jueves, 12 de noviembre de 2009

¿Quién teme a las Relaciones Públicas?


"La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Aquellos que manipulan el mecanismo oculto de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder que gobierna nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes moldeadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas mayormente por hombres de los que nunca hemos oído hablar. (...)
En casi cualquier acto de nuestras vidas, sea en la esfera de la política, de los negocios, en nuestra conducta social o en nuestro pensamiento ético, estamos dominados por un número relativamente pequeño de personas que entienden los procesos mentales y los patrones sociales de las masas. Son ellos quienes manejan los hilos que controlan la opinión pública."

Quienes lean estas líneas pensarán probablemente que han sido escritas por algún trasnochado defensor de las llamadas teorías de la conspiración: democracia ficticia en manos de una misteriosa oligarquía capaz de gobernar en la sombra el destino colectivo en pos de la satisfacción de sus privados y ocultos intereses; manipulación de la opinión pública por un exiguo número de personas que inoculan en las mentes de las masas ideas, valores, o creencias que sólo a ellos benefician.

Nada más lejos de la realidad: ni estas líneas denuncian teoría de la conspiración alguna, ni mucho menos son el producto de una mente obsesionada con ellas. Todo lo contrario: pertenecen a un texto titulado "Propaganda" escrito en 1928 por Edward Barneys, en el que éste recogía y expresaba sus ideas, ya sobradamente demostradas por su propia experiencia, sobre cómo manipular a la opinión pública. Sin embargo, Edward Barneys es hoy día es conocido como el padre de las "Relaciones Públicas". ¿Propaganda? ¿Relaciones Públicas? ¿Pero qué tienen que ver entre sí estos dos rótulos? Pues sencillamente todo. Porque fue el propio Edward Barneys quien, consciente de la mala prensa adquirida por la palabra propaganda a partir de su utilización por parte del régimen nazi, y pese a haberla escogido como título del libro cuya introducción encabeza este post, decidió prescindir de ella e inventar para sustituirla la más aséptica y en principio neutra expresión de "Relaciones Públicas".



¿Cuestión de mera terminología? En absoluto. Tras la invención de esta expresión se esconde la de un fenómeno de alcance y consecuencias infinitamente mayores: el consumismo que caracteriza a las modernas sociedades democráticas. O al menos esto es lo que plantea Adam Curtis en un interesantísimo y polémico documental realizado para la BBC, The Century of the Self, que le valió en 2002 el Premio Broadcast a la mejor serie documental y el Premio Longman de Historia Actual a la mejor película histórica del año. No obstante, ni éste ni otros documentales de Adam Curtis son apenas conocidos, pues su obra se ha editado en muy pocos países y desde luego no en el nuestro. ¿Quizás porque el trasnochado defensor de las tremendistas teorías de la conspiración es el propio Curtis? Bueno, reconozcamos que atribuir la invención del consumismo a una sola cabeza pensante puede parecer hasta al más crédulo un tanto exagerado. Pero no es menos cierto que los fenómenos históricos, precisamente por ser históricos, tienen fecha de nacimiento. Y por múltiples y variadas que sean sus causas, sería un error excluir de ellas las ideas y acciones, en ocasiones sin duda revolucionarias e innovadoras, de los individuos que contribuyeron al nacimiento de esos fenómenos.

Según se cuenta en este documental, Barneys contaba en los años veinte con dos importantes ventajas con respecto a los demás individuos de su época: ser el sobrino de Sigmund Freud y haber liderado con incuestionable éxito, a sus poco más de veinticinco años, la campaña de propaganda -por aquel entonces el uso de este término aún no era problemático- del presidente Wilson para que la intervención de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial fuera popularmente aceptada. Terminada la guerra, Barneys empezó a pensar de qué manera las estrategias aplicadas en aquella campaña podían ser útiles en tiempos de paz y solicitó a su tío que le enviara sus escritos sobre el psicoanálisis. De su lectura extrajo una brillante teoría que no tardaría en cambiar el mundo: no es la información consciente la que influye en las mentes de las masas, sino la estimulación y satisfacción de sus deseos inconscientes. Y puso en práctica un experimento para probarla.

Barneys había abierto en Broadway una oficina de "Relaciones Públicas" que ofrecía sus servicios a todas aquellas empresas que quisieran mejorar su rendimiento económico. Uno de sus mejores clientes, el presidente de la Tabacalera, le propuso el siguiente reto: romper el tabú social de que las mujeres fumaran en público, dado que por su culpa estaban perdiendo la mitad del mercado. Inspirado por la lectura de las obras de su tío Freud, Barneys pagó una importante suma a un famoso psicoanalista newyorquino para que éste le explicara qué podía significar el tabaco para las mujeres. Éste le contó que el cigarrillo constituía un símbolo fálico, un símbolo del poder masculino. Si pretendía generar en ellas el deseo de fumar, Barneys debería conectarlo con el deseo de disputar el poder masculino. Así que Barneys persuadió a un grupo de mujeres de la alta sociedad para que acudieran a la cabalgata de Pascua de Nueva York y, a un orden suya, comenzaran a fumar en público de manera ostentosa. Previamente, había comunicado a la prensa que un grupo de sufragistas realizaría un acto de protesta reivindicando sus libertades bajo el lema "antorchas de libertad". Las fumadoras fueron retratadas por numerosos periodistas y al día siguiente la noticia de su reivindicación de la libertad femenina a través del tabaco aparecía en los periódicos de todo el mundo. La venta de cigarrillos se disparó automáticamente y el tabú social que impedía a las mujeres fumar en público acabó por quebrarse.

Lo que Barneys descubrió, gracias a la lectura de los textos de su tío Freud, fue el mecanismo que hoy en día opera en cualquier reclamo publicitario: asociar la satisfacción de deseos básicos, comunes y de naturaleza no siempre consciente -libertad, salud, atracción del sexo opuesto, éxito social...- a la compra de determinados productos. No se trata de que la publicidad sea capaz de crear tales deseos. Esos deseos residen ya en los individuos a los que se dirige. Pero la publicidad sí es capaz de fijar la satisfacción de esos deseos, en principio abstractos y difusos en la medida en que sus posibles vías de satisfacción son igualmente abstractas y difusas, a objetos concretos. O para decirlo de otra manera: la publicidad no puede crear en mí el deseo de ser feliz; pero sí puede aprovecharlo y manipularlo para suscitar en mí la creencia de que, si quiero ser feliz, necesito el producto X -cigarrillos, yogures, desodorantes, prendas a la moda...- que la publicidad vincula repetida, machacona e insistentemente a mi deseo de felicidad.

Así es como empiezo a desear y comprar productos que, en realidad, no necesito. Porque si bien es cierto que necesito sentirme libre, estar sano, atraer al sexo opuesto o tener éxito social, lo que no es una necesidad es el hecho de que tales necesidades básicas se satisfagan por medio del consumo. Es más: que tales necesidades se satisfagan a través del consumo no sólo no es algo necesario. Por lo general, es algo sencillamente falso. Falso por momentáneo y provisional. Y una vez agotada mi momentánea y provisional satisfacción, no dudaré en lanzarme a la compra de cualquier nuevo producto que contenga la promesa de satisfacer todos esos deseos que necesito satisfacer. De ofrecérmelo, ya se encargará la publicidad. Ésta es la realidad del consumismo.

Por supuesto, la carrera de Barneys no acabó en el experimento narrado. Ni tampoco las consecuencias de lo que en él se probaba en torno a la posibilidad de manipular a las masas apelando a sus deseos inconscientes. Porque, según el documental de Adam Curtis, lo más perverso del descubrimiento de Barneys radicaría en el modo en que su aplicación económica por parte de las multinacionales se alió a la política. En 1928, el por entonces presidente de los Estados Unidos, Herbert Hoover, proclamaba ante un grupo de propagandistas: "Tenéis la labor de crear el deseo y transformar a la gente en máquinas de felicidad en constante movimiento". ¿Y por qué? Porque las máquinas de felicidad en constante movimiento, además de ser la clave del progreso económico, se convierten a la larga en masas de individuos únicamente preocupados por su privada y momentánea felicidad. Esto es, en masas dóciles y manejables. Inquietante, ¿no?

El documental de Adam Curtis daría para muchísimo más pero, como suele ser habitual en este blog, este post ya se ha alargado en exceso. Sin embargo, no me gustaría concluirlo sin llamar antes vuestra atención, mis queridos y pacientes lectores, sobre un hecho que me ha sorprendido sobremanera cuando, después de ver el documental de Curtis, empecé a indagar sobre lo que en él se cuenta. La información sobre Edward Barneys de la versión española de la wikipedia ofrece una imagen de sus ideas y logros radicalmente diferente de la presentada tanto en el documental de Curtis como en la versión inglesa. Y uno empieza a sospechar por qué cuando se entera de quién es uno de sus más eminentes discípulos y difusor de su obra por estos mundos subpirenáicos.

