viernes, 27 de abril de 2012

Naturaleza


Cristina mueve pausadamente la cucharilla dentro del té con leche, apenas sin hacer ruido, las pupilas fijas en las manos de Paula sujetando la frente abatida y ocultando los ojos, en las lágrimas que ruedan por sus mejillas para acabar precipitándose sobre el borde de la taza, sobre el platillo, sobre el líquido humeante color crema. Aún experimenta un resto de agitación en el pecho por los sonoros timbrazos a deshoras, por la imagen deformada en la mirilla de su hermana, por su desamparado abalanzarse sobre sus brazos al abrir la puerta, la pequeña maleta aún sobre el felpudo, los hombros convulsionados por un llanto entonces todavía silencioso sobre sus clavículas.

De nuevo suelta la cucharilla y acaricia con suavidad el brazo de Paula, vamos, Paula, vamos, deja ya de llorar y cuéntame, Paula que levanta la cabeza con lentitud, los párpados cerrados mientras se frota con los dedos las mejillas mojadas, un hondo suspiro, los párpados se abren finalmente para dejar pasearse a los ojos por el lejano horizonte de los azulejos de la cocina y después acercarse y demorarse sobre el mantel azulado hasta aterrizar en los suyos. Es por el bebé, la voz se quiebra descomponiendo otra vez el gesto, las lágrimas reanudan su persistente recorrido por la piel enrojecida. Cristina no oculta el tono de sorpresa, pero qué bebé, Paula, se encoge ligeramente en la silla y retuerce el cuello de su jersey de punto, de qué estás hablando. Paula parece hacer un esfuerzo por serenarse, coge otro pañuelo de papel y se suena antes de empezar a hablar, la voz ya un poco más entera, no se lo hemos dicho a nadie, tampoco a los papás, no queríamos disgustarlos, hace un año empecé un tratamiento, llevábamos tiempo buscando un niño pero no había forma, fui al ginecólogo, me hice diferentes pruebas y resultó que mis ovarios no estaban funcionando como debían, así que empecé el tratamiento, según el médico algo muy común, nada por lo que preocuparse, que en tres o cuatro meses estaría embarazada, nos dijo, pero ya ha pasado un año y sigo sin quedarme, el médico ha dicho que no debería haber ahora ningún problema, pero aun así nada, mi cuerpo no responde, su ceño se frunce al pronunciar sus labios estas últimas palabras, la voz que trasluce cierta crispación, sencillamente no responde.

Cristina baja la mirada hacia la taza para alzarla al instante y acariciar una vez más el brazo de Paula, la pregunta rezuma un poso de falsedad en su boca, no por ello la reprime, pero cómo no me habías contado nada, Paula, siente que la situación la convierte en forzosa aunque haga tanto que no se cuentan intimidades, demasiadas discrepancias de piel y mente frente al mundo entre las hermanas, más que probable causa del recíproco y creciente desinterés que ambas experimentan sin pena ni nostalgia, un hecho incontestable que sólo cabe aceptar. Esta tarde, al llegar a casa, Paula deja la taza con cuidado tras dar un pequeño sorbo, he vuelto a desmoronarme, todo porque me he cruzado con dos gitanillas, cada una con su niño de meses al brazo, apenas unas crías, hablando de sus cosas sin casi prestar atención a sus bebés, no sé qué me ha entrado por dentro que nada más abrir la puerta ya estaba llorando, Eduardo ha venido enseguida a abrazarme, a consolarme, pero he notado cierta impaciencia en él, es cierto, me sucede demasiado a menudo, y cuando ya parecía que me estaba calmando, ha empezado a hablar de la posibilidad de la adopción, ¡adopción!, la voz de Paula se eleva irritada, me he puesto hecha una furia, una auténtica furia, Cristina, yo no quiero adoptar ningún niño, quiero tenerlo yo, ¡yo!, no ser una madre postiza, de segunda fila, incapaz de engendrar a sus hijos, no, no quiero un niño de otros, quiero llevarlo en mi vientre y sentirlo crecer dentro de mí, quiero saber qué se siente cuando dé sus primeras pataditas, quiero que salga de mí, y saberlo mío y de Eduardo, y tratar de adivinar con él cuando nazca si su naricita es la mía o la suya, si saca mi genio o la pasmosa tranquilidad de Eduardo, no sé, Cristina, sólo quiero vivir lo que viven todas las mujeres cuando son madres, ¿es tanto pedir?, ¿por qué debería renunciar a ello?, ¿por qué yo no puedo tenerlo?, no es justo, Cristina, no es justo, para eso estamos hechas las mujeres, para eso tenemos útero y ovarios, para tener hijos, es lo más natural del mundo, lo más natural, no puede ser que yo no pueda como cualquiera, no puede ser que mi cuerpo me esté jugando esta mala pasada, que me esté fallando así, hay días en que me pegaría de cabezazos contra la pared, en que querría golpearme como si fuera un saco de patatas, los ojos de Paula se hunden en el té con leche, un par de lágrimas en caída libre alteran su quieta superficie, la voz que se convierte entonces en un hilo, no sabes lo inútil que me siento.

