viernes, 14 de mayo de 2010

Lo eterno en lo fugaz


No tengo hijos, no veo la televión y no creo en Dios, todas estas sendas que recorren los hombres para que la vida les sea más fácil. Los hijos ayudan a diferir la dolorosa tarea de hacerse frente a uno mismo, y los nietos toman después el relevo. La televisión distrae de la extenuante necesidad de construir proyectos a partir de la nada de nuestras existencias frívolas; al embaucar a los ojos, libera al espíritu de la gran obra del sentido. Dios, por último, aplaca nuestros temores de mamíferos y la perspectiva intolerable de que nuestros placeres un buen día se terminan. Por ello, sin porvenir, ni descendencia, sin píxeles para embrutecer la cósmica conciencia del absurdo, en la certeza del final y la anticipación del vacío, creo poder decir que no he elegido la vía de la facilidad.

Renée Michel, portera del número 7 de la calle Grenelle, París

Empezaré hoy con una confesión: experimento una tenaz aversión por los best-sellers. Sí, ya sé que tal afirmación, sometida a un mínimo proceso de reflexión, no revela nada bueno de quien la enuncia. Porque a fin de cuentas un best-seller, tal y como su nombre indica, no es más que un libro que ha sido profusamente vendido. Ergo: que ha comprado mucha gente. ¿Y qué motivos deberían llevarme a rechazar lo que tantos otros han comprado? He aquí la respuesta prejuiciosa: que lo masivamente comprado sólo puede tratarse de un producto si acaso entretenido, pero de poca enjundia y calidad literaria. O lo que viene a ser lo mismo: que las mayorías -ésas de las que Agustín García Calvo decía que siempre son feas- prefieren una literatura de evasión carente de verdadera sustancia que comunicar y envuelta en un estilo donde el amor por el lenguaje brilla por su ausencia. De lo cual se deriva, en perfecta lógica, que si no es eso lo que yo busco en la literatura, no puedo pertenecer a esa mayoría ni, en consecuencia, disfrutar con los libros que compran. ¡Fuera best-sellers!, proclamo entonces desde mi literaria torre de marfil cuyas alturas me llevan a sostener tan amable y benévola concepción de la mayoría de la humanidad lectora.

Prosiguiré con una segunda confesión: por primera vez desde que tengo uso de razón, figura entre los libros de mis estanterías un best-seller que he leído con auténtico entusiasmo. Un best-seller, además, con todas las de la ley: va ya por la edición número treinta y dos y en la horrible solapilla de color rosa que viste sus tapas se anuncia que sus lectores son más de 4.000.000 en todo el mundo.

Y ahí va la tercera: que conste que me he resistido a este libro con toda la tenacidad que anima mi aversión por los best-sellers. Hace ya mucho me lo mencionó, para mi sorpresa, alguien por quien profeso una profunda admiración intelectual. Mmm, imagino que pensé extrañada, seguro que su motivación para leerlo proviene de alguna cuestión relacionada con sus hijos, pero no de sus propios intereses. Sin embargo, después de aquello, cada vez que he entrado en una librería y lo he visto,no he podido evitar acercarme a él y mirarlo con curiosidad, si bien para acabar devolviéndolo a su sitio, asqueada por un lado por la noña ilustración de su portada, y por otro auténticamente indignada por una frase que luce en su contraportada: que este best-seller es "un pequeño tesoro que nos revela cómo alcanzar la felicidad". ¿Pero quién puede ser el imbécil que piense que los lectores podemos tragarnos la mentira de que las claves de la felicidad se dejan embutir entre las páginas de un libro? Bueno, siendo realistas, habrá que conceder que ciertos lectores -incluso muchos- sí se dejarían embaucar por semejante reclamo. Pero, aun así, opino que algunos de los que se dedican a escribir las contraportadas de los libros merecerían ser asados a fuego lento por sus autores. Hasta que un día, de nuevo en una librería con el libro en las manos tras haber leído en el periódico una entrevista con su autora, pero dudando una vez más ante la odiosa frase de la contraportada, la persona con la que iba tuvo que decirme, "yo te lo compro", y lanzarse rauda a las cajas a pagarlo, haciendo caso omiso de mis ruegos por evitarle tan inútil gasto, para que el libro pasara a formar parte de mis posesiones.

Pues bien, ahora no tengo más remedio que admitir que el gasto no fue en absoluto inútil y que no me arrepiento de que uno de esos objetos pertenecientes al para mí tan denostrado género de los best-sellers se haya hecho un hueco en mi estantería. El objeto, escrito por Muriel Barbery, se llama "La elegancia del erizo" y es una novela que, a mi juicio, se construye sobre una pregunta tan inquietante como ineludible: en medio de la más profunda lucidez, de la más extrema conciencia del absurdo que representa el hecho mismo de vivir una vida humana, condenada a encubrir trabajosamente el vacío sobre el que se sustenta, de continuo expuesta a la fugacidad, a la tediosa repetición y a la pérdida, ¿dónde hallar un mínimo resquicio de sentido que nos impulse no sólo a persistir en esa vida, sino también a gozar de ella? Las dos voces que tejen el hilo conductor del libro, dispares en las formas, hermanas en el fondo, se alternan y aúnan en la distancia tanto en la percepción y sufrimiento de ese absurdo como en la búsqueda del aliento vital que les permita sobrevivirlo y sobrellevarlo.

Paloma, una niña de doce años en extremo inteligente, ha decidido suicidarse el día de su próximo cumpleaños -y de paso quemar el hogar familiar de 400 metros cuadrados, aunque sin sus habitantes dentro, tampoco es que la niña tenga alma de psicópata- movida por su firme convicción de que, cuando crezca, terminará como todos los adultos encerrada en la pecera que supone el fútil entramado de sus vanas existencias. Una pecera en la que tanto más se refugian y anestesian los adultos cuanto menos desean percibirla. Porque percatarse de sus límites implicaría cobrar dolorosa conciencia del modo en que la derrota de sus sueños juveniles de alcanzar las estrellas los ha abocado al sinsentido de habitar tan asfixiante y estéril espacio. No, Paloma desea con vehemencia eludir lo que considera un destino inevitable. Pero hasta la fecha programada de su muerte, y porque, según ella, "lo importante es lo que uno esté haciendo en el momento de su muerte", se ha propuesto escribir dos diarios. El primero, dedicado a lo que ella llama "ideas profundas", es decir, ideas que tratan de analizar y enfrentarse al sinsentido por el cual ha dedicido suicidarse. El segundo, al reto de buscar algo en la materia del mundo, en sus movimientos, en su belleza, que consiga hacerle replantearse su decisión de acabar con su vida.