Francamente, no sé si empezar a creer en las teorías de la conspiración. O en algo bastante parecido.

39 comentarios:

benedetina dijo...

Um, mira que diplomática la wikipedia. Habla de que el señor Barneys aportó eso de la responsabilidad social y el código deontológico que está tan de moda ahora en las empresas.

Mas que inquietante diría que es acojonante. Y frustrantea más no poder.

La carne es débil y la mente más, y por desgracia hay mucha gentuza como ese señor y su cuadrilla que tienen la empatía bajo cero, la mala leche a todo gas, y un afán de poder que no veas que peligro.

Me ha encantado tu post, y no te preocupes por la extensión, yo al menos hasta me he quedado con ganas de más. Veré el video.

Un saludo.

Margot dijo...

Me apunto el documental... se lo pediré a mi "proveedor habitual" jeje (y te paso otro, también de la BBC, que he visto recientemente; nada que ver con el tema pero sus cinco capítulos me tuvieron pegadita a la pantalla, llena de entusiasmo: How Art made the world. Umm, creo que te interesaría…)

Siempre huí de las teorías de las conspiraciones, éste país es muy dado a ellas aunque ninguno superado por el grandote EEUU, pero una cosa es hablar de conspiraciones -siempre basadas en medias verdades y datos sesgados ordenados para concluir una hipótesis inicialmente convenida, invirtiendo así las leyes para llegar a una conclusión fidedigna- y otra muy distinta el investigar para desentrañar posibles manipulaciones de pensamientos y hechos. Los hay y es evidente que hoy día más que nunca, con todo este lío de globalizaciones de medios y una información que nos supera cada vez más en cantidad junto a una imposibe capacidad de absorción por nuestra parte. Por no hablar de las lecciones aprendidas durante los totalitarismos y que tanto beneficio han otorgado a las siguientes generaciones de estadistas y dirigentes.

Y entre todas las manipulaciones a las que podemos ser sometidos, el consumo y su herramienta, la publicidad, son hechos cuyas consecuencias sufrimos en carne propia, seamos o no consumistas compulsivos. Contradice nuestra razón una y otra vez,basta pararse en lo que comentas acerca de la satisfacción inmediata e inútil del producto consumido y que todos hemos comprobado. Aun así volvemos a sentir ansias del siguiente esperando que “éste sí”, que éste sí nos satisfaga; me parece uno de los hechos que más patidifusa me deja, esa idiotez constante con nosotros mismos y tan difícil de contrarrestar pese a sabernos tan ilusos. Por no hablar del autoengaño en el que caemos sabiendo que la bondad del producto casi siempre es mentira (dígase las cremas faciales antiarrugas, por ejemplo).

Pero la consecuencia realmente perversa es la que tú apuntas en el post: la individualidad y la satisfacción propia como único cauce (imaginario) de felicidad, dejando de lado el bien del colectivo, el “divide y vencerás” se convierte así en una máxima a la que ni siquiera nos tienen que arrastrar, vamos nosotros solitos. La lucha colectiva, la oposición, las protestas, la rebelión social a la que tanto miedo han tenido siempre los poderes establecidos queda por fin envarada y todo a golpe de tarjeta. Por supuesto que existen consecuencias más profundas, tal vez todo esto sea simplificar demasiado, pero como bien dices no quiero que me llames pesada y para muestra un botón. Sólo por el hecho antes mencionado deberíamos quemar las tarjetas, plantar hierba ácida de crecimiento rápido en los centros comerciales y en cada cartel publicitario tachar con rotuladores gigantes el mensaje que intentan vendernos. Algo, no sé el qué, pero deberíamos hacer algo… sólo hay una cosa más triste que un ombligo y ésta es un ombligo ombliguista y encima engañado…

Qué decías de enrollarse? Jeje

Besos decididamente estoicos, coñe ya!!

dErsu_ dijo...

Pues hagámonos cartujos, o franciscanos, o mejor aún, cátaros o macrobióticos, y renunciemos a todo aquello que no sea un bien básico, comamos cereales i refesquémonos con insípida agua. En fin, perdón por el exceso y por desviarme del tema, pero a mi me placen los bienes no básicos, aquellos superfluos, excesivos, hasta demenciales.

huelladeperro dijo...

Dersu: la far1opa se vende sin publicidad (salvo algunos anuncios de la fundación contra la drogadicción y las noticias de aprensiones de alijos por arrobas, que hacen soñar a los golosos)




(sorry, Antígona)

huelladeperro dijo...

humm,,,
Un post a estudiar serenamente. Yo como de costumbre comienzo por el final. ¿Quién coño es ese Barquero? He buscado con el guguel y de cien páginas en español y francés sólo sale su curriculum vitae que ha colgado de la wikipedia ¡ya hay que tener morro!, una página de todolibros donde venden sus libros (supongo que de segunda mano) y una página donde venden de segunda mano su libro: "Enciclopedia Del Reloj De Bolsillo: Historia, Catalogación, Mecánica Y Detalles de la mayor selección de colecciones públicas, privadas y Museos Internacionales" investigación que es supongo la escusa que utilizó este evidente trepa para empezar a relacionarse con gente importante. Vale, ¿quién es? seguro que me pierdo algo. ¿tiene algún programa en la tele?

carrascus dijo...

Amiga Antígona... sin ánimo de discutir por las buenas, pero crees que una figura tan anticuada y tan sobrepasada por los tiempos como Edward Barney merece tantas líneas?

El año de 1.928 es la prehistoria. La sociedad avanza con una aceleración que hace que el pensamiento que reflejaba este hombre en aquellos textos suyos sea tan obsoleto como el diario "ABC" de anteayer.

Fíjate si merecen poco la pena las teorías de este señor, que ya solo iluminan a un tipo como el Barquero Cabrero éste, de tal catadura moral como para colgarse él mismo en la Wikipedia a modo de publicidad, como así lo han calado tanto el amigo Huelladeperro como la propia página Wiki, y además con unos errores ortográficos y gramáticales, que solo causan risa y vergüenza ajena.

Antígona dijo...

Bueno, Beneditina, la verdad es que como poco me ha parecido chocante que las informaciones de la wikipedia en versión inglesa y versión española difieran tanto. Obviamente, quien ha colgado la información en castellano pretende dar una imagen no sólo neutra, sino positiva de este Barneys.

Lo del código deontológico suena un tanto a recochineo después de leer la introducción de su libro “Propaganda” y de conocer el experimento de las falsas sufragistas. ¿Se puede enseñar de moral sin practicarla? Tal vez sí, pero yo no me fiaría mucho de las ideas morales de esta persona.

Más que afán de poder, tengo la impresión de que Barneys era sencillamente un tipo listo que puso su inteligencia al servicio de un interés nada raro en estos tiempos: amasar una fortuna. Y lo consiguió, vaya si lo consiguió. Pero supongo que uno se convierte en “gentuza” cuando considera que todo medio es válido para hacerse rico y además no se para a pensar en las consecuencias que la utilización de determinados medios pueden traer consigo.

El documental no tiene desperdicio. Pero son cuatro capítulos de una hora de duración y en el youtube solamente se encuentra el primero. Estoy deseando hacerme con el resto.

Gracias por tu comentario y un saludo!

Antígona dijo...

Niña Margot, como le decía a Beneditina, aún no he conseguido ver la serie completa de los cuatro capítulos, tengo todavía que indagar sobre el modo de hacerme con ella. Así que si tu “proveedor habitual” lo averigua, no dejes de decírmelo ;) Y me pongo ya a buscar también ese otro documental.

He empezado aludiendo a las teorías de la conspiración porque me parecía que el texto de Barneys estaba muy en línea con algunas de las premisas que éstas suelen manejar, como la manipulación de la información y el gobierno del mundo por parte de poderes ocultos y misteriosos guiados por fines perversos. Pero lo “divertido” del asunto es que –y esto no pasa de la mera suposición, claro, habría que leerse el libro completo para poder afirmarlo-, cuando Barneys habla de ese grupo de pocas personas desconocidas que manipulan conciencias y gobiernan el mundo, parecería, en función de su propia trayectoria, que estuviera hablando de él mismo. Es decir, que se consideraba parte de ese escaso número de individuos dotados de tan inquietante poder. Y en el fondo no me extraña después del éxito que tuvo su primer experimento con las falsas sufragistas.

También yo creo que la manipulación es intrínseca a éstas nuestras llamadas sociedades de la información. Sencillamente, porque la información nunca se ofrece gratis. Ofrecer información cuesta dinero y no es extraño que quien lo gasta pretenda obtener con ella un rendimiento, bien sea económico, bien sea político. En cuanto a los totalitarismos, el documental menciona que el propio Goebbels se inspiró en las teorías de Barneys para organizar el sistema de propaganda del régimen nazi. Habría tal vez que verificarlo, pero el dato da cuenta desde luego de la importancia que ha tenido este individuo y su utilización del psicoanálisis en toda la historia del siglo XX.

