jueves, 24 de marzo de 2011

Justicia


Alcalde: La donación de Claire Zachanassian es aceptada. Por unanimidad. No por el dinero -
Comunidad: no por el dinero -
Alcalde: sino por la justicia -

Comunidad: sino por la justicia -
Alcalde: y por una cuestión de deber moral.
Comunidad: y por una cuestión de deber moral.
Alcalde: Pues no podemos vivir tolerando un crimen entre nosotros -
Comunidad: Pues no podemos vivir tolerando un crimen entre nosotros -

Alcalde: que debemos extirpar -

Comunidad: que debemos extirpar -
Alcalde: para que nuestras almas no se pierdan -
Comunidad: para que nuestras almas no se pierdan -

Alcalde: ni nuestros bienes más sagrados.
Comunidad: ni nuestros bienes más sagrados.
Alfred (grita): ¡Dios mío!

La visita de la vieja dama - Friedrich Dürrenmatt.


Pocos libros de los que han caído en mis manos en los últimos tiempos me han proporcionado tanto placer como el recientemente publicado "Enemigos públicos", un intercambio epistolar por momentos agrio, por momentos conmovedor e intimista, en cada una de sus páginas siempre reflexivo e iluminador, entre dos figuras en principio situadas en los extremos más opuestos del horizonte cultural francés: el polémico, nihilista, depresivo novelista Michelle Houellebecq y el intelectual comprometido, mediático, bon vivant Bernard-Henry Lévy. Y una pequeña parte de ese placer proviene del hecho de haberme recordado una inquietante obra de teatro del genial Friedrich Dürrenmatt que leí hace ya demasiados años y que prácticamente se había borrado de mi cabeza.

A propósito del tema de la guerra Houellebecq cita en una de sus cartas una frase de Goethe que en apariencia denotaría un flagrante e incluso perverso conservadurismo: "Más vale una injusticia que un desorden". En su respuesta Lévy se revuelve indignado y advierte a Houellebecq que el sentido original de esa afirmación de Goethe es exactamente el contrario del que por lo general se le atribuye: el escritor alemán la pronunció durante la Revolución Francesa, poco después de haber contribuido a impedir el linchamiento de un soldado francés; la injusticia valorada por Goethe como superior al desorden consistió en salvar la vida de un soldado enemigo que probablemente fuera un gran criminal; el desorden habría sido permitir su asesinato al populacho ávido de sangre. Lévy dice detestar profundamente esa frase tal y como suele ser utilizada: con el fin de justificar el sacrificio del individuo en aras del orden establecido, para legitimar el atropello de inocentes en nombre de la estabilidad de la maquinaria social y política. En definitiva, con el objetivo de validar la injusticia sobre un elemento del sistema por el bien de su estructura global. Y es aquí donde confiesa que, cada vez que escucha esa odiosa, para él mortífera sentencia, en su memoria reaparece, junto a otros personajes reales o ficticios, el tendero Alfred Ill, la víctima sacrificada en pro de la prosperidad de la comunidad en la tragedia de Dürrenmatt "La visita de la vieja dama".

La acción se desarrolla en la pequeña ciudad de Güllen, inexplicablemente arruinada para desesperación de sus habitantes mientras asisten al florecimiento económico de las demás localidades de la región. Han depositado todas sus esperanzas de salir de la miseria en la visita de Claire Zachanassian, que abandonara la ciudad siendo muy joven y ahora regresa convertida en una excéntrica multimillonaria: Claire, antes Klara, ha estado realizando obras benéficas en las ciudades cercanas. ¿Qué no hará entonces por Güllen?

Alfred Ill, un tendero tan apreciado en la ciudad que se prevé como el próximo alcalde, fue novio de Claire antes de su partida. Junto a las personalidades más destacas de Güllen, la recibe en la estación y ambos evocan los tiempos de su noviazgo. La ciudad ha preparado una comida de bienvenida para Claire y aguarda impaciente que ésta explique el motivo de su visita. El alcalde pronuncia un caluroso discurso elogiando a la millonaria, proclamando su alegría por su vuelta a su ciudad natal. Finalmente Claire anuncia que está dispuesta a regalar a Güllen 1000 de sus millones: 500 para la ciudad, y 500 a repartir entre sus habitantes. Pero sólo con una condición: les dará el dinero a cambio de justicia. ¡La justicia no se puede comprar!, exclama escandalizado el alcalde. Todo se puede comprar, replica Claire. Y a continuación les recuerda lo que todos los habitantes de Güllen parecen haber olvidado: Claire quedó embarazada de Alfred, quien se negó a reconocer la paternidad de la criatura en su vientre y sobornó a dos jóvenes para que en el juicio afirmaran haberse acostado con ella. En avanzado estado de gestación, aún adolescente, en una fría noche de invierno y todavía sintiendo las burlonas miradas de desprecio sobre sus espaldas, Claire se vio forzada a abandonar la ciudad. Para sobrevivir hubo de dedicarse a la prostitución y su bebé murió con apenas un año. Pero su suerte cambió y ahora nada en la abundancia. Sin embargo, su deseo de que se haga justicia por lo que le aconteció en Güllen aún sigue vivo. Alfred merece ser castigado por su traición. Por ello, dará 1000 de sus millones a Güllen sólo si se acepta su condición: que alguien lo mate. El alcalde rechaza indignado la oferta en nombre de la ciudad. En nombre de la humanidad. Antes pobres, afirma, que con las manos manchadas de sangre. Bien, esperaré, responde Claire.

Pocos días después Alfred observa que todos los habitantes de Güllen lucen zapatos amarillos nuevos. Los parroquianos compran a crédito en su tienda más y más caros productos. Alfred comienza a sospechar que todos aguardan a que alguien se atreva a asesinarle. Atemorizado, acude al jefe de policía para rogarle que detenga a Claire por amenazar su vida. Éste le rechaza amablemente mientras en su boca brilla un nuevo diente de oro. Alfred se dirige entonces al alcalde, que trata de disuadirle de sus sospechas con una nueva corbata anudada a su cuello, un cigarro de lujo entre sus dedos y una máquina de escribir último modelo sobre su escritorio. Por todas partes se escucha el rumor de radios y televisores nuevos en las casas de Güllen. Por último, Alfred visita al párroco, quien, en medio del repiqueteo de una nueva campana en la torre de la iglesia, insiste en que no debe preocuparse más que por la salvación de su alma y por la vida eterna. Aunque Alfred intenta huir, la ciudad en pleno se lo impide.

Hay que reconocer que se portó como un cerdo, han empezado a murmurar los parroquianos a su paso. También la propia mujer de Alfred, que ha reformado la tienda y estrena elegantes vestidos. Su hijo se pasea por la ciudad en un flamante coche nuevo. Su hija recibe junto a sus amigas clases de tenis. Cuando el maestro de la ciudad le cuenta que ha intentado sin éxito ablandar el corazón de Claire, Alfred, impotente, dice aceptar su culpa: Yo he convertido a Claire en lo que es. Y el maestro le da la razón: En efecto, usted tiene la culpa de todo lo que pasa. Ha sabido por la propia Claire que ésta fue comprando todas las fábricas de Güllen y provocando su ruina. Como en una tragedia griega, únicamente la muerte de Alfred acabará con la maldición caída por su causa sobre la ciudad.


El alcalde prepara una asamblea donde todos los ciudadanos del pueblo votarán si deben aceptar o no la donación de Claire. Pero antes de su celebración visita por última vez a Alfred para instarle al suicidio. Su obligación moral, afirma, sería terminar él mismo con su vida. A fin de cuentas, sería lo justo para la comunidad y la liberaría de cometer un delito del que Alfred es por completo responsable. Por lo demás, ¿qué otra cosa haría un hombre de honor, sino sacrificarse por el bien de su ciudad natal y así poner fin a la miseria, a los niños hambrientos en Güllen? Debe aprovechar la oportunidad que se le ofrece para reparar su falta y recuperar con ello al menos, antes de su muerte, un poco de su dignidad.