Renée tiene cincuenta y cuatro años y es la portera de un bonito palacete con pisos de lujo poblados de familias ricas. Es pobre, fea, viuda y no tiene estudios. Pero bajo esa apariencia de ser insignificante, vulgar, inculto y carente de todo atractivo -apariencia que además ella se esfuerza árduamente por mantener ante el pudiente vecindario- se esconde una inteligencia ávida de conocimiento, una sensibilidad exquisita amante de la literatura, la música, el cine y el arte, y un férreo espíritu autodidacta que la lleva a devorar sesudos textos filosóficos y a debatir intelectualmente con ellos. Todo ello en la soledad invicta de su portería, a la que sólo tienen licencia de entrada su enorme y gordo gato León -así llamado en honor a León Tolstoy- y su amiga Manuela, una mujer sencilla que limpia las casas de los ricos y a la que Renée considera una auténtica aristócrata, pues, pese a estar rodeada de vulgaridad, esa vulgaridad ni tan siquiera ha llegado a rozarla. Atrincherada tras la puerta de la portería que la protege de insidiosas miradas, Renée pasa largas horas reflexionando sobre la naturaleza humana a partir de la observación de sus semejantes, sobre la dialéctica que une y separa a ricos y pobres, sobre la iniquidad del mundo, sobre la belleza singularmente retratada en las películas de Yasujiro Ozu, sobre la brecha de armonía serena que, en el absurdo de nuestras vidas, introduce el ritual de preparar un te y sentir cómo el tiempo y el vértigo del mundo se suspenden con cada pausado sorbo.

No creo decir nada que arruine la posible lectura de esta novela a quienes aún no lo hayan hecho si planteo que, a través de los diferentes acontecimientos que se suceden en ella y de los pensamientos de estas dos voces protagonistas, la respuesta dada por Muriel Barbery a la pregunta por el sentido capaz de mantenernos en vida, eludiendo hasta cierto punto el enclaustramiento de la pecera, apunta ya desde sus inicios a la esfera del Arte. Un Arte con mayúsculas que, sin excluir las grandes obras de la cultura, tampoco se reduce a ellas para extenderse a todos aquellos pequeños gestos de la vida cotidiana, a todos aquellos objetos insignificantes -como una camelia sobre el musgo- que de repente traen consigo una suerte de paréntesis en la rudeza del mundo: el paréntesis en el que la percepción y el disfrute de la belleza abren un instante de eternidad en medio del continuo movimiento y fugacidad de la vida. La vida es desesperación, dice Paloma al final de la novela, pero también momentos de belleza en los que el tiempo ya no es igual. Porque cada momento de belleza es un "siempre", un milagroso intervalo de eternidad sustraído a los afanes de la vida, a sus necesarios y esforzados proyectos, a los deseos inagotables de lo que nunca podremos poseer, tendidos sobre el curso imparable del tiempo que todo lo torna efímero y quebradizo. En la búsqueda de la belleza, bien allí donde las grandes obras de arte nos invitan y seducen a su contemplación, bien allí donde, si somos capaces de mirar con atención, menos pensábamos hallarla, reside entonces, para Muriel Barbery, la posibilidad de sostenerse y experimentar unos instantes de felicidad en medio del absurdo. Desde la certeza de que, aun cuando únicamente accesibles en tales breves instantes, también en el centro mismo del absurdo anidan brillantes brechas de perfección, de armonía y de goce ante su presencia.

Quizá a muchos esta respuesta les parezca excesivamente pobre, por excesivamente esteticista. Yo aún no tengo una opinión clara sobre ella, pese a haber disfrutado sobremanera con el elegante estilo de esta novela, con sus sabias reflexiones, con su primorosa utilización del lenguaje, con sus constantes ironías y su fino sentido del humor. Pero lo que sí sé es que nada más cerrar su última página, ya a altas horas de la noche, sentí un cierto desasosiego que me llevó a levantarme de la cama, a encender un cigarro a oscuras ya sobre el sofá, y a concentrar mis ojos durante un buen rato sobre los débiles destellos de las luces nocturnas que me alcanzaban desde la ventana. Preguntándome desde cuándo, encerrada en mi propia pecera, he sucumbido al olvido de la existencia de esos espacios hurtados al tiempo que irrumpen y devienen patentes en la percepción de la belleza. Preguntándome por qué hace tanto que ni tan siquiera pienso en la belleza. Y preguntándome, a un tiempo, cómo un libro cómo éste ha llegado a convertirse en un best-seller. Tal vez deba revisar todos mis prejuicios sobre la mayoría de la humanidad lectora.

PD. El porqué de la imagen que ilustra este post, una naturaleza muerta de Pieter Claesz, entre las páginas de "La elegancia del erizo".

27 comentarios:

Gato dijo...

El Zagloso me lo recomendó hace poco... voy a tener que leérmelo en cuanto recupere mi tiempo. Que ahora ando hasta los ojos de erudición y no me da la vida...

troyana dijo...

Antígona,
me parece muy comprensible que las protagonistas de "La elegancia del erizo" encontraran la felicidad en la belleza,ya que es cierto que cuando algo nos conmueve a ese nivel,el tiempo se detiene o adquiere otra dimensión y ese deleite es una bocanada de aire fresco en mitad de esa "desesperación" a la que aluden.
Creo hay tantas formas de hallar esos instantes cómo personas,no solo obviamente a través de la contemplación o el disfrute de la belleza(el arte,la literatura,la naturaleza...)también a través de las emociones y aquí podría enlazar con tu post anterior para hallar la felicidad en la metamorfosis que se experimenta por ejemplo con el amor.
Aunque yo le atribuya a esa metamorfosis un carácter caduco o más o menos temporal.
En cuanto al best-seller,no lo he leído,eso sí,vi la película,y no me terminó de gustar,todavía no le perdono ese trágico desenlace.

Abrazos y besos para ti!

Rodrigo D. Granados . dijo...

Tampoco soy proclive a leer libros por la cantidad de lectores que hayan tenido; siempre recuerdo la frase: "¡Coma mierda!, trillones de moscas no pueden etar equivocadas". Es verdad también que he leído libros que mucha gente ha leído, desde Cien años de soledad, pasando por El principito o La sombra del viento, por poner un fenómeno de entrecasa; pero siempre que lo he hecho, fue por orientación o consejo de personas a las que daba crédito, y nunca por el nivel de ventas. Hay libros maravillosos que unca serán famosos, y verdaderas menudencias con un poder de atracción de masas que yo adjudico a la mercadotecnia, a la imitación o al electroencefalograma plano.
Tras leer su crónica no puedo menos que pensar en la triste realidad de nuestras preadolescentes y porteras vernáculas ; aunque es probable que la señora Barbery, acuciada por sus editores, termine cagándola en la segunda entrada de la saga, revelándonos que en realidad, la portera es una marquesa que sufriera amnesia tras un episodio trágico y la niña, la hija secreta de Stephen Hawking. Los libros se hacen de pasta; pero cuando se hacen "por"pasta, cambian un pelín.