En cuanto al consumo, quizás lo que me parece más interesante del documental es el modo en que relaciona las teorías de Barneys con la evolución de la economía del momento. La producción masiva por parte de las industrias requería un cambio en la mentalidad de los compradores. Por lo visto, hasta entonces, la publicidad tan sólo destacaba, en los productos destinados a las masas, sus valores prácticos (calidad, durabilidad…), y había una clara diferencia entre este tipo de publicidad y la dirigida a las élites para la venta de los productos de lujo. Pero el temor a los excedentes en la producción exigía que también la masa empezara a comprar cosas que no necesitaba. Es entonces cuando empiezan a introducirse mensajes del tipo: “la ropa que uno lleva es expresión de uno mismo”, en lugar de “compre este traje que le va a durar toda la vida”. Para incentivar el consumo, se hizo necesario empezar a asociar los productos a valores que en sí mismos no tienen y que, por supuesto, la masa no contemplaba.

¿Que todos hemos caído en esa dinámica? Pues sí, vivimos inmersos en este mundo y no en otro, y aunque unos más y otros menos, el consumo forma parte de nuestras vidas. Y la publicidad es, a mi juicio, perversa, sobre todo por la canalización que genera en cuanto a la satisfacción del deseo. Los deseos más elementales pueden satisfacerse de múltiples maneras. Pero le publicidad canaliza y restringe las posibilidades de satisfacción del deseo para decirte cuál es el producto que lo satisfará. Y aquí hay, a mi entender, dos ideas perversas: una, que un deseo se satisface con un “producto”, es decir, con la adquisición mercantil de un objeto; y dos, que es “ése” producto y no otro el que satisfará el deseo. Y además, poco lugar queda ya, en medio de esta dinámica, para la invención y la puesta en marcha de la creatividad del individuo en lo relativo a la búsqueda de vías alternativas en la satisfacción de sus deseos.

Sigo abajo, que el que no tolera mis rollos es blogger, jajaja!

Antígona dijo...

En cuanto a la consecuencia política, no es desde luego una ocurrencia mía ni tampoco del documental. Democracia y consumismo van estrictamente ligados y hace mucho que se viene advirtiendo de que el consumismo “idiotiza” en el sentido más literal del término, dado que el “idiota” es justamente aquel que sólo se preocupa por sus asuntos estrictamente privados y vive al margen de la comunidad. También yo creo que si las revoluciones obreras y sociales fueron posibles en su día es porque es mucho más fácil emprender la lucha social desde la insatisfacción de las necesidades básicas, es decir, desde la verdadera carencia, que desde la abundancia aparente. Y la era del consumismo es también la era de la abundancia en el sentido de que todo hijo de vecino puede paliar sus insatisfacciones vitales, laborales o sociales, comprando a bajo coste numerosos productos. Bueno, supongo que piensan algunos, me putean en el trabajo y curro diez horas al día pero llego a casa y tengo mi tele, mi DVD, mis pelis, mis vestiditos de temporada… Nos hemos acostumbrado a esta “abundancia” y arriesgamos menos, porque quien más capaz de arriesgar es, en el fondo, quien menos tiene que perder.

Y ni te pienso llamar pesada ni considero que te hayas enrollado más de la cuenta. Habría tantísimo que decir sobre este tema que cualquier “rollo” es más que bienvenido :)

Besotes austeros!

Antígona dijo...

A mí también me placen los bienes no básicos, Dersu, qué le vamos a hacer. Pero te aseguro que preferiría que cuando, por ejemplo, me compro un suéter, éste me durara más tiempo de lo que suelen durar hoy por hoy sin quedarse hecho un asco y no tener así que salir a la búsqueda de otro. Y a mí no me parece ninguna casualidad que determinados productos tengan tan poco tiempo de vida útil cuando los que se fabricaban hace unas décadas podían durarte toda la vida. Sin ir más lejos, ahora mismo llevo una chaqueta de lana para estar por casa que compró mi padre en un viaje a Londres y que debe de tener, calculo, y creo que no exagero un ápice, más de treinta años. Y no tiene ni una sola bolita! Esto también es consecuencia del consumismo.

No, no tengo intención de hacerme cartuja, ni franciscana ni tampoco asceta. Pero el bombardeo publicitario y el modo en que, lo quiera uno o no, cala en nuestras conciencias, me molesta soberanamente.

Un beso!

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Joder, Huelladeperro, lo de la farlopa no lo pillo. Quiero decir, ¿qué quieres decir con eso?

En cuanto al discípulo de Barneys, ésa es justamente la cuestión. Que ni tú ni yo sabemos quién es, pero en su página de la wiki aparece retratado con el rey, con Zapatero, con Clinton, con Garzón… Vamos, que el tipo no es un don nadie ni muchísimo menos.

Además, entre su numerosísima bibliografía, figuran un montón de libros sobre relaciones públicas, como si este tipo fuera verdaderamente una autoridad reconocida en la materia. Y después de haber leído de dónde viene esto de las relaciones públicas y cuáles eran las ideas de Barneys sobre el tema, ¿es de extrañar que la página de Barneys en castellano ofrezca una información tan sesgada, por un lado, y tan halagüeña, por otro? Yo diría que hay un claro interés en que, si este tipo es una autoridad en la materia “Relaciones Públicas”, no se conozca cuál es el verdadero origen de esta “disciplina” ni la biografía de quien la inventó.

Pero igual me estoy excediendo en mis cábalas… o mi actitud incendiaria de los últimos tiempos ha degenerado en conspiratoria trasnochada :)

Un beso!

Antígona dijo...

Ay, Carrascus, qué diferentes somos a la hora de plantear ciertos temas, nunca dejo de sorprenderme ;)

¿Por qué deberían ser anticuadas las ideas y teorías de quien, supuestamente, ha contribuido significativamente a forjar el mundo en el que vivimos en la actualidad? ¿No es más bien necesario, justamente para comprender mejor ese mundo en el que vivimos, rastrear sus orígenes y conocer cómo, por qué, y cuándo surgieron aquellos fenómenos que más los determinan? Porque muchas veces el significado de esos fenómenos se nos oculta cuando los damos por sentado al pensar, erróneamente, que siempre han estado ahí, y la única manera de entenderlos y de saber por qué ejercen en nuestro propio momento histórico la influencia que ejercen es acudir al momento de su nacimiento.

¿O podríamos entender, por ejemplo, cómo es la España de hoy día sin conocer lo que fue y supuso el franquismo? ¿Podríamos entender los despropósitos que en este país se permite la Iglesia católica sin saber del poder que se les otorgó en aquella época, frente a la trayectoria, por ejemplo, de países como Francia? ¿Podemos entender qué nos diferencia de los franceses, que es muchísimo, sin atender a lo que supuso la Revolución Francesa? Y si 1928 te parece la prehistoria, no sé ya entonces qué te parecerá 1789.

Que la sociedad avance no significa que no siga sustentándose sobre pilares erigidos en tiempos pasados ni que el presente no sea siempre, también, y por lo general mucho más de lo que nos imaginamos, producto del pasado.

Y no, después de ver el documental de Curtis (o la parte que he visto), las ideas de Barneys no me parecen en absoluto obsoletas. Me parece más bien que respiramos el aire producido por esas ideas en cada bocanada que introducimos en nuestros pulmones. O, por decirlo menos metafóricamente, que esas ideas están más presentes y vivas que nunca. Basta con encender la tele o la radio y fijarse en los anuncios publicitarios para comprobarlo.

Un beso!

iliamehoy dijo...

Teniendo en cuenta que actualmente uno puede adquirir libros de auto-ayuda en el supermercado, en los que se nos describen las mil y una formas de conseguir la felicidad, empiezo a pensar que en la órbita de la publicidad, hace tiempo que descartaron como única via la estrategia de la dicha a través del consumo. La realidad económica les empuja a buscar algo más consistente: la necesidad imperiosa de adquirir compulsiva y constanemente. Ya casi ni importa el por qué.
En 1991, viajé a China, ese monstruo que recién despertaba, con el recuerdo de Tiananmen muy nítido aún.. Recuerdo que en las vallas publicitarias se ofertaban productos que nisiquiera existían ; el único objetivo era despertar el instinto consumista a millones de almas que hasta entonces ni se lo habían planteado.
En fin... un placer leerte, y aprender
Una sonrisa

Lo Gos dijo...

Ya...

La descripción del amigo Dersu de los placeres que le gustan coincide ajustadamente con los efectos psicosociales de la clara sal nacarada. Sin embargo su derecho a disfrutar de esos excesos no invalida tu argumentación, ya que de hecho, esos "excesos" se venden sin publicidad.

Otra cosa claro es el desgaste de la tierra colombiana por las pasadas de aviones desherbantes americanos, el secuestro de la población campesina por las FARCS, el gobierno y los eeuu, las mulas muertas en aviones y aeropuertos por reventón de envoltorios en en interior del cuerpo, los muchos años de cárcel o incluso las condenas a muerte de algunas de estas mulas, los dramas familiares de aquellos que no tienen medida en sus excesos y en fin el daño social causado por desvío de las voluntades hacia la autosatisfacción en vez de hacia conductas éticoresponsables..

