miércoles, 16 de enero de 2008

Otro tiempo


Porque la lógica implacable de los hechos así lo exige, porque la memoria desconocida del cuerpo y la irrefutable del álbum fotográfico así lo reclaman, nos vemos forzados a la creencia de lo que sólo con íntima extrañeza logramos admitir: que hubo un tiempo en que buceábamos en otro tiempo.

Otro tiempo al que, siempre desde el otro lado del cristal de la pecera, y por ello sabedores del artificio y la torpe aproximación, cabría tal vez describir como un presente puro. Un tiempo reducido a un presente intenso donde lo previo y lo venidero apenas eran dos pálidos espectros en el lenguaje, excluidos de la única vivencia. Un tiempo de presente bruto donde nos hundíamos como en una inmensa montaña de confetti, como en un fango espeso y soporífero. Donde el ahora se identificaba a golpes con la orgía eterna y la desgracia inacabable, con la fiesta exaltada y la más cruel fatalidad. Con la risa alocada e incontenible, y la desdicha auténtica del llanto.

Así saltábamos, de extremo a extremo, de montaña en montaña, de absoluto en absoluto. Tan pronto inmersos en el blanco rabioso, tan pronto en el negro furibundo. Ahora exultantes por una caricia, ahora aterrados por un ceño. Columpiados salvajemente entre la patada inesperada de un pie amigo y la alegría de una alianza secreta e inmortal, entre la tristeza sin consuelo de una derrota y la felicidad ilimitada de la victoria. Vapuleados por la sujeción a incontables dictados, tiránicos por incomprensibles, acatados con impotencia contenida. Desarmados ante la ofrenda y el robo. Vendidos en nuestras emociones al consentimiento o la negación irrevocable de lo deseado. Ignorantes, en ese tiempo de presente puro, de la coraza de la estrategia, del escudo del retardo, de la táctica defensiva que articula la gestión del tiempo. Islas extraviadas en un mar diseñado por otras reglas, por otro tiempo recortado a la medida del futuro. Pero también halladas, en desnuda exposición, por cada nota de una canción, por el sabor repugnante del puré, por el frescor de una suave brisa, por el frío salado de cada lágrima vertida.

Y así, hasta el último salto, ilocalizable por paulatino, pero en esencia brusco como un tijeretazo, que nos lanzó a este otro lado del cristal en ausencia de toda posibilidad de retorno y nos exilió para siempre de ese presente bruto e inmenso para arrojarnos a la conciencia segura del porvenir planificado, al gobierno de la obligada anticipación. Un último salto calladamente preparado por la domesticación necesaria de los hábitos, por la obediencia ávida de cariño, o simplemente, poco importa, por el curso natural del florecimiento de la carne y el alma. Un salto que abrió una brecha en nuestro interior privándonos del acceso a ese tiempo otro que una vez fue nuestro.

A veces proclamamos con un velo nostálgico añorar las maravillas de ese tiempo. Otras, echamos la vista atrás evocando su desnudez, su desprotección celosamente protegida, y alabamos las virtudes de este nuevo mirar menos fijo y boquiabierto pero más agudo, menos intenso pero de más amplios horizontes. Hay que reconocerlo: ni en un caso ni en otro alcanza nuestra cabeza a reconstruir a qué sabía ese tiempo añorado o contemplado sin nostalgia, cómo se percibía realmente cada pequeña brazada en el seno de sus aguas. Porque de ese presente puro apenas nos queda la huella borrosa de una reminiscencia fugaz e inaprehensible. De su contacto con lo absoluto, quizás, si así lo quiere la fortuna, el vestigio del sentimiento sobrevenido como absoluto del amor. De su bruta intensidad, únicamente el desgarro del dolor más lacerante que amenaza con nunca extinguirse

El tiempo que entonces nos colonizaba se ha perdido definitivamente, irrecuperable incluso en el más poderoso ejercicio consciente de nuestra memoria. De los niños que fuimos, habitantes del puro presente, sólo si acaso intuimos, desde la lejanía, una leve sombra en los brotes tiernos, en la imagen abstracta y muerta, forjada en esquemas desde este otro tiempo. Inconmensurablemente otro.





"Cuando el niño era niño, andaba con los brazos colgando, quería que el arroyo fuera un río, que el río fuera un torrente, y este charco el mar.