DELIRIUMTREMENDS dijo...

La verdad es que me he reido bastante con tu post, porque yo soy de las tuyas, bueno, éramos las dos de las odiabetsellers. Sucumbí a este libro regalado por unas conocidas, una noche de esas feas. No, todavía podemos vivir una revolución interna, hay peña que leé cosas que valen la pena, y son muchos los que todavía sienten curiosidad por la vida, por una niña que tiene el juicio de una adulta, de una portera que se hace un mundo perfecto al otro lado de la vida, y que disfruta con una vida sin grandes agendas sociales, pero con un espíritu que ya quisieran todas esas mujeres de allá fuera que están vacías por dentro.
Sí, me cautivó, a mi me cautivó el libro entero, pero me mola la niña mucho, porque la considero mas adulta que muchos de los adultos que me rodean, incluyéndome yo por días.
Me encanta el encabezamiento del post, es brutal. De acuerdo con la tv y dios. Con los hijos, no. No pienso ni parecido. Precisamente, teniendo hijos, uno tiene que rendirse cuentas todos los días, a sí mismo, obviamente, de lo que haces, de como lo haces, de si los educas bien, de si haces de su vida un jardín de rosas, que sino lo haces igual es mejor porque la vida está puta... En fin, que pienso que no me he enfrentado mas a mi misma en la vida que desde que tengo a mi hija conmigo, antes... bueno, no daba muchas cuentas a nadie de qué y cómo. Ahora, siento que debo ajustar cuentas conmigo misma todos los días, para estar a su altura. Todo esto son cosas mías, eh, tú ni caso...
Y que mas... bueno, pues que eso, que me he reido, e iba leyendo y me iba acojonando, porque sabiendo de tu buengusto, digo, a ver esta mujer que libro nos va a colgar aquí.... y claro, no podías defraudarme, tu no..jejeje.
Un besazo, nos vemos en esos bares que los que gestamos tantas conversaciones de las buenas... y eso, que a ver si este verano ves mi piscina, coño, que ya va siendo hora.
Por aquí todo bien, muy revuelto, pero controlado.
Cuídate mucho, hermosa¡

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Nos vemos en esos bares EN los que gestamos....
Me como las letras, yo siempre a tope, hija...

benedetina dijo...

Hola Antígona! Es verdad, suele pasar que los best seller no son de fiar, me imagino que por la mala fama que le han dado novelones tipo El código Da Vinci.

Estoy de acuerdo en que, por suerte o por desgracia, la belleza es de las pocas cosas que consiguen cautivarnos hasta el éxtasis.

Y por eso, porque es una belleza, también disfruté mucho con "La elegancia del erizo". Y encima no veas qué gracia tiene, algunos momentos son tronchantes.

Qué buena la escena del baño, ¿eh? jaja, todavía me río cuando me acuerdo.

Un bezito!

NoSurrender dijo...

Bueno, teniendo en cuenta que la población mundial es de unos 6.000 millones de personas, o que hay unos 3.000 millones de teléfonos móviles en el mundo, yo creo que una cifra de 4 millones de ejemplares vendidos sigue siendo bastante elitista, por mucho best seller que sea (estamos diciendo que lo ha leído una de cada 1.500 personas).

Yo creo que, si nos ceñimos al público que habitualmente lee, sí que hay espacio comercial para un tipo de literatura con más ganas de profundizar, sin dejar de resultar una novela, que es un formato mucho más amable que el ensayo, donde cualquier persona no formada en filosofía suele perderse muy rápidamente. Sucedió lo mismo, en su día, con El mundo de Sofía. Y sucederá con otros que sepan buscar ese nicho de mercado.

Yo no he leído el libro… todavía. Me ha parecido muy interesante lo que nos ha contado sobre él, doctora Antígona. Aunque, para mantener mi interés, hubiera preferido algún comentario menos explícito sobre cómo acaba la cosa en alguno de sus comentarios :)

No sé si yo podría limitar el sentido de la vida a la belleza/arte, eludiendo otros aspectos éticos. Al fin y al cabo, como decía Sartre, ser humano es tener que vivir en medio de los demás y ser moral en ello.

Besos, doctora Antígona!

Antígona dijo...

Pues es una buena recomendación, Gato, así que hazle caso al Zagloso y hazte con él en cuanto puedas. O al menos échale un vistazo si vas a alguna librería, porque el libro no tiene una estructura muy al uso y por muy best-seller que sea, ya se sabe, para gustos se hicieron los colores :)

Un beso!

Antígona dijo...

Troyana, comprensible lo es. Pero personalmente no sé si la respuesta me sabe a poco o es que hace mucho, después de un tiempo de demasiado estrés y demasiadas complicaciones, que no me paro a pensar, como de alguna manera sugería en el post, qué representan esos momentos de belleza en mi vida. A veces, cuando voy de camino al trabajo, me quedo unos pocos segundos extasiada contemplando una preciosa alameda por la que paso –pocos, que voy conduciendo, y tampoco es cuestión de tener un accidente-, y reconozco que me produce una sensación de lo más reconfortante. Sin embargo, la sensación es tan fugaz que la huella que en mí deja es demasiado endeble como para no verse inmediatamente borrada cuando llego al trabajo y vuelvo a verme absorbida por el estrés y los problemas. Otros días, voy ya tan concentrada en otras cosas que ni siquiera me percato de que la alameda está delante de mí, dispuesta a proporcionarme unos segundos de ese deleite.

Quizá sean la agitación y el vértigo diario que a temporadas se padece lo que nos impide acceder a la belleza y sustraernos gracias a ella al imparable correr del reloj. Porque ser capaz percibirla, intuyo, requiere también de una cierta serenidad, de una cierta calma. No pocas veces me ha pasado este año que al ponerme a leer un libro, buscando entre sus páginas un poco de distanciamiento y evasión con respecto a tantas preocupaciones, no he tenido más remedio que dejarlo al darme cuenta de que, por más mis ojos recorrieran las líneas del texto, mi cabeza seguía dándole vueltas y más vueltas a las cosas que me preocupaban. En este sentido, envidio la vida de Renée. Con su trabajo de portera, por rutinario y tedioso que sea, tiene algo que hoy en día no es fácil poseer: tiempo. Y no me refiero aquí tanto al tiempo material, que también es importante, como al tiempo mental, es decir, al espacio mental libre del asalto de las urgencias y decisiones del día a día a partir de cual se hace posible demorarse en las cosas de un modo prácticamente imposible allí donde ese mismo espacio está excesivamente atestado de asuntos que resolver para mañana. Demorarse en ellas y así extraerles todo su jugo y regocijarse con su belleza, bien se trate de un libro, un poema, un cuadro, un paisaje o de saborear una sencilla taza de té.