Pêro esto, ya digo, es otra cosa.
La far1opa no necesita de publicidad para venderse.

carrascus dijo...

Mujer, no es que no haya que tener en cuenta los grandes hitos del pasado, ni aprender de ellos, ni olvidarlos, ni dejar de estudiar el franquismo o la revolución francesa. Lo que ocurre es que hay multitud de conceptos que tienen que ser revisados... no porque sea antiguo es bueno, o sirve ahora. Y no porque en su momento se atendiera a ellos por una u otra causa todavía tienen que ser observados de la misma forma.

Y Barneys es un paradiga de figura que debe ser dejada de tener en cuenta, porque sus conceptos han quedado obsoletos, aunque tú no pienses así, y porque es demasiado discutible siquiera que en su momento fuesen todo lo reales que él decía, y más discutible todavía la forma en que llevaba a cabo sus teorías; la mayoría de las veces una forma nada legal ni, sobre todo, nada honorable.

La publicidad actual, las relaciones públicas actuales, han devenido en algo completamente diferente a lo que él postulaba... aunque tengan algunas aristas comunes. Y eso que hemos salido ganando todos.

Duschgel dijo...

A mí estas cosas me dan náuseas.

Muy bueno el ejemplo que ponías en los comentarios de la chaqueta de 30 años que no tiene ni una bolita. Ahora lo fabrican todo fácilmente rompible con premeditación. Con ello queda claro lo bien que han madurado los fundamentos de Bernays (¡qué uso tan precioso de la sabiduría de tu tío, muchísimas gracias!), y así andamos en esta sociedad.

Somos una gran masa divisible en "Ziele". Y luego nos quieren vender la moto de que, para ser únicos, hay que comprar esto y aquello, actuar así y asá. ¡Cuántos jóvenes hay por la calle, con atuendos y peinados estrafalarios, como queriendo gritar visualmente lo exclusivos que son! Niño, vuelve la cabeza, y verás que te siguen tres o cuatro disfrazados como tú.

Pero eso, claro, no sólo afecta a los jóvenes. Ése es solo un grupo. Hay muchos en toda la gama de edades. A veces, cuando trabajo con textos de marketing, casi me da no sé qué. Y ves claramente que da igual si la propaganda es de maquinaria pesada, de indumentaria, de un juguete o de un equipo de música: todos emplean el mismo lenguaje. Puedes intercambiar simplemente los productos, el texto base te sirve siempre: ¡qué buenos y fantásticos son todos! ¡Qué feliz te vas a sentir con ellos!

En fin, lo dejo, que me pongo de mala hostia.

¡Un besazo, Antígona!

Antígona dijo...

Pues yo más bien creo, Iliamehoy, que la proliferación de libros de autoayuda apunta más bien justamente lo contrario. Porque estos libros parecen brotar como setas en los estantes más visibles de las librerías y, a mi juicio, el mensaje sigue siendo: compra este libro, que te dará la clave de la felicidad. Y como es obvio que la clave de la felicidad no la vas a encontrar en ese libro, acabarás comprando otro y otro y otro… El error está en la propia idea del libro de autoayuda: las claves de la felicidad no se pueden encontrar en un libro. Y en el caso de poder encontrarse, desde luego no estarían en ese tipo de libros, sino probablemente en otros cuya lectura podría durar toda la vida.

No obstante, me parece lógico que el actual “refinamiento” de la publicidad parta de la base de que hay distintos sectores de público, con características distintivas, que deben recibir mensajes diferentes. Pero esto no es sino una estrategia más para explotar al máximo el mercado. Es más inteligente dirigirse al público específico que será más susceptible de comprar los productos que una empresa ofrece, que no malgastar tiempo y dinero lanzando el mensaje a quien nunca llegará a calar. Una inteligencia puesta, en todo caso, al servicio del mismo objetivo: aumentar el consumo.

Lo que cuentas de China me parece escalofriante.

Un beso y una sonrisa!

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Me parece muy interesante lo que planteas, Lo Gos, aunque el tema exceda, al menos en parte, lo que quería contar en el post con respecto a la publicidad.

Sin embargo, apuntas a una vertiente del problema estrechamente ligada con ella. Por un lado, están las causas que incitan al consumo. Pero, por otro, las consecuencias de cualquier clase de consumo, sea incitado o no por la publicidad. Y las consecuencias del consumo de coca a las que apuntas son terribles, aunque supongo que no menos terribles que las que se encuentran a la base de la posibilidad de comprar en Zara una camiseta por 6 euros. En este mundo nada es gratis y el consumismo tiene multiples costes, de toda índole: psicológicos para el consumidor, laborales, sociales, ecológicos… Me han recomendado una página que se llama “Consume hasta morir” y que aún no he tenido tiempo de investigar, pero cuyo nombre promete.

Un beso!

Antígona dijo...

Francamente, Carrascus, es que no entiendo muy bien lo que te lleva a decir que las ideas de Barneys han quedado obsoletas cuando para mí, tras ver el documental y sencillamente observar la realidad de la publicidad, me parece más bien, como te decía antes, que están más presentes que nunca. ¿O es que no ves detrás de cada anuncio publicitario la idea de Barneys de apelar a valores o deseos que nada tienen que ver con el producto en sí, y que se asocian a él de forma irracional? Piensa en cualquier anuncio de coches, de yogures, o de cualquier cosa. Es más, hoy por hoy hay muchos anuncios en los que el producto que se vende (aquel de BMW de ¿te gusta conducir?, por ejemplo) ni siquiera aparece en el anuncio. Ya no hace falta. Es obvio que para vender el producto no hace falta mostrarlo, porque la estrategia de venta apela en ti a otro tipo de motivaciones o de deseos que nada tienen que ver con el producto en sí. ¿No sigue siendo esto la idea de Barneys, sólo que infinitamente más sofisticada, y por tanto, más efectiva?

En cuanto al modo en que funciona la publicidad hoy en día, te recomendaría leer el libro de Fréderic Beigbeder titulado “13,99”, que explica muy clarito cómo los publicistas son los amos del mundo. Lástima que no tenga el libro en casa, porque si no te copiaría algunos fragmentos muy jugosos que retratan perfectamente el poder de la publicidad en el mundo actual. Y Beigbeder habla con conocimiento de causa: fue creativo publicitario durante diez años en una importante multinacional, se hizo de oro, y cuando publicó el libro fue automáticamente despedido.

Y a falta de éste, te copio otro fragmento que me parece tremendamente iluminador de un libro de artículos de Houellebecq que se llama “El mundo como supermercado”: “Sin embargo, podemos progresar si consideramos que no sólo vivimos en una economía de mercado, sino de forma más general, en una “sociedad de mercado”, es decir, en un espacio de civilización donde el conjunto de las relaciones humanas, así como el conjunto de las relaciones del hombre con el mundo, está mediatizado por un cálculo numérico simple donde intervienen el atractivo, la novedad, la relación calidad-precio. Esta lógica, que abarca tanto las relaciones eróticas, amorosas o profesionales como los comportamientos de compra propiamente dichos, trata de facilitar la instauración múltiple de tratos relacionales renovados con rapidez (entre consumidores y productos, entre empleados y empresas, entre amantes), para así promover una fluidez consumista basada en una ética de la responsabilidad, de la transparencia y de la libertad de elección”.

Yo estoy totalmente de acuerdo con esta descripción. Por eso me parece importante conocer desde cuándo, cómo y por qué se impuso este modo de vida consumista y mercantilizado. Y Barneys ha tenido mucho que ver en ello.

Un beso!

Antígona dijo...

En efecto, Dusch, también yo pienso, como le replicaba a Carrascus, que las ideas de Barneys no sólo no están pasadas de moda sino que sencillamente han madurado y se han sofisticado. Y ahora asistimos a consecuencias de la implantación de tales ideas que, obviamente, Barneys no podía prever. Como que la voluntad de vender y vender y la incitación al consumo haya llegado a afectar a la propia fabricación del producto, para que nada dure más tiempo del preciso y nos veamos impulsados a la renovación y al cambio constante.

Tienes toda la razón en lo de los “Ziele”. Ése es uno de los mensajes que se esconde tras muchos anuncios publicitarios: sé único, trata de distinguirte, para ello necesitas toda una serie de artilugios, de artefactos, de prendas y complementos que te diferencien del vecino. Invierte tiempo y dinero en “ser tú mismo”. Cuando, sin embargo, la paradoja es que el consumismo más bien conduce a una flagrante uniformización de los individuos, del mundo en general. Porque lo que no se puede fabricar y vender acaba desapareciendo. También lo que no se puede comprar. Creo que es al comienzo de la tercera parte del documental (en youtube) donde aparece esa modelo que proclama “utiliza la moda como expresión de ti misma” que le mencionaba a Margot. Su discurso completo no tiene desperdicio, así que míralo si tienes un rato y no te importa que te entre un poco más de mala hostia ;)

Y, bueno, me alegra mucho que menciones los textos de marketing que traduces. Una nueva prueba de que los mecanismos básicos de la publicidad en la actualidad son en esencia los mismos que dieron lugar, en sus orígenes, a esta sociedad de consumo.

