplimiento, de elevarse por encima del puente y volar hacia un pasado ya irrecuperable, hacia un territorio vedado salvo para su memoria. Ésa sería la imagen de su añoranza.


Pero es verdad que, según decía Magritte, los títulos de los cuadros no son explicaciones, ni éstos ilustraciones de los títulos. O, al menos, nunca directamente.

Miremos el cuadro un poco más detenidamente. Pensemos un poco más en la disposición de los elementos que lo componen.


Dado que los ojos del hombre no se proyectan hacia ningún punto de su propio camino, ni hacia atrás ni hacia adelante, sino hacia otra parte, me pregunto si esa nostalgia tendrá en el fondo una naturaleza distinta a la de la añoranza de lo ya vivido. Si no se tratará más bien de cierta nostalgia que, paradójicamente, brota de lo que nunca nos perteneció ni fue piedra de nuestro pasado. Tal vez la añoranza de una vida que, escapándosenos de continuo por más que nos afanemos en perseguirla, siempre parece quedar del otro lado del que nosotros habitamos. Aquélla que sería la verdadera vida. La que rezuma sentido y solidez por todos sus poros frente al remedo fantasmal y desconchado de la nuestra. Aquélla en la que desearíamos instalarnos y hallar refugio definitivo.

Su nostalgia no se alimentaría entonces de la memoria, sino de la fantasía y de las intuiciones que la disparan. Las que nos sobrevienen ante un cielo azul y despejado, ante una sonrisa inesperada, ante un mar calmo e infinito. Y encienden la añoranza de un hogar que sólo fue nuestro entre las brumas del sueño. Un hogar al que nunca regresaremos porque se encuentra más allá de los espacios donde nos es dado construir morada.

Por eso nos detenemos a mitad del puente y nos disponemos, fijando la vista en el horizonte, a digerir una vez más una verdad que ya sabíamos: que nunca nos sentiremos en el mundo como en casa.

Sólo luego respiramos hondo, nos damos la vuelta y, acariciando con cuidado su lomo, decimos: ¡Vamos, león! Y junto a él seguimos caminando.

9 comentarios:

Tako dijo...

¡Vamos, Simba, vamos!

NoSurrender dijo...

Quizás el hombre mira con más melancolía que nostalgia. Al fin y al cabo, la melancolía es la nostalgia de un tiempo pasado que nunca existió.

Pero sí, que siga caminando. Quizás al final del puente encuentre un regalo inesperado.

Duschgel dijo...

Al leer ahora tu post he repasado un sentimiento que he tenido esta tarde. También otras veces, pero esta tarde con especial fuerza. A menudo me preguntan en Alemania "hast du Heimweh?". No. No de mi país, no de mi pasado. Sólo se me quedaba fija la mirada en los árboles y en la luz que jugaba con ellos, mientras avanzábamos en coche, y es como si tuviera un mundo de sentimientos, otra vida distinta a la que ahora sigo, ahí al alcance, pero sin poder salir del coche, sin ni siquiera tener el volante en la mano.

¡Un besazo, Antígona!

PD: Siempre que vuelvo a tu blog me alegro de que las vocecillas del "Sí" sigan con su gran empuje :)

Antígona dijo...

Tako: lleva cuidado con Simba, no te vaya a lanzar un zarpazo :-)

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Más razón que un santo tienes, Nosurrender, y coincido con esa definición de la melancolía, que es tal vez la palabra no mencionada que subyace a todo el post.

Pero me apetecía jugar con la idea del deseo del hogar, del anhelo de sentirse como en casa y no poder, que me parecía más cercana a lo que se suele entender por añoranza o nostalgia, sentido claro como el agua en Homesickness y, como dice Dusch, en Heimweh.

Ojalá el regalo nos espere a todos.

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Querida Dusch, creo que entiendo perfectamente lo que dices, en eso consiste probablemente, como apuntaba Nosurrender, la melancolía.

No obstante, hay otras ocasiones en que eso que parece estar fuera de nuestro alcance no lo está tanto, o al menos no del modo en que nos lo llegamos a creer. Ocasiones en que ese mundo de sentimientos, esa vida paralela, pueden llegar a cobrar realidad. Bastaría alargar una mano con valentía para alcanzarla. Aunque esto ya en sí mismo pueda representar una proeza.

Las vocecillas del sí parece que van ganando, pero no libres de contradicciones... que menudos pollos me montan de cuando en cuando, las muy chillonas :-)

¡Un gran beso, Dusch!

Sir Villet dijo...

Viendo el cuadro, querida Antígona, no puedo evitar pensar

¿Por qué no se marcha volando?

Claro que la respuesta puede ser el color de las alas (y de la ropa y casi del personaje)

Suyo.

Antígona dijo...

Estimado Sir Villet,

con esa pregunta, y la insinuación de una respuesta, nos lanza Ud. al terreno de otra posible interpretación del cuadro que, si bien imagino que poco tendría que ver ya con su título, puede ser tan legítima como la propuesta, o incluso más. Al igual que nos permitiría leer de otra manera la advertencia del propio Magritte sobre los títulos

Si me lo permite, es Ud. un liante, Sir Villet... pero un liante muy listo!

Suya.

M. Imbelecio Delatorre dijo...

:) cuando sea joven quiero ser como Antígona. Qué bien escribe. :) me encanta aprender cosas de su mano. Desconocía ese cuadro.

Te compro las alas, ¿las tienes en blanco?

¿Así que Magritte, además de resolver crímenes, pintaba cuadros?

A veces lo que se añora no está en el pasado... ni en el futuro... ni siquiera sabemos exactamente qué es...

un beso.

Antígona dijo...

Gracias, m. imbelecio, me alegro de que te guste, aunque lo de parecerte a Antígona no te lo aconsejo... tú estás mucho mejor siendo tú :P

En blanco se agotaron, pero me quedan en rosa, fuscsia y azul celeste, además del negro. ¿Te hace? :P

Pues claro, ¿no lo sabías? Cuando se veía ante un caso difícil, pintaba un cuadro para ver si su inconsciente le ayudaba a resolverlo :-)

En eso totalmente de acuerdo, y qué sensación más extraña es.

Un beso!

Anónimo dijo...

el cuadro: -le mal du pays-