En el libro la cuestión de la belleza ocupa un lugar central, pero no creo que sean menos importantes en él la amistad y, sobre todo, la posibilidad de comunicarse con otros seres humanos y de compartir con ellos esos momentos de deleite a través de la belleza como fuente de sentido en medio del absurdo de la existencia. El tema del amor queda, para mí, bastante más desdibujado, pero de alguna manera se lo señala justamente a través de la experiencia de ese compartir y de ser capaz de comunicarse con los otros.

La película no la he visto y no creo que lo haga. No dudo que pueda no estar bien, pero me parece realmente imposible trasladar a la pantalla lo que más me ha gustado del libro, que no es tanto su trama como las reflexiones que se hacen los personajes en torno a ella, y también el modo en que Muriel Barbery utiliza en él el lenguaje. En cuanto al final, bueno, yo diría que esta novela es como un cuento y hasta su final está cargado de humor e ironía, por lo que la tragedia puede verse hasta cierto punto relativizada. Pero no diré más, no vayamos a arruinarle a nadie la lectura del libro.

Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

Estimado Rodrigo D. Granados, también yo leí en su día “Cien años de soledad” y por supuesto “El principito” y, sin embargo, creo que hay una diferencia clave entre el hecho de que mucha gente haya leído estos libros y lo que sucede con los best-seller. En ningún momento pensé que estuviera ante un best-seller, sino más bien ante textos cuya calidad venía avalando el paso del tiempo y cuyos múltiples lectores provenían precisamente de ese mismo sostenerse en el tiempo por encima y más allá de otros fenómenos literarios de éxito quizás explosivo al principio pero luego necesariamente efímero por causa de su escasa calidad literaria. El peligro de los best-seller es que son demasiado jóvenes como para haber pasado por esa certera criba que es el transcurrir del tiempo, una criba que acaba haciendo caer en el olvido lo que un momento dado fue un éxito de superventas o, por el contrario, manteniendo vivos textos que quizá se abrieron paso en el mundo de la literatura de una manera más tímida y discreta. Y tiene además usted razón: que verdaderas chapuzas lleguen a ser superventas sólo se explica por esa mercadotecnia a la que alude y posiblemente por la avidez de novedades que ha generado en el público el suculento negocio en que se ha convertido el mercado editorial. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que cualquier best-seller haya de ser de antemano prejuzgado como basura. Pero son tantas las basuras que figuran en los anaqueles de los grandes almacenes de “los más vendidos” que acaba imponiéndose la desconfianza. Al menos en mi caso lo ha hecho desde siempre.

Dudo mucho que de este libro pueda haber una segunda entrega. Pero no puedo explicarle el porqué sin hacerle una gran faena a todos aquellos que aún no lo han leído. Así que, si le interesa saberlo, tendrá que averiguarlo usted mismo :P

Un beso!

Antígona dijo...

Conociéndote un poco, Delirium, ya me imaginaba yo que también tú serías del club de los de “Best-seller no, gracias” y que, si lo habías leído, seguro que te había encantado. Me gusta mucho la descripción que haces de estos dos personajes tan peculiares. Pero es que la gracia del libro consiste en que su autora los ha construido con tanta ternura y con tanto sentido del humor que es difícil no engancharse a ellos por complicadas que sean las reflexiones en las que a veces se embarcan. Todo un mérito por su parte, así como el haber logrado presentar con sencillez y pero sin restarles un ápice de interés cuestiones tratadas en los más sesudos libros de filosofía. Y creo que eso proviene del hecho de que sabe insertarlas muy bien en un discurso que, por otra parte, es tremendamente vital, porque está plagado de preguntas que a todos nos conciernen, aunque no todo el mundo se detenga cotidianamente a pensar sobre ellas.

Me gusta la niña pero aún más Renée, por su gran pasión autodidacta, por la dignidad que respira toda su persona en medio de su pobreza y su vida apaleada, por su voluntad de sentirse reina en el único ámbito en el que la vida no la ha relegado a mera vasalla, que es el pensamiento.

En cuanto a la cita, no hay que olvidar que Renée no ha tenido hijos no porque no quisiera, sino porque no llegaron. No obstante, creo que acierta en el hecho de que son muchas las personas que tienen hijos para llenar de una manera mucho más definitiva y absorbente el vacío que a todos nos ha sido dado por tarea tener que llenar con unas u otras ocupaciones. Porque existir no es más que sostenerse sobre ese vacío y tener constantemente que preocuparse y afanarse por llenarlo, por construir algo sobre él, por colonizarlo de proyectos e ilusiones para evitar que nos trague. Los hijos, qué duda cabe, lo llenan y mucho, sobre todo por el trabajo que dan y las preocupaciones que generan, porque son una fuente de demandas constante, al menos durante los primeros años de vida. Pero lo de enfrentarse o no enfrentarse a uno mismo no creo, como tú dices, que dependa del hecho de tener o no tener hijos. Es cierto que hay gente que se sirve del hecho de tener hijos para nunca más volver a tener un proyecto propio, o una ilusión propia que no dependa de su crianza y cuidado. Pero también hay padres y madres que se niegan a que toda su vida gire en torno a sus hijos y siguen manteniendo intereses, proyectos e ilusiones que nada tienen que ver con ellos. Y los mismo sucede en el caso de los sin hijos. Porque para huir de uno mismo y nunca enfrentarse al hecho de tener que construir algo con sentido de lo que podamos sentirnos mínimamente satisfechos valen mil y un subterfugios que nada tienen que ver con la maternidad o la paternidad. La cuestión, como siempre, supongo que está en el cómo y no en el qué. Todo depende, no de qué se haga –tener hijos o no- sino del cómo se haga. Y si tú sientes que tu hija te hace enfrentarte constantemente a ti misma es porque, desde luego, no estás sirviéndote de ella como mecanismo de huida sino más bien todo lo contrario.

Yo también ando de momento con todo muy revuelto pero ya con el fin de tanto ajetreo oteándose en el horizonte. Así que a ver si dentro de ya no tanto nos vemos de nuevo en los bares para esas jugosas conversaciones y, por qué no, también en la piscina.