Cuando el niño era niño, no sabía que era niño, para él todo estaba animado, y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño, no tenía opinión sobre nada, no tenía ningún hábito, a menudo se sentaba en cuclillas, y echaba de pronto a correr, tenía un remolino en el pelo y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño, era el tiempo de preguntas como: ¿Por qué yo soy yo y no tú? ¿Por qué estoy aquí y por qué no allá? ¿Cuándo empezó el tiempo y donde termina el espacio? ¿Acaso la vida bajo el sol es tan sólo un sueño? Lo que veo, oigo y huelo, ¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo? ¿Existe de verdad el mal y la gente que en verdad es mala? ¿Cómo es posible que yo, el que yo soy, no fuera antes de existir; y que llegará un día en que yo, el que yo soy, ya no será más éste que soy?

Cuando el niño era niño, no podía tragar las espinacas, los guisantes, el arroz con leche y la coliflor. Ahora lo come todo, y no porque lo obliguen.

Cuando el niño era niño, despertó una vez en cama extraña, y ahora lo hace una y otra vez. Muchas personas le parecían bellas, y ahora, con suerte, sólo alguna de vez en cuando. Imaginaba claramente un paraíso, y ahora apenas puede intuirlo. Nada podía pensar de la nada, y ahora se estremece ante ella.

Cuando el niño era niño, jugaba con entusiasmo, y ahora sólo se entrega plenamente a las cosas cuando esas cosas son su trabajo...."

Del poema de Peter Handke "La canción del ser-niño" (Das Lied vom Kindsein)


33 comentarios:

K dijo...

Cuando lees cosas así te vienen sin querer recuerdos que no sabías que estaban ahí. Y también los de siempre, la cocina, la nevera en la esquina, los azulejos blancos, la ventana rota, la luz.

Gracias, Antígona, por el post y sobre todo por el poema.

troyana dijo...

Antígona,¿esa cólera de Aquiles se ha convertido en nostalgia? cuando miro atrás, recuerdo una infancia féliz,de puro presente,salvaje en contacto con la calle o con el campo,según la estación,pero también soy consciente que la memoria es traicionera, selectiva y caprichosamente olvidadiza, así que imagino hubo dolor y sufrimiento,de niña o adolescente, aunque esos momentos sean solapados y desde luego más frágiles.No quiero pensar que la infancia es un paraíso del todo perdido e irrecupable, esa inocencia aun a prueba de años y experiencias, sigue ahí en algún lugar y no pienso renunciar a ella.
Por cierto, para mí una de las canciones más hermosas que hablan de la niñez y cómo, la canta Luz Casal,seguramente la conocerás. Este post me ha recordado esa canción y la pintura (de Sorolla?)me lleva automáticamente a las tardes de domingo en la playa,seguramente en una de ésas que él pintaba,presente en estado puro,tiempo sin tiempo, ni relojes, pero eso sí,respetando las digestiones.
Un abrazo!

Mandarinada Contraproduent dijo...

Recuerdos que florecen solo con leerte, no se como te las apañas (te lo he dicho varias veces), para emocionarme con cada uno de tus escritos :->

Un besote grande, grande!!!!!!

juan rafael dijo...

La visión que tenemos de niñ@s no tiene nada que ver con la actual, tal vez sea por la perspectiva o por el proceso mental más limpio, más sincero.
Ese motivo de felicidad lo encuentro un poco ensombrecido.

NoSurrender dijo...

El poema es precioso, doctora. No me extrañe que le inspire esa prosa tan emotiva, tan proustiana que es la suya. Eso sí, el final me deja un poco sobrecogido.

Es cierto que los niños viven en un presente absoluto. Y que obligarles a estarse quietos diez minutos se convierte en una tortura existencial para ellos. Diez minutos en una vida de seis años es un tiempo diez veces más largo que en un hombre de sesenta. ¿Diez veces he dicho? no, mucho más. La progresión del tiempo, en su mirada atrás, es geométrica. Algo así.

Así, mirando siempre atrás, cuantos más años tenemos más deprisa se escapa el presente. Y el eterno verano que no terminaba nunca en nuestra infancia se convierte en un suspiro al que no hemos prestado demasiada atención.

Y es que, como decía otro poeta, recuerda el alma dormida, y acabamos dando lo no venido por pasado, y algo de unos ríos y tal :P

Es un placer leer aquí, doctora Antígona. Un beso.

Antígona dijo...

Me alegro, K, de que gracias al post y al poema hayas evocado esos recuerdos. ¡Aunque confío en que sólo los buenos! El poema de Handke es genial, sí, aunque su segunda parte, la que he omitido en el post, corrige esa primera mirada sobre la infancia o le da, al menos, una dimensión de mayor calado. Me encanta cómo lo recita Bruno Ganz en “Cielo sobre Berlín”.