Mordiéndose el labio inferior, la otra mano de Cristina se aprieta incómoda por debajo de la mesa contra su abdomen para retomar segundos después su posición inicial sobre el mantel. Un enorme vacío se ha abierto entre sus sienes, un agujero negro tragándose las palabras que inútilmente trata de encontrar, Paula que la mira con fijeza, ahora es Cristina la que suspira, por fortuna la voz de su hermana vuelve a apoderarse del silencio con determinación, pero lo peor ha sido la reacción de Eduardo, su frialdad, el muy cobarde, el muy hipócrita, ha acabado reconociendo, admitiendo, después de todo este tiempo, después de toda esta angustia por mi parte, después de todo este sufrimiento, que no sabe si quiere tener ese niño. Que no lo sabe. Jamás, Cristina, jamás lo hubiera esperado de él, no sé cómo ha podido engañarme de esta manera, no sé tampoco si es él el que se engaña, ya no sé nada. Lo único que sé es que ya no podía soportar un minuto más en esa casa. Y que con él o sin él voy a hacer todo lo que haga falta para tener ese hijo. Todo lo que haga falta.

Recostada sobre la almohada, Cristina puede escuchar el murmullo apagado de la voz de Paula en la habitación contigua. Confía –quién si no a esas horas de la noche en que hablando por el móvil con Eduardo. Tratando, ojalá, de hallar en las palabras lanzadas al otro lado de la línea el parche que permita cubrir el feo desgarrón, Eduardo haciendo quizá malabarismos imposibles por transfigurar el sentido de las que lo causaron, por propiciar el emborronamiento al que pueda aferrarse la decepción de Paula. Sería triste que lo consiguiera, piensa Cristina, los remiendos de esa clase, sobre cortes que no hay aguja que suture, sólo son treguas destinadas a posponer el desgarro definitivo de la ruptura, poco importa que muchas parejas se acostumbren a convivir en ellas y las hagan durar hasta la vejez y la muerte. Sería triste, sí, y también lo mejor para ella en estos momentos. Contempla la pila de libros depositados sobre la mesilla de noche pero desecha la idea, está demasiado nerviosa para leer, rebusca en el cajón, se introduce una pequeña pastilla debajo de la lengua y apaga la luz.

Los sonidos de la habitación contigua han cesado. Debe recordar mandarle mañana un mensaje a Fernando para decirle que no podrán comer juntos. Mañana. Mañana, por fin, se dice intentando dominar la angustia que tensa su estómago justo debajo del esternón, toda esta pesadilla habrá acabado. Y el mal trago sólo durará un rato, después todo volverá a ser como antes. O no. Tiene que resolver las cosas con Fernando. Fernando, que al poco de conocerse le reveló, risueño, que quería tener muchos niños. Pero no. Está claro que ése no es el problema. El problema va más allá de esa cuestión. Es la apatía que le sobreviene cuando trata de imaginar una vida a su lado. Y por eso, o quizá no sólo por eso, no ha dudado ni por un segundo de que Fernando debía permanecer al margen de este accidente. En su cabeza resuenan ahora las palabras de Paula, es lo más natural del mundo. Pero resulta que la naturaleza tiende a seguir su curso, nunca tan regular como se asegura, tantas veces caprichoso e inhóspito, por completo ajena a las decisiones humanas. A la decisión de Paula de ser madre. A sus propias decisiones. Ajena a los deseos, siempre indiscernibles en su fundamento pero de todo punto irrefutables en el reconocimiento de su realidad soberana, que han ido determinando esas decisiones y que nada de naturales, reflexiona, pueden tener porque lo de contrario serían idénticos para todos. Suerte que esta vez ella lo tiene más fácil que Paula y saldrá vencedora de esta lucha inmemorial con la naturaleza por la que el ser humano ha llegado a ser lo que es. La dichosa y tenaz naturaleza que ha logrado sortear, burlona, los malditos anticonceptivos y sus desagradables efectos secundarios. Pero mañana, por fin, después del mal trago, se habrá evaporado esta sensación de estar poseída, esta horrible sensación de invasión en sus entrañas. También ella ha tenido ganas de darse de cabezazos contra la pared, de emprenderla a puñetazos con su abdomen, con ese cuerpo suyo que igualmente la ha traicionado iniciando un camino al margen de su voluntad, amenazándola con la presencia de una prolongación de sí misma que otras vísceras en su interior rechazan ferozmente. Porque rechazan la imposición de una forma de vida, de un mundo al completo en lo que le resta de existencia, que ni desea ni ha decidido para sí. Cómo puede haber quienes piensen, se pregunta por enésima vez ya notando la pesadez en sus párpados, que en esta batalla la victoria debe caer del lado de la naturaleza ciega y no de su voluntad. Del lado de esas células que crecen inconscientes dentro de su cuerpo como un tumor maligno que fuera cercenando lentamente su libertad. Sólo los ilusos que se empeñan en ver tras ellas el todopoderoso e inexistente dedo de cierto dios dañino.