Un besazo enorme, guapísima!

Antígona dijo...

Pues no, Beneditina, la verdad es que los best-seller no son nada de fiar. Y aunque siempre temo que esa desconfianza me lleve a privarme de panoramas que sí podrían resultar interesantes, también pienso que son tantas las obras consagradas y los clásicos que me quedan por leer que mejor ir a lo seguro y no arriesgar en este terreno a no ser que el libro me ofrezca, quizás a través de una recomendación, una mínima garantía. Que la vida no da para leer todos los libros que merecerían ser leídos y es necesario ser un poco selectivo.

Me alegro de que tú también disfrutaras del libro, que es en sí mismo, por su lenguaje, una fuente de belleza. Y de risas, claro que sí. Tiene algunas ironías auténticamente geniales. A mí me encanta el pasaje en que Manuela se pone a decir tacos y Renée, desconcertada porque nunca lo hace, la compara en su imaginación con el Papa soltando improperios porque no encuentra su mitra. Bueno, ése y tantos otros que son de verdad memorables.

Un beso!

Antígona dijo...

Quizá tenga razón, doctor Lagarto, pero como no estoy familiarizada con el mundo de los best-seller, pues no sé muy bien cuáles son las cifras de venta que debe alcanzar un libro para que se pueda considerar que forma parte de él :P En cualquier caso, un poco en la línea de lo que le comentaba a Rodrigo D. Granados, no creo que el parámetro se cifre solamente en el número de ventas, sino también en el margen de tiempo en que se han producido esas ventas. Y por otra parte, que una de cada 1.500 personas se haya leído este libro le aseguro que ya me suscita una imagen mucho más agradable que la que tenía hasta el momento de la humanidad lectora.

Quien me mencionó el libro en su día interpretaba el éxito de este libro como un síntoma de que la sociedad empieza a demandar productos que ya no ofrecen exclusivamente la posibilidad de evadirse de la propia realidad de cada uno, o de pasar un buen rato –y, por supuesto, no tengo nada en contra de los que sólo buscan eso en la literatura, pero yo busco en ella más cosas- sino también reflexiones de más calado sobre la condición humana que han tenido desde siempre su lugar natural en el ámbito de la filosofía. Y, en el fondo, eso es algo que no debería extrañarnos tanto, dado que de lo que se ocupa la filosofía es de las grandes preguntas que inquietan a todo ser humano. Otra cuestión, sin embargo, y denunciada además en el propio libro de Muriel Barbery, es que el discurso filosófico se haya vuelto con el paso del tiempo cuestión de especialistas no accesible para legos. Quizá este grado de especialización y de complejidad conceptual sea hasta cierto punto inevitable e incluso indeseable que dejara de darse. Pero entonces me parece positivo que, en contrapartida, también exista gente como Muriel Barbery –entre tantos otros, claro- que invente estos formatos más “populares”, y más positivo aún que lleguen a ser del agrado de un cierto “gran” público. Al menos demuestra que el mundo mercantilizado en el que vivimos y su vértigo consumista no han conseguido aún aniquilar la inquietud de muchos por formularse esas preguntas de las que se ha ocupado la filosofía.

Estoy segura de que el libro le gustará, doctor Lagarto. Y no se preocupe por lo que se ha dicho más arriba del desenlace. Por un lado, soy de las que creen que en los libros que realmente merecen leerse poco importa conocer de antemano cómo terminan (¿o no sabía Ud.de la muerte del Quijote antes de leerlo? :P), porque lo valioso en ellos es el trayecto que nos hacen recorrer. Y por otro, como le comentaba a Troyana, el final es interpretable y si se trata de algo trágico o, por el contrario, de un final lleno de aliento y de vida, es algo que usted mismo deberá decidir a su término.

Y no, como decía más arriba, el libro no sólo habla de la belleza sino que concede también gran importancia a la amistad, a la comunicación entre las personas y a la posibilidad de compartir con ellas la experiencia de esos intervalos fuera del tiempo que suscita la belleza. Porque también nos hace sentir fuera del tiempo y nos induce a olvidarnos del reloj una conversación interesante con la persona adecuada, ¿no? También de eso da cuenta el libro, claro que sí.

Un beso, doctor Lagarto!

Margot dijo...

Tú no, tú también no!!! jajajaja.

Podría escribir un post igualico, igualico al tuyo con mi historia y ese libro... solo que yo aún no lo he leído y sigo resistiéndome a hacerlo (aunque pienso justo ahora, coño, si a Antígona le ha gustado y lo considera correcto y mis recelos iban justo dirigidos a la disciplina que ella maneja y me fio, por coincidir, de su criterio en otros ámbitos, como no en éste? y entonces se abre una pequeña grieta - sólo pequeña, eim?, pero existente por primera vez- en mi cabezonería, en mi orgullo elitista-literario...)

Ays, mardita sea!!! ya veremos, ya veremos... (y tú me entiendes, a que sí? jajaja).

Y porque la belleza, su búsqueda y contemplación, sigue ocupando mi tiempo, por pedante que suene, pero hay vicios que una a estas alturas no puede evitar. Ni quiere y mucho menos en medio de todo este absurdo caos que representa la vida y su mundo.

Lo dicho, ya veremos... jeje.

Besos si-no!

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Sí, el personaje de la portera es alucinante. Todo un despertar para el lector, y el que mas mérito personal tiene, por supuesto, ya que estaba destinada, desde pequeña a vivir de una manera determinada, con un entorno social que la determinaba bastante, y sin embargo, pudo huir de todo ello y buscar y buscar, la belleza en todas sus magnitudes, es paradógico, que viniendo de un sitio feo y oscuro, y viviendo en una portería, lleve esa mujer tanta luz dentro. Pero no sigo porque vamos a desvelar el libro entero. La niña me mola tanto, porque en medio de esa familia de idiotas, puede tener reflexiones profundas acerca de todo, y analiza constantemente todo. Su búsqueda de la verdad, me impresiona, todo lo desmenuza para encontrar el sentido de las cosas. Si bien es su sentido, denotan sus conclusiones un sentido común sobresaliente, si se le pueden poner notas al sentido común, claro... ( Se supone que sólo hay uno, no debo ponerle nota... ).
Bueno, yo al revés que tu, oteo un horizonte algo barroco y extraño, pero sigo ahí, luchando contra las tempestades, que vienen de cuatro en cuatro siempre.
Un beso muy fuerte, me encantará volver a verte, cuando quieras, y donde quieras. Siempre es un encuentro muy especial, me vuelvo a casa pensando en qué vida ésta tan rara, en la que nos desnudamos el alma a gente que apareció hace literalmente poco en nuestras vidas, y como tenemos gente alrededor que lleva años a nuestro lado, y apenas llega a conocernos, ni nos provoca esa exposición de nuestro ser.
Bueno, el ser se pira.
Que te cuides, guapa, y un beso, gigante, tamaño del coco que tienes, hija.
(peloteo-peloteo-peloteo... no, coño, es que tu lo vales¡¡¡¡¡ ).

k dijo...