Ante la negativa de Alfred, la asamblea se celebra. Aceptar o no la donación de la millonaria Claire no es, proclama el alcalde, una cuestión de dinero, de bienestar, sino de justicia. Porque los ciudadanos de Güllen han vivido ya demasiados años en la injusticia al tolerar el crimen perpetrado contra Claire. ¿Estáis dispuestos ahora a realizar el ideal de la justicia?, pregunta a la asamblea. ¡Sólo si os sentís incapaces de consentir el mal, sólo si os resulta imposible vivir en un mundo viciado por el aire de la injusticia, podéis aceptar con la conciencia tranquila los millones y cumplir la condición que la donación lleva implícita! Todos los ciudadanos, excepto Alfred, alzan sus manos a favor de la donación. La prensa y las mujeres abandonan la sala. Cuando Alfred es conducido al escenario, una muchedumbre silenciosa se abalanza sobre él.

Nada más comprensible ahora que la indignación de Bernard-Henry Lévy en "Enemigos públicos": en la tragedia de Dürrenmatt los habitantes de Güllen representan la plasmación más extrema del sentido degenerado de la frase pronunciada por Goethe, "Más vale una injusticia que un desorden". Pues lo que sucede en Güllen no es solamente que la injusticia de asesinar a Alfred sea preferible al desorden de su comunidad, y por esta razón sus habitantes opten por la injusticia con el fin de restaurar el orden perdido. En Güllen, la perspectiva del orden social impone la siniestra transformación de la injusticia en la verdadera justicia. En Güllen, es ese orden de la comunidad, el de la muchedumbre asesina movida por su afán de prosperidad económica, el que decide lo que es justo y no lo es, haciendo evaporarse en el aire la injusticia del crimen cometido.

Nada más comprensible ahora, también, que la fragilidad del significado de la palabra justicia allí donde ésta se enfrenta al deseo humano de abundancia y riqueza. Lo cual quizá explique que esta obra de Dürrenmatt se haya leído igualmente como la plasmación más extrema de la moral del individuo moderno en las sociedades capitalistas.


Digamos para finalizar, en descarga de mi admirado Michelle Houellebecq, que éste comienza la siguiente carta en respuesta a Lévy declarando entender la frase de Goethe exactamente en el mismo sentido que él. Quién desee saber por qué, que no deje de leer este genial y apasionante duelo epistolar.

36 comentarios:

dErsu_ dijo...

Discrepo, pudiendo leer a Dürrenmatt, es un despropósito leer a Houellebecq, y más ahora, que hay una novedad al caer(http://www.vienaeditorial.com/mostrarllibre.asp?ididioma=1&idllibre=722), que siendo usted aficionada al llamado séptimo arte, sin duda recordarà por la película de Vajda, que en contra de lo que es habitual, es anterior a la novela.

Antígona dijo...

Estimado Dersu, la recomendación de leer a Dürrenmatt creo que va ya implícita en el post. Y quien no lo haya hecho todavía, debería hacerlo. Es más, Lévy llega a decir que no es peor que Goethe, lo cual es mucho decir.

"La promesa" no es para mí una novedad editorial. La leí hace ya también muchos años, cuando durante una buena temporada me enganché a Dürrenmatt. Y sí, la película es anterior a la novela pero el guión de aquélla era ya de Dürrenmatt.

Besos!

Benedetina dijo...

Como decía Dersu (¿Uzala?), yo también prefiero leer a Dürrenmatt, del que -como recalcas- se desprende la recomendación sin siquiera tener que hacerla.

Y me apetece sobre todo porque la historia suya que relatas de ‘La visita de la vieja dama’ me ha conmovido profundamente. Quizá porque en esta época de mi vida ando especialmente sensible, intentando comprender y asimilar como nunca antes los oscuros entresijos de la compleja psique humana. Sobre todo, como en este caso, en su relación con la masa.

Y es que, como tan bien muestras en tu post, nos amparamos siempre en ella para conseguir nuestra propia justificación. Nos escudamos en ese a veces perverso orden social del que hablas, que cada vez más me parece tan peligroso como necesario, para cometer las más atroces tropelías sin apenas inmutarnos ni casi remordernos la conciencia.

Para entender algo de ello andaba últimamente con dos tochos importantes que quizá conozcas: ‘Masa y poder’, de Canetti, y ‘Peor que la guerra’. Este último un pormenorizado análisis de los genocidios y la implicaciones y justificaciones de los que los llevan a cabo o los permitimos. Pero, uf, además del tiempo y la energía que me consumen, tanta lucidez a veces resulta aterradora… Como aterrador me ha resultado ya desde el principio tu post, con esa pintura y el extracto de la obra de Dürrenmatt.

Pone los pelos de punta también comprobar cómo los habitantes de Güllen, incluida la mujer de Alfred, van auto engañándose buscando exclusivamente su propio beneficio individual. Cómo, finalmente auto convencidos de su potestad moral para crucificar al elegido, claman a una justicia que no es sino todo lo contrario.

Lo que no me queda claro es si, uno por uno, cada uno de los individuos que componen esa muchedumbre que se abalanza silenciosa sobre Alfred, es realmente consciente o no del proceso mental que le ha llevado a actuar de esa forma. A veces me inclino, por suerte o por desgracia, a pensar que en el fondo de sus conciencias quizá se esconda un sadismo de lo más cínico que no es en realidad sino el innato y depredador afán de la supervivencia y el egoísmo.

O bueno, quizá sólo fuera así en el caso de los más lúcidos. Al fin y al cabo la propia vida es la que se encarga siempre de intentar llevarnos por la senda del autoengaño. Los virus, los genes, todo está diseñado para engañar y batallar con el fin de conseguir su conservación. Y supongo que, para evitar que tales engaños queden neutralizados por la capacidad de detectarlos de los otros, la naturaleza crea esos inteligentes mecanismos en forma de autoengaños. Claro, para evitar que, de ese modo, ambos –engañador y engañado- sean lo menos conscientes posible de la trampa, y así el juego y la vida continúen.

El paralelismo con las sociedades capitalistas es impepinable, sí. En estos días andaba también queriendo escribir precisamente sobre algo bastante relacionado, las grandes corporaciones como entes y la supuesta exculpación de cada uno de los individuos-elementos que las componen.

Pero eso lo dejo para otra ocasión, que como siempre tus post dan mucho, muchísimo diría yo, para analizar, y hoy ya me he extendido demasiado y quizá desviado un poco también.

Será que yo también traía muchas ganas de comentar en esta casa ;)

Eso sí, aunque me haya quedado con muchas ganas de leer a Dürrenmatt, que sepas que no pienso quedarme tampoco con la intriga de por qué tu admirado Houllebecq usaba la frase de Goethe.

Como siempre, gracias por tus post y tus recomendaciones.

Un besico!!

troyana dijo...

Antígona,
me parece un texto y una reflexión de lo más aplicable al panorama actual internacional.
¿qué es preferible hacer una injusticia o mantener el desorden?
cuando la abundancia,que en las sociedades capitalistas,es el motor principal que mueve todos los hilos,anda en juego,yo creo que las naciones(también las unidas)son capaces de movilizarse para combatir la injusticia y el desorden,aunque para ello tengan que incurrir en una injusticia igual o mayor.
Lo que no estamos dispuestos/as a permitir a estas alturas del partido,es que nos vendan la idea de que,"los salvadores", los que acometen el desorden y la injusticia,bombardeando "objetivos exclusivamente militares y sin bajas civiles",lo hacen en pro de ideales como la defensa de los derechos humanos.
Pues aunque es sabido que en esa nación se estaba masacrando vilmente a la población,los derechos humanos son vulnerados diariamente en países pobres,desprovistos de petróleo,y ningún imperio viene al rescate en nombre del orden o la justicia.
Ay, Antígona,la justicia,a veces es tan relativa,tan interpretable.
A veces a mí también me dan ganas,como en tu entrada anterior,de bajarme del tren.
Un abrazo y un beso para ti!