Un gran beso, guapa!

carrascus dijo...

Bueno… yo no te estoy negando que la publicidad sea o no importante en la sociedad actual, pero no es el demonio que estáis pintando. Que haya anuncios y publicitarios que traten de vendernos humo y que nos quieran meter con calzador cosas que no necesitamos no significa que la publicidad no tenga una buena utilidad. Supongo que estarás de acuerdo conmigo en que no solo hay que “saberlo hacer”, sino también “hacerlo saber”. Y esto último es muy importante. Y lo han sabido todas las sociedades desde mucho antes que naciese Edward Barneys.

Y ya que lo nombramos, vamos al meollo de la cuestión. El que este hombre sacase adelante un par o tres de ocurrencias, que con el tiempo quedan muy bien en las historias, como puede resultar el caso de las mujeres fumadoras, no le da el pedigrí necesario para que hoy en día se le siga considerando un gran pensador. Y digo esto, porque Barneys, en realidad, lo único que hizo fue fusilar los pensamientos de Walter Lippman, y aplicarlos a una escala más ámplia que el periodismo, que es hacia donde Lippman los enfocaba sobre todo.

Porque Barneys era un trepa, que copiando el pensamiento de uno, y adaptándolo según el pensamiento de otro (Freud), a una red social mucho más amplia, pudo hacer carrera al amparo de un presidente tan pésimo y de tan infausto recuerdo como fue Hoover, que solo deseaba imponerse a sus ciudadanos a base de dirigirlos desde arriba y crearles un mundo consumista ficticio para así poder salir del atolladero en el que él mismo y su antecesor Calvin Coolidge habían metido a los Estados Unidos… y no te estoy hablando de cualquier cosa, cuando digo atolladero, sino de la mismísima Recesión de 1.929 y todo lo que implicó.

Cuando llegó un presidente con algunos dedos de frente más, como fue Roosvelt, lo primero que hizo fue desembarazarse de Barneys y de sus ideas sobre que la libertad es imposible, que era peligroso que el pueblo se exprese por sí mismo, que hay que mantenerle descontento siempre para así poder controlarlo mejor… vamos, toda una joyita éste Barneys, para el que los seres humanos éramos irracionales.

Con el final de la Segunda Guerra Mundial y el nuevo estado de cosas en los USA, Barney de nuevo volvió a dar un paso adelante, y ahí fue donde se le vió por completo su negro plumero, porque fue quien ayudó a que la CIA implantara esos métodos que siempre nos han asqueado tanto, y que hicieron que pudiesen tener en un puño a los paises de América Latina, por ejemplo… Y de ahí a emplear sus conocimientos y su poder para hacerse un nombre en el negocio privado solo le quedó dar el siguiente paso.

Pero… ¿de verdad tú crees todavía que hay un número pequeño de personas que manejan los hilos del mundo, y que son los que dirigen nuestro pensamiento a su antojo…? ¿Qué tiene eso que ver con el actual estado de la publicidad y de las relaciones públicas…? Gracias a Dios, personajes como Barneys ya solo existen en las películas de miedo. Lo que las agencias de publicidad hagan para satisfacer a las empresas que las contratan nada tiene ya que ver con la obsoleta idea de que hay que controlar a la gente, porque ésta no es capaz de pensar por sí misma. Porque la gente sí que es capaz de pensar por sí misma… no? ¿Estamos de acuerdo en eso o es que yo estoy discutiendo partiendo de una premisa equivocada…?

NoSurrender dijo...

Es muy interesante lo que ha traído aquí, doctora Antígona. Efectivamente, tanto gobiernos como corporaciones han profesionalizado mucho sus tácticas de manipulación o propaganda (no estoy seguro de que ambas cosas sean sinónimas) y la aportación de las teoría de Freud para todo esto ha sido fundamental, por lo que trae de conocimiento de las motivaciones del ser humano. Y esto no es ni bueno ni malo, en principio, sino un mayor conocimiento del ser humano en su interacción social del que se aprovecha desde un político en campaña, hasta la promoción de un teléfono móvil, pasando por los guionistas de películas o los ligones de discoteca.


Y, en esta historia, antes que Lippman, como dice Carrascus, también podríamos hablar del periodista W. R. Hearst y toda la comedura de coco que fue capaz de llevar a cabo en Estados Unidos hasta provocar el solito la Guerra de Cuba con el único objetivo de aumentar las ventas de su periódico y su poder personal en la opinión pública norteamericana: Hearst se forró con la Guerra de Cuba.

Aunque quizás el comienzo de estas teorías pueda retrotraerse bastante más, al Evangelio de San Mateo, donde Jesús afirma eso de “No sólo de pan vive el hombre”, si no antes. Y es que consumimos emociones, como bien expresa usted.

La publicidad consiste en información + emoción. Porque las emociones tienen un papel protagonista en nuestra toma de decisiones. Y esto lo sabe cualquiera de los millones de profesionales de la publicidad que habitan el mundo, no sólo unos pocos conspiradores. Todos buscamos emociones, que son las experiencias que nos llenan la vida. Nadie consume una solución de aceites etéreos diluidos en un solvente de etanol, sino un perfume que pueda atraer a una mujer especial o provocar más respeto ante un cliente. Por lo que, evidentemente, habría que echar a la calle al publicista que nos informe sobre una solución de aceites etéreos diluidos en un solvente de etanol y traer inmediatamente a otro que nos diga en qué marca debemos fijarnos para recibir esa sensación de seguridad ante las mujeres o los clientes que nos gustaría sentir. Y esto no es malo en sí mismo, ya que aporta realmente emociones al consumidor (mínimas y rápidamente renovables, so sí). Otra cosa es la felicidad, que no tiene nada que ver con esto y cuya confusión acaba creando lo que Houellebecq llama la sociedad de mercado, como ha contado usted aquí y que me ha parecido muy, muy interesante.

No creo en conspiraciones. Creo en la insatisfacción permanente del ser humano y la necesidad de huir de las grandes preguntas a base de consumir, a base autoengañarse con cosas que puede tocar con sus manos.

(sigo abajo)

NoSurrender dijo...

Por cierto, esta mañana me he acordado de este post cuando he escuchado en la radio decir a la dueña de una pastelería que había notado un cambio en el consumo de chocolate desde que empezó la crisis. Decía que ahora se están pidiendo chocolates más suaves y sofisticados y menos chocolate negro. La pastelera, de una manera muy intuitiva y dando enormes patadas al diccionario, trató de decir que, según ella, la crisis ha hecho que la gente desplazara su carencia afectiva a sus formas de consumo, y que ahora necesitaban cosas más “cariñosas y suaves”. También ella podría escribir un libro :)

Besos, doctora Antígona!

pd- perdón por la extensión, aunque estoy seguro de que me comprenderá :)

Marga dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Marga dijo...

La de arriba era yo... mis líos, ays.

Tengo el enlace para mandártelo pero lo que no encuentro es tu correo... puro despiste es lo mío! jajaja

Casilda dijo...

Tengo un amigo que cree a pies juntillas en la teoria de la conspiración , en la existencia de un supercerebro formado por unos cuantos cerebritos que que con premeditación y alevosia nos van encaminadno por la senda "adecuada" y que a la chita callando nos imponen gustos necesidades , palabras e incluso valores .
Siempre me ha alucinado el mundo de la publicidad, la comercial y la politica ..
(la verdad es que yo me quito una depre fundiendome la legitima en la sección de cosmetica del Corte Ingles , es como lo de que en epocas de crisis se disaran las ventas de barras de labios o se come mas chocolate suave...)
Como simpre es un placer pasar por aqui.besos

Neo dijo...

Vente a dar una vuelta, que tengo una canción que seguro que te gusta, jajaja
(prometo leerte con más tiempo mañana)

bso

Antígona dijo...

Supongo que la principal discrepancia que existe entre tú y yo, Carrascus, tiene que ver con las distintas valoraciones que hacemos de la publicidad y del papel que juega en el mundo actual. ¿Si es el demonio? Hombre, pues depende de la valoración, positiva o negativa, que uno haga de lo que Houellebecq llamaba la “sociedad de mercado” en la cita que te puse en mi anterior respuesta, dado que esa sociedad de mercado sería sencillamente imposible sin la publicidad. Y yo, personalmente, aborrezco esa sociedad de mercado que todo, absolutamente todo, lo traduce en valores mercantiles. Houellebecq no se caracteriza precisamente por su optimismo. Pero a mi juicio su diagnóstico del mundo en el que vivimos, el mundo como supermercado, es totalmente acertado.