Aquí se alza una voz en contra de esta novela. No entraré en detalles de por qué en público para no estropear el placer (o lo que sea) de la lectura a los que aún no han entrado. Pero yo tengo que decir que a mí no me gustó nada.

Lo Gos dijo...

Ahora que me veía de nuevo en condiciones de postear tenía pensado poner una cita de "la elegancia del erizo" pero antes me he pasado por tu blog y mira...

PREVIA: como sé que te gusta que te haga pensar ahí va una especie de enigma o acertijo que he descubierto en el libro (només a la segona lectura, mira si sóc cabut) y es que las dos hermanas ricas tienen el mismo nombre. Efectivamente "colombe" en francés quiere decir paloma... [nous n'irons plus au bois, la colombe est blessé; nous n'allons pas au bois, nous allons la tuer... (J. Brel)]

COMENT: Y ahora, entrando ya más a saco, creo como tú que al malnacido que escribió la frasecita de contraportada habría que cocerlo a fuego lento para después tirar la carne a las alcantarillas, para que sólo puedieran alimentarse de ella en caníbal festejo ratas y cucarachas.

La frase es indecente, inmoral, imbécil e inadecuada. Hace atentado a la semántica, a la lógica y al sentido común. Sospecho que atenta también contra los derechos humanos y seguramente contra la constitución española. Pero constituye sobre todo un flagrante ejemplo de la vulgaridad grosera y desagradable que va impregnando cada vez más la sociedad y que el libro denuncia con tanto acierto y elegancia.

La búsqueda de la felicidad ha sido (en mi opinión) la bandera de los pobres de espíritu y de los intelectualmente confusos desde que los fundadores de los Estados Unidos de norteamérica creyeron que sus limitados parámetros culturales tenían validez universal. Ahora que sabemos que la creencia en Dios no es el estado natural del ser humano sino que lo es más bien la duda y la inseguridad metafísica, la infantil búsqueda de la felicidad ha cedido el protagonismo a inquietudes más profundas que son, no te quepa duda, las que animan a Renée y a Paloma.
Así, tanto las obras cumbres del arte universal y del pensamiento para Renée como los movimientos del mundo elegantes y fluídos y los pensamientos profundos para Paloma son las maneras de nuestras protagonistas de buscar respuesta a tu pregunta, pero observa que en esa búsqueda perseverante e intensa la felicidad no es nunca buscada. Lo más parecido a la felicidad que nuestras dos protagonistas buscan es la belleza.
Aunque en realidad tampoco diría yo de ellas que son unas buscadoras de belleza (conozco a unos cuantos de esos y tienen otro perfil). Creo más bien que buscan -perdóname la fea palabra- "concreciones" del mundo que tengan coherencia y sentido. Y, ¡qué casualidad! resulta que en casi todos los casos esas concreciones (sea un té en buena armonía con una auténtica aristócrata, una obra de arte, el baile ritual de un jugador de rugby, un pensamiento realmente profundo o el encuentro con alguien que realmente busca a las personas) son bellas por sí mismas.

Yo creo más bien que el libro es un grito de esperanza "¡No estoy sola! sé que hay más gente como yo y aquí os cuento, en mi libro, cómo podría transcurrir el encuentro entre dos o tres auténticas personas" y creo también que si lo han leído 4 millones de personas ya es buena cosa, pero si lo ha comprendido un millón, ya es una muy buena cosa.
Quizá los tiempos estén cambiando...

iliamehoy dijo...

He leído el libro, y me encantó igual que me sobrecogió.
Debo admitir que mi rumbo de lecturas es a menudo errático y poco acertado. Siempre valorado desde mi particular percepción y expectativas creadas.
Confieso también que tras una etapa de tragar algunos best-sellers desarrollé una especie de alergia hacia ellos, que todavía hoy mantengo. Alergia que traslado a otros aspectos de ese gran mercadillo global que nos están construyendo y en el que a duras penas logro sostener un criterio propio.
Me gusta sin embargo aprender del tuyo.
Una sonrisa

Jota dijo...

Suscribo todas y cada una de tus palabras. Este libro llegó a mis manos, en su versión original en francés, gracias a un regalo de mi hermana. Pese a que me costó entenderlo a ratos, por aquello de leer en un idioma que no es el tuyo, me pareció un libro delicioso, muy bien escrito, profundo y filosófico, que habla de los grandes temas universales de la vida desde el análisis de ciertas miserias cotidianas y contemporáneas. No sabía, y jamás habría imaginado, que lo que tenía entre mis manos era un best-seller. No son prejuicios tuyos, es una realidad palpable: a mí también me pasa que considero el 99% de los libros que triunfan entre mis congéneres un hatajo de letras mal juntadas que hablan de estupideces sin sentido. No entiendo por qué a la gente le interesa tanto que le desvelen supuestos pseudomisterios de los templarios cuando la mayoría de nosotros no somos capaces de desvelar las claves de nuestra propia época, que es lo que debería quitarnos el sueño.
Pero entre todas las porteras con aliento de mamut, a veces te encuentras con filósofas como Renée, y entre todas las memeces encuadernadas de las estanterías de honor de las librerías, joyas como "La elegancia del erizo".

Antígona dijo...

Jajaja, niña Margot, si es que somos almas gemelas!

Que conste que es que yo he jugado con ventaja en todo este proceso de rechazo visceral a los best-seller y superación del mismo en este caso concreto. Porque de la existencia del libro sabía desde hace mucho, pero no me entró curiosidad por él hasta que no hablé con la persona que cuento en el post, que es nada más y nada menos que el que fuera en su día mi director de tesis doctoral y ante cuyos juicios intelectuales me postro mil y un millón de veces si hace falta y hago las reverencias más complicadas. Así que, qué quieres que te diga, con esta carta de recomendación, sabía que mi tozudez se quebraría antes o temprano… Eso sí, he tardado casi un año en decidirme, no te creas, que cabezonería, empecinamiento y orgullo elitista-literario que oponer a tan segura recomendación no me faltan en absoluto.

