sábado, 26 de junio de 2010

Babel


Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente hallaron una llanura en la tierra de Sinaí, y se establecieron allí. Un día se dijeron unos a otros: «Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego». Así el ladrillo les sirvió en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Después dijeron: «Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéramos esparcidos sobre la faz de toda la tierra». Jehová descendió para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: «El pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; han comenzado la obra y nada los hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero». Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra.
Génesis, 11:1-9

Temían los hombres su diseminación sobre la amplitud incalculable de la superficie terrestre. Y con ella la ruptura de los lazos, la lejanía, la soledad y el aislamiento que emanan de la ausencia de comunidad. Pero es consustancial a la tragedia humana que toda estrategia encaminada a rehuir su destino –recordemos a Edipo, abrazando a cada paso, con sus ojos todavía intactos pero ciegos, el fatal cumplimiento de la profecía- se transforme en el certero instrumento de su realización. Comenzaron la construcción de la torre y dejaron de entenderse. Se hablaron y se sintieron solos, aislados. Incapaces de soportar sus mutuas miradas de extrañeza, la opacidad de las lenguas que antes les unían, el balbuceo ininteligible interpuesto como un muro infranqueable allí donde sólo conocían inmediatez, transparencia y comprensión ajena a la brecha y el equívoco, se alejaron unos de otros y así se desperdigaron sobre la faz de la tierra.
Se asentaron los hombres sobre lugares remotos y enseñaron a sus descendientes las nuevas palabras que moldeaban sus pensamientos y bocas. Pero tal vez porque sus voces no fluían libres sobre los sonidos nacidos del castigo divino; o quizá porque la maldición agujereaba sus lenguas inmaduras y acusaban en ellas la falta de nombres que les dijeran y expresaran en lo más íntimo, en lo más terrible, en lo más alto; o acaso porque la memoria del antiguo pecado les robó el discernimiento entre el habla urgente por precisa y la serena elocuencia del silencio, nunca recobraron la capacidad de entenderse, de exponer y solapar sus mentes y corazones, en ausencia de hiatos de sentido ni resquicios de oscuridad, sin restos de vacilación e incertidumbre intérprete.
Y aunque otra vez hablaban entre ellos, tuvieron que aprender a convivir con la presencia de otros muros insalvables entre sus ojos y gargantas, con la caprichosa resistencia de las palabras a sus lenguas y ánimos, y a sobrellevar la ambigüedad que lastra los conceptos y llega a convertirlos en cajas vacías, en armas dañinas, cuando más se los desea bálsamo y caricia curativa. Sabedores del penoso esfuerzo que de ahí en adelante requeriría su recíproca comprensión, de su fragilidad una vez conquistada, tan proclive a la quiebra como los brotes tiernos ante los más livianos azotes del viento de la vida.

Ya no alcanzan desde entonces los padres a entender a sus vástagos, pese a haber domesticado ellos mismos sus lenguas lloronas y menesterosas. En su afán por cultivar tallos rectos y robustos, mezclan inconscientes sus amorosos cuidados con palabras que siembran el recelo, la envidia, la frustración en sus pechos inexpertos. Y los hermanos, rivalizando por su afecto y su admiración, pueden desencadenar la catástrofe con un simple disparo cargado de prepotente inocencia y mala fortuna.


Callan los amantes la muerte de sus hijos y mascan en silencio la sombra de la culpa, oscilando entre su vergonzante asunción y la avidez por descargar su peso sobre los hombros del amado. Encerrados en la estupefacción ante el golpe imprevisto. Rotas sus voces para comulgar en la identidad de su dolor intraducible. Paradójicamente inhabilitados por ese dolor para abrir sus brazos y compartir el duelo y el llanto. Perdida la unidad originaria, no es raro que la adversidad separe y aísle tornando agrias y torpes las lenguas, ahogadas en su decir más cercano, en sus palabras más cómplices, por el sufrimiento que enjaula el espacio interior aniquilando el significado, la fuerza vinculante de cada signo pronunciable.