Bajo los efectos del somnífero, Cristina pasea por una larga avenida desierta, bordeada por árboles desnudos, bajo un cielo plomizo. El viento azota su rostro y tiene frío. De súbito se percata de que a ambos lados de la avenida se agolpa una multitud silenciosa. Los rostros anónimos la miran con severidad. Cristina apresura el paso, atemorizada. A lo lejos percibe una figura solitaria en medio de la avenida. Sus pies, moviéndose cada vez más rápido, van acortando la distancia que la separa de ella. Finalmente la reconoce. Es Paula, que canta arrobada al muñeco que acuna entre sus brazos sin reparar en su presencia. Paula, ¿qué haces aquí?, le pregunta. Paula vuelve su rostro hacia ella y le tiende el muñeco. Cristina da un paso atrás. No lo quiero, Paula, es tuyo. También la mirada de Paula se torna entonces severa, y en los brazos extendidos sus manos se aflojan despacio, muy despacio. El muñeco golpea el suelo con un ruido sordo. Desde la multitud comienza a alzarse un rumor que va aumentando poco a poco en intensidad hasta convertirse en un griterío confuso y estremecedor. Un griterío que acaba reemplazado en sus oídos por la voz del locutor de radio que emerge del despertador.

19 comentarios:

iliamehoy dijo...

¡Cómo te he echado de menos!.
Lo natural también es susceptible de ser vivido de forma muuy particular e intransferible.... y los sueños de unos devienen tragedias en otros.
Excelente puesta en escena, cuidando con meticulosidad el recorrido de cada una de las lágrimas , derramadas o guardadas entre los huecos y desgarros de esas traidoras entrañas.
Gracias por tus palabras, que me llenan de abrazos.
Una sonrisa

El peletero dijo...

Poco o nada (o mucho) puedo añadir como hombre, pero como persona podría relatarle una experiencia propia que no voy hacer. En su lugar le diré algo que al ser tan obvio se olvida con facilidad, todos hemos sido hijos y hemos temido, como cualquier niño, ser abandonados, exactamente igual que los ancianos que dependen de sus hijos o de otros. Los que han sido verdaderamente abandonados saben que la familia, sí, la familia, no es ninguna cuestión de sangre, pero tampoco una pandilla de amigos.

Hay razones para todo, para vivir o para matar, lo malo es que en la mayoría de las ocasiones no son más que excusas. La soledad o la compañía siempre son unas pesadas cargas, las dos pueden ser tumores que maten más que el cáncer.

Saludos.

La Naturaleza nunca es amiga.

Carmela dijo...

Bueno yo creo que aquí están retratadas dos situaciones extremas, perfectamente, como siempre nos tienes acostumbrados, pero sería muy triste que solo nos encontráramos con los extremos. La naturaleza es blanco y es negro, pero tambien encierra toda la gama de colores. ....no?, si, yo creo que si.
Un beso.

NoSurrender dijo...

Cuánto dolor, doctora Antígona, en la crueldad de la biología. No me gustaría llamarlo “la naturaleza”, ya que la naturaleza del ser humano es, precisamente, superar la crueldad de la biología en función de la voluntad y la libertad del individuo. Por eso nos ponemos gafas cuando tenemos miopía, nos desplazamos en aviones o eliminamos virus que nos colonizan. Enfocar la interrupción voluntaria de un embarazo como un acto contra nuestra naturaleza es aberrante, como aberrantes son tantos dogmas religiosos (más modernos que ancestrales, por cierto). Me alegro mucho de que la ciencia ayude a la naturaleza volitiva de Cristina a frenar ese accidente biológico, y deseo que la ciencia ayude a la naturaleza ¿volitiva? de Paula algún día también.

Un beso, doctora Antígona!

Antígona dijo...

Ilia, ya ves que yo también he estado ausente durante una buena temporada, pero te echaba igualmente de menos desde que reaparecí. Una alegría verte por aquí!

Así es, y no sólo porque cada cual pueda tener nociones muy distintas acerca de qué es lo natural, sino porque un mismo hecho, natural o no, puede generar reacciones y emociones de carácter por completo opuesto. Cabe tanta variabilidad en la conducta humana como individuos existen, y cada cual siente y vive la realidad de una manera por completo intransferible. Quizá por ello no exista una única realidad, sino tantas realidades como formas de experimentarla y afrontarla. Mejor no lo podías haber expresado, los sueños de unos son las tragedias de otros. Eso es lo que principalmente me interesaba resaltar con este cuento.

Gracias a ti por tu visita, Ilia, y cuídate mucho.

Un beso y una sonrisa.

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Peletero, creo que como hombre podría usted decir tantas cosas como diría una mujer. Bien, es cierto que usted nunca podrá saber qué se siente ante un embarazo, deseado o no deseado, ni conocer la angustia de quien lo desea con todas sus fuerzas pero no lo logra. Pero tanto la maternidad como el aborto son temas que nos afectan a todos, seamos hombres o mujeres, como miembros de una sociedad que debe saber cómo afrontar los conflictos que ambas cuestiones puedan generar entre las personas o entre el individuo y el modo en que esa sociedad lo juzga y valora.