Puedes encontrarlo entero aquí:

http://www.seikilos.com.ar/Handke.html

¡Un beso!

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Troyana, no soy yo precisamente de las personas que miren a su infancia con nostalgia, más bien todo lo contrario. Creo que mi vida de adulta ha sido mucho mejor que ella. Más bien pienso que la infancia es una época tremendamente difícil, en la que los niños se sienten bastante perdidos y solos en medio de un mundo gobernado por los adultos. Y la cuestión es que, cuando hay dolor en ella, ese dolor se vive con mucho más sufrimiento y con apenas armas y recursos para hacerle frente.

La cuestión que quería tratar en el post era simplemente la de la diferente percepción del tiempo que tiene el niño frente al adulto, una percepción que luego se pierde irremediablemente y que ni tan siquiera somos capaces de imaginar, o de recordarnos a nosotros mismos teniendo esa percepción del tiempo. Siento esa extrañeza a la que aludo al comienzo del post cuando trato de pensar que yo misma viví en ese puro presente y ahora, sin embargo, me resulta algo increíble, algo que mi mente no logra reproducir. Algo esencial se pierde en el tránsito del niño al adulto, hay una manera de vivir el tiempo que desaparece y que es después irrecuperable. Pero no quiero valorar si eso que se pierde es mejor o peor. Simplemente, son cosas distintas.

Pero me temo que esta vez no he logrado expresar en el post lo que quería. Esta mañana he estado casi a punto de guardarlo, porque creo que no refleja bien lo que quería transmitir. Pero ahora que veo vuestros comentarios lo dejaré estar. En fin, no siempre se consigue lo que se pretende, qué le vamos a hacer.

Por otra parte, el poema de Handke, al menos en esa primera parte que he puesto, sí proyecta algo así como una idealización de la infancia, una visión de ella diferente a la del tema de su percepción del tiempo.

O sea, que no era lo más adecuado para el post, porque habla de algo distinto. Pero me gusta tanto ese poema que no he podido resistirme a la tentación de colgarlo :)

El cuadro es de Sorolla, sí, por lo visto un estudio para otro cuadro que luego se llamaría “Triste herencia”. No conozco la canción de Luz Casal, no. Ya me dirás cuál es.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Mandarinada, ¡cuánto tiempo que no te veía por aquí! :)

Disfruta de tus recuerdos, Mandarinada, y también de tus emociones, que mi ego lo hace con tus palabras ;)

¡Un beso enorme!

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Bueno, Juan Rafael, como le decía a Troyana, en el fondo no quiero entrar a comparar. Los niños ven unas cosas, los adultos otras. Hay quien piensa que crecer es necesariamente un proceso de decepción, de pérdida de ilusiones. Pero creo que todo depende más bien de la experiencia vivida y de cómo cada cual consiga afrontar las etapas que le tocan ir viviendo. Tal vez los adultos no tengamos emociones tan puras, o un sentimiento de felicidad tan intenso. Pero nuestras emociones son más duraderas y están también dotadas de registros inaccesibles para un niño.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Me alegro de que le guste el poema, doctor Lagarto. No sé muy bien si la obra de Handke es conocida en España, en la red encontré muy pocas cosas sobre él en castellano, pero es un escritor muy interesante al que merece la pena acercarse. Como le decía a Troyana, no es el poema el que ha inspirado el post, cuya temática es distinta, sino una conversación que tuve con una persona muy cercana a mí acerca de cómo se comportaban sus hijos y que me hizo pensar en que niños y adultos parecemos habitar dos dimensiones bien diferentes del tiempo, como si fuéramos habitantes de distintos planetas obligados a convivir en uno que se pretende único.

En efecto, como dice, es así como viven los niños el tiempo. Lo que pueda suceder mañana está tremendamente lejos del hoy, al igual que lo que pueda suceder dentro de media hora. Media hora de aburrimiento es dominable para el adulto, algo llevadero y soportable. Pero yo aún recuerdo perfectamente que cuando era niña y pensaba que la misa a la que me obligaban a ir mis abuelos duraba media hora, aquello me parecía un auténtico infierno. Sólo que sólo puedo recordar la idea de cómo lo vivía, no la sensación. La sensación de esa duración eterna de media hora me resulta irrecuperable.