Tampoco es la misma después de Babel la lengua de los pobres y la lengua de los ricos. Quienes nacieron en la miseria y huyeron de su lengua natal para aprender tardíamente el idioma del privilegio y la abundancia, nadan en la indefensión del conocimiento incompleto, de la comprensión precaria, tan sólo aproximada, del universo de palabras foráneas que ahora habitan. Y por ello cometen, imprudentes, errores de amargas consecuencias. Incomprendidos en su mostrenca ignorancia. Ignorados en sus legítimos deseos de pobres, de calidad inferior a los de los pudientes bajo el sucio manto de su indigencia.


Y a algunos ni tan siquiera les concedió el dios temeroso de la audacia de los hombres el oído y el habla. Con desesperación batallan día a día con sus manos contra la soledad, el silencio y la incomprensión de un mundo sonoro. Y con desesperación pretenden en ocasiones suplir los sonidos ausentes de sus bocas ofreciendo la saliva de sus lenguas mudas, la desnudez virgen de sus cuerpos, expuestos con temeridad como un lienzo que propicie el contacto y la comunicación de las almas. También ellos yerran, ofuscados por su sordera, obviando que las conversaciones ocurren en el cruce de dos miradas sinceras, en el roce cálido de unos dedos que se buscan y entrelazan.


De nuevo hablan los hombres palabras comunes y aún así persisten en ellos la soledad y el aislamiento. De nuevo se enfrentan a la diseminación de las lenguas y todavía se alejan unos de otros, incapaces de soportar sus mutuas miradas de extrañeza, la opacidad, el balbuceo ininteligible interpuesto como un muro infranqueable. Y en cada signo estéril o hiriente, en cada silencio tenso, en cada vocablo bárbaro, experimentan la dureza del castigo del dios cobarde, asustado por su pretensión de tocar las alturas celestes.

Sin embargo, no por ello cesan un solo día de esforzarse por hallar alivio a su soledad, por conquistar la comprensión recíproca que a intervalos les libere del asfixiante aislamiento de sus pieles vueltas hacia adentro. A menudo fracasan, y el fracaso les depara la pérdida, la soledad aún mayor, en el extremo la muerte irreparable. Pero a veces se yerguen victoriosos cuando, encontrándose al borde del precipicio, aúnan sus soledades y así logran vencer el miedo, superar el abismo y regresar juntos a la tierra incierta para seguir resistiendo los azotes del viento de la vida bajo ese cielo inalcanzable.


Hace unos días volví a ver la película Babel, dirigida por Alejandro González Iñárritu. Valga este texto como una reflexión sobre lo que, a mi particular entender, en ella se cuenta.

16 comentarios:

benedetina dijo...

Joe, Antígona, dan ganas de enamorarse de tí :P Mira que eres sensible, y mira que transmites y escribes bien.

No he visto todavia la peli, y le tenía ganas, porque Amores perros me gustó mucho. Pero ahora es que no aguanto más, la buscaré ahora mismito pa verla online.

Yo creo (despues de tus ultimos comentarios en mi blog y el de huelladeperro) que no deberías sentir esa angustia de la que hablabas, porque la intensidad ya la vives dentro de tí. Y seguro que incluso inmersa en ese mar de rutinas sabes aprovecharla y encauzarla a través de tu profunda mirada.

Y, hablando de sensibilidades, me ha encantado y llegado bien dentro el texto, sobre todo la conclusión. ¿sabes? por eso yo intento llevar el abismo siempre el bolsillo, que nunca se sabe cuándo va a hacer falta usarlo, o cuando el cielo va a estar más cerca de lo normal.

Un beso!!

Jota dijo...