Lo que dice me ha hecho venir a la cabeza la reacción que suelen tener los niños cuando se les habla del aborto. Algunos, en primera instancia, lo rechazan porque piensan que de haber abortado sus madres ellos no habrían nacido, y es un pensamiento que les duele. Intuyo que aún les falta madurez para entender que su nacimiento sólo es fruto de la contingencia y el azar, de la conjunción de una multiplicidad de factores que podrían no haber confluido, y que por tanto ha habido bastantes más probabilidades de que no nacieran como los individuos que son que de que sí vinieran a este mundo. Una vez aquí, aprendemos a amar la vida e incluso nos agarramos a ella con fuerza hasta en condiciones que objetivamente valoraríamos que la tornan invivible. Pero ese sentimiento sólo depende del hecho de que hemos nacido. De no existir, nada podríamos lamentar ni dejar de lamentar.

Claro que tanto la soledad como la compañía pueden ser letales. Pero creo que lo son más si no son libremente elegidas, si se viven como una imposición indeseada forzada por las circunstancias o por ciertos prejuicios sociales que hemos interiorizado de forma dañina porque sentimos que se oponen a nuestros más íntimos deseos.

La naturaleza es ciega, sin intencionalidad ni voluntad. Por eso, creo yo, no puede ser ni amiga ni enemiga. Aunque nosotros veamos en ella una enemiga cuando nos destruye o impide el cumplimiento de nuestros deseos.

Un beso!

Antígona dijo...

Carmela, de ninguna manera el post pretende negar que existan otras maneras menos extremas de afrontar la maternidad. Por supuesto que no. Pero quería plantear esos extremos porque de ambos se derivan fuertes dosis de sufrimiento. En el primer caso, por su búsqueda desesperada, en el segundo, porque un embarazo no deseado siempre supone un dilema, más cuando la mujer vive en una sociedad que no dejará de juzgarla por no haber deseado la maternidad. Tanto Paula como Cristina son víctimas de una idea de la naturaleza según la cual los seres humanos debemos regirnos por nuestros condicionantes biológicos antes que por nuestra voluntad. Y es esa idea la que pervierte el hecho de la maternidad como elección libre tanto si se desea como si no. Una elección que sin embargo reclamamos con contundencia en otros órdenes de la vida y de la relación que mantenemos con la biología.

Un beso!

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Obviamente, doctor Lagarto, el concepto de naturaleza que se propone en el post no es aquel al que usted se refiere, sino aquel en el que lo natural trasciende y se enfrenta a la libertad, aquel en el que las leyes naturales se piensan en confrontación con la capacidad de elección que nos atribuimos los humanos frente a los animales o las piedras que caen. Sin embargo, no puedo estar más de acuerdo en que si en algún sentido cabe hablar de la naturaleza humana, ese sentido incluye en sí mismo la negación de lo natural al modo en que se da en animales y piedras, así como el histórico ponerse del hombre por encima de los condicionantes biológicos y naturales no sólo en aras de su propia supervivencia, sino en su propia constitución como especie. No podemos olvidar que los primeros homínidos se convirtieron en tales cuando ciertos primates optaron por algo tan antinatural, según su propia configuración biológica, como ponerse en pie y tratar de caminar sobre dos patas. Ese primer gesto –que aún explica muchos problemas de salud de los humanos¬, aún no plenamente adaptada después de millones de años a la bipedestación- lo dice todo sobre nuestra relación con los condicionantes biológicos.

Ese enfoque de la interrupción voluntaria del embarazo que señala es, en efecto, aberrante. Pero se da y se sigue dando porque muchos aún piensan que debemos respetar e incluso venerar a la naturaleza cuando lo que en ella sucede es la creación de una nueva vida humana. Porque las religiones no han exaltado precisamente la libertad del individuo sino su sometimiento a una naturaleza tras la cual tienen la seguridad de encontrar el mapa de los designios divinos. Porque vivimos en un mundo en el que todavía siguen pesando demasiado las ideas religiosas que sólo coartan nuestra libertad y nos llenan de sentimientos de culpa.

El verdadero drama del cuento me parece no el de Cristina, sino el de Paula, más víctima que la primera de esa idea perversa de la naturaleza que le impide comprender que ser madre (o padre) no es una cuestión de biología ni de sangre, sino de querer hacerse cargo por completo del desarrollo y educación de otro ser humano.

Un beso, doctor Lagarto!

luzbelguerrero dijo...

Lo del dios dañino me ha llegado
Veo que sigue manejando el relato como nadie que yo conozca; al mismo tiempo, toca Ud. muchas llagas en una misma pieza
¡Hágase famosa de una vez!, Ud. coge la gloria y los cuartos, y yo puedo fardar de que la conozco de hace tiempo.

Dona invisible dijo...

Eso de pensar siempre que la naturaleza es sabia es un error a mi entender: una niña con 13 años puede tener hijos y, sin embargo, el raciocionio nos dice que el hecho que una niña tenga que hacerse cargo de otro niño/a es cruel, injusto y fuera de razón. Lo he visto con mis propios ojos en países como Guatemala, donde el aborto es un tabú que ni mencionarlo. Y donde niñas violadas son obligadas a tener hijos...
Me ha gustado tu forma de expresar mediante las repeticiones la angustia de Paula, quizás también motivada por esa obsesión por tener un hijo SUYO, que no la deja ver más allá.
La escena final del muñeco: brutal.
Un abrazo, Antígona!

El peletero dijo...