Marga dijo...

Me has hecho recordar esta obra de Durrenmatt, ufff, hace tanto que la leí que no recordaba ni el título, se fue desvelando su recuerdo a medida que leía el argumento, jajaja.

Y Enemigos públicos ya está en el montón de "a la espera", en breve me pondré con él y te contaré, tengo ganas ya...

En cuanto a la justicia, pues lo dicho, en la obra , por ti y el resto de contertulios... una palabra, y concepto, muy vapuleado dependiendo del campo en el que se juegue y en el momento en el que se juegue. Desde tiempos de Hamurabi a cuestas con la palabreja... y todo tan sencillo como ser conscientes de que quien la define es el interés reinante en cada sociedad, como bien muestra La visita de la vieja dama, o la intervención en Irak o vaya usté a saber que otras vainas. Demasiada dúctil y acomodaticia para que me guste la palabra aunque eso no impide que aspire a concretar su significado e intentar ser una persona justa.. que ilusa, no? jeje.

Perderse en los grandes conceptos es tan fácil, ays...

Y sin embargo recuerdo un artículo de Amos Oz que me impactó. En él hablaba del mal y de como desde que crecemos tenemos capacidad para diferenciar el mal de lo que no lo es, de forma casi innata, intuitiva y que si no lo hacemos de una forma tajante es por interés propio o social, nunca por desconocimiento. Asi que todos "sabemos" que un desorden no justifica una injusticia por mucho que lo adornemos. Otra cosa es comportarnos como seres pensantes o alimañas en un momento dado...

Por cierto, sabes que están representando en Madrid La Avería de Durrenmatt? por lo que he leído es un buen montaje... y nosotros queremos ir. Si os apetece ir a verlo y encima acompañados ya sabes, no tienes más que decirlo...

Besotes teatreros!

El peletero dijo...

Josep Pla, querida Antígona, afirmaba lo mismo, “siempre es mejor una dictadura que la anarquía, hace menos daño”, decía él después de su experiencia alemana de posguerra.

B.H.L. fue de los pocos que defendió a Alexander Solzhenitsin cuando todos lo acusaban de fascista y cuando todavía nadie había querido enterarse de la existencia del Gulag.

El otro día, a propósito de la muerte de Enrique Curiel, hablaba con una amiga que a pesar de las grandes aptitudes que poseyó siempre fue un mal político porque careció de la necesaria ambición para serlo. La palabra “ambición” no la dije como crítica sino todo lo contrario. La política es la elección siempre del mal peor, la utopía lo es del bien mejor, la primera nos ofrece cosas, la segunda nada, y si algo nos da es dolor y frustración. Sin embargo, y esta es la paradoja, ambas se necesitan para ser cada una lo que es.

Sin embargo, no entiendo el argumento de B.H.L. sobre la explicación de la frase de Goethe, a mi entender significa todo lo contrario, el linchamiento justifica el orden injusto roto, Robespierre es el ejemplo más claro y más lejano que no levanta ampollas, ni urticaria, como otros casos. No se legitima “el atropello de inocentes en nombre de la estabilidad de la maquinaria social y política”, es precisamente al revés, la frase “deslegitima” el atropello de inocentes en nombre de la nueva justicia que quiere convertirse en maquinaria social y política, pero que todavía no lo es.

La obra de Dürrenmatt es tópica, explica lo obvio, lo que ya sabemos desde hace decenas de siglos, que el poder dominante, para perpetuarse, apela al miedo, a la razón de Estado y al crimen. Pero ése no es el dilema básico y fundamental, es a la inversa, cuando para derrocar a un régimen, intrínsicamente injusto, se apela a los mismos argumentos. Ambos dicen lo mismo, para ser justos seamos injustos, así que si queremos decir algo interesante hagamos como Camus (al que se ha comparado Houellebecq) o Pasolini que siempre rasgaban las vestiduras de los bien pensantes.

En “El Rojo y el negro” Julien Sorel asiste a una fiesta en París en la que se encuentra con un viejo revolucionario español que se lamenta de su mala suerte y el de sus ideas en España, dice que han fracasado porque ellos, los revolucionarios, no han conseguido que el pueblo español, no como el francés, fuera cómplice de sus asesinatos y sí de los de Fernando VII.

Todo el mundo sabe que todos mienten, y si no mienten matan igual, así que aceptaremos los asesinatos de unos u otros en función de la mejor mentira y apelar a la justicia siempre lo es. Lo mejor sería decir la verdad, que la donación de Claire es aceptada por dinero, pero ni los pueblos ni las personas pueden, ni son capaces, de soportar su peso.

Es evidente que lo contrario de lo contrario también es terrible y que no evitar un linchamiento es un crimen en sí mismo, pero excusas para no hacer nada hay tantas como para hacer algo, lo que leemos estos días lo demuestran como lo demostraron otras guerras.

Besos.

¡A mí qué! dijo...

Quizá falta lo único esencial, lo único que no se puede comprar, sólo sentir, amor y el amor es el único que se sabe poner en el corazón del que sufre.

Carmela dijo...

Querida Antígona, como siempre grandes temas detrás de cada una de tus entradas.
A diferencia del resto de los contertulianos, no he leído ni a Houllebecq ni a Lévy, pero basándome solo en lo que cuentas, tan brillantemente como siempre, te diré que creo que un desorden lo que suele tapar es una injusticia. Y no creo en absoluto que una injusticia sea defendible por nada y, lo que es fácil, es tapar una injusticia con un posible desorden. Es fácil buscar una excusa, un motivo para tapar actos injustos que hacemos, y que sabemos que lo son y para autojustificarnos buscamos alternativas y posibilidades que habrían ocurrido si no actuamos de esa manera.
Hacemos lo que queremos, lo que egoistamente nos viene mejor, a sabiendas de que no es lo justo y nos justificamos con todo lo que encontramos a mano. Terminaremos diciendo, le mate porque no sé si llevaba un arma y quería matarme.

Un beso grande

Miss.Burton dijo...

Efectivamente, la frase es una trampa, y esa injusticia es absolutamente subjetiva, leyendo tu relato, te das cuenta de cuanto de falso e hipócrita tiene el mundo, antes y ahora, y de cómo la gente se vende, y los valores, ni siquiera se pierden, porque no existen, al menos, en la mayoría de los integrantes de una sociedad que baila en torno al señor poderoso dinero.
Houellebecq entendió por fin el significado, estoy deseando leer ese libro, pero ahora ando con otros dos que me tienen absorta.
Un besazo, vaya tela el post, tía, cada día flipo más contigo¡
Ya viene la primavera, tranqui, que fumaremos en las terrazas¡¡¡

El peletero dijo...

Fe de erratas:

Perdón era el "mal menor".

Dona invisible dijo...

Hola, Antígona, hace tiempo que te tenía enlazada, pero nunca me había parado a leerte en profundidad. Creo que entre ayer y hoy me he puesto al día de tu blog y hay mucha tela que cortar, me he quedado literalmente enganchada a la pantalla, y hacía tiempo que no me pasaba. Me he decidido a escribirte hoy por Houellebecq: aunque no sé mucho de él, sí que leí hace poco "Las partículas elementales" y hasta escribí un post y todo: http://perdudaaviena.blogspot.com/2011/01/las-particulas-elementales-de-michel.html El autor no me deja indiferente, sin duda, aunque me provoca sentimientos encontrados, a caballo entre lo siniestro y lo interesante. Por eso me apunto la referencia epistolar que citas con Lévy.
Por otro lado, sobre el tema que expones, supongo que puede relacionarse con el eterno y popular "El fin justifica los medios". Bueno, está claro que el fin no justifica los medios y que, además, en el caso que citas y en el acertado paralelismo con la situación internacional actual, el fin es, si más no, oscuro. Aquí he encontrado un artículo interesante sobre Libia, que te recomiendo: http://www.vnavarro.org/?p=5396
Enhorabuena por el blog y tus reflexiones. Un abrazo!