Yo no tengo claro cuál sea el origen de que nuestro presente transcurra mucho más rápido ahora que entonces. Sí, hay una cuestión de proporciones, en relación al tiempo ya vivido. Pero imagino que también entran en juego factores de domesticación de los impulsos, de adquisición de hábitos, de aprender a dominar nuestras ansias de que en cada momento se satisfagan nuestros deseos, que son necesarios para convertirnos en ciudadanos obedientes y trabajadores. Quién sabe si aún viviríamos en ese presente puro sin haber sido sometidos a ese proceso de domesticación que nos fuerza constantemente a pensar en el futuro, a vendernos a la felicidad futura.

Otra cosa es, como canta en sus coplas Jorge Manrique, que llevemos mal eso de que siempre nos queda menos tiempo, aun cuando nunca podamos saber de cuánto tiempo disponemos realmente. Cada vez más cerca de la muerte, sí. Pero, como decía Lutero, “ya en el útero materno empezamos a morir”. Puta finitud la de los humanos, y sobre todo porque esa finitud es la conciencia de la muerte, que los niños aún no tienen del todo, o no hasta determinada edad. ¿Empezará esa transición del niño al adulto precisamente cuando se cobra conciencia de que uno, algún día morirá? El tema da para muchísimo.

Un placer tenerle por aquí, doctor Lagarto.

¡Un beso!

carrascus dijo...

Me rechina ese final del poema de Handke, como a Nosurrender... ¿de verdad ahora solo nos entregamos plenamente a las cosas cuando son nuestro trabajo...?

Este escritor debía tener una vida personal muy pobre... por ejemplo, seguro que ni siquiera escribía un blog por placer...

C.E.T.I.N.A. dijo...

La niñez es un estado en el que se carece de perspectiva. No se ha vivido lo suficiente como para valorar las cosas en su justa medida, todo se lleva al extremio: o es maravillosamente bueno o terriblemente malo.

Afortunadamente nuestro cerebro es selectivo, y prioriza los buenos recuerdos frente a los malos, por eso solemos tener una visión demasiado idealizada de nuestra propia infancia.

Yo reconozco que me siento estupendamente en mi condición de adulto. Claro que en mi caso soy un adulto que intento enfrentarme a la vida con una mirada limpia, procurando disfrutar de cada situación como si fuese la primera vez que la experimento. Y sobre todo intento no planificar a largo plazo porque siempre acaba resultando una pérdida de tiempo.

Hay que procurar no establecer comparaciones entre lo que se vive y lo ya vivido, porque si se cae en esa trampa se puede acabar siendo una víctima más de la nostalgia, la mayor plaga de nuestro tiempo.

Carpe diem, Antígona. Carpe diem

Arcángel Mirón dijo...

Siento, y no soy la única, que el tiempo de mi infancia pasaba mucho más lento. Tengo recuerdos exactos, delineados, como si fueran un compacto nostálgico que muestra lo transcurrido en una semana. Y tal vez pasaron años entre un recuerdo y otro. Es decir: siento que mi infancia no tuvo tiempo, hasta que crecí.

No sé si me expliqué bien.

Antígona dijo...

Carrascus, el poema de Handke no termina ahí, y su final es mucho más ambiguo, y sí quieres, más reconciliador que ese último verso. Se lo había puesto a K en un enlace, pero te lo pego a continuación:

"...Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba una manzana y pan,
y aún hoy es así.

Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo caen las moras
y aún es así.
Las nueces frescas eran ásperas en su lengua
y aún es así.
En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor,
y sigue siendo así.
En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado
como aún lo sigue estando.
Era tímido ante los extraños
y todavía lo es.
Esperaba la primera nieve
y aún la espera.

Cuando el niño era niño,
tiraba una vara como lanza contra un árbol,
y ésta aún está ahí, vibrando".

Poco conozco la vida de Peter Handke, la verdad, pero creo que su poema hay que entenderlo simplemente como una canción donde trata de captar a grandes trazos lo que significa ser niño idealizando en la primera parte ese estado y luego devolviendo las cosas a su lugar. Mea culpa el que se le entienda mal por no haber transcrito el poema entero.

¡Un beso!

Antígona dijo...

C.E.T.I.N.A., nada más lejos de mi intención que idealizar la niñez. Como ya he dicho, simplemente quería destacar esa diferente vivencia del tiempo que se da entre el niño y el adulto.