¿Usted cree que sólo los niños tienen esa reacción? Es curioso, ese mismo argumento lo leí cuando era niño en un tebeo barato francés, pero el que lo mentaba era un teniente mejicano que iba a dirigir un pelotón de fusilamiento contra unos pobres condenados, revolucionarios de Zapata, les decía algo parecido para levantarles la moral frente a la turbación que sentían por la inminente muerte, y, supongo, que para descargarse también él mismo de responsabilidad enmascarando su acto en el azar, en esa contingencia de su concepción que no de su nacimiento. Recuerdo que uno de los sentenciados comentaba irónicamente que el teniente encima de matarlos los tomaba por niños, o por imbéciles, y que aún deberían darle las gracias por devolverlos a los testículos de su padre (usaba otra palabra).

Saludos.

Antígona dijo...

Estimado Luzbel, ¿no es un dios que carga con la conciencia del pecado allí donde las personas sólo quieren hacer uso de su derecho a elegir qué tipo de vida –que recordemos, sólo hay una- quieren vivir más dañino que el propio diablo? Usted debería saber de eso más que el resto :P

Y le agradezco vivamente sus elogios, pero sabe perfectamente que exagera. Me contento con lo que me entretiene –más en estos tiempos furibundos- escribir estos relatos y con que a ustedes les gusten y les susciten algún comentario que compartir.

Un beso!

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Dona, no lo podías haber expresado con mayor claridad. La naturaleza ni es sabia ni deja de serlo. La naturaleza es vida, crecimiento, curación, pero también muerte, enfermedad y destrucción, y los seres humanos nos hemos dedicado, desde que existimos como tales, a tratar de poner a la naturaleza al servicio de nuestra supervivencia y a doblegarla o a protegernos de ella allí donde esa supervivencia se ve amenazada por ella. Que esta cuestión del aborto sea contemplada de otra manera sólo puedo entenderlo desde un trasfondo religioso. Y desde un trasfondo religioso especialmente intolerante, porque durante siglos y hasta época no tan lejana la Iglesia permitió el aborto a partir de teorías de Aristóteles según las cuales el embrión no se convertía en humano hasta los 40 días de gestación (90 días si el embrión era femenino) y teorías de San Agustín y Santo Tomás basadas en éstas que defendían que el embrión no tenía alma hasta ese momento de su crecimiento.

El ejemplo que pones de las niñas en Guatemala me parece muy bien traído a la vez que aterrador. Claro que no es justo obligar a una niña a hacerse cargo de otro ser humano sólo porque en su cuerpo ha ocurrido algo que no ha podido controlar, y más si ha sido violada. Pero desde esa visión religiosa que antes mencionaba esta vida es un valle de lágrimas en el que debe aceptarse cualquier desgracia o miseria que se nos venga encima, se tenga la edad que se tenga. Además de que sospecho que detrás del rechazo a la libertad de elección de la mujer sobre la maternidad hay una velada estigmatización de su libertad sexual. Como si el mensaje fuera: Ah, pecadora, ¿has follado?, pues ahora carga con las consecuencias.

Como decía antes, el problema de Paula me parece más dramático que el de Cristina, que sólo debe cargar, ante su decisión, ante el rechazo social de la interrupción de su embarazo. Recuerdo que escuché una vez un programa de radio donde mujeres que seguían programas de fertilidad hablaban de las contradicciones que experimentaban por su obsesión de ser madres cuando sabían que existían otras opciones de serlo sin necesidad de quedarse embarazadas. Pero el virus que en ellas habían inoculado la educación y la sociedad de que serían mujeres fracasadas de no poder tener un hijo propio era más fuerte que su conciencia de la contradicción.

Un beso!

Antígona dijo...

Caray, Peletero, no es ése argumento que pueda utilizarse para justificar el asesinato de otro ser humano que ya tiene conciencia de sí y que, como todos, no desea ser asesinado sino seguir viviendo. Que una cosa es no haber nacido y, por tanto, no poder lamentarse ni dejar de lamentarse por la vida o la muerte, y otra muy distinta que a uno le sea arrebatada la vida cuando ya se está en ella. Confío en que no esté diciendo que interrumpir un embarazo no deseado es lo mismo que asesinar a otro ser humano, al menos en las condiciones en que las legislaciones suelen permitirlo (y me refiero en concreto al tiempo de gestación que éstas contemplan como límite permitido y que se funda en criterios científicos).

Más besos!

El peletero dijo...

Una conocida de una buena amiga, con sólo treinta y seis años, acaba de sufrir un trombo al mismo tiempo que ha sabido que está embarazada de mes y medio. Es evidente que para ella, y para su esposo, no existe dilema ninguno, la decisión es clara y diáfana, igual que para mí, sin embargo, ni ellos ni yo ni mi amiga trataremos de buscar excusas ni apelar a las leyes ni a la ciencia. Igual que los buenos peleteros, perdone la comparación, que usan pieles de animales para fabricar vestidos.

Como usted misma decía, la naturaleza no es amiga ni enemiga, por ello todo buen científico sabe que ningún hecho (no sé a qué criterios científicos se refiere usted) demostrado tiene consecuencias morales, de la misma manera que cualquier jurista honrado, y lúcido, confunde las leyes con la justicia (si es que ella existe) como usted misma también nos contaba en uno de sus post.