Antígona dijo...

Caray, Beneditina, te estaba empezando a leer y se me ha venido justamente a la cabeza “Masa y poder”, de Canetti, que luego veo que mencionas. No lo he leído, no, pero no por falta de ganas, porque todo lo que he leído u oído sobre este libro parece que lo hace de lectura obligatoria para todos aquellos que estén interesados en el tema de la disolución de los principios morales del individuo arropado por la masa.

Yo creo que “La visita de la vieja dama” no puede dejar indiferente a nadie que tenga un mínimo de sensibilidad. Primero, por lo magistralmente que Dürrenmatt va presentando el proceso paulatino por el cual los habitantes de Güllen se van vendiendo a la propuesta de Claire hasta acabar afirmando que matar a Alfred es una cuestión de deber moral, que es, sencillamente, lo que deben hacer para tener la conciencia tranquila. Y segundo, porque leyéndolo uno no puede dejar de inquietarse ante la pregunta que se le impone: ¿y qué habría hecho yo de ser uno de esos habitantes de Güllen? Como inquieta la sospecha de que tal vez habríamos actuado de la misma manera arropados y respaldados por toda la comunidad.

Por otra parte, me parece que Dürrenmatt retrata muy bien el modo en que los humanos buscamos constantemente justificaciones hasta para el más atroz de nuestros actos, con todo el autoengaño que eso supone. ¿Quién admite con facilidad haber obrado mal? ¿No buscamos constantemente razones que nos legitimen en la persecución de nuestros intereses? ¿No tendemos a enmascarar nuestro egoísmo aludiendo a motivaciones que en realidad sabemos falsas y sólo añadidas a posteriori sobre las verdaderas motivaciones que nos han impulsado a actuar, para construir una mejor imagen de nosotros mismos? ¿Cuántas veces no habremos justificado nuestros actos, ante nuestros semejantes o ante nosotros mismos, con argumentos que falsean lo que en verdad dio pie a esos actos?

Y sí, yo también creo que hay situaciones, momentos, en los que la masa, lo que hacen o dicen los demás, nos proporciona la mejor de las justificaciones sin necesidad de darle demasiadas vueltas a las cosas. Porque es cierto, es como si en medio de la masa mi propia responsabilidad individual se debilitara e incluso acabara desapareciendo. Me convierto en parte de un todo en el que delego esa responsabilidad. Dejo de ser un sujeto autónomo, con conciencia propia, para transformarme en una partícula de un colectivo movida por fuerzas que me superan y por las que me dejo arrastrar cómodamente, eludiendo así la decisión individual.

No sé muy bien qué explicación dará Canetti para estos mecanismos, pero, por un lado, pienso en lo que podríamos llamar un “principio de imitación” que rige en todo orden social y que además, intuyo, es imprescindible tanto para la integración social de cada individuo como para, en función de ello, el buen funcionamiento de la sociedad. Y por otro, en que esa facilidad con que el individuo se deja asimilar por la masa sería prueba de la pesada carga que para los humanos significa la libertad. Tan pesada y gravosa en lo que respecta a cada elección y decisión concreta que por ello tendemos a desprendernos de ella tan pronto se nos presenta la ocasión.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Pienso que los individuos que componen la muchedumbre asesina de Alfred son perfectamente conscientes de lo que están haciendo. Pero no veo en ellos sadismo, sino pura acción interesada. Nadie quiere vivir en la miseria, y ellos tampoco. Salir de ella tiene un precio. Bien, resulta que, a la postre, todos están dispuestos a pagarlo. Entre su bienestar económico y el crimen, optan por lo primero. Resulta aterrador preguntarse cuánta gente no haría lo mismo.

En cuanto al autoengaño, personalmente creo que tiene un efecto limitado. Uno, en el fondo, siempre sabe la verdad. Otra cosa es que se esfuerce constantemente por acallarla, por enmascararla, por falsearla. Pero la verdad sigue ahí, dispuesta a saltar sobre nosotros para robarnos el sueño una noche cualquiera, dispuesta a recordarnos que en realidad no podemos escapar tan fácilmente a su luz.

A mi juicio, las sociedades capitalistas se fundan en una determinada concepción del ser humano, a saber, aquella que entiende que su principal motivación en esta vida es la satisfacción de su propio interés. Y además fomentan esa visión del ser humano, y fomentándola, acaban haciéndola realidad, en la medida en que se sustentan sobre teorías que defienden que esa búsqueda egoísta del propio beneficio es provechosa para todos. Más allá de si esa concepción del ser humano es acertada o errónea, y una vez asumida que es aquella en que la habitamos, supongo que es necesario plantearse, por un lado, que la búsqueda del propio beneficio debe tener límites. Entre otras cosas porque no creo que sea cierto que en todos los casos resulta beneficiosa para el conjunto de la sociedad. Y si no lo es, al final tampoco resulta serlo para sus individuos.

Espero que disfrutes tanto de Dürrenmatt como del debate Houellebecq-Lévy. Diría que te lo vas a pasar muy bien con ellos, porque te van a dar mucho que pensar. ¡Y a ti te encanta darle a la centrifugadora! :)

Un besazo y gracias por tanta reflexión jugosa!

Antígona dijo...

Querida Troyana, ¡parece que te hubieras leído el libro de Houellebecq y Lévy! Porque precisamente Lévy, además de otros, utiliza ejemplos del panorama internacional para explicar por qué le parece tan detestable esa comprensión tergiversada de la frase de Goethe. Y es que Lévy debe parte de su fama en Francia a su activismo en la defensa de las minorías étnicas aplastadas por el poder político nacional. Así, pone como ejemplo el caso del Tíbet: se permite la injusticia que allí se comete para evitar el desorden que supondría que China, con su gran poder económico hoy por hoy, se enemistara con el mundo occidental.

En lo que planteas, y si pensamos por ejemplo en la guerra de Irak, creo que la frase de Goethe retrata perfectamente la situación: más vale la injusticia de matar a unos cuantos civiles que el desorden del sistema económico occidental a falta de recursos energéticos. Solo que el problema, como muy bien señalas, es que aquí la injusticia se enmascaró de justicia pese a que todos sabíamos que los únicos intereses que impulsaron la invasión eran los económicos de Occidente. Hablar de derechos humanos no fue sino el torpe revestimiento de una acción claramente emprendida para su beneficio. Pero claro, desde la Declaración de esos derechos, nadie puede reconocer abiertamente estar cometiendo una injusticia en aras del orden establecido, menos cuando la vida de individuos está en juego. La realidad, sin embargo, es que la vida de esos individuos no vale nada al lado del dinero.

La justicia es en sí misma una quimera. Pero precisamente la quimera que nos permite dictaminar que algo es injusto. Sin embargo, tienes toda la razón: resulta demasiado interpretable, sobre todo en manos de aquellos que tienen el poder de interpretarla a su conveniencia e imponer su visión de la misma al resto.

¡Te paso el salvavidas! :)

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

A mí también se me había perdido en algún lugar recóndito de mi memoria, niña Marga, hasta que llegó Lévy a recordármela.

Y “Enemigos públicos” te gustará, no me cabe ninguna duda. Aunque sólo sea por lo bien que escriben estos dos personajes. Al empezar a leerlo pensé: bien, el planteamiento es interesante, pero ¿cómo van a lograr mantener la atención del lector con este duelo dialéctico? El caso es que lo consiguen, porque temas a debatir no les faltan y el grado de complicidad que con ocasión de algunos de ellos alcanzan puede resultar hasta conmovedor.