Así que sí, te entiendo perfectamente. Y tanto que te entiendo. Pero, pese a entenderte, te lo seguiré recomendando. Y si la búsqueda de la belleza sigue ocupando tu tiempo, te aseguro que, aunque la novela en su conjunto no te guste, encontrarás en ella páginas que necesariamente te interesarán, dedicadas a reflexiones a mi juicio muy acertadas acerca de por qué podemos extasiarnos ante un objeto bello o un cuadro como el que ilustra este post. Ahora, como luego resulte que no te gusta el libro, mi teoría de las almas gemelas se me va a venir abajo, jajaja!

Venga, a ver si vences tus resistencias. O habrá que encontrar a alguien que te lo regale y no tengas más remedio que aceptarlo ;)

Un beso-empujón!

Antígona dijo...

Delirium, la verdad es que veo que el libro te ha encantado, tal es el entusiasmo con el que hablas de sus personajes. ¡Me alegro! Tienes razón en todo lo que dices de Renée, que es un auténtico ejemplo de cómo podemos saltar por encima de nuestros orígenes, o utilizarlos de trampolín para acabar siendo justamente lo contrario de aquello a lo que parecía que estábamos destinados a ser. Porque en su caso es esa rebeldía contra la miseria y la nada de la que proviene Renée la que le sirve de impulso en toda su búsqueda intelectual y estética. A la vez que, por otra parte, entiendo que son esos orígenes los que a un tiempo hacen de ella un personaje tan humano y tan reflexivo sobre las contradicciones de la naturaleza humana.

La niña es, a mi juicio, muy parecida en el fondo a Renée porque sus preguntas son básicamente las mismas que las de ella. Sólo que la novela refleja muy bien cómo ambas se encuentran en etapas de la vida muy distintas, y claro, necesariamente eso influye en el modo en que se plantean esas preguntas y tratan de darles respuestas.

Hoy estoy bastante jodida, porque si bien creía ver ya la luz al final de un túnel de una temporada de demasiado trabajo y demasiado estrés, esa luz se me acaba de nublar y posponer aún un poco más. No mucho, tampoco hay que exagerar, pero es que a estas alturas la noticia me pilla ya tan agotada que realmente me parece una inmensidad.

Veremos de todas formas cómo nos apañamos para vernos, y si no pues al veranito, que entonces ya habrá acabado para mí toda esta pesadilla. Y sí, es cierto que uno nunca se termina de explicar por qué con determinadas personas siente tal empatía que es capaz de hablar a tumba abierta y con otras eso jamás llegará a darse. Pero lo importante no es la explicación sino disponer de gente con la que suceda, cuyo encuentro siempre interpreto como un regalo en medio de tantas relaciones obligadas anodinas y grises.

Otro besazo, guapetona!

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Ays, K, me has dejado con las ganas de saber por qué no te ha gustado nada esta novela. Te voy a tener que poner un mail para que me lo expliques, si es que aquí en público no es posible sin arruinar a nadie la lectura :) En fin, tampoco defenderé yo que es la novela del siglo ni muchísimo menos, a ver, cada cosa en su lugar. Y como dice el dicho, en cuestión de gustos no hay nada escrito.

Un beso!

Antígona dijo...

Vaya, Huelladeperro, hubiera querido contestarte en cuanto vi tu comentario, que me ha encantado. Pero he llevado unos días tan aperreada que no he podido hacerlo hasta ahora. Y, por favor, no dejes de hablar de la novela en tu blog, si eso es lo que quieres, por el hecho de que ya se haya hablado de ella aquí, que leyéndote he tenido la impresión de que podrías hacerlo muchísimo mejor que yo y no lo digo en absoluto como un cumplido.

Del enigma me di cuenta en cuanto empecé a leer la novela –por razones para ti probablemente obvias y no sé si a estas alturas ya para la gran mayoría de mis comentaristas, pero bueno, seguiremos sin mezclar realidad con virtualidad-, hasta el punto de que llegué a pensar si no se trataría de un desdoblamiento del mismo personaje, es decir, si lo que Paloma presentaba al principio como su hermana no era la cara menos gratificante de ella misma. Pero no, esta interpretación no cuadra en absoluto conforme uno avanza en la lectura y por mi parte sigo sin tener respuesta al enigma.

Veo que tú eres aún más contundente que yo en tu apreciación de quien escribió la frasecita de la contraportada, jajaja. Pero es que como reclamo, si es eso lo que pretende ser, que supongo que sí, es en efecto una vulgaridad y sobre todo, a mi modo de ver, un atentado contra la inteligencia y, como hipotética lectora me molesta que se me trate como a una imbécil y también a mis congéneres.

Me ha dado mucho qué pensar lo que dices sobre la búsqueda de la felicidad, que es, por una parte, una palabra que suena a quimera inalcanzable, y por otra, a cursilada de película americana de sobremesa. Y aunque yo misma la he utilizado en cierto momento del post –y leyéndote, estoy de acuerdo en que podría sustituirla, y así el post sería más verdadero, por la palabra “sentido”- creo que si alguien me preguntara en algún momento si soy feliz, primero me ruborizaría por cierto sentimiento de vergüenza ajena y después le diría que esa pregunta es también una suerte de atentado contra aquel a quien se formula. O le contaría aquello de que Solón no podrá decir de Creso si es un hombre feliz hasta que Creso no haya muerto, de manera que mucho menos podrá Creso responder en vida si es o no un hombre feliz, y, por tanto, nunca podrá responder él mismo a esa pregunta.

No obstante, creo que si concedemos que, sin pasar por alto todas las dificultades que entraña el concepto de felicidad, puede admitirse un cierto uso de él, éste tendría que ver con su asimilación a otros conceptos menos etéreos y que utilizamos en aquellas ocasiones en que encontramos algo o tenemos alguna experiencia que, por decirlo de alguna manera, nos hace la vida más llevadera. Y esa experiencia bien puede ser, como apuntas, la experiencia del sentido y la coherencia que asociamos a ciertos momentos o a ciertas vivencias y a la que se apunta en la novela, como tú muy bien has sabido ver, con la noción de belleza. Algo que no es poco en medio del absurdo en el que llegan a convertirse nuestras vidas de adultos y que, por lo general, tiende a soportarse a fuerza de eludir toda conciencia de él y de taponar todas aquellas brechas por las que supura la amargura que nos genera. Percibir que hay ámbitos de sentido, tener la sensación de que aquí o allí, en este instante concreto o en este día, con esta persona o en aquella imagen o en aquel movimiento, “las cosas cuadran” y resisten el mínimo análisis que desvelaría el sinsentido de tantas otras… todo eso ya puede transmitirnos la sensación de que vale la pena estar aquí y seguir viviendo.