Personalmente, no idealizo en absoluto mi infancia, y, como también he dicho antes, estoy convencida de que mi vida adulta es mucho más memorable que mi vida de niña. No volvería a mi infancia, no, ni añoro nada en ella. Pero otra cosa es que, cuando veo cómo se comportan los niños o me cuentan acerca de ellos, no dejo de percibir esas diferencias, en lo relativo a la percepción del tiempo, que me resultan sorprendentes porque no consigo trasladarme a esa vivencia del tiempo que también fue mía.

Tienes razón en que no es bueno establecer comparaciones entre el presente y lo ya vivido. No, aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor” no es una buena estrategia para plantearse la vida. Al revés, siempre he pensado que el lema debe de ser “lo mejor aún está por vivir”. Siempre hacia delante, C.E.T.I.N.A, siempre hacia delante: así estamos constituidos los humanos, aun cuando en la infancia no podamos percatarnos de ello, y la única manera de reconciliarnos con esa condición es encarar el futuro con ilusión y optimismo.

Carpe diem, claro que sí.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Creo que te has explicado perfectamente, Arcángel. En lo que dices resuena, a mis ojos, ese presente puro que apenas concibe la línea del tiempo, que olvida rápidamente y apenas es capaz de imaginar qué significa que algo vaya a suceder dentro de una hora, por lo lejano que queda.

Eso es lo que para mí quiere decir que el tiempo pase tan despacio: algo así como un presente denso que de adultos sólo asociamos al aburrimiento, mientras que para el niño es continuo, y que además los adultos podemos mitigar mejor, cuando nos abruma, trasladándonos con nuestra cabeza a su fin, al momento en que ya habrá cesado lo que nos aburre. Los adultos nos manejamos bien con el futuro, los niños no.

¡Un beso!

troyana dijo...

Antígona,tras leer las respuestas a nuestros comentarios,ahora creo haber entendido el significado del post.Sí, yo también creo que niños/as y adultos/as vivimos en dimensiones paralelas y desde luego,la percepción del tiempo es distinta.La canción de Luz a la que me refería era " Entre mis recuerdos". Un abrazo!

Anónimo dijo...

Muy bonito, Antígona, y muy bien traído el cuadro de Sorolla

Margot dijo...

La poesía de la química lo llamo yo, a ese tiempo sin limitaciones ni fisuras propio de la infancia, ese que desespera a los adultos, tan dados a la impaciencia cuando de medir tiempos se trata o prisas.

Y lo llamo así porque hace años leí en una revista científica, y lamento decir que nunca contrasté la información pero la imagino rigurosa o al menos posible, que la percepción del tiempo va intimamente ligada a la segregación de serotonina. A medida que pasan los años segregamos en menor cantidad y por eso la percepción del tiempo se va acelerando cada año que pasa, como un reloj de arena que acelerase su caída en nuestro cerebro.

A veces lo bueno de desvelar misterios es que provocan otro mayor o al menos igual de seductor... ays, la química.

Y a mí idealizar cualquier cosa se me da más bien fatal, no me gusta hacerlo por la falsedad que encierra, si se trata del pasado, o el probable batacazo al que te puede llevar si se trata del futuro. Y el tiempo de mi infancia me encantó, fui una enana feliz y saltarina, pero este que vivo ahora también me gusta y no creo que lo cambiara. A pesar de que la celeridad con la que se me escurre el tiempo me joda y prometo que me jode como pocas cosas!!! jeje

Un besote tic-tac!

huelladeperro dijo...

Impresionante, Antígona, la forma en que has conseguido con simples palabras reflejar en nuestro presente aspectos ahora etéreos de aquello que era nuestro pasado.
Algo me quedo, y desde ahora mi comprensión del tiempo va a ser más aguda. Si no fuera por que sé (casi sé) que es anterior, diría que el Peter Handke se inspiró en tu texto para escribir su poema...

Quizá te inspiró la película. La tengo pendiente, intentaré verla.

Antígona dijo...

Nada, Troyana, como dije antes, creo que el post no estaba muy logrado, y de ahí su ambigüedad. Acabo de buscar la canción de Luz y sí, la conocía, una canción preciosa, aunque en el momento de mencionarla tú no había caído en ella.

¡Otro beso!

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Me alegro de verte por aquí, JJ :)

La verdad es que en cuanto pensé en el tema de la infancia me vinieron a la cabeza imágenes de Sorolla, y ésta precisamente me pareció preciosa.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Bueno, Margot, es que los adultos siempre andamos con mil obligaciones encima, plenamente conscientes de ellas, tratando de encajar en nuestra agenda lo que parecería no poder encajar ni con una varita mágica, mientras que los niños, ay, sólo sufren esas obligaciones porque les llueven encima y sin poder sentirlas realmente como propias.