La palabra justicia es escurridiza como ella sola. Cuando apelamos a ella sentimos la ausencia de ese ojo divino, de esa visión desinteresada y omnisciente, que pudiera revelarnos dónde radica realmente. La ausencia de un punto de vista neutral que tanto echamos de menos en los jueces de carne y hueso, sometidos a un sistema legal que pretende aproximarse sin conseguirlo, y las más de las veces consciente de su fracaso, a ese ideal que es la justicia. Pero aun así, cuando leemos “La visita de la vieja dama”, no vacilamos en considerar que con Alfred se ha cometido un crimen que degrada a los habitantes de Güllen, aunque seamos quizá capaces de comprenderlos en su afán de supervivencia. Quiero decir, que no sabremos definir en todos los casos qué es lo justo o lo injusto. Pero, a pesar de ello, reconocemos las injusticias que claman al cielo.

He buscado ese artículo de Amos Oz y supongo que te refieres a uno que he encontrado por la red y que se titula “El mal tiene un olor inconfundible”. Creo que no puede dejar de dársele la razón: todos sabemos perfectamente identificar cuándo causamos mal a otro. Los niños, decididamente. Pero sí, crecemos, nos hacemos adultos, y terminamos por enmascarar o ningunear ese mal causado por medio de argumentos que justifiquen nuestro egoísmo. Olvidando que el dolor es siempre dolor y que, de sentirlo nosotros, no nos sería tan sencillo acudir a argumento racional alguno. La cuestión es que no siempre somos capaces de esa operación tan simple que consiste en ponerse en la piel del otro. Y olvidamos también que la legitimación de cualquier tropelía cometida con el otro nos pone en riesgo de acabar un buen día siendo ese otro que la sufre. Es cierto: nos comportamos con más frecuencia como alimañas estúpidas que como seres pensantes. ¿Será porque pensamos que los otros son alimañas que merecen ser tratadas como tales? Ayss….

Te agradezco un montón el ofrecimiento de inmejorable compañía para ir a ver “La avería”, que aunque no he leído apuesto lo que sea a que me gustaría. La putada es que andamos últimamente con demasiados líos encima, así que mejor haced marcha, porque como tengáis que esperar a que podamos organizarnos la retiran de cartel. En fin, qué vida ésta… pero no me quejo más que ya me despaché a gusto en el anterior post.

Besos resistiendo!

Antígona dijo...

Uff, estimado Peletero, yo no creo que esa frase de Josep Plá se ajuste a lo que señalaba Goethe y a lo que a través de él pretende decir Lévy. Entre otras cosas porque los órdenes dictatoriales han permitido y provocado tremendas injusticias sólo con el afán de mantenerse y perpetuarse. Así que, sin saber muy bien qué entiendes por anarquía, me inclinaría a decir, en contra de Plá, que las dictaduras hacen más daño. También las dictaduras enmascaradas como lo fue el estalinismo, régimen que no podría estar más lejos de cualquier concepto de anarquía y de ahí las injusticias denunciadas por Solzhenitsyn o por Vassili Grossmann.

No sé si puedo estar de acuerdo con ese concepto tan pragmático de la política en contraposición a la utopía. Dices que las utopías sólo generan dolor y frustración y nada ofrecen. Sin embargo, yo creo que las grandes revoluciones sociales, los verdaderos adelantos en cuestión de derechos individuales, sólo han sido posibles gracias a la fuerza impulsora de las utopías. La política es necesariamente corta de miras. Las utopías, es verdad, miran demasiado lejos. Pero que no se realicen ni sean realizables no significa que no tengan un potencial transformador, precisamente por transgredir los límites inherentes a la estrecha estrategia política.

Para entender el argumento de Lévy hay que atender a los dos sentidos de la frase de Goethe: el originario y aquel que por lo general se le atribuye, que invierte ese sentido originario. En el sentido usual, la injusticia sobre el individuo es tolerada para el mantenimiento del orden establecido. En el originario, lo que Goethe llama injusticia no es sino la protección del individuo ante su posible linchamiento. Injusticia porque tal vez se trate de un gran criminal. En el fondo justicia porque sólo “tal vez” se trate de un gran criminal y no es legítimo acabar con su vida sin un juicio previo.

Hace ya mucho que me dediqué a leer novelas y obras de teatro de Dürrenmatt y no las tengo muy frescas. Pero aun así no creo que nada de lo que haya escrito sea tópico, empezando por el desmontaje de la novela policíaca que plantea en “La promesa” y acabando por “La visita de la vieja dama”, donde a mi juicio no habla tanto sobre el poder como sobre la moral del individuo allí ésta se ve confrontada con sus intereses más o menos primarios. Por otra parte, derrocar un orden injusto no pasa necesariamente por la legitimación de otras injusticias menores. La historia nos muestra que la resistencia pasiva, no violenta, ha dado también sus frutos. Y que quienes aprueban el medio de la injusticia para alcanzar el fin de la justicia reproducen en el fondo la misma lógica que pretenden combatir o desmantelar. Sólo pretenden usurpar el poder que no tienen, y por ello están dispuestos a utilizar los mismos métodos de quienes lo ostentan.

Quizá esto último que digo es demasiado categórico, puesto que yo misma podría admitir que no todos los asesinatos pueden ser valorados de la misma manera. Ahora, también pienso, por contradictorio que resulte, que desde el momento en que se pretende legitimar un asesinato, sea por la causa que sea, se camina por la senda equivocada. El fin no justifica los medios. Proclamar lo contrario es creer que las ideas pueden imponerse por medio de la violencia, cuando, en realidad, ese mismo ejercicio de la violencia traiciona la presunta legitimidad de esas ideas.

En efecto, es obvio que la donación de Claire es aceptada por dinero y cada uno de los individuos de Güllen es consciente de ello. Sólo que los recursos para no mirarnos con franqueza en el espejo y reconocer que hemos puesto nuestra mezquina satisfacción egoísta por encima del respecto a otros individuos son infinitos. Y, si lo pensáramos bien, nos daríamos cuenta de que también son estúpidos y dañinos para nosotros mismos. Quien permite el atropello de otros lo está permitiendo igualmente para sí mismo, para sus hijos, para sus seres queridos.

Un beso!

Antígona dijo...

El amor, ¡A mí qué!, y también algo mucho más básico y no necesariamente ligado al amor que es la capacidad de ponerse en la piel del otro y pensar aquello de que no debo hacer a otros lo que no deseo para mí. Se podría apelar entonces tanto al amor como a un sano egoísmo que protege a cada ser humano desde la percepción que cada uno tiene del valor de la propia vida y el propio bienestar.

Un saludo

Antígona dijo...

Sí, Carmela, es posible que haya situaciones en las que un desorden tape una injusticia. Todo depende de cómo entendamos el desorden. Para mí lo interesante es que en la reflexión que hace Lévy sobre ese desorden o, mejor dicho, sobre el orden que se pretende mantener con la injusticia, éste cobra múltiples rostros. Así, cita por ejemplo a los jueces a los que les llegan pruebas nuevas sobre un caso que indican que quizá cierto condenado no fuera realmente culpable pero que las archivan diciéndose a sí mismos, en fin, no vale la pena poner en movimiento toda la maquinaria judicial, desacreditarla, debilitarla, sembrar la duda acerca de su eficacia, acerca de su buen funcionamiento, para qué dar motivos para cuestionarla, mejor archivar el sumario, más vale una injusticia que un desorden. El desorden es, por tanto, lo que se desea evitar a toda costa, y no sólo por egoísmo, sino también por pasotismo, por inercia, por pereza, como si el orden existente, sea cual sea, hubiera de preservarse por encima de todo. Lo cual nos lleva a pensar que la injusticia no se legitima únicamente por egoísmo, sino también por miedo: miedo al cambio, miedo a lo desconocido, miedo a ver cómo se quiebran estructuras establecidas porque nos da pánico la idea del vacío que esa quiebra supondría.