Vi hace tiempo la película, una sola vez, y no me convenció demasiado. Quizá porque todo el mundo la alababa tanto que acabó por no colmar tan altas expectativas. Quizá porque solo la he visto una vez, y no se puede juzgar una película hasta que la has visto, por lo menos, dos veces. Alabado sea Dios, cuyo temor a la audacia de los hombres nos proveyó de un sustento a los traductores. Yo, que me gano la vida con algo tan abstracto como la lengua, me indigno cuando se convierten los idiomas en armas políticas (los valencianos creo que sabemos algo de esto, ¿no?) o se valoran meramente en función de su utilidad y número de hablantes. Olvidan los "gestores" de la vida que un idioma es el reflejo de una cultura y una cultura el reflejo de un pueblo y, muerta la lengua, muerta la cultura y muerto el pueblo.
Enhorabuena por otra entrada con la que, gracias a tu deslumbrante capacidad analítica, superas las barreras de lo aparente y llegas al meollo de las cosas.

huelladeperro dijo...

Yo no he visto la película, y tu comentario la describe creo que bien y la hace interesante, aunque yo creo, por la parte que me toca, que disfrutaría mucho más con "amores perros" que tanto gustó a la Benedetina....

Sí tengo en cambio algo qué decir sobre el tema de Babel, y creo que entronca bien con las críticas que os quería hacer a J y a tí a partir de los comentarios de ambos en el Blog de Benedetina y de los tuyos en el mío propio. No será finalmente un vapuleo, Querida Antígona, sino sólo mi punto de vista, producto de la ociosa observación del mundo que, tú lo sabes, mis circunstancias personales me permiten de momento...

Hala, ya está todo preparado. Ya podéis pasaros Tú y J por mi blog.

El peletero dijo...

Apreciada Antígona, puedo decirte que al ser bilingüe no he comprendido nunca que las lenguas separen y que por ello supongo que sé que las razones por las que hacemos o no hacemos algo se hallan siempre en otra parte, en un lugar que no pertenece a la palabra.

Hablas de soledad y de una película que no puedo separar de las circunstancias en las que la vi cuando la estrenaron, del lugar y de la compañía que había a mi lado aquella tarde de invierno, así será siempre. Un lugar al que no sé si regresaré y un abismo que desconozco si lograré superar bajo ese cielo indiferente.

Saludos.

troyana dijo...

Antígona,
vi "Babel" y me encantó,prueba de ello,es la entrada que en su día le dediqué y de la que te dejo el enlace por si tienes curiosidad:
http://historias-troyanas.blogia.com/2007/012101-babel.php
Hace 2 fines de semana vi "Mammut",y aunque las comparen y algunas escenas llegaran a emocionarme,para mí ésta última sigue sin estar a su altura.
Lo que más me impactó en su día de "Babel" fué la idea de lo que tod@s los humanos de cualquier parte del planeta estamos en realidad conectados,a veces por hilos invisibles,otras palpables y que somos iguales y diferentes a partes iguales,pues por encima de todas las diferencias culturales,religiosas,ideológicas,sociales...el patrón emocional es universal,tod@s en algún momento acabamos siendo traspasados por el dolor o por el amor,por la soledad y también por el calor que entraña la comunicación.
Poco más te puedo decir,salvo que me caló hondo el mensaje que interpreté.
Un abrazo para ti!

Isabel chiara dijo...

Hija mía, qué buena descripción de Babel, creo que unos cuantos vamos a pillarla online esta noche.

Cuando la vi me quedé trastornada, tanta desolación, tanta soledad. Pese a las críticas me gustó y mucho, y creo que entroncaba perfectamente con la intención de amores perros, un peliculón que a la postre habla practicamente de lo mismo.


Vestimos la lengua con trajes tan diferentes, tan maleables, tan efímeros, que el calado no trasluce siempre, y lo que debería ser un perfecto armazón para identificarnos termina por diluirnos, por desnudarnos, por separarnos, por destrozarnos.

Lo peor es que uno no sabe nunca, si es mejor callar o hablar, hacer o no hacer, tocar o no tocar, y en esa duda se queda pasmado irremediablemente.

Como siempre me encantó la disección.

Un besote

Antígona dijo...