Yo no sé si ése es un buen argumento, pero a los condenados a muerte se les suministran drogas para que dejen de tener conciencia de sí y no puedan lamentarse ni dejar de lamentarse, algo parecido a eso que dice mucha gente: “ojalá la muerte me pille durmiendo”, “se murió y no se enteró”.

Todos los clubes tienen sus dogmas, sus arengas y sus colores y el aborto (y su contrario) se ha convertido en una de las rayas de la camiseta de uno de ellos, no se puede borrar, ni rebajar de tono, ni cambiar de color, ni poner en cuestión, hacerlo es anatema, sería perder parte del himno, de la bandera, del color de la piel, de las señas de identidad en las que los fans se reconocen entre ellos mientras cantan sus eslóganes autosatisafechos de haberse conocido y reconocido.

Saludos.

Antígona dijo...

Estimado Peletero, voy a partir de la premisa de que lo que usted quiere decir, aunque no lo diga con todas sus letras, es que la decisión de la conocida de su amiga es inmoral. De ahí que aunque ella, su esposo y usted no tengan duda alguna acerca de cuál es la decisión a tomar, no vayan a querer apoyarla sobre excusas, leyes o ciencia alguna. Me pregunto si también pensaría que el aborto de una mujer que ha sido violada es un acto inmoral, por más que muchos la verían como la decisión más razonable. Razonable sí, pero no moralmente correcta.

Y me pregunto entonces, también, cuál es la moral que le puede llevar a juzgar el aborto como un acto inmoral. ¿Es inmoral porque, según su criterio, estamos hablando de acabar con una vida humana? Si es así, argumentaría señalando que lo que crece dentro del útero de una mujer durante los primeros meses de gestación no es una vida humana, sino una vida embrionaria que nada de humano tiene todavía. No sólo no tiene conciencia, sino que ni tan siquiera tiene un sistema nervioso lo suficientemente desarrollado como para poder sentir o percibir nada. Es un conglomerado de células que va creciendo y conformándose y que sólo a partir de cierto momento comenzará a parecerse a algo aproximado a una vida humana. De ahí que, en efecto, no me parezca apropiado que asimile el estado del embrión con la inconsciencia del ejecutado. El condenado a muerte es una vida humana y lo sigue siendo mientras está inconsciente. El embrión no.

Pongamos que me dice usted que, no obstante, es inmoral matar a esa vida embrionaria porque, si la dejamos seguir su curso natural, terminará convirtiéndose en una vida humana. De ser así sólo podría pensar que está usted viendo en esa vida embrionaria algo así como un designio que nos sobrepasa y que debemos respetar y acatar. Puesto que en esas células está inscrito el destino de convertirse en una vida humana, debemos respetar ese destino. ¿Es el designio, el destino de la naturaleza ciega que sólo sigue su curso tras la azarosa fusión de un óvulo y un espermatozoide lo que debemos respetar? No lo creo. También la naturaleza genera cánceres y no los respetamos. Entonces, ¿qué es lo que tiene ese destino en cuanto tal de respetable, si no estamos hablando, de facto, de una vida humana? En la necesidad moral de someter nuestra voluntad al crecimiento de esas células que, si confluyen una serie de circunstancias, acabarán dando lugar a una vida humana, no leo más que lo mismo que pensaba Cristina en el post: la sombra de un dios tras ellas que ha bendecido la vida humana por encima de la de las demás criaturas y de cuyo destino sólo él, y ningún otro ser humano, puede disponer. Una suerte de veneración del milagro de la vida, y especialmente, de aquella vida que puede dar lugar a un ser humano que, a mi juicio, sólo se sustenta desde un trasfondo religioso.

En definitiva, que la valoración del aborto como un hecho inmoral sólo puedo entenderla como el resultado de una visión religiosa de la existencia humana. Visión que me parece muy respetable, pero que no comparto, como tampoco comparto la moral que se destila de ella.

Y por último, creo que se puede estar a favor del aborto sin necesidad de formar parte de ningún club sino como resultado de una reflexión meditada sobre el valor de la vida. Valor que tampoco las personas que ven el aborto como un acto inmoral consideran absoluto si no sienten ningún escrúpulo moral cuando matan a la asquerosa cucaracha que aparece en un rincón del baño, o cuando ponen los medios para destruir el nido de ratos que descubren en su sótano.

Más besos!

Antígona dijo...

Ratones, y no ratos, quería decir.

El peletero dijo...

No ponga en mi boca palabras que no he dicho, querida Antigona, ni haga con ellas juicios de valor ni las adjetive con calificativos fáciles que sólo sirven para elaborar sofismas que le sean útiles. La decisión de mi amiga no es en absoluto inmoral, nada más lejos, por eso la apoyamos, pero no por las razones que usted menciona. Ya le dije una vez que la lógica no puede contradecir el sentido común.
Besos, sentidos y poco comunes.

TRoyaNa dijo...

Antígona,
planteas dos casos a mi juicio bastante comunes.
En torno a la naturaleza,entiendo que no siempre podemos quedarnos a merced de sus voluntades.