Lo de la serotonina, mmm, no me fío de las explicaciones biológicas, o al menos no de las que se presentan como causa sin tener en cuenta que, obviamente, toda transformación en nuestra percepción, venga motivada por lo que venga motivada, tiene un correlato físico. Y si la serotonina es ese correlato físico o cerebral de una distinta percepción del tiempo en la niñez y en la vida adulta, ¿no será que segregamos menos serotonina -precisamente el neurotransmisor que se asocia a las sensaciones placenteras y a la alegría- a fuerza de la domesticación que se nos impone, porque nos habituamos a asumir obligaciones ingratas, porque nuestro grado de tolerancia a la insatisfacción de nuestros deseos aumenta gracias al entrenamiento y a la necesidad social de convertirnos en adultos, o porque a los adultos se nos enseña a convivir con el aburrimiento para que podamos ser los trabajores responsables que se espera que seamos?

Las idealizaciones no son buenas, no, tienes toda la razón, menos las de lo perdido, porque sólo generan insatisfacción e incapacidad para disfrutar del presente. Cada etapa tiene sus virtudes, sus potencialidades. Y si los niños gozan de cosas que luego se vuelven imposibles de gozar, de adultos disponemos de algo de lo que los niños carecen: la capacidad de dirigir nuestras vidas, al menos en cierta medida. Siempre he pensado que la infancia es un período de desprotección donde la felicidad depende sobre todo de la buena fortuna, de las circunstancias que nos hayan caído en suerte.

En cuanto a lo de que el tiempo pase tan deprisa, vaya si jode, sí. Pero espérate a que nos jubilemos, a lo mejor vivimos entonces una segunda infancia. ¡Yo lo estoy deseando! ;)

¡Un besote sin reloj!

Antígona dijo...

Huelladeperro, como ya he dicho antes, mi sensación es la de que el post no está muy logrado, así que creo que el mérito que le atribuyes depende en buena medida de tu propia mirada. Pero me alegra haber sido capaz de provocarla :)

La película sólo la traje a colación por el poema de Handke, que se recita en diferentes momentos de la misma, muy bien articulados. La película vale la pena, sí. Nunca me gustó cómo se resuelve la historia, pero el planteamiento me parece fascinante. Merecería también un post ella misma. Ya me contarás si la ves.

¡Un besazo, can!

Maldita ternura dijo...

hola,te invito a que me visites.

Duschgel dijo...

Mi madre me decía siempre que a ella le hubiera gustado que yo fuera siempre pequeña, siempre niña. Me da la sensación de que lo decía porque, a ciertas edades, los hijos se sienten muy unidos a sus padres, y el crecimiento de un niño supone la pérdida de esa unión y esa dependencia tan grandes.

Yo le decía entonces a mi madre, incluso al poco de haber tenido yo a mi hijo, que todas las épocas de una persona son bellas y hay que aceptar la evolución del niño hasta que se hace mayor e independiente. Que los padres no estamos aquí más que para ser una protección y una guía para ellos hasta que sean autosuficientes. Y que, aunque siendo mayor ya no vuelvas a ser como cuando eras niño, era bello conocer a esa persona, a aceptar que no es un niño y a tratarla con toda su integridad de adulto.

Ahora mi niño tiene cinco años. Sigo sin saber con exactitud por qué a mi madre le habría gustado que siguiera siendo pequeña. Pero yo sí sé por qué me gustaría que mi niño fuera siendo pequeño. Y lo has descrito tú. Mejor imposible.

¡Feliz finde, Antígona!

Juan Cosaco dijo...

Creo que yo me sigo haciendo todas y cada una de las preguntas que se hacía el niño cuando era niño.
Si él no sabía que lo era, ¿porqué yo no voy a ser un niño?
Tan cerca, tan lejos de segundas partes o de primeras, el Cielo creo que me espera sobre Berlin; como niño, puedo preguntar algo?
cuando eras niña no pensabas en el futuro? en llegar a ser mayor, tener libertad, poder amar... yo lo hice y lo hago.
Salud!

Antígona dijo...

Hola, Maldita ternura, gracias por la invitación, en cuanto tenga un ratito me paso.