Y sí, es muy fácil buscar excusas. Lo hacemos constantemente para justificar ante nosotros mismos nuestros deseos menos aceptables, nuestras perezas más rastreras, nuestros egoísmos más indignos. Necesitamos encontrar razones que fundamenten nuestros actos y los hagan parecer menos mezquinos de lo que en realidad son y sabemos que son. Ay, cómo nos gusta maquillarnos para no ver tantos de nuestros defectos.

Un besazo!

Antígona dijo...

No es mérito mío, Miss Burton, sino del señor Dürrenmatt, que tan bien sabe relatar ese proceso por el cual los habitantes de Güllen cada vez van encontrando más y más razones para salir de la pobreza a costa de la muerte de Alfred. ¿Es legítimo querer salir de la pobreza? Por supuesto que sí, en parte podemos entenderles. Pero lo que más me escandaliza del cuento es que todos se dejen llevar por la lógica perversa de Claire sin siquiera intentar pensar en otro tipo de soluciones. Que lleguen incluso a identificarse con su dolor para quedarse con la conciencia tranquila al asesinar a Alfred. Que la indignación primera por su propuesta se revele al poco tan tremendamente débil y superficial.

El caso es que Houellebecq ya había entendido correctamente la frase de Goethe antes del discurso de Lévy. Pero uno de los aspectos más interesantes de su intercambio epistolar es ver cómo ambos parten en apariencia de posiciones tan distantes que de entrada les cuesta comprenderse mutuamente y sólo poco a poco van reconociendo que, en realidad, no piensan de maneras tan distintas. Oye, y ya me dirás cuáles son esos dos libros que ahora mismo te tienen tan absorta, ¿eh?, que tú y yo, en cuestión de gustos literarios, coincidimos bastante.

A ver si es verdad que llega la primavera de una puñetera vez y podemos fumar tranquilamente en las terrazas, que de momento parece que sólo está jugando al escondite la muy jodía.

Un besazo!

Antígona dijo...

Hola, Dona Invisible! Pues me alegro de que te haya gustado lo que has encontrado en este blog. Leeré lo que has escrito sobre “Las partículas elementales”, también aquí hace tiempo hablamos sobre Houellebecq a propósito de una recopilación de ensayos que sacó llamada “El mundo como supermercado”. Entiendo muy bien lo que dices de que Houellebecq te provoca sentimientos encontrados. ¿Y a quién no? Los retratos que Houellebecq hace en sus novelas del mundo en el que vivimos, de los individuos que somos o podemos llegar a ser, del modo en que nos relacionamos unos con otros, son tan crudos, tan certeros pese a su novelesca exageración, que no pueden dejar de hacer daño a quienes le leen. No nos gusta mirarnos en el espejo que constituyen las novelas de Houellebecq.

Me hace gracia que tú misma cites esa sentencia, “El fin justifica los medios”, porque es precisamente la que menciona Houellebecq en esta discusión con Lévy como la frase mortífera, detestable por excelencia para él. En el fondo, claro está, estrechamente conectada con la de Goethe sobre la que tanto habla Lévy. Como le decía a Miss Burton, estos autores no están en realidad tan alejados en sus planteamientos como ellos mismos creen al iniciar el intercambio epistolar. A lo largo del libro, acaba habiendo más encuentros que desencuentros.

Y muchas gracias por el enlace de Vincenç Navarro, cuyos artículos leo siempre que puedo. Éste no lo conozco, que últimamente no tengo tiempo para nada, pero a ver si este fin de semana le encuentro un hueco.

Gracias por tu comentario y bienvenida a esta casa.

Un beso!

El peletero dijo...

No discutiremos de “realpolitik” versus idealismo, querida Antígona, pero cada uno tiene los referentes que tiene, en mí son vivos los que me inculcaron mis padres que vivieron y sufrieron la guerra civil española defendiendo a la República. ¿Por qué es peor la anarquía (desorden) a una dictadura?, porque en la primera los principios que mueve a las personas están menos claros que en la segunda, es un río revuelto para ganancia de desalmados, no hay nada peor que perder el control cuando uno no se fía lo más mínimo de las personas. ¿Por qué no me fío de las personas?, sería largo de explicar y no es el momento, pero para mi es tan obvio como lo puede ser que normalmente el agua de lluvia cae y no sube.

¿Son más desalmados los unos que los otros?, sin duda no, pero entre Catilina y Cesar prefiero al segundo porque cuando veo a más de dos persona juntas empiezo a correr en dirección contraria y eso que Cesar formó un triunvirato que no un trío.

El fin no justifica jamás los medios, así pues habremos de ser muy precisos en el uso de las palabras que mejor definen las acciones y no hablar de asesinato cuando sí de algo diferente cuando es algo diferente.

La obra que citas es una denuncia del cinismo y de la hipocresía, pero ya se sabe que Cesar lo era, no tiene valor decirlo, a estas y a aquellas alturas ya no, y sí, si pensamos que lo fue, Jesús.

El traje de fariseo lo viste cualquiera con ánimo de ser juez y parte.

¿No has oído nunca la frase aquella que enaltece a las personas con ideales, sean esos los que fueren?

En relación a eso me permitirás que te enlace con un artículo que habla de uno de los grandes líderes de la llamada “realpolitik”, Henry Kissinger.

http://www.lavanguardia.es/opinion/articulos/20110402/54135501718/la-politica-de-kissinger.html

Hablas de poner límites a la ambición individual, ¿quién debe hacerlo?

Yo creo que los fundamentos de la ambición individual no se encuentran sólo en las que tú llamas “sociedades capitalistas”, sino en todas. Otra cosa es que en la actualidad sea más explícito o se use para ello el invento del dinero. Siempre me han interesado las sociedades de cazadores recolectores de las llanuras norteamericanas y te puedo asegurar que su ambición personal estaba a la misma altura que la nuestra, eso sí, hablaban del Gran Espíritu y cosas así.

No hay casi nada nuevo bajo el sol.

Besos.

NoSurrender dijo...

Vaya, parece muy interesante ese Enemigos Públicos, desde luego. Son dos personajes fascinantes del ámbito intelectual francés de hoy en día. No creo que en España pudiera darse un caso similar, o al menos quieres firmaran el libro no serían tan mediáticos. Me temo que tendremos que conformarnos con la cutrepolémica epistolar de Cercas y Arcadi Espada.

Durrenmatt, por cierto, tiene una interesante novela que llama precisamente Justicia” que leí hace un par de años. En la novela, el concepto de justicia no resiste la más mínima lógica cuando se pretende avanzar por el laberinto de verdades y mentiras que conforman la existencia.

La justicia, desde luego, es una quimera. Pero el uso que se hace de ella para apelar al mero interés no hace más que mostrar la dinámica inmoral del capitalismo, que cada día aumenta más su lógica de Apartheid, como decía Zizek el otro día en una entrevista en un periódico.

Besos, doctora Antígona!

El peletero dijo...

Querida Antígona, me permitirá preguntar a su magnífico comentarista, “No Surrender”, que si de su excelente comentario se deduce que el feudalismo era mejor que el capitalismo, lo pregunto porque de sus palabras, que suscribo plenamente, parece que sólo el malvado capitalismo sea digno, valga la expresión, de considerarse inmoral.

No sé qué manía le ha cogido a la gente con el pobre capitalismo.

Gracias por su paciencia.

Es verdad, nuestro mejor debate se encuentra en ése que cita nuestro amigo lagarto.

Antígona dijo...