Ante un mismo hecho: ser madre,diferentes reacciones y actitudes.
Tanto Paula ha de procurar reconducir su vida sin que ese imprevisto suponga tener un hijo no deseado,como Cristina (por medio de la ciencia o la adopción)tendría derecho a dar respuesta a los sueños que su cuerpo se niega a secundar.
La naturaleza no siempre es sabia,porque yéndome a otro campo,no se puede entender por ejemplo el hecho de que un hombre nazca en el cuerpo de un mujer o viceversa.

¿qué es eso de "lo natural"?¿y lo anti-natural? nos adentramos en un debate complejo donde la moral sin duda cobra un protagonismo ineludible a la hora de valorar.
Últimamente he conocido a bastante gente que opina que el mejor momento para que una mujer sea madre y tenga fuerzas para afrontar la crianza es a partir de los 16 años.Defensores de la lactancia materna,la entrega absoluta a la crianza,el parto natural,el colecho,la leche materna....etc....etc....todo me parece perfecto.....y se habla de la naturaleza y de la sabiduría del cuerpo.Me parece todo maravilloso si la mujer lo decide así libremente y la sociedad le permite (cosa bastante difícil)dedicarse a la maternidad como sería deseable durante el primer año.Perooooooooo......¿qué pasa si una mujer se plantea ser madre a los 40?¿y si decide congelar los óvulos?¿qué ocurre si requiere la inseminación artificial?
en todos estos casos......todas estas opciones son vistas con recelo o desconfianza,pues a su juicio,son "menos naturales"....¿no se aplica aquí un juicio o un prejuicio?
¿no estamos aquí valorando bajo los imperativos de nuestra propia moral?
Ahí dejo todas las preguntas......

Un abrazo, un beso y muy interesante el tema,como siempre.

Antígona dijo...

Le ruego entonces, estimado Peletero, que me disculpe por haber interpretado mal sus palabras y por haberles atribuido un sentido que no tenían. Le aseguro que sólo lo hice porque no de otro modo podía comprenderlas. Espero que mi equivocación no le haya molestado. En absoluto fue motivada por el más mínimo ápice de mala fe.

Más besos, agradeciendo los suyos

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Querida Troyana, me ha hecho gracia eso que dices de que no es justo que un hombre nazca del cuerpo de una mujer. ¡Nunca me lo había planteado! Pero supongo que lo que quieres decir, y en esto estoy contigo, es que no es justo –desde la perspectiva humana, la naturaleza no entiende ni de perspectivas ni de justicias- que sólo las mujeres tengan el poder y el privilegio de la maternidad. Un poder que al sexo dominante nunca le ha pasado desapercibido y que ha tratado de controlar desde que el mundo es mundo controlando la sexualidad de la mujer. O lo que es lo mismo, clausurándola al ámbito del matrimonio y castigándola severamente fuera de él (a no ser que tuviera lugar con hombres infértiles en alguna época de la historia). Leía hace poco en un documento que en determinada época la Iglesia sólo castigaba con contundencia el aborto de ser un medio de ocultación de un pecado sexual (es decir, de adulterio o relación sexual no matrimonial) a la vez que permitía al padre de la interfecta acabar con su vida si éste era el caso. ¡Menuda barbaridad ésta última!

Tengo cierto recelo al adjetivo “natural” porque sospecho que siempre se utiliza como pretexto para afirmar, incluso de forma tiránica, la mayor validez de las propias ideas frente a las de los demás. Como si aquello que se juzga de natural tuviera, en cuanto natural, mayor legitimidad y, por tanto, mayores derechos, que cualquier otra opción alternativa. Sin embargo, a aquellos a quienes se les llena la boca hablando de lo natural frente a lo no-natural o anti-natural les recomendaría echen un vistazo a algún que otro libro donde se afirma, con explicaciones de lo más pedagógicas, que en lo relativo a esta cuestión sólo cabe sostener que los seres humanos somos “artificiales o antinaturales por naturaleza”, puesto que toda nuestra historia desde el propio surgimiento de la humanidad muestra que sólo hemos llegado a ser lo que somos a fuerza de elevarnos sobre lo natural y manejar o manipular estratégicamente sus leyes con nuestra inteligencia para nuestro propio beneficio. ¿O acaso los sílex tallados con que nuestros primitivos ancestros cazaban animales crecían espontáneamente en los árboles?

Así que estoy de acuerdo contigo. Se trata de prejuicios infundados que sólo pretenden imponer una determinada forma de entender las cosas y además bastante intransigentes con la capacidad de elección de cada cual de manera al utilizar el término naturaleza como un dogma.

Un beso y un abrazo!

Marga dijo...

Como siempre el dedo en la llaga, o era en el útero? Cachis…

Yo también creo que de las dos, Paula es quien vive la situación más penosa. Encerrada en una idea equivocada de lo que supone la maternidad, idealizada, incluso en el sufrimiento que supone no quedarse embarazada, y por eso mismo, suceda lo que suceda, acabará inevitablemente decepcionada. No toda la culpa es de ella, pobre, desde que nació recibió la misma machacona consigna: la familia y aledaños, los juguetes, el cole, más tarde los amigos y aunque no hubiera sido así daría igual, el ambiente que la rodea ya se encarga de cargar las tintas uterinas. He visto este caso demasidas veces (bastante más que casos de abortos deseados, que también) y son pocas las veces que veo serena a la madre si al final consigue su objetivo. Las obsesiones extremas se pagan. Y los anuncios de Prenatal son preciosos pero la realidad no tiene por costumbre casar con ellos. O lo que es peor, con facilidad las he visto convertirse en madres controladores y en exceso protectoras.