Un saludo

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Querida Dusch, creo que tienes toda la razón, a muchos padres y madres les cuesta asumir ese crecimiento de los hijos. Un niño es una enorme fuente de demandas que hay que satisfacer, y ser capaz de hacerlo, además de mantener a sus padres ocupados, les hace sentirse útiles e incluso da un sentido a sus vidas.

Me temo que se trata de una actitud bastante egoísta: en el fondo, esos padres piensan más en sus propias necesidades que en las de sus hijos. Porque sus hijos no necesitan protección constante ni dependencia, sino quien les ayude a lograr una autonomía que les convierta en adultos libres e independientes.

Veo que en tu caso se trata de otra cosa totalmente distinta. Pero, personalmente, no creo que ese presente bruto que viven los niños sea un estado ni mejor ni peor que el de la vida adulta. Uno puede mirar con nostalgia ciertos aspectos de la infancia. Pero otros, precisamente la dependencia, la extrañeza de haber de adaptarse constantemente a un mundo adulto, la inevitable supeditación a él, por ejemplo, yo me alegro infinitamente de haberlos dejado atrás. Aun siendo consciente de que ahora simplemente proyecto mi mirada adulta y no puedo recordar bien cómo sentía algunas cosas siendo una niña.

Espero que hayas tenido un buen finde.

¡Un gran beso!

Antígona dijo...

Yo también me sigo haciendo esas preguntas que aparecen en el poema de Handke, Juan Cosaco. ¿Igual es que aún no nos hemos convertido en los adultos que debíamos ser? ;)

Yo no creo que sea una niña, aunque sí creo que todos llevamos un niño dentro, aplastado por el peso de la responsabilidad, de las obligaciones, de las rutinas diarias, pero que de cuando en cuando toma fuerzas y emerge. Por ejemplo, la niña que llevo dentro protesta, berrea y casi llora cada vez que tiene que madrugar para ir al curro. La Antígona adulta no tiene más remedio que hacerla callar. Pero en otros momentos, como cuando me quedo boquiabierta ante algo hermoso, siento que es la niña la que se impone.

La niña que fui sólo empezó a pensar en el futuro cuando dejó de ser tan niña. Al menos es lo que recuerdo. Creo que esa niña más bien fantaseaba con otras realidades pero sin proyectar propiamente un futuro.

Gracias por tu visita y bienvenido a esta casa, que es la tuya siempre que quieras.

¡Un beso!

Margot dijo...

Estamos de acuerdo, Antígona, las explicaciones biológicas sufren de muchas y variadas carencias, estamos en pañales como en casi todo, lo que no deja de entusiarmarme. Pero me gusta aplicar el " a más cómo, menos por qué" de Wagensberg. El menor de los males que siempre digo y busco. El cómo se puede establecer, se puede buscar un consenso en él y existe un metodología más o menos limpita para encontrarlo (ya, pero con muchas carencias como decíamos). En los por qués.... uffff, cada cual aplica los suyos en función de demasiadas variables e incluso introduciendo el pensamiento mágico con garbo y salero y sin ningún fundamento que no sea la del propio parecer. Y las opiniones son como los culos, cada uno tiene el suyo... jajaja.

Pero estoy de acuerdo en tus matizaciones, el problema es ese, que no sé si estoy de acuerdo sólo porque compartimos criterios vitales. Y en el resto me falta conocimiento para concluir...

Y ea, me fui del tema, no sé si era esto lo que quería decirte pero seguro que me intuyes.

Perdidita estoy, coñe, qué complejo es todo!!! jajajaja.

Otro beso que estoy muy parlanchina hoy.

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Estoy otra vez leyendo uno de mis libros favoritos: Mishima, Confesiones de una máscara. Y me recordó a tu post, porque tiene recuerdos nítidos de su niñez, y los revive constantemente en su adolescencia, que se sigue siendo un niño, y en su madurez, en la que muchos siguen teniendo lo mejor de los niños, ese sentido innato por las sensaciones puras, las genuinas, las no envenenadas. Yo sí recuerdo muchos momentos, y vuelvo a ser una niña, muchos días, muchas veces. Apagó el ordenador, olvido el trabajo, sueño con cosas bonitas, qué mas da si cambiamos el objeto, lo importante es no perder esa capacidad de soñar que teníamos de pequeños... Y sí gusto de comtemplar la vida desde otro ángulo menos severo que el que toca, porque creo que es necesario tener, mantener, ese halo de inconsciencia y de verdad que había en esa etapa en la que todo era espontáneo, en la que nada sobraba. Me ha encantado, está como siempre perfecto, no sobra nada, tu tb eres una niña, monada... pones en fila sentimientos y sensaciones que no se compran, que vienen gestadas con sello propio, eso es pureza, y los niños la suelen tener a montones.. los niños buenos... somos buenas....
Un besazo fuerte, guapa, mubonito¡

troyana dijo...