Estimado Peletero, para mí las dictaduras, se presenten con la bandera que se presenten –que ya sabemos que las hay enmascaradas bajo los rojos más radicales- sólo son signo de opresión, de ausencia de libertades rayanas en la indignidad, de atropellos contra el individuo arropados por la fría maquinaria estatal, de vigilancia extrema, de enfermiza desconfianza en el prójimo convertido en posible delator, de incitación, por tanto, a la traición del hermano, del vecino, de la imposibilidad, en suma, de la fraternidad y la armonía social bajo el yugo del poder tratando de protegerse a sí mismo. Menos confiaría yo en mis congéneres en una dictadura que en una anarquía. Porque en la primera uno puede acabar asesinado por la legalidad vigente para ganancia del desalmado congénere que envidia sus posesiones o pretende liberarse definitivamente de sus amargos rencores por medio de la venganza.

He leído –no sé si demasiado apresuradamente- el artículo sobre Kissinger, y me parece un claro ejemplo de esa “Realpolitik” en la que el fin justifica los medios. Ahora bien, aquí hasta el fin me parece cuestionable, en la medida en que se funda sobre un supuesto igualmente cuestionable: el de ese equilibrio de poder a su juicio sólo mantenido cuando las grandes potencias operan a favor de sus intereses. Nada dice que sea la única fórmula para mantener un orden internacional estable ni, mucho menos, la más deseable.

Son las leyes las que deben poner límites a la ambición individual. Y si no lo hacen, o no lo hacen suficientemente, es desde el supuesto de la economía liberal de que sólo fomentando esa ambición individual se procurará el enriquecimiento de todos. Claro ejemplo de que la ambición individual ha conducido, contra todos los pronósticos de la economía liberal, tan sólo al enriquecimiento de unos pocos y al empobrecimiento de la gran mayoría fueron las operaciones financieras sobre las hipotecas en Estados Unidos que han producido la crisis que ahora todos pagamos. Operaciones financieras que eran legales. No sé si aún lo seguirán siendo, pero creo que la experiencia demuestra que no deberían serlo. Como muchas otras de las que rigen los mercados.

Por último, y aludiendo a su vez a su último comentario, no puedo compartir su visión. Puede que la ambición individual sea una característica humana de todos los tiempos, pero no lo son los mecanismos que han hecho de esa ambición el motor de la economía. El capitalismo tiene fecha de nacimiento, aunque ésta, según los expertos, sea difícilmente determinable. Es por tanto una coyuntura histórica, y aquí habría que leer tanto a Marx como a Weber en “La ética protestante y el origen del capitalismo”. Histórica es, por tanto, la maquinaria que hoy día gobierna el mundo y el modo en que los individuos la hacen funcionar en ella. E igualmente histórica es la invención de la ciencia de la Economía Política y de la imagen del hombre como un individuo egoísta y calculador, meramente movido por el propio interés, que defiende y a la par construye desde hace siglos con ayuda de la autoridad política como premisa insoslayable para el logro de la presunta prosperidad de la humanidad.

(sigo abajo)

Antígona dijo...

Así que, desde mi punto de vista, sí ha habido, desde el inicio de los tiempos, muchas cosas nuevas bajo el sol. El paso del tiempo las ha ido produciendo, y nosotros no somos más que hijos de nuestra época, construcciones de ese mismo tiempo y de su paso, formaciones contingentes que serían otras de pertenecer a otros tiempos.

Supongo que si la gente le ha cogido manía al capitalismo es porque sus promesas se han demostrado falaces. Porque hemos visto rota nuestra confianza en la que yo llamo la “teoría de las migajas” –hagamos que unos cuantos se enriquezcan, y al resto nos bastará con las migajas que les sobren-, al comprobar que las migajas empiezan a ser cada día más escasas. Porque, aunque vivamos mejor que en la época feudal, el crecimiento de las desigualdades por la acumulación de la riqueza en manos de unos pocos resulta cada día más obsceno.

Y, por favor, no me dé las gracias por mi paciencia, que sabe que en esta casa el debate es siempre celebrado.

Más besos!

Antígona dijo...

Le recomiendo encarecidamente el libro, doctor Lagarto, estoy segura de que lo disfrutará mucho y de que le extraerá todo su jugo. Desde luego, la altura intelectual de estos dos personajes –que se citan a Baudelaire, a Spinoza, o a Kant de memoria como quien habla del tiempo- es abrumadora, y de ahí que resulte una delicia leerles en sus reflexiones. Pero España no es Francia, es cierto, por mucho que algunos españoles deseemos en espíritu ser franceses.

Debo hacerme con esa novela de Dürrenmatt, que juraría no haber leído. Después de haber leído “La visita de la vieja dama”, estoy segura de que su planteamiento en torno al tema en ella no será menos interesante.

Yo también creo, como Zizek –cuya entrevista, por cierto, también leí- que la dinámica del capitalismo es inmoral en la medida en que promueve y legitima la injusticia como única forma de ordenamiento de la sociedad. Además de que aquí valdría la pena traer de nuevo a colación los lúcidos análisis que hace Houellecq en “El mundo como supermercado” acerca de en qué nos estamos convirtiendo poco a poco los individuos en esta sociedad de mercado que cada vez se esfuerza por imponer con más saña el modelo antropológico que permite su funcionamiento.

Un beso, doctor Lagarto!

El peletero dijo...

Querida Antígona, el capitalismo tiene fecha de nacimiento, sí, como cualquier hijo de vecino él también tiene padre y sin duda madre, hermanos, tío, primos y sobrinos, abuelos y bisabuelos y una larga familia que se pierde en el tiempo y el espacio.

Los sistemas políticos, sociales, culturales y económicos son como un canal que conduce agua, serán anchos o profundos, rectos o sinuosos, pero el agua somos nosotros, no hay ninguna diferencia básica entre poseer dólares o caballos, fábricas o tierras, vestir trajes de marca o llevar plumas en el pelo que relatan nuestras hazañas, ¿usted cree que sí?

Estoy convencido que el capitalismo aguantaría perfectamente cualquier comparación y el examen de su “teoría de las migajas”.

Lo malo del dinero, como le decía del sexo en mi casa, es que todo lo bueno que cuentan de él es verdad, es inodoro, incoloro e insípido y nunca engaña como el sistema métrico decimal, los que mentimos somos nosotros.

¿Cuando habla de Marx a cuál se refiere de los hermanos?, ¿Groucho, Harpo o Zeppo?

Besos.

NoSurrender dijo...

Vaya, peletero, disculpe, pero creí que había contestado a su pregunta y veo que no.
No, el feudalismo no era mejor que el capitalismo. Pero me permitirá usted que cuando hable de problemas sistémicos actuales ponga el dedo en el capitalismo, y no en el feudalismo o en los falansterios de Fourier. Quiero decir, lo que hay en la inmoralidad de hoy en día es capitalismo, lo que no quita inmoralidad a otras cosas que se desarrollaran en otros momentos históricos. Y cualquier progreso que el ser humano pueda hacer hacia su liberación y felicidad tendrá que ser contra el capitalismo que le oprime, igual que en su momento tuvo que ser contra el feudalismo que le oprimía.

Jota Martínez Galiana dijo...

Hola, Antígona.
Desgraciadamente, llevamos ya un tiempo cediendo nuestra libertad individual y colectiva en aras de la seguridad, el orden, la estabilidad y otras añagazas que usa el sistema para mantenernos asustados, dóciles, sumisos, maleables y adocenados a su disposición.
Michel Houellebecq es uno de mis escritores de cabecera, y sus Partículas Elementales me parece una de las grandes novelas de la historia de la literatura, así, sin acotaciones temporales ni estilísticas.
Bernard Henri Levy me suele caer gordo cuando firma artículos defendiendo o justificando a Israel, aunque debo reconocer que lo hace desde la lucidez y posturas poco cercanas al dogmatisco, y que quizá se deba a mi intolerancia hacia estos sionistas reconvertidos en sus verdugos de antaño.
La obra de Dürrenmatt me ha recordado, en su ambiente, a la asfixiante Dogville, de Lars von Trier. También me ha hecho pensar en el concepto de sacrificio de un miembro de la comunidad como vehículo de purificación de la sociedad entera, presente, entre otras culturas, en la Grecia primitiva, donde se despeñaba anualmente a un joven mientras el pueblo entonaba la letanía "seas tú nuestras heces", y que conocí a través de la monumental e imprescindible "Historia general de las drogas" de Antonio Escohotado.
En fin, que me apunto el intercambio epistolar y la obra en mis lecturas pendientes.
¡Tanto que leer y tan poco tiempo libre!
Un beso.