Yo estoy a favor de la vida, sólo que para mí la vida, y mucho más en el caso de los niños, se trata de la consecución de una vida digna y con amor. Curiosamente en los países donde los dogmas religiosos se asientan con mayor rigor suele ser donde las condiciones de vida en los niños son las menos favorables. Y el aborto, su regulación, me parece inevitable en una sociedad. Sea como sea se producirá, así ha sido desde hace siglos, y entonces de cajón es regularlo evitando que las mujeres (nuevamente ellas) sean mutiladas en abortos provocados salvajemente, o encarceladas o sencillamente muertas en el peor de los casos.

El problema no es aborto sí o no, el problema es una concepción del ser humano y de la vida que nada tienen que ver unas con otras: si consideramos una intervención divina cambian como de la noche al día. Sucede lo mismo si hablamos de la eutanasia. Y al menos en mi caso siempre será imposible la conciliación de mi pensamiento con elecciones deterministas. Se trate del tema que sea. Y dudo que sea enarbolar banderas, más me parece coherencia con un pensamiento alejado de cualquier interveción ajena al ser humano. Para bien y para mal, prefiero pensar que estamos solos en esto de conformar un corpus moral que ataña a nuestra naturaleza.

Y que cada cual se lo coma con su dios, que yo mejor lo hago con pan.

Besos desde la tahona!

Antígona dijo...

El dedo…. pues donde haga falta y según lo requieran las circunstancias, y con la que ha caído en los últimos tiempos por parte de cierto Ministro impresentable, el útero era el lugar más urgente que tocar.

No había caído en la cuenta de lo que señalas sobre el caso prototípico de Paula: la decepción suceda lo que suceda, el necesario precio a pagar en las obsesiones extremas, la posibilidad de convertirse en una madre en extremo sufridora y ansiosa y las consecuencias que ello pueda acarrear a su prole. Pero sí, me pega perfectamente lo que señalas, porque es lo perverso de las idealizaciones: si nos ciegan para valorar la realidad en su justa medida, ésta siempre nos decepcionará por quedar muy por debajo del modelo, precioso pero ilusorio y en cuanto falso necesariamente nocivo.

Claro que no es culpa de Paula. Cada año por Navidades, cuando empiezan a caer por los buzones los folletos de las jugueterías, me pongo enferma al comprobar el modo en que en todos ellos sigue imperando el más puro y duro sexismo que las dirige a ellas al bebé en brazos y la fregona y a ellos a la creatividad y la iniciativa. Me pregunto a qué cojones se dedican diariamente tantas asociaciones feministas, si todavía puede repartirse con plena impunidad semejante propaganda ideológica retrógrada y de consecuencias tan negativas, dado lo vulnerables que somos en la infancia.

Comparto plenamente lo que señalas sobre la vida. No es la vida en su mera condición biológica lo que debe ser protegido –y de hecho, no lo hacemos en tantos y tantos casos-, sino, como bien dices, la vida digna, la vida que como humanos creemos tener derecho a disfrutar porque otras formas de vida nos parecen sencillamente invivibles. Y esa vida que llamamos digna exige ciertas condiciones que, en ocasiones, pueden oponerse a la vida desnuda en cuanto hecho puramente biológico. Esa vida ciega que nada entiende ni de dignidad ni de libertad.

La regulación del aborto no es sólo necesaria, sino urgente. Porque la libertad, la dignidad y la salud de muchas mujeres dependen de ello. Pretender que obstaculizando las vías para interrumpir un embarazo no deseado éstos dejarán de producirse es tan hipócrita y tan perverso como pretender que la prohibición de la prostitución acabará con ella. Es ingenuo y descabellado pretender cambiar al ser humano en aspectos tan elementales y esenciales como su voluntad de decidir sobre su propio destino, de manera que ante esta condición inalterable lo único prudente y sensato es regular mediante leyes para que esa voluntad pueda operar en las circunstancias menos desfavorables y menos dañinas para sí misma y para los demás. Me parece increíble que haya tanta gente que no lo entienda. Gente a la que obviamente le repugnaría que cualquier otro quisiera decidir por ellos lo que deben hacer con su vida.

Las religiones suelen ser especialmente crueles con las mujeres. Porque su control es requisito indispensable para el mantenimiento del orden tradicional por el que abogan y no ejercerlo lo pone seriamente en peligro. Así que en el rechazo actual de la religión católica al aborto no veo tanto una actitud pro-vida (cómo ellos suelen llamarse) cuanto el intento desesperado de los grupos más conservadores de esta sociedad de retornar a la mujer al lugar que, según ellos, naturalmente le corresponde. Si rascamos bien, la intervención divina me parece más bien un vulgar pretexto que enmascara el verdadero objetivo: coartar la libertad de las mujeres para elegir con tanta autonomía como los varones en qué debe consistir su existencia.

Besos laicos!