(Sigo abajo)

Antígona dijo...

Me gusta que veas en la novela ese grito de esperanza. Me “cuadra” en mi propia representación de la novela. Más cuando últimamente tengo la sensación de estar rodeada de gente con la que me siento realmente sola, salvo excepciones muy muy honrosas y que ocupan un lugar clave en mi vida, y entre las que os cuento a todos aquellos que comentáis en esta casa por todo lo que aquí comparto con vosotros pese a apenas conoceros o no conocernos absolutamente nada, y pese al poco tiempo que últimamente puede dedicarle al blog en relación a épocas pasadas. Así que esos cuatro millones me reconfortan y el millón al que aludes aún más. No sé si los tiempos estarán cambiando, pero ojalá fuera así.

Un beso!

Antígona dijo...

Qué bien, Íliamehoy, cada día que pasa me alegro más de haber escrito este post y así poder averiguar si mi percepción del libro era compartida.

Errático también es mi rumbo de lecturas, como supongo que no puede dejar de serlo cuando uno se deja vencer a veces por la curiosidad de lo nuevo en lugar de por la tradición y lo consolidado en su calidad literaria. Pero también intento ser selectiva y sobre todo confío, más allá de mi propio criterio, en las recomendaciones de gente que, en estos terrenos, considero de fiar. Aunque también es muy cierto, como dices, que en ese mercadillo global no es fácil sostener un criterio propio. Hace años leía con entusiasmo el “Babelia” cada sábado. Ahora hace ya mucho que ni lo hojeo. El mercado editorial ofrece demasiado y no tengo tanto tiempo para leer. Además de que creo que los libros requieren que se los lea con calma y no con la ansiedad de saber que te esperan sobre la estantería un montón por leer. Estoy segura de que me pierdo cosas interesantes, qué duda cabe. Pero tengo claro que hay que asumir los propios límites, y mi curiosidad es más potente con respecto a tantos clásicos que aún no he leído.

Un beso y una sonrisa!

Antígona dijo...

Bueno, Jota, otro que se suma en este espacio al equipo de los fans de este libro. Aún no podemos montar el equipo de fútbol, pero vamos avanzando! ;)

Supongo que no habrá sido fácil leer este libro en un idioma que no es el propio, porque Muriel Barbery cuida amorosamente su lenguaje y eso no es fácil de paladear sin gran conocimiento del idioma. Aunque supongo entonces, también, que tú sí te manejas perfectamente con el francés, porque de lo contrario habrías abandonado la lectura, claro. Y siempre es una suerte poder leer en versión original, por aquello tan conocido del “traduttore traditore”.

Por mi parte, tampoco sé muy bien cómo interpretar el éxito que ha tenido este libro. Claro que el hecho de que mucha gente lo haya comprado tampoco significa, como apuntaba Huelladeperro, ni que lo haya leído ni que lo haya entendido. No conozco cómo funcionan estos fenómenos del mundo editorial, pero imagino que a partir de cierto momento de éxito, las ventas se retroalimentan y las compras, por ejemplo, a modo de regalo, en absoluto garantizan que de ellas se derive la lectura de lo comprado.

Personalmente, no creo que a la gente le interesen los templarios, los visigodos o los aztecas. Lo que quiere por medio de la lectura de los best-sellers es, por lo general, evadirse de su propia realidad por medio de una historia a través de la cual, y en su lenguaje, uno se deslice con la suficiente facilidad como para dejarse absorber y llevar por ella. Quizá algo parecido a lo que ocurre con la televisión, o con ciertas películas. Algo que no puede suceder con otro tipo de lecturas, que exigen un masticado más lento, y una digestión aún mucho más pausada. Tanto más pausada cuanto más retraten nuestra propia realidad. Pero nuestro mundo genera ansias de alienación, lo cual no es de extrañar. Y desde ningún punto de vista fomenta la lentitud sino la rapidez y la renovación constante de los objetos de consumo, que es en lo que se ha convertido un porcentaje muy elevado del sector del libro.

En cuanto a la encuadernación del libro, espero que la edición francesa fuera un pelín más elegante que la española. Que su portada es como para forrarlo con cualquier papel opaco que uno encuentre a la mano :)

Un beso!

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Bueno, tu tranquila, estamos todos igual, cuando no viene de un lado el problema, viene de otro, lo importante es poderse poner el impermeable y que las cosas resbalen, ya tenemos callo, a ver si empezamos a tomarnos las cosas menos a pecho, y dejamos de sufrir diariamente los vaivenes de la vida, que son siempre inesperados, y jodidos de afrontar. Pero te veo en verano mas a gusto que nadie, ya verás, no queda nada.
Me jodió mucho el final del libro, no lo voy a desvelar, pero siempre me han jodido ese tipo de finales, cuando la historia ya respira, cuando el personaje se desvela del todo al lector, y parece como si fuera ya de tu familia, de repente todo se vuelve gris...
Me piro que lo cuento, ya sabes que yo lo cuento todo...
Que te cuides mucho, que ya habrá tiempo de vernos, y que sí, que es un regalo hoy en día, tener gente como tu a mi lado, aunque sea a ratos, pero siempre preferí calidad a cantidad.
Un beso fuerte, quedo esperando tu próximo post, a ver con qué nos sorprendes...

Juanan dijo...

Con permiso..se puede..(gracias) soy un intruso en el club. Si, es interesante el debate por eso me tomo la molestia de participar, para decir todo lo contrario a mi si me gustan los autores mas vendidos, como me gusta definirlos desechando la palabra Bet-seller, soy un tipo básico que le vamos a hacer, de hecho no he podido leer todos los comentarios, son bastante intelectuales para mi mente, llegando a la conclusión de que le dais muchas vuelta para decir lo obvio.
Algunos libracos etiquetados como obras maestra me he tragado, y al día siguiente me he quedado como estaba, sin embargo los libros denominados “basura” si que me dicen con una redacción de a pie lo que todo el mundo entiende, y luego estas tú si te interesa o no, porque no me gusta estar con el diccionario para entender algunas palabras que en el lenguaje callejero son mas simples. ¿Porque amigas/os cuanto hizo Corin Tellado por que las españolas leyeran? Y de paso inculcarles el gusanillo a aventurarse en algo más profundo, por eso creo que la novela histórica tan denostada por los círculos intelectuales y que se vende como churros esta haciendo una labor muy interesante entre gente básica y sin cultura para conocer parte de la historia que se les escapa…..por ejemplo, santoral es como mas entendible que hagiografía o martirologio.
Bueno creo que me he extendido, sin querer enmendar la plana esta es mi opinión
Saludos.