Antígona,
"...pasaba por aquí,ningún teléfono cerca, y no me pude resistir..."
Le propuse a Cosaco hacer una lista de pelis favoritas vistas en el 2007 pero hechas con anterioridad, aceptó y me invitó a un café( todavía no sé si real o virtual),acepté y le propuse extendieramos la propuesta a la Antígona de la Cólera de Aquiles, y ahí se ha quedado la cosa...¿te sumas a la lista al menos? sé que ese tema es objeto de otro post, pero ya ves, de una 2 cinéfilos como nosotros¿ qué se puede esperar?¿o tendría que hablar en singular?
un abrazo

Antígona dijo...

Pues, sí, niña Margot, estamos más que de acuerdo y me ha parecido muy iluminador ese principio de Wagensberg, que no conocía. Y es que eso hay que tenerlo muy claro: la ciencia trata de explicar el cómo, pero debe renunciar a explicar los porqués. Tal vez el problema lo tengamos nosotros cuando leemos explicaciones científicas y estemos proyectando sobre ellas ese porqué que la ciencia no aborda. O algunos científicos que olvidan que su función es restringirse al cómo sin pasar el porqué. Pero es que tenemos tanta necesidad de los porqués, ays, me temo que son ellos los que nos inquietan más allá de los cómos y eso es lo que acaba nublándonos la vista.

Los criterios vitales, sí, diría que los compartimos. Y a lo mejor es que nos gusta introducir los mismos bloques de pensamiento mágico para quedarnos con el porqué que más nos gusta. Pero bueno, digo yo que de eso se trata. Si el porqué nos resulta incognoscible, que cada cual se aferre al que le parezca más productivo a la hora de seguir viviendo, de seguir pensando, o de remover conciencias que alteren un estado de cosas indeseable. Tal vez lo que distinga unos porqués de otros sean los intereses que se encuentren a la base de su invención. Y los intereses, los hay muy dispares, y unos mucho peores que otros.

Te intuyo, guapa, te intuyo, vaya que sí. A la próxima ya ni escribas, que te capto telepáticamente ;)

Y no te me pierdas!!! O piérdeteme, pero bien ;)

¡Otro beso parlanchín!

Antígona dijo...

Delirium, como he dicho antes, todos llevamos un niño dentro y hay que dejar que salga de cuando en cuando, tratar de no perder totalmente su mirada, su capacidad de asombro ante el mundo o de puro disfrute. Es más, diría que debemos cultivar a ese niño que aún pervive en nosotros y no dejar que muera sofocado por las rutinas y disciplinas de la vida adulta. A veces es difícil en medio de tanta responsabilidad, de tantas cosas que deben caer bajo nuestro control. Pero siempre pueden encontrarse momentos para ello. De lo contrario, acabaremos convertidos en adultos aburridos y planos, acabaremos por creer que no hay nada nuevo bajo el sol y que todo lo que la vida pueda ofrecernos no son más que realidades ya sabidas y gastadas.

¡Y por supuesto que somos buenas! Más buenas que el pan. ¡Y ay de quien se atreva a dudarlo! ;)

¡Un beso enorme, hermosa!

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Pues sí, Troyana, me parece una propuesta muy interesante y me sumo a ella, así que ya me dirás cómo. El único problemilla es que ando últimamente muy escasa de tiempo, así que me tendréis que dar un poco de margen, que si no, lo veo imposible.
Gracias por la propuesta y ¡a ver qué nos sale entre todos! Te advierto que este año pasado he visto un montón de pelis que darían mucho juego.

¡Más besos!

Duschgel dijo...

Es cierto lo que has apuntado. De hecho, uno de los motivos que hace que los niños quieran ser mayores es poder prescindir de lo que te imponen los padres. Esa relación jerárquica nunca acaba de borrarse. Pero cuando alcanzas la mayoría de edad, al menos eres libre de decidir por ti mismo. Eso sí, ya se sabe lo que implica la libertad. No hay más sin menos. No hay absolutos ni extremos, sólo polos opuestos que se complementan y se pelean.

Un beso grande, ¡gigante!

el nombre... dijo...

Anti: y la posibilidad de comentar en el último post?
Besos