En este sentido, si uno considera que la publicidad es útil como pilar fundamental de esa sociedad de mercado, entonces yo no calificaría de ningún modo de “buena” esa utilidad. Lo cual no significa que esté reduciendo todo “hacer saber” a la publicidad. Lo que yo estoy llamando publicidad en el post consiste en el “hacer saber” de fines mercantiles, sin excluir que haya otras formas de “hacer saber” ajenas a tales fines.

Me ha parecido muy ilustrativo todo lo que has contado de Barneys. Francamente, sabes tú mucho más de su vida que yo, lo cual no me asombra. Porque este post, en el fondo, no iba sobre Barneys, sino sobre el éxito de su idea (poco importa si se la robó a otro, si fue él quien supo promocionarla y darle una realidad efectiva) de utilizar las teorías de su tío Freud con fines mercantiles. Tampoco en el post se le ha calificado en ningún momento de “gran pensador”. Gran pensador, al menos según mi criterio, lo fue Freud, y Barneys sólo fue un listillo, un oportunista, que supo intuir perfectamente la rentabilidad económica que se podía obtener de las ideas de su tío. A mi juicio, daría exactamente lo mismo que, una vez realizado el experimento y difundidas sus ideas, Barneys se hubiera convertido en una hermanita de la caridad. Como daría exactamente lo mismo que Barneys se hubiera muerto al cabo de unos pocos meses. Sus ideas habrían sido igualmente efectivas ya que tal efectividad no depende tanto de su propia trayectoria vital subsiguiente como del hecho de que, una vez lanzadas al mundo, otros empezaran a copiarlas y a aplicarlas.

Es interesante lo que dices de la recesión del 29, un tema que, por cierto, el documental también aborda. Pero lo más interesante es que tal recesión no logró frenar el crecimiento meteórico del consumismo al que asistimos desde 1920. Sólo supuso un breve parón de unos años en una dinámica, en una maquinaria que ya estaba en marcha y que, como demuestra nuestro propio presente, era imparable. Porque supongo que al menos estarás de acuerdo en que nuestra sociedad puede ser calificada sin ningún asomo de duda como sociedad de consumo, ¿no?

Personalmente, no creo que haya un número pequeño de personas que manejan los hilos del mundo. Más bien creo que el mundo funciona cual maquinaria perfectamente engrasada en virtud de estructuras económicas, sociales y políticas cuya propia constitución impone ya una determinada lógica y unos modos de funcionamiento. Y esas estructuras las mantenemos hoy por hoy entre todos. Pero, insisto, tales estructuras no son eternas ni universales sino plenamente históricas, y su surgimiento responde, por tanto, a acontecimientos históricos concretos, múltiples, complejos y variados, nadie lo duda, de los cuales no podemos excluir la emergencia de ciertas ideas y las condiciones de receptividad que determinaron su éxito. Por otra parte, también creo que detrás de esas estructuras existen personas que toman decisiones, decisiones que ni tú ni yo podemos tomar. Aun cuando, poniéndonos estructuralistas, bien podría pensarse que hasta esas decisiones vienen condicionadas o propiciadas por la propia configuración de la maquinaria que mueve el mundo.

Sigo abajo…

Antígona dijo...

Con respecto a lo que dices de que “lo que las agencias de publicidad hagan para satisfacer a las empresas que las contratan nada tiene ya que ver con la obsoleta idea de que hay que controlar a la gente”, pues depende de lo que se entienda por control. Y en este sentido, me remito de nuevo al libro al que ya aludí en mi anterior respuesta, “13,99”, de Fréderic Beigbeder, que habla por sí solo. Y te recuerdo que Beigbeder fue creativo publicitario durante diez años y fue fulminantemente despedido tras la publicación de este libro. Por fin me he hecho con él, pero, revisándolo, son demasiados los textos que copiaría para que te hicieras una idea de cómo, según este publicista, funciona la publicidad hoy día. Así que me limitaré a un par de párrafos, aunque, como te digo, debería en el fondo copiar muchos más:

“Me llamo Octave y llevo ropa de APC. Soy publicista: esto es, contamino el universo. Soy el tío que os vende mierda. Que os hace soñar con esas cosas que nunca tendréis (…) Cuanto más juego con vuestro inconsciente, más me obedecéis. Si canto las excelencias de un yogur en las paredes de vuestra ciudad, os garantizo que acabaréis comprándolo. Creéis que gozáis de libre albedrío, pero el día menos pensado reconoceréis mi producto en la sección de un supermercado, y lo compraréis, así, sólo para probarlo, creedme, conozco mi trabajo”.

“Para someter a la humanidad a la esclavitud, la publicidad ha elegido la discreción, la agilidad, la persuasión. Vivimos en el primer sistema de dominio del hombre por el hombre contra el cual la libertad resulta impotente. Al contrario, su mayor logro consiste precisamente en apostar fuerte por la libertad. Cualquier crítica le da protagonismo, cualquier panfleto refuerza la ilusión de su dulzona tolerancia. Pero acaba sometiéndonos de todos modos”.

Y, por último, en cuanto a tu pregunta de si creo que la gente es capaz de pensar por sí misma, pues la verdad es que, hablando de publicidad y de marketing, sencillamente no me atrevo a pronunciarme sobre el prójimo. Sin embargo, sí puedo hablar por mí misma y decir que no dejo de ser consciente de los efectos que la publicidad tiene sobre mí. Porque los tiene. Sería una ingenua si lo negara. Y no creo que decir esto sea incompatible con la idea de pensar por uno mismo. Ahora, habría que entrar a fondo a discutir qué es eso de pensar y qué es exactamente el “uno mismo”.

Más besos!

Antígona dijo...

A ver, doctor Lagarto, le digo en principio lo mismo que le decía antes a Carrascus: si esa profesionalización de las tácticas de manipulación gracias a las teorías de Freud nos ha traído esta “sociedad de mercado” de la que hablaba Houellebecq, entonces sólo puedo juzgarla negativamente. Porque, para mí, como usted dice, bueno es el mayor conocimiento del ser humano. Pero malo es que ese conocimiento se utilice para convertir al ser humano en una máquina de consumir.

Interesante que traiga a colación el nombre de otros personajes, como es el caso de W. R. Hearst, que han contribuido a la formación del actual estado de cosas. Sin embargo, es posible que, si la discusión se centrara en dilucidar quién ha sido el primero en iniciar la carrera del consumismo, hubiera un cierto debate. Porque, por ejemplo, en su libro 13,99, Beigbeder cita a un tal Albert David Lasker como inventor de la publicidad en tanto que “técnica de intoxicación cerebral” y luego pasa directamente a Goebbels. Francamente, no sé por qué, porque aún no he tenido tiempo para averiguar quién es este Albert David Lasker. Y en relación a su mención a Jesucristo, es posible que la intuición de que el hombre no sólo se alimenta de lo que materialmente le alimenta sea tan antigua como el hombre mismo. Aun cuando Jesucristo tampoco decía precisamente que comprando perfumes, yogures o relojes de marca se acabaría entrando en el reino de los cielos :P

¿Qué quiero decir con esto? Pues que, sin quitar importancia a lo que usted señala, supongo que lo que Adam Curtis trata de plantear en su documental es que, frente a otros personajes que puedan haber tenido su relevancia en la formación del actual estado de cosas o incluso que hayan tenido ideas similares a las de Barneys, Barneys contaba con ciertas ventajas que lo hacen merecedor de una atención especial: por un lado, su privilegiado acceso a la teoría psicoanalítica como sobrino de Freud (y no hay que olvidar, además, que fue Barneys quien por vez primera editó en Estados Unidos la obra de Freud); por otro, las propias circunstancias históricas, sociales, económicas, que permitieron que sus particulares teorías supusieran un punto de inflexión en la historia, como lo ha sido el surgimiento de la sociedad consumista. Y es que el triunfo de ciertas ideas no depende sólo de ellas mismas, sino de que los tiempos estén maduros para recibirlas, acogerlas, materializarlas o hacerlas prosperar. Un ejemplo clarísimo de esto: Aristarco de Samos fue el primero que, en el siglo III d. C., propuso la teoría heliocéntrica. Nadie le hizo caso. Muchos siglos después, sin embargo, esta misma teoría vuelve a aparecer de la mano de Copérnico y cambia el mundo. ¿Por qué? Sencillamente porque habían aparecido muchos factores que hicieron al mundo receptivo a esta teoría. Pues algo semejante ocurre, a mi entender, con Barneys: que se halla en el momento histórico adecuado y en el lugar adecuado para que sus ideas puedan dar lugar a la sociedad de consumo.