Ay, Beneditina, que me ruborizo :)

No sé si ya a estas alturas habrás visto la peli, ya me dirás si ha satisfecho tus expectativas, a veces no es bueno tener demasiadas ya, que entonces acaban en decepción. “Amores perros” me gustó, pero tendría que verla otra vez para tener un juicio un poco sólido sobre ella. Tal y como me ha ocurrido ahora al ver de nuevo “Babel”.

La angustia es un sentimiento fundamental en el ser humano, y no creo que nunca, por más que lo intentemos, consigamos librarnos de ella. Es más, no sé si incluso sería deseable que nunca atravesáramos ciertos momentos de angustia. Como es también consustancial al ser humano el tener la sensación de que la vida, la verdadera vida, queda siempre más allá de uno, tal vez en los otros, en cualquier caso siempre del otro lado en que uno se encuentra. Yo no sé si vivo la intensidad dentro de mí, la verdad. Quizá pensando y reflexionando sí. Ahora, me temo también que pienso demasiado, y la reflexión implica siempre situarse a una cierta distancia de lo que ocurre, estar de alguna manera fuera de eso que ocurre para contemplarlo en su conjunto, y entonces, en ese sentido, mientras se piensa, aunque se piense intensamente, se pierde en intensidad con respecto a aquello que se vive, se deja de alguna manera de vivir el presente de las cosas. Ay, no sé si me he hecho un lío, confío en que me entiendas.

La conclusión tiene que ver en parte con la película y en parte no. Supongo que lo que quería decir es que ciertas situaciones límite nos llevan a saltar por encima de las barreras que habitualmente nos separan de los otros. Así que haces muy bien en llevar el abismo en el bolsillo –pero cuidado no te vayas a caer dentro un día ;) –, y tienes razón, por fortuna, el cielo no siempre se encuentra en la misma lejanía y hay momentos en que uno siente que podría rozarlo con los dedos.

Un besazo!

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Jota, la verdad es que la primera vez que yo la vi tampoco me llegó tanto ni me dio sobre todo tanto que pensar. Quiero decir, que creo que terminé de verla sin tener una visión unitaria de lo que su director quería decir, que es lo que, por el contrario –me equivoque o no en la interpretación- me ha sucedido esta segunda vez.

Así que eres traductor, qué interesante. Es una profesión que siempre me ha atraído mucho, porque me gusta ese trabajo con el lenguaje que supone tener que verter lo dicho en una lengua al modo de decir característico de otra, que nunca es el mismo más allá de la pura traducción literal de las palabras.

Los valencianos sabemos de esa conversión de los idiomas en armas políticas, vaya que sí, y no solamente armas políticas sino en negocio para muchos. Tienes razón al decir que un idioma es el reflejo de una cultura. Pero precisamente por ello también me parece una operación artificiosa el intento de elevar una lengua a registros que nunca tuvo precisamente por pertenecer a una cultura que carecía de ellos, no sé si me explico. También es cierto, por otra parte, que las culturas se mueren, se agotan, o son fagocitadas por otras, y en este sentido, la desaparición de la lengua que la vehicula puede ser un fenómeno derivado de lo primero. Cuestión compleja ésta, eh?

Me alegro de que te haya gustado la entrada, J, pero me seguís ruborizando :)

Un beso!

Antígona dijo...

Huelladeperro, yo creo que te gustarían ambas, “Amores perros” es más cruda y desesperanzadora, al menos de lo que recuerdo, pero creo que en ambas hay un intento serio de abordar problemas de calado que nos conciernen como humanos. Uno puede después estar más o menos de acuerdo con la visión del problema del director, pero lo que me parece de indudable interés es la llamada de atención que el director realiza sobre él con su película.

Ando ahora mismo un poco liadilla, pero en cuanto tenga un rato de calma me paso por tu blog para ver qué es eso que tienes que decir sobre Babel y descubrir en qué sentido se deriva de ello, si no el vapuleo, esa crítica que nos debías. Espero que no hayas sido muy cruel :P

Un beso, Lo gos!