¿A mí qué? dijo...

Pon Pon, Pon Pon...
¿Se puede?
Hace unos días descubrí este blog, he escrito tres veces pero ... ¿Puedo leer lo que escribes y escribir alguna vez algo, si me da el impulso loco?
Intentaré no ser pesada y no poner un punto detrás de los signos de interrogación o de exclamación.
Me gustan los finales de paz no de guerra.
¿Puedo?

En épocas remotas, me dieron el papel de Antígona y siempre me ha llamado la atención.

Me hago llamar ¿A mí qué?

El peletero dijo...

¿Quién me ha respondido?, ¿el doctor Lagarto o Antígona?

Los problemas sistémicos actuales son tan actuales como sistémicos y problemáticos lo han sido los anteriores que aunque no actuales también eran sistémicos y llenos de problemas, dilemas y barullos varias que conducían a la pregunta esencial de todos los tiempos, ¿quién soy? Una pregunta muy adecuada en las presentes circunstancias tan confusas, ¿no?

Besos a los dos.

Antígona dijo...

No soy yo únicamente, estimado, Peletero, la que cree que los sistemas políticos, sociales, culturales y económicos no son ese canal que deja intacta y se limita a conducir las aguas que somos nosotros.

Ya Hegel, hace unos cuantos años, habló de eso que se llama la “historicidad de la conciencia”. Y desde entonces no hay filósofo o intelectual que se precie que no lo haya tenido en cuenta.

Ya la antropología, hace también bastantes años, criticó y se desprendió de cualquier concepción esencialista del ser humano.

Y podría citarle muchos más autores, y muchos más frentes que, como yo, no creen que existan seres humanos cuyos pensamientos, conductas, emociones, expectativas y motivaciones puedan comprenderse al margen de la situación histórica en la que nacieron y la configuración política, cultural, económica de la sociedad en la que nacieron.

No hay aguas idénticas conducidas por cauces diversos. Muy al contrario, más bien son los cauces los que determinan la naturaleza contingente y siempre cambiante de esas aguas.

Aunque está claro, después de lo dicho, que hablar aquí de naturaleza es un craso error. Nosotros no somos naturaleza sino cultura. Y las culturas son no sólo hijas de sus tiempos, sino también de sus espacios.

Obviamente, no hablaba de ninguno de esos Marx, que son bastante más divertidos, hay que reconocerlo, que aquel al que yo me refería.

Por último, no creo que sea tan extraño que el doctor Lagarto y yo coincidamos en nuestra crítica al capitalismo. Será que hemos hecho lecturas y tenemos percepciones de la realidad –como tantos otros- bastante parecidas.

Más besos!

Antígona dijo...

Pues sí, Jota, me parece una manera muy acertada de plantearlo: cesión de libertad a cambio de seguridad; renuncia a la dignidad a causa del miedo, que tan bien han sabido utilizar los políticos de todos los tiempos para forzar a los individuos a tolerar lo que sin su presencia jamás hubieran tolerado.

Houellebecq es, como narrador, demasiado áspero para que figure entre mis escritores de cabecera. Y sin embargo me admira enormemente la lucidez que sobre nuestro presente proyecta en todas sus novelas. De ahí que, aunque la experiencia de leerle no me resulte agradable, no pueda ocultar mi admiración por él. Yo destacaría entre ellas “La posibilidad de una isla” y “Plataforma”. Y, sin lugar a dudas, la recopilación de artículos “El mundo como supermercado”, de que ya hablamos en esta casa una vez largo y tendido.

De Lévy no había leído nada antes de “Enemigos públicos”, y lo cierto es que, después de hacerlo, mis simpatías siguen cayendo del lado de Houellebecq. Cierta actitud vital que se entrevé en sus páginas me aleja de él para acercarme aún más a Houellebecq. Pero debo reconocer que su discurso no me ha decepcionado en absoluto, y que en el libro expresa reflexiones muy valiosas. Aunque quizá no lo suficiente como para que corra a cualquier librería a comprar cualquier obra suya. Con lo leído, por el momento, me basta.
De Dogville hablaremos aquí algún día. Hace mucho tiempo que la idea me ronda la cabeza, pero para ello debería ver de nuevo la película, y aún no he encontrado ni el momento ni la disposición anímica adecuada.

Interesante lo que planteas del concepto del sacrificio. Sin embargo, supongo que a nosotros, como individuos modernos, nos resulta ya tan extraña como intolerable. Nosotros ya no tenemos ese vínculo con comunidad alguna que justifique nuestra propia muerte para su beneficio. Somos demasiado conscientes de nuestra individualidad y, desde ella, del valor irreductible e innegociable de nuestra propia vida. Digamos que, de haberlo, el sacrificio tendría que ser en nuestro caso resultado de una decisión estrictamente individual del sacrificado, pero jamás de un acuerdo colectivo.

Ay, la falta de tiempo. ¡Cómo me hace sufrir a mí también!

Un beso!

Antígona dijo...

¿A mí qué?, ya ves que las puertas de esta casa están siempre abiertas de par en par para quien quiera leer lo que en ella se escribe y para expresar al respecto sus opiniones.

Así que no hay ni que pedir permiso para ello. Antes bien al contrario, nos gusta la participación y el debate.

Lo que no te garantizo son esos finales de paz, al menos en los post. Aunque tampoco creo que sean de guerra. Y lo único que se parece, si acaso, a esta última son los debates dialécticos que a veces surgen. ¡Pero te aseguro que nunca llegamos ni llegaremos a las manos! :)

Bienvenida de nuevo y un saludo

El peletero dijo...

Ya sé, querida Antígona, que no es únicamente usted quien no cree en una visión esencialista del ser humano, hasta ahí llego. Tampoco es necesario que me haga una lista de los que piensan como usted, sería innecesario y muy tedioso, fastidioso incluso, me cita a Hegel y al leerla me enternezco sombríamente, sonrío y me veo con veinte años estudiando y me digo, en una extraña paradoja, que: “nada ha cambiado para algunos, aún siguen en el mismo sitio, inmóviles”.

¿Quiere que le diga una cosa?, esa creencia en la visión historicista de la conciencia me da miedo, pavor. ¿Por qué?, porque muchos creen que la pueden mejorar.

Besos.

Antígona dijo...

No se me enfurruñe usted, estimado Peletero. Y le ruego entonces que me disculpe el tono quizá un tanto didáctico de mi anterior comentario por traer a colación lo que obviamente era innecesario.

Creo que a Hegel se le puede leer con veinte, cuarenta o sesenta años, y aunque desde luego la lectura a esas diferentes edades no será la misma, me parece que sólo será provechosa si se queda con los análisis parciales repudiando el planteamiento general de su filosofía. No otra cosa, creo, han hecho quienes mejor han sabido leer sus textos y extraerles su máximo rendimiento.

¿Quiere que le diga otra cosa? A mí lo que me da pavor es esa visión esencialista del hombre. Pero no me quedo con la visión histórica por esperanza alguna en que la conciencia mejore, sino porque creo que no atender a su constitución cambiante y contingente implica traicionar la voluntad de verdad por miedo a aceptar que apenas nada de lo que nos constituye es necesario. Que eso que somos, bien podríamos no serlo.

Más besos!