Y creo que, en relación a esto, tampoco hay que olvidar la revolución intelectual que el pensamiento de Freud ha supuesto en nuestra historia, y no sin grandes resistencias para que la existencia del inconsciente y su influencia sobre nuestra conducta acabaran finalmente siendo aceptadas. Estoy de acuerdo en su definición de la publicidad. Y también estoy de acuerdo en que, como usted, dice, esto lo sabe hoy día cualquiera de los millones de publicistas que habitan el mundo. Pero que hoy lo sepan millones de publicistas no significa que esa ecuación se haya conocido desde siempre y, lo que me parece más importante, no significa que semejante ecuación, aun cuando fuera quizá intuitivamente conocida, se haya puesto desde siempre al servicio de la creación de una sociedad de mercado. Esto último es un fenómeno estrictamente moderno, porque también son modernas las condiciones estructurales (sociales, económicas, políticas) que han hecho posible semejante sociedad de mercado.

Sigo abajo…

Antígona dijo...

Nuevamente, discrepo con usted en cuanto a la valoración moral del hecho de aportar emociones al consumidor. Sencillamente, porque esa aportación de emociones es la que ha inventado lo que hoy día entendemos por “consumidor” como pieza clave de la sociedad de mercado. Lo que yo diría es que aportar emociones no es en sí mismo malo. Pero si esa aportación de emociones está al servicio del mercantilismo y todas las consecuencias que éste arrastra, y además produce una fijación de la satisfacción de deseos básicos con la compra de productos, dirigiendo con persistencia las vías de satisfacción de esos deseos hacia aquello que, en realidad, no es capaz de satisfacerlos, entonces no puedo emitir un juicio de esa aportación desde la neutralidad moral.

Tampoco yo creo en conspiraciones. Y sí creo en esa insatisfacción permanente del ser humano que usted señala. Sin embargo, si uno lee el libro de Beigbeder no puede dejar de sacar la conclusión de que esa insatisfacción, al menos en el modo en que se vive hoy día en relación a la imparable compra de productos, es en buena medida un fenómeno psicológico impulsado, promovido y alimentado por la propia publicidad. Algo bastante lógico, por otra parte, dado que sin esa insatisfacción permanente no habría consumismo. Con lo cual no quiero decir, obviamente, que esa insatisfacción no sea inherente al ser humano en cuanto tal o que la publicidad sea capaz de “crearla”. Lo que quiero decir es que lo que no sería inherente al ser humano en cuanto tal es el hecho de que esa insatisfacción se focalice sobre la constante compra de nuevos productos, en lugar de, por ejemplo, en la creación de obras de arte.

Muchas gracias por su anécdota. Me ha parecido muy pero que muy ilustrativa :)

Y claro que comprendo la extensión de su comentario. El tema lo merece, por supuesto que sí. Espero que entienda usted también la mía :P

Un beso, doctor Lagarto!

Antígona dijo...

¿Eres tú, niña Margot, que me vienes hoy disfrazada? :)

Pensé que mi correo se encontraba en el perfil, y ahora veo que no, no sé qué habré tocado yo sin darme cuenta para que desaparezca. Pero te lo pongo aquí: la.colera.de.aquiles@hotmail.com
¡Que estoy ansiosa por ver el documental entero y aún no ha habido forma de conseguirlo!

Y ahora mismo me paso a ver a qué se debe ese nuevo look ;)

Un beso!

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Bueno, Casilda, lo de las teorías de la conspiración no era sino una broma para introducir el post. Porque no, no creo en las teorías de la conspiración, pero sí en la influencia que ciertas ideas y los factores históricos que, junto a ellas, han permitido que pusieran en marcha ciertos mecanismos, han tenido para la configuración de nuestro presente.

De todos modos, en cuanto a la influencia que la publicidad tiene en nuestras vidas, también a ti te recomendaría el libro que ya he citado incluso demasiado en mis respuestas, “13,99” de Frederic Beigbeder, al que le voy a tener que pedir que me pase unos cuantos de miles de euros si a partir de ahora aumentan las ventas. Aunque espero que si lo lees no deje de resultarte efectiva la fundición de la legítima en el Corte Inglés cuando estás depre :)

Un placer para mí tenerte por aquí, Casilda.

Un beso!

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Neo, ya has visto que te he hecho un hueco en mi apretadísima agenda y me he pasado a hacerte una visitita :P

Gracias por la invitación, la canción es preciosa. ¡Otra más que añadir a nuestra corta lista de coincidencias musicales! :P

Un beso!

Antígona dijo...

Y perdón a todos por la tardanza en contestar y por mi ausencia de vuestras casas, pero es que últimamente me desborda el curro, ay, y no encuentro tiempo para nada.

Más besos a todos!

Arturo dijo...

No pensaba dejar ningún comentario en esta entrada porque sólo se me ocurre darte la razón y decir que comparto contigo el aborrecimiento y el hastío que produce el dominio torticero y engañoso de la publicidad. Es imposible estar prevenido del todo, y descubrir a veces los efectos que la propaganda sutil produce sobre uno mismo puede dar miedo, incluso (¿vivimos en una libertad de pacotilla?). Pero no quiero reprimir las ganas de felicitarte por este post y por el blog en general, en el que tanto aprendo y disfruto. Así que, lo dicho: enhorabuena y gracias y

besos

Isabel chiara dijo...

Ay, Antígona, me quedo con las patas colgando siempre que paso por aquí (y he pasado, poco, lo reconozco porque el trabajo se ha apoderado de mi consciencia, y cuando lo he hecho no he tenido tiempo para pensar y hablar). El temita se las trae, y el cordero ese de dios que quita los pecados del mundo (o aporta, por lo que se ve, material del bueno al pecador para que siga insistiendo en su trágico devenir) me ha producido escalofríos. No tenía ni idea que quién era (menos mal que no he sido la única desilustrada de las RRPP, jajaja).

Me acuerdo de hace un siglo que tuve que hacer un trabajillo en la facultad. Yo me cogí el de Pirelli y Carl Lewis dispuesto a salir con unos taconazos rojos de vértigo sobre un slogan que decía "la potencia sin control no sirve de nada". Aún reconociendo que la gráfica era espectacular, el concepto general de campaña era tremendo: esos tacones rojos vislumbraban más que una pérdida de equilibrio del pobre Lewis.

Y aunque yo enfoqué el mensaje hacia derroteros sexistas, ahora, a tenor de tu entrada le doy vueltas y me da por pensar que el slogan recogía más perlas de las que no supe o pude ver por esos tiempos. No se trata sólo de lanzar mensajes más o menos agraciados por los medios habidos y por haber; ahora se precisa de la retroalimentación que es lo que hace efectiva la campaña. Los anunciantes no sólo buscan vender sus productos, ahora quieren legiones de seguidores, gente que comulgue con un estilo de vida determinado, con unas ideas políticas concretas, con unos intereses semejantes. Por eso ahora, los grandes, se están dando cuenta del poder de la red y entran a saco abriéndose facebook, canales de youtubey de todo lo que haga falta para crear clubes de fans sin necesidad de venderles ni una mísera latita, por ejemplo.

Esta semana he seguido las ponencias y las mesas redondas de Ficod y era curioso cómo algunas empresas de gente muy joven sin un producto a la vista, más bien con una proposición de producto, se habían hecho con miles de usuarios futuros compradores que se convertían bajo el amparo de una red social (o la casita del amigo) en los mayores y mejores anunciantes.

Me parece que como decís todos existe una infelicidad tan grande en el ser humano, y un deseo aún mayor de convertirse en miembro de algo, en sentirse acogido, en autoafirmar una identidad que él mismo pone en tela de juicio, que somos carne de cañón para todos los experimentos que tengan a bien hacer con nosotros.

Que unos cuántos tienen el poder? no lo sé; pero entre ellos no sólo metería a las grandes empresas. No se convierte el músico de moda en un referente juvenil? O la película de vampiros modernos y guapos no venden un modo de vida, un look, unas necesidades no atendidas? Fíjate el fenómeno de Harry Potter, que traspasa la frontera de la literatura juvenil y participa en la creación de unas aficiones, un tipo de música, unos valores. Y el nuevo de Luna nueva y Crepúsculo, donde se ensalza la virginidad, el amor no carnal.

Me da asco pensar que perdemos la voluntad, y con ella, el reconocimiento de nuestra libertad.

Ya me pasé.

Un besote, y un placer volver a leer en tu salón.

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Trabajé en una agencia de publicidad cinco años. Puedo jurar que en la vida pensé que alguien con algo de cabeza, y un par de buenas ideas, pudiera ejercer ese poder en la masa que somos, nos guste ó no. También aprendí que nada hace falta, pero que siempre te falta algo. Y viendo la tv, y tenga la cabeza donde la tenga, siempre hay algún anuncio que me hace plantearme que lo necesito, que necesito lo que ofertan. Supongo que también cuenta el estado anímico. Cuando estoy alegre, a mi bola, y me parece que del mundo exterior poco ó nada me vale, ni me hace falta, no me rindo ante ningún slogan que se valga. Pero ay, el día que esto no pasa, y que tengo la tristeza metida en vena... Ese día ya estoy jodida. Hago como Casilda, me meto en una tienda, me regalo algo que no necesito, me siento princesa por unos minutos, y me vuelvo a casa mejor que había salido.
Así que sí, supongo que los publicistas son unos conspiradores absolutos, y que no sólo ese gremio peca de conspiraciones. Eso es lo peor. Pero supongo que no tenemos el remedio, y que hay gente por ahí muydemasiado lista que nos sabría vender hasta a su madre, luego nosotros no la compraríamos, pero igual sí le comprábamos otra cosa...
Qué fuerte lo de las mujeres fumando, asociado al poder. Increible, no dejo de aprender cuando paso por aquí.
Hermosa... que todo te vaya bonito, un besazo fuerte, y a ver si nos dejamos caer a la vez y por el mismo sitio algún día.

troyana dijo...