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Pues de eso trataba precisamente el post, estimado Peletero, de que ni tan siquiera contando con una lengua común –como efectivamente la hay entre los miembros de una determinada comunidad lingüística, y según mi propia imaginación de lo que sucedió después de que los hombres se dispersaran sobre la faz de la tierra y enseñaran sus nuevas lenguas a sus hijos- los seres humanos somos capaces de entendernos plenamente, de comunicarnos entre nosotros de la forma en que deseamos o creemos que sería deseable. Y en esa dificultad para entendernos intervienen muchas razones extralingüísticas pero, a mi juicio, también lingüísticas, como son la equivocidad de las palabras o el hecho de que todo concepto destinado a etiquetar un sentimiento nunca termina de hacer justicia a la particularidad, a la idiosincrasia de “mi” sentimiento, ése que, por ejemplo, llamo dolor sin saber si cuando otros dicen dolor realmente sienten lo mismo que yo. El lenguaje es limitado y por eso, además de poder unir, también separa. Más allá de que, obviamente, existan otras muchas razones para que en ocasiones nos sintamos incomunicados o incomprendidos por nuestros semejantes.

Hablo de la soledad porque creo que la película habla del sentimiento de soledad que emerge ante la dificultad para comunicarse por muy diversas circunstancias. Y me alegro de que disfrutaras la película en buena compañía y no te sintieras solo entonces, pero estoy segura de que sabes perfectamente a qué me refiero, e incluso tal vez hayas vivido momentos de soledad con esa persona. Los abismos están para ser superados, porque de lo contrario nos tragan. Así que tú verás si lograrás superarlo :P

Un beso!

Antígona dijo...

Troyana, en cuanto pueda me paso a ver tu entrada, que claro que me produce curiosidad.

No sabía ni tan siquiera que se había estrenado una peli llamada “Mammut”, ay, no sabes lo desconectada que estoy de lo que se estrena. Si no fuera por tu propio blog, creo que ni me enteraría :)

Me parece muy importante lo que comentas de Babel. La película es demasiado rica como para que todos los aspectos que presenta se dejaran tratar en el post, y tampoco era mi intención hacerlo al escribirlo, dado que sólo quería centrarme en ese aspecto concreto de la dificultad de entenderse o comunicarse o llegar al otro, incluso cuando más se necesita. Porque es cierto que en ella también está muy presente, y justamente como reverso de la idea que yo destaco, la apelación a ese fondo común que es en todos idéntico. Supongo que lo extraño es que, a pesar de compartir ese patrón emocional universal, a veces nos cueste tanto reconocernos e identificarnos con los otros, poner en común esas emociones de todos para así aliviarnos de su peso.

Yo no creo, como se ha dicho tanto por ahí, que Babel hable de la incomunicación, sino de la dificultad para comunicarse. Son dos cosas muy distintas. Porque que haya circunstancias en las que la comunicación resulta costosa y un camino lleno de obstáculos no significa decir que sea imposible. Sólo que es necesario esforzarse para que tenga lugar.

Un beso y un abrazo!

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Ichiara, pues que la disfrutes y mucho, porque para mí esta segunda visión ha sido mucho más reveladora que la primera.

Es cierto que la película es dramática. Pero esta segunda vez que la he visto, como ya podía anticipar todos los dramas que iban a presentarse –la recordaba mucho mejor de lo que recordaba recordar- he podido mantener más la distancia y verla de otra manera. Tienes razón en que hay muchos elementos comunes entre “Babel” y “Amores perros”, a través de los cuales uno puede identificar perfectamente la autoría del director. No obstante, y aun cuando tendría que ver de nuevo “Amores perros”, como comentaba más arriba ésta me pareció bastante más dolorosa. Al menos en Babel hay dos historias donde sí se logra esa comunicación o esa comprensión de la que carecen los personajes una vez se nos presentan. Y eso no deja de ser reconfortante.

Me gusta lo que dices sobre el vestir la lengua con trajes muy diferentes. Pero creo que además a ello se añaden tantas y tantas situaciones en las que no sabemos qué decir, en las que no encontramos las palabras que creemos que pueden expresar lo que sentimos o pensamos, en las que no sabemos cómo decir al otro lo que suponemos que necesita oír y por ello callamos, o en las que las palabras se nos resisten como si algo nos bloqueara la boca y nos vemos sin remedio sumidos en el silencio. Y pienso que todo esto también forma parte de la relación, en ocasiones difícil, que mantenemos con el lenguaje. Ahora, que también más allá de él se produce la incomunicación. Como cuando uno sabe que lo que el otro necesita es un abrazo y por alguna razón no se atreve a dárselo.

Un beso grande, guapa!

El veí de dalt dijo...

Como ta bién la vi e hice una reseña, pues también te la dejo.

http://malerudeveuret.blogspot.com/2007/02/de-pellcula-una-babel.html

Estoy con Troyana,

C.E.T.I.N.A. dijo...

Antígona me ha gustado muchísimo más tu visión de la película que la película en si misma. Yo la ví hace tiempo y me pareció irregular, artificiosa, pretenciosa y lo peor de todo, larga. Muy larga.

Mi memoria solo ha salvado la historia japonesa y alguna escena de la mejicana. Un bagaje muy pobre para alguien que venía de dirigir "Amores perros".

Gracias por seguir haciendo del lenguaje un arte. Un beso sin codificar

Margot dijo...

La vi hace tiempo y sí, me gustó mucho...

Recuerdo que la esencia que me dejó, y en alusión a su título y a cierto pensamiento que rondaba mi cabeza y aún me ronda, cada vez más, es que en ésta torre de Babel que habitamos todos, donde tan sencillo es sentirse desconectado, perdido y solitario existe una forma de conexión, algo que nos une por encima de fronteras, idiomas y soledades internas, incluso clases sociales (mira que es difícil esto) y no es más que la vivencia del dolor.

La risa, al igual que las palabras, también tiene su propio idioma, sus usos basados en la cultura, pero el llanto unido a la desesperación, querida Antígona, ese no, ese se provoca por los mismos hechos aquí y en nuestras antípodas, en cualquier cultura por ajena que nos resulte.

Y no sé si es triste o consolador pensar que el único traductor simultáneo y universal sea ese, el dolor.

Besos venusianos!

NoSurrender dijo...

Recuerdo que cuando vi esa película me hizo mucho daño, precisamente por lo que cuenta usted aquí, doctora Antígona. La incapacidad, notoria y expuesta al límite, de poder hacer las cosas bien, de no sufrir un inmenso dolor ante esa impotencia no pueden mas que alterar nuestras conciencias y revolvernos las tripas.

Es curioso que, más allá de la maldición de Babel, las generaciones de los jóvenes de cualquier época han buscado la creación de más barreras en su lenguaje (argot) de manera que, voluntariamente, se sientan mas aislados. Incluso me atrevería a decir que no es muy ajeno a esto la concepción aranista del euskera, salando todas las distancias con esos argots generacionales. En fin, que parece que el ser humano necesita de barreras y más barreras que le den sentido de tribu alejándole de sus semejantes, incluso artificialmente. En busca de un quién soy básicamente amputacional.

Un beso, doctora Antígona!

Antígona dijo...

Perdonad lo primero lo desatendido que he dejado el blog durante tantos días. Pero es que ando metida en un trabajillo que me tiene sorbidos los sesos, y además se me ha juntado algún pequeño contratiempo.

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Veí, ya he leído tu reseña y me ha gustado. Por cierto, que yo no soy fan ni de Brad Pitt ni de Gael García Bernal y aún así quedé muy satisfecha :P

Un beso!

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C.E.T.I.N.A., me alegro de que te haya gustado mi visión. Como decía por ahí arriba, tampoco a mí me aportó tanto la primera vez que la vi, así que a lo mejor deberías darle una segunda oportunidad. De todos modos, supongo que también por alguna razón me rondaba por la cabeza el tema de la dificultad para comunicarnos con nuestros semejantes, y se ahí que al ver de nuevo la película me calara más y me diera más que pensar.