Antígona me temo que la publicidad se ha convertido en el 4ª poder,somos seres medio conscientes de que ser manipulados,en libertad condicionada,con necesidades creadas y deseos inconcientes que son utilizados como herramientas de consumo.Basta con poner cualquier cadena de televisión,pública o privada,para ver cómo la publicidad patrocina,sostiene y maneja.
En fín,que es imprescindible tomar conciencia como mínimo.
Besos

Antígona dijo...

Supongo, Arturo, que es difícil no sentir ese aborrecimiento y hastío al que aludes hacia el mundo de la publicidad. Y hacia su dominio que, por poco que uno lo piense, se percata perfectamente de que va en aumento. Recuerdo con cierta nostalgia aquellos tiempos en que uno aún podía ver películas en televisión e incluso esperaba con cierta impaciencia –según los casos- que llegara el corte publicitario para ir un momento al baño sin perderse ni un detalle. Ahora no vale la pena ni intentar ponerse a ello.

Y en efecto, es imposible estar prevenido del todo porque la publicidad, lo queramos o no, nos cala. Oigo bastante la radio y no sabes la rabia que me da comprobar cómo ciertas cuñas publicitarias y sus tonadillas se incrustan en mi cabeza. Y aun cuando no me inciten tal vez a la compra, ya sólo el poder que tiene la repetición de un mensaje para acabar poblando e intoxicando nuestra mente me abruma.

Muchas gracias por tu comentario y ya sabes, ésta es tu casa siempre que quieras.

Un beso!

Antígona dijo...

El tema es complicado, Ichiara, pero creo que es importante que reflexionemos e indaguemos sobre él dado el peso que la publicidad, y todo lo que ella implica, tiene en nuestro mundo, en nuestras vidas, lo queramos o no. Eso si no decidimos irnos a una casa en medio del monte y vivir al margen de todo medio de comunicación. Y aún sí, no creo que una medida tan drástica bastara para librarnos definitivamente de ella.

También yo recuerdo ese anuncio de Pirelli, vaya que sí. Una nueva prueba más de la “intoxicación mental” que causa la repetición de la publicidad de la que le hablaba a Arturo, porque preferiría mil veces antes poder acordarme de otras cosas que he estudiado o leído y que sin embargo he olvidado. Y es cierto que muchos anuncios impresionan. Los creativos publicitarios no son ningunos bobos, sino personas muy inteligentes, y esa inteligencia se percibe claramente en muchas campañas publicitarias.

Me parece muy interesante lo que dices del modo en que funciona la publicidad hoy en día, cada vez con un grado más elevado de refinamiento pero en esencia apelando, sólo que de maneras cada vez más sofisticadas, a los mecanismos puestos en juego por Barneys. Porque, si te he entendido bien, apelar directamente al flanco de los valores, de los deseos, de los ideales, incluso sin pasar por un producto concreto, es, en efecto, ganar de antemano a un público que tarde o temprano acabará consumiendo todos aquellos productos que más tarde aparezcan ligados, de una manera u otra, a esos valores, deseos o ideales.

Tengo claro que el ser humano es, en esencia, un animal insatisfecho. Pues como ya decía Platón hace dos mil quinientos años sólo de la carencia, de la indigencia, surge el eros o el deseo que impulsa cada uno de nuestros pasos. Sin embargo, lo que no tengo ya tan claro es que esa infelicidad de la que hablas no sea, en cuanto tal infelicidad, que considero distinta de la insatisfacción, en buena medida un producto de nuestro tiempo. Porque es posible que el infeliz sea aquel al que ninguna satisfacción -por provisionales y momentáneas que todas sean, atendiendo a nuestra condición de animales insatisfechos- le enriquezca y le haga crecer y madurar como persona. Y quizás sea esto lo que promueven el consumo y la publicidad: incitarnos a perseguir modos vacíos y estériles de satisfacer nuestra constitutiva insatisfacción, modos de los que no obtenemos ni un vislumbre, o tan sólo una máscara engañosa, de eso que solemos llamar felicidad.

Tienes razón, por otra parte, al decir que las instancias de poder que operan sobre nuestras vidas son múltiples y exceden a las grandes empresas. La cuestión es compleja. No podemos olvidar que Harry Potter o Crepúsculo tienen la influencia que tienen por tratarse también de fenómenos comerciales. Pero lo que se vende con ellos no es sólo un libro o una película, sino una serie de valores o ideas que, con independencia de su valor comercial, que siempre es mucho, afectan a más órdenes de nuestras vidas que el del puro consumo.

Nuestra voluntad siempre fue, en sus raíces, heterónoma. Quiero decir, que nadie puede afirmar que su voluntad sólo provenga de él y no de los múltiples condicionantes que le han moldeado desde niño. Ahora bien, es posible que en esta nuestra sociedad de la información, y sometidos constantemente a un bombardeo de mensajes procedentes de múltiples y dispares fuentes, la construcción de una voluntad autónoma resulte una tarea especialmente costosa.

El placer es tenerte de nuevo en este salón, Ichiara, que es de todos vosotros.

Un beso grande!

Antígona dijo...

Vaya, Delirium, me alegro de que tu experiencia confirme, y además desde dentro, la existencia de ese poder que nos sobrepasa y nos constituye sin que lo hayamos pedido. No me suele pasar eso que cuentas de que cuando me siento mal me dé por ir de compras. Pero sí recuerdo que el primer año que empecé a trabajar fue también el que más tiempo y dinero invertí en arreglar mi casa, algo que, antes de trabajar, ni se me había ocurrido. En parte porque no tenía el suficiente dinero para planteármelo. Pero en parte también porque, ahora lo veo con una claridad meridiana que entonces no podía tener, aquel primer año me sentía tan frustrada con el trabajo que, sin darme del todo cuenta, volqué toda mi insatisfacción en comprar cosas con las que sentirme mejor en mi propia casa.

Supongo que esos mecanismos funcionan ya en nosotros como un resorte del que ni siquiera somos conscientes. Inoculado por la propia sociedad de consumo, en la que basta con salir a la calle para que el mundo de la publicidad nos entre a cada paso por los ojos y conquiste nuestras mentes.

Y a ver si nos vemos pronto, sí. Sigo tremendamente liada, en estos días aún más, sólo hace falta ver lo poco que publico en los últimos tiempos. Pero espero que esto no tarde mucho en calmarse y podamos por fin vernos de nuevo los caretos, que ya nos vale, ya.

Un besote, guapa!

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¿Cuarto poder, Troyana? Teniendo en cuenta la capacidad que la publicidad tiene para introducirse y actuar hasta en los más íntimos y privados rincones de nuestras almas, me gustaría saber cuáles son los tres primeros poderes que la superan, porque me resulta difícil imaginar un mecanismo de influencia aún más poderoso hoy por hoy.

Y sí, lo mínimo es tomar conciencia de esa manipulación y del modo en que muchos deseos de productos están claramente condicionados por la publicidad. Al menos en la medida en que nos sea posible, que nunca será toda. Y aun cuando ni tan siquiera esa toma de conciencia nos permita quizás ya alterar, en muchos casos, los efectos de esa influencia que recibimos desde niños. Pero quizás en otros sí.

Un beso y un abrazo!

Rodrigo D. Granados C. dijo...

Un extraordinario documento Antígona, que revela el dirigismo consustancial a todos los poderes. La democracia no sólo no escapa a esta práctica, sino que la lleva a cada terreno complementario de su esquema. Hoy escuchaba a Javier Cercas decir que la democracia es perfectible siempre, y es a las dictaduras a las que les cabe el calificativo de perfectas. Ahora ya de mi cosecha, diría que por odiosos que sean los totalitarismos son bastante menos ladinos que las democracias. En los regímenes impuestos, la propaganda se exporta intentando desestabilizar a las naciones de otro signo político, ya que los argumentos en casa se explican con la vara, mientras que en las democracias representativas, el flujo de la propaganda es necesariamente bidireccional para justificar lo que es justificable y lo que no; o sea, que se le cuenta películas a propios y extraños. Aprender a leer y escuchar entre líneas, es la herramienta imprescindible para mantenerse ajeno a la influencia de la propaganda, que responde siempre a intereses quie pudieran no ser los nuestros.