“Amores perros” es una película con muchas menos concesiones, diría, para el espectador. Yo sufrí lo indecible con la historia del perro y la modelo, que es también, de alguna forma, una historia sobre el aislamiento y la soledad. A ver si un día que esté de buen humor me hago el ánimo de volver a verla.

Gracias a ti por apreciar lo que escribo.

Un beso transparente!

Antígona dijo...

Bueno, Margot, supongo que la película puede verse desde las dos caras que plantea en el fondo el problema que aborda: la separación y la comunidad, el aislamiento y la unión. Porque quizá no buscaríamos la conexión ni seríamos conscientes de ella si a su vez no sufriéramos nuestras perspectivas soledades. Porque tal vez sea nuestra condición de habitantes de Babel lo que ha vuelto relevante una conexión que de no resultar costosa ni tan siquiera sería percibida como tal.

Tienes razón al decir que el dolor es universal, pero precisamente me llamó la atención en la película el modo en que, especialmente en la historia del matrimonio y de la niña sordomuda con su padre, el dolor, pese a ser en principio idéntico en quienes lo comparten por provenir de una causa común –la muerte del hijo, la muerte de la madre- se presenta como un elemento separador y que, en lugar de unir, aísla a quienes lo sufre. Y aunque es cierto que la desgracia puede unir a las personas, tampoco me parece que la película se equivoque: hay ocasiones en que nos sentimos tan solos en nuestro dolor, lo vivimos como algo tan lacerantemente intransferible e incomunicable, que olvidamos ese comulgar de todos en nuestro mismo sentimiento, también incluso el dolor idéntico de quienes padecen la misma desgracia que nosotros. Como si la operación de compartir el dolor y aliviarse mutuamente en el duelo exigiera que antes fuéramos capaces de saltar por encima de un dolor sentido como único dentro de los límites de nuestra propia piel.

Besos risueños en el mismo idioma!

Antígona dijo...

La película hace daño, doctor Lagarto, porque para mí, y pese al carácter extremo de las situaciones que presenta, expone los sentimientos de los personajes –el dolor, la impotencia, el aislamiento- de un modo con el que cualquiera puede sentirse identificado. Porque acerca de tal modo a nuestras conciencias esos sentimientos negativos que uno, al verla, no puede dejar de pensar: dios, que no me tenga yo que ver nunca en una situación así.

Estoy de acuerdo en lo que dice del lenguaje como factor de comunidad que se expresa desde la separación e incluso la segregación, desde la voluntad de saberse y sentirse diferente. Pero, personalmente, lo veo como un aspecto de esa misma maldición, que nos lleva a formar grupos cerrados que nos distingan de nuestros semejantes por miedo, por desconfianza hacia el otro, o por falta de comprensión o sensación de no ser comprendido, como en el caso de los jóvenes. Por otra parte, el uso del lenguaje siempre ha sido un distintivo de pertenencia a una determinada clase social –me estaba acordando de la obra de teatro de Bernard Shaw “My fair lady”, en la que buena parte de la educación de la chica de la calle se centra en que aprenda a expresarse como una dama de la alta sociedad-, distintivo que no ha dejado de fomentarse para que unos cuantos pudieran mantener sus privilegios frente a los carentes de esos mismos privilegios.

Supongo que en el quién soy juega siempre una dialéctica por la cual los elementos identificadores del propio yo sólo existen desde la afirmación de la diferencia. Pero es cierto que algunas diferenciaciones, sobre todo si son arbitrarias o, como dice, artificiales, tienen mucho de amputación. Sin ir más lejos, las establecidas históricamente entre hombres y mujeres, que cercenaban en ambos, para recalcar sus respectivas identidades de género, valiosos aspectos de sus personalidades, emociones y potencialidades.

La concepción aranista del euskera tiene tanta tela que cortar que ni me atrevo a meterme en ese jardín :P

Un beso, doctor Lagarto!